SEGUNDA PARTE

 

Millie se abrigó. Estaba comprando otro par de botas pues su prima Candice se había quedado con las suyas porque “ahora que tenía los pies hinchados ya no le valían” Y es que estaba ya en su cuarto mes de embarazo y a pesar del frío que hacía en Finlandia, donde vivían sus primos y donde ella se había instalado una vez que supo que estaba embarazada, hacía realmente mucho frío, pero sus pies, se habían hinchado irremediablemente.

Al final, la anciana tuvo razón. Bastó una noche de amor para quedarse embarazada.. ¡Pero qué noche!, ella la recordaba casi cada día, pues era la mejor y más maravillosa vez en la que ella había disfrutado.

Les había dicho a sus primos que el padre de su hijo estaba casado y por ello no quería decirles nada, porque le preguntaron hasta que al final tuvo que mentirles. Y eso que, desde que había conocido a Harrison, decidió que no le gustaba decir mentiras, nunca más.

Eso sí, tuvo que pedir una excedencia al ejército, directamente al general, aunque la excusa fue agotamiento, no fue una mentira real, pues solía estar cansada a menudo. Y conforme iban pasando los meses, más todavía.

La ginecóloga que la trataba le había dicho que el niño era muy grande, porque era un niño. Claro, volvió a pensar Millie, según la anciana, era un espíritu vuelto a la vida. Y aunque le daba un poco de yuyu todos esos temas, solo el hecho de pensar que era hijo de Harrison le alegraba el día.

Fueron avanzando los meses y poco quedaba ya para el parto. Tendría que avisar a George… aunque no sabía cómo iba a reaccionar. Ya que, echando cuentas y al fin el niño saldría con algo de color, le faltaría poco para adivinar que era de Harrison.

Harrison había comenzado a enviarle emails de vez en cuando, estaba muy deprimido pues no le habían dejado volver al servicio activo de momento, así que se había ido a ver a su  madre y a sus hermanas a Alemania, y estaba residiendo allí.

En realidad, tampoco estaban tan lejos, sugirió un día Harrison, como queriendo verla. Pero ella se negaba. No quería que él cargase con su niño, porque seguro que con lo responsable que era, lo haría y ella, quería que rehiciese su vida… aunque secretamente se alegraba que no saliera con nadie.

Sin embargo, cuando nació el bebé, poco a poco los emails se fueron distanciando por parte de Millie, pues con el bebé recién nacido no tenía tiempo para nada. El niño era muy glotón, y muy grande. Tenía una suave piel café con leche, y los ojos azul oscuro como Millie. Una estupenda mezcla que adivinaba un hombre muy bello.

El parto fue realmente difícil, y cuando ella estaba casi desfallecida, casi escuchó a la anciana decir el nombre de su hijo, León, y siguió adelante. Por supuesto, no le puso León, sino Leo, que era un nombre adecuado para él.

Ya dejó de recibir emails de Harrison. Le hubiera encantado enseñarle las fotos de su hijo, pero le había ocultado tantas cosas, que hacía que se sintiera mal, no, fatal.

Sabía que había vuelto al servicio, mientras que ella seguía en excedencia. Había encontrado un trabajillo a través de Internet, en una tienda online, y escribía artículos técnicos muy interesantes que hacía que su blog tuviera muchos seguidores y fuera muy patrocinado. Por lo que entre el bebé y el blog, tan apenas tenía tiempo para nada.

De repente, una noche, soñó con la anciana. Se acercaba el primer cumpleaños de su hijo y ella le vino en sueños. A pesar de que no hablaba su idioma, ella supo que le estaba recordando la promesa de volver. Y solicitó que fuera pues le quedaba poco tiempo.

Y aunque sus primos le rogaron que no se fuera de viaje, ella decidió que tenía que ir. No les dijo exactamente dónde iba, pero no creían que fuera adecuado.

Leo era un niño adorable, maduro para su edad, y siempre obedecía a su madre. Incluso una vez, estando en una gasolinera, hubo un atraco, y él comenzó a llorar con los disparos. Y cuando ella le dijo que se callara porque venían “los malos” él, con sólo 8 meses de edad, la miró seriamente y dejó de llorar.

Ella le hablaba mucho, le contaba cosas de su padre, de  cómo era, incluso le enseñaba fotos. Cuando fuera mayor y consciente no sabía si se las enseñaría pero ahora… era muy pequeño y no se enteraba de todo ese pequeño lío.

Tomó el vuelo de las 11 de la noche. Harían escala en Milán. Un viaje muy pesado con un bebé muy pequeño. Pero se había puesto en contacto con Djon, ya que la anciana le había puesto sobre aviso que ella le iba a llamar.

Así que Djon le estaría esperando en el aeropuerto. La cosa era fácil, ir a la aldea, que ya tenía el puente construido, y que gracias a “un anónimo internauta” estaba en paz y tranquila, y que la anciana le bautizase o lo que fuera que tuviera que hacer y ya se marcharía.

La verdad que tenía curiosidad de lo que la anciana iba a decir. Aunque más curioso era cómo siendo que ella tenía la ligadura de trompas hecha, se había quedado embarazada.

Pero no daría más vueltas, había visto a veces, que la “magia”, las “casualidades” existían. Había comenzado a creer… Y ella era muy feliz, pues tenía un pequeño que le recordaba los mejores meses de su vida.

Al fin llegaron a la aldea, seguía casi igual que siempre, excepto por dos casas de madera nuevas, que eran, según explicó Djon, la escuela y el hospital.

Grant y Kate les salieron a recibir con su pequeña Lía, nacida tres meses antes que su Leo, y como realmente nunca supieron que ellos habían ido allí a espiar, la recibieron muy contentos.
Dijeron que les habían traído suerte, pues desde que ellos se fueron, las fuerzas de la Onu habían intervenido y estaban en paz, aunque de vez en cuando los señores de la guerra hacían un escarceo, no era lo habitual.

Millie preguntó por la anciana. Kate se echó a llorar, Millie pensó que quizá había llegado tarde, pues era una señora con muchísimos años y tal vez había fallecido.

Kate explicó.

- La abuela te estaba esperando para saludar al “León”, y luego ella debe partir para volver más adelante. Nos ha dicho. Pero antes de irse tiene que bendecirlo y que él reconozca que ha vuelto.

Millie no entendía nada, pero había venido y debía verla.

Cogió a su pequeño en brazos, que, aunque era más jovencito que Lía, le sacaba casi media cabeza de altura.

Se acercaron pausadamente a la casita de la anciana. Incluso Leo estaba callado, aunque no era su estado habitual de gorjeo continuo.

Estaba oscuro dentro, y olía a una especie de incienso muy suave. Una atmósfera de humo producida por el incienso realzaba el ambiente un tanto fantasmal que se respiraba allí. Millie contuvo la respiración al ver postrada en la cama a la anciana que tanta vitalidad tenía el año pasado, o mejor dicho, hace unos 20 meses.

Junto a la anciana había una mujer que rondaba los 50 años más o menos. Según explicó Djon era la sucesora de la anciana. Y también tenía un rostro muy bondadoso, y los ojos tan vivaces como tenía la anciana, a pesar de estar en sus últimas horas.

La anciana sintió a los jóvenes que entraban y cuando vio al pequeño Leo, se le alegró el rostro y comenzó a susurrar.

Djon tradujo, la anciana estaba muy feliz de ver a la reencarnación del león, pues en realidad fue un día su esposo, y vió lo fuerte y grande, lo hermoso que iba a ser.

Le ofreció al pequeño una bolsa que contenía varios colgantes. Leo escogió uno, el más pequeño, con una piedra veteada en marrones y ámbar.

La anciana murmuró algo, satisfecha y abandonó este mundo con una sonrisa.

La sucesora de la anciana hizo salir a todos y les explicó, en inglés pues había ido al colegio en las colonias, que el niño había escogido el único colgante que pertenecía a su marido, y que ella, satisfecha pues sabía que él había vuelto, se había ido para volver más adelante.

La sucesora les advirtió que el niño sería muy especial, aunque no les dijo nada más, pues deberían descubrirlo por sí mismos.

Millie decidió pasar la noche allí mismo, en la cabaña de Kate, realmente no sabía qué hacer ahora.  Es decir, qué hacer con lo que le habían dicho sobre su hijo.

Djon estaba inquieto…

- Señora Millie- a veces la llamaba así.- tengo que decirle una cosa…

- Dime Djon,. Contestó Millie mientras acunaba a su hijo para dormir, sin soltar el collar, por supuesto.

- Nada, mejor nada…

Millie no dijo nada, pero al fin, todos eran supersticiosos y ella, aunque todavía no se explicaba ciertas cosas, no quería creer del todo. No porque si no, las consecuencias que podía tener no serían seguramente como a ella le gustarían, así que no, mejor no se lo creería del todo.

Decidió quedarse unos días más, para averiguar más cosas sobre el abuelo de Grant, y de paso darse unas vacaciones de frío. Además el niño estaba encantado jugando con su amiguita Lía, y ella se sentía de alguna forma, libre.

Por la mañana fueron al mercado. Había fruta y verdura abundante, no como antes, cuando fueron la otra vez, y eso era porque una base internacional se había instalado a dos kilómetros, por lo que necesitaban ser abastecidos.

Ella se acercó al mercado. Llevaba a su hijo a la espalda con un pañuelo como le había enseñado kate, y estaba seleccionando frutas, cuando le vio. 

Allí estaba, dando órdenes a unos soldados, el padre de su hijo.  Estaba magnífico, quizá más delgado… pero igual de fuerte. No podía apartar los ojos de él. Iba vestido de paisano, seguramente de misión otra vez. Llevaba unos pantalones caqui y una camisa que debía de haber sido blanca, pero que estaba manchada de sudor y de tierra. Una gorra le tapaba los ojos, pero ella oía su voz gritando que descargasen suavemente unas cajas.

De repente él se giró. Es como si hubiese tenido un presentimiento. Y la vio. Tuvo que frotarse los ojos, pues lo que menos esperaba es encontrarla allí. Estaba frente a él, detrás del puesto de la fruta. Llevaba un exótico pañuelo en la cabeza que tapaba su pelo y otro que cruzaba su pecho.

Estaba preciosa... Harrison perdió la noción del tiempo y no supo cuanto había estado mirándola.

Ella sin saber qué hacer, sonrió

Y el también. De alguna manera, hace un par de semanas, sintió que debía viajar allí, y seguramente es porque tenía que verla a ella.

Dejó a los hombres que siguieran haciendo su trabajo y se acercó a paso rápido, acortando los metros que los separaban.

De repente ella se dio cuenta que llevaba al pequeño detrás, de hecho, estaba empezando a despertarse, con hambre, pues era la hora de la comida. Ella estaba comprando fruta para su merienda, pero el hecho de ver a Harrison le había distraído y no había terminado de comprarla.

Él se acercó más hasta llegar frente a ella. Ella se giró para que no viera al pequeño

Harrison solo tenía ojos para ella, estaba ligeramente colorada, sudando, pero tenía un aspecto estupendo, él solo quería abrazarla, incluso besarla. Los dos años que había pasado sin ella no habían sido suficientes para olvidarla, aunque ella hubiera dejado de escribirle y él, por no insistir, también, en realidad, solo había sitio para ella en su corazón, y nadie había podido sustituirla.

Mientras, Millie observaba a su hombre, recordó su tacto y su olor, y esto hizo que se estremeciera.

Al final él la fue a abrazar, pero Millie lo paró con la mano,

El se sintió algo decepcionado y rechazado, y ella tuvo que explicarle.

- No, es que vas a despertar el bebé y se giró ligeramente, pues Leo se había vuelto a dormir.

Harrison abrió los ojos como platos y se quedó sin palabras. Después, casi escuchándose cómo ligaban sus pensamientos en su cerebro, puso cara de asombro y más tarde, de enfado.

Miró al pequeño dormido, cuando él abrió los ojos y lo que faltaba, le dijo daddy!

Claro, ella le había enseñado fotos de él, diciéndole que era su daddy, su papi, y el niño, lo había reconocido.

Y eso que era muy joven, pero al ser un niño especial, cualquier cosa podía ser posible.

A Harrison casi le da un ataque cuando el niño le dijo eso, de hecho, tuvo que sentarse.

- Me debes una explicación-dijo enfadado mientras el niño echaba los brazos hacia él.

- Lo sé, -dijo Millie arrepentida finalmente – y te pido que me disculpes.

Harrison iba a decirle que por qué le había ocultado a su hijo, por qué no le había dicho que estaba embarazada, él la hubiera cuidado, aunque no tuvieran una relación, y no le hubiese faltado de nada. Y además, ¿qué hacía ella aquí? Y se acordó de la anciana, y no pudo decir nada.

Mientras tanto, Leo estaba pataleando, intentando salir del pañuelo que lo ataba a la espalda de su madre, porque quería ir con ese daddy tan grande que era suyo, y echaba sus bracitos hacia él, no comprendiendo por qué tardaba tanto en abrazarle.

Finalmente Harrison se dio cuenta y le cogió en brazos. Pesaba mucho. Le miró a los ojos y comprendió que era totalmente su hijo. Y le abrazó. El pequeño se acurrucó junto al cuello de su padre, donde a Millie le hubiese gustado también estar, y a pesar de que no había merendado, se volvió a dormir.

Millie estaba emocionada por ver la ternura del padre y la aceptación al coger a su hijo. Cabía la posibilidad que él no quisiera aceptarlo o que el pequeño no lo quisiera. Pero había sido tan natural, como si no se hubiesen dejado de ver nunca, como si siempre hubiera dormido en su hombro.

Incluso Djon que había acompañado a Millie al mercado estaba sorprendido. Es lo que le quería decir a ella y no se había atrevido, que su marido estaba allí. Djon no comprendía por qué habían venido separados, pero ahora, al verlos juntos, se daba cuenta que eran una familia.

- ¿Dónde estás alojada Millie?- preguntó Harrison suavecito para no despertar al pequeño

- Estoy en la aldea, con Kate y Grant, me voy a quedar un par de días y luego me vuelvo a casa de mis primos, en Finlandia, - le dijo Millie para que fuera consciente de sus planes.

- Bien, iré con vosotros, dijo Harrison, con un tono que era imposible negarlo- tenemos que hablar

- Está bien, -aceptó Millie. Le debía una explicación, o muchas, mejor dicho. Había llegado el momento.

Así que Harrison sin soltar al pequeño fue hasta su coche y cogió una bolsa con varias cosas y se fue con ellos hacia la aldea. Habiendo dado las órdenes oportunas y dejando al mando a su ayudante, James.

Cenaron sin hablar tan apenas, sólo hablaban del pequeño, Leo cada vez estaba más a gusto con su padre y no se quería separar de él. Millie estaba un poco celosa, pues aunque le había enseñado fotos, incluso un vídeo que hicieron cuando fingieron ser pareja, no esperaba que el pequeño ni siquiera reconociera a su padre.

Ambos se dieron cuenta que no era muy normal y que quizá tuviera que ver con lo que la anciana fallecida había dicho.

Se celebraron los funerales de la anciana con una fiesta para toda la aldea, pues ella iba a volver como lo había hecho el “león” y todos querían coger al pequeño pues decían que les daría suerte. A pesar de las reticencias de sus padres, la sucesora de la anciana les dijo que ella le cuidaría. Y que no se preocupasen pasara lo que pasara.

Y se alejó con el pequeño, justo cuando de repente, comenzaron a rodearles unos cuantos hombres. Querían conseguir dinero y materiales, pero cuando vieron a los extranjeros, pensaron que eran cooperantes, y sin tiempo a sacar ningún tipo de armas, les apuntaron y les hicieron levantarse.

Nadie pudo hacer nada. De suerte ( o quizá lo vió) que la anciana se había llevado a su hijo, porque sino, también lo hubiesen secuestrado, pero como el niño tenía color, y estaba en brazos de la mujer, los asaltantes no le hicieron nada.

Millie estaba aterrorizada  cuando se habían acercado a la sucesora. Incluso ella les amenazó para que los soltasen, pero, se los llevaron, y los jóvenes de la aldea, que ya no tenían armas, no pudieron defenderles.

Ataron las manos a Harrison detrás de la espalda, ya que parecía muy peligroso. Con su metro noventa de estatura y su musculatura abultada, más lo furioso que parecía estar, no tenía nada de inofensivo. Sin embargo se calmó cuando le pusieron un cuchillo a Millie en el cuello. Los subieron a un destartalado camión y se pusieron en camino.

No les taparon los ojos pues pensaron que eran cooperantes y no militares entrenados que iban anotando cada posible marca para recordar el camino.

Cuál no fue la sorpresa, que llegaron a la misma base donde habían estado los rebeldes, habían creado un campamento más grande, en una cueva de la montaña.

Uno de ellos hablaba inglés, mal, pero suficiente para entenderse.

Les preguntó su nacionalidad. Ellos decidieron decirles que eran americanos, pues probablemente tuvieran más cuidado y respeto en hacerles nada.

Tomaron un teléfono móvil y les grabaron. Lo enviaron por mensaje y les llevaron a una choza oscura con puerta.

Harrison no se podía desatar y ella tampoco podía desatarle sin nada que cortase.

- Tendremos que esperar que nos rescaten-dijo Harrison, pero tranquila que Djon avisará a mis hombres

Ella no estaba tranquila, y menos mal que su hijo estaba a salvo.  Había echado una última mirada y el pequeño, dormido en brazos de la sanadora, estaba tranquilo y a salvo. Pero ella no se rendiría. Comenzó a buscar desesperadamente una salida, pero la cabaña estaba hecha con fuertes troncos, seguramente no eran los primeros prisioneros que estaban allí.

Harrison trataba desesperadamente de soltar sus manos, pero la cuerda se clavaba cada vez más y más en su carne, así que desistió de momento.

- no creo que nos traten mal, normalmente se paga, o te vienen a rescatar y esto va rápido-intentó tranquilizar a Millie

De repente entró un tipo con un machete, ambos se echaron hacia atrás, no sabía qué iba a hacer, se puso por detrás de Harrison. Ella intentó detenerle, pero otro tipo la sujetó. Ella pensó que iba a cortarle la cabeza a Harrison allí mismo y le gritó, “te quiero”

Harrison se volvió sorprendido y el tipo del machete se agachó detrás de él y le cortó las ligaduras.

Sin dejar de amenazarla a ella, para que él no se moviera, salieron de la choza y les volvieron a encerrar.

El se frotó las muñecas en carne viva y comenzó a subir la cabeza.

Millie se acercó, para ver cómo estaba. El, de rodillas, era un poco más bajo que ella, y ella se acercó para levantarle la cara. Estaba un poco avergonzada, aunque creía que él no había sido consciente de lo que Millie, en un momento de desesperación, cuando creía que lo iban a matar, le había dicho.

Cuando Harrison levantó la cara, lo que menos esperaba ella, es ver su rostro sonriendo y feliz, al fin, ¡estaban prisioneros!

Él se incorporó sin dejar de mirarla, la cogió entre sus brazos y la meció. Todavía no se acababa de creer lo que había oído, y tenía que haber estado en peligro de muerte para que ella confesara.

Confesara que le quería

Levantó su rostro hacía el suyo, dos lágrimas surcaban sus mejillas sucias de polvo del camino. Y la besó suavemente, acariciando sus labios, esperando respuesta de ella. Y la respuesta llegó. Ella abrió sus labios acogiendo su beso profundo, lleno de amor y pasión, recuperando el tiempo perdido, tiempo que quizá, ya no les quedaría…

Se separaron mirándose a los ojos

- ¿podrás perdonarme? –comenzó Millie a hablar- te he dicho tantas mentiras… sollozó. Era una mujer fuerte, pero ahora se sentía francamente mal. No sabía si vería a sus hijo, ni siquiera sabía si Harrison realmente podría perdonarle.

- ¿era mentira? Es decir, ¿te gustan los hombres?- preguntó Harrison cavilando…

- no, no me gustan los hombres- y Harrison dio un paso atrás, disgustado

- en realidad- continuó Millie- no me gustan los hombres, me gusta un hombre. Me gustas tú, exactamente.

Harrison suspiró y se acercó a ella.

- Creo que tenemos tiempo, Millie, cuéntamelo todo- pidió él

Y ella le contó todo, desde el tipo que la hizo sufrir tanto que se había prometido a sí misma no volverse a enamorar, y que casi le cuesta la vida a un compañero de misión, a  cómo decidió mentirle para evitar problemas. Incluso a que tuvo dos orgasmos cuando se acostaron, y finalmente le explicó cómo no se atrevió a decirle que estaba embarazada, pues estaba segura que él querría hacerse cargo, y no sin estar enamorado de ella.

- pero yo siempre estuve enamorado de ti, -protestó Harrison- desde que me llevaste en tu moto. Entonces ya caí…

- ¿a pesar de las rastas?

Harrison asintió.

- y luego me deslumbraste cuando saliste de la ducha. Creí que me caía de culo. La de duchas frías que me he tenido que dar contigo…

Ambos se quedaron hablando abrazados, la noche entraba y no sabían nada. Nadie les llevó comida ni agua, ni siquiera les dejaron salir a evacuar, y tuvieron que hacerlo en una esquina.

Se quedaron dormidos abrazados, aunque se turnaron para estar alerta, por si acaso.

Al día siguiente, uno de los tipos del día anterior, les entró un trozo de torta y un par de frutas que comieron con ferocidad.

Les dijo que iban a pagar por ellos y que no los iban a matar. Pero Harrison no estaba tan seguro pues no solían contestar tan rápido. Quizá era para que no escapasen.

El día pasó y les volvieron a entrar dos piezas de fruta.

Tres días pasaron en esa inmunda choza, no les dejaban salir más que para hacer sus necesidades, y siempre de noche, por lo que no podían ver nada. Estaban desesperados, sobre todo por el hecho de que no sabían si su hijo estaba bien, pues lo habían dejado con una desconocida.

¿Y si no volvían? Nadie sabía que su pequeño estaba allí, solo Djon, y seguro que consideraba que era mejor que se quedase en la aldea, pues no tenían contacto con sus familiares.

La tarde siguiente se escuchó un tiro a lo lejos. Harrison se incorporó y miró por alguna de las rendijas de la cabaña, pero no se veía nada.

Pronto, la confusión llegó al campamento. Se oía a personas corriendo, pero nadie acudía a rescatarles.  Un explosivo cayó cerca, un árbol se resquebrajó y cayó justo encima de su cabaña, rompiendo el tejado. Pero estaba muy alta para que Harrison saliera, así que Millie insistió en que la subiera para ver lo que estaba pasando y para intentar liberarlo.

Él no quería pero era la única solución para salir, pues el árbol, que en parte se había quemado, estaba empezando a llenar la cabaña de humo y se podían asfixiar.

Harrison levantó a Millie con esfuerzo porque estaba un poco débil por no comer. Y ella se asomó. Ahora no había nadie, le indicó a Harrison y a pesar de sus protestas, ella saltó al tejado y del tejado al suelo. Estaba un poco alto pero cayó bien. Cuando ya tenía casi la puerta desatrancada, alguien, uno de los hombres del campamento, la atrapó por detrás y le puso un cuchillo en el cuello.

Ella no se podía mover, ni gritar, pues el bandido la amenazó.

Harrison estaba gritando desde dentro, pero ella no le contestaba y temiendo por ella, se lanzó contra la puerta, que ya casi desatrancada, cayó al suelo con la fuerza del hombre.

Pero ella no estaba, no se la veía por ninguna parte. De repente, dos soldados camuflados llegaron hasta él, uno de ellos, se quitó el pasamontañas, y Harrison reconoció a Jeff.

Se dieron un abrazo, pero Harrison, decía se la han llevado, se han llevado a Millie…

Desesperado por encontrarla comenzó a  correr hacia el lado contrario por donde habían venido Jeff y sus hombres. Y a lo lejos, vio a uno de los tipos de la aldea, y un rostro blanco al lado, ¡era ella! ¡estaba viva!

Le pidió un arma a Jeff, y salió tras ellos como un toro bravo, como un león tras su presa…

El hombre le oía gritar y estaba aterrorizado, y cuando se volvió para ver dónde estaba ese enorme hombre que le seguía, ella aprovechó y le dio un codazo en la nariz y le quitó el cuchillo. El hombre salió corriendo y ella no se molestó en perseguirle. Harrison llegó enseguida, había visto lo que había hecho y aunque había temido por ella, la admiró por su valor.

La cogió en brazos y comenzó a besarla y a abrazarla con la sorpresa de Jeff que había llegado dos minutos más tarde.