CAPÍTULO 3
DIEZ minutos después que terminó la reunión entre Gaye, Garry, Jones y Fennel, Shalik había entrado a la oficina de Natalie, con un abrigo sobre el brazo y una valijita de week-end en la mano. Ella hizo una pausa en su trabajo y lo miró.
Para Shalik, Natalie Norman era parte de su apoyo: útil, excesivamente eficiente: una mujer dedicada, sin color, que había estado con él por el lapso de tres años. La había elegido para ser su asistente personal, de una corta lista de mujeres altamente calificadas, que le había suministrado una agencia.
Natalie Norman tenía treinta y ocho años. Hablaba con fluidez el francés y el alemán, y tenía un alto título en economía. Sin aparentes intereses fuera de la oficina de Shalik, era, para él, una máquina que trabajaba eficientemente y que le era esencial.
A Shalik le gustaban las mujeres bonitas y sensuales. Para él, Natalie Norman con sus miradas llanas, su tez pálida, era simplemente un robot. Cuando le hablaba, raramente la miraba.
—Estaré afuera por el fin de semana. Miss Norman —dijo, deteniéndose junto al escritorio—. Le pido que venga mañana por una hora para revisar la correspondencia, luego tómese el fin de semana. Tengo una reunión el lunes a las 9.
Y se fue.
No hubo una mirada, una sonrisa, ni siquiera un "buen fin de semana".
A la mañana siguiente, ella llegó a la hora de costumbre, estuvo ocupada con la correspondencia y comenzaba a limpiar el escritorio cuando entró George Sherborn.
Lo aborrecía como él a ella. A su modo de ver, George era un horror, gordo, chupamedias y sensual. El día que empezó a trabajar con Shalik, Sherborn con la cara rechoncha ruborizada, le había puesto la mano sobre las encorsetadas nalgas, mientras estaba sellando un gran sobre lleno de documentos legales. Su contacto la repugnó. Se había dado vuelta y le había pegado en la cara gorda con el borde del sobre, haciéndole sangrar la nariz.
Desde ese entonces se odiaban mutuamente, pero habían trabajado juntos, ambos sirviendo a Shalik muy bien.
—¿Ha terminado? —preguntó Sherborn pomposamente—. Si es así, salga. Yo me quedo aquí.
—Me iré en cinco minutos —le contestó, sin mirarlo. Sherborn asintió, la miró despreciativamente y volvió a la oficina de Shalik.
Natalie se quedó sentada un momento largo escuchando, luego cuando oyó que Sherborn discaba un número, tomó de un cajón una gran bolsa de hacer compras, de plástico. De otro cajón sacó el pequeño grabador y tres carreteles de cinta. Puso apurada éstas en la bolsa y la cerró con el cierre relámpago. Pudo oír a Sherborn hablar por teléfono. Se corrió silenciosamente hasta la puerta y escuchó,
—Tengo todo el lugar para mí solo, nena, —decía Sherborn—. Sí… todo el fin de semana. ¿Por qué no vienes? Podríamos divertirnos.
Natalie hizo una mueca de desagrado y se fue. Se puso el tapado, se anudó una echarpe negra a la cabeza y tomando la bolsa de hacer compras, fue hasta el ascensor y apretó el botón de llamada.
Mientras esperaba, Sherborn apareció en la entrada.
—¿Se va?
—Sí.
Las puertas del ascensor se abrieron y entró. Al cerrarse éstas, Sherborn le sonrió despreciativamente.
Natalie tomó un taxi, de vuelta a su departamento de dos pisos, en Church Street, Kensington. Había dormido muy poco la noche anterior, dando vueltas en la cama, tratando de decidir si lo traicionaba a Shalik o no. Aún ahora, mientras abría la cerradura de la puerta y entraba al pequeño pero agradable living, que había amueblado con cuidado, no se había decidido.
Dejó la bolsa, se sacó la echarpe y el tapado y luego se dejó caer sobre un sillón. Se quedó sentada allí por unos minutos, sabiendo que lo haría y aborreciéndose. Miró el reloj. Eran las 11. Existía siempre la posibilidad de que Burnett no estuviera en el banco ese sábado por la mañana. Si no estaba, eso sería para ella señal de que no debía hacer lo que estaba planeando. Por un breve momento vaciló, luego fue al teléfono y discó el número.
Estaba sentada sobre el brazo del sillón, mientras escuchaba sonar el teléfono.
Una voz impersonal dijo:
—Banco Nacional de Natal.
—¿Podría hablar con Mr. Charles Burnett, por favor?
—¿Quién le habla?
—Miss Norman... Mr. Burnett me conoce.
—Un momento.
Hubo una breve demora, luego, una rica y fecunda voz de barítono apareció en la línea.
—¿Miss Norman? Encantado... ¿cómo está usted?
Ella tembló, vaciló, luego hizo un esfuerzo para decir:
—Quisiera verlo, Mr. Burnett... es urgente.
—Por supuesto. Si pudiera venir enseguida... salgo para el campo dentro de una hora.
—¡No!
El histérico aborrecimiento de sí misma la tenía ahora en su garra.
—¡Dentro de media hora... aquí... en mi departamento! Church Street 35, cuarto piso ¡Le dije que es urgente!
Hubo una pausa, luego la rica voz de barítono, sonando un poco impresionada dijo:
—Me temo que eso no sea conveniente, Miss Norman.
— ¡Aquí! ¡En media hora! —gritó Natalie, su voz en un chillido, y colgó el tubo con fuerza.
Se deslizó en el asiento del sillón, descansando la cabeza contra el almohadón. Su cuerpo tembló y se sacudió al empezar a sollozar histéricamente. Durante unos minutos se permitió el lujo de llorar. Finalmente las lágrimas calientes dejaron de correr. Temblorosa, fue al baño y se lavó la cara, luego empleó algunos minutos en arreglarse el maquillaje.
Volvió al hall, abrió un aparador y sacó la botella de whisky que guardaba para Daz. Se sirvió un trago largo y lo tomó de golpe, estremeciéndose.
Se sentó y esperó.
Treinta y cinco minutos después sonó el timbre de la puerta. Con el sonido del timbre la sangre le ruborizó la cara y luego se retiró, dejándola blanca como la tiza. Por un largo rato, se quedó sentada sin moverse, luego cuando el timbre sonó nuevamente, hizo un esfuerzo para levantarse y abrió la puerta.
Charles Burnett, presidente del National Bank de Natal, se deslizó dentro del cuarto como un galeón en plena navegación. Era un hombre grande de constitución pesada, cara rojo púrpura y ojos astutos; la cabeza calva, orlada por blanco cabello brilloso, era lustrosamente rosada. Vestido impecablemente de traje de sport Saville Row, color gris, con un clavel rojo sangre en el ojal, parecía la versión cinematográfica de lo que debe ser un rico e influyente banquero.
—Mi querida Miss Norman —dijo— ¿de qué se trata toda esta urgencia?
La miró, su mente registrando fastidio, pero era demasiado perspicaz y experimentado como para demostrarlo. ¡Qué bruja desastrosa! estaba pensando: buena figura, buenas piernas, por supuesto, pero esa cara pálida, simple, esos ojos negros deprimentes y la oscura cara demasiado sombreada.
Natalie había vuelto a su control. El whisky le había dado una falsa confianza.
—Siéntese, por favor, Mr. Burnett. No le voy a robar su tiempo. Tengo información relacionada con Mr. Kahlenberg, que usted querrá oír.
Burnett instaló su humanidad en un sillón. Su expresión mostraba un suave interés, pero su astutamente pensaba: De modo que está dando frutos. Unas gotas por semilla, aquí y allá, algunas veces germina.
Como presidente del National Bank de Natal, que pertenecía a Max Kahlenberg, Burnett tenía instrucciones de su jefe de recoger todo fragmento de información que circulara en Londres, que pudiera repercutir sobre el reino de Kahlenberg en Natal.
Unos doce días atrás, Kahlenberg le había mandado un telegrama breve:
Necesito información referente a las actividades de Armo Shalik, K.
Burnett sabía todo sobre Armo Shalik, pero nada de sus actividades comerciales. El cable lo desalentó. Conseguir información sobre Shalik... la clase de información que le interesaría, a Kahlenberg... sería tan difícil como conseguir información de las esfinges. Sin embargo, Burnett sabía que tenía que hacer algo con respecto a este pedido. Cuando Kahlenberg pedía información, esperaba conseguirla, no importaba las dificultades que costara.
Sucedió que dos días después, Shalik dio un cocktail en su suite al que Burnett fue invitado. Allí conoció a Natalie Norman.
Burnett creía que había que ser agradable con los subalternos. Acaso Bernard Shaw no había dicho una vez: puedes darle una patada a un viejo: sabes lo que es, pero nunca le des una patada a un joven: no sabes lo que puede llegar a ser.
Viendo a Natalie que supervisaba las bebidas y siendo ignorado por los conversadores convidados, se había apartado de su cansadora mujer, y la había arrinconado. Él era un hombre encantador, un conversador fácil, rápidamente se dio cuenta de que esta mujer de cara pálida, de aspecto simple era la asistente personal de Shalik, y se pudo percatar de que estaba agonizando sexualmente.
Ganó su confianza con facilidad y charló con ella unos minutos mientras su mente trabajaba diligentemente. Podía ser de importancia vital para él y sabía que no podía quedarse con ella por mucho tiempo ya que Shalik estaba mirando en su dirección con las cejas levantadas.
—Miss Norman —dijo en voz baja— estoy en condiciones de ayudar a gente como usted, si necesita ayuda. Por favor, recuerde mi nombre; Charles Burnett, National Bank de Natal. Si alguna vez estuviera insatisfecha con su trabajo aquí, si deseara ganar más dinero, por favor póngase en contacto conmigo.
Como la expresión de ella era de perplejidad, se sonrió y la dejó.
Al volver a su casa, se quedó sentado en su estudio y consideró su próximo movimiento. Esperaba no haber apurado las cosas con ésta mujer de cara pálida. Podría llegar a ser la espía que precisaba. Era obvio que necesitaba contacto físico con un hombre viril. Burnett conocía todos los síntomas: su delgadez, sus ojos rodeados de un aro oscuro, su expresión deprimida. Lo que necesitaba era un vigoroso compañero de cama; decidió que ese debía ser el primer movimiento para atraparla.
Burnett tenía muchos y útiles contactos y entre ellos estaba el ex—inspector Tom Parkins de la C.I.D. Lo llamó por teléfono.
—Parkins...necesito un joven bribón que pueda hacer un trabajo especial. Debe ser completamente inescrupuloso y de buen aspecto, con personalidad y de alrededor de veinticinco años, no mayor. ¿Sabe de alguna persona así?
El agente dijo:
—No debería ser demasiado difícil. ¿El pago será interesante?
—Muy interesante.
—Lo pensaré, señor. ¿Qué le parece si lo llamo después de almorzar?
—Hágalo, —dijo Burnett, satisfecho de conseguir lo que quería.
Alrededor de las 15, Parkins llamó por teléfono.
—Tengo el hombre, señor —dijo—. Daz Jackson: veinticuatro años, excelente apariencia, toca la guitarra, en un club de Soho, de quinta categoría y necesita dinero. Cumplió dos años de cárcel por pequeños hurtos, hace tres años.
Burnett vaciló.
—Esto puede ser un poco tramposo, Parkins. ¿No me expongo al chantaje?
—Oh, no señor. Ese tipo de cosa... no sucederá, se lo aseguro... yo puedo manejárselo. Conozco bastante a este bribón. No se debe preocupar en ese aspecto.
—Muy bien. Mándemelo aquí a las 17. Arreglaré que le acrediten diez libras en la cuenta que tiene con nosotros, Parkins.
—Es muy amable de su parte, señor. Estará bastante satisfecho con Daz Jackson.
Llegó diez minutos más tarde de la hora. Fue introducido por la secretaria de Burnett en la amplia oficina de éste. Ella había trabajado tanto tiempo con Burnett que ya nada la sorprendía... ni siquiera Jackson.
Burnett observó al joven mientras éste estaba a sus anchas en el gran cuarto, una sonrisa en la cara que demostraba intencionada indiferencia. Llevaba pantalones de color mostaza, una camisa azul oscura con adornos y una cadena dorada al cuello de la que pendía una pequeña campana que tintineaba al moverse.
Qué espécimen, pensó Burnett, por lo menos, es limpio.
Sin que se lo ofrecieran, Jackson acomodó su inclinada figura en un sillón, cruzó una pierna sobre la otra y observó a Burnett levantando insolentemente una ceja.
—El ex—espantajo dice que usted tiene trabajo para mí. ¿Cuánto paga? —preguntó—. Y oiga yo no me voy a matar trabajando en este cementerio. ¿Entendido?
Burnett estaba acostumbrado a lidiar con toda clase de gente y se adaptaba. A pesar de que le hubiera gustado poder echar de una patada a este joven beatnick. Se dio cuenta que era el hombre que buscaba.
—Yo no le estoy pidiendo que trabaje aquí, Mr. Jackson —dijo—. Tengo un trabajo especial que usted puede manejar y que remunera bien.
Jackson levantó una lánguida mano en una farsa de protesta.
—Olvídese del "míster" y toda esa música —dijo—. Llámeme Daz.
La falsa sonrisa de Burnett se endureció un poco.
—Seguro... pero, ¿por qué Daz?
—Las pibas me llaman así... yo las deslumbro.
—Espléndido —Burnett se echó hacia atrás en su sillón de ejecutivo—. Lo que quiero que haga es esto...
Se lo explicó.
Daz Jackson se recostó en su sillón y escuchó. Sus ojos gris acero examinaban la cara de Burnett mientras éste hablaba. Finalmente dijo:
—Bueno, esto es todo... ¿cree que podrá manejarlo?
Daz hizo una mueca.
—Vamos a ponerlo bien, claro —dijo, estirando sus largas piernas—. Esta piba quiere que la acuesten... ¿correcto? —Cuando Burnett asintió, siguió—. Una vez que le haya hecho el gusto: querrá más... ¿correcto? —Burnett volvió a asentir—. Luego ella tiene que pagarlo... usted quiere que le saque el jugo... ¿correcto?
—Sí... esa es la situación.
—Usted me pagará cien dólares por hacer el trabajo y lo que saque de ella lo debo guardar... ¿correcto?
Burnett inclinó la cabeza. Tratar con un hombre como éste le hizo sentir que se ensuciaba un poco.
Jackson se inclinó hacia atrás en su sillón y lo miró fijo.
—Bueno ¡por Dios, y a mí me llaman delincuente!
Los ojos de Burnett se pusieron helados.
—¿Quiere el trabajo o no?
Se miraron por un largo rato fijamente, luego Daz se encogió de hombros.
—Oh seguro... ¿qué puedo perder? ¿Cómo es la piba?
—Simple pero adecuada —contestó Burnett, usando inconscientemente la frase de la guía de Michelin para Francia al describir un hotel de tercera categoría.
—Muy bien, ¿así que dónde la encuentro?
Burnett le dio la dirección de la casa y de la oficina de Natalie escrita a máquina en una tarjeta en blanco.
—Quiero acción rápida.
Daz sonrió aprobatoriamente.
—Si está sedienta de ello, lo tendrá y una vez que lo reciba de mí, lo querrá más y más. —Daz miró a Burnett, sus ojos calculadores—. La policía no entrará en esto ¿no?
—No hay problemas en ese sentido.
—Bueno, si lo hacen, yo cantaré. No estoy enloquecido por este trabajo.
Burnett lo miró fijo con frialdad.
—Pero, ¿lo hará?
Daz se encogió de hombros.
—Dije que lo haría ¿no?
—Sáquele todo el dinero que pueda. Quiero que quede en una situación financiera imposible. Quiero que se vea enterrada hasta los ojos de deudas.
Daz se puso de pie con esfuerzo.
—¿Qué tal algo de dinero ahora?... estoy pelado.
—Cuando termine —dijo Burnett en forma cortante y le hizo una señal de despedida.
En el crudo frío de una noche de enero, Natalia Norman se dio cuenta que el neumático de la rueda de atrás estaba en llanta. Había estado trabajando hasta tarde, y estaba deseando llegar a casa y darse un baño caliente. Había estacionado su Austin·Mini como siempre lo hacía sobre una calle sin salida fuera de Park Lane. Estaba parada temblando en el viento mordaz mientras miraba indefensa el neumático, cuando de entre las sombras salió un hombre alto, joven, que llevaba un saco de piel de cordero, las manos profundamente metidas en los bolsillos de sus negros pantalones.
Daz se había enterado del lugar dónde Natalie estacionaba el auto, y había soltado el aire del neumático, hacía unos cincuenta minutos. Se había parado en una entrada cercana, congelándose y maldiciendo hasta que la vio venir hacia el auto. Este era el primer vistazo que le daba. Se iluminó considerablemente cuando las luces de la calle dejaron ver sus largas y delgadas piernas. Lo menos que había esperado era una mujer que tuviera piernas como para soportar un piano.
Esperó, observándola. Ella caminó hasta la luz plena y él hizo una mueca. Buen cuerpo, pero tan obviamente una simple solterona que agonizaba por sexo, con tanta personalidad como un gato ahogado. ¡Pibe!, pensó. ¡Tendré que usar mi imaginación para acostarla!
—¿Tiene algún problema, señorita? —dijo—. ¿Le puedo dar una mano?
Natalie estaba azorada por su súbita aparición. Miró indefensa a derecha e izquierda, pero no había nadie en el callejón excepto ellos mismos.
—Está pinchada —dijo nerviosa—. No importa. Tomaré un taxi... gracias.
Daz se corrió debajo de las luces de la calle de modo que ella lo pudiera ver. Se miraron mutuamente y ella sintió que el corazón le latía con fuerza. Era flaco y alto y parecía un hermoso animal joven, pensó ella. Su pelo que se enrulaba en la nuca, la excitaba. Sintió que le corría un golpe de sangre por el cuerpo: algo que le pasaba a menudo cuando veía por la calle verdaderos hombres masculinos, pero su cara pálida, inexpresiva no revelaba nada de lo que le estaba pasando por dentro.
—Yo lo arreglaré —dijo Daz—. Usted entre al auto señorita. Salga del frío. ¡Fiu! ¡Hace frío!, ¿no?
—Sí... pero por favor, no se moleste. Tomaré un taxi.
—Métase adentro... yo lo arreglaré... no me llevará más de un momento.
Ella abrió la cerradura de la puerta del auto y entró agradecida, al pequeño auto, cerrando la puerta. Observó los movimientos de él. Era muy rápido. Después de diez minutos, se acercó a la ventanilla del auto, limpiándose las manos en los traseros de los pantalones.
—Todo arreglado, señorita... puede salir.
Ella lo miró hacia arriba por la ventanilla abierta del auto. Daz se inclinó hacia adelante, mirándola fijo hacia abajo. ¿Había algo de promesa en sus jóvenes ojos? se preguntaba ella. Su corazón estaba a los saltos como una trucha recién sacada del agua.
—¿Lo puedo llevar a algún lado?
Se sonrió y él decidió que no era tan fea.
—No irá cerca de Knightsbridge, ¿no? —preguntó, sabiendo que era allí dónde vivía ella.
—Oh sí... Church Street.
—Bueno, me vendría bien que me llevara.
Dio la vuelta alrededor del auto y se deslizó dentro, al lado de ella. Sus hombros la tocaron y sintió como si hubiera recibido un shock eléctrico.
Estaba furiosa consigo misma porque la mano le temblaba tan violentamente que no podía poner la llave en el arranque.
—Tiene frío. ¿Quiere que maneje yo, señorita?
Silenciosamente le entregó las llaves, se deslizó fuera del auto y ella se corrió al asiento de pasajeros. La pollera se le subió con la palanca de cambios. Vaciló, luego, sabiendo que sus piernas y sus delgados muslos eran sus únicos rasgos atractivos, dejó la pollera como estaba.
—Estoy helada —dijo con esfuerzo mientras Daz se colocaba al volante.
—Yo también... es para morirse.
Pensó que él manejaría ligero y espectacularmente, pero no lo hizo así. Manejó bien, y se mantuvo justo a una velocidad límite de cuarenta y cinco kilómetros por hora y con una experimentada seguridad que le sorprendió.
—¿Vive en Knightsbridge? —aventuró ella.
— ¿Quién... yo? —Se rió—. Nada de tanta elegancia. Yo vivo en un nido de ratas en Parsons Green. Estoy sin trabajo. Siempre que llego a mi última libra me gusta caminar por Knightsbridge y mirar vidrieras. Me imagino lo que me compraría en Harrod’s si tuviera una cantidad de dinero.
Natalie miró su hermoso perfil, y nuevamente experimentó una devastadora angustia de deseo.
—Pero, ¿por qué está usted sin trabajo? —preguntó—. La gente no tendría que quedar nunca sin trabajo hoy en día.
—He estado enfermo. Tengo un pulmón débil... me molesta a veces... entonces me dan licencia sin goce de sueldo. Ahora me han dado licencia por dos semanas.
Daz pensó, las mentiras que soy capaz de decir. Casi me lo creo yo mismo. Luego sintiendo que lo estaba presentando demasiado exageradamente, agregó: conseguiré algo la semana que viene, me siento bien ahora.
Natalie digirió todo esto.
—Me alegro.
Él se dio vuelta y le dirigió la sonrisa que lo había hecho merecer el sobrenombre que tenía. Se sintió sentimentalmente débil mientras su deseo por él crecía.
—No necesita preocuparse por mí, señorita. Nadie, incluyéndome, se preocupa por mí. —Hizo una pausa y siguió—. Anda por la callé hasta tarde ¿no?
—A menudo trabajo hasta tarde.
—¿Dijo Church Street?
Pasaban en ese momento por la estación de subterráneo de Knightsbridge.
—Sí.
—¿Vive sola?
Oh sí pensó amargamente Natalie. Sola… siempre sola.
—Sí.
Los ojos de Daz se dirigieron a las piernas de ella, exhibidas hasta más arriba de la rodilla. ¡Pobre vaca! Esto va a ser fácil.
—Bueno, mucha gente vive sola —dijo—. Cuando llegan de sus trabajos, se encierran en sus tristes cuartos y eso es todo hasta que vuelven a salir para sus trabajos a la mañana siguiente. Por eso me gusta caminar por la calles a la noche. Quedarme solo en mi cuarto me da terror.
—Lo puedo comprender. —Luego cuando él comenzó a subir por Church Street, ella siguió—. Este es el lugar... a la derecha.
Bueno, este es el momento culminante, pensó. ¿Me invitará?
—¿Este gran edificio de aquí?
—Sí. Se va por la rampa hasta el garaje. —Ella vaciló luego en una vocecita dijo—. Supongo que querrá lavarse después de haber cambiado ese neumático. Creo que se merece también un trago.
Él escondió una sonrisa de satisfacción. Había presentido que iba a ser fácil, pero no tanto.
—Sí. Podría lavarme, —y guio el auto hacia abajo al fuertemente iluminado garaje.
Subieron en el ascensor hasta el cuarto piso. Mientras subían ninguno miró al otro, ni se hablaron.
Natalie abrió la cerradura de la puerta principal y lo condujo a la pequeña sala de estar.
—Sáquese el saco. —Su voz era insegura. El miró alrededor.
—Esto es realmente lindo.
Ella se dio cuenta de que la palabra "lindo" era la favorita de él.
—El baño está por allí.
Lo dejó en el baño y se sacó el saco y la echarpe, sintiendo por él un deseo ardiente que le corría por todo el cuerpo. Todavía estaba parada en medio del cuarto, pálida y temblorosa, cuando él salió del baño. Se dio cuenta en seguida que no iba a haber problemas.
—No nos conocemos. Yo soy Daz Jackson.
—Yo soy Natalie Norman.
—Lindo nombre... Natalie... me encanta.
Se miraron mutuamente, luego él se acercó y deslizó los brazos por alrededor de ella;
Ella se estremeció mientras las manos de él corrían hacia abajo por su fina espalda. Por un momento breve, su mecanismo subconsciente luchó por repelerlo, pero su necesidad era muy grande.
Apenas si tuvo conciencia de que era llevada al cuarto. Se relajó sobre la cama, moviéndose de un lado al otro mientras él le sacaba la ropa. Luego se entregó a la lujuria animal.
Daz Jackson abrió los ojos y soltó un largo y lento suspiro. Bueno ¡es como para gritar fuerte! pensó mientras miraba el cielo raso. ¡Quién lo hubiera creído! ¡Es lo mejor que tuve jamás!
Se dio vuelta de costado y miró a Natalie quien estaba de espaldas, sus manos cubriendo los pequeños pechos, durmiendo. Observó su cuerpo. Estaba bien, lástima la cara. Le dio un suave pellizco en las nalgas.
—¡Despiértate! Tengo hambre. ¿Tienes algo de comida?
Ella se movió y lo miró hacia arriba, sus ojos brillaban con una satisfacción que no había conocido antes. Sentía como si una puerta escondida que hubiera estado buscando por largo tiempo, se hubiera abierto de pronto y el sol y la brisa y el sonido del mar hubieran entrado en la estéril y oscura cueva en la que había estado viviendo por tanto tiempo.
—Comida… por supuesto. —Se sentó, revoleó las piernas fuera de la cama y arrebató un abrigo—. Quédate ahí... te buscaré algo. ¿Quieres un trago? Tengo sólo gin.
Daz la observó. La ansiedad que ponía para complacer, la suave mirada de sus ojos y su anhelante temblor la convertían en un aburrimiento.
—Sólo comida.
Natalie corrió a la cocina. El esperó, luego salió de la cama y se vistió. Vio, en el reloj que estaba al lado de la cama, que eran las 2,25. Escuchó, mientras olía a tocino frito, luego miró alrededor del pequeño y prolijo cuarto. Miró más allá de la entrada, por el living y la vio parada junto a la cocina, de espaldas a él. Trabajando rápido revisó la cómoda. En el cajón de arriba encontró una cigarrera de oro y un pequeño alhajero que tenía un collar de perlas y dos anillos de poco valor, pero tomó todo, dejándolo caer en su bolsillo. Después fue al living y se quedó parado a la entrada de la cocina.
—Huele bien —dijo.
Ella se dio vuelta y le sonrió.
—¿Puedes comer más de cuatro huevos?
—Está muy bien.
Ella pasó apurada por su lado y puso la mesa.
—¿No comes? —preguntó, viendo que ponía sólo un plato.
—No... ya está listo. Siéntate.
Comió hambriento. Bueno, ciertamente sabía cocinar huevos y tocino, pensó mientras tomaba el té que ella le había servido. Lástima que no hubiera papas y ketchup, pero no se puede esperar tener todo.
Daz sabía lo que le pasaba a ella, sentada sobre el diván, observándolo. Había esa suave mirada en sus ojos que le decía que estaba enganchada. Cuando terminó, se sentó hacia atrás, limpiándose la boca con una servilleta de papel que ella le había dado.
—Lindo —dijo—. Realmente lindo.
—Estabas hambriento ¿no?
La miró fijo a los ojos.
—Sí... y así estabas tú.
La sangre le tiñó la cara y miró hacia otro lado.
—No hay razón para ponerse colorada. —Sonrió con su sonrisa deslumbrante—. Es natural. ¿Te gustó, ¿no? Te diré algo: estuviste bien... realmente bien.
—Por favor no hables de eso. No lo hice jamás antes.
—¿Y qué? Debes empezar en algún momento. —Se puso de pie—. Bueno, debo irme —hizo una pausa—. Gracias por todo. Fue realmente lindo... todo.
Vio que las manos de ella se cerraban en forma de puños.
—¿No te gustaría... quedarte? —dijo sin aliento—. Es una noche tan horrible. Puedes quedarte si es que quieres.
Sacudió la cabeza.
—Tengo que volver a mi casa. —Empezó a moverse lentamente hacia la puerta principal.
—Supongo que nos... nos volveremos a ver —dijo ella, sus negros ojos desesperado.
Ah í está, pensó. El anzuelo.
—Nunca se sabe. Hay cosas que suceden, ¿no? Hasta luego —y antes de que ella se diera cuenta que se iba realmente, se había ido.
La puerta principal se cerró de golpe. El sonido fue como un desastroso ruido de trueno dentro de su cabeza.
No fue hasta la tarde siguiente que ella descubrió la pérdida de su cigarrera y encendedor, regalados por Shalik para su cumpleaños, y sus joyas. El descubrimiento la sacudió y supo enseguida quién las había robado. Su primera reacción fue correr al teléfono y avisar a la policía, pero luego controló su rabia y se sentó a pensar. Estaba sin trabajo. Tenía hambre. ¿Para qué precisaba ella la cigarrera de oro y el encendedor? No fumaba de todos modos. Pensando en él, decidió que podría sacarle todo lo que le pertenecía mientras volviera a ella.
Durante cinco largos y destrozadores días, esperó con creciente desesperación por oír algo de él nuevamente, hasta que finalmente un lento horror comenzó a instalarse dentro de ella: tenía que enfrentar el abrumador hecho de que él la había utilizado, robado sus cosas y la había olvidado.
Luego la quinta noche, mientras estaba sentada miserablemente sola en su departamento, enfrentando aún otra larga noche de soledad, el teléfono sonó. Su corazón dio un gran salto mientras se ponía de pie rápidamente y corría por el cuarto para arrebatar el tubo.
—¿Sí?
—Habla Daz... ¿me recuerdas?
Sus piernas se sintieron tan débiles que tuvo que sentarse.
—Por supuesto.
—Mira, lamento haberme llevado tus cosas. ¿Estás enojada conmigo?
—No... por supuesto que no.
—Bueno, no fue lindo. Las empeñé. Tenía que conseguir dinero con urgencia... un poco de problemas. Te dejaré las boletas... ¿Te las llevo ahora?
—Sí,
—Muy bien, entonces —y luego la línea quedó muerta.
No llegó hasta las 22 y 5, haciéndola esperar frenéticamente una hora y media. Ella pensó que estaba más flaco y traía el ceño fruncido, lo que le daba un aspecto sombrío y hosco.
—Aquí las tienes —dijo, dejando caer tres boletas de empeño sobre la mesa—. No lo debía haber hecho... pero tenía problemas... tenía que levantar dinero urgentemente.
—Está muy bien. Comprendo. ¿Tienes hambre?
—No... no me puedo quedar. Tengo que irme —y se volvió a la puerta principal.
Natalie le dirigió una mirada de pánico.
—Pero usted... por favor quédese. Quiero que se quede.
Él volvió sus ojos hacia ella, repentinamente salvajes.
—Tengo que conseguir dinero —dijo—. No puedo pavear por aquí. Hay una chica que vive cerca de mi casa que está tratando de conseguirme algo. La tengo que ver esta noche.
—¿Una chica? —Natalie se puso fría—. Daz... ¿no quieres explicarme de qué se trata todo esto? ¿No te quieres sentar? Yo podría ayudarte si te explicaras.
—Ya te he sacado bastante —Daz sacudió la cabeza—. De todos modos Lola me ha prometido prácticamente...
—Por favor, siéntate y cuéntame.
Se sentó. Era fácil mentirle a ella. Un caballo que era una fija. La apuesta que no podía pagar, y ahora el tenedor de apuestas que lo perseguía.
—Son un lote bravo —concluyó—. Si no me hago de cincuenta libras para mañana me marcan.
—¿Te "marcan"? —Natalie lo miró aterrada—. ¿Qué quiere decir eso?
—Me acuchillan, por supuesto —dijo con impaciencia—. Me cortan con la navaja... ¿qué piensas?
Ella se imaginó la hermosa cara sangrando. El pensamiento la hizo desfallecer.
—Yo te puedo dar cincuenta libras, Daz... por supuesto.
—No puedo aceptarlas de ti... no, la veré a Lola.
—No seas tonto. Te daré un cheque ahora.
Una hora más tarde estaban acostados uno al lado del otro en la cama. Natalie se sentía relajada y feliz por primera vez desde la última vez que había visto a Daz. Habla sido maravilloso, estaba pensando, mejor que la primera vez. Se volvió para mirar a Daz y su corazón se contrajo al ver nuevamente esa mirada sombría en la cara de él.
—¿Qué pasa, Daz?
—Estoy simplemente pensando... ¿no puede un hombre pensar, por amor a Dios?
Ella se acobardó al oír el tono áspero de su voz.
—¿No fue bueno para ti? ¿Te desilusioné?
—No estaba pensando en eso. —La miró con impaciencia en la sombreada luz de la lámpara que estaba al lado de la cama. —Eso terminó. Estoy pensando en otra cosa. Cállate un minuto, ¿quieres?
Ella se quedó tranquila, esperando y observando su dura cara joven y la forma en que se desviaban sus ojos, recordándole a un animal en una jaula.
—Sí —dijo finalmente como hablando en voz alta lo que pensaba—. Eso es lo que haré. Me iré a Dublín. ¡Eso es! ¡Danny me conseguirá un trabajo!
Natalie se sentó, apretando las sábanas contra sus pechos.
—¿Dublín? ¿Qué quieres decir?
El le frunció el ceño como si recién se diera cuenta de que estaba con ella.
—Lo que dije. Tengo que salir. Esas cincuenta libras que me has dado lo mantendrán alejado por dos días a Isaacs. Por entonces, estaré lejos de su alcance.
Sintió que se desmayaba nuevamente. Observándola, Daz sintió que le había jugado sucio.
—Pero tú dijiste que si te daba el dinero, todo andaría bien —jadeó ella— ¡Daz! ¡Dime! ¿Qué quieres decir?
La miró despreciativamente.
—¿No pensarás que un tenedor de apuestas puede acuchillar a cualquiera por cincuenta libras? ¿no? Estoy enterrado con mil doscientas.
Una vez que ella absorbió la conmoción, su entrenada mente buscó caminos y medios. ¡Mil doscientas libras! ¡Era una suma imposible! Se había tomado unas vacaciones caras para otoño, y sólo tenía doscientas libras de crédito en el banco. Pero la idea de que Daz dejara Inglaterra y fuera a Irlanda era impensable.
Se deslizó fuera de la cama y se puso el abrigo mientras Daz la observaba. Vio que había un cambio de expresión en la cara de ella. Vio que su mente estaba trabajando, y se quedó tendido tranquilo, esperando los resultados.
Se preguntaba inquieto si había colocado muy alto el precio, pero Burnett le había dicho que había que dejarla sin un centavo. ¿Suponiendo que no tuviera el dinero?
Natalie caminaba por el cuarto mientras pensaba, luego volvió y se sentó sobre la cama, mirándolo a los ojos.
—Daz... si te doy mil doscientas libras, ¿te quedarás en Londres?
—Por supuesto, pero tú no puedes darme ese dinero... ¿de modo que para qué hablar sobre eso?
—Puedo probar. ¿Cuánto puedes esperar?
—¿Para qué hablar? —Se quedó tendido de espaldas, mirando fijo el cielo raso. —Debo salir del país. Me iré mañana.
—¿Cuánto tiempo puedes esperar? —Su voz ahora era tan áspera como la de él.
—Diez días... no más.
—Yo te daré ese dinero, Daz, ¿vendrás a vivir aquí conmigo?
Qué fácil era mentirle a esta pobre vaca, pensó Daz.
—¿Quieres decir que me mudo? ¿Me quieres aquí?
—Sí —trató de controlar la voz—. Te quiero aquí.
—Sería lindo... sí por supuesto. Podría conseguir un trabajo, y podríamos estar juntos. ¿Pero por qué hablar de ello?
—Creo que me puedo arreglar —Natalie se sacó y tiró el abrigo. Se dejó caer sobre la cama, al lado de él—. ¿Me quieres, no Daz?
Esa vieja música, pensó y la atrajo hacia sí.
—Sabes que sí. Estoy loco por ti,
—¡Entonces quiéreme!
Mientras Daz dormía al lado de ella, Natalie estaba tendida mirando fijo en la oscuridad, su mente ocupada. Sabía que era inútil pedir a Shalik que le prestara mil libras. Aún mientras le decía a Daz que creía que le podía conseguir el dinero, ella había estado pensando en Charles Burnett del National Bank de Natal.
Natalie conocía bien el espionaje y contraespionaje que tienen lugar en los grandes negocios de hoy en día. Sabía que Burnett había estado insinuando que pagaría por información y ella había tratado la insinuación con el desprecio que se merecía pero ahora, presionada, con el verdadero riesgo de perder a Daz para siempre, descubrió que tenía mucho menos escrúpulos.
Antes de quedarse dormida, decidió ponerse en contacto con Burnett.
Dejando dormido a Daz, había ido a la mañana siguiente al hotel Royal Towers.
Arregló rápidamente la correspondencia que había sobre el escritorio de Shalik, dejó una nota recordándole los diferentes compromisos del día y volvió a su oficina.
Sabía que a esa hora Shalik era afeitado y vestido por el odioso Sherborn. Vaciló apenas un poco, luego llamó al National Bank de Natal.
La comunicaron inmediatamente con Charles Burnett quién ya había sido alertado por teléfono por Daz.
—Por supuesto, Miss Norman. Estaré encantado de volverla a ver. ¿Cuándo le resulta conveniente?
—En su oficina a las 13,15 —dijo Natalie.
—Entonces, la esperaré.
Cuando ella llegó, Burnett la saludó como un benigno tío. Natalie le dijo abruptamente que necesitaba mil libras.
—Es una suma grande —dijo Burnett, estudiando sus rosadas uñas—, pero no imposible—. Miró hacia arriba, sus ojos ya no benignos—. Usted es una mujer inteligente, Miss Norman. No necesito deletreárselo. Usted precisa dinero, yo quiero información sobre las actividades de Mr. Shalik que puedan tener la más remota referencia a Mr. Max Kahlenberg de Natal.
Natalie se puso rígida.
Durante los últimos días se había enterado por notas garabateadas que encontró sobre el escritorio de Shalik y por escuchado hablar con Sherborn, que algo importante se estaba planeando, concerniente a un hombre llamado Max Kahlenberg, quien hasta éste momento no había significado nada para ella.
Toda la correspondencia de Shalik era escrita a máquina por Sherborn. El trabajo de Natalie era arreglar sus entrevistas, sus almuerzos y comidas y actuar como anfitriona en los cocktails que daba, así como también cuidar de los ciento y un asuntos personales que hacían su vida agradable y fácil.
—No creo que pueda colaborar en eso —dijo, con voz desfallecida—. Estoy excluida de la vida comercial de Shalik, pero sé que están tramando algo que tiene que ver con un hombre llamado Kahlenberg.
Burnett se sonrió.
—Yo la puedo ayudar, Miss Norman. Su tarea va a ser absurdamente fácil. Permítame explicarle...
Veinte minutos después ella aceptaba una bolsa de plástico que él tenía preparada y que contenía un grabador miniatura, seis rollos de cinta y un micrófono para escuchar a escondidas.
—La calidad de las grabaciones naturalmente va a influir en el monto de dinero que le pagaré. Sin embargo, si tiene urgente necesidad de mil libras y asegurándome de que usted me dé algo de interés, el dinero estará disponible.
Ahora, ocho días después, él estaba aquí en el departamento de ella, su gorda cara púrpura arrugada en una sonrisa, su clavel rojo un símbolo de status.
—Mi querida Miss Norman, ¿de qué se trata toda esta urgencia?
Durante los últimos tres días, el micrófono de Burnett había escuchado indiscretamente. Durante los últimos ocho días Daz había dormido con ella, arrastrándola a un mundo de erotismo en colores. Ella le había prometido el dinero y él estaba preparado a complacerla, diciéndose a sí mismo que en la oscuridad todos los gatos son pardos.
—Tengo información referente a Mr. Kahlenberg que usted querrá oír —dijo Natalie. El whisky que había tomado la hacía sentirse temeraria.
—Espléndido. —Burnett cruzó una gorda pierna sobre la otra—. Hágamelo oír.
—Mr. Shalik está combinando robarle el anillo de César Borgia a Mr. Kahlenberg —dijo Natalie—. Tengo tres cintas, que registran los detalles de la operación y quiénes son los que están involucrados.
—¿El anillo de Borgia? —Burnett estaba sorprendido—. ¿De modo que está detrás de eso? Mis felicitaciones, Miss Norman. Páseme las cintas.
Ella sacudió la cabeza.
—Quiero mil libras en billetes de diez antes de que escuche las cintas, Mr. Burnett.
Su sonrisa se endureció.
—Ahora bien Miss Norman, esto no puede ser. ¿Cómo sé siquiera que usted tiene las cintas? Las debo oír... seamos razonables.
Ella tenía el grabador ya cargado y le dejó oír tres minutos de conversación entre Shalik y Garry Edwards. En ese momento Shalik estaba diciendo:
—Todo esto será explicado esta noche. Usted no estará solo. Los riesgos y responsabilidades serán compartidos —ella presionó el botón.
—Pero por el momento no se ha mencionado a Mr. Kahlenberg —señaló Burnett, mirando hambrientamente el grabador.
—Cuando me haya traído el dinero, oirá el resto, pero no antes.
Se miraron mutuamente y Burnett se dio cuenta de que sería inútil tratar de persuadirla. Se puso de pie, recordándose a sí mismo que mil libras significaban para Max Kahlenberg tanto como lo que significaba un penique para el primer ministro de Inglaterra.
Dos horas más tarde, arruinado su sábado. Burnett estaba de vuelta con el dinero. Escuchó las cintas, su gorda y púrpura cara poniéndose más y más sorprendida. Se dio cuenta mientras escuchaba que estaba consiguiendo las cintas a un precio bajo.
—Espléndido, Miss Norman —dijo mientras ella desenrollaba la última cinta—. Realmente espléndido. Usted se ha ganado ciertamente sus honorarios. Cualquier información que pueda conseguir como ésta, le pagaré en misma espléndida forma.
—No habrá una segunda vez —dijo Natalie. Su cara estaba blanca y la expresión de auto—desprecio que tenía le sorprendió a Burnett. Le tiró el pequeño grabador—. ¡Lléveselo!
—Ahora bien. Miss Norman...
—¡Lléveselo! ¡Lléveselo! —dijo gritando y temiendo que se produjera una escena desagradable, Burnett tomó el grabador y las tres cintas y salió apurado. Recién en el ascensor, mientras bajaba, se dio cuenta de que ella no le había devuelto el costoso micrófono. Se preguntó si debía volver a buscarlo, pero la cara de desvarío y la mirada salvaje de los ojos de ella le advirtieron que no lo hiciera. Recogería el micrófono después del fin de semana, cuando estuviera más calmada.
Unas tres horas más tarde, Daz volvió al departamento. Ya había verificado con Burnett, quién le había dicho que el dinero estaba esperándolo.
Exaltado de pensar que iba a poner las manos en semejante suma, había dado cita a una chica para encontrarse en el Billy Walkers Boozer que había sido una vez un restaurante elegante, y de ahí irían a un club en King's Road y de ahí a la cama de ella.
Había terminado con Natalie. Con mil libras en la mano y con su savoir-faire, Dublín sería el lugar para él.
Se sorprendió un poco al ver a Natalie sentada en el diván, con la cara pálida, temblando y llorando.
—¿Qué diablos ha pasado? —preguntó, pensando cómo estaba de fea.
Natalie se secó los ojos y se enderezó.
—Tengo el dinero. Daz.
Daz fue más allá hasta el cuarto.
—¿Lo tienes? ¿Por qué estás tan dolorida? Tendrías que estar contenta.
—Judas no estuvo contento… se colgó.
Daz apenas si había oído hablar de Judas. No estaba seguro de quién era, pero tenía idea de que era un malo, no un bueno.
—¿De qué hablas? ¿Quién cuelga a quién?
—Nada... no comprenderías. ¿Tienes hambre?
Se limpió la boca con el dorso de la mano.
—¿Dónde está el dinero?
—¿No tienes hambre? Te compré un bife.
—Al diablo con el bife. ¿Dónde está el dinero?
Al mirarlo, se impresionó de ver la codicia que había en su magra y hermosa cara.
Ella se levantó insegura y fue al armario. Le trajo el dinero en prolijos montones.
El corazón se le contrajo al observarlo acariciar el dinero. Éste no podía ser el hombre que ella amaba desesperadamente, el que había abierto la escondida puerta en su vida: éste era un animal joven, codicioso y maligno que maltrataba el dinero como había maltratado su cuerpo.
—¿Estás contento?
El la ignoró y comenzó a meter el dinero en los diferentes bolsillos.
—¿Qué estás haciendo? —su voz se puso chillona. Metió el último paquete de dinero en el bolsillo y luego la miró.
—Yéndome bien rápido de aquí... eso es lo que estoy haciendo.
—Quieres decir que ahora que tienes el dinero, no... ¿no me quieres?
—¿Quién diablos te podría querer? —La señaló con un dedo—. Te voy a dar un consejo nena. De ahora en adelante mantén las piernas bien apretadas. Ése es tu problema. Te cavaste tu propia fosa, —y se fue:
Natalie se quedó parada inmóvil, la mano contra el corazón que le latía lentamente. Escuchó el ascensor que bajaba, alejándolo para siempre de su vida.
Luego caminó con lentitud hasta un sillón y se sentó. Se quedó allí mientras las agujas del reloj de pared se movían frente a ella, marcando las horas. Cuando la luz comenzó a languidecer, calmó su tiesura, estirando sus largas, delgadas piernas. Su mente comenzó a trabajar nuevamente. Después de todo, se dijo, ¿por qué le habría de importar a él? Yo podría haber adivinado lo que iba a pasar. Cerró los ojos. Ahora su falta de encanto y su simpleza estaban remarcados como nunca lo habían estado. Se dio cuenta que había pasado todo el tiempo, rozando, esperando, deseando que sucediera un milagro, pero éste no era el año de los milagros.
Pensó en las largas y solitarias noches que tenía por delante. También sabía que su conciencia iba a estar agobiada por el peso de la culpa de su traición. Había cometido este acto de deslealtad sólo para guardárselo a Daz. ¿Para qué seguir? Se preguntó. No puedes esperar vivir sola... ¿entonces para qué seguir?
Fue a la cocina moviéndose lentamente como una sonámbula y encontró un pequeño y afilado cuchillo de cortar verduras. Llevándolo consigo, se detuvo para echar cerrojo a la puerta principal, luego entró al baño. Abrió las canillas de la bañadera y se quedó parada en un oscuro aturdimiento hasta que estuvo medio llena de agua templada. Tiró los zapatos y se metió dentro. Su pollera tableada se infló y la presionó hacia abajo. Sintió el remojo reconfortante del agua en su desesperanzado cuerpo, a través de sus ropas.
Se quedó inmóvil. ¿Dolería? Decían que era la forma más fácil de morir. Apretando los dientes, llevó la amada hoja hacia la muñeca izquierda. Cortó hondo y contuvo un llanto de dolor. El cuchillo se le escapó de la mano. Por un breve instante, miró el agua que la rodeaba, que ahora se ponía rosada y se iba oscureciendo, luego cerró los ojos.
Se quedó allí tendida, pensando en Daz con su hermosa cara y su largo pelo enrulado y su hermoso y fuerte cuerpo hasta que lentamente se deslizó fuera de la vida, una vida que ya no le servía.