4
EL VENCIMIENTO DE
LA HIPOTECA DE MÍSTER MAPPIN
ZENA COLLIER
Según la experiencia de míster Mappin, la vida no es lo que uno quiere que sea. Antes al contrario, la vida es la que le hace a uno. Las circunstancias de la vida se estrechan alrededor de uno, cercándole, obligándole implacablemente a concretarse. Míster Mappin, por ejemplo, que en otros tiempos se viera a sí mismo como un diplomático importante, un corresponsal extranjero, e incluso —y se sentía particularmente orgulloso de esta idea— como capitán de uno de esos majestuosos palacios flotantes en los que parece concentrarse todo el esplendor, la magia y el romanticismo del mundo, rondaba ya los veinte años de servicio en el departamento de hipotecas de Trimble, Goshen & Webb, abogados.
Veinte años atrás había llegado a Trimble, Goshen & Webb lleno de grandes esperanzas, con los ojos muy claros y manteniendo siempre ante él un firme anteproyecto de su futuro. No había dejado de ser un pequeño logro el ser aceptado por una empresa de tanta reputación como Trimble y Cía., de modo que sólo sintió muy débilmente haber tenido que posponer aquellos otros sueños… «Míster Mappin expresó hoy un moderado optimismo sobre su reunión con el embajador de Transilvania…» «…George Mappin dice en su último comunicado desde Hong Kong…» El comodoro Mappin solicita el honor de que la señora condesa acuda a su mesa esta noche…» Aquellos sueños que quizá pertenecían más bien al reino de las imaginaciones propias de un muchacho. Al fin y al cabo, cuando todo estuviera dicho y hecho, tampoco quedaría mal un «míster Mappin, abogado muy conocido, calmó a los enojados accionistas que asistían a la reunión, con su acostumbrada elocuencia».
¿Y qué había sido de todo aquello? ¿Qué había ocurrido en aquellos veinte años? Había envejecido, eso era lo que había sucedido. Y estaba en Hipotecas. Mientras que lo primero era un mal inevitable, lo segundo no había dejado de ser como la levadura que hinchaba el pan de la amargura que últimamente envenenaba todos sus momentos de vigilia.
Durante los dos primeros años, se sintió contento de esperar a que llegara el momento oportuno. Había tenido la oportunidad de aprender un poco de todo —verificación de testamentos, litigación, casos de seguros, escrituras de traspaso de bienes raíces, e incluso cuestiones relacionadas con impuestos y propiedad industrial—, antes de ser finalmente asignado al Departamento de Hipotecas, bajo la dirección de míster Carewe. Y allí había cumplido lo mejor que pudo, enfrentándose con investigaciones locales, sumarios, requisiciones de títulos, contratos, alquileres, hasta que conoció todo el trabajo realizado y por realizar, por dentro y por fuera. Y, a pesar del hecho de que la práctica de la ley no resultaba ser tal y como se la había imaginado —aquellas preguntas de los sumarios y recónditas respuestas, los secos términos de un arte antiguo—, se sintió bastante contento al principio. Naturalmente, esto ocurrió porque sólo se trataba de un período pasajero, hasta que los Poderes que Son recordaran dónde habían dejado a George Mappin, lo sacaran de Hipotecas, y lo enviaran a realizar misiones mucho más importantes y excitantes.
Pero había permanecido allí mucho más tiempo del esperado. De hecho, tuvieron que pasar diez años antes de que, finalmente, se le hiciera pasar al despacho de míster Trimble. Y su corazón latió con un poco más de rapidez y alegría ante la perspectiva de un cambio que, por fin, se iba a producir, después de tanto tiempo.
Míster Trimble se balanceó tranquilamente en el cómodo sillón situado tras la mesa, y le ofreció un cigarrillo.
—Veamos, usted ha estado con nosotros desde hace…, ¿cuántos años? ¿Siete? ¿Ocho?
—Diez, señor —dijo míster Mappin.
—Bien, bien, ¡cómo pasa el tiempo! —exclamó míster Trimble sacudiendo pesarosamente su blanca cabeza—. Ha estado la mayor parte del tiempo trabajando en Hipotecas, bajo la dirección de míster Carewe, ¿no es cierto?
—Así es, señor.
Míster Mappin se regocijaba interiormente; había llegado el momento, por fin había llegado el momento. ¿Cuál sería el resultado? Podría tratarse del departamento de la empresa que se ocupaba de las altas finanzas y que, en opinión de míster Mappin, era tan excitante como cazar tigres en Kenia, aunque quizá mucho menos pesado. O podría tratarse del departamento de difamación… había oído decir que aquel joven, Strauss, que se había encargado hasta entonces de todas las cuestiones de difamación, abandonaba la empresa para iniciar un negocio por su cuenta; así pues, quizá se le responsabilizara ahora de ese departamento, a él, míster Mappin. O podría ser litigios de seguros…, este departamento no era tan animado, pero, sin duda alguna, era mucho más preferible que las hipotecas. Cualquier cosa del mundo sería mejor que las hipotecas, así es que míster Mappin esperó con ansiedad el edicto de míster Trimble.
—Voy a tratar directamente el asunto —dijo míster Trimble—. ¿Qué le parecería hacerse cargo de Hipotecas, míster Mappin? —preguntó al fin, mirándole expectativamente.
—¿Hacerme cargo de Hipotecas? —preguntó estupefacto, utilizando las mismas palabras—. Pero…, pero, míster Trimble, yo ya estoy en Hipotecas. ¿Cómo puede ser? He estado en Hipotecas prácticamente desde que llegué…
—Creo que no me comprende bien del todo —dijo míster Trimble—. Cuando se celebró la última reunión de cargos de la empresa, la semana pasada, míster Carewe nos anunció que pensaba jubilarse, y entonces se decidió ofrecerle a usted el departamento de Hipotecas…, quiero decir, ponerle a usted al frente de ese departamento. Como, sin duda alguna sabrá —míster Trimble no podía evitar a veces hablar con una cierta redundancia de vocablos legales—, se trata de un puesto de elevada responsabilidad, para el que se necesita a una persona constante, como usted; alguien que tenga sensibilidad para el detalle, el método, la prudencia.
—¿Yo? —preguntó míster Mappin con incredulidad.
—Sí, usted —dijo míster Trimble con firmeza—. Creemos que es usted la persona más apropiada para ese trabajo, que está usted altamente cualificado para llevar todas esas cuentas, y que…
—No —le interrumpió míster Mappin un poco violentamente—. No, no, yo no soy… esas cosas que usted dice. No es…, yo había pensado… en algo con un poco más de oportunidades, con más… —se detuvo en busca de nuevas palabras.
Míster Trimble se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa, juntando las palmas de sus manos. Sin ninguna crueldad, dijo:
—Comprendo, míster Mappin. Le comprendo perfectamente. Pero, por otra parte, creo…, quiero decir que la empresa cree que tanto usted como la propia empresa recibirán los mayores beneficios si realiza usted el tipo de trabajo para el que está más preparado.
Pero entonces, míster Mappin se sintió desesperado, y no pudo evitar el espetar:
—¡Preparado! ¡Hipotecas! ¿Yo?
—Como sabe usted, George —dijo míster Trimble y míster Mappin recordaría más tarde que ésta fue la primera y última vez en que míster Trimble le llamó George—, un hombre que ocupa el puesto adecuado es un hombre sensato, que conoce sus capacidades y reconoce sus limitaciones. Le hemos estado observando últimamente, y me parece…, la empresa cree que realiza usted un trabajo excelente donde está y que puede ser de un gran servicio en ese puesto.
Tras escuchar aquellas palabras, míster Mappin se dio cuenta de que había perdido la batalla. Trimble, Goshen & Webb no habían alcanzado su posición actual a causa de una falta de buen juicio, sino todo contrario. De todos modos, viéndole allí sentado, hundido un poco en el cómodo sillón, se dio cuenta por fin de que, después de todo, no era un hombre mente brillante, bien equilibrada y capaz de enfrentarse a las situaciones con estrategia. Sus mejores cualidades no eran precisamente las del desafío y el empuje que requieren una negociación comercial. Finalmente, a él ni siquiera le quedaba aquel otro sueño: «Míster Mappin, abogado muy conocido, calmó a los enojados accionistas que asistían a la reunión, con su acostumbrada elocuencia.»
La voz de míster Trimble le llegó con claridad a través de los restos de sus esperanzas casi desvanecidas.
—¿Aceptará usted entonces?
Se trataba de una pregunta muy dura. La cabeza le daba vueltas, pero míster Mappin terminó por asentir con un leve movimiento afirmativo.
—Está bien —dijo míster Trimble con brusquedad, extendiendo la mano hacia él—. ¡Felicidades!
La mano de míster Mappin estrechó la otra.
—¿Felicidades? —preguntó insensiblemente.
—Después de todo, se trata de un ascenso —le recordó míster Trimble.
—¡Oh, sí! Sí, claro —dijo míster Mappin—. Gracias.
Después, se volvió y abandonó el despacho.
Así pues, había vuelto al departamento de Hipotecas, con un cambio de cargo, un aumento de salario, un despacho diferente… pero seguía siendo Hipotecas. El seco y rojo departamento de Hipotecas. Y durante un día tras otro, sin fin, míster Mappin Solucionó con eficacia todo aquello que se le planteó, satisfaciendo a todos, como siempre, y obteniendo bien poco de lo que hacía. La vida siguió su curso y él supo que lo único que cambiaría sería él mismo, haciéndose un poco más viejo cada día, más viejo, más viejo, y siempre en Hipotecas.
Fue entonces cuando empezó a sentir la amargura. Sentado ante su mesa, veía a otros hombres llegar a la empresa, hombres más jóvenes que él, y su resentimiento aumentó a cada año que pasó con la llegada de cada nuevo joven zumbándole en los oídos, con la tinta de los documentos de examen, con cada nuevo hombre al que se le ofrecía una oportunidad para demostrar lo que era capaz de hacer en difamaciones, patentes y seguros; hombres que progresaron y llegaron a ocupar oficinas mucho más imponentes en los pisos superiores (cuanto más elevado era el puesto que se ocupaba en Trimble, más alto era el piso donde se trabajaba); algunos de aquellos hombres llegaron incluso a ser admitidos como socios de la empresa.
Y eso era otra cuestión. Lo menos que podían hacer después de quince años era ofrecerle ser socio de la empresa. Porque, aun cuando despreciaba el departamento de Hipotecas, hacía bien su trabajo. «Pero no —pensaba míster Mappin—, nadie se da cuenta, nadie se preocupa por eso.» En cuanto a míster Trimble, desde aquel día, ya lejano, en que le ofreció, le entregó, le obligó a hacerse cargo de Hipotecas, nunca tuvo para él una sola palabra de elogio. Ofrecerle ser socio habría sido una forma de mostrarle aprecio. Míster Mappin pensaba que eso habría sido una muestra de lo mucho que le estimaban.
En cierta ocasión hizo un intento para salir de Hipotecas. Se fue a ver a míster Trimble y le pidió directamente que le cambiara de departamento.
—Pero… después de todos estos años…, ¿es que no está a gusto en Hipotecas? —preguntó míster Trimble con sorpresa.
—Me gustaría un cambio —dijo obstinadamente míster Mappin—. Uno se cansa de hacer lo mismo un año tras otro.
—¿Cansado? ¿Está usted cansado de Hipotecas? —míster Trimble se le quedó mirando como si hubiera pronunciado una blasfemia y finalmente dijo—: Siga con lo que está haciendo durante algún tiempo y veremos lo que se puede hacer. En realidad, míster Mappin, es usted tan apropiado para ese departamento…, creemos que no existe en la empresa ninguna otra persona en la que podamos confiar tan bien como en usted para Hipotecas.
Y míster Mappin abandonó el despacho de míster Trimble sabiendo muy bien que de aquella entrevista no saldría nada positivo para él, y que tendría que permanecer donde estaba.
«Atrapado», pensó míster Mappin. Y finalmente, de la amargura, del resentimiento, de la desilusión, surgió el odio. Odio contra la empresa que había cometido contra él aquella injusticia tan terrible, que le había arrojado a un rincón, en Hipotecas… a él, a George Mappin, que había soñado con una clase de vida tan diferente. Y el odio aumentó, aumentó y aumentó hasta que cada soplo de aire que respiraba estaba lleno de su desagradable gusto.
Fue poco antes de acabar sus veinte años de trabajo en Hipotecas cuando míster Mappin empezó la pensar con placer en asesinar a míster Trimble, quien, para él, representaba a la empresa que tan mal le había tratado. En cuanto se le ocurrió la idea, míster Mappin se sintió mejor. Era algo en lo que podía pensar por la noche, cuando estaba echado en la cama, despierto, de modo que en lugar de ponerse a pensar frenéticamente en todos aquellos años perdidos pudo concentrar sus pensamientos, con calma y objetividad, en un tema que le producía un infinito placer. Como quiera que, desde luego, no tenía la menor intención de poner en práctica su idea, se trató de un pasatiempo con el que no hacía daño, a nadie y que, de algún modo, le proporcionaba una sensación de alivio.
Así pues, aquella clase de pensamientos se convirtieron en un hábito regular y cada noche, cuando se preparaba para acostarse, volvía hacia ellos con una penetrante anticipación. Se desnudaba con rapidez, apagaba la luz, se quitaba las gafas y se metía en la cama. Después, se echaba sobre la espalda, se quedaba mirando fijamente hacia la oscuridad y se ponía a pensar. Reflexionaba con gusto sobre los pros y los contras de varios métodos. Consideraba con gran placer las cuestiones relacionadas con el tiempo y las coartadas. Aunque míster Mappin no era ningún especialista en asesinatos, había leído bastantes novelas de detectives, suficientes como para familiarizarse con el axioma de que el mejor plan es el más simple. Finalmente, míster Mappin eligió, hipotéticamente desde luego, un plan muy simple. Había cada tarde período de tiempo en el que míster Trimble no veía a ningún cliente, ni dictaba cartas, ni aceptaba llamadas telefónicas. Desde las cuatro a las cuatro y media de la tarde se tomaba un rato de relax —«mi propia resistencia a las presiones de este mundo de continuo trabajo», según él mismo decía—, y ¡ay de quien se atreviera a perturbar este período de descanso! La secretaria, la telefonista y todo el personal tenían instrucciones estrictas de mantenerse alejados de su despacho durante aquella media hora. «Voilà —pensó míster Mappin—, aquí está lo que necesito, hecho a mi medida.» Sólo tenía que entrar en su despacho… y asesinarle.
Quedaba por resolver la cuestión del arma. Las armas de fuego eran muy ruidosas, un cuchillo resultaba muy sucio, un veneno…, el veneno resultaba algo demasiado científico y bastante complicado. Entonces recordó que sobre el despacho de míster Trimble había un pesado pisapapeles de bronce, con la figura de un buda. «Ideal», pensó míster Mappin.
¿Y después qué? Bueno, sólo se trataba de matarle —míster Mappin siempre saltaba con rapidez sobre el propio hecho—, y después, para disponer de un poco más de tiempo, pondría el cuerpo en el armario que había en uno de los rincones del despacho de míster Trimble, cerraría la puerta del armario, regresaría a su propio despacho, y eso sería todo.
El único defecto del plan era que alguien podía verle abandonar el despacho. Pero ése sería el riesgo que tendría que correr y, en realidad, se trataba de un riesgo muy pequeño porque el despacho de míster Trimble estaba en el sexto piso y a aquellas horas de la tarde nadie se atrevería a subir allí.
Y así, del mismo modo que otras personas se dedican a contar borregos, míster Mappin calculaba las cuestiones relacionadas con un detalle u otro, hasta que llegó un momento en que lo tuvo todo perfectamente planeado. Realmente, era una lástima que nunca tuviera la oportunidad de demostrar lo que podría llegar a hacer en este nuevo campo. No podía evitar el sentir que todo el mundo le demostraría muchísimo más respeto en la oficina si supieran la clase de cosas que era capaz de hacer.
¡Ah, respeto…! Esa era otra cuestión Todos aquellos jóvenes que habían llegado nuevos… Dos de ellos acababan de ser asignados a su departamento. Aquella misma mañana había interceptado un guiño entre ellos cuando él llegó. Un guiño… ¡y sobre él! Si hubiera sido un socio de la empresa, nunca se habrían atrevido a hacerlo. Nunca. Bueno, no importaba; no se quedarían mucho más tiempo en Hipotecas. Ellos no. Porque no tardarían en ser trasladados a algún otro departamento, a realizar algún trabajo algo más espectacular. No le cabía la menor duda…, y eso era precisamente lo que él hubiera deseado: ser trasladado.
El fuego del odio volvía entonces a encenderse en su interior.
Le pareció que últimamente hasta la misma miss Ashley había estado comportándose con él de un modo muy extraño. Miss Ashley era la mecanógrafa que compartía con míster Lyons, porque únicamente los socios de la empresa disponían de sus propias secretarias. Habría sido poco menos que un insulto que míster Ashley fuera al menos bonita (miss Burke, la secretaria de míster Trimble era, desde luego, una criatura perfecta y encantadora). Pero miss Ashley era una mujer baja y regordeta, con una barbilla muy corta y que tenía la desgraciada costumbre de reírse tonta y constantemente por cualquier cosa. El otro día, por ejemplo, cuando él recordó por casualidad el hecho de que a la semana siguiente cumpliría veinte años de servicio en la empresa (diciendo en voz alta sus propios pensamientos, y hablando más para sí mismo que para ella), miss Ashley emitió una risa chirriante que tuvo que cortar repentinamente cuando él la miró, mostrando en su rostro su profundo disgusto.
«Ríete, tonta —pensó míster Mappin, agitándose interiormente—. ¿Es que es algo tan divertido? ¿Le resulta divertido que haya desperdiciado aquí veinte años de mi vida? ¿Es eso algo realmente tan jocoso?» Se vio tan asaltado por la fuerza de sus sentimientos que tuvo que excusarse y salir de la oficina sin un destino concreto, para no verse obligado a pegarla. A la semana siguiente, míster Mappin se resfrió. El lunes sintió dolor de cuello, el martes tuvo dolor cuello y, además, de cabeza, y el miércoles por la noche se quedó durmiendo en cuanto su cabeza se puso en contacto con la almohada, sin acordarse siquiera de pensar en míster Trimble. El jueves se despertó con fiebre. Se tomó la temperatura y comprobó que estaba a treinta y ocho.
Se vistió débilmente y arrastró sus doloridos huesos, saliendo de la casa. No sabía por qué iba a trabajar aquel día; nadie apreciaría su esfuerzo. Pero, de todos modos, siguió su camino porque aquel día hacía veinte años que trabajaba para Trimble y Cía., y nunca se sabía…, quizá alguien pudiera, sólo pudiera recordar el hecho y mencionárselo. En honor a la verdad, suponía que ocurriría así; en el fondo, iba a trabajar con aquella esperanza. Porque se sentía muy enfermo. Sus piernas se le doblaban en los momentos más inoportunos. Sentía el cuerpo caliente y frío, alternativamente y notaba como si su cabeza fuera a explotarle en cualquier momento.
Tras haber llegado, sintió mucho haber realizado todo aquel esfuerzo. Nadie le dijo nada y era evidente que nadie iba a decirle nada. Y, después de todo, él tenía cierto orgullo; si nadie iba a recordárselo, no sería él quien lo hiciera. Podrían pensar que estaba implorando una palmada de conmiseración en la espalda, o algo así. Y míster Mappin pensó amargamente que aquello sería extraordinariamente ridículo, desde luego… la idea de que George Mappin recibiera una palmada de conmiseración en la espalda.
A las dos de la tarde llamó a miss Ashley aunque, tal y como se sentía, encontró algunas dificultades para concentrarse. Pero pensó pasar aquel día para regresar después a casa y meterse en la cama durante un día o una semana, o un mes si era necesario, y dejarles colgados a todos. Que el trabajo se amontonara, ¿a quién le preocupaba eso?
Apenas había empezado a dictar, entró míster Trimble.
—Perdone la interrupción —dijo—, ¿tiene usted a mano la liquidación de Copeland? Quizá pudiera darle un vistazo…
Míster Mappin le entregó el acta y esperó a que míster Trimble la ojeara.
—No habrá ningún error, ¿verdad? —preguntó míster Mappin—. No hay ningún defecto en el título, el…
—¡Oh, no! No es nada de eso —contestó míster Trimble—. Es que míster Copeland me ha llamado hace unos minutos y me ha pedido que le explicara uno o dos puntos…
—Pero si yo mismo se lo expliqué todo la última vez que estuvo aquí —dijo míster Mappin, sorprendido—. Creí haberlo dejado todo aclarado.
—¡Oh! Estoy seguro de que así lo hizo —se apresuró a decir míster Trimble—. Pero, al parecer, a míster Copeland se le acaba de ocurrir una pequeña cuestión sin importancia…, algo que tiene que ver con esos derechos de pesca…
—En ese caso, ¿por qué no me lo ha preguntado a mí? —dijo míster Mappin, elevando la voz a pesar suyo—. Desde el momento en que estoy a cargo del asunto…
—Bueno, ya sabe cómo son estas cosas —dijo míster Trimble, dirigiéndose ya hacia la puerta—. Reg Copeland y yo nos encontramos con frecuencia en el club, así es que, probablemente, ha pensado que para tratar detalles sin importancia puede disponer de mi tiempo con mayor impunidad que del suyo.
Tras decir esto, sonrió cautelosamente a míster Mappin y se marchó. Un momento después, míster Mappin continuaba su dictado.
Pero sabía muy bien, al margen de aquella sonrisa, lo que míster Trimble había querido dar a entender. Míster Mappin se las arreglaba bien cuando se trataba de hipotecas para los Smith y para los Jones, en cuestiones de tipo habitual. Pero cuando se trataba de grandes cuestiones y de clientes realmente importantes, como Reginald Copeland, amigo de míster Trimble, George Mappin no era suficiente para llevarlas adelante. No entendía por qué La semana anterior había supervisado junto con los Copeland cada uno de los pasos de la transacción y míster Copeland pareció perfectamente satisfecho en aquellos momentos. Si tenía alguna pregunta que plantear, ¿por qué lo había hecho pasando sobre la cabeza de míster Mappin?
Sentado ante su mesa, míster Mappin empezó a enfurecerse. Aparte de cualquier otra consideración e incluso de lo rudo que pudiera haber sido míster Trimble, lo cierto es que había hablado de «detalles sin importancia». Aquello sí que estaba bien, pensó míster Mappin, primero le confinaban en Hipotecas durante veinte años, y después le quitaban cualquier trabajo que tuviera una cierta dignidad o importancia llamándole «detalles sin importancia». ¿Era así como míster Trimble consideraba sus veinte años de desempeño consciente de su trabajo? ¿Era así? ¿Era así?
Debido a todo lo que sentía en aquellos momentos, el corazón de míster Mappin parecía a punto de saltársele en el pecho. Le dolía mucho la cabeza, la nariz le goteaba y, de pronto, no sintió el menor deseo de seguir trabajando, por lo que despidió a miss Ashley. Una vez solo, se colocó la cabeza entre las manos y permaneció allí, sentado, mientras los años regresaban a su memoria: años llenos de vacío, de desagradables esfuerzos que no habían sido recompensados en absoluto. Y ahora, aquel mismo día, ¿no podía haber esperado de míster Trimble alguna palabra, viéndole precisamente aquel día…, aun cuando fuera sólo algo trivial e incluso tonto, como un «felicidades por sus años de servicio»?
Míster Mappin permaneció sentado durante mucho tiempo. No podría haberle dicho a nadie lo que estaba pensando con exactitud. Sabía que se sentía muy mal y que un mazo le estaba golpeando la cabeza continuamente, justo sobre sus ojos. Estornudó y buscó cansadamente su pañuelo «Debe estar acercándose la hora —pensó—, y desearía estar ya en casa, en la cama.»
Miró su reloj. Las manecillas indicaban que eran las cuatro y cinco.
Míster Mappin no supo por qué, pero ahora, mirando la hora, observando cómo el segundero de su reloj avanzaba lentamente, dando una vuelta y otra, le pareció que había algo que tenía que hacer. Algo…, algo. Algo muy importante si es que quería volver a encontrar de nuevo paz en su mente.
Se levantó y lo único que supo después fue que estaba subiendo lentamente las escaleras, arriba, arriba, el cuarto piso, el quinto, el sexto. Una vez en el sexto piso, se detuvo y permaneció en silencio por un momento, apretándose una mano contra la dolorida cabeza. Y recordó entonces por qué estaba allí, hacia donde se dirigía y qué era lo que tenía que hacer.
Todo el resto del mundo pareció desvanecerse entonces. No se le ocurrió mirar si había otras personas, preguntarse si se encontraría con alguien en su camino, alguien que, quizá, pudiera recordarlo más tarde. Se limitó a concentrarse en el problema principal que tenía planteado en aquel momento y que no era otro que poner un pie delante del otro y avanzar lentamente hacia donde quería ir.
Avanzó directamente por el pasillo y llegó a la puerta ante la que había un letrero con el nombre de «Emerson Trimble». Abrió la puerta sin llamar penetró en el despacho. Sus pies no hicieron ningún ruido sobre la alfombra y míster Trimble ni siquiera levantó la mirada de su mesa, ante la que estaba concentrado en algo que estaba escribiendo. Míster Mappin se aproximó a él. Se situó justo en frente de la mesa y su mano se posó sobre el buda de bronce cuando, finalmente, míster Trimble levantó su mirada.
Míster Trimble le observó con recelo tras dar un vistazo a su reloj.
—Catorce —murmuró y miró inquisitivamente a míster Mappin—. Supongo que tiene usted algo muy aportante que decirme para venir a verme a esta hora.
—Sí —contestó míster Mappin—. Se trata de algo muy importante, míster Trimble.
Y sin pensárselo dos veces levantó el buda y lo dejó caer pesadamente, con toda su fuerza, sobre la cabeza de míster Trimble.
Y así fue como lo hizo, sin ruido. Naturalmente, hubo sangre. Míster Mappin había olvidado que haría sangre, y apartó sus ojos del cuerpo, mientras la habitación oscilaba terriblemente a su alrededor. Después, hizo lo que tenía que hacer. Primero borró cuidadosamente sus huellas de la figura del buda; después extendió la chaqueta de míster Trimble…, bueno, la puso de tal modo que no tuviera necesidad de ver lo que había hecho; finalmente, haciendo un gran esfuerzo, se las arregló para arrastrar el cuerpo hasta el armario. Era todo como una pesadilla y, por un momento, míster Mappin pensó que nunca lo conseguiría. Pero lo consiguió. Después, tuvo una brillante idea. Cogió el abrigo y el sombrero de míster Trimble, tomándolos del perchero y los escondió también en el armario, cerrando después la puerta. De ese modo, cualquiera que entrara en el despacho después de las cuatro y media no vería el abrigo y supondría que se habría marchado pronto para acudir a alguna cita, o simplemente a casa. Naturalmente, aquello no representaba ninguna diferencia, pero le daría tiempo suficiente para regresar a su despacho y permanecer allí hasta que fueran las cinco de la tarde, la hora de salida, sin que el crimen hubiera sido descubierto. Porque si, una vez descubierto el asesinato, la gente recordaba que míster Mappin se había marchado pronto aquella tarde, podría parecer sospechoso.
Se apretó una mano contra la frente, extrañado de poder pensar ahora en todas aquellas cosas, a pesar de que se sentía tan enfermo. Al dar un último vistazo por el despacho para asegurarse de que todo estaba en orden, vio que había algo… sucio sobre la mesa. Las hojas en las que había estado escribiendo míster Trimble estaban manchadas de rojo. Míster Mappin las recogió, las arrugó todo lo que pudo en su mano, y las ocultó cuidadosamente en el fondo de la papelera.
Después se marchó, regresando a su propio despacho, sintiéndose aturdido y sin haberse encontrado con nadie. En realidad, pensó, resultaba todo muy divertido; la providencia parecía haber estado de su lado en esta ocasión. Parecía como si no hubiera nadie en toda la oficina.
Entonces le aumentó la fiebre, se sintió como si se estuviera quemando y dejó de pensar en otra cosa que no fuera la necesidad de llegar a su casa y meterse en la cama.
Al cabo de lo que le pareció un siglo, fueron las cinco de la tarde. Lenta y dolorosamente, se puso el abrigo, el sombrero y los chanclos de goma. Se dirigió hacia el ascensor, apretó el botón de llamada y esperó. Cuando llegó, penetró en él, apoyándose débilmente sobre la espalda y cerrando los ojos, mientras el ascensor parecía moverse lentamente hacia abajo.
Por lo visto…, por lo visto debía estar realmente muy enfermo. Tuvo la sensación de que el ascensor estaba subiendo, en lugar de bajar. Abrió los ojos.
—Frank —le dijo al ascensorista—, Frank, me marcho…, quiero ir abajo.
¿Qué era aquello? ¿Qué cosa tan horrible estaba sucediendo? Frank ignoró sus palabras, hizo una mueca y el ascensor siguió subiendo.
—He dicho que abajo —repitió míster Mappin furiosamente—. ¡Abajo! Quiero ir abajo. Estoy enfermo; por favor, lléveme abajo inmediatamente.
El ascensor se detuvo, la puerta se abrió y una docena de manos se extendieron hacia él. Había risas, una gran cantidad de risas y un fuerte zumbido de conversaciones. ¿Quién…? ¿Qué…? Se sintió repentinamente ciego, como si hubiera perdido todas sus facultades de pronto, mientras su cuerpo, empujado por las manos, fue sacado del ascensor, dando tropiezos.
Y entonces vio dónde estaba. Este era el séptimo piso. El Sancta Sanctórum. Pero ¿qué hacía él aquí? ¿Y por qué le empujaban todas aquellas personas, obligándole a avanzar?
Miró a su alrededor y reconoció algunos rostros que aparecieron como a través de una neblina… la telefonista… miss Ashley…, míster Lyons y míster Hawkins…, miss Burke… algunas de las otras chicas… y más allá, saliendo de aquella puerta… míster Webb, ¿no era él? Se restregó los ojos. Sí, era míster Webb que se acercó a él, riendo, y le dio una palmada en la espalda.
Y después, le hicieron cruzar la puerta, mientras todos reían y hablaban en voz alta. No pudo distinguir una sola palabra de lo que decían. Pero reconoció la habitación, a pesar de lo que habían hecho en ella. Se trataba de la sala donde se celebraban las reuniones mensuales de la empresa, donde los directores y jefes de departamento se encontraban y discutían los negocios de la empresa. Pero ahora, la sala estaba arreglada como para dar un banquete. Míster Mappin se dio cuenta de ello, a pesar de que la cabeza le daba vueltas, y observó las mesas, preparadas para la cena. Y entonces, le condujeron hacia la mesa presidencial, y le sentaron en el centro de la misma, con míster Goshen sentado a su izquierda, y con míster Webb más a su izquierda, y un asiento vacío a su derecha, mientras todos los demás, hombres y mujeres, todo el personal de la empresa, tomaba asiento.
A través de un terrible zumbido en sus oídos se dio cuenta de que míster Webb se había puesto de pie y decía algo que míster Mappin sintió instintivamente como de gran importancia, algo a lo que debía prestar una muy cuidadosa atención. Pudo escuchar partes sueltas de lo que decía, pero la voz de míster Webb parecía desvanecerse extrañamente, como si se perdiera en la nada para resurgir de pronto como un transatlántico, con toda su potencia. De vez en cuando, míster Mappin captaba una frase, «…y en esta maravillosa ocasión… veinte años con Trimble… un tributo… placer decir… y a partir de hoy, un socio…»
Algo pareció hacer sonar como un timbre en el interior de la cabeza de míster Mappin. Por un momento, la neblina desapareció y míster Mappin escuchó a míster Webb que siguió hablando:
—Sólo queda por decir una cosa —dijo míster Webb— y es que, George, confiamos en que nos disculpe por haberle traído aquí de esta manera, tan de improviso. Pero míster Trimble pensó que sería muy bonito combinar las dos ocasiones y sorprenderle con una fiesta. Y… ¡Oh, sí, a propósito…! Míster Trimble ha estado muy ocupado la mayor parte de la tarde escribiendo un discurso… —hubo risas generales—, escribiendo un discurso para este momento y prohibiendo a todo el mundo, bajo pena de muerte… —hubo más risas—, bajo pena de muerte, que pusiera un pie en su despacho durante toda la tarde.
Hubo aplausos y míster Webb se sentó.
Míster Mappin permaneció sentado, temblando. Temblando y temblando.
Míster Goshen inclinó la cabeza y le dijo con suavidad:
—Vamos, George, viejo, ¿se siente bien?
George, viejo, ¡oh!, George, viejo. ¡Cuántas veces había suspirado míster Mappin por aquella deportiva camaradería del George, viejo!
Miss Burke se inclinó graciosamente sobre la mesa, sonriendo, y dijo:
—Míster Trimble debe estar escribiendo todo un poema épico. Iré abajo y le diré que le estamos esperando, ¿le parece?
—Sí, dígale que se dé prisa. No podemos empezar sin él —dijo míster Webb y después, volviéndose hacia míster Mappin, agregó—: No sé qué tal estará usted, George, viejo, pero yo tengo mucha hambre.
Míster Mappin se quedó sentado. Observó al camarero aproximarse y empezar a llenar las copas de vino. Echó un vistazo a los rostros que le rodeaban, que parecían hincharse hasta adquirir el tamaño de grandes globos, para disminuir después hasta convertirse en pequeños e imprecisos puntos blancos. Escuchó las voces que resonaban alegremente en la sala adornada. Y míster Mappin podría no haber comido para salvar su vida.