CAPÍTULO CINCO

Sentado en el mugriento vestíbulo del Hotel de Suisse, Archer se puso a repasar los acontecimientos del día anterior. Había alquilado un Mercedes en la agencia Avis, y había recorrido las agencias inmobiliarias locales hasta encontrar una pequeña cabaña de madera en las afueras de Paradiso, que es la continuación de Lugano. Era un lugar muy modesto y se había visto obligado a alquilarla por un mes; pero serviría en forma admirable, se dijo, como aguantadero para Grenville.

Al día siguiente, a las catorce, llegarían Segetti y Bel-mont. Los conduciría hasta la villa de Helga para que supieran dónde quedaba y luego hasta la cabaña que había alquilado. Al día siguiente, por la noche, tendría lugar el secuestro.

Archer asintió para sí. En tanto Grenville supiera cómo manejar a Helga, no veía razón alguna que le impidiera tener, en el término de unos pocos días, un millón de dólares. Era, pensó, un plan bien elaborado; ero todo dependía de la forma en que Grenville hubiera realizado su trabajo.

Al mirar a través de los sucios vidrios de las puertas del hotel que daban a la calle, vio que un Rolls Royce plata y negro se detenía y que Grenville estaba a punto de descender.

Dando un salto, Archer salió del hotel. Grenville, al verlo, abrió la puerta lateral. Archer subió al auto y Grenville lo puso en marcha.

¡Qué auto magnífico! —exclamó Archer mientras una oleada de envidia lo atravesaba. Pensó que si no hubiera sido por Helga, tal vez él también hubiera podido comprarse un auto así.

─ ¡Tengo que hablar con usted! —El tono agudo de la voz de Grenville hizo que Archer lo mirara, alerta.

─ ¿Algo anda mal?

─ ¡Esta mujer me está sofocando! ¡Me está volviendo loco! —estalló Grenville.

Condujo el auto a través del pesado tránsito de Lugano hasta llegar al lago. Buscó un espacio para estacionar; pero, en Lugano, los lugares para estacionar prácticamente no existen. Refunfuñando entre dientes continuó, hasta que encontró un lugar en que no decía que estaba prohibido estacionar. Ubicó el auto y detuvo el motor.

¡Ahora quiere que trabaje en su empresa! ¿Se lo puede imaginar? ¡Está decidida a casarse conmigo! Dice que me prestará cinco millones de dólares, así no tendré que vivir de ella. ¡Quién con la cabeza en su lugar, querría trabajar para ella! ¡Nunca me dejará solo! Cuando no estemos en la cama, me tendrá en un escritorio.

Archer inspiró con fuerza. "Si al menos me hubieran hecho a mí una oferta semejante", pensó. ¡Cómo se habría apresurado a aceptarla! ¡Un préstamo de cinco millones de dólares y la posibilidad de trabajar en la Herman Rolfe Electronic Corporation! Observó a Grenville y de pronto sintió un gran desprecio por él. Era, realmente, un gigoló, atemorizado por el trabajo, atemorizado por las responsabilidades.

─Sí, entiendo lo que siente -dijo con calma-. Pero no existe razón para estar tan excitado, Chris. ¿Cómo pudo salir?

Le dije que deseaba pensarlo —dijo Grenville de mal humor —. Y que podía pensar mejor cuando jugaba al golf. Fue lo único que se me ocurrió para poder escapar de ella. Está ocupada con un tedioso asunto respecto de la compra de un lugar en Versailles, así que me dejó ir. —Golpeó el volante con su puño cerrado. — ¡Se casará conmigo mañana mismo si le digo que acepto trabajar con ella!

Pero eso es lo que queremos que ella piense, Chris —dijo Archer con paciencia —. Se está tomando todo esto demasiado en serio. No existe la más remota posibilidad de que se casen. Lo está haciendo muy bien. Siga así. Cuando regrese, dígale que va a trabajar para ella y que cuanto más pronto se casen más feliz será.

Grenville sacó su cigarrera y encendió un cigarrillo.

─La sola idea de estar casado con ella hace que se me

hiele la sangre. ¿Está seguro de que todo va a salir bien? ¿Cuándo logrará sacarme de allí?

Nuevamente Archer lo observó, sintiendo desprecio. ¡Cuánto no daría para cambiar de lugar con este zoquete buen mozo e inútil!

Mañana a la noche lo secuestrarán y terminarán todas sus preocupaciones —dijo —. Las cosas están marchando decididamente de la forma en que nos conviene.

Eso espero. ¡No tiene ni idea de lo posesiva y dominante que es! Nunca encontré una mujer igual.

—Trate de tranquilizarse -dijo Archer con suavidad —. Todo está arreglado. Mañana a las diez de la noche llegarán dos hombres, que llevarán máscaras y revólveres. Los amenazarán a los dos. Deberá hacer una pequeña demostración de resistencia; pero no se exceda, porque se trata de dos aficionados. Vaya con ellos. Le dejarán a Helga una nota que yo he preparado. Los adiestraré sobre lo que deben decirle, y le aseguro que será lo necesario para que no se le ocurra llamar a la policía. Lo llevarán hasta una cabaña que he alquilado, les pagaré y luego me haré cargo de la situación. Le aseguro que, en menos de una semana, tendrá un millón de dólares. Tan simple como eso.

Grenville aplastó su cigarrillo en el cenicero.

─ ¿Y qué pasará con Hinkle?

─Sí... Hinkle. — Archer frunció las cejas. — ¿A qué hora se va a dormir?

─ ¿Quién sabe? Anoche, Helga le dijo que se fuera a dormir después de la cena.

─Para estar más seguros, el secuestro se hará a las once de la noche. Sugiérale a Hinkle que los deje solos.

─Puede quedarse levantado.

─Entonces uno de mis hombres se ocupará de él. Y otra

cosa, Chris: debe dejar abierta la puerta del frente. Conozco la villa, no existe forma de entrar, excepto por la puerta del frente. Hay un tocador en el vestíbulo. Busque un pretexto, una vez que esté seguro de que Hinkle ha salido del paso, y abra la puerta del frente... ¿Me comprende?

Grenville asintió.

Se oyó un golpe en la ventanilla del auto y ambos hombres se dieron vuelta. Un policía con casco blanco, uniforme marrón y pesadas botas los estaba mirando.

Exasperado y nervioso, Grenville presionó el botón que hacía descender el vidrio.

─ ¿Qué sucede? —masculló en italiano.

─Está en una zona en que está prohibido estacionar, señor —dijo el policía —. Debo hacerle una boleta.

¡Al diablo con eso! - estalló Grenville -. ¿Es que no hay ningún lugar para estacionar en este estúpido pueblo? ¡Deberían organizar en forma adecuada el estacionamiento!

Archer, que había vivido en Suiza durante mucho tiempo y sabía cuán susceptibles eran los policías suizos, estaba aterrorizado.

La mirada del policía se endureció.

─Documentos, señor.

¡Oh, bendito sea Dios! —Grenville abrió la guantera y le dio al policía los documentos del auto.

Después de examinarlos durante un tiempo, el policía volvió a quedarse mirando a Grenville.

─ ¿Este auto no es suyo?

Sabe leer, ¿no? —explotó Grenville —. El auto pertenece a Madame Helga Rolfe. Tal vez haya oído hablar de ella. Ella me lo prestó.

El rostro del policía permaneció impertérrito.

─Su pasaporte, señor.

Como Grenville viajaba mucho siempre llevaba consigo el pasaporte. Se lo alcanzó al policía.

Entonces fue cuando Archer cometió un estúpido error. Intervino. Sacó su billetera y extrajo una de sus antiguas tarjetas de negocios, dio su nombre y la dirección de la última firma de abogados internacionales en la que había trabajado.

Como verá, oficial — dijo con sus modales más suaves —, Mr. Grenville es inglés y no está acostumbrado a las reglamentaciones del continente. Le garantizo que Madame Rolfe le prestó este auto. Está alojándose con ella como su huésped.

El policía estudió la tarjeta y luego se la devolvió. También le devolvió el pasaporte y los documentos del auto a Grenville, mirándolo con frialdad.

─Por favor, no estacione en zonas prohibidas en el futuro,

señor —dijo. Saludó y le indicó a Grenville que se marchara.

Cuando el Rolls se alejaba, el policía, que tenía una memoria excelente, comenzó a escribir en su libreta. Estaba sorprendido de que un hombre tan miserablemente vestido como Archer pudiera asegurar que era un abogado internacional.

¡Maldito bastardo! —masculló Grenville mientras seguía su marcha a lo largo del camino que bordeaba el lago.

¡Por Dios, Chris! —dijo Archer nervioso —. No puede hablarle de esa forma a un policía suizo. Eso fue muy tonto de su parte.

─ ¡Que se vaya al demonio!

Se dirigió hacia el parque de estacionamiento del Edén Hotel.

—Tomemos una copa.

Los dos hombres caminaron hacia la terraza y eligieron una mesa aislada. Se sentaron, y Grenville pidió dos martinis con gin.

─Mire, Jack, esto tiene que salir bien —dijo —. Hábleme

acerca de estos hombres que me van a secuestrar. ¿Está seguro de que son de confianza?

Archer esperó hasta que les sirvieron las bebidas; entonces comenzó a hablar.

Grenville regresó a la villa poco después de las quince, sintiéndose más tranquilo. Archer lo había convencido de que en unos pocos días tendría su millón de dólares, sin ningún compromiso de su parte. Había jugado nueve hoyos con el profesional del club y lo había derrotado con tanta facilidad que éste le había confesado con generosidad que Grenville era el mejor jugador con el que jamás se hubiera enfrentado; esto halagó a Grenville.

Estacionó el Rolls en el garaje y entró en la casa. Cuando cerró la puerta del frente, pudo escuchar a Helga hablando por teléfono. Se dirigió al dormitorio, se duchó, se cambió y se dirigió hacia el living-room.

Helga tenía una expresión muy dura, que se suavizó cuando lo vio.

─ ¡Qué mañana! —dijo —. ¡Estos tontos me han hecho salir de mis casillas! —Hizo a un lado la montaña de papeles esparcida sobre el escritorio y se puso de pie; corrió hacia él y lo besó. — ¡Querido Chris! ¡Dame tu respuesta!... ¡Dime que es sí!

─Es sí — dijo Grenville. Tomándola en sus brazos, la llevó hasta el dormitorio y cerró la puerta con llave. — Y tendremos, inmediatamente, un ensayo general.

─ ¡Vas a espantar a Hinkle! —dijo Helga, aunque ya estaba quitándose la ropa.

─ ¡Al diablo con Hinkle! ¡Quiero una esposa para mí!

Diez minutos más tarde, mientras yacían lado a lado,

desnudos sobre la cama, Helga, en el éxtasis de la felicidad, comenzó a contarle a Grenville sus planes para e1 casamiento.

─Iremos a Paradise City. Tengo un hermoso lugar allí, en

una isla. Es perfecto. Hay una cabaña en la que podrás alojarte mientras preparo las invitaciones. ¡Tiene que ser una gran boda, Chris! ¡Hay tanta gente importante que debe ser invitada! Y sus esposas, mis ejecutivos, y la gente con la que trato...

Grenville sintió un escalofrío de sólo pensarlo, pero con dulzura le oprimió la mano.

─Soy el hombre más afortunado del mundo —dijo,

pensando en que al día siguiente se vería libre de ella, que nunca volvería a verla y que sería dueño de un millón de dólares.

Se oyó un discreto golpe en la puerta y Hinkle dijo a través de ella:

─Mr. Winborn está en el teléfono, señora. —El tono de su

voz era triste y reprobatorio.

¡Oh, maldito hombre! —dijo Helga furiosa, pero levantó el receptor del teléfono ubicado al lado de la cama —. ¿Qué pasa, Stanley? —Escuchó y luego dijo: — ¡No! ¡Ni un dólar más! ¡Es sólo una intentona! Por amor de Dios, Stanley, ¿no puede manejar esto en lugar de estar molestándome? Estoy tratando de descansar.

Grenville se deslizó fuera de la cama y fue hacia el baño. ¡Dios!, pensó. ¡Estar casado con esa máquina comercial! Ella aún seguía hablando cuando él, ya vestido, se encaminó hacia la terraza.

─ ¿Té, señor? —preguntó Hinkle, apareciendo.

─Un whisky doble con soda —dijo Grenville, y se sentó. Helga no apareció hasta después de media hora.

—Quiero informarte sobre este asunto, Chris —dijo, sentándose a su lado —. Tú tendrás que manejarlo. Va a ser importante y el gobierno francés está empezando a ponerse ávido. Permíteme que comience por el principio...

La hora siguiente fue de un aburrimiento mortal para Grenville en tanto Helga hablaba de precios, costos, impuestos, tasas de interés y cosas por el estilo. De algún modo se las ingenió para mantener una expresión atenta y asentir de vez en cuando. Pero el golpe vino cuando, luego de una pausa, ella le dijo:

─Bueno, ya conoces todo el asunto, Chris. ¿Cuál es tu opinión?

Grenville vaciló. No podía darle ninguna opinión puesto que escasamente había escuchado lo que ella había estado diciendo e, incluso, aunque hubiera escuchado, toda esa conversación financiera no tenía ningún sentido para él.

─Antes de expresar una opinión, Helga —dijo

cauteloso—, me gustaría estudiar los papeles y las cifras. ¿Sería posible? Te previne que estoy muy verde para las finanzas; pero creo que podría parecer un poco más inteligente si cuento con un par de horas para estudiar los proyectos y los valores.

Helga, mostrándose contrariada, asintió.

─Está bien, Chris. Le pediré a Winborn que mande copias

del contrato y de los precios ya mismo. Entiendo tu posición.

Tomó el teléfono que estaba a su lado y llamó a París, al tiempo que Hinkle llegaba con la coctelera del martini con vodka y vasos.

Grenville pensó: "Al menos, he ganado tiempo".

Mientras Hinkle servía las bebidas, Helga hablaba con la secretaria de Winborn y le decía que le enviara de inmediato copias del contrato y de los precios de la negociación de Versailles.

Las quiero para mañana —dijo cortante, y colgó.

─ ¿Van a cenar aquí, señora? —preguntó Hinkle.

─Salgamos, querida —dijo Grenville, con premura. Sentía

que debía alejarse de la villa y de las conversaciones financieras. — ¿No hay ningún lugar divertido adonde podamos ir a comer?

Por supuesto. Es una buena idea. Iremos a Huguenin: es sencillo pero bueno. No, Hinkle, vamos a salir.

Cuando Hinkle se hubo marchado de la terraza, Grenville, ansioso por apartar la mente de Helga de los negocios, comenzó a hacerle preguntas sobre su casa en Paradise City. Helga se sentía feliz de hacerle una descripción de la casa, y el tiempo pasó muy rápido. Poco después de las ocho se marchó al dormitorio para cambiarse y Grenville permaneció en la terraza. Aún faltaban veintisiete horas, pensó.

Después de una buena cena al estilo italiano, pasearon, tomados de la mano, por la orilla del lago. Helga estaba ahora tranquila, con su mente liberada. ¡Este hombre iba a ser su marido! No podía dejar de mirarlo, admirando su figura alta y delgada, su rostro hermoso. Se imaginó la excitación de los preparativos para la boda. ¡Qué sorpresa se llevarían Loman y Winborn! Se preguntó cuándo se lo diría. Consideró que era más prudente retener las noticias hasta que hubiesen conocido a Grenville y ella les hubiera informado que sería un nuevo socio de la empresa. Se imaginó que eso no los iba a poner contentos ¡pero no podían hacer nada! Ella tenía el control absoluto de la corporación con el setenta y cinco por ciento de las acciones. Los otros directores también alzarían sus cejas ¡pero al diablo con ellos! La contrariaba un poco que ese hombre alto y elegante no hubiera demostrado un real interés por la corporación por el momento, pero no debía apresurarlo. Si trabajaba con él estaba segura de poder despertar su interés.

Se dio cuenta de que no se estaba ocupando de él, así que le preguntó por el partido de golf.

Grenville también había estado desvariando, pensando en el secuestro de la noche siguiente, todavía un poco desconfiado respecto de los resultados. Comenzó a contarle su partido de golf con el profesor y, como la mayoría de los golfistas, le describió el juego golpe por golpe, lo que inmediatamente aburrió a Helga, que consideraba al golf como una absoluta pérdida de tiempo. Simuló interesarse, sin embargo, y exclamó "¡Bravo!" cuando Grenvilie contó cómo había vencido totalmente a su adversario.

Al regresar a la villa, encontraron a Hinkle esperándolos.

Bien, Hinkle —dijo Helga con firmeza —. En el futuro, después de la cena, debe irse a su cuarto. Sé que le gusta la televisión. Si necesito algo lo llamaré, pero no quiero que se quede esperándonos. ¿Comprendido?

Hinkle inclinó la cabeza.

─Muy bien, señora, si ése es su deseo.

Mr. Grenvilie se encargará de cerrar. Así que, después de la cena, por favor, descanse.

Al oír eso, Grenvilie ahogó un suspiro de alivio. Tal vez Archer tuviera razón cuando dijo que todo estaba saliendo como ellos querían.

Grenvilie se despertó poco después de las siete. Helga, a su lado, dormía.

Éste era el día, pensó Grenvilie, pero aún debía soportar veintidós horas antes de ser liberado. Estaba seguro de que esos aburridos papeles e informes llegarían en unas pocas horas. Entonces Helga esperaría que los estudiara y le diera su opinión. No era capaz de enfrentar la emergencia. Su único escape era simular una enfermedad. Esto no era nada nuevo para él. Muchas veces, cuando ya no podía soportar la compañía de sus diversas acompañantes maduras, se había quejado de jaqueca. Era algo infalible.

Permaneció acostado hasta que Helga comenzó a moverse: entonces dejó escapar un pequeño quejido. A lo largo de los años había ido perfeccionando este suspiro quejumbroso, de modo que resultaba muy convincente.

Helga se despertó y se sentó.

─ ¿Chris? ¿Qué te pasa?

─Nada. — Se puso las manos sobre los ojos. — No era mí

intención despertarte. Es sólo esta maldita cosa de costumbre.

Se inclinó sobre él, ansiosa.

─ ¿Te duele algo?

─ ¿Dolerme? Es una jaqueca. De vez en cuando tengo estos ataques — Grenville reprimió un quejido —. Mira, querida, déjame estar así. Si me quedo quieto, no es tan insoportable.

─ ¡Jaqueca! ¡Mi pobre querido! — Helga bajó de la cama. —Te voy a conseguir algo.

─No, por favor, no. Siempre me las arreglo. — Se las ingenió para sonar valeroso. —Lamento mucho esto, pero déjame solo, nada más. Incluso hablar me produce dolor.

─Por supuesto, Chris. ¿Quieres un poco de té? ¿Puedo hacer algo por ti?

─No... nada. Tal vez se me pase en una hora.

─Cuánto lo lamento —balbuceó Helga. Luego, como él

permanecía inmóvil, con las manos cubriendo sus ojos, fue hasta el baño, se duchó velozmente y moviéndose en forma silenciosa se vistió.

Espiándola por entre los dedos, Grenville de vez en cuando dejaba escapar su débil quejido.

─Chris, querido... déjame que llame a un médico.

─Ningún médico ha podido jamás curar una jaqueca —

dijo Grenville. Luego, con evidente esfuerzo se quitó las manos de la cara. — Ya estaré bien. Déjame estar aquí, por favor, querida, y no te preocupes. — Volvió a cerrar los ojos.

Preocupada y triste, Helga se dirigió hacia la terraza, donde Hinkle estaba regando las flores. Al verla, cerró la manguera y fue hacia ella.

─Es muy temprano, señora. ¿Pasa algo?

─Mr. Grenville tiene un ataque de jaqueca —dijo Helga —. No debemos molestarlo.

La rechoncha cara de Hinkle se volvió inexpresiva.

─Sí, señora. Es una dolencia desagradable. ¿Va a tomar el café en la terraza?

─Sí, por favor.

Bebió su café sin dejar de preocuparse por Grenville. Cuando Hinkle vino a retirar la bandeja, le dijo:

─Usted no se hubiera imaginado que un hombre como

Mr. Grenville pudiera ser víctima de la jaqueca, ¿no, Hinkle?

Hinkle arqueó sus cejas.

—Creo que es un padecimiento de origen nervioso. No, señora, uno no lo hubiera imaginado.

Helga sintió una urgente necesidad de hacerle confidencias.

─No se vaya, Hinkle. Quiero hablar con usted. Por favor, siéntese.

─Preferiría permanecer de pie, señora — dijo él con una

pequeña reverencia.

Ella dejó escapar una carcajada.

─ ¡Oh, Hinkle, qué correcto es usted siempre! A pesar de

eso yo lo considero como mi mejor amigo. Por favor, siéntese.

─Gracias, señora. Está bien, señora. —Hinkle se sentó en

el borde de una silla.

─ ¡Debo contárselo! Mr. Grenville y yo nos vamos a casar

—dijo Helga —. Ha estado de acuerdo en asociarse a la firma. —Dejó escapar un suspiro de alegría. — Planeamos casarnos el mes próximo.

Hinkle tenía la expresión de quien ha mordido una fruta ácida, pero inmediatamente puso cara de piedra.

─Entonces debo ofrecer mis felicitaciones a Mr. Grenville

—dijo — , y mis mejores deseos a usted, señora.

─Gracias, querido Hinkle. ¡Chris me va a hacer tan feliz!

— dijo Helga —. No puedo seguir más con esta vida solitaria. Porque usted sabe lo sola que estoy. Será maravilloso tenerlo a mi lado. No preocuparme más por tener que salir sola; poder volver a sentirme viva después de los tediosos años al lado de Mr. Rolfe. —Inspiró con fuerza. — ¡Hinkle! Compréndame y déme su aprobación.

─Por supuesto, señora. —La nota de reprobación aún

subsistía en su voz. Se puso de pie.

¡Oh, siéntese! — exclamó Helga, súbitamente enojada con él —. Saldremos para Paradise City este fin de semana. Quiero que se ocupe de hacer todos los preparativos. Será una boda grandiosa.

Hinkle permanecía de pie.

─Puede confiar en mí —dijo con su tono más deprimido.

Helga conocía a Hinkle. Cuando estaba contrariado, no se podía hacer nada con él. Había que darle tiempo.

─Como siempre lo he hecho, Hinkle —le dijo con amabilidad.

─Sí, señora. Siempre puede confiar en mí. Ahora, si tiene

la gentileza de excusarme, hay cosas de las que debo ocuparme en la villa.

Helga lo observó cruzar la terraza, con la espalda rígida. Si sólo se hubiera mostrado complacido, pensó. Pero debía darle tiempo. Debía hablar con Chris. Tenía que comprender lo importante que era Hinkle para ella. Chris debía hacer un sincero esfuerzo para ganarse la aprobación de Hinkle. En el pasado, cuando ella contrajo matrimonio con Herman, Hinkle lo había desaprobado. Pero ella había sabido conquistarlo y finalmente, durante el período más difícil de su vida, él le había demostrado su lealtad.

Desplazándose con lentitud, se dirigió hacia su dormitorio, abrió la puerta con suavidad y miró hacia adentro. Grenville, que se moría por un café y un cigarrillo, oyó cuando ella hizo girar el picaporte y rápidamente se cubrió los ojos con las manos.

Helga lo miró, luego con dulzura cerró la puerta.

¡Dios! pensó Grenville. ¡Qué día infernal iba a ser ése! Pero debía seguir simulando hasta que los hombres de Archer se lo llevaran. Se consoló pensando en lo que significaría poseer un millón de dólares. Por primera vez, desde que Archer había comenzado a delinear con cuidado el plan del secuestro, Grenville empezó a pensar seriamente en él. No se sentía tranquilo respecto de Helga. Esa fibra acerada que de pronto emergía en ella lo aterraba y lo preocupaba. Existía la posibilidad, a pesar de las volubles aseveraciones de Archer, de que se enfureciera cuando se diera cuenta de que había sido estafada. Al pensar en eso, decidió que sería peligroso permanecer en Europa una vez que hubiera conseguido su parte del dinero. Después de mucho pensarlo, decidió que en el momento en que Archer le diera un millón de dólares volaría a las Antillas, alquilaría un yate, buscaría una alegre muñequita y desaparecería. Cuando el humo se hubiera disipado, sólo entonces regresaría a Europa, que era su alegre terreno de cacerías.

En ese momento surgió en su mente un pensamiento que lo irritó y lo puso de mal humor.

¿Podía confiar en Archer?, se preguntó. ¿Qué sabía acerca de él?

Se habían encontrado por casualidad en ese deprimente hotelucho de París. ¿Sería Archer realmente un abogado internacional? Grenville se removió incómodo. ¿No sería Archer uno de esos estafadores refinados de los que se oye hablar? No cabía duda de que había conocido a Helga: lo había probado. Grenville recordó el aspecto miserable de Archer. El convenio había sido que el rescate de dos millones de dólares se depositara en la cuenta numerada que Archer poseía en un Banco suizo. Dadas las circunstancias eso tenía sentido, pero ¿qué reclamo podía hacer él una vez que el dinero estuviera en la cuenta de Archer? ¿Y si Archer desaparecía?

Grenville empezó a transpirar. Aunque fuera un botarate y un gigoló tenía un agudo sentido de la autopreservación. ¿En qué forma podía salvaguardarse de una posible estafa por parte de Archer?

Mientras yacía en la semipenumbra, Grenville consideró ese problema.

Exactamente a las catorce, Max Segetti y Jacques Belmont —éste al volante de un destartalado VW— se detuvieron frente al Hotel de Suisse. Archer, que ya había pagado su cuenta, los estaba esperando en su Mercedes alquilado. Les hizo un gesto con la mano para que lo siguieran y condujo a través de las bulliciosas calles hasta el borde del lago y de allí hasta Paradiso. Constantemente miraba por el espejo lateral para asegurarse de que el VW lo seguía.

Después de diez minutos de marcha se detuvo frente a la cabaña alquilada. El VW estacionó al lado del Mercedes, y Segetti y Belmont, llevando valijas rotosas, descendieron del auto. Ambos usaban trajes oscuros y tenían un aspecto un poco más respetable que cuando los vio por primera vez en Ginebra.

— ¿Sin problemas? —preguntó Archer, en italiano.

─No, señor —dijo Segetti, y sonrió.

─ ¿Tienen las máscaras y las armas?

─Sí, señor. Vinimos por Zurich para eludir la aduana italiana. Sin problemas.

─Bueno, pasen — Archer los condujo a través del pequeño y descuidado jardín, abrió la puerta del frente y entró en el living-room —. Siéntense.

Los dos hombres se sentaron en sendos sillones.

Archer comenzó a caminar por el cuarto.

─La operación se realizará esta noche a las once. En-

contrarán la puerta principal de la villa abierta. Irrumpen,

amenazan al hombre y a la mujer con sus armas y luego se llevan al hombre. Lo traen aquí. Eso concluye nuestro acuerdo. Les pago, se van inmediatamente para Ginebra y se olvidan de lo que ocurrió.

Segetti asintió mientras Belmont permanecía inmóvil, con la mirada clavada en la alfombra deshilachada.

─ ¿Y dónde está la villa, señor? — preguntó entonces Segetti.

─Los llevaré allí en unos pocos minutos. Puede

presentarse una dificultad. Hay un sirviente. Puede ponerse difícil. Si aparece, uno de ustedes deberá hacerse cargo de él. — Archer hizo una pausa y luego prosiguió:

─No debe haber violencia.

Por primera vez habló Belmont. Con una pequeña mueca de maldad, dijo:

─No habrá problemas. Yo me voy a encargar de él.

El tono amenazador de su voz hizo que Archer lo mirara.

─Repito: sin violencia. —Miró a Segetti. — ¿Está

claramente comprendido? Incluso prefiero que fracase e1 secuestro antes de que haya violencia.

─No será necesario, señor —dijo Segetti.

─El hombre que tienen que secuestrar sólo opondrá una

resistencia simulada —continuó Archer — , pero nada más. Desea que la mujer quede convencida de que lo están secuestrando. ¿Me comprenden?

─Sí, señor —dijo Segetti.

─Bueno. Ahora les haré un resumen. Esta noche a las

once en punto llegarán a la villa, usando mi auto. Estacionarán al final del camino principal y subirán caminando hasta la villa. La puerta del frente estará abierta. Irrumpirán bruscamente. El hombre y la mujer estarán en el living-room o afuera, en la terraza. Cuando entren en el vestíbulo, la puerta del frente los lleva al living-room. — Archer sacó una hoja de papel de su portafolio. — Aquí tienen el plano de la villa. Le dan una mirada.

Segetti estudió el plano y luego asintió.

─Está muy bien, señor —dijo.

Archer sacó otra hoja de papel.

─Les he escrito las palabras exactas que deben decirle a la

mujer y quiero que las estudien de memoria. — Le dio la hoja a Segetti.

Después de leerla Segetti sonrió:

—Jacques, este trabajo es tuyo. —Le alcanzó la hoja a Belmont. Mirando a Archer prosiguió:

—Jacques puede hacerlo muy bien.

─No me importa quién se encargue de hablar con tal de

que lo haga en forma convincente —dijo Archer — . Se llevan el hombre al auto y lo traen aquí. Eso es todo. Les pago y se van para Ginebra de inmediato.

─Sin problemas, señor —dijo Segetti.

─Está bien. Les mostraré la villa. Vamos.

Archer, sintiéndose ahora más tranquilo en cuanto al éxito del trabajo que ambos hombres debían llevar a cabo, los condujo en su Mercedes hasta Castagnola. Manejaba despacio. Cada tanto le preguntaba a Segetti, que estaba sentado a su lado, si podría recordar el camino.

Segetti no dejaba de decir:

— Sin problemas, señor.

Cuando Archer tomó el camino que, remontando la escarpada colina, pasaba frente a la villa de Helga, disminuyó la marcha pero no se detuvo.

─Esa es. Villa Helios. Regresaré por el mismo camino.

Tanto Segetti como Belmont espiaron los portones de hierro forjado que conducían a la villa, cuando el Mercedes se desplazaba frente a ella. Cuando llegó al punto más alto del camino, Archer dio la vuelta Y volvió a pasar lentamente frente a la villa.

─ ¿La vieron bien? —preguntó.

─Señor, no hay ningún problema.

─Bueno. Les quedan ocho horas. ¿Quieren quedarse en mi casa o tienen algo que hacer?

─Nos gustaría echar una mirada por Lugano, señor —dijo

Segetti —. Nunca habíamos estado antes. ¿Puedo pedirle que nos lleve de vuelta, así podemos usar nuestro auto?

Archer se sintió aliviado. La idea de tener a esos dos con él durante ocho horas no le atraía.

─Sí.

Condujo de regreso a la cabaña.

Cuando descendieron del Mercedes, Segetti dijo:

─Estaremos aquí esta noche a las diez y cuarto, señor.

Archer los observó mientr.se alejaban. Cerró la puerta de la casa, fue hacia uno de los dormitorios y se tiró sobre la cama. Quedaba una larga espera; pero al menos, la operación estaba ya en marcha.

¡Un millón de dólares!, pensó. Con ese dinero podría irse a Nueva York. Podría iniciar sus propios negocios como consultor impositivo. No había nada que esa perra pudiera hacer una vez que le sacara el dinero. Estaba seguro de que nunca iba a gritar "Al ladrón". No querría enfrentar el golpe publicitario de que había sido estafada por un elegante gigoló. Tampoco Herman Rolfe lo había denunciado a él, porque sabía que hablaría de su relación con Helga. No... no había nada de qué preocuparse respecto a lo que ella hiciera. Pero estos dos hombres lo preocupaban un poco. Había algo siniestro en ellos, especialmente en el más joven. Realmente se hubiera preocupado mucho si hubiera podido verlos estacionar frente a una oficina de correos cerca de Lugano.

Dejando a Belmont en el auto, Segetti entró de prisa en la oficina. Cerrando tras él la puerta de la casilla del teléfono, llamó a Bernie en Ginebra. Habló poco. Bernie escuchó y luego le dijo:

─Llámame dentro de dos horas, Max.

Bernie tenía muchos contactos en Suiza. Uno de sus contactos más confiables estaba en Lugano: Lucky Bellini, llamado así porque, muchos años antes, una mujer celosa le había clavado un cuchillo en su gorda espalda y había sobrevivido.

─ ¿Lucky? —dijo Bernie —. Necesito una información. ¿Quién vive en una villa llamada Helios en Castagnola?

─ ¿Helios? — la voz de Lucky se elevó en un tono —.

Ésa es la casa de Herman Rolfe. Él murió, pero su mujer

la usa de vez en cuando. Está allí ahora.

Bernie sonrió.

─Espérame, Lucky —dijo —. Caeré por ahí al atardecer. No lo olvides.

Llamó al aeropuerto y contrató un taxi aéreo para que lo llevara a Agno, cerca de Lugano.

Cuando Segetti volvió a llamarlo, Bernie le dijo que se iba a reunir con él.

─Haz exactamente lo que ese Archer te diga, Max.

Llévate a ese otro tipo, que después yo me encargaré.

─Seguro, Bernie —dijo Segetti —. ¿Dónde nos encontramos?

─En el aeropuerto de Agno a las seis en punto. Vayan a

buscarme allí. ¿Eh?

─Ningún problema, Bernie.

Sonriendo aún, Bernie colgó.

Hacia el mediodía, Grenville, no sólo aburrido hasta más no poder sino también hambriento, hizo su aparición en la terraza.

Helga estaba sentada en una de las grandes mesas de la terraza, estudiando un legajo. Al verlo, su rostro se iluminó.

─ ¡Querido Chris! ¿Te sientes mejor?

Luciendo una expresión descolorida, Grenville se acercó a ella y la besó suavemente en la mejilla.

─Sobreviviré. —Se dejó caer en una silla, cerca de ella. — ¿Piensas que Hinkle me podrá dar algo de café?

─Por supuesto, querido. —Presionó el timbre que estaba sobre la mesa. — ¿Te sientes realmente mejor?

─Un poco desarmado. —Le dedicó una sonrisa valerosa. — Es extraño. Hacía meses que no tenía un ataque.

Apareció Hinkle.

—Café, por favor, Hinkle. Mr. Grenville se siente mejor. — Mirando a Grenville, prosiguió: — ¿Querrías una omelette? No te hará mal.

Grenville, que hubiera preferido una chuleta, dijo que podría hacer frente a una omelette.

Hinkle se retiró, con una inclinación de cabeza.

─Veo que estás trabajando, Helga —dijo Grenville —.

Sigue con lo tuyo. Yo descansaré. — Reclinándose, cerró los ojos.

Después de un momento de vacilación, Helga tomó el legajo.

Cuando Hinkle trajo la bandeja con café, tostadas y una omelette de hierbas aromáticas, Helga cerró el legajo.

─Gracias —dijo Grenville cuando Hinkle levantó la

cubierta de plata que cubría la omelette —. Tiene un aspecto maravilloso.

Hinkle inclinó la cabeza y se marchó.

─Hablaremos de negocios mañana —dijo Helga —. Por

fin, Winborn está haciendo las cosas con sentido. Mantuve una larga conversación telefónica con él esta mañana. Vamos a conseguir el terreno a nuestro precio.

─Oh, eso es bueno. —Grenville dio un respingo. — En

este momento, querida, mi cerebro está embrollado. Dejemos la conversación para mañana —dijo, sabiendo que no habría mañana. Se sirvió una taza de café.

─Por supuesto. —Helga lo observó y luego prosiguió:

─ ¿Sabes que jamás hubiera pensado que tú pudieras sufrir de jaqueca?

─La heredé de mi padre — mintió Grenville —. Fue una

víctima de ella. — Bebió el café y se sirvió otra taza. Luego comenzó a comer la omelette, que resultó excelente. — Hinkle sí que sabe dar vuelta una omelette sin que se le rompa.

─Que no te oiga decir eso —dijo Helga molesta—. Sus

omelettes son creaciones. Chris, querido, deseo que seas realmente amable con él a partir de ahora. Debo decirte que él no aprueba nuestro matrimonio.

Grenville se quedó mirándola, con las cejas arqueadas.

─ ¿No aprueba? Es un sirviente ¿no? ¿A quién le importa

si lo aprueba o no? Hay muchos otros sirvientes.

Helga se puso rígida y la mirada acerada surgió en sus ojos.

─Chris, por favor. Debemos llegar a un acuerdo respecto

de Hinkle. No hay nadie, excepto tú, que me importe tanto como él. Me ha ayudado tan a menudo y de tantas formas. Él me comprende. Él... —Se detuvo y forzó una sonrisa. — No querría sonar dramática, pero Hinkle forma parte de mi vida, y no lo perdería por todo el dinero del mundo.

Grenville comprendió que se había metido en un terreno muy peligroso. No es que le importara; pero no quería tener un choque con ella.

Sonriente, le dijo:

─Lo lamento. No había comprendido que significaba

tanto para ti. Haré todo lo que esté a mi alcance para que me acepte. Te lo prometo.

─Realmente significa mucho para mí —dijo Helga con

seriedad —. Es leal, bondadoso y muy digno de confianza.

—Te lo prometo — dijo Grenville, y le acarició la mano.

─Gracias, Chris. Sé que llegará a apreciarte como te

aprecio yo y que te brindará la misma maravillosa lealtad y cuidados que me brinda a mí.

¡Dios! pensó Grenville. ¡Toda esta perorata por un viejo mayordomo gordo y pomposo! Pero volvió a mostrarse encantador para no irritarla.

─Espero que así sea.

Poco después de las trece, Hinkle apareció con la coctelera de martini con vodka y dos vasos. Grenville, recordando que se suponía estaba recobrándose aún de un severo ataque de jaqueca, lo rechazó de mala gana. Luego dirigiéndose a Hinkle, prosiguió:

─ ¡La omelette más maravillosa! No puedo imaginarme

cómo se las arregla para que salga tan liviana y deliciosa.

Me alegra que le haya gustado, señor — dijo Hinkle envarado. Luego se dirigió a Helga: — Pura el almuerzo, señora, le sugiero un mignon de veau con salsa de hongos. Y hay un Brie excelente para después.

─Maravilloso —Helga miró a Grenville —. ¿Querrías un poco?

Grenville dudó. La omelette no había saciado su apetito.

─Creo que me atreveré con un poquito —dijo.

Sintió la mirada reprobatoria de Hinkle sobre él.

Cuando Hinkle se hubo marchado, Grenville dijo:

─No se puede decir precisamente que me ame, ¿no?

─Debes darle tiempo, querido — Helga juntó los papeles —. Tengo el tiempo justo para darme un remojón. Quédate quieto.

Grenville se moría por nadar pero eso no hubiera sido inteligente. Contó las horas: ¡sólo diez horas más! Resultarían terribles, pero luego sería libre. Encendió un cigarrillo y se recostó en su silla.

Almorzaron debajo de las sombrillas, y Helga insistió en que Grenville durmiera una siesta. Él estaba deseoso de hacerlo y se fue a su dormitorio mientras ella volvía a abrir el legajo y tomaba el teléfono.

A las dieciséis y treinta Grenville salió a la terraza y encontró a Helga todavía tomando notas y estudiando el legajo.

─Parece que nunca dejas de trabajar — dijo consternado.

Ella le sonrió.

─Soy la cabeza de un imperio que vale más de dos

millones de dólares, Chris. Tú vas a ser mi mano derecha. Cuando posees un imperio semejante, es muy difícil dejar de trabajar. Justo para el té. Ya terminé.

"¡Estar casado con esta mujer!", pensó Grenville, "me convertiría en una tecla de una calculadora".

Pasaron la tarde hablando. Helga, ansiosa, hacía planes para la luna de miel. Tenía un yate, le dijo. ¿Le gustaría que hicieran un crucero por las islas de la Florida? Grenville estuvo de acuerdo con todas sus sugerencias, sabiendo que, por suerte, en unas pocas horas se vería libre de ella, con el agregado de un millón de dólares.

Al mirarla bajo la suave luz del atardecer, sintió un remordimiento. Realmente era una mujer hermosa, pensó. Si no fuera tan aterradoramente eficiente, tan terriblemente dura algunas veces y tan posesiva. Ese tono acerado que aparecía en su mirada y en su voz cuando las cosas no eran como ella quería, lo aterraba. "No, pensó, jamás podría manejar a esta mujer de acuerdo con mi conveniencia. Ella siempre dirigiría el juego." Aun así, sentía remordimientos. Era maravillosa en la cama, era agradable de ver y poseía millones; pero sabía que era demasiado posesiva y que, una vez casados, lo dominaría por completo. Y él deseaba ser libre. Tener montones de dinero, y poder elegir alguna muñequita: usarla, dejarla y reemplazarla. Ésa era su idea de cómo se debía vivir, sin complicaciones y sin más viejas gordas tediosas. Miró furtivamente su reloj.

Hinkle salió a la terraza con la coctelera y dos vasos. Esta vez, Grenville, que se desesperaba por un trago, dijo que tomaría una copa.

─Me siento mejor, Hinkle —dijo con su sonrisa más

seductora — , ¿Piensa que podré comer un bife?

Helga, complacida, miró a Hinkle; pero no había una expresión benigna en el rostro de éste.

─Por cierto, señor. ¿Tournedos a la Rossini o steak au

poivre?

"Maldito hijo de puta", pensó Grenville. "¿Pero qué importa? Para mañana ya me habré olvidado de ti".

─El steak au poivre estará perfecto.

─Sí, Hinkle, para mí también —dijo Helga —. Ninguna entrada. ¿Podremos tomar uno de sus helados de champagne?

Como para desairar a Grenville, Hinkle la miró radiante.

─Por cierto, señora.

Grenville suspiró.

─No estoy teniendo mucho éxito ¿no?

─Llevará su tiempo —dijo Helga —. Sé paciente.

─Por supuesto. — Se puso de pie. — Me voy a cambiar.

Después de la cena, cuando Hinkle se hubo ido a preparar el café, Grenville dijo:

─ ¿No es hora de que Hinkle se vaya a descansar, Helga? Ya no es tan joven y parece haber estado en pie todo el día.

Cuando Hinkle sirvió el café, Helga le dijo:

─Eso es todo, Hinkle. Como siempre, la comida fue

deliciosa. Por favor, déjenos. No necesitamos nada más.

Hinkle inclinó su cabeza y retiró la bandeja.

─Muy bien, señora. Me retiraré. Mr. Grenville sólo tendrá

que cerrar las ventanas francesas y bajar las persianas. El resto de la casa está cerrado. — Hizo una pequeña reverencia. — Espero que duerma bien. —Ignorando a Grenville, se marchó de la terraza.

"Bueno. Al menos, lo he sacado de en medio", pensó Grenville.

─Pasan una buena película por televisión —dijo —. ¿La miramos?

─Sí, pero quedémonos aquí afuera un momento más. Está

tan lindo. ¿A qué hora comienza?

─A las nueve y cuarenta y cinco.

─Entonces tenemos tiempo. —Puso sus manos en las de

él. — ¿Estás seguro de que te sientes completamente bien ahora, Chris?

─Estoy bien — le sonrió —. Después de la película te lo

demostraré.

Sus ojos resplandecieron.

¡Querido! ¡Soy tan feliz! ¡No puedes imaginarte lo que significas para mí!

Grenville sintió un remordimiento de conciencia. ¡En una hora y tres cuartos! Podían oír a Hinkle ordenando las cosas en la cocina. El reflejo de la luna en el lago, las montañas que se recortaban contra el cielo estrellado y el aroma de las flores hacían que la noche fuera especial para el romance.

Más tarde, Grenville, que estaba escuchando atentamente, oyó cómo Hinkle cerraba la puerta de la cocina y se marchaba hacia su cuarto en el extremo más alejado de la villa.

─Vamos a ver la película.

Pasaron al living-room y Grenville encendió el televisor.

─Regreso en un momento.

Se fue hacia el vestíbulo, cerrando la puerta del living-room. Sólo le tomó unos momentos descorrer los cerrojos, quitar la cadena de seguridad y abrir la puerta del frente. Luego entró en el tocador e hizo correr el agua. Miró su reloj. ¡Otra hora aún!

Regresó al lado de Helga. Su corazón comenzaba a latir agitado, y miró sin interés la pantalla. Todo lo que podía pensar era que en una hora tendría lugar una explosión que alteraría todo su estilo de vida.

Por suerte, la película tenía gancho y Helga estaba interesada. Estaba muy tranquila, sosteniendo la mano de Grenville, recostada en su asiento; sólo una lámpara iluminaba el inmenso cuarto.

Sobre la chimenea había un reloj luminoso y Grenville no sacaba los ojos de él.

Cuando las manecillas indicaron las veintitrés, la puerta se abrió con violencia y dos hombres enmascarados, con armas en la mano, irrumpieron en el cuarto.