CAPÍTULO 4
En plena locura
Madrid, 1923
Aquel hombre se acercó despacio, con el habano en la boca, seguridad de ademanes y gestos: una cara de mediana edad en la que destacaban la nariz aguileña y los labios carnosos. Con gafas y las primeras entradas, no era especialmente atractivo, pero detrás de él se adivinaba todo un mundo de lujo, dinero y poder. Llevaba mirando mucho rato, imantado por su belleza: Con 17 años, Tina, de naturaleza exuberante, aparentaba alguno más. Aquella era la primera visita que hacía, con una amiga, Emeteria Molino, la Molinillo, al Nuevo Club, elegante local de moda al estilo de París o Londres. Tras su regreso de Alemania había debutado como canzonetista en el Romea. La primera vez que había actuado en la capital de España había sido hacía dos años, y en aquel entonces, un periódico, El Sol, había escrito un suelto que ella se había aprendido de memoria:
«El 28 del 4 del 21, en el Romea, de Madrid, Emilia Práxedes, Emilia Bracamonte y Tina de Jarque. Tina ha sorprendido por su belleza, la pureza de su dicción y las espléndidas toaletas que luce. Trátase de una artista que consiguió el premio Mi Careme, en Barcelona, que tiene una vocación decidida por el género al que se dedica y que tiene todas las condiciones para ser una estrella».
—Eres muy guapa.
Es lo primero que dijo aquel hombre cuando llegó a la mesa.
—Gracias —dijo ella sin querer dar conversación pero tampoco ser antipática.
—Eso fue lo que pensé cuando te vi en el Romea. Guapa y además, talentosa. Eres un brillante en bruto, aunque habría que pulirte un poco para que refulgieras mucho más.
Tina se echó a reír.
—¿Usted cree? Tengo estudios de ballet y canto. Además de mecanografía, sé francés, inglés y me defiendo en alemán, aún estoy en los principios de mi carrera. Ya he hecho varias películas en Alemania, ahí donde me ve.
—¿Y qué es lo que querrías conseguir?
—Me gustaría tener un coche, un hotel en Biarritz, alhajas, en fin, lo normal en estos casos —dijo riendo.
El galante caballero también se echó a reír. Sabía que todos los hombres tenían su precio, fuese cual fuese. Y las mujeres, desde luego, más previsibles.
—Tuviste suerte. Nunca voy a espectáculos como los del Romea, no tengo tiempo. Pero me hablaron de lo bien que lo hacías y de tu belleza. Al natural, brillas más.
Tina no sabía donde meterse, halagada en lo profundo, pero sabiendo que aquel hombre dominaba la palabra y el espacio escénico, lo que no era muy cómodo. Parecía diseccionarla de alguna manera con la mirada, como si realmente la estuviera acariciando tras el vestido. Se adivinaba su lujuria, disfrazada de voluptuosidad.
—También tu amiga es muy guapa —repartió los piropos.
—Gracias —respondió la Molinillo, que no sabía donde meterse. Quería dejar el campo libre a Tina, pero se había quedado ante las miradas suplicantes de su nueva amiga. Aquella velada se prolongó varias horas, en las que corrió el champán francés, invitación de la misteriosa figura, que a pesar del empeño de las dos jóvenes, escamoteó su nombre durante toda la noche. Al salir a la calle, acudió enseguida su chófer, solícito. Tras dejar a la Molinillo, que seguía con los ojos y la boca abiertos, en pasmo de sorpresa, la llevó al hotelito donde se hospedaba.
—¡Buenas noches, Tina!
—Usted sabe mi nombre, pero yo no conozco el suyo —era incapaz de tutearle, aunque él lo hacía con ella.
—Ya lo conocerás. Nos seguiremos viendo.
A la mañana siguiente, el portero llamó a su puerta con insistencia. Al abrir, Tina se encontró con un hombre agitado que llevaba una mueca de sorpresa en la cara:
—¡Señorita Tina! Hay un chófer con un coche en la puerta esperando. ¡Ha preguntado por usted, y dice que el coche es suyo!
—Pero, ¡bueno!, tiene que ser un error.
—Pues jura y perjura que el coche es de usted y que está a su servicio.
Fue entonces cuando se acordó de aquel seductor de la noche anterior. Desde luego, aquel hombre sabía tratar a las mujeres. Ella sabía que le gustaba, si no, no se hubiera llevado tantas molestias para invitarla y acompañarla.
Tina se vistió con rapidez y descendió hasta la acera. Y allí estaba el flamante y reluciente automóvil, de marca Erskine, con un conductor de librea —el mismo que la había llevado la última noche—, recibiendo la mirada de admiración y envidia de los viandantes. Aún no se veían tantos coches en la capital de España. Durante un buen rato, y ante la mirada alelada del portero y de las mujeres del servicio que se habían asomado, Tina no pudo articular palabra. Leyó con la boca abierta la nota que le tendía el chófer, junto con unas flores y un paquete:
—Me llamo Juan March Ordinas. Ruego que acepte este regalo y que reserve este fin de semana para cenar conmigo. Manuel estará a su servicio mientras usted encuentre un buen conductor.
Las flores eran rosas, varias decenas. El paquete contenía una cartera y dentro de ella, un collar y una pulsera, la libreta de una cuenta corriente y la propiedad de un chalé en Biarritz. Tina no sabía qué hacer, si gritar, saltar, reír, o rechazar todo aquello. No hacía un año que había decidido iniciar carrera en el mundo artístico, creía en sus condiciones y cualidades. Empezaba a abrirse paso en aquel complicado mundo del espectáculo y de la noche a la mañana, un hombre se había vuelto loco con ella y le regalaba riquezas y propiedades. Y sin ser realmente famosa.
—¿Así que es usted el chófer de don Juan March? —preguntó a Manuel.
—Uno de los dos que tiene. Don Juan es uno de los mayores hombres de empresa de España. Y de los más ricos —contestó con un guiño inequívoco.
Desconcertada, Tina no acertaba qué decir, y le entró una risa floja.
Fue la primera sorpresa de Juan March. La otra sería el espectacular recibimiento que le preparó aquella noche en su suite habitual del hotel Palace. El banquero recibió a Tina con una copa de champán y una sonrisa de oreja a oreja. Había ordenado una cena exquisita, con ostras, rosbif, deliciosos consomés, vol au vent de champiñones, trufas, dulces y variados postres. El servicio del hotel, su ayudante de cámara y sus sirvientes estaban extrañados. Fastos así no le habían visto nunca. Alguna vez había sido generoso con las cocottes que subían a su habitación, práctica casi diaria —podía llegar a interrumpir una reunión dos veces para acostarse con mujeres, profesionales de lujo o algunas queridas de la clase media fáciles de impresionar—, pero jamás había ordenado tal arrebato culinario, a lo que se sumaba aquel exuberante despliegue de flores. Había ordenado perfumar su habitación, el dormitorio y la cama con costosas esencias importadas. Todos a su alrededor se preguntaban quién sería la diosa a la que dedicaba tal homenaje. Alguien verdaderamente importante, una mujer conocida, o alguna belleza extranjera sin par a la que quisiera impresionar antes de acostarse con ella, fin último de todos sus desvelos, que, hasta el momento, no le habían costado ni tantos trabajos ni tanto dinero. Después de sus «conquistas», sus empleados podían atisbar una sonrisa en la cara de aquel depredador nato que parecía estar siempre pensando más allá de su mirada. Era mirada de pájaro carroñero, al acecho del brillo dorado, decían sus enemigos, ave rapaz que simplemente elegía la presa sobre la que se abatiría su codicia. Y era igual con las mujeres. Lo que quería, lo tomaba. No estaba dispuesto a aceptar una negativa, y había reducido el asunto a algo mecánico, en el que el precio, siempre que no fuera desorbitado, no era ningún inconveniente.
Lejos de la expectación que con su propia conducta había levantado entre los que le rodeaban y servían, las dudas que en aquel momento asaltaban a Juan March se centraban en la elección del traje, la corbata y hasta la ropa interior. Todo su dinero y su poder lo respaldaban en aquel intento, pero pretendía tal vez un imposible. Acostumbrado a las profesionales, Juan March, quizá por primera vez en su vida, había decidido sentir el placer de la conquista: quería seducir a su invitada.
Aunque podía suponer el nerviosismo de Tina ante aquel encuentro, Juan March no imaginaba cuál era la última causa que lo producía. Lo descubriría más tarde, tras la opípara cena, regada con buen champán francés, que Tina bebió, para no desairarlo: no estaba acostumbrada aún a las burbujas, según le decía.
—Pues tendrás que hacerlo, una mujer como tú flotará en el éxito, vivirá entre burbujas. El triunfo te está destinado. Yo sé distinguirlo a golpe de vista, en hombres y mujeres: nunca me equivoco. Acuérdate de lo que te digo.
Tina se reía con aquellas ocurrencias. Le entraba una risa que le aflojaba entera, fruto de la bebida y la lisonja. Todo ayudaba. Le había dado las gracias por aquellos regalos que le habían hecho flotar durante todo el día, donde no pudo concentrarse en nada. Menos mal que no tenía función hasta el lunes siguiente.
—¿Y siempre eres así cuando te gusta una mujer? —ya en el tuteo, preguntaba ingenua esperando encontrar una declaración del amor eterno, palabras que estaban impresas a fuego en las mentes de las jovencitas románticas.
El banquero sonreía. Estaba disfrutando. Hacía tiempo que no sentía las delicias de aquella sensación embriagadora. Tina sólo tenía ojos para él, y aunque sin duda se había informado de quién era, en realidad él disfrutaba creyendo que realmente la estaba seduciendo. Era ese poder supremo, que no había sentido nunca cuando lo hacía con dinero.
—¿Tú qué crees?
—Que sabes mucho detrás de esas gafas. Conoces como tratar a una mujer. Me has colmado de regalos que harían enloquecer a cualquiera. Pero yo tengo también un regalo para ti. Lo más valioso que poseo.
March pensó si con aquella metáfora Tina hablaba de su corazón o su cuerpo. Tardó aún un buen rato en saber a qué se refería. Tras los besos y las caricias, desembarazados ya de la incómoda ropa que se interponía entre los dos, en aquella mullida cama, entre los vapores del champán que le hacían chispear los ojos, Tina le dijo:
—Espero que no me duela mucho. Serás delicado, ¿verdad?
Durante unos segundos, Juan March no dio crédito a lo que oía. La excitación, aquel sentimiento parecido al amor que lo había tomado y que lo había erotizado desde la cabeza a los pies, pareció descender y atenazarle hasta el sexo. Pero la mirada de Tina, abierta, invitadora, tan distinta de las mujeres a las que pagaba, le hizo reaccionar. Aquella mujer le iba a entregar su virginidad. Algo que jamás había sospechado. No sólo le ofrecía su cuerpo, sino ser iniciada en el amor, en el sexo. Nunca antes el banquero había sentido algo parecido: era una sensación de poder total. Mejor que el dinero, más embriagadora.
Así enardecido, entró con toda la delicadeza de la que fue capaz en el cuerpo de Tina. Aquella era una flor que se abría para él. Según la creencia de la época, la mujer establecía una relación muy especial con el primer hombre que la había poseído. En la cabeza de las jóvenes que fantaseaban con su primera noche de pasión existía aquel convencimiento. Aunque la primera experiencia amorosa fue algo frustrante para Tina, la cosa se arregló después, cuando Juan March volvió a poseerla, tras vaciar entre los dos otra botella de aquel caro champán francés. Cierto que la cabeza le daba vueltas, pero eso la enajenaba. A ella y a March, que aún repitió otra vez al amanecer.
—Ha sido inolvidable —le dijo antes de levantarse—. Verdaderamente inolvidable. Hacía tiempo que no gozaba tanto.
Y lo decía preparado para comerse el mundo a continuación. Había sido droga poderosa. March no se arrepintió nunca de aquellas noches, y tampoco Tina, que no se había hecho ilusiones con el millonario y hombre de negocios. A partir de entonces lo vería de vez en cuando, e incluso sospecharía que un viento favorable animaba sus proyectos cuando lo tenía detrás.
Pero no le hacía falta. No es que cantara aún demasiado bien, pero tenía simpatía natural y un físico envidiable, con largas piernas, mirada exótica y piel oscura. Por eso se habían fijado en ella los productores alemanes, y había tenido papeles en dos películas más tras Bigamia. Tras esa experiencia, siguió haciendo cine en España. Aún el sonoro no había irrumpido en la pantalla y el cinematógrafo, invento elegante, se movía entre la gesticulación de los actores y los letreros explicativos del diálogo y la acción.
* * *
Madrid, verano de 1948
—¿Cómo dice que se llama? ¿Manuel Oliva? Tiene usted mucha suerte de poder escribir. A mí no me dejan.
Se lo había dicho a Montes con fatalidad, más que con queja. Álvaro Retana era, sin duda, un personaje en aquella trama. Ya no principal, sino un secundario de peso, necesario para navegar en aquellos ambientes artísticos que él apenas había llegado a conocer, ni siquiera cuando trabajaba de periodista antes de la guerra, acotado al ramo de los sucesos, ambientes sórdidos, nada propicios al encanto y lujo de las vedettes de revista. No sabía realmente qué podría contarle Álvaro Retana, aquel amigo de Tina, pero necesitaba hablar con él. Lo había nombrado Manzanedo al principio de toda la aventura. Y no había sido fácil localizarlo. Recordó que el guardia civil, años atrás, había mencionado que aquella figura de la novela sicalíptica y las variedades era, pura ironía, funcionario del Tribunal de Cuentas. Allí, con su nombre falso y haciéndose pasar por un antiguo compañero de profesión periodística, preguntó por su paradero.
—Ha tenido suerte —le dijo un funcionario al que le había remitido el ujier—. Vive en la calle Orellana. Es buena persona y ahora necesita que le echen una mano. Aquí, entre los compañeros, no se olvida que cuando llegó la guerra y algunos funcionarios fueron despojados de sus cargos por los rojos, él secundó de buena gana una colecta mensual por los supendidos con cierto carácter vergonzante. Y lo hizo valientemente, diciendo que era igual del color político que fueran, pero que no podían quedarse en el desamparo. Quizá por eso le consideraron desafecto luego a él también y en los primeros tiempos de la guerra las pasó canutas. De lo que pasó después, sinceramente, no sé nada.
Gracias a ese funcionario, Julián Montes localizó su domicilio, donde llamó una mañana tras decir a la portera que era un antiguo colega. Le abrió una mujer desconfiada, que le informó que Álvaro Retana estaba en la cama, convaleciente de un ataque de asma. Una voz trémula preguntó desde un cuarto interior.
—Un momento, haga el favor… —dijo la mujer, que acudió a la llamada que la solicitaba.
Desde la puerta entreabierta, aguzando el oído, Montes escuchó la conversación en sordina. Aunque el piso era modesto, se veían detalles de buen gusto, como tapices y jarrones.
—Es un periodista que quiere hablar contigo.
—Hoy no estoy presentable, Chola. ¿De qué quiere hablar conmigo?
—Se lo preguntaré.
—¿De qué quería hablar con Alvarito? —le preguntó de vuelta.
—De Tina de Jarque. Estoy haciendo un reportaje sobre ella.
Tras el consiguiente viaje, Montes recibió el recado.
—Mi hermano dice que si puede ser dentro de dos días, a las cinco, en el bar Chicote. Estará ya mejor y le llevará algunas cosas de las que escribió sobre ella.
No, nunca se sabía que podía dar de sí una entrevista. Quizá, animado por la conversación, el novelista pudiera pronunciar en algún momento el nombre de quien le interesaba: el misterioso amante que esperaba a Tina fuera de España.
Con una carpeta bajo el brazo, Álvaro Retana había aparecido en la puerta del bar, pero a Julián le costó reconocerlo. Había visto una fotografía suya, hacía tiempo, en una manoseada novela de la colección Novelas de hoy, en las que publicaba sus libros «sicalípticos», según la moral burguesa de la época. Pero aquel hombre que tenía delante no era, desde luego, el mismo. La vida le había colocado más años en los hombros, que pesaban hasta el punto de hacerle aparecer levemente encorvado, largo como era. Montes descubrió que aún tenía el síndrome de la cárcel, de la que acababa de salir, maldito para toda su vida, pero vivo, habiendo arrostrado las penurias del encierro con gran dignidad y estado de ánimo. De una manera sorprendente había eludido el paredón tras conseguir la intervención en su favor del papa Pío XII, que logró que le conmutaran la pena de muerte por la de 30 años de prisión. Esta petición al pontífice fue realizada por el escritor falangista Tomás Borrás, marido de Aurora Jauffrett, la Goya, que Retana había encumbrado en sus crónicas antes de la guerra y para la que había escrito alguno de sus más famosos cuplés.
El anarquista identificó el estrago que en los seres humanos producía una estancia prolongada privados de libertad, con amenazas constantes sobre la vida, una existencia que ya, incluso libre, nunca sería igual.
Por eso no le había extrañado que Álvaro Retana prefiriera quedar en un lugar público como Chicote. El local debía traerle momentos gloriosos de su vida, al menos de su última época antes de la guerra. Montes apreciaba esa característica en el escritor: vivía el pasado con intensidad, y en sus ojos se asomaba un brillo distinto cuando recordaba sus años de esplendor, que habían sido también de desenfreno en todos los órdenes. Famoso y aplaudido, sus ingresos le permitían el lujo de tener permanentemente a la puerta de su casa un simón, un coche de caballos cubierto, con cochero de librea al pescante. Ahora, con los recuerdos aún frescos en su mente, se enfrentaba a la niebla difusa del quehacer cotidiano, de lograr sobrevivir en un mundo abiertamente hostil.
A aquel hombre castigado repitió su empeño de periodista que quería realizar un reportaje de homenaje a la desaparecida figura.
—¡Ah, Tina, Tinita, Tina! ¡Qué mala suerte tuvo! Sí, el suyo fue un caso de mala suerte. Sí, ya sé, podemos hablar de maquinaciones marxistas y todo eso, la trampa que le tendieron, pero en realidad fue mal fario. Aunque permítame que le diga que me parece raro que los periódicos del régimen quieran publicar algo sobre Tina de Jarque.
—¿Y por qué razón?
—Porque según se dijo en el Madrid de entonces, la fusilaron cuando huía con una maleta llena de joyas, por valor de diez millones. Iba a embarcarse en un barco alemán en el puerto de Alicante con su amante. Aunque la fusilaran los rojos, eso no da buena prensa. Si hubieran querido encumbrarla a la categoría de mártir, ya lo habrían hecho en La causa general, donde, por cierto, me metieron a mí sin razón.
—¿Qué quiere tomar?, le invito —dijo Montes para congraciarse. Lo que acababa de decirle no le cuadraba. No hubo ningún barco alemán en Alicante, ni en 1937 ni los dos años siguientes, como él muy bien sabía. Era otra cortina de humo o un rumor interesado.
—¡Uff! Hacía tanto tiempo que no entraba aquí… No sé, me gustaría un combinado, algo fuerte, incluso picante. Para hablar de Tina y de aquel tiempo, sería necesario un Yacaré, un Jockey Club o un Uzcudun, sí, justo, ese sería el más idóneo tratándose de Tina. Aquí hemos estado tantas veces en esos años… Pero ahora valen tres pesetas los corrientes y un duro los cocktails especiales, una enormidad para lo que se gana, sería un abuso. En otros tiempos yo siempre invitaba a mis amigos, hoy no puedo permitírmelo.
—No se preocupe. Déjeme. No todos los días se conoce a alguien famoso como usted.
Mientras Julián alzaba la mano, Retana hizo un gesto indefinido, de rechazar el cumplido o de que no era cierto. Aunque tenía varios camareros, Perico Chicote estaba siempre en la barra, atendía y daba conversación a muchos clientes. El barman reconoció al escritor y le saludó con una gran sonrisa sin preguntarle donde se había metido todo aquel tiempo. Debía saber de su estancia en la cárcel, los periódicos habían aireado su detención varios años antes. Otra cosa no, pero Chicote estaba siempre bien informado.
Se sentaron en una mesa del fondo, desde donde se distinguía el local y toda su fauna. Las fulanas, los caballeros que iban a buscarlas, los estraperlistas, algún apoderado de toreros y algún periodista de los diarios del régimen.
—Mire, toda esa canalla… Siempre ha sido así, no solo en este bar, en muchos… ¡Ah, qué tiempos! Ahora me dicen que aquí, además de famosos del cine, se puede encontrar penicilina, e incluso otras cosas. A pesar de los secretas, que empiezan a caer por aquí dentro de un par de horas, cuando esto se anima. En eso será distinto, pero en lo demás, los mismos crápulas, las mismas mujeres.
—Sabe usted mucho de estos ambientes. Sin duda ha gozado…
—Lo que siento es que el tiempo haya casi extinguido mis viejos ardores. Voy camino de ser un viejo virtuoso, ya que no puedo ser un joven pecador. La virtud, al igual que los cuervos, gusta de anidar en las ruinas. Porque cambian las modas y las formas, pero no se engañe, el vicio permanece. Aunque ahora esté más escondido. Es un buen lugar para encontrar historias, pero no le pregunte a Chicote, él no suelta prenda, a pesar de que por aquí pasa todo el Madrid interesante. ¿Usted no es de Madrid, verdad?
—No, de un pueblo de Valencia. Estoy aquí ahora ganándome la vida como buenamente puedo. Me depuraron, pero ya pagué. Me han prometido una oportunidad en varios periódicos si les llevo una buena historia, por eso pensé en la de Tina de Jarque. Sabía que ustedes eran amigos y conseguí su dirección, leí que trabajaba en el Tribunal de Cuentas y allí me la dieron.
Montes notó la cara de desconfianza del escritor. Había cometido un error. Retana no era tonto. Un hombre en la posición que acababa de relatarle no tendría dinero para invitarle a un cocktail. Pero aparentó creérselo.
—¡El Tribunal! Sí, he intentado volver y hasta he escrito una solicitud, pero no creo que me dejen. Los que cortan hoy el bacalao quieren que las personas como yo se mueran de hambre. He intentado mover todos mis contactos para que, al menos, me dejen escribir de estrenos, pero ni El caballero audaz ni Tomás Borrás, ni todos esos prebostes católicos a los que he escrito han podido hacer nada. Está usted hablando con alguien que está en la lista negra.
Perico Chicote apareció con los dos combinados en la barra. Uno de los camareros se los llevó a la mesa.
—Cortesía de la casa, invita don Pedro Chicote, por los buenos tiempos.
Álvaro se levantó, inclinó la cabeza en dirección al barman con una amplia sonrisa de agradecimiento. Acto seguido levantó la copa y lanzó un brindis:
—¡Por Tina, por Tinita! Por las veces que me he acordado en estos últimos años, allá donde estaba, de los días que vivimos juntos.
Chicote, desde la barra, brindó con la coctelera en la mano y luego volvió a sus quehaceres.
—Dura la cárcel, ¿no? Yo también estuve preso después de la guerra, afortunadamente poco tiempo —se permitió Julián un guiño, despreciando el peligro que pudiera suponer aquel comentario: quería ganárselo. Pensó que era mejor hacerlo con cierta dosis de sinceridad.
—A mí me encerraron en abril del 39 denunciado por el marqués de Portazgo, al que yo no conocía, pero que tenía hechos que ocultar de su vida pasada que yo sí sabía.
—Les daba igual las razones. A mí me acusaron de colaborar con el SIM, lo que era falso… —mintió Montes.
—También a mí me acusaron de algo parecido. Bueno, sin duda lo habrá usted leído, que mandé a Ángel Pedrero, el jefe del SIM, una carta pidiéndole una custodia para incrustarla por un lado un reloj y por otra un retrato de la Chelito, un cáliz para poner tres rosas con la bandera republicana y una imagen de un niño Jesús para vestirlo de miliciano y ponerle un fusil al hombro. La escribí aconsejado por alguien de la propia policía, porque sabía que iba a detenerme el propio SIM. ¡En buena hora! Ni Pedrero me contestó, ni yo iba a hacerlo. Pero dio igual. Eso me condenó y me pudo costar la vida.
—Sí, leí que le habían incautado a usted objetos de culto al final de la guerra.
—Pura falacia. A las 24 horas de mi detención, en los primeros días de abril del 39 me habían desvalijado la casa, con todos mis muebles, comprados con mi dinero, ganado honradamente. Y desde luego, ni había custodia ni niño Jesús. ¿Y usted estuvo preso mucho tiempo?
—No demasiado. Afortunadamente me llegó un indulto. Pasé por varias cárceles de Levante, pero pude sobrevivir. Y aquí me tiene. Pero aún me acuerdo de aquellos funcionarios que cuando leían la lista de los que iban a fusilar lo hacían lentamente, regodeándose. Primero el nombre, pongamos José, y todos los Josés con un nudo en la garganta, luego, varios segundos después, el apellido…
—¡Eso lo he vivido yo también! ¡Diecisiete veces viví ese tormento, esperando que me picaran cualquier día!
—¡Shss!, baje la voz…
—Ya veo que ha estado usted en la trena y sabe lo que eso significa. Yo pené nueve años en diversas prisiones, pero la más dura, donde pasé dos años fue el fuerte San Cristóbal, en Pamplona, un lugar lúgubre, siniestro, con aquellas montañas oscuras rodeándolo, siempre chorreando agua, como si todo llorase. Hasta el sol, cuando salía de entre la niebla, parecía raquítico, sin fuerza, era distinto al de otras regiones de España. A veces el viento dispersaba la niebla en la que vivíamos envueltos casi todo el año, pero el sol lucía frío y desganado, como si nos considerara indignos de prestarnos su fuerza y su calor. Entraba en el pabellón por los once balcones de las celdas exteriores y aunque lo hiciera frío y desdeñoso, eso era todo un honor de que no disfrutaban otros departamentos del penal. A pesar de ese sol fue un lugar horrible para mi asma, sufrí mucho, y se me agravó la lesión que tengo en la columna debido a una caída en mi infancia. En las paredes, colgadas de unos clavos, nuestras ropas semejaban fantasmas, espectros, como sus dueños. Nuestra vida giraba en torno al patio. Éramos tantos, y aquello era tan húmedo y oscuro que se agradecía ver una raja de cielo, como un toldo azul, sobre un espacio hacinado.
Retana dibujaba la estructura carcelera en el aire. En todas las prisiones por las que había pasado había escrito un cuaderno con los datos de los carceleros y de los compañeros de celda, así como las condiciones y eventos de los que había sido testigo, desde torturas y palizas mortales hasta los nombres de los que «picaban» y desaparecían un día, camino del paredón y cómo lo habían hecho. Era un libro que pensaba escribir y publicar fuera de España con el título de Entre rejas. Montes también se abismó oyendo a Retana y recordando aquellos tiempos. Su hermano aún penaba en la cárcel de Valencia.
—Todo el panorama al alcance era un rectángulo adoquinado de 90 pasos de largo por 25 de ancho —describía Álvaro—, encajonado entre cuatro edificios de la fortaleza, un ataúd gigante cuya tapa era la bóveda celeste. En ese espacio de ochocientos metros cuadrados aproximadamente teníamos que airearnos más de dos mil reclusos. Tocábamos a medio metro por barba, pero aliviaba algo que no salían los numerosos enfermos y los destinados en varias labores, que resistían en sus departamentos. Con el tiempo, la concentración bajó, los últimos años éramos menos y tocábamos a más patio. Yo hacía todo lo que podía, e incluso compuse «La Pepa», un chotis sobre una figura que nos acompañaba siempre y que los compañeros cantaban como último homenaje al que iba a morir.
Montes sabía lo que quería decir aquel apodo, mote común de la muerte, aún presente en aquellos días. El hombre que Julián contemplaba, esa figura envejecida y vencida, pero digna, nada tenía que ver con aquella criatura de la noche y los excesos de no hacía muchos años. Hombre excesivo en sí mismo, Álvaro Retana había sido un poco de todo: escritor, autor de cuplés, dibujante, figurinista. Suyos eran los imaginativos diseños de trajes de las grandes figuras de la revista, bailarinas y vedettes, vestuario y figurines para cabaré y music-hall en donde se traslucía su buen gusto e innovación, atrevimiento de líneas y colores, en telas y cortes. Retana, que había nacido en alta mar, frente a las costas de Ceilán, cuando sus padres viajaban a Filipinas, era de familia noble e hijo del político y escritor Wenceslao Retana, que fue gobernador de Huesca y de Teruel, académico de la Historia además de inspector general de policía en Barcelona durante la época de Primo de Rivera. Su propio padre retiraba de la circulación en la Ciudad Condal las novelas plagadas de «anomalías de alcoba» que publicaba su hijo, con quien no sintonizaba. Niño bien madrileño y precoz autor de letras de cuplés célebres, Álvaro se inmortalizaba en poses provocadoras, vistiendo quimono bordado de rosas, o ataviado con un batín blanco de trabajo, cejas depiladas y aspecto facial acentuando el andrógino aniñamiento de sus facciones. Tenía una mirada inteligente y divertida en esa cara de luna llena: le gustaba apurar la vida, ese efímero arrebato.
Aunque destacaba como novelista —uno de los mejores escritores de novelas eróticas de su tiempo, escritas la mayoría entre 1917 y 1922, alguna de las cuales le sonaba a Julián—, letrista y periodista, también era músico, un loco del jazz, introductor de esa música burbujeante que en la imaginación de la época se asociaba a la libertad sexual, y que a Tina le encantaba. Era fácil encontrarlo en los clubs de moda, asistiendo a la actuación de cantantes de jazz norteamericanos, a los que alojaba en su casa.
Maestro de la literatura ambigua, al igual que su propia sexualidad —se decía que era bisexual y libertino—, en sus exitosas y divertidas novelas mostraba, como en un abanico de plumas, los vicios de una sociedad decadente y sofisticada, andrógina y chic de principios del siglo xx, fauna galante y frívola entre la que se encontraban cocottes, aristócratas homosexuales, vividores y perversos de todo tipo y condición. Ese era el caldo de cultivo en el que ya se desenvolvía Tina de Jarque como una más de las artistas del espectáculo, según le contaba el novelista depurado, mientras Montes, con oficio antiguo, garabateaba notas en un cuaderno.
—¿Sabe usted que cuando la detuvieron yo estaba en su casa, trabajando con ella? Estábamos haciendo unos cuplés para su estreno en Barcelona. Yo me refugié en su casa algunos días, a mi piso de Francisco Silvela no podía volver, entonces estaba considerado desafecto, me escondía en el piso de la escuela de música que tenía con José Casanova, pero el piso fue alcanzado en un bombardeo, entonces me dijo Tina que durmiera en su casa, total, así preparábamos mejor los números. Ella quería huir a Barcelona. Entraron a registrar… Pobre Tina, quién nos iba a decir a nosotros que aquel sería el principio del fin.
Pausa para dar un sorbo al cocktail, que entonaba el cuerpo y el espíritu.
—¿Y quién la detuvo?
—Eran anarquistas, de las milicias andaluzas o algo así. Yo sólo los vi esa vez. Al tal Abel Domínguez, el que la secuestró, nunca le ví.
—¿Y no habló más con ella?
—Dos veces, por teléfono, pero debía de estar vigilada. A Tinita le debo muchas cosas, la última el que me salvara de los milicianos. Intenté avisar a alguien, sin éxito. Ella me advirtió que no me acercase de nuevo a su casa. Y eso hice.
Evocaba Retana y se ralentizaba, hasta que se percataba de haber caído en la emoción.
—No hubo más, aquella fue la última vez, y a decir verdad, no me acuerdo de la primera vez, cuando nos conocimos, en los felices años 20, en Madrid. Debía ser hacia mediados de 1923 o 1924, creo que en un homenaje a una cupletista, Cándida Suárez. Yo andaba entonces liado con Lina Valery, fue mi segundo matrimonio experimental. Tina acababa de volver de Alemania, donde había hecho algunas películas. Era una guayaba, como decíamos en aquella época, ya sabe, el vértigo de las burbujas y el charlestón. Al poco de volver le ofrecieron participar en La mala ley, en 1924, ya comenzada la dictadura de Primo de Rivera. Aquella película no se escapaba de los clichés del costumbrismo típico. Yo la ayudé con el vestuario, hacía un papel de reparto. La dirigió Manuel Noriega que adaptó una comedia de Manuel Linares Rivas. Nada digno de mención, aunque era un alegato contra la injusticia de una «mala ley» que protegía a los hijos manirrotos y desaprensivos, esos que yo conocía bien de mis noches de juerga.
En la foto que había sacado Retana de su carpeta, se podía ver el elenco del film: Tina se codeaba con Fernando Díaz de Mendoza, Pepe Isbert y Gonzalo F. de Córdoba, según venía escrito por detrás.
—Eran buenos tiempos, a pesar de todo. Yo iba por las mañanas al Tribunal de Cuentas, por las tardes escribía en casa hasta muy tarde, salvo que tuviera un estreno por la noche. Y nunca llegaba tarde al Tribunal, estaba a las diez de la mañana, como un clavo. Mientras mandaba el espadón de Primo, a pesar de todo, la vida nocturna y frívola estaba animada.
Retana miró al periodista, que ni se inmutó, y siguió adelante.
—Era divertida, esponjosa, apabullante, delicada. Nada retorcida. Coincidimos muchas noches, los dos gozábamos con el ambiente frívolo.
Otra pausa, otra mirada. Retana parecía jugársela, o incluso, sospechó Montes, le echaba un anzuelo, para ver de qué pie cojeaba. Acertó. El escritor sacó fotos de Tina de la carpeta.
—Supongo que no se escandalizará por lo que digo, ¿no? Hay tanto mojigato ahora…
—Ya —cortó Montes—. Entonces, conoció crápulas, gente adinerada, en esos ambientes, tantas fiestas… ¿Tuvo algún amante?
—Varios. De alto y bajo copete. Además de aquella locura que le entró por Uzcudun. Pero no le voy a decir nombres, a toro pasado, con ella muerta no me parece elegante.
—Lo comprendo. Lo decía simplemente para dar una nota de color. Siempre se ha dicho que Tina tenía amantes aristocráticos y de grandes fortunas.
—Bueno, pero sobre todo, Tina trabajaba. Aparte del cine, que daba prestigio y elevaba el caché, Tina actuaba como canzonetista en los teatros de Madrid, donde empezaba a ser popular y a conocer al personal que por ellos bullía. Enseguida nos hicimos amigos, como con Tórtola Valencia o las que pululaban en esos ambientes iniciando la carrera o llevaban temporadas, mire, mire, aquí están Emilia Práxedes, Raquel Meller, Conchita Piquer, Mercedes Serós, Margarita Carvajal, Custodia Romero, la Venus de bronce… Precisamente con Custodia compartió Tina el protagonismo de su segunda película en España, La medalla del torero, en 1925, dirigida por José Buchs y basada en la canción «El relicario».
—No la vi.
—No es que se perdiera mucho. El argumento del melodrama era barroco y mezclaba intrigas amorosas con aromas taurinos y aristocráticos en un folletín de final romántico, con paternidades ocultas y perdones postreros cristalizados en una medalla. Tina hacía el papel de Lolita Zúñiga, hija del marqués de los Almenares, enamorada del torero José García, «el Algabeño», que sufrió una cogida en el rodaje, lo que fue explotado como reclamo publicitario…
—¿El Algabeño?
—El mismo que murió después en la guerra alistado en el bando nacional, en las tropas de Queipo. Pero entonces nadie andaba en la política.
Julián Montes se decía, una vez más, que no convenía demostrar prisa, aunque el peligro fuera que Retana se perdiera entre sus recuerdos y evocaciones. Se veía que disfrutaba. Ya que él no podía hacerlo, al menos que alguien contara la historia. Una historia que guardaba escrita con párrafos detrás de las fotos, quizás indicaciones para las imprentas de las revistas en las que ampliamente colaboró, como La Vida, Crónica y Flirt.
—Algún día, cuando pueda, escribiré algo sobre ella. Contaré, por ejemplo, como pronto se corrió, de boca en boca, uno de sus números en el Romea, al principio de su carrera. En él aparecía, como una estatua clásica, prácticamente desnuda y pintada de blanco, Venus imposible en lo alto de una columna griega.
Álvaro recordaba ese momento, en su cabeza la seguía viendo, asistiendo al milagro: Tina aguantaba inmóvil las miradas imantadas del público, conteniendo la respiración, sabiendo que decenas de ojos se deslizaban por su cuerpo como caricias imposibles. Era tanta la sensualidad que desprendía su figura, tanto el erotismo de su pose que, sin quererlo, se escapaban suspiros y silbidos de admiración. Pero no sólo era su cuerpo, sino su voz y su baile, sus movimientos, y su arrolladora simpatía los que se impusieron en las alegres producciones de los teatros madrileños de la época.
—Fue pionera en muchas cosas, en el jazz, en el nudismo… En 1932 posó desnuda, entre dos sesiones de music-hall. Era una de las primeras grandes estrellas que lo hacían. Un desnudo elegante, nada procaz, Tina no era chabacana, como otras. Pero ya sé que eso no lo va a poder publicar.
Retana continuó evocando, sin que Julián Montes pudiera evitarlo —y en el fondo tampoco quisiera, imantado por la palabra del escritor represaliado—, todo un mundo de Madrid perdido ya para siempre que él nunca llegó a conocer: las tardes ilustres del Trianon, del Teatro Rey Alfonso, las noches de las revistas miniaturas del café del hotel Palace, las glorias del Romea y del Maravillas con el empresario José Luis Campúa de capitán. Retana componía letras y diseñaba trajes, ocupaciones que complementaban sus ingresos como funcionario del Tribunal de Cuentas. En un catálogo, Retana presentaba a las vedettes sus sofisticados modelos y, a partir de los gustos de cada una, se realizaban los cambios.
La empresa contrataba a Retana para que confeccionase los figurines con arreglo a los cuales los modistos vestían a las estrellas, vicetiples y chicas del coro. Las primeras figuras debían abonar directamente a Retana el importe de esos figurines, mientras que los de las vicetiples y el coro se los pagaba directamente la empresa. Pero cobrarles a las vedettes era tarea ardua, como muy bien sabía su hijo Alfonso, que siempre tenía que hacer varios viajes hasta que le pagasen.
Representantes, letristas, músicos, arreglistas, modistas, todos trabajaban para la artista, y esta cobraba del empresario, por lo cual alrededor de ellas se agitaba una cohorte profesional a la que había que sumar los periodistas y los que ejercían el galanteo, hombres que eran calificados con diversas categorías de insectos: moscones, moscardones, garrapatas, avispas…
«Arreglo y enseño, cobro seis pesetas a las artistas por instrumentar y armonizar sus números para orquestina de seis instrumentos y cuatro a los autores. Puedo poner en solfa el tarareo de una melodía. Por poder hacer, puedo hacer casi todo, tocar varios instrumentos, dirigir ensayos. Menos bailar…».
Retana imitaba al maestro Monreal. El músico era gracioso, destilaba la ironía y la retranca de quien había visto y padecido miserias, tenía ojitos chispeantes de los que gustaban trabajar con mujeres, con artistas: llevaba la música y el espectáculo en las venas.
—El primer bombazo de Monreal fue «El capote de paseo», con letra de Hernández Mir y mía, estrenado, todo hay que decirlo, sin mucha gloria por Tina, aunque luego triunfó con ella Mercedes Serós.
Cosas de la levadura, a veces los buenos ingredientes no lograban el premio y variando la voz y el palmito, la figura que lo canta, cuaja el éxito.
—Pero el reconocimiento de Tina llegó en el año 1926, el del triunfo incontestable, cuando comenzó a ser conocida como una verdadera artista. Yo asistí a su eclosión, lo merecía. Como si el título fuera premonitorio, el 17 de abril de 1926 estrenó Vamos a empezar en el Teatro Romea. Luego, actuó en otros teatros como la Latina, el Martín o el Maravillas. Junto con ella, Isabelita Ruiz, una belleza más baja y delgada, otro tipo de mujer, que bailaba divinamente y con la cual congenió pronto. Entre las dos hacían un número del maestro Guerrero, «Charlestón», que desde que se estrenó, tuvieron que repetir en todas las funciones, hasta tal punto gustó su interpretación. En esta foto se las ve a las dos, mano a mano…
A Retana le fascinaba esa ingenuidad mezclada con provocación. Lo decía de vuelta de aquel tiempo, aterrizando.
—Además de fotografías, le he traído algunos recortes de aquella época. De las cosas que he podido conservar.
Había conservado muchas, era cierto, fetichista irredento: postales, revistas, carteles, imágenes de un tiempo pasado y glorioso, donde Retana, cual moderno Petronio, oficiaba como pontífice de la modernidad, del buen gusto.
Montes leyó en voz alta un párrafo de una crónica de Retana sobre Tina: «Ha llegado al arte frívolo como fina intérprete. Con una voz acariciante, presencia escultural y fuerte elegancia, que complementa con adornos fantásticos y esplendorosos atavíos, tras su etapa del cuplé, se ha coronado como vedette y reina de la revista».
—En Barcelona, la revista tenía un estilo más internacional —siguió Retana, agradeciendo el homenaje de oír a otro sus propias palabras—, sin argumento, más cómica y con espectaculares números musicales. En Madrid gustaba la revista más popular, con ligero argumento, castiza, picante, atrevida, con espléndidas mujeres. Aquí una figura como la de Tina gustaba. ¡Qué noches! Me acuerdo de lo que me decía, de la voz de coqueta que ponía: «¡Ay Alvarito! Dime otra vez eso de que levanto los espíritus en los espectadores más alicaídos, con interpretaciones exquisitas, nada vulgares». Había aprendido mucho. Algo le habíamos enseñado en aquel tiempo: el arte de la sinuosidad, de la sutileza, de despertar y avivar el deseo, sin actitudes procaces. Puro deleite. Y yo le contestaba:
«Tina, eres una belleza racial, mezcla de valquiria del norte y gitana sureña, ideal para la canción española con voz afinada y mímica medida. Lo que yo necesito para que interpretes, con toda la gama de matices, un número frívolo, “Las tardes del Ritz”. El público se va a interesar y seguro que va a tararearla. El maestro Monreal ha compuesto la música para mi letra.
Yo me voy todas las tardes
a merendar al hotel Ritz
y tras el té suelo hacer mis diabluras
con un galán que está loco por mí.
Juntos a bailar salimos
nos enlazamos con pasión
y al final tengo que decirle
toda llena de miedo y rubor:
¡Ay, por favor
no me baile usted así
ay no, por Dios
que me siento morir!
Tenga usted en cuenta que mira mamá
y si se fija más va a regañar
¡Ay, suélteme,
no me oprima usted más!
Pues le diré, si me quiere asustar
que soy cardíaca y por esta razón
no debo llevarme ninguna emoción
Ay yo no sé
lo que pasa por mí
pero ya ve
que me siento feliz.
Siga apretando, aunque mire mamá
y si se irrita ya se calmará.
¡Ay que placer
es bailar un fox-trot
con un doncel
que nos habla de amor!
—¿Y por qué no se va fuera de España? —preguntó Montes—. Aquí no tiene mucho qué hacer.
Montes sabía que en la época de la dictadura de Miguel Primo de Rivera su popularidad y sus alardes libertinos le habían puesto en el punto de mira de la campaña contra la pornografía en la que sufrió numerosos procesos, al igual que escritores como Emilio Carrere, Joaquín Belda, Artemio Precioso, Jose María Carretero, el Caballero Audaz, y Antonio de Hoyos y Vinent. Se prohibió una colección de novelitas galantes, entre las que se encontraba una pieza de Valle-Inclán en la que el dictador se sintió retratado. El proceso afectó al divino marqués de Bradomín y la cohorte que le seguía, la plana mayor del decadentismo español encabezada por Belda, Precioso y Retana. Casi todos, menos Valle-Inclán y Retana, se fueron a París. Retana fue condenado por delitos de imprenta y además de varias estancias en el «abanico» de la cárcel Modelo, lo desterraron un año a Barcelona.
—No, nunca me fui, nunca me iré. No quise salir de Madrid ni siquiera durante la guerra, cuando habría podido. Incluso, ya rehabilitado por la república, le supliqué al general Miaja que mediara ante el presidente del Tribunal para que no me desplazara.
Retana iba y volvía al pasado, se alimentaba de él. Revivía aquellos últimos días de los felices años veinte, el final de un ciclo. Cansado de tanta persecución, a raíz del último de sus múltiples procesos, al salir de la cárcel hizo una declaración pública en la que se arrepentía de sus novelas libertinas y prometía borrar su pasado literario. Acto seguido solicitó la protección del duque de Vistahermosa y otros elementos de la Liga contra la Pública Inmoralidad. En su decisión, ejemplo camaleónico de adaptación a los tiempos, también pesó el que su único hijo Alfonso había salido del colegio de frailes donde se educaba y vivía con su padre, que no le quería dar mal ejemplo. Tampoco le sirvió de mucho. Su pasado, en la España franquista, seguía siendo un lastre del que era difícil desprenderse.
En los avatares de la conversación, Julián Montes no pudo despejar ninguna de sus dudas, la primera si el novelista tuvo en algún momento un romance con Tina, y quién era el amante importante de la vedette. Mientras dejaba que el multifácetico novelista apurara su copa, su mirada se deslizó hacia el periódico de la mesa. Abierto por la sección de espectáculos, leyó una actuación del bailarín Vicente Escudero con Serapio Gutiérrez. Algo le decían esos nombres, sí, ¿pero qué? Volvió a elevar la vista para ver la cara de Retana.
Retana había hablado mucho y aventado los recuerdos, pero no le había proporcionado el dato que iba buscando. Seguro que podía contarle más. Como si le leyera el pensamiento, el exnovelista más guapo del mundo replicaba:
—Debería usted hablar con varios amigos y compañeros de Tina. Uno es Alady, el cómico, que la trató antes y durante la guerra, y también María Caballé o sobre todo Isabelita Ruiz, una amiga de Tina de toda la vida, una vedette menudita pero con mucho salero. Eran las «Tres gracias de 1928». Alady viene de vez en cuando por Madrid, lo alterna con Barcelona. Isabelita creo que está en la Argentina o en el Brasil, trabajando, es lo que me han dicho, no sé si tiene previsto volver a este erial artístico. Ella le podía contar muchas historias de aquellas giras por América, cuando ella, la Caballé y Tina eran estrellas de la compañía del sagaz empresario Eulogio Velasco, el hombre que elevó la revista a la categoría de arte y que las contrató en octubre de 1926 para su gira americana con En plena locura.
—¿Esa Isabelita que era tan amiga suya también actuó con ella en la guerra?
—No, afortunadamente Isabelita se libró de vivir y de pasar lo que hemos pasado los demás. Tuvo la suerte de irse en las primeras semanas. La Caballé está retirada, le mataron a un hijo en los primeros días. Aún no lo ha superado, apenas habla.
—Entonces, no queda nadie para que me cuente esa época de Ámerica, salvo usted. Seguro que conoce muchas historias de aquellos tiempos. Hábleme de ese Velasco.
—Velasco, ¿cómo le diría?, fue un visionario en su época. Había visto el enorme potencial de aquella joven. Como una flor, la hermosura de Tina comenzaba a abrirse en todo su esplendor. Tenía algo más de veinte años, pero su estatura, sus formas y su piel de color canela le daban un exotismo que atraía: eran imanes sus piernas, torneadas por el esfuerzo y el ejercicio, a lo que se sumaba su voz, capaz de matices y registros y su sonrisa, la simpatía arrolladora de quien aún quiere comerse el mundo y una capacidad de trabajo sin límite, fruto de la disciplina circense que siempre había observado en casa y en su familia… ¡Ah, Eulogio Velasco! Le voy a contar cosas suyas, lo conocí y le traté, escribí sobre sus revistas, aunque creo que podrá usted hablar con él, salvo que haya muerto en la guerra, que yo no lo he oído…
* * *
Eugenio Velasco, murciano, se había iniciado en la pasión de su vida en 1904, cuando era un joven casi imberbe y junto a su hermano Francisco y un grupo de amigos, se propuso representar en Valencia La reina mora. A partir de entonces hizo de todo en el teatro y las variedades: empresario, dramaturgo, libretista y director de escena. Antes de cultivar la revista, sus negocios teatrales eran el género chico, la zarzuela y la opereta. Empezó su compañía con su hermano y, tras llenar teatros en Málaga, Buenos Aires, La Habana y otras capitales americanas, en 1922 se propuso demostrar que en España se podía hacer algo semejante a los espectáculos de gran lujo que se veían en el mundo. Entonces se vino a Madrid, al Apolo y montó Arco Iris, de Borrás y de Belloch con las bellas Eugenia Zúffoli y María Caballé como cabezas de cartel, triunfo sonado.
Velasco derrochó una fortuna, y no ahorró en lujos y plumas, pedrería y atrezo, para que sus esculturales coristas y vicetiples, y sobre todo las vedettes, dejaran deslumbrados al personal. Le costó setenta mil duros, que le produjeron después más de 700.000 pesetas. No siempre fue así, en ocasiones perdió dinero, pero con elegancia.
Otro de los pilares de sus espectáculos fue la introducción de un elemento capital en el arte frívolo: las chicas del coro. Afirmaban los agudos e irónicos cronistas de la época que el coro nunca había tenido tanta importancia desde la tragedia griega. Para otros, era la belleza, garbo y elegancia de los elementos femeninos, así como la labor oportuna y eficaz de los actores. Las actrices como María Caballé afirmaban con aplomo a los periodistas que el éxito se debía al lujo desplegado.
—El libro era una cosa extraordinariamente delicada, pero de poco hubiera servido si Velasco no hubiese vertido sobre él aquella fastuosidad de ensueño, que fue la que, en realidad, deslumbró al público.
Velasco, un poco redicho, añadía al plumilla:
«Aquí estábamos acostumbrados a revistitas muy graciosas, pero que se montaban con un puñado de duros. En cuanto se hizo algo superior a todo aquello, la gente gozó de lo lindo, testimoniándonos de modo inequívoco su complacencia».
También, claro está, los centímetros de carne que las chicas del coro, tiples y vicetiples, enseñaban. En un momento de la obra se deslizaba una escena en la que una o varias chicas aparecían, aunque eso sí, brevemente, sin vestidura ninguna o con un minúsculo tanga. Eran desnudos artísticos, nada procaces, y nadie protestaba por el atrevimiento. El desnudo era defendido por la mayoría de las artistas, que preferían hablar de belleza y no de algo «sicalíptico».
En plena locura, el siguiente espectáculo de Velasco, donde había echado la casa por la ventana, fue precisamente, para Tina de Jarque, lo que expresaba el título. Su consagración y elevación desde entonces a la categoría de gran vedette. Estrenada en el Teatro Victoria Eugenia de San Sebastián, el 7 de octubre de 1926, y tras una gira por provincias, la compañía partió hacia tierras americanas: Nueva York, La Habana, México, Cartagena de Indias, Caracas y Río de Janeiro, con una apuesta de éxito seguro. Su triunfo en ambas orillas del Atlántico se debió a números como el tango «Desgraciao», el fox-trot «Las niñas del serrucho» y temas insinuantes como el de «Entre bohíos», con unos plátanos anudados a la cintura, un homenaje del número que había popularizado Josephine Baker, artista a la que Tina admiraba y a la que había conocido en Barcelona.
* * *
Cárcel de Melilla, 1932
Victoria Grande, cárcel en lo alto, infierno de sol y sal. La enorme fortaleza de piedra, con gruesas rejas en las ventanas y rodeada por el mar, se levantaba en el viejo barrio de la alcazaba melillense, en una loma desde la que se divisaba con amplitud el puerto y la agrupación de casas y edificios que habían ido ascendiendo a través de los años por la cuesta. Aún se erguía imponente, dominando la plaza: había sido parte fundamental de la defensa de la ciudad, edificada en 1736, junto el fuerte de Victoria Chica, a su vera, un poco más abajo. Tras la ampliación de su superficie había dejado de formar parte del cinturón defensivo y más tarde se había destinado a cárcel. Desde que Melilla se había convertido en provincia, con la república, tenía el carácter de prisión provincial.
Allí, en ese recinto de renegridos muros y desgastados suelos de ladrillo rojo, se mezclaban presos políticos y comunes y también moros, algunos con el caftán característico; la limpieza dejaba mucho que desear. La sarna y otras enfermedades eran consecuencia del hacinamiento y la falta de higiene, como los jergones manchados, la falta de ventilación en verano, el frío del invierno a través de aquellos ventanucos mal cerrados. Todos los reclusos padecían con aquello, pero la falta de limpieza era lo peor para un hombre como Abel, nacido con la obsesión del aseo, inculcado.
Aquella fortaleza, parecida a las gaditanas, construida en piedra ostionera y con rocas y desechos de las minas del Gurugú, era demasiado permeable a la humedad y a la sal. Tenía un patio central con soportales donde se asomaban las celdas y en su centro los reos paseaban o tomaban el sol dos horas al día, fauna variable de diversos perfiles humanos; los ladrones, los asesinos o violadores, algún homicida, y los presos sociales, sobre todo los anarquistas. Dentro de las celdas, en los allí encerrados se alternaban todas las secuencias de la cárcel, con sus altibajos: soledad, miseria, angustia, solidaridad.
Había sido enviado a Victoria Grande cuando hubo cumplido, en el calabozo del fuerte de Rostrogordo, los cinco años que marcaban su enganche en la legión. Abel Domínguez, al ser considerado un agitador peligroso, condenado por sedición, gozaba de una celda individual, pegada al muro exterior, casi sobre el foso de la entrada, con ventana alta abierta al este. Por aquella ventana, a cuyo marco conseguía encaramarse entre las rejas del muro, veía el mar, azul, o gris plomizo, mate o brillante, pero siempre lejano.
El rancho carcelario era traído en unos grandes barreños y peroles, parecidos a los que usaban las lavadoras de ropa. Allí aparecía la pitanza y si el envase era penoso, el aspecto de aquella masa de comida —compuesta las más de las veces de garbanzos revueltos, con fideos y arroz, lentejas con patatas desechas y pegadas, sopas insulsas de fideos— echaba para atrás a cualquier paladar, que sólo a fuerza de necesidad le hincaba el diente después de servírsela en su escudilla. No dejaban utilizar el tenedor, ni el cuchillo, apenas una cuchara de romo mango. Otras veces servían arenques salados, tal vez como refinada expresión de tortura, porque los presos se pasaban las horas siguientes con la boca sedienta y pidiendo agua a gritos.
Al fondo del pasillo se encontraba el baño con regadera, lavabo y el sanitario, un agujero en el suelo con marcas para los pies. Sólo había una cama por celda y no existía un solo mueble para guardar la ropa. Los presos se agenciaban del almacén cajas de embalaje, de fruta u otros productos y con eso se improvisaban asientos, mesas o incluso, como Abel, estanterías donde ponían dos o tres libros, los que les permitían. En aquel momento Abel leía una novela de aventuras, El conde de Montecristo, de Dumas, prestada en el Ateneo Libertario. En un registro rutinario, y argumentando que esa lectura podía ser perjudicial y traer malas ideas, don Eleuterio, uno de los guardianes más duros, le requisó la novela entre grandes protestas de Abel y un forcejeo que fue cortado en seco por el funcionario, que le propinó un empujón y un fuerte golpe contra la caja de madera, que se quebró.
—Al menos léalo usted hombre, a ver si se civiliza un poco. ¿Qué teme de ese libro? ¿Qué pueda escaparme como Edmundo Dantés y vuelva a vengarme de usted? ¿Qué puede esperarse de alguien tan mezquino que intenta controlar los sueños?
Los carceleros, algunos de la ciudad y otros destinados, cumplían con su trabajo; unos eran más benevolentes, normalmente los ya hechos a la vida de la ciudad fronteriza y otros, los de fuera, más rígidos, como contrariados de estar en aquel rincón perdido. Pero de entre todos, uno era el más temible, el más odiado y a la vez del que más se burlaban los presos cuando podían: don Eleuterio, flaco, esquelético, amarillo, antiguo guardia civil, de humor endemoniado. No había turno suyo que no estuviera jalonado de amenazas o problemas, maldad personificada que según los propios reclusos, le envenenaba. Algunos le llamaban el Alacrán y sólo esperaban ver el momento en el que él mismo se clavara el aguijón. Estaba en todo momento presto a chivarse, a la denuncia. Con él, Abel siempre tuvo problemas, el de las lecturas el primero. Con lo único que transigía era con los libros de ciencia o historia antigua, pero era inflexible con las novelas o folletos que le olían a revolución o a relajación de las costumbres.
Las reformas penitenciarias de la república, desarrolladas por Victoria Kent, como muchas otras cosas de la península, llegaban más tarde a Melilla o en algunos aspectos, ni siquiera lo habían hecho. Eso sí, como pensaba con ironía Abel, se habían apresurado a escribir, sobre la puerta de entrada, el lema de la nueva Dirección General de Prisiones, «Odia el delito y compadece a los delincuentes».
Desde aquella celda, con el mar de fondo y los sonidos de la ciudad que se colaban por el ventanuco, Abel escribía, mandaba artículos de temas doctrinarios a La revista blanca y a El Libertario, o sobre la actualidad a La voz del campesino:
«Ni con la reforma agraria, ni con ninguna ley por amplia que sea en sus alcances, quedarán satisfechos nuestros anhelos. Aspiramos a algo más noble, más elevado; a la reivindicación obrera con todos sus derechos, y eso jamás podrán concederlo las leyes capitalistas. La libertad y la tierra han de serles arrebatadas por la violencia y la lucha, y no por las leyes. Queremos que la tierra, patrimonio común de todos los seres, vuelva a poder de quienes la trabajan; que el campesino deje de ser explotado».
En los medios anarquistas comenzaron a comentarse sus escritos. La Escuela Racionalista de Melilla le encargó un folleto sobre «La familia y el anarquismo» que publicó en 1932. Fueron dos años de lecturas, escritos, peleas con funcionarios y de mirar al mar, sabor salobre en el paladar. Abel llegó a pensar que cumpliría allí toda su condena, los seis años, pero se equivocó. En la primavera de 1934, junto con otros reclusos, le trasladaron a la península, en un barco de la Transmediterránea, el que hacía la línea Málaga-Melilla. Su destino fue Almería, y allí encontró menos rigor que en la plaza norteafricana, menos funcionarios avinagrados y más compañeros anarquistas. Ya se sabía que no había mal que más de cien años durase. Y desde allí, desde detrás de esos muros, veía como cada vez estaba más cerca la anhelada revolución social.