La ascensión de Cromwell

En una Inglaterra barroca, impía, en donde la futilidad de un Francisco I puede competir perfectamente con la desmesura y las bárbaras truculencias de Enrique VIII, entra en escena un curioso personaje, de nariz roja, y cabellos mal cuidados de color estopa, un hombre cubierto de cuero y de hierro, con una Biblia sobada bajo el brazo: Oliverio Cromwell. Un hombre hecho para la revolución. Sin duda, el primero en la historia moderna.

Hoy se le conoce mal, del mismo modo que se conocen peor aún, esos comienzos del siglo XVII, a los que tendemos a considerar a través de las perspectivas ordenadas por un Descartes, un Pascal, o los alejandrinos de Comeille.

Al espíritu geométrico del clasicismo francés se opone el romanticismo británico: romanticismo, que naturalmente, en esta isla cubierta por las brumas y en plena confusión, relaciones subterráneas con los candentes conflictos de la Reforma y de la guerra de los Treinta Años, nacida allá, muy lejos, en Praga.

El alba del siglo XII supone, sobre todo para Europa, una época estremecedora, llena de guerras y confusión.

Pero van a ser las guerras de religión, de las que Frauda apenas ha logrado salir —el asedio de la Rochela se produce en 1627, y el «edicto de gracia» concedido a los protestantes data de 1629—, las que dominen y marquen esta época con su sello.

La guerra de los Treinta Años —la guerra europea más larga que existió desde la de los Cien Años—, es una guerra de religión nacida del conflicto entre protestantes y católicos en Bohemia. De hecho, en 1622, el Papa Gregorio XV ha creado la Sagrada Congregación para la propagación de la fe y en 1633 es cuando la Inquisición obliga a Galileo a que «abjure» de sus errores...

Ese es el clima general: el de una época en que las creencias, los sectarismos, los fanatismos y la intransigencia, se enfrentan en esta Europa, en donde Inglaterra ocupa, por su propia naturaleza, un sitio especial.

Por razones de orden matrimonial especialmente, Enrique VIII ha llevado a cabo su propia Reforma. Pero se trataba de una reforma sin fe, una reforma de simple comodidad, destinada a facilitar los desbordamientos sensuales del soberano.

Al liberarse de la obediencia frente al Papa, Enrique VIII ha encontrado evidentemente otra ventaja —le orden material también—: el poder sobre el clero y sus bienes.

Así, pues, se trata más bien de una nacionalización (que ha reforzado la singularidad y la insularidad británicas) que de una reforma, y este fracaso en el plano de la fe no ha satisfecho a aquellos que esperaban algo más que un simple cambio de la soberanía, que hacía del rey de Inglaterra el sucesor del papa a la cabeza de una Iglesia cuyos dogmas y ritos siguen siendo casi los mismos que antes.

Estos descontentos, estos frustrados, quieren una depuración de la Iglesia con una verdadera reforma; reciben el nombre de «puritanos». Comienzan a manifestarse a fines del reinado de Isabel. Su credo no sólo es religioso, sino también moral, y el rigor que desean instaurar en el seno de la Iglesia, y especialmente en su culto, lo hacen extensivo a la vida corriente, ya que desean «moralizar» a toda una sociedad, que en la Inglaterra alegre y floreciente de esta época, no se rige por ninguna regla moral.

Los escándalos de la corte de Santiago I y las debilidades del rey por sus «queridos» exasperan a los puritanos, que ven por ejemplo en el hermoso George Villiers, que se ha convertido en el duque de Buckingham, la encarnación misma del demonio.

Para los puritanos, tanto obispos como favoritos pueden ser metidos en el mismo saco. Y lo que es más grave aún, este mundo impío e impuro gravita alrededor del rey que es en cierta forma como su soporte, su punto de apoyo. La crítica alcanza, pues, a la misma realeza.

Sospechoso ya de haber vuelto a adquirir todos los vicios del papado y de Roma, el rey intenta reinar sin hacer caso del Parlamento, rompiendo así el equilibrio rey-Parlamento, en el que está basada la ecuación constitucional de Inglaterra. Con Santiago I, hijo de María Estuardo y rey de Escocia con el nombre de Santiago IV, comienza la larga serie de conflictos entre el rey y el Parlamento, que forma el eje político de la revolución inglesa.

«Me siento asombrado —declara un día Santiago I al embajador de España— de que mis antepasados hayan podido tolerar una institución tal. Al subir al trono me la he encontrado hecha. Por tanto me veo obligado a sufrirla en tanto no me sea posible desembarazarme de ella.»

Disuelto desde 1611, el Parlamento fue reunido de nuevo en 1621, para ser disuelto de nuevo después de un estallido de cólera del rey que rompió con sus manos una hoja del «registro de reclamaciones», en la cual el Parlamento había protestado contra el proyecto de casamiento del heredero del trono con la hija del rey católico, el rey de España... y adversario principal de Inglaterra en esta época. La subida al trono de Carlos I, en 1625, no va a solucionar gran cosa.

Apenas convocado, ya el Parlamento ha sido disuelto de nuevo. A los subsidios que quiere el rey, los Comunes responden con una petición de derechos. Esta exige especialmente el que la nación no se vea obligada a soportar y pagar unos impuestos que ni siquiera habían sido votados por el Parlamento. Además, los Comunes piden la detención y el juicio —por crimen y prevaricación— del duque de Buckingham, quien, a pesar de la muerte de Santiago I, continúa siendo el hombre más poderoso del reino y el principal consejero del nuevo rey.

Carlos I se toma muy a pecho la cuestión, y envía inmediatamente un mensaje a los Comunes en el que amenaza disolver— los en caso de que «se produzca algún ataque contra el ministro de Su Majestad».

Las vacaciones del Parlamento y la puñalada que hiere mortalmente al brillante duque de Buckingham, evitan la medida de fuerza por uno u otro lado.

Sin embargo, el conflicto surge de todas formas: cuando se reúne de nuevo, el Parlamento se entera de que el rey ha exigido durante su ausencia una serie de impuestos por su simple voluntad, sin tener en cuenta en absoluto la «petición de derechos». Estupefacción, cólera, protestas y... disolución el 10 de marzo de 1629.

Pero lo que es aún mucho más grave es el hecho de que el joven rey no se limita a esta medida —que a fin de cuentas era bastante corriente bajo el reinado de su padre— y hace arrestar a diez diputados, entre ellos al líder de la oposición parlamentaria, John Eliot, que morirá en prisión. Para coronar toda esta cadena de hechos, aparece una orden real:

«Su Majestad hace saber que considerará como una insolencia todo discurso o acción que tienda a fijarle un período de tiempo cualquiera para la convocatoria del Parlamento.»

Esta orden no es una promesa nueva: durante los once años siguientes, Carlos I va a gobernar sin Parlamento, al igual que lo había hecho su padre. Pero los errores no pueden acumularse sin sufrir las consecuencias; tanto más, cuanto que los tiempos, y con ellos los hombres, han cambiado.

* * *

Uno de estos hombres nuevos es Oliverio Cromwell. A comienzos de la primavera, un hombre de treinta años se dirige a caballo hacia el norte de Inglaterra, en dirección a East Anglia que forma una región un tanto apartada —aún hoy—, en donde vive como un noble granjero, compartiendo su tiempo entre la explotación de las tierras y la caza. No nos engañemos, sin embargo; no se trata de una vida confortable y cómoda: el campo —y especialmente éste, con sus zonas pantanosas— es rudo, al igual que las gentes y las costumbres, regidas por la lectura constante de la Biblia.

«No os amenazo, porque no amenazo a mis iguales...» Esta frase, lanzada por el rey ante el Parlamento, constaba entre los recuerdos de esta sesión agitada a la que ha asistido como diputado del conde de Hungtinton Olivier Cromwell, quien no ha tomado en ella un papel demasiado activo, sino más bien el de un observador que escucha y retiene los datos en su memoria. No ha pronunciado en él más que un solo discurso, y aun eso en el curso de una sesión de trabajo y sobre un tema poco importante. El hombre que vuelve a su casa después de esta incursión a un mundo nuevo no es el mismo seguramente que el que se marchó hace ya varios meses. Sin duda todo esto es resultado de una serie de reflexiones: Oliverio Cromwell, con la astucia y el sentido común del campesino, ha pesado todos los defectos del sistema y ha medido hasta qué punto eran o no respetadas las reglas del juego, llegando a la conclusión de que era de esperar que el edificio político se desarticulara.

¿Quién es exactamente Oliverio Cromwell en este momento? Ya hemos dicho que se trataba de una especie de noble granjero, es decir un gentilhombre del campo, en una región un poco melancólica de Inglaterra que, por su configuración geográfica, ha sido bautizada algunas veces como los Países Bajos británicos.

Nació en Hungtinton el 25 de abril de 1599. Su familia pertenece a lo que se llama el «gentry», es decir, la pequeña nobleza; él mismo se ha definido un día declarando en el Parlamento, en 1628, que era «un noble de nacimiento que no vivía con un rango muy elevado pero tampoco en la oscuridad».

Ya hay algún que otro personaje ilustre en su familia, un tío lejano, Thomas Cromwell, que ha sido ministro de Enrique III y uno de los principales autores del cisma con Roma. Oliverio Cromwell tiene, pues, a quien parecerse. También hay hombres ricos: ése es el caso del tío, sir Olivier, el hijo mayor de Thomas Cromwell. Vive en una magnífica mansión señorial de la época isabelina, la mansión de Hinchimbrooke, en donde da «fastuosas» recepciones, al menos las más fastuosas que se conocen en toda la región. Es un amigo y casi un familiar de los reyes: ha recibido incluso a Santiago I en Hinchimbrooke. Todo esto ocurría a una milla escasa de la casa en donde habitaba el joven Oliverio Cromwell con sus padres. Y la leyenda dice que el joven príncipe de Gales —el futuro Carlos I-llegó a jugar sobre el césped de Hinchimbrooke con Oliverio Cromwell. Cosa que, después de todo, no es completamente imposible. Un muchacho coloradote, un poco andrajoso, pendenciero, que gustaba de pelearse con las muchachas, con aspecto de muchacho de granja: esa es la imagen, bastante banal, que se conserva de Oliverio Cromwell en la época de su infancia y su adolescencia. A los 18 años le envían a Cambridge, en donde es admitido como «Fellow Commoner», lo que quiere decir que pertenece a la clase privilegiada de estudiantes, que en esta época están divididos en la universidad de Cambridge en tres categorías: los escolares (los más pobres), los pensionistas y los fellows commoners.

Oliverio Cromwell permanece en Cambridge durante dos años. En ese período de tiempo sufre la influencia del director de su colegio, el doctor Samuel Ward, un hombre bastante original, teólogo distinguido y obsesionado por los problemas de la moral. Cromwell siente una gran admiración por este curioso hombre cuyas bestias negras son el duque de Buckingham, el arzobispo de Canterbury y la reina Enriqueta, hija de Enrique IV y esposa francesa de Carlos I, que se ha empeñado en mantenerse católica y hace celebrar misa en Witehall con gran escándalo de la corte.

Sin embargo, en este período de su vida, Oliverio Cromwell, aunque se interesa mucho por su maestro al que aprecia sobre todo por su anticonformismo y su eclecticismo intelectual, sigue siendo todavía el mozo alegre y vividor que su infancia dejaba adivinar.

Ciertamente, el fondo de su personalidad intelectual y moral es sólidamente protestante, y de un protestantismo austero y riguroso pero la fuente aún no ha brotado, el volcán vive bajo tierra.

* * *

Paludismo... Esa puede que sea la palabra que mejor describa el ambiente en el que Oliverio Cromwell ha vivido y vive. Les Fens —así se denomina a la parte de East Anglia— son en esta época, y desde hace bastante tiempo, los Marais

Pontins de Inglaterra. Es un país acuático, malsano, muy apto para las fiebres. El problema de su saneamiento, de la recuperación de sus tierras y de su revalorización se ha planteado ya en tiempo de los romanos que habían intentado aplicar allí su técnica, bastante avanzada en este campo.

En el siglo XVII, la cuestión, que había sido dejada completamente de lado desde que los romanos habían pensado en ella sin llegar a solucionarla, se plantea de nuevo. Y se vuelve a hablar de grandes obras en Les Fens. Pero como siempre ocurre en estos casos, sobre todo cuando se trata de transformar una región, se forman dos grupos: los que defienden el proyecto y los que están en contra.

Los que están a favor son los grandes propietarios, que ven el asunto con más perspectiva y razonan en términos de modernización y de rendimiento.

En las filas del segundo grupo, se encuentran especialmente los pobres, apegados a sus costumbres, a veces incluso a sus supersticiones y que por tanto ven con malos ojos cualquier clase de cambio. Entre éstos se cuenta Oliverio Cromwell. En cierta forma es el animador del comité de defensa de los Fens. ¿Sincero apego al terruño? ¿Deseo de atraerse una clientela política? ¿Espíritu sistemático de rebelión contra el poder central? ¿Desconfianza casi primitiva respecto a los proyectos modernos? Realmente todos estos componentes entran en la actitud de Cromwell.

Y, sin embargo, él mismo es una de las víctimas de la insalubridad de los Fens. Cromwell sufrirá siempre de paludismo.

Protestantismo más paludismo, frialdad más fiebres intermitentes, ¿no es esto suficiente para explicar a Oliverio Cromwell?

En 1620, a muy temprana edad ya que sólo cuenta 22 años, se casa con la hija del preboste de los vendedores de Londres. Su nombre es francés, Elisabeth Bourchier, y parece haber sido la perfecta esposa. Le dio dos hijos, Richard y Henri, y cuatro hijas, Bridget, Mary, Elisabeth y Francés.

Después del episodio del Parlamento de 1628, Cromwell vive en Saint-Yves, a orillas del río Ouse. Después se muda de casa otra vez y se establece en Ely. Allí es donde va a golpearle el rayo de la revelación y de la gracia, como testimonia la famosa carta del 13 de octubre de 1638.

Carta delirante, dirigida a su prima Saint-John... El lenguaje es puramente bíblico.

«Habito como sabéis en Mesheck (Arabia desierta) que, según se dice, significa espera, en Kedar que significa tinieblas (Blackness) en tanto no me abandone el Señor. Aunque prolongue la espera, tengo plena confianza en que me llevará hasta su tabernáculo, hasta su lugar de reposo. Mi alma está con la Congregación del Primer Recién Nacido, mi cuerpo descansa en la esperanza; y si aquí abajo yo pudiera honrar a Dios mediante la acción o el sufrimiento, me sentiría muy feliz.»

Por la acción o el sufrimiento... realmente este programa no va a tardar en ser puesto en práctica.

Durante este tiempo, Carlos I, desembarazado del Parlamento y de sus embarazosas peticiones, se consagra a su experiencia absolutista, ayudado por un nuevo favorito, que en cierta forma ha llegado a ser su primer ministro, sir Thomas Wenworth. Este antiguo líder de la oposición, que ha sido uno de los grandes inspiradores de la petición de los derechos —nombrado conde de Stanford—, juega ahora con los ultras. Por otra parte, no gobierna mal.

El país es próspero. Pero el régimen de Carlos I y el de Stanford está tarado en cierta forma por su pecado original: al quitarse de en medio al Parlamento, ha infringido la ecuación mágica: rey —+— Parlamento = poder legal; la ecuación básica de Inglaterra.

Esto va a pagarlo Stanford con su cabeza; y será la repetición de lo que le pasará al rey y uno de los primeros actos del Parlamento, que el rey Carlos I se decide finalmente a convocar en 1640, el 3 de noviembre exactamente.

Chivo expiatorio de las «culpas» del rey, que le ha dejado escoger libremente, Stanford paga por el asunto Hampdem. Este compañero del rey se había negado a pagar el impuesto denominado el «ship money», tasa que, fuera de su primitivo designio, servía para llenar las arcas cuando era necesario. Paga también por la guerra contra Escocia, que rechazando al episcopado y al «Common prayer book» de la Iglesia anglicana, firma el «Covenant», forma sus tropas y entra en guerra contra Inglaterra.

Otro va a pagar también: William Laúd, arzobispo de Canterbury, que ha logrado situarse sólidamente en la Iglesia anglicana y se ha convertido en el enemigo número uno de los puritanos y del que se sospecha incluso que quiere volver a poner a la Iglesia anglicana bajo la obediencia de Roma.

Los puritanos habían comenzado a exiliarse: de este período datan las primeras salidas para América. El mismo Oliverio Cromwell ha estado a punto de marcharse para convertirse así en uno de los primeros colonos de esta nueva Inglaterra que iba a dar a luz más tarde a los Estados Unidos.

¿Cómo marchan los encuentros entre el rey y el Parlamento después de once años de separación? Mal, muy mal.

El nuevo Parlamento se reúne el 13 de abril, y a partir del 5 de mayo es disuelto de nuevo... Esta breve sesión quedará para la historia con el nombre de Short Parliement: el Parlamento Corto.

Una vez más, los diputados y el rey se han visto enfrentados ante la cuestión de los subsidios. O, más bien, los diputados han llevado a cabo un pequeño chantaje que consiste en no conceder dinero —y el rey lo necesita bastante— más que a cambio de cierto número de reivindicaciones políticas y sobre todo religiosas.

La figura central de esta sesión es la de John Pym, que ha sido elegido speaker y que en el discurso de apertura define los dos puntos fundamentales de la acción política del Parlamento, que serán más tarde los de la revolución: «Los poderes del Parlamento son al cuerpo político lo que las facultades racionales del alma son para el hombre.» En cuanto a la religión, denuncia «las nuevas ceremonias religiosas que han impuesto a la Iglesia un aire de papismo».

Carlos I aguanta todo esto, esperando que la guerra contra los escoceses será la jugada maestra que hará reflexionar a este Parlamento inoportuno. Pero esto no sucede, tanto menos cuanto que los del Parlamento no sienten ninguna hostilidad contra estos escoceses presbiterianos, cuyas tendencias religiosas anglicanas son aprobadas abiertamente.

Oliverio Cromwell forma parte de este Parlamento como ha formado parte del de 1628, pero esta vez es elegido en Cambridge, en donde su candidatura ha triunfado sobre la del poeta Cleveland.

«Esta votación, se dice que gritó Cleveland al saberlo, anuncia la ruina de la Iglesia y de la realeza.» El poeta era, pues, al mismo tiempo un poco adivino.

* * *

Conservamos un retrato de Cromwell de esta época, pintado por un diputado realista, sir Philiph Warvick, que se dedica a observar a este extraño colega.

«La primera vez que me di cuenta de su presencia fue en noviembre de 1640; en una época, en la que, como todos los habituales de la Corte, me consideraba un joven elegante. Yo tenía, pues, tendencia a juzgar a la gente por su aspecto. Llegué una mañana a la Asamblea, y vi a un señor que estaba dando un discurso. Lo que me chocó en él fue su exterior un poco desastroso. Vestía un traje de tela poco fina, que parecía haber sido hecho por un mal sastre de campo. Su ropa blanca era extraña y no muy limpia, y vi incluso una o dos pequeñas manchas de sangre en el cuello de su camisa, que sobresalía por encima de su traje demasiado estrecho por el cuello. Su sombrero no tenía cinta. El hombre en cuestión tenía un aspecto más bien rechoncho. Su voz era áspera pero melodiosa.

Y lo que me sorprendió especialmente era su elocuencia llena de fervor, aunque el tema de que hablara no tuviera gran importancia: un asunto marginal acerca de un panfleto sobre la reina y sus bailes...»

Siguiendo a esta silueta singular que atrae de esta forma la atención de Warvick —viejo realista, pisaverde pero observador—, estamos en noviembre de 1640, en una sesión convocada por el rey, que ha esperado para hacerlo mucho menos tiempo que la última vez para convocar a los diputados.

A partir del 24 de septiembre, Carlos I anuncia la convocación de un nuevo Parlamento. Ya desde la primera sesión,

Cromwell se distingue, ataca violentamente a los obispos, y en particular a los que acaban de ser nombrados. Paralelamente, John Pym, volviendo a tomar el hilo de su acción política en el «Parlamento Corto», pide la expulsión de los malos consejeros del rey y que el Parlamento tenga derecho de poner su veto a cualquier nombramiento de un alto cargo del Estado.

La ofensiva es brutal: se ponen las cartas sobre la mesa, y esta vez va a ser el Parlamento el que rompa el equilibrio y comprometa la famosa ecuación. En el mes de mayo de 1641, después de un proceso por traición, Stanford es condenado a muerte y ejecutado. Land lo será en 1645.

Y esto no es más que el comienzo, porque este Parlamento —que se denominará «El Parlamento Largo»— va a durar 13 años y va a erigirse en tribunal del propio rey al que ejecutará, en una verdadera asamblea constituyente, en un verdadero Parlamento revolucionario. La rebelión de la Irlanda católica exalta la sangre de los parlamentarios, que temen un golpe de fuerza de los «papistas» en favor de un desembarco irlandés, impulsado y ayudado por un «complot» interior en el que todo el mundo piensa que está metido el rey, la reina, Land, etc...

¿Pero refleja este doble miedo, interior y exterior, un peligro verdadero? Probablemente mucho menos de lo que la propaganda de Pym y sus amigos lo ha asegurado, por buenos políticos que sean. Sea como fuere el hecho es que bajo su terrible influencia, el Parlamento vota el «Gran Reproche» y sus 206 artículos, entre ellos el que se refiere al drenaje de los Fens. A decir verdad, este programa de quejas —que es un verdadero juicio de la realeza, al menos tal y como ha sido practicada por los dos últimos soberanos— no ha sido adoptado por el Parlamento más que por 159 votos contra 148. Las débiles mayorías son aún en nuestros días una tradición muy británica. El texto, sin embargo, había sido enmendado y suavizado respecto al original, mucho más radical.

El debate, en efecto, había sido muy laborioso, siguiendo una técnica parlamentaria muy elaborada, bastante moderna ya, votando artículo por artículo, discusiones, voto de conjunto, etcétera. Frente a Pym hay un líder realista, muy hábil y maniobrero, Edward Hyde, conde de Clarentom. El último debate comienza a las 9 de la mañana y termina hacia la media noche.

Quedaba sólo votar la impresión. Esto ocasionó nuevas discusiones. Los realistas pudieron ganar tres semanas, y la impresión no fue votada hasta el 15 de diciembre, después de una reunión tormentosa que duró hasta bien entrada la noche. Una semana después el texto del Gran Reproche circulaba entre el público. La bomba estaba lanzada.

«Si el Gran Reproche no hubiera sido adoptado —confía Cromwell a uno de sus colegas, lord Falkland, uno de los adversarios del texto— yo hubiera liquidado todos mis bienes, y un día después me hubiera marchado de Inglaterra para no volver a poner los pies en esta tierra.»

Esto muestra claramente la importancia capital de este texto que constituía una larga acusación, como no se había conocido hasta entonces, contra el rey, los obispos, la monarquía. Entre las exigencias estaban: la supresión de los lores-obispos, depuración de las universidades, eliminación de los elementos «papistas», prohibición de celebrar la misa, creación de unos sínodos, es decir una especie de asambleas parroquiales, a los que se confiaría la administración de la Iglesia.

Este verdadero ultimátum al rey fue discutido y votado en un clima realmente preevolucionarlo, de tal forma que, al final, la tensión era tan fuerte que se estuvo a punto de llegar a las manos o, mejor dicho, a las espadas, porque cada parlamentario, como todo gentilhombre de esta época, llevaba siempre su espada.

Pym va más lejos aún, y lanza a la calle a unos hombres con la cabeza totalmente afeitada —los «cabezas redondas»— que maltratan a los lores-obispos a su entrada en el Parlamento.

A la provocación y la violencia, el rey responde por la violencia.

Antes, el rey había intentado negociar directamente con Pym, verlo, quizás incluso ganarlo para su causa, al igual que hizo con éxito en otro tiempo con Stanford... Pero Pym no muerde el anzuelo. Unos pretenden que nunca ha estado al corriente de la existencia de esa invitación real. Pero en este punto nos vemos reducidos desgraciadamente a las hipótesis, siendo así que el detalle es decisivo para los acontecimientos que van a suceder.

Bajo los consejos de la reina, tan violenta en la política como lo había sido su padre, el rey Enrique IV, pero con toda seguridad menos astuta que el Bearnés, Carlos I ordena la detención de John Pym y de otros cuatro miembros del Parlamento.

Curiosamente, el rey mismo aparece en el Parlamento para reclamar a los que ha ordenado arrestar por el crimen de «alta traición».

La acción le resultó mal: por supuesto, los «cinco» no estaban allí, y el rey se ve obligado a marcharse con el morral vacío, vejado y sintiendo que había proporcionado nuevos argumentos a sus adversarios. Al parecer, la reina había amenazado a Carlos I con tomar los hábitos si no actuaba como acababa de hacerlo con tan mala fortuna.

Viendo que el asunto marcha mal y pretendiendo sustituir su falta de habilidad por una cierta perspicacia, decide dejar Inglaterra y pasa a Holanda en donde intenta reunir fondos con vistas a la guerra civil, que le parece, como a todo el mundo, irremediable.

* * *

Durante los primeros meses de 1642, asistimos a una verdadera movilización con vistas a la guerra por ambas partes.

Los esfuerzos del Parlamento se orientan ahora a conseguir poner bajo su mando a las milicias. El rey, que desde principios de enero se ha refugiado en Hampton Court, intenta intervenir, pero no puede impedir —a pesar de algunas concesiones pasajeras— que el Parlamento vote una ley que coloca a las milicias bajo las órdenes de la Asamblea.

Carlos I, que había acompañado a la reina a Douvres, no vuelve a Londres, sino que toma la carretera del Norte, en donde espera encontrar a sus fieles. Después de hacer escalas en Canterbury, Greenwich, Theobalds y Newmarket, llega a York en donde va a establecer su capital provisional. Inglaterra está ya cortada en dos trozos: por una parte, la Inglaterra del rey, capital York, y por la otra la del Parlamento y de Londres.

El rey se instala en York el 19 de mayo de 1642. Al día siguiente, el 20 de mayo, el Parlamento declara que el soberano prepara un ataque contra él, y decreta que el reino debe ser puesto en estado de defensa, cosa que equivale a una puesta en vigor de la ley marcial.

Un episodio se ha desarrollado en Hull, el 23 de abril, que significa en realidad el alza del telón de la guerra civil, cuando, por la mañana, el rey se presenta delante de esta importante plaza fuerte, bien aprovisionada de armas y municiones. El gobernador de la ciudad, sir John Holthan, nombrado por el Parlamento pero que afirma su fidelidad al rey, se niega a dejar entrar al soberano en la plaza.

El rey no consigue nada ni con amenazas ni con promesas y, lleno de cólera, debe seguir su camino, después de haber hecho declamar al son de trompa que sir John Holthan es un «desleal y traidor».

El 23 de mayo, Oliverio Cromwell es nombrado componente de un comité encargado de impedir que el rey levante fuerzas en el Yorkshire, y de velar para que este condado continúe en el campo del Parlamento.

Esta misión, por anodina y teórica que parezca a primera vista, lanza a Oliverio Cromwell directamente a la preparación de la guerra, y le confía, por primera vez, un papel militar. Cromwell franquea una nueva etapa, empuña la espada. En seguida despliega una gran autoridad.

El 1 de julio, da un informe al Parlamento sobre unas concentraciones navales realistas en Noruega y Dinamarca y anuncia que buques afectos a la causa del Parlamento han sido situados a todo lo largo de Newcastle, para impedir que se efectúe allí un eventual desembarco de las fuerzas fieles a Carlos I. Después de la caída de Newcastle, el 17 de junio, forma parte de la comisión de encuesta encargada de establecer cuáles son las causas de esta derrota. Dos días antes, Cromwell estaba en Cambridge en donde estudiaba la posibilidad de formar dos compañías de voluntarios.

El nombre de Cromwell aparece en todas las iniciativas tomadas por el Parlamento en materia militar durante este desgraciado período de los meses de junio y julio de 1642.

Oliverio Cromwell trabaja incansablemente. Indudablemente sus nuevas funciones le apasionan.

Pronto, Oliverio Cromwell muestra que no se conforma con un papel puramente administrativo. Su primera hazaña militar, en efecto, data de la primera semana de agosto. Después de una serie de tergiversaciones, la Universidad de Cambridge ha aceptado enviar al rey, que le presiona desde hace varias semanas, una cantidad de dinero. Cromwell, que ha sido informado (cosa natural ya que es diputado por Cambridge), logra interceptar el convoy y se apodera de la fortaleza de Cambridge. Por este hecho, el Parlamento le concede una recompensa.

Al mismo tiempo recibe la orden de cortar los puentes y los vados que podrían permitir al rey, que ha establecido su cuartel general en Nottingham, recibir vituallas y refuerzos.

Durante todo el verano de 1642, Cromwell se dedica a reclutar un ejército. Recorre incansablemente este East Anglia que es su país, atrae, persuade, convence, a menudo incluso a realistas dispuestos a enrolarse en las filas del ejército que el rey está formando en Nottingham, en cuya bandera se ha inscrito: «Dad al César lo que es del César.»

Hombre a hombre, Cromwell forma un verdadero ejército de élite del que conoce todos los miembros y al que puede pedir lo que quiera: «Dichosos los que mueren por el Señor», les repite. Este ejército popular debe excluir cualquier pillaje, cualquier rapiña o violencia con el pueblo, cosa que es una verdadera novedad en el siglo XVII.

Este ejército «ejemplar», que un poco más tarde se llamará el ejército «modelo», no sacará su fuerza sólo de su disciplina, de su piedad o su fervor religioso, sino también de la utilización sistemática de la caballería a la que Cromwell da una total preponderancia sobre la infantería.

«Prefiero una sola tropa de caballeros que varias unidades de a pie», responde ante un ofrecimiento de la ciudad de Norwick de proporcionarle una compañía de infantería.

Pero paradójicamente, en esta época, serán los partidarios de Carlos I quienes van a ser bautizados con el nombre de los «caballeros», mientras que las tropas de Cromwell serán conocidas con el nombre de «cabezas redondas».

En el momento en que va a producirse el primer choque armado entre las fuerzas realistas, evaluadas en unos 6.000 hombres, y las del Parlamento que son más numerosas (16.000) puestas al mando del conde de Essex, es difícil presentar un plano preciso de esta Inglaterra dividida en dos, ciertamente, pero en la que las divisiones no coinciden tanto con los contornos de los condados como los de las clases o incluso de las familias.

A grosso modo, los realistas controlan el norte, el sur de Inglaterra, más el país de Gales, mientras que el territorio «parlamentario» comprende, además de Londres, los condados del nordeste y del sudoeste, con la isla de Wight, más un pasillo que, uniendo el Yorkshire con el País de Gales, comprende el Straffordshire, el Cheshire y el Lancashire.

Esta visión de las cosas es muy esquemática, porque, como ocurre en toda guerra civil, había partidarios del partido rojo en país blanco y viceversa. Simplemente en la región del sur de Londres, el Surrey era en su mayoría parlamentario, mientras que el Kent estaba dividido y el Hampshire era más bien favorable al rey.

Ni siquiera se puede encontrar una oposición geográfica entre tal o cual parte de Inglaterra, como tampoco puede encontrarse en la guerra civil que se enciende por un conflicto de clases. También en este campo, las aguas estaban muy mezcladas, y numerosos aristócratas, y no de los menos poderosos, combatían en las filas del Parlamento contra el rey.

El 20 de septiembre, Cromwell se une al ejército de Essex con unos sesenta caballeros: es el contingente personal que él ha escogido y que en parte está equipado a sus expensas. El ejército del rey está concentrado en Shrewsbury, bajo las órdenes del conde de Lindsey. Essex está en Northampton, ciudad que hoy se encuentra en las proximidades de la carretera Londres-Manchester.

El 23 de octubre, el conde de Essex está acampado en Kineton con doce regimientos y unos cuarenta escuadrones de caballería: en total suma diez mil hombres. Además ha situado algunas unidades de protección en Worcester, Coventry y Banbury.

Le previenen que las tropas leales se han instalado apretadamente —catorce mil infantes y cuatro mil caballos— en la colina de Edgehill. Se sitúa en formación de batalla con el tiempo justo para soportar el choque de una carga impetuosa del ejército del rey. Essex resiste perfectamente y contraataca con éxito. Lindsey hace lo que puede, mal servido como está por las poco felices maniobras del príncipe Rupert, el sobrino del rey, que manda la caballería.

El estandarte de Nottingham es capturado por los «parlamentarios» a pesar del sacrificio de su defensor, sir Edmund Varney, y de sesenta realistas. Pero será devuelto al rey por un tal capitán Smith, que consigue apoderarse de él. El conde de Lindsey es herido de muerte.

¿Quién ha ganado la batalla? Carlos I hace celebrar un Te Deum en Oxford como si fuera el vencedor. El Parlamento hace otro tanto en Londres. Pero parece que la ceremonia en acción de gracias ordenada por el Parlamento está más justificada que la otra: de hecho, el rey ha tenido que retroceder delante del enemigo, y el conde de Essex, cuyo padre se había rebelado contra Elizabeth en otro tiempo, duerme sobre el campo de batalla, en terreno conquistado.

La batalla había sido sangrienta: en tres horas —de las dos de la tarde hasta las cinco— había ocasionado 6.000 muertos, cifra enorme si se piensa que el número de los combatientes era del orden de los 25.000 soldados.

Al librar batalla en Edgehill, el rey esperaba forzar a los parlamentarios a replegarse hada Londres y aislar luego a la capital. Pero su plan fracasa definitivamente en Turham Green en donde es detenido por Essex.

La campaña de 1642, la primera de la guerra civil, se termina y, como era costumbre en estos tiempos, los dos ejércitos ganan sus cuarteles de invierno: el ejército real en Oxford; el de Essex en Windsor, al oeste de Londres, a orillas del Támesis. No van a moverse de allí durante todo el invierno.

Esta primera campaña ha sido cuidadosamente estudiada por Cromwell. De la reciente experiencia sacó, la consecuencia, como ya antes pensaba, de que el papel de la caballería era predominante. Para él había una cosa que contaba sobre todo: la velocidad —velocidad de movimientos y de ejecución—. Lo cual hace de él uno de los precursores de la guerra de movimiento, en un siglo en el que se da mucha más importancia a los trabajos de fortificación y de asedio que a las cargas épicas. Será preciso esperar hasta Napoleón y a los ejércitos de la Revolución, para ver al movimiento —ese movimiento que será la ley básica de Cromwell— dominar sobre el campo de batalla.

* * *

A finales de febrero, la reina, que había reclutado refuerzos en Holanda (financiados por la venta de una parte de las joyas de la corona), desembarca en la costa Este, en Bridlington. Presiona al rey para que marche sobre Londres pero, de momento, se asiste a una serie de acciones fragmentarias que parecen, por otra parte, favorables a las armas realistas: victoria del conde de Newcastle sobre lord Halifax of Cameron en Tadcaster, triunfo de sir Ralph Hopton que manda la caballería realista, pero fracaso del inútil príncipe de Rupert que no llega a lograr apoderarse de Bristol. Pero toma la revancha en Lichefield, en la región de Staffordshire, en donde se apodera de esta posición estratégica que permite que la reina se una con las fuerzas reales de la región de Oxford y les lleve refuerzos y municiones.

Por otra parte, Cromwell había concebido un audaz plan para cortar el camino a la reina: se trataba de apoderarse de Newark, que controlaba uno de los pasos del río Trent.

Con vistas a esta ofensiva, Oliverio Cromwell fortifica Cambridge y limpia toda la región costera del East Anglia, en donde se apodera de Lowestoft y de King’s Lynn, en el Wash, pero su plan no puede ser llevado a cabo.

Sin embargo, el 13 de mayo encuentra a los realistas en Grantham, a 25 millas al sur de Newark, y logra ganar esta pequeña batalla que es «su» primera victoria, ya que Cromwell detenta solo el mando y, dirigiendo él en persona la carga de su caballería, logra derrotar a los realistas.

Nueve días después del triunfo de Cromwell en Grantham, sir Thomas Fairfax —el otro, porque hay dos en el ejército parlamentario, padre e hijo— logra ganar una batalla en Wakefield en donde hace 1.500 prisioneros, entre ellos al general realista Goring.

A pesar de estos triunfos, el verano de 1643 va a significar una grave crisis del Parlamento en el terreno militar: la reina ha conseguido unirse al rey, pasando especialmente por Newark como Cromwell había previsto, el príncipe Rupert se ha apoderado por fin de Bristol, Hampden muere en el curso de un oscuro combate.

Entonces, Pym decide confiar el mando del ejército al conde de Manchester, nombrando lugarteniente principal a Cromwell.

Cromwell tiene una nueva ocasión de distinguirse en el curso de esta campaña del verano de 1643. Lo hace delante de la dudad de Gainsborough que han perdido los realistas. Llega en socorro de lord Villoughby, que ha tomado la ciudad pero que se ve contraatacado por importantes fuerzas mandadas por lord Cavendish. Oliverio Cromwell despliega entonces un gran talento y valor militar. Pero, a pesar de todo, no puede impedir la derrota de lord Villoughby y la reconquista de la dudad por las fuerzas reales. Después de este asunto, Cromwell es nombrado lugarteniente de lord Manchester. Verdaderamente ha ganado sus galones sobre el campo de batalla.

Además, para recompensarle, el Parlamento le nombra gobernador de Ely. El 4 de agosto, el speaker de la Cámara de los Comunes le envía una carta para comunicarle «hasta qué punto la Cámara aprueba y estima sus esfuerzos por la causa de Dios y la del reino».

La alianza con los escoceses le parece al «comité de seguridad» el único medio de enderezar la situación militar.

Una diputación del Parlamento es enviada a Edimburgo. Se concluye un acuerdo, pero habrá que esperar algún tiempo para que esta alianza produzca sus frutos.

Mientras, se continúa luchando con diversa fortuna: en los tres «frentes» mantenidos de Este a Oeste por los ejércitos de Essex, de Manchester y de sir William Waller. Se lucha en Newbury, en Hull, en Vinceby, donde d caballo de Cromwell muere en el curso de una carga.

Combates que no tienen ninguna trascendencia. La campaña de 1643, la segunda de la guerra civil, termina con resultados nulos, a excepción quizá de una pequeña ventaja de los realistas.

Manchester se retira a sus cuarteles de invierno, y Oliverio Cromwell vuelve a su casa, en Ely.

* * *

Durante esta campaña, Cromwell sube en graduación. El 2 de marzo de 1643 es nombrado coronel. En septiembre tiene a su mando diez escuadrones. Sus cualidades militares —rapidez, capacidad de captar la situación, valor— hacen de él ya un jefe militar fuera de serie. Probablemente uno de los más grandes estrategas de todos los tiempos, aspecto de su personalidad que se ha visto oscurecido por sus facetas de puritano, de hombre de estado, de Maquiavelo inglés.

Su mayor mérito es el de haber forjado un instrumento militar totalmente nuevo, un ejército de voluntarios sin experiencia, pero animados por un fanatismo y una furia que logran maravillas en la ludia contra los «caballeros» realistas.

A estos hombres de «honor», como él mismo les llama un día en el Hampdem, Cromwell quiere oponer un ejército de «hombres de fe».

«Vuestras tropas están compuestas en un cincuenta por ciento de personas viejas y débiles, de camareros de posada y gente de esta clase, mientras que las suyas están formadas sobre todo de nobles y personas de calidad. ¿Cree que los corazones de esta gente tan baja e indigna pueden sostener el choque de nobles que tienen honor, valor y decisión?... Tenéis que procuraros hombres de fe... y de una fe que les llevará tan lejos como el honor a los caballeros; si no, seréis derrotados...»

«El coronel Cromwell recluta su regimiento escogiendo sus oficiales no entre soldados curtidos u hombres de fortuna, sino entre gente normal, pobres y de humilde origen, de tal modo que puede darles el título de hombres «santos» (golly)... A menudo le he oído decir que no necesitaba en absoluto soldados ni escoceses para esta tarea, sino que únicamente los «santos» respondían a la idea que él se había hecho», cuenta Manchester.

Y este mismo Manchester, al que parece repugnar un enfrentamiento con el rey, le dice:

«Si derrotamos varias veces al rey, seguirá siendo siempre el rey; en tanto que, si el rey nos derrota una sola vez, todos nosotros seremos colgados». Cromwell responde:

«Si el asunto es tal como usted lo describe, ¿por qué hemos empuñado las armas? Si es así, hagamos la paz por vil que sea.»

Por otra parte, no duda en atacar a este mismo Manchester en pleno Parlamento, y le reprocha «retroceder ante la acción», y esto porque «no quiere llevar la guerra hasta la victoria total».

Victoria total, guerra total: Cromwell cambia todas las tradiciones, las costumbres y las reglas del juego político-estratégico de una época en la que las guerras se entablan entre príncipes más que entre naciones.

La fe religiosa es sin duda alguna el elemento motor de la lucha tal y como él la entiende, pero, a partir de este momento, la conquista y el deseo de poder están siempre presentes en el polvo que levantan sus cargas de caballería, aunque los salmos reemplacen a los juramentos.

* * *

El acuerdo con los escoceses había desembocado en la firma, a finales de septiembre de 1643, de la «Solemn League and Covenant» entre Escocia y el Parlamento. En los términos de este acuerdo, Inglaterra se convertía en forma oficial en presbiteriana, y un ejército escocés participaría en las operaciones junto al ejército parlamentario.

El verano de 1644, un poderoso ejército escocés de 20.000 hombres, bajo el mando de Alexandre Leslie, conde de Leven, un veterano de la guerra de los Treinta Años, penetra en Inglaterra. Newcastle, que acaba de ser nombrado marqués por el rey Carlos I, interrumpe su descanso y marcha delante del enemigo, pero se encuentra pronto en una situación delicada, cogido entre los escoceses, que descienden del norte, y las fuerzas parlamentarias.

No recibiendo ninguna ayuda del rey, que se mantiene impasible en Oxford, Newcastle termina por encerrarse en York que es la segunda ciudad de Inglaterra —ante lo cual, los parlamentarios no tardan en sitiarla—. Esto dura todo el mes de junio, pero ante la noticia de la llegada inminente de un ejército real de socorro bajo el mando del príncipe Rupert, los parlamentarios levantan el asedio y se dirigen hacia el Oeste, al encuentro del príncipe. Este, que ha dado un rodeo por el norte, llega a York sin dificultades y se une con Newcastle.

El ejército parlamentario, que naturalmente no se ha encontrado con el grueso de las tropas de Rupert, se dirige hacia el norte según los consejos del conde de Leven. El 2 de julio se encuentra cara a cara con las fuerzas realistas, que bajo la iniciativa de Rupert, se han lanzado a la búsqueda del enemigo.

El encuentro tiene lugar en la carretera de York a Tockwith, exactamente a mitad de camino entre las dos ciudades, que distan entre sí unas quince millas aproximadamente. Al sur de la carretera —orientada de este a oeste— están las fuerzas parlamentarias. La caballería de Cromwell ocupa el ala izquierda; la de sir Thomas Fairfax, reforzada por caballeros escoceses, el ala derecha. Lord Fairfax está en el centro con el conde de Leven a su derecha y el conde de Manchester a su izquierda.

El frente de las tropas se alinea a lo largo de dos millas. La infantería escocesa está dispuesta según el orden en uso antes de que los suecos de Gustavo Adolfo modificaran esta disposición: los piqueros en el centro y los mosqueteros en las alas. Frente, las unidades realistas están constituidas de la forma siguiente: el príncipe Rupert se enfrenta a Cromwell; lord Neil, detrás del cual se encuentra una reserva de caballería, instala su infantería delante de la de los parlamentarios y de los escoceses. En el ala izquierda, frente a sir Thomas Fairfax, está la caballería de lord Goring.

El terreno es un poco ventajoso para los parlamentarios: forma una suave pendiente que permite que la caballería pueda tomar impulso fácilmente. No se entabla el combate hasta el final de la tarde. El cuadro que se presenta ante los ojos es magnífico, iluminado por el sol ya un poco bajo, que hace lucir las corazas y los estandartes: el del príncipe Rupert, con su cruz de San Jorge de color púrpura de más de seis pies de largo.

Un ataque realista en el ala izquierda de los parlamentarios —la que estaba sostenida por Cromwell y algunos elementos de la caballería escocesa— es rechazado por los dragones escoceses.

El príncipe Rupert decide entonces dejar el ataque para el día siguiente y se va a cenar. Pero a las siete y media, el conde de Leven, que, dada su edad avanzada y su experiencia, ocupa el puesto de generalísimo en el lado parlamentario, da la señal de pasar al ataque. Todas las fuerzas parlamentarías se ponen en movimiento. Cromwell está a la cabeza de un destacamento de 3.000 caballeros. Sorprendidos al principio, los realistas se rehacen, y avisado el príncipe Rupert, ordena el contraataque. Los combates son encarnizados. Por un momento parece que las tropas parlamentarias retroceden. Cromwell es herido en el cuello, pero la llegada de los refuerzos escoceses restablece la situación en detrimento de los realistas, y la caballería del príncipe Rupert retrocede.

En el ala derecha de los parlamentarios, la situación es completamente distinta: la caballería realista de Goring toma ventaja rápidamente. Pero entonces, Cromwell, prevenido por sir Thomas Fairfax, lanza su caballería hacia el ala derecha y, después de haber atravesado todo el campo de batalla, ataca de improviso por la retaguardia de Goring. Esta audaz maniobra da la victoria a los parlamentarios. Se trata incontestablemente de una victoria de Cromwell: una victoria brutal, decisiva y que en unos instantes ha destrozado al ejército realista. La historia ha conservado su recuerdo con el nombre de batalla de Marston Moor. Esta batalla marca un giro de ciento ochenta grados en la guerra civil.

* * *

Marston Moor ha consagrado el valor militar de Cromwell y le permite un ascenso real en el Parlamento. El inmediatamente se sirve de esto para realizar su sueño, que es apoderarse del ejército y hacer de él, en su totalidad, el fiel instrumento de su política y de sus ambiciones.

Para conseguirlo, va a desplegar en el Parlamento unas cualidades tácticas que no tienen nada que envidiar a las que ha mostrado en los campos de batalla.

Con una consumada habilidad, Cromwell logra hacer votar por el Parlamento una moción que prohíbe a sus miembros ejercer mandos en el seno del ejército.

Esta orden, denominada «Self Denying» o la «Renuncia», le permite así apartar a Manchester y a Essex, a los que encuentra un poco embarazosos, y hace nombrar a sir Thomas Fairfax, que en realidad va a ser su hombre de paja hasta el día ya cercano, en que, olvidando el «Self Denying», podrá volver a tomar el alto mando de este ejército, al que, libre de altos generales, grandes aristócratas y presbiterianos, podrá forjar totalmente a su imagen. La Cámara de los Lores se hace rogar un poco; pero, después de haberlo hecho la de los Comunes, vota el decreto del «Self Denying» el 3 de abril de 1645.

Segunda victoria de Cromwell casi inmediatamente después del voto que elimina a Essex y a Manchester: persuade al Parlamento de que es necesario que disuelva totalmente el ejército y que se cree uno nuevo. Un «ejército modelo» —porque ese es el nombre que se va a dar a esta fuerza de élite—, especie de guardia pretoriana homogénea política y religiosamente, y que se va a convertir en un Estado dentro de otro Estado, no reconociendo como único jefe más que a Cromwell.

La orden del «New Model», votada el 19 de febrero de 1645, no hace por otra parte más que aplicar al conjunto del ejército la doctrina y los métodos aplicados ya por Cromwell en el seno de las unidades que ha mandado hasta entonces.

Es un ejército a su medida, que el Parlamento le ofrece en una bandeja de plata. Este ejército vestido de rojo —color que el ejército inglés conservará mucho tiempo, a lo largo de siglos— lo vemos en acción por primera vez en mayo. Cromwell está con él: ha obtenido una dispensa y una prórroga de cuarenta días con respecto al plazo, ya casi expirado, que le dejaba el «Self Denying» para abandonar su mando.

Después de algunos combates de «rodaje», el ejército modelo se enfrenta, el 14 de junio, a las fuerzas realistas de Naseby, a 15 millas al norte de Northampton. El terreno es muy favorable a la caballería. La batalla comienza brutalmente por una doble carga llevada a cabo a la vez por ambas partes. De nuevo está ahí Cromwell; y frente a él, el príncipe Rupert, un viejo conocido.

Esta vez, la maniobra que va a decidir el combate es llevada a cabo por los dragones del nuevo ejército, puestos a las órdenes del coronel John Okey, que se lanza sobre el flanco derecho de la infantería realista. Una parte del ejército realista se rinde, y, de lejos, Carlos I asiste a esta rendición. Se captura un enorme botín, con el que se puede armar a ocho mil hombres. Verdaderamente, se trata de una victoria total. Y es una victoria netamente cromwelliana e inglesa, porque ningún escocés ha tomado parte en la batalla.

El 14 de junio, por la tarde, Cromwell envía este despacho al speaker de los Comunes: «Señor, no existe más que el apoyo de la mano de Dios, y a él sólo corresponde la gloria... El general (se trata de sir Thomas Fairfax) os ha servido con lealtad y honor. Los hombres honrados os han servido con fidelidad en esta batalla.»

Y añade: «Señor, estos hombres son dignos de confianza. Os pido que no les decepcionéis.»

La primera fase de la guerra civil termina así, en Naseby —el rey ha perdido allí la flor y nata de su ejército, ha tenido que abandonar sus bagajes, incluso sus papeles personales y una correspondencia con la reina—, porque el año siguiente va a ocuparse sobre todo en una conquista paciente y sistemática de las distintas plazas fuertes defendidas por los realistas.

La victoria de Naseby le vale a Cromwell el que le sea prorrogado su mandato nuevamente por seis meses. A partir de enero de 1646, hay una nueva prórroga: de esta manera, se escapa sistemáticamente del cumplimiento de la orden que él mismo había hecho votar.

Oliverio Cromwell tiene entonces 47 años. El Parlamento acaba de ovacionarle y de concederle una renta anual de dos mil quinientas libras, dándole además tierras confiscadas a los partidarios de Carlos I.

Pero ¿y el porvenir? La guerra se extingue poco a poco: el rey es derrotado por todas partes, y retrocede de plaza en plaza, de castillo en castillo, como un monarca fugitivo y errante. A finales de junio, Cromwell es «desmovilizado», porque esta vez, su mando en el ejército no ha sido confirmado. Y ya le tenemos de vuelta en Londres, donde toma nuevamente su escaño en los Comunes; en los Comunes, en donde se desearía licenciar y disolver este «ejército modelo», que no sirve ya para nada y engendra desconfianza en el plano religioso ya que es totalmente puritano y presbiteriano. Más aún, se piensa que este ejército cuesta caro y que es, por otra parte, un lujo que se podría eliminar.

Todo esto hace que Cromwell se sienta amargo y vigilante. Durante el invierno de 1646-47 cae enfermo, seriamente enfermo —sin duda se trata de una nueva crisis de paludismo— y el Parlamento aprovecha su ausencia para maquinar una combinación que le permitiría desembarazarse del ejército, enviándolo a batirse en Irlanda, bajo el mando de generales presbiterianos.

Además, se vota una resolución, que parece excluir a Cromwell de todo mando militar.

En la Cámara de los Comunes un hombre ha logrado gran ascendiente: Denzil Holles, un viejo enemigo de Cromwell. Persuade a sus colegas de que deben enviar una delegación al cuartel general del ejército en Saffron Waldon, en Essex, para incitarle a que acepte ir a esta expedición irlandesa.

Los representantes del Parlamento son más bien mal recibidos; es cierto que la paga de las tropas sufre atrasos, la infantería no recibe sueldo desde hace cuatro meses, la caballería desde hace un año... Las cosas por otra parte se envenenan rápidamente entre el Parlamento y el ejército, que llega a amotinarse. Ocho regimientos proceden a elecciones y designan con el nombre de «agitadores» a los delegados encargados de defender sus derechos.

Rápidamente, en el plazo de tres o cuatro semanas, todos los regimientos tienen dos «agitadores» cada uno. Ellos son los que van a formar, con los oficiales, un consejo general del ejército que se reúne en una pradera cerca de Newmarket. Allí adoptan por unanimidad una declaración solemne: el ejército inglés no es una tropa de mercenarios, sino «una unión de hombres libres del pueblo de Inglaterra que se han unido y que deciden continuar con las armas en la mano con la firme intención de defender las libertades y los derechos fundamentales del pueblo».

El Parlamento comienza a tener miedo, y piensa en crear un ejército adicto a él. Al mismo tiempo, negocia secretamente con los escoceses sobre la base de una vuelta de Carlos I.

El príncipe Rupert, a pesar de su valentía, a pesar de su devoción por la causa real, y quizás a causa de ella, había sido uno de los primeros en aconsejar a Carlos I que viera el asunto con tranquilidad y tratara de encontrar una salida política a este conflicto armado que se volvía contra él mismo.

Pero uno de los rasgos más característicos del rey era su obstinación. Muy cabezón, se empeña en que tiene que reconstruir un nuevo ejército y se dirige al País de Gales con esta intención. Después piensa que todavía no se ha perdido nada realmente. Pero la pérdida de Langport y, sobre todo, la de Oxford aceleran la decepción en el ánimo del rey. Tiene que dejar Inglaterra en los furgones del ejército escocés. Y es justamente en este momento cuando el Parlamento piensa que ha llegado la hora de la desmovilización.

En Escocia, Carlos I no es ya en realidad más que un prisionero, aunque a ojos de los escoceses sea su rey. Sin duda, comete en este momento otro error, que se puede atribuir a su falta de tacto psicológico y a su incapacidad de adaptación.

Jugando la carta escocesa contra la de Inglaterra, tenía quizá la posibilidad de salvarse.

Pero finalmente, este rey, tan misterioso, incapaz de hacer demagogia y (¿quién sabe?) quizá fascinado por el recuerdo trágico de los Estuardo, va hacia su destino como arrastrado por la fatalidad.

En agosto de 1646 rechaza las condiciones de Newcastle, entre las cuales figuraba sobre todo la supresión de la jerarquía anglicana, el reconocimiento de la religión presbiteriana y la proscripción de un cierto número de realistas. Las condiciones eran evidentemente muy duras. Sobre todo esta última cláusula, que rechaza en las contraproposiciones que presenta en mayo de 1647. En revancha acepta la instauración de la religión presbiteriana, pero solamente por tres años.

Entonces interviene un nuevo elemento, un verdadero golpe de efecto: los escoceses, al evacuar súbitamente Newcastle, dejan al rey en las manos del Parlamento y, el 3 de enero de 1647, los comisarios del Parlamento conducen a Carlos I al castillo de Holmby, donde es puesto en «residencia vigilada».

* * *

El rey está cautivo. ¿Qué va a ocurrir ahora? Estamos en plena crisis entre el Parlamento y el ejército. Esta situación puede servir a Carlos I; intenta jugar el papel de árbitro, de intercesor entre el Parlamento y el ejército... Pero no lo logra. No ha conseguido siquiera ponerse en una posición más confortable.

Por el contrario, de rehén se convierte en una presa. Una presa codiciada por el ejército. Y entonces vuelve a escena Cromwell, y la epopeya vuelve a desarrollarse con sus personajes y su curso normal: Cromwell prepara el rapto del rey.

El rapto del rey tiene lugar el 2 de junio de 1647. El rey está jugando a los bolos en el jardín del castillo de lord Spencer, cerca de Holmby. Se presenta entonces un grupo de caballeros. Va mandado por el corneta Joyce. «Quiero hablar con el rey» dice. El rey, que se ha refugiado en un cuarto, tiene una pistola. Joyce se retira, pero vuelve al día siguiente por la mañana.

—¿Trae una comisión para mí? —pregunta Carlos I—. ¿Dónde está?

—Allí, detrás de mí —y el cometa muestra a sus hombres.

Parece que Fairfax no estaba al corriente de este rapto o, al menos, no ha tomado parte en él: la llegada del soberano al campo pareció asombrarle.

Cromwell le convence y le explica que este rapto era indispensable para afirmar la autoridad del ejército frente al Parlamento.

En este momento, Cromwell se conduce como un verdadero rebelde: no sólo ha raptado al rey, que se encontraba bajo la custodia de los comisarios del Parlamento, sino que ordena que el ejército marche hacia Londres. Y, al mismo tiempo, es enviado al lord-alcalde un mensaje, que tenía todas las características de un verdadero ultimátum, firmado por Fairfax, Cromwell y once coroneles.

Se trata de una verdadera amenaza de saquear la ciudad de Londres, «si no se daba satisfacción a sus justas aspiraciones».

Frente a este esbozo de pronunciamiento, Londres cede, y los Comunes expulsan a once de sus miembros a los que el ejército había designado como los principales responsables de la crisis.

El rey prisionero es trasladado entonces al castillo de Hampton Court, a donde —y este es uno de los capítulos más oscuros de nuestra historia— Cromwell viene a visitarle. Los dos personajes se entrevistan y se establece entre los dos no una simpatía, eso sería mucho decir, pero sí una especie de diálogo, del que desgraciadamente no sabemos nada, pero del que se puede imaginar que sería uno de esos duelos dialécticos que terminan por crear una especie de complicidad entre los protagonistas.

Carlos I intenta ganarse a Cromwell, seducirle, y le ofrece para ello darle el título de comandante general de los ejércitos y de la guardia real, así como la orden de la Jarretera.

Cromwell rechaza todos esos ofrecimientos al igual que había rechazado el título de «baronet», que el Parlamento le ofreciera en otro tiempo. Por otra parte, tendrá la desagradable sorpresa de enterarse de que el rey había intentado utilizarlo engañándole al mismo tiempo, como lo prueba la correspondencia entre el rey y la reina: «En vez de la orden de la Jarretera, le reservo una cuerda de cáñamo», escribía el rey. El rey ha llegado a Hampton Court el 24 de agosto, pero se escapa el 11 de noviembre. Sin duda impulsado por los consejos de Cromwell, que estima que Hampton Court no es un lugar seguro para guardar al rey; es decir, que no está totalmente a su merced. La isla de Wight es el lugar escogido por el rey. ¿Va a dejar Inglaterra y a refugiarse al otro lado del canal de la Mancha? Cae en una trampa: al llegar a Wight, es capturado e instalado en el viejo castillo de Carisbrooke, una prisión mucho más temible que todas las que ha conocido hasta ahora.

Sin embargo, Carlos I no ha perdido la esperanza: negocia con los escoceses, con esos mismos escoceses que le han traicionado, pero que continúan siendo a sus ojos la única tabla de salvación.

El 26 de diciembre, estas negociaciones secretas consiguen obtener como fruto un tratado que lleva el nombre de Compromiso y que, después de ser firmado, es enterrado por el rey en el jardín de su prisión. Trabajo perdido: los términos de este tratado, realizado entre un rey prisionero y bloqueado en una isla y los escoceses, son pronto conocidos por los miembros del Parlamento.

Reacción de Cromwell: «El rey ha concluido un tratado con los escoceses con el fin de sumergir de nuevo a la nación en la sangre.» Multiplica las más violentas declaraciones contra el rey. Después de haber conquistado el ejército, una vez subyugado de nuevo el Parlamento y aislado el rey, Cromwell prepara la estocada final para su soberanía.

Con esta nueva fase comienza la segunda guerra civil: la que tanto el ejército como Cromwell esperaban para hacerse definitivamente con el poder.

Carlos I, después de su intento de fuga y del tratado del Compromiso, se encuentra en una posición semejante a la que tuvo que sufrir Luis XVIII tras su fuga a Varennes. El Parlamento decide entonces no remitir ya ningún mensaje al rey ni recibirlo de él. Se trata de la ruptura total. El Parlamento instaura un comité de seguridad pública, con lo que crea su propio poder ejecutivo. Se habla de instaurar la república, y Cromwell escucha estas opiniones con complacencia; pero también con prudencia, ya que aún no ha llegado la hora de enseñar sus cartas.

No se debe descartar el que Cromwell haya creído en la restauración del rey sobre la base de una monarquía constitucional, al menos durante algún tiempo. ¿Lo demuestran sus entrevistas de Hampton Court? No de forma segura. En realidad, la posición de Cromwell en esta época es una especie de espera activa: lo que quiere decir que pone en movimiento fuerzas antagónicas y, guardando las distancias, espera a ver cuál de las dos logrará la victoria.

Observa al rey, pero también se esfuerza por vigilar y controlar a las facciones más extremistas, que se agrupan en el ejército alrededor de los «agitadores» y se inspiran en los escritos de ese extraño coronel aventurero y propagandista incansable que es Lilbume.

* * *

A finales de octubre de 1647, poco tiempo antes de la huida del rey, el consejo del ejército (Army Council) se reúne en Putney para discutir una nueva constitución que equivalía de hecho a la abolición de la monarquía en Inglaterra y a la proclamación de la república. Este proyecto, que prevé además el sufragio universal, lleva la marca doctrinal de los «levellers». ¿Pero quiénes son los «levellers»? Son quizá los primeros comunistas de la historia moderna. Se reclutan sobre todo entre el pueblo y los pequeños artesanos muy especialmente. Y principalmente son una pléyade de visionarios, humanistas e intelectuales.

Evidentemente van más lejos que los «independientes» de Cromwell, sobre todo en el campo religioso. Uno de ellos, el coronel Overton, niega la inmortalidad del alma. Walwyn opone el amor igualitario a los dogmas. Pero el que más destaca es Lilbume, que publica unos panfletos al vitriolo en donde ataca los fundamentos de la sociedad inglesa, lo que le ocasiona el arresto.

Los «niveladores» dan miedo: Mazarino, cuando se produce en Francia la sublevación de la Fronda, teme que contagien Francia.

Intentan dar espanto y la gente se ríe de ellos: «los niveleurs, al destruir las tumbas de familia, creían restablecer la legalidad», se escribirá más tarde sobre ellos. Además, está el hecho de que Cromwell el puritano se siente molesto por sus ideas, e incluso le inquietan por el fermento anarquista que llevan consigo, y que se oponen evidentemente a los puntos de vista personales del dictador.

Muy pronto se va a dedicar a combatirlos, pero por el momento, su republicanismo le favorece, puesto que está a la vanguardia de sus designios: porque se puede estar seguro de que la huida del rey es la gota de agua que va a levantar el telón, en el espíritu de Cromwell, de la gran tragedia que culminará con la ejecución del rey.

El 3 de enero de 1648, Cromwell declara a los Comunes que considera que el soberano es «un hombre obstinado, al que Dios ha hecho que su corazón se endurezca». El mismo día envía una carta al coronel Hammond, el carcelero del rey en la isla de Wight, recomendándole que vigile cualquier movimiento del prisionero. Sin embargo, la posición del coronel Hammond es delicada: se ha casado con una hija de John Hampdem, primo de Cromwell, y su hermano, el reverendo Henry Hammond, capellán del rey, continúa dedicando toda su devoción al soberano.

* * *

En esta época es muy intensa la actividad política de Cromwell: prueba a unos y otros, ensaya combinaciones que le permiten conocer la forma de pensar y catar la fuerza de los partidos existentes: parlamentarios, presbiterianos, coroneles. Provoca reuniones, organiza cenas...

Una balada, titulada ¡Oh! ¡Bravo Olivier! evoca esta actividad:

Porque Oliverio está en todas partes

Porque está allí

Porque está aquí

Y Oliverio está en Witehall

Y Oliverio toma nota de todo

Vota sobre todo

Y golpea sobre su Biblia.

Oliverio Cromwell, como buen estratega, ha calculado ahora las fuerzas existentes y se prepara para derribarlas y jugar el papel que desea.

Primero los escoceses. En este punto, no hay elección posible, y el problema se plantea con prioridad a los otros: en efecto, un ejército escocés, bajo las órdenes del duque de Hamilton invade nuevamente Inglaterra, pero esta vez como adversario del Parlamento y aliado del rey.

Cromwell se encuentra en el País de Gales a donde ha sido enviado para reprimir una insurrección que casi está ya terminada cuando él llega.

Dándose cuenta de la amenaza, se desvía hacia el norte para echar una mano al general Lambert que corre el riesgo de ser desbordado por el torrente escocés. El factor velocidad va a ser muy importante, y Cromwell hace que su infantería cubra las 500 millas que separan Pembrooke de Pontefract en 27 días. El 12 de agosto se une con Lambert y toma el mando de la totalidad de las fuerzas: unos nueve mil hombres.

El duque de Hamilton dispone de efectivos ligeramente superiores en número. Pero su ejército, formado apresuradamente, tiene escasez de material —prácticamente carece de artillería— y de cohesión.

Se trata de una horda para saquear y devastar más que de un verdadero ejército. Y va a volar en pedazos cuando se enfrente por primera vez a Cromwell.

La batalla tiene lugar el 17 de agosto en Preston. Los escoceses sufren una estrepitosa derrota. Y —hecho raro en los anales militares— todo el ejército escocés cae prisionero: 4 000 hombres de Preston, y el resto —6 000— en Wigan y en Warrington... El duque de Hamilton es perseguido por la caballería de Cromwell y hecho prisionero el 25 de agosto.

Dos días después de Preston, Colchester cae en manos de Fairfax. Carlisle y Verwik son también ocupados por el ejército «parlamentario», y la segunda guerra civil finaliza. Ha sido eliminado el peligro militar realista. El rey no puede esperar ya ninguna ayuda.

* * *

El ejército que acaba de aplastar a los escoceses y por tanto de poner al rey fuera de juego, se vuelve como un relámpago contra el Parlamento. Es un verdadero golpe de estado militar el que da Cromwell en este momento, moviendo los hilos desde lejos: desde Escocia, aún no ha llegado a Londres, cuando ya todo ha terminado.

¿Qué quiere decir que todo ha terminado? El ejército que ha invadido Westminster, procede a la expulsión de los diputados presbiterianos. Dirige la operación el coronel Thomas Pride. Ayudado por lord Grey of Wark, hace desfilar a los diputados delante de él y, de acuerdo con una lista que tiene en las manos, hace arrestar o excluir a los diputados.

Al final, no quedan más que cincuenta y tres parlamentarios de los trescientos cuarenta con que contaba la asamblea: el «rump», como se llamará a este Parlamento, ha sido reducido a unas proporciones irrisorias. El ejército ha tomado de hecho el poder.

Una vez más los acontecimientos se vuelven contra el rey, porque el 2 de enero de 1649, esta cámara cercenada ordena el comienzo del proceso contra Carlos I. A pesar de todo, hubo varios votos en este parlamento-comparsa para oponerse a ello. El motivo de la acusación era: el rey ha declarado la guerra al Parlamento. Para justificar este crimen de lesa majestad que se está preparando, se emplea el argumento del crimen de leso parlamento: se vuelve, pues, al origen del conflicto, a esa ecuación británica que, al convertirse en un antagonismo, ha abierto las puertas a la revolución.

Ha surgido así una situación excepcional, y Cromwell la explica este mismo 2 de enero, declarando:

«Si antes alguien hubiera tenido la idea de deponer al rey y desheredar a sus herederos, me hubiera parecido el mayor traidor y rebelde, pero puesto que la Providencia y la necesidad han empujado a la Cámara a tal decisión, ruego a Dios que bendiga sus deliberaciones aunque yo no esté en ella para dar mi opinión.»

¿Esta última frase traduce una duda, prudencia, hipocresía o un drama de conciencia? Quizá todas estas cosas al mismo tiempo. Lo que es seguro es que los espíritus —por no hablar de la opinión pública— no están aún maduros para la idea de encarnizarse de esa forma contra el soberano: no se hace uno regicida así cómo así, y la revolución de 1789 se producirá en unas condiciones parecidas. Varios lores se negaron a formar parte de la Alta Corte que se reúne desde el 8 de enero hasta el 19 en sesiones preparatorias.

El rey, que ha sido traído a Windsor, es internado el 19 en el palacio de Saint James. El 20 a las doce de la mañana comparece ante la Alta Corte, en Westminster Hall.

El rey se niega a defenderse: no reconoce ni la legitimidad de la Alta Corte, ni las acusaciones de traición y tiranía dirigidas contra él. Finalmente, el 26 de enero, los sesenta y dos comisarios presentes votan la pena de muerte. Sólo veintiséis de ellos aceptan firmar la condena. Cromwell ha desplegado durante el proceso una intensa actividad para impulsar a los jueces a que voten la muerte del rey. Ha negociado con una delegación escocesa venida para intentar salvar la vida del rey, haciéndole ver que, puesto que no era rey más que por «contrato», él mismo había roto su contrato con la nación. Se esfuerza por convencer a lord Fairfax para que apruebe la sentencia de muerte.

Y cuando, el 27 de enero, el jurado habla «en nombre del pueblo de Inglaterra», lady Fairfax, que se encuentra en la tribuna del público, grita: «Ni la mitad, ni la cuarta parte de los ingleses; Oliverio Cromwell es un traidor.»

La ejecución tiene lugar el día 30. Así pues, solamente han sido necesarios diez días para cargarse al rey, cortando su cabeza con un golpe de hacha, y destruir el árbol de la monarquía británica, cuyas raíces, ciertamente, habían ido cediendo una a una.

Nunca tendrá en adelante el mismo carácter la monarquía en Inglaterra, como tampoco recobrará la misma fisonomía en Francia después de la muerte del rey Luis XVI, hecho que se parece en muchos puntos al drama que tiene lugar en Inglaterra el 30 de enero, sobre un cadalso instalado en Witehall. Inglaterra ya no es un reino; es una Commonwealth.

¿Y Cromwell? Se dice que la noche siguiente a la ejecución del rey se dirige a Witehall, en donde lord Southampton y un amigo velan los restos mortales de Carlos I. Escena propia de Shakespeare. Se aproxima al féretro, levanta la tapa y, después de haber contemplado durante unos instantes el cuerpo del rey, dice: «cruel necesidad», exhalando un suspiro de pesar.

Pero ahora es necesaria otra cosa: desembarazarse de los Niveleurs, cada vez más embarazosos. Tanto más cuanto que Lilbume se hace cada vez más molesto: no contento con negarse a sentarse en la Alta Corte, deplora los procesos de los jefes militares realistas —Hamilton y Goring— e insinúa en sus panfletos que Cromwell tiende a crear una dictadura.

La acción de los Niveleurs se manifiesta en las campiñas, y en particular en los condados cercanos a Londres, donde actúan este año de 1649.

Especialmente se desarrolla, en abril, la operación «azada» sobre la colina Saint George, en Surrey, donde bocas hasta ahora selladas por el silencio se abren. «El dinero no debe ya existir —se lee en uno de esos manifiestos de esta época—. Volvemos nuestros ojos hacia esa herencia que se nos promete, la libertad... Pero esa libertad no podría existir a menos que Inglaterra sea limpiada de propietarios y se convierta en un tesoro común para todos sus hijos.»

Al lado de los Niveleurs, nacen otros grupos, como los Ranters (traducido: energúmenos o charlatanes), los Quakers o los Diggers, que son los que intervinieron en Surrey. ¿Se va a convertir la revolución inglesa en una revolución proletaria? No, porque el ejército va a poner freno decididamente a este desbordamiento de la izquierda: algunas detenciones son suficientes para detener el peligro, y esta oposición, demasiado desorganizada, demasiado fragmentaria y sin apoyo, va a sufrir una vigilancia y una represión lo suficientemente fuertes como para que no estorbe las empresas que Cromwell se propone realizar.

* * *

En este momento, las relaciones de Cromwell con el ejército están en su cénit. Un panfleto escrito por unos coroneles alaba a Cromwell y lo designa como un instrumento de Dios.

Tanto mejor, porque Cromwell tiene necesidad todavía de este ejército. Y, recíprocamente, el ejército le necesita: una nueva insurrección realista se prepara en Irlanda. ¿Quién mejor que Oliverio Cromwell con su reconocido talento militar para dirigir la expedición? El 15 de marzo, la cosa está decidida: Cromwell es nombrado comandante en jefe.

Duda unos instantes antes de aceptar, temiendo ser apartado de los negocios políticos, en una palabra, ser abandonado en una situación difícil.

Se pregunta igualmente si Irlanda es realmente el punto más importante de la nueva bandera realista, si no se equivoca dan— dolé prioridad a Irlanda mientras que la amenaza más directa y peligrosa puede venir de nuevo de Escocia, donde el Parlamento de Edimburgo acaba de nombrar rey al hijo de Carlos I.

Termina por aceptar la dirección de las operaciones en Irlanda, en donde es nombrado además gobernador general. El 10 de julio deja Londres, después de una cena de despedida en la que pronuncia, como acostumbra a hacerlo siempre, una especie de discurso-sermón.

Una carroza tirada por seis caballos y escoltada por unos sesenta oficiales a caballo —un verdadero cortejo de rey— le lleva a Bristol, en donde se detiene durante un mes antes de embarcar. En este período, más de un centenar de barcos han desembarcado tropas —diez mil hombres— y municiones en Irlanda, gracias a una operación naval, llevada a cabo magistralmente y cuya importancia y perfecta ejecución hacen de ella un modelo en su género.

La travesía de Milford Ha ven a Dublín dura dos días. El mar está muy movido. Cromwell se encuentra muy enfermo, pero, al llegar a Dublín, se siente bien de nuevo e incluso afirma que «Dios le ha protegido para que pueda cumplir la gran tarea de combatir a los bárbaros irlandeses sedientos de sangre».

La Irlanda en donde Cromwell desembarca está prácticamente en estado de insurrección desde 1641. Esta rebelión, además de estar respaldada por el temperamento irlandés, ha sido impulsada en cierta forma por la debilidad de Carlos I y por las concesiones que ha dado a los escoceses. Escocia tiene derecho a ser presbiteriana, ¿por qué no va a poder Irlanda proclamarse papista o católica?

La lucha de los irlandeses, ayudados por los españoles, contra los ingleses ha tomado la forma de una guerrilla que se ha cebado en los colonos ingleses.

Para los soldados puritanos llegados de Inglaterra se trata pues, no solamente de someter a los heréticos —y precisamente a aquéllos que más detestan, los católicos—, sino también de vengar a sus compatriotas, entre los cuales había numerosas mujeres y niños.

Cromwell quiere terminar rápidamente con el asunto de Irlanda, y la campaña que lleva a cabo se parece más a una conquista colonial que a una verdadera guerra. Sus métodos son duros, incluso a veces feroces. En Drogheda, a cuarenta millas de Dublín, actúa con una extremada brutalidad.

Drogheda es un puerto de considerable valor estratégico: bloquea la carretera que va de Dublín hacia el Ulster. El 3 de septiembre, Cromwell, con diez mil hombres, pone en asedio a la ciudad defendida por sir Artur Aston, un inglés católico que ha combatido durante mucho tiempo contra los turcos y que se cree invencible. La artillería de los «cabezas redondas» abre fuego el 9 de septiembre. Al día siguiente, Cromwell insta a la dudad a que se rinda. Aston se niega. Rechaza dos asaltos. Al tercero, Cromwell con la espada en la mano invade las trincheras irlandesas. Una vez tomada la ciudad, los oficiales ingleses están dispuestos a perdonar la vida a los defensores sobrevivientes. Cromwell se opone y hace pasar a cuchillo a la guarnición entera. Un testigo escribe: «Somos dueños de Drogheda. Hemos matado aquí más de tres mil quinientos irlandeses. Sir Artur Aston está entre ellos. No se ha salvado nadie. Salgo de la iglesia en donde acabo de dar gracias a Dios.»

Matan, aterrorizan, colonizan también. Desde el comienzo de la expedición, el Parlamento vota la atribución de 2 500 000 acres a los «aventureros» ingleses. Guerra de religión, guerra de exterminación, guerra de conquista territorial y agraria: la guerra de Irlanda, dirigida por Oliverio Cromwell es todo esto al mismo tiempo.

Sin embargo, Cromwell no logra doblegar a Irlanda totalmente, y deja el mando a su yerno, Ireton, abandonando la isla en mayo de 1650. El Parlamento le llama ya desde hace algunas semanas, porque el peligro escocés arrecia.

Pero Cromwell, enfermo este invierno, no ha podido responder inmediatamente a la petición de ayuda del Parlamento.

En mayo de 1650, Cromwell desembarca en Bristol. Carlos II, que el 1 de mayo ha firmado con los escoceses el tratado de Breda, más tarde refrendado por el de Heligoland, llega a Escocia y es proclamado rey. El mismo día, Cromwell es nombrado capitán general y comandante en jefe de las fuerzas inglesas y el Consejo de Estado declara la guerra a Escocia.

El 19 de junio, Cromwell entra en Escocia con dieciséis mil hombres. El día anterior ha publicado una proclama que tiende a explicar la ejecución del rey así como «los fines que persiguen los ingleses con la guerra»: defensa de la religión y de la libertad.

Los escoceses practican la táctica de la tierra quemada. Entre Berwik —en la frontera— y Edimburgo se extiende un inmenso vacío; la población ha huido con el ganado, los productos agrícolas han sido incendiados. Una especie de línea fortificada ha sido construida desde Leith a Edimburgo. Cromwell marcha rápidamente sobre Dunbar, en los suburbios de Edimburgo, en donde tiene una importantísima cita con la flota de avituallamiento.

Dándose cuenta de que los ingleses son superiores en número, Cromwell ordena un período de espera y se dedica a machacar las defensas del enemigo. Enemigo al que bombardea con declaraciones como la que dirige a la Iglesia escocesa —el Kirk— en los siguientes términos: «No hagáis recaer sobre vosotros la muerte de inocentes, que se han dejado engañar por las apariencias ofrecidas por el rey y el Covenant. Os lo suplico por las entrañas de Cristo; pensad que es posible que estéis equivocados. Se puede terminar un Covenant con la muerte y el infierno... Os ruego que leáis el capítulo veintiocho de Isaías, del versículo nueve al quince... que el Señor os dé, tanto a vosotros como a nosotros, la inteligencia suficiente para cumplir sus designios...»

El choque entre los dos ejércitos tiene lugar en Dunbar y los escoceses son mucho más numerosos. «Sólo un milagro podría salvarnos», escribirá Cromwell. Y el milagro llega: el comandante en jefe de los escoceses, el general David Leslie, comete el error de desplazarse hacia su izquierda, lo que deja una brecha en su dispositivo. Con perspectiva y la prontitud que le son propias, Cromwell ataca y golpea duramente a los escoceses que se retiran hacia Stirling. Cromwell ocupa Leith y Edimburgo, pero el castillo que domina la ciudad continúa en manos de los escoceses que hacen raids nocturnos contra los ingleses. Allí se acaba la campaña. Cromwell pasa todo el invierno en un castillo escocés, el castillo de Moray.

Los buenos días han vuelto y Cromwell, que no ha logrado atraer a la Iglesia escocesa ni hacer de los presbiterianos buenos puritanos, vuelve a dirigir las operaciones militares contra Leslie y establece una cabeza de puente en la orilla norte del Firth of Forth. Entonces, los escoceses creen que ha llegado el momento de marchar sobre Inglaterra aprovechando el momento en que Cromwell se ha alejado hacia el norte. Este, sin embargo, vuelve a tomar la iniciativa y se lanza a la persecución de los escoceses a marchas forzadas —más de treinta millas diarias—; los alcanza y los aplasta en Worcester, a ciento cincuenta millas de Londres. Aún era tiempo. Gracias a esta estrategia osada y arriesgada, Cromwell ha logrado una victoria completa sobre los escoceses, atraídos al corazón del país enemigo.

Estamos en septiembre de 1651. Unos días después, Cromwell entra en Londres, en donde es acogido como un vencedor y un rey.

* * *

La guerra civil ha sido ganada. Ahora queda consolidar la victoria y naturalmente extenderla en el interior.

«Ahora que el rey ha muerto y vencido su hijo, creo que es necesario organizar la nación» (tbe Settlement of the nation), declara Cromwell a sus amigos.

Los amplios poderes de que disfruta, en este otoño de 1651, le permiten realizar sus designios: además del mando general del ejército, es miembro del Consejo de Estado —los cuarenta y uno que aseguran el poder ejecutivo— y asedia siempre al Parlamento. Es lord lugarteniente de Irlanda, y canciller de la Universidad de Oxford. A todos estos títulos y prerrogativas une el símbolo de la majestad: su casa es la residencia real de Hampton Court.

La primera obra que se propone es la pacificación, el perdón, la amnistía después de tantos años de ludia fratricida. Cromwell se dedica a ello inmediatamente. Hace que se regule la suerte de millares de prisioneros realistas y, sobre todo, prevé la integración dé estas personas en la nación. Este es el contenido del Act of Oblivion. Al mismo tiempo, es preciso eliminar en el interior los viejos vestigios del pasado, por lo que Cromwell entabla la lucha contra ese decadente organismo que continúa adherido a Inglaterra, el Rump Parliement resto irrisorio del Parlamento Largo.

Su disolución (decididamente es una virtud de Cromwell el seguir los mismos pasos que había dado el rey) va a tener lugar en unas condiciones particularmente brutales. Pero hay que decir que este Parlamento de paja cree desde 1651 que va a poder dominar la situación: hace abolir el puesto de lord lugarteniente concedido a Cromwell y suprime igualmente las funciones del mayor-general John Lambert, un amigo muy próximo a Cromwell. Este Parlamento, que intenta hacer trampa, entabla la lucha contra el ejército e intenta, mediante medidas de desmovilización y licenciamiento, desembarazarse de él.

Ello significa sobrevalorar sus propias fuerzas y atraerse la hostilidad de los militares.

Además, el Rump cree tener una idea genial y piensa haber encontrado, con la guerra contra Holanda, un sustitutivo patriótico que hará olvidar a Cromwell, al ejército modelo, y dará la primacía a la marina, menos inquietante, más dócil. La necesidad de reforzar la Navy será además el mejor pretexto para debilitar al ejército. En una palabra, gracias al enemigo holandés —al que los medios comerciales desearían ver en el fondo del mar—, se hará girar la situación política de una forma que agrada a muchos.

En octubre de 1651, el Parlamento vota un Navegation Act que prohíbe la importación de productos extranjeros por medio de buques que no sean de nacionalidad inglesa, salvo que se trate de productos que tengan la nacionalidad de los buques que los transportan. Es un golpe dirigido especialmente contra la marina holandesa, que había tomado un sitio preponderante en la importación de los productos extranjeros a Inglaterra y que, durante toda la guerra civil, había asegurado en gran parte el aprovisionamiento de las islas británicas.

¿Es favorable u hostil Cromwell a este proyecto? Probablemente hostil, aunque no lo demuestra y juega un cierto papel, participando activamente en los preparativos estratégicos. Doblegar el orgullo de la marina holandesa no le agrada ciertamente, pero quizá también piensa que el descontento que esta guerra provoca en el ejército de tierra (la rivalidad entre los distintos ejércitos ha estado siempre viva en Inglaterra) le sirve y provocará el enfrentamiento decisivo con el Parlamento.

En este momento parece que Cromwell sueña en una restauración monárquica y que expresa este pensamiento a lord Witeloke en el curso de un paseo por el parque de Saint James. Parece pensar en el duque de Gloucester, el hijo más joven de Carlos I, que se encuentra prisionero en Inglaterra. A través de esta sugerencia, ¿no estará buscando Cromwell simplemente el «lanzar una pelota de ensayo»?

«¿Y si un hombre se proclamara rey?» —añade.

Pero hay un obstáculo: por irrisorio que parezca, el Parlamento de paja ahora se rebela. El 18 de noviembre de 1651, Cromwell obtiene por cuarenta y nueve votos contra cuarenta y siete que el Parlamento fije un término a su duración. Es una victoria importante, porque el Parlamento decide continuar sus sesiones sólo hasta el 3 de noviembre de 1654: pero aún tiene que soportar tres meses a este Rump. Es demasiado tiempo.

Una tentativa del Parlamento de perpetuarse, haciendo futuras elecciones; es decir, una forma de consolidar la posición del Rump, impulsa a Cromwell a actuar. Estamos en abril de 1653. «No tenéis tiempo que perder», le dicen.

Efectivamente, no pierde el tiempo y, acompañado por un pequeño destacamento de mosqueteros, penetra en el Parlamento. Tiene lugar entonces una escena extraordinaria. Cromwell, que ha tomado asiento entre los diputados, se levanta para pronunciar un discurso que, comenzado con un tono tranquilo y mesurado, se transforma rápidamente en una violenta diatriba, como si la vista de estos parlamentarios hubiera desencadenado de pronto su furor.

«Nada hacéis por el bienestar público, todo por vuestro propio interés —les acusa—. Queréis perpetuaros, pero vuestra hora ha llegado. El Señor termina con vosotros. El Señor me ha guiado y me ha ordenado hacer lo que hago.» Nunca habló Carlos I tan duramente a los parlamentarios. «Marchaos, marchaos; yo voy a terminar con estas habladurías.»

Es la señal. Los mosqueteros, que estaban situados en las puertas, hacen irrupción en las salas: «Vosotros no sois un Parlamento, iros, dejad el sitio libre para gente más digna.»

Una especie de excitación sagrada parece haberse apoderado de Cromwell. Llena la sala con sus gritos, vocifera y golpea el suelo con sus pies. Se dirige a los diputados individualmente.

Interpela al speaker —es decir el presidente de la Asamblea— y le intima a que descienda de su tribuna... «Echadle», grita.

Cromwell no parece ser ya dueño de sus nervios. Una especie de histeria parece haberse apoderado de él y se comporta como si desde hace mucho tiempo tuviera ganas de decir cuatro cosas a esos parlamentarios que después de todo son sus colegas.

Acusa a uno de perseguir a las muchachas, al otro de ser un borracho; adulterio, prevaricación... todos los vicios salen a relucir.

Después de esta crisis, Cromwell parece avergonzarse e intenta justificarse. «Cuando fui a la Cámara, no pensaba que me comportaría de esa forma, pero he sentido el espíritu de Dios tan poderoso dentro de mí que no he podido escuchar ya ni a la carne ni a la sangre.»

Ya no existe nada en Inglaterra, ni rey ni Parlamento. El sitio de estas dos instituciones, un amplio espacio, estaba preparado totalmente para que Cromwell lo ocupara.

Esta acción de Cromwell es acogida favorablemente por la opinión pública. «La disolución del Parlamento —escribe el embajador de Venecia— es considerada con admiración más que con sorpresa y satisface a todos.»

* * *

¿Qué va a hacer Cromwell ahora? Parece dudar en franquear el Rubicón, y su primera preocupación es reclutar una nueva

Asamblea. Una Asamblea ideal, a medida, puesto que estará compuesta, según las listas establecidas, por las Iglesias independientes entre las que el consejo del ejército —Council of the army— elegirá.

El nuevo Parlamento se reúne el 4 de julio de 1653. Constituye el fiel reflejo del puritanismo y no es difícil encontrarle su nombre: la Asamblea de los Santos. Cromwell pronuncia un discurso. En gran parte es una especie de monólogo en el que se deja llevar por una exaltada confesión. La apología de la elocuencia cromwelliana: catorce páginas de gran formato.

La conclusión lleva la exaltación a su culmen: «Confieso que nunca he visto un día comparable a éste, y quizá vosotros tampoco, en el que Jesucristo esté tan presente como lo está hoy, y en esta obra Jesucristo es reconocido hoy por vuestra elección y vosotros le reconoceréis por vuestro deseo de dar testimonio de él... Hoy ha llegado el día del poder de Cristo.»

Esta Asamblea de los Santos, que reemplaza a la anterior, es «al mismo tiempo una especie de congreso y de asamblea constituyente», como se la ha definido.

Sin embargo, aunque la mayoría de estos «santos» vean en Cromwell a un profeta capaz de realizar el reino de Dios en Inglaterra, siempre hay los que son más puritanos que él mismo; y ésos son los «Levellers», que blasfeman y condenan. Ocurre igual con los predicadores anabaptistas, que denuncian a Cromwell como la encamación del pecado y le acusan de favorecer una Iglesia estatal... lo que no impide que el 1 de noviembre de 1653, Cromwell sea elegido miembro del Consejo de Estado, órgano ejecutivo de naturaleza colegiada.

Pero el Parlamento de los Santos no se revela un instrumento tan dócil como Cromwell deseaba. Y los extremistas, bajo el liderazgo de Harrison, terminan por horripilar a Cromwell hasta el punto de hacerle exclamar: «Tengo más enemigos entre los locos que entre los pillos...»

El encanto se ha roto. El mayor-general Lambert se encarga esta vez de la tarea de deshacerse de los «santos». La operación tiene lugar el 12 de diciembre. Aproximadamente es la misma escena que la vez anterior. Lambert llega con sus mosqueteros. Los «santos» se niegan a marcharse. Los mosqueteros les preguntan qué hacen allí. «Buscamos al Señor», les responden. —«Id a encontrarle en otra parte, porque aquí no le hallaréis.» Ese es todo el elogio fúnebre que la soldadesca hace de esta famosa cámara...

«Era la historia de mi locura y de mi debilidad», dirá Cromwell. Cuatro días más tarde, Cromwell es nombrado lord Protector por el Consejo de Estado. Ha alcanzado la cima.

La intención de Lambert y de sus amigos era la de dar el título de rey a Cromwell.

«Ha hecho caer la corona de Cristo y se la ha puesto sobre su propia cabeza», murmuran sus adversarios.

El 12 de diciembre, en el curso de una conversación con este mismo John Lambert, Oliverio Cromwell rechaza la idea de hacerse proclamar rey.

* * *

El título de Lord Protector no es nuevo en la historia de Inglaterra. Ha sido dado ya en 1422 por el Parlamento al duque de Gloucester durante la minoría de edad de Enrique IV. Más tarde, este título, que equivale al de regente, será ejercido por el duque de Somerset durante el reinado de Eduardo VI.

Las atribuciones y los poderes del Lord Protector están limitados en principio por una Constitución, The Instrument of government, establecida por el ejército. Jefe de los ejércitos de tierra y de la marina, el Lord Protector dispone de una lista civil, exactamente igual que el rey, y su persona está protegida por una ley que convierte en crimen de traición toda injuria proferida contra él.

En revancha, los poderes del nuevo monarca son equilibrados por un Parlamento —que, elegido por un período de tres años, debe reunirse al menos cinco veces por año—, y por el Consejo de Estado, nuevo término de la famosa ecuación británica cuya naturaleza hace pensar un poco en el gran Consejo de la República en Venecia.

* * *

Se trata ahora de hacer la paz con Holanda. A pesar de algunas victorias obtenidas por los ingleses, no se ha llegado a ninguna conclusión.

La instauración del protectorado facilita las cosas. Los holandeses envían unos ministros plenipotenciarios a Londres y se logra llegar bastante rápidamente a la redacción de un protocolo de acuerdo, según el cual los dos países se reconocen mutuamente la libertad de navegación. Holanda pagará además una cierta suma para reparar los daños causados a la Compañía de Indias por la guerra. Por otra parte, los barcos de guerra holandeses gozarán de la protección del pabellón británico, al menos en las aguas territoriales de Inglaterra.

Es un triunfo para Cromwell, y su prestigio se ve realzado.

Cromwell restablece las relaciones con varios países que hasta ahora se habían mantenido muy llenos de reservas —por no decir más— con respecto a la revolución inglesa y a su propia persona: Francia, Dinamarca, Portugal, Suecia... Con respecto a este último país se produce una verdadera paradoja: la reina Cristina, que ha favorecido el restablecimiento de buenas relaciones con Cromwell, decide abdicar y hacerse católica...

Una especie de simpático aventurero, Antonio de Borbón, es el primer embajador de Francia cerca del Lord Protector. Había sido enviado al principio bajo un pretexto comercial, con el fin de informar a Mazarino de la evolución de los acontecimientos políticos en Inglaterra.

Pero si las relaciones con Francia continúan un tanto distantes, esto no proviene solamente de las reticencias de Ana de Austria, sino del mismo Cromwell, que no desea una alianza con Francia, sino una especie de neutralidad que impida hacer de esta nación el refugio de los «emigrados» realistas en el continente, al tiempo que le permitirá volverse contra España, el enemigo marítimo y religioso.

Un raid contra los galeones españoles, obtiene un éxito completo. Una vez más, la fortuna de las armas sonríe a Cromwell.

Mientras, termina la «pacificación» de Escocia con éxito, bajo la dirección del general Monk.

* * *

En el interior de Inglaterra Cromwell se dedica a restablecer la paz y, sobre todo, la paz religiosa, que va a conducirle a tomar medidas más liberales de lo que cabía pensar. Los católicos reciben garantías de que no serán perseguidos y se les autoriza para celebrar la misa con la condición de que sea en privado.

. El rito anglicano continúa celebrándose aquí y allá sin que las autoridades intervengan.

Los judíos son autorizados a volver a instalarse en Inglaterra. Se les permite celebrar sus ceremonias en privado y que entierren a sus muertos en un cementerio fuera de Londres.

* * *

¿Cómo vive en este momento este Oliverio Cromwell, este hombre todopoderoso, que reina como un monarca sobre Inglaterra?

En Witehall, o en Hampton Court, vive como un rey, en los muebles de los reyes, con una corte real: guardias de corps con suntuosas libreas, gentileshombres que le rodean, conciertos, banquetes, fiestas... Una especie de Luis XIV, pero más «burgués». ¿Un Luis Felipe entonces? De hecho no es ni lo uno ni lo otro, sino simplemente un personaje ambiguo, muy inglés, que se ríe un poco de sí mismo, pero que recuerda siempre a aquel pedante, vestido descuidadamente, que había hecho el papel de snob en el Parlamento cuando se presentó por primera vez.

Sus placeres favoritos son jugar a los bolos, cazar y... casar a sus hijas.

Pero al mismo tiempo prohíbe en Inglaterra las carreras de caballos y las peleas de gallos. El adulterio y el incesto serán juzgados como crímenes. El duelo está prohibido.

A imagen de sus predecesores reales, Cromwell gobierna sin Parlamento. ¿Hasta cuándo?

La nueva Constitución ha fijado las elecciones para el verano de 1654. El nuevo Parlamento ofrece mucha semejanza con el Parlamento Largo, a excepción de que los realistas son un pequeño número.

Cromwell dispone de una mayoría confortable, pero, como en anteriores ocasiones, desde que los parlamentarios se encuentran reunidos todo su comportamiento político se modifica en función de la idea misma de poder y autoridad que se hacen del Parlamento. Realmente, ¿no tienen ninguna forma de revancha sobre el ejército que hace tan poco caso de sus privilegios e incluso de su dignidad?

La sesión de apertura tiene lugar en Westminster, el 3 de septiembre de 1654. Es el aniversario de la batalla de Dunbar. Pero además también es domingo. El mayor general Lambert, al que se había confiado la misión de poner término brutalmente al anterior Parlamento, forma parte de los nuevos elegidos.

Como lo hacía en otro tiempo el rey, Cromwell llega al Parlamento en carroza. A su lado, Henry, su segundo hijo, y, precisamente, Lambert. El embajador de Francia anota que «el Lord Protector va muy modestamente vestido».

En su discurso, mucho más equilibrado que los que ha pronunciado en otra época en la tribuna del Parlamento, Cromwell se dedica a defender y justificar el «Protectorado» y critica a los extremistas puritanos, los Niveleurs particularmente, a quienes acusa de querer llevar a la nación al caos económico. «Cicatrización y estabilización» tal es el programa que, según dice ahora, tiende a asegurar la «felicidad» de la nación. Como vemos, el lenguaje de Cromwell ha cambiado un poco.

El Parlamento reacciona bastante fríamente. Y lo que es aún más grave, las diferentes hogueras de agitación anticromwel— lianas se reaniman en todo el país como fuegos mal apagados atizados por el soplo de la oposición al régimen.

El propio ejército parece atacado por la gangrena. En esta época se establecen ciertos contactos entre algunos jefes del ejército y los Niveleurs. Estos últimos tienen adeptos en altos cargos, como el almirante John Lawson, que manda una flota dispuesta a levar anclas rumbo a las Antillas y que es un Leve— 11er convencido.

Por otra parte, Cromwell estima entonces que no es el momento de enfrentarse directamente al Parlamento. Así pues, adopta con respecto a él una actitud aparentemente deferente, ofreciendo por ejemplo a los diputados el tenerles al corriente de ciertas decisiones militares y, sobre todo, de las expediciones navales que se están preparando.

El Parlamento declina la proposición por razones de secreto militar, pero el gesto ha sido apreciado.

En este período de tiempo, sufre Cromwell un accidente que hubiera podido serle fatal. Cuando conducía él mismo en Hyde Park una carroza de seis caballos, éstos se desbocan y hacen caer a Cromwell quien en la caída está a punto de morir por el disparo de una pistola que llevaba consigo y que se dispara sola.

Este accidente le sirve para sus designios: la posibilidad de su desaparición, con toda la incógnita que ello comporta para el futuro, hace reflexionar a los parlamentarios. Pero esta calma, rota para Cromwell por la muerte de su madre, sólo va a ser de corta duración.

Un consejo de oficiales del ejército, reunido el 29 para disolver unas querellas que envenenan las relaciones entre el ejército y la marina, ha despertado temores y sospechas en el Parlamento, donde se teme un nuevo putsch militar. Se evoca el fantasma de la disolución.

El Parlamento va a reanudar su ofensiva con el fin de apoderarse del control de las fuerzas armadas. Cromwell refuerza la guarnición de la Torre de Londres.

En enero de 1655, el Parlamento se hace cada vez menos manejable y, pronto, Cromwell se encuentra con el mismo problema que sus predecesores reales: el Parlamento se hace rogar para votar subsidios, especialmente los destinados al ejército. No solamente intenta este Parlamento —que cada vez se toma más en serio su tarea— ejercer, con el presupuesto militar, un cierto control sobre el ejército, sino que interviene varias veces en el campo religioso, en un sentido que no agrada a Cromwell: el de la intolerancia y la persecución.

Las mismas causas y los mismos efectos: Cromwell, fatigado, decepcionado, exasperado por este Parlamento, se ve obligado nuevamente a comportarse como Carlos I, cuyo fantasma decapitado parece tomar su revancha póstuma. Va a intentar gobernar solo.

* * *

En 1655 la dictadura de Cromwell es absoluta. Un Cromwell enfermo, víctima además de la malaria. Un Cromwell célebre, elogiado por los más grandes y al que el sultán de Marruecos ha enviado un león vivo. Momento que, a pesar de todo sólo es de espera para este hombre áspero, combativo, vengativo, vencedor nato, que vive como los soberanos de otros países, fumando su pipa y jugando a los bolos en Hampton Court, el Versalles de las orillas del Támesis.

No faltan complots, pero son descubiertos siempre gracias a la vigilancia de John de Thurloe, el Fouché de este régimen.

El país está controlado cuidadosamente por el ejército, que será siempre el principal apoyo de Cromwell, jefe militar ante todo. Soldado de Dios, pero primero soldado: fanático cruzado del mundo cerrado de las islas británicas.

La falta de dinero, más acusada por las necesidades de la guerra contra España, obliga nuevamente a Cromwell a reunir el Parlamento. Bien, pero que al menos sea uno nuevo. ¿Será mejor que los anteriores?

Las elecciones son organizadas por el ejército que gobierna de hecho todo el país, por medio de los mayores-generales. Menos de la mitad de los miembros del Parlamento anterior resultan elegidos esta vez. En cambio, son elegidos todos los generales en jefe de las regiones, excepto uno.

Después del Parlamento —comparsa del de los Santos—, ya tenemos aquí el Parlamento de los generales. Y Cromwell se presenta ante ese Parlamento: en un cálido día de septiembre, rodeado de sus principales consejeros militares, vuelve a este recinto que tantos recuerdos le trae de un pasado que ahora parece cada vez más irreal; hasta tal punto han cambiado las cosas y los hombres...

Hay un nuevo discurso de Cromwell lleno de elocuencia. Aún están —aunque no se sabe por cuánto tiempo— en la luna de miel.

Para comenzar, el Parlamento, aparentemente lleno de alegría por las noticias de la victoria lograda sobre la flota española, vota un presupuesto especial de cuatrocientas mil libras para pagar la guerra contra Su Majestad Católica.

Sin embargo, las cosas van a ponerse mal rápidamente. La ocasión la produce el asunto de James Naylor, un cuáquero que ha recorrido Bristol a lomos de un caballo, proclamando que «Cristo estaba dentro de él». Detenido por algunos fanáticos, el Parlamento decide que no hay ley suficiente para castigar a este blasfemo y castigar severamente al iluminado, a pesar de los consejos de clemencia prodigados por el enviado directo de Cromwell.

Este asunto, al parecer sin importancia, va a tener sus consecuencias: va a oponer el Parlamento al Ejecutivo y, por otra parte, va a incitar a Cromwell a pensar que sus poderes de Lord Protector no son suficientes y que quizás ha llegado el momento en que es necesario sustituirlos por los de la realeza. En efecto, Naylor va a ser condenado a ser flagelado y marcado a fuego, sin que Cromwell pueda impedir este acto de crueldad, fruto de una intolerancia religiosa que él personalmente aborrece y que reprocha a los miembros del Parlamento en una carta de protesta dirigida a los Comunes, en la que muestra su indignación por el hecho de que este asunto haya sido juzgado sin su consentimiento.

Por esto, en esta época, cada vez presta más oído a los amigos que le invitan a hacerse rey.

Esta «crisis» de conciencia de Cromwell tiene lugar en medio de una situación agitada —romántica por así decir— que Cromwell resumirá en estas palabras: «He pasado los últimos años de mi vida en el fuego»; ¿fuego del peligro?, ¿fuego del infierno? De momento, Cromwell, al que sólo quedan dos años de vida, es amenazado constantemente: los complots se suceden unos a otros. Es necesario alejar a los realistas conocidos de Londres, es preciso reforzar las guarniciones, porque todo puede pasar.

El 25 de marzo, el Parlamento decide, por una aplastante mayoría en la votación —dos contra uno—, una resolución invitando a Cromwell a que acepte el título de rey. Pide que le dejen reflexionar. Después cae enfermo. ¿Enfermedad diplomática? No, una verdadera enfermedad, un nuevo acceso de fiebre. En todo caso, va a ser un nuevo plazo de tiempo durante el cual Cromwell pensará y reflexionará ardientemente. Un día, acepta; al siguiente, rechaza. Finalmente decide declinar el ofrecimiento del Parlamento. Estamos en mayo de 1657.

Esto ocasiona una gran alegría entre los puritanos, entre todos los viejos cromwellianos, los que en la época heroica han combatido menos contra el rey que contra el principio del poder real.

El 26 de junio de 1657, los poderes de Cromwell son confirmados. Hermosa ceremonia en Westminster: Cromwell está sentado sobre el trono de Escocia, bajo un dosel real; sobre una mesa colocada ante él y recubierta de terciopelo rosa están la Biblia, una espada y un cetro de oro...

La guerra contra España alcanza su punto máximo. Cromwell prepara además una expedición que llevará socorro a Carlos X de Suecia, que se encuentra frente a una coalición en la que se agrupan el Papa, el Emperador, los rusos, los polacos y los holandeses. Así pues, Inglaterra, que necesita para su marina la madera de las regiones nórdicas, no puede permitir que nadie ejerza una hegemonía sobre el Báltico. Pide a Carlos X, como compensación por su apoyo, la cesión de la ciudad de Breme, que sería una base eventual para unir a los príncipes protestantes alemanes con vistas a una cruzada contra las potencias católicas.

Pero la guerra contra España absorbe la mayor parte de las fuerzas de que dispone Inglaterra, y la ayuda a Carlos X, que consigue vencer la coalición, es mínima.

Mientras, la salud de Cromwell deja mucho que desear. Se pasa el mes de agosto prácticamente en su cama, en Hampton Court.

Aparecen complicaciones: catarro, gripe intestinal, fiebre... Cromwell está muy desmejorado cuando preside la vuelta del Parlamento, en enero de 1658.

En febrero de 1658 Suecia y Dinamarca firman la paz en Roskilde, gracias en buena parte a la mediación británica.

En junio, la caballería británica logra ganar a los españoles la batalla de Dunes, y Dunkerque es entregado a los ingleses por Luis XIV que acaba de renovar con ellos su alianza contra

España. Se trata de un puesto avanzado en Europa, que Cromwell deseaba ardientemente y que consideraba como una revancha por la pérdida de Calais, de la que hacía responsable a la reina María Tudor. Curiosa alianza de un hombre cansado, enfermo, enfrentándose con el más esplendoroso, el más absoluto de los monarcas franceses.

La salud de Cromwell declina cada vez más: ya no puede dormir sin usar soporíferos. Y, además, las cajas están vacías. La guerra contra España y el mantenimiento del orden en Irlanda y en Escocia, la campaña en las Antillas, todo eso, cuesta mucho dinero.

Y sobre todo, los realistas siguen ahí, y Cromwell les oye respirar y relinchar a las puertas mismas de su imperio. Un cuerpo expedicionario formado por Carlos II espera en los Países Bajos a que llegue el momento favorable. En esta misma época, Cromwell se siente herido dolorosamente por la muerte de su hija Elisabeth de cáncer. El mismo está muy enfermo: la gota y un poco de todo. Ni siquiera puede asistir a los funerales de esta hija a la que tanto amaba.

A finales de agosto, le llevan de Hampton Court a Londres, en donde, según dicen los médicos, el aire le será más favorable... Sin embargo, su estado se agrava rápidamente. Pierde la consciencia. El final está cerca. Muere la tarde del 3 de septiembre de 1658, a la edad de 59 años.

* * *

Muerte total y derrota absoluta. El cuerpo de Cromwell fue inhumado en la Westminster Abbey, en la capilla de Enrique VII, cerca de su hija Elisabeth Claypole. Hasta el 23 de noviembre no tienen lugar los funerales oficiales: la efigie del dictador, llevando una corona imperial revestida de piedras preciosas, fue paseada con pompa real a través de todo Londres, escoltada por nueve mil personas que participaban en el duelo.

Sin embargo, el tesoro del reino estaba vacío hasta tal punto que su hijo, Richard, al que Cromwell había nombrado y hecho reconocer como su sucesor, tuvo que dedicar una parte de su corto paso por el poder a encontrar dinero para pagar los funerales de su padre.

Pero Richard era demasiado débil e incapaz para continuar ese camino hacia la monarquía que su padre le había ido abriendo.

A principios de 1660, el general Monk, con la ayuda de los escoceses, restaura la monarquía de los Estuardo. Una misión gubernamental va a buscar al pretendiente a Holanda. Carlos II, acompañado por los duques de York —el futuro Santiago II— y de Gloucester, desembarca en Douvres. Llega a Londres en medio del clamor de una inmensa muchedumbre.

Se produce entonces la venganza. Los «regicidas» son juzgados. Samuel Pepys dice en su Diario, el 13 de octubre de 1660: «He ido a Charing Cross para ver colgar al mayor Harrison; el mayor parecía estar de tan buen humor como puede estarlo un hombre en tales circunstancias. Le cortaron en trozos y presentaron su cabeza al pueblo, que dio grandes gritos de alegría. De esta forma, la suerte ha querido que haya visto decapitar al rey en Witehall y, ahora, en Charing Cross, cómo corre la primera sangre para vengarle.» Y unos días más tarde: «Acabamos de pasar dos semanas sangrientas. Diez personas por lo menos han sido colgadas y despedazadas.» Finalmente, el 4 de diciembre de 1660: «Hoy, el Parlamento ha votado un edicto, según el cual los cadáveres de Oliverio Cromwell, Ireton, Bradhasw, etcétera, serán sacados de sus tumbas, en Westminster, trasladados a la horca, colgados y enterrados.

»Encuentro triste que un hombre tan valeroso sufra un deshonor tan grande, incluso considerando que en cierta forma lo ha merecido.»

Claude Couband