EPÍLOGO
Poco antes de volver a la ciudad, recibí una llamada. Pese a no haber terminado el curso en el Miami Ad School, los directores de una agencia de publicidad en busca de nuevos creativos estudiaron mi caso, vieron el portafolio que había conseguido enviar a tiempo y me llamaron para ofrecerme un puesto de trabajo, con la condición de que asista a clase por las tardes durante unos meses y obtenga mi titulación. Va a ser cierto eso de que, cuando se cierra una puerta, se abre una ventana. Dentro de cuatro días empiezo a trabajar en BBDO como Creativo Junior.
Empieza a llegar el frío helado de noviembre, en mi iPod suena ‘Let In The Sun’ de Take That y voy bajando la Avenida Broadway en dirección a Union Square. Allí he quedado con Mike para que me devuelva unos libros que se me quedaron en el apartamento de Brooklyn. Él ha seguido viviendo allí estos tres meses desde que regresamos de Norwalk y yo me he mudado definitivamente al ático de Chelsea con Óscar. No puedo decir que Mike y yo seamos amigos, porque hemos acordado no tener mucho contacto hasta que la situación haya reposado con el tiempo, pero tampoco somos una de esas ex parejas que se odian y se critican entre ellos, creando batallas con todos los amigos comunes de por medio. El presente es el que es, en el futuro, ¿quién sabe? Igual volvemos a estar juntos, igual no. Tampoco es algo en lo que ocupe mi tiempo, de nada serviría pensar en eso.
De allí, me iré directo al aeropuerto en taxi porque hoy regresa Sussan de Norwalk con David y el recién nacido Eliah. Alex ha agotado sus días de vacaciones así que me toca a mí ir encantado a recoger y acompañar de vuelta a casa a su familia. Eliah nació hace un mes y, como ya ocurrió con David, mi madre enseguida empezó a mirar vuelos a Nueva York para poder venir cuantas veces le sea posible a ayudar a Sussan, aunque sabe que esta vez ya sabrá manejarse sola.
La relación con mi padre cada día es mejor, aunque su salud sigue el camino contrario. Después de varias pruebas y segundas opiniones, le han vuelto a confirmar que su enfermedad no es operable porque las posibilidades de sobrevivir son muy escasas. Estamos concienciándonos de que igual no le queda mucho tiempo y, cuando llegue ese día, se que volveré a sufrir. Pero, como él mismo me dijo, al menos esta vez es algo que estamos viendo venir y, aunque será uno de los peores días de mi vida, no será algo que ocurra sin más, sin avisar. Él intenta cuidarse, pero también es consciente de que su corazón se debilita lentamente, por lo que ha continuado mi consejo de vivir cada día intensamente y, aunque no nos vemos tanto como quisiera, estoy cumpliendo su deseo de volver a Nueva York, esperando y deseando que, una vez más, ocurra lo imposible. Si por mi fuera, volvería a Norwalk; pero no quiero ir en contra de sus exigencias. No quiere que yo pierda esta oportunidad de ser algo en la vida.
Poco antes de llegar a Union Square, me cruzo con un chico que carga unas cuantas cajas de naranjas en dirección a la frutería. Nuestras miradas se cruzan, tropieza y se le caen al suelo. Sonríe avergonzado y yo le devuelvo la sonrisa. Me agacho a recoger un par de frutas que han rodado hasta mis pies y las meto en una de las cajas. Me acuerdo de cómo se conocieron mis padres, soy consciente de la casualidad y me doy cuenta de que esto podría ser el inicio de una nueva historia; aunque decido seguir caminando y dejarla pasar. No estoy preparado para conocer a nadie nuevo, pero esta pequeña anécdota me confirma que da igual estar solo, porque soy joven y el mundo está lleno de personas con las que crear nuevas historias, nuevas aventuras. Dejar atrás a Mike no es el fin de la vida, sólo es el fin de una era. Y ahora comienza otra, otra en la que vuelvo al inicio, en la que empiezo a escribir en una página en blanco aquello que se me antoje.
Por eso continuaré haciendo lo que mejor se me da: levantarme y seguir caminando. Porque de eso se trata, al fin y al cabo; de avanzar sin pausa a través de la vida aprovechando el tiempo que nos ha sido prestado, impidiendo que las derrotas sufridas en algunas batallas nos nublen el juicio y nos dificulten ver más allá del problema. Avanzar aunque el miedo sea tan grande que el cuerpo se paralice y las piernas tiemblen, aunque cueste respirar, aunque el mundo parezca venirse abajo a nuestro alrededor. Avanzar confiando en que merecerá la pena tanto esfuerzo, tantas derrotas, tantos intentos. Y teniendo la firme convicción de que, como dije una vez, somos los dueños de nuestras vidas, los que tomamos las decisiones que nos sitúan en momentos y lugares que definirán lo que haremos y seremos en el futuro.
Y es que nuestra existencia depende de cada momento que vivimos, de cada vez que empezamos de nuevo a intentarlo, de cada día que tenemos la suerte de poder estar aquí y usarlo como queramos. Días en los que las cosas salen bien y días en los que salen mal. Días y más días intentando no mirar atrás. Días en los que el fantasma desaparece y días en los que no quiere marcharse. Días y más días intentando no mirar demasiado hacia delante. Días en los que salgo a flote y días en los que vuelvo a hundirme. No sabemos lo que ocurrirá cada día pero no importa; siempre que sepamos que, cada vez que sale el sol, tenemos un día más para hacer con él lo que nos venga en gana y aprovecharlo al máximo. Da igual que ocurran cosas buenas o malas, porque, pase lo que pase, estamos vivos. Estamos. Y, mientras estemos, siempre podremos empezar de nuevo y darnos cuenta de que la felicidad no se busca, simplemente se vive; en cada mirada, en cada gesto, en cada sonrisa y en cada momento que la sentimos, aunque sea fugazmente. Ahora mismo no soy feliz, pero sé que este sol que asciende frente a mis ojos me está dando la oportunidad de serlo o, por lo menos, de intentarlo. Y, si no lo consigo, mañana u otro día quizás sí, porque nunca es tarde para cumplir sueños, nunca es tarde para hacer lo que deseas, nunca es tarde para convertirte en lo que quieres ser, nunca es tarde para ser feliz. Nunca es tarde para vivir.
FIN