Capítulo Uno
Con la frágil espalda encorvada en su intento de luchar contra el viento helado, Carrie Loving avanzaba tropezando en la oscura noche de diciembre, sin otra luz para guiarla que el resplandor débil de una linterna. Intentaba llegar a la casa que había alquilado en el hermoso lago Prince John de Ohio cuando su coche derrapó y terminó en la cuneta a un par de kilómetros de su destino. Había pisado un charco de agua semi helada al descender del coche y sus botas chapoteaban con cada paso que daba.
La bolsa de viaje que llevaba contenía muda para un par de días y el neceser, pero no calzado de recambio. Temblando, apartó un rojizo mechón mojado de su frente y se ajustó la capucha. Quizás había sido una locura salir del coche, se dijo. Pero no se le había ocurrido otra cosa. La habían advertido de que la pequeña urbanización junto al lago estaba deshabitada en aquella época del año. Pero la información no la había preocupado. Tenía veintiocho años, no era ninguna cría inconsciente con temor a la oscuridad. Tras los meses pasados de angustia emocional, la promesa de un lugar vacío y en paz la había ayudado a superar todo temor que pudiera inspirarle la soledad del lago.
Una sensación repentina de mareo desequilibró su paso e hizo que la luz de la linterna vacilara. Se aferró a un tronco cercano para recuperar el control. Estaba helada, pero se sentía ardiendo de fiebre. Lágrimas de rabia quemaron sus ojos verdes. La maldita gripe otra vez, se dijo. Y justo cuando estaba perdida en mitad de la noche.
—Oh, Señor — susurró, repentinamente paralizada por el temor y la duda. Estaba divorciada, sola y embarazada de cuatro meses.
Pero el mareo pasó. Lentamente fue soltando su apoyo y comenzó a caminar de nuevo, con la mirada fija en el pequeño espacio rescatado de la oscuridad por la linterna. Ignoró el malestar que aún sentía y que creaba una tormenta en miniatura en su interior. Ya había aprendido que las famosas náuseas matutinas podían presentarse a cualquier hora.
En pocos meses, iba a ser madre. Una madre soltera.
Carrie no negaba el temor que le producía criar sola a un niño. Pero sabía que el bebé debía ignorarlo. Un hijo debe tener confianza en su madre, se dijo.
—No tengas miedo, mi amor —susurró, pasándose la mano enguantada por el vientre—. Yo cuidaré de los dos.
Como si quisiera hacer burla de su valor, otra náusea ascendió en su interior y la obligó a detenerse, hasta que lentamente se puso en marcha de nuevo. Según sus instrucciones, la carretera bordeaba el lago, curvándose en la zona dónde se encontraban los chalets. No debía estar lejos.
—Ya llegamos, pequeño, te lo prometo —murmuró. Tras girar en una curva de la carretera, vio la primera casa. Para su sorpresa, había luz en las ventanas, un resplandor dorado desbordándose a través de la nieve que caía cada vez con más fuerza. El alivio la hizo pararse... ¡Había alguien más en el lago! Tenía frío, estaba cansada y necesitaba hablar con un ser humano. Aunque su propia casa estaba en el otro extremo, se dirigió directamente hacia la luz, como una mariposa nocturna atraída por el calor de una lámpara.
Sam Holt echó un tronco al fuego, provocando una lluvia de chispas rojas y una columna de humo azul que ascendió por la chimenea y se perdió en la noche oscura.
Cuando las lenguas de fuego comenzaron a lamer la madera fragante, colocó de nuevo la pantalla frente al fuego y se acuclilló a mirarlo. Tenía un cuerpo grande, cubierto por un pijama de seda, y se movía con elegante energía, pero su inquietud se trasmitía a sus dedos que tamborileaban contra el suelo. Estaba nervioso como un felino y no sabía por qué motivo.
Observó el fuego con gesto pensativo. Deseaba... Oh, no tenía ni idea de lo que deseaba. Tenía hambre, pero no de comida. ¿De qué, entonces? No echaba de menos una compañía femenina. Podía obtenerla con una llamada de teléfono. Las invitaciones se amontonaban en su buzón, llenaban el contestador de su teléfono. La locura prenavideña, se dijo con humor.
Hizo una mueca mientras el televisor repetía su urgente mensaje publicitario: sólo quedaban seis días para hacer las compras de Navidad. Quizás aquello era el origen de su inquietud. Tiempo atrás la Navidad era el tiempo de la magia y el ensueño.
Ahora no era más que otra ocasión frenética para el consumo.
Sam guardó el atizador entre el cúmulo de troncos secos. Le ponía enfermo sentirse tan irritado por aquello que una vez le había hecho feliz, comprar regalos para los que amaba. También le solían gustar las fiestas. Pero ya no. Estaba harto de beber, flirtear, charlar sin sentido y reír a carcajadas en fiestas de gala. Y también se sentía hastiado de mujeres flacas, sofisticadas, con voces adiestradas y ojos hambrientos, reconoció, colocando con gestos bruscos un tronco caído. Lo que incluía a su ex mujer, belleza de la alta sociedad, egoísta y determinada, y que sabía mentir tan bien que hubiera engañado a los mismos ángeles del cielo. Desde luego, lo había engañado a él con su dulzura y supuesta inocencia. Pero no tardó en comprender que era como las demás de su clase: vana, mentirosa, sin fondo.
Aquel pensamiento era amargo y él no estaba amargado. Dolido y desilusionado, sin duda. Temeroso como un gato escaldado. Quizás incluso un poco desequilibrado.
Pero no amargado. Aquella palabra le sonaba perversa, y Sam no lo era.
Sin embargo, si alguien tenía derecho a la amargura, sin duda era él. Lo que su mujer había hecho era imperdonable. Sin su narcisismo y vanidad, tendría un hijo, en lugar de sentir el vacío y la pena de lo que pudo haber sido y no fue.
Sam se sorprendió del dolor agudo que el recuerdo le causaba. Pero es que él siempre había deseado ser padre. Un niño o una niña, se dijo, con una sonrisa soñadora en los labios. La sonrisa murió en una mueca de ira. El motivo más egoísta y estúpido había impedido a Elysse contarle que estaba embarazada. Deseaba conservar su figura y abortó antes de que él pudiera dar su opinión. Nunca le perdonaría aquel engaño.
Pero al menos la experiencia le había hecho fuerte, se dijo Sam. Y había barrido cualquier vestigio de amor por su mujer. Colocó otro tronco en su lugar y reprimió un suspiro. El techo alto de la habitación, más propio de una granja que de un chalet, pareció descender hacia él, cerrarse, mientras los quejidos de la madera erizaban el vello de su nuca. «Te estás poniendo neurótico», se dijo, y encendió una lámpara cercana. Puesto que no era posible dormir, quizás le conviniera trabajar un rato.
De pronto se detuvo, paralizado por la sorpresa. No podía haber escuchado un golpe en la puerta. ¿Quién podía estar fuera en una noche como aquella? Pero de nuevo, oyó con claridad el golpear suave de unos dedos. Un escalofrío recorrió su espalda.
Fue hasta la ventana y contempló la oscuridad de la noche. No se veía un coche, ni luz alguna. ¡Era inconcebible que alguien se paseara así en la tormenta! Sintiéndose nervioso y alerta, fue a la puerta y quitó el cerrojo.
La puerta se abrió con una violencia que hizo exclamarse a Carrie. La silueta de un hombre alto se dibujó en la claridad y pudo ver unos ojos azules, interrogantes, casi ocultos debajo del despeinado cabello negro.
La miraba, con la incredulidad endureciendo sus rasgos nobles.
—¡Pero, qué diablos! — exclamó.
—Por favor, necesito ayuda —Carrie se apoyó en el marco de la puerta al sentir que su vista se nublaba—. Mi coche se ha metido en una zanja y... —no pudo seguir, al borde del desmayo.
—¡Dios mío! —el hombre la tomó por el brazo y la hizo entrar, cerrando la puerta tras ella. Luego la agarró por los hombros y preguntó—. ¿Estás bien?
El aroma leve e intenso del sándalo invadió la nariz de Carrie. Volvió a respirar y de nuevo se sintió llena del olor del hombre. Con un gran esfuerzo, se irguió y se separó un paso de él, sintiendo el corazón que latía con fuerza.
«Respira hondo, Carrie», se ordenó.
—Sí, estoy bien —respiró de nuevo—. Sólo helada y cansada, creo. Mi coche está a un kilómetro o así, y me costaba mucho seguir andando.
—¡Desde luego! Quítate el abrigo y las botas, pareces congelada— ordenó Sam y miró de reojo el rostro semi oculto por la capucha del anorak. Frunció el ceño, preocupado por su aspecto—. ¿Seguro que te encuentras bien?
—De verdad… sólo necesito descansar —Carrie intentaba hablar con firmeza, pero sentía que su cerebro se llenaba de oscuridad. (<No debes desmayarte», se dijo con horror y forzó una sonrisa—. Si pudiera llevarme en coche a mi casa. Es el número once, la casa de los Mckinnon.
—Por supuesto —todavía absorto por la aparición, Sam se pasó la mano por el cabello—. Pero tengo que vestirme.
A pesar del cansancio, Carrie sonrió ante sus pies desnudos y elegante pijama.
—Esperaré —dijo, mirando al extraño de ojos azules.
—Bueno, al menos quítate ese abrigo empapado mientras esperas.
Parecía irritado y Carrie dejó caer el anorak. Nadie se ocupó de recogerlo. Carrie tenía bastante con permanecer erguida y Sam se había quedado mirando la cascada de rizos cobrizos que rodeaban la cara de la joven.
—¿Qué haces paseando en una noche como esta? —preguntó.
—Sólo intentaba llegar a mi casa —dijo Carrie y al sentir de nuevo el mareo a punto de invadirla, se aferró a su brazo—. Perdona— masculló, cerrando los ojos.
Carrie escuchó su exclamación de sorpresa, pero nada pudo hacer. El rostro ansioso inclinado sobre ella fue lo último que vio antes de caer en un negro abismo.
Sam logró sostenerla antes de que diera en el suelo. Agradeciendo sus reflejos, la llevó en brazos hasta el sofá y la dejó sobre éste con cuidado. Tenía las botas empapadas.
—¿Pero qué hacías? ¿Nadar en el lago? —murmuró con enfado— ¿Señora? —le sacudió ligeramente un hombro—. ¿Señora?
No abrió los ojos. El corazón de Sam dio un vuelco. Estaba tan quieta. Buscó el pulso en su garganta y suspiró. Al menos estaba viva.
—Agotada, parece —se dijo. Y de pronto, al observar el color rosado de sus mejillas, otra idea cruzó su mente. ¿Estaría acaso borracha, víctima de alguna juerga navideña? En cualquier caso, sus botas estaban dejando perdido el sofá.
Se las quitó, junto con los calcetines empapados. Tenía los pies helados, al igual que las manos, según descubrió al quitarle los guantes. Dio un paso atrás y vaciló, dudando qué dirección tomar. ¿Debía dejarla descansar sin más? ¿Debía despertarla y llevarla a su casa? Pero eso no era posible. Su coche estaba atascado en un cúmulo de nieve y tendría que usar la pala para sacarlo. Se le había olvidado por completo, impresionado como estaba por la aparición de una hermosa mujer perdida en una tormenta. Una fantasía masculina hecha realidad, se dijo con ironía.
Fascinado, estudió a su misteriosa visitante. El rostro era delgado, de pómulos altos, rasgos delicados, infinitamente agradable a la vista. Sus ojos se deslizaron hasta la mano inerte. No había anillo de boda. ¿Quién podía ser? ¿Qué estaba haciendo en aquel lugar desierto, sola? ¿Acaso huía de algo? ¿De alguien?
Un gemido ahogado interrumpió sus cavilaciones. Se inclinó sobre ella.
—¿Oye? ¿Te encuentras bien?
Al no obtener respuesta, le tocó la mejilla. ¡Estaba ardiendo!
Puso la palma sobre su frente, confirmando la impresión. Aquella mujer estaba enferma, no borracha. Sam expulsó el aire pesadamente. Lo último que necesitaba era tener una mujer entre las manos, y además enferma. Pero allí estaba. Y cuando la responsabilidad llamaba a un hombre, éste debía responder, por molesto que fuera.
Hizo una mueca burlona al recordar los consejos de su sabio padre.
—¿Señora? ¿Puedes oírme? Tienes que quitarte la ropa o pillarás una pulmonía.
Las pestañas de la joven temblaron y de sus labios escapó un gemido casi inaudible.
Sam sintió un deseo protector tan intenso e inesperado que barrió su sentido común.
Olvidando su recientemente adquirida aversión al género femenino, le apartó el pelo de la cara con un gesto tierno. La mujer giró la cabeza revelando la nuca bajo la rojiza cabellera. La visión de aquellos rizos desordenados y húmedos despertó en él un sentimiento hondo.
Volvió a gemir, más fuerte. Sam sintió que su corazón se encogía al oírla.
—No te preocupes, estoy aquí.
Aquello podía reconfortarla, pero no le tranquilizaba a él.
—¿Puedes hablarme? ¿Qué sientes? —preguntó, casi como una súplica.
La joven empezó a toser violentamente, y luego cayó en un sopor sin energía que le alarmó aún más. Sam se sentía perdido. La desconocida tenía una fiebre altísima y casi deliraba. Era evidente que necesitaba un médico. Pero el teléfono no funcionaba y no tenía coche.
La impaciencia deformó sus rasgos. Quizás debía ir a la camioneta y sacarla de la nieve. Lo más probable era que no lo lograra, menos de noche. Era una locura. Pero debía hacer algo con aquella enferma. Y estaba solo.
Podía limitarse a dejar que la naturaleza siguiera su curso. Pero no, era imposible.
Nunca había podido abandonar a su suerte a las criaturas indefensas, incluidas las chicas, se dijo con humor. Los arañazos de sus manos podían testimoniarlo: aquella mañana se había pasado casi una hora liberando una hembra de gamo de la alambrada que rodeaba el área.
Pero allí no había ningún animal indefenso. El rencor le hizo mirarla con ira. Estaba intentando simplificar su vida y la veía invadida por un problema que no se había buscado. La joven gimió de nuevo. Por Dios, haz algo, se ordenó con rabia. ¡Eres un Holt y los Holt no pierden el tiempo lloriqueando! Sus ojos se iluminaron al recordar las palabras de su ama cuando era un niño y estaba enfermo. Aspirina, líquidos, friegas de alcohol.
Y ropa seca.
—Maldita sea! —masculló Sam. No tenía ni idea de cómo lograr que una mujer enferma bebiera agua o tomara aspirina. Mucho menos cómo desvestirla sin invadir su intimidad.
Se quedó quieto al ver que sus ojos se abrían. Unos ojos asombrosos, azul verdosos, brillantes de fiebre. Unos ojos que expresaban temor, pensó. ¿Acaso le temía a él? No, claro, no era un hombre que asustara a las mujeres. Más bien lo contrario.
—No te asustes —habló como si calmara a un animal herido—. Estás a salvo conmigo.
El sonido de su voz hizo que los ojos se clavaran en él y que la mirada, antes confusa, perdida, pareciera de pronto clara y firme. Una leve sonrisa la acompañaba.
—¿Por qué iba a tener miedo de ti? —murmuró.
Sam dejó de respirar. Aquella mirada le había trastornado. Su cuerpo de casi dos metros de alto se quedó rígido al sentir la invasora familiaridad, la increíble sensación de conocer a aquella mujer de una manera que desafiaba a la lógica.
Pero un segundo después había dejado de mirarlo y Sam, sintiéndose humillado por la fuerza de lo que había sentido, decidió que había imaginado la escena.
—Tengo tanto frío —murmuró la mujer, tirando de su jersey.
—Voy a por una manta —pero no se movió, contemplando, extrañamente fascinado, la manera en que las pestañas rozaban sus mejillas. ¡Qué hermosa!, pensó y se lo reprochó al instante. La belleza le había arrastrado una vez a una trampa. Y la conciencia de su extravagante belleza había hecho que Elysse eliminara a su hijo.
Sam se dirigió a su dormitorio. El también sentía frío. Con gestos rápidos se quitó el pijama y se puso pantalones y un jersey, además de calcetines. En el baño encontró el alcohol y una toalla para refrescarle la cara.
—Ya que estamos, servicio completo —dijo mientras buscaba otros calcetines y un pijama de más abrigo.
Al tirar de la manta que cubría su cama deshecha, se detuvo. El teléfono móvil estaba sobre la mesilla de noche. Lo soltó todo para tomarlo, pero estaba descargado.
Con un taco, dejó el inútil artefacto. Un espejo reflejó su imagen: un hombre despeinado con aire de preocupación. ¿Qué podía hacer por ella? No sabía nada de enfermedades.
—¡Qué Dios nos asista! —exclamó.
De nuevo recogió las cosas y regresó al salón. Se arrodilló junto a la mujer y dejó la manta y el resto en el suelo.
—¿Señora? ¿Puedes oírme? Tengo que quitarte la ropa. No quiero hacerlo, no es nada personal, pero alguien debe hacerlo. No es más que un asunto de necesidad. Te prometo... maldita sea, parezco imbécil —masculló.
Un largo, tembloroso escalofrío recorrió el cuerpo de la mujer. Impresionado, Sam tomó aire y se puso manos a la obra.
—De acuerdo, allá vamos.
Tardó un tiempo ridículamente largo en desabrocharle los dos primeros botones de la camisa. Luego liberó sus brazos y le sacó la prenda por la cabeza. Debajo llevaba una camiseta de seda que dejó puesta. Apartando los ojos de la perfección llena, dulce, de sus senos dibujados bajo la tela, volvió a colocar su cabeza sobre la almohada. Vaciló, consciente de que debía quitarle los pantalones, pero temeroso de hacerlo. Pero estaba claro que ella no se estaba enterando de la tarea y que no tenía más remedio que seguir.
La tela mojada se pegaba a sus piernas y tuvo que deslizarla por caderas y muslos.
Recordándose que había visto demasiados cuerpos femeninos como para jugar al mirón, tiró el pantalón al suelo y le puso sin delicadeza los calcetines gruesos.
Observó el pijama seco y decidió que bastaría con cubrirla con la manta de lana.
—Y ahora hay que bajar esa fiebre —dijo Sam, como si supiera exactamente lo que se traía entre manos. Mojó en un poco de agua el paño y añadió alcohol. Con enorme delicadeza, le pasó la toalla húmeda por la frente.
Las pestañas negras temblaron.
—No te preocupes —dijo Sam e ignorando la mordedura del alcohol en sus heridas, siguió refrescándola el rostro y el cuello. La rutina del gesto permitió que su mente volviera a preguntarse qué la había traído hasta el lago. ¿Qué la había obligado a escapar en una noche de diciembre? ¿Un corazón roto? ¿O quizás huyera, como él mismo, de las navidades?
Harto de especular volvió a concentrarse en su tarea. Su paciente no daba señal alguna de ser consciente de su presencia. Mientras contemplaba sus propios dedos ocupados en los gestos pacientes de enfermero, se preguntó si la joven sabría lo que estaba haciendo. Y si era así, ¿se sentía agradecida? ¿O furiosa? ¿Estaba haciendo lo correcto? Quizás no, quizás debía haberse limitado a dejarle la ropa y taparla con la manta...
Sam apretó la mandíbula y refutó toda duda. Bastante tenía con ocuparse de la enferma. Su piel estaba ardiendo e incluso su respiración jadeante mostraba la fiebre.
Sintió una punzada de pánico. ¿Y si aquello no era suficiente? ¿Y si se le moría entre las manos?
La idea lo sacudió de los pies a la cabeza y repentinamente frenético, se irguió y caminó por la habitación intentando concebir un plan de acción.
Pero no se le ocurría nada. Murmurando algo que estaba entre una maldición y una oración, se arrodilló de nuevo para seguir refrescando las sienes de la desconocida.
Sam Holt alzó la cabeza, sorprendido al darse cuenta de que en algún momento de la larga noche, el viento había amainado y reinaba una profunda paz que envolvía la cabaña como una manta. Concentrado en su absorbente tarea, había perdido toda conciencia del tiempo. Al principio se había desesperado, pues nada de lo que hacía parecía producir efecto. Pero poco a poco la piel de la mujer había empezado a estar más fría y la semi inconsciencia se había convertido en un sueño tranquilo.
—O eso espero —masculló Sam, sintiéndose aliviado. La piel de la enferma tenía ahora un brillo suave, más natural, y respiraba mejor.
Pero a Sam le dolía cada músculo del cuerpo por las horas de tensión. Echó un vistazo a su reloj y soltó un silbido. Era medianoche y la joven había llegado intempestivamente ante su puerta alrededor de las nueve. No era de extrañar que le dolieran los huesos. Fue a la cocina a tirar el agua tibia y se estiró voluptuosamente.
No le vendría mal un trago de whisky para terminar de relajarse.
Un sonido proveniente del salón le tensó de nuevo y regresó en pocas zancadas hasta el sofá.
Unos ojos verdes de mirada confusa lo esperaban.
—¿Eres real? —suspiró—. Creí que eras un ángel. Con esa camisa blanca...
Contento al verla despierta, Sam se inclinó hacia ella.
—Nada de ángel. ¿Cómo estás?
Pero no contestó. Sam se dio cuenta de que se había dormido y apagó la luz, dejando sólo una lamparilla baja. Permaneció un rato mirándola. Era extraño que ni siquiera supiera su nombre. Pero todo había sido extraño aquella noche, aquella intimidad con alguien que no conocía de nada.
Le rozó el cabello, tan brillante como un atardecer de verano, O un incendio. Con cierto nerviosismo, se preguntó qué metáfora convendría más a su temperamento. Y
luego se preguntó por qué le importaba. Ella no tenía nada que ver con su vida.
Lentamente, se permitió recorrer con la mirada sus bonitas facciones. Su rostro, rodeado de la mata de sus rizos dorados, tenía una misteriosa cualidad floral.
Recordaba las flores del campo, pensó con una media sonrisa. Tenía el aire salvaje e inocente de las amapolas.
La miró con más detenimiento. ¿Sería ese aire de pureza una máscara?
Probablemente. Las mujeres eran maestras en el arte del engaño.
—Todas iguales —dijo con humor ácido.
No era justo incluir a la desconocida en su universal rechazo. Pero la experiencia le había vuelto un escéptico en cuestión de mujeres. Lo que no le impedía disfrutar de su presencia. Con aire ausente, se pasó la mano por la barbilla. Aquella enferma pelirroja podía despertarse en cualquier momento. Repentinamente sintió la urgente necesidad de darse una ducha y afeitarse.
Poco después, vestido con un jersey rojo y unos vaqueros, Sam regresó al salón. Se detuvo a comprobar el estado de su involuntaria paciente, y de nuevo se quedó mirándola como si fuera la respuesta a una pregunta metafísica.
El rostro de un ángel. Sonriendo ante la idea, Sam puso la mano en su frente. No había fiebre, afortunadamente. La mujer se movió al sentir su gesto. Pestañeó un par de veces antes de mirarlo con asombro.
—¡Si es Mel Gibson! —murmuró.
—¿Qué? —Sam la miró con sorpresa—. Perdone, soy Sam Holt. ¿Y usted? —farfulló.
La joven guiñó los ojos.
—No conozco a ningún Sam Holt.
—Ya sé que no me conoce, pero es que estaba enferma — era evidente que su mente seguía confusa—. Se... desmayó en mis brazos y bueno... la tumbé.
—¿Qué hizo? —sonrió y sus ojos extraordinarios se iluminaron, pasando de un verde de fondo de bosque a un verde esmeralda—. Muchas gracias. Ha sido muy amable
—se pasó la lengua por los labios resecos—. Tengo tanta sed. ¿Podría darme un poco de agua?
Sam fue a por agua y trajo también zumo de naranja. La mujer probó ambos y luego pareció dormirse de nuevo. Sam se sentó en una silla baja, frente a ella, dispuesto a velarla toda la noche. Pero estaba cansado. Bostezó y cerró los ojos... sólo un segundo.
El sonido de algo al caer sacó a Sam violentamente del sueño. Su paciente, con la manta rodeando su cuerpo, estaba tirada en el suelo del salón, junto a una lámpara que había arrastrado en su caída. Se puso en pie y fue hasta ella.
—¿Te has hecho daño? —preguntó, asustado.
Con una exclamación de temor, la mujer se retiró hasta refugiarse contra el sofá mientras gritaba:
—¡No te acerques! ¡Sé kárate!
—¡Qué demonios! —gritó Sam, sobresaltado por su actitud. ¿A qué venía aquella explosión de terror, después de lo que había hecho por ella? Sus rasgos delicados estaban deformados por la tensión y se sintió estúpido por enfadarse con ella.
—Oye, no te preocupes, no pasa nada —dijo rápidamente. Se arrodilló a su lado y tendió la mano, pero la retiró al ver su gesto de rechazo—. No pasa nada —repitió, como si calmara a un animal herido—. No voy a tocarte —se retiró con gestos tranquilos hasta el sofá y volvió a sentarse—. No me atrevería. Sabes kárate.
Sam siguió sonriendo hasta que la tensión abandonó el rostro de la mujer.
—¿Estás bien? —preguntó de nuevo, con extraña emoción. Parecía tan frágil.
Recuperando su ánimo, la chica se puso recta.
—Estoy bien, pero... no entiendo...
—¿Qué es lo que no entiendes? —Sam frunció el ceño.
—Porque estoy... —Carrie se detuvo, tomó aire y miró su cuerpo semidesnudo. ¡Le había quitado la ropa! Sintiéndose trastornada, se subió la manta hasta la barbilla y se dijo que debía mantener la mente fría. Pero una mirada a su anfitrión la calmó. Por algún motivo, sabía que podía fiarse de aquellos ojos tan azules.
Sin mirarlo, se puso en pie, tambaleándose y volvió al sofá. Se sentía mareada y era evidente que no estaba del todo bien. Pero a pesar de su confusión, recordaba las normas que se había impuesto cuando logró superar el trauma de su divorcio, la traición y el escándalo. La dulce, tímida, ingenua Carrie murió en ese momento y en su lugar apareció una mujer segura, agresiva y que ningún hombre podría pisotear de nuevo. Tenía que pensar en su hijo. Y un hijo necesita una madre fuerte.
Se sentó en el sofá, se ajustó la manta alrededor del cuerpo, se alisó el cabello.
Sam esperó pacientemente. Suponía que aquellos gestos y deliberaciones debían ser necesarios para recuperar su equilibrio interno. Quizás debía ayudarla.
—¿De verdad sabes kárate? —preguntó, con cierta sorna.
—Claro que sí —respondió la mujer con aire ofendido—. Si no te importa que te pregunte —los ojos verdes eran ahora fríos como aguas heladas—. ¿Por qué estoy desvestida?
A Sam se le aceleró el pulso mientras pensaba en cómo enfrentarse a su pregunta directa.
—Estás desvestida porque estabas mojada y helada
—respondió con indignación. ¿De verdad creía que se había aprovechado de ella? Su tono la hizo hundirse un poco en el sofá—. Maldita sea. No hay nada qué temer de mí. Soy Sam Holt —declaró con falsa seguridad.
La mirada seguía fija en él.
—Tu ropa estaba empapada —repitió exasperado—. Así que te la quité.
—¿Así, sin más? —la mujer chasqueó los dedos—. Porque eres Sam Holt.
El sarcasmo le dolió como una bofetada.
—¡Espera un momento, guapa! Debes perdonarme por no pedirte permiso, pero he tenido una noche un tanto ajetreada. Estabas casi delirando de fiebre, confundiéndome con ángeles y hasta con Mel Gibson... ¡por Dios bendito! —Tomó aire—. Y tuve la absurda idea de que bajarte la fiebre era una prioridad, aunque a lo mejor debí esperar para conocer tu opinión sobre la pulmonía...
La mujer alzó la barbilla.
—¡Bueno, no hace falta que me grites!
—¡No estoy gritando, intento explicarme! —Sam intentó controlar su mal humor—.
Te quité la camisa y los pantalones porque estaban mojados. Y eso es todo. Estuve a punto de vestirte otra vez, pero pensé que eso era una invasión inútil de tu intimidad, así que me limité a echarte la manta por encima. Te aseguro que no me tomé ninguna libertad. Me he comportado como un caballero haciendo lo posible por salvarte la vida.
—¡Oh, vamos, salvarme la vida! Aprecio tu caballerosidad, pero no creo que una gripe mal curada fuera a llevarme a la tumba —de pronto, bajó la voz, como cansada por el tono fiero—. Pero estaba enferma, y probablemente sólo querías ayudarme —
suspiró finalmente.
Sam esperó, demasiado herido para decir nada más. Le había dicho su nombre, eso debía bastarle. Cambió de postura, molesto por su silencio. Sin duda estaba preparando otro estallido de indignación. Un sentimiento que iba muy bien con sus pómulos altos y su boca voluntariosa.
Los labios que miraba con tanto interés esbozaron de pronto una sonrisa.
—Así que supongo que te debo una disculpa, además de mi agradecimiento. Ocurre que no me acuerdo de nada de lo que pasó desde que llamé a tu puerta —de pronto ladeó la cabeza y miró al hombre con los ojos brillantes como llamas verdes—...
Perdona, no recuerdo tu nombre.