CAPÍTULO 20

La petición de lord Voldemort
A primera hora del lunes, Harry y Ron salieron de la enfermería completamente recuperados gracias a los cuidados de la señora Pomfrey. Ya podían disfrutar de las ventajas de la fractura de cráneo y el envenenamiento, respectivamente, y la mejor de ellas era que Hermione volvía a ser amiga de Ron. Los acompañó a desayunar y les comunicó que Ginny se había peleado con Dean. El monstruo que dormitaba en el pecho de Harry alzó la cabeza olfateando el aire, expectante.
—¿Por qué se han peleado? —preguntó el muchacho con fingida indiferencia mientras enfilaban un pasillo del séptimo piso.
El pasillo estaba vacío salvo por una niña muy pequeña que examinaba un tapiz de trols con tutú. Al ver que se acercaban unos estudiantes de sexto año, la chiquilla puso cara de miedo y dejó caer la pesada balanza de bronce que sostenía.
—¡No pasa nada! —dijo Hermione con amabilidad, y corrió a ayudarla—. Mira… —Dio unos golpecitos con su varita en la balanza rota y pronunció—: ¡Reparo!
La niña ni siquiera le dio las gracias y se quedó muy quieta cuando ellos pasaron por su lado. Ron volvió la cabeza y la miró.
—Os juro que cada vez son más pequeños —comentó.
—Déjala —repuso Harry con impaciencia—. Hermione, ¿por qué se han peleado Ginny y Dean?
—Parece ser que Dean se estaba riendo del golpe que te dio McLaggen con esa bludger.
—Debió de ser gracioso —dijo Ron.
—¡No fue nada gracioso! —saltó Hermione—. ¡Fue horrible, y si Coote y Peakes no hubieran cogido a Harry, podría haber resultado gravemente herido!
—Sí, ya, pero no había necesidad de que Ginny y Dean cortaran por eso —dijo Harry procurando sonar despreocupado—. ¿O siguen saliendo juntos?
—Sí, siguen saliendo. Pero ¿por qué te interesa tanto? —preguntó Hermione mirándolo con recelo.
—Es que no quiero que haya problemas en el equipo de quidditch —se apresuró a contestar, y sintió un gran alivio cuando detrás de ellos una voz exclamó:
—¡Harry!
—¡Hola, Luna! —Ya tenía una excusa para darle la espalda a Hermione.
—He ido a verte a la enfermería —dijo Luna mientras rebuscaba en su mochila—, pero me han dicho que ya habías salido… —Le fue pasando una serie de extraños objetos a Ron: una especie de cebolla verde, un gran sapo con manchas y una buena cantidad de una cosa que parecía arena higiénica para gatos; por último sacó un rollo de pergamino bastante sucio y se lo tendió a Harry—. Me han pedido que te dé esto.
Era un rollo pequeño que Harry reconoció enseguida: otra invitación para una clase particular con Dumbledore.
—Será esta noche —informó a sus amigos cuando lo hubo leído.
—¡Te felicito por tu comentario del partido! —le dijo Ron a Luna mientras ella recuperaba la cebolla verde, el sapo y la arena higiénica.
Luna esbozó una vaga sonrisa.
—Te burlas de mí, ¿verdad? Todos dicen que lo hice muy mal.
—¡No, lo digo en serio! ¡No recuerdo haberlo pasado tan bien con ningún otro comentarista! ¿Qué es eso, por cierto? —añadió, cogiendo aquella especie de cebolla. Se la acercó a los ojos.
—Es un gurdirraíz —contestó Luna, y se guardó la arena higiénica y el sapo en la mochila—. Quédatelo si quieres, tengo algunos más. Son excelentes para protegerse contra los plimpys tragones.
Y se marchó. Ron sonrió de oreja a oreja con el gurdirraíz en la mano.
—¿Sabéis qué os digo? Que Luna empieza a gustarme —dijo mientras los tres echaban a andar hacia el Gran Comedor—. Ya sé que está loca, pero la suya es una locura… —Se calló bruscamente al ver a Lavender Brown plantada al pie de la escalinata de mármol, con aspecto de estar muy enfadada—. ¡Hola! —murmuró con apuro cuando llegaron ante ella.
—¡Vamos! —le dijo Harry a Hermione por lo bajo, y siguieron andando, aunque oyeron cómo Lavender preguntaba: «¿Por qué no me dijiste que hoy te daban el alta? ¿Y por qué estabas con ella?»
Ron llegó a la mesa del desayuno media hora más tarde y bastante malhumorado, y aunque se sentó con Lavender, Harry no vio que se dirigieran la palabra en todo el rato. Hermione se comportaba como si no se diese cuenta de nada, pero en un par de ocasiones Harry le detectó una misteriosa sonrisita en los labios. Ella estuvo de muy buen humor el resto del día, y por la noche, en la sala común incluso consintió en repasar (o mejor dicho, en terminar de componer) la redacción de Herbología de Harry, cuando hasta ese momento se había negado en redondo porque sabía que luego él se la dejaría copiar a Ron.
—Te lo agradezco, Hermione —dijo Harry, palmeándole la espalda mientras consultaba su reloj de pulsera; eran casi las ocho en punto—. Mira, tengo que darme prisa si no quiero llegar tarde a la clase con Dumbledore…
Hermione no contestó y se limitó a tachar una de las frases más flojas con cara de hastío. Harry, sonriente, salió a toda prisa por el hueco del retrato y se dirigió hacia el despacho del director. La gárgola se apartó al oír mencionar las bombas de tofe y Harry se dio prisa en la escalera de caracol subiendo los escalones de dos en dos. Llamó a la puerta en el preciso instante en que, dentro, un reloj daba las ocho.
—Pasa —dijo Dumbledore, pero cuando el muchacho fue a empujar la puerta, ésta se abrió desde el interior. Allí estaba la profesora Trelawney.
—¡Ajá! —exclamó la bruja, señalando con dramatismo a Harry mientras parpadeaba tras sus lentes de aumento—. ¡Así que éste es el motivo de que me eches de tu despacho sin miramientos, Dumbledore!
—Mi querida Sybill —repuso Dumbledore con leve exasperación—, no se trata de echarte sin miramientos de ningún sitio, pero Harry tiene una cita, así que, francamente, creo que no hay más que hablar…
—Muy bien —dijo la profesora, dolida—. Si te resistes a desterrar a ese jamelgo usurpador… quizá yo encuentre un colegio donde se valoren más mis talentos…
Apartó a Harry de un empujón y desapareció por la escalera de caracol; la oyeron dar un traspié hacia la mitad de ésta y Harry dedujo que había tropezado con uno de los chales que siempre llevaba colgando.
—Por favor, cierra la puerta y siéntate, Harry —dijo Dumbledore con voz cansada.
Al sentarse en su sitio habitual —delante de la mesa del director—, Harry se fijó en que el pensadero volvía a estar en la mesa y que al lado de la vasija había dos botellitas de cristal llenas de recuerdos que se arremolinaban.
—¿La profesora Trelawney todavía no ha digerido que Firenze enseñe en el colegio? —preguntó.
—No, aún no —respondió el director—. En verdad, la Adivinación me está causando más problemas de los que habría podido prever si me hubiese interesado por esa disciplina. No puedo pedirle a Firenze que vuelva al Bosque Prohibido, donde ahora es un marginado, ni pedirle a Sybill Trelawney que se marche. Entre nosotros, ella no tiene idea del peligro que correría fuera del castillo. Verás, la profesora no sabe que fue ella quien hizo la profecía acerca de ti y Voldemort, y creo que no sería sensato revelárselo. —Lanzó un hondo suspiro y agregó—: Pero ahora no nos interesan mis problemas de personal. Tenemos asuntos más importantes que tratar. Bien, ¿has realizado la tarea que te encargué?
—¿La ta…? Sí, claro… —dijo Harry, pillado en falta. Entre las clases de Aparición, el quidditch, el envenenamiento de Ron, el golpe en la cabeza y su empeño en averiguar qué tramaba Malfoy, Harry casi se había olvidado de que tenía que sonsacarle aquel recuerdo al profesor Slughorn—. Sí, se lo pregunté después de la clase de Pociones, señor, pero… no quiso decirme nada.
Hubo un breve silencio.
—Entiendo —dijo Dumbledore mirándolo por encima de las gafas de media luna (el muchacho sintió que lo estaban examinando con rayos X)—. Y crees que te has esforzado al máximo para cumplir esa tarea, que has puesto en práctica tu considerable ingenio y recurrido a toda tu astucia en la búsqueda de ese recuerdo, ¿no?
—Bueno… —Harry no sabía qué decir. En ese momento su único intento de recuperar aquel recuerdo parecía ridículo—. Es que… el día que Ron se bebió el filtro de amor por error, yo lo llevé al despacho del profesor Slughorn. Creí que a lo mejor, si conseguía poner de buen humor al profesor…
—¿Y dio resultado? —inquirió Dumbledore.
—Pues… no, señor, porque Ron se envenenó y…
—… eso, como es lógico, hizo que te olvidaras de lo que te había pedido. Era de esperar, dado que tu mejor amigo se hallaba en peligro. Sin embargo, cuando se confirmó que el señor Weasley se recuperaría, me habría gustado que prosiguieses con la misión que te asigné. Creí que habías comprendido cuán trascendental es ese recuerdo. En nuestro anterior encuentro puse especial empeño en recalcarte que es el más valioso y que sin él perdemos el tiempo.
La vergüenza que Harry sentía se materializó en una sensación de calor y picor que le fue descendiendo desde la coronilla hasta los pies. Dumbledore, que no había elevado el tono, ni siquiera parecía enfadado, pero Harry habría preferido que le hubiera gritado, pues esa frialdad y su expresión de decepción eran peores que cualquier otra cosa.
—No crea que no me lo tomo en serio, señor —dijo abochornado—. Es que tenía otras cosas…
—Otras cosas en la cabeza —terminó Dumbledore—. Entiendo.
Volvieron a quedarse callados. Aquel silencio, el más desagradable que Harry había experimentado en presencia del director, pareció prolongarse eternamente, sólo interrumpido por los débiles ronquidos del retrato de Armando Dippet colgado detrás de Dumbledore. Harry tenía la extraña sensación de haberse encogido un poco.
Cuando no pudo soportarlo más, dijo:
—Lo siento mucho, profesor. Debí haberme esforzado. Debí darme cuenta de que usted no me lo habría pedido de no ser algo realmente importante.
—Te agradezco esas palabras, Harry —repuso Dumbledore con voz queda—. Así pues, ¿puedo confiar en que a partir de ahora le darás prioridad? No tendría mucho sentido volver a reunirnos si no conseguimos ese recuerdo.
—Lo haré, señor. Se lo sacaré como sea —afirmó Harry con determinación.
—Entonces no se hable más del asunto —dijo Dumbledore con un tono más amable—. Continuaremos con nuestra historia a partir del punto en que la dejamos. ¿Te acuerdas de dónde nos habíamos quedado?
—Sí, señor. Voldemort asesinó a su padre y sus abuelos y lo dispuso todo para que pareciera que los había matado su tío Morfin. Luego regresó a Hogwarts y le preguntó… le preguntó al profesor Slughorn qué eran los Horrocruxes.
—Muy bien. Y también recordarás que cuando iniciamos estas reuniones privadas te dije que entraríamos en el reino de las conjeturas y las especulaciones.
—Así es, señor.
—Coincidirás conmigo en que, por ahora, te he mostrado fuentes de información considerablemente sólidas para mis deducciones acerca de lo que Voldemort había hecho hasta cumplir diecisiete años. —Harry asintió con la cabeza—. Sin embargo, a partir de ese momento —prosiguió el director— las cosas se vuelven cada vez más turbias y extrañas. Si ya resultó difícil hallar testimonios que pudieran hablar del Tom Ryddle niño, ha resultado casi imposible encontrar a alguien dispuesto a recordar al Voldemort adulto. De hecho, dudo que exista alguna persona viva, aparte de él mismo, que pueda ofrecer un relato completo de sus andanzas desde que abandonó Hogwarts. Con todo, conservo otros dos recuerdos que me gustaría compartir contigo. —Señaló las dos botellitas de cristal que relucían junto al pensadero—. Después me darás tu opinión sobre las conclusiones que he extraído de ellos.
El hecho de que Dumbledore valorara tanto la opinión de Harry hizo que éste se sintiera aún más avergonzado por haber fracasado en recuperar el recuerdo de los Horrocruxes, por lo que se removió en su asiento mientras el anciano profesor levantaba la primera botella para examinarla a la luz.
—Espero que no estés cansado de sumergirte en la memoria de otras personas, Harry. Estos dos recuerdos son muy curiosos. El primero lo obtuve de una elfina doméstica muy anciana llamada Hokey. No obstante, antes de ver la escena que ésta presenció, te haré unos breves comentarios sobre las circunstancias en que lord Voldemort se marchó de Hogwarts.
»Como quizá hayas imaginado, llegó al séptimo año de su escolarización con excelentes notas en todas las asignaturas que cursó. Sus compañeros de estudios trataban de decidir a qué profesión se dedicarían cuando salieran de Hogwarts, y casi todo el mundo esperaba cosas espectaculares de Tom Ryddle, que había sido prefecto, delegado y ganador del Premio por Servicios Especiales. Me consta que varios profesores, entre ellos Horace Slughorn, le propusieron que entrara a trabajar en el Ministerio de Magia y se ofrecieron para conseguirle empleo y ponerlo en contacto con personas influyentes. Pues bien, él rechazó todas esas ofertas. Antes de que el profesorado se diera cuenta, Voldemort estaba trabajando en Borgin y Burkes.
—¿En Borgin y Burkes? —repitió Harry con asombro.
—Sí, así es. Ya verás qué atractivos le ofrecía ese lugar cuando entremos en el recuerdo de Hokey. Sin embargo, ésa no fue la primera opción de empleo que eligió Voldemort, aunque en esa época no lo supo casi nadie (yo fui una de las pocas personas a quienes se lo confió el por entonces director del colegio, el profesor Dippet). Así pues, Voldemort fue a ver al director y le pidió quedarse en Hogwarts trabajando como profesor.
—¿Quería quedarse aquí? ¿Por qué? —preguntó Harry, todavía más extrañado.
—Creo que tenía varias razones, pero no le comentó ninguna al profesor Dippet. En primer lugar, y esto es muy importante, creo que Voldemort le tenía más cariño a Hogwarts del que jamás le ha tenido a ninguna persona. Aquí había sido feliz; este colegio era el único lugar donde había estado a gusto. —Harry sintió cierta incomodidad al escuchar estas palabras porque era exactamente el mismo sentimiento que él experimentaba respecto a Hogwarts—. En segundo lugar, el castillo es un baluarte de la magia antigua. Sin duda alguna, Voldemort descifró muchos más secretos que la mayoría de los estudiantes que pasan por el colegio, pero es probable que sospechara que todavía quedaban misterios por desvelar, reservas de magia que explotar… Y en tercer lugar, como profesor habría ejercido mucho poder y considerable influencia sobre un gran número de jóvenes magos y brujas. Quizá sacó esa idea del profesor Slughorn, que era con quien se llevaba mejor, ya que éste le había demostrado que un profesor podía tener un papel muy influyente. Nunca he concebido que Voldemort tuviera pensado quedarse el resto de su vida en Hogwarts, pero sí creo que consideraba que el colegio era un útil terreno de reclutamiento y un sitio donde podría empezar a formar un ejército.
—¿Y qué pasó? ¿No lo aceptaron?
—No. El profesor Dippet le dijo que era demasiado joven (tenía dieciocho años), pero le sugirió que volviera a intentarlo pasados unos años, si aún seguía interesándole la docencia.
—¿Qué opinó usted de eso, señor? —preguntó Harry, vacilante.
—Me produjo un profundo desasosiego. Le aconsejé a Dippet que no le concediera el empleo. No le planteé las razones que te he dado a ti porque él apreciaba mucho a Voldemort y creía que era una persona honrada, pero yo no quería que ese muchacho volviera a este colegio, y menos aún que ocupara un puesto de poder.
—¿Qué puesto solicitó, señor? ¿Qué asignatura quería enseñar?
Harry intuyó la respuesta antes de que Dumbledore se la diera.
—Defensa Contra las Artes Oscuras. En esa época la impartía una anciana profesora, Galatea Merrythought, que llevaba casi cincuenta años en Hogwarts.
»Pues bien, Voldemort se fue a trabajar a Borgin y Burkes, y todos los maestros que lo admiraban lamentaron que un joven mago tan brillante acabara trabajando en una tienda, menudo desperdicio. Sin embargo, no era un simple dependiente. Al ser educado, atractivo e inteligente, pronto empezaron a asignarle ciertas tareas especiales, propias de un sitio como Borgin y Burkes. Como bien sabes, Harry, esa tienda se ha especializado en objetos con propiedades inusuales y poderosas. Bien, los dueños lo enviaban a convencer a la gente de que vendiese sus tesoros, y a decir de todos, tenía un talento especial para persuadir a cualquiera.
—No me extraña —dijo Harry sin poder contenerse.
—No, claro —corroboró Dumbledore esbozando una sonrisa—. Y ahora ha llegado el momento de oír a Hokey, la elfina doméstica que trabajaba para una bruja muy anciana y muy rica llamada Hepzibah Smith.
Dumbledore golpeó la botella con su varita, el corcho salió disparado y el director vertió el recuerdo en el pensadero.
—Tú primero, Harry.
Harry se levantó y se inclinó una vez más sobre aquella ondulada y plateada superficie líquida hasta que su cara la tocó. Se precipitó por un oscuro vacío y aterrizó en un salón frente a una anciana gordísima. Ésta llevaba una elaborada peluca pelirroja y una túnica rosa brillante, cuyos pliegues se desparramaban a su alrededor de tal forma que la mujer parecía un pastel de helado derretido. Se estaba mirando en un espejito con joyas incrustadas y se aplicaba colorete en las mejillas, que ya tenía muy rojas, con una gran borla, mientras la elfina doméstica más vieja y diminuta que Harry había visto jamás le calzaba en los regordetes pies unas ceñidas zapatillas de raso.
—¡Date prisa, Hokey! —la apremió Hepzibah—. ¡Dijo que vendría a las cuatro! ¡Sólo faltan dos minutos y nunca ha llegado tarde!
La anciana guardó la borla de colorete y la elfina doméstica se enderezó. La cabeza de la sirvienta apenas llegaba a la altura del taburete de Hepzibah y la apergaminada piel le colgaba igual que la áspera sábana de lino que llevaba puesta como si fuera una toga.
—¿Cómo estoy? —preguntó Hepzibah, y movió la cabeza para admirar su cara en el espejo desde diversos ángulos.
—Preciosa, señora —dijo Hokey con voz chillona.
Seguramente el contrato de Hokey especificaba que debía mentir con descaro cada vez que le hicieran esa pregunta, porque Hepzibah Smith, en opinión de Harry, no tenía nada de preciosa.
Se oyó el tintineo de una campanilla y tanto el ama como la elfina dieron un respingo.
—¡Rápido, rápido! ¡Ya está aquí, Hokey! —exclamó Hepzibah, y la elfina se escabulló de la habitación, que estaba tan abarrotada de objetos que costaba creer que alguien pudiese andar por allí sin derribar al menos una docena de cosas: había armarios repletos de cajitas lacadas, estanterías llenas de libros repujados en oro, estantes con esferas y globos celestes y exuberantes plantas en recipientes de bronce. De hecho, la habitación parecía una mezcla de tienda de antigüedades y jardín de invierno.
La elfina regresó pasados unos momentos, seguida de un joven alto al que Harry reconoció sin dificultad: era Voldemort. Vestido con un sencillo traje negro, llevaba el pelo un poco más largo que cuando estudiaba en el colegio y tenía las mejillas hundidas, pero todo eso le sentaba bien; estaba más atractivo que nunca. Sorteó los diversos objetos diseminados por la habitación con una soltura que indicaba que conocía el lugar y se inclinó sobre la regordeta mano de Hepzibah para rozarla con los labios.
—Le he traído flores —dijo con voz queda, y creó un ramo de rosas de la nada.
—¡Qué pillín! ¡No hacía ninguna falta! —repuso la anciana Hepzibah con voz chillona, pero Harry se fijó en que había un jarrón vacío dispuesto en la mesita más cercana—. Me mimas demasiado, Tom. Pero siéntate, siéntate. ¿Dónde está Hokey? Ah, aquí…
La elfina apareció presurosa con una bandeja de pastelitos que dejó al alcance de su ama.
—Sírvete tú mismo, Tom —ofreció Hepzibah—, sé que te encantan mis pasteles. Cuéntame, ¿cómo estás? Te veo pálido. En esa tienda te hacen trabajar demasiado, te lo he dicho cien veces… —Voldemort sonrió como un autómata y Hepzibah compuso una sonrisa tonta—. Y bien, ¿a qué se debe tu visita esta vez? —preguntó pestañeando con coquetería.
—El señor Burke quiere mejorar su oferta por esa armadura fabricada por duendes —contestó Voldemort—. Le ofrece quinientos galeones. Dice que es una suma más que razonable…
—¡Espera, espera! No tan deprisa, o pensaré que sólo vienes a verme por mis alhajas —repuso Hepzibah haciendo pucheros.
—Me envían aquí por ellas —repuso Voldemort con calma—. Señora, yo sólo soy un pobre dependiente que hace lo que le mandan. El señor Burke quiere que le pregunte…
—¡Uy, el señor Burke! ¡Tonterías! —lo cortó Hepzibah con un floreo de la mano—. ¡Voy a enseñarte una cosa que nunca le he mostrado al señor Burke! ¿Sabes guardar un secreto, Tom? ¿Me prometes que no le dirás que lo tengo? ¡Él no me dejaría en paz si supiera que te lo he enseñado, pero no pienso vendérselo a Burke ni a nadie! Pero tú, Tom, seguro que lo valorarás por su historia y no por los galeones que podrías conseguir con él…
—Será un placer ver cualquier cosa que la señora Hepzibah tenga a bien enseñarme —replicó el joven sin alterar el tono, y Hepzibah soltó otra risita ingenua.
—Le pedí a Hokey que lo trajera… ¿Dónde estás, Hokey? Quiero enseñarle al señor Ryddle nuestro tesoro más valioso. Mira, ya que estamos en ello, trae los dos…
—Aquí tiene, señora —dijo la estridente voz de la elfina, y Harry vio dos cajas de piel, una encima de otra, que cruzaban la habitación como por voluntad propia, aunque sabía que la diminuta elfina las sostenía encima de la cabeza mientras se abría paso entre mesas, pufs y taburetes.
—Eso es —dijo Hepzibah con jovialidad, y cogió las cajas, se las puso sobre el regazo y se dispuso abrir la primera—. Me parece que esto te va a gustar, Tom… ¡Si mi familia supiera que te la he enseñado…! Están deseando apropiársela.
La mujer abrió la tapa. Harry se acercó un poco y distinguió lo que parecía una pequeña copa de oro con dos asas finamente cinceladas.
—A ver si sabes qué es, Tom. Cógela y examínala —susurró Hepzibah.
Voldemort tendió su mano de largos dedos e, introduciendo el índice por una asa, levantó la copa con cuidado de su mullido envoltorio de seda. A Harry le pareció percibir un destello rojo en los oscuros ojos de Voldemort. Curiosamente, su expresión de codicia se reflejaba en el rostro de Hepzibah, cuyos diminutos ojos estaban clavados en las hermosas facciones del joven.
—Un tejón —murmuró Voldemort al examinar el grabado de la copa—. Eso significa que pertenecía a…
—¡Helga Hufflepuff, como tú bien sabes porque eres un chico muy inteligente! —exclamó Hepzibah. Se inclinó hacia delante con un crujido de corsés y le pellizcó la hundida mejilla—. ¿Nunca te he dicho que soy descendiente suya? Esta copa lleva años pasando de padres a hijos. ¿Verdad que es preciosa? Además, dicen que posee poderes asombrosos, pero eso nunca lo he comprobado porque siempre la he tenido guardada aquí, a salvo…
Recuperó la copa, sostenida por el largo dedo índice de Voldemort, y la devolvió con cuidado a su caja, esforzándose en colocarla en su posición original, de modo que no reparó en la sombra que cruzó el semblante del joven al quedarse sin la copa.
—A ver —prosiguió Hepzibah con alegría—, ¿dónde está Hokey? ¡Ah, sí, aquí estás! Ésta ya puedes llevártela…
La elfina, obediente, la cogió y Hepzibah dirigió su atención a la otra caja, bastante más plana.
—Me parece que esto te va a gustar aún más, Tom —susurró—. Acércate un poco, querido, para que puedas ver… Burke sabe que lo tengo, desde luego. Se lo compré a él y creo que no me equivoco si digo que le encantaría recuperarlo el día que yo me vaya…
Deslizó el delgado y afiligranado cierre y abrió la caja. Sobre el liso terciopelo encarnado había un voluminoso guardapelo de oro.
Esta vez Voldemort tendió la mano antes de que lo invitaran a hacerlo, cogió el guardapelo, lo acercó a la luz y lo examinó con gran atención.
—La marca de Slytherin —murmuró con embeleso mientras la luz arrancaba destellos a una ornamentada «S».
—¡Exacto! —confirmó Hepzibah, complacida por el interés del joven—. Me costó una fortuna, pero no podía dejar escapar semejante tesoro; tenía que conseguirlo para mi colección. Al parecer, Burke se lo compró a una andrajosa que seguramente lo había robado, aunque no tenía ni idea de su verdadero valor…
Esta vez no hubo ninguna duda: los ojos de Voldemort lanzaron un destello rojo al escuchar aquellas palabras, y Harry vio cómo apretaba con fuerza el puño con que asía la cadena del guardapelo.
—Supongo que Burke le pagó una miseria, pero ya lo ves… ¿Verdad que es precioso? Y también se le atribuyen todo tipo de poderes, aunque yo me limito a tenerlo bien guardadito aquí…
Estiró el brazo para recuperar el guardapelo. Por un instante Harry pensó que Voldemort no lo soltaría, pero la cadena se le deslizó entre los dedos y finalmente la joya volvió a reposar en el terciopelo rojo.
—¡Ya lo has visto, querido Tom, y espero que te haya gustado! —Hepzibah lo miró a los ojos, radiante, pero de pronto su sonrisa flaqueó—. ¿Te encuentras bien, querido?
—Sí, sí —dijo Voldemort con un hilo de voz—. Sí, estoy perfectamente…
—Pero me ha parecido… —replicó la mujer con un fugaz matiz de inquietud—. Bueno, habrá sido un efecto óptico. —Harry dedujo que ella también había vislumbrado aquel destello rojo en los ojos de Voldemort—. Toma, Hokey, llévate estas cajas y guárdalas bajo llave… y haz los sortilegios de siempre.
—Tenemos que irnos, Harry —anunció Dumbledore con voz queda, y en tanto la pequeña elfina se alejaba con las cajas, el anciano profesor volvió a agarrar a Harry por el brazo y juntos se elevaron, se sumieron en aquella misteriosa negrura y regresaron al despacho del director.
—Hepzibah Smith murió dos días después de esa breve escena —explicó Dumbledore mientras volvía a su asiento e indicaba a Harry que se sentara también—. El ministerio condenó a Hokey por el envenenamiento accidental del chocolate de su ama.
—¡No puedo creerlo! —exclamó Harry, indignado.
—Veo que somos de la misma opinión. Ciertamente, hay varias coincidencias entre esa muerte y la de los Ryddle. En ambos casos culparon a otra persona, a alguien que recordaba con claridad haber causado la muerte…
—¿Hokey confesó?
—Recordaba haber puesto algo en el chocolate de su ama que resultó no ser azúcar, sino un veneno mortal poco conocido. Y llegaron a la conclusión de que la elfina no lo había puesto a propósito, sino que como era muy anciana y muy despistada…
—¡Voldemort modificó su memoria, igual que hizo con Morfin!
—Sí, ésa es la conclusión a la que llegué yo también. Pero, como en el caso de Morfin, el ministerio estaba predispuesto a sospechar de Hokey…
—… porque era una elfina doméstica —terminó Harry. Pocas veces había estado más de acuerdo con la sociedad que había creado Hermione, la PEDDO.
—Exacto —confirmó Dumbledore—. Era muy mayor y como admitió haber puesto algo en la bebida, nadie del ministerio se molestó en seguir investigando. Igual que en el caso de Morfin, cuando di con ella y conseguí extraerle ese recuerdo, la elfina estaba a punto de morir; pero, como comprenderás, lo único que demuestra su recuerdo es que Voldemort conocía la existencia de la copa y el guardapelo.
»Cuando condenaron a Hokey, la familia de Hepzibah ya sabía que faltaban dos de los más preciados tesoros de la anciana bruja. Tardaron un tiempo en averiguarlo porque la mujer tenía muchos escondites; siempre había guardado celosamente su colección. Pero, antes de que los parientes comprobaran que la copa y el guardapelo habían desaparecido, el dependiente que trabajaba en Borgin y Burkes, aquel joven que había visitado a menudo a Hepzibah y la había conquistado con sus encantos, dejó su empleo y se marchó. Los dueños de la tienda ignoraban adónde había ido y estaban tan asombrados como todo el mundo de su marcha. Y durante mucho tiempo nadie volvió a ver ni oír hablar de Tom Ryddle.
»Y ahora, Harry, si no te importa, me gustaría detenerme una vez más para dirigir tu atención hacia ciertos aspectos de nuestra historia. Voldemort había cometido otro asesinato; ignoro si fue el primero desde que matara a los Ryddle, pero creo que sí. Esta vez, como habrás observado, no mató por venganza, sino para obtener un beneficio. Quería poseer los dos fabulosos tesoros que le había enseñado aquella pobre y obsesionada anciana. Primero robaba a los otros niños del orfanato, luego le sustrajo el anillo a su tío Morfin y después se apropió de la copa y el guardapelo de Hepzibah.
—Pero qué raro que lo arriesgara todo —dijo Harry frunciendo el entrecejo— y dejara su empleo sólo por esos…
—Quizá tú lo encuentres raro, pero Voldemort no —aclaró Dumbledore—. Espero que entiendas, en su debido momento, qué significaban con exactitud para él esos objetos, pero admitirás que no es difícil imaginar que, como mínimo, considerara que el guardapelo era suyo por legítimo derecho.
—El guardapelo quizá sí, pero ¿por qué se llevó también la copa?
—Porque había pertenecido a una de las fundadoras de Hogwarts. Creo que Voldemort conservaba un fuerte vínculo con el colegio y no pudo resistirse a un objeto tan importante de su historia. Y si no me equivoco, también había otros motivos… Espero poder mostrártelos a su debido tiempo.
»Y ahora voy a enseñarte el último recuerdo, al menos hasta que consigas sonsacarle ese otro al profesor Slughorn. Entre el recuerdo de Hokey y éste hay un período de diez años acerca de los cuales sólo podemos especular…
Harry se puso de pie otra vez mientras Dumbledore vaciaba el último recuerdo en el pensadero.
—¿De quién es este recuerdo? —preguntó el muchacho.
—Mío.
Y Harry se sumergió detrás del anciano profesor en el movedizo líquido plateado y aterrizó en el mismo despacho del que acababa de salir: Fawkes dormía apaciblemente en su percha y sentado a la mesa se hallaba Dumbledore, cuyo aspecto era muy parecido al del Dumbledore que estaba de pie al lado de Harry, aunque tenía ambas manos intactas y quizá menos arrugas en el rostro. La única diferencia entre el despacho del presente y ese otro era que en el del pasado estaba nevando; unos azulados copos caían tras la ventana, destacándose contra la oscuridad, y se acumulaban en el alféizar.
Daba la impresión de que el Dumbledore más joven esperaba que ocurriera algo, y, en efecto, poco después llamaron a la puerta y el director dijo: «Pase.»
A Harry se le escapó un grito ahogado al ver entrar a Voldemort. Sus facciones no eran las mismas que el muchacho había visto surgir del gran caldero de piedra casi dos años atrás: no recordaban tanto a una serpiente, los ojos todavía no se habían vuelto rojos y la cara aún no parecía una máscara; sin embargo, aquél ya no era el atractivo Tom Ryddle. Era como si el rostro se le hubiera quemado y desdibujado: sus rasgos tenían un extraño aspecto, ceroso y deforme, y el blanco de los ojos estaba enrojecido, aunque las pupilas aún no se habían convertido en las finas rendijas que Harry había visto en otras ocasiones. Llevaba una larga capa negra y tenía el semblante tan blanco como la nieve que le relucía sobre los hombros.
El Dumbledore que estaba sentado a la mesa no dio muestras de sorpresa. Resultaba evidente que la visita estaba concertada.
—Buenas noches, Tom —saludó Dumbledore—. ¿Quieres sentarte, por favor?
—Gracias —respondió Voldemort, y ocupó el asiento que le señalaba, el mismo del que Harry acababa de levantarse en el presente—. Me enteré de que lo habían nombrado director —dijo con una voz ligeramente más alta y fría que antes—. Una loable elección.
—Me alegro de que la apruebes —replicó Dumbledore con una sonrisa—. ¿Te apetece beber algo?
—Sí, gracias. Vengo de muy lejos.
Dumbledore se levantó y fue hasta el armario donde ahora guardaba el pensadero, pero que entonces era una especie de mueble-bar. Tras ofrecer a Voldemort una copa de vino y llenar otra para él, volvió a sentarse.
—Y bien, Tom… ¿a qué debo el honor de tu visita?
Voldemort no contestó enseguida, sino que antes bebió un sorbo de vino.
—Ya no me llaman «Tom» —puntualizó—. Ahora me conocen como…
—Ya sé cómo te conocen —lo interrumpió Dumbledore sonriendo con cordialidad—. Pero para mí siempre serás Tom Ryddle. Me temo que ésa es una de las cosas más fastidiosas de los viejos profesores: que nunca llegan a olvidar los años de juventud de sus pupilos.
Alzó su copa como si brindara con Voldemort, cuyo semblante permanecía inexpresivo. Sin embargo, Harry notó que la atmósfera de la habitación cambiaba de forma sutil: la negativa de Dumbledore a utilizar el nombre que Voldemort había elegido significaba que no le permitía dictar los términos de la reunión, y Harry se percató de que él así lo había interpretado.
—Me sorprende que usted haya permanecido tanto tiempo aquí —dijo Voldemort tras una breve pausa—. Siempre me pregunté por qué un mago de su categoría nunca había querido abandonar el colegio.
—Verás —repuso Dumbledore sin dejar de sonreír—, para un mago de mi categoría no hay nada más importante que transmitir la sabiduría ancestral y ayudar a aguzar la mente de los jóvenes. Si no recuerdo mal, en una ocasión tú también sentiste el atractivo de la docencia.
—Y todavía lo siento —dijo Voldemort—. Sólo me preguntaba por qué usted… por qué un mago al que el ministerio le pide tan a menudo consejo y al que en dos ocasiones, creo, le han ofrecido el cargo de ministro…
—De hecho ya van tres veces —precisó Dumbledore—. Pero el ministerio nunca me atrajo como carrera profesional. Ésa es otra cosa que tenemos en común.
Voldemort inclinó la cabeza, sin sonreír, y bebió otro sorbo de vino. Dumbledore no interrumpió el silencio sino que esperó, con gesto de tranquila expectación, a que su interlocutor hablara primero.
—Aunque quizá haya tardado más de lo que imaginó el profesor Dippet —dijo Voldemort por fin—, he vuelto para solicitar por segunda vez lo que él me negó en su día por considerarme demasiado joven. He venido a pedirle que me deje enseñar en este castillo. Supongo que sabrá que he visto y hecho muchas cosas desde que me marché de aquí. Podría mostrar y explicar a sus alumnos cosas que ellos jamás aprenderán de ningún otro mago.
Antes de replicar, Dumbledore lo observó unos instantes por encima de su copa.
—Sí, desde luego, sé que has visto y hecho muchas cosas desde que nos dejaste —dijo con serenidad—. Los rumores de tus andanzas han llegado a tu antiguo colegio, Tom. Pero lamentaría que la mitad de ellos fueran ciertos.
Impertérrito, Voldemort declaró:
—La grandeza inspira envidia, la envidia engendra rencor y el rencor genera mentiras. Usted debería saberlo, Dumbledore.
—¿Llamas «grandeza» a eso que has estado haciendo? —repuso Dumbledore con delicadeza.
—Por supuesto —aseguró Voldemort, y dio la impresión de que sus ojos llameaban—. He experimentado. He forzado los límites de la magia como quizá nunca lo había hecho nadie…
—De cierta clase de magia —precisó Dumbledore sin alterarse—, de cierta clase. En cambio, de otras clases de magia exhibes (perdona que te lo diga) una deplorable ignorancia.
Voldemort sonrió por primera vez. Fue una sonrisa abyecta, un gesto maléfico, más amenazador que una mirada de cólera.
—La discusión de siempre —dijo en voz baja—. Pero nada de lo que he visto en el mundo confirma su famosa teoría de que el amor es más poderoso que la clase de magia que yo practico, Dumbledore.
—A lo mejor es que no has buscado donde debías.
—En ese caso, ¿dónde mejor que en Hogwarts podría empezar mis nuevas investigaciones? ¿Me dejará volver? ¿Me dejará compartir mis conocimientos con sus alumnos? Pongo mi talento y mi persona a su disposición. Estoy a sus órdenes.
—¿Y qué será de aquellos que están a tus órdenes? ¿Qué será de esos que se hacen llamar, según se rumorea, «mortífagos»? —preguntó Dumbledore arqueando las cejas.
Harry se percató de que a Voldemort le sorprendía que el director conociera ese nombre y observó cómo sus ojos volvían a emitir destellos rojos y los estrechos orificios nasales se le ensanchaban.
—Mis amigos se las arreglarán sin mí —dijo al fin—, estoy seguro.
—Me alegra oír que los consideras tus amigos. Me daba la impresión de que encajaban mejor en la categoría de sirvientes.
—Se equivoca.
—Entonces, si esta noche se me ocurriera ir a Cabeza de Puerco, ¿no me encontraría a algunos de ellos (Nott, Rosier, Mulciber, Dolohov) esperándote allí? Unos amigos muy fieles, he de reconocer, dispuestos a viajar hasta tan lejos en medio de la nevada, sólo para desearte buena suerte en tu intento de conseguir un puesto de profesor.
La precisa información de Dumbledore acerca de con quién viajaba le sentó aún peor a Voldemort; sin embargo, se repuso al instante.
—Está más omnisciente que nunca, Dumbledore.
—No, qué va. Es que me llevo bien con los camareros del pueblo —repuso el director sin darle importancia—. Y ahora, Tom… —Dejó su copa vacía encima de la mesa y se enderezó en el asiento al tiempo que juntaba la yema de los dedos componiendo un gesto muy suyo—. Ahora hablemos con franqueza. ¿Por qué has venido esta noche, rodeado de esbirros, a solicitar un empleo que ambos sabemos que no te interesa?
—¿Que no me interesa? —Voldemort se sorprendió sin alterarse—. Al contrario, Dumbledore, me interesa mucho.
—Mira, tú quieres volver a Hogwarts, pero no te interesa enseñar, ni te interesaba cuando tenías dieciocho años. ¿Qué buscas, Tom? ¿Por qué no lo pides abiertamente de una vez?
Voldemort sonrió con ironía.
—Si no quiere darme trabajo…
—Claro que no quiero. Y no creo que esperaras que te lo diera. A pesar de todo, has venido hasta aquí y me lo has pedido, y eso significa que tienes algún propósito.
Voldemort se levantó. La rabia que sentía se reflejaba en sus facciones y ya no se parecía en nada a Tom Ryddle.
—¿Es su última palabra?
—Sí —afirmó Dumbledore, y también se puso en pie.
—En ese caso, no tenemos nada más que decirnos.
—No, nada —convino Dumbledore, y una profunda tristeza se reflejó en su semblante—. Quedan muy lejos los tiempos en que podía asustarte con un armario en llamas y obligarte a pagar por tus delitos. Pero me gustaría poder hacerlo, Tom, me gustaría…
Creyendo que la mano de Voldemort se desplazaba hacia el bolsillo donde tenía la varita, Harry estuvo a punto de gritar una advertencia que habría resultado inútil, pero, antes de que lograse reaccionar, Voldemort había salido y la puerta se estaba cerrando tras él.
Harry volvió a notar la mano de Dumbledore alrededor de su brazo y poco después se encontraban de nuevo juntos, como si no se hubieran movido de su sitio. Sin embargo, no había nieve acumulándose en el alféizar y Dumbledore volvía a tener la mano ennegrecida y marchita.
—¿Por qué? —preguntó Harry mirándolo a los ojos—. ¿Por qué regresó? ¿Llegó a averiguarlo?
—Tengo algunas ideas —respondió el anciano profesor—, pero nada más.
—¿Qué ideas, señor?
—Te lo contaré cuando hayas recuperado ese recuerdo del profesor Slughorn. Confío en que cuando consigas esa última pieza del rompecabezas, todo quedará claro… para ambos.
Harry se moría de curiosidad, y aunque Dumbledore fue a abrir la puerta para indicarle que la clase había terminado y debía marcharse, aún hizo otra pregunta:
—¿Quería el puesto de profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, como la vez anterior? En realidad no dijo…
—Sí, claro que quería ese puesto. Eso se demostró poco después de nuestra breve entrevista. Y desde que me negué a dárselo nunca hemos podido conservar el mismo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras más de un año.