GAYS EN LA PICOTA. SU REPRESENTACIÓN EN LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

Arturo Arnalte

Un historiador francés, especialista en el tránsito de la Edad Media a la Moderna en España, utilizaba a veces un servicio público, hoy desaparecido, en la Plaza de la Cibeles, cuando era estudiante en Madrid, a finales de los años cincuenta. Siempre que entraba en el urinario público, le llamaba la atención un letrero que conminaba a los usuarios a «abandonar inmediatamente el lugar, una vez terminado el servicio». El joven hispanista, becado por su gobierno para cursar su especialidad en Madrid, no salía de su perplejidad, al no entender para qué querría nadie permanecer en una letrina bajo tierra una vez satisfechas las demandas de la naturaleza. Sólo mucho tiempo después descubrió su ingenuidad y entendió que el cartel conminatorio era una advertencia a los homosexuales para que no remolonearan en el lugar, ya que los servicios públicos eran uno de sus espacios tradicionales de encuentro en la época de la clandestinidad.

Para cualquier usuario del servicio, sólo la existencia de la prohibición inducía a la sospecha, y ésta a la certeza de que los homosexuales se conocían en ese tipo de espacios. La represión de una actividad, el remoloneo para contactar con semejantes, era paradójicamente el cartel anunciador de que esa misma actividad tenía lugar en ese preciso espacio. La negación se convertía en confesión y las autoridades franquistas, irónicamente, estaban señalando con un letrero luminoso un punto de encuentro para seres que estaban perseguidos y ofreciendo pistas a quienes tenían muchas dificultades para dar con otros que fueran como ellos.

Éste es un claro ejemplo del tratamiento que durante el franquismo recibió la homosexualidad. Su condena y la amenaza de castigar su práctica teman el doble efecto de censurar, excluir y marginar pero, a la vez, de publicitar su existencia a falta de otras vías. El escritor homosexual norteamericano Gore Vidal escribió que la representación negativa, angustiada y patética que las películas de Hollywood hacían de los homosexuales, quienes solían terminar siempre asesinados o suicidándose, era mejor que nada, porque, aunque los guionistas los condenaran a un trágico destino, los demás gays confirmaban en el patio de butacas que había otros como ellos, mientras que el silencio podía ser mucho más desolador[137].

El proceso de deshumanización

La homosexualidad en España quedó expresamente prohibida en la reforma de la Ley de Vagos y Maleantes de 1954. La modificación de la Ley no significaba que los homosexuales no fueran, desde el fin de la Guerra Civil, la diana de las iras de la policía, la medicina y la Iglesia. El franquismo se ensañó con gays y lesbianas en varios frentes. En lo penal, la homosexualidad era punible con una estancia en la cárcel de tres meses a tres años —ya fuera en las colonias agrícolas penitenciarias, en las galerías de invertidos de las prisiones modelo, o en las cárceles de Badajoz y Huelva, que a partir de 1970 se «especializaron» en albergar internos homosexuales—.

En el terreno de la medicina, la homosexualidad mantuvo siempre su consideración de enfermedad. En la prisión de Carabanchel, en Madrid, hubo un Centro de Observación de presos homosexuales a cargo de tres médicos que publicaron un estudio sobre la homosexualidad basado en sus conclusiones[138]; en la calle, había numerosos psiquiatras que ofrecían curaciones a base de terapias conductistas, de las que la más extrema era torturar con descargas eléctricas al homosexual cada vez que sintiera deseo carnal. La Iglesia, por su parte, consideraba al homosexual como un pecador, cuya única salvación del fuego eterno estribaba en abstenerse de satisfacer su deseo. Esa triple vía de condena, que justificaba la marginación y castigo de la homosexualidad porque era a la vez delito, pecado y enfermedad, contaba con un elemento indispensable para asegurarse la complicidad mayoritaria de la sociedad: los medios de comunicación. Diarios, revistas de humor gráfico, cine, teatro, televisión, libros, y hasta los carteles de los servicios públicos, cumplieron un papel decisivo para que la represión se llevara a cabo sin afectar a la sensibilidad de la opinión pública.

El racismo contra los negros es producto de la esclavitud. Para poder comprar, trasladar y vender seres humanos de África a América durante cuatrocientos años, y obligarlos a trabajar hasta la extenuación con la conciencia tranquila, era preciso considerarlos inferiores. Para que los alemanes de a pie, contemporáneos de Hitler, asistieran indiferentes a la desaparición de sus vecinos judíos rumbo a un destino desconocido, del que jamás regresaban, era necesario que esa misma sociedad hubiera asumido el discurso antisemita que deshumanizaba al judío y convertía su pérdida en indiferente, cuando no en un bien en sí misma. Para matar en cualquier guerra es necesario romper la cadena de solidaridad entre seres humanos y convencer a la masa de que el enemigo al que nos enfrentamos no está hecho de la misma humanidad que la nuestra. Durante el franquismo, los medios de comunicación hicieron el trabajo sucio de deshumanizar a los homosexuales, de ridiculizarlos para romper la cadena de solidaridad entre heterosexuales y homosexuales. En este sentido, cumplieron el mismo papel de exposición al escarnio que tuvo la picota en las edades Media y Moderna en Europa. Al delincuente, o presunto tal, se le ataba al rollo de piedra, o se le colocaba en el cepo a la vista del público para que cualquiera pudiera insultarle, humillarle, golpearle, arrojarle desperdicios; en una palabra, expulsarle de la comunidad, fuera de la que ya no era merecedor de compasión.

Las páginas que siguen tratan de ofrecer algunos ejemplos de cómo los medios de comunicación durante esta época ejercieron con ensañamiento el papel de la picota, sin advertir que la condena a voces de la homosexualidad aportaba pistas de que ésta palpitaba bajo la prohibición, de forma oculta, y sólo había que saber buscarla. Conviene subrayar que el presente artículo se ha realizado a partir de una selección de casos, porque un análisis del tratamiento de la homosexualidad en los medios y la iconografía durante los cuarenta años de la dictadura de Franco es un trabajo muy ambicioso, que rebasa los límites de este capítulo. También hay que decir que la selección está condicionada por las vivencias y, sobre todo, por las lecturas del autor durante su adolescencia, que fueron la fuente para paliar la sed de conocimiento dé la secreta —y socialmente peligrosa— condición de los homosexuales de su generación.

Masones, rojos y maricones

Uno de los primeros documentos que refleja de forma gráfica el tratamiento que aguardaba a los homosexuales tras el conflicto civil es un ejemplar de la revista Letras, de finales de 1939[139], que retrata como homosexuales al constitucionalista Luis Jiménez de Asúa (1899-1970) y al escritor catalán Ventura Gassol y Rovira (1893-1980), en unas aleluyas contra los líderes republicanos donde se mezcla a masones, marxistas y homosexuales y se amenaza con la escoba para limpiar España de esa ralea. El socialista Jiménez de Asúa había sido el presidente de la comisión parlamentaria que redactó la Constitución de la Segunda República española y representó al gobierno republicano en Polonia, Checoslovaquia y ante la Sociedad de Naciones durante la Guerra Civil. Tras la contienda, se exilió en Argentina. La revista falangista Letras le representa con las cejas depiladas, largas pestañas, labios pintados y fruncidos en forma de corazón, haciendo un gesto manierista con la mano izquierda, que hizo fortuna como representación canónica de la mano tonta de los homosexuales afeminados. Gassol, catalanista radical y hombre de confianza de Francesc Macià, había sido conseller de cultura de la Generalitat y autor de poemas, relatos breves y una novela. En Letras se le dibuja también con las cejas depiladas y los labios pintados, mostrando un libro, cuyo elocuente título es El sí de las niñas, de Moratín. Ambas imágenes aparecen en una serie de «ripiosas aleluyas», en las que se califica de «nauseabundo» a Azaña; de «esclavo de Stalin» a Negrín; de «vil» a Diego Martínez Barrio; de «masonazo» a Portela Valladares; de «grandísima bruta» a La Pasionaria; de «cretino» a Casares Quiroga y, en general, de «gente de mala calaña, que está traicionando a España» a todo el liderazgo republicano, al que se le augura: «Contra la plaga marxista, una escoba falangista». Redactadas por un tal Ventura y dibujadas por Duce (sic), el tono violento, ofensivo y amenazador de las páginas se corresponde a la arrogancia violenta con que los vencedores del conflicto civil se disponían a tratar a los perdedores, a los que se colgaba la acusación de ser homosexuales para añadir estigma y descalificación personal a su ideario.

Otra publicación de primera hora en que se traduce la actitud persecutoria de las autoridades franquistas hacia la homosexualidad fue un informe sobre moral en España[140], realizado a principios de los años cuarenta a instancias del Patronato de Protección a la Mujer. La institución era un organismo creado en 1941 con la finalidad de regenerar a las muchas mujeres que había dejado en la calle la Guerra Civil, a las que se recluía en centros dependientes de este Patronato. Para elaborar sus informes, la institución contaba con las fuentes que proporcionaba la Iglesia, las comisarías de Policía y cuartelillos de la Guardia Civil, así como con soplos de «personalidades de indiscutible prestigio». Se publicaron informes de moralidad pública entre 1942 y 1951, pero el que presumía de aportar más datos sobre la homosexualidad es el correspondiente al bienio 1943-1944. Son años en los que los redactores de la memoria ven un empeoramiento general de la moral en España, donde proliferan los bailes y degenera el comportamiento de las parejas en la oscuridad de las salas de cine, con sus nefastas consecuencias para el pudor femenino.

Pero había apartados mucho más alarmantes, como el referido a la homosexualidad. En las zonas fronterizas, como Guipúzcoa, la homosexualidad se extendía por influencia de «gentes llegadas de fuera», de Francia, mientras que en Álava, más al interior, la gente desconocía la práctica. En Valladolid, las autoridades no se dejaban engañar y sabían que la homosexualidad «alcanzaba gran extensión», pero para su frustración los gays no se dejaban coger fácilmente; en Palencia, por esos años, hubo un brote «que escandalizó a la ciudad» y en Zaragoza la policía tenía fichados a unos cincuenta o sesenta individuos de esa orientación. De Madrid no se dan datos y de Extremadura se propone una arriesgada conclusión: en Badajoz los homosexuales «hacen alarde de su depravación», mientras que en Cáceres ni han oído hablar de ella. Andalucía pecaba desigualmente. Entre los hombres de Huelva, el vicio estaba muy extendido; en Córdoba apenas había casos contados; en Jaén el pueblo pedía «rigor» con los pocos casos observados; en Granada apenas existía, y en Sevilla había un número «regular» de casos, afortunadamente en disminución «entre la clase obrera». La Memoria se completaba con la afirmación de que en Tenerife se había extinguido, mientras en las Baleares crecía entre los hombres y se daba mucho el lesbianismo entre las presas políticas en la cárcel de Ibiza. Lo peor de todo, sin embargo, era Barcelona, donde la «plaga de invertidos» se mostraba «sin recato por todas partes». El surrealista mapa de la homosexualidad a la española en los años 40 no dejaba, pues, de tener el efecto no buscado de informar a los homosexuales españoles sobre dónde «podrían mostrarse sin recato, con frecuencia y en todos los lugares».

Una aproximación, menos oficial, pero mucho más insidiosa, es el célebre ensayo de Mauricio Carlavilla, que firmaba como Mauricio Karl, titulado Sodomitas. Homosexuales, políticos, científicos, criminales, espías, etc., cuya primera edición es de 1956 y que para 1972 iba por la decimosegunda reedición, lo que da idea de que debió de ser libro de cabecera de toda una generación de gays, ávidos de oír hablar de sí mismos[141]. Autor de títulos como El enemigo: marxismo, anarquismo, masonería y El tenebroso Plan Koosevelt-Stalin, Karl asocia homosexualidad y comunismo y asiste al avance del vicio por todas partes. «La manada de fieras sodomitas, por millares, se lanza a través de la espesura de las calles ciudadanas en busca de su presa juvenil», alerta «Disfrazada de persona, la fiera sodomítica ojea entre el matorral abundante de las aceras su pieza preferida, el Cándido muchacho, lo más grato a su ávida pupila cuanto más inocencia lleva retratada en su fisonomía». Más adelante, Karl pronostica: «La alimaña sodomita, valida de su apariencia humana, una vez elegido el joven se le aproximará, entablará conversación con cualquier pretexto. Lo invitará en un bar, lo llevará a un cine». De ahí, sin duda, esos premonitorios carteles en los urinarios, para impedir que las alimañas sodomitas los usarán para aproximarse a jóvenes con la malsana intención de invitarles al cine.

Mauricio Karl veía homosexuales allá donde posara la mirada, o al menos, cuantos menos veía, más seguro estaba de que éstos merodeaban al acecho, al punto de que la calle era una amenaza para los niños guapos: «Vuestro hijo puede volver a casa corrompido, guardando su bochornoso secreto que nada delatará; la monstruosa relación continuará y, dada su edad, su instinto sexual se torcerá y será para siempre un invertido». Para reforzar la tesis de la maldad, el autor insiste en que homosexualidad y comunismo comparten el mismo fin destructor de la Humanidad: «El comunista es contrario a la familia por ser ella motivo natural de la propiedad individual. Y el sodomita es también su adversario por ser su sexualidad agenésica, estéril suicidio de la especie, como el comunismo es suicidio de la sociedad». La homosexualidad, incluso, acabará por subvertir el orden establecido de las clases sociales, pues la sodomía, si no es exclusiva de las clases privilegiadas, es en ellas donde más reina y, desde luego, desde donde más escándalo causa en el proletariado (…) Tal escándalo es aprovechado por el demagogo revolucionario para llevar a las masas a la revolución; por lo tanto, la sodomía de las clases aristocráticas, capitalistas y burguesas, quieran ellas o no, será siempre objetivamente comunista.

Pero, más que con esta delirante paranoia anticomunista, nos interesa quedarnos con la afirmación de que el homosexual es invisible y está en todas partes, una acusación que, a buen seguro, reconfortaría a muchos de sus lectores invisibles y omnipresentes. Para éstos también fue reveladora la difusión desde las páginas de Sodomitas… de los resultados del Informe Kinsey sobre la sexualidad humana, efectuado por un zoólogo de la Universidad de Indiana, que acababa de publicarse. Kinsey realizó 5300 entrevistas personales y 17.000 cuestionarios escritos, cuyas conclusiones arrojaban que un tercio de la población masculina estadounidense había tenido alguna experiencia homosexual. Para Karl, las cifras demostraban la relación que existía entre homosexualidad y violencia: «El estrago de la sodomía entre los adolescentes —¡un tercio!— patentizado en su estudio por Kinsey, nos hace pensar si tal homosexualidad no será la causa primera y esencial de tanta criminalidad juvenil». Es difícil saber si Carlavilla interpretó correctamente el éxito de ventas de su obra y lo acertado de alguno de sus augurios, como éste: «Nos hallamos en marcha hacia un mundo que será más y más homosexual o, en todo caso, en el cual los homosexuales vivirán a cara descubierta».

La coartada de la ciencia

Hasta que se cumpliera la profecía, sin embargo, los gays españoles se tendrían que conformar con sucedáneos de la realidad. En el consumo erótico de cuerpos masculinos, la mirada gay encontró tenue satisfacción sustitutoria en dos tipos de publicaciones: las revistas de musculación, en apariencia un canto a la hipermasculinidad, y la pseudo pornografía que ofrecían los libros de antropología. Esto último beneficiaba igualmente a la mirada heterosexual, que no encontraba legalmente más desnudos en que posar la mirada que los de las mujeres no blancas. En 1944, el cineasta Manuel Hernández Sanjuán viajó a Guinea por encargo del director general de Marruecos y Colonias, José Díaz de Villegas, para documentar la vida de los españoles en su parcela africana. Rodó más de treinta documentales, que quedaron olvidados en la Filmoteca Nacional y de los que tres fueron rescatados en 2006 por Pere Ortín y Vic Pereiró[142]. Uno de ellos, Balele, que retrata con gran calidad cinematográfica un baile tradicional fang en Evinayong, muestra con generosidad a mujeres danzando con los pechos descubiertos. Hernández Sanjuán se dio cuenta de la contradicción entre las costumbres ancestrales guineanas y la moral católica española, y pensó que las imágenes no se podrían mostrar en la metrópoli, pero asegura —en una entrevista reproducida en el libro— que los sacerdotes españoles de la colonia le dijeron que no era inmoral mostrar a las guineanas desnudas, puesto que así reflejaba bien la realidad del país colonizado.

La anécdota revela la doble moral oculta bajo la coartada antropológica, que permitía que el desnudo burlara la censura, si era «étnico», por el racismo de los censores. Y eso fue aplicable tanto a hombres como a mujeres. Los ejemplos pueden ser muchos. Sirva un libro del viaje de José María Viguera Cabredo[143] al Orinoco en 1968, donde se reproducían en color los pechos de las indígenas y los penes de los indios, mientras remaban en cueros por los ríos de la selva o se entregaban a la primitiva tarea de envenenar las puntas de sus flechas con curare. La antropología respondía a la demanda morbosa de una sociedad forzada a la hipocresía, mediante la treta de explayarse, en aras de la ciencia, en los detalles de la sexualidad de los pueblos exóticos y primitivos, apelando a la madurez del lector como herramienta intelectual que le permitía no escandalizarse. Algunos títulos publicados a finales de los setenta eran en realidad pornografía agazapada, que pasaba la censura gracias a esa etiqueta científica bajo la que se presentaba. Dos títulos del alemán Adolf Tüllmann, editados a principios de los años setenta por Círculo de Lectores, ejemplarizan esta afirmación. En V ida amorosa de los pueblos naturales[144], cuya primera edición alemana era de 1960, hay un capítulo sobre La homosexualidad y otras formas especiales que responde a la dualidad de condena y guiño a que hemos aludido antes:

En libros que tratan de naciones civilizadas, seguramente este capítulo llevaría por título 'perversiones' o 'desviaciones'; pero una obra dedicada a estudiar los pueblos naturales de la tierra con el serio propósito de intentar, por lo menos, hacer justicia a esas gentes, traicionaría su propósito con semejantes títulos.

En estas líneas introductorias se establecen las reglas de juego. Se admite, para el censor, la condena occidental «civilizada» de la homosexualidad, a la vez que se apela, como coartada, al paternalismo y la benevolencia del lector con la loable meta de «hacer justicia a esas gentes». El autor continúa asegurando: «Lo que constituyen perversiones en las naciones civilizadas, no todas las naciones no civilizadas lo consideran como tales». Aquí está el guiño al lector homosexual, al que se ofrece información sobre «su caso», manteniendo la condena aparente con la concesión a los heterosexuales, al emplear el término «perversiones». Hecho el sofisma, el autor se lanza a ganarse lectores con la conciencia tranquila, basándose en fuentes antropológicas de campo que a cualquier persona familiarizada con El antropólogo inocente de Nigel Barley[145] le resultarán hilarantes. Gracias a esta obra, se pudo saber en la España de Franco que 48 pueblos naturales «tienen como norma esta forma de sexualidad y la toleran» a su manera, que no es la occidental (esta última consistiría en «la masturbación recíproca o tocar con la boca las partes genitales del compañero», según el informe Kinsey, no según la experiencia del autor), sino mediante «la relación anal», que constituye «la forma más frecuente» de esta modalidad entre los pueblos naturales. ¿Y quiénes son éstos? Pues los asandes en el África central, los langos del África oriental, los siwas del África del norte y los tongas del África del sudeste, así como los wolofs del África occidental, todos ellos grupos que «viven de la agricultura». La excepción la ponen los hotentotes namacuas, que viven de la ganadería.

Y esto sólo por hablar de África. Porque la homosexualidad se practica asimismo entre yacutas del nordeste de Siberia y sus vecinos los coriacas; los reddis de la India meridional, los tingianos de la isla de Luzón y, especialmente, los habitantes de Nueva Guinea. En América del norte, la lista incluye a los creeks, los hidatsas, los hopos, los colages, los indios cornejas, los mandanes, los maricopas [de éstos se entiende], los menominis, los nascapi, los natchez, los navajos, los omahas, los otos, los papagos, los poncas, los quinaults, los seminales, los tubatulabals, los yumas, los yuroks y los zunis.

Aunque el autor matiza que «ven con malos ojos la homosexualidad los indios chiricauas, los klamaths, los kwaliutls, los ojibwes, los pimas, los sanpoils y los sinkaietks». La homosexualidad femenina estaba menos extendida, pero era frecuente entre «los hotentotes namacuas [¡otra vez los mismos!] y los haitianos, que debemos mencionar aquí porque se trata de negros, aunque viven en Centroamérica». El resto del capítulo en que se ofrece esta valiosa información antropológica de campo se ocupa, además de los homosexuales, de los siguientes epígrafes: la masturbación, la sodomía, el masoquismo, el sadismo, el exhibicionismo y el incesto. El poco espacio que ocupan las lesbianas en esta obra del erudito alemán lo ganan en su Vida amorosa en el Lejano Oriente[146], en el capítulo Formas especiales de sexualidad. Escrito después, el autor se siente más suelto con el tema y anuncia:

En algunos países culturalmente destacados se impone más y más la idea de que las manifestaciones de ciertas formas sexuales especiales como la homosexualidad, el transvestismo, etcétera, no pueden calificarse simplemente como perversión degradante.

Al no citar a los países «culturalmente destacados», el lector siempre podría hacerse la ilusión de que el suyo fuera uno de ellos. Tüllmann apelaba a «mostrar más comprensión y espíritu de ayuda hacia las personas de esa disposición», pero de nuevo nadaba entre dos aguas y, por si acaso, insistía en que esa comprensión «no significa la aceptación de esas diferencias en la orientación sexual», pues en nuestra cultura «siempre existió un desprecio hacia las formas anormales y las degeneraciones». Pagado el tributo a la autoridad conservadora, se lanzaba a pormenorizar las susodichas degeneraciones en China y en Japón en las páginas siguientes, páginas que —se siente, lector— no vamos a reproducir aquí.

Sí añadiremos, sin embargo, que la Historia, bajo su capa de ciencia social, sirvió también durante estos años de ámbito en el que referirse a la homosexualidad, gracias a su lejanía: en este caso, era el tiempo el que permitía el distanciamiento, mientras que para los mundos exóticos lo era el espacio. En este campo, vuelve a haber una cantidad inagotable de ejemplos, y Círculo de Lectores publicó títulos de pornografía blanda, situando el vicio en las galaxias de la remota antigüedad, como Las costumbres y el amor en la antigua Roma, de Herbert Lewandowski[147], historiador y sexólogo judío alemán. Amigo de Magnus Hirschfield, el pionero luchador de los derechos de los homosexuales cuyo centro fue clausurado por los nazis, Lewandowski (1896-1996) transmite una actitud distantemente respetuosa con la homosexualidad, una anacronía que en la España de Franco era aún una forma de burlar la censura. Gracias a este erudito alemán, en 1972 los lectores españoles pudieron saber, leyendo el capítulo Vita sexualis romanorum de esta obra que, para griegos y romanos, «la representación de un ser bisexuado no era monstruoso y también podía ofrecer un placer estético»[148]. Al fin, no dejaban de ser gente que, como Platón, ensalzaba la pederastia «en sus consecuencias espirituales», y que aceptaba, como los romanos, que «un homosexual llegase a ostentar los cargos más elevados». Incluso, aventura, «puede que el gran emperador Adriano fuese homosexual»[149].

El terreno de la zoología, por último, también produjo algunas joyas. En 1967, el zoólogo británico Desmond Morris publicó El mono desnudo, que casi inmediatamente se convirdó en un best seller internacional, gracias a una fórmula divulgadva que le permitía abordar el comportamiento de los seres humanos con el lenguaje desapasionado con el que la ciencia se refería a las especies animales. Una de las claves del éxito fulminante de El mono desnudo fue la descripción aséptica de las distintas modalidades de cópula entre el macho y la hembra de la especie humana, con una terminología científica que servía de coartada para unas detalladas descripciones casi pornográficas. En 1968, el lector español contaba ya con la primera edición en castellano de la obra, que conoció muchas reediciones[150]. Tras ocuparse del celo y el apareamiento entre especímenes humanos de distinto sexo, Morris abordaba la cuestión de «la fijación homosexual» con la frialdad del científico. Gracias a este empleado del zoológico de Londres, supo el lector español que los jóvenes monos machos «adoptan a menudo posturas femeninas sexualmente incitantes y son montados por machos dominantes que, de otro modo, les habrían atacado», pero estos casos sólo representan comportamientos homosexuales temporales, como cuando, a causa de una situación de aislamiento total, se ha podido observar que los machos carnívoros «han copulado con los recipientes de su comida».

Para Morris, los comportamientos sexuales similares en nuestra especie pueden ser «biológicamente ventajosos, porque pueden contribuir a evitar frustraciones sexuales», pero «en el momento en que dan origen a fijaciones sexuales, crean un verdadero problema». Morris no tiene nada en contra de los escarceos homosexuales en los internados escolares con «carácter de ensayo», siempre que cuando llegue el momento nos inclinemos a los comportamientos «biológicamente adecuados, y, entonces, el apareamiento se produce como un fenómeno normal heterosexual». Como zoólogo, Morris asegura que no puede «discutir las peculiaridades sexuales de la moral corriente», sino tan sólo limitarse a aplicar «una especie de moralidad zoológica, en términos de éxito o fracaso en la reproducción». Ello le lleva a concluir que grupos tales como los de monjes, monjas, solterones, solteronas y homosexuales permanentes son todos ellos anómalos desde el punto de vista de la reproducción. La sociedad los cría y ellos se niegan a devolverle el favor. De la misma manera, podemos decir que un homosexual activo no es más anómalo que un monje desde aquel punto de vista.

Sin embargo, Morris esboza una teoría original para condonar tanto la homosexualidad como la soltería empedernida: la amenaza de la superpoblación, que estuvo muy en boga entre los peligros que acechaban a la Humanidad en la época en que fue escrito el libro. «El aumento de densidad de población alcanza un punto extremo en que se destruye toda la estructura social», escribe. «Nuestra especie —añade más adelante— se encamina rápidamente hacia tal situación». En ese contexto, termina Morris, podría argüirse que la necesidad de reducir drásticamente el índice de reproducción destruye todas las críticas biológicas que puedan hacerse a las categorías no reproductoras, tales como frailes y monjas, solteronas y solterones empedernidos y homosexuales permanentes.

Juan Goytisolo parodió esta utilización espuria de la ciencia en un artículo publicado en Triunfo[151], titulado «Demos la vuelta de una vez a su miserable discurso», en el que invertía los términos, poniendo en evidencia el truco con mucha eficacia. Para ridiculizar el lenguaje antropológico, Goytisolo escribió: «Lévi-Strauss ha descubierto prácticas heterosexuales entre los indios del noroeste del Brasil, y el doctor Mabuse describe en su inolvidable testamento curiosas ceremonias de iniciación heterosexual entre los indígenas de Wallis y Futura». Similar tratamiento burlesco recibe la aproximación histórica al fenómeno:

Los jeroglíficos egipcios nos descubren su existencia [la de la heterosexualidad] desde la décimo cuarta dinastía y el libro sagrado de los mayas se refiere en más de una ocasión a las relaciones carnales de miembros de aquel pueblo con individuos de sexo distinto.

Y continúa:

Si nos atenemos al campo de nuestra civilización, los ejemplos son abundantisimos. En la Roma imperial, algunos poetas expresaron ya su insólita orientación amorosa en términos apenas velados y, según las crónicas de la época, Marco Tulio Cicerón redactó sus elocuentísimos discursos bajo el hechizo de «cierta bella persona (gratia in vultu) del sexo opuesto». Conocidos son los casos de Villon, lord Byron y Víctor Hugo, cuyos versos reflejan sin empacho las singulares preferencias de sus autores. Federico Nietzsche buscó igualmente satisfacciones eróticas en el otro sexo, y sus detractores achacan a dicha rareza su subsiguiente locura.

En nuestro país, añadía Goytisolo, a la lista de heterosexuales famosos que figuran en los manuales de literatura (Lope de Vega, Espronceda, Galdós), debemos agregar otros menos conocidos, descubiertos recientemente por eruditos e investigadores: según el profesor Caruso, de la Universidad de Chatanooga, Garcilaso e incluso el genial Cervantes (tengamos el valor de reconocerlo, aunque moleste a algunos) no fueron totalmente ajenos a esta extendida forma de anormalidad.

El lenguaje de los zoólogos, como Morris, tampoco salía mejor parado:

Los zoólogos han detectado su presencia no sólo entre los celentéreos, sino también entre búhos, delfines y calamares; en lo que toca a la mantis religiosa y su encarnizamiento después de la cópula con su partenaire del sexo opuesto, es un hecho sobradamente conocido para que tengamos que insistir en él.

El texto recuerda la amenaza de la cual alertaba Mauricio Carlavilla en Sodomitas cuando esgrimía la invisibilidad de los homosexuales:

Las frecuentes tentativas de trazar un retrato robot del heterosexual o de situarlo en determinados medios sociales han fracasado siempre. Exceptuando algunos casos patológicos, el heterosexual es un individuo de apariencia normal, que no se distingue a primera vista de los demás individuos de su sexo.

Escrita en los primeros tiempos de la Transición, la sátira de Goytisolo terminaba burlándose también del lenguaje paternalista que pedía compasión para el homosexual por su defecto: «En resumen, que debemos ser humanos y comprensivos, porque la heterosexualidad se produce en todos los grupos y familias, y nada nos garantiza que un día no tengamos que enfrentarnos con ella en nuestra propia casa».

Los trazos gruesos del estereotipo

En televisión, en las revistas musicales y en el cine, el espectador fue bombardeado asiduamente con la imagen del homosexual como grotesco, exhibicionista y exageradamente amanerado. Esa simplificación, que reducía al gay a la categoría del bufón, respondía a la única versión «políticamente correcta», en el sentido literal que el término adquiere en una dictadura. El ejemplo más denigrante lo ofrece la película No desearás al vecino del quinto, de 1970, dirigida por Ramón Fernández y protagonizada por Alfredo Landa, lo que la hacía aún más graciosa, ya que este actor representó durante su época dorada al prototipo del macho ibérico[152]. En el cartel anunciador, el vecino del quinto es un rubio de bote (se sabe porque las cejas son negras), que viste un traje lila y zapatos rojos a juego con un pañuelo, carga con un caniche en brazos y pone lo que se llamaba en la época la mano tonta, un gesto con el que, como vimos en Letras en 1939, se identificaba popúlar y maliciosamente al homosexual. El argumento de aquella producción de José Frade ironizaba sobre las posibilidades que tenía un ginecólogo de provincias para triunfar profesionalmente si adoptaba una imagen «afeminada» que le sirviera para burlar a los celosos maridos de sus pacientes.

Sin embargo, quienes más explotaron el icono reaccionario del sarasa amanerado fueron los humoristas gráficos. Lo hicieron en antologías de chistes de tamaño de bolsillo y calidad ínfima, pero lo hicieron también en revistas, como La Codorniz en las que nunca había dejado de latir una cierta oposición elegante e irónica al Régimen, por lo que sufrió diversos cierres y multas. La revista llegó a publicar un texto supuestamente gracioso en el que se ofrecían diez claves para descubrir a un marica entre las que recuerdo, de memoria, tres: agacharse a recoger una cosa del suelo flexionando las rodillas como las mujeres, ser ancho de espaldas y estrecho de culo y fumar con la mano derecha. En 1973, un personaje que parece copiado del cartel de No desearás al vecino del quinto protagoniza un chiste de Madrigal[153]. A la melenita rubia se añaden nuevos elementos esterotípicos, como la caída de ojos, una pierna alzada a la manera de los bailarines de ballet clásico y un foulard al viento. Tras él, que corre aleteando, una mujer jamona, como mandaba el canon de belleza ibérica, y minifalda de las que van pidiendo guerra, le increpa: «¡Caballero, si sigue no molestando voy a llamar a un guardia!» No tan gracioso, si se recuerda que los guardias detenían regularmente, y los jueces encarcelaban con la misma regularidad, a los homosexuales, cuya orientación estaba castigada con penas de prisión por la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, que sustituyó a la de Vagos y Maleantes en 1970.

Como eran los años del post mayo del 68 y de los hippies, el estereotipo se amplió con la inclusión de un nuevo modelo caricaturesco de gay, que unía las pestañas rizadas y la pose ambigua a una vestimenta californiano-pacifista, con zapatos multicolores de plataforma, pantalones campana, pechuga al descubierto, guitarra y pulseritas étnicas, como el que aparece en la portada de la que se anunciaba como «la revista más audaz para el lector más inteligente» el 15 de julio de 1973[154]. Es llamativo que la carga de homofobia la heredaran sin pensarlo las revistas de humor que aparecieron en los últimos años del franquismo, semanarios con vocación decididamente opositora y cuyo público era claramente de izquierdas, como Hermano Lobo, que nació, con cien mil ejemplares de tirada, el 13 de mayo de 1972[155]. El tema de la homosexualidad se trata en una de las entregas de la sección fija titulada «Opiniones de Mac Arra». El título era «Inversiones e invertidos»[156]:

¿La inversión? —se pregunta Mac Arra—. Pues, hombre, yo, usté ya méntiende, estas cosasss son de un delicado, porque si uno es sarasa, o sá, como se dice de la cáscara amarga o inversito, que les llaman, o sá, los fino, pues con su pan se lo coman, que yo, masho, soy mu masho, mehorando lo presente, pero pa mi qu'er mariquita, o loca, pues si, un por ehemplo, no le soba mayormente a los menores, que le disen el piederasta, masomeno, pues son, al iguar que los negro, hiho é Dios, y antose si se está en lo suyo y se va conlasotra locasss, puesoye, ayá el. Lo más peor es si se mete con los shicos pequeño no están todavida en lo qu'están ni saben si pelo o si pluma y los invierten a eyo también…

El texto no es, sin duda, una defensa de la Ley de Peligrosidad Social, y en el medio y momento en el que se publicó constituía incluso una tibia defensa del derecho a la libertad de «las locasss», pero abordando el tema con distanciamiento —el autor se confiesa muy macho para disipar las dudas—, calificando a los homosexuales de invertidos —y por tanto de anormales— y rompiendo una lanza a favor de la protección de nuestros menores para que no se contagien. En el mismo número, más adelante, aparecía en una página par un agujero de cerradura negro con la siguiente recomendación: «Acerque su ojo derecho a la cerradura. Si no ve nada, dé la vuelta a la página y, en su mismo lugar, podrá ver claramente hasta dónde vamos a llegar con estas libertades». Al pasar la página, el lector se encontraba en el mismo espacio con una viñeta en negro, obra de Summers, donde dos bocadillos entablaban el siguiente diálogo:

—¡I love you, Ramón!

—¡Yo también te quiero, Sebastián!

Era la versión del también cineasta Manuel Summers de un popular y zafio chiste escolar de los muchos que servían para denigrar a los gays desde la tierna infancia. Summers es uno de los humoristas de Hermano Lobo que más transita por el terreno de la homofobia[157]. En una doble página[158], narra la historia de El hijo rana de Supermán quien, tras ser violado en la infancia por un sirviente negro con taparrabos y hueso en el pelo, por si faltaba algún tópico, se dedica a cazar por los prados «mariposas vagorosas ricas en tintes y en olores», a mirarse en los espejos y a plancharse el traje para horror de su padre, hasta que recibe un telegrama de Pasolini —que ya había estrenado Los cuentos de Canterbury, prohibidos en España— quien le cita en el local Drugstore de Madrid, lo que en 2007 es el Vips de la calle Fuencarral, cuya barra del fondo era en esos años lugar de encuentro nocturno de homosexuales. Y, como Summers, Perich[159] y Chumy Chúmez[160] y, sobre todo, Forges, que añade a la caricatura del mariquita un lunar en la mejilla y uñas pintadas, como The famous sisters brothers[161], o en personajes que son piratas que buscan diademas de diamantes[162], boxeadores con tutu[163], transeúntes maquillados en busca de un taxi que los ignora[164], bañistas con bolso[165], náufragos a los que sus compañeros de tripulación abandonan en una isla desierta por besucones[166], examinadores de oposiciones que cambian notas por secretos de maquillaje[167], gladiadores que interrumpen la lucha a muerte para lucirse como cupletistas ante el público del circo[168x] y así sucesivamente (véase Anexo 1, ils. 1-8).

Noticias graciosas

El linchamiento gráfico discurría paralelo al informativo. Los diarios y semanarios de información general reforzaban la asociación popular entre homosexualidad y marginación en las informaciones sobre redadas policiales, los artículos de opinión sobre los gays y las noticias relacionadas con la homosexualidad en otras latitudes por entonces mucho más permisivas —y democráticas— que España. En El moviment gai a la clandestinitat del franquisme (1970-1975), Armand de Fluvià[169] ofrece una primera y valiosísima aproximación al estudio del tema. El autor recoge noticias aparecidas en la prensa desde 1954, cuando la revista El Español habla, el 13 de febrero de ese año, del Informe Kinsey sobre sexualidad (al que, como hemos visto, también aludiría Mauricio Carlavilla en su Sodomitas…). Con el mismo punto de vista que Karl, la información, titulada Una internacional cuyo nombre no pude darse, considera que la internacional pederasta «parece amenazar el mundo y ofrece un cauce y un caldo bastante favorable a los manejos marxistas». El texto instaba a los hombres de verdad a protegerse contra esa ofensiva «contranatura» de individuos que eran pervertidos sexuales, tarados, masones, despreciables, desviados, y abominables. Recoge también Fluvià la reacción de Tele/Express del 13 de mayo de ese año a la despenalización de las relaciones homosexuales entre adultos, que aprobó el Parlamento británico en 1966: «Al margen de creencias religiosas, morales o sociológicas, existen lacras y vicios rechazados de siempre y con repugnancia por la humana condición…» Por tanto, sigue el artículo, autorizar esas lacras «o por lo menos admitirlas, con el carisma de una ley, nos parece, sencillamente, monstruoso».

Una reacción que casi parece tibia con las propuestas de otro periodista, Enrique Rubio, director del semanario de sucesos Por qué, quien considera en ese mismo año que la homosexualidad es un asunto «más delictivo que un atraco a mano armada y tan punible como un homicidio», por lo que pide: «Antes de que prospere la 'Generación de los tumbados', levantémosla a palos». «Mano dura a quienes de negocios tan repugnantes quieran vivir. Españoles y hombres-hombres, lo exigimos de aquellos que tienen la obligación de velar por todos nosotros», termina Rubio. Por qué. Semanario nacional de sucesos y actualidades siguió echando leña al fuego de la hoguera en la siguiente década. Amistado con la policía, Enrique Rubio publicaba fotos exclusivas que le proporcionaban los comisarios; instantáneas tomadas tras la detención de homosexuales en redadas en bares y servicios. El 21 de marzo de 1973, la portada de Por qué mostraba tres fotografías de otros tantos detenidos en la discoteca Los Tarantos, de Sitges, donde se divertían vestidos de mujer. Con las manos detrás, en actitud sumisa, una raya negra ocultando sus ojos, recortados contra un fondo blanco por el flash de la cámara, los detenidos llevaban el traje y la peluca con que se habían vestido y eran expuestos a la vergüenza pública desde todos los quioscos de prensa. Aquel caso, al que también se refiere Armand de Fluvià[170], se hizo tristemente célebre precisamente por el tratamiento espectacular y ejemplarizante que recibió de los medios de comunicación, no sólo de Por qué, aunque ninguno con tanto lujo gráfico.

El reportaje, firmado por Javier Peña, constituye una antología del prejuicio. Para los detenidos, escribe, «todo el año es carnaval» y «los doce meses del año son buenos para maquillarse, pintarse, depilarse, cuidar su melena o su peluca, calzar altos tacones, usar medias, y ponerse collares y pulseras. Se sienten más ellas que ellos». Una parte de la culpa del confusionismo, para Peña, es que las corrientes de la moda parecen creadas para satisfacer a los afeminados o para «camuflar a las machorras». Pero la mayor parte de la responsabilidad la tienen los homosexuales y las lesbianas, porque en eso la ciencia es clara, y cita al ginecólogo madrileño Sopeña, que declaró al diario Arriba: «El niño nunca nace homosexual». Además, la homosexualidad tiene impulsores, como los artistas populares, que «contagian y corrompen a chicos imberbes que sueñan con llegar a ser artistas como aquéllos». A otros los corrompen los homosexuales adinerados que se llevan a los jóvenes a conocer el mundo «en viajes a todo confort». A pesar de que a los homosexuales les acosan chantajistas y jóvenes que les roban y dan palizas, ellos arrastran estos peligros; saben que les acechan peligrosos enemigos, pero su desviación moral es tan fuerte que nada les detiene a la hora de dar rienda suelta a sus vicios. Atacan a los niños, buscan ávidamente a los jovencitos y se unen con otros invertidos y con la fuerza tremenda de cualquier mafia, que en este caso es internacional y está sólidamente apiñada.

Éste es el prólogo de la noticia, acompañado de más fotos de detenidos sometidos a la infamia con pies como éste: «Pues, sí, señor. Así andaba por Sitges y por la "discotheque" este grueso caballero que viste tan original y sugestiva prenda… luciendo una linda melenita rubia». El pie se refiere a un hombre en bañador de mujer. Todos los detenidos aparecen con peluca y sin peluca, de frente y de espaldas. En la reconstrucción insidiosa de los hechos, el periodista pretende que la Guardia Civil detuvo a los homosexuales sin saber que eran hombres, sólo por el escándalo que armaban y del que se quejaban a los vecinos, y que su verdadera identidad sólo se desveló en el cuartelillo, cuando fueron preguntados por sus nombres y resultaron ser Alberto, Antonio, Matías, Jorge… No sólo las fuerzas de orden público habían tomado a los gays por mujeres, sino hasta el dueño de la discoteca…. Los detenidos eran un camarero de Mallorca, un modisto de La Bisbal y administrativos y estudiantes de Barcelona. Puestos en libertad provisional, y a la espera de que el juez dicte sentencia, el periodista anima a los lectores:

>Entreténganse contemplando las fotografías de las detenidas, o los detenidos; podrán apreciar que cuidaron el detalle para mejor disfrutar unas jornadas de carnaval, que quizás para ellos sean diarias, porque todo el año sea carnaval…

Por qué sigue en la línea con la noticia de los chantajes en los urinarios de la plaza de Cataluña y da amplia cobertura a la manifestación del orgullo gay de Nueva York, al asegurar que se han reunido ese año más de 20.000 mariposos y miembros del gay power. «¡El colmo! 20.000 homosexuales se manifiestan en Nueva York»[171]. Una información valiosísima sobre el pase a la ofensiva de quienes eran tratados como basura, entre otros, por esa misma revista que se dedicaba al linchamiento moral. Enrique Rubio, que da la información, empieza así su crónica:

La evolución de la homosexualidad es una de las cosas que en estos últimos años está dando un mayor auge en la loca carrera que el mundo emprende hacia una degeneración, si no total, sí por lo menos abundante[172].

Quizá no era tan mala noticia.

El difícil pulso de la Transición

Hubo que esperar a la muerte del dictador para que la homosexualidad fuera objeto de tratamiento informativo digno en publicaciones de izquierda, aunque no de partido. El teólogo Enrique Miret Magdalena[173], en un artículo publicado en Triunfo, titulado «Reflexiones sobre el problema homosexual», hizo una aproximación aséptica, pero respetuosa, al tema al hilo de la publicación en España de El problema homosexual del sacerdote francés Marc Oraison. Ante la pregunta de si la homosexualidad es una enfermedad, Miret Magdalena aboga por responder «sin frases hechas ni simplismos, a la luz de una moral científica». En mayo de ese mismo año, Triunfo da cuenta de la celebración en Valencia de un congreso internacional de homosexualidad[174]para estudiar la marginación del gay «a través de un prisma cristiano». El 1 de octubre de 1976, apareció el número 1 de El Viejo Topo, una revista mensual de pensamiento cuyo primer director fue Francisco Arroyo, apodado por Claudi Montañá, Miguel Riera y Joseph Sarret y con un innovador y sorprendente diseño gráfico de Vivas. Con la colaboración de firmas que eran o se harían pronto conocidas, como J. M. Carandell, el colectivo Pipirijaina, Félix Fanés, Biel Mesquida, Quim Monzó, Jordi Teixidor o Fernando Savater, entre otros. El Viejo Topo fue una publicación de izquierda —de venta en los quioscos— que se convirdó en breve en un mensual de referencia, en el que la lucha por la defensa de los homosexuales fue uno más de sus campos informativos. Con el aséptico título «Nuevo Frente Homosexual», se informaba de la reciente creación del Front d'Alliberament Gai de les Illes, que se sumaba a los de Cataluña y Valencia para integrar el «Front d'Alliberament Gai dels Països Catalans». La noticia está redactada de forma plana y se limita a informar de los doce puntos reivindicativos de los colectivos homosexuales militantes españoles. Pero lo novedoso no es el contenido, sino el tratamiento desideologizado que se da a la información, cuando todavía los partidos políticos españoles de izquierda se resisten a que los derechos de los homosexuales figuren en su programa.

Las cosas, sin embargo, estaban cambiando. En febrero de 1977, Eduardo Haro Ibars publicó un texto[175] titulado El camino hacia la libertad del cuerpo, en el que denunciaba la coacción social que obligaba a los homosexuales a refugiarse en guetos para escapar a la persecución. Pocos meses después, Barcelona asistió a la primera manifestación del orgullo gay celebrada en España, que, de nuevo según Triunfo, «ha sido el detonante que ha puesto en evidencia la cantidad de homosexuales que hay en España y que están dispuestos a salir a la calle»[176]. En mayo de 1977, a un mes de las primeras elecciones generales libres en España desde febrero de 1936, El Viejo Topo dedicó un dossier a la homosexualidad, en su octavo número, que empezaba así: «Homosexualidad: Palabra que cuadricula con una sola significación unas conductas sexuales afectivas, unos flujos, unas prácticas sexuales que poseen diversas significaciones y múltiples sentidos». El dossier incluye un artículo genérico de Cario Frabetti titulado «Los homosexuales, marginación y rebelión», que se ocupa de la reciente historia del movimiento gay (está escrito sólo ocho años después de la revuelta de Stonewall, en junio de 1969 en Nueva York); un texto de Teresa Inglés sobre «Lesbianismo y feminismo»; una entrevista al secretario general del FAGC, que ocultaba su identidad y su rostro tras un ejemplar del boletín Aghois, y un cuestionario sobre la homosexualidad a algunos partidos políticos de izquierda. En los números sucesivos, en El Viejo Topo destacaría por sus artículos sobre el tema la firma de Héctor Anabitarte[177].

Los primeros pasos hacia la visibilidad se estaban dando, pero con muchas dificultades porque los partidos políticos democráticos, por miedo a que la sociedad no se tomara en serio sus reivindicaciones, se alejaban como de la peste del «problema homosexual». Para hacerse una idea de la reticencia de la izquierda en aquel momento a dejarse «contaminan» por las reivindicaciones de los colectivos homosexuales, es útil repasar las reacciones de los partidos políticos recogidas en el libro Los partidos marxistas. Sus dirigentes/Sus programas, a cargo de Fernando Ruiz y Joaquín Romero[178], del que hay una selección de citas en Triunfo[179]. El portavoz de la OICE, Diego Fábregas, aseguraba que «se recurre a la homosexualidad por no ser capaz de afrontar otras responsabilidades», aunque, en una muestra de generosidad, matizaba: «Estoy de acuerdo en que, aunque (no hagamos una liga de defensa, [la homosexualidad] no sea reprimida». Manuel Guedán, de la ORT, estaba seguro de que «Es una alteración de la sexualidad». Pero como el anterior, no creía que hubiera que reprimir la homosexualidad «de una forma policíaca o física. Hay que buscar la fórmula de solucionar estos problemas que son una enfermedad con origen en causas distintas y que pueden requerir tratamientos de diversos tipos». Para Eladio García, del PTE, las causas de esta «degeneración en la vida» estaban claras, no eran culpa del individuo: «Como marxista-leninista no puedo pararme en la condena de un hombre, sino que debo ir a las condiciones que hacen posible la extensión de la homosexualidad». Para su partido, había que acabar con todas las causas que provocan la homosexualidad: razones económicas, capitalistas, en cuanto a degeneración y a los motivos que pueden originar también que un hombre, por defectos físicos congénitos, sea asexual, marginado y no se adapte para vivir perfectamente en la sociedad.

Y no eran sólo los partidos comunistas a la izquierda del PCE quienes pensaban así. Enrique Tierno Galván, entonces líder del PSP, que posteriormente se integraría en el PSOE, sostenía que «La homosexualidad debe ser corregida porque realmente no responde a los principios de una sociedad estable tal como se entiende». Aunque hay que recordar también que Tierno Galván pedía «mucha comprensión. Se trata de personas que han desviado los instintos bien por razón biológica, por razón social o, en muchos casos, porque no han tenido un tratamiento psiquiátrico a tiempo».

Paralelamente, otro fenómeno cultural, el cómic underground[180], había comenzado a minar la tradicional representación gráfica negativa del homosexual, subvirtiéndola de forma desafiante y ofreciendo un contramodelo que iba a hacer fortuna en los primeros años de la Transición[181]. La revista fundacional del cómic underground español fue El Rollo enmascarado. La portada del primer número, obra de Josep Farriol, presentaba a un personaje de cabello enmarañado, que chupaba un polo de innegable aspecto fálico, con una estética muy similar a la de los antihéroes del dibujante norteamericano Robert Crumb, que influyó en la primera generación de artistas españoles del underground. La temática de las historias tenía tres argumentos, según ha escrito, en Memorias del underground barcelonés, Onliyú, el nombre artístico de José Miguel González Marcén, redactor jefe de El Víbora: «La crónica de la ciudad, más o menos canallesca y pobre; las virguerías gráficas emparentadas con la ingestión de LSD y, sobre todo, las ganas de follar»[182]. Destacó en esta corriente el sevillano Nazario Luque, creador de la serie Sábado, sabadete, que mostraba el mundo del deseo que se liberaba cuando llegaba el tiempo semanal de ocio. En una composición similar a la literaria Ea colmena, de Camilo José Cela, Nazario hacía un retrato plural —y lo plural incluía con generosidad a lo homosexual— de la sociedad de Barcelona en las salas de estar, en coches, parques, callejones oscuros, bares y cines. El dibujante ponía en evidencia con acidez los trucos de los seres humanos para ligar, la hipocresía y las mentiras que se contaban las parejas, el mundo latente de las pasiones bajo la apariencia calmada y ordenada de la superficie y al incluir a los homosexuales les homologaba en la normalidad. Para Onliyú, Sábado, sabadete «no era sino un demoledor canto a la calentura colectiva y frustrante de los fines de semana».

Tras la muerte de Franco, dos mundos paralelos coincidieron en el espacio social español en pugna por imponerse. Uno, el del entramado legislativo de la dictadura; otro, el de la lógica de la libertad llevada hasta sus últimas consecuencias. Mientras El Viejo Topo publicaba su dossier sobre la homosexualidad y las publicaciones underground ofrecían una imagen normalizada del homosexual en su subcultura, en la calle seguía vigente la Ley de Peligrosidad Social, que penalizaba su orientación. Mientras Nazario se paseaba vestido de mujer por Las Ramblas, muchos gays seguían siendo condenados a penas de tres meses de prisión en las cárceles de Huelva y Badajoz, una amenaza de la que se hacían eco las historietas del cómic underground.

En enero de 1978, El Viejo Topo publicó un artículo de Federico Jiménez Losantos, Literatura y cultura gay[183], en las que el joven periodista conversaba con Alberto Cardín, que acababa de publicar Delante por detrás, y Biel Mesquida, autor de Puta Mares (ahí). En la introducción a la doble entrevista, Jiménez Losantos escribió:

Mientras la cultura oficial de izquierdas sonríe permisiva y reitera un discurso bonachón y populachero, hay quienes se empeñan en no considerar lo gay dentro del destapismo costumbrista, sino como una de las bases de la nueva cultura en la España de la Restauración.

Justo un año después, se modificó la Ley de Peligrosidad Social para despenalizar la homosexualidad por la que, según los archivos de la Dirección General de Instituciones Penitenciarias, sólo quedaban dos «homosexuales peligrosos en la cárcel en abril de 1978[184].

Los estereotipos gráficos y literarios no desaparecieron de la noche a la mañana de los medios de comunicación, especialmente de los más sensacionalistas, pero el boom cultural de los ochenta, primero en Barcelona y después en Madrid, puso los cimientos de una imagen positiva y normalizada de la homosexualidad y el lesbianismo. Excede los límites cronológicos de este texto adentrarse en ese terreno, pero baste recordar las primeras películas de Pedro Almodóvar —Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), Laberinto de pasiones (1982), La ley del deseo (1986)—, o publicaciones como Anarcoma[185], de Nazario, protagonizada por un detective travestido y antifascista que desenmascara siniestras tramas en Barcelona, y la revista La Luna de Madrid, que nació en 1983, donde hizo historia el cómic Manuel[186], en el que el dibujante Rodrigo narraba sin palabras una historia de amor entre dos hombres que vivían su romance por las calles y bares del centro de Madrid a plena luz, con un tratamiento lírico y positivo sin precedentes. Entretanto, en el Ayuntamiento de la capital, un Enrique Tierno Galván rejuvenecido se desentendía de sus prejuicios, hacía —como el país— tabla rasa con su propio pasado y respaldaba institucionalmente desde la alcaldía la cultura de la tolerancia encarnada en La Movida. Lo peor había pasado.