Capítulo Diez

Tres semanas más tarde, Carrie terminó de ordenar los juguetes en los estantes amarillos de la guardería y se echó hacia atrás con un gesto de dolor. Miró al otro lado de la habitación, donde una rubia de ojos claros recogía los libros de los pupitres.

—Debbie, ¿te importa si me marcho?

Sonriendo, su jefa le ordenó que se fuera a casa. Sabía que Sam llegaba aquella tarde.

—¿Te encuentras bien?

—¡Estoy bien, pero me duele la espalda! —dijo Carrie. Le encantaban los viernes.

Condujo hasta su casa del lago con una canción en los labios. Marzo había llegado como un regalo del cielo. Feliz con la calidez del tiempo, fue hasta «su jardín» para cortar unas flores y adornar los jarrones.

Sam estaría pronto en casa. La expresión y su propio contento le recordaron la fragilidad de su posición. Tenía que olvidarlo o la tristeza volvería a imponerse en su vida. El problema entre ellos no era su embarazo. Sam estaba fascinado con todos los cambios de su cuerpo. Quizás sea eso, pensó sombríamente. Quizás todo esto le intriga y le divierte hasta que se canse de jugar al marido perfecto.

Odiaba sus propias ideas, pero ser práctica suponía formular las peores posibilidades, como haberse enamorado de nuevo de un hombre de otra clase social.

Confiaba en que no se pareciera en nada a su ex marido, pero el temor de verse abandonada de nuevo era algo que no podía controlar.

Tampoco le gustaba mantener secretos con Sam, pero la vida con él era tan deliciosa que no se atrevía a echar sombras sobre su felicidad. Además, estaba embarazada de siete meses y a pesar de su buena forma y de la dieta, cada vez estaba más gorda.

Pronto no sería en absoluto una mujer atractiva para sus ojos.

Se puso recta, rehusando el curso de su pensamiento. El fuego no se había apagado entre ellos, se recordó. Durante el último mes habían quedado varías veces en un restaurante a medio camino entre su casa y la de Sam. Ambos habían disfrutado enormemente de sus románticas escapadas. Habían reído, coqueteado, se habían contado sus historias de trabajo. Al despedirse con un beso, se habían separado deseándose con fuerza.

Sonriendo sensualmente, Carrie entró en la casa y dispuso flores en los jarrones. El motor del coche de Sam la sobresaltó. Había esperado tener tiempo para hacer la compra antes de que llegara.

—Maldita sea —dijo, metiendo un ramo en agua.

—¿Maldita sea? —repitió Sam tras ella—. ¿Así me recibes?

Sin aliento por la emoción, Carrie lo abrazó.

—Tengo que correr a la tienda. Puedes quedarte aquí. Sé que odias las compras.

—Oh, vamos, claro que te acompaño —gruñó Sam—. En seguida va a ser de noche

—ignorando su mirada amenazante, la besó hasta olvidar cuánto la había echado de menos—. Abrígate, ha refrescado —ordenó y puso la mano sobre su tripa—. ¿Cómo está Serena?

—Dando patadas.

Riendo, Sam acarició su barriga.

—Ya veo —dijo, saboreando el momento. Apoyó la mejilla en el pelo de Carrie y sintió que la paz de aquel lugar le penetraba.

Ni el mercado cambió su excelente humor. Viendo cómo Carrie elegía un melón, lo observaba y luego volvía a dejarlo, preguntó:

—¿Qué le pasa a ese melón? A mí me parece bueno. Carrie le dedicó su característica mirada de independencia.

—¿Has visto qué precio tiene? Y está medio vacío. No nos lo llevamos.

—Claro que sí, me gusta el melón —dijo Sam y lo puso en el carrito.

Con otra mirada exasperada, Carrie lo retiró.

—Vale, haré mi propia compra —decidió Sam.

—Oh, vamos, Sam, no seas obstinado —dijo Carrie. Pero él ya se había marchado a buscar su carro. Decidió olvidarlo y seguir con su propia compra, hasta que ambos coincidieron en la caja.

El pasó primero.

—Nada de eso está en mi lista —se quejó Carrie, pero luego se echó a reír al ver lo que iba dejando en el mostrador—. ¿De verdad necesitamos crema fresca y esa clase de pasta?

Sam sonrió.

—Me gustan ambas cosas —la informó, pero su buen humor se truncó al ver a la cajera. La mujer les conocía de anteriores visitas, el estado de Carrie era obvio, y la pobre estaba haciendo visibles esfuerzos por comprender la situación. Sam se dio cuenta de que no era posible seguir ocultando su aventura amorosa. ¿Aventura? Su relación, se corrigió, molesto consigo mismo.

Se guardó el cambio y se apartó, esperando que Carrie terminara. No intentó pagar, pues conocía su reacción. Y ya habían despertado bastante curiosidad con su compra doble.

Mientras iban hacia el coche, Sam captó la escena doméstica que formaban y se preguntó qué sentía realmente. No lo sabía. Era todo demasiado extraño para juzgarlo.

Lo único seguro era que estaba llegando a la línea roja de máxima alerta. Se había dejado seducir completamente y de nuevo estaba expuesto a la más cruel decepción.

Pero allí estaba Carrie, con su anorak azul, su pelo rojo al viento, las mejillas rosas y aquellos labios en forma de beso, llenando su corazón de belleza. La alarma fue silenciada al instante.

Se detuvieron junto al coche. Carrie se estremeció de frío.

—Oh, vamos, entra, antes de que enfermes —la regañó—. Yo guardo todo esto.

—Gracias —dijo Carrie y Sam sintió que algo se rompía en su interior. Siempre era así, pensó furiosamente. Le bastaba sonreír y el suelo desaparecía bajo sus pies.

—Sabes, si no fueras tan cabezota —dijo cuando arrancó—, podría encontrar a una persona que te ayudara con la compra y cocinara para ti.

—Gracias, pero no necesito a nadie —respondió Carnie con seriedad—. Puedo valerme.

—Ya lo sé, pero pronto estarás...

—¿Enorme? Así estaré, Sam. Ya estoy gorda, pero en mayo me costará moverme. ¿Te molesta la idea? ¿O no piensas esperar a verlo?

—Esperaré —masculló Sam—. Alguien tiene que cuidar de ti.

—No, nadie tiene que cuidar de mí.

—Claro que sí. Y soy yo. No porque deba sino porque... —Sam no terminó la frase.

Carrie sintió que una mano de hierro apretaba su corazón.

—¿Por qué?

—Porque quiero hacerlo —dijo Sam rápidamente. Sabía lo que Carrie quería escuchar, pero su esperanza lo enfadaba. El nunca había dicho «te quiero». En su familia, nadie solía expresar emociones y no le habían enseñado a hacerlo. Tampoco le había hecho falta nunca.

Una mirada de soslayo a su perfil sereno terminó de sacarle de quicio.

—Por favor, Carrie, basta ya. ¿Es que no es suficiente que esté a tu servicio? —

preguntó, pasando por alto su mirada de sorpresa—. ¿No te dice eso... en fin... algo?

—¿Como qué? —preguntó Carrie, confusa.

—Que me importas —musitó Sam—. Entre todas las mujeres, he elegido estar contigo. ¿No es suficiente?

Carrie miró el lago oscurecido por la ventanilla.

—Es importante —dijo—. Muy importante.

«Pero no me vale», pensó.

Sam se sentía ligeramente avergonzado por su fascinación por la vida íntima de una mujer. El caso era que los sucesos del embarazo le encantaban. Y aunque hubiera preferido que Carrie no se cansara, le llenaba de placer oírle contar las historias de su trabajo y de sus nuevos amigos.

Además debía reconocer que el trabajo no le hacía ningún daño. De hecho, Carrie estaba radiante y llena de salud. Y le parecía exquisita la forma en que la redonda barriga se acomodaba en su delicada figura, pensó mientras la observaba moverse por el dormitorio con un corto camisón que nada ocultaba.

Su embarazo era para él un afrodisiaco. Mecido por la perspectiva de hacer el amor con ella, dejó que sus pensamientos derivaran hacia zonas peligrosas. Seguía sintiendo que Carrie estaba angustiada por algo y le ofendía que no confiara en él.

Estaba seguro de poder arreglar lo que fuera que la preocupaba, a condición de saber qué era. Aunque odiaba la idea, a veces se preguntaba si había cometido el mismo error por segunda vez: enamorarse de una mujer desconfiada y llena de secretos.

No, Carrie no era así. Era incapaz de manipular, era honrada hasta hacerse daño a sí misma. No había nada oscuro en su interior.

Le dolía que no aceptara su dinero. Su tren de vida, comparado con el suyo, era ascético. No tenía una sola joya y Sam había tenido que contenerse pues sabía que Carrie no aceptaría nada ostentoso. Debajo de la almohada había escondido un pequeño corazón de oro con su cadena fina, lo más modesto que había encontrado en una carísima tienda de su ciudad.

Mientras acariciaba el estuche de cuero, no podía dejar de pensar en lo poco que conocía el pasado de Carrie. ¿Le quería realmente? ¿Le quería al margen de su dinero y de su posición?

—Sam? —sentándose en la cama, Carrie se ató el pelo con un lazo—. ¿Estás bien?

Pareces a un millón de kilómetros de aquí.

—No, estoy aquí, cielo —abrió la mano para revelar el estuche. Estudió su rostro para ver su reacción—. Toma, un regalo.

Carrie miró la caja como si mordiera.

—Me gustan los regalos, pero parece un poco...

—suspiró.

—No puede parecer nada hasta que no lo abras.

—Bueno —lentamente, abrió la tapa—. Oh, qué bonito, Sam. Es una maravilla —lo miró con atención—. Es pequeño, es decir, que puedo aceptarlo —ladeó la cabeza, con los ojos llenos de ingenio—. En otras palabras, puedo considerar que no me estás regalando joyas fabulosas para llevarme a la cama. Puesto que ya estoy en la cama —

dijo y rió, besándolo.

Sin sonreír, Sam le colocó el colgante, cerrándolo en su nuca. La cadena de oro brilló contra su piel color de pétalo de rosa. Se alegró por haber acertado. Sobre todo cuando Carrie le dio las gracias sin palabras.

Después del amor, se encogió junto a él, con la palma de la mano abierta sobre su pecho. Sam se sentía increíblemente feliz.

—¿Sam? —la voz pensativa rompió su euforia—. ¿Le has hablado de mí a tu madre?

—¿Mi madre? Claro que no —protestó Sam, molesto por la intrusión de la realidad en su cuento de hadas.

—No, claro, por qué ibas a hacerlo —dijo Carrie con ecuanimidad—. Pero me preguntaba... ¿crees que yo le gustaría?

Sam se estiró.

—Carrie, soy un adulto. No suelo preocuparme por la opinión de mi madre.

—No, supongo. No estáis tan unidos —Carrie acarició el corazón que llevaba colgado—. ¿Cómo es?

—Es una señora de mundo. Snob sin vergüenza, más lista que el hambre, preocupada por la moda y los chismes —con una lengua más rápida que un revólver, terminó mentalmente—. Y la campeona de las buenas causas sociales. Siempre me maravilló que ella y mi padre siguieran juntos. No tenían nada en común.

—A lo mejor tenían el amor en común.

—Puede ser —Sam bostezó—. Perdona. Ha sido una semana dura.

Carrie le acarició la mejilla. Pero su mente daba vueltas, herida por la conversación.

Estaba segura de que la madre de Sam no la aceptaría, como ya le había sucedido con la familia de Justin. Se tumbó sobre la espalda y se dijo que era inútil amargarse por lo que no iba a suceder.

—¿Por qué te avergüenza haber introducido una línea comercial en tu negocio? —

preguntó de golpe.

—No me da vergüenza, Carrie —respondió Sam con brusquedad—. Pero no es exactamente la tradición de la casa.

Carrie vaciló, recordando los muebles delicados de su padre.

—Bueno, en realidad no son tan clásicos como los de antes —dijo con pasión—, pero ahora más gente puede comprarlos. Tu contribución al bien común es tan importante como el de tus antepasados, así que deja de ser tan snob y reconoce lo que has hecho bien.

—¿Eso crees? —miró con curiosidad el rostro encendido de Carrie—. ¿Has visto mis diseños?

—Un millón de veces. En casas de amigos. No todo el mundo puede permitirse muebles de lujo, ¿sabes? ¿Dónde quieres que se siente la gente, maldita sea?

—Oh, Dios mío, qué mal hablas —masculló Sam.

—Digo lo que pienso y no soy nada tradicional. Creo que debes sentirte orgulloso por ofrecer muebles bonitos a buen precio —terminó ante su ceño fruncido.

—Explícame eso —pidió Sam—. No me mires así, no estamos hablando de muebles.

Conozco esa mirada tuya.

—Oh, Sam, sabes que hay una gran diferencia entre nosotros —Carrie prosiguió—.

No voy a simular que la distancia social es insignificante. A lo mejor incluso te estás preguntando si no voy detrás de tu dinero —se apoyó en el codo para mirarlo—.

Reconoce que lo has pensado.

Sam hizo una mueca.

—Carrine, ¿estás conmigo por el dinero? —preguntó seriamente.

—¡No! —los ojos verdes lanzaron destellos de ira—. ¿Cómo puedes preguntar algo así?

Sam se echó a reír.

—Bueno, pues ya hemos dejado algo claro.

—Oh, tonto —Carrie le mordió el hombro, haciéndole reír con más fuerza. Le mordió de nuevo, y Sam se puso sobre ella, lo que les llevó de nuevo a hacer el amor.

Pero después, lánguida y feliz, Carrie regresó a su tema.

—¿De verdad nunca te has preguntado qué quiero de ti?

—Siempre he sabido lo que quieres de mí —murmuró Sam con sensualidad.

—¡Sam! Hablo en serio.

Sam abrió un ojo.

—¿De verdad? Vale, hablo en serio —se concentró en sus dudas, pero para su sorpresa, habían desaparecido—. Es cierto, me lo pregunté. Pero ya no. Ahora empiezo a conocerte, Carrie —y añadió con ternura—. Y conocerte implica confiar en ti.

«Oh, Sam!» Un grito desesperado se alzó en la cavidad de su pecho. «Te amo, pero no puedo confiar en ti, porque no sé qué sientes por mí. No creo que tú me ames. Te gusto y sientes afecto por mí. Pero no es amor».

—Gracias —dijo y le besó en la mejilla.

—De nada —respondió Sam y la besó con calor por todo el rostro.

La dulzura de su gesto calmó a Carrie.

—Sam, tengo una canción nueva. ¿Quieres oírla? Hay que trabajarla más, pero...

—¿También escribes canciones?

Carrie se encogió de hombros.

—Sólo de vez en cuando. ¿Quieres escucharla?

—Claro que quiero. Voy a por tu guitarra.

Cuando regresó al dormitorio, Carrie estaba sentada en la cama, con la espalda apoyada en la pared. Tomó la guitarra con una sonrisa y rozó una cuerda.

Sam se tumbó frente a ella y cerró los ojos cuando las primeras notas llenaron el aire.

Luego, lentamente, Carrie comenzó a cantar y Sam se olvidó de respirar.

¿No es extraño, mi amor?

El mundo cambia.

El orden de las estrellas cambia

Transformas el cielo,

Con solo sonreírme, mi amor

¿Acaso es extraño, mi amado,

que te considere un mago?

cuando me rozas con un beso,

conozco el fuego que no quema, amado.

Cuando tomas mi mano, amante, camino por arenas doradas, calmas los vientos y las tempestades, Con el dedo de tu mano, amante.

Cuando comenzó la última estrofa, Sam hizo un sonido extraño. Siempre susceptible ante cualquier crítica, Carrie dejó de tocar y sonrió como quitándole importancia.

—Ya te dije que necesita arreglos.

—No, es preciosa —dijo Sam en voz baja—. ¿Hay más?

—Sí, pero no está listo —disimuló Carrie. Bostezando, dejó la guitarra en el suelo y se deslizó bajo las mantas—. Estoy cansada. ¿Estás listo para dormir?

Sin contestar, Sam apagó la luz y se metió en la cama con ella. Le había emocionado la canción. ¿La habría escrito pensando en él? Le encantaba creerlo. Deslizó la mano por su estómago y sintió el movimiento

Su corazón se encogió de ansia y esta vez no intentó negar su deseo de que aquello fuera real.

Con sorpresa y temor, se atrevió a reconocer que empezaba a acariciar nuevos sueños. Quizás Carrie y él tuvieran un futuro juntos. Quizás aquella criatura fuera su salvación. Había perdido un hijo y le daban una nueva oportunidad de ser padre y mostrar su amor...

Te estás comprometiendo mucho, Holt, le advirtió su sentido común. Es mejor que lo pienses antes de hablar. Está embarazada y no debes hacer o decir nada que pueda herirla.

Sam dejó de pensar al escuchar un ligero gemido.

—Carnie? ¿Estás bien? —

—No te preocupes, es mi espalda. Últimamente me duele.

—A ver, date la vuelta —cuando Carrie obedeció, comenzó a hacerle un suave masaje. Le gustaba ocuparse de ella—. Carrie, la canción era una maravilla. Tu talento no deja de asombrarme.

—Gracias —sintió que se relajaba.

—Tengo que marcharme por la mañana. Una reunión importante que no he podido cambiar —dijo con resignación, aunque no quería dejarla tan pronto—. ¿Quedamos a cenar el próximo miércoles? Sé que es cansado para ti, pero...

—Oh, vamos, no es ni una hora de camino, Sam. Además, me encanta regresar al lago oyendo la radio. Calma la excitación de estar contigo —explicó Carrie provocativamente.

Carrie escuchó su risa sintiéndose querida y feliz. Sam le había dicho palabras tiernas, había alabado su figura, exorcizado fantasmas del pasado y ofrecido un placer inmenso. Pero no le había dicho que la quería y ella tenía que morderse los labios para no gritarlo.

Su canción había sido una forma indirecta de anunciarle su amor. ¿Habría captado la señal? Probablemente no. Los hombres no suelen ser muy sutiles con los sentimientos. Sobre todo cuando los han herido. ¿O es que Sam, como Justin, era mera apariencia y no tenía nada que ofrecerle?

Sam se estiró.

—Por cierto, tú no eres tradicional en ningún sentido. En realidad eres una pieza única, señorita Loving.

—Tú también, Sam —la respuesta de Carrie ocultó su melancolía. Pegándose a su cuerpo, se hizo una promesa. No iba a permitir que su pasada experiencia enturbiara el futuro.

—¿Sam? Tengo hambre.

La risa le hizo cosquillas en la nuca.

—No puede ser.

—Te lo juro. Recuerda que como por dos.

Sam deslizó la mano por la superficie lisa de su barriga.

—Nunca lo olvido, Carrie —dijo.