12. El viaje a Pacios
Dispuso mi amo de ir a Pacios, que se quedara en aquella posada encamado un amigo suyo que venía hacerle visita, y era un don suizo tratante en bolas de nieve, que muy hermosas las traía en la maleta, como se verá. Y fue la cosa que lo tomó un trasudor viniendo de camino, y pensó que un ponche doble de ron lo pondría nuevo como de troquel, pero le continuaba la fiebre alterada y ya llevaba una semana en el lecho. Me preguntó don Merlín si viera alguna vez bolas de nieve o países de cuadro en que nevase, y yo le dije que no, que solamente viera la nieve en el campo, a no ser en el «Teatro Ideal» del Valenciano, en el San Froilán[→] de Lugo, en el que imitaban la nieve con harina cuando aullaban los lobos a la puerta del hidalgo don Cruces, que moría con espasmos en el medio y medio de la función, y hasta el final no se sabía que lo envenenara una sobrina carnal.
—Pues entonces —me dijo don Merlín—, te voy a hacer el regalo de este viaje a Pacios, y ya le diré a mosiú Simplom[→] que te enseñe todo su escaparate.
Por el camino, mi señor muy jinete y yo tres pasos delante como está mandado, me fue contando mi amo que aquel mosiú Simplom fuera relojero de cámara de los señores duques de Saboya, y que se hicieran amigos cuando don Merlín estuvo en Turín para desencantar al duque Filiberto el Viejo, que se le metiera a Su Serenísima en el cuerpo un diablo tejedor, que de día y de noche estaba al telar, y el duque no hacía más que escupir y cagar retales de colores que el dañino tejía en los aposentos de su vientre. El demonio lo echaron, pero el señor de Saboya quedó muy blando de la operación, y al poco tiempo le vino un paralís y murió, y al duque nuevo no le gustaba el arte de relojería, que todo el tiempo suyo le parecía poco para jugar a cartas, y licenció a mosiú Simplom después de ganarle las últimas pagas y un legado del duque Filiberto, que era una viña y un molino de viento en Alessandria della Palla, a un juego que le llaman «juleppe au carré», y todos en la corte supieron que el suizo Simplom jugó a la fuerza aquel envite, que no era nada amigo del naipe. Viejo y sin dineros, mosiú Simplom se dedicó a hacer bolas de nieve con aparatos de resorte, e iba ahora camino de Portugal a venderle una docena al mitrado de Lamego, que enloquecía por ellas, tanto que una que tenía, comprada en Roma, y que representaba el nacimiento de Belén, la mostraba en el púlpito a los feligreses, que lloraban viendo nevar espeso y al Niño desnudo en el pesebre.
En estas conversaciones íbamos cuando llegamos al río, y yo lo pasé a brincos por los pasos de piedra, que son diecisiete, y mi amo trotando por el vado, y levantaba nuestro Lucero[→] espumas mil con el suelto braceo que gastaba. Toda la ribera aquélla es una pomarada, y la vallina un praderío. Aún no eran las once y ya estábamos en Pacios, entrando por puertas de la posada del Liaño[→], que tiene un parral que coge todo el balcón de la solana. Salió el huésped a saludar a mí amo con mucha amistad, y preguntando don Merlín por el enfermo, respondió el Liaño que no lo veía bien, que la fiebre, según el curandero de Arnois, se corriera a los pulsos, que ya no concordaban, y la tercera sangría lo dejara en un desmayo del que estaba volviendo poco a poco con ayuda de un caldo con jerez. El Liaño era un hombre feo, gordo si los hay, con bigote a lo káiser, que en verdad lo llevaba para echarse de serio, siendo como era el hombre más burlador y risueño del mundo. Cuando tenía dos copas de más, se ponía a imitar al maragato del mesón y la gente se revolcaba de risa. Nos hizo subir al cuarto de mosiú Simplom, que estaba el suizo poco menos que dando las boqueadas, sudando bajo nueve mantas, y fuera de las sábanas sólo asomaba la afilada nariz, y medio tapaba la calva con una media blanca rayada de azul, que muy gracioso gorro resultaba. Mi amo se acercó a la cama, buscó bajo la ropa una mano del suizo, y le echó un «¡bonjour!», muy pronunciado y un «¿qué nuevas tenemos?», y el enfermo tardó un minuto en abrir un ojo, se fijó en mi señor, y con voz que ya iba a buscar el aire a las alamedas del otro mundo, respondió:
—¡Ay Merlín, Merlín, de ésta la cagamos!
Se puso mi amo, como médico titulado, a palparlo, y le tomó la fiebre con la piedra serpentina, le hizo echar la lengua, le vertió una gota de agua de vísperas en el oído derecho, y le siguió ambos pulsos por un rato, y después de pensarlo por más de un cuarto de hora, parecióme, por el semblante que puso, que daba por hallada la almendra de aquel mal.
—Toda esta dolencia —declaró—, viene de que se le pasaron a los humores los puntos de hervidura, que fue fiebre memorial la que tuvo, y ahora no es fácil ponerle estables y a nivel los líquidos interiores. Los humores están en el cuerpo por capas, a semejanza de las magras en el tocino, o el aceite y el agua en el vaso de la lamparilla. Y sucede que si se alternan o mezclan, amolecen las interioridades. Y aún es más a contrapelo este caso, porque este mosiú Simplom fue hombre muy súbito en pecar contra el sexto, y es escaso el vino que guarda en el pellejo.
Traía mi amo la bolsa de las medicinas, y preparó un papel de espíritu de sen y un vino purgante según Le Roy, y encargó a la botica de Meira por el sobrino del Liaño[→] una triaca prepósita y píldoras de miel sedativa, y confió que con aquellos específicos y el licor de quina que ya venía ingiriendo se le echaba al enfermo la mano que requería.
—Con todos estos gastos corro —dijo don Merlín al Liaño—, que este señor suizo es mi amigo querido.
Con el espíritu de sen, y quizá también con la caricia de las palabras amigas de mi amo, se recobró un poco el suizo, mostró la perilla cana por el embozo y habló algo en francés con don Merlín, y va mi amo y abrió el baúl herrado que estaba a los pies de la cama, y tenía la llave puesta, y empezó a sacar de él, envueltas en paños de colores, las bolas de nieve. ¡Qué fiesta, mis amigos! El Liaño mandó llamar a la mujer y a la hija y al sobrino pequeño, y con éstos vinieron los hijos del herrero, y el herrero luego y la mujer[→], que era, por detrás de la iglesia, hija del señorito antiguo de Humoso. Y yo, cada bola que iba destapando mi amo, saliendo al pasillo la mostraba a toda aquella familia, que se sentara en las escaleras del desván para asistir a la función. Y la primera bola era un suizo del Papa que estaba de centinela con su alabarda alzada, y daba dos pasitos de ronda y media vuelta, y de pronto comenzaba a nevar, y el guarda coloreado se metía en su garita. La segunda era una pastora que estaba con sus ovejitas en un campo, y era bola de música, pareciendo que cantaba y bailaba la pastora, y al echarse la nieve, la pastora abría el paraguas y las ovejas se acurrucaban junto a ella. Otra había, que mucho me gustó, que era un caballero de sombrero enamorando al pie de una ventana a una dama de alto copete, y nevaba, y la nieve cubría al caballero, y entonces salía a la puerta del palacio una criada con una escoba, y le barría la nieve al galán. También tenía música, y dijo mi amo que se llamaba «La viuda alegre». El señor Merlín me decía el asunto, y yo se lo fabulaba al público. Otra había que era uno de a caballo, y nevaba, y el caballo, un bayoncillo muy hermoso, braceaba en la nieve. Todo el arte de caer y volar la nieve estaba en un volante, y se le daba cuerda a las bolas como a relojes. Otra mostré que era un guitarrista dando serenata, y otra un ermitaño que apartaba con su cayado la nieve y brotaban del suelo flores coloradas, y dijo mi amo que mismamente el retrato de San Goar Alpino. Y vimos la bola del cazador de jabalíes, y la del peregrino a quien sigue un lobo, la nevada de París del año 1861, y una italiana con sombrilla que salía de paseo y comenzaba a nevar y se metía en casa y entonces escampaba, y también la nevada en el entierro del emperador de Austria, que se le llenaba de nieve la mitra del arzobispo, y finalmente otra, con una música valseada, que encerraba una francesa que cuando más nevaba, salía a la puerta de su casa y levantaba la falda enseñando una pierna muy bonita, con media negra y liga colorada. Y estábamos esperando a que rematase la cuerda de esta bola, cuando mosiú Simplón, como saliendo de un sueño, dijo, medio ronqueando:
—Si muero fuera de mi casa, sois testigos de que quiero que me entierren con ese juguete en las manos, y apretándole la cebolla de abajo tiene cuerda para siete días.
Mi amo le reconvino que pensase en otras cosas, que aún se iba a reír una hora mostrándosela al señor obispo de Lamego[→]. Y que si tocaban a morir, mejor que guiñarle un ojo a un pernil francés era ponerse a echar las cuentas del alma. Llegó de Meira el sobrino del Liaño con la triaca prepósita y las píldoras de miel sedativa, y medico el señor Merlín al suizo, y lo dejamos en una siestecita mientras comíamos. Y cuando terminamos el yantar, y hubo tanta familia para ver enjaguar la boca a mi amo y lavarle yo las manos como para ver las bolas de nieve, subimos a junto del suizo, y ya estaba despierto, los ojos vivaces, y se entretenía en peinarse la perilla.
—Paréceme, mi señor mago, que voy curado —le dijo a mi amo.
—También yo estoy en ello, y no es milagro, que la triaca prepósita está en tal virtud, que o lo lleva a uno de una vez de las apariencias de este mundo, o sana el enfermo de contado. Y demos gracias al Señor por haber llegado a tiempo.
Todo esto y otras razones en francesa habla le puso mi amo al suizo, y le adelantó, según supe, una onza para seguir camino, y el mosiú Simplom agasajó al señor Merlín con una bola de nieve; mi don amo me mandó escoger, y yo puse de preferida la de caballero pasando el monte, por lo mucho que me gustara el bayo, y la música de cascabeles que tenía la bola en la caja de pie. Y como anochece fácilmente en otoño, determinó el señor Merlín regresar a Miranda, pasando el Pontigo de día, que entre San Lucas y Santos ya aúlla el lobo en aquellas cavadas, y me mandó montar tras él, a mujeriegas. Trotamos tan vivo que parecía que se alargaba la tarde.
—Parecemos —dijo mi amo— el abad viejo de Meira[→] cuando iba a escriturar foros a Lugo, que siempre llevaba un lego joven detrás, como tú a mujeriegas, para que no mostrase las canillas.
Aún no era noche cuando pasamos junto a la rectoral de Seixo, pero ya estaban encendidas y amigas, a lo lejos, las luces de nuestra casa de Miranda.
Poner en formado el censo de la familia que pasó por Miranda procurando la ciencia del señor Merlín, digo yo que tal sería contar, en una mañanita, las arenas del mar. No me puse yo a tal guisado, sino al placer de memorar mis eras alegres, cuando este cuerpo flaco era vaso de la confiada mocedad. Miranda para mí, y todo lo que por aquella portalada iba y venía, más que una memoria pasada, es un huevo de Pascua o una bola de nieve con resorte, como las que mosiú Simplom llevaba de oferta al señor obispo de Lamego. Los días pasados, las nubes que los cubren, los varios pensamientos que me traen y llevan, y la vida que encuentro posada en mí, bien pudiera compararla con la nieve que mansamente cae, y poniéndose por alfombra de este mundo cubre labradíos y caminos, prados y eras, y del rostro de la tierra nuestra hace una enorme llanura igual. Pero, por veces, brinca el solcillo radiante de un recuerdo de juventud, y en algún lugar derrite la nieve, y es como si en la soledad del mundo un pasajero desconocido encendiese una pequeña hoguera, y vas tú y por una hora te calientas al amor de ella. ¡Memorias, memorias, memorias!