Cabeza de Vaca, explorador a la fuerza
El día 17 de junio de 1527, salió del puerto de Sanlúcar de Barrameda la expedición que, mandada por Panfilo de Narváez, llevaba como misión la conquista de las tierras comprendidas entre el río Palmas y el cabo de Florida, en la península del mismo nombre. La empresa, que fracasaría al poco tiempo de salir, fue, para uno de aquellos expedicionarios, el origen de la aventura más extraordinaria que ningún español sufriera en el Nuevo Mundo.
En efecto, entre los seiscientos hombres que componían la expedición —embarcados en cinco navíos—, viajaba Alvar Núñez Cabeza de Vaca en calidad de tesorero y alguacil mayor.
Cabeza de Vaca, que por entonces contaba unos veintisiete años, regresó de América en 1537, diez años después de iniciada la expedición. Para dar cuenta de la misma, así como para explicar al emperador Carlos I las razones de su desaparición durante aquellos años, escribió sus Naufragios, relatos por los que conocemos la insólita aventura de este explorador sevillano.
Desde los primeros momentos, la empresa iba a verse perseguida por la desgracia. Llegados a Santo Domingo, donde hubieron de hacer una larga parada para proveerse de lo más necesario, los expedicionarios perdieron unos ciento cuarenta hombres, que decidieron desertar ante las prometedoras riquezas que allí había. Días más tarde, en Santiago de Cuba, Narváez pudo encontrar nueva tripulación, sin que esto significara que la suerte le había cambiado.
A cien leguas del puerto de Santiago, estaba la ciudad de Trinidad; en ella tenía cierto gentilhombre unos valiosos equipos que sin duda podían ser de gran utilidad a Pánfilo de Narváez, que aceptó enviar a por ellos.
Al llegar al cabo de Santa Cruz, el gobernador Narváez decidió sin embargo que se adelantasen dos navíos hasta Trinidad, mientras los otros cuatro (existían ahora seis, puesto que uno había sido adquirido en Santo Domingo), se quedaban allí esperando. En una de aquellas naves fue Alvar Núñez Cabeza de Vaca, y en la otra el capitán Pantoja. Este fue quien, una vez en Trinidad, se adentró en la ciudad dejando a Cabeza de Vaca a cargo de las naves.
Los pilotos de las embarcaciones estaban inquietos: un amenazador viento del sur hacía aquel lugar cada vez más peligroso. El día siguiente, amaneció encapotado y lluvioso, de modo que ninguno de los hombres de la tripulación deseó salir de la nao. Una carta, entregada por un mensajero a Cabeza de Vaca, le pedía que, como tesorero y alguacil mayor, se presentase en la villa, puesto que con ello serían más fáciles los trámites de la entrega de los equipos que habían ido a buscar. El alguacil, sin embargo, se negó a ello por no parecerle prudente dejar solas las naves.
A mediodía se presentó de nuevo el mensajero con otra carta en la que, en términos más apremiantes, se le pedía lo mismo que en la primera. También estuvo ahora Cabeza de Vaca dispuesto a negarse, pero la insistencia de sus propios pilotos le hizo marchar. Tenían miedo a que el viento arreciase más, con lo que las barcas se pondrían en grave peligro, y pensaban que, partiendo también el alguacil, la gestión de los equipos se llevaría a cabo con más prontitud.
Así lo hicieron, y de aquel modo salvó la vida Cabeza de Vaca, puesto que, apenas pasada una hora desde que desembarcara, un terrible huracán azotó la región. En la ciudad, las casas se derrumbaron ante el tremendo empuje del viento, el agua no cesaba de caer, y los hombres, sin tener dónde cobijarse, se abrazaban unos con otros formando grupos más fuertes para que la tempestad no se los llevase. En las embarcaciones, el panorama era mucho peor: el viento, que venía en dirección norte, azotaba los navíos por la proa lanzándolos hacia arriba sin que nadie fuera capaz de dominarlos.
La tormenta duró toda la noche. Cuando el nuevo día amaneció algo más tranquilo, Cabeza de Vaca fue a buscar los navíos con un grupo de hombres; sin embargo, lo único que encontraron fueron las boyas, que evidenciaban que tripulantes y embarcaciones se habían perdido. Fue inútil la búsqueda que llevaron a cabo los expedicionarios por la costa y más tarde por el cercano monte. En éste, se encontraron los únicos restos de la tripulación: dos hombres, desfigurados por los golpes de tal modo que no pudieron ni reconocer quiénes eran, un bote salvavidas, y algunos restos de cajas y embalajes. Con los dos navíos se habían perdido sesenta hombres y veinte caballos. La desgracia, sin embargo, tampoco iba a detenerse allí.
El pueblo había quedado, como ya hemos dicho, desolado: las casas destruidas, los árboles arrancados de cuajo o caídos entre los edificios, los campos de cultivo devastados... Muchas de las provisiones del pueblo, así como buen número de cabezas de ganado, se perdieron. El hambre, pues, sobrevendría en cualquier momento si no se ponía remedio.
De las dos naves que Pánfilo de Narváez, gobernador de Florida, había enviado a proveerse a Trinidad, sólo quedaban treinta hombres vivos —los que marcharon de ellas apenas llegaron a la ciudad— sin equipos ni alimentos.
El 5 de noviembre de aquel mismo año llegaba por fin el gobernador a la ciudad de Trinidad. A pesar de que también él había tenido serias dificultades a causa del tiempo, pudo conservar sus cuatro naves, en las que se metieron todos con ánimo de continuar viaje. Sin embargo, la tripulación estaba medrosa: el ciclón pasado era un aviso de lo que sería aquel invierno, y pidieron permanecer allí unos meses hasta que llegara la primavera. Aunque ello no era del agrado de Narváez, finalmente el gobernador aceptó y decidieron invernar allí en espera del buen tiempo.
Envió a Cabeza de Vaca con los navíos y la gente para que los condujese al puerto de Xagua, a doce leguas del lugar, y allí permaneció el alguacil mayor hasta el 20 de febrero del año siguiente.
Cuando Pánfilo de Narváez llegó al puerto de Xagua con un bergantín, emprendieron de nuevo viaje. La embarcación en cuestión había sido adquirida por el gobernador en la ciudad de Trinidad.
Nuevas tormentas retrasaron la expedición, que finalmente pudo desembarcar en Florida el 12 de abril, es decir, unos 52 días más tarde.
Narváez decidió internarse en tierra para explorar y averiguar lo que en ella había. A tal fin, llevó consigo al comisario, al veedor[3] y al propio Cabeza de Vaca, junto con cuarenta hombres, seis de ellos a caballo. La exploración sirvió apenas para descubrir una amplia bahía; a su regreso, el bergantín fue enviado a La Habana a buscar otra nave, mandada por Álvaro de la Cerda para que llegase allí con los nuevos equipos.
Sin embargo, y aunque permanecían a la espera de estos refuerzos, se adentraron en tierra. El primer encuentro que tuvieron con los indios fue tranquilo: cuando llevaban unas horas de camino, costeando la bahía, divisaron cuatro indígenas. Los españoles no habían visto todavía maíz en aquellas tierras —alimento de socorro muy estimado por los exploradores—, y enseñaron algo de lo que ellos llevaban por ver si los indios lo conocían. En efecto, así fue, y los pieles rojas les condujeron a su pueblo, cerca de allí, donde les mostraron unas abundantes plantaciones todavía no listas para ser recogidas. Lo que más sorprendió a los exploradores fue ver que, dentro de unas cajas de origen español, de gran tamaño, habían metido cuerpos muertos cubriéndolos después con pieles de venado. Narváez, a quien todo aquello pareció idolatría, ordenó que se incendiasen aquella especie de féretros sagrados.
Encontraron, asimismo, varios objetos que llamaron su atención, sobre todo oro. Preguntados los indios que de dónde lo habían obtenido, respondieron que de una provincia llamada Apalache que estaba no lejos de allí.
Todos marcharon en la dirección que los indios explicaron, y a unas doce leguas hallaron unos magníficos campos de maíz ya maduros. Después de este descubrimiento, resolvieron regresar donde habían dejado al resto de la gente con los navíos.
Era el 1.° de mayo. Habían transcurrido once meses desde que la expedición saliera de Sanlúcar de Barrameda y, a pesar de las desgracias ocurridas, todavía no había comenzado el verdadero drama.
Aquel día, Pánfilo de Narváez reunió a algunos de los principales de la expedición y les comunicó sus intenciones: se adentrarían por tierra, mientras los navíos, con los pilotos y tripulación imprescindible, irían bordeando la costa hasta encontrar un lugar seguro donde atracar, puesto que aquél no lo era. Los pilotos, por su parte, afirmaron no estar muy lejos del puerto de La Palma.
Cabeza de Vaca, sin embargo, no estaba de acuerdo con aquellos pronósticos.
—De ningún modo —afirmó— pienso que se deban dejar los navíos antes de que se encuentre un puerto seguro. Es probable que los pilotos, aunque piensan que están orientados, se equivoquen y en realidad todos ignoremos dónde nos hallamos.
Añadió además el alguacil mayor que desconocían por completo la lengua que allí se hablaba y las costumbres de aquellas tierras vírgenes. Como tesorero, conocía también las posibilidades materiales de que disponían, y anunció que, si se adentraban en tierra, apenas podrían disponer cada uno de ellos de una libra de bizcocho y otra de tocino. Estas y otras razones fueron desoídas por los demás, que continuaban pensando que estaban cerca de Pánuco, en Méjico.
Cuando Cabeza de Vaca afirmaba la posibilidad de que estuvieran equivocados respecto al lugar donde se encontraban, no se equivocaba. Sin embargo, el gobernador, lejos de oír sus consejos, le dijo que, puesto que era tan poco amigo de internarse tierra adentro, se quedase él con los navíos.
Cabeza de Vaca, a pesar de la insistencia de Pánfilo de Narváez, no aceptó. Aquel mismo día salieron los expedicionarios hacia tierra. Trescientos hombres componían el grupo, cuyas provisiones se reducían a dos libras de bizcocho y media de tocino por persona... Cuarenta de ellos iban a caballo.
Durante quince días apenas encontraron nada de comer, por lo que el hambre comenzó a hacer presa en todos ellos. Por fin, divisaron un grupo de indios, unos doscientos, con los cuales se hizo entender el gobernador Pánfilo de Narváez.
Aquellos indios no parecían belicosos; antes, por el contrario, condujeron a su poblado a los españoles, y allí les ofrecieron maíz, pudiendo de aquel modo saciar todos el hambre que ya los torturaba.
Cabeza de Vaca, sin embargo, continuaba preocupado por los navíos: era necesario marchar hacia el mar si querían recuperarlos. Narváez, a quien la insistencia del alguacil importunaba cada vez más, le envió a él con una cuarentena de hombres a que buscaran un puerto en el que pudiesen haber atracado las embarcaciones. Cabeza de Vaca obedeció las órdenes, y después de caminar hada el mar durante varios días, regresó a notificar al gobernador que un río no vadeable impedía continuar la expedición. Se adelantaron entonces un capitán y setenta hombres, siete de ellos a caballo, y a su regreso comunicaron que, siguiendo el río habían llegado hasta el mar, mas durante varias horas anduvieron por él sin que les cubriera más allá de la rodilla; así pues, no parecía que por allí hubiera puerto alguno.
Narváez decidió entonces que todos marcharan hacia la provincia de Apalache, de la que los indios les habían hablado, y en la que al menos encontrarían nuevas provisiones con que subsistir. Así lo hicieron, y avanzaron llevando como guías a un grupo de indios. Llegados a un río de gran anchura y abundante caudal, uno de los que iban a caballo perdió el equilibrio; aferrándose fuertemente a su montura, hizo que ambos cayeran al agua pereciendo ahogados. Uno más había perdido la vida, aunque al menos aquella noche un buen número de los expedicionarios pudo cenar carne de caballo.
Tras algunas jornadas de marcha, en las que tuvieron encuentros más o menos hostiles con los indios —aunque ni uno solo de los españoles perdió la vida en ellos—, el grupo consiguió al fin llegar a la provincia de Apalache. Habían esperado aquel momento como si de la tierra de promisión se tratase, en la seguridad de que allí se terminarían sus penas y de que la abundancia existente mitigaría el hambre que todos padecían.
Hambrientos, fatigados, con las espaldas llagadas de llevar las armas colgadas, llegaron hasta el pueblo Cabeza de Vaca con nueve hombres de a caballo y cincuenta de a pie. Antes de llegar al poblado, tuvieron un altercado con los indios en el que el veedor perdió su caballo; pudiéronlos hacer huir y finalmente, entraron en el pueblo. Este estaba formado por unas cuarenta casas, construidas con paja, y dispuestas de la mejor manera para que las tempestades allí frecuentes no las derribasen. La mayor alegría para los españoles fue descubrir un gran sembrado de maíz, ya maduro, así como otra buena cantidad del mismo seco y dispuesto para comer.
Cabeza de Vaca hizo una descripción de las principales características de aquellas tierras de Florida.
La tierra, escribió, es llana, y el suelo de arena y tierra firme. Abundan en ella árboles de gran tamaño y montes claros, en los que hay nogales y laureles, liquidámbaros[4], cedros, sabinas, encinas, robles... Abundan igualmente las lagunas, algunas de las cuales son difíciles de atravesar, ya por la profundidad de sus aguas, ya por los árboles caídos que en ellas hay, o bien por el fondo de arenas inseguras.
Anota igualmente el explorador que existen allí gran cantidad de campos de maíz y que, entre la fauna que él pudo distinguir, destacaban ciertas variedades de venados, conejos y liebres, osos y leones, y un animal que le llamó mucho la atención por llevar en su vientre una especie de bolsa en la que transportaba sus crías[5]. La tierra es fría y posee fértiles pastos, abundando igualmente las aves, entre las que pudo ver patos, ánades, patos reales, garzas, perdices, halcones, neblís, gavilanes y otras muchas.
En Apalache fue donde comenzaron las hostilidades con los moradores de la región. Estos, al ver llegar hasta su poblado a aquellas extrañas gentes, huyeron. Los españoles tomaron posesión de las casas, pero, al día siguiente, los indios reclamaron a las mujeres, niños y otros hombres que allí hablan quedado. Narváez ordenó que les fueran devueltos todos excepto un cacique que había sido hecho prisionero y al que de momento pensaba retener con ellos. Aquello no agradó a los indios, que acometieron furiosamente contra los expedicionarios, incendiando las frágiles casas y obligándolos a salir de ellas. Después huyeron y se internaron en la zona de las lagunas, con lo que fue imposible darles alcance. Al día siguiente, los habitantes de un vecino poblado atacaron con tesón a los invasores con idéntico resultado: perdieron algunos de sus hombres, y terminaron por refugiarse en el mismo lugar que sus compañeros de raza.
Durante veinticinco días permaneció la expedición española en Apalache. En aquel tiempo, hicieron algunas incursiones tierra adentro sin que les sirviera de gran cosa. Los caminos apenas si existían, y los despojados indios que andaban por los alrededores aprovechaban la menor ocasión para atacarlos.
Los pieles rojas, naturalmente, conocían perfectamente el terreno. Aprovechaban los lugares estratégicos para desde ellos lanzar flechas a los españoles, entre los que hubo un muerto y varios heridos. La situación era así insostenible, y los expedicionarios decidieron marchar; el problema era hacia dónde hacerlo.
El cacique que había retenido como prisionero les indicó que, a nueve jornadas de allí, en dirección al mar, estaba el pueblo de Aute, cuyos habitantes tenían gran cantidad de maíz y otros alimentos, como fríjoles y calabazas.
Sin pensarlo más, se pusieron en camino hacia lo que parecía ser la momentánea salvación. Sin embargo, al segundo día de marcha, y cuando estaban atravesando una de aquellas lagunas en las que el agua les cubría hasta medio cuerpo, se vieron atacados por un numeroso grupo de indios que, ocultos entre los árboles de la orilla, comenzaron a lanzar flechas. La defensa era difícil en aquellas circunstancias y así, a pesar de las excelentes armas con que contaban, nada pudieron contra aquellos guerreros cuya destreza con el arco era sorprendente. Se trataba de los indios seminólas, cuyos arcos, del grosor de un brazo, eran capaces de hacer blanco a unos doscientos metros con una fuerza tal que fácilmente podían atravesar el tronco de un árbol. En la reyerta cayeron varios cristianos, aunque finalmente consiguieron salir de aquel lugar. Todavía los indios los siguieron un buen rato, y el propio Cabeza de Vaca resultó herido.
Tal y como el cacique de Apalache les dijera, a los nueve días de camino encontraron el pueblo de Aute. La sorpresa fue grande al ver que las casas, abandonadas, habían sido incendiadas sin que por allí apareciese ninguno de sus habitantes. Sin embargo, hallaron comida abundante, constituida fundamentalmente por maíz y fríjoles.
Permanecieron en Aute reponiendo fuerzas, al cabo de los cuales Narváez decidió que era conveniente buscar el mar de nuevo. Un caudaloso río que habían atravesado unas jornadas antes y al que habían bautizado como río de la Magdalena, anunciaba que no podían hallarse lejos de él.
La expedición que salió con intención de descubrir el mar iba al mando del capitán Castillo, Andrés Dorantes y Cabeza de Vaca. Llevaban consigo siete hombres de a caballo y cincuenta de a pie. En la primera jornada, llegaron hasta una entrada del mar, donde encontraron gran cantidad de ostiones[6]. La alegría se apoderó de todos, y aquella noche pudieron dormir con los estómagos llenos.
Sin embargo, se trataba de encontrar la costa, y aquel entrante podía estar muy distante de la playa abierta. Cabeza de Vaca mandó a una veintena de hombres a explorar los alrededores; las noticias que éstos trajeron no eran esperanzadoras, puesto que, aunque habían atravesado varias calas similares a aquélla en que estaban, no habían encontrado la costa.
Decidieron regresar a Aute para dar cuenta de sus descubrimientos al gobernador. Al llegar al poblado, comprobaron que la situación de sus compañeros había empeorado: Narváez estaba enfermo, y algunos de los que permanecían con él habían resultado heridos en un ataque de los indios.
Al día siguiente salió de Aute la expedición con intención de llegar hasta el lugar explorado por Cabeza de Vaca. La comitiva era una estampa de tristeza: el desánimo había cundido entre los hombres, y muchos de ellos estaban enfermos, sin que hubiera caballos suficientes para transportar a todos.
La moral no podía ser más baja; muchos hombres se habían perdido, se desconocía el paradero de las naves, y ni siquiera estaba^ seguros de dónde se hallaban y mucho menos de cómo salir de allí. Hasta tal punto se perdió la fe en el grupo, que muchos de los que iban a caballo comenzaron a desviarse tratando de encontrar por su cuenta una salvación. Afortunadamente, el pánico no se había apoderado aún de todos y pudieron hacerlos desistir de la deserción.
Pánfilo de Narváez convocó a los principales de la expedición para buscar entre todos una solución; era preciso salir cuanto antes de aquellas tierras, puesto que ya una tercera parte de los hombres habían caído enfermos, y si se retrasaban más pronto no quedaría nadie sano. Tras largas deliberaciones, se decidió una solución desesperada: la construcción de nuevas embarcaciones para alejarse de aquellos lugares.
La empresa no era fácil, puesto que no contaban con expertos constructores ni tampoco con los materiales precisos, como herramientas, hierro, pez, jarcias... La situación era desesperada, pero al menos ahora todos se sintieron unidos en una empresa común.
Con los materiales que poseían de hierro (estribos, espuelas y ballestas sobre todo), fabricaron clavos y herramientas, como sierras y hachas. Queda por resolver el problema del mantenimiento mientras durasen los trabajos; se decidió hacer periódicas incursiones de dos o tres días a Aute, de donde se traían cargas de maíz, no sin tener serias dificultades con los indios. Mientras llegaban los alimentos del poblado, se sacrificaban caballos para alimentar a trabajadores y enfermos.
Se fabricó estopa sirviéndose de la lana de cierta vegetación allí existente; se elaboró brea con pez de alquitrán obtenida de los pinos; con las colas y crines de los caballos se hicieron cuerdas y jarcias; las velas se improvisaron con las camisas de los hombres, hábilmente cosidas entre sí; finalmente, se construyeron varios remos.
El trabajo de las embarcaciones dio comienzo el día 4 de agosto. La febril actividad y el entusiasmo de todos hicieron que, poco tiempo después, el 20 de septiembre, se hubieran terminado cinco barcas de veintidós codos cada una.
Durante aquellos 46 días, se habían perdido más de cuarenta hombres, unos víctimas de la enfermedad y un buen número de ellos muertos por los indios. El día 22 de septiembre se comieron los exploradores los últimos caballos, dejando sólo uno de ellos vivo. Con las pieles se hicieron botas en las que transportar agua, y todos los hombres embarcaron después rumbo a lo desconocido.
De la bahía de Caballos —nombre que dieron a aquel lugar los expedicionarios—, salieron en las cinco embarcaciones distribuidos del siguiente modo: en la del gobernador y en la del contador y el comisario, 49 hombres en cada una; la tercera, al mando del capitán Castillo y Andrés Dorantes, llevaba 48 hombres; la cuarta, encargada a los capitanes Téllez y Peñalosa, 47; finalmente, el veedor y Cabeza de Vaca mandaban la última con 49 hombres.
Ninguna de las naves llevaba un piloto profesional, puesto que éstos habían quedado en las perdidas embarcaciones; los marinos iban materialmente hacinados e ignoraban a dónde dirigirse. De los 600 que comenzaran la empresa, sólo quedaban 251 hombres, menos de la mitad...
Durante siete días de navegación, no divisaron los expedicionarios tierra alguna. Al cabo de ellos, llegaron a una isla que estaba cerca de tierra firme, de la cual vieron salir un grupo de canoas indias. Cabeza de Vaca, que mandaba la embarcación más adelantada, ordenó dirigirse hacia ellas. Sin duda los nativos se asustaron al ver una nave de aquellas proporciones, y abandonaron sus canoas.
Llegados a la isla, hallaron en ella un grupo de cabañas deshabitadas en las que encontraron algunas provisiones, como lizas[7] secas y huevas, que sirvieron para mitigar parte del hambre que padecían.
Con las cinco canoas capturadas a los indios, se hicieron algunas mejoras en las naves y se reanudó el viaje. La costa, con bruscos entrantes y salientes, no permitía atracar sin correr grave riesgo de perder las embarcaciones, y así navegaron durante treinta días, en los cuales el hambre y la sed fueron de nuevo sus peores enemigos. Las botas de piel de caballo, confeccionadas con impericia, se habían echado a perder. La situación era ya extrema, cuando una noche, al cabo del mes de estar en el mar, vieron los expedicionarios cómo una canoa se dirigía hacia ellos. La llamaron insistentemente con intención de informarse dónde podrían atracar y encontrar alimentos y agua; sin embargo, los recelosos indios variaron súbitamente su dirección y se alejaron del barco.
Aquella aparición de la canoa anunciaba, sin embargo, que estaban cerca de algún lugar habitable. A la mañana siguiente, en efecto, las cinco naves se encontraron ante una isla, y todos desembarcaron con facilidad. La tarea más urgente era encontrar agua. La isla, de pequeño tamaño, fue recorrida y explorada palmo a palmo sin que se encontrara una sola gota del vital líquido.
Un nuevo elemento vino todavía a complicar más la situación: cuando se disponían a zarpar, una súbita tormenta azotó la costa y embraveció el mar de tal modo que hizo desistir a todos de salir. Durante seis días aguardaron a que el tiempo fuera más apacible, y en el transcurso de ellos la sed fue tan extrema que se tuvo que recurrir a beber agua salada. A consecuencia de tal imprudencia, fallecieron otros cinco hombres.
Las alternativas que se ofrecían a la expedición, eran solamente dos, a cual más desesperanzadoras: o permanecían allí, en cuyo caso la muerte segura sobrevendría a todos a causa de la sed, o se arriesgaban a zarpar pese a que la tormenta no tenía aspecto de amainarse. Con todo, siempre cabía la esperanza de salvación en la mar, mientras en la isla era mucho más cierto el fin de todos.
Así pues, decidieron salir; recordando el camino que había tomado la canoa divisada días antes, se dirigieron por él pensando que allí podrían encontrar indios a los que pedir ayuda.
Y, en efecto, no se equivocaron. Después de navegar entre la tormenta durante todo el día, doblaron una punta de tierra detrás de la cual el mar estaba apacible. Apenas adentrados unas leguas en él, vieron venir hacia ellos un grupo de canoas desde las que los indios les hablaron sin que pudieran ellos comprender lo que querían decirles. Después, los pieles rojas se dirigieron de nuevo hacia tierra y, el hecho de que no llevasen armas, así como la situación desesperada y sin alternativa en que se hallaban, decidieron a los expedicionarios a ir tras ellos.
Siempre siguiendo la ruta que los indígenas marcaban, llegaron a tierra, desembarcaron y se adentraron en ella. A poca distancia de la costa, se encontraron ante el poblado indio, compuesto por un grupo de casas hechas con cañas y paja. Delante de ellas, aguardaban a los exploradores gran cantidad de cántaros repletos de agua, así como pescado cocido. Todos bebieron hasta la saciedad, y el cacique indio invitó después a Pánfilo de Narváez a entrar en su cabaña.
Parecía que la suerte les había cambiado, pero fue ésta una impresión fugaz: durante la noche, y sin que ninguno de los españoles lo esperara, acometieron los indios violentamente contra ellos, entrando también en la cabaña del cacique e hiriendo en la cabeza al gobernador. Varios expedicionarios trataron de retener consigo al cacique, pero éste consiguió escabullirse de sus manos, en las que dejó el manto de castor que llevaba puesto y que había llamado poderosamente la atención de los exploradores.
Cabeza de Vaca y un grupo de hombres llevaron al herido Narváez a su embarcación, donde también subieron parte de los demás. Después, el alguacil y una cincuentena de hombres se enfrentaron a los indios, que los hacían retroceder cada vez más. Una hábil estratagema de los otros capitanes, quienes rodearon por detrás a los indígenas, hizo que éstos, finalmente, se retiraran.
Aunque en la reyerta no hubo ninguna baja, fueron muchos los heridos, entre ellos el propio Cabeza de Vaca, que lo fue en la cara.
Reanudaron la marcha, tras esperar que una fugaz tormenta pasara, y estuvieron en la mar otros tres días, en los que de nuevo la sed comenzó a torturar a los navegantes. Al cabo de ellos, vieron venir hacia sí un grupo de canoas que, por el aspecto, no parecían traer intenciones hostiles. Ni Pánfilo de Narváez ni ninguno de los expedicionarios confiaba ya, naturalmente, en los pieles rojas, pero la urgente necesidad les hizo confiar de nuevo en la posibilidad de un entendimiento amistoso. Así, les pidieron agua con la que calmar la mucha sed que sentían, y los indios, por señas, contestaron que en tierra tenían mucha cantidad para darles, y que se la entregarían si uno de ellos los acompañaba.
Uno de los marinos, llamado Teodoro, y que era de origen griego, se ofreció a ir con ellos. De nada sirvieron los intentos de los demás para impedirlo, y finalmente, acompañado por un negro, marchó en una canoa con los pieles rojas, que dejaron a los cristianos dos de sus hombres como rehenes.
Aquello, aunque suponía cierta garantía y seguridad, no terminaba de tranquilizar a los navegantes, que aguardaron en las naves durante varias horas, llenos de preocupación e inquietud* Por fin, cuando ya había oscurecido, vieron venir hacia ellos una embarcación india. A la tenue luz de la luna podían distinguirse en ella unos grandes recipientes de agua; parecía que, por una vez, los indígenas no iban a traicionarles. Sin embargo, de nuevo se equivocaban los españoles. Los astutos indios, llegados cerca de la primera nave, gritaron algo en su lengua a los dos rehenes, que inmediatamente intentaron huir lanzándose por la borda. Varios hombres los detuvieron, al tiempo que todos se daban cuenta del engaño, puesto que las vasijas de la canoa estaban vacías y tampoco venían en ella el desdichado Teodoro y su acompañante.
La canoa se alejó de allí velozmente, y el balance de la extraña aventura dio una pérdida de otros dos cristianos más.
A la mañana siguiente, los indios se aproximaron de nuevo hacia las naves. Desde sus canoas, explicaron por señas que querían recuperar los dos rehenes que habían quedado allí el día anterior. Naturalmente, los expedicionarios respondieron que solamente serían entregados a cambio de los dos cristianos que con ellos habían ido. Insistieron de nuevo los pieles rojas en que fueran con ellos todos a tierra, donde les darían agua y alimentos, pero esta vez ya los desesperados marinos no los creyeron. Antes por el contrario, y viendo que cada vez eran más las canoas que se acercaban, optaron por situarse más lejos de la costa.
Los indios, insistiendo en lo mismo, los siguieron. Se encontraban en las costas del territorio de Alabama y, según nos cuenta Cabeza de Vaca, «aquellos hombres traían los cabellos sueltos y muy largos, y cubiertos de mantas de martas... y algunas de ellas hechas con muy extraña manera, porque en ellas había unos lazos de labores de unas pieles leonadas, que parecían muy bien».
La discusión no parecía llevar a solución alguna y, finalmente, los indios, viendo que no podrían recuperar a sus dos compañeros, comenzaron a tirar piedras a las naves sirviéndose para ello de hondas.
El viento era ya más propicio, y los españoles decidieron salir de aquel lugar, aunque la sed continuaba atormentándolos.
Durante todo el día estuvo la expedición navegando, hasta que Cabeza de Vaca, que iba delante con su embarcación, divisó una punta de la costa junto a la cual había un gran río. Dio aviso a las demás naves, e intentaron entrar en él.
La tarea, sin embargo, era muy difícil. El río, que no era otro sino el Mississipi, se abría en un delta de varios brazos, y la fuerza de la corriente les impedía entrar en ninguno de ellos.
Dos días estuvieron intentando aproximarse a él sin conseguirlo. Sin embargo, ahora podían al menos beber, ya que el agua dulce, por su menor densidad y mayor velocidad, se mantenía en la superficie del mar en un gran trecho.
Aunque, llegada la noche del segundo día, se encontraban las barcas en un lugar donde parecía posible desembarcar, decidieron esperar al amanecer para cerciorarse de que no existía peligro de encallar. Ello, sin duda, constituyó un grave error.
A la mañana siguiente, los cinco navíos se hallaban dispersos. Cabeza de Vaca, tras unas horas de navegación hacia la costa, divisó dos embarcaciones y se dirigió hacia ellas: en la primera viajaba el gobernador, que pidió al alguacil su opinión sobre lo que convenía hacer en aquellas circunstancias.
—Es preciso —contestó Cabeza de Vaca— recobrar esa tercera embarcación, que de ningún modo debemos dejar sola. Juntas las tres, trataremos de ganar la costa y ya veremos cómo hallar las otras dos.
La recomendación era acertada, al menos aparentemente. En el relato que Cabeza de Vaca hace a Su Majestad Carlos I, anota que el gobernador, lejos de aceptar la sugerencia, le indicó que lo que a él más le interesaba era llegar a tierra; y que si tanto le preocupaba al alguacil la otra nave, que fuera él a buscarla. El gobernador aseguró, asimismo, que el capitán Pantoja decía que, a fuerza de remos, podrían aquel día desembarcar, pero que si no lo hacían inmediatamente, tendrían que esperar al menos seis jornadas hasta que de nuevo se pudiera intentar.
Seis días en el mar, en las condiciones en que se hallaban los expedicionarios, significarían sin duda la muerte por hambre, de modo que, Cabeza de Vaca, bien a pesar suyo, se dispuso a ir tras la nave de Pánfilo Narváez y dirigirse a tierra abandonando a la tercera embarcación. El mismo tomó uno de los remos, y toda la tripulación le siguió en el gesto.
Sin embargo, cuenta Cabeza de Vaca en sus Naufragios que, habiéndose llevado Pánfilo de Narváez los marineros más fuertes y preparados, resultaba prácticamente imposible seguir a la nave capitana, hasta el punto de que el alguacil solicitó al gobernador que les lanzaran un cabo para ayudarles a navegar detrás y no separarse.
Parece que, en efecto, a Narváez no le interesaba ya sino su propia salvación. No accedió a la petición de sus apurados seguidores, pretextando que ya bastantes dificultades tenía para ganar él la costa. Todavía Cabeza de Vaca quiso mantener la unidad en la empresa preguntando al gobernador cuáles eran sus órdenes.
—¡No es momento ya de mandar unos en otros! —gritó desde su nave—. ¡Que cada cual haga lo que mejor le parezca para salvar su vida!
Después, arreciando el ritmo de los remeros, se alejó cada vez más aprisa abandonando a la otra embarcación.
Cuando Cabeza de Vaca se dio cuenta de que era inútil seguir tras la nao de Pánfilo de Narváez, hizo dar a la suya media vuelta y se dirigió hacia la tercera, que se encontraba ya mar adentro. Gracias a que ésta esperó inmóvil su llegada, pudo darle alcance y vio entonces que se trataba de la que mandaban los capitanes Peñalosa y Téllez, que experimentaron una gran alegría al recibir la compañía de Cabeza de Vaca.
Continuaron así navegando varios días, durante los cuales tuvieron como ración de comida «medio puño de maíz crudo». La desgracia fue de nuevo en aumento, y al tercer día una terrible tempestad azotó las naves. Quizá, si éstas hubieran sido más grandes y resistentes, hubieran podido aguantar la tromba de agua que ininterrumpidamente caía sobre cubierta, pero aquellas embarcaciones, construidas con malos y escasos materiales, no estaban preparadas para ello. La mandada por Téllez y Peñalosa se perdió en el fondo de las aguas, y con ella toda la tripulación. La de Cabeza de Vaca tuvo mejor suerte: aunque los marineros, ateridos de frío, cansados, hambrientos y desolados se desmayaban sobre cubierta, pudieron salvar la vida.
Al ponerse el sol, y cuando ya la tormenta se había calmado, apenas quedaban en pie cinco hombres. Cuando llegó la noche, el propio Cabeza de Vaca y el maestre eran los únicos que permanecían conscientes. Este último declaró que no podía sostenerse un momento más, y que tomara el alguacil el timón porque él se caía.
Así lo hizo Cabeza de Vaca, hasta que, pasada media noche, el maestre despertó y afirmó estar en mejores condiciones, con lo que relevó al esforzado alguacil.
La desesperada situación —recordemos que el resto de la tripulación permanecía desmayada sobre cubierta—, solamente podía salvarse de un modo: alcanzando la costa.
El azar quiso favorecer por una vez a los expedicionarios de la nao de Cabeza de Vaca. Al día siguiente, apenas amanecido, el maestre y el alguacil se regocijaron al comprobar que se encontraban junto a la costa. Se aproximaron a ella, y estaban a punto de terminar la maniobra de atraque cuando un gran chorro de agua derribó la nave lanzándola hacia tierra.
La tripulación, que se encontró de pronto en el aire para inmediatamente caer en la arena de la playa, pareció curarse súbitamente de todas sus fatigas. Al verse en tierra firme, comenzaron a dar gritos de alegría y a recobrar su actividad.
Se hicieron hogueras, en las que se asó maíz, pudiendo también beber el agua que se encontró procedente de las recientes lluvias. Estaban todos contentos de haber salvado la vida, a pesar de las desdichas pasadas. Aquél era el día 6 de noviembre de 1528.
La tierra a la que Cabeza de Vaca y sus hombres habían llegado era una isla a la que, por las desventuras pasadas en ella, pusieron el nombre de Mal Hado. Está situada muy cerca de la costa continental, próxima al río Mississipi, por el oeste, dentro de lo que hoy es territorio del estado de Louissiana.
Los indios que encontrarían allí los exploradores eran dakotas o siux, arrogantes tipos de carácter guerrero y cazador.
Cabeza de Vaca nos ha dejado sus impresiones y observaciones sobre estos pieles rojas. De conformación fuerte y elevada estatura, utilizaban exclusivamente el arco y las Hechas como armas. Muchos de ellos solían llevar una tetilla horadada y atravesada por una caña de unos dos palmos y medio de longitud y dos dedos de anchura; algunos de ellos, incluso se lo hacían en ambas tetillas. Otros llevaban una caña, de menor tamaño, atravesándoles el labio inferior. Desde octubre hasta el mes de noviembre se alimentan de la pesca, y a partir de ese mes vivían casi exclusivamente de raíces vegetales. Nos narra el autor de Naufragios que estos indios tienen un inmenso amor por los hijos, a los cuales lloran amargamente cuando mueren, durando estos llantos un año completo, al cabo del cual le hacen las honras fúnebres. En cambio, a los ancianos apenas si les lloran, pensando que ya han cumplido su cometido al llegar a cierta edad. Generalmente entierran a los muertos, excepto a los curanderos, que son incinerados; en tomo a la hoguera en la que arde el cadáver, organizan unas curiosas danzas rituales y después conservan el polvo y las cenizas del difunto, que al cumplir el año dan a beber a los familiares más allegados.
Esta distinción que los nativos hacían a los curanderos, obedecía al alto concepto que para todos ellos tenía esta profesión. Ello, como veremos más adelante, sería vital a Cabeza de Vaca para subsistir entre ellos durante largo tiempo...
Aunque los pieles rojas practicaban la monogamia, también los curanderos o hechiceros se diferenciaban de ellos en este aspecto, casándose con dos, tres, o a veces más mujeres. La mujer es poco considerada entre ellos, pero es entregada al marido por el padre como un verdadero honor, debiéndole el desposado gratitud hasta el fin de sus días. Este sentimiento lo demostraban los indios acudiendo al padre de la mujer siempre que cazaban algo para que primero él tomara lo que quisiera y autorizase después a que los casados lo comieran.
El encuentro que los españoles tuvieron con los pieles rojas fue, a pesar del carácter habitual de éstos, bastante tranquilo. A cambio de algunas cuentas y baratijas que llevaban consigo, recibieron los expedicionarios la amistad de los indígenas, materializada en la entrega de una simbólica flecha. Tras esto, consiguieron que los indios les trajeran alimentos, y también gran cantidad de pescado y raíces comestibles. Durante varios días las relaciones continuaron en franca mejoría, y los españoles cada vez contaban con más provisiones. Cuando vieron que éstas eran ya suficientes para poder marchar con cierta autonomía, decidieron embarcar de nuevo.
Se dirigieron a la costa, al lugar donde la barca se había quedado semienterrada, y entre todos pudieron levantarla, no sin tremendo esfuerzo, puesto que, como dice Cabeza de Vaca, «otras cosas muy más livianas bastaban» para fatigarlos. Después de desnudarse para poder tener más libertad de movimiento dentro del agua, y luego que consiguieron hacerla entrar en el mar, se encaramaron a ella con ánimo de proseguir el viaje.
Dentro de los esfuerzos hechos, todos llevaban ahora el ánimo más alegre: tenían alimentos para unos días, y habían calmado la sed, que tampoco les torturaría puesto que iban provistos de buenas tinas de agua. Sin embargo, y cuando nadie podía preverlo, una gigantesca ola azotó la embarcación, arrancando los remos de las manos de los esforzados españoles. El frío era intenso con los miembros mojados y la brisa embravecida del mar. Los cuerpos, todavía desnudos, comenzaron a temblar. Otro golpe de agua, y tres hombres cayeron al mar aferrados a la embarcación; uno de ellos era, precisamente, el veedor. Parecía que una terrible tormenta estaba apareciendo, porque aquellos golpes, lejos de atenuarse, volvieron con más fuerza, echando ahora a todos al agua.
Afortunadamente, exceptuando al veedor y a los dos que cayeron con él, ninguno más perdió la vida; consiguieron llegar hasta la orilla, muertos de frío —era el mes de noviembre—, desnudos, de nuevo desmoralizados. La estampa que aquel grupo ofrecía era patética. Cabeza de Vaca comenta: «... Nosotros éramos tal que con poca dificultad nos podía contar los huesos, estábamos hechos propia figura de la muerte. De mí sé decir que desde el mes de mayo pasado yo no había comido otra cosa sino maíz tostado, y algunas veces me vi en la necesidad de comerlo crudo; porque aunque se mataron los caballos entretanto que las barcas se hacían, yo nunca pude comer de ellos, y no fueron diez veces las que comí pescado. Esto lo digo por excusar razones, porque puede cada une ver qué tales estábamos.»
Nunca hubieran esperado los españoles, con tan instintivo desprecio tenían hacia los indígenas, la reacción que suscitó su desgraciada situación a los indios. Estos, llorando amargamente el desastre, se sentaron entre los expedicionarios y allí permanecieron durante más de media hora, durante la cual sus gemidos se oyeron en toda la isla. El gesto conmovió tanto a todos, que debían en lo sucesivo cambiar sus sentimientos hacia aquellos hombres.
Cabeza de Vaca, que veía que el frío y la humedad acabaña con todos ellos, reaccionó y pidió a los indios que los llevasen a sus casas, donde pudieran calentarse y descansar del cansancio agotador en que todos se encontraban. Los pieles rojas, una vez más, se mostraron hospitalarios y accedieron la solicitud.
El poblado se encontraba a cierta distancia de allí, y era obvio que, con el viento que corría y los expedicionarios desnudos, antes de llegar morirían de frío. De nuevo los nativos demostraron su interés hacia ellos, esta vez con una prueba de ingenio que salvó la vida del infortunado grupo. Se encaminaron a la carrera hacia sus casas y, en cortos trechos, se detenían para que los desnudos españoles se calentaran al amor de grandes hogueras. Antes de salir de cada una de ellas, un grupo de indios se adelantaba para, unos cientos de pasos más allá, prender un nuevo fuego donde hicieran los náufragos el siguiente' alto. De este modo, con veloces carreras y frecuentes hogueras, pudieron llegar hasta el poblado sin que el frío los matase.
Una vez en el pueblo, vieron los españoles cómo aquellos hospitalarios indios habían preparado para ellos una casa, dentro de la cual ardía un fuego reconfortante.
Durante aquella noche, las fiestas de los nativos no cesaron. Cantaban y danzaban alrededor de una hoguera, en el centro del poblado, y aquella alegría fue incluso interpretada por los rescatados españoles como preámbulo de un sacrificio en el que ellos mismos serían las víctimas, aunque pronto se darían cuenta de que nada más lejano de las intenciones de aquellos indios. Así lo comprobaron cuando, a la mañana siguiente, les fue ofrecida comida, compuesta por pescado y raíces. La cordialidad entre unos y otros, parecía ir en aumento.
Sucedió entonces que Cabeza de Vaca vio que uno de los pieles rojas tenía algunas cuentas y baratijas que no eran de las que ellos les entregaran. Se apresuró entonces a preguntar la procedencia de aquellos objetos, pensando en la posibilidad de que no lejos de allí se encontraran algunos de sus extraviados compañeros; y en efecto, no se equivocó: cerca de allí, le dijeron, otro grupo de cristianos había estado con otros nativos.
Cabeza de Vaca envió inmediatamente a dos de sus hombres, a los que acompañaron dos indios, a buscar a los posible* supervivientes. Estos, que por su parte habían también tenido noticias de que allí se encontraban Cabeza de Vaca y sus hombres, se estaban ya dirigiendo hacia el lugar, de modo que pronto los cuatro enviados regresaron acompañados por Andrés Dorantes y Alonso del Castillo, con quienes iba toda la tripulación de su nave.
La sorpresa que los nuevos cristianos tuvieron al contemplar a sus compañeros, a los que sin duda daban por muertos, fue indescriptible. El aspecto de éstos, completamente desnudos, acentuó todavía más esta sensación. Sin embargo, y después que Cabeza de Vaca explicara su situación, todos se alegraron de poder enfrentarse unidos a lo que el destino les deparase.
La embarcación de Dorantes y Castillo había sido lanzada a la costa el 5 de noviembre pasado, aunque todos sus tripulantes pudieron salvarse. Acordaron ir hacia los restos de la nao para tratar de ponerla de nuevo a flote y emprender de nuevo viaje. Muchos de los expedicionarios, por debilidad o enfermedad, no estaban preparados para iniciar una nueva aventura, de modo que se decidió que marcharían solamente los que pudieran hacerlo, quedando el resto entre los indios hasta que pudieran irse por su cuenta o hasta que la suerte quisiera que una nueva expedición de cristianos pasase por allí y los recogiera.
Así pues, se encaminaron hacia donde la barca había quedado varada. La extraña comitiva, compuesta por los hombres de esta segunda embarcación y por algunos de la primera, que iban todavía desnudos puesto que a los recién llegados tampoco les sobraban vestidos, llegó hasta el lugar del naufragio.
Con ímprobos esfuerzos se consiguió hacer volver a la mar la barca. En estos trabajos, perdió la vida uno más de los cristianos; de nuevo la desgracia hizo su aparición entre aquellos hombres, que, una vez que consiguieron poner la embarcación sobre el agua, ésta comenzó a hundirse lentamente ante sus ojos. La última esperanza de salir de allí, estaba de nuevo perdida. Desanimados, maltrechos, sin perspectivas de salvación, regresaron al poblado indio, donde habían dejado a los que no estaban en disposición de embarcar. No quedaba más alternativa que disponerse a pasar allí el invierno, entre los nativos, y esperar que la buena suerte acudiese por una vez y con ella algún navío que los sacara de allí.
Los expedicionarios pensaban que todavía estaban cerca de Pánuco, de modo que decidieron intentar pedir socorro; para ello, enviaron a cuatro de los más fuertes marinos pensando que quizá les fuera posible llegar hasta allí y contar la apurada situación en que todos se encontraban.
Los cuatro emisarios eran: Álvarez Fernández, Méndez, Figueroa y Astudillo; con ellos marchó también un indio de la isla que les ayudaría a vencer los obstáculos del camino.
Para los expedicionarios que un día salieron de Sanlúcar de Barrameda con la misión de gobernar y conquistar la península de Florida, la subsistencia en aquella isla del golfo de México, en aquella tierra de Mal Hado, como ellos mismos decidieron bautizar, era una verdadera odisea. El duro invierno y los huracanados vientos convirtieron la isla en un infierno en el que el clima y la escasez de recursos cada vez hacían más difícil la vida. Se terminó la pesca, y las raíces que componían el recurso vital de los indígenas era imposible conseguirlas debido a las tempestades e inundaciones.
Los hombres morían poco a poco, víctimas de la enfermedad o la inanición. Cinco cristianos que habían quedado en la costa tratando de encontrar algún alimento, terminaron comiéndose unos a otros, y solamente uno de ellos quedó vivo, y eso «porque no hubo quien lo comiese». Los mismos indios, que jamás habían presenciado un caso de canibalismo, quedaron aterrados al saber la noticia.
De los ochenta hombres que allí estaban, procedentes de las dos embarcaciones —la de Cabeza ’de Vaca y la de Dorantes y Castillo—, solamente quedaron vivos quince. Era lo que de momento restaba de la gloriosa expedición de Narváez a Florida...
La primaria mentalidad de los indios estuvo también a punto de hacer que todos los supervivientes terminaran en el acto su existencia. Después de perdidos sesenta y cinco de los españoles, comenzaron los nativos a padecer una extraña enfermedad de estómago, de la que muchos perecían; la explicación no era para ellos otra que aquellos extranjeros, que tenían el poder de matar. Y así, a punto estuvieron de terminar con todos ellos, y de ese modo hubiera sido si uno de los indios no declarase que, caso de que hubieran sido los cristianos los causantes de las desgracias, no hubieran permitido que murieran tantos de los suyos. Este argumento pareció convencerles, y de momento decidieron dejar en paz a los desgraciados españoles.
El régimen de vida que los supervivientes llevaban en la isla de Mal Hado no podía ser más duro; prácticamente se habían convertido en esclavos de los indios, que de aquel modo accedían a facilitarles alimentos. Sin embargo, aquella dura existencia, aquel vasallaje a los indígenas, no iba a durar mucho. Una extraña circunstancia iba a hacer cambiar la condición de los náufragos.
La enfermedad se extendía cada vez más entre los indígenas, que continuamente se veían obligados a practicar sus extrañas curaciones. Para llevarlas a cabo, solían soplar al enfermo, convencidos de que eso, unido a los movimientos de las manos, ahuyentaba los malos espíritus y la enfermedad.
Se les pidió entonces a los expedicionarios que colaborasen ellos también en las curaciones. Cabeza de Vaca y sus hombres casi se rieron de tal ocurrencia, afirmando que, ni ellos sabían curar, ni creían en que aquellos artilugios sirvieran para nada. Las burlas no gustaron en absoluto a los indígenas, que querían ver a los cristianos ganarse el sustento que les daban de alguna manera.
Uno de aquellos pieles rojas, convencido de que la curación que se practicaba entre ellos era efectiva, explicó su primaria teoría a Cabeza de Vaca: él había visto cómo una simple piedra, a la que antes había calentado, tenía el poder de calmar el dolor de un enfermo del estómago. Si esto podía una simple piedra del campo, ¿no tendrían más poder curativo los hombres, como seres mucho más perfectos?
El sistema generalmente seguido para la curación era el siguiente: sajaban en la zona donde el enfermo tenía el mal, y después chupaban de la herida abierta durante un rato; después, soplaban para que la enfermedad se marchase. Eran también muy aficionados a la cauterización, la cual, en algunas dolencias, daba indudables resultados, que ellos siempre atribuían al soplo y a los gestos de sus manos.
No todos los indios podían hacer estas curas, puesto que, como ya más arriba quedó dicho, los hombres dedicados a esta misión estaban excepcionalmente considerados por los demás individuos de su clan. Su pago, además, les permitía vivir con mucha más holgura: cuando curaban a un enfermo, se les entregaba todos los bienes que tuviera, y lo mismo hacían con los suyos los familiares más cercanos, como el padre o los hermanos.
Los españoles se vieron obligados a practicar curaciones, no sin el temor de que, al fracasar éstas, los indios decidieran terminar con ellos. La suerte, sin embargo, iba a acompañarles esta vez.
Los cristianos, cuya única esperanza ya era confiar en Dios, optaron por rezar un Padrenuestro y un Avemaría ante el cuerpo de los enfermos, además de soplarlos a la usanza de los indios. «Quiso Dios nuestro Señor —escribe Cabeza de Vaca— que todos ellos por quien suplicamos, luego que los santiguábamos decían a los otros que estaban sanos y buenos; y por este respecto nos hacían buen tratamiento, y dejaban ellos de comer por dárnoslo a nosotros, y nos daban cueros y otras cosillas.»
De aquel modo, hechos «físicos sin examinamos ni pedirnos los títulos», como afirma Cabeza de Vaca con ironía y buen humor, pudieron continuar subsistiendo. El hambre que en el poblado se pasaba, era, con todo, extremo, de manera que ni los mismos curanderos podían comer lo suficiente.
Mientras tanto, Andrés Dorantes y Alonso del Castillo habían tenido algo más de suerte: los indios a cuyo servicio trabajaban, que pertenecían a otro clan, hicieron una incursión a tierra firme, donde permanecieron hasta el día primero de abril, manteniéndose de los abundantes ostiones que en las costas había.
El relato que Cabeza de Vaca hace en sus Naufragios es una verdadera aventura. Sin embargo, y porque se viera que en ningún momento se apartaba de la realidad, no duda en damos testigos, nombres de personas y lugares. Era preciso que Carlos I comprobase la veracidad de cuanto decía.
Cuando Dorantes y Castillo regresaron a la isla, trajeron consigo a todos los españoles que habían encontrado dispersos en diversos lugares. Cabeza de Vaca, en aquel tiempo, había caído gravemente enfermo, y los exploradores consiguieron comprar los servicios de un nativo para que los condujera donde el alguacil se hallaba. En total, sumaban trece supervivientes además de Andrés Dorantes y Castillo, estaban Diego Dorantes, Valdivieso, Estrada, Tostado, Chaves, Gutiérrez, Esturiano (clérigo), Estebanico el Negro, Benítez y Diego de Huelva. A ellos se unió, en el último momento, Francisco de León. En tierra firme habían quedado Hierónimo de Alaniz y Lope de Oviedo, los dos en un estado de debilidad tan extrema que no pudieron pasar a la isla con sus compañeros.
El estado de salud de Cabeza de Vaca, como dijimos, era muy delicado, de modo que hubo de renunciar a marchar con el resto de los españoles. ¿Quizá debieron éstos esperar a que sanase, o tratar de ayudarlo a viajar con ellos, aunque supusiese una carga material difícil de llevar? ¿Era justo que, cuando uno de los expedicionarios —o a veces varios a la vez, como vimos anteriormente— no se encontraba en disposición de emprender un duro viaje, fuera abandonado por sus compañeros a la suerte de los indios, con la hipotética esperanza de que quizá pasasen por allí naves cristianas?
La situación, evidentemente, era desesperada para todos ellos. Ni los que se marchaban ni los que permanecían entre los indios tenían esperanzas ciertas de salvación, con la única ventaja para los primeros de contar con la seguridad y confianza que otorga la compañía de los demás. Llevaban mucho tiempo alejados de la civilización, sin ver a hombres de su credo, sin comer alimentos suficientes, sin hablar con seres de su misma lengua... Muchos factores hacían, en efecto, que la situación fuera muy especial, y así eran las reacciones. Anotemos, y ello es significativo, que al propio Cabeza de Vaca no le sorprendió la decisión de Dorantes y los suyos de marcharse dejándolo allí a su suerte. Al menos, no demuestra disconformidad o protesta cuando habla de ello en su obra-testimonio.
Así, pues, el autor de Naufragios quedó solo en la isla de Mal Hado. Pudo curar de su enfermedad, aunque su salud había de resentirse en lo sucesivo por falta de una alimentación adecuada y el mínimo descanso necesario.
Durante unos meses estuvo realizando agotadores trabajos, tales como recoger las raíces comestibles que se encontraban bajo el agua, entre las cañas. Esta ocupación terminó por hacérsele irresistible. Vestido con unos cueros, se veía obligado a introducirse en el agua y allí, en el fondo, escarbar con los dedos para obtener el alimento. «Y de esto —nos cuenta él mismo en su relato— traía yo los dedos tan gastados, que una paja que me tocase me hacía sangre de ellos, y las cañas me rompían por muchas partes, porque muchas de ellas estaban quebradas y había que entrar por medio de ellas con la ropa que he dicho que traía.»
Viendo que aquellos esfuerzos terminarían con su salud, determinó encontrar un trabajo que le diera más libertad de movimientos y al mismo tiempo algo de descanso.
Finalmente, al cabo del año de vivir en Mal Hado, pudo huir de la isla y marchar a tierra firme, donde los indios le dieron mejor trato. Allí comenzó a ocuparse en la profesión de mercader, la cual le permitía internarse tierra adentro cuarenta o cincuenta leguas, así como recorrer otro tanto a lo largo de la costa. Los principales productos con los que mercadeaba, aquéllos que los nativos le solicitaban, eran pedazos de caracoles de mar, corazones de los mismos y conchas, estas últimas utilizadas por los indios para cortar una fruta parecida a los fríjoles, que emplean como medio curativo y en sus mejores fiestas y ceremonias, de un complicado ritual.
Aquel trabajo, aunque tenía sus ventajas, era también muy duro, puesto que con frecuencia el navegante español era sorprendido en medio del campo por tempestades y lluvias intensísimas que le ponían en continuo peligro. Afortunadamente, pudo hacerse grato a los ojos de los nativos, los charruco, y con ellos fue transcurriendo el tiempo en paz. Aprendió su lengua, sus costumbres, y casi terminó por considerarse como uno de ellos...
Cabeza de Vaca, sin embargo, no pensaba lo mismo. Deseaba encontrar el modo de marchar de allí en busca de terrenos de cristianos, en busca de lo que era su mundo. La única cosa que le detenía era saber que en la isla estaba Lope de
Oviedo, al que dejaron los últimos españoles por no estar lo suficientemente fuerte como para seguirlos. Cabeza de Vaca, que pasaba a la isla una vez al año, estaba enterado de que el otro superviviente de los que allí quedaban, Hierónimo de Alaniz, había fallecido poco tiempo después de que se quedaran solos.
Lope de Oviedo, que también manifestó a Cabeza de Vaca sus deseos de marcharse de allí, daba sin embargo plazos interminables. Así, cada año que el alguacil hablaba con él, le decía que al siguiente ya estaría decidido. Y de nuevo Cabeza de Vaca regresaba a tierra firme, donde continuaba su trabajo de mercader.
Al fin, y tras seis años de espera, ambos hombres estuvieron preparados para emprender camino en busca de sus compañeros. ¿Habrían llegado aquéllos a tierra de cristianos? ¿Estarían, igual que ellos, sometidos a los indígenas? Pronto hallarían la respuesta.
Cabeza de Vaca guió durante el camino a su compañero Lope de Oviedo. Avanzaron por varios ancones —conocidos ya para el primero por haberlos explorado en sus frecuentes incursiones como mercader— y cuatro ríos, que cruzaron llevando el alguacil el peso de su compañero, ya que éste no sabía nadar.
Llegados a la bahía del Espíritu Santo, vieron venir hacia ellos a un grupo de indios. Cabeza de Vaca, que conocía ya su lengua, habló con ellos: tres cristianos como ellos, les dijeron, estaban más adelante. Sin duda, pensaron ambos españoles, se trataba de sus compañeros. Cuando preguntaron qué había ocurrido con los demás, la contestación fue que habían perecido de hambre y frío, así como por las flechas de los mismos indios con los que hablaban. Los tres infortunados que perecieron a manos de los indígenas, habían sido Diego Dorantes, Valdivieso y Diego de Huelva.
Siempre según el relato del grupo de pieles rojas, otros dos de ellos,.Esquivel y Méndez, habían sido muertos por los indios que ahora estaban con Andrés Dorantes; el motivo para haber acabado con ellos había sido un sueño que los nativos habían tenido.
Al parecer, los que quedaban vivos estaban en muy mala situación, apaleados por los indios y obligados a hacer difíciles y duros trabajos.
Cabeza de Vaca quiso ir inmediatamente a verlos. Los indios, sin embargo, le disuadieron: se encontraban a dos jornadas de allí, en tierras muy pobres cuyos habitantes eran de espíritu muy belicoso. Sin embargo, podían aguardar en aquel lugar dos días, al cabo de los cuales ellos mismos se acercarían allí, acompañados por los indios que los tenían prisioneros y que cogían nueces a una legua de donde ahora se encontraban.
Lope de Oviedo, sin embargo, no era partidario de esperar. Junto a la bahía que acababan de atravesar, había visto a unas mujeres indias, y decidió ir a su encuentro. En vano trató Cabeza de Vaca de convencerle de que lo más acertado y sensato era permanecer allí en espera de sus compañeros: Lope de Oviedo, sin escuchar consejos, regresó hacia atrás, donde estaban los indios deaguanes, en tanto Cabeza de Vaca se quedó con aquellos quevenes con la esperanza de ver a sus compañeros.
Habían pasado justamente dos días, cuando, tal como le anunciaran aquellos indios, llegaron al lugar indicado un grupo de los que tenían prisioneros a los cristianos. Cabeza de Vaca, por indicación de sus acompañantes, se separó de ellos mientras iban a avisar a los cristianos. Efectivamente, a los pocos momentos salió, en busca de Cabeza de Vaca, Andrés Dorantes, quien apenas pudo dar crédito a sus ojos cuando vio ante sí al alguacil. Hacía seis años largos que se habían separado, y ambos pensaban que ninguno habría podido sobrevivir en aquellos duros parajes. Dorantes condujo a su amigo hasta donde esperaba Alonso del Casillo, quien con igual sorpresa y alegría recibió al desaparecido compañero. «Este día —escribió Cabeza de Vaca— fue uno de los de mayor placer que en nuestros días habernos tenido.»
Dorantes explicó que llevaba mucho tiempo tratando de convencer a Castillo y a Estebanillo el Negro para que emprendieran la huida, pero éstos, temerosos de los ancones y los caudalosos ríos que en la zona había —ninguno de los dos sabía nadar—, no se habían decidido a seguir sus consejos.
Cabeza de Vaca afirmó que, indudablemente, la única posibilidad de salir de allí con vida y de regresar a tierra de cristianos era arriesgándose en la huida. Se comprometió a ayudar a sus compañeros, puesto que él era excelente nadador y estaba ya habituado a salvar los obstáculos de aquellas tierras, y puso en práctica su plan: era menester, en primer lugar, que los indios no se dieran cuenta de sus verdaderas intenciones, porque en ese caso era seguro que tratarían de impedirles la huida. Así pues, él mismo se quedaría voluntariamente entre los pieles rojas durante seis meses, al cabo de los cuales pondrían en práctica sus planes.
Cabeza de Vaca pasó a ser de nuevo esclavo de aquellos nativos. En esta ocasión, sus amos eran los mismos que los de Dorantes, un matrimonio tuerto «y un hijo que tenía y otro que estaba en su compañía, de manera que todos eran tuertos».
Durante el tiempo que estuvieron juntos, Cabeza de Vaca escuchó de boca de sus compañeros el relato de cómo habían terminado el resto de los que componían la expedición, y que se separaron en la desembocadura del río Mississippi.
Recordemos que, además de la embarcación de Pánfilo de Narváez, que se negó a ayudar a la de Cabeza de Vaca y a la de Téllez y Peñalosa, faltaba aún por tener noticias de lo acontecido a los que viajaban en la quinta, mandada por el contador y el comisario, con los que iban unos frailes.
Cabeza de Vaca supo que los trece que salieron de la isla de Mal Hado, hallaron la barca en la que viajaban el contador y el comisario. Más tarde, y cuando pasaban uno de aquellos cuatro caudalosos ríos en unas pequeñas canoas, perecieron ahogados cuatro de ellos, a consecuencia de las fuertes corrientes que en aquella época había. Anduvieron después unas sesenta leguas entre ancones difíciles de pasar, y en ellos murieron otros dos compañeros. En el gran ancón en el que se detuvieron, pudieron ver a un grupo de indios comiendo moras. Los expedicionarios, que durante aquellas jornadas se habían alimentado exclusivamente de cangrejos y hierbas, imitaron a los nativos pudiendo así saciar la gran necesidad de alimentos que tenían.
Poco después —continuó relatando Dorantes—, se encontraron con un indio que llevaba consigo a Figueroa, uno de los cuatro que Cabeza de Vaca enviara desde la isla de Mal Hado por ver si encontraban una posibilidad de salir de allí. Figueroa les dijo que el único que quedaba con vida era él, puesto que dos de sus compañeros habían muerto de frío y el tercero a manos de los indios, de los que intentó huir. Figueroa, más prudente, aceptó quedarse al servicio de los nativos, y de aquel modo había podido conservar la vida durante aquellos años.
En cuanto al contador y los frailes, se sabía también que, después de abandonar su barca, se toparon con los hombres del gobernador, que venían en su embarcación. Narváez había destituido al contador como lugarteniente, nombrando en su lugar al capitán Pantoja.
Notemos cómo Cabeza de Vaca, en su relación de los Naufragios, no olvida ningún detalle que pueda colaborar a dejar clara la conducta de Pánfilo de Narváez, la cual fue en ocasiones, además de inexperta y errónea, de dudosa rectitud.
Una vez en tierra, los hombres de la nave del Gobernador se quedaron en ella, pero aquél prefirió permanecer en la nao, y así lo hizo. Con él estaban un maestre y un paje enfermo. Un recio viento del norte, inadvertido para los que estaban en tierra, mandó el barco a la deriva. Aquel día había sido el final del gobernador Pánfilo de Narváez.
El resto de la tripulación de la nave capitana, así como los hombres que iban al mando del comisario y del contador, avanzaron siguiendo la costa. Ante la dificultad que había de marchar, decidieron construir unas pequeñas balsas, en las que pudieron avanzar durante mucho tiempo. En una parte de la costa, recortada y con un monte alto cercano, decidieron los expedicionarios permanecer momentáneamente. Habían visto cangrejos y mariscos, y al menos no sería el hambre quien acabara con ellos. Sin embargo, corría el mes de noviembre. El frío era cada vez más intenso, y los hombres comenzaron a morirse tanto a consecuencia de alimentos insuficientes como por causa del insoportable clima.
La trágica expedición continuaba disminuyendo. Unas veces era de hambre, de frío, a causa de un accidente. También los indios y las enfermedades terminaron con algunos de los expedicionarios; hemos visto cómo cuatro de aquellos hombres murieron comiéndose unos a otros... El capitán Pantoja pereció a causa de un mortal golpe que le diera uno de sus compañeros, un tal Sotomayor. Y conforme iban pereciendo los españoles de este último grupo, sus compañeros, hambrientos y descontrolados, los devoraban llegando incluso a hacer con ellos carne adobada para que se conservara durante días...
El último de los supervivientes fue Esquivel, quien se mantuvo con vida durante unos días comiendo del cuerpo del ultimo de los muertos, hasta que fue recogido por un indio que lo hizo su esclavo.
Todos estos hechos los conoció Cabeza de Vaca a través de Figueroa, que se topó en una ocasión con el superviviente y éste le relató lo acaecido. La razón de que ambos no siguieran juntos fue que Esquivel estaba ya convencido de que Panuco había quedado atrás; y así prefería vivir esclavo entre los nativos a buscar la muerte tierra adentro.
Los indios con los que ahora estaban los expedicionarios, anota Cabeza de Vaca, tenían también extrañas costumbres. Por ejemplo, practicaban la exogamia, y ello les llevaba a matar a sus hijas apenas nacer y echarlas a que las comieran los perros por evitar que de ellas nacieran nuevos enemigos.
Sus esposas, por tanto, las elegían entre las mujeres de sus enemigos, y para ello daban a cambio algún regalo, generalmente un arco con dos flechas o una red.
Su sustento principal eran unas raíces de tres especies de plantas, de muy mal sabor para los españoles y que tardaban en asar dos días enteros. En raras ocasiones cazaban un venado o pescaban algún pez, pero generalmente padecían tal hambre que recurrían a comer arañas, huevos de hormigas, gusanos, lagartijas, salmanquesas, culebras, y hasta madera y excremento de los venados. Tal necesidad pasaban, que Cabeza de Vaca afirma: «Creo averiguadamente que si en aquella tierra hubiese piedras las comerían.»
Las mujeres y los ancianos eran, para estos pieles rojas, los seres de menor categoría, y así, los hacían cargar y trabajar hasta el agotamiento. Las mujeres solamente descansaban seis horas al día, permaneciendo durante la noche atizando el fuego para secar las hierbas y cargando leña y agua durante la mañana.
Los españoles, durante el tiempo que pasaron con ellos, padecieron mucha hambre, llegando a estar incluso hasta tres días sin comer; los nativos, sin embargo, les decían que no se preocuparan porque el tiempo de las tunas estaba ya cercano y todos podrían saciarse de ellas.
Era precisamente la temporada de las tunas a la que esperaban Cabeza de Vaca y los suyos; en aquel tiempo tendrían que desplazarse hacia el norte, y sería la oportunidad de escapa de ellos.
Una vez pasados los seis meses que los expedicionarios habían calculado como plazo necesario para poder huir —aprovechando el tiempo de las tunas, fruta por los nativos muy estimada—, todos se pusieron en camino. Sucedió, sin embargo que entre los indios se suscitó una riña en la que salieron a relucir los cuchillos, resultando muertos varios de ellos. La causa había sido una mujer, que se disputaban entre varios individuos. El resultado fue que cada uno marchó por una parte, y con ellos los prisioneros españoles, que de aquel modo no se volvieron a ver.
Cabeza de Vaca pasó tan mala situación entre sus amos, que en varias ocasiones se fugó de unos y de otros, aunque su situación no mejoraba, tanto por la necesidad de alimentos como por el mal trato que recibía.
Transcurrió así otro año entero, hasta que de nuevo llegó el tiempo de las tunas. En el mismo lugar donde se habían separado doce meses antes, se volvieron a juntar los indígenas, y con ellos los prisioneros. Cuando de nuevo éstos pudieron hablarse, concertaron la fecha de la huida, aunque la mala suerte quiso que en seguida sus indios respectivos se separaran. Cabeza de Vaca, tuvo sin embargo tiempo de establecer una cita posterior: el primer día de luna llena, aguardaría en el lugar de las tunas; si sus compañeros no aparecían, se aventuraría él solo a huir.
En efecto, y tal como acordaron, se vieron allí pasados trece días, es decir, el de luna llena. Venían Dorantes y Estebanico solamente, puesto que, según dijeron a Cabeza de Vaca, Castillo se había quedado con los pieles rojas que estaban cerca de allí y que pertenecían a la tribu de los anegados. La suerte quiso que éstos y los que ahora estaban con los tres cristianos hicieran las paces, y así se juntaron todos, pudiendo los españoles estar reunidos al fin los cuatro. Antes de la partida, determinaron permanecer unos días en aquel lugar, donde las tunas eran abundantes. Esta fruta, de sabor muy dulce, provocaba una ardiente sed a los que la comían y, para saciarla, bebían de su jugo. A falta de vasijas donde hacerlo, practicaban un hoyo en la tierra y lo llenaban de zumo, bebiendo después de él hasta la saciedad.
«Por toda tierra —escribió Cabeza de Vaca en su informe al emperador— hay muy grandes y hermosas dehesas, y de muy buenos pastos para ganados; y parésceme que sería tierra muy fructífera si fuese labrada y habitada por gente de razón. No vimos sierra en toda ella en tanto que en ella estuvimos.»
Por aquellos indios tuvieron las últimas noticias del resto de sus compañeros. Los de la barca de Peñalosa y Téllez, que como se recordará quedó encallada y después derribada por la tempestad, habían todos muerto. Los propios indios que dieron esta noticia a los prisioneros —los camones—, habían sido los autores del asesinato. Lo llamamos asesinato porque, según ellos mismos confesaron, los cristianos venían tan flacos y debilitados, que apenas con tocarlos se caían por tierra, de tal modo que ni siquiera intentaron oponerse a sus atacantes, que terminaron con todos ellos sin necesidad de lucha.
Ahora sabía Cabeza de Vaca que, de los seiscientos que salieron en la empresa, ellos cuatro eran los únicos supervivientes, a excepción de Lope de Oviedo, que se quedó junto a unas mujeres indias y cuyo fin desconocían todos.
Finalmente, el día de la huida llegó. Faltaba muy poco para que las tunas se terminasen, y los españoles pensaron que por el camino quizás hallarían otros frutos con los que subsistir. Sin pensarlo más, y después de las grandes demoras sufridas, emprendieron la veloz huida de aquella tierra.
Caminaron durante todo el día a un apretado ritmo de marcha, puesto que temían que los nativos los estuvieran siguiendo. Ello, por otra parte, era una sospecha infundada, puesto que los indios los hubieran alcanzado en un santiamén: «Están tan usados a correr —dice Cabeza de Vaca en otro pasaje de Naufragios—, que sin descansar ni cansar corren desde la mañana hasta la noche, y siguen un venado; y de esta manera matan muchos de ellos, porque los siguen hasta que los cansan, y algunas veces los toman vivos.»
Al atardecer, llegaron los cuatro supervivientes hasta un lugar en el que vieron a un indio solo. A lo lejos, divisaron unas columnas de humo que se elevaban hacia el cielo, y quisieron saber qué clase de pieles rojas eran los que habitaban aquellos parajes.
Se aproximaron al indio, pero éste, al verlos ir hacia él, echó a correr; Estebanico el negro salió detrás de él y entonces el nativo, al verle a él solo, se detuvo para saber lo que quería. Estebanico lo único que intentaba averiguar era el origen del humo, y el receloso indio le contestó que provenía de unas casas allí cercanas, y que podrían llegar a ellas si iban detrás de él.
El indio, Estebanico, y detrás de ellos, los otros tres expedicionarios, llegaron hasta el grupo de cabañas. Ante ellas, ya los nativos los estaban esperando al parecer con pacíficas intenciones. Cuando los recién llegados explicaron en lengua de los mareames, una de las varias que por allí se hablaban, que deseaban descansar y que sus intenciones eran amistosas, fueron recibidos con toda hospitalidad. Dorantes y Estebanico fueron hospedados en una de las cabañas, y Castillo y Cabeza de Vaca en otra.
Aquellos pieles rojas pertenecían a la tribu de los avavares; cuando supieron las particulares virtudes de los españoles en cuanto a su facilidad de curación de enfermos, afirmaron no querer que se separaran de ellos, y que les darían toda serie de facilidades para vivir así como protección contra cualquier peligro o enemigo que intentara dañarlos.
La misma noche en que hubieron llegado los esforzados aventureros al poblado de los avavares, Castillo recibió la visita de uno de los nativos, a quien le dolía mucho la cabeza. Castillo, como único remedio, hizo la señal de la cruz sobre la frente del indio, y éste, apenas se hubo separado del español, afirmó estar curado. Poco rato después, regresó con tunas y un trozo de carne de venado. Detrás de él, un numeroso grupo de enfermos solicitaba también ser curado de diferentes males.
Los cuatro expedicionarios hicieron algunas curas, siempre acompañadas de la señal de la cruz, y la suerte no dejó un momento de favorecerles. Todos los enfermos que se acercaban resultaban curados o sensiblemente mejorados. Y todos ellos dejaban ante los españoles tunas y trozos de carne de venado, de modo que pronto no sabían ya dónde guardar tal cantidad de provisiones.
Aquella noche, los agradecidos avavares cantaron alrededor del fuego bailando sus danzas rituales de fiesta. Durante tres días estuvieron así, en honor a los recién llegados, que para ellos eran verdaderos redentores.
Los españoles, sin embargo, quisieron averiguar qué tierras había por delante de ellos. Supieron por aquellos indios que eran territorios casi despoblados, puesto que el frío era intenso y casi no existía en ellos caza ni frutos; las timas se habían ya terminado, y todas las tribus habían vuelto a sus lugares de origen. Fue así como Cabeza de Vaca y sus compañeros decidieron pasar allí aquel invierno.
«Al cabo de cinco días que allí habíamos llegado se partieron a buscar otras tunas adonde había otras gentes de otras naciones y lenguas; y andadas cinco jornadas con muy grande hambre, porque en el camino no había tunas ni otra fruta ninguna, allegamos a un río, donde asentamos nuestras casas, y después de asentadas, fuimos a buscar uñas frutas de unos árboles, que es como heros[8]; y como por toda esta tierra no hay caminos, yo me detuve más en buscarla: la gente se volvió, y yo quedé solo, y viniendo a buscarlos aquella noche, yo me perdí, y plugo a Dios que hallé un árbol ardiendo, y al fuego de él pasé aquel frío aquella noche, y a la mañana yo me cargué de leña y tomé dos tizones, y volví a buscarlos, y anduve de esta manera cinco días, siempre con mi lumbre y carga de leña, porque si el fuego se me matase en parte donde no tuviese leña, como en muchas partes no la había, tuviese de que hacer otros tizones y no me quedase sin lumbre, porque para el frío yo no tenía otro remedio, que me iba a las matas del monte, que estaba cerca de los ríos, y paraba en ellas antes que el sol se pusiese, y en la tierra hacía un hoyo, y en él echaba mucha leña, que se cría en muchos árboles, de que por allí hay muy gran cantidad, y juntaba mucha leña de la que estaba caída y seca de los árboles, y al derredor de aquel hoyo hacía cuatro fuegos en cruz, y yo tenía cargo y cuidado de rehacer el fuego de rato en rato, y hacía unas gavillas de paja larga que por allí hay, con que me cubría en aquel hoyo, y de esta manera me amparaba del frío de las noches; y una de ellas el fuego cayó en la paja con que yo estaba cubierto, y estando yo durmiendo en el hoyo comenzó a arder muy recio, y por mucha prisa que yo me di a salir, todavía saqué señal en los cabellos del peligro en que había estado. En todo este tiempo no comí bocado ni hallé cosa que pudiese comer; y como traía los pies descalzos, corrióme por ellos mucha sangre, y Dios usó conmigo de misericordia, que en todo este tiempo no ventó el norte, porque de otra manera ningún remedio había de yo vivir; y a cabo de cinco días llegué a una ribera de un río, donde yo hallé a mis indios, que ellos y los cristianos me contaban ya por muerto, y siempre creían que alguna vívora me había mordido. Todos hubieron gran placer de verme, principalmente los cristianos, y me dijeron que hasta entonces habían caminado con mucha hambre que esta era la causa de que no me habían buscado; y aquella noche me dieron de las tunas que tenían, y otro día partimos de allí, y fuimos donde hallamos muchas tunas, con que todos satisfacieron su gran hambre, y nosotros dimos muchas gracias a nuestro Señor porque nunca nos faltaba su remedio.»[9]
Los expedicionarios españoles continuaron practicando curaciones —Cabeza de Vaca las atribuye siempre a la misericordia de Dios— y haciéndose cada vez más gratos a los nativos.
Una mañana, vinieron hacia la tienda de Castillo un numeroso grupo de indios, entre los que habían cinco enfermos en muy mal estado. Ofrecieron al español sus arcos y sus flechas —señal de gratitud y de amistad—, y le rogaron que los curase. Durante la jornada les aplicó algunas de las curaciones conocidas por ellos —hierbas medicinales y desinfectantes— y, a la puesta del sol, todos confiaron en su buena suerte «santiguándolos y encomendándose al Señor». A la mañana siguiente, todos aparecieron sanos y sin síntoma alguno de enfermedad, marchando contentos entre alabanzas a sus salvadores.
Los casos de curaciones eran cada vez más frecuentes, y el prestigio que sus autores ganaban se fue extendiendo por toda la región. Cabeza de Vaca nos cuenta uno de los más sorprendentes casos: un grupo de indios susolas fue al campamento donde estaban los españoles a rogarles que fueran con ellos a sus casas, porque allí tenían varios enfermos, sobre todo uno de extrema gravedad. Castillo, a quien no gustaban los enfermos peligrosos por temor a perder su prestigio, no quiso acceder a la petición. Los susolas, entonces, le rogaron a Cabeza de Vaca, de quien también conocían sus cualidades, que fuera él allá, a lo que accedió el exalguacil. Le acompañaron Dorantes y Estebanico. Cuando llegaron hasta el poblado de aquellos indígenas, les presentaron al que ellos afirmaban que estaba más grave.
Apenas Cabeza de Vaca contempló al yacente piel roja, se dio cuenta de que ya nada se podía hacer por él. Dorantes, después de mirarle el pulso y los ojos, opinó de la misma manera: aquel hombre, sin duda, había muerto. Le quitaron la estera que le cubría, y con toda devoción suplicaron a Dios por él; no quisieron anunciar a los indios que era cadáver, porque no fuera aquello a desprestigiarlos como curanderos; irían primero a sanar a los demás enfermos, y luego comunicarían el fallecimiento de éste. Los susolas, por su parte, entregaron a los españoles varios regalos pertenecientes al que ellos creían enfermo, entre ellos su arco y sus flechas.
Al llegar la noche, y después de que Cabeza de Vaca y sus compañeros llevaran a cabo un gran número de curaciones, recibieron la noticia de que el primero de los enfermos, precisamente al que ellos creían muerto, se había levantado sano y sin dolores de ninguna clase.
Aquella espectacular curación acrecentó la fama de los españoles de una manera extraordinaria. De regreso con los indios que tan bien los habían acogido, recibían continuamente enfermos de otras tribus, viniendo muchos de ellos de lugares apartados de allí varias jornadas.
Las curaciones se practicaban siempre con éxito, y los favorecidos recompensaban a sus salvadores con toda clase de presentes, ya en forma de objetos, como arcos, esteras o pedernales —tengamos presente que los indios vivían entonces la época neolítica—, ya en alimentos, fundamentalmente tunas, carne de venado o pescado.
Durante el tiempo que permanecieron entre los avavares, unos ocho meses —que contabilizaron basándose en las fases lunares—, fueron considerados como los más grandes curanderos que jamás hubieran vivido en aquellas tierras, y sus milagrosos resultados los explicaban diciendo que sin duda eran hijos del sol.
Aunque en principio solamente Cabeza de Vaca y Castillo hacían curas, poco a poco fueron también Estebanico y Dorantes interviniendo en ellas, de modo que pronto fueron todos médicos. Cabeza de Vaca, empero, era el más diestro, según él mismo confiesa: «...aunque en atrevimiento y en osar cualquier cura era yo más señalado entre ellos...»
El afecto y sobre todo la admiración que los indios sentían hacia los cuatro supervivientes de la expedición española de Pánfilo de Narváez, llegó a tal punto que pensaban que, mientras permaneciesen entre ellos, ninguno podría morir; por esta causa, no querían que nunca les abandonasen, aunque llegó un momento en que los españoles desearon emprender de nuevo camino, siempre en la esperanza de «hallar tierras de cristianos».
Sorprende quizá saber que, según testimonio de Cabeza de Vaca, los indígenas contaban el tiempo por la temporada en la que cada fruta sale, ignorando en cambio las fases de la luna o cualquier otro sistema de medición del tiempo basado en los astros.
Durante los ocho meses que estuvieron los españoles entre estos indios, pasaron mucho frío, puesto que iban desnudos y por las noches se cubrían solamente con una piel de venado.
Transcurrido este tiempo, Cabeza de Vaca y Estebanico el negro se escaparon a una jornada de allí, al lugar donde habitaban los maliacones una vez entre ellos, Cabeza de Vaca mandó a su compañero que fuese a buscar a los otros dos, que llegaron allí al cabo de tres días.
Los nuevos indios con los que se quedaron los expedicionarios, y que les tenían la misma consideración que los anteriores, marcharon al cabo de irnos días a coger ciertas pequeñas frutas que crecían a unas jornadas de allí; con ellas subsistían durante diez o doce días, lo cual, era una temporal salvación hasta la llegada del tiempo de las tunas, único alimento seguro y abundante con el que contaban aquellas gentes.
Sucedió en el camino que hallaron a un grupo de indios desfallecidos, hambrientos, y con señales de enfermedad en sus rostros. Los maliacones se alejaron de ellos rápidamente, pero los españoles, a los que no interesaba retroceder más en su interminable periplo, les notificaron que ellos se quedaban allí.
Cuando aquellos nuevos nativos se dieron cuenta de que las intenciones de los visitantes cristianos eran quedarse entre ellos, hablaron entre sí. Mientras, los españoles contemplaban asombrados las caras hinchadas y los patéticos cuerpos de aquellos hombres, víctimas sin duda de la inanición.
Los indios, que pertenecían a la tribu de los arbadaos, decidieron al fin llevarlos con ellos. Tomáronlos de la mano, y todos se dirigieron hacia el poblado, donde acogieron a los recién llegados con hospitalidad.
Entre estos nuevos indios pasaron los expedicionarios todavía más hambre que con los anteriores; su único sustento eran dos puñados de aquella fruta silvestre, cuyo jugo lechoso les quemaba la boca provocándoles una espantosa sed que no podían mitigar por falta de agua suficiente. Los españoles, que entre tanto fabricaban con sus manos diversos objetos, consiguieron cambiar redes y otras cosas por dos perros. Estos animales, perros coyotes o de las praderas, eran estimados entre los indios no solamente como alimento en las grandes solemnidades, sino también como figura principal en sus ceremonias rituales.
Con los estómagos llenos y el ánimo algo más levantado, Cabeza de Vaca, Dorantes, Castillo y Estebanico decidieron proseguir su camino. Aquellos indios, que como dijimos les tomaron gran estima, se ofrecieron a acompañarlos hasta el siguiente poblado, habitado por hombres de su misma lengua. Ello, sin embargo, no impidió que, habiendo caído una gran intensa lluvia, toda la expedición perdiera el camino y se internara en un monte. Asaron unas hojas de tuna que encontraron en él, y a la mañana siguiente pudieron comerlas reanudando la marcha.
Por fin, llegaron al lugar donde estaban los indios que buscaban. Estos, cuando vieron a los extraños hombres que se acercaban hacia ellos, se mostraron desconfiados y temerosos; sin embargo, y después de que los españoles y sus acompañantes nativos les explicaran la situación, parecieron calmarse y ofrecieron hospitalidad a los extranjeros.
Aquellos hombres pasaban también mucha hambre. De momento, se alimentaban de hojas de tuna asadas y del mismo fruto, verde y apenas sin valor alimenticio. No era de extrañar, pues, el estado de debilidad que presentaban y la cantidad de enfermos que continuamente tenían.
Inmediatamente de llegar los expedicionarios, los acercaron los indios a un grupo de los más enfermos para que fueran curados por ellos. Como ya era habitual, los españoles aplicaron sus remedios e hiciéronles la señal de la cruz, mandándoles luego a sus respectivas casas para que en ellas recibieran los cuidados necesarios.
Durante algunos días permanecieron en aquel poblado, constituido por unas cincuenta chozas, hasta que un día aparecieron en el mismo un grupo de pieles rojas que venían de unas tierras más adelante. Los cristianos decidieron irse a donde ellos los llevaran, y así se lo notificaron a sus indios. Estos, con gran pena y sentimiento, prorrumpieron en llantos —tal era el afecto que ahora todos los nativos profesaban a los cristianos—, pero finalmente los dejaron marchar con los recién llegados.
Cabeza de Vaca nos ha relatado algunas de las costumbres que los indios tienen, de los que él tuvo ocasión de conocer y tratar —unos con más ventura que otros—, desde que dejaran los españoles la isla de Mal Hado.
Cuando una mujer de aquellas estaba esperando un hijo, durante dos años dejaba de dormir con el marido. Una vez nacido el niño, éste se criaba amamantado del pecho de la madre hasta la edad de doce años. Cuando los españoles vieron a uno de estos jovencitos alimentarse todavía de aquella forma, su sorpresa no tuvo límites. Los nativos, sin embargo, se habían acoplado a las condiciones de vida que aquellos parajes ofrecían: la única forma de conseguir que los hijos no perecieran de hambre, era aquélla; una vez habían cumplido los doce años, los muchachos estaban ya en disposición de buscarse la comida por su cuenta.
Las tribus que los españoles visitaron en aquellos territorios eran, a pesar de las dificultades continuas que habían de pasar para el propio mantenimiento, de carácter belicoso y muy guerrero, como lo serían «si fuesen criados en Italia y en continua guerra».
En las frecuentes escaramuzas guerreras que las diversas tribus tenían entre sí, no solamente se ponía de manifiesto el valor y la fuerza de sus combatientes, sino también la astucia increíble de la que se valían a veces.
Cuando dos tribus o clanes estaban en hostilidad, una de ellas era frecuente que pusiera en plan un ardid que, si bien era conocido por el enemigo, la ignorancia de cuándo se estaba aplicando hacía permanecer su eficacia. Consistía en practicar unas zanjas, a modo de trinchera, alrededor o al frente de las cabañas; en estos escondrijos, se metían todos los habitantes del poblado, incluidas las mujeres y los niños, y en ellos se camuflaban como mejor podían, valiéndose de ramas y troncos. Después, encendían hogueras ante las cabañas de modo que pareciese que ellos aún estaban en sus casas. Llegada la mañana, salían de las trincheras y reavivaban el fuego, siempre para conseguir que no se supiera que los de la tribu estaban fuera de allí. Tarde o temprano, el enemigo terminaba entrando al poblado pensando en encontrar a sus moradores desprevenidos; sin embargo, eran ellos mismos los sorprendidos cuando comprobaban que las cabañas estaban vacías y que eran atacados desde detrás por los ocultos enemigos.
Los nuevos anfitriones de los expedicionarios se mostraron aún más atentos que los anteriores. Después de obsequiarles con harina de mezquiquez[10], celebraron una gran fiesta, en la que toda la tribu estuvo bailando y cantando hasta muy entrada la noche. Después, seis de aquellos indios permanecieron vigilando a cada uno de los españoles para impedir que nadie los molestase hasta que saliera el sol.
A la mañana siguiente, llegaron al poblado un grupo de mujeres indias que venían de una tribu que estaba unas millas más adelante. Los expedicionarios, que en tanto no encontrasen tierra habitada por cristianos no se decidían a establecerse, las tomaron por guías y con ellas marcharon, dejando a los de allí sumidos en la misma pena en que cayeran los anteriores; tal era el afecto que todos sentían hacia los milagrosos curanderos «hijos dél sol».
Caminaron los españoles con aquellas mujeres durante todo el día. Para llegar al poblado, tuvieron que pasar un río, que les llamó la atención por su gran caudal y la fuerza de su corriente. Debemos pensar, pues, que los expedicionarios se hallaban en territorio de lo que hoy es estado de Texas, EE.UU. El río en cuestión probablemente era el Río Grande del Norte.
A la puesta del sol, y unos centenares de pasos antes de que pudieran alcanzar el poblado, salieron hacia ellos sus habitantes, en trajes de fiesta y haciendo sonar unas calabazas en las que habían metido piedras. Con un extraordinario entusiasmo, los rodearon, saludándolos entusiasmados y alzándolos del suelo, de modo que, entre apretones y empujones, los agasajados cristianos llegaron al poblado agotados. Este, algo mayor que los que últimamente venían viendo, estaba formado por un centenar de cabañas, igualmente construidas con una especie de mimbre tejido que podían desmontar y trasladar consigo cuando se mudaban de lugar.
Durante toda la noche, como les sucediera en el anterior poblado, los indios no dejaron de agasajarlos celebrando su llegada con bailes y cantos. A la mañana siguiente, les llevaron un grupo de enfermos de la tribu para que fueran curados. Castillo, Dorantes, Cabeza de Vaca y Estebanico, cada vez dominaban más las técnicas de curación necesarias para los males comunes que afectaban a aquellos nativos, y consiguieron sanarlos.
Observaron entonces los cuatro compañeros, que los familiares de los enfermos, y aun éstos mismos, entregaban presentes a las mujeres de la anterior tribu que habían acompañado a las de ésta. Después, se alejaron hacia sus casas como si su misión hubiera sido cumplida.
le parece que no está dulce, pide tierra y revuélvela con ella, y esto hace hasta que la halla dulce, y asiéntanse todos alrededor y cada uno mete la mano y saca lo que puede, y las pepitas de ella toman a echar sobre unos cueros y las cáscaras; y el que lo ha molido las coge y las torna a echar en aquella espuerta, y echa agua como de primero, y toman a exprimir el zumo y agua que de ello sale, y las pepitas y cáscaras toman a poner en el cuero, y de esta manera hacen tres o cuatro veces cada moledura; y los que en este banquete, que para ellos es muy grande, se hallan, quedan las barrigas muy grandes, de la tierra y agua que han bebido.» (Naufragios, cap. XXVII.)
Esta nueva costumbre fue generalizada en toda la región: los expedicionarios, que pronto abandonaron también aquel poblado, observaron que los nativos venían con ellos hasta que encontraban nuevos indios. Otra vez la bienvenida se repetía, y los enfermos entregaban a los que con ellos iban presentes (arcos, flechas y otros objetos), y entonces éstos los presentaban ante los portentosos curanderos, que practicaban su arte en beneficio de ellos.
Habían los expedicionarios transformado todo el concepto del mercado que los pieles rojas tenían. Se habían convertido en un valor de cambio, en una mercancía que pasaban unos a otros beneficiándose de ella. Los españoles recibían, sin embargo, carne de venado —cuando la había— y otros alimentos, por lo que también a ellos les favorecía la nueva costumbre.
La ambición de los que «poseían» a los portentosos «hijos del sol» fue creciendo de tal modo, que ya no se conformaban con recibir regalos de los poblados que visitaban; terminaron por saquear éstos sin dejar en ellos nada que tuviera algún valor. Después, se marchaban con los suyos dejando a los españoles sumidos en una gran tristeza al ver los abusos que por su culpa se estaban cometiendo entre los nativos. Sin embargo, éstos los animaban y pedían que no se entristecieran, puesto que el poblado venidero era más rico que el suyo y en él se resarcirían de lo que habían perdido. Lo importante para ellos era tener consigo a los expedicionarios, que además de curar a sus enfermos constituían un tesoro material por el derecho que daban a posesionarse de lo que hallasen en la siguiente tribu.
El éxodo continuó durante largo tiempo. Llegaron al fin a divisar unas montañas, y variaron su ruta yendo hada el sur.
En realidad, habían atravesado los Estados Unidos desde el Atlántico hasta la Sierra Madre Occidental, cerca ya de las costas del Pacífico.
Durante varias jornadas estuvieron siguiendo a lo largo de aquella cordillera, hasta que finalmente decidieron variar el rumbo, por ver si encontraban tierra de cristianos y porque, en caso de que alguno de ellos se salvase, pudiera dar cuenta y descripción de aquellas tierras.
Llegados los expedicionarios a un poblado que había tierra adentro (ya dejadas las montañas), les ofrecieron como presentes calabazas, que los indígenas estimaban como objetos de especial devoción. Pero lo que más llamó la atención de los cuatro aventureros fue una especie de cascabel, hecho con bronce, y en cuya cara exterior había labrado un rostro. Se dieron cuenta de que habían pasado, de la Edad de Piedra, a la de los Metales y se apresuraron a preguntar en dónde lo habían obtenido, puesto que ello significaba que en algún lugar conocían el brado y el vaciado.
Después de atravesar unas sierras de una longitud de siete leguas, y siguiendo la dirección que los habían indicado, Cabeza de Vaca y sus compañeros llegaron a un poblado en el que encontraron a un grupo de indios con la cara pintada con margarita y alcohol molido, productos que ofrecieron a los recién llegados.
En aquel mismo lugar, presentaron a Cabeza de Vaca un enfermo que, según explicaron los nativos, había recibido un flechazo en el pecho hacía tiempo; y, aunque no moría, tampoco terminaba de sanar. Al parecer, aquel hombre se resentía periódicamente de su herida y caía enfermo sin fuerzas para nada.
Cabeza de Vaca, apenas tocó el pecho del enfermo, se dio cuenta de que tenía dentro una punta de flecha. Sirviéndose de un afilado pedernal, le sajó y con no pocos esfuerzos consiguió extraerle la punta de la flecha, de considerable longitud. Hecho esto, le cortó la hemorragia como pudo, y después, aprovechando la gran experiencia adquirida en sus varios años de improvisado médico, le dio varios puntos con un hueso.
El asombro de los indígenas al contemplar la rudimentaria operación quirúrgica fue tal, que pidieron al español que les entregara la flecha y la enviaron tierra adentro con otros indios para que todos se asombrasen del prodigio.
La curación de aquel herido dio a los expedicionarios tal prestigio entre los pieles rojas, que ninguno quería separarse de ellos. Era preciso, sin embargo, continuar; los españoles preguntaron a los indios por aquel cascabel de bronce que ellos llevaban consigo y éstos, a los que no sorprendía el objeto, les dijeron que no lejos de allí había unas planchas de aquel material muy estimadas por ellos.
Los expedicionarios se pusieron en camino. Como ninguno de los indios quería abandonarlos, llevaron consigo a toda aquella numerosa compañía, la cual había de serles de gran utilidad en algunas ocasiones.
Al tiempo que marchaban por los frondosos valles en dirección sur, los indígenas, abiertos en un gran abanico, iban espantando todas las liebres que por allí había. Cuando una de éstas saltaba, siempre tenía cerca una estaca que terminaba con ella.
De aquel modo, cuando llegaba la noche y acampaban, contaban con carne más que suficiente para todos ellos alimentarse.
Los pieles rojas que disponían de arco y flechas, marchaban paralelos al resto de la comitiva, pero ellos lo hacían por el monte, donde a su vez daban caza a los muchos venados que por allí había. Aquellas piezas, junto con las cobradas en el valle, proporcionaban alimentos en tal cantidad que los españoles hacía años que no comían de aquel modo. Parecía que la suerte estaba cambiando paulatinamente y siempre a su favor...
La escena que se ofrecía a cualquier observador que hubiera tenido la oportunidad de presenciar aquella extraña expedición, era verdaderamente asombrosa.
Los indios, en número de tres a cuatro mil, seguían a los españoles como a verdaderas divinidades. Todo cuanto decían les parecía bien, y allí, entre los verdes valles de la Sierra Madre Occidental, la noche era testigo de cómo se acercaban a ellos llevando las piezas que habían capturado: venados, liebres, pájaros, codornices y otras piezas, sin que ellos se atrevieran a tocarlo antes de que los expedicionarios hubieran comido. Estos, por su parte, daban el numeroso sobrante a los pieles rojas para que se lo repartiesen entre ellos. Dormían Cabeza de Vaca y los suyos en unas cabañas que los indígenas les hacían cada día, una para albergar a cada uno de ellos, y antes de acostarse debían los españoles soplar los alimentos para que los nativos los comieran, convencidos éstos de que aquello les salvaba de cualquier desgracia.
De aquel modo continuó la expedición durante varias jornadas más. Ahora, cuando aquella multitud llegaba a un poblado, ya no había necesidad de saquearlo, porque sus habitantes abrían las puertas de sus cabañas y ofrecían voluntariamente sus bienes a los españoles. Estos, los repartían entre todos los que les acompañaban.
Anduvieron así unas cincuenta millas más, al cabo de las cuales el paisaje comenzó a cambiar y con él las condiciones de vida. Los alimentos fueron cada vez más difíciles de conseguir, y los expedicionarios, así como todos los que compartían su camino, comenzaron a pasar hambre, cada vez más perentoria.
Finalmente, llegaron a otro poblado indio, en el que pudieron reponer algo de sus mermadas fuerzas.
Los españoles estaban convencidos de que su salvación estaba hacia el oeste, y así se lo dijeron a los indios; se encaminarían hacia allí para encontrarse en tierra de cristianos.
Los nativos, sin embargo, quisieron disuadirlos de tal idea. En aquella dirección, les dijeron, tardarían mucho tiempo en encontrar nuevos indios. Quisieron Cabeza de Vaca y sus compañeros que ellos fueran adelantándose para así anunciar su llegada, pero los pieles rojas no parecían querer entender.
Al fin, supieron que la realidad era que los indios que había más allá, en dirección oeste, eran enemigos de los que con ellos estaban, y esa era la razón de que no quisiera nadie adelantarse. Sin embargo, hallaron una solución, consistente en enviar por delante a dos mujeres. Como ya hemos tenido ocasión de ver, las mujeres indias tienen poder para comerciar o parlamentar aun cuando los interesados sean enemigos.
Concertaron encontrarse con las indias en un determinado lugar, una vez hubieran llevado a cabo su misión, pero la sorpresa aguardaba a los expedicionarios, puesto que, después de un retraso de cinco días, se dieron cuenta de que las emisarias no regresarían nunca.
Pidieron entonces a los indios que los condujeran hacia el norte, y de nuevo los nativos se excusaron con idénticas razones: por allí no había habitantes cercanos, y los que pudieran encontrar eran enemigos.
Los españoles, para conseguir que los pieles rojas continuaran indicándoles el camino, pusieron en práctica un plan: Cabeza de Vaca, fingiendo un gran enfado, se alejó de ellos sin querer hablar con nadie, y pasó la noche apartado de la muchedumbre. Le preguntaron que qué era lo que pasaba, y él no quiso responderlos.
Aquella noche, los nativos no pudieron dormir, y se la pasaron hablando entre ellos de las consecuencias que podría tener el haber dejado de complacer a aquellos «hijos del sol».
Quiso la casualidad que un hecho verdaderamente portentoso viniera a favorecer a los expedicionarios: en el siguiente día, comenzaron a caer enfermos muchos indios, e incluso ocho de ellos murieron. Para los nativos no había duda de que la causa era haber molestado a los expedicionarios, de modo que los rogaron que aceptasen su compañía en la dirección que ellos quisiesen, y que dejasen ya de desear la muerte de ninguno de ellos.
Cabeza de Vaca y sus compañeros estaban realmente apenados al ver cómo aquellas desdichadas gentes creían en tales brujerías, pero como tampoco podían desaprovechar la ocasión de ir en busca de tierras habitadas por cristianos, fingieron ser ellos, en efecto, quienes habían causado los males.
Es fácil suponer el efecto que produjo en la región la noticia de que aquellos hombres podían causar la muerte de cualquier hombre tan solo con desearlo; por si hubiera todavía alguna duda, quiso también la casualidad que, apenas hechas las paces entre los indios y los expedicionarios, aquéllos comenzaran rápidamente a mejorar.
Los familiares de los ocho nativos muertos, ni siquiera lloraron. Observaron los cristianos que ninguno de ellos hablaba entre sí, y que no demostraban sentimiento alguno, ni de alegría ni dé tristeza. Ya hemos dicho cómo la familia de un difunto llora amargamente la pérdida del ser querido, y cómo estos llantos duran todo un año; aquello, pues, era verdaderamente sorprendente.
Una mujer, sin duda esposa de uno de los indios muertos, comenzó en determinado momento a llorar la pérdida del hombre. Inmediatamente, otros indios la apartaron de allí y, con unos agudos dientes de ratón, la sajaron desde los hombros hasta las piernas produciéndola unos horribles surcos. Cabeza de Vaca, que pudo observar el cruel martirio, preguntó irritado la razón de él, y los nativos le contestaron que aquella mujer se había atrevido a llorar en su presencia.
El respeto que todos sentían hacia los cuatro aventureros estaba ya a punto de convertirse en idolatría.
Tres días más tarde, cuando ya los indios convalecientes se hubieron recuperado, aparecieron las mujeres indias que habían salido ocho días antes para encontrar el siguiente poblado indio y tratar de parlamentar con sus habitantes, enemigos de los que ahora estaban con los expedicionarios.
.El siguiente poblado, según informaron aquellas mujeres, estaba casi deshabitado, puesto que sus moradores se habían marchado por ser el tiempo de las vacas. Decidieron, sin embargo, dirigirse allí adelantando a alguno de ellos, quien, acompañado por las dos mujeres indias, indicaría la llegada de todos para que salieran a recibirlos. A los españoles, como puede verse, no interesaba tampoco en absoluto terminar con el mito de sus extraordinarios poderes, al menos en tanto pudieran utilizarlo para su propio beneficio en la búsqueda de tierras civilizadas.
Se adelantaron Castillo y Estebanico el negro junto con las dos mujeres, y a los tres días de marcha llegaron a un río en cuya orilla se levantaba un pequeño pueblo, con la particularidad de que sus casas no eran ya desmontables: por primera vez en muchos años, se encontraban ante un pueblo «de asiento», no nómada. La alegría que los expedicionarios sintieron con este hallazgo fue inmensa, puesto que aquello era indicio de que iban por buen camino para aproximarse a tierras civilizadas.
Cuando Castillo regresó al lugar donde aguardaban Dorantes y Cabeza de Vaca y notificó el hallazgo, éstos apenas podían creerlo. Añadió el español —al que acompañaban cinco indios del pueblo en cuestión—, que aquella gente comía fríjoles y maíz. Toda la comitiva reanudó presurosa la marcha, y pronto se encontraron con Estebanico, que se dirigía hacia dios acompañado de los principales del pueblo.
Como los moradores de aquel poblado y el gran número de indios que iban con los cuatro españoles eran enemigos entre sí, hubo un momento de confusión; finalmente, y como unos y otros no llegaran a entenderse, decidieron los expedicionarios abandonar a los que hasta entonces habían sido sus guías.
Marcharon pues hada el descubierto pueblo, donde fueron magníficamente recibidos. Pudieron comer fríjoles y beber agua en calabazas que les fueron presentadas. La suerte parecía continuar favoreciéndoles.
Una nueva costumbre se introdujo entre los nativos para recibir a los cristianos; ya no lo hacían saliendo a buscarlos y ofreciéndoles comida y regalos, sino que aguardaban en sus casas, en el centro de las cuales colocaban lo mejor que cada uno tenía para que lo tomasen ellos si lo deseaban. Tenían preparados alimentos para que comiesen lo que les apeteciera y ellos mientras tanto permanecían contra la pared, de espaldas, y cubriéndose el rostro con sus abundantes melenas. Ofrecieron también a los expedicionarios mantas de pieles, y los dieron un trato inmejorable.
Aquellos indios, señala Cabeza de Vaca, iban completamente desnudos, exceptuando algunas pieles que llevaban las mujeres y los ancianos que ya no podían guerrear.
A pesar de ser gente «de asiento», no cultivaban maíz, producto que por otra parte consumían en abundancia. Extrañado Cabeza de Vaca, preguntó la razón de que no trabajaran la tierra para obtener de ella más alimentos. Le respondieron los indios, que hacía dos años lo intentaron, con tan mala suerte, que la sequía lo echó todo a perder y lo que no estropeó el tiempo se lo comieron los topos. Sembrarían de nuevo, afirmaron, cuando el tiempo anunciase una temporada de abundantes aguas.
Dorantes, Cabeza de Vaca, Castillo y Estebanico, no querían permanecer allí más tiempo, sobre todo ahora que sospechaban estar sobre el camino que los conduciría a tierras civilizadas. Así pues, al día siguiente emprendieron la marcha, a pesar de que los indios les informaron que no encontrarían gente ni comida durante diecisiete jornadas, en las que solamente se podrían alimentar de una fruta a la que ellos llamaban chacan[11].
Los nativos añadieron que ellos no podían acompañarlos río arriba (este era el camino que los expedicionarios seguirían), tanto por lo inhóspito del terreno como por los habitantes que en él moraban, que eran enemigos suyos. Aseguraron que éstos, aunque no podrían ofrecer nada de comer a los visitantes, porque no tenían ni para ellos, los recibirían sin embargo con toda hospitalidad y que los darían mantas de algodón así como otras cosas que poseían.
Determinaron los españoles permanecer dos días más entre aquellos indios antes de emprender el camino aquel, al que denominaban del maíz por encontrarse al final de él este preciado alimento.
Los nativos con los que ahora estaban los españoles, a pesar de hacer vida sedentaria, estaban en algunos aspectos más atrasados que los anteriores. Conocían el fuego y la piedra pulimentada, pero sin embargo no habían inventado cacharros resistentes al fuego. En una ocasión ofrecieron a sus huéspedes fríjoles y calabazas cocidas, y éstos se preguntaron cómo conseguían cocinar aquello sin tener vasijas.
El procedimiento empleado era muy curioso. Ponían en el fuego piedras grandes hasta que se calentaran mucho, después de las cuales cogían (sirviéndose de unas pinzas de madera) y las introducían en una calabaza hinchada de agua. La operación la repetían varias veces, empleando para ello alternativamente varias piedras, hasta que el agua alcanzaba tal temperatura que rompía a hervir. De aquel modo conseguían cocer los fríjoles y las calabazas.
Los expedicionarios, como ya se ha dicho, no querían ya ni por un momento abandonar el camino oeste, hacia la puesta del sol, convencidos de que sería el que los condujera a tierras conocidas.
Tal y como los nativos les habían indicado, anduvieron durante diecisiete días caminando siempre río arriba. La hospitalidad de los indios que encontraron a su paso, hubo de reducirse a ofrecerles unas mantas de piel de vaca, puesto que también ellos carecían de alimentos.
Durante estas etapas, los españoles se estuvieron manteniendo casi exclusivamente con una pequeña ración diaria de grasa de venado que llevaban consigo y que racionaban con suma meticulosidad.
Después de atravesar el río, tuvieron que andar justamente otras diecisiete jornadas, siempre acompañados por los indios del último poblado por el que pasaban.
Finalmente un día, a la puesta del sol, llegaron a un pueblo de «casas de asiento», donde sus habitantes, tenían grandes cantidades de maíz, fríjoles y calabazas.
Gentes hospitalarias, al igual que todas las que en aquella región habían encontrado, los indios proveyeron a los recién llegados de estos mantenimientos y de una fina harina de maíz que pareció a Cabeza de Vaca y a sus compañeros el mejor de los manjares.
Continuaron camino los cuatro hombres y, durante cien leguas, siguieron hallando pueblos con casas de asiento, unas hechas con barro y otras con cañas[12].
Aquellos indios entregaron a Cabeza de Vaca, como obsequio, unas esmeraldas con las que ciertos indígenas fabricaban las puntas de sus flechas. Preguntados los indios de dónde las habían obtenido, respondieron que las cambiaban por penachos y plumas de papagayos a unos nativos que habitaban en unas altas sierras, en dirección norte, donde había también casas de gran tamaño.
Los indios entre los que se encontraban ahora los exploradores vivían en régimen de matriarcado, y así, no es extraño que a Cabeza de Vaca le llame la atención la diferencia que hay entre aquellas mujeres y las que hasta entonces había visto en el resto de las tribus.
«Entre éstos —escribe el explorador— vimos las mujeres más honestamente tratadas que a ninguna parte de Indias que hubiésemos visto. Traen unas camisas de algodón, que llegan hasta las rodillas, y unas medias mangas encima dellas. de unas faldillas de cuero de venado sin pelo, que tocan en el suelo, y enjabónanlas con unas raíces que limpian mucho, y ansí las tienen muy bien tratadas; son abiertas por delante, y abiertas, con unas correas; andan calzados con zapatos.»
Por todas partes se repetía el espectáculo de las gentes en tropel que se amontonaban para que los españoles las santiguasen una a una, trabajo que en verdad les proporcionaba no poco cansancio. Entre las indias que los acompañaban —jamás anduvieron solos, puesto que los hospitalarios nativos no los dejaban hasta estar en manos de otros—, se dio en varias ocasiones el caso de que naciera algún niño, y también madre e hijo corrían inmediatamente hacia los españoles para que santiguasen el recién nacido.
El afecto y consideración hacia los exploradores no decrecía nunca, lo cual convenía mucho a los perdidos navegantes. Para conservar el respeto de aquellos hombres, procuraban no hablar más que entre ellos y no dirigirles nunca la palabra. El encargado de transmitir las indicaciones de los indios en cuanto a itinerarios, costumbres, etc., era el negro Estebanico, que con su avispado carácter los sacaba frecuentemente de apuros.
Se espantaban los indios de ver la enorme resistencia física de aquellos hombres (en aquella región pensaban que habían descendido del mismo cielo), y en efecto así era.
El continuo trabajo al que durante los años que estuvieron en aquellas tierras se vieron sometidos, había endurecido y curtido de tal forma a los españoles, que ni aún los propios indígenas del país podían explicarse, por ejemplo, que fueran capaces de caminar a paso rápido durante todo el día sin comer nada. Cuando por las noches hacían una pequeña cena y se acostaban, verdaderamente los expedicionarios apenas sentían fatiga, tan habituados estaban ya a caminar.
Aunque durante el tiempo en que permanecieron en tierras de indios los españoles habían aprendido hasta seis lenguas diferentes, frecuentemente se tenían que entender por señas, puesto que había una variedad interminable de dialectos.
Intentaron explicar a sus anfitriones algo del credo cristiano, y así, les hablaron de que en el Cielo existía un Dios Todopoderoso de quien procedían todas las cosas buenas y que era quien a ellos les protegía. Oído esto, muchos de aquellos nativos, cuando salía el sol, elevaban las manos al cielo en actitud de sumisión hacia aquel extraño Dios del que les hablaban los extraordinarios hombres que todo lo curaban.
«Es gente —afirma Cabeza de Vaca— bien acondicionada y aprovechada para seguir cualquier cosa bien aparejada.»
Siguiendo siempre la misma ruta, llegaron los cuatro expedicionarios a un pueblo en el que regalaron a Dorantes más de seiscientos corazones de venados, lo que determinó que bautizaran al pueblo con el nombre de Corazones.
En aquella tierra, los exploradores calcularon que debía haber unas mil leguas de terrenos habitados y perfectamente cultivados, con cosechas abundantes y numerosas (tres por año). Abundaban igualmente los venados, que cazaban con flechas emponzoñadas en unos árboles muy frecuentes allí y cuyo jugo, si se echaba a un riachuelo, era suficiente para envenenar todas sus aguas.
En uno de aquellos pueblos, hubieron de detenerse durante unos quince días, a causa de la pertinaz lluvia caída, que había hecho crecer tanto un río allí existente que inútilmente trataron de vadearlo.
Aquella demora permitió a los españoles tener las primeras noticias de hombres de su raza. Castillo vio, en efecto, cómo un indio llevaba colgada al cuello una cinta de cuero con una hebilla y un clavo de errar cosiéndolo todo.
Inmediatamente, Castillo tomó aquel objeto del cuello del piel roja y preguntó que de dónde lo había sacado, al tiempo que llamaba a sus compañeros para que presenciaran el esperanzador descubrimiento.
La respuesta que obtuvieron a sus preguntas fue que aquello procedía del cielo. Insistieron los españoles sobre más detalles, y terminaron los indios por decirles que lo habían abandonado unos hombres del mismo aspecto que ellos, es decir con barbas (los pieles rojas no tenían bello en el rostro, puesto que al nacer eliminaban tal posibilidad practicándose unos surcos en la cara y desollándose la piel).
Aún continuaron los ávidos españoles haciendo preguntas, y pudieron saber que aquellos hombres de los que les hablaban iban montados en caballos y que llevaban lanzas, con las cuales habían dado muerte a dos indios.
Cabeza de Vaca y los suyos, reponiéndose a la desagradable noticia —aquellos indios eran naturalmente pacíficos con los extranjeros a menos que se los provocara—, continuaron preguntando. Querían saber, sobre todo, el camino que hablan seguido. Quizá pudieran conducirles directamente al poblado de los blancos...
Sin embargo, la fortuna quiso que todavía no encontraran rastros de su civilización. Aquellos hombres, «hijos del sol, como ellos», se habían hundido en el mar, donde también metieron sus lanzas y caballos, y se habían alejado hada el sol.
La fantástica interpretación del embarque de sus correligionarios, lejos de desanimar a los españoles, les infundió una enorme alegría: todavía no encontrarían a nadie, pero al menos sabían que estaban cerca de una ruta de cristianos. Habida cuenta de la magnitud del continente en que estaban y de la cantidad de rumbos posibles a tomar, podemos considerar que, en efecto, la suerte les había sonreído.
Para calmar a los indios, los españoles apresuraron el paso en busca de sus compatriotas afirmando que lo que les interesaba era encontrarlos pronto para advertirles que no debían hacer mal alguno a los indígenas, ni robarlos, ni tomarlos como esclavos. Los indios se pusieron muy contentos de ver que contaban con tan poderosos protectores, y todos reanudaron la marcha cada vez más deprisa.
La expedición atravesó cientos de leguas más y las noticias de cristianos eran cada vez más frecuentes.
Las señales que los conquistadores cristianos habían dejado a su paso eran sumamente sencillas de seguir. En los lugares por donde pasaban los cuatro perdidos exploradores, tuvieron ocasión de ver campos fértiles que habían sido devastados, poblados enteros de nativos incendiados y saqueados... Muertos, hambre, miseria: ese era el resultado de las incursiones de los conquistadores.
Cabeza de Vaca, profundamente dolido por el espectáculo que cada día presenciaba, y después de haber sido tratado tan cortésmente por aquellos hombres, no pudo menos de escribir a Carlos I «Fue cosa de que tuvimos muy grande lástima, viendo la tierra muy fértil, y muy hermosa y muy llena de agua y de ríos, y ver los lugares despoblados y quemados, y la gente tan flaca y enferma, huida y escondida toda; y como no sembraban, con tanta hambre, se mantenían con cortezas de árboles y raíces. De esta hambre a nosotros alcanzaba parte en todo este camino, porque mal nos podían ellos proveer estando tan desventurados, que parecía que se querían morir. Trajéronnos mantas de las que habían escondido por los cristianos y diéronnoslas, y aun contáronnos cómo otras veces habían entrado los cristianos por la tierra, y habían destruido y quemado los pueblos, y llevado la mitad de los hombres y todas las mujeres y muchachos, y que los que de sus amos se habían podido escapar andaban huyendo. Como los veíamos tan atemorizados, sin osar parar en ninguna parte, y que ni querían ni podían sembrar la tierra, antes estaban determinados de dejarse morir, y que esto tenían por mejor que esperar y ser tratados con tanta crueldad como hasta allí, y mostraban grandísimo placer con nosotros, aunque temimos que, llegados a los que tenían la frontera con los cristianos y guerra con ellos, nos habían de maltratar, y hacer que pagáramos lo que los cristianos contra ellos hacían. Mas como, Dios Nuestro Señor fue servido de traernos hasta ellos, comenzáronnos a temer y acatar como los pasados y aun algo más, de que no quedamos poco maravillados; por donde claramente se ve que estas gentes todas, para ser atraídos a ser cristianos y a obediencia de la imperial majestad, han de ser llevados con buen tratamiento, y que éste es camino muy cierto, y otro no.» (Naufragios, cap. XXXII.)
Los cuatro supervivientes de la expedición de Pánfilo de Narváez, siempre seguidos por un gran número de indios, llegaron hasta un poblado situado en una escarpada sierra y en el que encontraron muchos nativos que se refugiaban allí por temor a los conquistadores.
Había sin embargo en este pueblo gran cantidad de provisiones, y tanto los españoles como sus numerosos acompañantes pudieron calmar su ya agobiante necesidad de comer.
Enviaron entonces cuatro mensajeros para que investigaran si había rastro de aquellos cristianos por las inmediaciones y para averiguar qué clase de tierra era aquella, debiendo avisar además a todos los indios que vieran, que aquellos cuatro cristianos no iban sino con buenas intenciones.
Después, todos reanudaron la marcha esperando encontrar en el camino a los mensajeros. En diferentes lugares hallaron los expedicionarios rastros de los cristianos, campamentos en los que habían dormido o sitios donde habían parado para comer.
El primer día de marcha desde que salieron del pueblo situado en la montaña, se encontraron con el grupo de indios adelantados. Estos notificaron que habían visto muchos indios huidos, y que les habían dicho que los cristianos estaban cerca, puesto que ellos los vieron llevar consigo a un numeroso grupo de nativos encadenados.
Durante dos días más marcharon Cabeza de Vaca y sus compañeros sin encontrar ningún rastro que les condujera directamente a presencia de los conquistadores. Entretanto, nuevos indios, al saber que sus intenciones eran pacíficas y que querían hacer saber a los demás que no debían maltratarlos, se unieron a ellos.
Nuevos mensajeros notificaron a los cuatro «hijos del sol» que habían visto otros rastros de cristianos. Se dirigieron hacia donde indicaban y, en efecto, hallaron un reciente campamento de cristianos, con estacas en las que habían estado sujetos los caballos.
Por aquellas tierras, señala Cabeza de Vaca, pudieron ver gran cantidad de oro, plomo, hierro, cobre y otros metales, aunque los pieles rojas no parecían dar importancia alguna a aquellos materiales, ni sacaban provecho alguno de ellos.
No cabía ya ninguna duda de que estaban los expedicionarios sobre la pista deseada.
Después de vivir durante diez años entre los indios, sin tener noticia alguna de tierras civilizadas, aquello les parecía un sueño.
¿Cómo reaccionarían los cristianos al verlos en aquel estado de abandono, conviviendo con los indios a los que ellos estaban saqueando y esclavizando? ¿Qué pensaban en la corte de Madrid sobre la desventurada expedición de Pánfilo de Narváez? Sin duda era ya un asunto olvidado y no contaban con que cuatro de sus miembros estaban aún vivos después de pasar por toda clase de aventuras en aquellos parajes americanos en los que nunca antes había pisado un blanco.
Cabeza de Vaca contaba ya cerca de cuarenta años. Estaba cansado, y sabía que el vigor físico con que empezara la empresa había disminuido considerablemente. Era necesario que alguno de los cuatro se adelantara a ritmo más rápido para dar alcance a los cristianos, cuyo rastro era cada vez más claro y frecuente.
El autor de Naufragios escribe, sin embargo, que ninguno de sus compañeros estuvo dispuesto a hacer tal esfuerzo y anota, no sin cierto pesar, que fue él quien se vio obligado a asumir tal tarea, «aunque cada uno de ellos lo pudiera hacer mejor que yo, por ser más recios y más mozos».
Así pues, se adelantó Cabeza de Vaca acompañado por Estebanico el negro (circunstancia esta que le hacía asumir cualquier trabajo, fuera o no de su agrado; al menos, eso se desprende de todo el relato que llevamos visto). Anduvieron diez leguas, y en sólo ese tramo hallaron tres rastros de campamentos cristianos. No cabía duda de que la larga odisea estaba llegando a su fin.
Al día siguiente, apenas amaneció, reanudaron la marcha Cabeza de Vaca, Estebanico y los once indios que con ellos iban. Habían caminado muy poca distancia, cuando divisaron cuatro hombres montados a caballo. Cabeza de Vaca, excitado y nervioso, los llamó.
Los soldados de a caballo, miraron con desconfianza y curiosidad al grupo. Entre los pieles rojas, se destacaron Cabeza de Vaca y Estebanico, pero tampoco su aspecto era tranquilizador. Desnudos, con pobladas barbas y los cabellos revueltos, el cuerpo casi completamente desnudo y lleno de cicatrices y señales, eran la viva estampa del salvajismo.
Los soldados no cesaban de contemplar a los recién llegados sin saber qué hacer ni qué decir. Tuvo que ser el propio Cabeza de Vaca quien, tomando la iniciativa, explicara su situación para pedir después que le llevaran a presencia del capitán.
Así lo hicieron los de a caballo, y los condujeron como a media legua de allí, al lugar donde se encontraba el capitán, Diego de Alcaraz.
La escena se repitió de nuevo: sorpresa, temor, desconfianza... Al fin Cabeza de Vaca contó su aventura y los motivos por los que se había visto obligado a andar de aquel modo entre los pieles rojas.
El capitán Diego de Alcaraz, por su parte, manifestó encontrarse también en una apurada situación.
—Hace ya varios días que no podemos capturar indio alguno que nos indique dónde estamos. Tampoco sabemos dónde encontrar alimentos, y los soldados comienzan a padecer hambre.
—Ya os he explicado —respondió Cabeza de Vaca impaciente— que somos cuatro los supervivientes de aquella expedición. Pues bien: los otros dos, los capitanes Dorantes y Castillo, se encuentran como a diez leguas más atrás con un gran número de indios que os indicarán cuanto deseáis.
El capitán decidió enviar por ellos, mandando a tres hombres de a caballo con cincuenta de los indios que tenían prisioneros. Los guiaba, naturalmente, el sufrido Estebanico.
Durante cinco días estuvieron Alcaraz y Cabeza de Vaca esperando con impaciencia la llegada del resto de los extraviados expedicionarios. Al cabo de ellos, vieron aparecer una gran cantidad de hombres a cuyo frente marchaban Castillo, Dorantes, Estebanico y los tres soldados.
No en vano se habían retrasado, puesto que varias novedades se habían producido. Los indígenas que permanecían con los «hijos del sol», fueron convencidos de que aquellos hombres montados a caballo no les causarían ningún mal; éstos, para demostrarlo, pusieron en libertad a los cincuenta indios que llevaban consigo, y todos fueron al pueblo de la montaña en el que se habían escondido los fugitivos.
La comitiva, pues, la componían unas seiscientas personas. Una vez que Dorantes y Castillo hablaron con el capitán Alcaraz expresándole la inmensa alegría que sentían de encontrar por fin a sus compatriotas, éste pidió a los expedicionarios que ordenasen a sus indios buscar algo con que alimentarse.
La orden era, por otra parte, innecesaria: ya los pieles rojas traían consigo grandes cantidades de maíz metido en unas ollas de barro tapadas y que habían escondido hasta entonces al saber que los conquistadores estaban cerca de allí.
Siguiendo la costumbre usual en ellos, ofrecieron a Cabeza de Vaca y a sus compañeros el maíz, así como otros muchos objetos.
El español aceptó todo ello y entregó los regalos para que se los repartieran entre todos los cristianos. Finalmente, pudieron saciar su hambre y se dispusieron a marchar.
Sin embargo, los expedicionarios tuvieron todavía una agria disputa con sus compatriotas. Estos querían llevarse consigo a los indígenas como esclavos, mientras aquellos se negaban a tal cosa, entre otras razones porque les habían prometido que no se les haría ningún daño. Aquellos hombres, además, les habían prestado una ayuda sin la cual jamás hubieran llegado hasta allí.
Precisamente fue aquella disputa la que causó que los expedicionarios dejaran allí olvidados muchos objetos de los que llevaban, entre ellos las esmeraldas que Cabeza de Vaca conservaba como testimonio de las riquezas que había en aquellas tierras.
Los nativos, por otra parte, tampoco querían separarse de sus salvadores, y decían que marcharían con ellos hasta dejarlos en manos de otros indios, tal y como hasta entonces habían hecho. Los españoles les dijeron que ya no era necesario tal cosa, puesto que habían encontrado a los hombres que estaban buscando desde hacía mucho tiempo. Los nativos, sin embargo, afirmaban que si se iban sin dejarlos en presencia de otros indios, ellos morirían.
Los soldados españoles, por otra parte, estaban ya cansados de presenciar aquella especie de idolatría que los nativos profesaban a aquellos hombres, y dijeron a Cabeza de Vaca que les explicara que ellos eran de igual condición, que la razón de que los perdidos expedicionarios hubieran estado entre ellos era que no sabían llegar a ninguna parte; e incluso que los verdaderamente valerosos eran los soldados que con Alcaraz iban, y no los otros.
Los indios, sin embargo, lejos de creerles, hablaban entre sí y comparaban a unos blancos con otros. Era imposible que procedieran del mismo lugar, puesto que unos venían de donde el sol se pone y otros de donde sale; unos traían extraños trajes y calzados y los otros iban desnudos; Cabeza de Vaca y los suyos iban a pie, en tanto los otros marchaban a caballo; aquéllos no llevaban lanzas ni tenían ambición alguna de riquezas, mientras los recién llegados todo lo saqueaban y de todo se apoderaban; unos sanaban a los enfermos, y otros mataban a los indios que encontraban a su paso. Así pues, ¿qué relación podía haber entre los dos grupos?
Las reflexiones de los pieles rojas, son una vez más testimonio de la conducta que los conquistadores estaban teniendo en aquella parte del Nuevo Mundo...
Sin embargo, la situación no podía prolongarse más. Cabeza de Vaca y sus compañeros explicaron con energía que era preciso que se marcharan, y por fin los indios, apesadumbrados, accedieron a ello. Antes, prometieron que no abandonarían sus tierras de asiento y que procurarían por todos los medios cultivarlas para obtener de ellas los mayores frutos. Cabeza de Vaca, por su parte, prometió que no serían molestados por los cristianos, sino que, en todo caso, recibirían su ayuda. «Despedidos los indios, nos dijeron que harían lo que mandábamos, y asentarían sus pueblos si los cristianos los dejaban; y yo así lo afirmo y lo digo por muy cierto, que si no lo hicieren será por culpa de los cristianos.»
Continúa su narración Cabeza de Vaca contando un hecho que le produjo profunda tristeza. Una vez se hubieron ido los indios, fueron ellos puestos bajo custodia y, con una escolta de soldados, los apartaron del lugar para evitar cualquier posible contacto que pudieran tener con los indios. El hecho de que los españoles no hubieran quedado conformes en dejar en libertad a los nativos, induce al autor de Naufragios a pensar que, finalmente, los conquistadores fueron tras ellos y los apresaron.
Mientras tanto, ellos caminaron durante dos días sin encontrar agua. Siete de los soldados, no habituados a las privaciones, perecieron de sed. Cuando al día siguiente pudieron hallarla, confiesa Cabeza de Vaca que «muchos amigos que los cristianos traían consigo no pudieron llegar hasta otro día a mediodía adonde aquella noche hallamos nosotros el agua».
Después de caminar veinte o veinticinco leguas, cansados y decepcionados, llegaron todos a un pueblo habitado por indios pacificados, y el alcalde que llevaba a los expedicionarios los dejó en él mientras marchaba tres millas más adelante, al pueblo de Culiazán, donde estaba el alcalde Melchior Díaz.
Al día siguiente al de la llegada al poblado de los indios de Cabeza de Vaca y sus tres compañeros, se presentó ante ellos el alcalde Melchior Díaz, que se puso en camino desde Culiazán apenas tener noticia de la presencia de aquellos hombres.
La actitud del alcalde era completamente diferente a la que hasta entonces habían visto los expedicionarios en los demás españoles. Melchior Díaz, después de ofrecerle en nombre propio y en el del gobernador todo lo que necesitase, se disculpó del recibimiento que Alcaraz y los suyos les habían dado.
A continuación, y cuando ya la situación parecía haberse normalizado, el alcalde pidió a los expedicionarios su ayuda. Prestarían un gran servicio a Su Majestad, les dijeron, si permanecían unos días entre ellos y les ayudaban a resolver los problemas que tenían planteados con los indios.
Estos, según explicó Melchior Díaz, estaban fugados por los montes y otros lugares inexplorables, de modo que habían abandonado sus pueblos y sus tierras de cultivo. Era preciso hacerles regresar allí, pero los desmanes causados por los conquistadores hacían que los nativos desconfiaran de ellos.
Cabeza de Vaca explicó que era muy poco lo que él y los suyos podrían hacer, ya que los indios que con ellos venían habían quedado atrás. Sin embargo, intentaron convencer de las buenas intenciones de los conquistadores a dos indios cautivos que tenía allí el alcalde.
Para ello, lo primero que hicieron los expedicionarios fue mostrarles las calabazas que tiempo atrás les dieran los indios en señal de suprema autoridad; en efecto, cuando los dos indígenas las vieron, prestaron crédito a cuanto los españoles les decían, sobre todo porque ya ellos habían oído hablar de unos extraños hombres, «hijos del sol», que habían recorrido la comarca curando a los enfermos y procurando toda clase de bienes a los pieles rojas.
Aquellos dos hombres prometieron ir a buscar a los suyos y decirles que nada tenían que temer si volvían a sus casas y continuaban trabajando en sus tierras. Durante siete días estuvieron esperando el resultado de tal misión, al cabo de los cuales llegaron los dos mensajeros. Traían con ellos a tres de los principales de las tribus levantadas en las montañas, los cuales ofrecieron a los cuatro conocidos cristianos cuentas, turquesas, plumas y otros muchos obsequios. Les acompañaban quince hombres.
Cabeza de Vaca esperaba sobre todo a los indios que, en gran número, hablan dejado junto al río Petaan; pero aquellos jefes le dijeron que, una vez ellos se hubieron marchado, los otros cristianos arremetieron contra ellos y que era esa la causa de que ya no quisieran bajar del monte, porque ya no se fiaban de ninguno de los blancos.
A instancias del alcalde, estuvo Cabeza de Vaca dialogando con aquellos nativos. Melchior Díaz, en cuyos cometidos de conquista y pacificación estaba incluido también el de ganar adeptos al cristianismo, estaba interesado en conocer la religión de aquellas gentes.
Los pieles rojas explicaron que creían en un hombre que estaba en el cielo al que llamaban Aguar. A él pedían el agua para sus maizales, y le adoraban y ofrecían sacrificios. Estaban convencidos, asimismo, de que tal Dios era el creador de todo cuanto en la tierra existía.
Cabeza de Vaca explicó entonces algunos de los dogmas de la Iglesia: Dios era el creador único de todo, y castigaba con el fuego eterno «a los malos, y daba galardón y pagaba a los buenos». Si no querían desatar su castigo, debían adorarle como ellos les indicaran.
Es posible que el sistema para convertir al cristianismo a aquellos indios parezca hoy algo extraño e incluso con un claro carácter coactivo, pero lo cierto es que Cabeza de Vaca escribe en sus Naufragios: «... Que si ellos quisiesen ser cristianos y servir a Dios de la manera que les mandábamos, que los cristianos les tendrían por hermanos y los tratarían muy bien, y nosotros les mandaríamos que no les hiciesen ningún enojo ni los sacasen de sus tierras, sino que fuesen grandes amigos suyos; mas que si esto no quisiesen hacer, los cristianos los tratarían muy mal, y se los llevarían por esclavos a otras tierras. A esto respondieron a la lengua que ellos serían muy buenos cristianos y servirían a Dios...»
Como se ve, los indios prometieron adorar al Dios de los cristianos; éstos, por otra parte, les indicaron la necesidad que tenían de asentarse en aquellas tierras para conseguir obtener de ellas el máximo rendimiento. Era preciso que construyeran casas sólidas, entre las que no debían olvidar hacer una dedicada a aquel Dios del que acababan de hablarles, «y pusiesen una cruz como la que allí teníamos, y que cuando viniesen allí los cristianos, los saliesen a recibir con las cruces en las manos, sin arcos y sin armas, y los llevasen a sus casas, y les diesen de comer de lo que tenían, y por esta manera no les harían mal, antes serían sus amigos... Esto pasó en presencia del escribano que allí tenían y otros muchos testigos». (Cap. XXXV.)
Todos los indios pacificados de la provincia afluían en gran número a conocer a los cuatro exploradores de los que tanto se había hablado. Llevaban consigo collares, plumas y otros obsequios que presentaban ante ellos con gran respeto y sumisión. Cabeza de Vaca y sus compañeros indicaron que tenían que construir iglesias para la casa de Dios, y ellos así prometieron hacerlo.
Después de aquello, los hijos de los principales caciques indios fueron bautizados, y Melchior Díaz prometió no hacer una sola incursión violenta en tierras de los indígenas, ni tampoco tomar esclavos entre ellos.
A continuación, los cuatro españoles y el alcalde se dirigieron a la ciudad de San Miguel. Allí, les anunciaron que ya un numeroso grupo de indios estaba haciendo cruces e iglesias, y que todos los fugitivos refugiados en las montañas estaban bajando al llano para, siguiendo las indicaciones dadas, construir casas de asiento y obtener el mayor provecho de la tierra.
El cambio de actitud de los pieles rojas vino a corroborarlo también Diego de Alearaz, el adusto capitán que halló a los exploradores. En efecto, contó que venía de su última incursión por tierras de indios, y que en ella había visto cómo los pueblos que antes estaban vacíos eran ahora habitados por unos indios extremadamente pacíficos que salieron a recibirlos con cruces en las manos, les llevaron a sus casas, y les dieron de comer, ofreciéndoles después dormir allí.
A los treinta días de estar en la ciudad de San Miguel, y después de cumplida su misión de colaborar a la pacificación de aquellas tierras, Cabeza de Vaca, Dorantes, Castillo y Estebanico emprendieron camino hacia la ciudad de Compos tela, distante de allí unas den leguas. Tendrían que cruzar territorios llenos de indios enemigos, y esa fue la causa de que fueran acompañados por unos veinte hombres de a caballo. Recorridas las cuarenta leguas primeras, los de a caballo fueron sustituidos por tan sólo seis cristianos, que traían consigo como esclavos a unos quinientos indios.
Llegados a Compostela, fueron bien recibidos por el gobernador de la provincia, Nuño de Guzmán. Comenta Cabeza de Vaca cómo les costó a él y a sus compañeros un gran trabajo habituarse a las ropas y calzados que les ofrecieron, así como a dormir en cama, lo que no pudieron hacer en largo tiempo porque les resultaba mucho más cómodo d sudo.
Diez o doce días más tarde, salían hacia Méjico. En todo d camino fueron tratados con hospitalidad, y sus asombrados compatriotas apenas podían creer que hubieran sido capaces de sobrevivir.
La víspera del día de Santiago, llegaron los rescatados españoles ante el virrey y el marqués del Valle, siendo recibidos por ambos con toda dase de atenciones.
Todavía debía pasar un plazo largo de tiempo para que los expedicionarios llegasen a España. Cabeza de Vaca, después de permanecer dos meses en Méjico, decidió que ya era tiempo de partir. En el mes de octubre subió a un navío cuyo destino debía ser la Península, pero que sin embargo terminó en d fondo del mar apenas salir de puerto. Los fuertes vientos y las tempestades eran en aquellas tierras muy frecuentes. Cabeza de Vaca —que salió ileso del desastre del barco— decidió permanecer en aquellas tierras durante todo el invierno hasta que el tiempo fuera más benigno.
Pasaron los meses en Méjico. Llegada la cuaresma, comenta Núñez, él y Dorantes tomaron un barco que aún tardó en salir quince días. Se trataba de una vieja embarcación que no ofreció a Cabeza de Vaca la menor confianza, razón por la que se cambió a otra de las que llevaban el mismo camino. Dorantes, sin embargo, permaneció en ella.
El día 10 de abril salieron tres barcos, uno con Dorantes, otro con Cabeza de Vaca, y un tercero en el que no viajaba ningún compañero de aventura. Durante ciento cincuenta leguas estuvieron navegando juntos, tal como estaba previsto. Sin embargo, una noche en que el viento arreció, el navío en el que viajaba Cabeza de Vaca se perdió de los otros dos, cuyos pilotos, en lugar de adelantarse a buscarlo, optaron por retroceder y volver al puerto de partida. El otro navío continuó viaje para llegar a La Habana el día 4 de mayo.
En la isla de Cuba estuvieron esperando casi un mes hasta ver si los compañeros que regresaran a puerto volvían con ellos. Finalmente, el día 2 de junio, partieron de nuevo. En las Bermudas pasaron una cruda tormenta. A los veintinueve días llegaron a las Azores. Un barco francés intentó atacarlos y durante toda la noche estuvieron eludiendo el encuentro. Al amanecer, una flota de nueve naves portuguesas llegó a auxiliarles y finalmente pudieron terminar viaje tranquilos hasta llegar, junto con el capitán Portugués, al puerto de Lisboa. Era el día 9 de agosto de 1537.
«... Será bien que diga quién son y de qué lugar de estos reinos, los que nuestro Señor fue servido de escapar de estos trabajos.
»E1 primero es Alonso del Castillo Maldonado, natural de Salamanca, hijo del doctor Castillo y de doña Aldonza Maldonado. El segundo es Andrés Dorantes, hijo de Pablo Dorantes, natural de Béjar y vecino de Gibraleón. El tercero es Alvar
Núñez Cabeza de Vaca, hijo de Francisco de Vera y nieto de Pedro de Vera, el que ganó a Canaria, y su madre se llamaba doña Teresa Cabeza de Vaca, natural de Jerez de la Frontera.
»E1 cuarto se llama Estebanico; es negro alárabe, natural de Azamor[13]. Deo gracias.»
Después de que Cabeza de Vaca regresara a España, en 1537, permaneció durante tres años en ella. Al cabo de ellos, es decir, en 1540, varios supervivientes llegaron a la corte para dar cuenta de la expedición de Pedro de Mendoza.
En 1534 había sido enviado al Río de la Plata, como adelantado, Pedro de Mendoza. Aquella expedición, a pesar de deberse a ella la fundación de Buenos Aires y de haberse internado en tierras de Río de la Plata y Paraná, arrojó un desdichado balance.
Era preciso socorrer a los supervivientes de aquella empresa, y para ello fue encargado Alvar Núñez Cabeza de Vaca. El involuntario explorador de Norteamérica fue nombrado, además, gobernador del antiguo río de Solís. Este territorio comprendía la extensión que confinaba al norte con el Gobierno de Almagro y al sur con el estrecho de Magallanes, incluida la isla de Santa Catalina, frente a las costas brasileñas.
El 2 de noviembre de aquel año de 1540, partió Cabeza de Vaca al mando de una flota de tres naves, a la que se unió otra en Canarias. El presupuesto que se otorgaba a la empresa, y en el que se incluían caballos, armas, ropas, etc., fue de ocho mil ducados.
A los cinco meses de navegación, la expedición llegó a la isla de Santa Catalina, desde donde se organizó todo para internarse en el continente y alcanzar la ciudad de Nuestra Señora de la Asunción. Era allí, precisamente, donde se habían refugiado los supervivientes del desastre de Buenos Aires acaecido a Pedro de Mendoza.
Tras una penosa y larga marcha, después de remontar el río Paraguay, consiguieron llegar en la primavera de 1544.
Sin embargo, la llegada del nuevo gobernador, lejos de entusiasmar a los oficiales que allí estaban, provoca una serie de disputas y envidias. Los colonos, por otra parte, sienten miedo de que Cabeza de Vaca suprima ciertos beneficios y concesiones que habían conseguido con anterioridad. La situación se fue haciendo cada vez más tensa, y llega un momento en que los colonos se amotinan.
Cabeza de Vaca fue hecho prisionero, maltratado de palabra y de hecho, y conducido a España atado de pies y manos. Una vez en la capital, los conjurados explican una falsa versión que, aunque a ellos no les salvará tampoco de su castigo, hace que Núñez sea condenado a ocho años de destierro en África.
Todos los amigos se esforzaron para que le fuera redimida la pena. Durante largos años se sucedieron las peticiones de clemencia y de justicia —cada vez estaban más aclarados los sucesos de Asunción, y con ellos la inocencia del gobernador—, pero todo era en vano.
Finalmente, viejo y amargado, Cabeza de Vaca pudo regresar a la península. Se sabía la injusticia que con aquel hombre se había cometido; para tratar de compensar el error, fue nombrado juez del Tribunal Supremo de Sevilla.
El gran descubridor de Norteamérica, el primer hombre que pisó tierras de Tejas y que recorrió una inmensa comarca desde el Atlántico hasta el Pacífico, tuvo una existencia marcada por la mala suerte y la desdicha. Sus aventuras en territorio de los pieles rojas fueron un verdadero calvario lleno de trabajos, hambre y enfermedad. El responsable directo había sido aquel inhábil Pánfilo de Narváez. Después, víctima de la injusticia, volvió a conocer el amargor del sufrimiento al verse injustamente apresado y condenado.
Cabeza de Vaca, verdadero héroe de una epopeya de nueve años en tierras de los terribles sioux, murió en 1564 en la ciudad de Sevilla, a los 65 años de edad, olvidado de todos y con la inmensa tristeza de saberse injustamente tratado.
Aunque la Historia pudiera redimirle muchos años después...
Enrique Centeno