Capítulo 2

Mientras iban de casa de los Alberton a la suya Monk había referido el caso a Hester, quien opinó que había hecho muy bien al aceptarlo. El chantaje le resultaba tan abominable como a él, y aparte de eso Judith Alberton le había caído bien; le angustiaba pensar en el bochorno y dolor que podría caer sobre la familia si se producía un escándalo a causa de las circunstancias en que Alberton había prestado ayuda a Alexander Gilmer.

Monk salió a primera hora camino de Little Sutton Street, en Clerkenwell, donde Alberton le había dicho que había muerto Gilmer. Acababan de dar las ocho y caminaba a paso vivo hacia Tottenham Court Road en busca de un coche de punto, aunque las calles ya estaban llenas de tráfico de toda clase: carruajes, carretas, carromatos, carros fuertes, carretones de puestos callejeros, mercachifles que vendían de todo, desde cerillas y cordones de zapatos a bocadillos de jamón y limonada. Un charlatán había congregado a un puñado de curiosos en la esquina y salmodiaba con burdos ripios sobre el último escándalo político haciéndoles reír a carcajadas. Alguien le lanzó una moneda a la que el sol arrancó un destello antes de que él la atrapara.

El reclamo musical de un trapero sonaba por encima del chacoloteo de cascos y el ruido sordo de las ruedas en los baches de la calle. Un tintineo de jaeces anunció el paso de un carro fuerte de cervecero cargado de gigantescos toneles. El aire estaba impregnado de olor a polvo, sudor de caballo y estiércol.

Monk echó un vistazo a los titulares que voceaba un vendedor de periódicos adolescente, pero no decían nada sobre América. Lo último que había oído era el rumor de que no se produciría una invasión real de los estados confederados hasta el otoño del año en curso. A mediados del anterior mes de abril, el presidente Lincoln había proclamado el bloqueo marítimo de la costa de la Confederación, desde Carolina del Sur hasta Tejas, para luego ampliarlo con la inclusión de Virginia y Carolina del Norte. Las fortificaciones habían empezado a proteger Washington.

Era martes 26 de junio. Si algo había sucedido desde entonces aparte de alguna esporádica refriega, la noticia aún no había llegado a Inglaterra. Podía tardar entre doce días y tres semanas, según el tiempo que hiciera en la mar y la distancia que antes tuviera que recorrer por tierra firme.

Vio un coche de punto libre y le hizo señas con el brazo, haciéndose oír por encima del alboroto general. En cuanto el conductor puso en marcha al caballo, Monk le dio la dirección de la comisaría de Clerkenwell. Ya había resuelto por dónde empezar. No era que sospechara que Alberton o Casbolt le hubiesen mentido, aunque otros clientes lo habían hecho en el pasado y sin duda otros lo harían en el futuro, pero con frecuencia hasta las personas mejor intencionadas se equivocaban, omitían hechos importantes o, sencillamente, su visión parcial del cuadro las llevaban a interpretarlo según sus propias esperanzas y temores.

El coche llegó a la comisaría; Monk se apeó, pagó la carrera y entró. Pese a los cinco años transcurridos desde el accidente y a la nueva vida que había creado, aún le sobrevenía una cierta inquietud, lo desconocido regresaba para recordarle las cosas que había descubierto sobre sí mismo. Desde el primer día tuvo momentos de familiaridad, breves rememoraciones que se desvanecían sin darle lugar a ubicarlas. Casi todo lo que sabía se basaba en pruebas y deducciones. Partió de su Northumberland natal hacia Londres e inició su carrera en la banca mercantil trabajando para un hombre que fue su amigo y mentor, quien se hundió en la miseria por un crimen del que era inocente sin que Monk consiguiera demostrarlo. Aquello fue lo que llevó a éste a ingresar en la policía, apartándolo del mundo de las finanzas. Le sobraban descubrimientos que demostraran que había sido un policía destacado, aunque con mala leche y, en ocasiones, incluso cruel. Los subalternos temían su afilada lengua, siempre presta a criticar, a mofarse de los débiles, de los inseguros. Aquello le desagradaba en grado sumo, pero por fin podía reconocer, aunque fuese ante sí mismo, que estaba avergonzado. Un temperamento vivo era una cosa, poner alto el listón de la valentía y la honestidad estaba bien, pero pedir a un hombre más de lo que era capaz de dar no sólo era inútil, era cruel, y, en última instancia, destructivo.

Cada vez que entraba en una comisaría que no conocía, estaba alerta ante la posibilidad de tropezarse con otro reflejo de sí mismo que no le gustaría encontrar. Aborrecía que le reconocieran, pero se negó a que eso le coartara. Entró por la puerta y se dirigió al mostrador.

El sargento era un hombre alto, de mediana edad y pelo ralo. Su rostro no expresó otra cosa que educado interés.

Monk suspiró, aliviado.

—Buenos días, señor —saludó el sargento en tono agradable—. ¿En qué puedo servirle?

—Buenos días —contestó Monk—. Necesito información sobre un incidente ocurrido en su zona hace unos meses. Un amigo mío corre el riesgo de verse envuelto en un escándalo. Antes de comprometerme a protegerle, si es que puedo, me gustaría corroborar los hechos. Lo único que busco es lo que haya archivado —sonrió—, pero quiero una fuente fidedigna.

El educado escepticismo del sargento dio paso a un cierto grado de comprensión.

—Entendido, señor. ¿Cuál es ese incidente en concreto? —Entornó los ojos como si supiera por dónde iban los tiros, al menos en cuanto a la naturaleza del incidente, por no decir cuál en particular.

Monk sonrió como disculpándose.

—La muerte de Alexander Gilmer en Little Sutton Street. Me consta que estará en sus archivos y alguien conocerá la verdad. —En momentos como aquél echaba de menos la autoridad que solía ostentar cuando le bastaba con requerir los documentos.

—Verá, señor, esos archivos se encuentran aquí, sin duda, pero no están abiertos al público. Seguro que lo comprende, señor…

—Disculpe. Monk, William Monk.

—¿Monk? —El interés brilló en los ojos del sargento—. ¿El mismo señor Monk que trabajó en el caso Carlyon?

—Sí —repuso Monk, asustado—. De eso hace ya unos años.

—Fue algo terrible —dijo el sargento, muy serio—. Bueno, supongo que ya que fue uno de los nuestros, ¿verdad?, podríamos contarle lo que sabemos. Voy a avisar al sargento Walters, que fue quien llevó el caso. —Se ausentó por unos minutos mientras Monk observaba los distintos carteles de personas buscadas, aliviado de que el sargento le conociera de después del accidente.

El sargento Walters era un hombre moreno y flaco provisto de un gran dinamismo. Llevó a Monk a una habitación pequeña sumida en un caos de libros y papeles amontonados por todas partes y dejó libre una silla cogiendo cuanto había encima para dejarlo todo en el suelo. Invitó a Monk a tomar asiento y él hizo lo propio en la repisa de la ventana, pues era el único espacio disponible que quedaba.

—¡Muy bien! —exclamó con una sonrisa—. ¿Qué quiere saber sobre el pobre Gilmer?

—Todo lo que usted sepa —respondió Monk—. O cuanto tenga el tiempo y la bondad de contarme.

—¡Ah, bueno!

Walters se puso más cómodo. Se le notaba la costumbre de sentarse en el alféizar. Saltaba a la vista que aquél era el estado habitual del despacho. Que fuese capaz de encontrar algo parecía milagroso.

Monk se apoyó en el respaldo, expectante.

Walters levantó la vista al techo.

—Unos veintinueve cuando murió. Tuberculosis. Flaco. Expresión de angustia, pero rasgos proporcionados. No era de extrañar que los artistas quisieran pintarlo. Se dedicaba a eso, ¿lo sabía? Sí, supongo que lo sabe. —Con un ademán le instó a corroborarlo.

Monk asintió con la cabeza.

—Eso me han dicho.

—Sólo lo vi después de muerto —prosiguió Walters. Hablaba en un tono bastante informal, aunque no apartaba los ojos del rostro de Monk, quien advirtió claramente que estaba siendo medido y que nada de su persona se daría por sentado. Ya veía a Walters tomando notas sobre él en cuanto saliera por la puerta para luego adjuntarlas al archivo de Gilmer, y sospechó que Walters sabía exactamente el lugar que ese archivo ocupaba en medio de aquel caos.

Monk se había enterado del nombre del artista por boca de Casbolt pero prefirió no decirlo.

—El sujeto se llama FitzAlan —continuó Walters, visto que Monk no decía nada—. Bastante famoso. Encontró a Gilmer en Edimburgo, o por esos pagos de allí arriba. Lo bajó hasta aquí y lo recogió. Le pagaba mucho. Se hartó de él, por la razón que fuera, y lo echó a la calle.

Aguardó para ver la reacción de Monk ante aquellas novedades.

Monk permaneció en silencio, con el rostro inexpresivo.

Walters le comprendió y sonrió. Estaban midiendo su ingenio, su profesionalidad, y ahora ambos lo sabían.

—Fue pasando de un artista a otro —dijo Walters, sacudiendo la cabeza—. Siempre cuesta abajo. Estaba bien una temporada hasta que se peleaba y lo volvían a echar. Puede que se fuera por voluntad propia, por supuesto, pero como no tenía donde ir y su salud fue empeorando, parece poco probable.

Monk trató de imaginarse al muchacho, solo, lejos de casa y cada vez más enfermo. ¿Por qué seguía provocando aquellos desacuerdos? No se lo podía permitir y seguro que lo sabía de sobra. ¿Era un hombre de talante indómito? ¿Se convirtió en un modelo inservible por los estragos que la enfermedad hizo en su aspecto? ¿O acaso aquellas relaciones se daban entre amantes, o, para entonces, entre usuario y usado, y cuando el usuario se cansaba del usado se deshacía de él y lo reemplazaba por otro? Era un cuadro triste y desagradable, fuera cual fuese la respuesta acertada.

—¿Cómo murió? —preguntó.

Walters lo miró fijamente, sin pestañear.

—El médico dijo que de tisis —contestó—. Pero además le habían propinado una buena paliza. No es exactamente un asesinato, técnicamente no, pero moralmente para mí lo es. Molería a palos a cualquier hombre que tratara a un perro como trataron a ese muchacho. No me importa lo que hiciera para ir tirando ni cuál fuese su naturaleza.

Bajo la serenidad de sus modales bullía una rabia tal que no osaba darle rienda suelta, pero Monk acertó a percibirla detrás de sus ojos, así como en la rigidez de los hombros y los brazos, y en los dedos que apretaban con fuerza el alféizar, con los nudillos blancos.

Walters le había caído bien al instante. Ahora aún le gustaba más.

—¿Atrapó al responsable? —preguntó, aunque adivinaba la respuesta.

—No. Pero no he dejado de buscar —respondió Walters—. Si encuentra a alguien en su…, mientras ayuda a su amigo…, le quedaré muy agradecido. —Miró a Monk con curiosidad, tratando de formarse un juicio sobre dónde recaerían sus lealtades y sobre qué clase de «amigo» tenía exactamente.

El propio Monk no lo tenía muy claro. La carta de chantaje que Alberton le había mostrado era relativamente inofensiva. Estaba mal redactada, con palabras recortadas de periódicos y pegadas en una hoja de papel muy corriente, como el que uno podía comprar en cualquier papelería. Decía que los pagos debían interpretarse como adquisiciones de diversa índole y que a la luz del modo en que había muerto Gilmer, hacerlos públicos destruiría el prestigio social de Alberton. En ningún momento insinuaba que Alberton o Casbolt fueran responsables de la muerte de Gilmer. Posiblemente el chantajista tenía miedo de que demostraran que se encontraban en otro lugar cuando ocurrió, aunque aún era más probable que no necesitara recurrir a semejante amenaza. Creería que iba a conseguir lo que quería sin tener que llegar tan lejos.

—Si descubro algo —prometió Monk—, estaré encantado de ayudarle a administrar justicia. Tengo entendido que lo encontraron en un burdel masculino.

—Así es —repuso Walters—. Y antes que me pregunte qué estaba haciendo allí, le diré que no lo sé. El propietario dijo que se apiadó de él y lo sacó de la calle; una obra de caridad. —No había ironía en sus ojos y su mirada retaba a Monk a discrepar—. Puede que sea cierto. En su estado, el desgraciado de Gilmer poco servía como empleado, y le faltaban energías y dinero para ser cliente, suponiendo que tuviese esas inclinaciones, cosa que al parecer nadie sabe. Oficialmente está archivado como muerte por causas naturales. Ahora bien, todos sabemos de sobra que además alguien le arreó una paliza. Podría haberlos cogido por asalto si el pobre no hubiese muerto.

—¿Alguna idea sobre quién le pegó? —preguntó Monk, notando el nerviosismo de su propia voz—. ¿A título personal, aunque no pueda demostrarlo?

—Ideas —dijo Walters en tono cansino—. Poco más. Los clientes de sitios así no dejan su nombre en una lista. Los hay que tienen gustos bastante sórdidos que no pueden practicar en casa y lo último que quieren es que eso se sepa.

—¿Piensa que se trató de un cliente?

—Estoy convencido de ello. ¿Por qué? ¿Su amigo era uno de ellos? —La sorna de la voz de Walters era demasiado amarga para poder disimularla.

—Asegura que no. Si me dice cuándo murió Gilmer con exactitud, tal vez logre demostrar dónde se encontraba mi amigo.

Walters sacó su libreta y pasó unas páginas.

—Entre las ocho y las doce de la noche del 28 de septiembre del año pasado. ¿Están chantajeando a su amigo por la muerte de Gilmer?

—No; por haberle dado dinero, lo cual cabe interpretar de forma negativa.

—Nadie le dio nunca demasiado, al pobre. —Walters se encogió de hombros—. Acumuló un buen montón de deudas. Pensé que tal vez uno de sus acreedores le había arreado una paliza para enseñarle a pagar con más prontitud. Detuvimos e interrogamos al hombre del que sospechábamos. —Sonrió, enseñando los dientes. Soltó como un gruñido, aunque definitivamente con placer—. Bastante enérgicamente —agregó—. Dijo que Gilmer había pagado lo que le debía. De entrada no le creí, pero el muy cabrón logró demostrar irrefutablemente dónde había estado toda la noche. ¡La pasó en la cárcel! Fue la única vez que lamenté algo semejante.

—¿Sabe de cuánto se trataba? —inquirió Monk. Conocía la cantidad exacta que Alberton decía haber dado a Gilmer.

—No. ¿Por qué? —dijo Walters—. ¿Sabe algo al respecto?

—Tal vez —repuso Monk con una sonrisa—. ¿Cuánto era?

—Ya se lo he dicho: no lo sé. Aunque eran más de cincuenta libras.

Alberton había pagado sesenta y cinco. Monk se sintió insospechadamente aliviado. Hasta entonces no había caído en la cuenta de lo mucho que quería cerciorarse de que Alberton era sincero.

—¿Le da eso una respuesta? —Walters le miró de hito en hito.

—No —contestó Monk—; sencillamente confirma lo que pensaba. Mi amigo afirmó haber pagado esa suma, y por lo visto lo hizo.

—¿Porqué?

—Compasión —contestó Monk—. ¿Está pensando que fue por los servicios prestados? ¡Me gustaría conocer al muchacho que inspira semejantes pasiones!

Walters sonrió con franqueza. Abrió más los ojos.

—Se diría que es un buen hombre atrapado en una situación desagradable.

—Así es, en efecto —convino Monk—. Gracias por su ayuda.

Walters se puso de pie de un salto.

—Espero que resulte ser verdad —dijo en tono agradable—. Me gustaría pensar que alguien le ayudó… Da igual quién fuera.

—¿Le conoció en vida? —Monk se levantó despacio.

—No. Del resto me enteré mientras esclarecíamos su muerte. Bastante tengo que hacer como para investigar casos de prostitución, mientras no alteren el orden público. —Se encogió de hombros—. Además, los «poderes fácticos» prefieren que no llamemos la atención y mucho menos que anotemos nombres y direcciones. —No fue preciso que explicara lo que quería dar a entender—. Pero no deje de avisarme si averigua quién le hizo eso, ¿lo hará?

—Lo haré —prometió Monk, abriéndose paso hacia la puerta entre los montones de papeles—, pues me gustaría que coincidiera con él… y porque le debo una.

A primera hora de la tarde, con un calor sumamente incómodo, Monk llegó a la imponente casa de Kensington que albergaba el estudio de Lawrence FitzAlan. Un sol de pleno verano caía a plomo sobre la acera, reverberando en oleadas que hacían bailar la vista. Las alcantarillas estaban secas y en el aire se olía la acritud del estiércol sin barrer.

La doncella que abrió la puerta era sorprendentemente guapa, y Monk se preguntó si FitzAlan también la estaría pintando. Ya había decidido cómo aproximarse al artista y no tuvo el menor reparo en mentir. Basándose en el enojo de Walters, quizá de forma injusta, se había formado una opinión muy poco elevada de FitzAlan.

—Buenas tardes —saludó, haciendo gala de sus encantos, pues sabía que resultaba bastante efectivo; era un recurso que usaba con frecuencia—. Me gustaría muchísimo que alguien pintara un retrato de mi esposa y, como es natural, acudo al mejor artista que conozco. ¿Podría concertar una cita para ver al señor FitzAlan tan pronto como le sea conveniente? Por desgracia, estaré en Londres poco tiempo antes de regresar a Roma por un mes o dos.

La muchacha le miró con interés. El cabello moreno de Monk y su rostro enjuto encajaban la mar de bien con su idea de un italiano misterioso. Le invitó a pasar a un vestíbulo ampuloso donde se exhibían costosas esculturas y fue a avisar a su amo que tenía visita.

FitzAlan era un hombre extravagante con un elevado concepto de su talento, cualidad que Monk, tras echar un vistazo a las telas que había en el estudio, comprobó que era notable. Había cinco vueltas de cara en distintos lugares, colgadas o apoyadas de modo que se vieran bien, aunque a primera vista parecieran dispuestas sin ningún cuidado. El trazo era excelente, el juego de luz y sombra dramático, los rostros fascinantes. Muy a su pesar, a Monk se le iba la vista hacia ellos en lugar de mirar a FitzAlan.

—¡Usted es un amante del arte! —exclamó FitzAlan con satisfacción.

Monk supuso que haría el mismo número con cada visitante; siempre un leve tono de sorpresa en la voz, como si el mundo sólo lo poblaran ignorantes.

Monk se obligó a buscar la mirada de FitzAlan. El artista no era alto, aunque sí corpulento, ancho de espaldas y, a sus más de cincuenta años, empezaba a tener barriga. Su cabello rojizo había perdido color pero aún era abundante y lo llevaba afectadamente largo. Su rostro, de rasgos firmes, reflejaba orgullo y complacencia.

A Monk le daba rabia halagarlo pero tenía que hacerlo si pretendía quedarse el tiempo suficiente para averiguar lo que quería.

—Sí. Le ruego que disculpe mi descortesía, pero es que los ojos se me van a sus cuadros pese a mi intención de ser educado. Perdóneme.

FitzAlan se mostró encantado.

—Está usted perdonado, querido señor —dijo, histriónico—. ¿Desea un retrato de su esposa?

—Bastante más que eso, en realidad. Un amigo mío vio un cuadro muy bueno de un muchacho, pintado por usted —respondió Monk, desarmándolo con su sonrisa—, pero no tuvo ocasión de adquirirlo porque su dueño, como es natural, no estaba dispuesto a venderlo. Me preguntaba si tendría otros del mismo tema de los que poder darle noticia. Está muy ansioso por poseer uno. De hecho, es una especie de obsesión, para él.

Los halagos complacieron a FitzAlan. Trataba de ocultarlo, pero Monk había acertado al suponer que sus afanes de gloria distaban mucho de verse colmados pese a la fama de la que ya entonces gozaba.

—¡Vaya! —exclamó, quedándose muy quieto, como si estuviera reflexionando, aunque el brillo de los ojos y una leve sonrisa le delataban—. Vamos a ver. No estoy seguro de qué muchacho podrá tratarse. Pinto a cualquiera cuyo rostro me intrigue, sin que me importe quién sea. —Permanecía atento a la reacción de Monk—. No me interesa nada pintar hermosos retratos para hacer que hombres famosos se vean más guapos de lo que son —añadió con orgullo—. El arte es el único señor…, no la fama ni el dinero, ni los halagos de la gente. A la posteridad le importará un rábano quién era el sujeto en cuestión, sólo cómo aparece en la tela, lo que le diga al alma del hombre que lo vea décadas después, puede que siglos.

Monk se mostró de acuerdo. Era una percepción precisa y sincera, aunque le irritaba tener que admitirlo.

—Por supuesto —dijo—. Eso es lo que separa al artista del artesano.

—¿Sabría describirme al personaje? —preguntó FitzAlan, deleitándose con tanta adulación.

—Rubio, de rostro enjuto, con aire espiritual, como alucinado —respondió Monk, procurando imaginar el aspecto que habría tenido Gilmer en sus primeros tiempos como modelo, antes de que su salud se deteriorara.

—¡Vaya! —exclamó FitzAlan—. Creo que sé a quién se refiere. Tengo un par arriba. Los he estado reservando hasta el día en que fueran apreciados por lo que valen.

Monk dominó su enojo con dificultad. Tosió, llevándose la mano a la cara para ocultar la repulsa que le inspiraba aquel hombre capaz de aludir con tanta indiferencia a un muchacho a quien había conocido y utilizado, y de cuya muerte sin duda estaba enterado.

—Disculpe —se excusó, antes de proseguir—. Me gustaría mucho verlos.

FitzAlan ya se estaba dirigiendo hacia la puerta, indicando el camino de regreso al vestíbulo, donde pasaron junto a un Adonis desnudo de mármol para subir la escalera hasta una estancia mucho más espaciosa utilizada como almacén. Fue sin titubeos hasta dos telas, ocultas por otras, más tardías, y les dio la vuelta para que Monk las pudiera admirar.

Por más que le hiriera, en efecto las admiró. Eran excepcionales. El rostro que miraba desde los colores de los óleos era apasionado, sensible, ensombrecido por una visión que iba más allá de las necesidades cotidianas. Probablemente por aquel entonces ya supiera que estaba tísico y no le quedaba mucho para saborear las alegrías de la vida o el dolor que lo consumía. ¿Por eso resultaban más intensas y conmovedoras? FitzAlan había captado todo lo precioso y efímero de los ojos, los labios, la palidez casi traslúcida de la piel. Era un cuadro perturbador. A Monk le pasó por la cabeza pedir a Alberton lo que costara a título de recompensa. Le dolía pensar que no volvería a verlo tras aquellos breves momentos. Le recordaba la dulzura de la vida y que nunca había que desperdiciar o desdeñar un instante de ese don.

—Le gusta —aseveró FitzAlan innecesariamente.

Monk no habría podido negarlo. Por más pecados que mancharan el alma del pintor, el cuadro era soberbio. Se obligó a recordar por qué estaba allí y preguntó:

—¿Quiénes?

—Un vagabundo —respondió FitzAlan—. Un muchacho que encontré en la calle; le di cobijo durante un tiempo. Un rostro maravilloso, ¿verdad?

Monk dio la espalda a FitzAlan para ocultar sus emociones. No podía permitirse hacer patente su aversión.

—Sí. ¿Qué fue de él?

—Ni idea —respondió FitzAlan con cierto asombro—. Nadie más lo habrá pintado así, se lo aseguro. Era tísico. Esa mirada ya no existirá. ¡Ahí es donde reside el valor, en el momento! La conciencia de la mortalidad. La percepción de la vida y la muerte es universal. Cuesta ciento cincuenta guineas. Dígaselo a su amigo.

¡Era la mitad de lo que costaba una buena casa! Estaba claro que FitzAlan no subestimaba su valía. Aun así, Monk se sorprendió elucubrando cómo arreglárselas para adquirir el cuadro. Jamás dispondría de una cantidad de dinero como aquella para gastarla de ese modo. Probablemente nunca llegaría a tenerla. Regateando quizá consiguiese un buen descuento, pero el precio seguiría quedando fuera de sus posibilidades económicas. ¿Y un trueque? Le habría gustado profundamente obligar a FitzAlan a aceptarlo, apretar hasta que algo le doliera lo bastante como para avenirse a desprenderse del cuadro a cambio de respirar aliviado.

—Se lo diré —repuso entre dientes—. Gracias.

Monk dedicó el resto del día y los dos siguientes a seguir el rastro del fulminante declive de Gilmer, pasando de un artista a otro, cada vez con menos talento, hasta verse en la indigencia. Al parecer siempre había terminado riñendo. Nadie esperó que le fuera bien ni le brindó su ayuda. Al final, más o menos a mediados del verano anterior, le había dado cobijo el propietario de un burdel masculino.

—Sí, pobre diablo —dijo a Monk—. Estaba en las últimas. Flaco como un rastrillo y pálido como la muerte. Me di cuenta de que se estaba muriendo. —Contrajo con piedad el rostro cubierto de cicatrices, sentado en un mullido sillón de su concurrido salón. Se trataba de un hombre extraordinariamente feo, contrahecho y con joroba, pero con unas manos hermosas. Monk nunca sabría quién o qué hubiese podido ser de él en otras circunstancias; sin embargo, le pasó por la cabeza preguntárselo. ¿Se había visto arrastrado a aquello o le había movido la codicia? Prefirió pensar en lo primero.

—¿Le contó algo sobre su vida? —inquirió Monk.

El hombre le miró fijamente. Monk no le había pedido que le dijese su nombre.

—Alguna cosilla —contestó—. ¿Por qué lo dice?

—¿Trabajaba para usted?

—Cuando estaba en condiciones… que no era a menudo.

Monk lo comprendió, aunque no dejó de disgustarle.

—Hacía la colada —dijo el hombre con ironía—. ¿En qué estaba pensando?

Para su sorpresa, Monk se ruborizó.

El hombre rió.

—No era de esa naturaleza —aseveró con firmeza—. Puedes transformar a un chaval joven, pero a su edad es más difícil y, además, con aquella pinta de muerto y tosiendo sangre, nadie iba a quererlo. Tanto si me cree como si no, lo acogí porque me dio pena. Tenía claro que no sería por mucho tiempo. Ya se lo habían quitado todo.

—¿Tiene idea de quién le pegó la paliza? —Monk procuró sin éxito que su voz no dejara traslucir su enojo.

El hombre le miró entornando los ojos.

—¿Por qué? ¿Qué piensa hacer al respecto?

No tenía sentido no mostrarse sincero. El hombre ya había percibido sus sentimientos.

—Depende de quien se trate —respondió—. Hay varias personas que estarían encantadas de hacerle la vida imposible a quienquiera que sea.

—Empezando por usted, ¿eh?

—No, yo no soy el primero. Hay unos cuantos delante de mí. Riñó con muchos de los artistas para los que trabajó. ¿Fue uno de ellos?

—Eso creo. —El hombre asintió despacio con la cabeza—. Aunque no es que se peleara con ellos. El primero simplemente se hartó y lo echó. Le pareció más provechoso pintar mujeres durante un tiempo. Al segundo no le alcanzaba para mantenerlo. El tercero y el cuarto le pidieron favores como los que yo vendo a un precio muy alto. Él no estaba dispuesto, por eso lo echaron también. Y para entonces ya tenía el aspecto bastante deteriorado por culpa de la enfermedad.

—¿Fue uno de ellos?

El hombre miró a Monk con recelo, como midiéndolo: el rostro moreno, su delgadez, la nariz ancha, la mirada impasible.

—¿Por qué? ¿Va a matarlo?

—No será tan rápido —respondió Monk—. A cierto sargento de la policía le gustaría vengarse lentamente…, sirviéndose de la ley, claro.

—¿Y usted lo pondría sobre la pista?

—Lo haría, si estuviera seguro de no equivocarme.

—Un cliente mío se quedó prendado de él y se resistía a aceptar una negativa. Yo mismo le habría molido a palos hasta hacerle temer por su vida, pero no puedo permitirme esas cosas. Si se corriera la voz, me quedaría sin negocio, y mis chicos conmigo.

—¿Nombre?

—Garson Dalgetty. Parece un caballero, pero es un auténtico cabrón. Me dijo que con una sola mano le bastaba para arruinarme. ¡Y era verdad!

—Gracias. No diré de dónde he sacado esta información pero quiero un favor a cambio.

—¿Ah sí? ¿Por qué no me sorprende en absoluto?

—Porque no es tonto.

—¿Qué favor quiere?

Monk sonrió y exclamó:

—¡Nada de lo que usted vende! Quiero saber si Gilmer le dijo que alguien le hubiese dado dinero para saldar sus deudas, y me refiero a dar, no a pagar.

El hombre se mostró sorprendido.

—Así que está enterado de eso, ¿eh?

—Me lo dijo el hombre que le dio ese dinero. Me preguntaba si sería verdad.

—Vaya que sí. Muy generoso, fue. —Se meció un poco en el sillón rojo—. Nunca pregunté por qué, pero le fue dando hasta que Gilmer llegó aquí, e incluso después de eso. Cortó el grifo cuando murió.

Monk se sobresaltó al darse cuenta de lo que acababa de decir el hombre.

—¿No dejaba de contraer deudas?

—Las medicinas, pobre diablo. A mí no me alcanzaba para eso.

—¿Quién era?

—Ha dicho que lo sabía.

—Y lo sé; pero ¿lo sabe usted?

El hombre torció su feo rostro con una mueca de amargura.

—Chantaje, ¿verdad? No, no lo sé. Gilmer nunca me lo dijo y yo nunca le pregunté.

—¿Quién lo sabía?

—¿Cómo voy a saberlo? No le será difícil averiguarlo, si pone un poco de empeño. Yo nunca he querido hacerlo.

Monk se quedó un rato más, dio las gracias al hombre y se marchó, procurando no mirar a derecha ni a izquierda mientras salía. Había detectado un fondo de compasión en aquel hombre y no quería saber nada sobre su comercio.

El hombre había acertado de pleno al decir que no sería difícil seguir el rastro de los pagos, ahora que Monk sabía que se habían hecho de forma regular. Le llevó el resto de la jornada y le bastó con echar mano de sus conocimientos de banca y del sentido común. Cualquier otra persona podría haber hecho lo mismo.

También escribió una nota al sargento Walters, diciéndole que el nombre del hombre que buscaba era Garson Dalgetty.

Mientras salía de Clerkenwell se preguntó por qué Alberton no había mencionado que pasaba a Gilmer una asignación de cinco guineas mensuales. No era una suma importante. Le alcanzaría para un poco de comida extra, el suficiente jerez y láudano para aliviar los momentos más duros y poco más. Se trataba de una obra de caridad, nada de lo que avergonzarse, más bien al contrario. Ahora bien, ¿era todo como parecía?

No se tomó la molestia de seguir el rastro a las posibles dádivas de Casbolt. Los donativos de Alberton le bastaban para su propósito. Si con eso no daba con el chantajista, reiniciaría la investigación empezando por Casbolt.

El siguiente paso a dar sería localizar a los tratantes de armas que harían de intermediarios en el pago de Alberton, pero antes iría a darle novedades, tal como había prometido.

El final de la tarde transcurrió de forma bien distinta a como Monk tenía previsto. Llegó a la casa de Tavistock Square y le recibieron de inmediato. Alberton parecía preocupado y cansado, como si alguno de sus negocios no estuviera marchando bien.

—Gracias por venir, Monk —saludó con un amago de sonrisa, invitándole a pasar a la biblioteca—. Siéntese. ¿Le apetece un vaso de whisky o alguna otra cosa? —Hizo un ademán hacia el botellero de plata y cristal de una mesa accesoria.

Monk rara vez recibía trato de igual, ni siquiera en los casos más delicados. Le constaba que cuanto más acuciada estaba la gente por la necesidad, menos deseaba relajarse con aquellos a quienes pedían ayuda. Alberton suponía una grata excepción. No obstante, declinó la invitación, pues quería mantener bien despejada la cabeza y, además, hacerlo patente.

Alberton tampoco se sirvió nada. Al parecer la invitación respondía a la mera hospitalidad, no al deseo de tener una excusa para permitirse tomar una copa.

Monk comenzó a referirle sucintamente lo que había averiguado sobre la vida y muerte de Gilmer. Estaba contándole su visita a casa de FitzAlan cuando el mayordomo llamó a la puerta.

—Lamento molestarle, señor —se disculpó—, pero el señor Breeland está aquí otra vez e insiste mucho en verle. ¿Debo pedirle que aguarde, señor, o… hago que un lacayo lo acompañe a la puerta? Me temo que podría resultar muy desagradable y teniendo en cuenta que ha sido invitado del señor…

Alberton miró a Monk.

—Lo siento —dijo muy serio—. Esta situación es sumamente incómoda. Conoció al joven Breeland la otra noche. Como sin duda habrá observado, es un fanático de su causa, incapaz de ver ningún otro punto de vista. Mucho me temo que esperará hasta que le atienda y, si me permite hablarle con franqueza, preferiría que mi hija no volviera a encontrarse con él, cosa que puede ocurrir si no le veo enseguida. —Su rostro expresaba ternura y exasperación—. Es muy joven y está llena de ideales. Se parece bastante a él. Sólo acierta ver la justicia de una única causa, ignorando las demás.

—Por supuesto —convino Monk, poniéndose de pie—. No me importa esperar. De todas formas, tengo poco que decir. He venido porque me pidió que le diera novedades por irrelevantes que fueran.

Alberton esbozó una sonrisa.

—En realidad, creo que fue Robert más que yo, aunque comprendo su intención. Uno se siente impotente, le cuesta controlarse, si no sabe lo que está ocurriendo. Sea como fuere, le agradecería mucho que se quedara mientras atiendo a Breeland, si no es mucho pedir. Puede que la presencia de un tercero sirva para apaciguar un ápice sus excesos. La verdad es que creía haberme expresado con claridad suficiente. —Se volvió hacia el mayordomo, que seguía esperando pacientemente—. Sí, Hallows, diga al señor Breeland que pase.

—De acuerdo, señor.

Hallows se retiró obedientemente pero, por un instante, antes de que le diera tiempo a disimularla, su rostro dejó traslucir la opinión que le merecía la importunidad de Breeland.

Lyman Breeland apareció un momento después, como si hubiese ido pisando los talones al mayordomo. Vestía muy formal, con un traje oscuro de cuello cerrado y unos botines de fino corte muy bien lustrados.

Hizo obvio su desconcierto ante la presencia de Monk.

Alberton lo advirtió.

—El señor Monk es mi invitado —dijo con frialdad—. No es rival de usted en el ámbito del armamento ni en ningún otro. Ahora bien, tal como le he dicho con anterioridad, señor Breeland, las armas que le interesan ya están vendidas…

—¡No, no lo están! —interrumpió Breeland—. Está en negociaciones. Todavía no le han pagado y, créame, señor, no le miento. La Unión tiene sus recursos para obtener información. Le han entregado un depósito, pero los Rebeldes andan escasos de fondos y será afortunado si llega a ver la segunda mitad de la suma.

—Es posible —dijo Alberton con evidente aversión—, pero no tengo ningún motivo para suponer que aquellos con quienes trato no son hombres de honor, y que lo sean o no, no es asunto suyo.

—Yo tengo todo el dinero —dijo Breeland—. Diga a Pililo Trace que enseñe lo mismo, a ver si puede.

—Le he dado mi palabra, señor, y no pienso retractarme —replicó Alberton sin ocultar su enfado.

—¡Será cómplice de la esclavitud! —exclamó Breeland, levantando la voz. Tenía el cuerpo rígido, los hombros levantados—. ¿Cómo es posible que un hombre civilizado haga eso? ¿O es que ya han pasado ustedes de la civilización a la decadencia? ¿Ya ha dejado de importarles de dónde provienen sus comodidades o quién ha pagado por ellas?

Alberton estaba pálido de rabia.

—Yo no me erijo en juez de los hombres ni de las naciones —dijo en voz baja—. ¿Debería hacerlo? Tal vez lo suyo sería exigir a cualquier posible comprador que se justifique ante mí y responda de todos los disparos que tenga intención de efectuar con las armas que yo le venda. Y dado que esto es a todas luces ridículo, ¿quizá lo que tendría que hacer es no vender armas?

—¡Está reduciendo el argumento al absurdo! —contraatacó Breeland, rojo de ira—. La diferencia moral entre el agresor y el defensor está más que clara para cualquier hombre. Así como la diferencia entre el amo de esclavos y el hombre que quiere liberar a todo el mundo. Sólo un sofista sumamente hipócrita sostendría lo contrario.

—Podría sostener que el confederado que desea establecer su propio gobierno según lo que cree que está bien tiene más justificación para su causa que el unionista que pretende obligarle a permanecer en una Unión que ya no es de su agrado —repuso Alberton—. Ahora bien, ésta no es la cuestión, como bien sabe. Trace acudió a mí antes que usted y convine en venderle armamento. Yo no falto a mi palabra. Ésa es la cuestión, señor Breeland, la única cuestión. Trace no me ha inducido a error ni me ha engañado, de modo que no tengo motivo para incumplir mis compromisos. No me quedan armas que venderle a usted; eso es lo único que pasa.

—Devuélvale el depósito a Trace —desafió Breeland—. ¡Dígale que no es esclavista! ¿O acaso lo es?

—Los insultos me ofenden —dijo Alberton, con el rostro ensombrecido—, pero no me hacen cambiar de parecer. He consentido en verle porque me daba miedo que no se fuese de mi casa hasta que lo hiciera. No tenemos más que hablar. Buenas tardes, señor.

Breeland no se movió. Estaba pálido y apretaba los puños en los costados, pero antes de que encontrara las palabras adecuadas para responder, la puerta se abrió detrás de él y Merrit Alberton entró en la biblioteca.

Llevaba un vestido rosa intenso y el cabello recogido en un elaborado moño del que escapaban algunos mechones. Tenía las mejillas encendidas y los ojos brillantes. Hizo caso omiso de Monk y lanzó una fugaz mirada a Breeland aunque se plantó deliberadamente a su lado. Se dirigió a su padre.

—¡Lo que estás haciendo es inmoral! Has cometido una equivocación al ofrecer las armas a los confederados. ¡Jamás se te habría ocurrido hacerlo si fueran rebeldes contra Inglaterra! —Fue levantando la voz movida por una imperiosa indignación—. Si aquí aún tuviéramos esclavitud, ¿venderías armas a los traficantes de esclavos para que dispararan contra nuestro ejército, nuestra marina, hasta nuestros hombres y mujeres en sus casas, por querer que todo el mundo fuese libre? ¿Lo harías?

—Eso no es comparable, Merrit…

—¡Claro que lo es! ¡Los rebeldes tienen esclavos! —Temblaba de emoción—. ¡Compran hombres y mujeres, y niños, y los usan como animales! ¿Cómo puedes vender armas a personas así? ¿No te queda una pizca de moralidad? ¿Lo haces sólo por dinero? ¿Es eso?

Sin apenas darse cuenta se iba acercando a Breeland, quien mantenía su expresión casi imperturbable.

—Merrit —comenzó Alberton.

Pero ella le interrumpió.

—¡No existe ningún argumento que justifique lo que estás haciendo! ¡Estoy tan avergonzada de ti que me cuesta soportarlo!

Alberton hizo un gesto de impotencia.

—Merrit, no es tan sencillo como…

Seguía negándose a escuchar y haciendo caso omiso de la presencia de Monk. Una sensación de ultraje le hizo más estridente la voz.

—¡Sí que lo es! Vendes armas a personas que tienen esclavos y que están en guerra con sus compatriotas que quieren abolir la esclavitud. —Abrió los brazos con furia—. ¡Dinero! ¡Todo es por el dinero y es pura maldad! No entiendo que tú, mi propio padre, intentes siquiera justificarlo, y mucho menos participar en ello. ¡Estás vendiendo muerte a personas que la usarán en la peor causa posible!

Breeland hizo ademán de apoyar una mano sobre su brazo.

Alberton por fin perdió la calma.

—¡Cállate, Merrit! ¡No sabes lo que estás diciendo! Déjanos a solas…

—¡Ni hablar! No puedo —protestó—. Sé muy bien de qué estoy hablando. Lyman me lo ha contado. Y también tú, ¡eso es lo peor de todo! ¡Conoces la situación y aun así sigues adelante! —Dio un paso hacia él, olvidando a Monk y a Breeland, con el rostro contraído—. ¡Por favor, papá! ¡Por favor, por todos los que sufren en la esclavitud, por la justicia y la libertad, y sobre todo por ti mismo, vende armas a la Unión, no a los Rebeldes! Di que no puedes dar tu apoyo a la esclavitud. Ni siquiera perderás dinero… Lyman puede pagar la suma íntegra.

—No es una cuestión de dinero. —Alberton también levantó la voz, más aguda por el dolor—. ¡Por el amor de Dios, Merrit, parece que no me conozcas! —Habló como si Breeland no estuviera presente—. Di mi palabra a Trace y no voy a romperla. ¡Estoy tan poco de acuerdo con la esclavitud como tú, pero tampoco estoy de acuerdo en que la Unión obligue al Sur a permanecer en ella a la fuerza! Hay muchas clases distintas de libertad. Existen la libertad del hambre y las ataduras de la pobreza, además de la clase de esclavitud de la que hablas. Existe…

—¡Pamplinas! —espetó Merrit—. Sólo piensas en ti. No te presentas al Parlamento para intentar cambiar nuestra forma de vida y acabar de una vez con el hambre y la opresión. ¡Eres un hipócrita! —Era la peor palabra que se le podía ocurrir, y su amargura fue palpable en sus ojos y en su voz.

Breeland miraba con frialdad a Alberton. Por fin pareció comprender que no daría su brazo a torcer. Si todo lo que había dicho Merrit no le afectaba, a él no le quedaba nada que añadir.

—Lamento que estime conveniente actuar contra nosotros, señor —dijo con distante formalidad—, aunque de todas maneras nos impondremos. Conseguiremos lo que necesitamos para ganar, por muchos sacrificios que eso nos exija y por alto que sea el precio. —Tras echar un breve vistazo a Merrit, como sabiendo que le iba a comprender, dio media vuelta y marchó a grandes zancadas. Sus pisadas resonaron en el parqué del vestíbulo.

Merrit miraba fijamente a su padre entre airada y desdichada.

—¡Detesto todo lo que representas! —exclamó con furia—. ¡Lo desprecio tanto que me avergüenzo de vivir bajo tu techo, de que pagues la comida que como y la ropa que visto! —Abandonó la estancia y subió a toda prisa por las escaleras.

—Lo siento muchísimo, Monk —dijo Alberton con abatimiento mirando a Monk—. No imaginé que fuera a someterle a una situación tan violenta. Lo único que puedo hacer es disculparme.

Antes de que agregara algo más, Judith Alberton apareció en el umbral. Estaba un poco pálida y resultaba bastante obvio que había oído por lo menos el final de la discusión. Echó un vistazo a Monk, avergonzada, y luego miró a su marido.

—Me temo que está enamorada del señor Breeland —dijo con poca fluidez—. O que cree estarlo. —Observaba a Alberton con preocupación—. Puede que le lleve algo de tiempo, Daniel, pero verás que recapacita. Se arrepentirá de haber hablado de una forma tan… —Se le quebró la voz, como si estuviese insegura de qué palabra usar.

Monk aprovechó la circunstancia para despedirse. Ya había dicho cuanto tenía que decir sobre la investigación. Sería mejor que los Alberton resolvieran sus dificultades en la intimidad.

—Le mantendré informado de cuanto averigüe —prometió.

—Gracias —dijo Alberton, tendiéndole la mano—. Lamento haberle hecho pasar por esto. Me temo que los ánimos están muy caldeados con este asunto de América y me parece que apenas estamos asistiendo al principio.

Monk era de la misma opinión pero se abstuvo de comentarlo, dándoles las buenas noches y permitiendo que el mayordomo le acompañara a la puerta.

Despertó confuso, preguntándose por un momento dónde se encontraba, esforzándose por apartar el insistente ruido de los últimos jirones de un sueño. De pronto, se incorporó. Era de madrugada, aunque el día apenas comenzaba a clarear. El ruido persistía.

Hester estaba despierta.

—¿Quién será? —preguntó con inquietud, sentándose derecha con la melena apoyada en los hombros—. ¡Son las cuatro menos cuarto!

Monk saltó de la cama y cogió su batín. Se lo puso a toda prisa y se dirigió a la puerta principal de la casa, donde la llamada sonaba con más fuerza e insistencia. No se había molestado en ponerse pantalones y zapatos. Quienquiera que fuese parecía desesperado y decidido a despertarle aun a riesgo de perturbar el descanso de todo el vecindario.

Monk buscó a tientas el cerrojo y abrió la puerta.

Allí estaba Robert Casbolt, a la mortecina luz del alba, sin afeitar y con el cabello revuelto.

—Pase. —Monk retrocedió, sosteniendo la puerta abierta.

Casbolt obedeció sin titubear, comenzando a hablar antes de cruzar el umbral.

—Siento molestarle con modos tan frenéticos pero es que tengo mucho miedo de que haya ocurrido algo irreparable. —Hablaba a trompicones, como si se le trabara la lengua—. Judith, la señora Alberton, me ha enviado una nota. La preocupación la tiene fuera de sí. Daniel se marchó poco después que usted y todavía no ha regresado. Me ha dicho que Breeland estuvo en la casa anoche y que se mostró muy enojado… incluso amenazador. Le aterroriza pensar que… Lo siento. —Se pasó las manos por la cara como para aclararse las ideas y tranquilizarse—. Lo peor es que Merrit también ha desaparecido. —Clavó en Monk unos ojos llenos de horror—. Al parecer subió directamente a su habitación tras la discusión con su padre. Judith supuso que permanecería encerrada, con el genio atravesado, y que probablemente no volvería a bajar hasta la mañana siguiente.

Monk no lo interrumpió.

—Pero al no poder conciliar el sueño, inquieta como estaba por Daniel —prosiguió Casbolt—, ha ido al dormitorio de Merrit y ha visto que se había ido. No estaba en ningún lugar de la casa y su doncella ha revisado sus cosas echando en falta una maleta y algunas prendas de vestir… un traje sastre y por lo menos dos blusas. Y el cepillo y los peines. Por el amor de Dios, Monk, ayúdeme a encontrarlos, se lo ruego.

Monk trató de ordenar sus pensamientos para establecer un plan de acción claro y decidir por dónde empezar. Casbolt parecía al borde de la histeria. Se le entrecortaba la voz y tenía el cuerpo tan tenso que abría y cerraba los puños como si no soportara estarse quieto.

—¿Ha avisado a la policía la señora Alberton? —preguntó Monk.

Casbolt negó con la cabeza.

—No. Ha sido lo primero que le he propuesto, pero tiene miedo de que si Merrit se ha fugado con Breeland se vea envuelta en un escándalo que la arruinaría. Ella… —Soltó un profundo suspiro—. Sinceramente, Monk, creo que tiene miedo de que Breeland le haya hecho algo malo a Daniel. Según parece salió de la casa hecho una furia y dijo que ganaría fuera como fuese.

—Es verdad —convino Monk—. Yo mismo lo oí.

Recordó con un escalofrío la pasión que encerraba la voz de Breeland. Era el ardor del artista que partiendo de la nada creaba una gran visión del mundo, del explorador que se aventuraba en lo desconocido y abría caminos para hombres de menos valía, del inventor, del pensador, del mártir que moría antes que negar la luz que había visto… y del fanático que veía justificado cualquier acto por la causa a la que servía.

Casbolt hacía bien en temer a Breeland; igual que Judith Alberton.

—Bien, me voy con usted —concluyó Monk—. Voy a vestirme y a avisar a mi esposa. Serán cinco minutos, como mucho.

—¡Gracias! Muchas gracias.

Monk asintió con la cabeza y se fue a toda prisa hacia el dormitorio.

Hester estaba sentada, envuelta en un chal.

—¿Quién es? —preguntó antes de que Monk hubiese cerrado la puerta.

—Casbolt —contestó él, quitándose el batín para ponerse la camisa—. Alberton salió poco después de que yo me marchara y no ha vuelto a casa; y Merrit ha desaparecido. Es probable que haya ido en busca de Breeland. ¡La muy estúpida!

—¿Puedo ayudar?

—¡No, gracias! —Monk se abrochó la camisa con dedos torpes, moviéndose con demasiada premura, y alcanzó los pantalones.

—Ten cuidado con lo que vayas a decirle —le advirtió Hester.

A Monk le habría encantado poner a Merrit Alberton sobre sus rodillas y azotarla. Su rostro debía de expresarlo, pues Hester se levantó de inmediato y se aproximó a él.

—William, es joven y está llena de ideales. Cuanto más severo te muestres con ella, más terca se pondrá. Enfréntate a ella y será capaz de cualquier cosa antes de admitir que se da por vencida. Suplícale que te ayude y comprenda, gánate su compasión y se mostrará razonable.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque una vez tuve dieciséis años —respondió con una pizca de aspereza.

Monk sonrió.

—¿Y estabas enamorada?

—Naturalmente.

—¿De un comprador de armas para un ejército extranjero? —Se puso la chaqueta. No había tiempo para afeitarse.

—No, en realidad era párroco —contestó.

—¿Párroco? ¿Tú… enamorada de un párroco?

—¡Tenía dieciséis años! —Hester se ruborizó.

Monk sonrió y le dio un beso rápido, notando que ella respondía tras un mero instante de titubeo.

—Ten cuidado —susurró ella—. Puede que Breeland…

—Ya lo sé.

Antes de darle ocasión de agregar nada más, salió para reunirse con Casbolt, que aguardaba impaciente junto a la puerta.

Casbolt subió a su carruaje, que esperaba en la calle, antes que Monk, gritando al cochero acurrucado en el pescante. No podía decirse que los amaneceres de verano fueran fríos, aunque hacía fresco para esperar a la intemperie, más aún cuando al pobre hombre lo habían sacado de la cama tras dormir tan sólo cuatro horas.

El carruaje se puso en marcha dando un tirón y enseguida ganó velocidad. En total hacía catorce minutos que Casbolt había interrumpido el sueño de Monk.

—¿Adonde nos dirigimos? —preguntó Monk mientras el coche, lanzado por el adoquinado, viraba bruscamente en una esquina, arrojándole contra Casbolt.

—Al domicilio de Breeland —contestó Casbolt—. He estado a punto de ir directamente sin usted, pero se me ha ocurrido que si me desviaba un par de calles de mi camino podría contar con su apoyo. No sé con qué nos encontraremos al llegar. Es probable que con un solo hombre no baste, y me he formado la opinión de que sería bueno tenerle a mi lado en una pelea, llegado el caso. Dios sabe lo que Merrit tiene en mente. Debe de haber perdido el sentido de… todo. ¡Apenas conoce a ese hombre! Podría… —Otra sacudida del coche, que al girar en sentido contrario le arrojó encima de Monk, le hizo dar un grito ahogado—. ¡Podría ser cualquier cosa! —prosiguió—. ¡Ese hombre es un fanático, dispuesto a sacrificarlo todo y a todos por su maldita causa! Está más loco que cualquiera de nuestros militares y Dios sabe bien lo locos que están. —Fue levantando la voz, con una nota de ira—. Basta con recordar sus fantochadas en Crimea. Cualquier precio para ser héroes… La gloria de la victoria, sangre y cuerpos por todas partes. ¿Y para qué? La fama, un ideal…, medallas y una nota a pie de página en la historia.

Cruzaban chacoloteando una plaza sumida en la penumbra de su frondosa arboleda.

—¡Malditos sean Breeland y sus estúpidos ideales! —exclamó en un arrebato de furia—. No le corresponde adoctrinar a una muchacha de dieciséis años que cree que todo el mundo es tan noble y sencillo como ella. —Había una sorprendente malevolencia en su voz, una pasión tan profunda que escapaba a su control y se palpaba en el aire con toda su crudeza mientras pasaban a toda velocidad por calles que el alba iba llenando de luz.

Monk deseó ofrecer algún consuelo a Casbolt, pero sabía que lo que Casbolt había dicho era cierto. Deploraba las palabras necias, de modo que guardó silencio.

De pronto el carruaje se detuvo, Casbolt echó un vistazo fuera para asegurarse de que no estaban en un cruce, pareció reconocer el sitio y más que apearse se arrojó a la calle.

Monk fue tras Casbolt, que cruzó la acera a grandes zancadas dirigiéndose a un portal. Lo abrió abruptamente y entró. No era sino la entrada exterior de un conjunto de apartamentos, y el portero de noche dormitaba cómodamente instalado en un sillón del vestíbulo.

—¡Vengo a casa del señor Breeland! —gritó Casbolt cuando el hombre terminó de despertar.

—Sí, señor. —Se puso de pie apresuradamente, rebuscando en el asiento la gorra—. Pero ocurre que el señor Breeland no está aquí. Se ha marchado, señor.

—¿Marchado? —Casbolt quedó estupefacto—. Anoche estaba aquí. ¿Qué quiere decir con eso de que se ha marchado? ¿Adonde? ¿Cuándo regresará?

—No volverá, señor. —El portero negó con la cabeza—. Se ha ido definitivamente. Pagó lo que debía y se llevó las maletas. Aunque sólo tenía una.

—¿Cuándo? —inquirió Casbolt—. ¿A qué hora se fue? ¿Iba solo?

—No lo sé, señor —respondió el portero, entornando los ojos—. Hacia las once y media, poco más o menos. En cualquier caso, antes de medianoche.

—¿Iba solo? —preguntó Casbolt. Le temblaba todo el cuerpo y tenía la tez blanca, con la frente perlada de sudor.

—No, señor —contestó el portero, claramente asustado—. Había una joven dama con él. Muy guapa. Era rubia, por lo que pude ver. También llevaba una maleta. —Tragó saliva con dificultad—. ¿Se estaban fugando? —Se atragantó y comenzó a toser convulsivamente.

—Probablemente —repuso Casbolt, con voz quebrada por el dolor.

El portero dominó su ataque de tos.

—¿Usted es el padre? ¡No lo sabía, se lo juro por Dios!

—El padrino —contesto Casbolt—. Es posible que su padre también viniera en busca de ella. ¿Vino alguien más aquí?

El portero hizo una mueca.

—Llegó un mensaje para el señor Breeland pero lo trajo un recadero cualquiera. Se lo subió al señor Breeland personalmente y luego se largó. Y después de eso también vino otro hombre pero sólo le vi la espalda mientras subía.

—¿A qué hora llegó el mensaje? —preguntó Casbolt, con voz aguda por la desesperación.

—Poco antes de que se fuera. —El portero estaba realmente inquieto—. Llamé a la puerta del señor Breeland y me abrió. El chaval le dio el mensaje. No se fiaba de mí. Dijo que le habían pagado para entregarlo en mano, como he explicado, y se empeñó en hacerlo a su manera.

—¿Hacia las once y media? —intervino Monk.

—Sí, o un poco más tarde. De todas formas, el señor Breeland salió pocos minutos después, con sus cosas en la maleta y la joven dama tras él. Me pagó lo que debía, para que yo se lo diera al casero, y se largó. Y ella con él.

—¿Podemos ver su apartamento? —pidió Casbolt—. Puede que hallemos algún indicio, aunque abrigo pocas esperanzas.

—Claro, como quieran.

El portero, muy dócil y servicial, no se hizo de rogar y emprendió la marcha.

—¿Tiene alguna idea de lo que decía la nota? —preguntó Monk, caminando a su lado—. ¿Aunque sea por encima? ¿Qué cara puso después de leerla? ¿Se mostró complacido, sorprendido, enfadado, afligido?

—¡Complacido! —exclamó el portero—. Muy complacido, diría yo. Se le iluminó la cara y dio las gracias al chaval. ¡Le dio seis peniques! —Tenía claro que semejante extravagancia hablaba a las claras de lo muy complacido que estaba—. Y le entraron las prisas por marcharse, sí señor.

—¿Y en ningún momento dijo adónde? —apremió Casbolt, tan nervioso que iba pasando el peso de un pie al otro, incapaz de parar quieto.

—No. Sólo dijo que tenía que darse prisa, irse cuanto antes, y así lo hizo. En diez minutos estuvo listo.

Llegó a la puerta del apartamento de Breeland y la abrió, haciéndose a un lado para dejarlos pasar.

Casbolt entró sin pensarlo y fue dando la vuelta, mirando con detenimiento.

Monk le siguió. La habitación aparecía despojada de cualquier efecto personal. Sólo vio un poco de vajilla, un barreño, un aguamanil y un montón de toallas. En el tocador había una Biblia y unos trozos de papel. No quedaba nada que indicara quién ocupaba la habitación hacía sólo unas horas.

Casbolt fue derecho al tocador y empezó a revolverlo todo, abriendo y cerrando cajones. Tiró de la colcha, las mantas y las sábanas hasta destapar el colchón, con ademanes de creciente nerviosismo al no encontrar nada más que el mobiliario nuevo del casero.

—Aquí no hay nada —declaró Monk en voz baja.

Casbolt empezó a soltar maldiciones con voz irritada por la rabia y la desesperación.

—No tiene sentido quedarse —interrumpió Monk—. ¿Dónde más podemos buscar? Si Breeland se ha marchado y Merrit está con él, quizás Alberton haya ido tras ellos. ¿Hacia dónde es más probable que se dirigieran?

Casbolt se tapó la cara con las manos. Luego se irguió y miró a Monk con ojos como platos.

—¡La nota! Merrit estaba con él, así que no podía ser suya. Además se mostró complacido, y mucho. ¡Lo único que le importa son las malditas armas! Tiene que ser eso.

Se encaminó hacia la puerta.

—¿Dónde?

Monk fue tras él hacia el vestíbulo.

—Si ha cogido a Merrit para pedir un rescate, pues al almacén. Allí es donde están las armas —exclamó Casbolt, corriendo hacia la puerta principal y saliendo a la calle—. ¡Está en Tooley Street! —gritó al cochero, montando de un salto antes que Monk. El carruaje arrancó con una sacudida y salió disparado, lanzando a Monk de golpe contra el asiento. Le costó lo suyo enderezarse y recobrar el equilibrio.

Circularon en silencio, consumidos por el miedo a lo que iban a encontrar. Ya era pleno día y se veían obreros camino del trabajo. Se cruzaron con los carros que iban hacia el mercado de Covent Garden o algún otro. Era una atmósfera familiar.

Cruzaron el río por el Puente de Londres, donde las barcazas surcaban las aguas en incesante actividad, y les llegó el olor a humedad y salitre que entraba con la marea. La luz era intensa, un reflejo quebradizo en la cambiante superficie del Támesis.

Torcieron a la derecha y frenaron en seco junto a dos altos portalones de madera. Casbolt saltó a tierra y corrió hacia ellos. Los empujó con el hombro y se abrieron de par en par, sin que ningún cerrojo o barra se lo impidiera.

Monk fue tras él y entró con paso decidido en el patio del almacén. Por un instante, la fría luz de la mañana le hizo creer que se hallaba vacío. Las puertas del almacén estaban cerradas, las ventanas tapiadas y el adoquinado salpicado de barro, con huellas claras en varias direcciones, como si un vehículo pesado hubiese maniobrado.

Había excremento fresco de caballo.

Entonces los vio; unos bultos oscuros y amorfos.

Casbolt se quedó paralizado.

Monk fue hacia ellos con el corazón en un puño y el paso inseguro. Había dos cuerpos tendidos el uno junto al otro y un tercero un poco apartado, a unos tres metros. Los tres estaban contorsionados, como si una vez en el suelo alguien les hubiese levantado las rodillas y los codos con un palo de escoba. Tenían las manos y los pies atados y estaban amordazados. Los dos primeros eran desconocidos.

Monk caminó hasta el tercero y le vinieron náuseas. Era Daniel Alberton. Igual que a los otros, le habían pegado un tiro en la cabeza.