6. Las historias del algaribo
Andaba yo por aquel verano haciéndome el melancólico, como enamorado de doña Simona, que aunque no la viera me contentaba con resonar sus ojos azules, y bien la olía, suspirando, cuando el pañuelo bordado que me dejó por regalo llevaba a la nariz, y no me apetecían las fiestas, ni el San Bernabé de Quintas, que es tan sonado, ni Nuestra Señora de Meira, ni el San Bartolo de Belvís… Andaba, pues, solo y algo vagabundo, descuidado de trabajos, cuantimás que doña Ginebra iba en los baños calientes en Lugo, con Manueliña de doncella, y mi amo se pusiera a leer nuevos libros que le mandaran de Roma, y fue el mandadero un extranjero llamado Elimas[→], que parece que es entre los de su casta señal de gente maga llamarse así, desde un tal Elimas que riñó con San Pablo. No era cristiano ni tampoco probaba tocino ni vino, pero en cambio le gustaba el café, y fumaba continuo en una pipa larga muy trabajada. Mientras mi amo escogía los libros que iba a comprar, y que el Elimas trajera a lomos de una burra leonesa en una cesta forrada, pasaron dos días y yo amisté algo con el algaribo, que le portaba a la cama el chocolate con bizcocho, le llevé la burra a herrar al Villar, y claveteé de nuevas sus zuecos. Lo que más gracia me hacía del señor Elimas eran los calzones bombachos de paño verde, y la cortesía que tenía de descalzarse al entrar en casa.
—Llevo —me dijo— más de veinte años viajando libros secretos y de arte alquímica, talismanes, amuletos, vasos de ámbar y anteojos buenos y baratos, y puedo decir que corrí las nueve partes del mundo y aun quizá más, y ésta de Miranda me cae a trasmano, pero le tengo mucho amor a tu amo don Merlín; si non fuera por tu amo, estaba ahora paseando por Roma, o llegando a la China, o a La Habana, donde tengo un medio cortejo.
No deshacía el señor Elimas el azúcar en el café, y después de beber el líquido, lamía a cucharaditas aquel almíbar que quedaba en el fondo del pocillo.
—También —prosiguió— me gano algo de vida contando historias por las posadas, y ahora mismo llevo un catálogo de siete muy preparadas, y todas tienen una punta de verdaderas. Te digo que por mucho que saques de ti una historia, siempre pones cuatro o cinco hilos de verdad, que quizá sin darte cuenta llevas en la memoria.
—Esto es cierto —dijo mi amo, que nos oía la conversación—. Y esta tarde podías adelantarnos siquiera el asunto de alguna historia.
—Pláceme, mi señor —respondió el algaribo, que trataba a mi amo con mucho respeto—, y puedo comenzar ahora mismo si el paje me trae, con licencia, otra tacita de café.
Fui en un vuelo a buscarla, y sentados al abrigo de la higuera ramona, el señor Merlín en su mecedora, el algaribo en el suelo a su costumbre de morería, y yo a caballo de la rama grande, comenzó Elimas con sus historias. Pero antes bebió el café, y lamió el almíbar demoradamente.
La bañera y el demonio
—Esto pasó, ahora va a hacer un año, en el «reame» de Nápoles, en una quinta que llaman Prato Nuovo, y que es de una nipota del Gran Inquisidor[→], y en esta historia se ve que ni las grandezas humanas se libran del maligno. Parió esta señora nipota, que se llama doña Eleonora[→], un niño, y lo fueron a bañar en aquella bañera de cristal, que la estrenaban tal día. Y no bien echaron al niño al agua, se disolvió en ella como si fuera de sal o de azúcar. Todo fue un gran grito de pasmo en la quinta, y nadie daba crédito a lo acontecido, pero lo que pasó pasó, y el niñito desapareciera. Hubo que echar aquella agua en el camposanto, y al botellón en que iba le hicieron un entierro a ocho, con música, responsos floreados y el Gran Inquisidor de capa magna. Hace quince días parió de segundas la nipota, y como al que nace hay que bañarlo, volvieron a poner la bañera de cristal, que es una obra antigua de mucho precio, en la cámara de la parida, y estaba el Gran Inquisidor presente, y también el exorcista de Palermo, que es quien les quita el demonio del cuerpo a los Borbones de Nápoles cuando hace falta, que es casi siempre por años bisiestos, y también estaba todo el protomedicato de las Dos Sicilias, y ya iban a bañar al recién, cuando se le pasó a la madre por la imaginación que tenía su señor tío que bendecir la bañera, y aún el Gran Inquisidor no dijera: «In nomine Patris», ya se quebrara la bañera en mil pedazos, y saliera de ella un mal olor a azufre, y el exorcista de Palermo con el puño curvo de su paraguas tuvo tiempo de coger por el pescuezo al demonio que huía, pero éste se le pudo escurrir, y se perdió por la chimenea. Se supo que la bañera fuera comprada en una abadía muy conocida y de monjas, que llaman Fossano, y que era la bañera que tenían las abadesas para bañarse por Pascua y por San Martín, y las monjas por San Pedro, y que no era tal bañera, sino un demonio que se trocó en ella, para ver a su tiempo a las señoras monjas en cueros vivos.
El heredero de la China
—El heredero de la China, que es un mozalbete algo corto, se quería casar, y su padre, contra costumbre, le dejó escoger mujer. Amén de algo corto tenía poca salud entonces, pintaba flores y pájaros, y todas las noches, en su cámara del palacio de las Cien Veletas, soñaba que acariciaba limones redondos. Mandó el heredero que de todo el Imperio le enviasen los retratos, pintados en largas bandas de seda, de las más hermosas doncellas, y se pasaba las mañanas y las tardes contemplándolos, y ninguno encontraba a su sabor, y por las noches seguía soñando que sus manos se posaban en un cestillo de pluma, en el que alguien, en secreto, había puesto dos limones redondos… Llegó un correo de la más lejana de todas las provincias, y traía al señor príncipe heredero setenta retratos, y todas las retratadas eran mocitas que sonreían, inclinando tímidamente las gentiles cabecitas. Y desenrollando el volumen en que venían las muchachas retratadas, con su nombre y su condición estofada al margen, se encontró el príncipe delante de la gracia de una niña que levantó para él el rostro, abrió los verdes ojos, y sus pestañas eran tan largas y negras como los pelos del pincel con que se pinta la primera letra del nombre del Dragón. Ambos se miraron largamente, y la mocita, volviendo a la quietud de la pintada seda, se ruborizó. Mandó el príncipe heredero, hace ahora once semanas, que se la trajeran, y casó con ella, y las bodas se hacen allí con una linterna de papel y están los novios esperando a que se consuma la velita, y cuando la linterna se apaga, la boda está hecha. Regaló a la niña el heredero con dos sombrillas, un collar de perlas, un caracol de plata y diez uñas de oro, y cuando terminadas las reverencias se quedaron solos en la cámara del palacio de las Cien Veletas, el príncipe le preguntó a la esposa por qué se pusiera colorada en la tela pintada. «Pues, dijo la recién casada, es que yo soy esos limones redondos que tus manos acariciaban en la noche». Y el príncipe, que en tan poco tiempo ya engordó cuatro libras cantonesas, le cambió el nombre a su mujer, con consejo de los mandarines, y todos pusieron por escritos en aquellas sus letras tan alineadas, que la señora princesa se llama «El limón que sonríe en la noche».
El lobo que se ahorcó
—Ésta es una novedad que hubo en el Reino de León el invierno pasado, a nueve leguas de Astorga, en una robleda que llaman de Dueñas, y ya andan coplas por León y Palencia, pero por esta banda todavía no se propaló. Y fue que se ahorcó un lobo. La historia dice que un lobo viejo, de los que por allá llaman «garlines», porque no dejan nunca la ronda de los lugares y aldeas y destemen al hombre, hacía muchos daños en los perros, y mató a un soldado y a una niña que llevaba a pacer un burro, y a quien más se tiraba era a las mozas, máxime si andaban de tiempo, con perdón, y venía a aullarlas mismo al pie de las casas. El cura del lugar y un cazador muy famoso que le llaman don Belianís[→], y es primo hermano del Arcipreste de los Vados, que me compra a mí libros que traten de pólvora y todavía el pasado año le vendí la «Pirotecnia» del señor Biringucho, armaron una batida con los cuadrilleros de la Santa Hermandad y las escopetas maragatas del señor marqués de Astorga, y dieron en el monte, puestos en él por un perro del señor Rey que le llaman «Segovia»[→], con el rastro del lobo, y lo siguieron día y noche por sierras bravas, y al amanecer lo fueron a cercar en la robleda de Dueñas. El mérito fue del «Segovia», pero también de los hombres que le dieron seguido el paso de la busca. Y don Belianís se metió en la robleda con la espingarda levantada, y fue quien vio, y aún no salió de tan grande pasmo, cómo un hombre desnudo se ahorcaba en un roble, asegurando una cuerda en su cuello y en una rama, y dejándose después caer, y al caer se mudaba en lobo, en el lobo viejo de las desgracias. Y así se vino a saber que era un hombre-lobo aquella temida bestia. Y el cura, que es hombre de bien y compasivo, lo mandó enterrar y le rezó un paternóster por si llegaba a tiempo, que nunca se sabe, y mientras iba rezando, el lobo iba tornándose en hombre, y todos conocieron que era el señor Romualdo Nistal[→], que tuviera tienda en Manzanal, y era apreciado, que no robaba en el peso.
—Éstas —dijo el señor Elimas— son las tres primeras historias, y acostumbro contarlas la primera noche en la posada. Claro que las decoro un poco, saco las señas de la gente, pongo que estaba presente un tal que era cojo, o que casara de segundas con una mujer sorda que tenía capital, o que tenía un pleito por unas aguas, o cualquier otra nota. Y cuento de las villas, si son grandes, y cuántas piaras y calles, y si hay buenas ferias, y cuáles las modas. Las historias, como las mujeres y los guisados, precisan de adobo. De este Romualdo Nistal, pongo por caso, cuento la vida desde que fue a servir al Rey, y de cómo lo enamoraba la mujer de un sargento de tambores, y cómo encontró en la calle dos onzas de oro, que fue con lo que puso en Manzanal la tienda…
A mi amo le gustaron mucho las historias de Elimas, compróle siete libros, lo propinó, mandó darle un queso para el camino, y a mí me dejó seguirlo con el can Norés hasta Belvís, donde iba a venderles a las condesitas una historia nueva, que leerla era la moda de París, y se intitulaba «Pablo y Virginia»[→].