Capítulo Siete
Sus palabras temblaron en el aire como la vibración de un trueno. Sam se encontró de pie sin ser consciente de haberse movido. Estaba atónito. En realidad, se sentía como si le hubieran dado una bofetada. Además de furioso, salvajemente celoso.
Sin poder evitarlo, miró el estómago de la mujer. Nada sugería que estuviera...
—Embarazada —repitió. La palabra seguía reverberando tras ser pronunciada—.
¿Cómo...? quiero decir —sonrió tímidamente ante su torpeza—... Hablando de bobadas, casi te pregunto cómo sucedió. ¿De cuánto estás?
—Cuatro meses —Carrie alzó la vista y su mirada fría fue como otro golpe—. ¿Cómo piensas que sucedió, Sam? ¿Qué clase de retorcidas conjeturas estás elaborando?
Cohibido por su enfado, Sam exclamó:
—¿De qué hablas? ¡Retorcidas conjeturas! Es cierto que me estoy preguntando cómo pasó, con quién lo has tenido y por qué. Un hombre ignora que va a ser padre —
¿Por qué ese extraño y no él? Aquel era el grito primitivo que brotaba del corazón de Sam. ¡Era tan injusto! Aquella mujer iba a tener un hijo de un padre inexistente y su propio hijo había desaparecido antes de que él supiera que existía. Sacudido por un salvaje rencor, apretó los puños para calmarse.
—Y además me estoy preguntando porque no lo habías mencionado —continuó con rabia—. ¡Hemos pasado horas juntos y no has dicho una palabra!
—No he hablado de ello porque pensaba que sólo era asunto mío —replicó Carrie.
—Ya —Sam puso la mano en la repisa de la chimenea y se exigió autocontrol—. En todo caso, está claro que no es asunto mío.
—Ahora sí lo es.
Sam alzó la ceja.
—¿No me digas?
—Lo es porque tú deseas —Carrie se mordió el labio—... Te lo he dicho porque no puedo tener una aventura amorosa con nadie. ¡Voy a tener un hijo!
Una extraña debilidad obligó a Sam a sentarse. No entendía qué le pasaba, pero lo que fuera hacía que sus piernas temblaran.
—No sé qué decir, salvo que ahora más que nunca me pregunto qué estás haciendo aquí. Embarazada, sin ayuda de nadie. ¡Alguien tiene que cuidar de ti! ¿Qué hay de tus padres? ¿Cómo han permitido que vengas sola?
Carrie miró a otro lado y luego le dedicó su mirada helada.
—Soy una mujer madura, Sam. Y nadie tiene que permitirme nada.
—Ya lo imagino —masculló Sam—. ¿Y quién es el padre?
—Justin —replicó Carrie en voz baja—. Mi ex marido.
—Vaya —Sam alzó de nuevo una ceja irónica—. Quién lo iba a pensar.
Carrie lo miró directamente a los ojos. Había dolor en la sonrisa falsa de Sam.
—Quién lo iba a pensar —la burla de Carrie estaba llena de tristeza. Sabía que tenía que explicarle algo más. Apretó las manos—. No fue consentido, Sam. Una noche después del divorcio vino a mi casa con el pretexto de hablar de ciertos asuntos, terminar como amigos, ya sabes... Había estado bebiendo, pero parecía normal —
habló rápido, con voz tersa—. Me hizo proposiciones. Dije que no. Me forzó.
—¿Estás diciendo que te violó? —preguntó Sam con incredulidad. Carrie asintió, con las pestañas llenas de lágrimas contenidas.
—Dios mío —susurró Sam, sintiendo que la rabia lo agitaba como un tornado, el deseo de golpear al canalla de Justin hasta hacerle perder el sentido—. Lo siento, Carrie.
Carrie lo miró con los ojos muy abiertos.
—Gracias por decirlo, Sam. imaginé muchas respuestas tuyas, pero no ésa.
—Qué mala opinión tienes de mi! —se quejó Sam.
—No, sólo estoy un poco recelosa —suspiró Carrie.
—¿Lo denunciaste?
—No, sé que debí hacerlo, pero el escándalo hubiera sido tan grande —sobre todo teniendo en cuenta lo que pasó al día siguiente—... Me pareció que era su palabra contra la mía y que nadie iba a creerme, así que no dije nada.
Sam se inclinó hacia ella.
—¿Ni a tus padres?
—No.
—¿Por qué? —exclamó Sam—. ¿Son acaso ogros?
—No, claro que no. Pero son muy frágiles, y... Oh, Sam, no puedo causarles más dolor. Tenía que salir adelante, estar bien antes de —dejó caer las manos sobre su regazo—... Sabes cómo son los pueblos pequeños, lo mala que puede ser la gente. El menor escándalo y las personas no pueden ni salir a la calle con la cabeza alta —
habló con una pequeña risa histérica—. No sabes lo que es andar por la calle y notar que la gente te señala con el dedo, murmura, se calla cuando apareces...
Carrie no podía seguir. Tomó aire.
—Quizás pienses que exagero, pero no pude enfrentarme a eso. Me marché sin decir nada. Se lo contaré, pronto, pero no en este momento.
Sam sentía que le faltaba el aire, tal era su conmoción.
—No termino de entender nada. Quizás ni siquiera quiero saberlo. Me parece terriblemente complicado y he decidido huir de las complicaciones. Comprometerme contigo de alguna forma me parece imprudente, por decir algo.
Carrie asintió.
—Aprecio tu sinceridad, Sam. Pero puedes estar tranquilo, no corres ningún peligro.
Me marcharé en pocos días y tú volverás a tu vida. Dios sabe que mi último deseo es complicarte la vida.
—Oh, calla —la regañó Sam—. Ya me has complicado la vida. No puedo olvidar esto sin más.
—Claro que puedes, no necesito tu ayuda —Carrie se tapó el estómago con gesto protector—. Es mi bebé —declaró con fiereza— y soy perfectamente capaz de ocuparme de él.
Ante la mirada escéptica de Sam, Carrie pasó a relatarle sus planes, su nuevo trabajo en una guardería. Y nada más. No pensaba hablarle de sus líos con la ley.
Sam se puso a caminar por la habitación, nervioso.
—No pongo en duda tu capacidad para cuidar de vosotros —dijo como si Carrie estuviera poniendo a prueba su paciencia—. Pero no puedo dejarte sola sin más.
—Oh, deja de ser tan masculino, Sam —exclamó Carrie, irritada.
Sam se detuvo y la miró, perplejo.
—Bueno, soy así, no puedo evitarlo.
—Ya —Carrie no sabía si reír o llorar—. Pues deberías tratar de controlar tu natural caballerosidad. Has rescatado a una doncella en apuros y ¿con qué te encuentras?
Con una embarazada neurótica.
Sam sonrió por vez primera.
—¡Seamos serios, Carrie! Al menos tienes que hablar con tus padres. Deberían saberlo. ¿O es que piensas presentarte un día con un niño en brazos? Mira lo que traigo, mamá, papá.
El sarcasmo la hirió.
—Oh, calla, Sam. Si no puedes decir cosas que me animen, cállate. Yo ya tengo bastante. Y claro que voy a contárselo a mis padres. Pero quiero tener algo seguro que mostrarles —hizo una mueca—... Que vean que estoy bien y que saldré adelante.
Sam hizo un par de preguntas más, a las que Carrie contestó como si la estuvieran quemando viva.
—¿Algún otro secreto que no me has contado? —dijo al fin.
Carrie miró a otra parte, decidiendo su suerte. Era el momento de contárselo, pero no podía.
—No estaba ocultándote nada, sólo defendía mi intimidad. Y sigo haciéndolo —
comentó Carrie, temerosa de soltarlo todo—. No olvides que se trata de mi vida, no de la tuya.
Se puso en pie y giró para salir del salón y abandonar el interrogatorio. Pero antes de marcharse, añadió:
—Y no te engañes: no soy una mujer en apuros que necesita un hombre fuerte a su lado. Pensar eso sería un grave error.
Un instante después su puerta se cerró con un portazo.
El día de Navidad amaneció gris y lluvioso. A juego con el humor de Sam. Se había pasado la noche en vela, recordando la conversación, obsesionado con varios detalles que retenían su curiosidad como una alambrada de púas. Una ira llena de ambigüedad le mantenía despierto, dirigida a ratos contra Justin por ser un canalla, a ratos contra Carrie por haberse enamorado de tamaño imbécil, a ratos contra sí mismo por no haber sido capaz de mantenerse al margen de la situación. Pero, ¿qué le pasaba? Después de escuchar una telenovela semejante, un hombre sensato hubiera huido de allí sin esperar a saber más.
Al amanecer renunció a dormir y se vistió para tomar el primer café de la mañana.
Con la taza en la mano, paseó por el salón, contemplando sin verlo el lago plateado y cubierto de brumas. ¿Dónde estaría Justin? Carrie se había encogido de hombros ante la pregunta. Había salido de la ciudad y no sabía nada del bebé, le había dicho.
A Sam no le gustaban los secretos. Pero en estas circunstancias estaba de acuerdo con Carrie. Sus actos le habían quitado el derecho a conocer la verdad sobre su hijo. Y
además, estaba deseando creer que Carrie era exactamente lo que parecía: valiente, honrada, sincera. El opuesto de su ex mujer.
O por lo menos diferente, concluyó. Luego suspiró y se pasó la mano por la nuca.
Todo aquello le estaba agotando. Carrie era una mujer fuerte, pero por debajo percibía una fragilidad que le enternecía.
Demasiado. De mal humor, Sam salió al porche y agradeció el frío con el que le recibió el nuevo día. No creía ser un bicho raro. Simplemente la revelación lo había trastornado. Un rato antes Carrie era una mujer que necesitaba ayuda porque estaba enferma y con la casa en obras. Ahora era una mujer con un hijo.
Y necesitaba ayuda. Aunque hubiera preferido morirse antes de pedirla.
Conociéndola, cuando su chalet estuviera en condiciones, no tardaría ni un minuto en mudarse.
Y eso era lo que él quería. ¿O no? Sam soltó un taco. Lo que él quería era llevársela a la cama.
—Está embarazada —dijo en voz alta y por algún motivo, ya no le pareció tan extraño. Se le ocurrió preguntarse si eso cambiaba su deseo por ella. No. Todo lo contrario. Aún la deseaba con una fuerza que le extrañaba en un hombre de su edad y experiencia.
—Hola, Sam —su dulce voz le sacó de sus pensamientos.
Sam giró sobre sus talones. Carrie lo miraba con aquellos ojos tan increíbles y sintió algo tan profundo y tierno que apenas pudo seguir engañándose. Aquello no era sólo sexual.
¿Qué era entonces?
Algo que no le convenía en absoluto.
—¿Entra antes de que te enfermes! —llamó Carrie desde la puerta.
Sam obedeció con el sentido común hecho trizas. Carrie llevaba un vestido largo de lana, estampado con flores, apretado al cuerpo, mostrando sus delgadas curvas y sus delicados pies desnudos. El deseo, con sus mil fuegos diminutos, lamió sus sentidos.
Pero sus ojos se sentían atraídos por el vientre de la mujer. ¡Ojalá fuera mío ese hijo!
La idea estalló en su mente con tanta violencia que al principio no pudo combatirla.
Consciente de la mirada de la mujer, se encogió de hombros y sonrió a medias.
Pero la dulzura de sus ojos obligó a Carrie a hablar:
—Sam, he estado pensando y... siento mucho no haberte hablado antes del bebé.
—No hay motivo para sentirlo —dijo Sam intimidado—. Por algún motivo, siempre olvido que nos conocemos desde hace menos de una semana.
Carrie se sorprendió por su pronta respuesta. Y sintió cierta rabia, aunque el motivo se le escapaba.
—Podría habértelo dicho antes. Pero pensé que era asunto mío —no era aquel el tono que quería emplear, así que sonrió con aire contrito—. Es verdad que parece más de una semana. ¿Quieres que desayunemos? ¿A quién le toca cocinar esta mañana?
—Yo lo haré si tú te pones calcetines.
Carrie arrugó la nariz.
—Sí, señor —fue hacia su cuarto mientras sus palabras quedaban suspendidas tras ella como lazos de seda—. Es fantástico haber aterrizado en un planeta dónde los hombres cocinan y las mujeres hacen el vago. No estoy acostumbrada a hacer el vago, pero intentaré superarlo.
Sam intentó no reír, pero no lo logró. Su humor era irresistible. Tanto mejor, se dijo.
Tras la gravedad de la última noche, un poco de ligereza sentaba bien. Tenía que aprovechar su buen humor, pues ya había descubierto que Carrie era impredecible.
—Mejor —aprobó cuando la joven regresó con los pies cubiertos—. Ya está el té. Y
por cierto, ¡Feliz Navidad!
—Oh, la Navidad, Sam —Carrie miró su taza de té—. No te he comprado nada.
—Yo tampoco Pero podemos dar una vuelta y comprar algo.
—¿Cómo qué?
—Lo que sea. Se han terminado los huevos, así que tendré que ir a la tienda esta tarde. A lo mejor te traigo un pastel. De esos que siempre vienen con premio —Sam batió los huevos con energía—. ¿Cómo te sientes en relación con el bebé? —preguntó abruptamente—. Es decir, no fue fruto del amor precisamente.
—No, desde luego —suspiró Carrie—. Lo que quieres decir es por qué no me deshice de él. Para ser sincera, la idea cruzó mi mente. Pensé todo lo que estás pensando ahora, la ira que sentía ante su concepción, el horror de un acto de violencia... Pero luego comprendí que este bebé era parte de mí. Y lo es, Sam. Lo estoy haciendo yo, literalmente estoy creando este cuerpo con el mío, Sé que su espíritu no me pertenece, pero puedo reclamar que su forma física es mía. Parte de mí.
Sam la miró intentando comprender sus palabras.
Alentada por su reflexiva mirada, Carrie prosiguió:
—Y me puse a pensar en el bebé, en el motivo por el que había nacido. ¡Hay tanto potencial en cada ser humano! Empecé a pensar en lo que podía hacer por el mundo, o por él mismo, vivir, crecer. Oh, Sam, es tanta la potencia de un recién nacido. ¿Te das cuenta?
—Soy consciente de ello —Sam sonrió para ocultar su enorme dolor.
Carrie se dio cuenta y alzó las manos.
—Oh, Sam, perdona, claro que te das cuenta. Sé que también piensas como yo.
—Sí, eso creo —dijo Sam amargamente—. Aunque también sé que a veces una mujer no puede con ello, o no quiere tener un hijo y las circunstancias la obligan... —él mismo se sorprendió al oírse.
—Así es, Sam —dijo Carrie sin insistir—. Soy la primera en reconocer que una mujer tiene derecho a tomar esa decisión.
—No es una decisión que pueda tomar sola. También hay un padre —Sam puso la sartén en el fuego, sin ocultar su rabia—. Oh, vamos, no puedo ser objetivo en este tema.
—Ya lo sé, pero tendrás que aprender —dijo suavemente Carrie—. Tendrás que perdonar.
La risa brusca de Sam interrumpió a Carrie.
—Claro que no pienso hacer eso.
¿Cómo puede perdonarse algo así? La familiar amargura lo embargó, pero esta vez desbordaba su propia historia. Sam no entendía que Carrie pudiera perdonar a Justin por lo que le había hecho.
La miró. Parecía tan triste por su brusca respuesta que tuvo que soltar un taco y mirar a otro lado. No podía soportar aquella ternura infernal. Sin pensarlo, dejó los huevos y la tomó entre sus brazos. La sorpresa la hizo abrir los ojos y separar los labios, quizás para protestar. No le dio tiempo, pues Sam la besó con fuerza.
Al instante, olvidó el fuego encendido y las manos de Carrie contra su pecho. Quizás había pensado en rechazarlo, pero su boca lo recibió con ardiente dulzura. La apretó contra sí, sintiendo el impacto de las curvas femeninas contra su cuerpo. Olvidó toda prudencia. El sentimiento de peligro no hacía sino atizar el placer que convertía su mente en humo y derretía sus huesos. Pequeñas alarmas saltaban aquí y allá, pero estaba demasiado excitado. Su boca sabía a miel y olía a hierba fresca y estaba seguro de que la misma fragancia cubría cada milímetro de su satinada piel. Quería probarla entera y cuando la joven se movió como si quisiera escapar, sus brazos la apretaron sin pensar, furiosamente. Las palabras que se formaban en su mente y pugnaban por salir eran peligrosas plegarias de amor.
—Carrie —dijo sin separarse de su boca adorable. Tenía la intención de permanecer besándola el resto de su vida.
—Sam —Carrie apenas podía hablar. Quería detener el abrazo antes de que escapara a su control. Pero gimió, tanto era su deseo de seguir sus instintos. No sabía qué pensar de todo aquello, pero la fiereza de su lengua rompía en mil pedazos su sentido común.
Sam deslizó las manos por su espalda y la estrechó contra su cuerpo enardecido. El placer y la pasión mezclados crearon una completa y dulce confusión en la parte de su cerebro que seguía indemne.
Oh, necesito ayuda, suplicó el sentido común de Carrie ante el arrebato de los sentidos. Tenía que pensar y para eso tenía que detenerlo. Reunió su voluntad y apartó la cara. Inmediatamente, Sam aflojó su abrazo y Carrie se separó, respirando con fuerza, procurando calmarse.
Pero el ansia de amar volvió a asaltarla. Sintiéndose emocionada y débil, lo miró a los ojos y leyó una duda en su mirada, una vacilación en todo pareja a la suya.
De poco le servía su máscara de hombre fuerte. Aquel hombre dominante podía ser tan vulnerable como ella. El descubrimiento la dejó sin habla. Sacudida por la ternura, intentó rebajar la emoción entre ellos.
—Oye, Sam, qué forma de felicitar la Navidad —masculló, con una sonrisa ambigua.
—Me gustaría poder disculparme, pero... ¡Maldita sea! —había olvidado la sartén en el fuego y ésta echaba humo negro. Rápidamente, Sam la apartó y luego sonrió con malicia—. Un minuto más y provocamos un incendio.
El juego de palabras la hizo reír.
—No puedo negarlo —Carrie se sonrió ante la pronta recuperación de Sam. Ambos deseaban mantener el control, pero por algún motivo la pasión de Sam no la asustaba, sino que la llenaba de entusiasmo.
Le parecía lo más natural desearlo y el embarazo no había hecho sino encender sus sentidos. Pensativa, se sentó mientras Sam freía los huevos. Sentía una extraña ligereza aquella mañana. Quizás porque había hablado de su hijo y el hombre no había huido como gato escaldado, pensó.
Consideró la posibilidad de contarle el resto de su vida. No, ya ha tenido bastante, le advirtió una voz interior. Aceptó el consejo y enterró el resto de sus secretos en lo más profundo de su corazón.
Sam hizo más café y se pusieron a desayunar, hablando de temas sin importancia.
Hábitos de sus familias, historias de sus infancias. Temas seguros. Sam no volvió a preguntar por el embarazo y Carrie pensó que quizás había dejado de interesarle.
Por la tarde, pasearon por el lago, de la mano, compartiendo gestos inocentes pero cargados de sensualidad. Para Carrie las horas pasadas con él eran como un regalo robado al tiempo, un hilo dorado en la trama espesa de la realidad. Sabia que aquel regalo no podría resistir mucho tiempo, ni aventurarse fuera de la hermosa casa solitaria con su árbol de Navidad brillando dentro. Sólo los locos creen que la magia puede ser eterna.
Y allí estaba ella, deseando creer, aún a costa de su cordura.
La tarde se deslizó insensiblemente hacia la noche mientras ellos comían sobras frente al fuego, charlando apaciblemente. Fuera, la noche les envolvía con una negrura que convertía cada brillante lengua del fuego en una joya rara. Carrie empezó a preguntarse si Sam consideraría su encantadora complicidad como un preludio a una noche de pasión. Esperaba que no, pues no se sentía preparada para tanta intimidad. Tenía demasiados sentimientos encontrados.
Prueba de su confusión fue que al despedirse ante su puerta sintiera tanto alivio como decepción.
—No te atrevas a necesitar lo que no está a tu alcance —se dijo a sí misma con dureza. Sam le había dejado claro lo que quería: una relación sencilla y temporal, sin compromisos. Y en su vida no había nada que fuera sencillo ni temporal.
La mañana se presentó con violencia, en forma de llamadas de teléfono. Carrie salió del cuarto, preguntándose qué pasaría.
—Hola, Sam —dijo al verlo—. Veo que el teléfono vuelve a funcionar. ¿Qué está pasando? ¿Algún problema?
—Sí, problemas. Me han llamado de la oficina. Ha habido un incendio en una de las fábricas y un capataz está herido. Tengo que volver. De todos modos mi pequeña fuga de la realidad tenía que acabar. Enero y febrero son nuestros meses de mayor producción
—Sam miró por la ventana—. La otra llamada era del guardés. Dice que hoy terminan la obra en tu casa.
Un dolor agudo atravesó el costado de Carrie. Así que el sueño había terminado.
—Bueno, todo coincide —dijo—. Siento lo del accidente, Sam. Espero que el herido esté bien.
—Me han dicho que no es nada serio, pero quiero verlo.
—Claro, lo entiendo —Carrie miró su rostro con detenimiento. ¿No había en su voz cierta prisa por marcharse? El rostro era impasible y Carrie tuvo que reconocer que no sabía nada de él—. Supongo que ha llegado el momento de darte las gracias por todo lo que has hecho. Así que gracias, Sam. Me iré a mi casa en cuanto estés listo para marcharte.
—Sabes que puedes quedarte aquí. Aunque la idea de que estés sola en el lago...
bueno, ya sabes lo que pienso —Sam parecía irritado. Su mirada era lejana y reflexiva
—. Maldita sea, Carrie —añadió incongruentemente.
—Maldita sea, Sam —se rió Carrie. Impulsivamente, se acercó y le besó en los labios antes de apoyar la cara en su pecho, inhalando el olor que emanaba de su camisa.
Sam se quedó rígido ante el gesto. Cada vez que sus cuerpos se acercaban, el deseo estallaba en él. La abrazó y estrechó en un gesto automático que no pudo evitar. Pero al momento, soltó su abrazo y se alejó unos pasos.
Carrie ocultó su decepción. ¡Se estaba tan bien entre sus brazos! Dispuesta a recuperar la dignidad, le dedicó una sonrisa traviesa.
—Perdona. Suerte, Sam.
Sam la miró al fin.
—Gracias, puede que la necesite. Escucha, no quiero que cargues cosas pesadas.
Cuando estés lista, llama al guardés y no se te ocurra ponerte a limpiar. Ellos lo harán —vaciló, mirándola con intensidad—. ¿Seguro que estarás bien?
—Estaré bien —le aseguró Carrie—. De hecho, deseaba estar sola. Cuídate —sin dejar de sonreír, regresó a su cuarto.
Poco después, oyó el motor del coche y se asomó a su ventana, mirando la partida de Sm entre una cortina de lágrimas.
—Hasta pronto, Sam —susurró. ¿Volvería a verlo? Lo dudaba. El se había cuidado de no prometer futuros encuentros. En realidad, ambos sabían que aquello no podía durar.
—Y si no esperas nada, no te duele cuando no obtienes nada —sentenció Carrie, felicitándose por su sensatez.
Cuando el coche desapareció en la carretera, se quedó mirando el paisaje helado.
Nada se movía en aquella vastedad blanca, no había señales de vida en la tierra cubierta de hielo. Y de pronto, se sintió muy pequeña y muy sola, enormemente asustada.