CAPÍTULO 4
Sandra miraba con admiración la embarcación.
-Nunca me hubiera imaginado que fuera tan grande.
-Ven, pasa, ¿a ver qué te parece?
Por dentro aún más acogedora, todos estos acabados de madera, barnizados y cuidados. Se respiraba orden en cada estancia. Le gustó especialmente la cocina americana que permitía una buena comunicación con el resto de la estancia, cada espacio estaba aprovechando al máximo. Los dos camarotes eran una preciosidad, pero descubrió una extensa biblioteca que no la dejó indiferente. Tampoco le pasaron por alto la gran cantidad de fotografías que había de Lucía con sus abuelos, en todas, una tónica común, felicidad. Rezumaban complicidad.
-¡Dios, es una maravilla!
-¿Te gusta?
-¿Cómo no me va a gustar?
-Ven, vamos a comprar algunas provisiones y pasaremos a concretar la hora a la que vendrán a buscarlo.
Una vez solucionado el tema logístico, provecharon para visitar un poco la ciudad. Sin olvidar de hacer un merecido cappuccino en la plaza San Marcos.
-¡Qué delicioso, por Dios!
-¡ja, ja, ja, te has puesto bigotitos con la crema!-Lucía se los quito.
-¡Qué vergüenza!-agachó la cabeza y se puso a reír.
Pasearon por las antiguas calles venecianas. Parada casi obligatoria, en cada esquina por las sorpresas en detalles, en el arte que asaltaba la sensibilidad de Sandra, dando largas explicaciones sobre cada detalle. Lucía la escuchaba con interés. Las estrechas callejuelas, los puentes, las fachadas las trasladaban literalmente a otra época sin tener que poner demasiada imaginación. Empezaban a estar cansadas de caminar, decidieron volver al barco.
Su primera noche en la embarcación. Sandra estaba totalmente eclipsada por la variada bibliografía que allí se reunía. Historia, religión, medicina, pesca, cocina, mecánica y una amplia edición de buenos catálogos de pintura. Hizo un buen repaso de la colección de música: Clásica, jazz, country y otros cantantes más actuales, músicas tribales y otras que no conocía. El remate fue descubrir las pequeñas joyas de películas que allí tenía, englobaba desde el inicio del cine mudo, pasando por los grandes maestros del suspense, hasta las películas más actuales.
-No dejo de admirarme, tu abuelo se había rodeado de belleza para cubrir todos los sentidos. ¿Siempre vivía en esta barca?
-Desde hace unos cinco años, decía que estaba harto. Más qué de la ciudad de una sociedad que para él había perdido el rumbo. Prefería vivir más de sus recuerdos que de unos sueños vacíos y sin sentido. Se refugiaba en sus lecturas y en una búsqueda de… mira… tenía una frase que siempre pregonaba, decía que “lo importante no está en ver lo que nadie puede ver… -Inmediatamente Sandra acabó la frase.
-“Si no en pensar lo nadie pensó sobre lo que todo el mundo puede ver”.
Lucía miró asombrada a Sandra.
-Oye… ¿la conoces?
-Sí, Mario me la refirió el primer día que nos conocimos y me quedó grabada, me gustó tan pronto la escuché.
-Era… para decirlo de alguna forma, la definición de la esencia de mi abuelo. De pequeña siempre me la colaba en cualquier conversación, en cualquier consejo o cuándo me encontraba en algún apuro. Y él la aplicaba continuamente a su vida cotidiana y en sus clases. No te puedes imaginar lo excitado que llegaba a casa, sí había tenido la gran suerte de que le hubiera tocado un alumno con la misma necesidad de descubrir la finalidad de la existencia humana. Hablaba y hablaba largamente durante la cena de todos los nuevos enfoques que había descubierto y entonces acababa admirándose de todo y como colofón su famosa frase. -Una sonrisa fugaz acompañó una pausa en conversación. -Fue una gran persona.
-Lo querías mucho, ¿verdad?
-¡Sí! Si lo hubieras conocido, te aseguro que no te hubiera resultado indiferente. Últimamente no nos veíamos, desde que se compró esta barca, la distancia se volvió un inconveniente. Pero manteníamos un contacto casi diario gracias a Internet. Ven quiero enseñarte la joya de la corona.
Lucía se dirigió a una especie de mampara de madera, en ella había dibujado un paisaje, un largo camino que se dirigía hacia unas montañas majestuosas, parecía la hermosa copia de un paisaje, que Sandra hubiera ubicado en alguna antigua dinastía China. En uno de los laterales una pequeña mariposa revoloteaba por lo que parecía una flor de loto, Lucía la apretó y se oyó un leve chasquido, entonces se abrió la mampara para dar paso a una pequeña habitación dónde tenía muy bien guardadito un ordenador, una radio, y entre muchas otras cosas una divertida fotografía de una niña disfrazada de hormiga.
-¿Lucía, ésta eres tú?
-¡Sí!, tenía seis años en la escuela nos disfrazaron. Le encantaba esta fotografía, decía que a veces las cosas más hermosas nos llegan disfrazadas, hay estar siempre receptivos para que no pasen de largo y perdernos la oportunidad de vivir momentos inolvidables.
-Sabes, empiezo a entender porque esta barca lleva el nombre de El Maestro.
-Ya ves, tengo cantidad de anécdotas, enseñanzas o reflexiones, algunas se me olvidan y otras emergen en los momentos difíciles o tan solo me hacen recordar la suerte que tuve de crecer compartiendo una parte de mi vida con él…
Sandra percibió la emoción contenida de Lucía.
-¡Venga, vamos a prepararnos algo para cenar! Vaya día que llevamos, cuándo no soy yo, eres tú. ¡Estoy hambrienta!
-Menuda racha pero todo cambiará. Creo que vamos a vivir una increíble experiencia. Solo me pregunto… ¿tú sabrás pilotar esta barcaza no?
-Sí, no te preocupes, lo suficiente para llevarte a buen puerto.
-Pues no se hable más. Si me dices dónde voy a dormir, el grumete llevará sus cosas y te ayudo a preparar la cena, porque también estoy que muerdo del hambre que tengo.
-Decide tú misma. Dónde más te guste.
Así que se plantó delante de las dos puertas, tanto un camarote como el otro eran una auténtica preciosidad. Dejó sus cosas en el que más le gustó y regresó al lado de Lucía.
-Sigo sin creérmelo. ¡Esto es una maravilla! Me quedaría a vivir aquí para siempre.
-Y yo. El día a día es tan estresante que esto es como flotar en el mar muerto.
-Has viajado mucho ¿verdad?
-No me puedo quejar, mi abuelo siempre contaba conmigo cuándo hacía alguna escapada.
Las dos se sentaron a cenar, aunque Lucía se levantó de pronto, dirección no se sabe, pero al poco rato, empezó a sonar una dulce melodía.
-¿Es guitarra? …¿Santana?
-Sí es una de las piezas que más me gusta.
-Ahora ya no se puede pedir más.
Una vez terminaron de cenar. Lucía decidió ir a navegar por Internet comprar los billetes de tren y contestar al correo electrónico que pudiera tener. Por su parte, Sandra fue a buscar algo interesante para leer aquella noche. Ojeó cada uno de los lomos de los libros, hasta que sus ojos se posaron encima de la Biblia, le vino a la memoria el recuerdo de Mario.
-Porque no, es buen momento para iniciar su lectura.
Se acercó dónde estaba Lucía.
-Me voy a descansar he cogido el camarote de la derecha, ¿pondrás tú el despertador?
-Sí, sí…perfecto… acabo de mirar unas cosas, y también me iré a la cama, mañana hemos de salir temprano para Turín. Espero que descanses.-Sandra iba a irse, pero Lucía la llamó…-Quería darte las gracias, por acompañarme en esta aventura, espero que te lo pases bien.
-Soy yo la que tengo que agradecerte la confianza que depositas en mí por invitarme, estoy segura que lo vamos a pasar muy bien.
Cerró la puerta y una vez en su camarote se acostó. Cogió la Biblia, no quería empezar por dónde siempre, así que se pasó directamente a leer los evangelios. Allí descubrió un par de cosas, la primera que cada uno de los evangelistas daban una vuelta de tuerca a la historia de Jesús, ampliando la información de lo acontecido. Después leyó un fragmento que le resultaba conocido, en él relataban como se producía una discusión entre Pilatos y los pontífices judíos sobre la leyenda que se ponía encima del reo crucificado. Pilatos había mandado escribir, Jesús Nazareno, Rey de los judíos. Pero los pontífices le decían que Jesús había dicho “Rey, soy de los judíos”. Pero Pilatos respondió. “Lo que he escrito, he escrito”. Esas palabras le eran familiares, las había leído en el papel encontrado debajo de su almohada. Siguió leyendo, pero el cansancio le ganó el pulso y cayó profundamente dormida.
A primera hora, la despertó Lucía.
-¿Qué tal has dormido?
-Como un bebé, estaba tan agotada que después del continuo ruido que hace el tren, este silencio es un bálsamo.
-Dentro de poco llegará una góndola enorme, a la que subirán la barca. Tenemos que preparar lo que necesitamos y dejaremos el resto en el cuartito que te enseñé ayer, así estaremos tranquilas, de que nadie nos toque nada.
Justo tuvieron el tiempo de terminar el desayuno que al poco ya tenían a los encargados preparados para llevarse la barcaza rumbo a Lausana. Ellas de momento tendrían otro destino. Con cierta tristeza se despidieron de Venecia y tomaron dirección hacia la estación dónde cogerían el tren para Turín.