CAPÍTULO 9
Aventuras del jazz
La patrona que regentaba aquella pensión se había ido ya a la cama, de donde salió con evidente malhumor para abrir la puerta. Iba a protestar por la presencia de los dos hombres que le acompañaban cuando Montes le dijo en su francés macarrónico:
—Segrá seulement un moment, Madamme Sourignat. Nous avons besoin de parler un petit peut, et après, mes amis sortirons.
La mujer que regentaba aquel establecimiento era viuda de un socialista, y allí recalaban militantes de partidos de izquierda y sindicalistas, con la excepción de un músico, trompetista en un club de jazz, con quien Montes compartía cuarto. Ahora estaba tomada por los españoles: anarquistas, socialistas y republicanos, la amalgama forzosa del exilio. La pensión no era gran cosa, pero la patrona mantenía la limpieza, no hacía preguntas y procuraba mantener alejada a la Policía. A cambio, los huéspedes soportaban su humor de perros, sus diatribas sobre cualquier cosa que la enfureciera —había días que casi todo— y procuraban no despertarla a partir de las diez de la noche. Había un tema que era tabú: aquella mujerona de greñas grises odiaba a León Blum. Aunque muchos de los que estaban en pupilaje pudieran ser de la misma opinión, se guardaban mucho de pronunciar aquel nombre, aunque fuera para denigrarlo. Madame Sourignat estallaba como un volcán. No por política, la mujer era práctica. Parecía tener la exclusiva de la animadversión hacia el dirigente socialista francés, que en su opinión, había llevado a la ruina a su marido —y por ende a ella, obligada a poner aquella pensión—. Lo del Frente Popular francés, las contradicciones y bandazos de su gobierno, le traía al pairo. Aunque nadie en realidad supiera la verdad de aquello, los huéspedes no indagaban. Quizá era el único lugar en todo París donde no se hablaba de León Blum.
—Simpática la mujer, ¿eh? Las malas lenguas dicen que su marido se quitó de en medio porque no podía soportar su genio y su mal humor —dijo Montes a sus acompañantes. Estos, con una mueca, le dieron a entender que ya lo sabían, por lo que Julián no insistió.
—Comparto habitación con Eugenie, trompetista de jazz, que es el único que tiene una copia de la llave porque viene tarde y además es francés, de los españoles no se fía tanto. Pasad, dentro podemos hablar con tranquilidad.
El de la gorra entró en primer lugar, seguido de Montes y Báez. Inmediatamente abrió la puerta del váter y del lavabo, antes de darse una vuelta por la estrecha habitación.
—Es lo primero que me sorprendió de los franceses —añadió Montes—. Tienen el meadero lejos de los lavabos. Bueno, la verdad es que nos llevan ventaja. En España no podemos decir lo mismo. Allí ni siquiera hay baño dentro de la habitación en la mayoría de las pensiones.
Mientras el inquieto individuo de la gorra investigaba en la maleta y en la mesa las pertenencias de Montes, este invitó a sentarse a Báez en la única silla libre. La otra, ocupada con ropa, se la ofreció al otro compañero, mientras él se sentó en la cama.
—Por supuesto, puedes husmear lo que quieras —dijo con ironía.
—Comprende, compañero, no nos fiamos de nadie. Espero que no te importe, tenemos que estar seguro de quién dices que eres. ¿Y este retrato?
—Mi madre y mi hermano. Justo unos días antes del principio de la guerra. Es la única foto que salvé en el puerto de Alicante y en el campo de Albatera, me ha acompañado en todas las cárceles por las que he pasado.
La mención de la foto le trajo a Montes el recuerdo de la fotografía de Tina que le enseñara Manzanedo. Así que aquel individuo era el que la había detenido, la había tenido delante como estaba ahora ante él, preguntándole.
—¿Y en cuál conociste a Joaquín Cots?
—En San Miguel de los Reyes. Coincidimos en la misma celda. Yo había leído que habían detenido al asesino de la vedette Tina de Jarque y coincidían sus apellidos. Por eso le pregunté.
—¿Y qué te dijo?
—Que él había sido uno de los que la habían detenido, pero que se había limitado a entregarla.
—¿Sabes lo que pudo contar a la Policía?
—Según él, no mucho. Citó a algunos del Comité Nacional, pero echó la culpa de la muerte de Tina al Chileno, el matón de la columna de hierro que había muerto meses antes.
—Bien por Joaquín… ¿Y no te contó nada más?
—Sí, me contó lo de las joyas y la detención en la frontera. Sabía que aquel asunto acabó mal.
Manuel Báez guardó silencio unos instantes. Aquel era un tema serio que lo incomodaba.
—Las puñeteras joyas… Mira que soy andaluz aunque no soy supersticioso. Pero cuando algo está «salao», no hay nada que hacer. Le dije a Marianet que yo no quería ocuparme del asunto, pero él, erre que erre. En la hora que se me ocurrió decir que conocía al cabrón del Abel Domínguez.
—¿Ese no era el amante de Tina?
—¿Y estos libros? —interrumpió el otro en aquel preciso momento, chafando el desarrollo de aquella conversación que iba bien encaminada para Montes.
—Son novelas policíacas. Las llevé en el viaje desde Valencia, como parte del disfraz. Me escapé de la cárcel en un traslado y los compañeros de Valencia me proveyeron de buena documentación y un poco de dinero hasta llegar a la frontera. He salvado el pellejo por poco, estaba condenado a muerte.
—Ya, sabemos que trajiste informes del interior para el Consejo General del Movimiento Libertario…
Durante cerca de dos horas, Julián fue sometido a una serie de preguntas para despejar cualquier duda sobre él y su presencia en París.
—Sabemos que tenemos un topo, es decir, un puto traidor, y tenemos nuestras sospechas. Todas las precauciones son pocas. ¿Para qué quieres saber lo qué pasó con las joyas? ¿Qué te contó Joaquín Cots?
—Que tú y el tesorero, Isidro Sancho habíais sido encargados por Marianet de sacar de España las joyas de Tina y otras provenientes de requisas para conseguir armamento.
Julián largó el envite con convicción. Manuel Báez estaba perplejo, sin pestañear, y Montes dedujo de su hieratismo que había dado en el clavo.
—Era el tiempo en el que las columnas se convertían en brigadas del nuevo ejército popular y la CNT no quería estar a merced de los comunistas y socialistas que nos habían negado el pan y la sal en los primeros momentos. Pero algo salió mal. Fuisteis detenidos por un pelotón del PSUC a punto de pasar la frontera. El escándalo que se organizó fue mayúsculo. Marianet llamó a Joaquín Ascaso, el responsable del Consejo General de Aragón, para que se responsabilizara del asunto, declarando que era para conseguir materiales, mercancías y vehículos para el consejo, y así exonerar al Comité Nacional y a la CNT.
—¿Y tú cómo sabes tanto? Porque no me creo que el tal Cots hile tan fino…
—Además de periodista, fui policía. De la sección de estadística. Yo creo que todo esto lo saben otros compañeros.
—Más o menos fue así. El asunto pareció calmarse e Isidro y yo volvimos un mes después a Valencia. Ya habían pasado dos meses desde que se fusiló a Tina y los que iban con ella. Luego algunos miembros de las Juventudes Libertarias han opinado que fuimos demasiado duros con Abel. Pero, ¿qué se podía hacer? Él sabía lo que se estaba jugando.
—¿Y por qué se condenó a Tina, Báez? ¿Por ladrona, por espía? ¿Por seducir a un responsable, que además manejaba joyas?
—Que era derechista, no hay duda. Además, fue amante de aristócratas y banqueros, el director del Banco Urquijo, entre otros. Y de ese chalado de Uzcudun, que se ha puesto ahora del lado de los fascistas. El hecho es que se iba con Abel, con joyas requisadas y la paga de la columna Andalucía. Cuando la detuvimos llevaba puestas unas alhajas, un collar de brillantes y una pulserita de oro. Dijo que todo había sido una imposición de Abel, que la tenía secuestrada, pero luego su madre tenía joyas escondidas en un tiesto en Barcelona…
—O sea, que tenía amantes ricos.
—Desde luego, ya te digo, nobles y banqueros. Y guardaba una bandera monárquica firmada por el dictador Primo de Rivera.
—¿No hubo ninguna duda sobre ella?
—No, ¿para qué dudar…? Entre nosotros, yo no creo que fuera espía, no sé como decirte, no tenía dotes. Puede que para seducir sí, pero para andar de acá para allá con misiones, no. Y creo que pudo volver loco al garañón de Abel. Tanto como para desertar con ella y llevarse un buen botín. Se llegó a decir que las joyas tenían un valor de diez millones de pesetas. No fue tanto, desde luego, pero tenían un gran valor, a lo que hay que sumar las que escondía ella en Barcelona, con su madre.
—¿Y Abel? ¿Qué dijo de ella?
—Siguió su versión, hasta tal punto estaba seducido que dijo que todo había sido culpa suya, que ella había huido por miedo, miedo de él, entonces, ¿cómo se va con él?
—Quizá no pudo.
—Yaaa…
—¿Y es seguro que fue fusilada? ¿Tú estabas presente?
—No, no estuve presente, pero es tan seguro como que hemos perdido la guerra… Te pareces al Armand Guerra, que luego estuvo preguntando por esa pájara.
—¿Y qué decía Armand?
—Leyó incluso sus declaraciones. Dijo que había estado muy desafortunada, pero que no creía que fuera una ladrona. A él también lo debió de camelar cuando hizo la película… Pero, ¿por qué te interesas tanto por esa fascista?
—Bueno, no me gustaría que le cargaran el muerto, en este caso la muerta, al compañero Joaquín. Él y yo hablamos mucho del asunto en la cárcel, ya sabes, en algo se tiene que entretener uno. Curiosidad de periodista, si quieres, o de amante de las novelas policíacas. Cots pensaba que si fue juzgada tenía que haber un documento y que si ese documento se encontraba él sería fácilmente exonerado.
—No hay documento, ya sabes que no se estila en la Confederación revelar ciertas cosas. Este caso, te lo puedo asegurar, fue un verdadero consejo de guerra, ya está cerrado. Punto. Para la CNT y para mí. Y también para ti, si eres quien dices ser. A pesar de todo lo que me has dicho sobre Cots y las cosas que pasaron, no me fío de ti. ¡Vámonos, compañero! Espero que seas más discreto a partir de ahora.
—Antes de que te vayas, por favor, te quería preguntar otra cosa…
No hubo más revelaciones. Báez, irritado, quería zanjar el tema. A Montes le hubiera gustado preguntarle sobre cómo era Tina, qué pensaba en realidad de aquella vedette, que a él le parecía tan guapa como ingenua, pero estaba claro que Manuel Báez no tenía de ella muy buena opinión, a menos que aquellas acusaciones fueran en realidad una justificación para una condena. Pero cerrado en banda el exmiembro del Comité Nacional, cambió de tercio e indagó por la posibilidad de un pasaje en uno de los buques que partían hacia México.
—Vete a ver al comité, yo no puedo hacer nada. Me marcho en unos días con mi familia a México. ¡Salud!
Cuando salió Baéz, seguido del otro compañero, que le lanzó una mirada no muy amistosa, Montes se tiró en la cama, el corazón acelerado. Luego, pasados unos minutos, él también enfiló la puerta y acudió al garito donde tocaba la trompeta su compañero de habitación, Eugenie. Allí, con un cigarrillo, amarrado a la barra, entre el humo que se expandía por el local en volutas caprichosas, como las ondas de esa música extraña que él había descubierto, el jazz, daba vueltas a la historia que le había tocado vivir, sus recovecos y trampas. Una cantante, ataviada a la moda americana, cantaba con desgarro y ritmo pegadizo. Era imposible seguir lo que decía la canción. Bebía de la cerveza en pequeños sorbos, dejando que el alcohol, el tabaco y la música se infiltraran en la sangre, aplacando el temor de posibles represalias contra su hermano. Había algo que le reconcomía, y era, aunque lo negase, la imposibilidad de resolver el misterio.
Tras la conversación con Báez, otra pista se había cerrado, otra posibilidad que no podría seguir. Ahora que empezaba a tener dudas razonables sobre el papel de Tina en el asunto. Para avanzar realmente en la resolución del caso tendría que volver a España y eso era imposible. Ahora sí que había llegado a un callejón sin salida. Tal vez algún día volvería, resolvería. Pero ya el destino de sus pasos no estaba en sus manos. «Vaya mierda. Estoy pensando como un sabueso, un detective, me estoy dejando influir por las novelas, por el ambiente de misterio. Esto sí que no tiene sentido». Era mezcla explosiva la curiosidad, el alcohol, el tabaco, mezclado con el ambiguo y embriagante sentimiento de traición, de traspasar los límites.
Aquella noche, de vuelta a la habitación con Eugenie, que le había invitado a otra cerveza, sintiendo las piernas de goma —hacía tanto tiempo que no bebía, que el alcohol le había afectado— cayó redondo en la cama. Tuvo un sueño movido, delirio onírico que parecía premonitorio. En él se veía como uno de los detectives de sus novelas policíacas, realizando la investigación en España, preguntando a unos y otros, sacando conclusiones. Y sin embargo, no llegaba al premio final. A punto de resolver el enigma, se despertó, angustiado, empapado en sudor. Le costó reconocer la habitación de la pensión, identificar aquel ronquido de su amigo músico. Cuando volvió a su ser, quizá influido por la visión de la cantante, se quedó pensando un rato sobre aquella vedette, Tina de Jarque ¿Habría sido de la Quinta Columna o era una víctima más de aquella sinrazón? Pensó que le hubiera gustado conocerla, comprobar de qué pasta estaba hecha, si era una criatura de lujo para ricos, una artista o ambas cosas a la vez. O simplemente una mujer intentando vivir y seguir su camino en un mundo difícil. Luego, tras lavarse y secarse la cara, volvió a sumergirse en el sueño y la negrura de la noche.
* * *
Barcelona, 1948
Aquel Alady era gracioso y amable también fuera del escenario. Pero al preguntar por Tina, su rostro se tornó serio, afligido.
—Sí, así como estamos usted y yo, hemos estado Tina y yo muchas veces en este camerino. Era una buena compañera, un pedazo de pan. No se merece lo que le pasó. Yo lo supe porque me lo contó Armand Guerra, en Alicante. Yo entonces andaba refugiado con una compañía de la Guardia Republicana. ¡Tantas veces he estado con ella en su camerino o el mío! La vi y actué con ella varias veces en los primeros meses de guerra, los más peligrosos. Una experiencia.
Con Alady, que actuaba en un teatro del Paralelo se había fingido periodista, pero hubiera dado lo mismo que se presentara como investigador privado o policía. A aquel hombre no le costaba nada hablar de su buena amiga.
—Prefiero recordarla en el escenario y aquí, en estos ambientes. Yo ya la conocí de muy vedette, con buen camerino, lo que medía la importancia de la artista.
Y Alady, como filósofo de lo abstracto, quizá una faceta destilada de su análisis cómico y vital, se explaya hablando del camerino, lugar donde se consumía mucho del tiempo pasado en el teatro, antes y después de los ensayos, concentrado en silencio antes de los estrenos, los nervios libres, luego, refugiándose con los fieles, saludando a muchedumbres en el caso del éxito y lidiando con miradas de conmiseración cuando el fracaso era evidente. Allí, en la sordidez del camerino, se consumía la curiosidad por saber si la obra triunfaría y qué iban a decir el público y la crítica. El camerino era laboratorio, sala de espera, lugar de reflexión y celebración, rincón para guardar la soledad y las penas, siempre confrontándose con la imagen del espejo, esa a la que en el fondo, ningún artista podía engañar, a pesar del ego y los halagos interesados.
—Ya ve usted, yo aún lo comparto, menos mal que en esta ocasión es con Lepe, un gran amigo, y tenemos espacio para los dos. Ya sabemos, son malos tiempos. En mis principios también era un poco así, lo que pasa es que éramos más jóvenes. El camerino siempre desmerece la imagen de los artistas, es la cruz de la cara que representa el escenario, donde brillan las pinturas de los decorados y todo es nuevo y rutilante, desde las telas hasta las luces. Las vedettes como Tina, con más espacio, tenían siempre detalles para adornar: un ramo de flores, fotos de sus padres, el gran Tonitoff con sombrero y flor gigante en el ojal, su madre Constantina, los dos mirándola desde aquellas fotografías, seguros de su éxito. Aquí, ya ve, apenas lo justo para dejar tus cosas, cambiarte y asearte un poco.
Julián Montes pensó en cómo había cambiado a todos aquel tiempo. Hasta Alady parecía acusar aquel período de miedo y muerte, de destrucción. Se dejó envolver por la voz con suave acento catalán del humorista. Aún quedaba rato para la función. También Alady, otro de los personajes de aquel drama, parecía revivir cuando hablaba del pasado. Aquella época no tan lejana donde conoció a Tina.
Madrid, agosto de 1929
Juan Carcellé tronaba desde el auricular con su voz cantarina y animosa:
—¡Alady! Tengo una cosa buena para usted. Se trata de hacer un espectáculo con Tina de Jarque, que ha llegado de América y piensa hacer una revista con música de jazz. ¡Hay para ganar muchos duros! Ella será la empresaria, yo sólo le ayudo como representante.
Juanito Carcellé, el Águila de las varietés, según lo había bautizado Alady, le había hecho ganar mucho dinero, pero sobre todo, le había dado a conocer a multitud de públicos. El humorista había llegado a cobrar 14 pesetas por función, cuando el sueldo de un obrero era de dos o tres pesetas diarias. Por eso, Alady confiaba plenamente en su olfato, y sólo por reflejo, pidió algún detalle más de la revista.
—Pues algo parecido a lo que hicisteis con la Yankee, aunque el espectáculo parece mejor, con más calidad… Ya le daré detalles. O se los dará la propia Tina. Algo de jazz, esa música de los americanos que hace furor en los escenarios chic… Usted iría en mejores condiciones que con la Yankee… Por eso le he llamado. Póngase en camino. Pasado mañana le espero en mi despacho.
Carcellé era sí: dicho y hecho. Hombre de palabra, siempre con un cigarrillo de anís medio apagado y una sonrisa en la boca. A Alady trabajar con Tina le agradaba y ya llevaba mucho tiempo en el Palace de Barcelona. Necesitaba nuevos estímulos. Así que se despidió del Palace y al día siguiente tomó el expreso para Madrid. Durante el viaje repasó su relación con Tina, a la que había conocido en Barcelona años atrás y como a todos, le había deslumbrado su belleza extraordinaria. Entonces estaba contratada por Eugenio Velasco, compañía en la que hizo furor por su simpatía, su don de gentes, y ese saber estar en el escenario que sin duda le venía de familia. En aquellos tiempos su madre no se perdía sus actuaciones. Allí la vio alguna vez Alady, entre bambalinas y el camerino, y siempre la saludaba con cortesía. Él también había frecuentado esos ambientes antes de dar el salto a los teatros. Alady, abreviatura de Aladino, su primer nombre artístico, fue un hallazgo de Santiago Rusiñol, el pintor. Sus primeros pasos los dio en la modalidad de chansonnier, a lo Maurice Chevalier, aunque también cantaba cuplés y tonadillas de manera original, introduciendo amenos parlamentos que le decantaron poco a poco a la faceta de humorista.
Tras acomodarse en una pensión de la Gran Vía, y visitar al Águila de las varietés, que le contó poco más, Alady se presentó por la tarde en el Teatro Avenida, lugar de los ensayos de la compañía. El espectáculo se llamaba Revuette Jazz-Tina de Jarque, y Alady conoció enseguida a sus compañeros de reparto. El elenco era variopinto: Tina de Jarque, Alady, hermanas Cortesinas, The ocho Metropolitan Girls, la estilista argentina Mariela, la bailarina Natacha, el bailarín negro Buby Curry y la orquesta excéntrica de ocho profesores Melodians Sincopated Orchestre.
—Hola Alady —Tina le besó y le cogió por el brazo nada más llegar—. Ven, te voy a presentar a los otros miembros de mi compañía, la he llamado Fémina. ¿Verdad que es bonito?… Aparte de los Sincopated, que están afinando instrumentos… Mira, la estilista Mariela, argentina. Se dobla como si fuera de goma, ¡una artista! Y de circo sé un rato. Por allí está calentando la bailarina Natacha… Tiene cara de zíngara. ¿Verdad? Todas tan guapas, tan hermosas. Y números uno en lo que hacen. Con casi todos he trabajado no una, sino varias veces. Estas son las hermanas Cortesinas…
Todas ensayaban los pases escénicos, cada una en su papel. Las hermanas Cortesinas, Angélica y Ofelia, eran españolas de origen italiano. Habían nacido en Valencia, y hablaban a la perfección el griego. Como en otros casos, triunfaron fuera de España antes de hacerlo dentro. Empezaron su carrera desde muy niñas, en París, actuando después en Europa y Oriente, que recorrieron, al igual que luego América, en esa ocasión con Harry Fleming. Formaron parte de las beldades del empresario José Luis Campúa en el Romea, donde se habían hecho famosas en España. Hermanas de Helena Cortesina —antigua danzarina de fantasía, actriz, directora de cine y mujer del escenógrafo Fontanals—, habían comenzado formando un trío para bailar un repertorio refinado, y ya como dúo se convirtieron en vedettes.
Parecían telépatas, o casi gemelas, pues pensaban casi lo mismo de todo, y hablaban igual, un pensamiento, un alma, dividido en dos cuerpos, los giros, palabras, idénticos, espejo de dos reflejos. Era la suya una belleza cosmopolita, de ojos negros y húmedos, propios de bayaderas orientales, labios rojos y sonrientes. Interpretaban artísticas danzas de sabor egipcio, esas danzas sensuales que se desplegaban entre velos, con movimientos del vientre y las caderas, que remataban con arabescos que ellas calificaban de helénicos.
Angélica, la más pequeña de las dos hermanas, poseía una admirable y potente voz, y su deseo era dejar aquellas revistas de varietés e ingresar en una compañía de zarzuela, algo serio. Ofelia, la mayor, parecía no secundarla en esto, a pesar de esa similitud de gestos, gustos y gastos.
Se vestían en escena de blanco o de negro, tocadas con una especie de peinetas que no eran españolas, aunque lo recordasen: más bien ibéricas, de una civilización lejana y antigua, peinados con resonancias de dama de Elche, que les daba un aspecto de deidades orientales o micénicas.
El escenario, tras el número de las hermanas Cortesinas, cambiaba de música y número. Sonaban las trompetas y los clarinetes. Arrancaba un ritmo la orquesta. Un bailarín negro flexionaba las piernas y danzaba.
—Uno de los números fuertes, el charlestón —le contaba Tina a Alady que debía saber todas las cosas para cuando tuviera que intervenir, presentar a los artistas, soltar una gracia—. El maestro Villajos ha escrito y vamos a estrenar «Yo no quiero ir a escuela» y otras magníficas piezas. Da bien para lucirse… Y este es Buby Curry, el mago del charlestón. Se hizo rico bailando, luego se hizo empresario, se compró un automóvil y se arruinó con las mujeres de todos los garitos de las capitales de Europa. Tiene ya unos años, pero aún parece de mimbre.
El negro Buby Curry, además de un artista muy dúctil, era un hombre que hacía mucha gracia y conectó enseguida con Alady, como conectaba enseguida con los cómicos, que reconocían en él a un igual, más que a un bailarín de revista. Ya era viejo. En su juventud fue uno de los negros que consiguió grandes éxitos bailando el charlestón, esa variedad del fox-trot que hizo furor en Estados Unidos durante la década de los 20. A pesar de su edad y sus excesos, aún podía bailar con soltura aquel ritmo frenético y alegre caracterizado por la supremacía de la sección de viento sobre los demás instrumentos, especialmente el trombón y el clarinete. Aquella danza popular con música rítmicamente sincopada en compás de cuatro se bailaba como baile de salón o de espectáculo reflejando alegría y creatividad. El ritmo del charlestón era una baza de éxito casi segura, aún seguía disponiendo del favor del público europeo que lo había visto difundirse después de la Gran Guerra, aunque al hacerse tan famoso, había perdido parte de su exuberancia original. Alady había visto como triunfaba el charlestón en Barcelona, con la revista El sobre verde.
—Es fácil —decía Buby con su voz y su español de acento puertorriqueño—. Se utilizan patadas y pasos como el Susy Q y el giro sobre un pie tocándose el talón del otro y aplaudiendo. También se camina un paso al frente tocando el suelo, regreso y atrás, mientras los brazos se mueven como un péndulo.
Y lo hacía como un autómata, pero con esa gracia innata de los negros al moverse con cualquier clase de ritmo. Alady sabía —y luego el propio Buby se lo confirmó— que en los cabarés de Europa, Buby Curry había sido uno de los bailarines más demandados para estas exhibiciones. Hizo mucho dinero e incluso se compró un automóvil y montó una empresa de espectáculos. Pero se enamoraba de bellas y frívolas tanguistas con las que se pulía la fortuna ganada. Con lo poco que le quedaba compró un perro alemán, con el que pretendía recuperar su dinero en las carreras. Pero el animal estaba demasiado gordo para eso. Y continuó bailando y perdiendo dinero en compañías de mala muerte. Cuando no tenía ni cinco para pagar la cuenta del hotel donde vivía, decidió no abandonar la habitación. Buby y su perro estuvieron encerrados sin probar bocado ni salir a tomar el sol. Ya se había convertido en su inseparable compañero, eran como gemelos. Parecía que se entendían casi sin decir palabra, por gestos de la cara.
Buby explicaba:
—Una noche que tenía tanta hambre, recordando a mis ancestros, que sin duda debían ser caníbales, decidí comerme al perro, que, como digo, ya era como un hermano para mí. Esperé que se durmiera para lanzarme sobre él y darle un mordisco. Pero el perro, que estaba tan famélico como yo, debía pensar lo mismo. ¡Nunca le había visto con una cara tan agresiva! Yo lo miraba y con esta cara tan fea le enseñaba los dientes, igual que él me los enseñaba a mí. Entonces le decía: «Al primer mordisco que me des yo te daré otro más fuerte». Vaya noche de perros, los dos sin pegar ojo, enseñando los dientes a la menor amenaza. Menos mal que a la mañana siguiente sonó el teléfono para ofrecerme este contrato. Os lo juro, o el perro me comía a mí o yo le comía a él».
Era fantástico y divertido, aunque todos supieran que contaba probablemente las mismas historias cuando llegaba a una compañía. Y a pesar de tener una cara castigada, aún gustaba a las mujeres. Y las mujeres a él. Seguían siendo su perdición. Sólo que ahora no guardaba mucho dinero para no despilfarrarlo con las que le encandilaban, las bailarinas de tango. Continuamente se estaba ofreciendo para bailar tangos además del charlestón y el claqué, sus especialidades. Si en el charlestón sólo se veían sus piernas moverse a velocidad de vértigo y su sonrisa kilométrica, cuando bailaba claqué era como un pájaro, algo zancudo, eso sí, pero a fin de cuentas un ave que picoteaba con sus dos patas enormes. Cuando tangueaba lo hacía con la fuerza de un leopardo y la flexibilidad de una serpiente.
Asistían también al ensayo dos personajes singulares. El polifacético Álvaro Retana —que ahora firmaba sus crónicas y artículos como Carlos Fortuny— y el humorista y cómico Miguel Mihura. Álvaro miraba imantado esa demostración del negro, mientras Mihura, como una esponja, no se perdía ripio de aquella figura que le había inspirado para incluirle como personaje en una de las comedias que estaba escribiendo, Tres sombreros de copa. Aquel sombrero de copa que Buby manejaba con manos gráciles, flotando sobre su cabeza, pasando a cualquier de sus manos, haciendo mil cabriolas, suave en sus movimientos como caricias de mujer, podría dar mucho juego. De momento, ya le había proporcionado el título.
Álvaro Retana, personaje del mundo frívolo, escritor, periodista y letrista, era amigo de Tina desde hacía años, tal y como le contaba la vedette a Alady. Como otras muchas vedettes, la Jarque también se hacía los trajes con Retana, porque aquel dandi era un gran figurinista. Un hombre de estilo, gusto y sofisticación.
Tina presentó a Alady a los dos escritores. Alady hizo una graciosa reverencia.
—Alvarito, el otro día tu hijo, Alfonsito, vino a cobrarme los figurines de los trajes. Le di las sesenta pesetas. Dice que de eso, por el encargo de pintar fondos y cobrar a las artistas, se lleva una peseta que tú le das. Aunque yo creo que se lleva también otras recompensas. No veas como se le abren los ojos cuando entra en los camerinos.
—Normal, Tina, aún no se le ha ido del todo el aire de los franciscanos, ha salido hace poco…
—Bueno, bueno, ya va perdiendo el pelaje. Al principio se quedaba paralizado, cuando veía a las coristas en los camerinos, ensayando y quitándose los modelos. Pero creo que ahora, que ya ha aprendido algo del pícaro de su padre, hasta le gusta tener que venir varias veces a cobrar. Las chicas le gastan bromas y él encantado. Aunque dice que más que Laura Pinillos en el Eslava, la que más veces le hace ir al camerino, en el Pavón es «Nuestra señora de los muslos». Me ha contado que le recibe diciendo: «¡Aquí está Retanita queriendo cobrar los recibos de su padre! Pues quizá hoy tengas suerte».
—No es nadie la Gámez.
—Sí, vaya con la Leandra. Bueno, os dejo, tengo que contarle el espectáculo a Alady.
—Le he visto en varias revistas y es usted muy bueno, provoca la risa y la sonrisa, y eso es muy difícil —se despedía Mihura dándole la mano.
—La cuestión es reír —contestaba él—. La vida de por sí ya está llena de preocupaciones y malos ratos. Todo lo que sea proporcionar a la vida motivos de alegría, es una buena labor. Yo vine al mundo para olvidar penas. Para ello uso un humor tonto que a nadie molesta ni zahiere, porque lo que digo son bobadas.
Al igual que en otros espectáculos, Alady aportaba una elegancia y un oficio que iba más allá de su bombín o sus guantes blancos, aspas de molino al viento por delante de su cara risueña, irrumpiendo en escena con una retahíla de frases, bromas, chistes amables, entonando las estrofas de un cuplé, engarzando dichos del repertorio, agudezas, pasos de baile, desparpajo y arte de la improvisación:
—Hoy he ido a ver a mi jefe y le he dicho que necesito que me suba el sueldo, porque me he casado.
—¿Y qué te ha dicho?
—Que él no es responsable de las desgracias que ocurren fuera del trabajo.
Alady, gran improvisador y conductor de la revista, tenía en ella su caldo de cultivo. Cada día era distinto. Dialogaba con el director de la orquesta, con los músicos, con el público, dominaba los parlamentos, destilaba ironía, abría su borboteo de frases, unas veces con la rapidez de un atropellado con aparente yuxtaposición de ideas y torbellino de palabras, otras fingiéndose un ente inoperante, ingenuo y despistado.
«El ganso del hongo» salvaba las interrupciones con habilidad y gracejo. Además de ese sombrero de hongo ladeado, su indumentaria habitual la componían unos guantes blancos y una gardenia de papel en el bolsillo del esmoquin, siempre impecable.
—Yo no le doy importancia a mis trajes, el que se la da es el sastre que me los cobra.
Unas veces se triunfaba y otras no. Así era la magia del teatro, la emoción de saber si el público aplaude y quiere un espectáculo preparado durante semanas, acumulando en él destrezas y sabidurías, o por el contrario, aquello no le complace. Nunca sabe uno si aquel, el de las primeras pruebas o estrenos, es el público adecuado, porque esa era la clave. Cualquier gran espectáculo podía naufragar si no se llevaba a los escenarios adecuados. El error de Tina fue comenzar la gira por el norte, al principio del otoño. El estreno tuvo lugar en Valladolid, donde la compañía llegó en tren el 26 de septiembre de 1929. El salón Pradera, otrora local de éxitos para las revistas de Madrid, recibió aquellos números de revuette jazz con cierta frialdad.
No mejoró mucho el ambiente en el Pereda, de Santander, en Burgos, Zaragoza o San Sebastián. Contribuyó a ello un temporal que azotó el Cantábrico durante casi dos semanas. En aquellas ciudades norteñas, hostigadas por la lluvia y el mal tiempo, los pocos espectadores que llegaban necesitarían calderas de agua hirviendo para entrar en calor. Aquel espectáculo, a pesar de la música, nada fría, y del ardor y la belleza que derrochaba Tina y sus artistas, no triunfó. Todos lo vieron claro tras el paso por aquellas tres ciudades. Además, San Sebastián era especialmente gafe con Tina. Todos recordaban allí su romance con Paulino Uzcudun, y le achacaban el reciente fracaso del púgil al no poder conquistar el título mundial de los pesos pesados, lo que se traslucía en indiferencia y vacío. En realidad ella no había tenido nada que ver. Fue su manager el que le hizo pelear por una bolsa que equivalía a la astronómica cifra de un millón y medio de pesetas, enfrentándose con el alemán Max Schmeling, sin tiempo de restablecerse de una fractura de codo que había sufrido en un entrenamiento.
Alady sabía, como toda la compañía, que aquel amor y su fracaso habían afectado bastante a la Jarque que, sin embargo, intentaba recuperarse al formar su propia compañía, un espectáculo que ahora parecía diluirse, llevado por las aguas de la tormenta. En San Sebastián, en el hall del hotel, mientras la lluvia caía por los ventanales, Alady se encontró a Tina, que miraba ausente la borrasca, evocadora. Temiendo despertarla de una ensoñación, Alady no se atrevió a interrumpirla, pero cuando hacía ademán de seguir su camino ella se percató de su presencia.
—Tina, el tiempo no acompaña mucho —le dijo Alady—. Quien sabe con semejante temporal cuantos se aventurarán hasta el teatro. Quizá debimos empezar por el sur.
Fuera, los viandantes que se aventuraban a desafiar a la tormenta tenían que hacer frente no sólo a la lluvia, sino a los charcos que se habían formado en la calle. Algunos saltaban, las gotas rebotando arriba en el paraguas, abajo salpicando pantalones y zapatos.
—Tal vez, ¿quién podía saber? Los espectáculos de Velasco se estrenaban en Barcelona o San Sebastián, eran buenos termómetros.
—Pues aquí el mercurio está bajo mínimos.
Alady hizo un gesto para hacerse perdonar el chiste fácil. Un rayo, seguido por un trueno, sobresaltó un momento a Tina y le borró la cara de queja.
—Y algunos fenómenos están bajo máximos…
—No sigas, Alady, no nos vaya a caer ahora el diluvio.
—Sí, sí, mejor no provocar. Lo que está claro es que no conseguimos emocionar. Quizá en Andalucía, con sol y calor en el cuerpo, en Barcelona o en Madrid, con públicos más entendidos… Tinita, ¿crees que merece la pena seguir?
—Tienes razón. Esta aventura no ha sido una gran idea. Y además, no soy buena para los negocios. Me dejo llevar por lo que yo quiero hacer, y lo que está claro es lo que el público quiere de mí.
Las gotas de agua, como carrera de lágrimas, se deslizaban por el cristal. De repente se ralentizaban y detenían, recuperando fuerza, luego se unían a otras y acababan cayendo en desenfrenada carrera.
—Qué cosa, las carreras de las gotas de agua. Nadie sabe quién va a ganar o quien se queda en el camino, absorbida por otra. Como la vida.
Quién sabía a lo que se refería, pensó Alady. Tina, moza bien plantada, con criterio musical, pasión por lo que hacía y buen oficio, no tenía sin embargo la picardía de los empresarios. Era persona sin malicia, sin dobleces. Había sido buena compañera siempre y por eso el cómico le dijo lo que, por otra parte, era evidente.
—Si paras ahora no tendrás grandes pérdidas. Ya sabes lo que se dice: más vale triunfo chico que, por apostar, derrota grande.
—La verdad es que ha sido un auténtico lujo trabajar así. El espectáculo se ha montado a mi manera y a la compañía la he elegido yo. Pero España aún no está preparada para el jazz. Como experiencia está bien. Han sido unas vacaciones alegres. Y tampoco perderé mucho. Además, La Voz de su Amo me ha propuesto grabar un disco con algunas de las canciones del espectáculo, y quiero hacerlo contigo, las hermanas Cortesinas y también con la Yankee. Grabaremos «Yo no quiero ir a la escuela» y «Súbeme al tubo», de Bolaños, Jofre y el maestro Villajos. Pero eso será cuando vuelva a Madrid. De momento, me marcharé de viaje a Francia.
De San Sebastián, donde se disolvió la compañía, Tina pasó a Biarritz, a su hotelito, aquel que le había regalado Juan March, con quien no se veía desde hacía tiempo y al que vio durante dos días, en los que se dejó ver también por el casino. Y luego viajó a París. Necesitaba olvidar el fracaso y vivir un poco la locura de la capital de Francia. Tina buscaba otros aires. El fracaso de su revista de jazz, la impulsó una vez más, a cruzar el Atlántico. Aún no había acabado 1929, un año que el mundo había calificado como nefasto.
* * *
Siempre el desarraigo, en tierras y corazones, siempre de paso, como si fuera el sino maldito del triunfo. Todo tiene su precio. A veces pienso en una vida corriente, modesta, un marido y unos hijos con los que vivir la vida, lejos de viajes, lugares y personas, lejos de brillos y lentejuelas, de champán y aplausos, de zalameros que buscan tu cama como si fueras un trofeo de caza, de bambalinas, y sonrisas estúpidas, y camerinos llenos de flores pero vacíos de amor. Soledad y silencio es lo que queda después de todos los éxitos, detrás de cada recorte de periódico, de cada halago, sea o no interesado. Soledad y silencio, y por mucho dinero y muchos contratos eso es lo que me espera una vez que pase mi estela, que mi cuerpo y mi palmito ya no atraigan a los hombres, que vengan otras más guapas y jóvenes que yo, con mejor voz, y que me desbanquen, que triunfen en los mismos escenarios que yo he triunfado, como yo triunfé en los de las que ya pasaron. Soledad y silencio cuando ya no esté mi madre, cuando ya no pueda ser siquiera como ella, con una hija a la que cuidar en la vida, de la que preocuparme. Es el mar, esa inmensidad, ese azul interminable, con la sensación de vértigo infinito, quien me pone melancólica. Es ese océano, que he cruzado varias veces en busca del amor o en busca del olvido, quien me serena y a la vez me abisma, me entristece pero me hace recapacitar, pensar si no es ésta vida ya para una persona como yo, que ansía, mucho más que el triunfo o los laureles, un poco de amor. De amor auténtico, de amor bonito, no ese que buscan los que me ofrecen joyas y brillantes, que se acaba con varias sesiones de cama, cada cual habiendo conseguido lo suyo. No, ese amor como el que sentí con Uzcudun al principio, una persona sencilla, en el fondo, como yo, que buscaba la felicidad en las cosas corrientes, aunque los dos estábamos encadenados a un destino, a un trabajo, a una posición en la vida, y a un tiempo. Porque sabemos de lo efímero del triunfo y de la gloria, y de cómo pasa todo tan rápido.
Por eso ansío un amor sencillo, duradero, que no se proponga metas ni ambiciones, que me tome cual soy, cual hubiera sido si no hubiera abandonado los estudios de mecanógrafa para dedicarme a la canción y al espectáculo. Es irónico, como diría mi amigo Alvarito, que quien seduce a más hombres en España esté al fin y a la postre, triste y sola, sin perrito que me ladre siquiera —bueno para eso está Chusky, pero afortundamente no ladra mucho—, es para reírse. El bueno de Alady piensa que tal vez no pongo demasiado empeño, que asumo mi papel de mujer fatal fuera del escenario, que no frecuento otros ambientes más que los de la farándula o la alta sociedad. Él está casado, como el bueno de Bori, con mujeres con las que son felices, que les siguen, les cuidan, les miman y les dan hijos. Pero con las mujeres es distinto. Si te casas, te retiras o te retiran, ese es el único dilema al fin y a la postre, y… ¿por qué no puedo yo tener una familia igual que los demás y cantar como yo sé, y bailar…? Hay todavía mucho machismo en España, bien lo sabemos las mujeres a pesar del voto que dicen que nos darán si algún día llega la república.
Es esa vieja leyenda de los payasos que lloran por dentro mientras tienen que hacer felices a los demás, bien lo sé por mi padre, que en gloria esté, el bueno de Tonitoff, buena cara ante todo, el público lo nota si estás triste, me decía, es mejor estar cabreado, eso siempre se lleva mejor. En el circo bien saben de estas cosas, son sabios: no están en la primera línea de los sueldos, como nosotras, son más modestos, y aunque trabajen igual o más, a cambio forman familias, esas troupes que van juntas de un circo a otro, de una ciudad a otra, incluso de un país a otro. Ah, el mundo del circo. Podía haber seguido en él, habría tenido futuro como trapecista, o antipodista, ese mundo a mis pies que siempre me contaba el bueno de mi padre Antonio o mi tío Casimiro. Estos pies que vuelven a cruzar el charco, y sentir la soledad, y volver a intentarlo todo. Quién sabe. Tal vez conozca a alguien, algún día, del que me enamore y se acabe todo esto, y pueda casarme e incluso tener hijos, por qué no, aún no soy tan vieja. ¿Qué dices tú, mar infinito? ¿Tendré o no esa oportunidad? ¿O me disolveré en la vida como se disuelven en tu seno las gotas de agua de los ríos?