CAPÍTULO 16

Una Navidad glacial
—¿QUE Snape le ofrecía ayuda? ¿Seguro que le ofrecía ayuda?
—Si me lo preguntas una vez más te meto esta col por… —lo amenazó Harry.
—¡Sólo quiero asegurarme! —se defendió Ron. Estaban solos junto al fregadero de la cocina de La Madriguera limpiando una montaña de coles de Bruselas para la señora Weasley. Tras la ventana que tenían delante caía una intensa nevada.
—¡Pues sí, Snape estaba ofreciéndole ayuda! —repitió Harry—. Le dijo que había prometido a su madre que lo protegería y que había prestado un Juramento Inquebrantable o algo…
—¿Un Juramento Inquebrantable? —se extrañó Ron—. No, eso es imposible. ¿Estás seguro?
—Sí, lo estoy. ¿Por qué? ¿Qué significa?
—¡Hombre, un Juramento Inquebrantable no se puede romper!
—Aunque no te lo creas, eso ya lo había deducido yo solito. Pero dime, ¿qué pasa si lo rompes?
—Que te mueres —contestó Ron llanamente—. Fred y George intentaron que yo prestase uno cuando tenía más o menos cinco años. Y estuve a punto de comprometerme; ya le había dado la mano a Fred cuando papá nos descubrió. Se puso como loco —explicó con un brillo nostálgico en la mirada—. Es la única vez que lo he visto ponerse tan furioso como mamá. Fred asegura que su nalga izquierda no ha vuelto a ser la misma desde aquel día.
—Ya, vale, y dejando aparte la nalga izquierda de Fred…
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Fred. Los gemelos acababan de entrar en la cocina—. Mira esto, George. Están usando cuchillos y todo. ¡Qué escena tan conmovedora!
—¡Dentro de poco más de dos meses cumpliré diecisiete años —gruñó Ron—, y entonces podré hacerlo mediante magia!
—Pero mientras tanto —dijo George al tiempo que se sentaba a la mesa de la cocina y apoyaba los pies encima— podemos disfrutar con tu exhibición del uso correcto de un… ¡Ojo!
—¡Mira lo que me he hecho por tu culpa! —protestó Ron chupándose el corte del dedo—. Espera a que tenga diecisiete años…
—Estoy convencido de que nos deslumbrarás con habilidades mágicas hasta ahora insospechadas —replicó Fred dando un bostezo.
—Y hablando de habilidades mágicas insospechadas, Ronald —intervino George—, ¿es cierto lo que nos ha contado Ginny? ¿Sales con una tal Lavender Brown?
Ron se sonrojó un poco, pero no pareció molesto. Siguió limpiando coles.
—Métete en tus asuntos.
—Una respuesta muy original —dijo Fred—. Francamente, no sé cómo se te ocurren. No, lo que queremos saber es cómo pasó.
—¿Qué quieres decir?
—¿Tuvo Lavender un accidente o algo así?
—¿Qué?
—¿Cómo sufrió semejante lesión cerebral?
La señora Weasley entró en la cocina justo cuando Ron le lanzaba el cuchillo de pelar coles a Fred, que lo convirtió en un avión de papel con una perezosa sacudida de su varita.
—¡Ron! —gritó ella—. ¡Que no vuelva a verte lanzando cuchillos!
—Sí, mamá —dijo Ron, y por lo bajo añadió—: Procuraré que no me veas hacerlo. —Y siguió con su tarea.
—Fred, George, lo siento, queridos, pero Remus llegará esta noche, así que Bill tendrá que dormir con vosotros.
—No importa —dijo George.
—Así pues, como Charlie no va a venir, sólo quedan Harry y Ron, que dormirán en el desván; y si Fleur comparte habitación con Ginny…
—Van a ser las Navidades más felices de Ginny —murmuró Fred.
—… creo que estaréis cómodos. Bueno, al menos todos tendréis una cama —dijo la señora Weasley, que parecía un tanto nerviosa.
—Entonces ¿está confirmado que no vamos a verle el pelo al idiota de Percy? —preguntó Fred.
Su madre se dio la vuelta antes de contestar:
—No, supongo que tiene trabajo en el ministerio. —Y se marchó de la cocina.
—O es el tío más imbécil del mundo. Una de dos —dijo Fred—. Bueno, vámonos, George.
—¿Qué estáis tramando? —preguntó Ron—. ¿No podéis echarnos una mano con las judías? Si usáis la varita nos veremos libres de esta lata.
—No, no puedo hacerlo —dijo Fred con seriedad—. Aprender a limpiar coles sin utilizar la magia fortalece el carácter y te ayuda a valorar lo crudo que lo tienen los muggles y los squibs.
—Y cuando quieras que alguien te eche una mano, Ron —añadió George lanzándole el avión de papel—, más vale que no le lances cuchillos. Te daré una pista: nos vamos al pueblo. Una chica preciosa que trabaja en la tienda de periódicos opina que mis trucos de cartas son maravillosos. Dice que es como si hiciera magia de verdad.
—Imbéciles —refunfuñó Ron, viendo cómo los gemelos cruzaban el nevado jardín—. Sólo habrían tardado diez segundos y nosotros también podríamos habernos marchado.
—Yo no. Le prometí a Dumbledore que no me pasearía por ahí durante mi estancia en La Madriguera —dijo Harry.
—Ya. —Ron limpió unas coles más y preguntó—: ¿Piensas contarle a Dumbledore lo que les oíste decir a Snape y Malfoy?
—Sí. Se lo contaré a cualquiera que pueda pararles los pies, y Dumbledore es la persona más indicada. Quizá hable también con tu padre.
—Es una lástima que no te enterases del plan de Malfoy.
—¿Cómo iba a enterarme? Precisamente de eso se trataba: Malfoy se negaba a revelárselo a Snape.
Hubo un silencio, y luego Ron opinó:
—Aunque ya sabes qué dirán todos, ¿no? Mi padre, Dumbledore y los demás. Dirán que no es que Snape quiera ayudar a Malfoy de verdad, sino que sólo pretende averiguar qué se trae entre manos.
—Eso porque no los oyeron hablar —repuso Harry—. Nadie puede ser tan buen actor, ni siquiera Snape.
—Sí, claro… Sólo te lo comento.
Harry se volvió y lo miró con ceño.
—Pero tú crees que tengo razón, ¿verdad?
—Pues claro —se apresuró a afirmar otra vez Ron—. ¡En serio, te creo! Pero todos dan por hecho que Snape está de parte de la Orden, ¿no?
Harry reflexionó. Ya había pensado que seguramente pondrían esa objeción a sus nuevas averiguaciones. Y también se imaginaba el comentario de Hermione: «Es evidente, Harry, que fingía ofrecerle ayuda a Malfoy para engatusarlo y sonsacarle qué está haciendo…»
Sin embargo, sólo podía imaginárselo porque aún no había tenido ocasión de contárselo. Ella se había marchado de la fiesta de Slughorn antes de que Harry regresara (al menos eso le había dicho McLaggen con evidentes señales de enojo), y ya se había acostado cuando él llegó a la sala común. Como Ron y él se habían ido a primera hora del día siguiente a La Madriguera, Harry apenas había tenido tiempo para desearle feliz Navidad a su amiga y decirle que tenía noticias muy importantes que le revelaría cuando volvieran de las vacaciones. Pero no estaba seguro de que ella le hubiera oído, porque en ese momento Ron y Lavender estaban enfrascados en una intensa despedida «no verbal», precisamente detrás de él.
Con todo, ni siquiera Hermione podría negar una cosa: era indudable que Malfoy estaba tramando algo y Snape lo sabía, de modo que Harry se sentía justificado para soltarle un: «Ya te lo decía yo», tal como ya le había dicho varias veces a Ron.
Hasta el día de Nochebuena no tuvo ocasión de hablar con el señor Weasley porque éste siempre regresaba muy tarde del ministerio. Los Weasley y sus invitados estaban sentados en el salón, que Ginny había decorado tan magníficamente que parecía una exposición de cadenetas de papel. Fred, George, Harry y Ron eran los únicos que sabían que el ángel que había en lo alto del árbol navideño era en realidad un gnomo de jardín que había mordido a Fred en el tobillo mientras él arrancaba zanahorias para la comida de Navidad. Lo habían colgado allí tras hacerle un encantamiento aturdidor, pintarlo de dorado, embutirlo en un diminuto tutú y pegarle unas pequeñas alas en la espalda; el pobre miraba a todos con rabia desde lo alto. Era el ángel más feo que Harry había visto jamás: su cabezota calva parecía una patata y tenía los pies muy peludos.
Se suponía que estaban escuchando un programa navideño interpretado por la cantante favorita de la señora Weasley, Celestina Warbeck, cuyos gorgoritos salían de la gran radio de madera. Fleur, que al parecer encontraba muy aburrida a Celestina, se hallaba en un rincón hablando en voz muy alta, y la señora Weasley, ceñuda, no paraba de subir el volumen con la varita, de modo que Celestina cada vez cantaba más fuerte. Amparados por un tema jazzístico particularmente animado, que se titulaba Un caldero de amor caliente e intenso, Fred y George se pusieron a jugar a los naipes explosivos con Ginny. Ron no dejaba de mirar de soslayo a Bill y Fleur, como si albergara esperanzas de aprender algo de ellos. Entretanto, Remus Lupin, más delgado y andrajoso que nunca, estaba sentado al lado de la chimenea contemplando las llamas como si no oyera la voz de Celestina.
Acércate a mi caldero
lleno de amor caliente e intenso;
remuévelo con derroche
¡y no pasarás frío esta noche!
—¡Esto lo bailábamos cuando teníamos dieciocho años! —recordó la señora Weasley secándose las lágrimas con la labor de punto—. ¿Te acuerdas, Arthur?
—¿Eh? —dijo el señor Weasley, que cabeceaba sobre la mandarina que estaba pelando—. ¡Ah, sí! Es una melodía maravillosa… —Haciendo un esfuerzo, se enderezó un poco en el asiento y miró a Harry, sentado a su lado—. Lo siento, muchacho —dijo señalando con la cabeza hacia la radio mientras Celestina entonaba el estribillo—. Se acaba enseguida.
—No importa —dijo Harry, y sonrió—. ¿Hay mucho trabajo en el ministerio?
—Muchísimo. No me importaría si sirviera para algo, pero de las tres personas que hemos detenido en los dos últimos meses, dudo que ni siquiera una sea un mortífago de verdad. Pero no se lo digas a nadie —añadió, y dio la impresión de que se le pasaba el sueño de golpe.
—Supongo que ya no retienen a Stan Shunpike, ¿verdad? —preguntó Harry.
—Pues me temo que sí. Me consta que Dumbledore ha intentado apelar directamente a Scrimgeour acerca de Stan. Verás, todos los que lo han interrogado están de acuerdo en que ese muchacho tiene de mortífago lo mismo que esta mandarina. Pero los de arriba quieren aparentar que hacen algún progreso, y «tres detenciones» suena mejor que «tres detenciones erróneas y tres puestas en libertad». Pero, sobre todo, recuerda que esto es confidencial…
—No diré nada —le aseguró Harry. Vaciló un momento sobre cuál sería la mejor forma de abordar el tema del que quería hablar; mientras lo decidía, Celestina Warbeck atacó una balada titulada Corazón hechizado—. Señor Weasley, ¿se acuerda de lo que le conté en la estación el día que nos marchamos al colegio?
—Sí, Harry, y lo comprobé. Fui a registrar la casa de los Malfoy. No había nada, ni roto ni entero, que no debiera estar allí.
—Sí, ya lo sé, leí lo del registro en El Profeta. Pero esto es diferente… Quiero decir que hay algo más…
Y le explicó la conversación entre Malfoy y Snape. Mientras hablaba, Harry vio que Lupin volvía un poco la cabeza para intentar escuchar. Cuando terminó, hubo un silencio y se oyó a Celestina canturreando:
¿Qué has hecho con mi pobre corazón?
Se fue detrás de tu hechizo…
—¿No se te ha ocurrido pensar, Harry —preguntó el señor Weasley—, que a lo mejor Snape sólo estaba fingiendo…?
—¿Fingiendo que le ofrecía ayuda para averiguar qué está tramando Malfoy? Sí, ya pensé que usted me diría eso. Pero ¿cómo saberlo?
—No nos corresponde a nosotros saberlo —intervino Lupin. Se había puesto de espaldas al fuego y miraba a Harry por encima del hombro del señor Weasley—. Es asunto de Dumbledore. Él confía en Severus, y eso debería ser suficiente garantía para todos.
—Pero supongamos… —objetó Harry—. Supongamos que Dumbledore se equivoca respecto a Snape…
—Esa suposición ya se ha formulado muchas veces. Se trata de si confías o no en el criterio de Dumbledore. Yo confío en él y por lo tanto confío en Severus.
—Pero Dumbledore puede equivocarse —insistió Harry—. Él mismo lo reconoce. Y usted… —Miró a los ojos a Lupin y le preguntó—: ¿De verdad le cae bien Snape?
—No me cae ni bien ni mal. Te estoy diciendo la verdad, Harry —añadió al ver que éste adoptaba una expresión escéptica—. Quizá nunca lleguemos a ser íntimos amigos; después de todo lo que pasó entre James, Sirius y Severus, ambos tenemos demasiado resentimiento acumulado. Pero no olvido que durante el año que di clases en Hogwarts, él me preparó la poción de matalobos todos los meses; la elaboraba con gran esmero para que yo me ahorrara el sufrimiento que padezco cuando hay luna llena.
—¡Pero «sin querer» reveló que usted era un hombre lobo, y por su culpa tuvo que marcharse del colegio! —discrepó Harry con enojo.
—Se habría descubierto tarde o temprano —repuso Lupin encogiéndose de hombros—. Ambos sabemos que él ambicionaba mi empleo, pero habría podido perjudicarme mucho más adulterando la poción. Él me mantuvo sano. Debo estarle agradecido.
—Quizá no se atrevió a adulterarla porque Dumbledore lo vigilaba —sugirió Harry.
—Veo que estás decidido a odiarlo —dijo Lupin esbozando una sonrisa—. Y lo comprendo: eres el hijo de James y el ahijado de Sirius, y has heredado un viejo prejuicio. No dudes en contarle a Dumbledore lo que nos has contado a Arthur y a mí, pero no esperes que él comparta tu punto de vista sobre ese tema; no esperes siquiera que le sorprenda lo que le expliques. Es posible que Severus interrogara a Draco por orden de Dumbledore.
… y ahora lo has destrozado.
¡Devuélveme mi corazón!
Celestina terminó su canción con una nota larguísima y aguda, y por la radio se oyeron fuertes aplausos a los que la señora Weasley se sumó con entusiasmo.
—¿Ya ha tegminado? —preguntó Fleur—. Menos mal, qué tema tan hoguible…
—¿Os apetece una copita antes de acostaros? —preguntó la señora Weasley poniéndose en pie—. ¿Quién quiere ponche de huevo?
—¿Qué ha estado haciendo usted últimamente? —le preguntó Harry a Lupin mientras la señora Weasley iba a buscar el ponche y los demás se desperezaban y se ponían a hablar.
—He estado trabajando en la clandestinidad —respondió Lupin—. Por eso no he podido escribirte; de haberlo hecho me habría expuesto a que me descubrieran.
—¿Qué quiere decir?
—He estado viviendo entre mis semejantes —explicó Lupin—. Con los hombres lobo —añadió al ver que Harry no entendía—. Casi todos están en el bando de Voldemort. Dumbledore quería infiltrar un espía y yo le venía como anillo al dedo. —Lo dijo con cierta amargura y quizá se dio cuenta, porque suavizó el tono cuando prosiguió—: No me quejo; es un trabajo importante, ¿y quién iba a hacerlo mejor que yo? Sin embargo, me ha costado ganarme su confianza. No puedo disimular que he vivido entre los magos, ¿comprendes? En cambio, los hombres lobo han rechazado la sociedad normal y viven marginados, roban y a veces incluso matan para comer.
—¿Por qué apoyan a Voldemort?
—Creen que vivirán mejor bajo su gobierno. Y no es fácil discutir con Greyback sobre estos temas…
—¿Quién es Greyback?
—¿No has oído hablar de él? —Lupin cerró sus temblorosas manos sobre el regazo—. Creo que no me equivoco si afirmo que Fenrir Greyback es el hombre lobo más salvaje que existe actualmente. Considera que su misión en esta vida es morder y contaminar a tanta gente como sea posible; quiere crear suficientes hombres lobo para derrotar a los magos. Voldemort le ha prometido presas a cambio de sus servicios. Greyback es especialista en niños… Dice que hay que morderlos cuando son pequeños y criarlos lejos de sus padres para enseñarles a odiar a los magos normales. Voldemort ha amenazado con darle carta blanca para que desate su violencia sobre los niños; es una amenaza que suele dar buen resultado. —Hizo una pausa, y agregó—: A mí me mordió el propio Greyback.
—Pero… —se sorprendió Harry—. ¿Cuándo? ¿Cuando usted era pequeño?
—Sí. Mi padre lo había ofendido. Durante mucho tiempo yo no supe quién era el hombre lobo que me había atacado; incluso sentía lástima por él porque creía que no había podido contenerse, pues entonces ya sabía en qué consistía su transformación. Pero Greyback no es así. Cuando hay luna llena, ronda cerca de sus víctimas para asegurarse de que no se le escape la presa elegida. Lo planea todo con detalle. Y ése es el hombre a quien Voldemort está utilizando para reclutar a los hombres lobo. Greyback insiste en que los hombres lobo tenemos derecho a proveernos de la sangre que necesitamos para vivir y en que debemos vengarnos de nuestra condición en la gente normal; he de admitir que, hasta ahora, mis razonamientos no han logrado convencerlo de lo contrario.
—¡Pero si usted es normal! —exclamó Harry—. Lo único que pasa es que tiene… un problema.
Lupin soltó una carcajada.
—A veces me recuerdas a James. En público, él lo llamaba mi «pequeño problema peludo». Mucha gente creía que yo tenía un conejo travieso.
Lupin aceptó el vaso de ponche de huevo que le ofreció la señora Weasley y le dio las gracias; parecía un poco más animado. Harry, entretanto, sintió una llamarada de emoción: al referirse Lupin a su padre, había recordado que hacía tiempo que quería preguntarle una cosa.
—¿Ha oído hablar alguna vez de alguien llamado el Príncipe Mestizo?
—¿Cómo dices?
—El Príncipe Mestizo —repitió Harry y escudriñó su rostro en busca de alguna señal de reconocimiento.
—En la comunidad mágica no hay príncipes —contestó Lupin, volviendo a sonreír—. ¿Estás pensando en adoptar ese título? ¿No estás contento con eso del «Elegido»?
—No tiene nada que ver conmigo —replicó Harry—. El Príncipe Mestizo es alguien que estudiaba en Hogwarts y yo tengo su viejo libro de pociones. Anotó hechizos en sus páginas, hechizos inventados por él. Uno de ellos se llamaba Levicorpus…
—¡Ah, ése estaba muy en boga cuando yo iba a Hogwarts! —comentó Lupin con cierta nostalgia—. Recuerdo que en quinto curso hubo unos meses en que no podías dar un paso sin que alguien te dejara colgado por el tobillo.
—Mi padre lo utilizaba. Lo vi en el pensadero; se lo hizo a Snape. —Intentó sonar indiferente, como si fuera un comentario casual, pero no creyó haberlo conseguido: la sonrisa de Lupin adquirió un matiz de complicidad.
—Sí —dijo—, pero él no era el único. Como te digo, ese hechizo era muy popular. Ya sabes que los hechizos van y vienen…
—Pero por lo visto lo inventaron cuando usted iba al colegio —insistió Harry.
—No precisamente. Los embrujos se ponen de moda o se olvidan como todo lo demás. —Miró al muchacho a los ojos y añadió en voz baja—: James era un sangre limpia, Harry, y te aseguro que nunca nos pidió que lo llamáramos «príncipe».
Harry dejó de fingir y preguntó:
—¿Y Sirius? ¿Y usted?
—No.
—Ya. —Harry se quedó mirando el fuego—. Creía… Bueno, ese príncipe me ha ayudado mucho con las clases de Pociones.
—¿Es muy viejo el libro?
—No lo sé, no he mirado la fecha que pone.
—Pues quizá eso te dé alguna pista sobre cuándo estuvo ese príncipe en Hogwarts.
Poco después, Fleur decidió imitar a Celestina y se puso a cantar Un caldero de amor caliente e intenso, lo cual todos interpretaron, después de ver la cara que ponía la señora Weasley, como una señal de que era hora de ir a acostarse. Harry y Ron subieron al dormitorio de éste, en el desván, donde habían puesto una cama plegable para Harry.
Ron se quedó dormido casi al instante, pero Harry sacó de su baúl el ejemplar de Elaboración de pociones avanzadas y, una vez acostado, se puso a hojearlo. Encontró la fecha de su publicación en la página de créditos. El ejemplar tenía casi cincuenta años. Ni su padre ni los amigos de su padre habían estado en Hogwarts cincuenta años atrás. Decepcionado, arrojó el libro al baúl, apagó la lámpara y se dio la vuelta. Se puso a pensar en hombres lobo, Snape, Stan Shunpike y el Príncipe Mestizo, hasta que se sumió en un sueño agitado lleno de sombras sigilosas y gritos de niños mordidos…
—Se ha vuelto loca…
Harry despertó sobresaltado y encontró una abultada media encima de su cama. Se puso las gafas y miró alrededor: casi no entraba luz por la pequeña ventana a causa de la nieve, pero Ron se hallaba delante de ella, sentado en la cama, examinando lo que parecía una cadena de oro.
—¿Qué es eso? —preguntó Harry.
—Me la envía Lavender —masculló Ron—. No pensará que voy a ponérmela…
Harry examinó la cadena, de la que colgaban unas gruesas letras doradas formando las palabras: «Amor mío.»
—¡Pero si es muy bonita! —exclamó tras soltar una risotada—. Muy elegante. Tendrías que ponértela y enseñársela a Fred y George.
—Si se lo dices —amenazó Ron escondiendo la cadena debajo de su almohada—, te juro que te… que te…
—Tranquilo, hombre —dijo Harry sonriendo—. ¿Acaso me crees capaz?
—¿Cómo se le habrá ocurrido que me gustaría una cosa así? —musitó Ron.
—A ver, piensa. ¿Alguna vez se te ha escapado que te encantaría pasearte por ahí con las palabras «Amor mío» colgadas del cuello?
—En realidad… no hablamos mucho. Básicamente lo que hacemos es…
—Besaros.
—Bueno, sí —admitió Ron. Titubeó un momento y añadió—: ¿Es verdad que Hermione sale con McLaggen?
—No lo sé. Fueron juntos a la fiesta de Slughorn, pero me parece que la cosa no acabó muy bien.
Ron parecía un poco más contento cuando volvió a meter la mano en la media.
Entre los regalos de Harry había un jersey con una gran snitch dorada bordada en la parte delantera, tejido a mano por la señora Weasley; una gran caja de productos de Sortilegios Weasley, regalo de los gemelos, y un paquete un poco húmedo que olía a moho, con una etiqueta que rezaba: «Para el amo, de Kreacher.»
Harry observó el paquete con recelo.
—¿Qué hago? ¿Lo abro? —preguntó a Ron.
—No puede ser nada peligroso. El ministerio registra nuestro correo. —Pero él también miraba el paquete con desconfianza.
—¡No se me ocurrió regalarle nada a Kreacher! ¿Sabes si la gente les hace regalos a sus elfos domésticos por Navidad? —preguntó Harry mientras daba unos cautelosos golpecitos al paquete.
—Seguro que Hermione lo haría. Pero antes de sentirte culpable, espera a ver qué es.
Unos momentos más tarde, Harry dio un grito y saltó de su cama plegable. El paquete contenía un montón de gusanos.
—¡Qué bonito! —dijo Ron desternillándose—. ¡Todo un detalle!
—Prefiero los gusanos antes que esa cadena —replicó Harry, y su amigo enmudeció.
A la hora de comer, cuando se sentaron a la mesa, todos llevaban jerséis nuevos; todos excepto Fleur (por lo visto, la señora Weasley no se había dignado tejerle uno) y la propia señora Weasley, que lucía un sombrero de bruja azul marino nuevecito, con diminutos diamantes que formaban relucientes estrellas, y un vistoso collar de oro.
—¡Regalos de Fred y George! ¿Verdad que son preciosos?
—Es que desde que nos lavamos nosotros los calcetines te valoramos más, mamá —comentó George con un ademán indolente—. ¿Chirivías, Remus?
—Tienes un gusano en el pelo, Harry —observó Ginny, risueña, y se inclinó sobre la mesa para quitárselo. A Harry se le erizó el vello de la nuca, pero esa reacción no tenía nada que ver con el gusano.
—¡Qué hogog! —exclamó Fleur fingiendo un escalofrío.
—Sí, ¿verdad? —corroboró Ron—. ¿Quieres salsa, Fleur?
En su afán de ayudarla, a Ron se le cayó de las manos la salsera de jugo de carne; Bill agitó la varita y la salsa se elevó y regresó dócilmente a la salsera.
—Egues peog que esa Tonks —le dijo Fleur a Ron después de besar a Bill para darle las gracias—. Siempge lo tiga todo…
—Invité a nuestra querida Tonks a que hoy comiese con nosotros —comentó la señora Weasley mientras dejaba la bandeja de las zanahorias en la mesa con un golpazo innecesario y fulminando con la mirada a Fleur—. Pero no ha querido venir. ¿Has hablado con ella últimamente, Remus?
—No, hace tiempo que no hablo con nadie —respondió Lupin—. Pero supongo que Tonks pasará la Navidad con su familia, ¿no?
—Hum. Puede ser —dijo la señora Weasley—. Pero me dio la impresión de que pensaba pasarla sola.
Le lanzó una mirada de enojo a Lupin, como si él tuviera la culpa de que su futura nuera fuera Fleur y no Tonks. A su vez Harry miró a Fleur, que en ese momento le daba a Bill trocitos de pavo con su propio tenedor, y pensó que la señora Weasley estaba librando una batalla perdida de antemano. Sin embargo, se acordó de una duda que tenía relacionada con Tonks, ¿y quién iba a resolvérsela mejor que Lupin, el hombre que lo sabía todo acerca de los patronus?
—El patronus de Tonks ha cambiado de forma —empezó—. O eso dijo Snape. No sabía que pudiera suceder algo así. ¿Por qué cambia un patronus?
Lupin terminó de masticar un trozo de pavo y tragó antes de contestar pausadamente:
—A veces… cuando uno sufre una fuerte conmoción… un trauma…
—Era grande y tenía cuatro patas —recordó Harry; de pronto se le ocurrió algo y bajó la voz—: Eh, ¿podría ser…?
—¡Arthur! —exclamó de pronto la señora Weasley, levantándose de la silla para mirar por la ventana de la cocina—. ¡Arthur, es Percy!
—¿Qué?
El señor Weasley se giró y todos los demás miraron también por la ventana; Ginny se levantó para ver mejor: en efecto, Percy Weasley, cuyas gafas destellaban a la luz del sol, avanzaba con dificultad por el nevado jardín. Pero no venía solo.
—¡Arthur, viene… viene con el ministro!
En efecto, el hombre al que Harry había visto en El Profeta avanzaba detrás de Percy cojeando ligeramente, con la melena entrecana y la negra capa salpicadas de nieve. Antes de que nadie dijera nada o los señores Weasley hicieran otra cosa que mirarse con perplejidad, la puerta trasera se abrió y Percy se plantó en el umbral.
Hubo un breve pero incómodo silencio. Entonces Percy dijo con cierta rigidez:
—Feliz Navidad, madre.
—¡Oh, Percy! —exclamó ella, y se arrojó a los brazos de su hijo.
Rufus Scrimgeour, apoyado en su bastón, se quedó en el umbral sonriendo mientras observaba la tierna escena.
—Les ruego perdonen esta intrusión —se disculpó cuando la señora Weasley lo miró secándose las lágrimas, radiante de alegría—. Percy y yo estábamos trabajando aquí cerca, ya saben, y su hijo no ha podido resistir la tentación de pasar a verlos a todos.
Sin embargo, Percy no parecía tener intención de saludar a ningún otro miembro de su familia. Se quedó quieto, tieso como un palo, muy incómodo y sin mirar a nadie en particular. El señor Weasley, Fred y George lo observaban con gesto imperturbable.
—¡Pase y siéntese, por favor, señor ministro! —dijo la señora Weasley, aturullada, mientras se enderezaba el sombrero—. Coma un moco de pavo… ¡Ay, perdón! Quiero decir un poco de…
—No, no, querida Molly —dijo Scrimgeour, y Harry supuso que el ministro le había preguntado a Percy el nombre de su madre antes de entrar en la casa—. No quiero molestar, no habría venido si Percy no hubiera insistido tanto en verlos…
—¡Oh, Percy! —exclamó de nuevo la señora Weasley, con voz llorosa y poniéndose de puntillas para besar a su hijo.
—Sólo tenemos cinco minutos —añadió el ministro—, así que iré a dar un paseo por el jardín mientras ustedes charlan con Percy. No, no, le repito que no quiero molestar. Bueno, si alguien tuviera la amabilidad de enseñarme su bonito jardín… ¡Ah, veo que ese joven ya ha terminado! ¿Por qué no me acompaña él a dar un paseo?
Todos mudaron perceptiblemente el semblante y miraron a Harry. Nadie se tragó que Scrimgeour no supiera su nombre, ni les pareció lógico que lo eligiese a él para dar un paseo por el jardín, puesto que Ginny y Fleur también tenían los platos vacíos.
—De acuerdo —asintió Harry, intuyendo la verdad: pese a la excusa de que estaban trabajando por esa zona y Percy había querido ver a su familia, el verdadero motivo de la visita era que el ministro quería hablar a solas con Harry Potter—. No importa —dijo en voz baja al pasar junto a Lupin, que había hecho ademán de levantarse de la silla—. No pasa nada —añadió al ver que el señor Weasley iba a decir algo.
—¡Estupendo! —exclamó Scrimgeour, y se apartó para que Harry saliese el primero—. Sólo daremos una vuelta por el jardín, y luego Percy y yo nos marcharemos. ¡Sigan, sigan con lo que estaban haciendo!
Se dirigieron hacia el jardín de los Weasley, frondoso y cubierto de nieve; Scrimgeour cojeaba un poco. Harry sabía que, antes que ministro, Scrimgeour había sido jefe de la Oficina de Aurores; tenía un aspecto severo y curtido y no se parecía en nada al corpulento Fudge con su característico bombín.
—Precioso —observó Scrimgeour, deteniéndose junto a la valla del jardín, y contempló desde allí el nevado césped y las siluetas de las plantas, que apenas se distinguían—. Realmente precioso.
Harry no comentó nada. Era consciente de que el ministro lo observaba de reojo.
—Hacía mucho tiempo que quería conocerte —dijo Scrimgeour al cabo de un momento—. ¿Lo sabías?
—No.
—Pues sí, hace mucho tiempo. Ya lo creo. Pero Dumbledore siempre te ha protegido. Es natural, desde luego, muy natural, después de todo lo que ha pasado… Y especialmente después de lo sucedido en el ministerio… —Esperó a que Harry dijera algo, pero el muchacho permaneció callado, así que continuó—: Estaba deseando que se presentara una ocasión para hablar contigo desde que ocupé mi nuevo cargo, pero Dumbledore lo ha impedido una y otra vez, lo cual es muy comprensible.
Harry siguió expectante.
—¡Qué rumores han circulado de un tiempo a esta parte! —exclamó Scrimgeour—. Aunque ya se sabe que las historias se tergiversan… Todas esas murmuraciones acerca de una profecía… De que tú eras «el Elegido»…
Harry pensó que se estaban acercando al motivo por el cual el ministro había ido a La Madriguera.
—Supongo que Dumbledore te habrá hablado de estas cosas.
Harry se preguntó si debía mentir. Observó las pequeñas huellas de gnomos que había alrededor de los arriates de flores y las pisadas en la nieve que señalaban el sitio donde Fred había atrapado al gnomo que después colocaron en el árbol de Navidad ataviado con un tutú. Finalmente, decidió decir la verdad… o al menos una parte.
—Sí, hemos hablado.
—Claro, claro —comentó Scrimgeour. Harry vio que el ministro lo miraba con los ojos entornados, así que fingió estar muy interesado en un gnomo que acababa de asomar la cabeza por debajo de un rododendro congelado—. ¿Y qué te ha contado Dumbledore, Harry?
—Lo siento, pero eso es asunto nuestro.
Lo dijo con el tono más respetuoso que pudo, y Scrimgeour también empleó un tono cordial cuando repuso:
—Por supuesto, por supuesto. Si se trata de asuntos confidenciales, no quisiera obligarte a divulgar… No, no. Además, en realidad no importa que seas o no el Elegido.
Harry tuvo que pensárselo antes de responder:
—No sé a qué se refiere, señor ministro.
—Bueno, a ti te importará muchísimo, desde luego —dijo Scrimgeour y soltó una risita—. Pero para la comunidad mágica en general… Todo es muy subjetivo, ¿no? Lo que interesa es lo que cree la gente.
Harry guardó silencio. Le pareció intuir adónde quería ir a parar el ministro, pero no pensaba ayudarlo a llegar allí. El gnomo del rododendro se había puesto a escarbar buscando gusanos entre las raíces y Harry fijó la vista en él.
—Verás, la gente cree que tú eres el Elegido —prosiguió Scrimgeour—. Te consideran un gran héroe, ¡y lo eres, Harry, elegido o no! ¿Cuántas veces te has enfrentado ya a El-que-no-debe-ser-nombrado? En fin —siguió sin esperar respuesta—, el caso es que eres un símbolo de esperanza para muchas personas. El hecho de pensar que existe alguien que tal vez sería capaz de destruir a El-que-no-debe-ser-nombrado, o que incluso podría estar destinado a hacerlo… bueno, levanta bastante la moral de la gente. Y no puedo evitar la sensación de que, cuando te des plena cuenta de ello, quizá consideres que es… no sé cómo decirlo… bien, que es casi un deber colaborar con el ministerio y estimular un poco a todo el mundo.
El gnomo acababa de atrapar un gusano y tiraba de él intentando sacarlo del suelo helado. Como Harry seguía callado, Scrimgeour, mirándolo primero a él y luego al gnomo, dijo:
—Qué tipos tan curiosos, ¿verdad? Pero ¿qué opinas tú, Harry?
—No entiendo muy bien qué espera de mí —respondió el muchacho por fin—. «Colaborar con el ministerio.» ¿Qué significa eso exactamente?
—Bueno, nada demasiado molesto, te lo aseguro —repuso Scrimgeour—. Quedaría bien que te vieran entrar y salir del ministerio de vez en cuando, por ejemplo. Y mientras estuvieras allí, tendrías oportunidad de hablar con Gawain Robards, mi sucesor como jefe de la Oficina de Aurores. Dolores Umbridge me ha dicho que ambicionas ser auror. Pues bien, eso tiene fácil arreglo…
Harry notó cómo la rabia se le encendía en el estómago; así que Dolores Umbridge seguía trabajando en el ministerio, ¿eh?
—O sea —puntualizó el muchacho—, que le gustaría que diera la impresión de que trabajo para el ministerio, ¿no?
—A la gente la animaría pensar que te implicas más —comentó Scrimgeour, que parecía alegrarse de que Harry hubiera captado el mensaje a la primera—. El Elegido, ¿entiendes? Se trata de infundir optimismo en la población, de transmitirle la sensación de que están pasando cosas extraordinarias…
—Pero si entro y salgo del ministerio —replicó Harry, esforzándose por mantener un tono cordial—, ¿no parecerá que apruebo su política?
—Bueno —repuso Scrimgeour frunciendo levemente la frente—, sí, eso es, en parte, lo que nos gustaría que…
—No, no creo que dé resultado. Mire, no me gustan ciertas cosas que está haciendo el ministerio. Encerrar a Stan Shunpike, por ejemplo.
Scrimgeour endureció el semblante.
—No espero que lo entiendas —dijo, pero no tuvo tanto éxito como Harry en disimular la rabia que sentía—. Vivimos tiempos difíciles y es preciso adoptar ciertas medidas. Tú sólo tienes dieciséis años y…
—Dumbledore no tiene dieciséis años, y él tampoco cree que Stan deba estar en Azkaban. Han convertido a Stan en un cabeza de turco y a mí quieren convertirme en una mascota.
Se miraron a los ojos, largamente y con dureza. Al fin Scrimgeour dijo, ya sin fingir cordialidad:
—Entiendo. Prefieres desvincularte del ministerio, igual que Dumbledore, tu héroe, ¿verdad?
—No quiero que me utilicen —afirmó Harry.
—¡Hay quienes piensan que tu deber es dejar que el ministerio te utilice!
—Y hay quienes piensan que ustedes tienen el deber de comprobar si una persona es de verdad un mortífago antes de encerrarla en la cárcel —replicó Harry, cada vez más enfadado—. Ustedes están haciendo lo mismo que hacía Barty Crouch. No acaban de cogerle el tranquillo, ¿eh? ¡O teníamos a Fudge, que fingía que todo era maravilloso mientras asesinaban a la gente delante de sus narices, o lo tenemos a usted, que encarcela a inocentes y pretende ufanarse de que el Elegido trabaja para usted!
—Entonces ¿no eres el Elegido?
—¿No acaba de decir que en realidad no importa que lo sea o no? —replicó Harry, y soltó una risa amarga—. O al menos a usted no le importa.
—No debí decir eso —se apresuró a rectificar Scrimgeour—. Ha sido un comentario poco afortunado…
—No; ha sido un comentario sincero —lo corrigió Harry—. Una de las pocas cosas sinceras que me ha dicho hasta ahora. A usted no le importa que yo viva o muera, sólo le interesa que lo ayude a convencer a todos de que está ganando la guerra contra Voldemort. No lo he olvidado, señor ministro… —Levantó la mano derecha y le enseñó el dorso, donde perduraban las cicatrices de lo que Dolores Umbridge le había obligado a grabar en su propia carne: «No debo decir mentiras»—. No recuerdo que usted saliera en mi defensa cuando yo intentaba explicarles a todos que Voldemort había regresado. El año pasado, el ministerio no mostraba tanto interés en mantener buenas relaciones conmigo.
Permanecieron en silencio, tan fríos como el suelo que tenían bajo los pies. El gnomo había conseguido por fin arrancar su gusano y lo chupaba con deleite, apoyado contra las ramas bajas del rododendro.
—¿Qué está tramando Dumbledore? —preguntó Scrimgeour con brusquedad—. ¿Adónde va cuando se marcha de Hogwarts?
—No tengo ni idea.
—Y si lo supieras no me lo dirías, ¿verdad?
—No, no se lo diría.
—En ese caso, tendré que averiguarlo por otros medios.
—Inténtelo —dijo Harry con indiferencia—. Pero usted parece más inteligente que Fudge; espero que haya aprendido algo de los errores de su antecesor. Él trató de interferir en Hogwarts. Supongo que se habrá fijado en que Fudge ya no es ministro, y en cambio Dumbledore sigue siendo el director del colegio. Yo, en su lugar, lo dejaría en paz.
Hubo una larga pausa.
—Bueno, ya veo que Dumbledore ha hecho un buen trabajo contigo —dijo Scrimgeour lanzándole una mirada glacial a través de sus gafas de montura metálica—. Fiel a Dumbledore, cueste lo que cueste, ¿no, Potter?
—Sí, así es. Me alegro de que eso haya quedado claro.
Le dio la espalda al ministro de Magia y echó a andar resueltamente hacia la casa.