Capítulo 1

—Estamos invitados a cenar con el señor y la señora Alberton —dijo Hester como respuesta a la mirada inquisitiva que Monk le lanzaba desde el otro lado de la mesa del desayuno—. Son amigos de Callandra. Ella también iba a ir, pero ha tenido que marcharse a Escocia de improviso.

—Me figuro que aun así querrás aceptar —dedujo él, observando la expresión de su cara. Solía desentrañar sus emociones a la primera, unas veces con precisión extraordinaria, otras malinterpretándola por completo. En esa ocasión estaba en lo cierto.

—Sí, me gustaría. Callandra me dijo que son encantadores e interesantes y que poseen una casa muy bonita. La señora Alberton es medio italiana y, según parece, el señor Alberton también ha viajado mucho.

—En tal caso, supongo que será mejor que vayamos. Aunque han avisado con muy poca antelación, ¿no? —concluyó él con poca gentileza.

Si bien era cierto que los habían invitado con poca antelación, Hester no estaba dispuesta a encontrar faltas en algo que prometía ser interesante y probablemente hasta el principio de una nueva amistad. No contaba con muchos amigos. La naturaleza de su trabajo como enfermera había hecho que a menudo sus amistades fueran pasajeras. Hacía ya un tiempo que no se veía ante un caso apasionante. Tampoco los casos de Monk durante los últimos cuatro meses de primavera y principios de verano habían resultado interesantes, y él no había reclamado su ayuda, ni, en la mayoría de ellos, siquiera su parecer. Eso la traía sin cuidado; los robos eran tediosos, mayormente motivados por la codicia, y no conocía a las personas implicadas.

—Estupendo —dijo con una sonrisa, dando el asunto por concluido—. Contestaré de inmediato diciendo que acudiremos encantados.

La mirada que recibió como respuesta fue irónica, sólo con un matiz sarcástico.

Llegaron a casa de los Alberton en Tavistock Square al filo de las siete y media. La mansión era hermosa, tal como Callandra había comentado, aunque no tanto como para que Hester lo considerase digno de mención. No obstante, cambió de parecer en cuanto puso un pie en el vestíbulo, dominado por una escalinata curva en cuyo recodo se abría un enorme ventanal de cristales emplomados con el sol del atardecer detrás. Era algo realmente bonito y Hester se quedó embobada en lugar de prestar atención al mayordomo que acababa de recibirlos y fijarse por donde iba.

El salón de recibo también se salía de lo común. Había menos mobiliario de lo habitual y los colores eran más pálidos y cálidos, produciendo una ilusión de luminosidad pese a que los altos ventanales que daban al jardín se abrían al cielo de levante. Las sombras ya se iban alargando, aunque no sería de noche hasta pasadas las diez, pues el verano había alcanzado su apogeo hacía sólo unos días.

La primera impresión que Hester se llevó de Judith Alberton fue que se trataba de una mujer extraordinariamente bella. Era más alta que la media, pero con un cuello y unos hombros esbeltos que realzaban las lozanas curvas de su figura, otorgándole una delicadeza que de otro modo quizá no hubiese poseído. Su rostro, si se contemplaba con detenimiento, se apartaba por completo de las convenciones en boga. Tenía la nariz recta y bastante prominente, los pómulos muy altos, la boca más bien grande y la barbilla decididamente roma. Los ojos eran sesgados y de un otoñal tono dorado. La impresión de conjunto era a un tiempo generosa y apasionada. Cuanto más se la miraba, más encantadora parecía. A Hester le gustó de inmediato.

—¿Qué tal está? —saludó calurosamente Judith—. Cuánto me alegro de que haya venido. Ha sido muy amable de su parte, habida cuenta de lo precipitado de la invitación. El caso es que Callandra me habló de usted con tanto afecto que no quise esperar más. —Sonrió a Monk. Sus ojos se iluminaron con un destello de interés al contemplar su rostro moreno y enjuto, en el que destacaba el prominente caballete de la nariz, aunque siguió dirigiendo sus atenciones a Hester—. Le presento a mi marido.

El hombre que se aproximó era más agradable que bien parecido, mucho más corriente que su esposa, aunque la regularidad de sus rasgos transmitía fuerza y encanto.

—¿Cómo está usted, señora Monk? —dijo sonriendo, y en cuanto hubo cumplido con la cortesía se volvió de inmediato hacia Monk, detrás de ella, escrutando su semblante fijamente unos instantes antes de tender la mano para saludarle y hacerse a un lado para que el resto de invitados fuera presentado a su vez.

Había otras tres personas en la estancia. Una era un hombre de cuarenta años cumplidos, con el pelo oscuro que empezaba a ralear. Hester reparó enseguida en su franca sonrisa y su espontáneo apretón de manos. Irradiaba una confianza innata, como si estuviera más que seguro de sí mismo y de sus convicciones y no precisara hacer partícipe de ellas al prójimo. Le gustaba escuchar a los demás. Aquélla era una cualidad muy del agrado de Hester. Se llamaba Robert Casbolt y fue presentado no sólo como socio de Alberton en sus negocios y amigo de juventud, sino también como primo de Judith.

El otro hombre presente era oriundo de Estados Unidos. Como todo el mundo sabía, a lo largo de los últimos meses ese país se había ido sumiendo trágicamente en un estado de guerra civil. Hasta la fecha no había tenido lugar nada más grave que algunas inquietantes refriegas, pero el recrudecimiento de las hostilidades parecía más inminente tras cada nuevo boletín de noticias que llegaba del otro lado del Atlántico. La guerra no tardaría en estallar.

—El señor Breeland procede de la Unión —explicó Alberton en tono amable, aunque frío.

Hester miró a Breeland respondiendo a la presentación. Por su aspecto no tendría más de treinta años, era alto y esbelto, de anchas espaldas y con el porte erguido de un soldado. Sus rasgos eran regulares y su expresión cortés a la vez que severamente contenida, como si sintiera que debía estar constantemente en guardia contra cualquier desliz o relajo de la conciencia.

La última en ser presentada fue Merrit, la hija de los Alberton. Tenía unos dieciséis años y todo el encanto, la pasión y la vulnerabilidad propios de su edad. Era más rubia que su madre, de quien no había heredado la belleza, y si bien su rostro transmitía la misma fuerza de voluntad, parecía mucho menos capaz de ocultar las emociones. Respondió a las presentaciones con sobrada educación, pero sin hacer ningún esfuerzo por fingir más que lo exigido por la cortesía.

La conversación preliminar abordó asuntos tan anodinos como el tiempo, el aumento del tráfico en las calles y el multitudinario éxito de una exposición cercana.

Hester se preguntó por qué Callandra había supuesto que ella y Monk iban a hacer buenas migas con aquellas personas, aunque quizá sólo fuese que les tuviera cariño por ser conocedora de su bonhomía.

Breeland y Merrit se apartaron un poco, conversando muy serios. Monk, Casbolt y Judith Alberton comentaron un estreno reciente y Hester entabló conversación con Daniel Alberton.

—Lady Callandra me contó que pasó usted casi dos años en Crimea —dijo con sumo interés. Sonrió excusándose—. No voy a hacerle las preguntas de costumbre sobre miss Nightingale. Debe resultarle muy aburrido a estas alturas.

—Es una persona realmente excepcional —repuso Hester—. Sería incapaz de criticar a nadie por querer saber más sobre ella.

Alberton sonrió.

—Sin duda ha dicho eso un montón de veces. ¡Tenía la respuesta preparada!

Hester notó que se relajaba. Su interlocutor le resultó un conversador inesperadamente grato; la franqueza siempre era mucho más llevadera que la cortesía continuada.

—Sí, debo admitirlo. Es…

—Poco original —concluyó él por ella.

—Sí.

—Puede que lo que quería decirle también sea poco original pero se lo voy a decir de todos modos, puesto que realmente quiero saber. —Frunció un poco el ceño, juntando las cejas. Sus ojos eran de un azul muy claro—. Sin duda, cuando estuvo allí debió de hacer acopio de grandes dosis de coraje, tanto físico como moral, sobre todo cerca del frente. Se habrá visto obligada a tomar decisiones que alteraron la vida de otras personas, quizá salvándolas o perdiéndolas.

Era verdad. Recordó sobresaltada lo desesperante que había sido, lo remoto que quedaba todo de aquella plácida velada veraniega en un elegante salón de Londres, donde el color y el corte de un traje revestían tanta importancia. La guerra, la enfermedad, los cuerpos destrozados, el calor y las moscas o el frío terrible, todo podía haber sucedido en otro planeta sin ninguna conexión con aquel mundo excepto un idioma común cuyas palabras, no obstante, jamás bastarían para explicar uno al otro.

Hester asintió con la cabeza.

—¿No le resultó extraordinariamente difícil adaptarse de aquella vida a ésta? —preguntó Alberton. Aunque hablaba sin levantar la voz, imprimía una sorprendente intensidad a sus palabras.

¿Cuánto habría contado Callandra a Judith Alberton o a su marido? ¿Iba Hester a ponerla en una situación incómoda ante los Alberton en el futuro si se permitía ser sincera? Probablemente no. Callandra nunca había sido una mujer que huyera de la verdad.

—Bueno, regresé decidida a reformar todos los hospitales de la patria —dijo con una mueca de arrepentimiento—. Como es obvio, no lo conseguí, por razones muy diversas. La principal de ellas fue que nadie creyó que tuviera la menor idea sobre lo que decía. Las mujeres en general no entienden de medicina, y las enfermeras en particular están para arrollar vendajes, barrer y fregar suelos, acarrear carbón y lavazas y, en resumidas cuentas, hacer lo que se les ordene. —Permitió que su resentimiento aflorase—. No tardé mucho en ser despedida, de modo que pasé a ganarme el sustento cuidando a pacientes particulares.

Alberton la miró con simpática admiración.

—¿No le resultó muy duro? —preguntó.

—Mucho —convino Hester—. Pero conocí a mi marido poco después de regresar a Inglaterra. Éramos… Iba a decir amigos, pero no sería verdad. Adversarios con una causa común sería una descripción bastante más acertada. ¿Le ha explicado Lady Callandra que es detective privado?

No hubo sorpresa en su rostro y, desde luego, nada semejante a la alarma. En la alta sociedad los caballeros poseían tierras, eran militares o se dedicaban a la política. No trabajaban, en el sentido de estar empleados. El comercio era igualmente inaceptable. Ahora bien, fueran cuales fueren los orígenes familiares de Judith Alberton, su marido no se mostró consternado porque su huésped fuese poco más que un policía, ocupación sólo apropiada para los elementos menos deseables.

—Sí —admitió de buena gana—. Me dijo que algunas de sus aventuras le habían resultado fascinantes, aunque no me dio más detalles. Supuse que serían de carácter confidencial.

—En efecto —afirmó Hester—. Tampoco yo voy a revelarlos, sólo diré que me han servido para no echar en falta la sensación de vivir emociones y tomar decisiones que experimenté en Crimea. Además, en la mayor parte, mi participación en ellos no me ha supuesto las privaciones materiales o el peligro personal que conlleva la enfermería en tiempos de guerra.

—¿Ni el horror, o la pena? —preguntó Alberton en voz baja.

—De esos no me he librado —reconoció Hester—, salvo por una cuestión numérica. Y no estoy segura de que uno sufra menos por una sola persona, si pasa apuros graves, que por un colectivo.

—Desde luego que no. —Fue Robert Casbolt quien intervino. Se acercó por detrás de Alberton, apoyando una mano con gesto cordial en el hombro de su amigo y contemplando a Hester con interés—. Las emociones pueden ser muy exigentes, y me figuro que uno da cuanto tiene. Por lo que acabo de oír, es usted una mujer excepcional, señora Monk. Me complace sobremanera que Daniel tuviera la feliz idea de invitarlos a usted y a su marido a cenar. Seguro que animarán nuestra tertulia habitual y no sabe cuánto puede apetecerme que así sea. —Adoptó un tono de complicidad—. Sin duda volverá a salir a colación durante la cena, es algo completamente inevitable estos días, pero he tenido más que suficiente sobre la guerra en América y sus implicaciones.

A Alberton se le iluminó el rostro.

—Yo también, pero apuesto un carruaje y una yunta a que Breeland nos obsequiará otra vez con las virtudes de la Unión antes de que sirvan el tercer plato.

—¡El segundo! —corrigió Casbolt. Sonrió a Hester con un destello de picardía en la mirada—. Es un muchacho muy formal, señora Monk, y un fanático convencido de la corrección moral de su causa. Para él, la Unión de los Estados Unidos es una entidad divina, y los anhelos separatistas de los confederados son obra del diablo.

Cualquier otro comentario quedó pospuesto por la necesidad de trasladarse al comedor, donde la cena estaba lista para ser servida.

Monk encontró la casa agradable, aunque no supo muy bien por qué. Tenía algo que ver con el color y la sencillez de las proporciones. Había pasado la primera parte de la velada charlando con Casbolt y Judith Alberton, con algún comentario ocasional por parte de Lyman Breeland, quien al parecer encontraba tediosas las conversaciones banales. Breeland era demasiado bien educado como para demostrarlo abiertamente, pero a Monk no le pasó por alto que se aburría. Se preguntó qué pintaba Breeland allí. Le picó la curiosidad. Echando un vistazo a la habitación, incluidos él mismo y Hester, formaban un grupo de personas de lo más dispar. Breeland aparentaba treinta y pocos años, en cualquier caso uno o dos menos que Hester. El resto estaba bien entrado en la cuarentena, excepción hecha de Merrit. ¿Por qué habría decidido acudir a aquella cena cuando lo más probable era que pudiera estar en compañía de otras muchachas o incluso en una fiesta?

Sin embargo, no detectó en ella el menor signo de tedio o impaciencia. ¿Se debía a sus exquisitos modales o acaso algo la había llevado a estar presente por voluntad propia?

La respuesta llegó después del plato de sopa, mientras servían el pescado.

—¿En qué parte de América vive, señor Breeland? —preguntó Hester inocentemente.

—Nuestro hogar está en Connecticut, señora —respondió, haciendo caso omiso de su comida y mirándola fijamente—. Aunque actualmente residimos en Washington, por supuesto. Llegan gentes de todas las regiones norteñas de la Unión para sumarse a la causa, como sin duda ya sabe. —Enarcó levemente las cejas.

Casbolt y Alberton cambiaron una mirada.

—Luchamos por la supervivencia de un ideal de libertad e igualdad para todos los hombres —prosiguió Breeland enérgicamente—. Los voluntarios acuden de todos los pueblos y ciudades así como de las granjas de tierra adentro y del oeste.

Merrit, cuyo rostro se iluminó de súbito, miró por un instante a Breeland, con los ojos brillantes, y luego de nuevo a Hester.

—Cuando ganen, ya no habrá más esclavitud —proclamó—. Todos los hombres serán libres de ir adonde quieran y ya no habrá más amos. Será uno de los pasos más nobles y relevantes que haya dado la humanidad, y lo darán cueste lo que cueste, aunque en el empeño pierdan su vida y su hogar.

—La guerra suele cobrarse ese precio, miss Alberton —contestó Hester en tono pausado—. Cualquiera que sea su causa.

—¡Pero esto es distinto! —exclamó Merrit. Se inclinó un poco sobre el exquisito servicio de mesa de porcelana y plata; la luz de los candelabros relucía en sus pálidos hombros—. Esto es auténtica nobleza, un sacrificio por un gran ideal. Es una lucha para salvaguardar las libertades por las que fue fundada América. Si realmente lo comprendiera, señora Monk, se apasionaría tanto en su defensa como los partidarios de la Unión…, a no ser, claro está, que crea usted en la esclavitud.

No lo dijo enojada, sino perpleja ante semejante posibilidad.

—¡No, no creo en la esclavitud! —repuso Hester con dureza. No miró ni a derecha ni a izquierda para comprobar qué actitud adoptaban los demás—. La mera idea me resulta repugnante.

Merrit se calmó y en su rostro apareció una hermosa y cálida sonrisa.

—Entonces lo entenderá perfectamente. ¿No le parece que deberíamos hacer lo posible por ayudar a esa causa, cuando hay hombres dispuestos a entregar su vida?

Una vez más sus ojos se desviaron un instante hacia Breeland, y él le contestó sonriendo, con un leve rubor de complacencia en las mejillas, antes de apartar de nuevo la vista, quizá por timidez, quizá para disimular sus sentimientos.

Hester fue más precavida.

—Naturalmente, estoy de acuerdo en que deberíamos luchar contra la esclavitud, pero no estoy segura de que ésta sea la mejor forma de hacerlo. Lo confieso, no estoy lo bastante informada sobre la cuestión para emitir un juicio.

—Es sencillo —dijo Merrit—, basta con dejar a un lado las discrepancias políticas y los asuntos de tierra y dinero y quedarse sólo con la moralidad. —Levantó la mano y, sin darse cuenta, interceptó el gesto del lacayo que estaba tratando de servir el plato principal—. Es una cuestión de honradez. —Una vez más la encantadora sonrisa le mudó el semblante—. Si pregunta al señor Breeland, se lo explicará de tal forma que lo verá con absoluta claridad y arderá en deseos de luchar por la causa con todo su corazón.

Monk desvió la vista para ver cómo encajaba Alberton aquella intensa lealtad de su hija para con una guerra que sucedía a ocho mil kilómetros de distancia. En el rostro de su anfitrión encontró un hastío que le habló de otras discusiones como aquella que no habían alcanzado ninguna solución.

Los periódicos de Londres publicaban muchos artículos sobre el señor Lincoln, el nuevo presidente, y sobre Jefferson Davis, quien a su vez había sido elegido presidente del gobierno provisional de los Estados Confederados de América, es decir, de los estados que se habían ido separando de la Unión uno tras otro a lo largo de los meses precedentes. Durante mucho tiempo abundaron las voces que esperaban evitar una guerra abierta, mientras que otros la fomentaban activamente. Ahora bien, tras el bombardeo del fuerte Sumter por parte de los confederados y su posterior rendición el 14 de abril, el presidente Lincoln había llamado a filas a setenta y cinco mil voluntarios para servir durante tres meses y propuesto el bloqueo de todos los puertos de la Confederación.

La prensa insinuaba que el Sur había llamado a ciento cincuenta mil voluntarios. América estaba en pie de guerra.

Lo que resultaba muchos menos obvio era la naturaleza de las cuestiones en juego. Para algunos, como Merrit, se trataba simplemente de la esclavitud. En realidad, a Monk le parecía que no revestían menos importancia cuestiones como la propiedad de la tierra, la economía y el derecho del Sur a separarse de una Unión de la que ya no deseaba formar parte.

En efecto, en Gran Bretaña muchas simpatías eran para el Sur, aunque por motivos muy diversos y, en ocasiones, un tanto dudosos.

El tono paciente que empleó Alberton fue fruto de un esfuerzo que por un instante se hizo patente en su rostro.

—Existen numerosas causas, querida, y algunas de ellas entran en conflicto. Que yo sepa, no hay ningún fin que justifique medios deshonestos. Hay que considerar…

—¡No hay nada que justifique la esclavitud! —exclamó Merrit muy fogosa, interrumpiendo a su padre sin parar mientes al respeto que le debía, más aún delante de invitados—. Ya son demasiados quienes echan mano de sofisterías para defender la conveniencia de no arriesgar en una lucha lo que son ni lo que poseen.

Judith cogió con fuerza el tenedor de plata y lanzó una penetrante mirada a su marido. Breeland sonrió. Un rubor de irritación cruzó el rostro de Casbolt.

—Y demasiados quienes apoyan precipitadamente una causa —respondió Alberton— sin detenerse un momento a sopesar lo que su compromiso pueda costar a otra causa igualmente justa e igualmente necesitada de ayuda, y puede que tan merecedora de su lealtad como la primera.

Quedó claro que no se trataba de ninguna discusión filosófica. Había en juego algo de una importancia inmediata y muy personal. Para advertirlo bastaba con echar un vistazo a los hombros rígidos y la expresión adusta de Breeland, al color encendido de los pómulos de Merrit y a la evidente impaciencia de Daniel Alberton.

Esta vez Merrit no contestó, aunque su ánimo estaba a todas luces enardecido. En muchos aspectos todavía era una chiquilla, pero su emoción surgía de tan hondo que poco faltó para que Monk se incomodara.

El servicio cambió los platos y sirvió tarta de cerezas y nata. Todos comieron en silencio.

Judith Alberton hizo un comentario favorable sobre un recital de música al que había asistido. Hester manifestó un interés que Monk sabía que no sentía. A ella no le interesaban las baladas sentimentales y él se preguntó, atento al excepcional rostro de Judith, si a su anfitriona en verdad tampoco. Le parecía un gusto poco acorde con la fuerza de sus rasgos.

Casbolt advirtió la mirada de Monk y sonrió con íntimo regocijo.

Poco a poco se fue reanudando una conversación cordial y elegante, salpicada con alguna que otra agudeza y ocasionales risas.

Monk se encontró preguntándose por qué habían invitado a Breeland. Discretamente comenzó a estudiar su expresión, las tensiones de su cuerpo, la forma en que escuchaba la conversación como atento a interpretar otros significados más profundos y aguardando la ocasión de interceder a favor de su causa, lo cual no sucedió. Una media docena de veces Monk le vio tomar aliento, pero sin que llegase a pronunciar palabra. Cada vez que Merrit hablaba, la miraba con una momentánea dulzura en los ojos, pero evitó escrupulosamente inclinarse hacia ella o efectuar cualquier otro gesto que pudiera parecer íntimo, fuera para salvaguardar los sentimientos de la chica o los suyos.

Se mostraba cortés con Judith Alberton, pero sin ninguna soltura, como si no se sintiera a sus anchas en su presencia. Habida cuenta de su excepcional belleza, Monk no tuvo la menor dificultad para comprenderlo. Cualquier hombre podía verse intimidado ante semejante mujer, cohibirse y preferir guardar silencio antes que hablar y arriesgarse a parecer menos listo o divertido de lo que habría deseado. Era unos diez años más joven que ella y Monk empezaba a sospechar que estaba enamorado de la hija sin contar con su aprobación.

Casbolt sí parecía relajado. Su afecto hacia Judith saltaba a la vista, pero, siendo primos, lo más probable era que se conocieran de toda la vida. De hecho, hizo algunas alusiones, a menudo en broma, a acontecimientos de un pasado en común, algunos de los cuales habían parecido desastres en su momento para luego desvanecerse en el recuerdo y dejar de hacer daño. El dolor o la risa que compartían establecía un vínculo excepcional entre ellos.

Hablaron de veraneos en Italia en los que ellos tres —ella, su hermano Cesare y Casbolt— habían paseado por las colinas doradas de la Toscana, donde descubrieron unas esculturas de tiempos anteriores al esplendor de Roma y especularon sobre el pueblo que pudo haberlas creado. Judith rió a gusto, aunque Monk creyó percibir un matiz de dolor. Miró a Hester y advirtió que ella también lo había notado.

Era lo mismo que había en la voz de Casbolt: el conocimiento de algo tan profundo que jamás se olvidaría y que, no obstante, podían compartir porque lo habían soportado juntos; él, ella y Daniel Alberton.

En toda la cena no se abordó ningún tema candente y mucho menos ofensivo, siquiera de lejos. Ahora bien, Monk se formó la opinión de que a Casbolt no le caía demasiado bien Breeland. Quizá sólo fuesen temperamentos dispares. Casbolt era un hombre sofisticado, sobrado de experiencia y encanto. Le gustaba la gente y conversar era algo innato en él.

Breeland era un idealista incapaz de dejar a un lado sus creencias o permitirse reír sabiendo que había otros que sufrían, ni siquiera durante una cena. Quizá se sintiera extraño por estar lejos de su patria en momentos tan difíciles y entre desconocidos, y saltaba a la vista que no lograba evitar responder a la juventud y el encanto de Merrit.

Monk se compadeció de él. Antaño también se había apasionado por grandes causas, rebosando fervor ante injusticias que afectaban a miles, puede que a millones. Ahora, sólo los individuos le suscitaban semejante ardor. Con demasiada frecuencia había intentado cambiar el curso de la ley o de la naturaleza y había conocido el sabor del fracaso, descubriendo la fuerza del adversario. En ocasiones aún lo intentaba con encono y terminaba apenado hasta la amargura. La rabia se apoderaba de él. Pero también sabía dejarla a un lado durante un rato y llenarse el corazón y la mente con las cosas gratas y hermosas de la vida. Había aprendido a marcar el ritmo de sus batallas, al menos en ocasiones, y a saborear los períodos de tregua.

Ya casi habían terminado el último plato cuando el mayordomo entró para hablar con Daniel Alberton.

—Disculpe, señor —dijo casi en un susurro—. Ha venido el señor Philo Trace. ¿Debo decirle que le retienen otros compromisos o desea recibirle el señor?

Breeland se volvió, envarado y con la expresión tan controlada que parecía congelado.

Merrit fue mucho menos cuidadosa ocultando sus sentimientos. Las mejillas se le encendieron y miró fijamente a su padre como si le creyera a punto de hacer algo monstruoso.

Casbolt miró contrito a los demás, aunque su rostro traslucía un vivo interés. Monk tuvo la fugaz impresión de que a Casbolt realmente le importaba lo que él pensara, pero luego desechó la idea por ridícula. ¿Por qué iba a interesarle?

El semblante de Alberton hacía patente que no esperaba aquella visita. Quedó desconcertado por un instante. Dirigió a Judith una mirada inquisitiva.

—Faltaría más —dijo ella, esbozando una sonrisa.

—Supongo que lo mejor será que le haga pasar —indicó Alberton al mayordomo—. Dígale que estamos cenando y que si le apetece un poco de fruta, tiene un sitio en la mesa.

Se produjo un incómodo silencio mientras el mayordomo se retiraba para luego volver en compañía de un hombre delgado y de cabello moreno, con un rostro sensible y voluble, del tipo que transmite emociones y sin embargo quizás oculta sus verdaderos sentimientos. Era bien parecido, no carecía de encanto y, sin embargo, había algo esquivo y reservado en él. Monk calculó que sería unos diez años mayor que Breeland y en cuanto abrió la boca se hizo patente que procedía de uno de aquellos estados del Sur que recientemente se habían separado de la Unión y contra los que ésta se hallaba en guerra.

—¿Cómo está usted? —respondió Monk cuando los presentaron, después de que el mayordomo trajera otra silla y dispusiera discretamente un cubierto adicional en la mesa.

—Lo siento de veras —se disculpó Trace, un tanto abochornado—. Me parece que me he equivocado de noche. Desde luego no tenía intención de importunar. —Miró un momento a Breeland y resultó obvio que ya se conocían. La animosidad entre ambos era palpable.

—No se preocupe, señor Trace —dijo Judith sonriendo—. ¿Le apetece un poco de fruta? ¿Un pastelito, quizá?

Trace posó su mirada en ella con beneplácito y un cierto fervor.

—Gracias, señora. Es muy generoso de su parte.

—El señor y la señora Monk son amigos de Lady Callandra Daviot. No recuerdo si llegó a conocerla o no —prosiguió Judith.

—No, no tuve el placer, aunque algo me refirió sobre ella. Una dama muy interesante. —Trace tomó asiento en la silla que habían traído para él. Contempló a Hester con complacida curiosidad y añadió—: ¿Usted también está relacionada con el ejército, señora?

—Desde luego —intervino Casbolt con entusiasmo—. Ha hecho una carrera excepcional… con Florence Nightingale. Seguro que habrá oído hablar de ella.

—Naturalmente. —Trace miró a Hester con una sonrisa—. Me temo que en América, con los tiempos que corren, estamos obligados a preocuparnos por todos los aspectos de la guerra, como sin duda sabrán. Aunque no creo que eso sea de lo que desean conversar durante la cena.

—¿Acaso no ha venido para eso, señor Trace? —preguntó Merrit con frialdad—. Su visita no es de carácter social; usted mismo acaba de admitirlo al decir que se había equivocado de noche.

Trace se sonrojó.

—No comprendo cómo ha podido ocurrirme. Me disculpo de nuevo, miss Alberton.

—¡Tampoco yo lo comprendo! —exclamó Merrit—. Sólo me cabe pensar que estaba preocupado por si el señor Breeland finalmente convencía a mi padre sobre la justicia de su causa, desbaratando así la adquisición que usted tiene prevista.

Aquello era un desafío sin ninguna concesión a la cortesía. Su apasionada convicción vibraba en su voz con tanta sinceridad que casi borraba la grosería.

Casbolt negó con la cabeza. Miró a Merrit con paciencia.

—Eso no es digno de ti, cariño. Por más profundas que sean tus convicciones, conoces a tu padre lo bastante como para pensar que va a faltarle la palabra a quien sea. Espero que el señor Trace también lo sepa. Si no es así, pronto lo sabrá. —Desvió la mirada hacia Monk—. Le debemos una disculpa, señor, y también a usted —añadió, incluyendo a Hester por un instante— todo esto les parecerá inusitadamente apasionado. Me figuro que nadie les ha explicado que Daniel y yo somos tratantes y exportadores, entre otras cosas. Las armas de buena calidad están experimentando una creciente demanda debido a la guerra en Estados Unidos, por más lamentable que sea. Hombres tanto de la Unión como de la Confederación recorren Europa comprando cuanto pueden. La mayor parte del armamento disponible es de calidad inferior, hasta el punto de que muchas armas pueden estallar en la cara de los hombres que las usen sin causar ningún daño al enemigo. Algunas tienen la mira tan desviada que les costaría darle a la pared de un establo a veinte pasos de distancia. ¿Entiende de armas, señor?

—En absoluto —respondió Monk. Si alguna vez había poseído tales conocimientos, los había perdido en el accidente de carruaje de cinco años atrás en el que todo recuerdo anterior a esa fecha se había esfumado de su mente. No recordaba siquiera haber disparado un arma. Sin embargo, la explicación de Casbolt aclaró la turbulencia de emociones que Monk había detectado en la estancia, la presencia tanto de Breeland como de Trace y el resentimiento con que se trataban. No tenía nada que ver con Merrit Alberton ni con ningún otro miembro de la familia.

Una expresión de entusiasmo iluminó el rostro de Casbolt.

—La mejor arma moderna, pongamos, por ejemplo, el fusil P1853, un modelo del año pasado. Está compuesto por un total de sesenta y una piezas, contando tornillos y demás. Sólo pesa cuatro kilos y doscientos gramos, sin bayoneta, y el cañón, estriado, por supuesto, mide noventa y nueve centímetros de longitud. Su precisión le da un alcance de al menos ochocientos metros, bastante más de medio kilómetro.

Judith lo miró con una sonrisa levemente reprobatoria.

—¡Tienes razón! —se disculpó, echando un vistazo a Hester antes de volver a mirar a Monk—. Lo siento. Por favor, cuéntenos algo sobre su profesión, si no es nada confidencial. —Su expresión mostraba un interés tan vivido que costaba creer que se debiera sólo a la mera cortesía.

Monk nunca había sido objeto de semejante pregunta en el transcurso de una cena en sociedad. Normalmente era la última cosa de la que la concurrencia deseaba hablar, pues si se encontraba presente era para investigar algo que había causado dolor recientemente y que las más de las veces seguía doliendo. El crimen no sólo traía miedo, pesar e, inevitablemente, recelos, sino que trastornaba la tranquilidad de la vida arrancando las decentes máscaras de secretismo con las que todo el mundo ocultaba sus debilidades y pecados menores.

—¡Robert! —exclamó Judith en tono apremiante—. Me parece que estás pidiendo al señor Monk que nos cuente tragedias de terceras personas.

Casbolt se mostró asombrado y para nada ofendido.

—¿De veras? Qué lástima. ¿Cómo puedo salvar ese obstáculo? Lo cierto es que me gustaría saber algo más acerca de la fascinante ocupación del señor Monk. —Seguía sonriendo, aunque hablaba con determinación. Se apoyó en el respaldo, apartándose un poco de la mesa, y cogió un puñado de uvas—. Dígame, ¿dedica mucho tiempo a los robos, las joyas desaparecidas y cosas por el estilo?

Se trataba de un tema mucho menos espinoso que el de las armas o la esclavitud. Monk advirtió un destello de interés en el rostro de Judith, pese a que sin duda era consciente de que el tema probablemente desentonaría en cualquier reunión social.

Daniel Alberton también parecía aliviado. Sus dedos dejaron de juguetear con el cuchillo de postre.

—La señora Monk dice que el participar en sus casos ha sustituido la excitación, el horror y el sentido de la responsabilidad que experimentó en el frente —insistió Casbolt—. No concibo que se trate de asuntos como hallar un salero de plata extraviado o a la sobrina nieta desaparecida de Lady Fulana.

Todos esperaban que Monk contara algo espectacular y entretenido que no guardara relación alguna con sus vidas ni con las tensiones que había entre ellos. Hasta Hester le miraba sonriente.

—No —reconoció Monk, cogiendo un melocotón del frutero—. Hay algunos de ese orden pero de tanto en tanto se produce un asesinato que me toca resolver a mí en vez de a la policía…

—¡Santo cielo! —exclamó Judith sin querer—. ¿Por qué?

—Normalmente porque la policía sospecha de la persona equivocada —respondió Monk.

—¿En su opinión? —instó Casbolt con premura.

Monk le miró a los ojos. El tono de Casbolt era jocoso, pero le contemplaba sin pestañear, con un brillo inteligente en los ojos. Monk tuvo claro que, cuando menos, no había hecho aquel comentario sin darse cuenta sólo para aliviar la incomodad que reinaba entre Breeland y Trace.

—Sí, en mi opinión —contestó, con el aplomo que consideró que la ocasión merecía—. A veces he cometido errores estrepitosos, pero sólo durante un tiempo. En una ocasión estuve convencido de la inocencia de un hombre famoso y trabajé muy duro en demostrarlo para terminar descubriendo que no sólo era culpable sino que poseía una espeluznante sangre fría.

Merrit no quería interesarse, pero, aun a su pesar, lo estaba.

—¿Tuvo ocasión de enmendar su error? ¿Qué fue del interfecto? —preguntó, haciendo caso omiso de las uvas que tenía en el plato.

—Le ahorcaron —respondió Monk con disgusto.

La muchacha lo miró fijamente y una sombra cruzó sus ojos. Había algo en la actitud de Monk que no acertaba a comprender, no las palabras sino la emoción.

—¿No le satisfizo?

¿Cómo podía explicarle la rabia que había sentido ante la pérdida de la mujer que había sido asesinada y que la venganza, pues la horca no era más que eso, nada le podía devolver? La justicia, tal como la contemplaba la ley, era necesaria pero no había nada gozoso en ella. Miró los suaves contornos de su rostro; apenas había dejado atrás las redondeces de la infancia y en cambio estaba tan segura de llevar razón acerca de la guerra americana, tan encendida por la indignación, el amor y un ardiente idealismo…

—No —contestó Monk, pues debía ser sincero consigo mismo tanto si ella le comprendía como si no—. Me satisfizo que la verdad saliera a relucir. Me satisfizo que tuviera que pagar por su crimen, pero lamenté su destrucción. Era un hombre inteligente, sumamente dotado, aunque de una arrogancia monstruosa. Finalmente había llegado a creer que todos debían estar al servicio de su talento. Eso aniquiló su compasión y su capacidad de juicio, incluso su honor.

—Qué trágico —musitó Judith—. Me alegra que Robert le preguntara; su respuesta ha sido mejor de lo que podría haberme imaginado. —Miró a su marido, cuya expresión confirmó sus palabras.

—Gracias, querida. —Casbolt le dedicó una breve sonrisa y volvió a centrar su atención en Monk—. Díganos, ¿cómo le atrapó? Si afirma que era tan inteligente, ¡más tuvo que serlo usted!

—Cometió errores —respondió Monk con un asomo de petulancia—; casos antiguos, viejos enemigos. Los saqué a la luz. Sólo es cuestión de comprender las lealtades y las traiciones, de observarlo todo atentamente y no rendirse nunca.

—¿Acosándolo? —preguntó Breeland con desagrado.

—¡No! —repuso Monk con dureza—. Buscando la verdad, tanto si es la que quieres que sea como si no. Incluso si es lo que más temes y lo que más desbarata aquello en lo que quieres creer, nunca hay que mentir, nunca deformar los hechos, nunca salir huyendo ni darse por vencido. —Se sorprendió ante la vehemencia que imprimió a sus palabras, llegando incluso a desconcertarse.

Vio que Hester lo miraba con aprobación y notó que se ruborizaba. No se había dado cuenta de que su respeto significara tanto para él. En ningún momento se había propuesto resultar tan vulnerable.

Merrit le contemplaba con renovado interés, como si en cuestión de instantes se hubiese metamorfoseado en un hombre que le podía caer bien y no supiera cómo reaccionar ante tal cambio.

—Ahí lo tenéis —dijo Casbolt con manifiesto placer—. Sabía que habías invitado a un hombre de lo más interesante, querida —añadió dirigiéndose a Judith—. ¿Pierde alguna vez, señor Monk? ¿Alguna vez abandona la lucha y admite su derrota ante el villano?

Monk le devolvió una sonrisa un tanto rapaz. Ya no había más pasión; las intervenciones incisivas lo eran por mero entretenimiento.

—Todavía no. Aunque en alguna ocasión poco ha faltado. Como una vez que temí que mi cliente, o la persona a quien debía proteger, fuese culpable y sentí deseos de renunciar, de limitarme a poner tierra de por medio fingiendo no conocer la verdad.

—¿Y lo hizo? —preguntó Alberton. Estaba un poco inclinado sobre la mesa, haciendo caso omiso de su plato y con la mirada fija en Monk.

—No; pero a veces he apreciado más al villano que a la víctima —contestó Monk con sinceridad.

Judith se mostró sorprendida.

—¿En serio? ¿Al comprender el crimen sintió más compasión por el asesino que por la persona asesinada?

—Una o dos veces. Conocí a una mujer cuyo hijo era objeto de reiterados abusos. Sentí más aprecio por ella que por el hombre a quien mató.

—¡Oh! —Inspiró abruptamente, con el rostro pálido por la pena—. ¡Pobre criatura!

Trace la miró, con los ojos muy abiertos, y luego a Merrit.

—¿Era culpable?

—Claro que sí. Y al mismo tiempo víctima.

—¿Vic…? —comenzó Judith; entonces, al comprenderlo, una expresión de compasión apareció en sus ojos—. Ah… entiendo…

Breeland apartó la silla de la mesa y se puso lentamente de pie.

—Sin duda las aventuras del señor Monk son fascinantes, y lamento tener que despedirme tan pronto pero ya que al parecer la visita del señor Trace es de negocios, siento que debo o bien quedarme y defender mi causa contra la suya, o bien retirarme y conservar su estima por no permitir que esta velada tan agradable caiga en la acritud. —Adelantó un poco el mentón. Pese al enojo y el bochorno, no iba a renunciar a sus convicciones por nadie—. Y puesto que ya están al corriente de las razones por las que la Unión lucha en defensa de la nación que fundamos en libertad contra una Confederación capaz de ceñirnos en un cerco de esclavitud, habiendo presentado mis argumentos con tanto atino y fervor como he podido, les doy las gracias por su hospitalidad y les deseo buenas noches. —Inclinó rígidamente la cabeza, sin llegar a hacer una reverencia—. Señor Alberton, señora Alberton. —Miró a Daniel con frialdad—. Señor. Damas y caballeros —concluyó, aludiendo a los demás. Luego giró sobre los talones y se marchó.

—Lo siento mucho —dijo Trace—. Es lo último que hubiese querido que ocurriera. —Miró a Judith y a Daniel Alberton—. Por favor, créame, señor, jamás he dudado de su palabra. No sabía que Breeland estaba aquí.

—Claro que no —convino Alberton, poniéndose en pie a su vez—. Tal vez, si el resto de ustedes nos disculpan, podamos concluir nuestros asuntos sin tardanza. Ya que el señor Trace está aquí, me parecería desafortunado, e innecesario, pedirle que vuelva mañana. —Dirigió una mirada de disculpa a Hester y a Monk.

—Podría ser culpa mía. —Casbolt miró a Trace encogiendo un poco los hombros—. Fue conmigo con quien habló por última vez. Igual le di una fecha equivocada. Si fue así, lo siento. Fue muy descuidado por mi parte. —Se volvió hacia Judith, luego hacia Monk y Hester.

—No se preocupe —se apresuró a decir Monk, y hablaba en serio. Las desavenencias entre Trace y Breeland resultaban mucho más interesantes que la velada insulsa que hubiesen podido pasar, aunque, por supuesto, no cabía decirlo en voz alta.

—Gracias —dijo Casbolt afectuosamente—. ¿Le parece que nos quedemos aquí mientras las señoras se retiran al salón y Daniel y el señor Trace resuelven sus asuntos?

—Muy bien —aceptó Monk.

Casbolt miró la botella de oporto recostada en su cesta junto a las brillantes copas que lo esperaban y sonrió de oreja a oreja.

Judith condujo a Hester y a Merrit de vuelta al salón. Las cortinas seguían abiertas y la última luz de la tarde todavía bañaba las copas de los árboles con un cálido resplandor de albaricoque. Un álamo temblón hizo honor a su nombre cuando la brisa del ocaso le revolvió las hojas, relumbrantes a un instante, apagadas al otro.

—Lamento mucho la intromisión de esta desdichada guerra de América —dijo Judith, contrita—. Está visto que no podemos eludirla, con los tiempos que corren.

Merrit estaba muy tiesa de pie, con los hombros erguidos, mirando por las altas ventanas hacia las rosas del otro lado del césped.

—Me parece que no sería moralmente correcto que tratáramos de hacerlo. Siento mucho que, para ti, decirlo sea de mala educación pero, francamente, no creo que la señora Monk sea de las que esgrimen los buenos modales como excusa para huir de la verdad. —Se volvió para mirar fijamente a Hester—. Fue a Crimea a cuidar de nuestros soldados enfermos y heridos cuando pudo muy bien haberse quedado en casa la mar de cómoda y decir que no era asunto suyo. De haber vivido en su época, ¿no habría hecho campaña a favor de Wilberforce para poner fin a la trata de esclavos en Gran Bretaña y sus océanos?

Era un desafío lanzado a Hester, pero a pesar del timbre de su voz sus ojos brillaban como si supiera la respuesta.

—¡Santo cielo, confío que sí! —exclamó Hester—. Que llegáramos a participar en ello es una de las páginas más negras de toda nuestra historia. Comprar y vender seres humanos no tiene perdón.

Merrit le dedicó una maravillosa sonrisa antes de volverse hacia su madre.

—¡Lo sabía! ¿Por qué no logra verlo papá? ¿Cómo puede estar metido en su despacho con el propósito de vender armas a la Confederación? ¡Son los estados esclavistas!

—Porque dio su palabra al señor Trace antes de que se presentara el señor Breeland —repuso Judith—. Ahora haz el favor de sentarte y no poner a la señora Monk en aprietos con nuestras dificultades. Es del todo improcedente. —Dando por supuesta la obediencia de Merrit, miró a Hester y añadió—: A veces desearía que mi marido se dedicara a otros negocios. Creo que todo puede ponerse en tela de juicio. Hasta si te dedicas a vender bañeras de estaño o nabos, seguro que aparece alguien en la puerta de tu casa declarando que tus exigencias son deshonrosas o perjudiciales para el sustento de quién sabe quién. Pero ningún producto enciende más emociones que las armas, que parecen depender de muchos reveses de fortuna imposibles de prever.

—¿De veras? —Hester estaba sorprendida—. Habría pensado en los gobiernos veían como mínimo la probabilidad de una guerra mucho antes de que ésta deviniera inevitable.

—Bueno, eso es lo más habitual, pero a veces surge directamente de la nada —respondió Judith—. Por supuesto, tanto mi marido como el señor Casbolt siguen muy de cerca la actualidad mundial; pero hay acontecimientos que pillan por sorpresa a todo el mundo. La Tercera Guerra china, justo el año pasado, constituyó un ejemplo perfecto.

Hester no sabía nada al respecto, y sin duda así lo reflejó su expresión.

Judith rió.

—Todo fue parte de las guerras del Opio que libramos con los chinos cada dos por tres, sólo que ésta pilló a todos por sorpresa. Aunque el inicio de la Segunda Guerra china fue de lo más absurdo. Según parece había una goleta llamada Arrow, de construcción y propiedad china pero que por un tiempo había estado matriculada en el puerto británico de Hong Kong. Sea como fuere, las autoridades chinas abordaron la Arrow y arrestaron a parte de la tripulación, que también era china. Y nosotros decidimos que nos habían insultado…

—¿Qué? —exclamó Hester asombrada—. Quiero decir… ¿He oído bien?

—Perfectamente —repuso Judith en tono irónico—. Nos dimos por ofendidos y lo empleamos como pretexto para empezar una guerra menor. Los franceses descubrieron que los chinos habían ejecutado a un misionero francés unos meses atrás, de modo que también entraron en liza. Al finalizar la guerra se firmaron varios tratados y consideramos seguro reanudar nuestros negocios con los chinos como de costumbre. —Hizo una mueca—. Entonces, de forma bastante inesperada, estalló la Tercera Guerra china.

—¿Afecta eso a la venta de armamento? —preguntó Hester—. Seguramente será provechoso, al menos para los británicos…

Judith negó con la cabeza.

—¡Depende de a quién estés vendiendo! —exclamó—. En este caso no si estabas vendiendo a los chinos, con quienes atravesábamos un período de buenas relaciones.

—Vaya… Ya entiendo.

—Entonces quizá deberíamos poner más cuidado al decidir a quién vendemos las armas —dijo Merrit duramente—. ¡En lugar de entregarlas al mejor postor!

Judith dio la impresión de estar a punto de discutir, pero cambió de parecer. Hester sacó la conclusión de que su anfitriona ya había pasado varias veces por distintas variantes de aquella conversación sin haber resuelto nada en ninguna. En cualquier caso, no era asunto de Hester y más valía dejarlo correr. No obstante, un impulso interior, el que con tanta frecuencia Monk tachaba de arbitrario y dogmático, puso las palabras en sus labios.

—¿A quién deberíamos vender armas? —preguntó con aparente franqueza—. Aparte de los Unionistas de América, por supuesto.

Merrit se mostró impermeable al sarcasmo. Era demasiado idealista para aceptar la menor moderación en una causa.

—Donde no haya opresión —repuso sin titubeos—. Allí donde los pueblos luchen por su libertad.

—¿A quién las habría vendido durante el motín de la India?

Merrit la miró fijamente.

—A los indios —contestó Hester por ella—. Pero quizá si hubiese visto lo que hicieron con ellas, las matanzas de mujeres y niños, quizá se habría sentido… confusa, como mínimo. Me consta que yo lo estoy.

De repente Merrit se veía muy joven. La luz de la lámpara de gas realzaba la suave curva de sus mejillas, casi infantiles, y el pelo rubio rizado en el cuello.

Hester sintió que la ternura se apoderaba de ella al recordar lo apasionada que había sido a su edad, lo mucho que había ardido en deseos de mejorar el mundo convencida de saber cómo hacerlo pese a desconocer por completo las innumerables capas de pasión y dolor entrelazadas y las creencias encontradas, todas perfectamente razonables vistas por separado. Si la inocencia no renaciera con cada generación, ¿qué esperanza quedaría de que se siguieran combatiendo los errores?

—A mí tampoco me hace feliz la moralidad de este asunto —dijo contrita—. Prefiero algo relativamente poco complicado, como la medicina. La vida de las personas sigue estando en tus manos, sigues pudiendo cometer errores, algunos terribles, pero no albergas ninguna duda acerca de lo que te propones hacer, incluso cuando no sabes cómo hacerlo.

Merrit sonrió tímidamente. Reconoció la rama de olivo y la tomó.

—¿No tiene miedo a veces? —preguntó en voz baja.

—A menudo. Y de toda clase de cosas.

Merrit permaneció de pie en el claroscuro del crepúsculo. Sólo lo más alto del álamo que tenía detrás captaba todavía los rayos del sol. Jugueteaba con un reloj bastante pesado que hasta poco antes llevaba prendido del pecho. Advirtió que Hester se había fijado en él y las mejillas se le pusieron más coloradas.

—Es un regalo de Lyman…, el señor Breeland —explicó, evitando la mirada de su madre—. Me consta que no pega demasiado con este vestido pero procuro llevarlo siempre puesto, ¡al diablo con la moda!

Adelantó un poco el mentón, dispuesta a desafiar cualquier crítica.

Judith abrió la boca, dispuesta a hablar, pero cambió de parecer.

—Igual podría ponérselo en la falda —sugirió Hester—. Parece un reloj para ser usado además de para adornar.

A Merrit se le iluminó el rostro.

—Excelente idea. Tendría que habérseme ocurrido.

—Prefiero un reloj útil a otro que sólo sea bonito —dijo Hester—. Si no lo puedo ver, me sirve de muy poco.

Merrit caminó hasta el sillón que había delante de Hester y se sentó.

—Siento una inmensa admiración por las personas que se dedican a cuidar al prójimo —dijo muy seria—. ¿Resultaría entrometida o pesada si le pidiera que nos contara más cosas sobre sus experiencias?

Se trataba de algo que Hester prefería dejar a un lado cuando no tenía nada que conseguir ni nadie a quien convencer. Sin embargo, habría resultado descortés rehusar, de modo que pasó la hora siguiente contestando a las ansiosas preguntas de Merrit y esperando que Judith llevara la conversación a otros terrenos, pero Judith parecía tan interesada como su hija y su silencio traducía una viva atención.

Cuando Trace concluyó sus negocios con Alberton se marchó y Alberton regresó al comedor, lanzó una mirada a Casbolt y, al percibir su contenido gesto de afirmación, invitó a su socio y a Monk a sentarse más cómodamente, no en el salón de recibo con las señoras sino en la biblioteca.

—Le debo una disculpa, señor Monk —dijo Alberton casi antes de que se hubieran puesto cómodos—. No dude que he disfrutado con su compañía esta noche, y con la de su esposa, que es una mujer excepcional. Pero si lo he invitado es porque necesitamos su ayuda. Bueno, principalmente yo, aunque Casbolt también está implicado. Lamento haberle engañado de este modo pero es que se trata de un asunto muy delicado y a pesar de la elevada opinión que Lady Callandra tiene de usted, la cual, dicho sea de paso, fue dada en su calidad de amigo, no de profesional, preferí formarme mi propio juicio.

Por unos segundos Monk se dejó llevar por el resentimiento, sobre todo en nombre de Hester, pero enseguida cayó en la cuenta de que él habría podido hacer exactamente lo mismo si se hubiese encontrado en el sitio de Alberton. Esperó que el asunto en cuestión no tuviera nada que ver con las armas ni con una elección entre Philo Trace y Lyman Breeland. Trace le resultaba un hombre de lo más agradable, pero tenía más fe en la causa de Breeland. No se apasionaba tanto como Hester pero la idea de la esclavitud le repugnaba.

—Acepto sus disculpas —dijo con una sonrisa levemente sardónica—. Ahora, si tiene la bondad de explicarme el asunto que le preocupa, decidiré si estoy en condiciones de ayudarle y si deseo hacerlo.

—Bien encajado, señor Monk —dijo Alberton en tono de arrepentimiento. Lo tomaba a la ligera pero Monk advirtió la tensión que ocultaban sus palabras. Tenía el cuerpo rígido; un pequeño músculo se movía nerviosamente en su mandíbula. La voz no era del todo firme.

Monk sintió una punzada de culpabilidad por su ligereza. Aquel hombre no era arrogante ni indiferente. El dominio de sí mismo a lo largo de la velada había sido un acto de coraje.

—¿Se enfrenta a alguna clase de amenaza? —preguntó en voz baja—. Cuénteme de qué se trata y, si puedo ayudarle, lo haré.

Un amago de sonrisa cruzó el rostro de Alberton.

—El problema es muy fácil de explicar, señor Monk. Como ya sabe, Casbolt y yo somos socios en un negocio de exportación, a veces de madera, pero sobre todo de maquinaria y armamento. Me figuro que después de la conversación con nuestro otro invitado a cenar, esto le habrá quedado claro. —Mientras hablaba no miró a Casbolt, sino que no apartó los ojos de Monk—. Lo que no puede saber es que hace cosa de diez años me presentaron a un muchacho llamado Alexander Gilmer. Era un tipo encantador, muy guapo y con un estilo de vida un tanto excéntrico. Además estaba enfermo y se ganaba el sustento como modelo de artistas. Como ya he dicho, su aspecto físico era deslumbrante. Gilmer me contó que su patrono lo había abandonado porque le había negado favores sexuales. En aquel momento estaba desesperado. Pagué sus deudas movido por la compasión. —Soltó un profundo suspiro pero sus ojos no vacilaron.

Casbolt no trató de intervenir. Parecía satisfecho con que Alberton contara la historia.

—Sin embargo —prosiguió Alberton, bajando la voz—, el pobre hombre murió… en circunstancias muy trágicas… —Tomó aire y luego de un suspiro prosiguió—: Había intentado conseguir más trabajo como modelo, pero cada vez con gente menos respetable. Era… un tanto ingenuo, me parece. Confiaba en unos principios morales inexistentes en los círculos en los que se movía. Lo malinterpretaban. Los hombres creían que ofrecía favores sexuales, y cuando él rehusaba se enojaban y lo echaban a la calle. Supongo que el que a uno lo rechacen con frecuencia produce ese tipo de emociones.

Se interrumpió, con el rostro transido de piedad.

Esta vez fue Casbolt quien retomó el hilo, con voz grave.

—Verá, señor Monk, el pobre Gilmer, a quien también yo ayudé económicamente en una ocasión, apareció muerto hace unos meses en una casa de prostitución masculina. No sabemos si le habían dado refugio llevados por la compasión o si trabajaba allí, pero eso hace que cualquier dinero que recibiera, fuera como presente o como pago, resulte sospechoso.

—Sí, lo entiendo. —Monk veía el cuadro con bastante claridad. No sabía con precisión hasta dónde lo creía, aunque eso probablemente fuese irrelevante—. Alguien ha encontrado pruebas de su donativo y quieren que siga siendo generoso… sólo que con ellos.

Alberton parpadeó.

—No es tan sencillo como eso, pero en esencia así es. No es dinero lo que quieren. De ser así, podría verme tentado, para proteger a mi familia, aunque soy consciente de que una vez que pagas ya no hay vuelta atrás.

—También daría la impresión de que tiene algo que ocultar —señaló Monk, percibiendo un dejo de desdén en su voz. Aborrecía el chantaje más que cualquier otra forma de robo. Lo consideraba una forma de tortura, prolongada y deliberada. Sabía de personas para quienes había supuesto la muerte—. Haré cuanto pueda para ayudarle —agregó.

Alberton le miró.

—No puedo satisfacer el pago que exigen.

Casbolt asintió levemente con la cabeza; su rostro reflejaba ira y pesar. Miró fijamente a Monk cotí intención.

Monk aguardó.

—Quieren que pague vendiéndoles armas —explicó Alberton—. A Baskin & Company, una firma que me consta que es la tapadera de otra que vende directamente a los piratas que operan en el Mediterráneo. —Apretaba tanto los puños que tenía los nudillos blancos—. Puede que usted no sepa, señor Monk, que mi mujer es medio italiana. —Lanzó una breve mirada a Casbolt—. Creo que lo hemos mencionado durante la cena. Su hermano, su esposa y sus hijos fueron asesinados en el mar frente a las costas de Sicilia…, por unos piratas. Comprenderá que me resulte imposible venderles armas en estas circunstancias.

—Sí…, sí, claro —repuso Monk—. Nunca es bueno pagar un chantaje, pero en este caso es doblemente imposible. Si me da toda la información de que disponga haré cuanto esté en mi mano para averiguar quién le está amenazando y resolver el asunto. Quizá logre hallar pruebas de que su regalo no fue más que compasión, y entonces quedarán desarmados. Por otra parte, puede que podamos usar la misma arma contra ellos. ¿Cuento con su aprobación para obrar en ese sentido?

Alberton respiró hondo.

—Sí —aseveró Casbolt sin titubeos—. Por descontado. Perdóneme, pero necesitaba formarme algún juicio sobre su disposición a perseverar en un caso difícil e incluso peligroso hasta su conclusión, a luchar por la justicia cuando todo parece volverse en contra; por eso antes, durante la cena, he hecho tantas preguntas sobre su persona sin que usted supiera el motivo. También quería ver si tenía usted la visión necesaria para entender una causa que fuera más allá del mero cumplimiento de la ley escrita.

Monk sonrió torciendo un poco el gesto. A él también le costaba creer en la palabra de muchos hombres.

—Bien, cuénteme cómo se pusieron en contacto con usted y todo lo que sepa sobre Alexander Gilmer, tanto de su vida como de su muerte —respondió—, y empezaré mañana por la mañana. Si vuelven a ponerse en contacto con usted, entreténgalos. Dígales que necesita tiempo para organizarlo todo y que está trabajando en ello.

—Gracias. —Por primera vez desde que había abordado el asunto, Alberton pareció calmarse un poco—. Le quedo profundamente agradecido. Ahora deberíamos discutir los acuerdos económicos.

Casbolt tendió la mano.

—Gracias, Monk. Creo que ahora podemos abrigar esperanzas.