IV
Cuando llegué a mi casa, había un vigilante montado en su moto frente a ella. Tenía un aspecto aburrido y resignado en su carota rubicunda, como si estuviera dispuesto a esperar un largo rato, así nevara o saliera el sol.
Cuando me vio llegar, medio se sonrió. Se bajó de la moto, la acomodó para que quedara parada sola y se me acercó.
Había venido maldiciendo todo el camino desde la Mansión Santa Rosa y aunque había agotado mi repertorio, todavía estaba furioso. Tenía la sensación de haber sido golpeado con un hacha en el cuello; toda la parte media de mi cuerpo estaba dolorida, lo que agregaba más rabia a la que ya tenía.
Estaba más enojado conmigo mismo que con Mills. Haber permitido que un mocoso compadrito me derrotara así lastimaba mi orgullo y cuando se hiere el orgullo de un Malloy es como si entrara a funcionar nuevamente el Ku Klux Klan.
— ¿Qué se le ofrece? —le dije, como masticando clavos—. Tengo bastantes problemas propios como para necesitar oír los de un policía. Haga el favor de hablar de una vez y desaparezca.
El agente sonrió con conmiseración, mientras miraba la marca que tenía en el costado del cuello. Silbó bajito, mientras movía la cabeza compasivamente.
— ¿Qué le pasó?— preguntó, cruzándose de brazos y apoyándose en la puerta del auto—. ¿Lo pateó un caballo?
— ¿Un caballo? —dije sarcástico—. ¿Cree que un caballo podría haberme dejado así? ¿Conoce el martillo neumático que trabaja en la esquina de Rossmore y Jefferson?
Asintió, abriendo los ojos con asombro.
—Bueno; puse la cabeza entre eso y el yunque y me hice dar varios golpes para comprobar cómo era de fuerte.
Pareció tragarse el cuento lentamente. Era del tipo que cree cualquier cosa que le digan; aún que le digan que es buen mozo. Después de un momento, pareció reaccionar y decidió que estaba tomándole el pelo.
—Se quiere hacer el vivo ¿eh? —dijo sonriendo—. Bueno, es su cuello. El Capitán quiere verlo en el Cuartel de Policía. Me dijo que viniera a buscarlo.
—Haga el favor de ir a decirle que tengo cosas más importantes que hacer como para perder el tiempo con un papanatas como él —contesté, mientras me bajaba del auto—. Esta ciudad es sumamente snob y hay que fijarse bien con quien se da uno.
—Me dijo que lo llevara por las buenas o por las malas; puede elegir —dijo el policía amablemente—. Si el patrón me dice que lo lleve, quiere decir que estoy autorizado a darle un bastonazo en la cabeza para convencerlo. Sería una lástima agregarle más moretones, amigo.
— ¡Él no puede tratarme así! —dije, indignado.
—Parece extraño pero él cree que puede hacerlo —retrucó el policía. Parecía un tipo de buen fondo y amistoso así que le retribuí la sonrisa—. Sólo quiere saber algunas cosas acerca del asesinato de anoche. Mejor que me acompañe.
—Está bien —contesté y puse el motor en marcha—. Pero uno de estos días me voy a encontrar con ese plomo en una calle oscura y espero tener mis botas con púas colocadas...
—Sí —replicó, mientras hacía arrancar su moto— yo también lo espero.
—Oiga —grité, tratando de hacerme oír por sobre el ruido de la moto— si tengo que ir, pienso hacerlo elegantemente, así que haga sonar la sirena.
Y así partimos. Era divertido manejar a setenta kilómetros por hora en pleno tránsito, con el policía abriéndome paso con la sirena. Pasamos todas las luces rojas, les ganamos a unos cuantos motociclistas, doblamos a la derecha donde estaba prohibido y dejamos a medio mundo con la boca abierta.
Cuando llegamos a la Central de Policía, el agente me echó una mirada por sobre el hombro.
— ¿Qué tal?—me preguntó, mientras acomodaba la moto—. ¿Fue un viaje suficientemente elegante para usted?
—Bastante bien —le dije, saliendo del auto—. Vamos a tener que probar alguna otra vez. Necesitaba algo así para librarme de la bilis.
Encontré a Mifflin en el hall central; tenía una expresión preocupada en su cara coloradota.
—Hola, Mike —dije—. ¿Qué sucede?
—El Capitán quiere verte —dijo Mifflin—. Trátalo con suavidad. Él piensa que sabes más sobre el asunto de lo que nos dijiste y está con un humor como para amansar cocodrilos. Mejor que andes con cuidado.
Lo seguí por una escalera de piedra hasta una oficina que decía: Edwin Brandon, Capitán de policía.
Mifflin golpeó la puerta con la misma suavidad como si estuviera hecha de cáscara de huevo; abrió y me hizo pasar.
Era una habitación amplia y cómoda, bien amueblada. Una alfombra persa cubría el piso, varios sillones, una o dos escenas campestres, reproducciones de Van Gogh en las paredes y un gran escritorio en un rincón de la habitación, entre dos ventanas; una daba sobre la bahía la otra a la parte comercial de la ciudad. Detrás del escritorio estaba sentado Brandon y por las dudas que alguien cuestionara de quién se trataba y qué hacía allí, había un gran trozo de madera, con letras doradas, en el que figuraba su nombre y grado.
Brandon era un hombre de algo más de cincuenta años, bajo, más bien grueso, con una abundante cabellera blanca; sus ojos parecían tan animados y amistosos como un par de cantos rodados.
—Siéntese —me dijo, indicando con una mano regordeta un sillón que había frente a él—. Pensé que era tiempo de que tuviéramos una charla.
—Seguro —repliqué y me senté cuidadosamente—. Los músculos de mi vientre se contrajeron como también mi cara a causa del dolor.
Esta era la primera vez que yo tenía algo que ver con Brandon; lo había visto de pasada pero nunca había conversado con él. Lo estudié con curiosidad, de la misma manera que él lo hacía conmigo.
Mifflin estaba parado en un rincón, mirando al techo, silencioso como un cadáver en su tumba. Se decía que Brandon era un hombre duro y los detectives a sus órdenes le temían; los patrulleros, más aun. A juzgar por el silencio sumiso de Mifflin, parecía no haber exageración.
— ¿Qué sabe usted de este asesinato de anoche? —comenzó Brandon.
—Nada —repliqué—. Estaba allí cuando Mifflin lo des- cubrió, pero eso es todo.
Abrió un cajón de su escritorio y sacó una caja de cigarros.
— ¿Qué se le ocurre al respecto? —preguntó, mientras miraba los cigarros como si pensara que alguien se los hubiera estado fumando sin permiso.
—Me da la impresión de un ataque sexual.
Levantó la vista y me miró fijamente; luego volvió su atención a la caja de cigarros.
—La evidencia médica dice que no es así —dijo—. No ha habido violación, no está magullada, no hay indicios de lucha. La desvistieron cuando ya estaba muerta.
Lo miré mientras elegía un cigarro, lo ponía sobre el escritorio y luego volvía a guardar la caja. Presumía que me ofrecería uno y así fue.
—Tengo entendido que la señorita Lewis solía trabajar con usted cuando la necesitaba —prosiguió, tocando levemente el cigarro—. ¿No es así?
—Sí —contesté.
—Por lo tanto, es probable que usted sepa algo más que otras personas con respecto a ella —prosiguió, sacando con todo cuidado la banda del cigarro como si fuera su única preocupación en ese instante.
—Bueno, supongo que sabré tanto como otras personas pero no necesariamente más.
— ¿Diría usted que tenía enemigos?
—Pienso que no.
— ¿Un amante?
—No, que yo sepa.
Levantó la vista nuevamente.
— ¿Lo sabría usted?
—No, a no ser que ella me lo hubiera dicho. Nunca me lo dijo.
— ¿Tiene alguna idea acerca de qué podría haber estado haciendo en East Beach a esa hora?
— ¿Qué hora sería?
—Aproximadamente a las doce y media
Había terminado de sacar la banda del cigarro y ahora estaba buscando un fósforo.
—No, no lo sé.
— ¿Ella no había ido a verlo a usted?
Le dije que no, pero con la mirada que me echó, comprendí que estaría dispuesto a acusarme del crimen, si no me andaba con cuidado.
—Pero ella tiene que haber pasado por su casa para llegar al lugar donde la mataron ¿no es así? Parece extraño que no haya ido a verlo.
—Trabajábamos juntos, Capitán; no dormíamos juntos.
— ¿Está seguro de eso?
—Puede ser que haya tipos que no saben con quién duermen pero yo sí lo sé. Sí, estoy bien seguro.
Finalmente encontró un fósforo, lo rascó en la suela de su zapato y encendió el cigarro.
— ¿Qué hacía usted entre las once y media y las doce y media anoche?
—Estaba durmiendo.
— ¿No oyó el tiro?
—Cuando duermo, duermo.
Miró sospechosamente su cigarro, lo hizo girar entre sus dedos blancos y regordetes y se hundió aún más en su sillón giratorio. Daba la impresión de estar pasando un rato agradable.
— ¿Tuvo usted alguna visita anoche?
—Seguro —repliqué.
— ¿Quién?
—Una mujer No tenía nada que ver con el asesinato es casada. Lo siento, Capitán, pero no le daré su nombre.
— ¿Era una rubia alta, vestida con un traje largo color fuego? —preguntó abruptamente, inclinándose hacia adelante para escudriñar mi expresión.
Yo estaba esperando que se descolgara con algún cargo en contra de mí; de lo contrario no se hubiera ocupado de interrogarme personalmente, así que lo estaba esperando. Pese a pasar la mayoría de mis noches libres jugando al póker por dinero, me costó mantener la cara imperturbable; apenas lo logré.
—Era pelirroja —le dije—. ¿Quién podría ser la rubia? Me estudió, pensativo.
—Usted le dijo a Mifflin qué la señorita Lewis no estaba trabajando en nada especial —agregó, escapándose por la tangente—. ¿Es así?
—Si se lo dije a Mifflin, entonces es así.
—No necesariamente; puede usted estar protegiendo a un cliente.
—Miró por encima de mí hacia la bahía. Se la veía hermosa, con el sol de la mañana.
—No estoy haciendo tal cosa —dije, ya que pensé que esperaba que le contestara algo.
—Si llego a descubrir que está usted protegiendo a un cliente, Malloy —dijo, repentinamente amenazante—, me encargaré de clausurar su organización y acusarlo de encubrimiento por lo que lo condenarían antes de que pudiera darse cuenta de que lo hayan juzgado.
—Bueno, primero tendrá que descubrirlo ¿no es así? — repliqué.
Se echó hacia adelante y me atravesó con la mirada. Viéndolo así, comprendí por qué le temían tanto sus detectives. Parecía tan agradable y sociable como una tarántula.
—No estamos llegando a ninguna parte con esta investigación, Malloy, porque usted está tratando de hacerse el vivo. Pero no podrá engañarme a mí; la señorita Lewis estaba trabajando para uno de sus clientes cuando la mataron. Usted está encubriendo a un asesino.
—Yo no dije tal cosa —contesté, tranquilamente—. Esa es su versión y es asunto suyo.
Mifflin se movió imperceptiblemente, como un hombre agonizante, pero cuando Brandon se dio vuelta y lo miró, volvió a ponerse firme y como en trance.
— ¿Quién es esa rubia? —continuó interrogándome Brandon—. La vieron en el departamento de Dana Lewis anoche. ¿Quién es?
—No podría decirle. .
—Era una mujer rica, Malloy. Tenía puesto un collar valioso. Quiero saber quién es y qué tiene que ver con la señorita Lewis. Será mejor que hable.
—Sigo insistiendo que no sé —contesté, enfrentando su mirada escudriñadora.
—Bien; pienso que esa mujer es la cliente que usted está encubriendo. Eso es lo que creo.
—Es un país libre; es usted libre de pensar lo que quiera. —Mordió el cigarro; luego siguió en un tono más calmo—. Mire, Malloy; pongámoslo así: Yo no sé qué saca usted en este asunto pero no puede ser mucho Hay muchos trabajos diferentes que un tipo como usted puede hacer y ganar más. ¿Por qué no lo piensa? Dígame quién es este cliente y aclare su propia situación. Yo conozco la garantía de secreto con la que usted trabaja Es parte de su propaganda y en general no está mal; pero no puede usarla para encubrir un crimen. Ahora bien comprendo que si no mantiene la garantía de su conducta tal vez tenga que cerrar su organización. ¿Y qué? Eso sería mejor y más seguro que una acusación de encubrimiento ¿no le parece? Vamos, digamos quién es ella; trataré de ayudarlo.
—No puede esperar que conozca a todas las mujeres de la ciudad que usen collares de brillantes —dije—. Ni tengo idea de quién puede ser. Lo siento. Capitán; está usted enfocando el asunto desde un ángulo equivocado
Brandon dejó el cigarro. Su rostro se endureció y me miró con ojos llameantes y enfurecido.
— ¿Es esta su última palabra?
—Creo que sí —contesté, comenzando a levantarme— si pudiera lo ayudaría, pero no puedo. Tengo que irme ahora a no ser que pueda hacer algo más por usted.
—Se considera muy vivo ¿no es cierto? Bueno, ya veremos. De ahora en adelante, mejor que mire dónde pisa. La próxima vez que venga por aquí, no le resultará tan fácil irse y va a tener que vérselas con los muchachos de la Sección Interrogatorios. Tenemos muchas maneras de convencer a tipos como usted.
—Creo que es así —dije, mientras me deslizaba hacia la puerta- . Pero también hay muchas maneras de conseguir hacer relevar de su puesto a un capitán de policía Brandon. No lo olvide.
De repente pareció que estaba por reventar. Se le hinchó la cara y tomó un color carmesí subido; de sus ojos salían llamas.
—Un solo paso en falso, Malloy y lo metemos adentro -respondió con una voz estrangulada por la furia—.Tan sólo un paso en falso...
— ¡Bah, vaya a lustrarse la chapa! —le repliqué y me fui dando un portazo.