Herencia

El doctor Theodore Overfield estaba impresionado.

El tamaño de la propiedad, la gran cantidad de árboles, la espaciosa casa de piedra y, por encima de todo, la verja de hierro que rodeaba el lugar indicaban riqueza y una planificación muy cuidadosa. La casa era vieja y los árboles tenían muchos años de edad, pero la verja era nueva. Las afiladas y relucientes puntas en que terminaban los barrotes apuntaban hacia arriba como las bayonetas en un desfile.

Cuando aceptó la invitación para visitar aquella casa en su calidad de médico pensó que se encontraría con un mero caso de neurastenia, quizá una psicosis alcohólica o una mujer histérica. Cuando cruzó el umbral y oyó el chasquido de la puerta de hierro cerrándose detrás de su coche ya no estuvo tan seguro de que ésta fuese una situación corriente o un paciente normal. Unos cuantos ciervos asustados huyeron corriendo del camino para esconderse entre los árboles. Eran muy hermosos. Al menos, su presencia allí justificaba la existencia de la verja.

Un criado de expresión hosca le abrió la puerta de la casa sin decir palabra y le guió hasta una habitación que parecía ser la biblioteca. No sólo contenía libros en abundancia, sino que al parecer los libros eran utilizados. No había muchos juegos de obras completas, pero sí una gran cantidad de volúmenes dispersos, evidentemente primeras ediciones. En un extremo de la habitación se alzaba un Mercurio alado; al otro una Venus blanca como la nieve. Entre las dos estatuas una pared acogía a la chimenea, rodeada por varios sillones cuyo aspecto invitaba a sentarse en ellos.

El doctor pensó que una semana de estancia pagada allí no estaría nada mal. El agradable curso de sus pensamientos se vio interrumpido por la entrada de un hombre de poca estatura y mediana edad con ojos de apariencia juvenil, pero cuya cabellera no tardaría en volverse totalmente blanca.

—Soy Peterson, el que le escribió —dijo el recién llegado presentándose—. Supongo que usted es el doctor Overfield, ¿no?

Los dos hombres se dieron la mano y tomaron asiento junto a la chimenea.

Septiembre había empezado hacía poco y los días resultaban bastante fríos en las montañas.

—Tengo entendido que es usted psiquiatra, doctor Overfield —empezó diciendo el hombre de los cabellos que empezaban a encanecer—. Al menos, se me dijo que quizá pudiera ayudarme a resolver mi problema…

—No sé cuál es su problema —respondió el doctor—, pero tengo libre toda la semana próxima; por lo que mi tiempo y mis capacidades profesionales se encuentran a su disposición. Sus cartas no mencionaban en qué consistía el problema. ¿Quiere hablarme de ello ahora?

—No, todavía no. Quizá después de la cena. Puede que lo averigüe sin necesidad de que se lo explique. Voy a llevarle a su dormitorio. Baje a las seis y conocerá al resto de la familia.

La habitación a la que le llevó parecía muy cómoda. Peterson fue hacia la puerta, se detuvo en cuanto cruzó el umbral, vaciló y volvió a entrar.

—Permítame que le dé un consejo, doctor. Cuando esté solo en la habitación… asegúrese de cerrar la puerta con llave.

—¿Debo cerrar con llave cuando salga?

—No, no es necesario. Nadie le robará nada.

El doctor cerró la puerta con llave tal y como se le había aconsejado y fue hacia las ventanas. Daban al bosque. A lo lejos pudo ver algunos ciervos. Unos conejos blancos jugueteaban por entre la hierba, más cerca de la casa. El paisaje era muy agradable, ¡pero había barrotes en las ventanas!

«¿Una prisión? —se preguntó a sí mismo—. ¡Barrotes en las ventanas! ¡Aconsejarme que cierre la puerta con llave! ¿A qué puede tenerle miedo? No teme a los ladrones, eso está claro. Quizá sufra de alguna fobia. Me pregunto si todas las ventanas de la casa tendrán barrotes… Esto parece interesante. Y también está la verja, claro. Haría falta mucho valor para intentar cruzarla, aun contando con una escalera. No me ha parecido un neurasténico pero, al mismo tiempo, quería posponer el momento del interrogatorio. Evidentemente, parece convencido de que todo resultará más sencillo si descubro algunas cosas por mis propios medios».

El doctor estaba cansado a causa del largo trayecto en coche, por lo que se quitó los zapatos, se aflojó el cuello de la camisa y empezó a quedarse adormilado. El silencio era completo. El más leve sonido parecía amplificarse hasta adquirir una turbadora intensidad. Los minutos fueron pasando. Creyó oír el ruido de un picaporte que giraba y tuvo la seguridad de que era el de su puerta, pero nadie llamó a ella y no oyó ningún sonido de pasos. Acabó quedándose dormido pensando en todo aquello. Cuando despertó y le echó una mirada a su reloj ya estaba oscureciendo. Faltaban diez minutos para las seis. Tenía el tiempo justo de ponerse algo más elegante y bajar a cenar. No sabía si los habitantes de aquella mansión se cambiaban de ropa para cenar, pero pensó que no había mal alguno en hacerlo.

Peterson estaba esperándole en el piso de abajo acompañado por la señora Peterson, quien debía de haberse imaginado que el doctor se vestiría para la cena y, no queriendo hacerle sentir incómodo, también se había puesto un traje más adecuado para la ocasión. Pero su esposo iba vestido como antes. Ni tan siquiera se había peinado.

Una vez sentados a la mesa, el hombre de los cabellos canosos se mantuvo en silencio. La esposa era una excelente conversadora, y el doctor disfrutó de su charla tanto como de la comida. La señora Peterson había visitado muchos lugares y había visto muchas cosas, y tenía una forma de hablar sobre ellas que resultaba mucho más vivida que la mera descripción habitual en los viajeros. Parecía estar interesada por todo.

«Una mujer de mucha cultura», pensó Overfield. «Esta mujer sabe un poco de todo y es capaz de soltarlo en el momento adecuado».

Podría haber añadido que era muy hermosa. Al menos ésa fue la impresión subconsciente que le produjo; y un nivel todavía más profundo de su mente se preguntó cómo era posible que semejante mujer se hubiese casado con un fósil como Peterson. No cabía duda de que Peterson parecía un buen hombre, pero desde luego no era el compañero adecuado para una mujer como ella.

La mujer era de poca estatura y constitución delicada, pero aun así irradiaba salud y vitalidad. Había un enfermo en la familia, pero evidentemente no era ella. El doctor Overfield observó a su esposo. ¿Sería Peterson su paciente? Silencioso, expresión melancólica, suspicaz, ¡puertas cerradas con llave y barrotes en las ventanas! Podía ser un caso de paranoia, y la esposa intentaba mostrarse alegre y mantener viva la conversación como una simple reacción defensiva.

¿Era realmente feliz? A veces una nube parecía pasar por su rostro sólo para ser expulsada inmediatamente por una sonrisa o, incluso, una alegre carcajada. Overfield tuvo la seguridad de que no era totalmente feliz. ¿Cómo podía serlo con semejante esposo?

El criado adusto y silencioso se encargaba de atender la mesa. Parecía anticiparse a cada necesidad de su señora. Su forma de servir era irreprochable; pero, sin poder explicarse muy bien por qué, al doctor le desagradó desde el principio. Intentó analizar aquel sentimiento, pero no lo consiguió. Después dio con la razón. Su mente estaba trabajando a toda velocidad, intentando resolver el problema planteado por el hecho de su estancia allí y la invitación a pasar una semana en la casa. Y, de repente, se dio cuenta de que había una silla vacía. La mesa había sido puesta para cuatro. En ese mismo instante se abrió la puerta y un joven seguido por un hombre corpulento vestido de negro entró en el comedor.

—Doctor Overfield, mi hijo Alexander. Alexander, dale la mano a este caballero.

El joven le dio la vuelta a la mesa seguido de cerca por el hombre de negro, estrechó la mano del doctor y tomó asiento en el lugar vacío. El criado sirvió helado. El hombre de negro se quedó de pie detrás de la silla ocupada por el joven observando atentamente cada uno de sus movimientos. La conversación se detuvo. El helado fue consumido en silencio. Cuando hubieron terminado, Peterson habló.

—Yorry, puedes llevarte a Alexander a su habitación.

—Muy bien, señor Peterson.

El número de comensales volvió a quedar reducido a tres, pero la conversación no se reanudó. Fumaron cigarrillos en silencio. La señora Peterson se excusó.

—Estoy diseñando un nuevo traje y he llegado a una parte muy interesante. No logro decidir si le pondré cierres o botones; y si acabo poniéndole botones, deben poseer una originalidad que haga lógico su uso. Por lo tanto, caballeros, no me queda más remedio que pedirles disculpas. Espero que pase una semana agradable con nosotros, doctor Overfield.

—Estoy seguro de que así será, señora Peterson —replicó el doctor, poniéndose en pie cuando ella abandonó la mesa. El hombre de los cabellos canosos no se levantó. Se limitó a seguir con los ojos clavados en la pared que tenía delante, contemplándola sin ver el cuadro que había en ella… ¡sin ver nada de cuanto había por ver allí! Acabó aplastando su cigarrillo en un cenicero y se levantó.

—Vayamos a la biblioteca. Quiero hablar con usted.

Una vez allí intentó conseguir que el doctor se sintiera cómodo.

—Quítese la chaqueta y el cuello duro, si quiere, y ponga los pies en el escabel. Vamos a estar solos y no hace falta que guardemos tan estrictamente las apariencias.

—Señor Peterson, ¿me equivoco, o no es usted muy feliz? —le preguntó el doctor.

No era más que un gambito de apertura para darle comienzo a la catarsis mental que esperaba que se produjera a continuación. De hecho, era una de sus introducciones favoritas cuando daba comienzo al examen de un paciente. Hacía que la persona enferma confiara en el doctor, y Overfield podía comprender esa sensación. Además, muchas de las personas que visitaban su consulta sólo lo hacían porque no eran felices.

—No mucho —replicó Peterson—. Voy a contarle algo al respecto, pero hay una parte que deseo que averigüe por usted mismo. Todo se remonta a la época en que empecé con mi negocio. Mis padres me pusieron el nombre de Philip… Philip Peterson. Cuando estudiaba leí muchas cosas sobre Filipo de Macedonia, y había partes de su vida que me inspiraron una gran admiración. Era un hombre capaz de abrir caminos, no sé si me comprende. Conquistó muchos países y los consolidó. Reorganizó el ejército. Hablando en el argot moderno, era alguien «que no se paraba en barras». Naturalmente, tenía sus debilidades, como el vino y las mujeres, pero en conjunto era un gran hombre.

»Había una considerable diferencia entre ser rey de Macedonia y convenirse en presidente de una empresa dedicada al cuero, pero pensé que podía utilizar los mismos principios y que probablemente me llevarían al éxito. Estudié la vida de Filipo e intenté sacar provecho de lo que había aprendido. Acabé convirtiéndome en un hombre rico.

»Después me casé. Como ha visto, mi esposa es una mujer hermosa, culta y muy inteligente. Tuvimos un hijo. Le puse de nombre Alexander. Quería seguir el mismo camino que el rey macedonio. Yo dirigía el negocio del cuero en Norteamérica, y tenía la esperanza de que él lo dirigiera en el mundo entero. Esta noche ha visto al chico durante la cena.

—Sí, le he visto.

—¿Y cuál es su diagnóstico?

—No se trata exactamente de eso, pero creo que lo que más se le aproxima es el tipo de deficiencia mental conocido como idiotez mongólica.

—Eso es lo que me han dicho. Le mantuvimos en casa durante dos años, y después le matriculé en una de las mejores escuelas privadas de Norteamérica. Cuando cumplió los diez años se negaron a seguir teniéndole allí sin que les importase lo que les pagara; así que hice reformar este sitio, vendí mis acciones de la compañía y me vine a vivir aquí. Es mi hijo, y creo que debo cuidar de él.

—Me extraña que una escuela privada no quiera acogerle. Con su riqueza…

—Es por algo que ocurrió. Opinaron que no podían asumir la responsabilidad de cuidarle.

—¿Cómo actúa? ¿Qué piensa su madre de esto?

—¿Sabe usted mucho sobre las madres en general?

—Un poco.

—Entonces supongo que podrá comprenderlo. Su madre piensa que no le ocurre nada. A veces se niega a creer que padece una profunda deficiencia mental. Dice que va «algo atrasado» y piensa que acabará pasándosele, y que algún día llegará a ser normal.

—Se equivoca.

—Eso me temo. Pero no consigo convencerla. Cuando hablamos de ello acaba enfadándose; y cuando se enfada puede llegar a mostrarse muy desagradable. Nos mudamos a este lugar. Ya ha visto a los sirvientes. El mayordomo desempeña varias funciones. Lleva muchos años con la familia y se puede confiar en él. Es sordomudo.

—Comprendo —dijo el doctor—. Eso explica su expresión adusta y el silencio. Todos los mudos tienden a ser algo raros.

—Supongo que tiene razón. Se ocupa de la casa. Verá, tenemos ciertas dificultades para conservar a la servidumbre… Contratarles es fácil, pero en cuanto conocen a Alexander se niegan a quedarse mucho tiempo.

—¿Debido a su retraso mental?

—No, lo que les inquieta es su forma de actuar. Acabo de darle todos los hechos. No quieren quedarse. Yorry es un exboxeador. Parece haber nacido sin nervios y no le tiene miedo a nada. Es muy bueno con el chico pero, al mismo tiempo, sabe hacerse obedecer por él. Desde que le tenemos con nosotros es posible conseguir que acuda a la mesa, y eso hace muy feliz a su madre. Pero, naturalmente, no puede ocuparse continuamente de él. Durante sus horas libres deja que Alexander corra por el parque.

—Al chico debe de gustarle. Vi los ciervos y los conejos.

—Sí, es un buen ejercicio para él. Le encanta perseguirlos.

—¿No cree que debería tener algunos compañeros de juegos?

—Eso es lo que pensaba antes. Incluso llegamos a adoptar otro niño. Murió. Después de eso no pude repetir el experimento.

—Pero eso es algo que puede ocurrirle a cualquier niño —replicó el doctor—. ¿Por qué no trae aquí a otro chico, aunque sólo sea unas cuantas horas al día, para que Alexander hable y juegue con él?

—¡No, nunca más! Quiero que observe al chico. Examínelo y descubra si puede darme algún consejo que me sirva de ayuda.

—Me temo que no se puede hacer gran cosa por él, aparte de enseñarle a comportarse lo mejor posible y corregir las malas costumbres que pueda haber adquirido.

El hombre de los cabellos canosos le contempló con una cierta perplejidad.

—Ése es el problema —replicó—. Hace algunos años consulté con un especialista. Se lo conté todo, y me dijo que creía que el chico debía gozar de cierta libertad de acción. Dijo algo sobre los deseos y la libido. Opinaba que la única posibilidad de conseguir que mejorase era dejar que hiciera lo que quisiese. Ésa es una de las razones por las que vivimos aquí, con los ciervos y los conejos.

—¿Quiere decir que al chico le gusta jugar con ellos?

—No exactamente. Estúdielo. Le he dicho a Yorry que debe responder a todas las preguntas que le haga. Conoce al chico mucho mejor que yo; y que Dios me perdone por decirlo, pero le conozco demasiado bien. Naturalmente, me resulta difícil hablar de esto. Preferiría que obtuviera los detalles a través de Yorry. Está haciéndose tarde y quizá sería mejor que se fuera a la cama. Asegúrese de cerrar la puerta con llave.

—Lo haré —replicó el doctor—, pero usted me dijo que aquí nadie me robará nada.

El doctor fue a su habitación sumido en la más profunda perplejidad. Conocía la variedad de deficiencia mental conocida como idiotez mongólica. Había examinado y tratado a centenares de casos semejantes. El joven Alexander era uno más y, sin embargo, era distinto. Había algo en él que no encajaba del todo con el diagnóstico. ¿Sus costumbres? Quizá fuera eso. Se preguntó si su padre tendría miedo de él. ¿Sería ésa la razón de que hubiera contratado a un hombre tan fuerte para que le atendiera? Quizá por eso había barrotes en las ventanas. Pero ¿qué pintaban allí los conejos y los ciervos?

Estaba a punto de quedarse dormido cuando le despertó un golpe en la puerta. Se levantó y, sin abrirla, preguntó:

—¿Quién es?

—Yorry —se le respondió—. ¿Se encuentra bien?

—Sí.

—Déjeme entrar.

El doctor abrió la puerta, le dejó entrar en la habitación y volvió a cerrar con llave.

—¿Qué ocurre?

—Alexander no está en su cuarto. De día no nos importa, pero de noche puede acarrear problemas. ¡Mire, en esa ventana!

Una silueta blanca se agarraba con las manos a los barrotes de una ventana, sacudiéndolos en un esfuerzo por romperlos. Yorry meneó la cabeza.

—¡Ah, este chico, este chico! No debería estar aquí, pero ¿qué otra cosa pueden hacer los pobres? Bueno, veo que está a salvo. Saldré fuera e intentaré atraparle. Cierre con llave en cuanto me haya marchado.

—¿Le tiene miedo?

—No temo por mí, sino por los demás. No conozco el miedo. El señor Peterson dijo que deseaba examinar al chico. ¿A qué hora de mañana?

—A las diez. Puedo hacerlo aquí mismo.

—Lo traeré. Buenas noches, y asegúrese de cerrar la puerta con llave.

El doctor estaba cansado, por lo que se fue a dormir sin haberle encontrado respuesta a ninguna de las preguntas que le acosaban. A la mañana siguiente el sordomudo se encargó de servirle el desayuno en su habitación. Yorry se presentó a las diez acompañado por Alexander. El chico parecía asustado, pero obedeció las órdenes de su cuidador.

En casi todos los aspectos el examen reveló los defectos físicos del idiota mongólico. Había unas cuantas diferencias menores. Aunque el chico era bajo para su edad, la musculatura era buena y los dientes perfectos. No había presente ni una sola cavidad. Los caninos superiores se salían de lo normal.

—Tiene unos dientes magníficos, Yorry —comentó el doctor.

—Los tiene, señor, y los utiliza —replicó el ex-boxeador.

—¿Al comer, quiere decir?

—Sí. Eso es.

—Son los dientes de un carnívoro.

—Eso es justamente lo que es.

—Me gustaría que fuese sincero conmigo. ¿Por qué le expulsaron de esa escuela privada?

—Por sus costumbres.

—¿Qué clase de costumbres?

—Será mejor que lo vea con sus propios ojos. Iremos al bosque. Mientras esté conmigo no correrá peligro, pero no debe alejarse de mí.

El doctor se rió.

—Estoy acostumbrado a tratar con personas anormales.

—Quizá, pero no quiero que le ocurra nada. Ven conmigo, Alexander.

El chico les acompañó comportándose con la más absoluta docilidad.

Cuando llegaron al bosque, Yorry le ayudó a quitarse la ropa. En cuanto estuvo desnudo el chico echó a correr por entre los árboles.

—¿No puede escaparse de la propiedad? —preguntó el doctor.

—No, y los ciervos y los conejos tampoco pueden. No intentaremos seguirle. Volverá en cuanto haya terminado.

Pasó una hora, y otra más. Alexander acabó emergiendo de entre la espesura, moviéndose a cuatro patas. Yorry se sacó un paño húmedo del bolsillo, limpió la sangre que cubría el rostro y las manos del chico y empezó a vestirle.

—Así que eso es lo que hace, ¿eh? —preguntó el doctor.

—Sí, y a veces más que eso.

—¿Y ésa es la razón de que no le quisieran en la escuela?

—Supongo. Su padre me ha contado que todo empezó cuando era más pequeño: entonces comía moscas, escarabajos y sapos.

La mente del doctor estaba funcionando en ese momento a toda velocidad.

—Trajeron a un niño para que le sirviera como compañero de juegos. El niño murió. ¿Sabe algo de eso?

—No. No sé nada de eso. No quiero saber nada al respecto. Probablemente ocurrió antes de que llegara aquí.

Overfield sabía que Yorry no le estaba diciendo la verdad. Pero incluso mintiendo le había dado información útil. El doctor decidió mantener otra conversación con el padre del chico. Tratar de ayudarle no serviría de nada a menos que conociera todos los hechos.

La conversación de la comida no fue tan chispeante y animada como lo había sido la de la noche anterior. Peterson parecía preocupado por algo. La señora Peterson se mostró cortés, pero decididamente poco habladora. Casi todo lo que se dijo resultó un tanto forzado. Cuando hubieron terminado de comer se pronunciaron unas cuantas frases que parecieron grabarse en la mente del especialista. Peterson observó que un diente le estaba molestando, y que tendría que acabar yendo al dentista.

—Yo tengo una dentadura perfecta —dijo su esposa—. Nunca he ido al dentista.

El doctor Overfield recordó esas palabras mientras estaba en la biblioteca esperando a Peterson.

—He examinado a su hijo, señor Peterson —le dijo—, y le he visto en el bosque. Yorry me contó algunas cosas y me mintió sobre algunas otras. Hasta el momento nadie parece dispuesto a revelarme toda la verdad. Tengo una pregunta que debe ser contestada. ¿Cómo murió el niño? Me refiero al que adoptó para que Alexander jugara con él.

—No lo sé con certeza, y le aseguro que soy perfectamente sincero. Una mañana le encontramos muerto en su habitación. Uno de los paneles de la ventana estaba roto, y alrededor de su cuerpo había esparcidos muchos fragmentos de cristal. Tenía un corte muy profundo a un lado de la garganta. El forense supuso que habría estado caminando dormido, que chocó con la ventana y que un fragmento de cristal le seccionó la yugular. Según el certificado que extendió, ésa fue la causa de la muerte.

—¿Y qué cree usted que ocurrió, señor Peterson?

—He dejado de pensar en esas cosas.

—¿Cuándo hizo colocar los barrotes en las ventanas? ¿Antes o después de eso?

—Después. ¿Puede ayudar al chico?

—Me temo que no. Ese especialista con el que consultó hace años no le aconsejó bien. Lo único que ha conseguido es mantener al chico en un excelente estado físico, pero hay otras cosas en que pensar aparte de la salud física. Si fuera hijo mío sacaría del parque los conejos y los ciervos… los que sigan vivos. Y trataría de alterar sus costumbres.

—Pensaré en ello. Le pago para que me dé su opinión, y la valoro. Y ahora, una pregunta más: ¿cree que esta costumbre suya es hereditaria? ¿Cree que en el pasado algún antecesor suyo hizo cosas semejantes?

La pregunta le dejó perplejo y puede que el doctor Overfield hiciera bien contestando a ella con otra pregunta.

—¿Hay algún caso de locura en la familia?

—No que yo sepa.

—¡Bien! ¿Y en la familia de su esposa?

—Su herencia es tan buena como la mía, puede que incluso mejor.

—Entonces lo único que podemos decir es que el mongolismo puede darse en cualquier familia; y en cuanto concierne a las costumbres del chico… quizá podamos considerar que es un caso de atavismo. Hubo un tiempo en el que todos nuestros antepasados comían carne cruda. La variedad mongólica de la deficiencia mental es algo que ha llegado a nosotros procedente de la mismísima cuna de la especie humana. Puede que el chico la haya traído consigo cuando saltaba dos millones de años hacia delante… quizá la costumbre de comer carne cruda sea algo que acompaña a sus cejas protuberantes.

—Ojalá estuviera seguro de que es así —comentó el padre—. Daría cualquier cosa por tener la seguridad de que no soy culpable de su estado.

—O de que su esposa tampoco lo es —dijo el doctor.

—¡Oh! En su caso no hay duda alguna —replicó Peterson con una semisonrisa—. Es una de las mujeres más maravillosas que Dios ha creado.

—Quizá haya algo en su subconsciente, algo que no es claramente visible en la superficie…

El señor Peterson meneó la cabeza.

—No. Es totalmente perfecta.

Aquellas palabras pusieron punto final a la conversación. El doctor prometió pasar el resto de la semana en la casa, aunque tenía la impresión de que eso no serviría de mucho. Bajó a cenar con el comerciante en cueros retirado y su esposa. La señora Peterson estaba más hermosa que nunca: vestía un traje de noche blanco adornado con lentejuelas doradas. Peterson parecía cansado, pero su esposa estuvo tan brillante como su traje. Habló como si jamás se cansara de hacerlo, y todo lo que dijo era digno de escucharse. Acababa de prestar su ayuda para la creación de un fondo destinado a proporcionar leche a los niños desnutridos. Al parecer las obras de caridad eran una de sus grandes aficiones. Peterson habló de la herencia, pero ni él ni sus palabras recibieron demasiada atención, por lo que no tardó en callarse.

En la atmósfera flotaba algo que el doctor Overfield no logró comprender. Cuando le dio las buenas noches al hombre de los cabellos canosos, le habló de ello.

—Yo tampoco lo comprendo —comentó Peterson—, pero quizá lo comprenda antes de morir. No puedo evitar tener la sensación de que es algo relacionado con la herencia, pero no dispongo de ninguna prueba.

El doctor Overfield cerró con llave la puerta de su habitación y se acostó enseguida. Estaba soñoliento y, al mismo tiempo, nervioso. Pensó que una larga noche de sueño reparador le sentaría bien. Pero no durmió mucho tiempo. Unos golpes en la puerta le hicieron recobrar la conciencia.

—¿Quién es? —preguntó.

—Soy yo, Yorry. ¡Abra la puerta!

—¿Qué ocurre?

—El chico, Alexander… Se me ha vuelto a escapar, y no consigo encontrarle.

—Quizá haya ido al bosque.

—No. Todas las puertas que dan al exterior están cerradas. Tiene que estar dentro de la casa.

—¿Le ha buscado?

—Por todas partes. El mayordomo está a salvo en su habitación. He registrado toda la casa salvo el cuarto del amo.

—¿Por qué no va allí? Espere a que me ponga algo encima. Sólo será un momento. El también cierra su puerta con llave, ¿no? Me dijo que mantuviera mi puerta cerrada con llave. ¿Está seguro de que su puerta está cerrada con llave?

—Lo estaba hace un rato. Me aseguré. Lo hago cada noche con todos los dormitorios.

—¿Hay alguien que tenga un duplicado de las llaves?

—Nadie, sólo la señora Peterson. Creo que debe de tener un juego de llaves, pero duerme en otra habitación y su puerta estaba cerrada. Al menos, hace unas horas lo estaba.

—Creo que deberíamos ir a sus habitaciones. El chico tiene que estar en algún sitio. Quizá esté con su padre o con su madre.

—Si está con su madre no pasará nada. Se llevan muy bien. Sabe manejarle a la perfección.

Subieron corriendo las escaleras. La puerta que daba a la habitación de la señora Peterson estaba abierta, la habitación vacía y la cama intacta. Eso era algo inesperado. La puerta que daba a la habitación contigua, la de Peterson, estaba cerrada… pero no con llave. Yorry la abrió y encendió la luz.

Antes de que lo hiciera oyeron un extraño gruñido ahogado que salía de las tinieblas. Las luces se encendieron un instante después y pudieron ver a la familia Peterson en el suelo. Peterson estaba en el centro. Tenía la camisa hecha pedazos y no se movía. Alexander estaba a su derecha, desgarrándole los músculos del brazo con el rostro y las manos cubiertos de sangre. Su esposa estaba al otro lado, bebiendo la sangre que brotaba de la vena yugular. Su rostro y su vestido estaban manchados de sangre y, cuando alzó la cabeza hacia ellos, su rostro era el de un demonio irritado pero, por lo demás, satisfecho. La interrupción pareció molestarla un poco, pero estaba demasiado ocupada para entender lo que ocurría. Siguió bebiendo, aunque el chico expresó su ira lanzando un gruñido. Overfield tiró de Yorry a través del umbral, apagó las luces y cerró la puerta dando un golpe seco a su espalda. Después arrastró al aturdido ex-boxeador escaleras abajo hasta llegar al primer piso.

—¿Dónde está el teléfono? —gritó.

Yorry acabó enseñándoselo. El doctor cogió el auricular.

—¿Oiga? ¿Oiga, central? Póngame con el forense. No, no sé el número. ¿Por qué debería saberlo? Póngame al habla con él. ¿Oiga? ¿Es usted el forense? ¿Puede oírme? Soy médico… el doctor Overfield. Venga inmediatamente a la casa de Philip Peterson. Se ha cometido un crimen. Sí. El señor Peterson. Ha muerto. ¿Qué le mató? La herencia. ¿Que no lo entiende? ¿Por qué debería entenderlo? Y ahora escúcheme. Le han rajado la garganta, puede que con un trozo de cristal y puede que con otra cosa. ¿Puede entender eso? ¿Se acuerda del niño? Venga enseguida, le esperaré aquí.

El doctor colgó el auricular. Yorry estaba mirándole.

—El amo siempre se preocupaba por el chico —dijo Yorry.

—Ahora ya puede dejar de preocuparse —respondió el doctor.