La tarde comenzaba a caer cuando decidieron regresar.
Llegarían a tiempo para cenar todos juntos y ver qué planes había para esa noche.
Apenas habían entrado en la casa, cuando el móvil de Alejandro comenzó a sonar.
-Disculpa –le dijo a Silvia al reconocer el número.
La joven asintió y se retiró a su cuarto, dándole la intimidad que necesitaba para contestar la llamada.

Antes de que pudiera cerrar la puerta, alguien empujó desde el otro lado.
-¿Qué tal el día? –preguntó Marina con su habitual tono desenfadado.
-Estupendo, nos lo hemos pasado genial y Oviedo es una ciudad encantadora.
Marina se dejó caer sobre la cama.
-¿Y?
-¿Qué?
-¿Qué pasa con vosotros dos? –era evidente que la curiosidad que sentía era mayor que su discreción.
-No pasa nada –contestó evasiva, ya que ella misma no se había planteado esa cuestión y prefería no hacerlo.
-Anda con ese cuento a otra, no me lo trago.
-En serio, no hay nada… no voy a negar que tu hermano me gusta y que yo a él también, pero, no hay más –por primera vez pensó en la posibilidad de llevar aquello a otro nivel, pero desechó la idea por considerarlo absurdo.
Lo de ellos era como un rollete de verano ¿o no?
-Nos lo pasamos bien juntos –dijo encogiéndose de hombros.
-Bueno, pero eso no quiere decir…
Unos golpes en la puerta interrumpieron la fresa de Marina.
Silvia abrió y se encontró con el serio semblante de Alejandro.
Marina también lo vio y decidió dejar sola a la pareja.
-Me voy fuera un rato, había pensado, si no tenéis otros planes, que podríamos salir a cenar los cuatro.
-Hablamos luego –contestó Alejandro entrando en el cuarto a la vez que su hermana lo abandonaba.
-¿Sucede algo? –preguntó Silvia frunciendo el ceño, en cuanto cerró la puerta- estás muy serio.
-Me han llamado de la oficina… tengo que regresar a Madrid –dijo sin apartar los ojos de la mirada oscura de Silvia.
-¿Cuándo? –el tono tranquilo no delató la decepción que sentía.
-Mañana.
Trató de sonreír.
-Se terminaron las vacaciones chico.
Alejandro no respondió y por primera vez desde que se conocían, se creó un silencio tenso entre ambos.

Fue él el primero en volver a hablar.
-¿Cuándo regresas a Madrid?
-Supongo que en tres o cuatro días, pero luego me voy a Málaga a ver a mis padres, me están esperando –sintió que necesitaba darle esa explicación, aunque no tenía porque hacerlo, pero lo hizo, quizás más por ella misma que por él. Se dejó caer sobre el borde de la cama.
Alejandro se pasó las manos por el pelo ya revuelto y suspiró.
-Me hubiera gustado poder pasar más tiempo…aquí –iba a decir con ella, pero algo le impidió hacerlo.
Silvia se mordió el labio inferior intentando encontrar las palabras adecuadas. No se le ocurría nada, aquella era una situación en la que no había pensado, no había pensado en el momento en que alguno de los dos tuviera que irse y con ello llegara la despedida, tras la que quedaba elinterrogante ¿y ahora qué?
Silvia también suspiró y decidió que la respuesta más adecuada era “Y ahora nada”.
Adornó su cara con una de sus mejores sonrisas y levantándose de nuevo, fue hacia Alejandro que permanecía junto a la ventana.
-Dicen que todo lo bueno se acaba –posó una mano sobre el pecho de éste y con una mirada provocadora continuó- pero nadie ha dicho que no podamos disfrutar del tiempo que nos queda.
Eso fue suficiente para inflamar el deseo de Alejandro, que acercándola hacia él con fuerza, se apoderó de sus labios con la urgencia que le propinaba la falta de tiempo.
Como si en aquellas horas que les quedaban para estar juntos, pudiera comprimir el deseo y el placer del que hubieran podido disfrutar de haberse quedado unos días más.
La llevó hasta la cama y despojándose con rapidez de la ropa, se entregaron a la lujuria que los había dominado a ambos desde el mismo instante que sus miradas e encontraron a la orilla del mar.

Ninguno de los fue consciente del momento en que la casa quedó por completo a su disposición. Se habían olvidado de los otros dos jóvenes, que habían llegado a la conclusión de que tendrían que salir a cenar solos.

Horas más tarde decidieron salir de la habitación, pero tan solo para llegar hasta el cuarto de baño, donde pensaban compartir la enorme y antigua bañera que había dentro de éste.

Dejándose envolver por la agradable sensación del agua alrededor de su cuerpo, Silvia, se introdujo en la bañera. Recostándose contra el borde, esperó a que Alejandro la acompañara.
Con un ligero movimiento le indicó el hueco entre sus piernas, donde, sin dudar, se colocó él, dejándose caer hacia atrás para apoyarse contra el pecho de Silvia.
La muchacha pasó las piernas alrededor de la cintura masculina y con los brazos le rodeó el maravilloso y musculoso pecho.
-Ya te tengo donde quería, ahora eres mío –dijo con tono juguetón mientras le mordisqueaba el lóbulo de la oreja.
La risa baja de Alejandro vibró a través del agua.
-Se buena conmigo, creo que ya no tengo fuerzas para defenderme.
-¡Vá! Si no vas a presentar batalla no tiene gracias –respondió a la vez que comenzaba a enjabonarle con calma los hombros.
Alejandro cerró los ojos, disfrutando del suave contacto de las manos de Silvia.
-¿A qué hora tienes que irte? –preguntó la joven, ya sin rastro de humor en su voz.
-A las diez.
-¿Cuánto tardas en moto?
-Me voy en avión, es más rápido y teniendo en cuenta que esta noche no dormiré mucho, también más seguro.
Silvia asintió tras él,  contenta con la decisión que había tomado.
Con dedos ágiles y delicados le enjabonó el pelo, propinándole a la vez un agradable masaje que consiguió relajar a Alejandro por completo.
-Me he muerto y estoy en el cielo, tienes unas manos maravillosos –una sonrisa ligeramente diabólica curvó sus hermosos labios- aunque eso creo que ya te lo he dicho hace unas horas.
-Sí, ya me lo has dicho, empiezas a ser repetitivo –el tono relajado y de buen humor volvió a dominar su voz.
Alejandro tomó unos de los pies de Silvia que descansaban sobre sus muslos y comenzó a masajearlos a su vez.
-¡Mmmm! Tú también tienes unas manos maravillosas.
Terminó de aclararle el pelo para disfrutar plenamente de las caricias de Alejandro estaba dedicando a sus pies.
-¿Me llamarás cuando regreses de Málaga? –la pregunta fue realizada como de pasada, quitándole importancia.
Silvia se sorprendió y tardó unos minutos en contestar.
-Imagino que si me lo preguntas es porque tienes interés en volver a verme?? –no quería hacerse ilusiones de ningún tipo, por eso fue un tanto esquiva e imprimió a su voz un tono pícaro al responder.
-Sí, me gustaría volver a verte.
El tono de Alejandro continuaba siendo totalmente neutro.

Estaba claro que ninguno de los dos había tenido ni tiempo ni ganas de pensar en otra cosa que no fuera esos momentos de los que habían disfrutado.
Y tampoco estaban dispuestos a dejar al descubierto ningún tipo de sentimiento que hubiera podido surgir en aquel corto período que habían pasado juntos.
-Supongo que sí –volvió a estrecharlo entre sus brazos- será agradable vernos y tomar unas cervezas…
-No pensaba precisamente en unas cervezas, pero para empezar puede estar bien.
Silvia dejó brotar una sonora carcajada.
-Eres imposible, siempre pensando en lo mismo.
-Y a ti te parece una idea horrible ¿verdad?
Dijo él a la vez que se incorporaba dentro de la bañera y volvía a sentarse pero apoyándose contra el otro extremo.
Con el dedo índice llamó a la muchacha, que con un rápido movimiento se colocó en la misma posición que había tenido Alejandro tan solo unos segundos antes.
Se recostó contra su pecho y acarició los fuertes muslos que la rodeaban, dejándola casi inmovilizada dentro del agua.

Alejandro imitó la tarea que Silvia había realizado con él, demorándose más de la cuenta en los pechos de la joven, que habían adquirido una suavidad extra gracias al jabón que los cubría y que provocaba que sus manos se deslizaran sobre ellos de aquella manera tan maravillosa.

-Qué fácil es lavarte el cabello –comentó a la vez que trataba de imitar los movimientos que había sentido sobre su cuero cabelludo momentos antes- ¿por qué lo llevas tan corto?
Preguntó curioso, mientras seguía masajeándole la cabeza llena de espuma.
-Por comodidad principalmente y porque me gusta.
No se le daba nada mal lavar cabezas, pensó mientras una pequeña punzada de ¿”celos”? la atravesaba. ¿Habría tenido la oportunidad de compartir bañera con muchas otras mujeres? Seguramente sí. Era un hombre terriblemente atractivo y muy fogoso, sería una tonta si pensara que ella era la primera en disfrutar de un baño en su compañía.
-Me gusta.
-¿El qué? –preguntó sorprendida, perdida en sus cavilaciones no había contado con su comentario.
-Tu pelo corto. Creo que va a la perfección con tu carácter.
-Tan bien me conoces, que ya sabes cuál es mi carácter?
-Tienes razón, apenas nos conocemos –terminó de aclararle el pelo a la vez que decía- pero eso tiene fácil solución ¿no crees?
Silvia lo miró por encima del hombro, movimiento que él aprovechó para atrapar sus labios en un suave beso.
-Tengo hambre –dijo cambiando de tema, estrechándola de nuevo entre sus brazos y mordisqueándole la oreja- ¿Tú no?
-La verdad que sí, siento el estómago en los pies.
-Entonces estamos de acuerdo en que será lo siguiente que haremos ¿no?
-Creo que no hay ninguna duda –comenzó a incorporarse- además el agua está empezando a enfriarse.  

-Deberías dormir un rato –dijo Silvia, ya de madrugada, con la voz apagada por el sueño que estaba apoderándose de ella.
-Tienes razón, será mejor que tratemos de dormir –y la atrajo hacia él, sabiendo que le resultaría imposible conciliar el sueño mientras la tuviera cerca, pero era evidente que ella estaba agotada.
Depositó un tierno beso sobre la frente de la joven, que disimulando un bostezo preguntó -¿Me despertarás antes de irte?
-Sí, ahora descansa.

Alejandro permaneció despierto, con el suave y cálido cuerpo de Silvia entre sus brazos.
Se sentía totalmente atrapado por aquella joven, quizás no sería tan malo, después de todo poner tierra de por medio. Eso le serviría para aclarar las ideas y dejar que se le enfriara el ánimo.
Con ella lejos y tiempo para pensar en lo que había sucedido entre ellos durante aquellos días, tal vez podría ver las cosas desde otro punto de vista y saber si Silvia tan sólo despertaba su lujuria o si había algo más profundo tras aquella, casi, enfermiza atracción.
Hacía demasiado tiempo que no mantenía una relación seria y estable con ninguna mujer, pero Silvia despertaba en él un sentimiento de posesión tan ajeno a su carácter que estaba sorprendido.
En ningún momento había hablado de mantener una relación, ambos aceptaban la situación como lo que se suponía que era, algo pasajero, pero ahora que debía irse, sentía que quería más. Por eso estaba convencido de que el tiempo que debían pasar separados le ayudaría a aclara sus sentimientos hacia ella.
Si a su regreso a Madrid, tras la visita a sus padres, seguía sintiendo aquella necesidad de tenerla cerca, tal vez, si ella estaba de acuerdo, podrían comenzar algo más serio.
Si no, simplemente podrían quedar como amigos, tomarse aquellas cañas y tal vez, de vez en cuando…
Torció ligeramente el gesto ante sus pensamientos, no, estaba casi seguro de que esperaba algo más de su relación con Silvia que algún que otro encuentro esporádico.

La mañana llegó, trayendo con ella el inevitable momento en el que tendría que separase, muy a su pesar, de la joven que aún dormía apoyada sobre su pecho.
Con movimientos suaves, para no despertarla, salió de debajo de ella.
Antes de abandonar la habitación echó una nueva mirada hacia la cama.
Se la veía tan dormida y relajada que le dio pena despertarla, le había dicho que lo haría, pero primero se daría una ducha y repararía el equipaje.
Antes de irse volvería para despedirse.

-¿No estarías pensando en irte sin despedirte, verdad?
Alejandro se giró y la encontró apoyada en el marco d la puerta de la cocina, donde él estaba alentándose  un café.
-No.
Se acercó a ella y rodeándole la cintura con los brazos la besó profundamente. Le era imposible resistirse a los encantos de aquella mujer.
Tuvo que obligarse a soltarla o llegaría tarde al aeropuerto.
-¿Quieres un café? –dijo llenando su taza.
-Sí, pero ya me lo sirvo yo, se hace tarde.

Alejandro la observó moverse por la cocina, mientras se tomaba el café.
Lo que daría en esos momentos por llevársela de nuevo a la cama. Se la veía tan sexy con aquella camiseta que apenas la tapaba el trasero, que le costó contener el impulso de llevarla al cuarto y hacerle de nuevo el amor antes de irse.
Frustrado apartó la mirada, sabía que no disponía de tiempo, maldijo mentalmente su mala suerte por no poder disfrutar unos días más de la compañía de la joven.
-Paciencia -pensó. Tan sólo tendría que esperara a que ella regresara a Madrid.

Se puso unos pantalones y lo acompañó hasta la carretera, donde esperaron la llegada del taxi.
-¿Me vas a echar un poco de menos? –se arriesgó a preguntar Alejandro, aunque con tono jocoso para restarle importancia a la pregunta.
-Puedes estar seguro –contestó ella, mirándolo de arriba abajo con una mirada cargada de intención.
Alejandro vio llegar el taxi y se acercó para darle un último beso.
Ella le rodeó el cuello con los brazos y le entregó sus labios con más ansia de la que hubiera querido reflejar.
A desgana, se separaron cuando el coche se detuvo junto a ellos.
-Recuerda que has prometido llamarme cuando regreses –le dijo Alejandro a la vez que entraba en el vehículo.
-No te lo he prometido –dijo elevando una de sus delicadas cejas- pero lo haré.
-Prométemelo –insistió él antes de cerrar la portezuela.
-Te lo prometo –respondió ahora más seria.
-Pásatelo bien preciosa, nos vemos.
Con esas palabras Silvia lo vio alejarse dentro del taxi camino del aeropuerto.

Regresó despacio hacia la casa, bueno, se había terminado, los días que le quedaban allí trataría de pasárselo bien con sus amigos, a fin de cuentas era para lo que había ido, y procuraría no pensar demasiado en Alejandro.
Ella no era una joven que se enamorara con facilidad, sabía distinguir perfectamente entre sus sentimientos y el sexo.
Pero en esta ocasión no estaba tan segura de poder hacerlo. No quería confundir las cosas y quizás, más adelante, cuando volvieran a verse, llevarse una desilusión.
Sería mejor mantenerlo alejado de sus pensamientos y esperar a ver lo que pasaba una vez se encontraran en la ciudad.

Tras la marcha de Alejandro, los días pasaron a ser más tranquilos.
Las chicas pasaban la mayor parte del día en la playa, porque en contra de lo que se solía decir de Asturias, el tiempo era estupendo. Veían poco a Pelayo, que se había echado un ligue. Paula, les había dicho que se llamaba la chica, la había conocido en el náutico y era evidente que prefería la compañía de ésta a la de su hermana y la amiga. Aunque trató de alejar al mayor de los Inclán de sus pensamientos, no le resultó nada fácil.
A la menor oportunidad se sorprendía a sí misma pensando en él, en su maravillosa sonrisa, en su agradable y amena conversación, en sus caricias y sus besos… Cuando se quería dar cuenta, ya casi estaba suspirando por no tenerlo de nuevo junto a ella.
Así y todo disfrutó de aquellos días junto a su amiga, la que gracias a dios no insistió en hacerle preguntas sobre su hermano. No porque le molestara, simplemente porque ni ella misma conocía las muchas de las respuestas.

-¿Seguro que no quieres quedarte unos días más? –preguntó Marina mientras se despedía de Silvia en la estación de autobuses.
-No, mis padres cuentan conmigo en un par de días.
-Está bien –le dio un fuerte abrazo y un par de besos- te echaré de menos, tendré que conseguirme un ligue para no aburrirme –bromeó al separase de su amiga.
-¿Cuándo regresas a Madrid? –quiso saber Silvia a la vez que se movía en la cola que la acercaba a la puerta del autocar.
-A finales de mes, pero un par de días después me voy a Londres…
-Es verdad, lo había olvidado.
Ahora fue Silvia la que abrazó a Marina.
-Pásatelo muy bien y nos vemos cuando regreses en…
-Sobre mediados de noviembre.
-Pues hasta entonces. De todas formas mándame un correo de vez en cuando, para ver a cuantos ingleses te cepillas –esto último lo dijo en voz baja para no escandalizar a la señora que estaba delante de ella en la cola.
Con una sonrisa traviesa marina se separó de ella.
-Tranquila, te mantendré informada. Cuídate.
Era el turno de Silvia para subir al autocar.
-Y tú –fueron sus últimas palabras antes de subir y buscar su asiento.


Dejó la maleta en el suelo, junto a la puerta y pensó -¡Por fin en casa!
Aquellas semanas junto a sus padres habían resultado agradables.
Exceptuando un par de discusiones con su madre sobre su futuro laboral y la necesidad de que volviera a centrarse en las oposiciones. Por lo demás había sido maravilloso estar con ellos.

Y ahora que de nuevo estaba en casa, se sentía más llena de energía que nunca.
Aun faltaban un par de días para volver al trabajo, y decidió que lo primero sería poner en orden la casa, tras un mes vacía, el polvo se había acumulado en todos y cada uno de sus rincones. No era una maniática de la limpieza, pero le gustaban las cosas ordenadas y limpias.

Había decidido posponer la llamada a Alejandro.
No quería resultar demasiado ansiosa por volver a verlo, así que dejaría pasar unos días.
O eso intentaría, porque realmente se moría de ganas por volver a tenerlo frente a ella.

Durante aquellas semanas no había conseguido dejar de pensar en él.
Al final había tenido que rendirse a la evidencia de que Alejandro le gustaba muchísimo y no sólo por el hecho de que fuera guapísimo y un crack en la cama.
También habían pasado dos días maravillosos, donde charlaron y rieron, obviamente, la atracción que sentía por él no era simplemente física.
También era cierto, que dos días no servían para saber si entre ellos dos podría llegar a existir algo más, pero para empezar no estaba nada mal.

Durante esos dos últimos días de las vacaciones, mientras aspiraba, fregaba, ponía la lavadora y dejaba la casa de nuevo en perfecto estado, fueron muchas las veces que sintió la tentación de coger el teléfono y llamarlo.
Pero luego volvía a cambiar de opinión y seguía con la tarea.
Prefería llamarlo una vez que hubiera retomado el ritmo habitual en su vida, quizás así se sentiría menos nerviosa ante la expectativa de volver a encontrárselo.

Alejandro consultó la hora, tenía diez minutos antes de que comenzara la reunión y cerró la carpeta antes de ponerse en pie. Se acercó a la ventana y observó el ir y venir de la gente en la calle, pero sin prestarles demasiada atención. Su mente estaba ocupada en otros pensamientos.
Pensamientos e imágenes que no le habían abandonado ni un solo instante durante aquellas semanas de intenso trabajo, en que se había visto atrapado nada más llegar a la capital.
Imágenes de unos ojos oscuros y brillantes, chispeantes y expresivos, de una sonrisa maravillosa en ocasiones tierna y por momentos provocadora, de un cuerpo perfecto y escultural que encajaba a la perfección con el suyo.
Elevó la mirada al techo, cerró los ojos e inspiró profundamente.
-¿Por qué no le había pedido su teléfono?
Se había hecho aquella misma pregunta un millón de veces a lo largo de aquel mes.
Estaba seguro de que Silvia lo llamaría, pero estaba convencido que de haber tenido el número de la joven, no habría esperado a su regreso para llamarla.
No hubiera sido difícil conseguirlo, lo sabía. Una simple llamada a Marina, incluso a Pelayo, hubiera solucionado el problema. Pero no quería ser agonías, habían acordado que ella lo llamaría al regresar a Madrid y así sería la cosa. Por eso no había tratado de conseguir su teléfono, y porque hasta ese día había estado saturado de trabajo y tener aquel número en su poder le hubiera supuesto un motivo más de distracción y ya tenía suficiente con su recuerdo.

Convencido de que ese mismo día o el siguiente, como mucho, Silvia se pondría en contacto con él, cogió el dosier que había dejado sobre su escritorio y salió del despacho hacia la sala de reuniones.

Estacionó su magnífico Audi TT y se encaminó con paso firme hacia la dirección que había apuntado en su agenda. Valiosa información que su querida amiga Paula había logrado conseguir para ella.
Llevaba una semana en Madrid y no había logrado nada, aún.
Pero ese era el día, era el día en que su futuro se ponía en marcha, y aquel era el primer paso para conseguir su objetivo.

Empujó la pesada puerta de cristal que daba acceso al gimnasio.
Arrugó la nariz, nunca le habían gustado los gimnasios, ni su olor. No soportaba el sudor y mucho menos el ajeno.
Acercándose al mostrador de información preguntó sin rodeos.
-¿Estás libre Silvia la monitora de aerobic?
-¿Viene para apuntarse a su clase? –preguntó a su vez la sonriente muchacha tras el mostrador.
-No –fue la horrorizada respuesta de la mujer- He venido a hablar con ella, es… personal y muy importante.
Tras consultar algo en el ordenador la recepcionista comentó.
-Ahora está en mitad de una clase, pero puede esperar a que termine. Le pasaré el recado.
-Gracias. Esperaré fuera.

De nuevo en la calle, respiró con normalidad nuevamente, como odiaba aquellos lugares.
Encendió un cigarrillo y se paseó nerviosa por la acera.
Sabía que tenía que jugar bien sus cartas para poder ganar, y aunque aquel sólo era el primer paso, de él dependía el éxito de sus propósitos.

Tras veinte minutos y tres cigarrillos, vio aparecer en la puerta a una joven enfundada en unas mallas y empapada en sudor.
Sin vacilar se dirigió a ella.
-¿Silvia?
-Sí –respondió la otra- ¿Nos conocemos?
-Tú a mi no me conoces, pero a mí me han hablado de ti.
-¿Quién? –no entendía nada, ni quién era aquella mujer excesivamente maquillada, ni que quería de ella, ni por qué tanto misterio.
-Alejandro.
Aquel nombre captó toda la atención de Silvia.
-¿Alejandro? ¿Le ha ocurrido algo?
La mujer levantó la mano para impedir que Silvia comenzara a bombardearla con preguntas.
-¿Hay algún lugar donde podamos hablar, que no sea en mitad de la acera?
No tenía ni idea de lo que estaba pasando, pero aquella extraña no le daba buenas vibraciones, seguro que nada bueno saldría de aquel encuentro.
Se apartó de la puerta para dejarle paso a la morena de pelo perfectamente liso y señaló hacia una especie de despacho acristalado al fondo del pasillo.
Con paso decidido la desconocida se dirigió hacia el lugar indicado.
Silvia la siguió, Una vez dentro cerró la puerta a su espalda.
-Usted dirá.
-Creo que lo primero es presentarme.
-No estaría mal –pensó Silvia un poco irritada con aquella situación.
-Soy Alicia Zapico… -hizo una dramática pausa-… la prometida de Alejandro Inclán.
Extendió la mano para corroborar sus palabras, mostrando un anillo de compromiso.
Silvia se quedó muda de la impresión, miró el anillo para luego volver a mirara a la mujer.
-No sabía que estuviera prometido, yo…
-Lo sé, voy a ser clara con usted –hizo ademán de ir a sentarse, pero con un ligero gesto de repugnancia cambió de idea y permaneció en pie- Alejandro y yo llevamos varios años de relación.
-Tampoco tenía ni idea de que estuviera saliendo con nadie –cada vez estaba más sorprendida, aquello era tan absurdo, si Alejandro hubiera tenido pareja, se lo habría dicho y si no lo hubiera hecho él lo habrían hecho sus hermanos, sus amigos.
-Si deja de interrumpirme –cortó Alicia un tanto exasperada-No lo sabía porque Alejandro es una persona muy celosa de su vida privada y nuestra relación no era, digamos, oficial, por lo que su familia, aunque me conoce de toda la vida, no sabía aún que estábamos juntos. Hace un mes más o menos tuvimos una discusión, tonterías de pareja, y él se fue a pasar unos días a Asturias… donde te conoció a ti. Pero sucedió algo que lo hizo regresar a Madrid.
-Le llamaron del trabajo, algo importante –respondió Silvia, con la voz un tanto quebrada, aquello no podía estar pasando, algo no encajaba.
La risa estridente de Alicia llenó el pequeño despacho.
-¿Eso fue lo que te dijo? Lo siento preciosa, fui yo la que hizo esa llamada.
-NO te creo. Él me pidió que lo llamara a mi regreso –no, esa bruja estaba mintiendo, tenía que estar mintiendo.
-Sí, lo sé. También me lo dijo, pensó que tal vez sería divertido verte de vez en cuando, pero ha cambiado de opinión y por eso estoy yo aquí, para decirte que no lo llames.
-¿Y por qué no me lo dice el mismo? Me importa una mierda quien eres y lo que te haya mandado decirme, lo llamaré porque quiero que me lo diga personalmente y no mediante una mensajera –Silvia estaba comenzando a perder el control, no daba crédito a lo que estaba oyendo. No podía ser cierto que Alejandro fuera así de capullo, ¿tanto se había equivocado al juzgarlo?, pero estaba decidida a enfrentarlo y a que le confirmara todo aquello de frente, sin intermediarios.
-No te humilles más precios –el tono condescendiente de Alicia la dejó paralizada- Alejandro y yo estamos esperando un hijo y vamos a casarnos, eso no lo va a cambiar nadie y menos una monitora de aerobic –dijo a la vez que le dirigía una mirada de superioridad acompañada de una malévola sonrisa- Y si te ha quedado claro como están las cosas, me voy, no soporto estos lugares.

Sin más, pasó por delante de Silvia y abandonó el despacho.
Silvia e dejó caer pesadamente en una de las sillas que había en el cuarto.
Todavía estaba asimilando la noticia, un hijo, Alejandro y aquella odiosa mujer iban a tener un hijo.
Se sentía como una tonta, todas aquellas semanas albergando esperanzas de llegar a tener algo especial con aquel hombre, al que había considerado perfecto y ahora todo se desmoronaba ante su atónita mirada.
¿Cómo la había podido engañar de aquella manera?
Se pasó la mano por el pelo, aún húmedo por el sudor. Alicia tenía razón ¿para qué humillarse? No lo llamaría, ya sabía todo lo que necesitaba saber, no se comportaría como una histérica pidiendo explicaciones, seguiría con su vida y que él siguiera con la suya.

-¿Te encuentras bien Silvia? –preguntó María preocupada- No tienes buen aspecto y has dado la clase como sin ganas, sin energía.
-Estoy bien, gracias –trató de sonreír- simplemente un pequeño bache, pero se me pasará.
La mujer no insistió y se dirigió al vestuario con el resto de compañeras.

Esperó a quedarse sola y se sentó sobre la pila de colchonetas.
María tenía razón, la clase había sido un desastre, pero su cabeza había estado funcionando sin parar, impidiéndole concentrarse en el trabajo. Se sentía tan abatida, tan utilizada y tan tonta… todo hubiera sido diferente si él le hubiera dicho la verdad, ella lo habría entendido, se habían sentido atraídos sexualmente y hasta ahí, pero de esta manera ella se había hecho ilusiones, había fantaseado con la posibilidad de algo más. Y aquella estúpida de su novia… aún podía escuchar sus palabras…”y menos una monitora de aerobic”… por primera vez en su vida le habían hecho sentirse inferior, estaba claro que si Alejandro estaba con una persona como aquella mujer, no era el hombre que ella había imaginado.
Tal vez, después de todo, su madre tuviera razón.
Apagó las luces de la sala y se fue al vestuario ya vacio.

Día ocho, ya era día ocho y Silvia no había dado señales de vida. Le había prometido llamarlo ¿por qué no lo había hecho aún?

Los dos primeros días de septiembre, a causa del trabajo, no había pensado mucho en ello.
Contaba con la llamada, pero tal vez ella necesitara algo de tiempo para recuperar el ritmo normal de su vida tras las vacaciones.
Cuando pasaron cuatro días y aún no había llamado, se sintió irritado ¿a qué estaba esperando?
Dos días más tarde fue desilusión lo que dominó su estado de ánimo, había pensado que Silvia era especial, que era una mujer de principios, pero se había equivocado con ella.
Ahora, tras ocho días, lo que estaba era realmente preocupado, porque a pesar de todos los cambios de humor que había sufrido en esa semana, siempre había encontrado un motivo, una causa o una excusa para justificar a Silvia.
Tal vez hubiera perdido su número y aunque sabía para qué empresa trabajaba, quizás no quería molestarlo en el trabajo. Así, una tras otra habían ido surgiendo las teorías que día a día lo habían mantenido con la esperanza de que al final llamaría.
Pero ya no había excusas, era más de una semana, estaba totalmente convencido de que algo había sucedido.
Esa misma tarde pasaría por el gimnasio, si no quería volver a verlo tendría que decírselo a la cara, pero por lo menos saldría de dudas y se quedaría tranquilo sabiendo que nada malo le había pasado.

Miró hacia las mesas ocupadas, buscando a Alicia.
Que poco le apetecía comer con ella en esos momentos, pero le había resultado imposible rechazar la invitación.
La vio sentada, ojeando el menú, en una de las mesas del fondo.
Caminó despacio en su dirección y forzó una sonrisa cuando ella levantó la vista y lo vio acercarse.
-Alex cariño, llegas tarde… pero te perdono –todo aquello fue dicho con un tono de lo más empalagoso.
-Que considerada –no pudo evitar una ligera nota de sarcasmo, que Alicia pareció no percibir.
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Odiaba circular en cache por Madrid, pero aún no había tenido tiempo de volver por su moto.
Tardó en encontrar un sitio donde estacionar, pero tenía tiempo, sabía que Silvia nunca se iba del gimnasio antes de las diez y aún eran menos cuarto.
Se paseó de un lado a otro de la acera, prefería esperarla fuera, no quería entrar a molestarla en su lugar de trabajo.
Lo extraño era que no veía por ningún lado su Burgman.
Trató de no adelantar acontecimientos, podía haber mil motivos por los que la moto no estuviera aparcada en la calle del gimnasio.

Eran las diez y cuarto cuando las luces se apagaron y las dos últimas personas abandonaron el local, pero ninguna era Silvia.
Se acercó a la joven que estaba bajando la reja.
-Perdona. Podrías decirme si hace mucho que se ha ido Silvia.
-¿Silvia? –la muchacha lo miró como si se tratara de un bicho raro.
-Trabaja aquí ¿verdad? -¿se habría confundido de gimnasio? No, estaba seguro de que era aquel.
-Trabajaba –aclaró la joven.
-¿Cómo? ¿La han despedido? –no daba crédito.
-No, se ha ido ella hace más o menos una semana –explicó la joven.
-¿Qué sucede? –el hombre musculoso que había visto salir junto a la joven, había dado la vuelta, tal vez preocupado por la seguridad de su compañera.
-Pregunta por Sil.
-¿Son amigos? –interrogó el musculitos mirando de arriba abajo a Alejandro.
-Sí –consideró que no tenía que ofrecer ningún tipo de explicación, pero lo hizo- Es amiga de la familia, tenía que haberme llamado y como no lo ha hecho me he preocupado.
-Se ha ido.
-Ya, eso ha dicho su compañera.-No me ha entendido, se ha ido de Madrid.
Alejandro frunció el ceño, estaba comenzando a perder la paciencia con todo aquello y con aquellos dos, por qué no le decían de una vez lo que sabían y se dejaban de cuentos.
Se mesó el cabello a la vez que preguntaba -¿Y donde se ha ido y por qué?
-Creo que ha vuelto a Málaga –ahora fue la chica la que habló- comentó algo acerca de preparar de nuevo la oposición.
-¿Se ha ido a Málaga a preparar la oposición? –preguntó incrédulo- Pero le encanta su trabajo.
La joven se encogió de hombros.
-Es todo lo que se, a todos nos sorprendió su decisión.
Estaba claro que allí no iba a averiguar nada más.
-Gracias.
-De nada –respondió la joven alejándose junto al musculitos.

Mil preguntas se agolpaban en su cabeza, no terminaba de asimilar la escasa información que le habían dado.
Era tan repentino, tan absurdo, tenía que haber algo más ¿pero el qué?
-Marina –dijo en un susurro, a la vez que ponía en marcha el motor de su Volvo V70.
Seguramente su hermana sabría explicarle que estaba sucediendo.
Le apetecía darse de cabezazos, tenía que haber seguido el impulso de pedirle el teléfono de Silvia a uno de sus hermanos o haber pasado por el gimnasio uno de los primeros días de ese mes y seguramente la habría encontrado todavía allí.
-¿Por qué te has ido Silvia? ¿Por qué no has llamado?

Un mal presentimiento se había ido apoderando de sus pensamientos, provocándole una sensación de angustia muy desagradable para un hombre como él, siempre tan seguro de sí mismo.

-¿Sí?
-Marina, soy Alejandro.
-Hola hermanito, que raro que me llames ¿ha pasado algo?
-No lo sé, dímelo tú.
-¿De qué estás hablando? –Marina se extrañó ante la actitud de su hermano mayor.
-Silvia, ¿por qué ha vuelto a Málaga? –le espetó sin rodeos.
-¿Qué Silvia ha vuelto a Málaga? No tenía ni idea. Apenas hemos mantenido contacto desde que se fue de Asturias. Le he mandado algún correo, pero no me ha contestado… ¿de dónde has sacado eso de que ha vuelto a Málaga?
-Tenía que haberme llamado…
-Lo sé, nos lo comentó cuando te fuiste, la había notado muy ilusionada.
-No lo hizo…y por eso me pasé a buscarla por el gimnasio. Allí fue donde me dijeron que se había ido.
Se frotó la frente, tratando de despejar la cabeza que comenzaba a sentir embotada.
-Es muy extraño, tiene que haber pasado algo… -ahora Marina también se veía preocupada.
-Eso he pensado, pero me han dicho algo sobre que iba a retomar la preparación de la oposición.
-Tiene sentido –reflexionó Marina- su madre siempre le ha insistido a ese respecto, lo que no termino de entender es por qué se ha ido a casa de sus padres y por qué no te ha llamado, la conozco bien y sé que debería haberlo hecho.
-Eso suponía ¿Trataras de ponerte en contacto con ella y de averiguar algo?
-Sí, aunque si de verdad ha vuelto a casa de sus padres la cosa se pone difícil, no tienen conexión de internet, tan sólo se conecta cuando baja de la sierra.
-De todas formas inténtalo y me cuentas lo que sea.
-De acuerdo –hizo una pausa- ¿Estas preocupado?
-Sí –para que mentir.
-Bueno, seguro que todo tiene una explicación. Te mantendré informado.
-Gracias.

Alicia se sirvió una copa de vino, salió a la terraza y observó el tráfico que discurría a esas horas por Gran Vía. La noche era agradable, la temperatura perfecta y ella se sentía feliz.
Le había costado varios días, pero al final Alejandro, había accedido a comer con ella. Lo había notado un tanto distante, preocupado, seguramente algún asunto del trabajo que le rondaba la cabeza. Pero por lo demás había sido una comida de lo más agradable, se sentía tan a gusto al lado de este hombre, era tan guapo y destilaba clase por todos sus poros, a su lado se sentía importante, estaba segura de que formaban una pareja maravillosos.
Ahora llegaba el tercer paso… sus padres. Sabía que en unos días regresarían a la ciudad y tan sólo tendría que hacerse la encontradiza con ellos, estaba segura de que Margarita, la madre, insistiría en hacer una cena familiar para celebrar su traslado a la capital.
Luego un par de pasitos más y Alejandro sería suyo.
Sintió deseos de reír, anticipándose a su triunfo, en su lugar levantó la copa hacia la ciudad que se extendía frente a ella a modo de brindis y luego bebió un largo sorbo.
Estaba segura de conseguirlo, nada podía salir mal, llevaba años esperando aquella oportunidad y nadie podría impedir que consiguiera al hombre que quería.

Han pasado dos meses y medio y nada –pensó Alejandro.
Marina había tratado, inútilmente, de localizar a Silvia. Su teléfono móvil estaba siempre apagado y no respondía a los correos electrónicos. Era realmente extraño.
En esos momentos, Alejandro se dejaba llevar, sobre todo, por la curiosidad y la necesidad de descubrir que había sucedido para que aquella chica hubiera desaparecido así, sin más.
Aunque tenía bastante claro que si algún día volvía a tener frente a él a Silvia, la lujuria volvería a avivarse, estaba seguro de ello, al igual que el interés por ella, aunque en esos momentos aquellos sentimientos permanecían aletargados en algún rincón, esperando… esperándola a ella.
-Alejandro cariño –Margarita elevó un poco el tono al ver que su hijo no respondía.
-Disculpa, estaba distraído.
Le ofreció a su madre una sonrisa a modo de disculpa.
-Te preguntaba si vas a tomar postre.
-No gracias.
-Yo tampoco, Margarita –la voz estudiadamente melosa de Alicia le hizo volver, definitivamente, a la realidad.
Aquella joven se había vuelto una especie de pesadilla para Alejandro.
Encuentros casuales, citas inevitables para comer y ahora hasta su madre la sentaba a su mesa.
Levantó la vista y se topó con la sonrisa divertida de Pelayo, al que fulminó con la mirada. Él no le encontraba la gracia por ningún lado.
-¿Cuándo regresa Marina de Londres?
Preguntó, sabía que estaba a punto de volver, pero no sabía qué día en concreto. Hacía días que no hablaba con ella.
-Pasado mañana –fue Pelayo el que le respondió.
Alejandro asintió sin hacer más comentarios. Sabía que no tendría nada nuevo que contarle, pero no había perdido la esperanza de que en esos días hubiera podido localizar a Silvia.

-Me han hablado muy bien de un local que hay cerca de aquí, creo que preparan unos cafés estupendos –señaló Alicia con su repelente tono de voz- Podríamos ir todos y tomar el café allí. Yo invito.
-Creo que para nosotros ya es un poco tarde –dijo Margarita en tono amable- te lo agradezco de todas formas Alicia. Pero podéis ir vosotros…
-Lo siento, yo tampoco puedo, mañana tengo una reunión muy importante y no quiero acostarme tarde.
Aclaró rápidamente Alejandro a la vez que lanzaba una mirada de aviso a su madre para que no insistiera.
-Que chico tan responsable –respondió Alicia son borrar la sonrisa de su cara, consiguiendo disimular el fastidio que le provocaba la negativa de Alejandro.
Atraparlo le estaba resultando más difícil de lo que había pensado, pero había esperado muchos años, para darse por vencida en ese momento.
-Yo me apunto a ese café y luego te acerco a casa si quieres –dijo Pelayo.
No le apetecía ir a ningún sitio con el inmaduro de Pelayo, pero ahora no podía negarse, la idea había sido suya.
-Genial, pues cuando quieras nos vamos.
Después de todo no era tan mala idea, tal vez Pelayo pudiera servirle de ayuda y darle alguna información sobre Alejandro, que podría utilizar en beneficio propio, no sería la primera vez que, sin él saberlo, había ayudado a su causa. Pensó sonriendo, mientras se despedía de la familia Inclán.

Alejandro ayudó a su madre a recoger los platos que aún quedaban en la mesa.
-¿Por qué insistes en ponerme ante las narices a Alicia?
-Yo no hago tal cosa –se defendió la mujer.
-Vamos mamá, desde que está en Madrid ya has organizado tres cenas y me has obligado, prácticamente a quedar con ella para comer otras tantas veces –le irritaba sobre manera que trataran de manipularlo, aunque fuera su madre.
-Pobre chica, apenas conoce a nadie en Madrid y es amiga de la familia –Alejandro iba a replicar, pero Margarita continuó- Además, siempre he creído que formaríais una pareja estupenda, es buena chica, muy guapa y se nota que está loca por ti.
-En algo tienes razón… un poco loca sí que está –dijo de mal humor ante el comentario de su madre- No trates de emparejarme con ella, no me gusta, nunca me ha gustado y creo que ya soy bastante mayor para buscarme pareja solito, no necesito tu ayuda, te lo aseguro.
-Bueno, no creo que te estés molestando mucho en buscar una.
El padre de Alejandro, anticipándose a la réplica de su hijo y sabiendo como terminaría aquello si no lo paraba en aquel momento, se levantó y abrazó a su mujer a la vez que lanzaba una mirada a su hijo para que no continuara con la discusión.
-Marga, tesoro. Deja al chico tranquilo, estoy seguro de que sabe apañárselas muy bien solo.
-Pero es que… -trató de protestar su esposa.
-“Pero es que…” nada. Nunca nos hemos inmiscuido en la vida privada de nuestros hijos y no vamos a comenzar a hacerlo ahora.
-Tienes razón –reconoció a regañadientes- pero esta chica me parece tan mona.
Alejandro puso los ojos en blanco y acercándose a la pareja besó a su madre en la mejilla y abrazó ligeramente a su padre.
-Me voy, mañana tengo que madrugar. Gracias por la cena.

Era temprano y la biblioteca, a aquellas horas, estaba casi vacía.
Sentada en una de las mesas, ya había dispuesto todo para comenzar a estudiar. Pero ese día se sentía sin ánimo para hacerlo. Tras dos meses y medio en Málaga, se moría por regresar a Madrid, a su casa, a su vida.
Había pensado que alejándose una temporada, podría centrarse en los estudios y más concretamente olvidarse de Alejandro y de la despreciable forma en que se había deshecho de ella.
Pero no había dado resultado, por lo menos en  lo referente a la última parte del plan.
Aunque tenía que reconocer que había estudiado más en esos dos meses que en los últimos años, era lo único bueno de aquella maldita situación.

Porque muy a su pesar, Alejandro, seguía siendo una asignatura pendiente, aún sentía aquella espina clavada en el corazón y había llegado a la conclusión de que tarde o temprano tendría que arrancársela y para ello, la única solución, era enfrentarlo y decirle a la cara todo lo que debería haberle dicho en su momento y que no dijo.

Mientras esos pensamientos rondaban por su cabeza, encendió el portátil.
Antes de conectar el Messenger ya sabía lo que se iba a encontrar.
La pobre Marina e había enviado cientos de correos pidiéndole una explicación. No entendía por qué había desaparecido de aquella manera, ni por qué no contestaba a sus correos.
Pero, ¿qué le iba a responder?...”Perdona, pero me he ido de Madrid porque el capullo de tu hermano me envió a la estirada de su prometida y futura madre de su hijo, para decirme que no le llamara. Lo que me hizo sentir tan humillada que no vi más solución que desaparecer…”

Suspiró frustrada, todo aquello se le había ido de las manos.
Tarde o temprano regresaría y tendría que enfrentarse a su amiga, si es que a esas alturas seguía siéndolo.
Como había imaginado, otro correo de Marina la estaba esperando.
“Sigo sin recibir respuesta, pero no pierdo la esperanza. Sé que algo muy fuerte te ha tenido que suceder para que hayas desaparecido (sé que esto te lo digo siempre).
Por favor Sil, tan sólo quiero saber si estás bien, simplemente eso.
Mañana regreso a Madrid, no sé si tú ya has regresado, si lo has hecho me encantaría verte.
Te echo de menos.
Un beso.   

Sintió un nudo en la garganta, ella también la extrañaba enormemente, en esos momentos no entendía muy bien por qué se había aislado de aquella manera.
Marina era su amiga y que fuera la hermana de Alejandro era un detalle sin importancia, ya que lo que hubiera pasado entre ellos no modificaba para nada el cariño que sentía la una por la otra.
Silenciosamente le agradeció que no mencionara, por una vez, a su hermano. Siempre, en todos y cada uno de los correos, había hecho mención a lo preocupado que estaba Alejando por su desaparición.
Preocupación, por otro lado, que Silvia no entendía. Pero aquello había sido lo que la había mantenido callada, no quería que él supiera lo mal que lo había pasado por la poca delicadeza con la que había dado carpetazo lo que había sucedido entre ellos.
Pero aquel correo y las terribles ganas de recuperara su vida, la hicieron reaccionar.
Tecleó a toda velocidad la respuesta.

“Yo también regreso a Madrid. Te pido por favor no se lo digas a nadie… A NADIE.
Te lo explicaré todo.
También te echo de menos.
Lo siento… un beso.

    Silvia”

Contuvo el aire en sus pulmones unos segundos antes de pulsar la tecla de envío, lo expulsó en forma de suspiro cuando por fin lo envió.
Hacía menos de una hora que había llegado a la biblioteca, pero recogió sus cosas con decisión y salió del edificio.
¡Volvía a casa!

 

-No Alicia –hizo una señal a Marina para que entrara- de verdad que no puedo, este fin de semana ya tengo planes.
Cerró los ojos y se los masajeó con el pulgar y el índice de la mano que tenía libre.
Con la otra sostenía el teléfono, y escuchaba, desesperado la interminable charla de Alicia y su infinita insistencia por organizar actividades en las que incluirlo a él.
-Mira… -trató de hablar pero Alicia no le daba pie para intervenir y así evitar que la interrumpiera.
Al final de mal humor y levantando ligeramente el tono la cortó.
-¡Alicia!, tengo trabajo. Ya te he dicho infinidad de veces que no me llames a la oficina. Así que con tu permiso o sin él –puntualizó- voy a colgar.
Marina miraba sorprendida, desde el otro lado de la gran mesa de cristal, a su hermano que parecía a punto de echar humo por las orejas.
-¿Alicia? ¿Alicia Zapico?
Con sus preciosos ojos azules, tan parecidos a los de Alejandro, abiertos como platos esperaba la respuesta de su hermano.
-Sí, es insufrible. Desde que ha llegado a Madrid no ha dejado de acosarme y no te lo pierdas –se pasó las manos por el cabello con gesto cansado- nuestras madre la ha estado alentando.
-¿En serio? –ahora sí que estaba sorprendida.
-Increíble, pero cierto, le parece tan mona –dijo tratando de imitar la dulce voz de su madre.
Marina estalló en una carcajada, n tanto por la penosa imitación de su hermano, sino por el hecho de verlo asediado por las dos mujeres.
-Esta chica es más tonta de lo que parece si por un momento ha llegado a pensar que no me daría cuenta de sus intenciones –dijo totalmente serio, ignorando la risa de su hermana.
-¿Estás diciéndome, en serio, que Alicia está tratando de cazarte? –de nuevo sintió ganas de reír a carcajadas, se contuvo a duras penas para no seguir provocando a su ya mal humorado hermano mayor- Entonces tengo que darte la razón, es más tonta, aún, de lo que parece. ¿Y qué quería?
-Organizar una salida a la sierra para el fin de semana, o algo por el estilo, la verdad, tampoco le he prestado demasiada atención.
-Y eso de que ya tienes planes…
-ES cierto –se recostó contra el amplio respaldo del sillón de piel negro que ocupaba tras la mesa- me voy a Asturias. Tengo que traer la moto.
-¿Aún no has ido a por ella? –eso sí que era una sorpresa, su hermano separado de su moto por más d dos meses, inaudito.
-He estado muy ocupado.
Marina creyó percibir un cierto toque evasivo en la respuesta de Alejandro, pero no le dio mayor importancia.

Temía hacer la pregunta, sabía de antemano cuál sería la respuesta, pero igualmente preguntó.
-¿Has sabido algo?
Su serio semblante no le permitió adivinar ninguna de las emociones que se ocultaban tras él.
Silvia le había pedido que no dijera nada de su regreso y no lo haría, pero no podía permitir que Alejandro continuara preocupado por ella, por lo que trató de buscar las palabras adecuadas para no traicionar la confianza de su amiga y poder aliviar en lo posible la angustia de Alejandro.
-Ha respondido mi último correo.
Los ojos azules, indiferentes hasta aquel momento, brillaron expectantes ante aquel significativo dato, aunque en su rostro no se había movido ni un solo músculo.
No esperó a que la interrogara.
-No me ha dicho gran cosa. Simplemente que está bien y que me lo explicará todo –hizo una pequeña pausa- y que lo sentía.

Alejandro continuaba mirándola inexpresivo, asimilando la información que Marina acababa de compartir con él.
No era mucho, pero sintió como si un gran peso fuera expulsado de su pecho, cómo si hasta ese momento una pesada losa lo hubiera estado aplastando, impidiéndole respirar con normalidad.
-¿Nada más? –una ligera nota de irritación apareció en la pregunta. Ahora que podía respirar nuevamente tranquilo, al saber que nada malo parecía haber pasado, sentía que necesitaba, que quería una explicación de inmediato.
-Lo siento –fue la ambigua respuesta de Marina. No le gustaba mentir y con una negativa más directa hubiera faltado a la verdad, ya que sabía que Silvia regresaría al día siguiente.
Esa misma mañana había recibido un correo en el que simplemente aparecía la fecha de llegada. Estaba convencida de que Silvia la llamaría y aclararía todo aquel embrollo de una vez, no la creía capaz de haber montado todo aquel numerito por una tontería o un capricho. Pero mientras tanto prefería mantener la boca cerrada.

-Bien, es un poco –dijo poniéndose de pie, era evidente que se sentía decepcionado, que había esperado más- ¿Nos vamos a comer?
Marina también se puso en pie y siguió a su hermano que la esperaba junto a la puerta.

Miró el reloj, Marina era una persona impuntual por naturaleza, pero no podía evitar ponerse nerviosa ante el retraso de su amiga.
-¿Y si está tan enfadada que ha decidido no venir? –pensó angustiada- No Marina se lo hubiera dicho.

Aquella mañana la había llamado por teléfono. Habían acordado encontrarse esa misma tarde. Quizás hubiera sido mejor quedar en su casa, en lugar de en aquella cafetería.
No le dio tiempo pensar en nada más, en ese preciso instante Marina entraba en el local y la buscaba con la mirada.
Se puso en pie y la atractiva rubia la vio de inmediato.
Con paso decidido se dirigió hacia la mesa, donde, con el corazón en un puño esperando su reacción, aguardaba Silvia.
La respuesta no se hizo esperar, porque la joven la estrechó entre sus brazos nada más llegar a su lado.
Permanecieron así, fuertemente abrazadas durante unos minutos.
Fue la misma Marina la que se separó y la miró de arriba abajo.
-Estás estupenda –no la dejó pronunciar ni una palabra, porque fue ella la que continuó hablando- Y ahora, si no quieres que te estrangule, ya puedes comenzar a soltar por esa boquita de piñón, todos los detalles de esta misteriosa desaparición.

Aunque el tono de su voz, era ligero y su expresión relajada, Silvia la conocía lo suficiente para saber que estaba hablando muy en serio.
Pidieron un par de cafés y se sentaron a la mesa donde Silvia la había estado esperando.
-Bueno no hay mucho que contar…
-Yo creo que sí, pero no voy a atosigarse con preguntas, aún.
Su gesto fue más que elocuente y Silvia tomó aire antes de comenzar con las explicaciones.
Aunque estaba segura de que todo sería fácil de entender en el momento que le hablara de la prometida, tal vez ya, la mujer de Alejandro.
Silvia trató de no dar demasiados rodeos y explicar de forma clara los hechos. A medida que hablaba podía ver las diferentes emociones que el rostro de Marina, que permanecía en silencio escuchando su historia, iba reflejando.
-Y eso es todo, sé que no debería haber reaccionado de esa manera, pero en aquel momento…
-No doy crédito a lo que me has contado –sus emociones parecían estar siendo agitadas dentro de una coctelera y no sabía muy bien cual exteriorizar.
No sabía si reír, por lo absurdo de todo aquel asunto, si mostrarse irritada con su amiga por haber sido tan crédula y no haber tratado de aclarar las cosas personalmente con Alejandro o dejar brotar el instinto asesino que crecía dentro de ella y buscar a Alicia para darle la paliza que se merecía por manipular la vida de las personas de una manera tan despiadada y repugnante y todo para tratar de conseguir algo que nunca estaría a su alcance, Alejandro.
-Te prometo que es verdad…
-Ya lo sé, no me refería a eso –una lucecita se encendió en su cabeza- ¿Qué día es?
-Viernes –respondió Silvia sorprendida sin entender aquella salida de Marina.
-Bien, vámonos –dejó el importe de los cafés sobre la mesa y literalmente arrastró a Silvia fuera de la cafetería.
-¿Qué luces? ¿Te has vuelto loca?
-No hay tiempo, te lo explicaré todo camino del aeropuerto.
Tan sólo tienes tiempo para coger un par de bragas y un gersey.
Silvia se plantó en medio de la acera, negándose a seguir sin saber que pretendía que hacer eso? Si se puede saber.
Exasperada, Marina, volvió a tomarla del brazo y la hizo caminar.
-Te he dicho que no podemos perder tiempo. Ahora te lo explico todo.

No estaba muy segura de que la idea de marina fuera la más acertada. No después de que ésta le hubiera contado que todo había sido una gran mentira urdida por aquella loca, para atrapar a Alejandro.
De alguna manera se había enterado de que entre ellos había algo o existía esa posibilidad y decidió deshacerse de la rival que le impediría alcanzar sus propósitos.

Y ahora ella se sentía como una idiota por haber salido corriendo, por no haber seguido el primer impulso de llamar a Alejandro para pedirle explicaciones. Que diferente hubiera resultado todo de haber actuado de otra manera…
Pero ya no había remedio, los hechos eran aquellos y tendría que afrontarlos.
Darle una explicación y ofrecerle una disculpa, si después de todo no quería saber más de ella, lo entendería.

Se bajó del taxi y caminó indecisa, por el camino de acceso a la casa.
Estar allí de nuevo hacia resurgir dentro de ella todos los recuerdos y sensaciones que durante aquellos meses había tratado, inútilmente, de eliminar.
Pero eso no le infundía más valor para enfrentarse a Alejandro.
La casa parecía vacía, no se veía ninguna luz encendida.
Una duda la asaltó de repente ¿y si ya se había ido?
No había timbre, por lo que dio unos golpes sobre la madera de la puerta, con los nudillos y esperó.
Nada.
Repitió la operación, esta vez un poco más fuerte, quizás la primera vez había sido demasiado suave y si él estaba en la planta de arriba no la habría oído.
Seguía sin haber repuesta.
Se acercó a la ventana de la cocina y escudriñó el interior por encima de la cortina.
Respiró un poco más aliviada al descubrir una cazadora colgada del respaldo de una de las sillas.
Marina la había asegurado que Alejandro pasaría el fin de semana en Santa María del Mar.
Estaba convencida de que era el lugar y el momento idóneo para que aclararan las cosas. Por eso la había llevado, a la carrera, hasta su casa y después al aeropuerto.
No le había dejado tiempo para pensar, y ahora se encontraba ante la casa, sin saber qué hacer.
Era evidente que tendría que esperar a que Alejandro regresara y esperaba, por su bien, que no tardara en hacerlo.

Paseó la mirada a su alrededor y finalmente se le ocurrió una idea. Sacó del bolso una libretita que siempre llevaba con ella y un bolígrafo.
Escribió rápidamente una nota, que introdujo entre la puerta y el marco de ésta.
Esperaba que una ráfaga de aire no la hiciera salir volando.
Comprobó, por última vez, que estuviera bien sujeta y abandonó la finca.


Estaba oscureciendo cuando Alejandro regresó a casa.
Guardó la moto en el garaje, con las llaves en la mano, se disponía a abrir la puerta de la casa cuando algo llamó su atención.
Parecía una nota.
¿Había sucedido algo en las horas que había estado fuera y algún vecino la habría dejado allí?

-¿Qué demonios…? –sus pensamientos se interrumpieron en seco y su corazón golpeó con fuerza dentro del pecho, al descubrir la firma y comprender su significado.
Tras unos segundos de sorpresa, volvió a leer lo que decía el papel.

“Te espero a la orilla del mar.
               Silvia”
Estaba oscureciendo, ya casi no había luz y hacía frío. De pronto algo en su interior se removió, fue como un presentimiento, como un aviso.
Alzó la vista y lo vio.
Era él, estaba segura.
De pie, parado, mirando hacia ella. Se sintió pequeña ante la imponente imagen que él ofrecía, no podía apreciar la expresión de su cara por la falta de luz y la distancia, pero podía distinguir como la brisa le revolvía los cabellos. Aun llevaba la cazadora de la moto, lo que le hacía parecer más fuerte todavía a causa de las protecciones de los hombros. La imaginación de Silvia voló desbocada, se lo imaginó como a un fiero guerrero que regresa de la batalla.
Lo que no tenía tan claro era si regresaba por su amada o clamando venganza.

Era absurdo alargar aquella situación, iba a levantarse, pero él se anticipó a sus movimientos y comenzó a descender hacia la playa por el camino entre las rocas que la bordeaban.
Silvia, igualmente, se incorporó para esperarlo en pie.

Ya estaban uno frente al otro, pero ninguno de ellos hablaba.
Tan solo se miraban, perdiéndose, cada uno, en la profundidad de los ojos del otro.
-Estaba allí, no es un sueño –pensó Alejandro.
Arto de no seguir sus impulsos, de no hacer caso de su instinto, se acercó a ella, la atrapó en un posesivo abrazo y se apoderó de sus labios.
Ya habría tiempo, más tarde, para las explicaciones.
Silvia reaccionó al instante y echándole los brazos al cuello, respondió al beso con la misma pasión y al misma necesidad que percibía en él.
Era la necesidad surgida de una larga espera, de una larga lista de dudas, miedos y reproches.
Dios, que agradable era volver a sentir aquellas fuertes manos sobre su cuerpo, y poder volver a saborear aquella boca, mientras las lenguas se retorcían y se enroscaban una en la otra con desesperación, con urgencia.
Parecía que ninguno tenía prisa por abandonar la boca del otro, dejándose arrastrar por el placer que aquello los producía a ambos.
Finalmente fue Alejandro, el que sin demasiado entusiasmo puso fin al apasionado beso.
-¿Tenías pensado pasar aquí la noche? –preguntó a escasa distancia de sus labios.
-No, contaba con que vinieras a por mí.
Alejandro escrutó los oscuros ojos de la joven, pero la falta de luz le impidió ver algo dentro de ellos.
-Vamos –sin soltarla recogió la pequeña maleta que había llevado con ella y la condujo de vuelta a la casa.
-¿Qué habrías hecho si no hubiera aparecido? –quiso saber mientras caminaban por el empinado prado.
-Me habría ido al hotel –comentó encogiéndose de hombros.
-Lo tenías todo pensado, chica lista.
-Alejandro, yo…
Trato de hablar, pero él la silenció posando uno de sus dedos sobre sus labios.
-Más tarde. Ahora tengo en mente otras cosas más excitantes que las explicaciones que tendrás que darme por haberme tenido todo este tiempo esperando por tu llamada.
Ella trató de protestar, pero desistió de hacerlo cuando sus labios volvieron a sentirse prisioneros de los de él y la impetuosa lengua la invadía, demostrando, de esa manera, que no bromeaba al afirmar que lo que tenía en mente no eran precisamente los motivos por los que había desaparecido sin más.

Esta vez no se quedaron en la habitación de invitados. Subieron las escaleras, donde fueron quedando tiradas la mayor parte de las prendas de las que se iban desprendiendo, camino del cuarto de Alejandro.
Si la primera vez que habían estado juntos, había resultado una experiencia brutal, en aquella ocasión, le faltaban las palabras para describir lo que acababan de compartir.

Agotados, totalmente empapados en sudor y satisfechos, por el momento, se dejaron caer de espaldas sobre el colchón, el uno junto al otro.
-Debes de tener hambre –dijo volviendo la cabeza hacia ella.
-La verdad es que sí. El ejercicio siempre me abre el apetito –bromeó.
-De acuerdo, os damos una ducha y cenamos –dijo poniéndose en pie y tendiéndole la mano- Espera.
Entró en el cuarto de Marina y salió con un albornoz para Silvia, que ya lo esperaba en el pasillo.
-La casa está fría en esta época del año y no he encendido la calefacción.
Regresó a su habitación y salió con otro albornoz, para él, colgando del hombro.
No había ninguna duda, era ella y estaba allí.
Salió disparado hacia el camino trasero que conducía a la playa.
No tardó mucho en localizarla. La tarde estaba cayendo y no había demasiada luz, pero allí estaba, sentada sobre la arena, abrazándose las rodillas y contemplando el mar embravecido.
Sintió el impulso de volver a correr, pero sin saber muy bien por qué, continuó donde estaba, observándola, temiendo, quizás, que aquello tan solo fuera obra de su imaginación.

Silvia estaba empezando a perder la esperanza de que Alejandro apareciera.
Cabía la posibilidad de que no regresara a casa esa noche, entonces ella tendría que alojarse en el hotel, por lo menos durante una noche.

Tras una divertida y calentita ducha compartida, se fueron a la cocina.
Improvisaron la cena con lo que encontraron y se sentaron a la mesa.

-Y ahora –elevó las cejas y se llevó las manos tras las orejas, tratando de mostrarse desenfadado, aunque los dos sabían que había llegado el delicado momento de las explicaciones- Soy todo oídos.
-Quiero que me prometas que no te enfadarás demasiado conmigo por ser una tonta y no haber confiado en ti.
Alejandro frunció el ceño.
¿Había hecho algo que la había llevado a no confiar en él?
Estaba seguro de que no.
-De acuerdo –fue una respuesta un tanto recelosa, comenzaba a sospechar que lo que vendría a continuación no le resultaría del todo agradable.

Desde el momento en que el nombre de Alicia salió a relucir, la mandíbula de Alejandro permaneció firmemente apretada.
Silvia era consciente de ello, pero terminó de explicarse sin hacer ni una sola interrupción.
Tras unos segundos de silencio, una vez Silvia terminó su discurso, Alejandro respiró hondo y parecía estar contando hasta diez para no ponerse a dar voces.
-Desde que esa mujer se ha mudado a Madrid, mi vida ha sido una pesadilla –dijo sin aflojar aún la mandíbula- pero si hubiera descubierto que la causante de todo esta embrollo había sido ella, la habría matado.
-Alejandro –le tocó cariñosamente el brazo- no merece la pena que te hagas mala sangre por ella.
-Hemos perdido meses, podríamos haber perdido mucho más por su culpa.
-Pero ya ha pasado, lo hemos aclarado y tenemos todo el tiempo del mundo para recuperar estos dos meses perdidos.
Dijo con aquella traviesa sonrisa en los labios que le parecía tan provocadora.
-Y medio –puntualizó- y no me sonrías de esa manera o cuando nos pongamos a comer ya será la hora de desayunar –amenazó sonriendo a su vez, más relajado.

Envuelta en el albornoz se sentó sobre su regazo y acercándole a la boca un biscote untado en paté dijo- Tengo demasiada hambre para dejarme tentar, pero prepárate, en cuanto recargue las pilas te voy a demostrar cómo se recupera el tiempo perdido.
Terminó de masticar el bocado que Silvia le había ofrecido y sonrió encantado.
La rodeó con los brazos y la acercó más a él.
-Estoy deseando terminar con la cena.
Silvia volvió a introducirle en la boca otra tostadita con paté, a la vez que tomaba otra para ella.
-Lo que todavía no termino de explicarme –bebió un sorbo de vino- es cómo pudiste pensar que yo sería capaz de actuar de esa manera tan…
-Lo sé y mil veces me hice la misma pregunta, pero todo encajaba también que no pude negar la evidencia y terminé por creerme que eras un capullo intregral.
Elevó una ceja ante el calificativo de la joven.
-Sí, la verdad es que Alicia parecía tenerlo todo muy bien planeado.
Mientras hablaba, le ofreció un pedazo del queso que había cogido para él.
-Por eso me resultó tan creíble, incluso sabía que te habían llamado para que regresaras y eso sólo lo sabíamos tus hermanos y yo.
-Y está claro que ninguno de mis hermanos… -Silvia se quedó con la boca abierta a la espera de otro trocito de queso que nunca llegó.
-¿Cómo se llamaba la chica con la que Pelayo estuvo saliendo cuando me fui?
-No sé, no recuerdo, era algo así como Paloma o… Paula, eso es –dijo orgullosa de su memoria- se llamaba Paula ¿por qué?
Cogió ella misma otro trozo de queso.
-¿Qué tiene eso que ver con Alicia?
-Cómo no me habré dado cuenta antes, todo encaja –estaba claro que a pesar de tenerla sentada sobre sus piernas, parecía haberse olvidado de ella.
-Vas a decirme que es lo que encaja o tendré que adivinarlo.
Alejandro le dedicó una mirada de satisfacción a la vez que contestaba.
-Paula Valle es amiga íntima de Alicia, son uña y carne. Me apuesto la moto a que Alicia aprovechó el hecho de que Paula se ligó a mi hermano para que le consiguiera información.
-Suena demasiado retorcido –meneó la cabeza poco convencida de la teoría de Alejandro.
-Viniendo de esas dos víboras, no me extrañaría que incluso Alicia le hubiera pedido a Paula que se liara con Pelayo tan sólo para ver de que se podía enterar.
-Entonces, está más loca de lo que había imaginado.
-Sí, estoy empezando a darme cuenta de que realmente tiene un serio problema.
Silvia dio un trago de la copa de vino que también estaban compartiendo.
Que a gusto se sentía, así, en los brazos de aquel hombre, y compartiendo comida y bebida, como si llevaran toda la vida juntos, era una sensación maravillosa.
-¿Todavía tienes hambre? –le preguntó arrebatándole la copa de la mano y bebió también él.
-No –lo miró intrigada.
-Perfecto.
Y diciendo aquello se levantó de la silla con ella entre sus brazos.
-Ahora, señorita, usted tiene algo que demostrarme, si no recuerdo mal.
Frunció ligeramente el ceño sin entender las palabras del joven. Pero no tardó en captar el significado de sus palabras una vez que, camino del piso de arriba en sus brazos, recordó sus propias palabras.
Una sonora carcajada brotó de su garganta.
-¿No pretenderás subir las escaleras conmigo en brazos? –preguntó aún entre risas.
-¿No me crees capaz? –se picó él.
-Sí, pero creo que son demasiado estrechas.
El las miró desde abajo y no le quedó más remedio que reconocer que ella tenía razón. Sus padres habían cambiado y mejorado muchas cosas en aquella vieja casa, pero habían mantenido la estructura original, y el camino para llegar a la planta superior no era más que una especie de estrecho pasillo con escaleras.
La depositó de nuevo en el suelo y dándole una palmada en el trasero dijo- También podría cargarte sobre mi hombro.
-Ni lo sueñes –dijo entre risas a la vez que corría escaleras arriba.
Alejandro la alcanzó antes de llegar a los últimos peldaños y allí mismo se apoderó de su boca.

Besar a aquella mujer era una de las sensaciones más excitantes y placenteras que amás había experimentado.
Silvia besaba estupendamente, le hacía desear, continuamente, permanecer pegado a su boca, era como si se complementaran a la perfección, como si sus bocas estuvieran hechas la una para la otra.
No había encontrado muchas mujeres que hubieran sabido besarlo como a él le gustaba y las pocas que no lo hacían mal, parecían meras aficionadas al lado de la maestría de Silvia.
Por fin había encontrado a alguien que sabía responder, dar, ofrecer y exigir lo que él deseaba en cada momento y no sólo estaba pensando en sus magníficos besos y en el más que maravillosos sexo que compartían, aquello iba más allá. Era una conexión completa lo que existía entre ellos y aquella sensación de haber encontrado, por muy cursi que pudiera sonar, a su media naranja, le enardecía los sentidos y le hacía desearla aún más.

Una vez arriba, volvió a cargarla en sus brazos y sin dejar de devorar su boca, la llevó al cuarto.
La dejó sobre la cama y despojándose precipitadamente del albornoz y ayudándola a ella a liberarse del suyo, se tumbó junto a ella para recorrer, palmo a palmo, aquel maravilloso cuerpo que le hacía hervir la sangre como nunca nadie lo había hecho.
Se acariciaron, besaron y devoraron mutuamente, entregándose por completo a la pasión que los consumía y atrapaba cada vez que estaban juntos.

Amanecía, cuando agotados, se dejaron llevar por el sueño.
Silvia acurrucada contra su cuerpo y prácticamente dormida, preguntó en un susurro apenas audible -¿Cuándo regresamos a Madrid?
-El domingo –respondió Alejandro en el mismo tono adormilado- Pero necesitas ropa adecuada para viajar en moto hasta Madrid.
-¿Cómo? –dijo algo más espabilada, incorporándose ligeramente para verla el rostro.
Él. Sin abrir los ojos, la atrajo de nuevo hacia su pecho a la vez que respondía- Duérmete, más tarde nos ocuparemos de ello.

Pasaron todo el día fuera de casa.
Discutieron ante la insistencia de Alejandro de comprarle un traje y un casco adecuado para ella, pero al final se salió con la suya.
Cuando el taxi los dejó de nuevo delante de la portilla, Silvia iba cargada de bolsas y encantada con su nuevo equipamiento.
Prepararon una suculenta cena y volvieron a pasar la noche en vela, uno en brazos del otro.

 

Exhaustos, no despertaron hasta bien entrada la mañana.
Se dieron una ducha y se regalaron un copioso desayuno.
Tras el cual decidieron poner un poco de orden en la casa para luego emprender, sin prisa, el regreso a Madrid.

Ataviados con sus trajes de cuero, comprobaron que la casa estaba bien cerrada y se encaminaron al garaje.
-¿Qué pasa? –preguntó Silvia al ver la mirada de Alejandro posada en ella- ¿Tan mal me queda?
-Al contrario, prefería que te quedara un poco peor –Se acercó a ella y dándole un tierno beso continuó- Estás espectacular. Creo que será mejor que no te mire demasiado o el viaje me resultará un poco… incómodo –esbozó una pícara sonrisa a la vez que sus ojos brillaban con maldad- aunque también tengo la opción de parar y aprovecharme de ti.
Silvia rió con ganas ante la sola idea de imaginarse bajando precipitadamente de la moto, al borde de una carretera, para hacer el amor.
-Sí, muy romántico. Sobre todo si pensamos en lo complicado que es quitarse estos trajes.
Torció el gesto ante el comentario.
-Ya me has estropeado la fantasía.
Volvió a besarla antes de subirse a la moto para ponerse en marcha.


Silvia estaba disfrutando del viaje como de ningún otro en su vida, le encantaba saludar a los moteros que se iban encontrando por el camino y que estos les saludaran a su vez.
Era cierto que cada vez que hacían una parada, su espalda y su trasero se resentían a causa de la posición que debía mantener en todo momento sobre la moto, pero aquello era un mal menor, merecía la pena.

En la última parada, Alejandro calculó que en un par de horas estarían en Madrid.
Se tomaron tranquilamente unos cafés y ya se disponían a volver a la moto, cuando el móvil de Alejandro comenzó a sonar.
Inmediatamente reconoció el número de sus padres.
-Sí.
-Hola cariño –respondió su madre con su habitual tono dulce, aunque en esa ocasión parecía arrastrar una nota de preocupación.
-¿Sucede algo mamá?
Silvia frunció el ceño ante la expresión preocupada de Alejandro.
-No, tranquilo. Tan solo llamaba para ver si ya habías llegado.
-Calculo que en un par de horas –dijo aún receloso.
-¿Podrías pasarte por aquí antes de irte a casa?
-Sí, claro. Pero si ha sucedido algo quiero que me lo digas.
-Tú tranquilo, cariño, no es nada. Simplemente necesitamos hablar contigo acerca de una cosa. De verdad –insistió Margarita, procurando que su voz sonara convincente.
-Está bien. Nos vemos.
-Ten cuidado hijo.
-Sí mamá, lo tendré. Hasta luego.

Silvia lo vio meterse el teléfono, de nuevo, en el bolsillo interior del traje.
-¿Ha sucedido algo? –también se sentía preocupada. Conocía muy bien a toda la familia y pensar que algo malo les podía haber pasado a alguno de ellos le afectaba como si de su propia familia se tratara.
-Me ha dicho que no, pero que pase por casa, que tienen algo que hablar conmigo –respondió pensativo- ¿Te importa acompañarme? Prefiero ir primero a ver qué sucede y después te llevaré a casa.
-Por supuesto, no hay problema. Casi dos horas después, como bien había calculado, entraron en Madrid.

Fue Pelayo el que salió a recibirlos.
-¡Silvia! ¡Qué sorpresa!
Se apartó de la puerta para dejarlo pasar.
-Hola Pelayo –respondió la joven.
-¿Mamá? –preguntó sin rodeos Alejandro.
-En el salón. Será mejor que Silvia se venga conmigo a la cocina ¿Tienes hambre?
Alejandro asintió, viendo como su hermano y Silvia se iban pasillo a delante. No sabía con lo que se iba a encontrar y prefería mantenerla al margen por el momento.
-No, gracias –la escuchó contestar.

Cuando entró en el salón vio a su padre de pie junto a la ventana, mirando hacia la calle.
Su madre estaba sentada en el sofá y junto a ella…, los músculos de su cuerpo se tensaron al reconocer a la mujer que lloriqueaba junto a su madre,… Alicia.
-¿Qué hace ella aquí? –fue incapaz de controlar la dureza de sus palabras, que salieron como cuchillas afiladas de su boca.
Lo que provocó que Alicia llorara con mayor intensidad.
-Hijo –trató de calmarlo Margarita- Será mejor que te sientes.
-Estoy bien así –fulminó con la mirada a Alicia- Y ahora quiero saber que sucede. Y tú, deja de lloriquear.
Alicia se sobresaltó y amedrentada por la brusquedad de Alejandro, se contentó con hipar de vez en cuando.
-Alicia ha venido a vernos porque, como puedes comprobar, está desolada –dijo su padre sin dejar de mirar a través de la ventana- Nos ha contado que está embarazada…
-Bueno, pues que… -comenzó Alejandro, pero su padre se volvió en ese momento y con una expresión en los ojos, que Alejandro no había visto desde hacía muchos años, le hizo cerrar la boca.
-Asegura que es tuyo –terminó de forma directa y cortante.
-¡¡QUÉ!!
El hombre, sin inmutarse ante el grito de éste, mantuvo la mirada clavada en él y continuó.
-Quiero que me digas que puede haber de cierto en esa afirmación y que piensas hacer al respecto.
-No pienso hacer nada al respecto, porque ese hijo que afirma llevar en su vientre, si existe realmente no es mío –su tono había bajado considerablemente, pero resultaba mucho más amenazador que sus gritos.

Alicia estaba comenzando a dudar de que aquello fuera a dar resultado.
Se había visto tan desesperada, que pensó que aquella sería la única manera de atraparlo.
Sabía que los padres de Alejandro eran gente de principios y no dejarían pasar una cosa así sin intervenir.
Estaba segura de que obligarían a Alejandro a casarse con ella.
Pero ahora que no había posibilidad de dar marcha a tras, estaba dándose cuenta de que no sería tan fácil obligarlo a cumplir con su supuesta obligación para con ella y el bebé.
-¿Cómo puedes hablar así? –estaba tentando a la suerte, pero no le quedaba otra opción, debía continuar con ello hasta la última consecuencia- Fue divertido acostarse conmigo, pero ahora que tienes que afrontar las consecuencias, es muy fácil negarlo ¿verdad?
Volvió a lloriquear y se desplomó dramáticamente sobre el hombro de Margarita.

Alejandro, poseído por una ira ciega, avanzó hacia ella, pero su padre anticipándose a su reacción le detuvo, cogiéndolo por el brazo.
Por unos instantes las miradas de los hombres se enfrentaron en una lucha de voluntades.
Al final Alejandro cedió ante su padre y dio un paso atrás.

Decidió atacar por otro flanco.
-¿Y de cuánto se supone que estás embarazada? –trató de dominarse al hacer la pregunta.
La joven con los ojos anegados de lágrimas y el rímel corrido, lo miró con expresión suplicante.
-De casi dos meses, pero no se por qué lo preguntas, sabes de sobra cuando fue…
Le ponía de los nervios la forma de sobreactuar que tenía, pero continuó controlando su mal genio.
-Que puntería, a la primera y te dejo embarazada –el sarcasmo fue evidente.
-Esas cosas pasan –dijo la madre, pero no continuó al ver la fulminante mirada que su hijo le lanzaba.
-Entonces, ahora quiero que nos expliques –continuó- de quién era el hijo que esperabas hace casi tres meses, cuando te trasladaste a Madrid.
-¿De qué estás hablando? –preguntó casi fuera de sí, aquello se le había ido de las manos completamente.
-¿Ya no recuerdas la visita que le hiciste a… mi novia –notó la mirada de sus padres sobre él, pero ignorándolos continuó atacando a Alicia- cierto es, que en aquel momento, aún no lo era –aclaró- pero le dejaste muy claro que yo no quería volver a verla porque tú y yo estábamos esperando un hijo e íbamos a casarnos?
-¿De qué estás hablando? –repitió casi histérica- Lo que esa monitora de aerobic haya podido decirte es todo mentira, se lo ha inventado todo para ponerte en mi contra.
-Alicia, no he dicho en ningún momento quién era ella, si no fuiste a verla ¿cómo sabes que es monitora de aerobic?
Alicia se levantó súbitamente del sofá.
-Mientes y ella también, no quieres hacerte cargo del bebé que has engendrado y ahora…
-¡Cállate de una vez! –bramó Alejandro.
La joven enmudeció de inmediato.
-Deja ya de actuar, esto no es un culebrón, donde se puede mentir y manipular a las personas. Eres realmente patética y tienes un gran problema, estás enferma. Y ahora, si no quieres tener aún más, sal de esta casa y no vuelvas a cruzarte en nuestro camino. Y te lo advierto, si lo haces, lo pagaras caro.

Aterrada y por fin convencida de que ya no había manera de continuar con la farsa, decidió desaparecer.
Ya la había humillado lo suficiente, no se quedaría para darle la oportunidad de hacerlo nuevamente.
Con la cabeza en alto, pero sin mirar a nadie, abandonó el salón.
Unos segundos después oyeron el portazo que dio al salir de la casa.

Alejandro volvió a notar la mirada de sus padres sobre él, ahora sí los miró.
-Lo que no entiendo, es cómo esta chiflada termina convenciendo a todo el mundo para que dude de mi y de mi palabra.
-Lo siento hijo –dijo su madre acercándose a él y poyándole la frágil mano sobre el brazo.
Alejandro se revolvió el pelo y suspiró.
-No importa. Lo único que espero es, de verdad, nunca más volver a ver a esa psicópata. Y por cierto… –abandonó el salón para regresar al momento con Silvia a su lado.
Los rostros del matrimonio se iluminaron al reconocer a la joven.
-Os presento a mi novia, aunque creo que ya la conocéis.
Sus caras pasaron de alegría a sorpresa en un abrir y cerrar de ojos.
Incluso la Silvia reflejaba lo anonadada que se había quedado ante aquella presentación.

-¿No vais a decir nada?
La primera en reaccionar fue su madre, que acercándose a su hijo le besó cariñosamente en la mejilla para después hacer lo mismo con Silvia.
-Que me alegro mucho por vosotros.
No pudo evitar preguntar.
-¿De verdad Alicia fue a verte para…?
-Mamá, por favor –protestó Alejandro.
-No importa –dijo Silvia sonriendo.
Había oído parte de la discusión desde la cocina y Pelayo le había dado los detalles sobre el asunto. Era normal que después de una cosa así, la mujer sintiera curiosidad- Sí, fue a verme y me convenció de que estaba embarazada y de que ella y Alejandro se iban a casar.
-¡Jesús! Esa muchacha no es normal –se sentía culpable por haber creído la disparatada historia de la joven, incluso la había hecho dudar cuando Alejandro negó haber mantenido relaciones con ella.
Lo que estaba claro era que la chica podría dedicarse al teatro, porque dotes interpretativas no le faltaban.
-No, no parece estar muy equilibrada –fue el comentario de Silvia, que aún no daba crédito a lo que aquella mujer había urdido para poder casarse con Alejandro, realmente necesitaba ayuda profesional, porque aquello no eran actos de una persona en su sano juicio.

 

EPÍLOGO

 

Con el casco en la mano, salió a la calle.
Alejandro había quedado en recogerla a la salida del gimnasio.
No había tenido ningún problema para recuperar su antiguo puesto, al contrario, todos habían estado  encantados con su vuelta y ella también.
Definitivamente había dejado olvidada la oposición, sabía que nunca sería feliz trabajando tras una ventanilla de la administración.
Había estudiado y terminado una carrera, pero con lo que disfrutaba realmente era con su trabajo de monitora. Aquello era su vida y lo que quería hacer.
Alejandro había estado de acuerdo con ella, si era lo que la hacía feliz, era lo que tenía que hacer.
Y realmente era feliz. Tenía un trabajo que adoraba y en el que disfrutaba, no todo el mundo podía decir lo mismo, además de que la ayudaba a mantenerse en forma. Y lo más importante, se había casado con el hombre más maravilloso del mundo.
Sí, realmente podía asegurar que era feliz.

Lo vio aparecer al fondo de la calle y salió a su encuentro.
Sin bajarse de la moto, se quitó el casco y le dio un apasionado beso a su esposa, acercándola a él todo lo que la posición le permitía.
-Siento el retraso, una reunión de última hora –explicó al liberarla del abrazo.
-No pasa nada, acabo de salir. Siempre nos enrollamos un poco más el último día antes de las vacaciones.
Sin esperar más se colocó el casco y se subió a la moto. Alejandro se puso el suyo y se puso en marcha.
-Lo que no les he dicho es que tal vez no pueda volver en septiembre –le dijo a Alejandro hablando alto, por encima de su hombro, para que la oyera a través del casco- depende de cómo me encuentre, aunque de momento todo parece estar marchando muy bien, tal vez pueda alargarlo durante un par de meses más.
No había entendido el significado de lo que Silvia le estaba diciendo, pero con las últimas palabras de la joven, la luz se encendió en su cabeza.
Sin apenas darse cuenta apretó el freno, provocando que el casco de Silvia chocara contra el suyo.
-¡Oye! –le golpeó ligeramente el hombro- si continuas conduciendo de esta manera, tendré que dejar de subirme a la moto antes de lo que esperaba.
Alejandro volvió a quitarse el casco y se giró hacia atrás para mirarla. Podía darse cuenta, a pesar del casco que aún llevaba puesto la joven, de que estaba sonriendo, sus preciosos y oscuros ojos estaban brillantes y reflejaban aquella sonrisa que él no podía ver.
-¡Bájate! –ordenó sin más.
Esperó a que ella descendiera de la moto y asegurándola sobre la pata de cabra, también él se apeó.
Silvia ya se había quitado de nuevo el casco y ahora sí podía ver la radiante sonrisa que había iluminado sus ojos hacía escasos momentos.
-¿Todos esos rodeos son para decirme que vamos a tener un bebé? –preguntó receloso, no quería precipitarse en sus conclusiones, aunque estaba casi seguro de que la había entendido a la perfección.
Sintió que el corazón le estallaba de gozo cuando Silvia asintió y le rodeó el cuello con los brazos.
La estrechó con fuerza contra él y pensó que no se podía ser más feliz.
Un hijo, la mujer a la que amaba con locura, iba a darle un hijo.
Realmente no se podía pedir más a la vida.

La liberó ligeramente del abrazo para poder apoderarse de sus labios. Y allí, en medio de la calle, se besaron apasionadamente, compartiendo el momento más dulce de sus vidas.
-¿Crees qué será prudente irnos en moto hasta Asturias? –preguntó serio al separarse de ella de nuevo.
-El médico me ha dicho que de momento no hay problema.
-De acuerdo, pero tendremos que comprarnos un coche más grande. El año que viene ya no podremos ir en moto.
-Bueno, podemos pedirles a tus padres que se lleven al bebé y tú y yo…
-¡De eso nada! –respondió tajante, antes de que ella terminara.
Silvia rio encantada y dándole un ligero beso añadió –Era broma tonto. Pero de momento, mañana nos vamos a la orilla del mar en moto.
-Te quiero –dijo Alejandro volviendo a estrecharla entre sus fuertes brazos.
-Y yo a ti-

Permanecieron abrazados durante unos instantes.
Sí, realmente era feliz, muy feliz, no podía desear nada más de lo que ya tenía, pensó Silvia un poco emocionada a la vez que, subida de nuevo sobre la moto, se abrazaba a la estrecha cintura de su esposo.

 

 

 

Jack se arrellanó cómodamente en uno de los mullidos sillones orejeros que había en la sala de Pall Mall, el exclusivo club de caballeros londinense. Acababa de llegar de Italia y había pasado por allí principalmente para informarse de lo que acontecía en la ciudad; había estado jugando un par de partidas de bridge y ahora se disponía a coger el periódico. Durante los cinco años que había estado ausente las cosas no habían cambiado demasiado, pensó mientras ojeaba las páginas de economía y política, decidió ir directamente a la sección de sociedad: a veces las informaciones más relevantes se extraían de allí. En ese momento vio el anuncio y por un terrible instante su mente se quedó en blanco, como si en ella se hubiese hecho un enorme vacío.
Los caballeros que estaban a su lado lo oyeron contener el aliento y observaron sorprendidos como se esfumaba la legendaria imperturbabilidad de Lord Raven.
Éste volvió a leer el comunicado sintiendo como su corazón latía enloquecido dentro del pecho: el 23 de abril.....tenía exactamente un mes. Impaciente y con más miedo del que había sentido nunca en su vida pidió su sombrero y su abrigo y se dispuso a hacer de una vez por todas lo que había venido a hacer.