La última tumba de Lill Warran
Al pasar por entre los pinos la carretera secundaria se convertía en un camino polvoriento, y el camino acababa convirtiéndose en un simple sendero. John Thunstone pensó que debería haber sabido que su coche no podría recorrer toda la distancia y, en cualquier caso, un coche parecía estar fuera de lugar en aquellos antiguos bosques apenas explorados. Un carro maderero habría sido más adecuado; o montar una mula, si John Thunstone hubiera sido más pequeño y menos corpulento, con lo que una mula no habría protestado al tener que cargar con su peso. Bajó del coche, subió las ventanillas y cerró la portezuela con llave. Ante él se extendía un sendero que serpenteaba por entre la espesura, angosto pero bien marcado por los pies de cuantos lo habían transitado. Nadie sabía el número de caminantes que lo habían recorrido a lo largo de los años.
John Thunstone plantó sus grandes pies en él. Su cuerpo de gigante se movía con una gracia silenciosa. Para John Thunstone los bosques o lugares todavía más salvajes eran tan agradables y familiares como su casa.
Se había vestido adecuadamente para la expedición. No tenía ninguna intención de presentarse ante los habitantes de los bosques de Sandhill como si fuera un invasor extranjero ataviado con un traje elegante, por lo que llevaba pantalones de pana, una chaqueta de cuero que le habían hecho con las pieles de los ciervos que él mismo había cazado, y un andrajoso sombrero de fieltro. En su rostro de huesos fuertes y bigote pulcramente recortado había una expresión tranquila y vigilante. Sus rasgos no delataban ninguna excitación o presagio del asombro que esperaba sentir cuando terminara con su misión. Su manaza derecha sostenía un bastón hecho con una vieja madera oscura.
—Sí, sí —dijeron los hombres que mataban las horas en el ayuntamiento del pueblo que había al final del camino asfaltado, respondiendo a sus preguntas—. Lill Warran, ése es su nombre, Lill, no Lily. En ella no había nada de lirio, nada dulce y puro, oh, no[9]. No cabe duda de que era una bruja, señor. Pues claro que la sacaron de su tumba. No, no estábamos allí, oímos hablar de lo ocurrido. Parece que la enterraron en el cementerio parroquial de Beaver Dam y una persona o varias la desenterraron y se llevaron su cuerpo. Los viejos creen que enterrar a una bruja en terreno consagrado trae muy mala suerte. Si haces eso y la dejas allí ya puedes irte olvidando de la iglesia, porque nunca más estará bendita. No es que nosotros creamos en eso, compréndalo, es una creencia del campo…
Pero los ociosos del ayuntamiento no habían negado la creencia de que fuese necesario desenterrar a una bruja. Uno o dos de ellos contribuyeron contándole historias de Lill Warran. Le dijeron que no era una vieja reseca y encorvada de carnes nudosas, sino una mujer «bien plantada», alta y con un cuerpo muy bien hecho, con una frondosa mata de cabellos negros. La llevaba recogida en la nuca, dijeron, y su cabellera relucía como el alquitrán recién derretido. Le dijeron que sus ojos eran como el cristal verde, que ardían en un rostro moreno y que su boca…
—¡Uf! —le dijeron a coro a Thunstone—. Usted viene de muy lejos, señor, y seguramente habrá visto muchas mujeres hermosas. Pero hay una cosa que no se puede discutir, y es que si usted hubiera visto a Lill Warran y esa boca roja que tenía, hipotecaría su alma inmortal para conseguir un beso de ella.
Y la inferencia era que más de un hombre había hipotecado su alma inmortal para conseguir un beso de la boca de Lill Warran. Y ahora estaba muerta. ¿Cómo? Una bala, dijeron algunos. Un accidente, dijeron otros. Pero estaba muerta y la habían enterrado dos veces, y las dos veces había sido desenterrada.
Después de haber recogido ésta y otras informaciones, John Thunstone empezó a seguirle la pista al final de la historia, pues su carrera y su tema de estudio favoritos eran seguir tales historias hasta el final. La búsqueda de historias le había hecho vivir aventuras de las que sólo se ha contado una décima parte, y esa décima parte es la más simple y creíble. John Thunstone se ha guardado para sí mismo las experiencias de la mayoría de sus casos. Puede que esas experiencias hayan ayudado a rociar de canas su lacia cabellera negra y a ensombrecer su rostro tranquilo y fuerte.
El camino serpenteaba subiendo de nivel. Las tierras boscosas iban ascendiendo ladera tras ladera, y bajo los pinos crecían matorrales de una variedad espinosa, tan frondosos y pegados los unos a los otros que John Thunstone tuvo que abrirse paso a través de ellos como un toro en un pantano. Los espinos tiraban de sus flancos y del cuero que recubría sus brazos como si frieran deditos que intentaban retenerle.
En lo alto de la pendiente estaba el claro que buscaba.
Era un claro en el sentido más estricto de la palabra. Los pinos habían sido derribados con un hacha, y no cabía duda de que sus fuertes y rectos troncos habían servido para construir la cabaña que se alzaba en el centro del claro. Las gruesas tejas habían sido fabricadas con cipreses de algún pantano próximo. Rodeando la casa en todas direcciones había una explanada de arena en la que no crecían ni un hierbajo, ni un solo tallo verde: la explanada estaba tan vacía y desnuda como una playa lamida por el mar. Nadie se movía en aquel patio desierto, pero desde detrás de la casa llegaba un ruido. Plink, plink, rítmicamente. Plink, plink. Metal golpeando algo sólido, quizá piedra o ladrillos unidos con argamasa.
John Thunstone dobló la esquina de la cabaña de troncos moviéndose tan silenciosamente como un indio, se detuvo para asegurarse de lo que había más allá y acabó yendo hacia lo que había visto.
El hombre arrodillado en el suelo era tan alto como John Thunstone, pero su constitución era flaca y sus miembros delgados, como es típico en los habitantes de las Sandhills. Vestía una desgastada camisa a cuadros y un mono azul deshilachado y tan descolorido por los lavados que la tela había acabado alcanzando el desvaído tono azul de un huevo de petirrojo. Llevaba las mangas subidas hasta los bíceps, mostrando unos brazos de piel pálida con los codos puntiagudos y las manos nudosas. Estaba dándole la espalda a Thunstone. Tenía el cabello color estopa y su coronilla empezaba a quedarse calva. En el suelo delante de él había un rectángulo de piedra color hígado. El hombre sostenía un martillo de mango corto y gruesa cabeza en la mano derecha, y un punzón muy afilado en la izquierda, parecido al que se usa para partir un tronco y convertirlo en madera destinada al fuego. Apoyó la punta del punzón en la piedra y empezó a golpear el otro extremo con el martillo. Plink, plink. Cambió de posición la punta. Plink.
Thunstone fue hacia él moviéndose con el mismo silencio que una nube en el cielo. Pudo ver lo que el hombre flaco estaba tallando en la piedra. La última letra de una serie de palabras: las letras eran algo irregulares, pero grandes y bastante profundas.
AQUÍ YACE
LILL WARREN
DOS VECES ENTERRADA
Y DOS VECES DESENTERRADA
POR HOMBRES ESTÚPIDOS Y COBARDES
DESCANSE EN PAZ
ERA UNA ROSA DE SHARON
UN LIRIO DEL VALLE
John Thunstone se inclinó para leer la última palabra y el sol del atardecer proyectó su sombra sobre la piedra. El hombre se incorporó al instante y todo su cuerpo se irguió como un resorte al otro lado de su obra, veloz y furtivo como una comadreja. Clavó los ojos en John Thunstone con el martillo apuntando hacia el suelo y la delgada punta del punzón algo levantada.
—¿Quién es usted? —le preguntó el hombre flaco con voz entrecortada.
Tenía los rasgos afilados y una nariz que asomaba de su rostro como un pico puntiagudo. La frente y el mentón se curvaban alejándose de ella hacia arriba y hacia abajo. Sus ojos eran oscuros, parecidos a cuentas y bastante próximos el uno al otro. La piel de su rostro era amarilla y de una textura similar al cuero, y hasta el blanco de sus ojos tenía un aspecto nublado y legañoso.
—Me llamo John Thunstone —replicó Thunstone con el tono de voz más tranquilo y despreocupado de que fue capaz—. Estoy buscando al señor Parrell.
—Ése soy yo. Zari Parrell.
Zari… Sí, no cabía duda de que el nombre le sentaba a la perfección. Aquella nariz flaca y puntiaguda, la frente y el mentón huidizos, los ojos vivaces… todo aquello hacía pensar en una zarigüeya, una zarigüeya suspicaz, irritada y peligrosa.
—¿Qué puedo hacer por usted? —preguntó Zari Parrell, y por el tono de su voz daba la impresión de que le gustaría que fuese algo relacionado con la violencia.
—Quiero hacerle algunas preguntas sobre la señorita Lill Warran —dijo Thunstone sin alterar el tono de su voz, hablando con la misma calma y suavidad que habría podido emplear para tranquilizar a un perro o a un caballo nervioso—. Veo que está haciendo una lápida para ella.
Señaló la piedra con su bastón.
—¿Y por qué no? —replicó secamente Zari Parrell. Sus delgados labios se fruncieron revelando unos dientes pequeños y fuertes que parecían colmillos manchados—. ¿Es que nunca se le permitirá descansar en paz dentro de su tumba?
—Espero que así sea —dijo Thunstone—. Estuve en el ayuntamiento y me contaron que la habían sacado de su tumba del cementerio parroquial.
Zari Parrell lanzó un bufido. Sus dedos se tensaron sobre el martillo y el punzón.
—Oiga, señor, ¿qué le importa a usted todo eso? ¿Trabaja para la ley? En tal caso, ya puede ir volviéndose con su ley al ayuntamiento. No pienso hacer caso de ninguna ley. No la dejaron seguir enterrada en Beaver Dam, yo la he enterrado aquí y aquí se quedará.
—No —le aseguró Thunstone—, no trabajo para la ley.
—Entonces, ¿quién es usted? ¿Uno de esos reporteros de los periódicos? Sea lo que sea, salga de mi propiedad.
—No hasta que hayamos hablado un poco, señor Parrell.
—Le echaré de aquí. Tengo derecho a echarle de mi propiedad.
Thunstone le obsequió con su sonrisa más encantadora.
—Sí, tiene derecho a hacerlo. Pero ¿cree que sería capaz de hacerlo?
Zari Parrell le examinó con sus ojos parecidos a cuentas.
—Usted es el doble de corpulento que yo, pero…
Dejó caer el martillo y la cabeza golpeó el suelo con un sonido ahogado. Se pasó velozmente el punzón a la mano derecha, sosteniéndolo como si fuera un cuchillo.
—No lo intente —le advirtió Thunstone, y alzó el bastón.
Zari Parrell dio un paso hacia delante. Su mano izquierda agarró el extremo del bastón de Thunstone y la derecha blandió el punzón.
Pero Thunstone tiró de la empuñadura del bastón. Hubo un susurro metálico. La parte inferior del bastón se deslizó como la vaina de una espada y quedó entre los dedos de Parrell, revelando una hoja reluciente larga y tan recta como un espetón encajada en la empuñadura. Parrell lanzó un golpe con el punzón y Thunstone movió delicadamente la punta de su espada haciendo que entrara en contacto con el dorso del puño de Parrell. Parrell soltó un chillido de dolor y el punzón cayó junto al martillo. Thunstone avanzó tranquilamente hacia él y la punta de la espada se detuvo a unos centímetros de la garganta de Parrell, vibrando ligeramente.
—¡Eh! —protestó Parrell—. ¡Eh!
—Lo siento, pero tendrá que escucharme.
—Baje esa cosa. ¡Me rindo!
Thunstone bajó la punta de la espada y sonrió.
—Olvidemos lo ocurrido y hablemos.
Parrell se fue calmando. Aún tenía agarrada la parte inferior del bastón. Thunstone se la quitó de entre los dedos y envainó la hoja.
—¿Sabe una cosa? —dijo Parrell con voz cansina—. Nunca había visto un sitio más raro para llevar algo con que abrirle las tripas a un hombre.
—Es un bastón espada —le explicó Thunstone con el mismo tono de voz amistoso que había usado al principio—. Tiene centenares de años de antigüedad. El hombre que me lo dio dijo que había sido fabricado por san Dunstan.
—¿Quién era ése?
—Un inglés.
—Un extranjero, ¿eh?
—San Dunstan era platero —dijo Thunstone—. La hoja de mi bastón está hecha de plata. Entre otras cosas, se cuenta que san Dunstan le retorció la nariz al diablo.
—Déjeme ver esa cosa —dijo Parrell, y Thunstone desenvainó la hoja—. ¡Uh! —gruñó Parrell—. Tiene palabras grabadas en ella. No entiendo lo que pone.
El grueso dedo de Thunstone golpeó suavemente las letras grabadas en el metal.
—Sic pereant omnes inimici tui, Domine —leyó en voz alta—. Quiere decir: «Así perezcan todos tus enemigos, oh Señor».
—¿Son palabras de la Biblia, o son palabras mágicas?
—Puede que las dos cosas —dijo Thunstone—. Y ahora, Parrell, quiero ser amigo suyo. La gente del pueblo no tiene muy buena opinión de usted.
—Tampoco la tenían de Lill —dijo Parrell en voz tan baja que Thunstone apenas pudo oírle—. Pero yo la amaba. Montones de hombres la han amado, pero supongo que yo fui el único que la amaba cuando se murió.
—Cuéntemelo —le apremió Thunstone.
Parrell fue hacia la cabaña de troncos y Thunstone le siguió. Parrell se sentó en la entrada y removió la tierra con sus zapatones. Se examinó el dorso de la mano derecha, allí donde la hoja de plata hábilmente manejada por Thunstone había producido una minúscula herida y derramado una gota de sangre.
—Oiga, creo que si quisiera podría haberme hecho mucho daño —dijo.
—No quería hacérselo —replicó Thunstone.
Los zapatones volvieron a remover la tierra.
—Arranqué la piedra de mi umbral para hacerle una lápida a la tumba de Lill.
—Es una buena piedra.
Parrell movió la mano señalando hacia el borde del claro. Allí, a la sombra de los pinos, había un montículo de arena oscura removida hacía poco, con el tamaño y la forma de un cuerpo.
—La enterré allí —dijo—, y allí se quedará. Supongo que al final se dio cuenta de que la amaba y nada puede cambiar eso.
Una rosa de Sharon, un lirio del valle. Los ociosos del ayuntamiento habían insistido en que Lill Warran no era ningún lirio. Thunstone se acuclilló junto a Parrell.
—Oiga, creo que si habla de todo eso con alguien que quiera escucharle se sentirá mucho mejor —dijo.
—Supongo que sí.
Y Zari Parrell habló.
Después Thunstone puso por escrito lo que Parrell le había contado, considerando que era una interesantísima muestra de creencia en lo sobrenatural, y también en una mujer muy hermosa que poseía una inmensa fuerza de voluntad.
La gente decía que Lill Warran era una bruja porque tanto su abuela como su madre lo habían sido. Decían que podía echarle una maldición a los cerdos para que enflaquecieran, y a las gallinas para que dejaran de poner huevos, y también podía hacer que los árboles cayeran sobre los hombres que los talaban. No estaban dispuestos a creer que ese tipo de cosas fueran culpa del azar. El predicador de Beaver Dam juraba que deformaba el Padrenuestro: «Padre Nuestro, que no estás en los cielos». Eso era una clara referencia a Satanás, que había sido arrojado a través de las Puertas de Perla, tal y como se cuenta en el libro de Isaías. No, el predicador no la había echado de la iglesia, pero Lill Warran dejó de ir a ella y se rió de las personas que murmuraban a sus espaldas. Los viejos la odiaban, los niños le tenían miedo y las mujeres se mostraban suspicaces. ¡Pero los hombres…!
—No había ningún hombre que se le pudiera resistir —dijo Parrell—. Los consiguió prácticamente a todos. El cazador abandonaba su arma, el bebedor olvidaba su botella de whisky destilado en casa, el granjero se marchaba del campo dejando su arado en el surco… Muchas esposas derramaron lágrimas porque sus maridos no estaban en casa durante las noches: andaban detrás de Lill Warran. Y todo el mundo sabe que Nobe Filder se ahorcó porque tenía una cita con Lill, y Lill no acudió a la cita, sino que se fue a bailar con Newton Henley. Y Newton acabó odiándola, pero se puso enfermo y cuando agonizaba lo único que hacía era pronunciar su nombre.
Zari Parrell la amaba. Lill nunca le prometió nada: se limitaba a arrojarle sonrisas y alguna que otra palabra casual, como otros tantos restos de la comida arrojados a un perro. Quizá fuera lo mejor. Los amantes de Lill Warran empezaban adorándola y acababan odiándola y teniéndole miedo.
Eso, por lo menos, era una típica historia de brujas, idéntica a todas las que Thunstone había leído e investigado. Los antiguos libros de los viejos eruditos estaban repletos de pruebas sobre mujeres semejantes con terribles poderes de seducción, remontándose hasta las diosas del amor oscuro… Ishtar, Astoreth, Astarté, muchos nombres para la misma fuerza, terrible en el amor como el Dios de la Guerra lo es en la batalla. Thunstone recordó un fragmento del Poema de Gilgamesh, escrito sobre una tablilla de barro caldea hacía cinco milenios. Gilgamesh había rechazado las insinuaciones de Ishtar:
Te enamoraste del pastor
que dispersaba su grano por ti,
y que cada día te sacrificaba una cría;
le fulminaste,
convirtiéndole en lobo…
—Eso no demostraba nada —protestó Parrell—, sólo que era enamoradiza y que resultaba muy difícil de conservar.
—¿De qué vivía? —le preguntó Thunstone—. ¿Alguna propiedad familiar?
—No, nada de eso. Era huérfana. Vivía sola… han quemado su cabaña. La gente decía que conocía hechizos y que podía hacer que la carne se esfumara de las fresqueras para acabar en su cazuela, y que podía robar las viandas de las despensas y llevarlas a su mesa.
—He oído a gente que sospechaba todo eso de las brujas —dijo Thunstone en un tono de voz cuidadosamente comprensivo—. Es fácil convencerse de que esas historias son reales.
—Yo nunca las creí, ni tan siquiera cuando…
Parrell le contó el clímax de aquella historia extraña e increíble. Había tenido lugar hacía una semana. Guardaba relación con una bala de plata.
Pues las balas de plata son la muerte segura para los demonios, y esto era sabido por un joven llamado Taylor Howatt, el último en revolotear alrededor de aquella llama fascinante que era Lill Warran. Sus amigos le advirtieron acerca de ella, pero Taylor no quiso escucharles. ¡No, Taylor no creía en esas cosas! No hasta que oyó rondar junto a su cabaña algo que gemía y chillaba como una bestia salvaje… un lobo, habrían dicho los viejos, salvo que en aquellas comarcas no se veían lobos desde los lejanos días de la colonización. Y Taylor Howatt había visto fugazmente en una o dos ocasiones a la criatura bajo la luz de la luna. Era muy peluda, tenía las orejas puntiagudas y un hocico afilado, pero se sostenía sobre dos patas, al menos parte del tiempo.
—La vieja historia del hombre lobo —comentó Thunstone, pero Parrell siguió hablando.
Taylor Howatt sabía lo que debía hacer. Poseía un viejo rifle para cazar ciervos, un rifle de los que los armeros del campo llevan fabricando desde épocas tan antiguas como la guerra contra el Norte. También poseía un molde para hacer balas y fundió medio dólar de plata que convirtió en una bala. Cargó el rifle para cazar ciervos y se pasó varias noches con el oído atento para captar los aullidos. Cuando la cosa se acercó a una ventana abierta para mirar por ella, Taylor distinguió su silueta achaparrada recortándose contra la luna y disparó.
Al día siguiente Lill Warran fue encontrada muerta en el sendero que llevaba a su casa: una bala le había atravesado el corazón.
Naturalmente, un delegado del sheriff se presentó a investigar. Taylor Howatt pudo afirmar que había sido un accidente. La gente había acudido a la cabaña de Lill y dijeron haber encontrado cosas muy raras. Uno de los que fueron se llevó un pedazo de tocino que dijo había estado colgando hasta hacía poco en su ahumadero. Y otro encontró un libro.
—¿Un libro? —exclamó John Thunstone rápidamente, pues en historias como la de Lill Warran los libros suelen tener mucho interés.
—Tres personas que juran haberlo visto me hablaron de él —replicó Parrell—. Yo no lo he visto, por lo que creo que no puedo opinar al respecto.
—¿Y qué le contaron esas personas acerca del libro?
—Bueno… me dijeron que era como peludo. La tapa era oscura y peluda, como la piel de un oso negro. Y dentro había tres partes.
—La primera estaba escrita con tinta roja sobre papel blanco —dijo Thunstone—. La segunda estaba escrita con tinta negra sobre papel rojo. Y la tercera, la del papel negro, estaba escrita con…
—¡Ha estado hablando con ellos! —le acusó Parrell, medio incorporándose.
—No, aunque oí comentarios sobre el libro en el ayuntamiento. Lo único que ocurre es que ya he oído hablar antes sobre esa clase de libros. La tercera parte del libro, la del papel negro, está escrita con tinta blanca que brilla en la oscuridad, para que pueda ser leída sin luz.
—Entonces esas personas que se burlaban de mí oyeron lo mismo que ha oído contar usted sobre esos libros. Se lo inventaron todo para mortificarme.
—Puede ser —accedió Thunstone, aunque dudaba de que los habitantes de las Sandhills pudieran tener tales conocimientos sobre grimorios tan antiguos como difíciles de encontrar—. Siga.
Por lo que había oído Parrell, la primera parte del libro —la escrita con tinta roja sobre papel blanco—, sólo contenía hechizos bastante sencillos que servían para curar el reumatismo o el dolor de ojos, junto con uno o dos hechizos más interesantes relacionados con cómo conseguir el amor de alguien o cómo librarse de un amante al que ya no se deseaba. La segunda, la escrita en tinta negra sobre papel rojo, contenía el hechizo para apoderarse de la comida guardada en las despensas de los vecinos, así como otro hechizo que afirmaba ser capaz de volver invisible a quien lo utilizara, y otro más que ayudaba a construir un espejo en el que se podían ver escenas y actos muy distantes.
—¿Y la parte negra del libro? —preguntó Thunstone con mucha más calma de la que realmente sentía.
—Nadie llegó tan lejos.
—Me alegro —dijo Thunstone sintiendo una inmensa gratitud.
Él mismo se lo habría pensado dos veces y quizá más de dos antes de leer las letras brillantes que había en la negra tercera parte de un libro semejante.
—El predicador se lo llevó. Dijo que lo guardó en su escritorio y que cerró el cajón con llave. Al día siguiente el libro había desaparecido. La gente cree que ahora está en poder del mismísimo Satanás.
Y quizá no se equivocaran, pensó Thunstone, pero no llegó a decirlo en voz alta.
Cuando terminó su relato, la voz de Parrell se había vuelto algo cascada. Lill Warran no tenía parientes, por lo que no había nadie que quisiera reclamar su cuerpo. Parrell acabó reclamándolo: compró un ataúd y pagó por un pedazo de tierra en el cementerio parroquial de Beaver Dam. El funeral de Lill Warran sólo contó con dos asistentes, Parrell y el ayudante de un enterrador.
—Nadie quería portarse como un auténtico cristiano, por lo que no se citó ningún versículo de la Biblia durante el entierro —le dijo Parrell a Thunstone—. Yo repetí una estrofa de una canción que me venía a la cabeza cuando pensaba en ella… siempre me acordaba de esa canción. Decía así…
Y canturreó estos versos:
El cuervo es negro, negro como el carbón,
el arrendajo es azul púrpura,
si alguna vez me olvido de mi amor,
que mi corazón se derrita como el rocío.
Thunstone se preguntó cuántos años tendría aquella canción.
—¿Y luego? —le preguntó.
—Ya conoce el resto. A la mañana siguiente la sacaron de su tumba y la arrojaron en mi patio. La encontré junto a mi umbral, allí donde estaba la piedra que he arrancado para hacerle una lápida —Parrell movió la cabeza señalando la piedra—. Volví a enterrarla. Y esta mañana todo estaba igual. Yacía en el mismo sitio que la primera vez… Malditos sean todos. La enterré entre los pinos y allí se quedará, y si alguien opina otra cosa se lo discutiré con algo más que un libro de leyes. ¿Hice mal, señor?
—No —dijo Thunstone—. Siguió los dictados de su corazón.
—Gracias. Muchísimas gracias… Tenía razón, contarle todo esto ha hecho que me sienta mejor —Parrell se puso en pie—. Voy a colocar esa lápida.
Thunstone le ayudó. El peso de la piedra puso a prueba la fortaleza de los dos hombres. Parrell la clavó en la arena a la cabecera de la tumba. Después miró hacia donde el sol se estaba hundiendo detrás de los pinos.
—Antes de que pueda marcharse de aquí ya habrá oscurecido y le será difícil encontrar el camino. Me sentiría muy honrado si quisiera pasar la noche conmigo. No puedo ofrecerle una cama muy cómoda ni una gran cena, pero si quiere…
—Gracias —dijo Thunstone, quien había estado preguntándose cómo podría arreglárselas para pasar la noche allí.
Entraron en la habitación delantera de la pequeña cabaña. El interior estaba acabado con tablones, aserrados y sin desbastar pero firmemente instalados en su sitio. Había una mesa vieja, sillas igualmente viejas, una cocina antiquísima y sartenes y cazuelas colgando de unos clavos en las paredes. Parrell le hizo una seña a Thunstone para que fuera a ver una foto clavada con chinchetas en la pared.
—Es ella —dijo.
La instantánea no era muy buena y el artista de algún estudio fotográfico barato la había retocado coloreándola, pero Thunstone pudo darse cuenta de qué clase de mujer había sido Lill Warran. La foto la mostraba de medio cuerpo y llevaba un vestido ceñido con grandes flores estampadas. Le sonreía a la cámara con aquella boca opulenta de la que tanto había oído hablar. Tenía los ojos un poco rasgados, burlones y brillantes. Su cabeza se alzaba orgullosamente sobre unos hombros soberbios. El seno que había sido atravesado por la bala de plata salida del viejo rifle de Taylor Howatt era opulento y bien moldeado.
—¿Comprende por qué la amaba? —le preguntó Parrell.
—Lo comprendo —le aseguró Thunstone.
Parrell cocinó la cena de los dos. Había pan de maíz y sirope, y un buen plato de costillas. Pese a su pena, Parrell comió abundantemente. Cuando hubieron terminado, Parrell inclinó la cabeza y murmuró una vieja bendición del campo. Salieron al patio. Parrell fue lentamente hasta la tumba de Lill Warran y clavó los ojos en ella. Thunstone se internó un poco entre los árboles, vio algo que crecía en el suelo y se inclinó para arrancarlo.
—¿Qué está recogiendo? —le preguntó Parrell.
—Unas plantas raras que he visto —respondió Thunstone, y arrancó otra.
Eran las raíces que se conocen en todo el sur con el nombre de Juan el Conquistador, una excelente protección contra toda clase de hechizos. Thunstone se llenó los bolsillos con ellas y volvió a reunirse con Parrell.
—Me alegra que haya venido, señor Thunstone —dijo Parrell. Su rostro de zarigüeya estaba iluminado por una tímida sonrisa—. Llevo dos años viviendo sin compañía, pero nunca me había sentido tan solo como durante la semana pasada.
Entraron juntos en la casa. Parrell cogió una lámpara de aceite y la encendió. Apenas lo hizo, Thunstone sintió el impacto de unos ojos que le contemplaban desde el otro extremo de la habitación. Se volvió rápidamente en esa dirección y vio el rostro de Lill Warran en la pared. La sonrisa de la foto parecía burlarse de él, desafiándole y, al mismo tiempo, invitándole a que se acercara. ¿Qué había dicho aquel hombre del ayuntamiento? Hipotecarías tu alma inmortal por un beso suyo. Aquella foto bastó para convencer a Thunstone de que hombres mucho mejores que el pobre Zari Parrell habrían encontrado irresistible a Lill Warran.
—Le prepararé un catre —ofreció Parrell.
—No hace falta que se moleste por mí —dijo Thunstone, pero Parrell abrió un viejo y baqueteado arcón de madera y sacó de él primero un cubrecamas bordado y luego otro. Cuando los desplegó, Thunstone reconoció los motivos de cada dibujo, tan antiguos como famosos. Uno era la Estrella Llameante de Kentucky, el otro Mi Auténtico Amor.
—Los hizo mi madre —le informó Parrell.
Parrell dobló los cubrecamas hasta formar un lecho junto a la pared.
—¿Está seguro de que se encontrará bien aquí? Quizá prefiera dormir en mi cama.
—He dormido en sitios mucho más incómodos que el que me ha preparado —se apresuró a asegurarle Thunstone.
Tomaron asiento ante la mesa y hablaron. Parrell seguía pensando en su amor perdido. Hablaba continuamente de ella, con una ansiedad tal que le reveló muchas cosas. En una o dos ocasiones Thunstone incluso sospechó que intentaba ser poético.
—Cuando la miraba era como si oyera en vez de ver —dijo Parrell.
—¿Qué oía?
—Oía… bueno, se parecía mucho al sonido de un violín, un violín tocado por un músico mejor de los que haya podido oír en su vida. Mucho mejor de lo que yo nunca podré llegar a ser…
Thunstone había visto el viejo estuche de violín colocado en un estante de madera tallada a mano junto a la puerta de la habitación trasera que, aparentemente, era el dormitorio de Parrell, pero no había dicho nada al respecto.
—¿Por qué no toca algo ahora? —sugirió.
Parrell tragó saliva.
—¿Tocar música? ¿Con ella yaciendo ahí fuera en su tumba?
—Si pudiera enterarse creo que no protestaría. Tocar el violín le gusta, ¿verdad?
Al parecer, Parrell no necesitaba más razones. Se puso en pie, abrió el estuche y cogió el violín. Era viejo y oscuro, y Parrell lo hizo girar con dedos respetuosos y hábiles. Thunstone le miró.
—¿De dónde lo ha sacado? Me refiero al violín.
—Oh, me lo dejó mi abuelo en herencia. Yo fui el único nieto que quiso aprender a tocarlo.
—¿Y de dónde lo sacó él?
—No sé muy bien cómo decírselo… Siempre he oído contar que un hombre de fuera —quiero decir un auténtico extranjero de Europa o algún otro sitio, no meramente alguien de otra parte del país—, se lo regaló a mi abuelo o se lo cambió por algo.
Thunstone entendía un poco de violines, y juzgó que éste valía una suma de dinero cuya simple mención bastaría para sorprender a Parrell. Thunstone no mencionó ninguna suma de dinero.
—¿Por qué no toca algo? —se limitó a decir.
Parrell sonrió mostrando sus dientecillos. Apoyó el instrumento en la mejilla y empezó a tocar. Lo hacía de una forma algo errática pero vigorosa; con un poco de adiestramiento habría podido ser un violinista brillante. La música subió de tono, gimió, atronó y acabó extinguiéndose.
—Eso ha sido interesante —dijo Thunstone—. ¿Qué era?
—Oh, nada, algo que me he inventado —dijo Parrell como disculpándose—. Lo hago de vez en cuando, pero no muchas veces. La gente prefiere oír las viejas canciones… cosas que ya conocen, como «Viajero de Arkansas» o «Fuego en las montañas». Normalmente sólo toco mi música cuando estoy solo en casa a última hora —Parrell dejó el instrumento sobre la mesa—. Mi violín me ha hecho compañía algunas noches, cuando deseaba que Lill estuviera conmigo.
—¿Sabe por qué hay tantos violines en los pueblos de nuestro país? —le preguntó Thunstone.
—No, que yo recuerde nunca he oído hablar de eso.
—Cuando nuestro país era joven las casas de los colonos estaban muy aisladas y los bosques estaban llenos de bestias salvajes —dijo Thunstone—. Lobos, sobre todo.
—Ahora ya no es así —dijo Parrell—. Acuérdese de lo que contó Taylor Howatt acerca de haberle disparado a un lobo… Aquí no ha habido lobos desde no sé hace cuánto tiempo.
—Puede que ahora no los haya, pero en los viejos tiempos había muchos. La música del violín resultaba dolorosa para sus oídos y los mantenía alejados.
—Puede que haya mucha verdad en eso que cuenta —dijo Parrell asintiendo con la cabeza, y guardó el instrumento en su estuche—. Oiga, estoy cansado. Llevo seis noches durmiendo muy poco. Pero ahora con usted aquí, diciendo esas cosas tan llenas de sentido común… —Parrell se calló, se estiró y bostezó—. Si no le importa, creo que voy a acostarme.
—Buenas noches, Parrell —dijo Thunstone, y vio cómo su anfitrión entraba en la habitación trasera y cerraba la puerta.
Thunstone salió de la cabaña. Todo estaba en silencio. Hacía una noche llena de estrellas y la luna no tardó en salir mostrando el pálido resplandor de la mitad de su disco. Sacó de sus bolsillos las raíces de Juan el Conquistador, colocó una encima de la puerta, otra sobre la ventana delantera y fue andando alrededor de la cabaña, colocando una raíz en cada ventana. Volvió a entrar en la habitación principal, subió un poco la intensidad de la lámpara y puso una hoja de papel sobre la mesa. Después sacó una pluma de su bolsillo y empezó a escribir:
«Mi querido De Grandin[10]:
»Sé que sus investigaciones le han impedido acompañarme, pero me pregunto si este asunto no será más interesante e incluso más importante que el que le ha impulsado a quedarse en Nueva Jersey.
»Los rumores sobre Lill Warran que le describí en la carta que le he mandado esta mañana han quedado casi totalmente confirmados. Paso a hablarle sobre los nuevos datos que he descubierto:
»Fuertes pruebas del peor tipo de grimorio. Me refiero al que tiene una parte blanca, otra roja y otra negra. Dado que se le menciona en este caso, me siento inclinado a creer que existía un grimorio semejante: estas gentes del campo jamás habrían podido inventar un libro como ése basándose meramente en su imaginación. Parece ser que Lill Warran poseía una copia, que después se desvaneció de un cajón cerrado con llave. ¡Naturalmente! ¡O, mejor dicho, sobrenaturalmente!
»Licantropía. Un tal Taylor Howatt estuvo lo bastante seguro de ello como para fabricarse una bala de plata y usarla de forma efectiva. Le disparó a un monstruo peludo de orejas puntiagudas, y Lill Warran fue encontrada muerta. Este dato, naturalmente, sugiere el siguiente.
»Nadie sabe qué persona o personas sacaron a Lill Warran de su tumba. La mayoría de los habitantes de la región se sienten más bien complacidos ante el hecho de que a Lill Warran no se le permitiera descansar en suelo consagrado por la iglesia, y Zari Parrell, embargado por la pena, la ha enterrado en su patio con la intención de que encuentre finalmente la paz. Pero, De Grandin, supongo que usted ya habrá adivinado la verdad que ellos ni tan siquiera han sido capaces de imaginarse: si Lill Warran era una mujer loba —y no cabe duda de que la parte negra del grimorio explicaba cómo convertirse en licántropo a voluntad—, si, como digo, Lill Warran era una mujer loba…».
Thunstone se irguió en el asiento con la pluma entre los dedos. Alguien o algo estaba moviéndose cautelosamente en la oscuridad del exterior.
Oyó un golpeteo muy suave en la pantalla que Zari Parrell había clavado sobre la ventana. Thunstone se prohibió mirar hacia allí. Se obligó a bostezar, tapándose la boca con una de sus grandes manos, y mientras bostezaba pensó en aquel gesto reflejo nacido de generaciones anteriores temerosas de que un demonio pudiera apoderarse del alma aprovechando que la boca estaba abierta. Colocó lentamente el capuchón de su pluma y la dejó sobre la carta inacabada dirigida a De Grandin. Se puso en pie, se estiró y arrojó a un lado su chaqueta de cuero. Fingió desatarse los cordones de los zapatos, pero no se los quitó. Finalmente, puso la palma de la mano sobre la lámpara de la chimenea y la apagó de un soplido. Fue hacia el catre de cubrecamas preparado por Parrell y se tumbó en él. Empezó a respirar de una forma profunda y regular. Una mano, aparentemente relajada, se encontraba a dos centímetros del bastón espada.
Sabía que el clímax estaba a punto de llegar; pero en los momentos siguientes debía actuar con la máxima calma, dando una impresión de estar dormido tan convincente que fuera capaz de engañar al observador más escéptico.
Después de haber tomado esta decisión, empezó a relajar sus músculos partiendo de los dedos de los pies y siguiendo hacia arriba. Dejó que su potente mandíbula se aflojara y que sus grandes manos se fuesen abriendo. Siguió respirando de una forma lenta y regular, como si estuviera dormido. Lo más difícil fue imponerse a la desbocada carrera del corazón y el pulso, pero John Thunstone también había aprendido a hacerlo, pues la necesidad le había obligado a ello en muchas ocasiones anteriores. Logró una imitación del sueño tan completa que su mente empezó a sentir una auténtica somnolencia. Tuvo la impresión de estar flotando a escasa distancia del catre, y le pareció que su conciencia se encontraba bastante cerca de las puertas que dan al país de los sueños.
Pero sus oídos seguían aguzados al máximo para captar cualquier sonido, y la criatura desconocida del exterior seguía moviéndose cautelosamente por entre la oscuridad.
Se detuvo… justo delante de la puerta, tal y como John Thunstone había pensado que haría. La criatura sabía que la raíz de Juan el Conquistador estaba allí y suponía un obstáculo a su avance, pero no era un obstáculo insuperable. Sólo el acónito o el ajo habrían sido capaces de rechazar a una criatura como la que Thunstone suponía rondaba la cabaña; o, de entre lo que crecía naturalmente en aquella parte del mundo, la lila de Francia. Juan el Conquistador —Gran Juan o Pequeño Juan, como llamaban los recolectores de hierbas y plantas silvestres a sus dos variedades—, sólo «ayudaba a vencer» y no garantizaba la victoria. Lo único que podía hacer, y de eso no cabía duda, era volver más lento el avance del enemigo.
John Thunstone empezó a murmurar en voz muy baja unas palabras que le había enseñado un mago blanco en una ciudad muy lejana, palabras que eran en parte plegaria y en parte un hechizo contra los seres malignos:
—Dos ojos perversos han hecho caer su sombra sobre nosotros, pero dos ojos santos nos contemplan, los ojos de san Dunstan, quien venció al diablo y lo cubrió de oprobio. Ten cuidado, ser maligno; por dos veces te lo aviso, ser maligno; por tres veces…
Thunstone oyó sonidos procedentes de la habitación contigua. Los sonidos indicaban un hurgar lento y cauteloso. Venían de la dirección en que, como había visto antes, se encontraba la ventana del dormitorio de Zari Parrell.
Thunstone abandonó su catre rodando sobre sí mismo con el absoluto silencio que sabía mantener en tales casos, y permaneció un instante acostado de bruces en el suelo. Se apoyó en una rodilla y en las dos manos y se irguió, sujetando el bastón espada entre los dedos de una mano.
Deslizó un pie sobre los tablones sin desbastar del suelo rezando para no producir ningún crujido. Los sonidos seguían llegando a sus oídos. Dio un paso, otro más, un tercero. Llegó a la puerta de la habitación contigua.
Su mano libre buscó a tientas un picaporte. No había ninguno, sólo un pestillo hecho con un cordel. Thunstone lo levantó y la puerta se abrió en silencio.
Vio una habitación iluminada por el resplandor de la luna. La ventana mostraba el contorno de una cabeza y unos hombros que se recortaban contra los cuatro paneles de cristal. Oyó un murmullo tintineante y un panel cayó hacia el interior de la habitación, haciéndose pedazos con un leve estruendo musical al chocar con los tablones del suelo. Algo había quitado la masilla. Un brazo oscuro se deslizó por el orificio ondulando como una serpiente para llegar hasta el cierre de la ventana. Un instante después la ventana estaba abierta y algo entró por ella aterrizando en el suelo.
La luz de la luna le permitió ver mejor la silueta cuando se puso a cuatro patas y se volvió hacia la cama en que yacía Zari Parrell, tan silencioso y flácido como si le hubieran drogado.
John Thunstone conocía aquel rostro gracias a la foto de la habitación en que había dormido. Poseía los mismos brillantes ojos rasgados y la aureola de cabellos, que ahora no estaban recogidos sino que colgaban como un gran nubarrón de tormenta a cada lado de la cara. Y la boca de labios opulentos no sonreía, sino que temblaba como bajo los efectos de algún palpitar imposible de contener.
—Zari —murmuró la boca de Lill Warran.
Vestía una prenda blanca parecida a una túnica como la que se le pone a las muertas en esas comarcas. Sus anchas mangas en forma de ala le tapaban los brazos, pero la tela dejaba al descubierto sus lisos y blancos hombros y la hermosa curva superior de sus senos. Lill Warran seguía siendo una criatura tan impresionantemente hermosa como lo había sido en vida. Su cuerpo pareció ondular flotando hacia Parrell.
—Me amas —le murmuró.
El durmiente se agitó por primera vez. Se volvió hacia ella y una mano se movió en sueños, casi como si le hiciera señas. Lill Warran se deslizó hasta llegar a la cabecera del lecho.
—¡Quédate donde estás! —exclamó John Thunstone, y entró en el dormitorio yendo hacia la cama.
Lill Warran se detuvo con una mano sobre la manta que cubría a Parrell. Su rostro se volvió hacia Thunstone y la luz de la luna iluminó sus rasgos. Una sonrisa burlona curvaba sus labios.
—Eres lo bastante listo para haberlo adivinado casi todo sobre mí —dijo—. ¿Vas a ser lo bastante estúpido para intentar impedir lo que debe suceder?
—No le tocarás —dijo Thunstone.
Lill Warran se rió.
—No temas, puedes gritar. Esta noche tus gritos no conseguirán despertar a Zari Parrell… no mientras yo me encuentre aquí. Me ama. Siempre me ha amado. Los demás me amaron y acabaron odiándome. Pero él me ama… aunque cree que estoy muerta…
En su voz había una extraña y procelosa rigidez, como si estuviera pronunciando frases de una obra antigua que no había tenido el tiempo suficiente para ensayar. Thunstone sabía que así debía ser.
—Te ama, de eso no cabe duda —dijo Thunstone—. Lo cual significa que te has dado cuenta de que está indefenso. Crees que su amor le ha convertido en una presa fácil. No contabas conmigo.
—¿Quién eres?
—Me llamo John Thunstone.
Lill Warran le miró fijamente y sus labios se retorcieron en una mueca. Por un instante dio la impresión de que iba a escupir.
—He oído ese nombre. ¡John Thunstone! ¿Cómo vas a impedir que acabe contigo aquí y ahora, estúpido?
Dio un paso hacia delante apartándose de la cama. Alzó las manos y las mangas que parecían alas se deslizaron por sus brazos. Curvó los dedos como si fueran garras y Thunstone vio lo largas y afiladas que eran sus uñas.
Lill Warran se rió.
—Los estúpidos tienen su propia recompensa. ¡La destrucción!
Thunstone seguía inmóvil con los pies bien separados. El bastón se encontraba delante de su cuerpo, la empuñadura en su mano derecha y los dedos de la mano izquierda rodeando la parte inferior que servía de vaina.
—Veo que tienes un palo —dijo Lill Warran—. ¿Crees que puedes hacerme huir con él como si fuera un perro?
—Eso creo.
—¡Ni tan siquiera puedes moverte, John Thunstone! —sus manos bailaron en el aire como hacen las manos de un hipnotizador—. ¡Para mí no eres más que un juguete! Recuerdo que en tiempos oí un poema: «Érase una vez un loco…».
Se calló y de sus labios brotó una carcajada.
—¿Recuerdas el título de ese poema? —le preguntó Thunstone casi con dulzura, y ella gritó emitiendo un sonido como el que podría haber hecho el más inmenso de todos los murciélagos, y saltó sobre él.
En ese mismo instante Thunstone extrajo la larga hoja de plata de su escondite y, tan velozmente como ella, extendió su brazo en la posición del espadachín que se prepara para detener una estocada.
Lill Warran se empaló en la afilada punta de aquella hoja. Thunstone sintió cómo el metal se deslizaba suavemente en la carne de su seno. Rozó un hueso, produciendo un seco rechinar, y lo dejó atrás para seguir avanzando. El cuerpo de Lill Warran chocó con la empuñadura y durante un momento sólo un brazo de distancia le separó de ella. Sus ojos se convirtieron en dos circunferencias y abrió la boca, pero lo único que salió de ella fue un leve suspiro.
Después cayó hacia atrás, tan flácida como un traje vacío, y cuando Thunstone sacó la hoja se derrumbó en el suelo y se quedó inmóvil con los brazos extendidos a derecha e izquierda, como si la hubieran crucificado.
Thunstone sacó un pañuelo del bolsillo de su cadera y limpió la sangre que empezaba a correr de la punta a la base del arma de plata forjada siglos antes por san Dunstan, patrono de aquellos que se enfrentan a las criaturas malignas y luchan contra ellas.
La plegaria grabada en la hoja acudió a sus labios y la repitió en voz alta:
—Sic pereant omnes inimici tui, Domine… Así perezcan todos tus enemigos, oh, Señor.
—¿Eh? —dijo Zari Parrell con voz soñolienta, y se irguió en el lecho. Forzó sus ojos para ver algo en la penumbra—. ¿Qué ha dicho, señor? ¿Qué ha pasado?
Thunstone fue hacia la cómoda y envainó su hoja de plata. Rascó una cerilla, le quitó la pantalla a la lámpara que había sobre la cómoda y la encendió. La cálida luz emitida por el pábilo inundó la habitación.
Parrell saltó de la cama.
—Eh, mire. La ventana está abierta… tiene un cristal roto. ¿Quién ha hecho eso?
—Alguien desde fuera —dijo Thunstone, sin moverse de su posición.
Parrell se volvió y vio lo que había en el suelo.
—¡Es Lill! —exclamó con voz temblorosa—. ¡Que sus almas podridas se hundan en el infierno, han vuelto a desenterrarla y la han dejado aquí!
—No creo que hayan sido ellos —dijo Thunstone, y cogió la lámpara—. Mírela bien.
Dio un par de pasos hacia delante e hizo que la luz de la lámpara cayese sobre el cuerpo inmóvil de Lill Warran.
Parrell se arrodilló junto a ella y sus manos temblorosas tocaron la mancha oscura que había en su pecho.
—¡Sangre! —balbuceó—. ¡Sangre fresca! Su herida está sangrando… ¡La metieron en la tumba pero no estaba muerta!
—No —dijo Thunstone en voz baja—. No estaba muerta. Pero ahora sí lo está.
Parrell la examinó atentamente con una expresión de dolor en el rostro.
—Tiene razón, señor. Ahora está muerta. Ya no volverá a levantarse.
—Sí, ya no volverá a levantarse —dijo Thunstone—. Y salió de la tumba por sus propios medios. Nadie la desenterró, muerta o viva.
Parrell le miró desde donde estaba arrodillado. El asombro y la incomprensión eran claramente visibles en aquel flaco rostro de nariz picuda marcado por la pena.
—Venga conmigo y lo verá —le invitó Thunstone.
Cogió la lámpara que había dejado sobre la cómoda, cruzó la habitación delantera y salió por la puerta. Parrell le siguió casi pisándole los talones.
La noche estaba muy silenciosa, con tan poca brisa que la llama de la lámpara apenas parpadeaba. Thunstone llevó a Parrell en línea recta hasta la tumba, y alzó la lámpara sobre el agujero recientemente excavado en ella.
—Mire, Parrell —le dijo Thunstone—. Esa tumba fue abierta desde el interior, no desde el exterior.
Parrell se inclinó y miró. Alzó una mano y se la pasó por su ancho y curvado entrecejo.
—Supongo que tiene razón —dijo por fin—. Parece como el agujero que hace un zorro cuando llega al final de su excavación y se abre paso… la tierra ha sido arrojada hacia afuera desde abajo, sólo que esto es mucho más grande que el agujero de un zorro —Parrell se irguió. La luz de la lámpara iluminaba un rostro tan amarillo como el sebo rancio—. Entonces es cierto, aunque parece absolutamente imposible. Estaba ahí dentro, viva, y esta noche salió de la tumba.
—También salió las otras dos noches —dijo Thunstone—. No creo que pueda explicarle muy bien el porqué, pero la noche era el momento en que recobraba las fuerzas. Y cada vez venía hacia donde estaba usted… caminando o arrastrándose hasta recorrer todo el trayecto. Y cada vez que llegaba el amanecer volvía a quedarse paralizada, sin poder moverse.
—¡Lill vino a mí!
—La amaba, ¿verdad? Por eso vino a usted.
Parrell se volvió hacia la casa.
—Y ella debía de amarme mucho para llegar a salir de la tumba —murmuró—. Esta noche no tenía que recorrer tanta distancia. Si hubiera seguido viva…
Thunstone empezó a caminar hacia la casa.
—No piense en eso, Parrell. Ahora está muerta, y lo que le habría hecho si siguiera viva… será mejor que no pensemos en eso.
Parrell guardó silencio hasta que hubieron vuelto a cruzar el umbral de la entrada. Fue hacia el cuerpo de Lill Warran, que seguía tal y como lo habían dejado. La luz de la lámpara que Thunstone llevaba en la mano permitía ver claramente su rostro.
El rostro del cadáver mostraba una expresión tranquila, la de alguien que está en paz consigo mismo y sólo siente una leve tristeza. Sí, era un rostro hermoso y dulce.
Lill Warran quizá no hubiera tenido ese aspecto en vida, o durante su vida-en-la-muerte, pero ahora que estaba completamente muerta había adquirido una suave belleza dormida. Al verlo Thunstone comprendió muy bien que Parrell o cualquier otro hombre podía enamorarse de semejante rostro.
—Y vino a mí. Me amaba… —volvió a murmurar Parrell.
—Sí, le amaba —asintió Thunstone—. A su manera, le amaba… Devolvámosla a su tumba.
La sacaron de la casa y la llevaron al agujero. En el fondo de éste había un sencillo ataúd hecho con tablones de pino. La tapa estaba levantada y las correas que la sujetaban se habían roto.
Thunstone y Parrell pusieron el cuerpo dentro del ataúd, enderezaron sus flácidos miembros y bajaron la tapa. Parrell trajo un azadón y una pala, y entre los dos llenaron la tumba de tierra y la alisaron.
—Voy a repetir esa estrofa que le recité antes —dijo Parrell.
Inclinó la cabeza y murmuró en voz baja los versos de la canción:
El cuervo es negro, negro como el carbón,
el arrendajo es azul púrpura,
si alguna vez me olvido de mi amor,
que mi corazón se derrita como el rocío.
Alzó los ojos hacia Thunstone mientras las lágrimas corrían por su rostro.
—Ahora descansará en paz.
—Así es. Descansará en paz. No volverá a levantarse de la tumba.
—Oiga, ¿le importaría volver a la casa? Me quedaré aquí hasta que amanezca. Eso no le hará daño a nadie, ¿verdad?
Thunstone sonrió.
—No, claro que no. Puede quedarse. Ahora nada volverá a molestarle.
—Ni a ella tampoco.
—Ni a ella tampoco —asintió Thunstone—. Descansará en paz. Cuando se acuerde de ella, piense que le amó y que su descanso nunca más volverá a ser interrumpido.
Thunstone volvió a la casa, cogió la lámpara y la llevó a la mesa donde había dejado su carta inacabada a De Grandin. Sacó la pluma y siguió escribiendo:
«He sido interrumpido por acontecimientos que han hecho que esta aventura tuviera un buen fin. Puede que espere a verle de nuevo antes de contarle esta parte de lo ocurrido.
»Aun así, para terminar mis observaciones anteriores:
»Si Lill Warran era una mujer loba y murió en su forma licantrópica, es lógico que se convirtiera en vampira después de su muerte. Puede leer descripciones de casos semejantes en los libros de Montague Summers, así como en la obra de su compatriota Cyprien Robert.
»Y una vez convertida en vampira era lógico que acudiera a la única persona viva cuyo corazón seguía vuelto hacia ella, y así lo hizo, queriendo ofrecerle la burda parodia del afecto propia de los vampiros.
»Sospechaba algo parecido desde que la historia de Lill Warran llegó a mi conocimiento, por lo que traje conmigo la hoja de plata forjada por san Dunstan para semejantes batallas, y esa hoja fue el arma de mi victoria».
Terminó la carta y dobló la hoja. Fuera la luna iluminaba con su resplandor una noche tan silenciosa y tranquila que parecía imposible que ninguna criatura maligna se moviera en ella.