La sangrienta guerra de las Dos Rosas

Uno de los más sombríos episodios de la historia de Inglaterra; un período de treinta años (1455-1485) lleno | de furor y de escándalo, con reyes, condes y barones que más bien parecían fieras ávidas y crueles; un pueblo exangüe, agobiado por los trabajos y los sinsabores...

Todo eso es la guerra de las Dos Rosas, una guerra puesta bajo el símbolo de la más suave, también de la más misteriosa de las flores: la rosa roja de los Lancáster, la rosa blanca de los York... Dos de las más altas Casas de uno de los más poderosos reinos de Occidente, reñirán un duelo sin merced que dará como resultado el crepúsculo del sistema feudal.

Guerra tan singular, serie tan cruenta de combates, de crímenes y de intrigas, sólo en parte desarrolla sus comienzos en la propia Inglaterra: en lo esencial lo hace sobre suelo de Francia. Porque su origen —lejano pero cierto— brotó en la guerra de los Cien Años, y en ella se incubó la de las Dos Rosas.

* * *

Ingleses y franceses guerrean desde 1337, movidos por una turbia cuestión dinástica. Cuando el rey de Francia Carlos IV (último de los Capetos de línea directa), muere sin heredero inmediato, la corona pasa a Felipe VI de Valois. Eduardo III de Inglaterra no tarda en exhibir su derecho a reinar en París, arguyendo que es hijo de Elisabeth, que a su vez era hija de Felipe IV el Hermoso.

Sin embargo, bajo su apariencia de hombre bonachón y pacífico, Felipe de Valois no era de los que se inclinan fácilmente ante pretensiones extranjeras. Por otra parte, también le animaban los señores feudales que, a través de sus propios privilegios y de modo casi inconsciente, descubrían un sentimiento muy nuevo: el nacionalismo.

Por último, Felipe de Valois sube al trono de Francia con el nombre de Felipe VI, y su primera medida consiste en desafiar al rey de los ingleses, cuyos proyectos se centran en uno fundamental: adueñarse de París.

El 12 de junio de 1346, Eduardo III de Inglaterra desembarca en tierras francesas al frente de un imponente ejército: quince mil hombres, arqueros en su mayor parte. Sin embargo, para financiar la expedición ha tenido que agobiar a los ingleses con nuevos impuestos. El pueblo murmura y se pregunta sobre la razón de aquella guerra con unos franceses que, en aquella época, apenas conoce. Pero los combates parecen ir por buen camino, y Caen es tomada en muy poco tiempo. Eduardo III, satisfecho, permite que sus tropas se entreguen al pillaje; y a todo lo largo del camino hacia París, ni la más pequeña aldea se libra de la devastación y del fuego.

Los ingleses incendian y pillan, pero no toman la capital francesa. Felipe VI ha podido reclutar bastantes hombres, no sólo para defender su ciudad sino también para pasar al ataque. Es muy probable que un poco de sangre fría le hubiese permitido destruir al ejército inglés, que se retiraba hacia el Somme.

Pero Felipe VI, espoleado por sus barones, quiere una victoria espectacular. Y puesto que los ingleses en retirada han decidido plantear batalla en Crécy, en Crécy lucharán.

Aquel es el mayor desastre que nunca sufrió un ejército de los reyes de Francia. El 26 de agosto de 1346, la flor de la caballería francesa sucumbe bajo las flechas de los arqueros ingleses. Froissart, el más grande cronista de la época, escribe:

«Nuevos escuadrones llenos de ardor caían a su vez bajo la granizada de flechas, y los jinetes eran muertos o despedidos por sus caballos encabritados... La confusión ya había tomado espantosas dimensiones cuando avanzaron los hombres de la infantería...»

El mismo rey de Francia, ligeramente herido, consiguió escapar del campo de batalla acompañado sólo por cinco caballeros.

Satisfecho con su victoria, pero furioso porque tantos nobles franceses fueran muertos en lugar de ser capturados «para hacerles objeto de rescate», Eduardo III marcha sobre Calais. Porque —y ese es el hecho esencial—, el rey de Inglaterra necesita que un éxito aplastante en Francia le asegure el poder en su propio reino.

Los escoceses, guiados por su rey, David II, intentan penetrar en Inglaterra para sacudirse del yugo inglés, que les parece insoportable; pero una feliz victoria, conseguida en Neville’s Cross, permite a los británicos capturar a David II, que permanecerá cautivo durante diez años en la Torre de Londres.

A pesar de todo, la plaza de Calais no caerá sino después de once meses de asedio. Ese final quedará marcado por el sacrificio de seis burgueses, que ofrecían su vida a cambio de que perdonaran la de los habitantes de la ciudad. Ciertamente, la intervención de la reina de Inglaterra contribuyó a salvar a los que se habían ofrecido como rehenes; pero también es cierto que Eduardo III había agotado sus recursos financieros y no le vino mal adornar con un signo aparente de bondad sus deseos de conseguir un rescate fabuloso.

Crécy..., Calais... El rey de Inglaterra ha salido triunfante, pero no se ha dado cuenta del avispero en que ha metido a su país. Por otra parte, tampoco era fácil adivinarlo; porque, después de las victoriosas campañas del Príncipe Negro, hijo mayor de Eduardo III, el rey de Francia, Juan el Bueno, era capturado en Poitiers (1356), y la guerra pareció terminar con el Tratado de Brétigny.

¿Tratado sólo, o triunfo absoluto? Francia cede al vencedor todo el suroeste del reino, y su rey —¡el rey de Francia!— se compromete a entregar, como precio de su libertad, tres millones de escudos de oro. Suprema humillación, Juan el Bueno tiene que dejar en manos de los ingleses, como rehén, a uno de sus hijos.

* * *

Pero los laureles de la victoria se marchitan muy rápidamente; y en Francia ha surgido un gran capitán, llamado Bertrand Du Guesclin.

Entre todos los jefes militares de aquel tiempo —más rudos soldados que estrategas—, es el único que ha comprendido la revolución que los ingleses llevaron al arte de la guerra: se terminaron para siempre los jinetes aprisionados en sus armaduras y cabalgando unos corceles que son presa fácil para los arqueros, para aquellos hombres que acaban de demostrar, de modo tan evidente como cruel, la superioridad del guerrero de a pie, que puede herir lanzando una flecha desde cientos de metros.

Por lo tanto, Du Guesclin rehúsa la batalla en línea y actúa por sorpresa: sus soldados están en todas partes y en ninguna. De tal modo, que en 1380 Carlos V, sucesor de Juan el Bueno en el trono de Francia, podrá decir con satisfacción que los ingleses ya no tienen sino cinco ciudades en su reino.

Más que aquella serie de victorias alternadas con derrotas, lo que sorprende es la casi similitud que se da entonces entre la situación interior de Francia y la de Inglaterra.

A un lado y a otro del canal de la Mancha, el pueblo murmura y se queja de que los tributos, lo mismo en dinero que en especie, se hagan cada vez más pesados. Pero en Francia es tan fuerte el carácter sagrado de la monarquía, y tan absoluto el poder del «ungido del Señor», del rey, que si los franceses fruncen el ceño al pagar, contienen o moderan sus reacciones.

En Inglaterra no sucede lo mismo. Hace ya mucho tiempo que en esa nación, y por caminos perfectamente empíricos, comunas y condados cuentan con voz en las asambleas deliberativas. Durante el reinado de Eduardo III se produjo una grieta que sería fundamental para el futuro cuando el Parlamento, que en su origen era único, se escindió progresivamente en dos: los Lores, cargados de privilegios, que se inclinaban siempre ante la voluntad del Trono; y los Comunes, que expresan —y muchas veces con mal humor— las murmuraciones de un pueblo exprimido.

Eduardo III, metido profundamente en la guerra con Francia —una guerra que no puede terminar de modo definitivo—, se ve obligado a transigir más de una vez con los Comunes; si no quiere enfrentarse algún día con una rebelión popular.

Y entre las concesiones hechas por el rey, figura la facultad de discutir los impuestos.

A pesar de sus transacciones, no se han asentado mejor los poderes de Eduardo III. No importa que haya vencido en Francia, por dos razones: porque sus conquistas son muy discutibles, y porque además se funden como la nieve al sol. Lo cual se traduce en que continuamente haya de enviarse hombres y, por lo tanto, hay que encontrar dinero con que pagar sus soldadas.

El soberano envejece: después de la muerte de su esposa, arrebatada en 1369 por la peste negra, quedó sometido a la influencia de una mujer impúdica y soez, llamada Alicia Perrers. También ha caído en una melancolía tal, que ni las borracheras consiguen sacarle de ella. Eduardo III, que fundó la Orden de la Jarretera, dándole la orgullosa divisa de Honni soit qui mal y pense («Infame sea quien piense mal de ello»), es objeto de burlas en su propia Corte.

Es posible que muera pronto; pero le sucederá su hijo, el Príncipe Negro, cuyas cualidades militares superan en mucho a su entendimiento político. Cuando menos, él será capaz de acabar de una vez con aquellos reyes de Francia que se niegan a someterse... Pero el heredero de la corona, agotado por mil combates, muere en 1376, dejando un hijo que todavía no cumplió los diez años.

En 1377, la muerte de Eduardo III es como un anticipo de los años luctuosos que va a vivir el reino. El vencedor de Crécy, el conquistador de Calais, el rey que pretendió imponer en el continente la preponderancia inglesa, muere solo. Tan solo, que es un simple sacerdote, encontrado después de muchos trabajos, quien le administra los últimos sacramentos. Antes de que el rey expire, Alicia Perrers se apodera de las sortijas que llevaba en los dedos.

Así es como Inglaterra queda confiada a un niño de nueve años.

* * *

Como era de esperar, le revisten con todas las insignias de la realeza, pero el poder real es asumido por su tío, el hermano menor del Príncipe Negro. Se llama Juan de Gante y es duque de Lancáster. En sus blasones figura una rosa roja.

Juan de Gante se distingue en todo de quienes le rodean; a la sencillez y rectitud de su vida se suma un sincero deseo de acabar de una vez con la guerra de Francia, que presiente no conducirá a nada.

Y quién sabe si hubiera llevado a buen fin su empresa, de no debatirse Inglaterra en tan espantosas convulsiones internas. La peste negra, que devastó el reino en 1346 —como hizo también con el resto de Europa—, segó miles y miles de vidas humanas. El hambre y la miseria se convirtieron en destino común. Entonces, la desesperación empujó a los que nada poseían contra quienes lo tenían todo. La revuelta cundió incluso entre el bajo clero, que se enfrentó con los titulares de los opulentos beneficios eclesiásticos.

La «Jacquería» —porque aquello era una auténtica revolución campesina— encontró su jefe en John Ball, quien ve cómo la marea de los descontentos se engruesa con los soldados que volvían de Francia, agriados por el escaso valor de las conquistas logradas. Todos discuten los privilegios nobiliarios y cantan:

Cuando Adán manejaba el hacha y Eva la rueca,

¿quién era entonces el gentilhombre?...

Se producen revueltas en el condado de Kent y en el de Sussex, cuyos castillos son incendiados. Por sorpresa, y ayudándose con mil complicidades, unas bandas armadas consiguen introducirse en Londres. Durante tres días, el pánico se adueña de la capital. El arzobispo de Canterbury, que posee una de las mayores fortunas del reino, y es dueño de una inmensidad de tierras, muere decapitado. La mansión privada del Regente, Juan de Gante, es incendiada.

A pesar de todo —¡poder mágico de la persona real!—, aparece a caballo ante los amotinados, estupefactos, y les dice: «¿Qué necesitáis? No encontraréis mejor capitán que yo; seguidme, y tendréis cuanto se os antoje.»

Subyugados, los rebeldes abandonan la capital. Y la represión que cae sobre ellos está en proporción con el miedo que habían inspirado. En 1382 se dicta una amnistía: pero no hace otra cosa que consagrar la paz de los calabozos.

¿Fue la brusca revelación de lo que había visto, la flexibilidad y al mismo tiempo la dureza ejemplares de que tuvo que dar pruebas, las que empujaron al joven rey Ricardo a sacudirse la tutela de Juan de Gante?... Sea por lo que fuere, el Regente sintió la súbita necesidad de marcharse a la Aquitania, de la que era virrey, pero sin olvidar sus propios intereses en Inglaterra. Su hijo Enrique velaría sobre ellos.

Por temperamento, Ricardo II de Inglaterra no tiene nada de príncipe belicoso. Sus relaciones, más que afectuosas, con su confidente el canciller Miguel de La Póle, despiertan las burlas de unos nobles que no piensan sino en pelear unos con otros; y más todavía cuando, desde la revuelta popular, los tributos se cobran mal, y condes y barones tropiezan con dificultades para conseguir ingresos.

Así es como, en 1386, urden un vasto complot contra Miguel de La Póle, a quien culpan de debilitar la voluntad del rey. Con ello, una guerra civil se asoma en el horizonte. Ricardo II, que ha soportado mal las presiones ejercidas sobre él para que se aparte de su favorito, se marcha al País de Gales y reúne a sus fieles. Pero el tío del soberano, Gloucester, declara traidores a todos los que se han ligado a la causa real. Entre unos y otros se entabla una carrera de velocidad para adueñarse de Londres.

La gana Ricardo, aunque acabará por someterse a sus adversarios: el conde de Oxford, Roberto de Vére, otro favorito del rey, toma las armas; pero sus tropas son aplastadas en Radcot Bridge por el hijo de Juan de Gante.

En realidad, Ricardo II resulta completamente derrotado por los personajes más importantes del reino. Porque, con la capitulación que imponen al soberano, han quitado a la realeza el carácter sagrado que siempre tuvo. Y ello hasta el punto de que, por unos momentos, pensaron en deponer a Ricardo, incluso en mandar que lo ejecutaran, suerte que ya había conocido su bisabuelo Eduardo II.

Como conclusión de la querella, el rey es perdonado. Pero la advertencia que luego recibe está bien clara: todos sus consejeros personales son colgados o descuartizados. Y Ricardo se ve en la obligación de aprobar sus ejecuciones.

Durante un año no hace sino meditar en una venganza que esté a su alcance. Por último, consigue la revancha el 3 de mayo de 1389. Reúne al Consejo de la Nobleza, que incluye a los más grandes personajes, a los poderosos dueños de rancios títulos, y les pregunta con voz serena:

—¿Qué edad tengo?

—Veintitrés años —le contestan.

—¡Pues bien! —replica el soberano, esta vez levantando la voz—. Ya que soy mayor de edad, no quiero seguir privado de los derechos que disfruta el último de mis súbditos. ¡En adelante, seré yo quien gobierne!

Y abandona la asamblea, dejando a todos estupefactos.

Muy pronto comienzan a lloverle las desgracias. El obispo Thomas, futuro arzobispo de Canterbury y hermano del conde de Arundel —que fue alma del complot destinado a hacer de Ricardo II un rey sin corona—, tiene que dejar el Gran Sello: esto es, el cargo de Primer Ministro. Tampoco el obispo Gilbert seguirá llevando la dirección del Tesoro. Y los lores, que habían situado jueces amigos en todos los tribunales, verán cómo les acompañan unos magistrados designados directamente por el rey.

Con todo, Ricardo II también sabe usar de una calculada clemencia. Por ejemplo, se reconcilia con Juan de Gante quien, con su hijo Enrique, había encontrado asilo en España.

* * *

Durante ocho años, la voluntad real se impuso en todas partes y en todo momento. Ocho años durante los cuales el monarca no olvidó las humillaciones sufridas en los pasados tiempos, ni a quienes las motivaron. Por eso abofetea en público al conde de Arundel, que había llegado tarde a los funerales de la reina, Ana de Bohemia.

Como el escándalo ha tenido por escenario la catedral de Westminster, los clérigos —a quienes gusta muy poco el duro puño del rey—, claman contra lo que califican de sacrilegio, y exhuman una antigua profecía, hecha cuando el asesinato de Thomas Beckett, el arzobispo de Canterbury. (Le mataron al pie del altar por orden de quien fue su amigo, Enrique II Plantagenet, porque se negaba a someter la Iglesia a la autoridad real). Entonces se predijo que la sangre del mártir caería sobre Inglaterra si de nuevo se derramaba sangre en aquel lugar sagrado.

Indiferente a las murmuraciones y a las veleidades de los intrigantes, etapa tras etapa, Ricardo II va reforzando su poder. En 1394 se traslada a Irlanda, y allí levanta un ejército enteramente devoto a su persona.

Como le parece que ya tiene asegurada la paz interior, el rey se esfuerza por acabar con el conflicto que enfrenta a su nación con Francia. Y cuando queda viudo en 1396, se casa por motivos políticos con Isabel, la hija mayor de Carlos VI, rey de Francia.

Un amplio y bien meditado convenio sella el aspecto diplomático de los esponsales. Incluye un pacto de no agresión con validez para treinta años, y además contiene una cláusula secreta: según ella, en caso de que Ricardo II tuviese que hacer frente a una rebelión, los franceses acudirían en su ayuda.

Ese tratado, acogido favorablemente por el pueblo bajo, siempre hostil a las aventuras lejos del país, en cambio suscita la cólera de la nobleza. Los barones, cada vez más escasos de dinero, contaban con el botín que les prometía, con toda seguridad, una nueva expedición contra Francia.

Pero no cabe duda de que Ricardo es hombre de larga paciencia, y las venganzas mucho tiempo maduradas son en él como una segunda naturaleza. Ni un solo momento, incluso cuando les daba el beso de la paz, había desterrado de sus recuerdos la manera como se apartó de su intimidad a los hombres en quienes tenía confianza.

Por eso el conde de Arundel, proclamado traidor al rey, es decapitado; Gloucester, uno de los que, en 1387, intentaron hacer de Ricardo un rey con corona de cartón, es encarcelado y asesinado más tarde en Calais por unos esbirros a sueldo de Ricardo II. Warwick, otro de los rebeldes de entonces, ha de sufrir destierro en la lúgubre isla de Man. El Parlamento, más aterrorizado que consentidor, encubre sus miedos ensalzando con entusiasmo las virtudes del patíbulo.

Al rey ya sólo le queda por eliminar el último obstáculo que se cruza en el camino hacia un poder sin control: Enrique, el hijo de Juan de Gante.

El y Ricardo tienen aproximadamente los mismos años; en su infancia compartieron sus juegos; la inteligencia de uno es igual a la del otro... Ciertamente, Enrique fue uno de los primeros en alzarse contra quienes querían deponer a Ricardo, y hasta asesinarle. Pero esa fidelidad no es correspondida, aunque probablemente más por cálculo político que por ingratitud.

Cierto día surge una discusión banal entre Enrique y el duque de Norfolk, porque éste da por seguro que Ricardo II está claramente decidido a destrozar la nobleza inglesa. Enrique discute esa opinión y la controversia se envenena hasta el punto de que los oponentes no tienen más remedio que batirse en duelo. Pero en el momento en que se van a enfrentar, aparece Ricardo II, echa su cetro en la arena y, con un tono que no admite réplicas, prohíbe el combate.

Después pronuncia su sentencia: el duque de Norfolk permanecerá desterrado del reino mientras viva, y Enrique es condenado a un exilio de diez años. El duque moriría poco más tarde. Y el hijo de Juan de Gante, que ha escogido Francia como lugar de destierro, se dedicará a promover intrigas y más intrigas contra el rey.

Al cabo de años de paciencia y de astucia, Ricardo II ya es dueño absoluto de la nación. Sin embargo, no se ha dado cuenta de que la conquista del poder absoluto ha levantado contra él a todo lo que aún queda de nobleza en Inglaterra; y también a los burgueses, que se preguntan si no llegará un día en que no les llegue la vez de ser destrozados por el soberano.

Juan de Gante, el «venerable y gran duque de Lancáster», muere en febrero de 1399. Y Enrique hereda sus inmensos dominios, repartidos por todo el territorio de Inglaterra.

Mientras, y como siempre, Ricardo necesita dinero. ¿Qué medio mejor para procurárselo, y a poca costa, que el de echar mano a la herencia de Enrique? Y así lo hace, dando como pretexto que, desde su exilio en Francia, el nuevo jefe de la Casa de Lancáster no deja de conspirar contra la seguridad de Inglaterra.

El rey no se da cuenta de que, burlando de ese modo el derecho de herencia, se echa encima —y ahora definitivamente— a todos los nobles. Pues todos se hacen la misma pregunta: ¿Por qué el rey no había de hacer con nosotros lo mismo que ha hecho con Enrique de Lancáster?...

Pero si Ricardo II fue el hombre de las revanchas, en ese terreno Enrique no se queda muy atrás.

En mayo de 1399, el rey se pone al frente de una expedición cuyo objetivo consiste en dominar a los irlandeses, gentes demasiado turbulentas. Parte de Londres con el espíritu en paz, convencido de que el reino entero está para siempre a sus órdenes.

Grave error. Enrique —que en lo sucesivo no llevará otro nombre que el de Enrique de Lancáster— desembarca en Inglaterra, asegurando modestamente que sólo quiere recobrar la plenitud de sus derechos. Un gran número de nobles acuden a prestarle juramento de fidelidad; el pueblo se une también, y sin tardanza, a quien ya considera como un triunfador. De momento, como Ricardo II castigó, Enrique castiga también: y al llegar a Bristol, manda decapitar a tres ministros del rey.

Ricardo corre a enfrentarse con el que, para él, no es más que un usurpador. Pero su ejército se va deshilachando rápidamente, y sólo unas cohortes galesas le permanecen fieles. Presintiendo que ha perdido la partida, Ricardo —que se ha refugiado en la desolada soledad del castillo de Flint— se pone a merced de la buena voluntad del Lancáster.

Pero Enrique se muestra implacable: cargado de cadenas, el rey prisionero es encerrado en la Torre de Londres donde, en el sentido más exacto de la palabra, le es arrancada la abdicación. Ya no le queda sino morir en los calabozos del castillo de Pontefract.

Impacientes por sacudirse un yugo que tanto les había pesado, nobles y prelados no vacilan en llevar al trono de Inglaterra a Enrique de Lancáster, que reinará con el nombre de Enrique IV. El clero recibe inmediatamente el pago de su benevolencia: el nuevo rey le concede el derecho a quemar a los herejes. Londres bien vale una hoguera.

De ese modo comienza el esplendor de la rosa de los Lancáster. Pero no falta quien se pregunte: ¿Por qué la rosa blanca de los York ha de cederle en brillantez? Y, puesto que el trono ha sido ocupado como consecuencia de un verdadero golpe de fuerza, ¿por qué reconocer la legitimidad de quien se apoderó de él?... Después de todo, los York tienen tanto derecho a reinar, si no más, que los Lancáster. ¿Acaso no son legítimos descendientes del quinto hijo de Eduardo III?

Sin embargo, por el momento se impone la personalidad de Enrique IV. No sólo por su ánimo emprendedor y por la energía que manifestó al destronar a Ricardo II, sino también por sus «buenas y virtuosas cualidades». Apenas ha ceñido la corona, manifiesta deseos de mostrar clemencia con sus enemigos. Puede considerarse como muy próximo a la verdad el retrato que de él traza Shakespeare al atribuirle estas palabras:

«De hoy en adelante, esta alterada tierra ya no tendrá los labios agrietados por la sangre de sus hijos; la guerra no surcará nuestras llanuras con trincheras; ya no aplastarán nuestras flores los herrados cascos de las cargas enemigas...; la espada de la guerra ya no herirá a su dueño, como un cuchillo mal envainado... Ahora, amigos míos, es hacia el lejano sepulcro de Cristo adonde, como soldados enrolados al servido de la Cruz divina, queremos llevar a los guerreros ingleses...»

Probablemente, Enrique IV tiene un carácter menos retorcido que Ricardo II; y es también muy verosímil que, como creyente fervoroso, haya soñado en realidad con una Cruzada a Tierra Santa, con el fin de reconciliar, en medio del ardor de las batallas, a amigos y adversarios.

En el aspecto político, lleva sobre sus hombros la carga de un «pecado original»: ha comenzado imponiéndose por la fuerza y ha sido «consagrado» por la benevolencia de los nobles y los obispos. En realidad, a estos últimos debe sobre todo el poder. El obispo Arundel se lo recordó claramente al decir, el día de la coronación:

«He aquí que Dios nos ha enviado un hombre de buen entendimiento y de gran prudencia para el gobierno, el cual, con la ayuda de Dios, recibirá dirección y consejo de los sabios y de los viejos de este reino... Esos negocios descansan sobre nosotros y nos conciernen... El rey no se confiará a su solo juicio y a su decisión personal, sino que decidirá según la opinión y el consejo, y con la aprobación de todos.»

Enrique IV sabe lo que debe a quienes avalaron su victoria sobre Ricardo II, pero también comprende qué especie de tutela intentan imponerle. Y en vano busca cómo sacudirse el yugo, porque los que temblaron y fueron humillados por su predecesor, ahora no están dispuestos a transigir. Por eso el Parlamento se negará sistemáticamente a votar impuestos durante el largo tiempo en que el soberano tarda en hacer justicia a las quejas que le son presentadas.

El nuevo rey de Inglaterra se siente más obligado a aceptar compromisos, porque Ricardo II conserva todavía algunos fieles partidarios, que incluso pretenden capturar al «usurpador». Enrique escapa por verdadero milagro de un rapto en el castillo de Windsor, y tiene que huir solo, sin tiempo siquiera para avisar a sus amigos.

Casi por todas partes comienzan a levantarse revueltas y a cortar la cabeza de los partidarios de Enrique IV. A pesar de ello, el rey vacila en tomar represalias, temiendo hundir al país en una guerra civil de la que su poder, todavía en discusión, seguramente no saldría acrecido.

Por casualidad —una casualidad quizás un poco forzada—, Ricardo II muere en febrero de 1400. (En opinión de algunos, fue envenenado; según otros, le dejaron morir de hambre.) Esa muerte da nacimiento a una leyenda que será creída en toda Inglaterra; según ella, Ricardo consiguió escapar del castillo de Pontefract, y después se refugió en un escondite seguro, esperando reaparecer a la cabeza de unas tropas victoriosas.

A lo largo de tres años, Enrique IV tendrá que dominar continuas revueltas; tan pronto se trata del bajo pueblo como de los nobles, como sucedió con el conde de Northumberland y su hijo, el apodado «Espuela ardiente». Esas rebeliones acaban por ser aplastadas, pero en seguida vuelven a surgir y algunas veces se muestran peligrosas.

Lo fue la del conde de Nottingham, puesto al frente de un fuerte partido de escoceses. Entonces, Enrique IV se vio obligado a castigar con rigor, y cayeron cabezas como la de Scrope, obispo de York. La ejecución del prelado —una alta personalidad de la rosa blanca— causó una profunda impresión y desencadenó la cólera de los obispos. También Enrique había aprendido a no pararse en componendas.

Algunos creen ver las primicias de un castigo en la enfermedad de corazón que de pronto acomete al monarca. Enrique IV va de síncope en síncope: Inglaterra ya no tiene a su frente sino a un muerto a quien se le prorrogó la existencia.

La preocupación por dar a su reino la unidad nacional que no encontró todavía, proporciona al rey unos patéticos sobresaltos. Nada más lamentable que la marcha que emprende contra Owen Glendower, que intentó sublevar el País de Gales. Para acudir sin pérdida de tiempo a enfrentarse con el rebelde, tuvo que mendigar, literalmente, no sólo la autorización de los Comunes sino, sobre todo, los subsidios que necesitaba.

A pesar de la victoria lograda contra los galeses, y debido a su fatiga, Enrique encuentra excesivamente pesada la carga que pesa sobre sus hombros. Pero los Comunes están alerta, impacientes y dispuestos, si no a sustituirle, por lo menos a suplir —a su modo—, los desfallecimientos del poder real. Y es lo que hacen, primero regateando a Enrique hasta el último penique y, una vez emprendido ese camino, discutiendo sus decisiones políticas.

La cansina mirada del rey, ya enturbiada por el sombrío velo de la muerte, se dirige hacia el príncipe heredero, llamado también Enrique, que disfruta el privilegio de ostentar el título de Príncipe de Gales. Su juventud se ha encenagado en todos los desenfrenos, en compañía de Falstaff, su compañero de orgías. Sin embargo, el príncipe heredero no se engaña a sí mismo, y Shakespeare tampoco se equivoca cuando pone en sus labios este monólogo:

«... Acepto de buen grado prestarme por algún tiempo al humor desenfrenado de vuestra ociosidad... Si los días de fiesta cubrieran todo el año, el placer sería tan fastidioso como el trabajo... De este modo, cuando rechace esta desordenada vida, más lejos iré de cuanto prometo, y más asombraré a los hombres.»

El Príncipe de Gales no cede en valor a nadie, y ya en las batallas contra los galeses ha dado pruebas de la más extraordinaria temeridad. Ha sido un soldado y nada más que un soldado, pero tan dispuesto para el combate como lo estaba para los placeres. Durante mucho tiempo, las intrigas de la Corte y el apetito de poder le han sido igualmente extraños.

Pero, ¿cómo no darse cuenta de que su padre, el rey, era sólo un enfermo que se arrastraba del lecho al trono?

Y si el príncipe heredero no se diera cuenta, sus medio-tíos, los tres hermanos Beaufort, viejos y expertos guías de los arcanos del poder, estarían allí para hacérselo ver. Como consecuencia, después de haber cedido a las seducciones del alcohol y de las mujeres, el Príncipe de Gales, casi por juego, quiere oler un perfume que todavía no conoce: el del poder absoluto.

En 1411, el padre y el hijo celebran una entrevista en las penumbras de Westminster, y mantienen una conversación patética. Pues, ¿qué puede decir un rey a su heredero, que le acosa con tanta mayor osadía, con tanta mayor insolencia, porque sabe que conoce los tormentos del espanto?... Quizá sólo las palabras que, una vez más, Shakespeare pone en los labios de Enrique IV:

«Tardo demasiado para ti, te canso. ¿Tan hambriento estás de mi trono vacío, que quieres vestir mis insignias a la fuerza, antes de que tu hora esté madura?... Has robado lo que, dentro de pocas horas, sería tuyo sin crimen... Tu vida me ha demostrado que no me amabas..., que guardabas en tu pensamiento mil puñales que aguzaste en tu corazón de piedra... Despide a mis oficiales, haz pedazos mis decretos, porque ha llegado el momento de burlarse de toda especie de orden. ¡Ya está coronado Enrique V! ¡En pie, la locura! ¡Abajo la grandeza real! ¡Atrás vosotros, sabios consejeros! ¡Y ahora, acudid a la Corte de Inglaterra, monos holgazanes venidos de todos los países!»

Tanta firmeza en un soberano que ya se siente helado por el frío de la tumba, llena de vergüenza al encantador, al ligero Príncipe de Gales. ¿Qué puede contestarle, sino esto?:

«¡Perdonadme, soberano mío!... ¡He aquí vuestra corona!

Y quiera El que lleva la eterna conservaros ésta mucho tiempo... Me acerqué para mirar, creyéndoos muerto, y me he dirigido a la corona como si ella pudiera entenderme. Por eso la he apostrofado diciéndole: “Las preocupaciones que van contigo han agotado el cuerpo de mi padre. En vano eres del mejor oro, porque eres del oro peor. Aunque de menos quilates, mucho más precioso es el oro que, convertido en medicina potable, preserva la vida. Porque tú, por espléndida que seas, por honrada y famosa que seas, devoras a quien te coge.”»

En 1412, el monarca apenas puede tenerse en pie y, sin embargo, todavía piensa en grandiosas cabalgadas para reconquistar la Aquitania. Sus consejeros le disuaden, aunque le permiten, porque es menos peligroso, otro de sus sueños: una Cruzada a Tierra Santa. En marzo de 1413, el rey morirá murmurando: «¡Jerusalem!»

Por fin, el camino está libre ante el Príncipe de Gales, de quien escribirá Winston Churchill:

«Su muerte (la de Enrique IV) dejó paso, por fin, a un gran personaje que llevaba mucho tiempo impaciente por gobernar: un hombre tallado según el modelo de los más grandes hombres de la Historia, que ascendió al trono sin discusión alguna en Inglaterra, ni, muy pronto, en ningún otro país de la Cristiandad occidental.»

* * *

Cuando sube al trono, Enrique V tiene veintiséis años. Ha roto bruscamente con sus amistades de la primera juventud, y en él se extingue el fuego «que las propias antorchas de Venus habían prendido». Su prestancia física —un cuerpo esbelto y musculoso soportando una cabeza cuyos largos cabellos negros destacaban más la blancura mate del rostro— ya le había concedido todas las simpatías femeninas.

La de los reyes es una obra bien frágil... A fuerza de firmeza, atemperada por la paciencia y la astucia, Enrique IV pudo hacerse la ilusión de que había reunido en torno del trono a todo el reino de Inglaterra. Pero en realidad, nunca pueblo alguno estuvo más dividido y enfrentado contra sí mismo.

Nadie había olvidado nada: ni el pueblo, siempre agobiado por los impuestos, ni los nobles, privados de conquistas fructuosas. Ni siquiera los discípulos de Wyclife, aquel extraño sacerdote muerto en 1384, que predicaba que la Biblia debía ser, antes que nada, el instrumento de la liberación personal.

Como consecuencia de esas doctrinas, todos podían desafiar el poder impuesto por el rey; y los nobles, que se habían adherido con entusiasmo a las tesis de quien se puede considerar como precursor de la Reforma de Lutero, estaban dispuestos a poner en discusión el principio mismo del absolutismo real.

* * *

Enrique V se había convertido ya en un político demasiado fino para no darse cuenta de que sólo una gran empresa exterior devolvería la cohesión al reino. De otra parte, si el joven rey no llega a comprenderlo así, los obispos, amenazados en sus privilegios por el bajo clero, se lo hubieran puesto en evidencia. Por eso en 1414, con ocasión de la apertura del Parlamento, el obispo Beaufort conmina al soberano a «combatir por la verdad hasta la muerte... y pues que tenemos la oportunidad, hagamos el bien a todos los humanos».

¿Y qué otra «verdad» se imponía, sino la de reemprender la guerra contra Francia? Ante el recuerdo de las rudas cabalgadas de su primera juventud, Enrique V se siente ganado de un nuevo ardor. Para sellar la alianza entre su pueblo y él, reparte generosamente las gracias de su magnanimidad: los rebeldes escoceses son liberados, y los restos del rey Ricardo II (el hijo del Príncipe Negro) son enterrados en Westminster.

Si se descubre un complot contra la persona real, Enrique V sólo castiga con la ejecución a los principales culpables. Multiplica los gestos de perdón, y en ellos incluye a su joven primo Mortimer, conde de la Marca, que al cabo de poco tiempo olvidará gracias a quién pudo escapar del supremo castigo.

Mientras, se va preparando la guerra contra Francia, financiada con unos impuestos que el pueblo paga sin regatear. La Marina aumenta el número de sus navíos; la Infantería es reforzada con seis mil arqueros, que un implacable entrenamiento convertirá en temibles combatientes.

A Enrique V ya sólo le queda encontrar el pretexto para cruzar el canal de la Mancha. En 1407, la situación que reina en Francia se lo facilita. Luis, duque de Orleáns, verdadero dueño del poder desde que Carlos VI ha caído en la locura, es asesinado por unos mercenarios a sueldo del duque de Borgoña. No se necesitaba más para dar nuevo vigor al conflicto que oponía a los armagnac y los borgoñones.

Los armagnac, uno de cuyos jefes era el duque de Orleáns, parecen llevar ventaja. El rey de Inglaterra escoge el lado más débil, y con mayor razón porque los borgoñones, obligados a hacer flechas de cualquier madera, ofrecen a Enrique V, como pago por su ayuda, nada menos que la corona de Francia.

En agosto de 1415, varios miles de ingleses desembarcan entre Harfleur y Honfleur. La primera de esas plazas, mal defendida, cae rápidamente. Enrique V despacha mensajeros al rey de Francia. Y Shakespeare no debe estar muy lejos de la realidad cuando describe así la escena entre Exeter, enviado inglés, y el rey de Francia:

«Exeter. —El (rey de Inglaterra) os invita en nombre del Dios todopoderoso, a que os despojéis, a que deis de lado las grandezas prestadas que, por don del cielo y por ley de la naturaleza y de las naciones, le pertenecen a él y a sus herederos: esto es, la corona de Francia y todos los vastos honores unidos a esa corona por la costumbre y el orden de los tiempos... El os conmina a que abdiquéis.

»El rey de Francia. — Y si no lo hago, ¿qué sucedería?

»Exeter. — Un sangriento acoso. Pues, aunque ocultarais la corona dentro de vuestro corazón, allí iría él a arrancárosla...

Y lanzaría sobre vuestra cabeza la sangre de los muertos, Las lágrimas de las viudas, los gritos de los huérfanos, los sollozos de las vírgenes llorando a sus esposos, a sus padres y a sus novios, devorados por esa querella.»

De todos modos, aquella guerra debe justificarse. Para ello, Enrique V afirma que no hace sino reclamar los derechos en otro tiempo exhibidos por el rey Eduardo III: cuando éste, queriendo extender su soberanía al antiguo dominio francés de los Plantagenet, provocó un enfrentamiento armado que duraría cien años.

Enrique lanza entonces un desafío que él mismo considera ultrajante: propone que la disputa anglo-francesa sea solventada con un duelo singular en el que los dos monarcas se enfrenten personalmente. Y su propuesta es rechazada.

Aunque Enrique V haya vencido en Harfleur, esa victoria parece muy poca cosa cuando la enfermedad diezma hasta tal punto a los ingleses, y los combates han causado tantos heridos, que tres cuartas partes del ejército han de ser evacuadas a Inglaterra. Pero su rey es testarudo. A pesar de los consejos de su corte, se niega a abandonar una partida que le parece tan bien comenzada.

Con menos de mil hombres, se adentra por el corazón de Francia hasta dar con el ejército francés reunido en Azincourt, formado por veinte mil jinetes e infantes. Enrique sabe que no sólo esa batalla decidirá la continuación de la campaña, sino que además se juega en ella la corona.

Por eso, al principio vacila en batirse; propone a los franceses evacuar Harfleur y devolver los prisioneros, a cambio de que le dejen regresar a Calais sin ser molestados. La respuesta francesa es la que podía esperarse: no hay acuerdo posible si Enrique no renuncia a la corona de Francia.

Entonces, se combatirá. En la mañana del 25 de octubre, el rey de Inglaterra aparece ante sus tropas envuelto en el gran manto real con flores de lis y leopardos. Son las armas de Francia y de Inglaterra, unidas desde Eduardo III, y que continuarán estándolo, como símbolo de la monarquía inglesa, hasta los tiempos de la reina Victoria. Mil joyas brillan en el casco de Enrique V que, al desnudar su espada, grita: «En nombre de Dios todopoderoso y de San Jorge, ¡adelante!»

La caballería francesa pensaba destrozar al invasor con sólo una de las cargas que tanto le entusiasmaban. Pero queda literalmente clavada en su arranque por la nube de flechas que caen sobre ella. Desarzonados, los caballeros quedan en el suelo como víctimas ofrecidas a las espadas, a las hachas y a las mazas inglesas. Pero los franceses siguen resistiendo. Un terrible golpe de espada echa de su caballo a Enrique V; algunos soldados franceses, que han realizado un movimiento envolvente, se abaten como pájaros de presa sobre el campo inglés...

Pero en vez de atacar a las tropas enemigas, prefieren el pillaje y roban las ropas, la corona y el sello del rey de Inglaterra. Después de unos instantes de indecisión, los ingleses se rehacen. Cae muerto el duque de Alençon, y los franceses comienzan a desbandarse. Ebrio de cólera, Enrique V ordena que se degüelle a los prisioneros. De ese modo perece «la fina flor de la caballería francesa». Y el vencedor piensa que su rey ha recibido un golpe del que no podrá recobrarse: porque 10 000 franceses han resultado muertos.

De regreso a Londres, Enrique es acogido con un recibimiento delirante. Más todavía, el emperador Segismundo le reconoce como rey de Francia.

En 1417, la campaña se reanuda otra vez. Caen es rendida después de un feroz asedio, y toda la Normandía es ocupada, con excepción de algunas plazas fuertes; entre ellas el Monte de Saint-Michel, que nunca capitulará.

Corto de soldados y de recursos, el rey de Francia tiene que resignarse a la paz. Por el Tratado de Troyes (mayo de 1420), negociado por Isabel de Baviera en nombre de Carlos VI, reconoce a Enrique V como «heredero legítimo de la corona de Francia», y es inmediatamente designado regente del reino.

Se convertirá en rey de Francia a la muerte de Carlos VI, desheredando así al futuro Carlos VII, a quien su propia madre tacha de bastardo. Como gajes que garanticen el acuerdo, Enrique V recibe toda la Normandía en posesión plena y entera. El tratado se refuerza con vínculos de sangre: el rey de Inglaterra se casará con Catalina, hija del rey de Francia, en la iglesia de San Juan de Troyes.

¡Qué triunfo para el jefe de la Casa de Lancáster! ¡Qué gloria para la rosa roja, más esplendente que nunca! Enrique V, dueño de Inglaterra, reinará un día sobre dos reinos de Francia cuyos numerosos encantos le seducen: la Francia que él llama «el más hermoso jardín del Universo», y la novia que Shakespeare le hace llamar, en francés, «la más bella Catherine del mundo».

Por otra parte, la Borgoña es ya una sumisa vasalla: Juana II, reina de Nápoles, designa como heredero único al hermano mayor de Enrique V; y el hermano pequeño, Humphrey de Gloucester, se casará más tarde —ciertamente, contra su voluntad— con Jacqueline, condesa de Hainaut y de Holanda, por un rasgo de ingratitud de la naturaleza.

Enrique, el rey que por la persuasión —y por la fuerza si es preciso— impone alianzas y matrimonios, en definitiva nunca buscó sino el triunfo de Inglaterra. Bajo su reinado, la lengua inglesa sustituye definitivamente al latín en los documentos oficiales, como si el rey hubiera intuido que una lengua comprendida y hablada por todos era el fundamento mismo de la unidad nacional.

De ese rey, que parece haber triunfado de todo y de todos, Stubbs, un cronista de aquellos tiempos, pudo escribir:

«Ningún soberano que jamás haya reinado ha conseguido de sus contemporáneos una parecida unanimidad de alabanzas. Era religioso, de vida pura, de carácter mesurado, liberal y prudente, sin por ello carecer de esplendor, de generosidad, de honor y de rectitud; sobrio de palabras y de buen consejo, porque era previsor, sabio en el juicio, modesto en la ambición, magnánimo en los gestos. Además de brillante capitán y diplomático profundo... fue el eminente restaurador de nuestra Marina y de nuestra jurisdicción internacional. Inglés en toda su plenitud, con todas las grandezas y sin los flagrantes defectos de sus antepasados, los Plantagenet.»

Ese retrato —o mejor esa imagen devota— no podría ser aceptado por los franceses, que no han olvidado la espantosa humillación de Azincourt. En la cima de su gloria, Enrique V no sabe que está en vísperas del desastre, y que el triunfo de la rosa roja de los Lancáster sobre la blanca de los York será sólo efímero. Verdad es que «en la mente de las rosas nunca estuvo la muerte de un jardinero».

El rey de Inglaterra alimenta un proyecto fabuloso, y al mismo tiempo cargado de una alta sabiduría política. Inglaterra..., Francia..., Borgoña... ¿Cómo soldar la alianza entre hombres que se han combatido tanto, sino llevándolos hacia una gran aventura, la conquista de Tierra Santa? Durante las largas cabalgadas para liberar a la antigua Jerusalem, los hombres que durante tanto tiempo estuvieron enfrentados, quizás acabarían por sentirse a gusto uno al lado del otro.

Pero la muerte sabe herir certeramente. En agosto de 1422, estando en Vincennes, Enrique V muere de una enfermedad entonces considerada como misteriosa, probablemente una infección intestinal.

El heredero de la corona tiene entonces nueve meses.

Aun así, sólo dos meses más tarde se convierte en rey de Francia, al morir Carlos VI el 14 de octubre de 1422. ¡Pobre rey, marcado desde su nacimiento por una herencia que se burla de la grandeza de los imperios y de los laureles conquistados en los campos de batalla!... Los Lancáster han sido tocados en la frente por esos genios indiferentes que son la inteligencia y la buena fortuna; pero también han colmado al niño con la vacilante salud del padre. Peor todavía, Enrique VI ha heredado de su madre, Catalina de Francia, todos los desarreglos del espíritu que igualmente ella había recibido del abuelo, Carlos VI.

Una total inestabilidad de carácter, unos irreprimibles arrebatos de cólera, dejaban paso, súbitamente, a asombrosos accesos de dulzura. Capaz de matar y de perdonar, pero encubriendo su indecisión con la tozudez: así sería el nuevo rey de Inglaterra.

Ciertamente, sus consejeros son gentes de gran personalidad: su tío Gloucester es un hombre tallado en magnífica madera; otro tío, Bedfort, es un capitán de altas capacidades y su puño pesa duramente sobre una Francia de la que ha sido nombrado Regente.

En el preciso momento en que un niño enfermo accede al trono de Inglaterra, la fortuna parece agobiar también a Francia. El nuevo rey, Carlos VII, no es otra cosa que «el gentil Delfín». Los ingleses —porque la guerra ha vuelto con todos sus furores— triunfan en todas partes, a pesar de la ayuda que los escoceses aportan a sus enemigos. Y los franceses salen destrozados de cien combates.

Pero la fortuna acaba por apiadarse grandemente del reino de Francia. Porque hace surgir una querella entre esos aliados de circunstancias que eran los ingleses y los borgoñones. Jacqueline, princesa heredera de Holanda y de Hainaut —mujer de gran temperamento que no se contentaba con sólo los homenajes de los poetas—, fue desposada por presión de los borgoñones con un muchachito de quince años, entonces enfermo: el duque de Brabante.

Jacqueline estima que con esa boda se ha ofendido a su naturaleza de mujer, y busca refugio en Inglaterra, donde implora la ayuda del tío de Enrique VI, Gloucester. El duque es hombre hecho para comprender fácilmente las emociones femeninas; tanto es así que, cuando el papa Benedicto XIII —con muy buenas razones— declara nulo el matrimonio de Jacqueline, Gloucester se casa con ella en 1423. Su esposa le aporta, además de su juvenil belleza y de su cálido temperamento, la promesa de una importante herencia.

El duque de Borgoña se llena de furor, porque también él codiciaba el rico Brabante, cuya posesión le permitiría hablar de igual a igual, por lo menos, con el rey de Francia. Gloucester, estimulado por su esposa, envía tropas propias a ocupar lo que hoy es Holanda y la provincia belga de Hainaut. Aunque la mayor parte de los consejeros de Enrique VI condenan al invasor, el daño está hecho: en lo sucesivo, el duque de Borgoña no podrá ser considerado como un aliado seguro y fiel.

Luego le llega a la vez al duque de Bretaña. Para salvaguardar su ducado, había llevado desde antiguo una política de balanza entre los dos Estados; ahora deja de mirar a Londres, porque obtiene de París en 1425, por el Tratado de Saumur, la jefatura única en la lucha contra los ingleses.

De ese modo, Francia —más por culpa de sus adversarios que por su iniciativa— ha conseguido que se rompa una alianza que amenazaba su propia existencia. En definitiva, sólo le que» daba el trabajo de salvarla de sus enemigos. Pero antes había de resolver sus dudas: unas dudas que se encarnaban en Carlos VII, refugiado en Bourges y rodeado de consejeros más inclinados al compromiso con los ingleses que a la lucha a ultranza contra ellos.

Entonces, como surgida de las profundidades de la nación, aparece Juana de Arco.

Su historia ha sido contada tantas y tantas veces por los historiadores franceses, que la pintaremos mejor dejando hablar a un cronista inglés del siglo XVI:

«Era de rostro agradable, de complexión fuerte y viril, de coraje grande, intrépido y osado, de una gran castidad aparente en su persona y en su conducta, con el nombre de Jesús siempre en la boca, humilde, obediente y que ayunaba varios días por semana.

»La primera vez que fue llevada ante el Delfín, éste, para poner a prueba su ciencia, se ocultó en una galería detrás de los divertidos señores; pero ella lo señaló entre los demás con un saludo, tras el cual él la llevó al extremo de la galería, y ella conversó con él durante una hora.

»Fue entonces cuando ella le anunció que, conforme a una revelación divina, haría levantar con gloria y honor el sitio de Orleáns, que pondría al Delfín en posesión de la corona de Francia, que echaría a los ingleses de la región, y que así haría de él el único señor del reino. Este escuchó ávidamente sus palabras, y le dio un ejército suficiente, con poder absoluto para mandarlo.»

Aunque admirador de Juana de Arco, Winston Churchill se defiende mal, si no de cierta acidez, por lo menos de un indudable escepticismo. Escribe:

«La política, si es que ya no había intervenido antes, iba a jugar su papel. Se hizo público y se expandió por todas partes el carácter sobrenatural de la misión de la Doncella. Con el fin de dejar establecido que era una enviada del cielo, y no de otro sitio, se la hizo examinar por una asamblea de teólogos, después por el Parlamento de Tours, y por último por el Consejo del rey en sesión plenaria.

»Fue declarada virgen y de buena intención, inspirada por Dios. Realmente, sus contestaciones se distinguían por tal calidad, que se ha podido sostener la teoría de que antes fue cuidadosamente aleccionada y preparada para su misión. Esa, por lo menos, sería una explicación racional de los hechos conocidos.»

Misión sobrenatural o simple encamación de la rebeldía francesa contra los ingleses, ahí están los acontecimientos: Orleáns cayó, el invasor fue derrotado en Patay, y el 17 de julio de 1429 Carlos VII era consagrado como rey de Francia en la catedral de Reims.

Sin embargo, frente a esa figura que, en tantos aspectos, sigue siendo una de las más misteriosas de la historia de Francia, la política no había abdicado de sus derechos ni de sus tortuosas intrigas. Carlos VII, más o menos vencedor de un inglés que se ve obligado a rebajar sus pretensiones, no por ello debe abandonar la Borgoña: presiente claramente que, un día u otro, tendrá que ser anexionada a su reino. Pero Juana de Arco, visionaria más que estratega, y que combate más por Dios que por Francia, quiere aplastar a los borgoñones porque, aun dejando a un lado todo rencor, ayudan al ocupante.

Por eso el proceso de Juana de Arco —capturada ante Compiégne por los borgoñones— será antes que nada un proceso político. Si Carlos VII consiente que sea entregada a los ingleses y juzgada por un tribunal presidido por el obispo Pierre Cauchon; si el rey de Francia no levanta un solo dedo para salvarla, es porque estima que la existencia de Juana de Arco es un obstáculo para el gran sueño que alimenta: anexionarse la Borgoña. Del mismo modo que, más tarde, para Enrique IV París bien vale una misa, parece que, para el rey fabricado en Bourges, la construcción de un poderoso reino de Francia bien valía la hoguera de Rouen.

En definitiva, Juana de Arco no obtendrá una victoria sobre Carlos VII: sino sobre los ingleses, y por partida doble. Serán echados del suelo francés, y conocerán los horrores de la guerra civil.

Apenas se han dispersado las cenizas de la Doncella sobre las ondas apacibles del Sena, cuando Enrique VI se hace coronar rey de Francia en Nótre Dame de París. Ridícula coronación, porque el francés que no se burla, por lo menos desconfía. Mientras, muere Bedfort. Y los capitanes franceses, subyugados por el ejemplo que les dio Juana, han aprendido por fin a hacer la guerra. Ya se terminaron para ellos las cabalgadas que, implacablemente, rompían los arqueros ingleses. Ahora maniobran, acosan a unas tropas que comienzan a sentirse fatigadas.

Por primera vez en la historia militar de Francia, los hermanos Bureau han dotado al ejército de una artillería poderosa y que se desplaza continuamente, cogiendo desprevenido al adversario. Son recuperadas la Normandía y la Guyena; las plazas fuertes van cayendo una tras otra. El último estratega auténtico con que cuenta Inglaterra, Talbot, muere en la batalla de Castillón, en 1453.

El rey inglés, en otros tiempos señor de un nuevo reino, ahora sólo conserva Calais. Y todavía necesita que Francia esté rendida de cansancio para que las tropas invasoras puedan embarcar en La Rochela. Lo hacen desmoralizadas y prestas a estallar de cólera contra sus jefes: todo está a punto para comenzar los arreglos de cuentas.

La guerra con Francia ha agotado al reino de Inglaterra. La creación de los colegios de Eton y de Cambridge no han bastado para templar la irritación de un pueblo que, como el Tesoro nacional sigue estando casi vacío, se ve agobiado por tributos y gabelas. Los nobles gruñen, descontentos también: el botín que debió procurarles la ocupación de Francia ya es sólo un sueño. Únicamente la Iglesia, con su prudencia, ha sabido conservar sus beneficios.

Todos intrigan y discuten. Acusan al que estiman mal consejero del rey, el duque de Gloucester. Y en verdad que da pie para las críticas. Se ha separado de Jacqueline de Hainaut para casarse con una de sus amantes, Eleonora Cobham, y se urde un complot contra ella, con el pretexto de que practicaba la magia negra. Incluso la acusan de haber embrujado al rey con bebedizos.

Se improvisa un tribunal para juzgarla. Y entonces se da di espectáculo de que la esposa de uno de los más poderosos personajes del reino, con los pies desnudos y vistiendo ropas de penitente, atraviese las calles de Londres acosada por las burlas y las injurias del populacho. Escapa por muy poco de la hoguera, pero es condenada a vivir en un apartado castillo. Su marido no se atrevió a moverse.

Enrique VI tiene ahora 23 años; a todas horas parece estar viviendo un ensueño interior, pero en realidad sólo sueña con casarse. Los demás lo decidirán por él. Aunque muy divididos, los Lancáster acaban por ponerse de acuerdo para hacer la paz con el enemigo de la víspera, ahora victorioso. El rey debería casarse con alguna princesa de Francia. Precisamente Margarita de Anjou, sobrina del rey Carlos, parece reunir todas las condiciones requeridas: son famosas su belleza y su aguda inteligencia.

Carlos VII consiente en la boda; pero, como contrapartida, los ingleses tendrán que evacuar la región del Maine, donde todavía conservan algunas guarniciones. El negociador de Londres acepta la condición, siempre que el abandono de la provincia francesa se mantenga en secreto, para no aumentar la humillación del ejército vencido. Y en 1445, Enrique VI se casa con Margarita de Anjou en la abadía de Titchfield, en Southampton.

El rey se entrega de tal modo a los cuidados que dedica a su nuevo amor, que hasta se desinteresa de la suerte que espera al duque de Gloucester, que será asesinado. Pero su muerte se perpetra con rara habilidad, y el cadáver no muestra señal alguna de violencia. Los asesinos, encabezados por el cardenal de Beaufort —que nunca perdonó al duque la influencia que ejercía sobre el rey—, afirmarán que Gloucester murió de pena por la derrota sufrida en Francia.

Mientras, lo que antes era sólo un rumor, se convierte en certeza: Inglaterra había pagado la boda del rey con el abandono del Maine. Se desencadena una verdadera tormenta pues en realidad, la humillación resultaba demasiado fuerte y nunca debió consentirse.

Con ello, los Lancáster caen de nuevo bajo el peso de las acusaciones. En fin de cuentas, ¿no son ellos los responsables de los desastres sufridos al otro lado de la Mancha? ¿No son los autores, los cómplices, al menos, del asesinato de Gloucester?

Los York asisten con evidente contento a la marea de cólera que levanta a los ingleses. ¡Hace ya tantos años que aspiran a vengarse!... Ahora podrán hacerlo o así lo creen.

Poco a poco, la anarquía se va adueñando del reino. La autoridad del rey es mínima. El obispo Moleyns, un alto personaje del Estado, cae asesinado en Portsmouth, a manos de unos marineros. El duque de Suffolk, aunque protegido por Enrique VI, que sólo le había condenado a cinco años de destierro, por «blandura», es decapitado por unos oficiales.

El condado de Kent se convierte de nuevo en escenario de auténticas revueltas, que los Lancáster estiman fomentadas por los York. Más de mil soldados, mandados por un veterano de las guerras contra Francia, John Cade, marchan sobre Londres y allí decapitan a algunos agentes del fisco. Se hace necesaria una verdadera campaña militar para reducir a los rebeldes que —es un extremo importante—, al principio, fueron bien acogidos por los burgueses de la capital.

De nada sirve que, para desviar la creciente impaciencia popular, se intente reemprender algunas operaciones en Francia. Los ingleses son derrotados en todas partes y sólo Calais queda como testimonio de las anteriores conquistas. Ahora, el pueblo ya no culpa sólo a los jefes del ejército, sino al propio rey. ¿Qué hace? ¿Dónde está su autoridad? ¿Por qué asiste, indiferente, a la decadencia del reino?

El desorden es dueño en todas partes; los nobles se niegan a obedecer, los soldados desmovilizados asaltan a los viajeros en los caminos, saquean los poblados...; y las cajas del Estado siguen tan vacías como siempre. Mientras, el rey sueña, insensible a las quejas que llegan a él desde todo el reino. Churchill escribirá de él: «Era un débil y manejable imbécil.»

Ante el vértigo de violencia que se apodera del país entero; ante la sed de orden y de autoridad que sienten campos y ciudades, ¿cómo Ricardo de York no iba a darse cuenta de que había llegado su hora?... Es descendiente en línea directa del gran soberano que fue Eduardo III y, por otra parte, todo el mundo le empuja. Hasta entonces ha llevado la vida apacible de un príncipe de sangre, más o menos resignado a no acceder nunca a las más altas responsabilidades. Ciertamente, se había presentado en la Corte, donde la reina, quizá por súbita intuición, se le mostró claramente hostil. Sin embargo, él no solicitaba entonces otra cosa que un cargo digno de su rango, concretamente el acceso al Consejo de la Corona.

Ahora, de todas partes le llegan los llamamientos. No habrá más remedio que atenderlos. Ya que no lo quisieron como dignatario, van a tenerlo como aspirante a la corona. Tiene derecho y una parte de la nación es partidaria suya; concretamente el País de Gales y vastas regiones del Sur y del Oeste. En Londres también cuenta con decididos partidarios. Ya ha dado pruebas de sus dotes como administrador pues, durante cierto tiempo, la benevolencia de los Lancáster le permitió ser gobernador de Calais y, más tarde, de Irlanda.

Ricardo de York es un hombre reflexivo, un apasionado inflexible de la más exacta administración de la justicia. En repetidas ocasiones intentó poner en guardia al rey, para que no continuara su carrera hacia el abismo. Sin embargo todo fue en vano.

Enrique VI, apremiado por su esposa —mucho más lúcida que él y con mejor talento político—, acaba por darse cuenta de cómo están creciendo los peligros. Pero considera que su legitimidad le pone al abrigo de toda sorpresa desagradable. Explica a sus consejeros:

«Desde la cuna, desde hace cuarenta años, estoy reinando. Mi padre era rey y su padre fue rey. Todos vosotros me habéis jurado fidelidad en muchas ocasiones, como vuestros padres lo hicieron con el mío»... Sin embargo, en el fondo y por primera vez, Enrique está a la defensiva.

Por último, en 1450, Ricardo de York arroja abiertamente el guante. Saliendo de Irlanda, desembarca en el País de Gales, al frente de sus partidarios. Algunos diputados de la Cámara de los Comunes, presintiendo la amenaza de una guerra civil, proponen en una sesión: «Hace seis años que el rey se casó y aún no ha tenido hijos. ¿Por qué no designamos a Ricardo sucesor suyo?» En efecto, de ese modo se conciliarían todas las pretensiones al trono.

Enrique VI estima que se trata de una proposición insultante y responde: «¿Quién se permite asegurar que el rey no tendrá heredero?»... Young, uno de los diputados partidarios del acuerdo entre los Lancáster y los York, es encarcelado. En cuanto a Ricardo, comprendiendo que a partir de entonces nunca podrá entenderse con el soberano, se retira a Ludlow, su castillo en el País de Gales. Todavía duda si desencadenar la guerra.

Pero los asuntos públicos no se arreglan y las quejas van creciendo del mismo modo que se multiplican los llamamientos al de York. Ricardo intenta una nueva maniobra. No se enfrenta directamente con el rey, sino con quienes le rodean; sobre todo con Edmundo de Beaufort, duque de Somerset, a quien acusa de ser el responsable de los desastres sufridos en Francia; y con la familia de los Beaufort, que a sus ojos son culpables de enmascarar la verdad ante Enrique VI y de haberle convertido en una marioneta.

En marzo de 1452, los ataques se hacen más precisos y más violentos. No sólo se enfrenta de nuevo con Somerset sino que le amenaza:

«Procura continuamente hacerme daño ante Su Majestad; quiere dejar aparte mi línea, desheredarme a mí, a mis descendientes y a todos los que me rodean. Viendo que el duque sigue conservando cerca del rey su ascendiente y su autoridad; que le aconsejan tan mal que el país va hacia su total ruina, me veo en la obligación de concluir que tengo el deber de marchar urgentemente contra él, con la ayuda de mis parientes, de mis amigos y de mis aliados.»

Entonces sucede la marcha sobre Londres. Atraviesan el Kent, pero son pocos los nobles que se le unen. La capital cierra sus puertas ante la llegada del ejército de Ricardo de York. En cuanto al rey, por un momento cedió al pánico. Sin embargo, la energía de su esposa, de Somerset y de los Lancáster, le obliga a afrontar la situación. Por último, las tropas leales se encuentran con los rebeldes en la llanura de Blackheath.

Desgarrado interiormente, turbado por la actitud de los nobles —abrazando irnos su causa, mientras otros se alineaban bajo la bandera real—, Ricardo intenta una vez más la negociación. Y el duque de York, despojándose de armadura, casco y espada, se presenta ante Enrique VI asegurándole que sigue siéndole fiel, pero que es preciso y urgente remediar la situación del reino.

Probablemente, el rey se hubiese mostrado favorable a un compromiso, de no ser por su esposa. Es ella quien sugiere la respuesta de su marido: «Un auténtico y serio Consejo» examinará la situación y determinará los remedios necesarios... Como es natural, Ricardo formará parte del Consejo, pero también Somerset. Y, a continuación, éste es nombrado gobernador de Calais, lo que significa confiarle la mejor parte del ejército.

Mientras, los desastres se suceden y se acumulan en Francia. Una tentativa de reconquistar la Gascuña fracasa miserablemente, en jimio de 1453, con la muerte de Talbot. Y, catástrofe suprema, el rey de Inglaterra se vuelve loco. De pronto olvida los movimientos que han de hacerse para comer y beber. Ya no reconoce a nadie, ni siquiera a su esposa. Habla como un niño...

Mujer de cabeza firme, Margarita quiere que la nombren protectora del reino, mientras dure la enfermedad de su esposo.

Y entonces se pone en juego una sutil intriga. Aunque los Lancáster no quieran a la reina, aceptan en principio, pensando que dominarán a una mujer cuya energía y carácter no sospechan.

Entonces, un acontecimiento imprevisto obliga a todos a que rehagan sus cálculos: el 13 de octubre de 1453, la reina da a luz un hijo. Le dan el título de príncipe Eduardo y será heredero del trono. Gran contento entre los Lancáster, que se ven dueños para siempre de Inglaterra, toda vez que la dinastía está asegurada y que el camino hacia el trono quedó obstruido definitivamente para los York.

Sean las que sean las ambiciones de quienes llevan una rosa blanca en su blasón, retroceden ante las perspectivas de una guerra civil y más cuando la personalidad de Ricardo de York impone respeto y son innumerables sus seguidores. ¿Cómo apaciguarle, si no es nombrándole protector, hasta que el niño que acaba de nacer ciña la corona?... De ese modo, el futuro parece asegurado: los Lancáster conservarán el trono y los York obtendrán —aunque confinados en ellos—, los grandes cargos del Estado.

La primera víctima de esos arreglos será Somerset, detenido en diciembre de 1453 y condenado a muerte. Ricardo, a quien repugna verter sangre, dispone su libertad. En cambio, hiere implacablemente a alguno de sus amigos, culpables de prevaricación. Prebendas y sinecuras, malversaciones y abusos en la administración de justicia, se denuncian y se castigan.

El convenio entre los York y los Lancáster pudo haber durado mucho tiempo, si un nuevo acontecimiento no viene a complicar el destino de Inglaterra. El día de Navidad de 1454, Enrique VI cura de su demencia. Es un hombre normal —por lo menos en apariencia— el que despierta ese día. No se acuerda de nada: ni de su enfermedad, ni del hijo que le presentaron en cuanto nació.

Una vez el rey vuelto a su trono, se acabó el papel de Ricardo como protector: tiene que abandonar su cargo el 7 de febrero de 1455.

En realidad tampoco se aferra a él y más cuando la reina está resueltamente decidida a recuperar su papel de consejera de su esposo. Un poco más de prudencia y de altura de miras, probablemente hubiese evitado la tragedia que iba a sobrevenir.

Pero una fracción de los Lancáster quiere tomarse la revancha sobre aquel protector cuya honradez les pareció un desafío. Margarita, que nunca quiso al de York, devuelve a Somerset el gobierno de Calais. Ricardo ni siquiera es invitado a formar parte del Consejo. No le queda otra solución, inspirada por la prudencia, que la de retirarse a su castillo de Sandal, en el Yorkshire.

Inmediatamente acuden a él muchos nobles, destacándose de entre ellos los poderosos duques de Warwick y de Salisbury. Con ellos van sus soldados. Ricardo se da cuenta entonces de que no hay acuerdo posible con Londres, puesto que Somerset, a quien considera malvado inspirador del rey, ha recobrado toda su anterior influencia. De nuevo acusa al gobernador de Calais de la pérdida de la Normandía y la Guyena y, sobre todo, de llevar a Inglaterra a su perdición.

* * *

Esta vez los dados están echados y bien echados. La guerra es inevitable. El 22 de mayo se reúnen más de cinco mil hombres en Saint-Albans, citados allí para marchar sobre Londres. Enrique VI se pone al frente de sus fieles: tres mil soldados que, en su mayor parte, le han proporcionado los Lancáster. Pero también van con él la reina y Somerset. Han decidido cortar el camino al adversario.

Por fin, Enrique VI cree que tendrá un éxito decisivo. La venganza que piensa tomarse sobre Ricardo de York está en proporción con las decepciones que ha sufrido. Quizá si sólo hubiera contado su propia opinión, nunca se hubiera separado de Ricardo. Pero aquel pobre rey, a quien se decía curado enteramente de su locura, sólo por interesadas necesidades políticas, ¿cómo podía comprender que era sólo un juguete en manos de su esposa y de Somerset? ¿Que una y otro únicamente tenían el deseo apremiante de desembarazarse de un hombre que les hacía sombra?

Los capitanes del rey Enrique VI creían tener ganada la partida cuando entraron los primeros en Saint-Albans; con ello creían haber ahogado en germen la coalición que Ricardo quería formar en aquel mismo lugar. La ciudad, que no sabía por qué partido decidirse, tomó el más lógico y se unió al vencedor del momento. Y Saint-Albans, enarboló los colores reales.

Pero la partida ya estaba demasiado adelantada para que Ricardo aceptara aquel golpe de suerte. A la cabeza de unos hombres intrépidos, el que quiere arrancar la corona del soberano reinante, inicia en pleno Saint-Albans un asalto frontal contra las tropas leales. Pero se trata sólo de una finta. Porque el primer teniente de Ricardo, el conde de Warwick, coge del revés a los hombres de Enrique VI. En el curso de tal combate, cae Somerset. Su hijo, el conde de Dorset, queda gravemente herido. Y lo mismo el rey, a quien una flecha alcanzó en el cuello. Ricardo de York acude a la cabecera de Enrique VI, prisionero, y le asegura de nuevo su lealtad.

Gracias a sus soldados, Ricardo de York ha conseguido el fin que perseguía tanto tiempo... La muerte de Somerset y Clifford significaba que el rey se había desembarazado de unos consejeros que él consideraba nefastos. Por eso no libra a sus cuerpos de una humillación suprema: sus cadáveres, desnudos, quedan expuestos durante muchas horas en las calles de Saint— Albans, sin que nadie se atreva a darles decente sepultura.

Realmente, Ricardo se muestra entonces como un Hamlet de la política. Triunfa, pero vacila; podría imponer su voluntad al rey y ser, cuando menos, el primero de sus consejeros; pero no hace nada, como si el carácter casi sagrado de la corona que Enrique VI lleva en la cabeza, le espantase tanto como le atraía.

Quizá todo hubiese podido tomar un rumbo nuevo y con ello Inglaterra hubiese recobrado la paz, si Ricardo hubiera encontrado frente a él un soberano que fuese algo más que un hombre veleidoso. ¿Ha perdido en Saint-Albans o ha ganado? Ni siquiera lo sabe. Quienes le rodean, sobre todo los Lancáster, consideran que se ha salvado lo esencial, puesto que Ricardo de York no se atrevió a destronar a un rey a quien, sin embargo, tenía a su merced.

Los nobles, cualquiera que sea el partido a que pertenecen, sólo se preocupan de conservar sus privilegios y prebendas. En cuanto al pueblo, al país, sigue a la deriva y los franceses se aprovechan: desembarcan en el puerto de Sandwich, en el Kent, queman y saquean la ciudad y se van sin ser molestados. Se culpa a la reina de ser responsable de aquel desastre.

En los condados se originan revueltas por cualquier motivo. La gente se niega a pagar los impuestos, desafía a las autoridades. Partidarios de los York y los Lancáster, se enfrentan en sangrientos combates surgidos por las más mínimas causas: un derecho de caza, una corta de leña, la posesión de unos palmos de tierra... Y esa situación se prolonga durante tres años, de 1456 a 1459.

A pesar de todo, lo irreparable no ha sucedido todavía, porque los jefes de las Casas de York y de Lancáster no quieren saber nada de la sangre vertida por los rústicos. Más todavía, la reina de Inglaterra cambia de actitud y pone buena cara a Ricardo, que toma la comunión junto con el rey. Hay intercambio de besos y de juramentos de fidelidad... ¿Quién podrá decir si, en aquellos momentos, alguna de las partes pecaba de insincera?

No obstante, ese espíritu de tregua no lo tenían los subalternos, movidos por el odio o por la ambición. Más cerrados de mollera que Ricardo de York, un grupo de partidarios suyos desafía a las tropas reales, en las cercanías de Worcester. Hay combates, muertos, y acaban triunfando los soldados de Enrique VI. De tan torpe modo se ha roto la frágil tregua.

Ricardo, convencido de que el rey no juega limpio, abandona Londres y regresa al gobierno de Irlanda, que aún le queda del favor real. Su teniente principal y más intransigente, Warwick, parte para Calais, cuyo gobierno le ha encomendado Enrique VI. Va a sustituir a Somerset, muerto por los yorkistas... Con tales medidas se restablece la paz, tan frágil, tan sujeta a errores y malentendidos, que la guerra se reanuda en julio de 1460.

Con todo, no es Ricardo quien la desata, sino más bien Warwick, que no comprende que el jefe de la Casa de York no se decida a acabar de una vez con los Lancáster. Tanto más cuanto que los obispos, tan atentos a las quejas del pueblo como a la salvaguardia de sus beneficios, han tomado resueltamente el partido de los York.

Los dos ejércitos se enfrentan en Northampton. Enrique VI cree que ganará fácilmente por la superioridad en artillería, que es aplastante. Pero uno de sus principales capitanes, sir Edmundo Grey de Ruthven[1], se pasa a los yorkistas en plena batalla. Aquello resulta decisivo y el rey es derrotado. Un simple arquero, llamado Henry Monford, lo captura. Pero aún le queda la majestad. Y es la majestad de ese hombre, «solo y solitario», la que Ricardo de York, que acude presurosamente, no se atreve a desafiar definitivamente.

Con todos los respetos debidos, el rey es llevado a Londres y se le confina o poco menos en su palacio de Westminster. Enrique VI es acometido de nuevo por sus accesos de locura. Su obsesión de ahora es la muerte Se le oye gritar: «¡No, no! ¡Todavía no!»... Y arremete contra su propia sombra, creyendo que se trata de algún enviado justiciero llegado del más allá. En un momento de lucidez, confía el gobierno del reino al duque de York, «con derecho de sucesión después de la muerte».

No puede negarse que, por segunda vez, el reino respira. Porque todo el mundo estaba cansado de la anarquía, de la sangre vertida inútilmente. La moderación de que hasta ahora había dado pruebas Ricardo de York, impresiona; se le sabe duro pero justo. Las gentes le agradecen que no haya llevado hasta el extremo la lucha por ceñir la corona. La sabiduría popular estima que, por fin, ha encontrado la buena solución: Enrique VI será rey hasta su muerte y después lo será Ricardo.

No hacía falta más para que Margarita de Inglaterra, sintiéndose ultrajada en lo más hondo, decida reanudar el combate. Comienza por refugiarse en Escocia, donde la reina María de Gueldre la acoge bajo su protección, pensando en el futuro matrimonio del príncipe Eduardo con su hija María. Exhibiendo y exaltando los legítimos derechos de su hijo, Margarita levanta en el país de Gales y en el norte de Inglaterra todos los soldados que pueden darle.

Ricardo de York, en vez de esperar tranquilamente el desarrollo de los acontecimientos, marcha a presentar combate. Tan seguro está de la victoria, que descuida las precauciones más elementales. El 30 de diciembre de 1460, después de pactar una tregua que duraría hasta el 8 de enero, con motivo de las fiestas de Navidad, concede descanso a la caballería, sin colocar siquiera patrullas de vigilancia.

De pronto aparecen las tropas de Margarita y se produce una matanza, con la que se salda una larga cuenta de odios. Derribado de su caballo, los realistas niegan a Ricardo hasta el derecho de los prisioneros y es rematado allí mismo. Uno de sus dos hijos, el conde de Rutland, que apenas ha cumplido los diez y ocho años, muere también, a manos de un muchacho casi tan joven como él, lord Clifford, que, mientras lo atraviesa repetidamente con su espada, le grita: «¡Por la sangre de

Dios! ¡Tu padre mató al mío y yo voy a matarte, a ti y a toda tu raza!»... Por aquel suceso, Clifford recibe el apodo de «carnicero.»

También Margarita se muestra implacable. Ordena que la cabeza de Ricardo y las de sus compañeros, se expongan, para servir de ejemplo, en las puertas de la ciudad de York. Para mayor irrisión, alguien pone una corona de cartón sobre la cabeza ensangrentada del antiguo protector.

Enloquecido por los deseos de venganza, el hijo último de Ricardo, el conde de la Marca, aplasta a los partidarios de Lancáster, el 2 de febrero de 1461, en Montimer’s Cross. Tampoco entonces se da cuartel a los prisioneros.

Pero el conde de la Marca, a quien la muerte de su padre ha convertido en duque de York, sufre más tarde una total derrota en Saint-Albans, aquel lugar ya inundado de sangre. Margarita ha tomado personalmente el mando de las tropas reales, mientras que su esposo, instalado debajo de un árbol, pasea por el campo de batalla unas miradas indiferentes, como si no se diese cuenta de lo que estaba sucediendo.

Una vez conseguida la victoria, la reina va a dar pruebas de hasta dónde puede llegar la crueldad. Pregunta a su hijo Eduardo —que había sido desheredado por su padre—, qué castigo conviene aplicar a dos caballeros que, en vez de correr al combate, se quedaron junto al rey con el pretexto de protegerlo. El niño, que tiene siete años, contesta: «La muerte.» Entonces, uno de los condenados lanza este anatema: «¡Que la cólera de Dios caiga sobre los que enseñaron esa palabra a un niño!»

Pero no todo ha terminado. La reina permite que sus tropas se entreguen a sus instintos. Entonces pillan, matan, violan. Todo sospechoso de tener alguna simpatía por la rosa blanca de los York, es pasado por la espada, quemado o ahorcado.

Margarita ya no es la mujer cuyo ingenio y belleza sorprendían a cuantos estaban cerca de ella. Se ha convertido en un jefe de guerra y también en un jefe de bandidos. Y antes que regresar a Londres —que no le agrada, debido a las pocas simpatías que la ciudad siente por la rosa roja—, prefiere marchar contra el norte de Inglaterra, región adicta a los Lancáster, al frente de soldados del País de Gales y de Escocia, que devastan la región.

Explotando ese error, el nuevo duque de York corre a la capital, a marchas forzadas, y se instala en ella. Por las calles de Londres, la gente canta: «Marchemos con el duque de la Marca; paseemos por una nueva viña y hagamos un hermoso jardín con la bella rosa blanca y con su joven follaje.»

El hijo de Ricardo se muestra insensible al incienso que sube hasta él. Se ha jurado no cometer las mismas faltas que su padre: esto es, inclinarse ante la majestad real. Por eso, el 4 de marzo de 1461 se proclama rey de Inglaterra, aunque declarando que no se hará coronar hasta que Enrique VI y Margarita sean expulsados del país o ejecutados. Se limita a dar fe, en Westminster y ante el cetro del Estado, de sus derechos legales a la Corona. En cuanto a los Lancáster, que vayan contra él, si se atreven; mientras, los declara reos de alta traición.

Después sale a su encuentro, precedido por Warwick y llevando el estandarte real. Ya no es el joven duque de York quien cabalga al frente de sus ejércitos sino el rey Eduardo IV, pues ese es el nombre que ha decidido tomar.

Sus pretensiones tienen un mal comienzo. El 28 de marzo de 1461, las vanguardias del «rey de Londres» son derrotadas en Ferrybridge. El intrépido Warwick, siempre presente cuando se trata de recibir golpes y de combatir contra los Lancáster, resulta herido.

En realidad es al día siguiente cuando se entabla la verdadera batalla, en medio de una espantosa tormenta de nieve. Durante seis horas se combate cuerpo a cuerpo; el barullo es tal, que no se distingue el amigo del enemigo. Warwick mata a su caballo para demostrar a sus soldados que hay que vencer o morir. La ventaja tan pronto parece de un campo como de otro. Sólo cuando va a terminar la tarde, la llegada del duque de Norfolk seguido de sus tropas frescas, señala al vencedor.

Norfolk cae como un rayo sobre los agotados Lancáster, provocando su desbandada. Los que huyen intentan atravesar el río Cock. Se ahogan en tan gran número, que los cadáveres amontonados llegan a constituir verdaderos puentes para los que sobreviven y para quienes van persiguiéndoles. No hay piedad ni se da cuartel: Eduardo IV ordena la muerte de todos los prisioneros. Con esa medida, perece la élite de la caballería de los Lancáster. Cuarenta y dos caballeros y tres mil quinientos infantes han perecido en la batalla.

La reina Margarita y su hijo, protegidos por irnos pocos fieles, consiguen llegar a York, donde el rey Enrique VI, más absorto y lejano que nunca, está celebrando el Domingo de Ramos. Y la familia real emprende otra vez el camino hacia el norte.

La victoria ha consolidado la corona que Eduardo de York se había otorgado a sí mismo. Implacable en la guerra, lo es también cuando los combates han terminado. Todos los que, de cerca o de lejos, se habían beneficiado con el favor de los Lancáster, son proscritos y sus bienes confiscados. Una tercera parte de las grandes posesiones rurales cambian de mano. Por último, Eduardo IV puede hacerse coronar el 29 de junio, esta vez con un ceremonial que no había cambiado en cinco siglos.

El rey se instala en Lambeth, en el palacio del obispo de Londres, la antevíspera de la coronación. El lord Mayor, los notables de la capital y cuatrocientos caballeros van a recogerle allí, para darle escolta hasta la Torre de Londres. El magnífico cortejo va precedido por un caballero con armadura, lanza en ristre, que «desafía a cualquiera que discuta los derechos de Eduardo de York a la corona».

Una vez en la Torre, el lord-alcalde presenta la espada de la Justicia al soberano, que la levanta a la altura de los ojos, la besa y la entrega después a un caballero de su séquito. Entonces confirma los privilegios del lord-alcalde, encargándole de hacer justicia y de salvaguardar los derechos de los comerciantes y de los vecinos de la ciudad.

A continuación, Eduardo se traslada a la abadía de Westminster, precedido por treinta y dos nuevos caballeros de la Orden del Baño, con mantos de seda blanca. Después del Te Deum, el rey es ungido por las manos del arzobispo de Carterbury, primado de Inglaterra, y luego instalado por el arzobispo de York en él trono de Eduardo el Confesor. Allí, con el cetro en la mano, Eduardo IV ciñe la corona de Inglaterra.

* * *

A pesar de todo, Margarita no da muestras de flaqueza. Reina sin reino, esposa de un rey que ya no es otra cosa que un simple de espíritu, hace, frente a los que considera como usurpadores. Pero está sola. Necesita conseguir partidarios para su causa. Escocia, inquieta por la importancia que va adquiriendo Inglaterra, mira con benevolencia a la que pretende acabar con Eduardo IV.

La reina de Escocia acaba de perder a su esposo, Jacobo II, muerto en el asalto al castillo de Roxburgh. Sugiere a Margarita que se procure alianzas. ¿No ha pensado en Francia?... Su trono está ocupado entonces por Luis XI, un rey que parece dotado de una especie de genio político; y que además, en lo profundo de su pecho, odia a los ingleses que devastaron su reino. ¿Cómo no había de felicitarse por aquella guerra civil que está agotando al adversario?

Más aún, ¿por qué no procurar que esa situación se prolongue?... Existe un buen pretexto para intervenir. ¿Acaso Margarita de Anjou no es una princesa de origen francés? ¿Acaso el rey de Francia y su esposo Enrique IV no tienen un abuelo común, el desgraciado Carlos VI? ¿Puede permitir él que vaya errando eternamente por montes y valles?

Como consecuencia, Luis XI concede su apoyo a la reina inglesa, y le presta veinte mil libras de oro, recibiendo Calais como prenda. Poco más tarde, el rey francés reconoce formal' mente al joven Enrique como rey de Inglaterra, lo que equivale a declarar la guerra a Eduardo IV.

Con el dinero que ha recibido, Margarita levanta un nuevo ejército. Además, ha logrado el concurso de un notable capitán francés, Pierre de Brezé[2]. Invade Inglaterra en 1462, y sus éxitos se suceden: fortalezas que se tenían por inexpugnables van cayendo una tras otra: Bamburgh, Dunstanburgh, Alnwick... Victorias, desde luego pero victorias efímeras. Porque, en menos de tres meses, las tropas de Eduardo IV vuelven a recobrar las plazas perdidas.

Pero Eduardo se siente cansado de la guerra. Ese príncipe, inclinado a los placeres y profundamente escéptico, ha comprendido que, con aquella implacable guerra, Inglaterra corre el peligro de hundirse. Sabiendo por propia experiencia que con la reina Margarita no hay trato posible, intenta apartar de su lado a algunos poderosos señores del partido de Lancáster: les perdona su conducta, los colma de honores y les restituye sus dominios.

Somerset, el hijo del duque muerto en el primer encuentro de Saint-Albans, es elevado a la dignidad de primer consejero militar del rey, y recupera la totalidad de los bienes que le fueron confiscados. Con todo, quien piense que la esposa de Enrique IV, aun viéndose de tal modo abandonada, acabará por renunciar algún día, la conoce poco.

En 1463, repartiendo oro y sonrisas, Margarita consigue levantar un nuevo ejército. Es más bien un conglomerado de franceses y escoceses, atraídos por la aventura y el botín, pero en absoluto indiferentes a la suerte de la corona de Inglaterra.

Eduardo se ve mal recompensado por la magnanimidad que mostró con sus antiguos adversarios. Todos los Lancáster que habían hincado la rodilla ante él, como señal de sumisión, sienten de pronto una gran fidelidad por Enrique VI. Calculan mal, porque el «rey de Londres» dispone de un arma que sus enemigos no tienen: la artillería.

Con ella desmantela sistemáticamente los castillos de quienes se aliaron a la causa de Margarita. Y entonces, ¿qué puede hacer la reina sino regresar a su país natal, a Francia? En cuanto a su esposo, el rey —¡pobre rey!— se ve obligado a pedir asilo en un monasterio del Cumberland.

* * *

La decepcionada reina, en fin de cuentas más preocupada por la suerte de los Lancáster que por la de su marido —definitivamente extraviado por los caminos de la demencia—, se cuidó muy bien de llevarse consigo al príncipe de Gales: esto es, al heredero del trono.

La soberana, vencida pero deslumbrante de orgullo, una vez en suelo amigo, no se dirige a París. Desembarcó de una sencilla barca de pesca en los Países Bajos, y tomó el camino de Dijon, donde brillan los rudos esplendores de la Corte de Borgoña y de su duque, Felipe el Bueno. Margarita, que había reinado y mandado, es descrita por Chastellain, el más fiel cronista de Borgoña, del modo siguiente:

«Llegó sin vestiduras reales y sin estado alguno. Sus siete seguidores sólo tenían por todo bagaje, igual que ella misma, los vestidos con que iban cubiertos... No recibió de Borgoña (trabajada por los ingleses) otra cosa que los presentes y otras atenciones que las antiguas leyes de la cortesía nunca niegan a una dama en desgracia.

»Durante cinco días tuvo que vivir sin un trozo de pan, y teniendo por toda subsistencia sólo un arenque diario... Un día, la reina se encontró en misa sin un penique en el momento de la limosna, y tuvo que dirigirse a un arquero escocés para pedirle prestados unos pocos sueldos; el hombres los sacó de su bolsa, no sin lamentarse y poner mala cara.»

Por último, la reina fue a instalarse provisionalmente en Bruges, junto con el hijo de Felipe el Bueno, Carlos el Temerario.

Sin embargo, ¿qué significaban aquellos infortunios comparados con los que sufrió antes de huir de Inglaterra?... Porque, cuando la derrota de Nordham, fue capturada por unos yorkistas que tenían más de rufianes que de soldados; después de despojarla de sus joyas pensaron en cortarle la cabeza. Pero un caballero se apiadó de ella y, montándola con su hijo en su propio caballo, la llevó hasta lo más intrincado de una selva. Allí, un bandido por poco asesina a la reina y al príncipe.

Por fortuna —como luego contaba Margarita—, «bastó con hablarle del honor para que no me hiciese nada»... Y de ese modo, por fin, pudo alcanzar las misericordiosas costas de Francia.

¡Tiempos crueles, en que la fe jurada se tomaba tan fácilmente en traición!... Eduardo IV, más por cálculo que por grandeza de alma, ha perdonado a sus adversarios. No sólo ha hecho de Somerset su primer consejero militar, sino también su amigo más íntimo, de creer lo que dice una crónica de aquel tiempo: «El rey hacía tan gran caso de él, que lo tenía siempre muy cerca, alojándolo con él por la noche, y hasta en su mismo lecho muchas veces.»

Aun en la cima del favor, Somerset no olvida que los Lancáster piden venganza. Y más cuando, en el otoño de 1463, yendo en compañía del rey por Northampton, por poco es linchado: los vecinos no comprendían que un Lancáster se mostraba abiertamente al lado del rey, viva encarnación de los York. Fue el propio Eduardo quien consiguió impedir que el motín fuera más allá. Pero Somerset, muy ofendido, abandonó su servicio y volvió a ofrecer su espada a los Lancáster.

No necesitaban más los celosos seguidores de la rosa roja para recobrar coraje y partir en busca de nuevas batallas. Lo que entonces se ponía en juego no era ya el trono de Inglaterra, ni la legitimidad de quien llevaba la corona o del que aspiraba a ceñirla, sino sólo el deseo de venganza.

En el primer encuentro, reñido en Hedgeley Moor el 25 de abril de 1464, Somerset es derrotado por las tropas de Eduardo. Un mes más larde, nueva derrota —ésta definitiva— en Hexham. Entonces Eduardo ya no está de humor para perdonar, y Somerset sube al cadalso.

Con este estado de ánimo, el «rey de Londres» decide acabar para siempre con Enrique VI, en cuyo nombre se levanta periódicamente el estandarte de la rebelión. Es capturado en un castillo del Lancashire, y lo llevan a la capital atado de pies y manos. Durante tres días lo pasean por las calles de la ciudad, donde el populacho le cubre de injurias y lo abruma a fuerza de humillaciones. Por último, es echado a un calabozo de la Torre de Londres.

De nuevo, y sobre el reino entero, la crueldad se desborda. En otros tiempos, los asesinados eran los partidarios de la Casa de York; ahora les llegó el turno a los de Lancáster, que conocen muy de cerca los suplicios y la horca.

Eduardo IV, que ha pasado de la indulgencia al más extremado rigor, puede creer que, por fin, ha triunfado. La Corte de Borgoña, impresionada por los ejércitos del rey de Inglaterra, exilia a Bar-le-Duc a la intrépida Margarita. Escocia, hasta entonces abiertamente hostil al de York, se repliega a posiciones de pasividad y de silencio.

Pero de pronto, sin que nadie lo esperase, algún resorte cede en aquel soberano que aplicó tanta energía para triunfar de sus enemigos. Eduardo pone en manos de Warwick, del conde de Northumberland y del arzobispo de York la dirección de los negocios del Estado. El soberano estima que debe aprovecharse de sus veintidós años; y las aventuras galantes se suceden, las orgías suceden a las partidas de caza...

De ese modo van los asuntos durante algún tiempo, según lo describe el cronista Hume:

«(El rey) vivió con sus súbditos de la manera más social y más familiar, sobre todo con los londinenses; y la hermosura de su cuerpo, tanto como la cortesanía de sus palabras, aun cuando ya no iban acompañadas por la majestad real, le valían la simpatía de las bellas, cuyos favores le resultaban fáciles... Ese modo de vivir, cómodo y deleitable, aumentaba día tras día su popularidad en todos los estamentos sociales.

»La juventud y la alegría lo mantenían en particular y muy grande favor entre uno y otro sexo. El rey, aun entregándose al placer según sus inclinaciones, y sin premeditación alguna, conseguía aportar a su gobierno una favorable popularidad que le daba soltura, seguridad y sostén.»

Todo pudo haber continuado lo mismo —con el rey sin gobernar pero reinando—, si una vulgar partida de caza no llega a trastornarlo todo.

Cierta vez, la noche sorprende a Eduardo IV cuando estaba acosando a un ciervo, y tiene que pedir resguardo en un castillo. La sobrina del señor de aquel lugar, Elisabeth Woodville, una antigua dama de honor de la reina Margarita de Anjou, además de fuerte y ruda es también —y sobre todo— una Lancáster. Por si algo faltara, resulta ser viuda de John Grey, muerto en las filas de los Lancáster cuando Saint-Albans, y la venganza real la despojó de todos sus bienes después de la batalla.

De tal modo presenta al rey sus infortunios, que Eduardo queda inmediatamente subyugado por Elisabeth. Y no sólo pone su amor a los pies de la que cree conquistada —y que en realidad es su conquistadora— sino también el trono. Sin decir nada a nadie, se casa secretamente con ella en 1464.

Más todavía, se encarga de asegurar el porvenir de los dos hijos de la viuda. Lo que es tanto como decir que él, un York, asegura el futuro de unos Lancáster.

* * *

Los consejeros del rey tenían otros planes: casar a Eduardo con Isabel de España, y si no fuera posible, con una princesa de Francia. Pensaban ellos que la alianza con una o con otra Casa real, daría influencia a Inglaterra en el continente. Y cual no sería la sorpresa de Warwick, el hombre fuerte del reino, cuando se entera, de labios del propio rey, de que ya hace cinco meses que está casado con Elisabeth Woodville. ¡Con una Lancáster!

Pasado el trance de la confesión, el soberano decide portarse como lo haría un gran señor con su nueva familia: hermanos y hermanas de la reina son obsequiados con cargos fructuosos. Uno de ellos incluso llega a contraer matrimonio, cuando sólo tiene veinte años, con la duquesa de Norfolk, que ya tiene ochenta, pero que es dueña de una de las mayores fortunas del reino. Warwick, de momento, se traga su cólera. Pero no olvidará.

Y mucho más, porque Eduardo IV se empeña en volver a gobernar. Sus consejeros, que ya estaban furiosos al ver cubierta a la familia de la reina con las prebendas, que daban como suyas para pronto o tarde, se sienten aterrados ante los proyectos políticos del monarca. Pues ellos siempre habían pensado que Inglaterra debía aproximarse a Francia, con el fin de impedir que esa nación —puesta nuevamente en pie gracias al fuerte puño de Luis XI— sintiera la tentación de vengar viejas humillaciones.

En efecto, ¿no. podía aliarse con los Lancáster y con los escoceses, y de ese modo hacer más fácil la invasión de Inglaterra?... En cambio, ¿qué acaba de hacer Eduardo IV? ¡Nada menos que casar a su hermana con el duque de Borgoña, Carlos el Temerario!... Siendo así, ¿cómo no temer la cólera del rey de Francia, seguramente decidido a romper la disidencia borgoñona que, con aquella boda inglesa, parece recibir la caución de Londres?

Entonces, Warwick urde una conjura para dominar a aquel rey que tan ligero se mostraba en sus decisiones. Un personaje de gran talla entra en la conspiración: Clarence, el propio hermano del monarca y su heredero eventual. Vuelve a hablarse de matrimonios: Warwick promete a Clarence la mano de su hija, a poco que el complot triunfe.

Los conjurados disponen bien las cosas. Inspiran una revuelta popular en el Yorkshire, como protesta contra los pesados impuestos, y fomentan una campaña de rumores contra el rey, a quien se acusa de no atender sino al capricho de sus favoritos.

Decidido a terminar con aquella rebelión, Eduardo IV marcha sobre el Yorkshire, sin presentir siquiera el lazo que le han tendido. Porque, saliendo de Calais, Warwick y Clarence desembarcan en Inglaterra y se declaran de acuerdo con los rebeldes del norte. El rey intenta negociar con ellos, pero se ve obligado a aceptar las condiciones que le imponen: en lo sucesivo, «para ser protegido de la justa cólera del reino», vivirá en Middleham, uno de los castillos de Warwick. Acusados de malversación, el padre de la reina y un hermano son decapitados. El hacha se abatía de nuevo sobre el cuello de los Lancáster.

Eduardo tiene una mente demasiado fina para no comprender que ha llegado la hora de las transacciones. Y de ese modo se comporta. Warwick, después de situar como le conviene a sus amigos, y de ser garantizado de que tendrá en sus manos la totalidad del poder real, consiente en devolver al soberano la apariencia de su soberanía.

Pero en realidad, el acuerdo que han concluido no tenía en cuenta las reservas, el pensamiento íntimo del rey ni de Warwick.

En marzo de 1470, Eduardo IV estima que ha llegado el momento de hacer entrar en razón a los rebeldes que se agitan en el Lincolnshire, y los somete sin necesidad de grandes trabajos. Luego, haciendo uso de la tortura, consigue que confiese el jefe de los sublevados, llamado Robert Welles. En su declaración explica que, si ha tomado las armas, fue por instigación de Warwick y de Clarence.

Así descubiertos, los dos conjurados intentan regresar a Calais. Pero no les acompaña la suerte: el gobernador de la plaza, fiel al rey Eduardo, les niega la entrada. Y los dos vencidos no tienen otro recurso que pedir asilo en la Corte de Francia.

Aquella es una buena ocasión para que se luzca el genio tortuoso de Luis XI. ¡Cómo disfruta poniendo a Warwick en presencia de Margarita, la esposa de Enrique VI, siendo así que los dos interlocutores representan a unas familias que llevan años degollándose mutuamente! ¡Y qué satisfacción para el rey de Francia, ver a los York y a los Lancáster unidos en el mismo odio por un York, el rey Eduardo!...

Pero además, y sobre todo, ¿qué sucedería si una Francia y una Inglaterra reconciliadas y aliadas, se juntaran para aplastar al duque de Borgoña, el cuñado de Eduardo IV?

Reunidos en Angers, Margarita y Warwick prestan juramento sobre un trozo de la Vera Cruz. La alianza se extiende a las familias: Ana, la hija pequeña de Warwick, se promete —desde luego, sin pedir consentimientos— con el príncipe de Gales, hijo bienamado de Margarita y heredero del trono de Inglaterra.

Las dos cabezas políticas de la nueva conspiración tienen sobradas razones para sentirse satisfechas. Pero, ¿y Clarence? ¿Y el hermano de Eduardo IV? Para arrastrarle a rebelarse contra el soberano reinante, ¿no le había prometido Warwick el trono, en cuanto quedara vacío?... Sin embargo, y a pesar de los llamamientos de su hermano el rey, Clarence se sobrepone a su amargura y mantiene su actitud.

Comienza un nuevo período de aventuras. Ocupado en el norte de Inglaterra, donde ha de sofocar otra rebelión, Eduardo IV desguarnece Londres. Warwick y Clarence, encabezando una tropa embarcada en sesenta navíos mandados por un almirante francés, se lanzan sobre la capital. El infortunado Enrique VI, sin enterarse muy bien de lo que está sucediendo, es liberado de su calabozo en la Torre de Londres. De nuevo le ciñen la corona, proclamando que es el único soberano legítimo de Inglaterra, y Eduardo sólo un usurpador.

Ahora es Eduardo de York quien ha de padecer las amarguras del exilio. Sintiéndose abandonado de todos, atraviesa el mar, desembarca en Holanda y se refugia en la Corte de Borgoña.

Más soberano que el propio Enrique VI, Warwick —al que ya dan el sobrenombre de «hacedor de reyes»—, triunfante al fin, intenta un acercamiento con Francia, aunque el precio que le ponen resulta muy elevado. A cambio de su amistad, Luis XI le exige el envío de tropas con que aplastar al duque efe Borgoña. En cuanto a Carlos el Temerario, no encuentra otro recurso que poner a disposición de Eduardo de York soldados y subsidios con que reconquistar Inglaterra.

En marzo de 1471, el soberano destronado desembarca en una playa del Yorkshire, donde se le unen verdaderas multitudes de partidarios. Además, como refuerzo mucho más poderoso, su hermano Clarence traiciona a Warwick y se pone a su lado también, al frente de unos miles de soldados bien entrenados.

Entonces, Eduardo reconquista la capital sin necesidad de demasiado esfuerzo, y el infeliz de Enrique VI, a quien los acontecimientos zarandean a su antojo, vuelve a ser encerrado en la fatídica Torre de Londres.

Hecho singular, su esposa Margarita, que también había levantado un ejército en Francia, se negó a ponerse al lado de Warwick, traicionando así su juramento de Angers.

Tanto Eduardo como Warwick se dan cuenta de que ha llegado la hora de un enfrentamiento decisivo, y de que sólo las espadas pueden hablar por ellos.

El 14 de abril de 1471 se encuentran los dos ejércitos. Antes de emprender el combate, ambos juran vencer o morir, ya sea por la rosa roja o por la rosa blanca.

La batalla de Barnet no puede ser más singular, pues no es el valor de ninguna de las partes el que decide, sino la espesa niebla que cubre la comarca. Algunas unidades se extravían, mientras que otras, aun perteneciendo al mismo bando, combaten entre ellas. De tal modo es así que, en medio de la completa confusión, una parte de las tropas de Warwick, abrumadas por las flechas disparadas por sus amigos, gritan a traición.

Entonces comienza la desbandada, una desbandada total que en vano Warwick se esfuerza por contener. Hecho prisionero, casi por casualidad, es decapitado inmediatamente. Así había de morir, a manos de los yorkistas, el que fue uno de los más intrépidos campeones de la rosa blanca.

Mientras, Margarita y sus tropas han llegado por fin a Inglaterra. Pero ¿qué pueden hacer, después del desastre de Barnet? Por un momento, la reina piensa si no sería mejor regresar a Francia. Pero aquella mujer, que parece doblegarse por primera vez en su vida, acaba por rendirse a los razonamientos de su hijo, el príncipe heredero. Así pues, Margarita volverá de nuevo al combate.

Sin embargo, ahora la situación está más clara: se ha despertado la vieja querella, la fundamental —la que siempre enfrentó a los York y a los Lancáster—, pero ya depurada de todas las traiciones particulares.

Una terrible batalla se riñe el 3 de mayo de 1471 en Tewkesbury. Mejor estratega que su joven adversario, Eduardo deja que las tropas de los Lancáster se claven materialmente en las lanzas de sus infantes, mientras que los arqueros van matando implacablemente a los jinetes enemigos.

Sólo algunos fugitivos sobreviven al desastre. Todos los tenientes del príncipe de Gales han caído, y él mismo acaba con la cabeza cortada. Su madre queda prisionera, y hasta algunos caballeros que creyeron encontrar asilo en los lugares sagrados pierden la vida al pie de los altares.

Muerto el príncipe de Gales, el destino de los Lancáster queda sellado. Y para que perezca para siempre su dinastía, sólo queda ya desembarazarse del padre, aquel miserable despojo, siempre perdido en sus ensueños, que sigue encerrado en la Torre de Londres. Ricardo, duque de Gloucester y hermano de Eduardo IV —a quien ha permanecido fiel más por cálculo que por cariño—, se encargará de que estrangulen a Enrique VI, en el mismo año de 1471.

Eduardo, seguido por Margarita de Anjou —a la que llevan en una litera—, hace su entrada triunfal en Londres. Una entrada que inmortalizará Shakespeare poniendo en labios del rey los siguientes versos:

De nuevo nos sentamos en este trono real

de Inglaterra, con la sangre enemiga

pagada y rescatada. ¡Cuántos valientes soldados

hemos cosechado, como espigas en otoño,

cuajadas de soberbia, en lo más alto de su gloria!

¡Muertos, por fin, los poderosos adversarios! ¡Domeñadas todas las impaciencias y todas las ambiciones!

En 1475, aunque ya cansado de tanto batallar, Eduardo IV arremete de nuevo contra Francia. Pero ya parece terminada la época de los grandes sueños de conquista: el rey de Inglaterra no avanza hasta más allá de Amiens. Entonces solicita tratar con Luis XI. No para reclamarle tierras, sino dinero. Porque las arcas del Estado inglés siguen vacías, hasta el punto de que el propio rey se ve obligado a una vida austera que no se corresponde con su temperamento.

El rey de Francia es demasiado buen político para negarse a negociar. Por el Tratado de Picquigny (29 de agosto de 1475), consigue la amistad —la interesada amistad— de su adversario, a cambio de quince mil libras pagadas inmediatamente, y una renta anual de cincuenta mil. A los ojos de Luis XI, haber cortado una posible alianza entre Inglaterra y la amenazadora Borgoña, bien valía ese precio.

En lo que respecta a Carlos el Temerario, no se deja engañar en silencio. Se encuentra en Peronne con Eduardo y le cubre de injurias. Pero el rey de Inglaterra le tiene sin cuidado, una vez conseguido lo que se proponía: hacerse pagar y bien cara por cierto, su neutralidad respecto a los asuntos de Francia.

En ella morirá Margarita de Anjou, a la edad de 52 años, el 25 de abril de 1482. Una cláusula del Tratado de Picquigny especificaba que Margarita cedería en favor de Luis XI todos los derechos de su padre sobre el Anjou, la Provenza y la Lorena, y que renunciaría definitivamente al trono de Enrique VI.

¿Gustará Inglaterra, por fin, los frutos de la paz?... Eso es lo que desea su rey. Y por eso, sin vacilar un momento, pone en prisión a su hermano Clarence que, una vez más, mostraba veleidades de rebeldía. En realidad, Eduardo nunca había perdonado a su hermano el que, durante algún tiempo, se hubiese aliado con Warwick. También se opuso a que contrajera matrimonio con María de Borgoña, hija de Carlos el Temerario.

Mar tarde pensó en casarse con Margarita, hermana del rey de Escocia, lo que Eduardo no podía tolerar. Cuando fue juzgado por un tribunal, como también Clarence estaba cansado ya de batallas y rebeldías, no ofreció resistencia a que le encerraran en la Torre de Londres.

Sus jueces le condenaron a muerte, «dejando al cuidado del rey el que eligiera el modo de ejecutar la sentencia». Según algunos, Eduardo escogió un suplicio horroroso y su hermano

Clárente fue ahogado en un tonel lleno de vino; otros afirman que se limitó a que le echaran al Támesis.

El porvenir de los York parecía definitivamente asegurado. Eduardo IV tiene entonces siete hijos, dos de ellos varones, y sólo cuenta cuarenta años. Cree que tiene tiempo sobrado para ir formando al príncipe heredero y para inculcarle gustos de humanista y de bibliófilo...

Pero, inesperadamente, muere el 9 de abril de 1483. No pudo preparar la sucesión.

* * *

La historia de Inglaterra no ha llegado todavía a las más altas cimas de la tragedia.

Evidentemente, los hijos de Eduardo son demasiado jóvenes para reinar: el mayor, Eduardo V, no tiene más de 13 años. En cuanto a los consejeros del difunto rey, los que no están agotados por tan largas luchas, andan sobrados de la mediocridad que les dio su vida de cortesanos.

Sólo queda el hermano del rey. Ricardo de Gloucester.

Ricardo ha recibido de la naturaleza todas las desgracias. Thomas Moore (Canciller del rey Enrique VIII, que morirá en el cadalso en 1535) lo describe así:

«Era de pequeña estatura, mal hecho de miembros y jorobado. Su hombro izquierdo era mucho más alto que el derecho. Además tenía unas facciones toscas. Era malo, irritable, envidioso... de porte mediocre. Poseía un carácter receloso y reservado, retorcido y simulador; arrogante de corazón, se mostraba abiertamente amistoso con los que odiaba en el fondo de su pecho, y no vacilaba en abrazar al que pensaba dar muerte. Era cruel y sin piedad, aunque no siempre para hacer el mal, sino más veces por ambición y para servir a sus fines. Amigos y enemigos le eran indiferentes, pues allí donde estaba su interés no perdonaba la vida a nadie que pudiera ser un estorbo para sus fines.»

Sin duda Shakespeare comprendió con claridad el carácter de aquel ser, que parecía salido del Infierno, cuando pone en sus labios las siguientes palabras:

«Yo, que no estoy hecho para esos juegos frívolos (los del amor), ni para poner los ojos tiernos a un espejo enamorado; yo, que estoy tallado toscamente...; yo, en quien está truncada toda noble proporción...; yo, a quien la decepcionante natura frustro sus encantos; yo, a quien ella envió antes de tiempo al mundo de los vivos; que soy deforme, inacabado o cuando menos terminado a medias; estropeado de tal modo y contrahecho hasta el punto de que los perros ladran cuando me detengo a su lado..., por lo mismo que no puedo ser el amante que seduzca en estos tiempos de buenas palabras, estoy decidido a ser un malvado.»

Y en efecto, Ricardo de Gloucester comienza a serlo muy pronto. Impulsará a Eduardo IV a que condene a muerte a su hermano Clarence, lo mismo que, con satisfacción disimulada, presenció el asesinato de Enrique VI. ¿Qué importa que el camino hada el trono esté jalonado de crímenes, cuando sólo el trono le interesa?...

De otra parte, Ricardo se impone por sus dotes intelectuales y por el temple de su ánimo. La naturaleza se lo negó todo, excepto la inteligencia, y en el ejército se ha creado una leyenda con su valor en los combates. Aquel hombre contrahecho despierta en quienes le frecuentan tanta fascinación como miedo.

Desde luego, Ricardo se convierte en seguida en Protector, de hecho ya que no de derecho. Pero Inglaterra necesita un rey, y ese rey existe. Es el hijo mayor de Eduardo IV, el Delfín, que lleva el mismo nombre.

Cuando murió su padre, el muchachito residía en el castillo de Ludlow, en el País de Gales, y su tío, lord Rivers, estaba encargado de su educación.

Apenas supo Rivers el fallecimiento del rey, decidió llevar a Londres al heredero del trono, para que fuese coronado lo antes posible. Porque el tío del futuro soberano ya hacía mucho tiempo que receló las ambiciones de Ricardo de Gloucester.

Emprende, pues, el camino hacia la capital; un camino que, por casualidad, también toma Ricardo. Rivers vuelve riendas y se refugia, con el pequeño Eduardo, en una posada de Northampton. Pero el que ya se considera Protector llega al mismo sitio poco más tarde, y pone buen rostro a los viajeros. Cenan todos y se acuestan.

A la mañana siguiente, Rivers descubre que está encerrado en su aposento. Se asombra, y cuando se lo reprocha a Ricardo y a su compañero, Buckingham, los dos se enfadan y le reprochan que «quiera distanciarles del rey». Después, ya «neutralizado» Rivers, Ricardo de Gloucester dice a escondidas a su sobrino: «Vuestro tío es un conspirador abominable, cuya única ambición consiste en acaparar el poder.» Subyugado por sus razones, el muchachito parte hacia Londres con Ricardo y sin Rivers. El Protector le ha prometido que lo hará coronar muy rápidamente.

En cambio, la reina Elisabeth no se deja engañar, ha comprendido muy bien los designios de su cuñado: a partir de aquel momento, sabe que su hijo mayor está condenado irremisiblemente. Sin embargo-lo mismo que Margarita, la esposa de Enrique VI, se preocupó por salvar la dinastía de los Lancáster sucediera lo que fuese—, desde entonces Elisabeth no piensa en otra cosa que en salvar la descendencia de los York.

Por eso se refugia en la abadía de Westminster con su hijo pequeño, el duque de York. Piensa que la inviolabilidad de aquel lugar sagrado protegerá a los fugitivos de cualquier tentativa de asesinato. El arzobispo de Canterbury se pone resueltamente a su lado, y dice a la reina viuda:

«Tened valor. Os aseguro que, si ellos intentan coronar a otro rey que no sea vuestro hijo, al mismo día siguiente nosotros coronaremos a su hermano, el que tenéis con vos. He aquí el gran Sello del Estado: vuestro esposo me lo confió. Yo os lo entrego, como depositaría que sois de vuestro hijo.»

Sin embargo, cuando llega la noche, por miedo o por prudencia, vuelve a hacerse cargo del Sello.

Con todo, nada parece demostrar que Gloucester piense en cometer desafuero alguno. Cuando llega a Londres con el joven Eduardo, se comporta con humildad y respeto. A los transeúntes que aclaman al muchachito, les dice: «¡Aquí tenéis a vuestro rey! ¡Aquí tenéis a vuestro soberano!»... La careta que Ricardo se ha puesto engaña tanto a todos, que es nombrado, sin oposición y ahora oficialmente, «Protector del rey y del reino».

Ya cubrió la primera etapa: ya está el príncipe heredero en manos de su tío.

* * *

Es un hombre que parece afligido por el más profundo pesar, el que cierto día dice en el Consejo: ¿Por qué el hermano de Su Majestad está lejos de nosotros? ¿Por qué separar a los dos hermanos, cuando se quieren tanto?... Y Ricardo de Gloucester explica a continuación:

«La prosperidad y dicha del rey no depende solamente de protegerle de sus enemigos sino también de tenerlo contento y entre moderados placeres. Pero no puede tenerlos, dada su tierna juventud, en compañía de personas mayores y de viejos. Necesita conversaciones íntimas, niños de su edad y de una cuna que pueda convenir a Su Majestad... ¿Y quién mejor que su propio hermano?»

Después, pero siempre pronunciada con suaves palabras, sigue la amenaza: «Si la reina se obstina; si una prudente y leal advertencia no puede conmoverle, entonces entiendo que, respaldados por la voluntad del rey, sacaremos a su hermano de la prisión donde se encuentra.»

Impresionados por ese discurso, los consejeros aprueban inmediatamente, y casi por unanimidad, la propuesta del Protector.

Sin embargo, el arzobispo de Canterbury, respondiendo a una aprensión que no puede explicar a los demás, sugiere una enmienda. Y dice a sus compañeros de Consejo:

«Estoy de acuerdo. Pero si la reina no quiere que su hijo salga del santuario, no debe ser cogido contra su voluntad: pues eso concitaría el alto disgusto de Dios. No se puede violar, sin incurrir en pecado de sacrilegio, un asilo sagrado.»

Con aquello basta para que la proposición vuelva a ser discutida. Es precisamente lo que Ricardo buscaba, porque el arzobispo de Canterbury no sólo cuenta con amigos dentro del Consejo. De intervención en intervención, la polémica va a dar en el terreno de la casuística. El problema consiste en dilucidar si, en determinadas circunstancias, el asilo que significa una catedral, o una simple iglesia, no puede ser «desacraliza— do». El duque de Buckingham, que actúa de acuerdo con Ricardo de Gloucester, interviene y largamente por cierto:

«Decís vosotros, mis buenos señores, que un lugar sagrado siempre sirvió para defender el cuerpo de quien estuviese en peligro. Y tenéis razón... Pero ningún papa, ningún rey, tuvieron nunca la intención de crear un sitio especial de refugio donde se permitiera que un hombre hiciera daño a otro, le causara un agravio ilegal...»

Y Buckingham sigue hablando, para llegar a lo que importa: «¿Acaso el hermano del príncipe heredero está amenazado por algún peligro?... ¡No! Y en ese caso, el santuario no es preciso.»

Los obispos presentes, cambiando súbitamente de opinión, se suman a la tesis de Buckingham, y se ponen frente a la que defiende el arzobispo de Canterbury. Entonces, el cómplice de Ricardo puede llevar más lejos su ventaja inicial. Después del anterior tono dulzón, su voz truena:

«¡Quien crea que necesita de un santuario para su propia salvación, que lo use! Pero el que no tiene edad ni motivos para desearlo, ni malicia o mala intención para merecerlo; aquel cuya vida ni cuya libertad estén amenazadas por proceso legal alguno, ése no puede ser hombre de santuario... ¡Y lo digo muy alto! ¡Quien le saque de allí por su bien, no viola el lugar sagrado!»

El Consejo asiente otra vez. Por fin queda convenido que el arzobispo de Canterbury hará un último esfuerzo para que la reina Elisabeth consienta en que su hijo pequeño, el duque de York, salga de la abadía de Westminster.

El prelado se presenta ante la reina: es la púrpura frente a la soledad de una mujer inquieta. Elisabeth expresa sus temores, sus inquietudes: el joven duque es de salud frágil y necesita a su madre. ¿Que Ricardo de Gloucester quiere llevárselo?... Sin negar sus «buenas intenciones», ¿cómo lo cuidará él? Además, ¿quién puede garantizar que sus dos hijos no corren algún peligro?... Y vuelve a referirse al duque de York: «¿Dónde podría estar yo —dice— más segura de su salud que en este santuario, que hasta hoy ningún tirano fue lo bastante diabólico para atreverse a violar sus privilegios?»

Por último, aquella mujer acaba por recobrar el coraje que siempre tuvo. Soberbia en medio de su cólera, apostrofa a su interlocutor:

«¿Pretendéis vos que mi hijo, porque no haya merecido ser encerrado en el santuario, no puede beneficiarse de su privilegio?... ¡En verdad, son argumentos dignos del Protector! Si esta abadía puede acoger a un culpable, ¿cómo no podría proteger a un inocente?»

Después, ya de modo abierto, la reina confiesa lo que está sospechando:

«Cardenal-arzobispo: ¿no comprendéis por qué temo dejar a mi segundo hijo en manos del Protector? Ya tiene al mayor en su poder; y si los dos llegaran a morir, ¿quién sería rey, sino Ricardo de Gloucester?... ¿Lo comprendéis, cardenal— arzobispo?»

Sin embargo, el prelado acaba impacientándose, y más todavía porque tiene mala conciencia. Hace comprender a Elisabeth que, si él no encuentra una solución amistosa para aquel asunto, «otros se ocuparán de él». Ante aquellas palabras, la reina cede. ¿Cómo podía dudar de la autoridad de que está investido el arzobispo de Canterbury?

Y va a buscar a su hijo, el duque de York, lo lleva hasta los pies del príncipe de la Iglesia y, desgarrada entre la esperanza y el temor, dice con voz ahogada: «Lo pongo en vuestras manos, y a su hermano con él. Están bajo vuestra custodia.» Hace una pausa, y después, ya con voz que no tiembla, clama: «¡Pero os pediré cuentas de los dos ante Dios y ante el mundo!»...

Y añade: «¡Creedme, os lo suplico! ¡Sed algo menos confiado, porque yo estoy llena de desconfianza!»

Coge al niño entre sus brazos. Y aquella mujer tan dueña de sí misma, ahora rompe en llanto al decirle: «Ve, hijo mío, dulce hijo mío... ¡Pero ven a que te abrace otra vez, pues sabe Dios cuándo nos abrazaremos de nuevo!»

Ricardo de Gloucester ha ganado. Lo sabe. Sin embargo, necesita que el juego se lleve hasta el fin, y convoca un Consejo para establecer minuciosamente el desarrollo de la ceremonia de coronación de Eduardo. Nunca como entonces pareció el Protector tan atento, tan humilde ante la legitimidad de la Corona.

Ya se han organizado las fiestas. Ya se han llevado a Londres las reses cuya carne se asará en las plazas públicas y será ofrecida al pueblo como señal de júbilo.

* * *

El 13 de jimio de 1483, Ricardo convoca inopinadamente una reunión del Consejo de la Corona. Tiene el rostro de sus peores momentos, aunque rinda mil cortesías al obispo de Ely pidiéndole que le envíe algunas fresas de las que cultiva con tanto amor, y de las que se dice que son las mejores de Inglaterra.

Se habla de cuestiones diversas y de temas sin importancia. De pronto, Ricardo pregunta:

—¿Qué debe hacerse con quienes urden conjuras para asesinar al Protector?

Todos se asombran y se miran unos a otros. Lord Hastings, tan subyugado por Ricardo que se ha adherido enteramente a su causa, se levanta y exclama:

—¡Esas gentes merecen sufrir el castigo de los traidores, cualquiera que sea su empleo o su rango!

Desde el fondo de su astucia, el Protector habla con tono afligido:

—Se trata de una bruja... —Y hace una pausa.— De la esposa de mi hermano —otra pausa—... y de sus partidarios.

Se levantan murmullos. ¡Entonces, se trata de la misma reina!

Pero Ricardo no deja tiempo para que los consejeros se hagan preguntas, y continúa:

—Si mi cuerpo se ha debilitado, si soy lo que soy, se debe a los hechizos de mi cuñada. ¡Mirad!

Y levantando la manga izquierda de su jubón, muestra un brazo atrofiado.

Realmente, aquello es excesivo: todo el mundo sabe que el Protector es deforme de nacimiento. Pero cuando los miembros del Consejo pretenden dar pruebas de su asombro ante unas revelaciones que no son tales, la sala es invadida por los soldados de la guardia, y los participantes en la reunión quedan arrestados. El mismo Hastings no se libra del castigo, y minutos más tarde es decapitado.

Para explicar lo sucedido —sobre todo la muerte de lord Hastings, muy popular en Londres—, Ricardo convoca a todos los notables de la ciudad y les da su versión, según la cual el que consideraba como su mejor amigo conspiraba en la sombra contra la paz y la seguridad del reino. Mientras, el cadalso no deja de funcionar; todos los que, de cerca o de lejos, habían tomado partido por Elisabeth, son castigados con la muerte.

Pretextando que Inglaterra está en vísperas de nuevas convulsiones, que «la situación es grave y urgente», Ricardo anuncia que la fecha señalada para la coronación de su sobrino Eduardo queda aplazada.

«Situación grave y urgente» significa, para el Protector, que debe hacerse público un importante descubrimiento de los genealogistas: los hijos del rey Eduardo no son en realidad sino bastardos, concebidos en pecado por su madre.

Un clérigo, hábilmente engañado, el doctor Shaw, aprovecha la oportunidad del sermón que pronuncia en la catedral de San Pablo para comentar a su modo un pasaje de las Escrituras: «Los vástagos bastardos nunca echarán profundas raíces.».

Partiendo de ahí, y por medio de alusiones, hace comprender que, si los hijos de Eduardo son ilegítimos, no tienen derecho a pretender la Corona; debe recaer, sin pérdida de tiempo, en un «hombre piadoso y virtuoso», en el Protector. Y tanto más —añade Shaw— cuando Ricardo es el único hijo legítimo de Ricardo de York. Y el clérigo clama:

—¿No veis, en la persona del Protector, el vivo retrato de su padre?

Al terminar esas palabras, siguiendo una puesta en escena bien estudiada, Ricardo aparece en la catedral, con la humildad pintada en el rostro. No hace falta más para que la gente —algunas gentes, por lo menos— griten: «¡Viva el rey Ricardo!»... La ambición devora al Protector, pero no le quita la lucidez. De pronto se da cuenta de que aquello es realmente demasiado artificioso; que sólo han aplaudido el sermón de Shaw quienes estaban pagados para hacerlo; y que al pueblo no le ha gustado aquella comedia. Será mejor esperar un poco más.

Puesto que, en definitiva, quien decide es el pueblo, ¡hará que el pueblo le lleve al poder!... Y Ricardo promueve una campaña de rumores sobre la ilegitimidad de los hijos de Eduardo, y sobre la indignidad de su madre. También hace entender que, si él gobernara en Inglaterra, las cosas públicas irían mejor. El duque de Buckingham, que actúa como director de orquesta de la campaña, llega entonces a palacio, encabezando una importante delegación de vecinos. En su nombre, «suplica humildemente a Ricardo de Gloucester que se haga cargo de la corona».

El Protector se finge aterrado por aquella petición, y se niega: «¡No!... ¡No!»... Por último, como agobiado por las responsabilidades que le esperan, se resigna y acepta la carga que quieren echar sobre sus hombros:

«Nos dignamos escuchar favorablemente vuestra demanda, y en consecuencia tomamos aquí sobre nos el estado real de preeminencia y doble realeza sobre los nobles países de Inglaterra y de Francia, para que nos y nuestros herederos dirijamos y defendamos al primero, y volvamos a tomar y reconquistar el segundo con vuestra buena ayuda, regresándolo para siempre al estado de obediencia y vasallaje que debe al reino de Inglaterra. Por todo ello, nos nunca pediremos a Dios que prolongue nuestra vida más tiempo del preciso para poder cumplirlo.»

Al día siguiente, Ricardo hace saber que quiere ser coronado en Westminster, y lo más pronto posible.

El 6 de julio de 1483, el Protector se convierte en rey de Inglaterra, con el nombre de Ricardo III.

* * *

Pero le obsesiona una inquietud. Ese hombre tortuoso y cruel, que nunca ha vacilado en verter sangre para ceñir la corona, quiere ser un rey legítimo. Sabe muy bien que nadie, o casi nadie, se ha dejado engañar por el juego que llevó. Ser un rey legítimo, no solamente para gustar las embriagueces de un poder que nadie discute: sino también para imponerse en Inglaterra y asegurar su grandeza.

Sin embargo, ¿será reconocida su legitimidad durante todo el tiempo en que vivan sus dos sobrinos?... Lo que al principio fue sólo una interrogación, acaba por convertirse en certeza: los hijos de Eduardo tienen que desaparecer, y con más motivo cuando en el sur de la nación apunta un movimiento en favor de ellos y se traman conjuras para libertarlos.

Para conseguirlo ha de encontrar unos hombres que sean capaces de asesinar a dos niños, el mayor de los cuales sólo tiene trece años. Sir Robert Brackenbury, gobernador de la Torre de Londres —donde los hermanos viven en régimen de residencia vigilada—, se niega a cometer tal iniquidad, «prefiriendo morir antes que perpetrar semejante crimen».

Sin embargo, el oro y la promesa de conseguir un cargo principal, siempre sedujeron a ciertos caracteres. Y así ocurre con James Tyrrell, un joven paje que hasta entonces tascaba el freno en una posición tan subalterna como la suya.

Ricardo III ordena que, «por una noche», se entreguen al joven las llaves de la Torre. Para Tyrrell, que ahora tiene la bolsa bien repleta, resulta un juego sobornar a su palafrenero, John Dighton, y a un guardián de la prisión llamado Miles Forest.

A pesar de todo, y por insensibles que sean al crimen que están dispuestos a cometer, los asesinos no tendrían valor bastante para ver cómo se fijaban en ellos las miradas inocentes y asombradas de los dos niños. Y deciden suprimirlos mientras estén durmiendo.

Una noche, cerca de las doce, los dos hermanos están acostados en el gran lecho de su cámara. Apagando los pasos, se les acercan Foret y Dighton. Echan sobre las cabezas de sus víctimas almohadas y cubiertas, y los asfixian, dominando con sus hercúleas fuerzas las convulsiones de los que agonizan. Han de transcurrir veinte minutos para que, quien pudo reinar con el nombre de Eduardo V, y su hermano, dejen un mundo del que sólo habían conocido tristezas y crueldades.

Como pago de su servicio, Tyrrell es nombrado caballero en la misma noche del asesinato. Y no parece muy cierto que dijera lo que le atribuye Shakespeare:

«Ya se ha cumplido el acto tiránico y sangriento. ¡El crimen más grande, el más vergonzoso asesinato de que esta tierra fue nunca culpable!,... Dighton y Forest, a los que yo había sobornado para que cumplieran la tarea de tan implacable carnicería; esos desalmados con figura humana; esos perros sanguinarios, enternecidos por una dulce compasión, se fundían en lágrimas como dos niños al hacer el triste relato de cómo habían muerto.»

Llevando su cinismo hasta el mayor extremo, el rey Ricardo ordena que sus dos sobrinos sean enterrados en «un lugar digno de su calidad de hijos de rey». En realidad, parece que los dos cadáveres, pura y simplemente, fueron arrojados al Támesis.

Sin embargo, una leyenda —una tenaz leyenda— afirmará que en 1674, cuando se realizaban unos trabajos de reparación en la Torre de Londres, los albañiles encontraron, en lo más espeso de sus muros, los esqueletos de dos muchachitos que, en apariencia, podían ser de los dos príncipes.

Aunque el secreto del drama fuese bien guardado, el pueblo de Londres acabó por enterarse de la tragedia sucedida en la Torre. Estremecidas de horror, las gentes se dan cuenta de que, en el camino lleno de sangre que el reino recorre desde hace treinta años, la muerte de los dos niños anuncia que ha de sufrir nuevas pruebas. ¿Qué puede esperarse de un rey cuyas manos se han manchado con una sangre tan pura?

El duque de Buckingham será quien dé la señal para la revolución contra el rey Ricardo III. Por último ha comprendido qué monstruo reina en Inglaterra, y se da cuenta de que ya es tiempo de acabar con las guerras y las muertes que asolan el reino. Pero el camino de la paz pasa, necesariamente, por una reconciliación entre los York y los Lancáster, entre la rosa blanca y la rosa roja.

Entonces recuerda Buckingham que también él es un pariente próximo de los Lancáster. Y de acuerdo con 1a reina Elisabeth, que no ha salido de Westminster, proyectan una boda: la hija de la soberana, que se llama también Elisabeth, se casará con Enrique Tudor conde de Richmond, emparentado con los Lancáster.

Prevenido Richmond, y de acuerdo, se traslada a un lugar seguro de Bretaña, desde donde embarca rumbo a Inglaterra, al frente de un pequeño ejército; pero ha de afrontar una tormenta que echa a sus navíos a la costa. También Buckingham había tomado las armas; sin embargo, privado de la ayuda que esperaba de Francia, tiene que esconderse en un refugio secreto.

Por fin, Ricardo puede creerse definitivamente dueño de todo. Gobierna solo, en efecto: pero nadie ha olvidado la muerte de los hijos de Eduardo, y por todas partes brota y crece el odio contra el rey. Tanto es así, que el reino entero estima como un castigo divino la desgracia que hiere a Ricardo en abril de 1484, cuando muere su hijo único, el Príncipe de Gales.

De ese modo, Enrique Tudor, conde de Richmond, es ahora muy legítimo pretendiente al trono de Inglaterra: es «el más cercano heredero de la monarquía que nunca tuvo el partido de Lancáster». Porque Richmond desciende de Enrique III por su madre, una Beaufort.

¡Pero cuántos peligros aguardan al pretendiente!... Después de su abortada expedición sobre Inglaterra, regresó nuevamente a Bretaña. Y allí, el primer ministro del ducado, Langlois, está dispuesto a entregar al desterrado a cambio de una fabulosa suma que le ofrece Ricardo III. La maquinación es descubierta cuando ya estaba a punto de lograrse.

El rey maniobra para ganar tiempo sobre sus adversarios, y ofrece «paz y honor» a la reina Elisabeth, aunque haya asesinado a sus dos hijos. Rendida por el cansancio y las desgracias que viene soportando, la secuestrada voluntaria de Westminster acepta. Y asiste a las ceremonias de la Navidad de 1484 al lado de Ricardo.

El rey irá más lejos todavía. Cuando su esposa, Ana, muere en marzo de 1485, concibe el proyecto de contraer matrimonio con su sobrina, la hija de Elisabeth. Se hace necesaria una severa amonestación de los obispos, que le obligan a comprender que esa boda sería un incesto.

En cuanto a Richmond, no ha renunciado a ninguno de sus proyectos. El 7 de agosto desembarca de nuevo en tierra inglesa, en Milford Haven. Besa el suelo, reza largo tiempo y repite varias veces: «Júzgame, Dios mío, y sostén mi causa.» Después se pone en pie y, espada en mano, ordena a sus tropas: «¡Por San Jorge, y adelante!»

Ricardo viste de nuevo la armadura y marcha al encuentro de su adversario. Ha reunido más de diez mil hombres, bien armados y entrenados. ¿Qué podrán hacer contra ellos los cinco mil «rebeldes» de Richmond?

Se entabla la batalla, y permanece incierta hasta que uno de los principales tenientes del rey, lord Stanely, se pasa al contrario. «¡Traición!», grita Ricardo. Y arremete por entre las filas enemigas, buscando a Richmond para provocarle a un duelo singular. Pero se ve rodeado por todas partes. Ya herido varias veces y descabalgado, su grito domina el estruendo del combate:

—¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!

«Si entró en la muerte, fue como un rey.»

Desnudo y mutilado, con el rostro irreconocible, el cadáver de Ricardo de Gloucester es atado al lomo de un caballo, y así llega a Leicester, la ciudad más próxima al campo de batalla. Quedará expuesto durante dos días antes de ser enterrado, casi clandestinamente, en un convento de las cercanías.

Enrique Tudor ya es rey de Inglaterra. Con la muerte de Ricardo III, la vieja dinastía de los Plantagenet se ha extinguido para siempre. La boda de Henry con la joven Elisabeth sella la alianza de los York y los Lancáster. Ninguna de las dos Casas pudo triunfar sobre la otra en los treinta años que duró la guerra de las Dos Rosas. Fue preciso un matrimonio para que, al fin, la espada quedase vencida.

Pero también en el campo de batalla había muerto el feudalismo inglés como si, en tantos y tan inútiles combates, hubiera sucumbido al vértigo de su propio furor de destrucción.

Edmond Bergheaud