Durante un mes y un día siguió el camino real que conducía a la orilla del mar Occidental. Y allí, una tarde, llamó con fuertes golpes a la puerta de la casa más rica de una ciudad floreciente.
—No quiero ver a nadie que no sea el dueño de la casa —declaró orgullosamente a los asustados servidores—. ¡Mi viaje es asunto del rey!
Fue inmediatamente conducido a una habitación y ante él trajeron al dueño de la casa, recién despertado de su sueño y parpadeante.
—Tú eres Pak-Chung-Chang, el ciudadano principal de esta villa —dijo Yi-Chin-Ho en el tono más severo—. Vengo aquí por un asunto real.
Pak-Chung-Chang se puso a temblar, sabiendo que los asuntos reales son siempre de temer. Sus rodillas se entrechocaban y estuvo a punto de desplomarse.
—Es tarde —dijo estremeciéndose—. No sería mejor…
—¡Los asuntos del rey jamás esperan! —tronó Yi-Chin-Ho—. Ven conmigo a algún sitio en donde estemos solos, ¡pronto! Debo hablar contigo de un asunto importante. ¡Es un asunto real! —añadió con aire todavía más terrible; tanto, que a Pak-Chung-Chang se le cayó de los débiles dedos la pipa de plata, que resonó en el suelo.
—Has de saber —declaró Yi-Chin-Ho una vez se hubieron retirado solos— que el rey padece una enfermedad, una terrible enfermedad. A su médico privado, por no haberlo conseguido curar, ni más ni menos que le han cortado la cabeza. Numerosos médicos han llegado de las ocho provincias para asistir al monarca. Reunidos en consulta, los sabios personajes han decidido que no hay otro remedio para el rey que una nariz, una nariz de determinado género, de una especie nasal muy particular.
»Yo fui llamado entonces por un gran personaje, nada menos que el primer ministro de Su Majestad. Me puso en la mano un papel en el que los médicos de las ocho provincias habían dibujado una nariz de una especie muy rara; dibujo cuya autenticidad venía certificada por el sello del Estado.
»—Ve —me dijo Su Excelencia el primer ministro—. Ve a buscar ese apéndice nasal, pues la enfermedad del rey es penosa. Y dondequiera que encuentres una nariz así en un rostro humano, córtala enseguida y tráela a toda prisa a la corte, porque es preciso curar al rey. Ve y no vuelvas sin haber conseguido encontrarla.
»—En eso, emprendí la búsqueda —declaró Yi-Chin-Ho—. He recorrido los rincones más lejanos del reino, he recorrido los ocho grandes caminos, registrado las ocho provincias y explorado los mares de las ocho costas. ¡Y aquí estoy!
Sacó de su cintura un papel con mucha ostentación, lo desenrolló con muchos roces y crujidos y lo presentó a Pak-Chung-Chang para que lo inspeccionara.
Cuando éste contempló el dibujo, los ojos se le salían de las órbitas.
—Jamás he visto un tipo de nariz así… —comentó.
—Tiene una verruga encima —le hizo observar Yi-Chin-Ho.
—No he visto nunca… —repitió Pak-Chung-Chang.
—Trae a tu padre ante mí —interrumpió severamente Yi-Chin-Ho.
—Mi muy anciano y muy venerable padre está ahora durmiendo —objetó Pak-Chung-Chang.
—¿Por qué disimulas? —preguntó Yi-Chin-Ho—. Sabes perfectamente que esa es la nariz de tu padre. Tráelo ante mí para que pueda cortársela e irme. Date prisa si no quieres que informe sobre ti desfavorablemente.
—¡Piedad! —gritó Pak-Chung-Chang cayendo de rodillas—. ¡Es imposible, imposible! ¡No puede bajar a la tumba sin su nariz! Sería objeto de burla, el hazmerreír de todos, y mis días y mis noches se llenarían de dolor. ¡Oh! ¡Reflexionad! Decid que en vuestras peregrinaciones no habéis encontrado un modelo de nariz así. ¡Vos también tenéis un padre!
—Tus lloros me ablandan extrañamente el corazón —dijo Yi-Chin-Ho—. Yo también practico la piedad filial y respeto a mi padre. Pero…
Vaciló, y añadió después como si pensase en voz alta:
—¡Me costaría la cabeza!
—¿Y en cuánto estimáis el precio de vuestra cabeza? —preguntó Pak-Chung-Chang en voz baja y discreta.
—Es una cabeza que no tiene nada de extraordinario —dijo Yi-Chin-Ho zalamero—. Una cabeza absurdamente banal. ¡Pero soy tan bestia que no la valoro en menos de cien mil yens!
—¡Asunto concluido! —zanjó Pak-Chung-Chang levantándose.
—Necesitaré caballos para transportar el tesoro —dijo Yi-Chin-Ho— y hombres que lo custodien al atravesar las montañas. Hay ladrones sueltos en este país.
—Hay ladrones sueltos en este país, es verdad —repitió Pak-Chung-Chang con melancolía—. Pero se harán según vuestros deseos con tal de que la nariz de mi anciano y muy venerable padre permanezca en el sitio que le fue asignado.
—No hables a nadie de este incidente —recomendó Yi-Chin-Ho—. De no ser así, podrían venir otros servidores más leales que yo a cortar la nariz de tu padre.
Y así fue cómo Yi-Chin-Ho se puso en camino a través de las montañas, ligero de corazón y cantando alegremente al escuchar las campanillas de sus caballos cargados de oro.
Y no queda mucho que añadir.
Yi-Chin-Ho prosperó con los años. Gracias a sus esfuerzos, el carcelero acabó por obtener el puesto de director jefe de las prisiones de Chosen. Con el tiempo, el gobernador marchó a la Ciudad Santa para desempeñar las funciones de primer ministro del rey.
Pero Pak-Chung-Chang se hundió en la melancolía. A partir de ese día, movía la cabeza y se le llenaban los ojos de lágrimas cada vez que veía la costosa nariz de su muy anciano y muy venerado padre.