CAPÍTULO 14
La huida
Los coches llegan de madrugada, cuando la oscuridad y el frío se abaten sobre las calles de Madrid, ronroneo sordo de batalla lejana, las furias y las parcas de la guerra rumiando cómo volver a sembrar masivamente la muerte: bombas que caen desde el cielo, y para las que malamente hay amparo en los sótanos de las casas, además de habilitado el metro, bodegas y refugios. Los vehículos llevan los faros pintados, para no alertar a los aviones. En el segundo, conducido por Serapio Gutiérrez, el Guitarrista, viajan dos hombres más, José Perdigones Sánchez y José Acosta, el Abogado. Por la ventana asoma una ametralladora, que ocupa casi todo el asiento de atrás. Descienden el Abogado, el chófer Abdón Torres y su mujer, María, que entran en el portal y llaman al piso de Tina. Isabel, la criada, abre la puerta. Dentro, con las maletas hechas, aguarda Abel.
—Muy bien, Isabel. Vete a preparar café y a decirle a Tina que se levante y se arregle. Nos vamos en cuanto claree una mijilla.
—¿Todo listo? —pregunta Abel en cuanto se marcha la criada.
—Todo —responde el Abogado—. Llevamos lo imprescindible. Nadie sospechará. Hemos dicho que vamos a Málaga. Cuanto antes salgamos, mejor.
Abel hace una señal de silencio señalando la cocina donde la criada comienza a preparar el temprano desayuno. Poco a poco, los sonidos lejanos de motores parecen aumentar y pronto comienza un combate aéreo en toda regla, que llega a su apogeo a las ocho de la mañana, con un azul luminoso, casi hiriente.
De todas formas, la partida se demora. Tina, que ha tenido un sueño intranquilo, despertándose a menudo, está decidida a despedirse antes de su amiga Isabel.
—No sé, he tenido un pálpito, un mal sueño. Quiero despedirme de ella y dejarle encargada unas cuantas cosas sobre la casa. Hasta entonces, no pienso irme.
Son inútiles las súplicas e incluso las veladas amenazas de Abel por el tiempo que van a perder.
—Ya está amaneciendo. Voy a llamar a Isabelita, y en cuanto venga y hablemos un momento, nos iremos.
Isabel García se sorprende de la llamada y de la urgencia. Han quedado en ir juntas a Barcelona, porque las dos han gestionado un contrato para cantar allí. Tienen el plan de salir de España e ir a trabajar a Brasil. Claro que a Tina la esperan. Él, en Suiza, lo ha arreglado todo. Pero en aquellos días sólo han podido estar juntas en el tocador un par de veces, una conversación nerviosa y en voz baja, con Abel o alguno de sus hombres esperando en la puerta, vigilada Tina en todo momento. Por eso, cuando llega y ve todo aquel operativo, Isabel se sorprende. Más aún cuando Tina le dice que parte hacia Barcelona y que la acompañan en el viaje.
—Pero Tina, ¿no íbamos a ir juntas?
—Bueno, he tenido que cambiar los planes. Aprovecho el viaje de ellos a Valencia, luego me llevarán a Barcelona. Siento que no puedas venir con nosotros, no hay sitio en los coches. Todo se ha presentado así, de improviso…
Isabel se muestra desconcertada. En la cara de Tina ve miedo, temor extremo, nerviosismo. No comprende aquel movimiento de su amiga. Quiere escapar de los brazos de Abel, pero se va con él y sus secuaces, camino de Valencia. Y aquella mujer, la del chófer… Todo es muy extraño. Como el hecho de que no le hayan comentado nada, de que ni siquiera le den a ella, su mejor amiga, la oportunidad de unirse a la expedición.
—Mira, Isabelita, te he escrito una carta en la que te hago algunos encargos sobre la casa y sobre el servicio cuando yo no esté, y una autorización para que dispongas. Por si tardo mucho tiempo en volver o me pasa algo.
—¡Pero qué te va a pasar, chiquilla! Anda, salgamos ya, que no vamos a llegar nunca —interviene Abel, que no ve la hora de salir de Madrid—. Toma, ponte estos pendientes de oro, son un regalo mío. No me gusta que mi reina vaya sin las joyas que merece.
De haber sido en otro tiempo, la reacción de Tina no hubiera sido aquella: una leve sonrisa, apenas reticencias para ponerse aquellos pendientes. A la mente de la vedette, de su amiga e incluso la criada, que mira la escena, acude la misma idea: «¿A quién han pertenecido aquellas joyas? ¿A quién se las han robado?».
Isabelita piensa que su primera impresión es cierta. Tina ha caído en una trampa y además, no se le puede ayudar. La trama del destino la ha enredado en una tela de araña donde se ha quedado pegada.
Bajan al portal. El nuevo día que se anuncia, frío y gris, trae reflejos tristes, un día más de guerra infame. Tina lleva un vestido azul. Su imagen, con aquella cara desolada, hecha un mar de lágrimas, quedará para siempre grabada en la retina de su amiga, desarbolada por la impotencia. Nada puede hacer, sino encomendarse a lo alto, pensar que la vida trae en ocasiones difíciles pruebas para los seres humanos.
La vedette se despide de la criada, que les ha acompañado llevando una de las maletas pequeñas. Luego, temiendo el momento, se vuelve hacia su amiga.
—¡Adiós Isabel! —dice Tina abrazándose a ella. Es un abrazo largo y profundo. Las dos se echan a llorar. También llora la criada, incapaz de contener las lágrimas por la emoción.
Tras alejarse el automóvil calle Alcalá abajo, Isabel parece darse cuenta del sobre que tiene entre las manos. Lo abre, nerviosa. En él, en unas cuantas cuartillas, en las que se ven claramente las huellas de lágrimas, Tina, en el caso de que la sucediese alguna desgracia, le encomienda el cuidado de su madre, de la casa, y le dice que para salvar los muebles, la ropa y las cosas de valor, además del piso, que lo ponga a su nombre. Con ese motivo le deja una autorización expresa con su firma. Sobre el cielo de Madrid continúa la gran batalla aérea, con multitud de aparatos. Esa batalla se pierde en la lejanía cuando los dos coches salen de Madrid y comienzan un viaje de muchas horas, angustias y miedos, pasando los controles con documentación y salvoconducto.
Con el depósito lleno de gasolina y comida preparada para consumir en el coche, las únicas paradas son las que se hacen por necesidades fisiológicas. En esos momentos, y a pesar del frío del campo, Tina parece despertar, florecer en la mañana radiante, absorber esos olores de tomillo, de romero, de libertad, la muerte de momento conjurada. Todo parece nuevo, milagro anhelado, como si hubiera cambiado de país, ninguna huella del drama y de la guerra. Es un paisaje de huertas, la torre de un campanario y un pueblo en la lejanía, aún las naranjas y los limones en los árboles. De tan feliz, las lágrimas le ruedan por las mejillas sin un gemido, felicidad pura de saber que existe otro mundo, que aún la belleza y la naturaleza no han sido borradas de la faz de la tierra.
Tina se abisma mirando por la ventanilla, por más que Abel intenta buscar la complicidad en sus ojos. Viajes distintos, intensos ambos, vividos como preludiador de un gran cambio, el peligro, por supuesto, siempre acechando, a todo se acostumbra el cuerpo en esta realidad subvertida de la guerra. Hay algo irreal en esa salida, piensa Tina, en el primero de los coches, el segundo cargado con una ametralladora, sensación de estar en una banda de gánsteres, como una película de James Cagney o Paul Muni. Por un lado, el alivio de no oír bombas, ni aviones, ni machacantes sirenas. Celebra el aire libre como un pájaro que está a punto de obtener la libertad. Sólo que permanece todavía dentro de una jaula.
A su lado Abel, también esquivo, atento a los controles, siempre cerca de su pistola, cosa que no le da buen pálpito a Tina, que por el otro lado tiene a María, la mujer de Abdón, el chófer. Es un dato definitivo. Todos van a desertar, y quizá por eso la acompañan, pero por otro lado, ¿qué puede ya hacer? Confiar en el destino. Rezar, cantar canciones fetiche, por lo bajo, aunque los otros lo noten, silencio sepulcral que sólo se rompe al llegar a los controles, como el de Tarancón, paso obligado. Tina se percata del nerviosismo de Abel, hasta el punto de atraer él mismo la atención de los demás. Pero luego, esgrimiendo documentación y carnés, con aplomo en el gesto y la mirada, Abel solventa el paso.
Con el alma en vilo, los sentidos despiertos y en alerta, el traidor se da cuenta de que él mismo se puede condenar. Llega al límite, encara con valentía el momento, y los guardias ven convicción, buen actor para lograr el último propósito. Llegar a Valencia primero, y de ahí tantear si un barco en Alicante o el viaje a Barcelona. Hay, por tanto, que proceder como si todo aquello fuera legal, bendecido por papeles de misiones, por escolta e investigación. Pero el drama, el desgarro de Abel, va por dentro, buscando en la mirada de los otros, viendo también sus dudas, sintiéndose judas, traidor sin paliativos, buscando explicaciones, torturándose. Ya está rodando la rueda del destino.
Entre ensueños de una y temores de otro, de atardecida llegan a Valencia. La capital del levante feliz —según la habían calificado con ironía los diarios madrileños—, se apresta a otra noche de animación y descoque. Hay trasiego y ruido, gritos y pitidos, sonidos de frenazos y bocinas. Centenares de automóviles, muchos requisados, cruzan veloces en una ciudad no preparada para el tráfico urbano.
Lo comprueban cuando están a punto de sufrir un accidente al poco de entrar en la ciudad. Comparada con Madrid, aquella urbe vive de manera sorprendente. Mujeres que hablan y visten con desparpajo y sin pintura, sin complejos, en los hombres cazadora con botones o cremallera y un sinfín de gorros rusos de piel. Se distingue un movimiento casi frenético, de hormiguero hacendoso en labores extrañas, movimiento al que todos dan la excusa de la guerra, aunque desde luego, esté mucho más lejos que en Madrid. Un gran cartel de dos pisos en la plaza de Emilio Castelar grita a los cuatro vientos que el frente de Teruel sólo se encuentra a 150 kilómetros. Hay hombres armados por todas partes: muchos de los que circulan de paisano llevan pistolas, más o menos ocultas.
La inversión del orden establecido tiene consecuencias visibles en lo cotidiano, aunque no afecte a lo profundo, suspendido en un futuro que vendrá después de la guerra. En Valencia, como en Madrid, se asaltan los cuarteles en julio del 36. Fracasa el golpe, se constituye un Comité Ejecutivo Popular soberano y comienza el proceso revolucionario, el terror para los partidarios de los sublevados. Se sueña con cambiar el mundo, se desmoronan las instituciones del Estado burgués republicano. Pero el proceso, donde muchos pescan en esos ríos revueltos, sufre un giro con el traslado del Gobierno de Largo Caballero de Madrid a Valencia el 7 de noviembre de 1936 que marca el inicio de la recomposición del Estado en detrimento de las formas de poder populares y revolucionarias bajo la consigna de que hay que ganar primero la guerra.
Valencia no es la capital de la república sino la sede del Gobierno y las instituciones del Estado, porque Madrid continúa siendo la capital heroica en su resistencia contra el fascismo. En cualquier caso, la guerra y la revolución, más la llegada del gobierno, van a transformar la faz de la ciudad levantina, cambio nunca visto antes, alterando la vida cotidiana, los afanes. Un cambio bronco y rápido, ético y estético cuyo primer hito ha sido el repentino aumento de la población. Decenas de miles se suman a sus 320.000 habitantes: refugiados, intelectuales antifascistas, burócratas, políticos, periodistas, brigadistas internacionales, diplomáticos extranjeros, delincuentes, espías y prostitutas de lujo llegan a la vez a una ciudad dormida en su sueño provinciano, con su burguesía agraria, y la transfiguran en una urbe que sobrevive en medio del caos.
Aterrizan dirigentes de los partidos y sindicatos y con ellos la lucha partidista y las internas de cada grupo. Las embajadas siguen al gobierno en su traslado, con su personal administrativo. La mayor y más influyente de ellas, la de la URSS, se ubica en el céntrico hotel Metropol, en la calle Xátiva, donde entran y salen políticos, espías y policías rusos. En el hotel Victoria, en la calle de las Barcas, se alojan numerosos intelectuales y corresponsales extranjeros, al igual que en el hotel Inglés. En el hotel Palace, en la calle de la Paz, se instala el congreso de escritores antifascistas y posteriormente el Ministerio de Instrucción Pública. Los burócratas toman posesión de los mejores palacios y pisos de la ciudad, en contraste con una gran masa de desplazados formada por gentes del común a las que la guerra ha dejado sin bienes ni enseres. Otros, camuflados en esa masa humana, huyen de las levas y de los peligros del frente. A finales de diciembre, Valencia rebosa de madrileños, contra los que algunos despotrican, causa, según se dice, de que empiecen a subir, y sobre todo escasear los alimentos. Esos contrastes que ha traído la llegada del gobierno hacen brotar aquello que más odian los revolucionarios: el poder del dinero, el lujo que lo acompaña y la diversión frívola de cabarés y antros, insulto a las clases trabajadoras y a sus sacrificios en el frente, según pregonan los diarios comunistas y anarquistas.
Para perseguir a parásitos y aprovechados, el gobierno dicta medidas, a lo que se suman redadas policiales, pero no consigue resolver el problema. Tabernas, restaurantes, night-clubs, cabarés, prostíbulos, cines y salas de juego siguen con su actividad sin camuflarse demasiado. Los espectáculos son las diversiones favoritas de los ociosos.
En aquel burbujeante ambiente es imposible encontrar hotel. Preguntan en varios, con la misma respuesta. Todo está lleno, a rebosar. Mientras Abel o el Abogado descienden a preguntar, Tina hojea uno de los periódicos de Valencia en la recepción.
—¿Qué miras con tanto interés? —demanda Abel.
—La cartelera… Ponen Morena Clara, La verbena de la Paloma, De guapo y medio… Continúa en el Novedades la revista Las Corsarias (modernas). Virginia Lagos, vedette, primer actor cómico Daniel Benítez. Me acuerdo cuando la hice en Madrid, hace tres años. Es una revista que me gusta. Y en el Apolo, Estrellita Castro y Piruletz, buenos artistas y amigos… Quizá si les pregunto a ellos podía encontrar alojamiento.
Tina intenta salir de la compañía de Abel y sus compañeros. Piensa que si se rodea de amigos del mundo del espectáculo aquellos temores que la devoran remitirán y descenderá la presión de sus acompañantes, que la tienen literalmente ahogada.
—No hay plazas en los hoteles, y no vamos a ir a una pensión de mala muerte… Lo mejor es ir a un hotel de Castellón, está cerca. Nosotros volveremos a Valencia, tenemos que estar aquí muy pronto por la mañana.
Leyendo aquel periódico, Tina siente el mismo miedo que en Madrid. Grandes anuncios en algunas páginas claman contra los traidores, los espías, la siempre perversa y pérfida Quinta Columna. Carteles como «El espía acecha, ¡cacémosle!» o «¡Silencio los charlatanes, el espía puede oíros!» aparecen impresos con enormes letras negras. El enemigo, siempre presente, infiltrado dentro de la ciudad, camuflado, es representado de una forma repulsiva, entre sombras, la angustia y el miedo. Es aquella una ciudad en lucha contra enemigos interiores y exteriores, inmersa en una guerra sin cuartel entre dos mundos y concepciones completamente diferentes. Sin embargo, aunque el terror es durante algunos meses un elemento omnipresente, ya se ha controlado la nefasta acción de los «incontrolados», que han realizado registros, robos y saqueos, además de asesinatos. Como en Madrid y en la mayoría de la España republicana, el golpe de julio del 36 ha conseguido aflorar las ansias de desquite de los desheredados. Mientras las instituciones del Estado se disolvían, miles de obreros y marginados de las clases populares se tomaron su justicia sin freno frente a patrones y autoridades que secularmente los habían explotado. Pero aquellos tiempos del miedo han pasado y el Estado ha recuperado ya los resortes y mecanismos para imponer el orden, detener aquellas sangrías y actividades que deshonran la retaguardia leal.
A principios del 37 ya han desaparecido de Valencia los coches de la calavera con sus inscripciones provocadoras, y el famoso coche fúnebre, «la Pepa», ya no recoge cadáveres sin nombre que, como demandaban los juzgados, luego son fotografiados para posterior identificación.
Ya en Castellón, alojados en el hotel Martí, Abel deja allí un coche con Perdigones y Serapio Gutiérrez y dice a María que acompañe a Tina en la habitación, mientras Abdón, el Abogado y él vuelven a Valencia con la excusa de estar en la sede del Comité Nacional a primera hora. Abel necesita el vértigo de esa Valencia nocturna, de sus cabarés y antros. Aquella visita le es necesaria para afianzarse en su decisión. El levante feliz dista mucho del heroísmo madrileño, ni siquiera pasivo. La buena vida suele ser patrimonio de altos funcionarios, señoritos madrileños o diplomáticos extranjeros, lujo y postín allá donde fueran, los parásitos proliferando, haciendo carrera. Como si la guerra agudizara ese sentimiento de hundirse en el desenfreno. «No hay que olvidar —según Abel leía de uno de los periódicos, Adelante— que vivimos aún en un régimen capitalista, a pesar de los controles, las incautaciones y otras zarandajas».
No es fácil erradicar a los vividores. Esta animación diurna y nocturna sorprende a los recién llegados a la capital levantina. Los cabarés se abarrotan desde su apertura a primera hora de la tarde, hasta el cierre mucho después de la medianoche. Todos quieren divertirse, cada uno anda en su negocio, lo es la guerra para todos: de la subversión del orden siempre hay gente que acaba ganando, no es aquella una excepción. Abel y sus dos compañeros recorren varios de esos antros, y en cada uno de ellos, Abel sonríe.
—Ya habéis visto, compañeros. ¡Vaya Babel! —dice el Abogado.
—Todos se comportan como en un caduco régimen burgués. ¿Esa es la revolución que hay que defender? Mejor salir por piernas y con botín mientras aún se pueda —añade Abel en voz baja.
Y por eso brindan los tres, con una botella de cava, pagada generosamente por el contador de la columna. No deben hacerse notar, sin embargo. Tras el cabaré Victoria acuden a una cafetería, a reponer fuerzas. Allí todavía no ha llegado la escasez que atenazaba ya a Madrid.
Aquel desenfreno daba a Abel la justificación perfecta. Tras su decisión, buscaba los razonamientos para explicársela. Los escrúpulos que sentía iban disolviéndose en el nuevo convencimiento de que cada uno iba a su avío.
Duermen en el coche, algo bebidos, tapándose la cara con el diario de la FAI, Fragua Social. En él, precisamente, se pueden leer las críticas de la prensa anarquista contra algunos espectáculos como el boxeo, la música de cabaré y las corridas de toros, que se hacen casi todas las semanas. Un tal Julián Montes fustigaba ese lujerío en un artículo:
«La España de panderetas, toros y bailes es la que estamos derrotando mediante el sufrimiento, siendo un contrasentido bien patente el mantener las reminiscencias de este pasado repugnante. Si esto no es una verbena, se le parece mucho. Creemos que ha llegado el momento de tomar en serio estos problemas de la frivolidad. Da grima contemplar Valencia. Por doquier canciones, música de radio, bullicio, alegría desbocada, palabras sin sentido, desenfado, euforia… y la guerra no se ha ganado todavía, ni se hallan lejos los frentes, ni está despejado el horizonte por completo… ¿Esto qué es? ¿Vivimos en un país de locos o se nos quiere volver locos a los demás? Imitemos el ejemplo de Madrid y sirva de modelo la moral de su retaguardia. Pesimismo, no; pero inconsciencia, tampoco; la guerra lo exige».
* * *
Tras el final de la II Guerra Mundial, Julián Montes, como otros perdedores de la guerra de España, pensó que ya era hora de volver a la patria. Había combatido junto con los franceses libres de De Gaulle en el ejército aliado, haciendo hincar la rodilla a los nazis incluso en la propia Alemania. Y como muchos de sus compatriotas, de esos guerrilleros y maquis que habían liberado 16 departamentos del sur de Francia, pensaba hacerlo al frente de un ejército vencedor para restaurar la democracia y echar a Franco. Pero pasado el envite de la invasión del valle de Arán en 1944, aún sin acabar la contienda, y viendo que los aliados, tras la caída de Berlín ponían más énfasis en la Guerra Fría que en acabar con la dictadura, Julián, como otros muchos, empezó a desconfiar de la victoria contra el régimen. Una vez más, aquellos republicanos españoles que habían combatido en el norte de África o las montañas francesas, dando golpes de mano y derrotando a soldados alemanes, se sentían estafados en el último momento. Había cambiado, eso sí, la opinión de los franceses, pero una vez más, los españoles habían hecho el Quijote. La verdad es que nadie se arrepentía de haber derrotado al poderoso y orgulloso enemigo teutón. Cuando las planas mayores de las organizaciones antifascistas se dieron cuenta de que el franquismo iba para rato, destacaron enviados al interior de España para hablar con los resistentes.
Una buena parte de España sobrevivía como podía en los estrechos cinturones del franquismo, otra parte vagaba por el mundo, unos cuantos habían combatido en la Guerra Mundial, como él. La victoria contra los nazis en Francia le había hecho moderar su pesimismo, que se disparó otra vez desde que entró en España, enviado por el Comité Nacional. Era misión que había aceptado Julián Montes para ver a su madre enferma, y saber de su hermano, aún en la cárcel.
La paz de los cementerios se había abatido sobre España y Montes cumplió a rajatabla los mecanismos de seguridad inherentes a lo clandestino. Hacía muy poco, en julio de 1947, que Eliseo Melis había sido abatido por las balas del libertario Manuel Pareja, que, aunque murió en el enfrentamiento, ejecutó la condena a muerte decretada por la Confederación, a la que había ocasionado graves pérdidas con la detención y torturas de numerosos militantes. Montes pasó por Barcelona, donde, entre cita y cita clandestina, tuvo tiempo de charlar con Alady en un Teatro del Paralelo.
Ya en Madrid, Montes utilizó una camioneta falsificada con los colores y emblemas del servicio de Correos, que no levantaba sospechas en las inmediaciones de las estaciones, donde por seguridad, hacían muchas veces las citas los libertarios. En la capital se demoró unos días. Julián Montes tenía buena memoria. Recordó de qué le sonaba el nombre de Serapio Gutiérrez gracias a la guitarra. Si no, no lo hubiera relacionado con el informe que le había pasado Manzanedo en la celda de castigo de la cárcel San Miguel de los Reyes varios años antes. Serapio no era un nombre tan común. Así que acudió, tras la actuación, a visitar en el camerino al Guitarrista. Cuando le dijo que estaba allí para saber algo de Tina de Jarque, el rostro del músico se contrajo.
—Ya dije todo lo que tenía que decir sobre ese asunto. He pasado mis años de cárcel, obtuve un indulto y salí libre. Intento olvidar todo aquello. ¿Qué es usted, policía? No tiene mucha pinta…
Aquel hombre había captado la rareza de aquel empeño, varios años después de ocurrido todo, demasiado tarde para la Causa General. Julián adoptó su disfraz más neutro. Sacó una libreta y un bolígrafo.
—Periodista. Sé que usted estuvo en el grupo que la detuvo, me lo ha dicho un pajarito. Pero no se preocupe, eso no pienso escribirlo. No me interesa lo que usted hizo o dejó de hacer, sino si sabe algo cierto sobre su final. Nadie se pone de acuerdo en cómo murió y por qué, aunque parece seguro que la fusilaron.
—Eso oí decir. A mí me habían reclutado en la columna Andalucía-Extremadura, que tenían el cuartel en Claudio Coello, pero cuando la convirtieron en la 77 Brigada, yo me libré de ir al frente tocando en los teatros de la capital, acompañando a los bailaores o como solista.
Era historia que no le gustaba. Bajaba los ojos, parpadeaba. Serapio buceaba en su interior, quería salir cuanto antes, acabar con todo aquello que le traía recuerdos. Julián Montes se percató de que sabía mucho más de lo que decía y se arrepintió de no haber jugado la baza del policía, con más aplomo y mala leche. Lo miró con intención.
—Yo no la detuve —rompió el espeso silencio—. La vi en el cuartel un momento, detenida. Pero yo estaba en otras cosas.
—No es eso lo que me han contado. Sé que iba con ella y los demás en la huida a Valencia.
El Guitarrista se quedó clavado. Aquel hombre era como un espectro de su pasado que venía a atormentarle.
—Aquella fue una época maldita. A mí me detuvieron también los anarquistas en Valencia. Me salvé por los pelos. Volví a Madrid y, como le he dicho, pasé el resto de la guerra acampañando a varios artistas en conciertos y espectáculos.
—¿Y no escuchó nada de lo que había pasado con ella?
—Dijeron que la fusilaron. Que intentaba sacar joyas con el pagador de la tropa. Pero era algo que uno no preguntaba, no era recomendable mostrar interés por gente así.
—¿Sabe si tenía alguna amiga, una tal Isabel?
—Ni idea —Serapio bajó los ojos de nuevo y en aquel reflejo Julián vio que mentía.
—Si era de las variedades, pues entonces pregunte en los teatros que se dediquen a eso. Yo sólo me dedico al flamenco.
A pesar de la agresividad soterrada que desprendía y las ganas de que el otro desapareciera, el Guitarrista parecía clavado al sitio, como embrujado. Montes pensó que sin quererlo, el músico había acertado en la simplicidad del razonamiento. Si Isabel era amiga de Tina, pertenecería al mundo de la revista. No había tantos teatros en Madrid que se dedicaran a ello. Podía volver a ver a Álvaro Retana y preguntarle. Decidió que lo haría, a riesgo de descubrir su juego, si no conseguía averiguarlo de otro modo. No temía que el novelista lo delatase, pero Retana no era tonto, y tanto interés sería sospechoso, sobre todo porque demostraba conocer algo que no cuadraba con la pantalla que había utilizado. No podía cometer ese error, no era digno de un buen detective, y sobre todo, de un militante clandestino que había venido a otra misión.
—Yo no sé lo que será, pero usted es periodista como yo cantante de ópera. ¡Agur! —soltó Serapio Gutiérrez, repuesto ya de la impresión que le producía aquel turbio pasado que de pronto había regresado, antes de cerrar la puerta e intentar dejarlo otra vez atrás.
Tras haber demandado en el Maravillas, Montes acudió al Teatro Martín. El portero le dijo que, en efecto, Tina había actuado mucho allí antes de la guerra, pero que preguntara al gerente. El gerente pensó un poco y creyó identificar a la única persona a la que le había oído hablar de Tina de Jarque: Isabelita García. Le remitió a los camerinos. Aún faltaba una hora para la función, y Julián esperó un rato hasta que se presentó.
—Me ha dicho el gerente que me buscaba un policía para hablar de mi amiga Tina…
—¿Isabelita García? Encantado. Estoy investigando la muerte de Tina de Jarque y me gustaría que me contestara a algunas preguntas.
Julián Montes omitió presentar cualquier acreditación policial. Bien sabía él que en la España franquista nadie iba a molestarse con quien decía ser policía.
—¡Cómo no! Desde luego. Todo lo que pueda hacer por la pobre Tina, que en paz descanse… Pase, hablaremos mejor dentro, aunque no hay mucho espacio. Espero que no le moleste que me vaya maquillando mientras tanto. La verdad es que no sé por qué no vinieron a preguntarme antes. Yo, desde que me fui de esa casa, de la de Tina, cuando vino su madre, me desconecté, la verdad. Pero en fin, dígame.
—Creo que eran amigas.
—Sí, lo éramos. Conocí a Tina en el año 33, cuando se volvió a programar una versión de Las corsarias, aquí, en el Teatro Martín, figúrese que este camerino lo ocupó ella una vez. Yo era entonces vicetiple e hicimos amistad. Muchas noches íbamos a Doña Mariquita o al café Molinero, en la calle Alcalá, a tomarnos un chocolate o un té por las noches.
—O sea, que era una amiga relativamente reciente.
—Pero llegamos a ser íntimas en aquellos años. Trabajé mucho con ella, y eso da intimidad. Me contó muchas cosas de su vida. Yo la admiraba desde que era joven, cuando con 12 años me llevaban al Apolo. Allí conocí a las divas de la época, como Eugenia Zúffoli, Amparo Taberner, María Caballé y Tina.
—¿Y ella tenía contactos políticos? Se dice que era monárquica, que la acusaron de tener escondida una bandera…
—No, lo de la banderita era porque era de un espectáculo. Y de políticos apenas. Cuando le hicieron un homenaje en el Martín, Indalecio Prieto le mandó un ramo de flores con un broche de diamantes.
—O sea…
—No se vaya usted a creer que era amiga de los «rojos». Resulta que por el año 35 en la revista Ahora habían hecho una encuesta a las artistas sobre qué político le parecía más guapo, y ella había dicho que Indalecio Prieto, para chinchar, porque desde luego, el orondo Prieto no era nada agraciado. Ella lo había dicho por salir del paso y escoger al más feo, al más insólito, para que la dejaran en paz. Pero el presumido de Prieto se lo creyó y le envió aquel broche espectacular. Ella no sabía qué hacer, se reía, el escenario estaba tan lleno de flores que no cabían, no había sitio ni para saludar.
—Así que tuvo muchos admiradores. Me habían hablado de aristócratas, pero no de políticos del Frente Popular.
—Era una mujer que nunca se metió en política, pero tenía dinero, una finca en Biarritz, muchas joyas, pieles. Era muy llamativa, hubo una persona que nos vio en Aquarium, le gustó, la siguió, al otro día la detuvo, un recaudador de guerra, y luego ya no pudo librarse de él. Le pusieron dos policías a la puerta y ya no la dejaron vivir. Yo no podía hablar con ella, un día entré al tocador y apenas pude intercambiar siquiera dos palabras: no había manera.
Se veía afectada a pesar de los años pasados. No eran tantos, once. Aún estaba fresco en la memoria el asedio de Madrid y el final de su amiga del alma.
—Ay, como me acuerdo de la pobre Tina. Aunque era morena, podía hacer de rubia espectacular. Así se puso, de vampiresa, rubia y con tirabuzones para hacer «Cazando esposo», una pequeña pieza con letra y música de Retana y Casanova.
Por un momento, Isabelita se pierde en la ensoñación de aquellos números. Y le cuenta a Montes, que la mira con paciencia, algunos detalles:
—Tina salía al escenario con la ropa justa, con una caña de pescar y un retrato suyo al final del hilo, como anzuelo. El público, casi todos hombres, se volvía loco por coger los retratos. Lo tenía que repetir dos o tres veces, se quedaba agotada y sin retratos:
Si eres soltero y de amor te mueres
con la mano no, con la boca sí.
Pica tu corazoncito.
Pica pronto cariño mío.
Afirman las casadas que un buen marido
es una medicina de gran valor
pues todas las dolencias se les han ido
con rapidez e ilusión
por eso un marido necesito pescar
con la mano no, con la boca sí.
—Cuando iban a coger el retrato, ella tiraba de la caña y la que se armaba…
—¿Y tenía algún amor? Sé que tenía muchos admiradores, pero amantes, novios…
—Bueno, tuvo amores con Paulino Uzcudun, que en San Sebastián no se lo perdonaron porque decían que había perdido el campeonato mundial por su culpa. Una vez que fuimos a San Sebastián, que estuvimos trabajando, me dijo Tina, no te extrañe que esta noche nadie me aplauda, no me van a aplaudir, no me han perdonado todavía. Salimos y, efectivamente, nadie la aplaudió. Es más, le dijeron que se cubriera un poco, que fuera un poco tapada, y así lo hizo, y al cabo, en un entreacto entraron unos señores y nos dijeron que por favor, que nadie creía que era Tina de Jarque y que se pusiera como ella solía hacer, es decir, un poco ligerita de ropa. Entonces ella se enfadó mucho, y dijo: «ahora me voy a poner como yo trabajo». En aquellos tiempos era tremendo, tuvo tal ovación que aquellos señores que eran de no sé qué, todos de oscuro, entraron en el cuarto a felicitarla y ella los echó con cajas destempladas porque la pobre estaba harta de tantas tonterías.
—¿Como que tonterías?
—Había mucho mojigato. Nos habíamos ido a bañar a la playa de la Concha, llevábamos unos trajes de baño un poco modernos, porque habíamos estado en Biarritz, y vimos mucha gente en la playa, le dije, estos que te han conocido, ella contestaba, no sé, todos de oscuro, qué raro y eran de no sé que cosa de las buenas costumbres, sí, de la Liga contra la Pública Inmoralidad, ahora me acuerdo y qué no podíamos salir así, menos mal que teníamos un albornoz para ponernos, fue el escándalo del año en la ciudad.
—Ya, ya, pero le estaba preguntando por otros amores. Creo que picaba alto…
—De todo tuvo. Pero ni era devoradora de hombres ni tenía mucha malicia. De todo se reía. «No es lo mismo Tina de Jarque que dejar que se llene la tina», le daba mucha risa a ella, había sido un comentario de Ramos de Castro. Era amiga del maestro Luna, de Alonso, de Juan Carcellé, de García Sanchís, que le regaba su camerino y habitación con pétalos de rosa…
Hubo un suspiro. Julián Montes sorprendió el gesto en Isabelita García, el freno de la prudencia. Conocía sin duda cosas, pero no las iba a contar. Había olfateado peligro, o posible maledicencia, y optó por el silencio. Y antes de que su interlocutor pudiera replicar o realizar algún quiebro, zanjó la cuestión y se cerró en banda.
—Si picó alto, fue porque pudo.
* * *
En la mañana del 5 de enero, un alborozado Pepe Pareja que vuelve de Talavera dos días antes de lo previsto, se enfrenta a una casa vacía y a una criada asustada.
—¿Cuándo se han ido? ¡Contesta! ¿Y con quién? ¿Se han llevado todo? ¿Será cabronazo el mamón de Abel? ¿Y los otros? ¿Los habrá envenenado también esa pájara de tu señora?
La criada no sabe qué hacer, qué decir. Pepe Pareja rebosa rabia: da vueltas y vueltas escudriñándolo todo, como si aún estuvieran escondidos en alguna habitación, o se hubieran dejado cosas en el despacho, por ejemplo las joyas requisadas.
—¿Pero es que no sabes hablar? ¡Contesta, pasmada!
—Se fueron en dos coches, no sé decirle a dónde, yo no sé nada. En uno llevaban una ametralladora de esas…
—Sí, sabes más de lo que aparentas. Sabes perfectamente a lo que me refiero. Se han largado llevándose todo, no han esperado. Qué mal bicho, tu señora. Aunque espero que no pueda disfutar de eso si puedo impedirlo. Aún estoy a tiempo. Dime, ¿hace cuánto? ¿Ayer o antes de ayer?
El miliciano, con un gesto enfurecido, arrincona a la criada. Está a pocos centímetros, con las manos en alto, y parece que va a empezar a golpearla.
—Ayer… Ayer…
Sale deprisa, tropezando con una silla y dando un portazo. En cuanto llega al cuartel, avisa al responsable y desde allí, por teléfono, se da parte a Valencia, al Comité Nacional, la sospecha fundada de que en vez de ir a Málaga, donde era su deber, Abel Domínguez ha huido con varios compañeros y Tina de Jarque, con todas las joyas y la paga de la columna, camino del extranjero. Y para eso tiene que pasar por Valencia.
* * *
—¡Hay que acabar con esos hijos de puta! ¡Más si son frutas podridas de nuestras filas! ¡Hay que detener a ese desgraciado y que confiese! ¡No podemos tener a esos degenerados entre nosotros, hacen más daño que los puñeteros fascistas!
Con el pelo ensortijado y negro, y una barba rala que acentúa su aspecto agitanado, clama Mariano Rodríguez Vázquez, Marianet, secretario general de CNT. Aunque en la habitación, y en el aledaño salón principal de la sede del Comité Nacional, en el edificio requisado de la calle Grabador Esteve 4, en Valencia, se encuentran varias personas, Marianet, cuya imagen se refleja en un gran espejo, en la pared del fondo, parece hablar consigo mismo o un interlocutor imaginario. Hace quince minutos que le acaban de llamar de Madrid. Son las tres de la tarde del 5 de enero y como ocurre en otras ocasiones, los tacos, exabruptos y maldiciones salen de la boca del secretario general de la CNT dirigidas hacia todas partes, lo que hace que los que le oyen, las personas que están en su presencia —en ese momento Galo Díez, Manuel Báez y Rueda Ortiz—, se paren por un momento y contemplen cómo enrojece su cara morena, cómo las venas se le marcan en la frente y en el cuello cuando se enfurece. Parece un toro a punto de embestir. Sus críticos, que los tiene, dicen que por allí, por la boca, se va su fuerza, y que esa cólera nunca aparece ante los pesos pesados del anarquismo, como Horacio Martínez Prieto o, sobre todo, la Montseny y García Oliver, ministros del Gobierno de Largo Caballero de la República española, la segunda, que como todo el gobierno, habita en Valencia, en el levante feliz, donde se ha trasladado —a pesar de la oposición cenetista— temiendo la inminente caída de Madrid.
Aún con el teléfono en la mano, Marianet empieza a dictar órdenes.
—Manuel, busca a varios agentes, de los nuestros, y prepárate para detener a Abel Domínguez. Ese cabrón ha huido de Madrid con la paga de su columna, Andalucía-Extremadura, y los compañeros del cuartel piensan que pasará por Valencia, camino de Barcelona, en dos coches, junto con varios más, entre ellos un chófer que se llama Abdón, el que le ayudaba en las labores y un tal Acosta, al que llaman el Abogado. En uno de los coches llevaban una ametralladora, oficialmente para Málaga.
—¿Quién llamaba? —pregunta el viejo Galo Díez, otro de los miembros del Comité Nacional que se encontraba en la sede, trabajando en asuntos burocráticos.
—Era Piñeiro, del cuartel de la columna Andalucía-Extremadura. Un compañero ha denunciado los manejos de ese Abel. Dicen que llevaba vida de señorito, con las requisas, y que se ha echado una vedette de amante. Ayer dejó dicho que se iba a pagar al batallón Andrés Naranjo de la columna a Málaga y que volvería en dos días, pero parece que quieren tomar el camino de Francia más bien. No sólo se ha llevado la paga, sino un montón de joyas que han requisado en su provecho. Tiene que pasar por aquí, así que hay que dar aviso a todos los controles.
—No hace falta —interviene Manuel Báez—. Si ese Abel Domínguez es el que conozco, el que fuera secretario de los sindicatos de Sevilla, no hay que ir a ninguna parte. Está en este edificio. Lo he visto entrar hace un rato en el despacho de abastos. Y la verdad es que me he preguntado qué hacía aquí, le hacía por Córdoba, Málaga o por algún lugar donde luchara la columna Andalucía.
—¿Pero será hijo de puta?
—Shiss, baja la voz. Voy a buscar a los policías de CNT recién nombrados a la comisaría de Trinitarios y le cogemos con las manos en la masa. Está con alguien más, debe ser el chófer o ese Abogado.
—¿De qué lo conoces? —pregunta Rueda Ortiz, otro de los miembros presentes del Comité.
—De un congreso regional de Andalucía al que fui como delegado de Cataluña. Ese Abel le da bien al gatillo, era de los expropiadores de la FAI. Ha hecho atracos. Y creo que pasó años en las cárceles hasta que llegó la revolución.
Manuel Báez, miembro del Comité Nacional por Cataluña y amigo de Marianet, es un sindicalista emigrado a Barcelona desde su Andalucía natal.
—¡Pues se ha podrido el matón! —sigue exaltado Marianet—. ¡Poco futuro tendrá la revolución con gente así! ¡No queremos traidores y ladrones entre nosotros como García Atadell! De todas maneras, avisa con discreción a los compañeros que entretengan a esos traidores hasta que vengáis. No vamos a permitir ahora que escapen.
La mención al socialista que había conseguido un gran botín en la retaguardia madrileña en los primeros meses con registros, incautaciones y paseos, no es baladí. Aquel antiguo tipógrafo, Agapito García Atadell, ensalzado incluso en su labor por la prensa republicana, había huido con compinches, queridas y una fortuna en joyas y dinero en un barco hacia Sudamérica. Gracias a un aviso de los propios republicanos, había sido interceptado por los franquistas en una escala en Las Palmas. Ahora esperaba su condena de muerte en Sevilla después de haber protagonizado un patético e inútil arrepentimiento donde acusaba a los republicanos de infames crímenes.
Con esa mención, algunos miembros del Comité Nacional, reunidos en el salón principal, sentados en los sillones y el sofá, de estilo Luis XV, vuelven a sus quehaceres. Entre la tapicería elegante en las estancias, los lujosos muebles rebosan de papeles y de cajas de todo tipo, entre las que destacan, de pronto, algunas de municiones. En el techo, alumbra una lámpara de cristal veneciano, que, como el piano junto al salón, acumula polvo y parece preguntar qué hacen allí esos objetos, en esa casa señorial que ha sido ocupada por los obreros y que, desde julio del 36, sirve a la revolución. En la gran chimenea, de noble madera de caoba, arden algunos leños que calientan el ambiente en una Valencia donde lo peor, en invierno, es la humedad.
Joaquín Cots Vidal había cumplido los 36 años cuando llegó la revolución. Le había sorprendido en Valencia, recién llegado de Alcoy, donde trabajaba como obrero urdidor en una fábrica textil. Había nacido con el siglo, pero no fue hasta 1930, poco antes de que se proclamara la república, cuando se afilió a la central anarcosindicalista, en la que había llegado a ocupar puestos de vocal en el Sindicato Textil. Aquel entusiasmo contagioso de aquel tiempo en el que todo era posible, le había hecho acudir, en aquel julio del 36, a Valencia, como algunos otros miembros de la CNT y la FAI de su pueblo. Allí se sumó a los compañeros que, desde los primeros momentos del golpe de los militares rebeldes, se habían echado a la calle con algunas pistolas para impedir el triunfo de los fascistas. Tras la consolidación del régimen republicano y el comienzo de la Guerra Civil, Joaquín había sido destinado por la organización al reparto de carnés confederales en la sede valenciana. Para los nuevos miembros del sindicato se expendía un carné marrón, que no tenía nada que ver con el carné de los antiguos, en rojo y negro. La organización temía que llegaran arribistas que venían a medrar, o peor aún, infiltrados, que querían camuflarse sirviendo a otros intereses, e incluso a la Quinta Columna. Por eso era importante el concurso de antiguos afiliados como él.
Cuando el Comité Nacional cenetista, trasladado a Valencia con el gobierno —dimitido Horacio Martínez Prieto y nombrado Mariano Rodríguez Vázquez, Marianet—, vio el sesgo que tomaban los acontecimientos en Valencia, consideró que debía nombrar también agentes de policía. No quería dejar el control de la calle a los policías marxistas de la «Guapa», la GPA, ni el control del espionaje o la lucha contra la Quinta Columna a los «simios», los agentes del SIM capitaneados por los temidos Juan Cobo y Loreto Apellániz. Durante los primeros meses después del golpe militar, todos los partidos y organizaciones tenían sus patrullas y sus grupos de vigilancia.
Así que a primeros de año de 1937, avalado por la organización, Joaquín Cots Vidal, junto con los compañeros Fernando Oltra, Antonio Bordallo y Juan Serra, fue nombrado policía, pasando a desempeñar el cargo a las órdenes del Comité Nacional de CNT. Aquella tarde del 5 de enero, en compañía de Fernando Oltra, viene de comer en un restaurante intervenido cuando se encuentra con Manuel Báez a la puerta de la comisaría de Trinitarios, donde sirve, a las órdenes del comisario Gonzalo Fernández. Joaquín conoce a Báez del Comité Nacional, aunque como todos los recién llegados desde que se instalara en el levante el gobierno y las cúpulas de las organizaciones antifascistas, no lo haya visto más que alguna vez.
—Os estaba esperando, compañeros. Venid conmigo, tenemos que hacer una detención. ¿Tenéis las pistolas listas?
—Revisadas, engrasadas y cargadas. ¿Dónde vamos?
—Al Comité Nacional. Tenemos que echar mano a un canalla de los nuestros. Es orden directa del secretario, de Marianet. El comisario ya está informado.
Tanto Joaquín Cots como Fernando Oltra se extrañan un poco, pero siguen a Manuel Báez, que tiene un coche dispuesto para regresar al Comité Nacional. En el edificio de la calle Grabador Esteve 4, la que en otro momento fuera llamada Casa Albacar, propiedad de un industrial al que se lo han requisado, tiene su sede la organización de la CNT durante la guerra. No sólo el Comité Local, sino el Regional y el Nacional se alojan allí, en ese edificio con grandes espejos y salones decorados al más puro estilo rococó francés, donde se distinguen en las paredes retratos familiares y ovalados de muy buena pintura.
Por todos los rincones del lujoso edificio, cuyas paredes son de un finísimo fondo de seda azul, encuadrado por líneas de oro, ahora algo desgastadas por tanto trajín, se ubican oficinas, despachos, organismos de todo tipo donde suben y bajan hombres más o menos uniformados, en una actividad constante que sólo decae un poco al llegar la noche. Un cuerpo de guardia en el amplio portal vigila el acceso al edificio y el vigilante de turno pregunta a los que acuden. Si el recién llegado llega con el carné confederal y una orden o carta, lo remite al organismo correspondiente. Todos dejan allí sus armas, salvo los que tienen expresa autorización para portarlas. El miliciano avisa con los nudillos en unos cristales a su espalda y el jefe de la guardia sale de un pequeño cuarto cerca de la portería y acompaña al grupo. Lleva la mano en la cintura, apoyada en la pistola de la bandolera.
—No se han movido del comité de abastos. Tal y como dijiste, puse guardia en la puerta —dice el encargado de la vigilancia al miembro del Comité Nacional y a la escolta que lo acompaña.
Algunas miradas de los que se cruzan con ellos por los pasillos o las escaleras señoriales, de blanco mármol, con esculturas de bronce y ricas farolas, demuestran cierta sorpresa, tal es la carga de gravedad y determinación que desprenden. El grupo, compuesto ya por media docena de personas, sube a la primera planta y llega a la oficina donde otro miembro de la guardia vigila la puerta.
—No ha salido nadie —informa.
—Preparados, allá vamos —dice Báez mirando a los policías y a los miembros de la guardia. Todos agarran las culatas de las pistolas. No hay que utilizarlas, pero conviene tenerlas listas y sin seguro. Una detención es una detención.
Dentro de aquel despacho, el responsable de abastos que atiende a los dos hombres sentados ante él, ya sabe lo que va a ocurrir. Veinte minutos antes le han llamado por teléfono para decirle que entretenga a las dos personas con excusas. Y eso ha hecho. Pretextando que el asunto está complicado y que tiene que averiguar donde hay gasolina, ha mareado a Abel y al Abogado con llamadas ficticias. Estos esperan, un poco hastiados, deseando que el asunto se desenrede de una vez y aquel inepto les diga donde pueden repostar.
La entrada en el despacho es rápida, apabullante.
—Compañeros, estáis detenidos. Levantad las manos —ordena, imperioso, Manuel Báez.
A Abel Domínguez y a su acompañante se les demuda el color. Ni siquiera hacen conato de resistir.
—¿Pero… qué pasa? —dice, más que nada por reflejo, Abel.
—De sobra lo sabes. ¡Cacheadlos, por si acaso! ¿Dónde habéis estacionado el coche?
—En la plaza de al lado.
—¿Cómo se llama el chófer?
—Abdón, Abdón Torres.
Como si estuvieran esperando la señal, dos policías salen de inmediato para detenerlo. Los otros han aligerado a los dos detenidos de sus pistolas.
Báez está pendiente de la mirada de aquellos hombres. Es mirada de culpabilidad, huidiza, buscando el suelo, huyendo de los ojos, aunque intentando parecer segura.
—¡Vamos, andando! ¡Tenéis mucho que explicar!
* * *
Cuando se abre la puerta y entran aquellos hombres, pistola en mano, Tina sabe que todo se ha torcido. El mal pálpito que le acompaña desde que han salido de Madrid se hace visible. Esa desazón, que en algún momento ha pretendido disipar María, la mujer de Abdón, le quita el habla.
Tina, María y el chófer Miguel Perdigones llevan varias horas esperando en esa habitación del hotel Martín, en Castellón, donde han llegado por la noche. En todas aquellas horas de viaje, a las que se suman las horas de espera, la única intimidad que ha tenido Tina es cuando va al baño. Debido a su insistencia, ha conseguido hablar aquella mañana con su madre en Barcelona, en casa de Conchita Cisneros.
—Mamá, mamá, ¿eres tú? ¡Qué alegría! ¿Qué tal estás?
—¡Ay, hija, bien, estoy muy bien, preocupada por ti! ¿Estás bien, hija mía?
—Sí, mamá, estoy bien, en Castellón, de camino para allá. ¡Mañana llegaré a Barcelona! Espero que muy pronto pueda darte besos y abrazos.
—¡Dios te oiga! —se le escapa a Constantina—. ¿Has venido con Isabelita?
—No, mamá, ya te explicaré. He venido con Abel. No te preocupes por mí, pronto estaremos juntas. Dale muchos besos a Conchita, sé que se está portando muy bien contigo.
—¿Pero hija, puedes hablar? ¿Dónde estás? ¿Te pasa algo?
—Nada mamá, es la emoción. No puedo hablar, requieren la línea… ¡Adiós mamá! ¡Te quiero mucho!
—¡Adiós hija! ¡Ay, que alegría me acabas de dar! ¡Ten cuidado!
Tras colgar, Tina se queda muda, un nudo en la garganta, el estómago y el corazón encogidos. Intenta ser fuerte, pero sabe que al igual que sus lágrimas le bañan la cara, su madre, Constantina, está llorando en Barcelona, a cientos de kilómetros de allí. Quiere dar rienda suelta a las angustias que pueblan su corazón y se mete en el baño. María, aquella mujer algo ruda y basta, pero que parece tener buen corazón, no la sigue, a pesar de las estrictas instrucciones de Abel de no dejarla sola ni un instante.
Tina deja de pensar en su madre. María y Miguel Perdigones esperan, sentados en la cama y en un sillón, que Abel, el Abogado y el chófer resuelvan unos asuntos en Valencia, tal y como han dicho. Uno de ellos es la gasolina. Pero debe haber otros, por palabras oídas al descuido al salir ella del baño, entre Perdigones y la mujer. Pasaporte y papeles ha creído oír Tina, y la sospecha de que se han encontrado en dificultades se materializa de manera dolorosa al ver entrar al grupo de policías.
—De pie, las manos a la vista, por encima de la cabeza —ordena uno de aquellos hombres.
—Así que tú eres Tina de Jarque —dice el que parece comandar el grupo, que ha entrado en último lugar, encarándola—. Baja las manos… ¡Vosotros no!… Sé que no vas armada. Tú tienes más peligro con otras cosas… Apartaros, cara a la pared. Señalad las pertenencias de cada uno. ¿De quién son esas maletas?
—Mías… —admite Tina. Voy a Barcelona a actuar, tengo un contrato.
—Ya —contesta Manuel Báez—. Registrarlas.
No tardan mucho los policías en realizar su cometido. Mientras uno vigila con la pistola en la mano, otros dos abren las maletas y van depositando en la cama todo lo que encuentran. Vestidos, ropa interior, útiles de aseo, maquillajes, pijamas… En la segunda maleta, los agentes se fijan en una bolsa de cuero que aparece entre otras prendas de ropa. En su interior encuentran algo que les llama la atención. Enseguida avisan a Manuel Báez y le muestran un sobre con su contenido.
—¿Esta maleta es tuya? ¿Con todo lo que hay dentro?
—La maleta sí, pero ese estuche de cuero no es mío. Nunca lo había visto.
—O sea, que alguien lo metió ahí. ¿Quién? ¿Tu amante? ¿El compañero Abel Domínguez?
—No lo sé. Ayer por la mañana salimos de mi casa, en Madrid. Cualquiera pudo meterlo en mi maleta.
—¿Y sabes lo que contiene esa bolsa?
—Le he dicho que no es mía, así que no puedo saberlo.
Los otros detenidos, Perdigones y María, ya con las manos bajadas, miran con semblante serio. El hombre ha sido cacheado y le han quitado una pistola que portaba en una sobaquera de cuero. También han cacheado a la mujer, que no se atreve a protestar. Báez desvía su mirada hacia los detenidos, para ver si demuestran sorpresa por aquel descubrimiento que les compromete.
—¿Alguno de vosotros sabe algo de esto? Mejor que lo diga ahora.
—Acompañábamos a Tina de Jarque a Barcelona, por orden del compañero Abel, de la columna Andalucía-Extremadura —se atreve a decir Perdigones como tímida defensa—. Yo no tengo ni idea de lo que llevan en esas maletas, tal vez sean sus joyas.
—¿Mías? Ya sabes que eso es imposible… —responde Tina.
—Ya, ya, lo averiguaremos pronto. ¿Qué motivo teníais cinco hombres y una mujer para acompañar a una artista? ¿Vuestro puesto no está en Madrid, o en el frente? ¿Tú eres Perdigones? ¿Y no sabes lo que contiene esta bolsa de cuero, con un sobre lleno de dinero? Abulta mucho, ¿verdad?, parece una fortuna, más de cien mil pesetas, la paga de la columna.
La sospecha que Tina que no ha querido ver en todo aquel tiempo acude con la fuerza de la certeza. En realidad, era ella la tapadera de una huida. La vergüenza y el miedo la bloquean. No sabe cual de los dos le hace sentir peor.
Y aún no ha acabado todo. Registrando los armarios, los policías enseguida se topan con el saco.
—¿Y ese saco?
—De Abel —contesta rápido Perdigones—. Pero tampoco tengo ni idea. A mí me han dejado al cuidado de Tina mientras iban a Valencia, creo que al Comité Nacional.
Uno de los policías, Joaquín Cots, agarra el pesado saco y lo arrastra con cierta dificultad y ruido metálico hasta subirlo a la cama. Manuel Báez desata los nudos y lo abre. Envueltos en una funda de terciopelo descubre un revoltijo de joyas, una auténtica fortuna: broches, brazaletes, collares, pendientes, algunas enredadas. La visión deja imantados a todos los presentes.
—¿Estas son tus joyas?
Tina tarda en contestar, tan ida parece de pronto. El jefe de grupo tiene que repetírsela.
—Imposible. Ya les he dicho que no tengo. Las vendí un poco antes de la guerra.
El delegado del Comité Nacional observa aquellos pendientes, sortijas y collares. Algunos están desmontados y aparece pedrería suelta del oro y los engarces. Reconoce aquella manera de proceder de las requisas revolucionarias.
—¿Son tuyas? —pregunta a María.
Ella niega con la cabeza. Luce una cara compungida, a punto de llorar. Manuel Báez supone que será la primera en contar lo que sabe de aquella sucia historia.
—Los tres estáis detenidos. Recoged las cosas y acompañarnos con las maletas.
—¿Dónde está Abdón? —pregunta tímidamente María.
—Ya le verás. Antes, tendréis que declarar. Este es un asunto muy grave.
Las pruebas comprometedoras están en manos de los policías. Los tres detenidos y los que les han detenido desfilan hacia los coches. Fuera de la habitación y en la puerta del hotel Martí, en la calle Herreros, aguardan otros agentes. A Perdigones lo meten en el primer vehículo, escoltado, mientras que las dos mujeres van en el segundo, vigiladas por un policía y Manuel Báez, al lado del chófer. Quiere observar por el espejo del retrovisor que tipo de complicidad existe entre ellas. No obtiene una respuesta concluyente. Tina, con un ataque de nervios, ha enrojecido, mira al exterior, asustada, y no cruza los ojos con la mujer del chófer, que sí la mira, de vez en cuando, furtivamente, quizá implorando algo. Había pensado que su viaje a Barcelona iba a ser el mejor regalo de reyes para su madre, y ahora siente que realmente ha sido un error salir de Madrid. Por huir de los bombardeos y del propio Abel, se ha metido en la boca del lobo.
Camino de Valencia, la noche llega envuelta en malos presagios.