CAPÍTULO QUINTO
I
Me miró fijamente, por espacio de medio segundo; entonces noté en sus ojos que me había reconocido y contuvo la respiración de la misma manera que si hubiera visto un fantasma a los pies de su cama. Pero con todo, no perdió su presencia de ánimo. Dio unos pasos hacia atrás y trató de cerrar la puerta de un golpe pero yo puse un pie y empujé con el hombro. Trastabilló hacia atrás al tiempo que yo entraba en la habitación; dio vuelta sobre sus pasos y trató de alcanzar otra puerta que había en el fondo. Pude alcanzarla antes de que lograra su propósito. La tomé de la muñeca y la hice dar vuelta para enfrentarla.
—Tranquilícese —le dije—, sólo quiero hablar con usted.
Se desprendió de mí y retrocedió. Sus pechos se agitaban debajo de la blusa de seda; los ojos le brillaban y su tez tenía el color del marfil antiguo. Su aspecto general no guardaba ninguna relación con la seductora que me había visitado la noche anterior y que tan intensamente había tratado de sonsacarme algo. Ahora se la veía avejentada y como manoseada por tanto uso. Era como una ex vedette de intensa actuación y que repentinamente se hubiera cansado de que los hombres la acosaran. Por eso mismo parecía haber perdido ese encanto y la frescura que hacía que las bellezas de su tipo resultaran tan apetecibles. Además parecía asustada. Sus ojos enormes y grises estaban llenos de terror.
— ¡Váyase de aquí! —dijo en un susurro apenas audible. Estábamos en un dormitorio; una linda habitación y no precisamente del tipo que uno esperaría encontrar en la parte superior de un night-club. La alfombra era mullida y confortable. La cama parecía cómoda. Las cortinas hacían juego con la alfombra y ésta a su vez, combinaba con las paredes empapeladas. La cómoda estaba cubierta de frascos y botellitas de diferentes perfumes, atomizadores y polvos. Varias lámparas daban a la habitación una luz pareja y acogedora. Cualquier chica —aún la mujer de un millonario— podría sentirse feliz en una habitación así. Pero Anita Cerf no estaba contenta. Parecía más bien una víctima de un accidente de trenes emergiendo de uno de los vagones volcados.
—La he estado buscando por todas partes —le dije— Tengo algunas preguntas que hacerle, señora Cerf.
—Salga de aquí —dijo, señalando la puerta con un dedo tembloroso como el de una anciana— ¡No pienso contestar a sus preguntas! ¡Tampoco quiero oírlo!
— ¿Qué hay del collar? ¿No lo quiere?
Se balanceó sobre los talones como si la hubiera golpeado y se llevó la mano a la boca en un gesto de terror
—No sé de qué está hablando. ..
—Sí que lo sabe. Le hablo del collar que le dio a Dana Lewis. ¿Por qué se lo dio?
Cruzó la habitación como una exhalación y abrió uno de los cajones de la cómoda. Yo no había visto bastantes películas como para saber lo que buscaba allí; llegue justo a tiempo para arrebatarle un revólver 22. Mi mano tomó la suya en el momento en que empuñaba el arma Pude sentir como sus dedos trataban denodadamente de sacar el seguro y apreté con fuerza, aplastando sus dedos contra la pistola.
— ¡Lárguela! —le dije—. Deje de hacerse la tonta
Me clavó el codo en el pecho y cayó contra mí, haciéndome trastabillar, la tomé por la cintura y la atraje hacia mí. Era como tratar de sostener a un tigre salvaje y se resistía con todas sus fuerzas. Apenas podía dominarla. Así cruzamos la habitación, luchando y tambaleando.
— ¡Mejor que termine o podría lastimarla! —exclamé mientras ella trataba de golpearme la barbilla.
Me pegó en la cara, usando el puño como un martillo al mismo tiempo que trataba de lastimarme también con el taco de su zapato. Estaba agitada y yo podía sentir sus músculos tensos que se retorcían bajo mis manos Cuando trató de golpearme otra vez, le doblé el brazo, forzándola a darme la espalda y le llevé la mano hacia los omóplatos. Se dobló, exhalando un grito de dolor. La apreté más fuerte aún, hasta que sus dedos dejaron caer el arma; cayó sobre la alfombra y la empujé con el pie debajo de la cama.
— ¡Me está rompiendo el brazo! —dijo quejándose y cayó de rodillas.
Le solté la muñeca, la tomé por los hombros y la puse de pie, tratando de sostenerla. Después di unos pasos hacia atrás.
—Lo siento mucho, señora Cerf —le dije, convencido de que mi voz no dejaba traslucir tal pensamiento—Terminemos la pelea y conversemos. ¿Por qué le dio usted su collar a Dana Lewis?
—Yo no se lo di —dijo, acariciando su muñeca mientras me miraba fijamente—. Casi me rompe el brazo.
—Usted fue con ella al departamento. Tenía el collar puesto cuando entró. Cuando salió, ya no lo tenía; lo encontraron en el cuarto de Dana. ¿Usted se lo dio? ¿Por qué?
—Le digo que no se lo di.
—La vieron entrar —le dije—. Podrá decírmelo a mí o a la policía; haga como guste, pero decídase de una buena vez.
Tomó una rápida decisión: se arrojó bajo la cama y trató desesperadamente de alcanzar el revólver. Afortunadamente estaba fuera de su alcance.
Fui hasta donde ella estaba y volví a levantarla, comenzó otra vez su resistencia pero yo ya estaba cansado de modo que la tiré sobre la cama con bastante fuerza como para dejarla sin aliento. Quedó inmóvil, la espalda arqueada y los brazos extendidos en cruz sobre la colcha verde.
— ¿Por qué se lo dio? —repetí, parado frente a ella. . —No se lo di —dijo, entrecortadamente—. El collar fue robado. Yo no se lo di.
— ¿Por qué tomó un taxi y fue a East Beach cuando la dejó?
Se incorporó trabajosamente. Su rostro estaba rígido de miedo.
—No sé de qué está hablando... Yo no fui a East Beach.
—Estaba allí cuando mataron a Dana. ¿La mató usted?
—Yo no fui. Nunca estuve allí. ¡Váyase! ¡No quiero oírlo! ¡Váyase de aquí!
Lo extraño era que todo el tiempo mientras hablaba, mantenía el tono de voz bajo, como si temiera que alguien la escuchara. Y su terror me preocupaba. Tenía miedo de lo que yo pudiera decirle. Cada vez que comenzaba a hablar, sentía que se ponía tensa como cuando el dentista se aproxima con el torno a un nervio sensible
—No sabe nada, ¿verdad? —le dije—. Entonces, ¿por qué se esconde? ¿Por qué no va a su casa? ¿Acaso Cerf sabe que está aquí? Vamos, ya es tiempo de que hable.
Estaba sentada apenas en el borde de la cama y trataba de eludirme. Comenzó a decir algo pero el murmullo murió repentinamente. Vi que se ponía en tensión otra vez. Sus ojos se abrieron aún más y a su rostro asomó una expresión de resignado terror que me produjo un escalofrío.
Yo no había oído la puerta que se abría; la del fondo de la habitación. Tampoco oí entrar a nadie, pero capté una sombra en el espejo grande del ropero y me di vuelta lentamente.
Ralph Bannister estaba parado en el vano de la puerta sosteniendo con la mano la perilla. Era de estatura mediana, ancho de hombros, cuadrado y vestía un smoking de buen corte. Tenía una espesa mata de cabello entrecano, peinado hacia atrás desde la amplia frente. Sui ojos eran pequeños y oscuros; las ojeras le daban un aspecto de cansancio, como si hubiera dormido poco. Tenía los labios finos y descoloridos, así como la tez. Lo había visto algunas veces en los mejores restaurantes del centro pero nunca había hablado con él. Pienso que nunca se habría fijado en mí. No era de los que se fijan en la gente y tampoco parecía el dueño de un lugar como L'Etoile. Parecía más un abogado criminalista o tal vez un especialista en alguna enfermedad extraña.
Con el rabillo del ojo vi como Anita giraba lentamente la cabeza hasta enfrentar a Bannister y sus puños que se crispaban hasta que palidecieron los nudillos.
Él no le prestó ninguna atención. Sus ojos, pequeños e inexpresivos, me recorrieron de hito en hito y su total silencio contribuyó a crear una atmósfera amenazante.
— ¿Qué sabe usted acerca del collar? —Su voz parecía sumisa y queda como la de un sacristán avergonzado de la pobreza de su capilla.
—No creo que a usted le interese meterse en este asunto —le dije— a no ser que quiera comprometerse en un asesinato.
— ¿Dónde está el collar? —preguntó
—A buen resguardo. ¿Le dijo ella que está complicada en un crimen? Al ocultarla usted, se está convirtiendo en cómplice. Pero no pienso que un detalle así represente mucho para usted.
Volvió sus inexpresivos ojos hacia Anita.
— ¿Es éste el hombre del cual me hablaste?
Asintió en silencio, inmovilizada por el terror. Las venas de su cuello estaban como cuerdas anudadas.
Se volvió otra vez hacia mí.
— ¿Cómo entró hasta aquí?
Como no quería comprometer a Gail Bolus inútilmente, le dije:
—Llegué caminando; ¿quién iba a impedírmelo?
Sus ojillos estudiaron mi rostro; luego apartó la mirada de mí. Apretó los labios mientras atravesaba la habitación. Todos sus movimientos eran pausados, como los de una persona enferma del corazón. Apretó un timbre que había en la pared y luego volvió al medio del recinto.
Recordé el arma que estaba debajo de la cama. Sentí la repentina necesidad de tenerla; pero no lo lograría a no ser que me pusiera en cuatro manos y me metiera debajo de la cama para alcanzarla. Pensé que Bannister, a pesar de su apariencia calma, no soportaría todo ese procedimiento sin reaccionar. Decidí dejar correr las cosas para ver qué sucedía. No tuve mucho que esperar, la puerta se abrió de golpe y apareció Gates. Me echó tan solo una mirada y en su mano apareció un revólver.
Bannister preguntó:
— ¿Cómo entró aquí?
Gates traspuso la puerta. Había una expresión feroz en su rostro delgado y huesudo.
—Vino con Gail Bolus. —La ira hacía temblar su voz.
Se oyó un ruido de pasos por el corredor y apareció Shannon. Sus ojos fueron de Bannister a mí y de vuelta a Bannister. Pude notar que sus fuertes músculos se ponían tensos bajo el smoking mal cortado.
—Ve a buscarla —dijo Bannister.
Shannon salió apresuradamente, haciendo un ruido ex- traño al correr, como si anduviera con zancos.
Bannister le hizo una señal a Anita para que pasara a la otra habitación.
Ella se bajó de la cama.
—No sé de qué está hablando —dijo Anita con voz fría y dura—. Está mintiendo y tratando de meterme en líos.
Bannister la miró como quien mira a un gato muerto en la calle.
—Vete a la otra habitación —prosiguió, con su voz de sacristán.
Ella obedeció.
Cuando se cerró la puerta, Bannister continuó diciéndole a Gates:
—Tengo ordenado que nadie debe venir aquí arriba. Otro episodio como éste y están liquidados, tú y Shannon.
Gates no dijo ni una palabra. Ni siquiera miró a Bannister. Sus ojos, como dos cuentas, estaban fijos en mí y parecía querer comerme.
— ¿Por qué no usa la cabeza y se mantiene alejado de este problema? —le dije a Bannister—. Entrégueme a la señora Cerf y nunca sabrá más nada de todo esto.
Me echó una mirada y se sentó en el único sillón que había en la habitación. Sus movimientos parecían los de un viejo, con las articulaciones endurecidas y muy cansado.
—No será así de sencillo —dijo.
Las pisadas de Shannon volvieron a resonar en el corredor. Se abrió nuevamente la puerta y apareció la señorita Bolus. Shannon la seguía de cerca, entró tras ella y después de cerrar la puerta, se recostó sobre ella.
Gail Bolus parecía tranquila e indiferente. Su mirada captó rápidamente la escena en general. Pasó de Gates con su revólver a mí; luego a Bannister y nuevamente a mí.
—Hola —dijo alegremente— ¿Cómo llegaste hasta aquí y cual es el por qué de ese revólver?
Bannister me señaló con un largo y pálido dedo.
— ¿Tú lo hiciste entrar?
—Sí —respondió, mientras levantaba las cejas como interrogando—. ¿No quieres clientes?
—No de esta clase, ni tampoco de la tuya. Siempre pensé que me traerías complicaciones.
— ¡Qué bien!... —rió—. Me alegra mucho no haberte desilusionado. Pero deja de hacerte el Adolphe Menjou y dile a ese matón de pacotilla que guarde ese revólver. —Me miró y dijo—: Vamos; no pueden impedir que salgamos de aquí.
Fue un discursito bastante valiente pero no me inspiró mucha confianza. Hasta no me había movido ni un centímetro. No me gustaba nada la expresión feroz que había en la mirada- de Gates. Presentía que al más mínimo movimiento, nos rociaría de plomo.
—Tírale si se mueve —le dijo Bannister a Gates, al tiempo que le hacía a Shannon una seña casi imperceptible con un pequeño movimiento de la muñeca.
Shannon se deslizó hasta donde estaba Gail Bolus, tocó suavemente su hombro y cuando ella se volvió, enojada, le dio una trompada en la mandíbula. Era un golpe que bien podría haber volteado a Joe Louis; la señorita Bolus voló a través de la habitación como si hubiera sido alcanzada por la onda expansiva de una bomba. Fue a dar contra la cómoda. Uno de sus brazos inertes volteó todo el frasquerío que cayó al suelo con estrépito. La cómoda se tambaleó y cayó también al piso, dejándola en el medio de las botellas desparramadas por el piso; un hili11o de sangre corría por su rostro desde un corte que tenía sobre el ojo. Quedó inmóvil, con los ojos entreabiertos.
Todo esto se produjo en un segundo o dos. Gates, que no había visto la señal de Bannister, se sorprendió y paseó sus ojos desde la señorita Bolus hasta mí.
Salté sobre él, golpeándolo con mi derecha en la muñeca. El revólver voló de su mano y fue a caer a los pies de Bannister.
Gates maldijo en voz baja, se tomó la muñeca y trastabilló hacia adelante. Le di una trompada en pleno rostro y lo mandé a través de la habitación, mientras Shannon se me aproximaba. Me dio un golpe en el cuerpo con la izquierda. Fue como recibir el impacto del paragolpes de una locomotora. Esquivé un derechazo que pasó silbando por encima de mí y a mi vez le propiné varios golpes en el cuerpo; era como golpear una bolsa de cemento. Shannon gruñó y cedió terreno. Salté fuera del alcance de Gates que trataba de alcanzarme desde el otro extremo de la habitación. Le pegué en la nariz y luego otra vez en el plexo. Cayó de rodillas. Shannon volvió a la carga y yo me di vuelta una fracción de segundo demasiado tarde. Alcancé a esquivarme un zurdazo pero me dio de lleno con la derecha, que me tiró desde abajo. Vi ante mis ojos una inmensa explosión de fuegos artificiales y comencé a caer en un abismo que parecía no tener fin.
II
Una lamparita eléctrica pendía del cielo raso, manchado de humedad. Su luz intensa proyectaba sombras sobre la pared de ladrillos que estaba frente a mí; eran las sombras de dos hombres jugando a las cartas sobre unos cajones vacíos.
Entorné los ojos para protegerlos de la luz y traté de recordar qué había pasado. La escena del dormitorio volvió a mí, paso a paso. Pensé dónde estaría la señorita Bolus. Abrí los ojos y sin mover la cabeza, traté de mirar a mi alrededor. Por lo que llegaba a ver, parecía una habitación grande; tal vez un sótano, lleno de cajones de embalaje. No tenía ventanas y por el cielo raso húmedo y las paredes mojadas, supuse que estaría bajo tierra casi con seguridad. Volqué mi atención hacia las sombras de la pared: Shannon y Gates. El humo de sus cigarrillos subía formando espirales contra los ladrillos. Gates mezclaba las cartas Y mientras yo lo miraba, comenzó a repartirlas con tanta velocidad que las manos y las cartas casi no se veían.
Yo estaba tirado sobre el elástico pelado de una cama crujiente. No se habían molestado en atarme y ya se me estaba pasando el efecto del golpe de Shannon. Pero, como no quería que se percataran de ello hasta que mi mente se hubiera aclarado totalmente, permanecí inmóvil. Pensé en Gates y su arma. Ese era un riesgo que tendría que correr. Si pudiera poner fuera de combate a Shannon, pensé que podría arreglármelas con Gates. El peor problema ahora era Shannon. Tendría que golpearlo con suficiente fuerza como para dejarlo fuera de acción. A juzgar por las numerosas cicatrices de su cara, parecía haber recibido muchos golpes en la vida: yo no me engañaba pensando que podría hacerlo mejor o más fuerte que mis predecesores.
De pronto y como si hubiera estado leyendo mi pensamiento, Gates dijo:
—Creo que ya es tiempo de que este tipo se despierte. El patrón quiere hablar con él.
—Cuando yo pego, lo hago para que dure un rato largo— dijo Shannon, con una especie de gruñido complacido—. ¿Qué te sucede? —Su voz tomó un tono despreciativo—. Creía que te gustaba perder tu dinero.
Volví la cabeza lentamente. Estaban sentados como a tres metros de donde yo estaba, hacia atrás de la cabecera de la cama. No había creído que estaban tan cerca. Las sombras son engañosas. Mi leve movimiento atrajo la atención de Gates. Se dio vuelta en el momento en que trataba de levantarme, ayudándome con una mano. En un instante me apuntó con su revólver.
—No trates de hacer nada raro —dijo con voz áspera— lo podrás pasar muy mal.
Lo miré a él y luego a Shannon, que había dejado las cartas y estaba tratando de aflojar la tensión de sus hombros.
—Mejor que le avisemos al patrón —dijo Gates, sin sacarme los ojos de encima—, Yo lo vigilaré.
Shannon se levantó, me miró con el ceño fruncido y cruzó por el piso de cemento hasta el otro lado del sótano.
— ¿Qué pasó con Gail Bolus? —pregunté, masajeándome la mandíbula con suavidad.
—No tendrías que preocuparte por ella —dijo Gates. Mejor que te preocupes por ti mismo.
Decidí que sería prudente no atacarlo por ahora. Había algo en su mirada que me decía que tiraría sin asco si tuviera que hacerlo y por la manera de sostener el arma, estaba seguro de que no erraría.
—De cualquier manera, me preocupo por ella —dije—. Es mi modo de ser. ¿Dónde está?
—Está bien atendida —contestó, mientras una sonrisa torcía apenas sus labios—. Tranquilízate y tómalo con calma si no quieres que te dé un golpe con este chiche.
Miré mi reloj pulsera. Eran las once menos veinte. Eso quería decir que había estado en el Club algo más de una hora y media. No tenía que ser vidente para saber que no me esperaba nada placentero.
Con excepción del ruido de una canilla que goteaba en algún lugar alejado del sótano, no se oía otra cosa; así pasaron varios minutos. Gates seguía apuntándome con el revólver mientras fumaba. Durante ese lapso no dejó de mirarme ni por un minuto ni tampoco me brindó la más mínima oportunidad de sorprenderlo.
Se abrió la puerta del sótano y entró Bannister, seguido por Shannon. Bannister se acercó lentamente, con las manos en los bolsillos, su mirada fría y distante. Se paró al pie de mi cama y me miró. Shannon se ubicó en la cabecera. Estaba tan cerca que podía oler el rancio tufo de tabaco y sudor que impregnaba sus ropas.
Las primeras palabras de Bannister fueron una sorpresa para mí. Dijo:
—Le debo una disculpa, señor Malloy. ¿Por qué no me dijo nadie de quién se trataba? Lo siento mucho. Lo confundí con otra persona.
Bajé los pies de la cama y me pasé los dedos por mi dolorida mandíbula.
—Tampoco me dio mucho tiempo para presentarme, ¿verdad?
—Usted no tenía nada que hacer en el tercer piso. La señora Cerf me indujo a una confusión. Siento mucho que lo hayan maltratado. Puede irse en cuanto esté listo.
—Entonces, ¿qué tal si el cara de ardilla guardara su chiche? —pregunté.
Gates emitió una especie de gruñido sordo, pero luego de una señal de Bannister, guardó el arma y se movió para seguir vigilándome desde la sombra.
—Muy bien —dije—. Ahora, ¿dónde está la señora Cerf?
—Se fue. La eché.
— ¿Hacia dónde fue?
—No lo sé; le dije que hiciera su valija, tomara su auto y se marchara. Se fue hace unos diez minutos —Me ofreció un cigarrillo de su cigarrera de cuero—. Me interesa el collar —dijo—. Usted parece saber algo acerca de él.
Tomé un cigarrillo, lo encendí y eché el humo hacia donde él estaba.
— ¿Por qué? —pregunté—. ¿Qué tiene que ver usted con el collar?
—Ella me lo prometió —dijo, mientras jugueteaba con su larga y afilada nariz—. Por eso la tenía aquí.
— ¿Quiere usted decir a la señora Cerf?
—Sí —dijo—. Hace un par de noches vino a verme. Me dijo que necesitaba protección y que estaba dispuesta a pagar por ella. Quería una habitación en el Club por una semana. Me ofreció quinientos dólares. —Una sonrisa sombría se dibujó en su cara grisácea—. No me pareció suficiente. Era evidente que estaba en un atolladero y además es la mujer de un millonario Finalmente accedí a brindarle alojamiento y protección; ella me prometió el collar en cambio. Como verá, soy bien sincero con usted. Pero cuando llegó anoche, me dijo que le habían robado el collar. Pensé que estaba mintiendo pero no estaba seguro. Ella no estaba bien; parecía histérica y aterrorizada No me quiso decir el motivo. La dejé quedarse anoche. Estábamos negociando los términos cuando usted nos interrumpió. El collar me pertenece. Por lo menos, creo tener la primera opción. ¿Dónde está?
—Usted no lo querría —dije—. Fue encontrado en la habitación de una chica asesinada anoche: Dana Lewis; debe haberlo leído en los diarios. La policía no sabe que lo tenemos pero con seguridad se enterará más tarde o más temprano. Si yo fuera usted, me olvidaría del collar; también trataría de olvidar a la señora Cerf.
Tamborileó sobre su rodilla con sus blancos dedos, pensativo. Luego se alzó de hombros, en un gesto de cansancio.
— ¿Quién es Dana Lewis? —preguntó—. ¿Qué tiene que ver con la señora Cerf?
—Dana era una de mis colaboradoras. Cerf la había contratado para vigilar a su esposa. Eso es todo lo que puedo decirle y es preferible que no lo difunda.
— ¿Piensa usted que ella pueda haber matado a la chica?
—No lo sé. No lo creo; pero no lo sé.
—Tal vez será mejor que me olvide del collar —murmuró para sí.
— ¿Qué es lo que la asustaba? —pregunté—. Usted vio como se comportaba. Parecía tener miedo de algo. ¿Qué podría ser?
—No sé; estuvo así todo el tiempo mientras se alojó aquí. Cada vez que oía ruidos en el corredor, se sobresaltaba. Cuando le dije que se fuera, había una expresión de pánico en su rostro Me sentí más tranquilo cuando se fue.
—Cuando vino a verlo, le pidió protección, ¿no es así?
—Me dijo que un hombre que conocía la estaba molestando y quería ocultarse por un tiempo. Me dijo que era un sujeto peligroso. Quería estar segura de que si entrara al Club, buscándola, yo me ocuparía de que lo atraparan Por eso lo tratamos de ese modo Pensé que usted era el tipo en cuestión. Cuando revisamos sus bolsillos y vimos quién era en realidad, pensé que ella me estaba mintiendo. —Se puso de pie— Eso es todo. Tengo mucho que hacer. De ahora en adelante, trate de mantenerse alejado de este lugar. No quiero volver a tener esta clase de problemas
Me levanté de la cama.
— ¿Qué pasa con la señorita Bolus? —interrogué.
—Está en su coche, esperándolo.
— ¿No va usted a indemnizarla por el golpe en la mandíbula? Podría hacerle un juicio por lesiones.
Bannister sonrió con cansancio.
—Podría; pero no lo hará. La conocemos bien. Ha estado trampeando en el juego en nuestra casa por muchas semanas. Una trompada no le vendrá mal. Así lo espero, por lo menos...
—Si es así como piensa... —dije, encogiéndome de hombros—. ¿Por dónde salgo?
—Indícale —le dijo Bannister a Shannon—. Y ni la chica ni Malloy deberán volver por aquí, ¿entendido?
Atravesé la habitación hacia la puerta, la abrí y me encontré con un corredor mal iluminado. Sahnnon vino corriendo detrás de mí.
—Siga derecho —me dijo—, la puerta al final del corredor lo llevará al estacionamiento. Ahora, mándese a mudar y no vuelva a aparecer por aquí, si no quiere que le aplaste la nariz.
Me di vuelta y le sonreí.
—No volveré —dije—, y no siga golpeando señoritas. Puede que alguna se moleste.
Estaba empezando a esbozar una sonrisa, cuando le di un golpe. No tuvo tiempo de agacharse. La trompada recorrió apenas diez centímetros, con todo mi peso detrás. Mi puño rebotó contra su mandíbula, que sonó como madera seca. Cuando empezó a caer, le di otra en el mismo sitio y me hice hacia atrás para verlo caer doblado en el suelo. Luego lo tomé del brazo y lo di vuelta boca arriba; tuve que moverme ligero. Gates podría aparecer para averiguar qué estaba pasando. Una vez que lo tuve de espaldas en el suelo, le puse el taco de mi zapato sobre la nariz y la boca y eché todo mi peso encima.
No hay cosa que me fastidie más que un tipo que le pegue a las mujeres.
III
Estacioné frente al portón de la Mansión Santa Rosa y toqué la bocina. Era algo más de la una de la mañana y no sabía si habría alguien de guardia a esa hora. Salió alguien, pero no era el amigo Mills. La casilla de guardia se abrió y apareció un hombre bajo y grueso que usaba gorra y botas de uniforme; salió por una de las hojas del portón y se me aproximó.
— ¿Ha vuelto el señor Cerf? —pregunté, mientras me iluminaba con una poderosa linterna.
—Está de vuelta, pero no creo que quiera recibir a nadie. Es algo tarde señor. ¿Quién es usted?
Le informé.
—Espere un momento —dijo—, voy a averiguar... —y volvió a la casilla.
Salí del auto y comencé a caminar nerviosamente, como un padre primerizo en la maternidad. Al salir de L'Etoile había llevado a Gail Bolus hasta su departamento en Jefferson Avenue y luego había ido directamente a la Mansión Santa Rosa. Esperaba que Anita hubiera vuelto o por lo menos que Cerf supiera dónde estaba.
El guardia regresó.
—Sí; está en casa y dice que lo recibirá —contestó—. Abriré el portón para que pueda pasar.
Así lo hice.
La casa estaba a oscuras pero el majestuoso mayordomo me esperaba en la entrada, en cuanto terminé de subir por la escalinata. Tomó mi sombrero sin decir una sola palabra. Su espalda rígida denotaba su fastidio. Tal vez le molestaba haber tenido que esperarme levantado o simplemente yo no le caía bien.
Cruzamos el inmenso salón; seguimos después por el corredor bordeado de armaduras; tomamos el ascensor hasta el segundo piso y luego por otro interminable corredor hasta el escritorio de Cerf.
El mayordomo abrió la puerta y dijo, en voz baja y sin ánimos: —El señor Malloy, señor. —Me indicó que pasara y cerró la puerta tras de sí.
Cerf estaba sentado en un gran sillón, con un cigarro entre los dedos y un libro sobre las rodillas. Cuando crucé el salón y me aproximé a él, cerró el libro y lo colocó sobre una pequeña mesa que estaba a su lado.
—Bueno; ¿qué es lo que quiere? —me espetó, agresivo como una perforadora neumática.
—Quiero a la señora Cerf y la necesito con urgencia —le retruqué, imitando su tono de voz.
Se puso rígido y el color de su rostro se hizo más intenso.
—No vamos a volver sobre el mismo asunto. Ya le dije a esa empleada suya lo que pasaría si trata de mezclar a la señora Cerf en este asunto. Si eso es lo que quiere decirme, ya puede marcharse.
Dije:
—Eso fue esta mañana; desde entonces han pasado muchas cosas. He encontrado evidencias que conectan a su mujer con el crimen. Sólo es cuestión de tiempo hasta que la policía también las encuentre.
— ¿Qué es lo que... encontró?
—Es una historia larga; ¿dónde está la señora Cerf?
—Está fuera de la ciudad. Trato de alejarla cuanto puedo de todo este problema, Malloy. Haga el favor de olvidarla. No tendrá posibilidad de hablar con ella. Yo me encargaré personalmente de ello.
—Ya hablé con ella.
El cigarro se escurrió de entre sus dedos y cayó al piso. Murmurando para sí, se agachó para levantarlo; permaneció así inclinado mucho más tiempo que el que hubiera sido necesario, tratando de esconder su rostro. Cuando finalmente se incorporó, había perdido parte de su saludable color y en sus ojos se notaba una expresión de preocupación.
— ¿Cómo dice?
—Lo que ha oído —dije; arrimé una silla y me senté—. Usted le dijo a la señorita Bensinger esta mañana que su señora saldría de la ciudad; la realidad es, señor Cerf, que usted no ha visto a su señora después que ella salió anoche. Tampoco creo que sepa dónde pasó la noche. Usted piensa que está complicada en el asesinato de Dana Lewis; hasta puede pensar que ella es la asesina y está tratando de protegerla. Eso no resultará y le diré por qué: su señora vino a verme ayer, algo después de las diez de la noche; quería saber la razón por la cual la seguían. Yo no se lo dije. Trató de sobornarme pero yo le hice saber que usted conocía la razón. Se fue de mi casa y se puso en contacto con Dana Lewis; juntas fueron al departamento de esta última. Llegaron alrededor de las once y media; las vieron entrar juntas. Después de aproximadamente veinte minutos, su señora volvió a salir. Tomó un taxi hasta East Beach. Más o menos una hora después, Dana recibió una llamada telefónica y salió de su departamento. Más tarde, un sujeto llamado Owen Leadbetter la descubrió asesinada entre unos arbustos en la playa. Otro de mis colaboradores fue hasta el departamento de Dana para asegurarse de que no habría allí nada que pudiera conectarlo a usted con el asesinato. Encontró el collar de su señora debajo del colchón.
Escuchó todo mi relato en silencio, manteniendo la cara tan inexpresiva como la pared de la habitación; la referencia al collar únicamente pareció conmoverlo. Repentinamente, los músculos de su cara se aflojaron y casi se le cae el cigarro de los labios.
—Eso es mentira —dijo hablando entre dientes.
—Yo tengo el collar, señor Cerf. La situación se complica porque nosotros no teníamos por qué haberlo sacado del departamento. Pero yo estoy tratando de mantenerlo alejado de la policía. Lo acepté como cliente y trataré de mantener el secreto de nuestra relación tanto como pueda; mucho de ello depende de cuánto tarde en encontrar a su señora.
Estaba sentado, mirándome fijamente; los puños apretados y un brillo maligno en la mirada; no dijo ni una palabra.
—Para complicar aún más las cosas, ha habido otro asesinato —proseguí—. Leadbetter, el hombre que encontró el cadáver de Dana, también fue asesinado esta tarde. Él puede haber visto mientras se cometía el asesinato o bien el asesino. Pienso que tal vez hubiera estado tratando de chantajearlo y el asesino lo hizo callar para siempre. De cualquier modo, esta tarde lo mataron.
Cerf hizo un gesto de furiosa impaciencia con la mano y derramó cenizas sobre su pantalón.
— ¡Debo haber estado loco cuando lo contraté a usted! —explotó al tiempo que su cara tomaba un subido color púrpura—. ¡No logrará complicarme en este asunto ¿Me entiende? ¡Lo demandaré! Sólo porque asesinaron a esta maldita chica...
—Dana Lewis fue asesinada porque usted la contrató para seguir a su esposa —interrumpí, tajante—. Y usted lo sabe perfectamente. Si no hubiera sido por su esposa la chica estaría viva aún. La responsabilidad es tanto suya como mía.
Me miraba indignado, murmurando algo por lo bajo, mientras tamborileaba con los dedos sobre el brazo del sillón.
—No estoy dispuesto a aceptar esa responsabilidad —dijo
—Si yo decido decirle a la policía todo lo que sé, no tendrá otra alternativa que aceptarla.
Se humedeció los labios con la lengua; bajó la vista hasta sus inmaculados zapatos y dijo en un tono más moderado:
—Mire, Malloy; usted tiene que mantenerme fuera de este asunto. Tengo una hija en quien pensar.
—Ahora pensemos en la señora Cerf. ¿Dónde está?
—Acaba de decirme usted que habló con ella —dijo Cerf, levantando la vista hacia mí—. ¿Por qué me lo pregunta a mí?
—Nuestra conversación fue interrumpida. Le seguí el rastro hasta L'Etoile anoche. Estaba escondiéndose allí. ¿Vino después por aquí?
Sacudió la cabeza negativamente.
— ¿Tuvo alguna noticia de ella?
—No.
— ¿Tiene alguna idea sobre dónde puede haber ido?
—No.
Estaba empezando a calmarse y a su rostro volvió a asomar la expresión de preocupación.
Luego dijo:
— ¿Estuvo en ese club toda la noche?
—Sí; la historia que le contó a Bannister, es el dueño, era de que un hombre estaba persiguiéndola y quería huir de él. Le ofreció el collar a Bannister, a cambio de protección. Pero como Bannister nunca recibió el collar, le dijo que se fuera.
—Esto es increíble —murmuró, poniéndose de pie—. ¿Quién es el que está persiguiéndola?
—Eso es algo que tendré que averiguar. Tal vez sea el que está tratando de chantajearla.
Comenzó a caminar de un lado a otro; de pronto se detuvo y me enfrentó:
— ¿Usted no piensa que ella haya podido matar a la chica?
Le sonreí de una manera algo ácida.
—No lo creo. Tanto Dana como Leadbetter fueron asesinados con una 45. Leadbetter desde una distancia de veinte metros. Dudo que ninguna mujer pudiera darle a una parva con una 45 a semejante distancia; ni pensar en el blanco que ofrece la cabeza de un hombre. Pero no podría asegurarle que la policía no tratara de complicarla en esto. La manera en que se está comportando, la convierte automáticamente en la sospechosa número uno.
—Fui un tonto al casarme con ella... —dijo, frotando su puño crispado contra la palma de su mano; luego prosiguió—. Trate de mantenerme fuera de este asunto, Malloy. Debo pensar en mi hija. Comprendo que no he sido razonable, pero espero que sepa comprender mi situación, ¿verdad? Haré todo lo que pueda por ayudarlo. Pero mantenga todo esto lejos de la policía y los diarios.
—Haré todo lo que pueda —dije—. Pero debo encontrar a la señora Cerf. ¿Hay alguna manera de cortarle el abastecimiento de dinero? Si la hubiera, tendría que volver a usted cuando se le acabara.
—Eso podría ser; así lo haré —dijo—. Iré al banco mañana mismo.
Me puse de pie.
—Se está haciendo tarde. No lo entretendré más, señor Cerf. Otra cosa: quisiera cobrar mis honorarios.
Pareció dudar; luego fue hasta el escritorio, se sentó y extendió un cheque.
—Aquí tiene —dijo, entregándomelo—. Sáqueme de este atolladero, Malloy y le pagaré otro tanto.
Deslicé el cheque en mi bolsillo.
—Si no puedo hacerlo —dije—, le devolveré el dinero —Comencé a caminar hacia la puerta y a mitad de camino me detuve y le pregunte: ¿Desde cuándo tiene a su servicio a Mills?
Pareció sorprendido.
— ¿Mills? ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver él en este asunto?
—No sé; he oído que lleva una vida muy rumbosa Estuve pensando si no podrá ser él quien está chantajeando a su señora...
— ¿Mills? —Se frotó la barbilla mientras me miraba- No sé nada de él. Ha estado trabajando aquí desde hace uno o dos meses. Franklin, el mayordomo, es el encargado de tomar el personal. ¿Quiere que hable con él?
—Todavía no. Primero averiguaré algo más sobre Mills Déjelo por mi cuenta. ¿Si sabe algo acerca de su señora se pondrá en contacto conmigo en mi oficina?
Dijo que así lo haría y mientras me aproximaba a la puerta, prosiguió:
—Espero que disculpe mi comportamiento, Malloy quiero decirle que aprecio enormemente todo lo que ha hecho hasta ahora para mantenerme al margen de este asunto.
Le dije que seguiría con el trabajo y que no se preocupara. Esta nueva actitud de su parte representaba un vuelco con respecto a su actitud anterior; un vuelco favorable, pero comprendí también que si se estaba calmando era porque no tenía otra alternativa y no porque resultara de su agrado.
Lo dejé parado frente al hogar, con el cigarro apagado sostenido fuertemente entre los dedos crispados y una expresión enfermiza en su rostro sólido y bien alimentado.
Al final del corredor encontré a Franklin, el mayordomo. En cuanto me vio salir de la habitación, se acercó silencioso. 1
—La señorita Natalie pregunta por usted, señor —me dijo, con una expresión de asco como la que podría tener un obispo en un teatro de revistas—. Haga el favor de acompañarme.
Esto era algo inesperado para mí, pero marché tras su espalda rígida por el corredor hasta una puerta que había frente al ascensor. Golpeó la puerta, la abrió y anunció:
—Está el señor Malloy, señorita. —Su voz sonó helada y se hizo a un lado para dejarme pasar. La habitación era grande, de techo alto y la luz de un velador iluminaba levemente el diván, dejando el resto del ambiente en penumbras.
Natalie Cerf estaba acostada. Tenía puesto un piyama negro y sus manos cruzadas yacían sobre una sábana color lila. Su cabello negro y lustroso estaba suelto, cubriendo la almohada del mismo color y enmarcando su rostro pálido y demacrado. Sus ojos oscuros me miraron con el mismo interés que cuando me vieron por primera vez; nuevamente me hizo sentir que su mirada era capaz de traspasar mis ropas y contar el cambio que tenía en los bolsillos.
Fui hasta el pie de la cama y esperé allí. Permaneció inmóvil hasta que la puerta se volvió a cerrar tras Franklin y se oyeron sus pasos leves mientras se alejaba por el corredor. Sólo entonces me dijo, con voz seca y áspera:
— ¿La encontró?
Sacudí negativamente la cabeza.
—Todavía no.
— ¿Probó en L'Etoile anoche?
— ¿Piensa usted que pueda estar allí?
Asintió inmediatamente con la cabeza.
—Puede estar allí o con George Barclay. No hay otro lugar donde pueda ir.
— ¿Qué es lo que la hace estar tan segura?
Una expresión de desprecio hizo levantar suavemente la comisura de sus labios.
—La conozco bien. Está en un lío, ¿no es cierto? —En sus ojos brillaba la satisfacción—. No tiene otro lugar adonde ir, como no sea con Barclay o con ese otro hombre de L'Etoile.
— ¿Por qué piensa que tiene problemas, señorita Cerf?
—Ella asesinó a su colaboradora, ¿verdad? ¿Le parece que eso no es bastante problema?
—No estamos seguros de que lo haya hecho. ¿Puede usted estar segura?
—Estuvo practicando tiro últimamente...
— ¿Con qué clase de arma?
Se encogió de hombros, impaciente.
—Un revólver. ¿Qué importa eso? Toda la semana pasada ha estado practicando contra un blanco, en East Beach.
— ¿Cómo lo sabe?
Sus ojos oscuros esquivaron mi mirada.
—La he estado haciendo vigilar; desde que vino aquí.
Me pregunté si habría sido Mills el encargado de hacerlo.
Dije:
—El solo hecho de que una persona practique tiro no quiere decir que haya cometido un crimen.
—Entonces, ¿por qué se esconde? ¿Por qué no vuelve? Tiene que tener algún motivo muy importante para mantenerse alejada de todo lo que mi padre le ha proporcionado y eso es lo que está haciendo.
—Podría tener alguna otra razón. ¿Qué sabe usted acerca de Barclay?
Otra vez el gesto de desprecio asomó a sus labios.
—Es un amante. Siempre está yendo a verlo a su casa.
—¿Sabía usted que la estaban chantajeando?
—No lo creo.
—Su padre sí lo cree.
—Él está tratando de encontrar una disculpa. Ella le ha estado dando dinero a sus amantes.
—Está bien; hablaré nuevamente con Barclay.
— ¿Ya lo ha visto? —Juntó las cejas en un gesto de interrogación.
—Yo me ocupo de todo, señorita Cerf. ¿Sabe su padre acerca de Barclay?
Negó con la cabeza.
— ¿Le dijo que encontramos una valija llena de cosas diversas, guardada en su placard? Aparentemente pertenecen a distintas persona de su amistad —le dije.
—No hacía falta que me lo dijera. A mí también mí sacó algunas cosas. Es una ladrona.
—Usted la odia, ¿no es cierto?
Sus manos delgadas se crisparon como garras.
—No me agrada —dijo— controlando su voz.
—Podría ser que alguien hubiera puesto esa valija en su ropero. Se ha hecho otras veces.
—Si usted cree tal cosa, es un tonto. Ella es una ladrona. Hasta Franklin ha notado que le faltaban cosas de su habitación. Todos sabemos que es una ladrona
— ¿Le ha faltado a Mills alguna cosa?
Sus labios se apretaron y una llamarada de odio asomó a sus ojos.
—Puede ser.
—Pero él se lo hubiera dicho, ¿no es cierto?
—Se lo hubiera dicho a Franklin.
—Mills actúa también como chofer de la señora Ceft: ¿no es cierto?
Un leve rubor subió a sus mejillas.
— ¿Qué tiene que ver eso?
—Bueno; ella es muy atractiva. Él parece gozar de una posición económica desahogada. Se me ocurrió pensar si no podría ser que se encontraran en alguna ocasión.
— ¿Encontrarse? ¿Para qué? —preguntó en un susurro
—Creí que ya estaría enterada de ciertas cosas sobre la vida, señorita Cerf...
Sacó un pañuelo de abajo de la almohada y comenzó a mordisquearlo, nerviosa. El rouge de sus labios dejaba pequeñas manchas rojas en la tela blanca.
—No me agradan sus modales —dijo.
—A muy poca gente le agradan, pero luego se acostumbran —retruqué. En ese momento creí ver un leve movimiento entre los cortinados que cubrían la ventana próxima a la cama. Evité cuidadosamente mirar hacia allí pero comencé a escuchar con intensidad.
Ella preguntó:
— ¿La entregará a la policía cuando la encuentre?
— ¿Eso es lo que usted querría que hiciera?
—Eso no tiene mayor importancia; ¿lo hará o no?
—Si tengo la certeza de que mató a Dana Lewis sí, lo haré. Pero primero tendré que estar bien seguro.
— ¿No está seguro todavía? —preguntó sorprendida.
—Todavía no he descubierto un motivo concreto. ¿Por qué habría querido matarla? Si usted me diera uno, tal vez podría convencerme.
—Mi padre ha puesto dinero a su nombre. Si todavía está con él dentro de dos años, recibirá una gran suma. Levantó la cabeza para mirarme y al caer su oscura cabellera, dejó su rostro al descubierto—. ¿No le parece suficiente motivo?
—Quiere decir que Barclay serviría como evidencia para el divorcio, con lo que ella perdería su dinero; ¿piensa usted que por eso fue eliminada Dana?
—Resulta bastante claro, ¿no le parece?
—Pero Barclay tiene fortuna propia.
—Pero no bastante. Usted no la conoce como yo. Ella no querrá depender de él; por lo menos tratará de evitarlo.
—Todavía no me parece suficientemente lógico. —Ahora podía percibir claramente una respiración detrás del cortinado. Sentí que un escalofrío me corría por la espalda—. Si hubiera tenido tanto interés por el dinero, hubiera vuelto aquí después del crimen. Al ir a lo de Bannister, aclaró su posición.
—No hubiera ido a lo de Bannister a no ser que algo le hubiera salido mal; como podría haber sido que alguna persona la hubiera visto.
—Realmente, señorita Cerf, está usted muy bien informada para ser alguien que no puede moverse por sí solo.
—Sí, así es —enfrentó mi mirada con calma—. Como no puedo moverme, tomo mis precauciones. Espero que recapacite sobre lo que le dije. Ahora quisiera dormir. Estoy fatigada. —Su aspecto se tornó cansado y solitario nuevamente—. Debería usted estarme agradecido. Le he señalado al asesino de su amiga; ahora podría terminar de desenredar el ovillo por sus propios medios. —Me indicó la puerta con un gesto—. Franklin lo acompañará hasta la salida. No quiero hablar más sobre este asunto.
— ¿Si tuviera alguna idea nueva con respecto a la señora Cerf, me lo haría saber? Hasta ahora lo está haciendo muy bien —le dije.
—No deseo hablar más —repitió con firmeza; cerró los ojos y escondió las manos debajo de las sábanas.
A esta altura de nuestra relación, yo ya tenía suficiente experiencia sobre ella, como para no perder más tiempo cuando daba por terminada alguna cuestión. Yo también estaba cansado. Había sido un día largo y una noche más larga aún. Crucé la habitación hacia la puerta. Mientras la abría, miré de reojo hacia el cortinado No pude ver mucho por la oscuridad pero alcancé a vislumbrar el brillo de algo que podría muy bien haber sido una bota de charol; una bota de la misma clase que le gustaba usar al amigo Mills. Me pregunté si Natalia sabría que estaba allí y decidí que seguramente lo sabría.
IV
Oí a la distancia el estampido de un auto, que me hizo saltar; el sonido me pareció un disparo y reflexioné que si estaba tan sensibilizado como para saltar cada vez que oía un ruido sospechoso, sería mejor que cambiara de oficio. Tal vez podría dedicarme a profesor de danzas en un liceo de señoritas; la idea me pareció buena y pensé si no sería mucho mejor para mí.
Iba en mi coche, rebotando sobre el camino desparejo que llevaba a mi casita de la playa. No tenía apuro y manejaba despacio. Había una luna grande que parecía un pomelo enorme brillando en el cielo; no se veían estrellas ni nubes. El calor del sol todavía se hacía sentir sobre la arena pero una leve brisa que venía del mar, mantenía la temperatura agradable. Los faros de mi coche formaban una gran mancha de luz sobre el camino, que reverberaba y volvía a darme en los ojos.
Había estado pensando intensamente desde que había dejado la Mansión Santa Rosa y comencé a compaginar una serie de ideas; las primeras ideas sensatas desde que había empezado la investigación del asesinato. Imaginé que sería agradable llegar a casa, prepararme un refrescante trago largo, con bastante hielo y sentado en la terraza, repasar mis lucubraciones. Ya no sentía cansancio. Había decidido ver el amanecer tras las dunas, poner mis ideas bien en orden y luego acostarme. Con esta perspectiva por delante, aceleré y seguí rebotando por el camino arenoso; pasé las otras cabañas que estaban oscuras, luego los casi mil metros de terrenos desocupados que separaban mi casa de las demás y trepé por la loma desde donde tenía una clara visión de mi hogar, iluminado por la luna.
Por las puertas abiertas que daban a la terraza salía un rayo de luz. Recordaba haber apagado las luces cuando salí de allí con la señorita Bolus, como así también haber cerrado la puerta. Ahora las luces estaban encendidas y la puerta abierta. Se me ocurrió que si las cosas seguían así, sería conveniente poner sobre el techo un letrero que indicara "Hotel". Pensé que tal vez sería Jack Kerman que hubiera vuelto de Los Ángeles o Paula que estuviera esperándome para cambiar ideas conmigo; también podría ser Benny que hubiera vuelto de San Francisco con novedades. Ni se me ocurrió sospechar que hubiera otro problema hasta que llegué al pie de la terraza y allí me detuve en seco.
El aire que salía por la puerta entreabierta estaba espeso con un humo grisáceo que olía a pólvora. Recordé el sonido del auto que me había sobresaltado y sentí miedo.
Subí los escalones como un anciano reumático y caminé hasta la entrada en puntas de pie.
Dentro de la habitación, el olor era todavía más intenso. Sobre la alfombra cerca de la ventana abierta, había una pistola automática calibre 45. Eso fue lo primero que vi. Desde allí, mis ojos corrieron hasta el diván que estaba en el otro extremo de la habitación y los pelos de la nuca se me erizaron de terror: sobre el diván yacía una mujer rubia que vestía una blusa blanca y pantalones color ladrillo. De un agujero en su frente manaba sangre que empapaba el gran almohadón amarillo que tantas cabezas femeninas había sostenido en diferentes ocasiones. Por el aspecto que presentaba ahora, me pareció que nunca más podría servir sus fines.
Crucé lentamente la habitación y llegué hasta donde estaba la mujer. Estaba muerta, por supuesto. Una 45 siempre hace un trabajo eficiente. Es algo tosca, un poco pesada y precisa una muñeca fuerte, pero en manos adecuadas, cumple bien su misión. Todavía había una expresión de horror en su mirada. La cara enmarcada en sangre no suele ser bonita; ni siquiera la belleza de Anita Cerf podía desafiar el aspecto de una frente destrozada y cubierta de sangre.
Estaba contemplándola cuando vi aparecer la sombra de un hombre sobre la pared opuesta; la sombra tenía un sombrero de ala caída y el brazo levantado con algo romo en el puño. Todo sucedió en un instante. Vi la sombra, oí el silbido del golpe que caía sobre mí y me agaché; pero fue demasiado tarde. De pronto me pareció sentir que la parte superior de mi cabeza volaba por los aires y sentí que me caía.