Capítulo 8

A Monk también le habría encantado hallar el modo de defender a Merrit sin tener que defender a Breeland al mismo tiempo, pero era demasiado realista para figurarse que algo así fuese posible. Durante el largo viaje a través del Atlántico había observado a la pareja. Le constaba que Merrit jamás lo permitiría. Creyera lo que creyese de Breeland, y a pesar de haber vivido los horrores de la guerra, su naturaleza se basaba en la lealtad. Salvarse a sí misma a costa de él sería negar todo lo que más valoraba. Supondría una especie de suicidio.

Tampoco le sorprendió que Breeland siguiera más preocupado por limpiar su nombre, y por consiguiente su causa, que por cómo soportaba Merrit el encarcelamiento, con el miedo y el sufrimiento que traía aparejados. Sonrió al pensar en el desagrado de Rathbone e imaginó su consideración por Merrit, su juventud, su entusiasmo y vulnerabilidad. También se preguntó, mientras caminaba por Tottenham Court Road en busca de un coche de punto, cuáles serían los sentimientos de Rathbone a propósito de Judith Alberton y si habría reparado en su excepcional belleza.

El sol de agosto calentaba el ambiente, brillaba en las aceras, arrancaba destellos deslumbrantes en los jaeces, en las puertas lustradas de los carruajes y, desde según qué ángulo, de los escaparates de tiendas concurridas.

Un limpiabotas aceptó un penique de un cliente con chistera y guiñó el ojo a una chica que vendía bollos.

Monk hizo señas a un coche y dio la dirección de la comisaría de policía donde, a pesar de lo temprano de la hora, esperaba encontrar a Lanyon. Era el punto de partida más lógico a pesar de que ahora se proponía demostrar justamente lo contrario de lo que al principio habían considerado una verdad incontestable.

Tuvo suerte. Dio con Lanyon justo cuando éste bajaba la escalinata de la comisaría. Se sorprendió al ver a Monk y se detuvo, con cara de curiosidad bajo su cabello rubio y lacio.

—¿Me busca a mí? —preguntó, casi esperanzado.

Monk sonrió, sintiéndose un poco ridículo.

—Ahora trabajo para la defensa —explicó. A Lanyon le debía la verdad y, además, era mucho más fácil que mentir o emplear evasivas.

Lanyon soltó un gruñido, aunque sus ojos no reflejaron crítica alguna.

—¿Dinero o convencimiento?

—Dinero —repuso Monk.

Lanyon sonrió burlonamente.

—No le creo.

—¡Pues no haber preguntado!

Lanyon echó a andar y Monk le siguió.

—Lo siento por la chica —continuó Lanyon—. Ojalá pudiera pensar que es inocente, pero estuvo allí, en el patio del almacén. —Miró de reojo a Monk, con rostro apesadumbrado, tratando de descifrar la reacción de Monk.

Monk se mantuvo impertérrito, aunque le costó lo suyo.

—¿Cómo lo sabe?

—El reloj que usted encontró… era en efecto de Breeland, por supuesto, pero se lo había regalado a ella como recuerdo.

—¿Se lo ha dicho él?

—¿Cree que aceptaría su palabra? No, no lo mencionó en ningún momento y tampoco me tomé la molestia de preguntárselo. Me trae sin cuidado lo que diga. Fue miss Dorotea Parfitt quien nos lo contó. Es amiga de miss Alberton y al parecer miss Alberton se lo enseñó, orgullosa y satisfecha.

Con expresión atribulada, Lanyon dejó que Monk se imaginara la escena y sacara sus propias conclusiones.

Pasaron junto a un puesto ambulante de fresas.

Monk no dijo nada. Las ideas se le agolpaban en la cabeza tratando de hacer encajar en un todo congruente la visión de Merrit alardeando del reloj que Breeland le había regalado como prueba de su amor, Merrit de pie en el patio del almacén observando cómo Breeland obligaba a su padre y a los dos vigilantes a adoptar aquella pose incómoda y humillante antes de dispararles a sangre fría, y la Merrit que había visto en Washington y en el barco de vuelta, joven y leal, confundida ante la frialdad de Breeland para con ella, devanándose los sesos sin tregua para excusar su conducta, obligándose a pensar lo mejor de él, y ahora sola y en prisión, asustada, enfrentada a un juicio y tal vez la muerte y, sin embargo, resuelta a no traicionarlo, ni siquiera para salvarse a sí misma.

Quizá fuese una de las grandes amantes del mundo, pero Breeland no. Tal vez él fuese un idealista, pero no tanto porque apoyara una causa, sino un obsesionado que necesitaba una causa que llenara su naturaleza de lo contrario vacía.

Lanyon seguía aguardando a que respondiera.

—Tiene muy mal aspecto —concedió Monk—. Aún no estoy en condiciones de saber qué significa.

Lanyon se encogió de hombros.

—¿Qué sabe de Shearer? —Monk cambió de tema—. ¿Qué es lo que cuenta él? ¿Ha encontrado al chico que entregó el mensaje a Breeland en su domicilio? ¿Quién le envió?

—Aún no lo sé —respondió Lanyon—. No hemos encontrado al chico. Puede ser cualquiera entre miles, y no se presentará por su propio pie. Tampoco es que me sorprenda. No querrá que lo relacionen con un hombre que ha cometido un homicidio triple, suponiendo que sepa que lo andamos buscando. Es muy probable que sea analfabeto pero basta con que alguien se lo haya dicho para que se mantenga al margen.

—Merrit explicó que fue de parte de Shearer.

—Nadie le ha visto desde un día antes de que mataran a Alberton —contestó Lanyon de nuevo, atento a la respuesta de Monk.

Cruzaron la calle justo después de un landó abierto, cargado de risueñas damas protegidas con sombrillas de tonos pálidos, la suave brisa matutina agitaba las muselinas blancas y azules.

Un vendedor de limonada apostado en una esquina voceaba de vez en cuando su mercancía. Lanyon se detuvo y compró una, mirando inquisitivamente a Monk, que le imitó. Ambos bebieron el refresco de un trago, sin interrumpirse para hablar.

—¿Lo han buscado? —preguntó Monk al reanudar la marcha. Empezaba a hacer calor, aunque no era comparable al sofocante bochorno de Washington; además, Londres, pese a sus decenas de miles de almas, a su pobreza y suciedad, su magnificencia, opulencia e hipocresía, no estaba en guerra.

—Sí, claro que lo hemos buscado —respondió Lanyon—. Ni rastro.

—¿No cree que eso requiere una explicación?

—Verá —dijo Lanyon con una sonrisa burlona—, la primera que se me ocurre es que estaba conchabado con Breeland y que tuvo la sensatez de desaparecer por completo en lugar de ir a cualquier lado a cara descubierta. Y además no tenía seis mil armas que transportar.

—Es de suponer que sólo tenía el dinero —apuntó Monk ásperamente.

Lanyon anduvo callado unos cien metros.

—¿Investigó lo del dinero? —inquirió Monk.

—Por supuesto —contestó Lanyon, bajando de la acera para cruzar la calle, con Monk pegado a su lado—. Está más que claro en los libros de Casbolt y Alberton. Tiene el anticipo de la mitad que Trace le pagó. Jamás recibió un penique de Breeland.

—Breeland sostiene que pagó la suma entera a Shearer cuando le hicieron entrega de las armas en la estación de Euston Square.

—¡Qué va a decir! —Lanyon sorteó a dos caballeros de edad avanzada, con chaquetas oscuras y pantalones a rayas, enzarzados en una conversación muy seria—. Y si recibió las armas a tiempo para el tren nocturno a Liverpool, ¿a qué seguimos nosotros el rastro río abajo hasta Bugsby’s Marshes?

Monk meditó unos minutos mientras seguían caminando.

—Quizá Merrit fuese su testigo. —Mientras hablaba, la idea iba formándose en su mente—. Quizá las armas salieron de Bugsby’s Marshes y él se limitó a decir a Merrit que iban vía Liverpool, cosa que él hizo para que ella lo pudiese jurar.

—Porque suponía que usted iría a América, daría con él y lo traería de vuelta para juzgarle… ¿No es eso? —terminó Lanyon por él—. Desde luego se gana el sueldo, señor Monk, ¡debo admitirlo! Le contrataría para el caso que llevo ahora, si no me bastara.

—¡No es que supusiera que yo fuese en su busca! —espetó Monk, notando que se sonrojaba—. Lo hizo para engañar a Merrit, porque no quería que supiera la verdad, no podía permitir que se enterase. El tal vez crea que todo lo que hace, incluido un triple homicidio, está justificado por la causa, pero sabe de sobra que Merrit no lo haría. Menos aún cuando una de las víctimas es su padre.

Lanyon se quedó boquiabierto y aflojó considerablemente el paso.

—Supongo que no es imposible. ¿Quiere decir que Shearer y Breeland eran cómplices, que Breeland se quedó las armas y Shearer el dinero? Al pobre Alberton lo mataron. ¿Por dónde se llevaron las armas?

—Río abajo hasta Bugsby’s Marshes, desde donde cruzaron el Atlántico —contestó Monk mientras atravesaban una calle muy concurrida—. Breeland fue a Liverpool y viajó por separado, llevando a Merrit consigo. Puede que ése fuera su plan original y que se viera obligado a cambiar de parecer debido a la obsesión de Merrit para con él. Sea como fuere, la muchacha es inocente de la muerte de su padre.

—Así pues ¿Shearer mató a Alberton para robar las armas y vendérselas a Breeland?

—¿Por qué no? —Monk se animó—. ¿No encaja con todo lo que sabemos?

—Salvo por el reloj de Breeland en el patio del almacén, sí. —Lanyon le miró de soslayo, al tiempo que subía al bordillo—. ¿Cómo explica eso?

—No lo sé… aún. ¿Quizá lo dejó caer ella antes?

—¿Haciendo el qué? —preguntó Lanyon con incredulidad—. ¿Por qué iba Merrit Alberton a personarse en el almacén de Tooley Street? No es un sitio que suelan frecuentar las jóvenes damas en sus rondas de visitas veraniegas.

Pese a que lo estaba negando, Monk se dio cuenta de la desesperación con que buscaba una escapatoria para Merrit.

—Quizás ella y Breeland fueron allí para hacer preparativos con Shearer más temprano.

—¿Por qué allí?

—Para comprobar la mercancía. Breeland no iba a pagar por las armas sin saber lo que le daban.

Lanyon le miró entornando los ojos.

—¿No se fiaba de que le vendiera las armas apalabradas, pese a tratarse del agente de Alberton, pero sí confiaba lo bastante en él como para entregarle toda esa suma de dinero y zarpar hacia América con la certeza absoluta de que le enviaría las armas allí, en lugar de quedárselas o venderlas a otro? —Apretó los labios—. ¿Qué impediría a Shearer embolsarse el dinero y volver a vender las armas, o sencillamente no hacer el envío? ¡Breeland poco podría hacer al respecto desde Nueva York!

Monk tuvo otra idea.

—Quizá por eso se llevó a Merrit con él. Como garantía para que no lo timaran.

—Contra Alberton, tal vez…, pero ¿qué más le daba a Shearer lo que le ocurriera a Merrit? De todos modos mató a Alberton.

Monk recordó el semblante de Breeland cuando le refirieron los asesinatos.

—Me parece que Breeland no lo sabía. Él creía que Shearer actuaba movido por los principios, en los que creía con tanto fervor como él mismo en la lucha contra la esclavitud. —Advirtió la cara de divertida incredulidad de Lanyon—. Hable con Breeland —agregó de inmediato—. Escúchele. Es un fanático. En su opinión, toda persona en su sano juicio cree en lo mismo que él.

Lanyon captó lo que quería decir.

—Supongo que es posible —dijo con cautela—. Así pues, Shearer es el villano, Breeland el fanático, culpable de comprar armas robadas y de utilizar el amor de Merrit en su provecho, pero no de asesinato. ¿Y Merrit sólo es culpable de dejarse llevar por el corazón olvidando la cabeza? Me figuro que a los dieciséis años tampoco es de extrañar. —Se encogió de hombros—. Si una mujer no hiciera cuanto está a su alcance para ayudar a su prometido, nos faltaría tiempo para criticarla.

—Probablemente —convino Monk, aunque en su fuero interno se preguntó cuánta adoración ciega sería capaz de soportar; tal vez a los treinta mucha más que ahora. ¿Y la habría utilizado con la misma indiferencia de la que hacía gala Breeland? Probablemente. Lo que se recibía gratuitamente a menudo se menospreciaba. Ahora bien, el hecho de que él pudiera haber obrado igual no atenuó la antipatía que le inspiraba Breeland; en todo caso la acentuaba.

—¿Va a investigar eso? —preguntó Lanyon con curiosidad.

—Voy a investigarlo todo —repuso Monk—. A menos, por supuesto, que encuentre algo tan concluyente que lo haga innecesario. —Miró a Lanyon con una sonrisa de oreja a oreja, aunque la intención era irónica, como ambos sabían.

Lanyon se encogió de hombros.

—Buena suerte.

Pareció decirlo en serio.

Monk comenzó de nuevo por el principio, en el patio del almacén, siguiendo el rastro de los carros que salieron de allí. Recordó vívidamente su anterior llegada al recinto cerrado en el pálido amanecer de verano, cuando vio los cadáveres en sus grotescas posturas. Recordó la cara de Casbolt a la luz mortecina del alba, el olor a sangre, las huellas de las ruedas sobre los adoquines.

También recordó Manassas y la extraña realidad de la guerra. Todo aquello era como un sueño, mucho más pequeño de lo que debería haber sido, con el polvo y el calor como ridículo lugar común. Los disparos no eran como truenos; eran como crujidos, como docenas de ramitas dando chasquidos al prender una hoguera. Sólo los cañones tronaban.

Ahora bien, la sangre y el miedo habían sido más reales de lo que nadie se podía figurar, tan descarnados que los seguía rememorando cada vez que cerraba los ojos olvidando protegerse de ellos. Tenía el olor grabado a fuego en la memoria.

¿Qué representaban tres muertes comparadas con aquella masacre? Algunos soldados eran abatidos sin siquiera haber luchado, desperdiciados sin más, con la misma desconsideración con que un hombre siega un campo.

¿Era así como lo veía Breeland, como un asesinato en lugar de como un acto de guerra? ¿Consideraba que la muerte de unos pocos individuos eran un precio barato para garantizar el fin de la esclavitud para toda una raza, y tal vez para otra raza, la suya, el fin del pecado de esclavizar? Cabía establecer un razonamiento para ello. El propio Monk podría hacerlo.

Sabía lo que Hester diría al respecto. Al menos eso creía. Nadie salvaba a un pueblo del pecado cometiendo otro pecado. Ahora bien, ¿se trataba de una mujer realista? ¿O acaso pensaba en los individuos, en las heridas o el dolor de un hombre, porque era ahí donde ella podía ayudar, negándose a tener una visión de conjunto más amplia?

Sin duda, Lyman Breeland hacía caso omiso de los individuos y veía a los miles, a las decenas de miles. Y había algo en Breeland que a Monk le resultaba repelente. ¿Significaba eso que Breeland estuviera equivocado, o sólo que era moralmente más valiente, más un visionario que un limitado ser humano normal y corriente?

Monk estaba de pie bajo el sol de Tooley Street, sopesando las posibilidades. Los carros habían salido por los portalones y tuvieron que girar a la izquierda o a la derecha. Con lo que pesaban las armas sólo cabía transportarlas en vehículos tirados por caballos o en barcazas por el río. Este último estaba más cerca, con diferencia. Alberton solía utilizarlo para trasladar toda la mercancía pesada. Era lo que hacía todo el mundo.

Ahora bien, Breeland era americano. ¿Quizá no lo sabía? ¿Era concebible que hubiese ido hasta la estación de Euston Square por tierra? Ya había transcurrido más de un mes desde entonces. No sería tarea fácil encontrar testigos que recordaran algo y mucho menos que estuvieran dispuestos a testificar.

¿Podía ser cierta la historia de Breeland? Por allí era por donde debía comenzar. Los carros cargados con seis mil armas abultarían lo suyo al atravesar las calles en plena noche.

Aunque el tiempo era una cuestión completamente distinta. Breeland afirmaba que había recibido la nota alrededor de medianoche. Alberton seguía vivo entonces. Lo mataron hacia las tres, según las pruebas médicas y la deducción razonable en cuanto a la carga de las armas. Los carros se marcharían inmediatamente después. ¿Cuánto tardarían con un cargamento tan pesado, aunque en la quietud de la noche sin tráfico?

Se puso a caminar deprisa y tomó un coche de punto que siguió la ruta más corta para cruzar el río hasta la estación de Euston Square, pensando frenéticamente durante todo el trayecto. Ni siquiera al trote, cosa que los carros no habrían podido hacer, habría conseguido llegar en menos de media hora o tres cuartos.

Pagó al cochero y entró dando grandes zancadas a la estación. Pidió ver al jefe de estación, mencionando el nombre de Lanyon como si tuviera derecho a hacerlo.

—Es a propósito de una remesa ilegal de armas —dijo con gravedad—. Y triple asesinato. Debo informarme con exactitud. Hay vidas en juego, y puede que hasta la reputación y el honor de Gran Bretaña.

El empleado obedeció de inmediato. Mejor que la decisión de resolver aquello recayera sobre otro.

—¡Voy a avisar al señor Pickering, señor!

El jefe de estación sólo le hizo esperar quince minutos. Era un hombre simpático con un poblado bigote gris y unas imponentes patillas. Recibió a Monk en su despacho.

—¿En qué puedo servirle, señor? —inquirió gentilmente, aunque miró a Monk de arriba abajo sopesando su importancia y reservándose su parecer. No era la primera vez que oía afirmaciones descabelladas y no se dejaba impresionar con facilidad.

Monk no se batiría en retirada, pero decidió exponer su petición con calma.

—Gracias por su colaboración, señor Pickering. Como sin duda sabe, el 28 de junio se cometió un triple asesinato en Tooley Street y un considerable cargamento de armas británicas fue robado y exportado a América.

—Todo Londres está al corriente, señor —reconoció Pickering—. Un investigador privado muy emprendedor siguió la pista del asesino y lo trajo de vuelta para juzgarlo.

Monk se dejó invadir por la satisfacción; no le gustaba llamarlo orgullo.

—En efecto. William Monk —se presentó, permitiéndose un amago de sonrisa—. Ahora quiero estar seguro de que en el juicio ese hombre no escape a la justicia. Sostiene que compró las armas legalmente, pagando el precio convenido, y que las envió en tren desde esta estación a Liverpool, la misma noche en que tuvieron lugar los asesinatos. ¿Hubo algún tren a Liverpool esa noche?

—No sale ningún tren antes de las seis de la mañana, señor. —Pickering negó con la cabeza—. No circulan trenes nocturnos por esta línea.

Aquello desconcertó a Monk. Lo único que era seguro se había esfumado de repente.

—¿Ninguno? —insistió.

—Bueno, de vez en cuando un convoy especial. —Pickering tragó saliva, pero sus ojos no reflejaron vacilación—. Arrendamiento privado. No solemos rehusar esa clase de servicios.

—¿Hubo alguno la noche del viernes 28 de junio? En realidad sería a primera hora de la madrugada del sábado.

—Déjeme comprobarlo. —Pickering se volvió para rebuscar en un fajo de papeles que había en un estante a sus espaldas.

Monk aguardó con impaciencia. Los segundos se sucedieron hasta completar un minuto y luego dos.

—Aquí está —dijo Pickering por fin—. Pues sí, caramba, hubo un especial esa noche. Todo el trayecto hasta Liverpool. Aquí lo tiene. —Le tendió el fajo de papeles.

Monk prácticamente se lo arrebató. El tren había salido a las dos menos cinco de la madrugada.

—¿Seguro que salió a la hora prevista? —inquirió. Notó el tono amenazante de su voz, mas no podía controlarlo.

—Sí, señor —aseguró Pickering—. Esa hoja se rellena después. Tendría que haber salido cinco minutos antes. Esa es la hora real de partida.

—Entiendo. Gracias.

—¿Le sirve de algo?

—Sí, desde luego. Los asesinatos no pudieron producirse antes de las tres, aproximadamente.

Pickering se mostró aliviado, y a la vez desconcertado.

—Entiendo —dijo, aunque era obvio que no era así.

—¿Sabe si transportaba cajas de armas? —preguntó Monk, sin esperar una respuesta interesante.

—¿Armas? No, señor; sólo maquinaria, madera y me parece que una remesa de loza sanitaria.

—¿Y por qué un tren especial para esa carga?

—La loza sanitaria es frágil, digo yo.

—¿Quién arrendó el servicio?

—En la parte de abajo, señor, ahí. —Pickering señaló la hoja que Monk sostenía en la mano—. Butterby & Scott, de Camberwell. —Observó a Monk con curiosidad—. ¿Acaso pensaba usted que el americano llevó las armas hasta Liverpool en nuestro tren? Los periódicos dijeron que bajó por el río hasta Bugsby’s Marshes y que desde allí cruzó el Atlántico hasta América. Parece lo más razonable. Si yo acabase de asesinar a tres hombres y robado miles de armas, me largaría del país para huir de la justicia cuanto antes. Ni siquiera rondaría mucho por el río; bajaría a mar abierto tan aprisa como la marea me llevase y mientras aún fuese de noche, como pasa en esta época del año.

—Yo haría lo mismo —convino Monk—. Procuraría haber levado anclas y estar en alta mar antes de que rastrearan por dónde me había marchado.

Pickering lo miró perplejo.

—Ahora bien, si no las hubiese robado —explicó Monk—, si la hubiese comprado legítimamente y no supiera nada de los asesinatos, iría vía Liverpool. Así ahorraría un tiempo considerable, días, en lugar de rodear toda la costa sur de Inglaterra antes de llegar al Atlántico.

Pickering enarcó las hirsutas cejas.

—¿Cree que no lo hizo él? ¿Pues quién, entonces?

—No sé qué pensar —admitió Monk—. Salvo que quienquiera que matase a esos hombres en Tooley Street no viajó hacia el norte en uno de sus trenes.

—Eso puedo jurarlo —aseguró Pickering—. Y lo haré, si me llaman a declarar. Usted pilló a ese diablo, señor Monk. Ésa no es manera de tratar a nadie. ¡Sea lo que sea por lo que esté luchando!

Monk se mostró de acuerdo, le dio las gracias y se marchó.

Dedicó el resto de la jornada y el día siguiente a volver sobre sus pasos río abajo desde Tooley Street hasta Bugsby’s Marshes. Una vez más, habló con cuantas personas habían visto la barcaza cuya pista él y Lanyon habían seguido la primera vez, y con un buen puñado de otras. Halló exactamente lo mismo que la vez anterior: una barcaza muy cargada, con una pila de cajones del tamaño y la forma adecuados para transportar mosquetes, la barcaza hundida en el agua hasta la borda, avanzando con torpeza al principio pero cogiendo arrancada al aumentar de velocidad en el centro de la corriente. Dos hombres, uno alto y delgado y con acento extranjero que la mayoría supuso americano. Sin duda, con aquellas erres tan marcadas y las consonantes arrastradas no tenía nada de europeo. Parecía estar al mando y dar las órdenes.

Lo habían hecho todo con discreción, incluso furtivamente, sin saludar a nadie, pasando por alto la habitual camaradería entre los hombres del río.

Volvió a perderlos en Bugsby’s Marshes. Intentó repetidas veces encontrar a alguien que lo hubiese visto más allá de Greenwich, o que hubiera visto un buque de altura al llegar, zarpar o bien fondeado, pero no tuvo éxito.

Un barquero se encogió de hombros, apoyado en los remos, entornando los ojos para protegerse del resplandor del sol reflejado en la marea entrante.

—Tampoco es tan raro, en realidad —dijo, mordiéndose el labio inferior—. Escondido en el meandro de Bugsby’s Marshes, ¿quién iba a verlo? Pudo pasar allí toda la noche sin llamar la atención; fondeado cerca de la orilla, eso sí. Así lo haría yo… si estuviera metido en negocios turbios. Luego zarparía con la primera marea. Llegaría a mar abierto antes del desayuno.

Monk le dio las gracias y se volvió dispuesto a regresar a la Taberna de la Alcachofa cuando el hombre le llamó.

—¡Eh! ¿Quiere saber qué fue de la gabarra?

Monk giró sobre sus talones.

—¿Lo sabe?

—Claro que no, si no ya se lo habría contado; pero me ha dicho que le siguió el rastro hasta aquí, e incluso un ciego se daría cuenta de que piensa que transportaba algo valioso, robado tal vez.

Monk se impacientó.

—Veamos, ¿no ha preguntado por ahí dónde está ahora esa gabarra? —dijo el barquero, sacudiendo con la cabeza.

—Preguntado…

Monk cayó en la cuenta. Fue como si le asestaran un golpe. Había seguido la pista de la barcaza hasta Bugsby’s Marshes pero con la idea fija de Breeland y las armas. ¡No se le había ocurrido pensar que la barcaza remontaría la corriente hasta donde diablos estuviera en ese preciso momento! Eso le proporcionaría pruebas de la complicidad de Shearer, y si no le servía para averiguar dónde se encontraba ahora, al menos serviría para establecer adonde había ido después de los asesinatos. Monk se maldijo por no haberlo pensado antes. Al parecer, Lanyon tampoco lo había hecho. Ambos habían actuado tan convencidos de que capturar a Breeland era lo más primordial, que le restaron importancia. Como Breeland admitía estar en posesión de las armas y su reloj apareció en la escena del crimen, habían supuesto que tenían bastantes pruebas, sin preocuparse de averiguar dónde había alquilado la barcaza y a quién. Eso por sí solo no era incriminatorio. Breeland sostendría que lo había hecho así con la esperanza de adquirir las armas de la forma acostumbrada.

Sin embargo, ahora revestía suma importancia.

—Sí —dijo a regañadientes. Le picaba en lo más vivo que le diera una lección un hombre del río cuyo trabajo consistía en llevar barcas a remo y entender de mareas—. Sí, seguiré la pista río arriba. Gracias.

El barquero sonrió burlonamente y se echó la gorra hacia atrás antes de asir de nuevo los remos y comenzar a bogar.

No obstante, pese a dedicar aquella tarde hasta el anochecer y todo el día siguiente, Monk no halló rastro alguno del viaje de regreso de la barcaza, como tampoco tenía noticia la policía fluvial de ninguna gabarra robada o desaparecida.

—Son cosas que pasan —le dijo un sargento desdentado, disfrutando del sol en el muelle, cuyos pilotes lamía la marea—. Igual se la robaron a uno que la había robado a su vez, con lo cual tampoco diría nada. O puede que la devolvieran antes de que la echaran de menos.

—O que perteneciera a quien la usó —agregó Monk—. Les habrán pagado bien para que guarden silencio.

—Puede —convino el sargento con desánimo—. Aunque me temo que nunca lo sabrá. Siento no poder ayudarle. Ni siquiera puedo decirle por dónde empezar. Hay cientos de muelles y dársenas a lo largo del río, y montones de personas dispuestas a hacer un favor y mantener la boca cerrada si se les paga bien.

Monk miró hacia el transitado río, en cuyas aguas grises se reflejaba el sol entre filas de barcazas que remontaban la corriente con la marea entrante. Transportaban mercancías procedentes de todo el mundo, cualquier cosa desde madera, carbón y maquinaria hasta sedas, especias y pieles exóticas, quizás algodón de los estados confederados para alimentar los telares de Manchester y el norte, y tabaco para los cigarros de los caballeros de Mayfair y Whitehall.

Pasó un yate cuya tripulación, alineada en cubierta, lucía sombreros de paja para protegerse del sol, fulares y pañuelos brillantes. Cerca de allí alguien hacía sonar un organillo. El aire olía a sal, a pescado y a alquitrán.

—¿Conoce a un agente comercial que se llama Shearer? —preguntó Monk.

El sargento pensó un momento.

—¿Un tipo alto, delgado, con la nariz larga y muchos dientes? —inquirió—. ¿Con cara de pillo?

—La verdad es que no lo sé. No le conozco —respondió Monk, que no había visitado a Judith Alberton para pedirle una descripción física—. Trabajaba para Daniel Alberton, en Tooley Street.

—Es el que digo. Un tipo muy avispado. De los que saben ver una oportunidad cuando se les presenta.

—¿Le conoce? Profesionalmente, quiero decir.

—¿Por algún delito? No. Es demasiado espabilado, y no lo necesita, por lo visto. Sólo es que he oído hablar de él a la gente del río.

—¿Sabe algo más acerca de él? —insistió Monk—. ¿Sabe de dónde procede? ¿Tiene ideas políticas?

—¿Ideas políticas? —El sargento se mostró desconcertado—. ¿Como qué? ¿Anarquista o algo por el estilo? No he oído decir que sea peligroso, a menos que pretendas estafarlo. En esos casos se pone muy desagradable, pero lo mismo puede decirse de un montón de gente.

—Más bien pensaba en simpatías con algún bando de la guerra civil de América.

Monk sabía perfectamente que decir eso parecía ridículo, allí junto a aquel sargento de la policía fluvial, mirando las barcazas empujarse unas a otras río arriba hacia los muelles, el comercio del mundo yendo y viniendo. Aquello era negocio, carga, beneficio. Eran mareas, meteorología, tonelajes, quién compraba y quién vendía y a qué precio. Washington y Bull Run eran otra vida.

—No lo creo. —El sargento se encogió de hombros—. No creo que ni siquiera supiese que hay una guerra, a no ser que alguien comprara algo para un tercero y quisiera mandarlo por barco. Supongo que es por las armas, ¿eh? No creo que a un hombre como Shearer le importase un carajo adonde fueran a parar las armas, siempre y cuando estuvieran pagadas.

Aquello encajaba con la teoría de Monk de que Breeland podría haber pagado a Shearer el precio de las armas, y Shearer matado a Alberton y llevado las armas río abajo mientras Breeland y Merrit iban a Liverpool en tren. La única cuestión que quedaba en el aire era por qué Breeland había cometido la imprudencia de confiar en Shearer. Y obviamente había hecho bien en hacerlo, pues las armas habían llegado a Washington.

Aunque Monk no acababa de creérselo, no sin una razón de peso para que Breeland confiara en Shearer. Tenía que haber algo que lo explicase.

¿Habría otra persona involucrada? Era poco probable, a menos que el propio Alberton hubiese intervenido de un modo u otro y luego Shearer le hubiera traicionado. Breeland había dicho que la nota que recibió se la mandó Shearer, pero no podía estar seguro. Cualquiera pudo firmar con el nombre de Shearer.

Sólo una cosa estaba clara: a Monk aún le faltaba mucho para descubrir la verdad.

Se dirigió una vez más al almacén de Tooley Street. Había mucho movimiento. El almacenaje y los envíos, las compras y ventas continuaban pese a la muerte de Alberton. Quizá no fuera tan próspero como antes, aunque había gozado de una reputación excelente y Casbolt seguía vivo, si bien su participación en el negocio al parecer se centraba más en las compras.

Monk entró por los portalones abiertos y el recuerdo le produjo un escalofrío. Había un carro en medio del patio, los caballos pateaban los adoquines sin cesar, las moscas zumbaban a su alrededor, un olor a estiércol, virutas de madera, aceite, sudor y alquitrán cargaba el aire. Dos hombres que trabajaban juntos descargando con un cabrestante un cajón de madera en la trasera del carro, acabaron en el momento en que se acercó a ellos. Uno amarró firmemente el cajón para que no se corriera; el otro fue hacia la puerta del almacén.

—Usted dirá. —El que estaba junto al carro se volvió en dirección a Monk, no sin cierta cortesía—. ¿Puedo ayudarle?

—Eso espero. Estoy buscando al señor Shearer. Tengo entendido que solía trabajar con el señor Alberton —respondió Monk.

—Sí, sí que lo hacía —contestó el hombre, atusándose con la mano los cuatro pelos que le quedaban—. El pobre señor Alberton ha muerto, asesinado. Supongo que ya lo sabe; todo Londres lo sabe. Pero hace semanas que no veo a Shearer. De hecho, no he vuelto a verle desde que se cargaron al pobre señor Alberton, eso seguro. —Se volvió hacia el hombre que regresaba de cerrar la puerta del almacén—. ¡Eh, Sandy, este hombre anda buscando a Shearer! ¿Lo has visto últimamente? Porque yo no.

Sandy negó con la cabeza.

—No lo veo desde…, por lo menos hace semanas. Igual el día antes de que mataran al pobre señor Alberton.

Su rostro reflejaba tristeza y una rabia manifiesta. Monk se sorprendió al constatar lo mucho que le complacía. Le caía bien Alberton. No se permitía pensar mucho en ello; prefería concentrarse en resolver la incógnita de quién era el responsable de la muerte de Alberton y demostrar cómo se había perpetrado el crimen.

—¿Cómo es? —preguntó en voz alta. Entonces se dio cuenta de que no se había presentado—. Me llamo Monk. La señora Alberton me ha contratado para que la ayude a esclarecer la muerte del señor Alberton. Piensa que queda por descubrir mucho más de lo que sabemos hasta ahora, y puede que haya más personas implicadas. —Era literalmente cierto, aunque de un modo indirecto. No quería decirles que lo hacía para conseguir que Merrit fuese absuelta del cargo de asesinato. Lo más probable era que la considerasen culpable. Si los periódicos eran exactos, cosa más que discutible, el público general abrigaba pocas dudas sobre su participación.

—¡Eh, Bert! ¡Ven aquí! —Sandy llamó a un tercer hombre que se había asomado a la puerta del almacén—. Ven a echar una mano a este caballero. Trabaja para la señora Alberton.

Aquello bastó para que Bert se moviera con presteza. Tanto si conocían personalmente a Judith Alberton como si no, la mención de su nombre aseguraba la más completa cooperación.

—¿Qué opinas de Shearer? —preguntó Sandy—. ¿Cómo se lo describirías a alguien que no lo ha visto nunca y no sabe nada de él?

Bert pensó detenidamente antes de contestar.

—Listo —dijo al cabo—. Listo como una rata.

—Ve una ocasión a la primera —apuntó el primer hombre.

—¿Es ambicioso? —preguntó Monk.

Los tres asintieron con la cabeza.

—¿Avaricioso? —aventuró Monk.

—Bastante —respondió Bert—. Aunque, a decir verdad, que yo sepa no ha estafado a nadie.

—No vale la pena estafar, si te pillan estás arreglado —intervino Sandy—. En este negocio tienes suerte si acabas en el trullo. Es más fácil acabar bocabajo en el río. Pero yo no me he enterado de ningún trapicheo raro. Aunque nunca se sabe.

—Entonces, según ustedes, es ambicioso pero honrado.

—Eso es, jefe. Había otras quinientas armas ahí, y también han desaparecido. Pero supusimos que los que fueran se las llevarían todas. ¿Piensa que Shearer tuvo algo que ver con los que se cargaron al patrón? —preguntó el primer hombre, mirando a Monk entrecerrando un poco los ojos—. Los diarios dicen que fue ese yanqui.

—No estoy seguro —dijo Monk con franqueza—. Breeland consiguió las armas, de eso no hay duda, pero no estoy seguro de quién mató al señor Alberton.

—¿Cómo se las llevaron, si no? —dijo Sandy, no sin razón—. Y en caso de que no haya sido por las armas, ¿por qué iban a cargárselo de esa forma? Ésa no es manera de matar a nadie. Es…

Buscó la palabra en balde.

—Brutal —propuso Monk.

—Sí…, y que lo diga.

Bert asintió enérgicamente.

—¿Sospecha que Shearer tuvo algo que ver? —inquirió Sandy—. ¿Y que por eso se ha largado? Porque ninguno de los de aquí lo ha visto desde entonces.

—¿Encajaría con lo que ustedes saben de él? —preguntó Monk.

Intercambiaron miradas antes de contestar.

—Sí, de sobra —repuso Bert—. ¿No es así?

—Sí.

—Si había una buena pasta de por medio… —dijo Bert—. Tuvo que haberla. Ése no mueve un dedo a cambio de nada. Le caía bien el patrón, a su manera. Tuvo que ser un pastón. —Se mordió el labio inferior—. Pero aun con eso, la manera de cargárselos… No me imagino a Shearer haciéndolo así. Eso tuvo que hacerlo el yanqui.

—¿Ni siquiera a cambio del precio de seis mil mosquetes de cañón estriado de primera clase? —insistió Monk.

—Bueno, supongo que sí. Eso es un montón de dinero para cualquiera —reconoció Sandy.

—¿Saben si simpatizaba con la causa de la Unión? —Monk probó con una última pregunta sobre el tema.

Los tres le miraron perplejos.

—Contra la esclavitud —explicó Monk—. Mantener todos los estados de América como un solo país.

—No hay esclavitud en Inglaterra —señaló Sandy—. Al menos no hay esclavos negros —agregó con ironía—. Hay quien dice que lo pasan mal. Y en cuanto a los estados de América, ¿qué más nos da? Que hagan lo que prefieran, digo yo.

—¿Saben dónde vive Shearer? —preguntó Monk.

En New Church Street, una bocacalle de Bermondsey Low Road —contestó Bert—. No sé el número, pero me suena que acaba en tres. Queda como a la mitad de la calle.

—¿Está casado?

—¿Shearer? ¡Qué va!

Monk les dio las gracias y salió del patio para dirigirse a New Church Street.

Le llevó casi media hora encontrar el sitio donde vivía Shearer y a una airada casera que había esperado tres semanas con una propiedad vacía.

—¡Estuvo aquí casi nueve años! —exclamó en tono agresivo—. Y luego va y se larga Dios sabe dónde, dejando toda su basura aquí para que yo la limpie. He perdido tres semanas de alquiler por su culpa. —Miraba a Monk con expresión desafiante—. ¿Es amigo suyo, usted?

—No —se apresuró a contestar Monk—. A mí también me debe dinero.

La mujer soltó una carcajada.

—Vaya, pues aquí no tiene nada que rascar, porque yo no tengo nada y no voy a repartir con nadie lo que he sacado vendiendo su ropa al trapero, eso se lo aseguro.

—¿Cree que puede haberle ocurrido algo malo?

La mujer enarcó sus finas cejas.

—¿A ése? ¡Me extrañaría! Es demasiado listo. Le harían una oferta mejor y la aceptó, supongo. O le busca la policía. —Miró a Monk de arriba abajo—. ¿Es usted policía?

—Ya se lo he dicho. Me debe dinero.

—¿Ah sí? Bueno, nunca he conocido a un poli que fuera pariente de la verdad. Pero si le debe dinero, me da que tendrá líos si usted le encuentra. Me da miedo pensarlo.

Monk tuvo un recuerdo fugaz, como si otra persona le hubiese dicho exactamente lo mismo, pero se esfumó antes de que lograse ubicarlo. Los recuerdos repentinos de las épocas anteriores al accidente eran cada vez menos frecuentes, y ya no los buscaba adrede ni intentaba conservarlos. Lo que la mujer acababa de decirle quizá fuese verdad. No perdonaba fácilmente, y si alguien lo engañaba perseguía al culpable hasta el último escondite y se cobraba la deuda. Pero de eso hacía mucho tiempo. Luego, en el verano de 1856, el carruaje en el que iba volcó, robándole todo su pasado. Durante los cinco años que habían transcurrido desde entonces había construido una nueva vida, con sus propios recuerdos y características.

Dio las gracias a la casera y se marchó. Allí no había nada más que averiguar. Shearer había desaparecido. Lo importante era saber adonde y por qué. Al día siguiente hablaría con estibadores y marineros que le conocerían. Igual hasta encontraba el sitio de donde había salido la barcaza que transportó las armas río abajo. Luego seguiría por los despachos de los consignatarios con quien Shearer habría tratado para exportar las armas de Alberton o maquinaria o la mercancía que fuese.

Aquella noche le contó a Hester lo poco que había descubierto.

—¿Crees que en realidad fue Shearer quien mató al señor Alberton? —preguntó ella en tono esperanzado.

Estaban sentados a la mesa cenando empanada fría de pollo acompañada de verduras. Monk advirtió que Hester parecía cansada.

—¿Dónde has estado todo el día? —quiso saber.

—¿Lo crees? —insistió Hester.

—¿Cómo?

—¿Crees que Shearer mató a Daniel Alberton?

—Es posible. ¿Dónde has estado?

—En el hospital Small Pox de Highgate. Seguimos procurando que mejore la calidad del personal que cuida de los pacientes, pero cuesta mucho. He pasado casi todo el tiempo escribiendo cartas.

Monk tuvo que contenerse para no hacer un comentario sobre Florence Nightingale, quien escribía cartas sin tregua a fin de promover la reforma hospitalaria. Era comprensible el cansancio de Hester. Le había prometido hacía meses que contratarían a una mujer que llevara la casa, pero se le había olvidado.

—Eso significaría que Merrit no es culpable —dijo, observándole con cierto entusiasmo—. Explicaría cómo lo hizo Breeland sin que ella se enterara.

Monk sonrió.

—Te gustaría que así fuera, ¿verdad?

—Sí —admitió Hester tras dudar sólo un instante—. Me cuesta creer que él pueda ser inocente, pero me muero de ganas de pensar que ella lo es.

Monk se relajó un poco.

—Tendrías que ir buscando a alguien que venga cada día, aunque sólo sea por unas horas.

Hester meditó acerca de ello unos minutos, observando su rostro, tratando de juzgar si estaba siendo generoso en exceso.

Él leyó sus pensamientos como si los llevara escritos en la frente.

—Busca a alguien —repitió—. Aunque sea tres días a la semana, lo suficiente para hacer la limpieza y cocinar un poco.

—Sí —aceptó Hester—. Lo haré.

Le sostuvo la mirada con un asomo de sonrisa en los ojos.

Monk se sintió muy a gusto, como si acabara de hacerle el mejor regalo imaginable, y tal vez lo fuese, porque lo que en realidad le regalaba era tiempo para ocuparse en lo que valía, tiempo para hacer uso de capacidades que poseía en abundancia, en lugar de esforzarse en desarrollar otras que nunca le serían connaturales. Le devolvió la sonrisa, cada vez más abiertamente.

Hester también supo lo que él pensaba. Se mordió el labio.

—¡Sé cocinar! —exclamó—. Moderadamente.

Monk no lo discutió; se limitó a reír.

A la mañana siguiente empezó por el río, hablando de nuevo con estibadores y barqueros, sólo que esta vez no fue acerca del traslado de las armas sino de Shearer. No encontró a nadie que lo conociera y estuviera dispuesto a hablar de él hasta primera hora de la tarde, y todo cuanto le dijo no hizo más que confirmar lo que ya le habían contado los hombres del almacén. Shearer era un tipo duro, ambicioso, competente, pero en apariencia leal a Daniel Alberton. No se hablaba de él con aprecio aunque había un inconfundible respeto en los rostros de los hombres y en el tono de sus voces.

Aquello confundió aún más a Monk. La imagen de Shearer que se iba formando no encajaba bien con los hechos. Caminó por la calle ajeno al tráfico, los carros cargados hasta los topes, los hombres que se daban voces, las grúas que subían y bajaban, la multitud de mástiles zarandeados por la marea que mecía los barcos, alguna que otra gaviota volando en círculos en lo alto.

Shearer había desaparecido, eso parecía indiscutible. Las armas habían llegado a América, igual que Breeland y Merrit. Alberton y los dos vigilantes estaban muertos, asesinados.

La barcaza con las armas había bajado por el río hasta Bugsby’s Marshes, y a partir de allí no había ni rastro de ella. Al parecer Breeland y Merrit habían viajado en tren hasta Liverpool, pero el único tren que pudieron haber tomado había salido antes de los asesinatos y, por consiguiente, antes de que las armas salieran del almacén.

Todo indicaba que la participación de Shearer era lo único que podía relacionar esos tres hechos y otorgarles algún sentido.

Alguien tenía que saber más sobre Shearer, e incluso acerca del barco que había remontado el Támesis hasta Bugsby’s Marshes para cargar las armas, levar anclas y volver a hacerse a la mar. ¿Sería un barco inglés o uno americano?

Tal vez lo que había descubierto hasta entonces bastaría para elevar una duda razonable a propósito de la culpabilidad de Merrit, siempre y cuando el jurado no tuviese prejuicios y sus miembros fueran capaces de prescindir de sus propios sentimientos. Sin embargo, no sería suficiente para limpiar su nombre. Siempre habría quienes la considerarían culpable aunque no se hubiera podido demostrar. Se habría salido con la suya. Eso era sólo un poco mejor que la horca, una especie de vida en el limbo. Aunque si regresaba a América con Breeland, quizá la opinión de Inglaterra no tendría tanto peso.

Pero ¿bastaría también para salvar a Breeland de la soga, contra el odio del que era objeto, contra una opinión pública convencida de su culpabilidad? ¿Sería inevitable que arrastrara a la muchacha con él?

Eso no afectaba a lo que Monk tenía que hacer. Las probabilidades de que el veredicto fuese en un sentido u otro eran competencia de Rathbone, aunque estaba seguro de que éste querría conocer la verdad tanto o más que él mismo. Alguien había atado a tres hombres y les había pegado un tiro en la cabeza. Necesitaba saber quién era ese alguien más allá de toda duda, razonable o no.

Entró en la primera oficina de consignatarios que vio y pidió hablar con los empleados.

—¿Shearer? —dijo un joven de chaqueta ceñida—. Ah, sí, es un gran tipo. Agente del señor Alberton. —Respiró hondo—. Un asunto terrible. Espantoso. Gracias a Dios han cogido al hombre que lo hizo. También secuestró a la hija, a decir de todos. —Hizo chascar la lengua.

—¿Cuándo vio a Shearer por última vez? —preguntó Monk.

El empleado reflexionó por un instante.

—No trabaja mucho con nosotros —respondió—. Hace un par de meses o más que no le veo. Me figuro que estará muy ocupado, ahora que ya no tiene al pobre señor Alberton. No sé qué va a ser del negocio. Goza de buena reputación, pero no será lo mismo sin el propio señor Alberton al frente. Era de toda confianza. Sabía mucho de barcos, y también de comercio. Sabía quién tenía qué y siempre pagaba el precio justo, no tenía un pelo de tonto. Eso es insustituible, incluso aunque el señor Casbolt sea un excelente comprador, según dicen. Es una desgracia terrible.

—No consigo encontrar a nadie que haya visto a Shearer después de la muerte del señor Alberton —dijo Monk.

El empleado se mostró sorprendido.

—Vaya, desde luego yo no lo he visto. Me consta que admiraba mucho al señor Alberton pero no me hubiese imaginado que se marchara así. Pensé que se quedaría a velar por la buena marcha del negocio, por la viuda, pobre mujer. Vivir para ver, nunca se sabe, ¿verdad?

—No. ¿Con quién solía trabajar Shearer si no era con ustedes?

—Con Pocock y Aldrige, río arriba, en West India Dock Road. Es un sitio grande. Pregunte a cualquiera.

Monk le dio las gracias y se marchó. Había una distancia considerable hasta los muelles de West India de modo que tomó un coche de punto que vio libre y llegó al cabo de veinticinco minutos. Se apeó, pagó al cochero y al volverse hacia el edificio tuvo la súbita certeza de saber exactamente cómo era el interior, como si hubiese estado allí con frecuencia y aquella sólo fuese otra visita rutinaria.

Se puso nervioso. No tenía ni idea de cuándo había ido allí ni por qué. No recordaba nada desde el accidente. Cruzó la acera en cuatro zancadas, faltándole poco para chocar con un hombre delgado vestido de gris, y, sin disculparse, subió el corto tramo de escaleras y abrió la puerta.

El interior le resultó completamente desconocido, distinto del que había imaginado en la calle. Las proporciones eran más o menos las mismas, pero había un mostrador que antes no estaba, las paredes eran de otro color y el suelo, que había sido el aspecto más característico con sus baldosas de mármol gris y blanco, ahora era de madera.

Se detuvo en seco, confuso.

—Buenos días, señor. ¿En qué puedo servirle? —preguntó el hombre de detrás del mostrador.

Monk recobró la compostura con dificultad. Se sorprendió balbuceando, incapaz de regresar al presente.

—Sí… Tendría que hablar con… —Acudió a su mente el nombre de Tauton, aunque sabía de dónde salía.

—¿Sí, señor? ¿Con quién quiere hablar? —preguntó el hombre amablemente.

—¿Hay un señor Tauton en esta casa?

—Sí, señor, de hecho hay dos. ¿A cuál querría usted ver, al mayor o al pequeño?

Monk no tenía ni idea, pero debía contestar algo. Se dejó llevar por el instinto más que por la razón.

—Al mayor.

—Muy bien, señor. ¿A quién debo anunciar?

—Monk. William Monk.

—De acuerdo, señor. Si tiene la bondad de esperar, iré a avisarle.

El recepcionista regresó en pocos minutos e indicó a Monk una escalera que ascendía con una elegante curva hasta un descansillo. Una vez allí Monk no recordaba lo que el hombre del vestíbulo le había dicho, pero no dudó en girar a la izquierda y caminar hasta el fondo del pasillo. Esa parte le resultaba familiar, quizá más pequeña de lo que recordaba, pero reconoció incluso el tacto del picaporte cuando lo asió para abrir la puerta.

El hombre que había dentro del confortable despacho estaba de pie. Su rostro reflejaba sorpresa; su cuerpo, incomodidad. Era algo mayor que Monk, rondaría los cincuenta. Tenía entradas en el pelo castaño rojizo y rubicundas mejillas. Monk recordó que el señor Tauton pequeño era su hermanastro, no su hijo, un hombre más moreno y de tez cetrina.

—Vaya, vaya —dijo Tauton sin poder ocultar su nerviosismo—. ¡Después de tantos años! ¿Qué le trae por aquí, Monk? Pensaba que no volvería a verle.

Se mostraba desconcertado, como si la aparición de Monk lo confundiera. No podía dejar de mirarle, primero a la cara, luego la ropa y hasta las botas.

Monk se dio cuenta de que Tauton era mayor de lo que esperaba. No lograba recordarlo con todo el pelo pero las canas eran nuevas, así como las arrugas del rostro y una cierta aspereza de los rasgos. No sabía cuánto tiempo había pasado desde su último encuentro ni en qué circunstancias había tenido lugar. ¿Guardaría relación con su trabajo en la policía o sería incluso anterior? Eso supondría veinte años o más, remontarse hacia un pasado que Monk había perdido por completo, incapaz de recomponerlo con los fragmentos aprendidos aquí y allí gracias a personas con las que se había topado en sus investigaciones después del accidente.

No debía dar por sentado que Tauton fuese amigo; no podía suponer eso de nadie. Lo poco que sabía de su propia vida demostraba que se había granjeado más miedos que afectos. Todavía podía haber toda clase de deudas sin saldar, suyas y de otros. En esas ocasiones deseaba con ardor conocerse mejor a sí mismo, saber quiénes eran sus enemigos y por qué, conocer sus puntos flacos. Se sentía indefenso, desarmado.

Estudió el rostro de Tauton y no detectó ninguna expresión de afecto en él, sino de recelo y prudencia, pero con un dejo de placer, como si hubiese percibido una cierta vulnerabilidad en Monk y eso le causara satisfacción.

Monk pensaba velozmente qué decir sin traicionar su ignorancia.

—Ha habido cambios, aquí.

Jugaba a ganar tiempo, con la esperanza de que Tauton soltara más información y así al menos saber cuánto tiempo llevaban sin verse y tal vez hasta en qué términos, si su enemistad era abierta o disimulada, pues a cada segundo que pasaba más claro tenía que se trataba de enemistad.

—Veintiún años, si no me equivoco —dijo Tauton torciendo un poco el labio—. Nos va muy bien. Es normal que hayamos ido introduciendo mejoras.

Monk echó un vistazo al despacho. Estaba cuidado al detalle sin ser lujoso. Dejó que su opinión se reflejara en su expresión: no estaba impresionado.

El rostro de Tauton se ensombreció.

—Usted también ha cambiado —observó, con un dejo de sorna—. Se acabaron las botas y las camisas elegantes. Pensaba que a estas alturas le harían toda la ropa a medida. Le ha tocado pasarlo mal, ¿verdad? —Había un marcado trasfondo de placer en su voz, casi fruición—. Dundas le arrastró al lodo con él, ¿eh?

Dundas. Con cegadora claridad Monk vio el rostro amable, los inteligentes ojos azules cuyas comisuras parecían sonreír siempre. Acto seguido, con la misma rapidez tomaron la delantera la pena y una airada impotencia. Sabía que Dundas había muerto. Entonces contaba cincuenta o cincuenta y cinco. Monk era un veinteañero que aspiraba a convertirse en ejecutivo en la banca mercantil. Arrol Dundas, su mentor, se arruinó en una quiebra de la que fue declarado culpable por error. Había muerto en la cárcel.

Monk tenía ganas de arrear un puñetazo a la cara burlona que tenía delante. Sentía la rabia bullir en sus entrañas, anudándole el cuerpo, haciendo difícil hasta tragar saliva de tan tensa como tenía la garganta. Tenía que controlarse, disimular ante Tauton. Ocultarlo todo hasta saber lo suficiente como para actuar previendo los resultados.

¿Qué sabría Tauton sobre la vida de Monk desde entonces? ¿Sabía que había ingresado en la policía? Monk no estaba seguro. Su reputación se había difundido mucho. Había sido uno de los mejores y más implacables detectives del cuerpo, aunque igual nunca tuvo ocasión de trabajar en la zona de los muelles de West India.

—Sólo fue un pequeño cambio de rumbo —contestó saliendo por la tangente—. Tenía algunas deudas que cobrar. —Se permitió sonreír; fue una sonrisa intencionadamente rapaz.

Tauton tragó saliva. Sus ojos pasaban revista a la ropa vulgar que Monk llevaba puesta para pasar desapercibido en el río y los muelles.

—No parece que ascendieran a mucho —señaló.

—Aún no las he cobrado todas —contestó Monk, sin tiempo para medir sus palabras.

Tauton estaba envarado, movía las manos sin cesar en los costados, los ojos no se apartaban de los de Monk.

—¡Yo no le debo nada, Monk! Después de veintiún años, no sé quién va a deberle. —Soltó un bufido—. Siempre nos fue muy bien con usted. Cada cual ganaba lo suyo. Y no pillaron a nadie, que yo sepa.

¡Pillar! La palabra afectó a Monk como si le dieran un mazazo. ¿Pillados por quién? ¿A santo de qué? No se atrevió a preguntar. ¿De qué habían acusado a Dundas finalmente, qué fue lo que le llevó a la ruina? Monk sólo recordaba la ira que sintió y el convencimiento absoluto de que Dundas era inocente, que la acusación iba errada y que él, Monk, tendría que haber hallado el modo de demostrarlo.

Ahora bien, ¿Tauton había tenido que ver en el asunto o simplemente se había enterado como tanta otra gente?

Monk ansiaba saber la verdad, toda ella, más que casi cualquier otra cosa que se le ocurriera. Le obsesionaba desde que había sido alcanzado por las primeras saetas de recuerdo, fragmentos, emociones, breves instantes de rememoración que se esfumaban sin darle tiempo a percibir más que impresiones, un sentimiento, una mirada en el rostro de alguien, la inflexión de una voz y, siempre, la sensación de pérdida y una profunda culpabilidad por no haber sido capaz de evitarlo.

—¿Está preocupado? —preguntó, sosteniendo la mirada a Tauton.

—Ni mucho menos —respondió Tauton, aunque ambos sabían que era mentira. Quedó flotando en el aire entre ellos.

Por una vez Monk se alegró de inspirar miedo. Con demasiada frecuencia su capacidad para intimidar le había inquietado, haciéndole sentir culpable por esa parte de su ser que en otro tiempo sin duda le gustaba.

—¿Conoce a un hombre llamado Shearer?

Cambió de tema de improviso, no tanto por incomodar a Tauton como porque no se le ocurría qué más decirle sobre el pasado. La prioridad era que Tauton no adivinase que Monk no sabía nada.

—¿Shearer? —Tauton se sobresaltó—. ¿Se refiere a Walter Shearer?

—Exacto. Veo que le conoce.

—Por supuesto, aunque si ha venido aquí es porque ya lo sabía —contestó Tauton. Frunció el ceño—. Es agente comercial, consigna maquinaria y mercancías pesadas, sobre todo mármol, madera y armas… para Daniel Alberton, o eso hacía, hasta que asesinaron a Alberton —bajó la voz—. ¿Qué pinta usted en todo esto? ¿Se dedica a las armas ahora?

Desplazó el peso del cuerpo de una pierna a la otra.

Monk podía oler el miedo, súbito y penetrante, era más intenso que la leve ansiedad que había percibido antes. La imaginación de Tauton había pegado un salto al frente. Cuando volvió a hablar le salió una voz más aguda, como si tuviera tensa la garganta y apenas pudiera respirar.

—¿Está envuelto en ese asunto, Monk? Porque si es así, ¡no quiero saber nada! —Sacudió la cabeza al tiempo que retrocedía unos pasos—. Trabajar para tipos que ganan dinero con la trata de esclavos es una cosa, e ir por ahí asesinando gente, otra muy distinta. Te pueden colgar por eso. Alberton era muy apreciado. Todos se pondrán contra usted. No sé dónde está Shearer ni me importa. Es un tipo duro, de los que no dan cuartel ni lo piden, pero no es un asesino.

Monk se sentía como si le hubiesen asestado un golpe tan fuerte que le faltaba el aire.

—Escuche, Monk —prosiguió Tauton, elevando el tono de voz—, lo que le ocurrió a Dundas no tuvo nada que ver conmigo. Hicimos un trato y ambos cumplimos con nuestra parte. Yo no le debo nada a usted y usted no me debe nada a mí. Si usted timó a Dundas, el asunto queda entre usted y… la tumba, a estas alturas. ¡No vaya a por mí! —Levantó las manos como para parar un puñetazo—. ¡No quiero tener nada que ver con esas armas! Hay una soga esperando al final. ¡No pienso transportarlas para usted, se lo juro por mi vida!

Monk por fin recobró la voz.

—¡Yo no tengo las armas, imbécil! Estoy buscando al hombre que mató a Alberton. Sé muy bien donde están las armas. Están en América. Las seguí hasta allí.

Tauton lo miró atónito.

—Entonces ¿qué quiere? ¿A qué ha venido?

—Quiero saber quién mató a Alberton.

Tauton sacudió la cabeza.

—¿Por qué?

Monk volvió a guardar silencio por un momento. ¿En verdad había sido él así, un hombre a quien nada importaba el que hubiesen asesinado a tres hombres ni quién lo había hecho? ¿Acaso su necesidad de saberlo requería una explicación?

Tauton seguía mirándole fijamente, aguardando una respuesta.

—No es asunto suyo. —Monk apartó sus pensamientos—. ¿Dónde está Shearer?

—¡No lo sé! Hace casi dos meses que no le veo. Si lo supiera se lo diría, créame, aunque sólo fuese para deshacerme de usted.

Monk le creyó; el miedo de sus ojos era real, su olor llenaba la habitación. Tauton entregaría a cualquiera, amigo o enemigo, con tal de salvar el pellejo.

¿Cómo era posible que Monk hubiese estado alguna vez dispuesto a hacer negocios con semejante sujeto? Y lo que era aún peor, con mucho más alarmante, ¡obtener ganancias comerciando con un hombre cuyo dinero procedía de la trata de esclavos! ¿Sabía aquello Dundas? ¿O era que Monk le había engañado tal como Tauton insinuaba?

Ambas opciones le dieron asco.

Necesitaba la verdad y la temía. Era absurdo esperar que Tauton le diera una respuesta; no sabía nada. Lo que opinaba de Monk ya era acusación suficiente.

Monk se encogió de hombros, dio media vuelta y salió del despacho sin pronunciar nada más. Cuando pasó por delante del conserje en el mostrador del vestíbulo, sus pensamientos no fueron ya para Tauton o Shearer, sino para Hester y la expresión de su rostro cuando hablaba de la esclavitud. Para ella era imperdonable. ¿Cómo reaccionaría si se enterase de lo que ahora él sabía sobre sí mismo?

Sólo de pensarlo bajó la cabeza abatido. Salió a la calle soleada y sintió un escalofrío.