CAPÍTULO 9
UN GOLPE A LA DESESPERADA
Los días y las semanas pasaban siempre en la misma penumbra verde, pero a veces el crepúsculo no era tan oscuro y entonces sabíamos que fuera hacía un buen día de verano y que el sol calentaba en medio de un cielo azul y despejado. Desde el interior de la Ciudad lo único que se veía era un disco pálido, un pequeño círculo de un verde más claro que sólo era visible cuando estaba cerca del cenit. Pero el calor no variaba, ni tampoco aquella presión que aplastaba el cuerpo. Y día tras día el peso y el calor iban consumiéndole a uno la fuerza. Cada noche, al acostarme, agradecía más aquel lecho duro; levantarme por la mañana me costaba un esfuerzo cada vez mayor.
La cosa no mejoraba por el hecho de que el Amo me mostrara claramente un apego que crecía con el tiempo. Sus caricias, al principio un hecho aislado, se convirtieron en un ritual diario y yo me vi forzado a corresponderle haciendo algo parecido. Tenía un lugar en la espalda, por encima del tentáculo posterior, donde le gustaba que le rascaran y frotaran. Él me pedía que lo hiciera con más energía, indicándome puntos más arriba o más abajo. Su piel dura y abrasiva me dejaba sin uñas y aun así él seguía pidiéndome más. Por fin encontré un utensilio (un objeto que recordaba vagamente a un cepillo pero con una forma muy curiosa) que producía un efecto igual o parecido. Así salvaba las uñas, pero no los músculos del brazo derecho, pues siempre me pedía más.
Una tarde, mientras le frotaba resbalé y al darse él la vuelta al mismo tiempo le rocé levemente con aquel utensilio en el otro lado del cuerpo, entre la nariz y la boca. El resultado fue asombroso. Dio un fuerte alarido y un momento después yo estaba tumbado de espaldas; me había lanzado con fuerza contra el suelo merced a una acción refleja de dos tentáculos. Allí me quedé, medio aturdido. Los tentáculos volvieron a recogerme y no me cupo ninguna duda de que me esperaba otra paliza. Pero en vez de eso me puso de pie.
Al parecer su acción fue instintiva y defensiva. Me explicó que aquel punto que tenían los Amos entre las dos aberturas era extraordinariamente sensible. Tenía que procurar no tocarlo. Se podía herir seriamente a un Amo si se le golpeaba en aquel punto. Dudó un momento y luego prosiguió: semejante golpe podía incluso causarle la muerte.
Adopté el aspecto compungido y arrepentido propio de un esclavo en tales circunstancias. Seguí frotándole y rascándole en el lugar original y pronto se sintió calmado. Me rodeaba con sus tentáculos correosos como si fuera un pulpo asquerosamente cariñoso. Media hora después recibí permiso para retirarme al refugio y allí acudí presuroso; pese a lo cansado que estaba, antes de echarme anoté en el diario que llevaba este nuevo dato tan importante.
Lo llevaba desde hacía tiempo. Cuando aprendía cosas nuevas, por triviales que fueran, las anotaba. Era mejor que confiar en la memoria. Seguía sin tener ni idea de cómo sacar el diario de la Ciudad, o cómo salir yo mismo; pero era importante seguir acumulando información. Me sentía orgulloso de mi ingenio en relación con el diario. Uno de los favores que me hizo mi Amo fue llevarme al lugar donde se guardaban los libros y permitirme volver con algunos libros de relatos para leer en los ratos libres. Descubrí que uno de los líquidos negruzcos que empleaba para preparar algunas comidas del Amo podía servir de tinta y me construí una pluma primitiva con la que escribía. No resultaba fácil, pero logré tomar notas en los márgenes de las páginas del libro; sin el menor riesgo de que me descubrieran, pues mi Amo no podía entrar en el refugio: no le resultaba posible respirar el aire humano.
Aparte del diario también seguí informando a Fritz de estas cosas cuando nos veíamos, por supuesto; y él me pasaba toda la información que reunía. La Ciudad le estaba haciendo pagar un precio muy elevado (la Ciudad y, especialmente, su Amo). En una ocasión estuve varios días sin verle. Fui dos veces a la pirámide de su Amo y pregunté a otros esclavos que estaban en la zona comunal. La primera vez no averigüé nada pero la segunda me dijeron que estaba en el hospital de esclavos. Les pregunté dónde estaba y me lo dijeron. Quedaba muy lejos, demasiado como para ir en aquel momento. Tendría que esperar a que mi Amo se fuera a trabajar.
El hospital ocupaba parte de una pirámide; el resto eran almacenes. Era mayor que todas las zonas comunales que conocía y tenía camas, pero había pocos indicios de lujo. Lo había fundado en el pasado un Amo bastante más benevolente que los demás para ocuparse de aquellos esclavos que, habiéndoles fallado las fuerzas debido al exceso de trabajo o a cosas similares, no estaban todavía acabados hasta el punto de necesitar acudir al Lugar de la Liberación Feliz. Al frente de aquello habían puesto a un esclavo al que con el tiempo le permitieron elegir un ayudante, que se convirtió en su sucesor. Así había funcionado desde entonces, sin que los Amos lo supervisaran ni apenas le prestaran atención. Cuando un esclavo sufría un desvanecimiento le llevaban al hospital, si no se recuperaba prontamente por sí mismo. Allí permanecía descansando hasta que se encontraba mejor o bien llegaba a la conclusión de que era la hora de su Liberación Feliz.
Claro que no había necesidad de ninguna supervisión, pues los esclavos, por encima de toda otra cosa, deseaban servir a los Amos o, si ya no eran capaces de servirles, acabar con su vida. Encontré a Fritz en una cama, algo apartado de los otros tres pacientes que había en aquel momento, y le pregunté qué había sucedido. Me contó que le mandaron a un recado después de darle una paliza, sin haberle dejado reponerse en el refugio, y por el camino había tenido un desmayo. Le pregunté qué tal se sentía y me dijo que mejor. No tenía aspecto de haber mejorado mucho. Dijo:
—Mañana vuelvo con el Amo. Si ha cogido a otro esclavo, entonces iré al Centro de Elección, a ver si me quiere otro Amo. Pero no creo que ninguno me elija. Dentro de poco llega otra remesa, procedente de unos Juegos que se celebran en el este. No querrán a nadie tan débil como yo.
Dije:
—¿Entonces pasarás a formar parte del grupo comunal? Puede que sea mejor.
—No, —negó con la cabeza—. Eso es sólo para los nuevos que no encuentran Amo.
—Entonces…
—El Lugar de la Liberación Feliz.
Dije, horrorizado:
—¡No pueden obligarte a hacer eso!
—Resultaría raro que no quisiera hacerlo, y no debemos hacer nada que resulte raro, —logró forzar una especie de sonrisa—. No creo que pase. Los nuevos aún no han llegado, de modo que mi Amo tendrá que esperar también. Creo que volverá a aceptarme, al menos durante algún tiempo. Pero no debo quedarme aquí más de lo necesario.
Dije:
—Tenemos que esforzarnos más por encontrar una forma de salir de la Ciudad. Entonces, si nos ocurriera algo así, podríamos escapar.
Fritz asintió.
—Ya he pensado en eso. Pero no es fácil.
—Si pudiéramos entrar en la Sala de los Trípodes y robar uno… A lo mejor descubríamos cómo se pone en funcionamiento el mecanismo que lo dirige.
—No creo que tuviéramos muchas posibilidades. Son el doble de altos que nosotros, recuérdalo, y todas las cosas que emplean en la Ciudad (excepto los vehículos diseñados para que los manejemos nosotros) están fuera de nuestro alcance. Y no sé cómo íbamos a entrar en la Sala de los Trípodes. Tendríamos que atravesar la Zona de Entrada y no podríamos justificar nuestra presencia allí.
—Debe de haber algún modo de escapar.
Fritz dijo:
—Sí. Nos hemos enterado de muchas cosas que a Julius le gustaría saber. Uno de nosotros tiene que volver a las Montañas Blancas.
Durante el camino de regreso, y también más tarde, pensé en Fritz. Si después de todo su Amo había escogido a otro esclavo y se negaba a que él volviera… Aun cuando no fuera así, estaba muy débil, y cada vez más. No era sólo por las palizas: su Amo le encargaba deliberadamente cometidos que exigían más fuerza de la que él tenía. Procuré recordar la época, no tan lejana, en que me sentía resentido con él porque aparentemente había usurpado el puesto de Henry en nuestra expedición. Ahora, pese a que nos veíamos espaciadamente y durante breves períodos, me sentía más próximo a él de lo que jamás lo estuve con respecto a Henry o a Larguirucho; como si fuéramos hermanos.
Cuando más se disfruta de la amistad es en los momentos favorables, mientras brilla el sol y el mundo es amable. Pero lo que une a los hombres es compartir la adversidad. Los dos éramos esclavos de estos monstruos y de entre todos los esclavos de la Ciudad sólo nosotros dos entendíamos lo que nos estaban haciendo: ellos eran monstruos a los que servíamos por fuerza, no dioses a los que atendíamos de buen grado. Este infortunio era un vínculo que nos unía. Aquella noche pasé mucho rato despierto, preocupado por él, intentando planear algún modo de escapar de la Ciudad. Estaba claro que a él le haría falta antes que a mí. Se me ocurrieron toda clase de ideas locas (como escalar la cara interior de la Muralla dorada y abrir un agujero en aquel material parecido al vidrio que formaba la cúpula). Tumbado, sudaba y me desesperaba.
Al día siguiente volví a ver a Fritz. Había salido del hospital y su Amo le había aceptado nuevamente. Ya le había vuelto a pegar. La urgencia de descubrir una salida había disminuido, pero no mucho.
En una ocasión me había preguntado por qué los Amos se habrían tomado la molestia de aprender nuestros idiomas en lugar de hacer que los esclavos aprendieran el suyo, pero en realidad resultaba evidente. Los Amos vivían muchísimo más tiempo que los hombres normales, y los esclavos de la Ciudad eran, en comparación como esos insectos que viven solamente un día. Cuando un esclavo fuera capaz de entender un mínimo ya no estaría en buenas condiciones para servir. Me imagino que habría también otros factores. De este modo los Amos conservaban un medio de expresión privado. Además era verdad que ellos disponían de un medio de aprendizaje del que carecían los hombres: no necesitaban libros sino que, de algún modo, transferían los conocimientos de una mente a otra, y así les resultaba más fácil adquirir este tipo de destrezas. Mi Amo me hablaba en alemán, pero sabía hablar en otros idiomas a esclavos de otros países. La división de los hombres en razas distintas incapaces de entenderse entre sí le resultaba divertida. Al parecer los Amos habían pertenecido desde siempre a una raza única y entre ellos existía una unidad que los hombres habían dado pocas muestras de ser capaces de conseguir, incluso antes de que ellos llegaran.
Esto, al igual que otras cosas humanas, aparte de divertirle le atraía en cierto modo. Había estudiado a la humanidad con más atención que la mayoría del resto de los Amos (leía los libros antiguos y aun así me acosaba a preguntas), y su actitud hacia nosotros resultaba extraña. En ella se combinaban el desdén y el asco, la fascinación y la pena. Esto último se ponía de manifiesto cuando le sobrevenían accesos de melancolía (fases menores dentro del proceso de la Enfermedad) y se pasaba largos períodos en el jardín de agua, inhalando burbujas de gas. Durante uno de ellos me dijo más cosas sobre el Plan.
Le había llevado la tercera burbuja de gas y me había visto forzado a someterme a las caricias habituales de sus tentáculos, de tacto baboso al haber estado sumergidos; él había empezado a lamentarse de que esta amistad maravillosa de que gozábamos tuviera que durar tan corto tiempo, pues yo, su perro, que ya estaba de todos modos destinado a tener una breve vida humana, habría de verla aún más reducida por las condiciones bajo las cuales vivía en la Ciudad. (No se le ocurrió pensar que aquella reducción se podría evitar si me liberaba, permitiéndome llevar una vida normal en el exterior, y yo no podía, naturalmente, sugerirlo sin dar la impresión de que prefería semejante cosa antes que un par de años de triste gloria en calidad de esclavo). No se trataba de un tema nuevo. Ya se había ocupado de él con anterioridad y yo había hecho lo posible por simular extrañeza, veneración y una satisfacción inefable por mi suerte.
Sin embargo en esta ocasión el descontento que expresó ante la proximidad de mi muerte dio paso a la especulación, e incluso a la duda. Comenzó a nivel personal. Me había vuelto a preguntar por mi vida antes de venir a la Ciudad y yo le pinté un retrato, mezcla de verdad y falsedad, que ya había esbozado con anterioridad (estoy seguro de que a veces había inconsistencias, pero él no parecía fijarse en ellas). Hablé de nuestros juegos infantiles y, después, de la Fiesta de Navidad, que yo sabía que en el sur era más o menos igual que en Wherton, sólo que en las montañas era más probable que nevara. Le hablé del intercambio de regalos, del servicio religioso y de la fiesta que había después; del pavo asado relleno de castañas, rodeado de brillantes salchichas morenas y de patatas doradas; del llameante pastel de ciruelas. Se lo describí con cierta viveza porque, a pesar del calor y de mi creciente debilidad, se me hacía la boca agua de pensar en ello, comparándolo con la desastrosa comida que nos mantenía vivos aquí.
El Amo dijo:
—No se puede compartir el placer de otra criatura, aunque sea una criatura de más baja condición, pero me doy cuenta de que eso era para ti un gran placer. Y si no hubieras ganado en los Juegos, habrías seguido disfrutando de esos placeres durante muchos más años. ¿Piensas alguna vez en eso, chico?
Dije:
—Pero al ganar en los Juegos se me permitió venir a la Ciudad, donde puedo estar contigo, Amo, y servirte.
Se quedó callado. De la burbuja de gas ya no emergía la neblina parduzca y, sin que me lo ordenara, me levanté y le traje otra. La aceptó, todavía callado, la colocó en su lugar y la presionó. Cuando se acabó el gas, dijo:
—Sois tantos, año tras año… es algo triste, chico. Pero no es nada comparado con esa oscura sensación que tengo cuando pienso en el Plan. Y no obstante, así ha de ser. Esa es la finalidad de las cosas, después de todo.
Hizo una pausa, guardó silencio, y después comenzó nuevamente a hablar. Habló del Plan.
Como ha dicho, había varias diferencias entre el mundo del que procedían los Amos y la Tierra. Su mundo era más grande, de modo que los objetos situados en la superficie pesaban mucho más; y también era más húmedo y más caluroso. Estas cosas no tenían gran importancia. En la Ciudad había máquinas que generaban aquella pesadez que yo conocía tan bien, pero los Amos podrían haber vivido prescindiendo de ellas. La pesadez actual era inferior a la que existía en su planeta y ellos o sus sucesores podían aprender a vivir de modo natural en un mundo así. En cuanto al calor, al parecer había zonas de la Tierra bastante calurosas, muy al sur, donde estaban las otras Ciudades.
Pero había, por supuesto, otra diferencia a la que no podían adaptarse: el hecho de que nuestra atmósfera era para ellos tan venenosa como la suya para nosotros. Esto significaba que fuera del enclave de las Ciudades sólo podían ir protegidos; y no sólo con una mascarilla que cubriera la cabeza, como íbamos los esclavos aquí, sino con todo el cuerpo cubierto por una envoltura verdosa, ya que la luminosidad del sol también les hacía daño en la piel. De hecho, salvo en ocasiones excepcionalmente raras, jamás dejaban el refugio que les proporcionaban los Trípodes, y en esta parte fría de la Tierra no lo hacían bajo ningún concepto.
Sin embargo, estas condiciones se podían cambiar y se cambiarían. El éxito de la expedición, la conquista de este mundo, había sido comunicado a su planeta natal. Se habían enviado muestras de aire, de agua y de otros elementos naturales. Sus sabios los habían estudiado y en el momento oportuno se envió un mensaje: se puede modificar la atmósfera de la Tierra a fin de que los Amos la habiten de modo natural. A su debido tiempo, la colonización sería completa.
Pero aún era pronto. Habría que crear máquinas poderosas y aunque algunas piezas se podían fabricar aquí, otras debían enviarse a través de los abismos espaciales. Una vez colocadas en un millar de lugares diferentes de la Tierra, absorberían nuestro aire y exhalarían un aire apto para los Amos. Sería denso y verde, como el aire que hay dentro de la cúpula de la Ciudad y a medida que se extendiera se oscurecería la luz y los seres vivos que existían ahora, —flores, árboles, animales, pájaros y hombres—, se asfixiarían y morirían. Se calculaba que al cabo de diez años de la instalación de las máquinas el planeta sería apto para que lo habitaran los Amos. Mucho antes de eso habría perecido la raza humana.
Me sentí horrorizado por lo que oía, por la revelación de que el sometimiento del hombre no era, como habíamos pensado, un mal definitivo, sino el preámbulo de su aniquilación. Logré hacer algún comentario vacío relativo a que todo lo que desearan los Amos era bueno. Mi Amo dijo:
—Tú no lo entiendes, chico. Pero a algunos de nosotros nos entristece la idea de tener que suprimir las cosas y las criaturas que están viviendo ahora en este mundo. Para la mente es una carga pesada.
Agucé los oídos. ¿Sería posible que los Amos estuvieran realmente divididos, pese a que dijeran no entender las divisiones de los hombres? ¿Habría una posibilidad de desunión que pudiéramos nosotros explotar? Pero él prosiguió:
—Los que pensamos así creemos que se deberían establecer unos lugares donde pudieran seguir viviendo algunas criaturas. Las Ciudades, por ejemplo. Se podían disponer las cosas de modo que pudieran refugiarse en su interior algunos hombres, animales y plantas. Y los Amos podrían visitarlas, con mascarilla o en vehículos protegidos, y contemplar a estas criaturas; no muertas, como en la Pirámide de la Belleza, sino vivas. ¿Verdad que estaría bien, chico?
Pensé en lo mucho que le odiaba, que les odiaba a todos, pero sonreí y dije:
—Sí, Amo.
—Algunos dicen que esto no es necesario, que es desperdiciar recursos, pero yo creo que se equivocan. Después de todo, nosotros los Amos sabemos valorar la belleza. Preservamos lo mejor de los mundos que colonizamos.
Lugares donde podrían vivir un puñado de hombres y animales, protegidos por un cristal, para satisfacer la curiosidad y la vanidad de los Amos… «Sabemos valorar la belleza…». Se hizo un silencio durante el cual cada uno pensó algo distinto sobre lo que se acababa de decir. Se prolongaba, y la necesidad de conocer la respuesta a la única pregunta vital me apremiaba. Tuve que asumir el riesgo de preguntárselo. Dije:
—¿Cuándo, Amo?
Movió un tentáculo en señal de interrogación.
—¿Cuándo…? —repitió.
—¿Cuándo comenzará el Plan, Amo?
De momento no respondió y yo pensé que tal vez le hubiera sorprendido mi pregunta; tal vez incluso sospechara. A estas alturas yo ya era capaz de leer en él algunas de sus reacciones más obvias, aunque muchas quedaban ocultas. Sin embargo, dijo:
—La gran nave ya está muy adelantada en su viaje de vuelta, y trae las cosas necesarias. Llegará dentro de cuatro años.
Cuatro breves años antes de que las máquinas empezaran a vomitar veneno. Yo sabía que Julius suponía que disponíamos de tiempo suficiente, que la siguiente generación, o la otra, podrían conducir al triunfo final la campaña que habíamos iniciado nosotros. Súbitamente el tiempo se convertía en un enemigo tan implacable como los propios Amos. Si fracasábamos y había que volver a intentarlo el año siguiente, habríamos perdido una cuarta parte del intervalo cruelmente corto en el que teníamos posibilidades de actuar.
El Amo dijo:
—La vista de la gran nave surcando la noche como una cometa es espléndida. Espero que la veas, chico.
Quería decir que tenía la esperanza de que yo viviera hasta entonces: cuatro años eran un período muy largo para un esclavo de la Ciudad. Dije, fervorosamente:
—Así lo espero, Amo. Será un momento glorioso y feliz.
—Sí, chico.
—¿Puedo traerte otra burbuja de gas, Amo?
—No, chico. Creo que voy a comer. Puedes prepararme la mesa.
Fritz dijo:
—Entonces uno de los dos tiene que irse.
Asentí. Estábamos en la zona comunal de la pirámide de Fritz. Se hallaban presentes una docena de esclavos, dos jugando a las cartas y el resto tumbados, sin hablar siquiera. En el mundo exterior estaría comenzando el otoño; esta mañana haría un poco de frío, después de la helada nocturna. En la Ciudad el calor sofocante era inalterable. Nos sentamos aparte y hablamos en voz baja.
Dije:
—Supongo que no habrás averiguado nada.
—Sólo que por la Sala de los Trípodes es imposible. Los esclavos que trabajan en la Zona de Entrada no tienen nada que ver con los que están dentro de la Ciudad. Son los que no han elegido los Amos y tienen envidia de los que entran aquí. No permitirían que nadie se dirigiera en dirección contraria.
—Si pudiéramos entrar por medio de una estratagema… atacarles…
—Son demasiados, según creo. Y hay otra cosa.
—¿Qué?
—Tu Amo te habló del Trípode destruido. Saben que hay cierto peligro, pero creen que procede sólo de los chicos que aún no tienen Placa. Si descubren que hemos conseguido entrar en la Ciudad con Placas falsas…, no deberían enterarse de eso.
—Pero, si se escapa uno de nosotros, —argüí—, ¿eso no les pondrá sobre aviso de todos modos? Nadie que lleve una Placa auténtica querría irse de la Ciudad.
—A menos que lo haga por el lugar de la Liberación Feliz. No se efectúa ningún control de los que acuden allí. Tenemos que conseguir que parezca que ha ocurrido así, y la huida se mantendrá en secreto.
—Cualquier forma de huir vale más que ninguna. Debemos suministrar información a Julius y a los demás.
Fritz hizo un gesto de aquiescencia y yo volví a fijarme en su delgadez; el rostro, pese a estar demacrado, contrastaba por su tamaño con el frágil cuello. Si sólo podía huir uno, debía ser él. Yo tenía un Amo amable para lo que se acostumbraba allí y podría aguantar un año o más. Me había dicho que esperaba que yo viera cómo la gran nave regresaba en todo su esplendor. Pero Fritz no llegaría al final del invierno a menos que se fuera: de eso no cabía duda.
Fritz dijo:
—Sólo se me ha ocurrido una cosa.
—¿De qué se trata?
Dudó y dijo:
—Sí, más vale que lo sepas, aunque no es más que una idea. El río.
—¿El río?
—Penetra en la Ciudad, lo purifican y lo adaptan a las necesidades de los Amos. Pero también tiene una salida. ¿Te acuerdas de que vimos el canal de salida al otro lado de los muros? Si pudiéramos dar con el lugar desde el interior… Tal vez cupiera la posibilidad.
—Claro, —lo pensé—. Seguramente el río entra por el otro lado de la Ciudad.
—Seguramente, aunque no tiene por qué ser así. Pero en aquella zona es donde viven los Amos que no tienen esclavos. Allí no se puede indagar con tanta facilidad sin llamar la atención.
—Vale la pena intentarlo.
—Vale la pena intentar cualquier cosa.
Fritz dijo:
—En cuanto encontremos un modo de salir, uno de los dos tiene que irse.
Asentí. De eso no había duda, ni tampoco de quién tenía que ser. Pensé en la soledad que entrañaba quedarse atrás, sin tener ningún amigo en este lugar odioso, nadie con quien hablar. Excepto, naturalmente, mi Amo. Aquello sólo servía para hacer más estremecedora aún la perspectiva. Pensé en el mundo exterior, en el otoño; ya estarían cayendo y cuajando las primeras nieves en las Montañas Blancas, bloqueando la entrada del Túnel durante otro medio año. Miré el reloj de la pared, que se dividía en períodos y novenos (el tiempo de los Amos). Dentro de unos minutos tendría que volver a ponerme la mascarilla y recoger a mi Amo del trabajo para llevarlo a casa.
Sucedió cuatro días después.
El Amo me mandó a un recado. Una de las costumbres que tenían consistía en friccionarse el cuerpo con diversos aceites y ungüentos; me mandó ir a cierto sitio por un aceite concreto. Parecía una especie de tienda; tenía en el centro una rampa espiral que se estrechaba hacia arriba y había artículos expuestos a diferentes alturas. Digo una tienda, aunque no había nadie encargado, al menos que yo viera, y al parecer no se pagaba ningún dinero. Esta pirámide estaba mucho más alejada que las otras a las que solía ir. Supuse que el aceite que quería (me dio un recipiente vacío para que lo identificara) no se podría encontrar en ningún lugar más cercano. Recorrí lentamente la Ciudad y empleé una hora bien larga entre la ida y la vuelta; volví agotado y empapado en sudor. Sentía unas ganas atroces de ir a mi refugio, quitarme la mascarilla, lavarme y secarme, pero era inconcebible que un esclavo hiciera algo así sin antes presentarse ante su Amo. De modo que avancé en dirección contraria, hacia la habitación-mirador, esperando encontrarle en el estanque. No estaba allí, sino en un rincón apartado de la habitación. Fui hasta él e hice la inclinación reverencial.
Dije:
—¿Quieres el aceite ahora, Amo, o lo pongo con los otros?
No respondió. Aguardé unos momentos y me dispuse a irme. Podía tratarse de una de esas veces en que se sentía distante y poco comunicativo. Una vez cumplido mi deber, podía dejar el aceite en el armario y retirarme a mi refugio hasta que me llamase. Pero cuando me di la vuelta sacó un tentáculo y me cogió en vilo. Más caricias, pensé, pero no se trataba de eso. El tentáculo me mantenía en alto; los ojos me inspeccionaban sin parpadear.
—Sabía que eras raro, —dijo el Amo—. Pero no sabía hasta qué punto.
No respondí. Me sentía incómodo, pero como me había acostumbrado a las licencias que me otorgaba y, en cierto modo, a sus actitudes extrañas, no tenía miedo.
Él prosiguió:
—Yo quería ayudarte, chico, porque eres amigo mío. Pensé que tal vez fuera posible hacer más cómodo tu refugio. En uno de los libros de relatos de tu gente se habla de un hombre que le proporcionaba a un amigo suyo algo que recibe el nombre de sorpresa. Eso era lo que yo quería hacer. De modo que te mandé salir, me puse una mascarilla y entré en tu refugio. Descubrí algo curioso.
Lo había mantenido oculto por detrás, con otro tentáculo; lo sacó y me lo enseñó: el libro en el que había escrito las notas sobre lo que averiguaba. Ahora sentí una gran inquietud. Me devané los sesos tratando desesperadamente de encontrar algo que decir, una explicación, pero no se me ocurrió nada.
—Un ejemplar raro, —dijo—. Escucha y toma notas en un libro. ¿Con qué objeto? Los humanos que tienen Placa saben que las cosas relativas a los Amos son maravillas y misterios que no es bueno que los hombres aprendan. Yo he hablado de ello y tú has escuchado. Tú eras amigo mío, ¿no es así? Aunque incluso en ese caso resultaba extraño que demostraras poco miedo porque te contaran lo que está prohibido. Un ejemplar raro, como he dicho. Pero después tomar notas, en secreto, en tu refugio… La Placa debería prohibírtelo de modo absoluto. Vamos a examinar tu Placa, chico.
Ahora hizo lo que yo temí que pudiera ocurrir el día que me pegó, el día que me ordenó volver y me dijo que yo iba a ser su amigo. Mientras me sujetaba en vilo con un tentáculo, desplazó otro hacia la parte inferior de la mascarilla, que era de material blando, y con la punta dura tanteó hacia arriba. Yo notaba cómo la punta, que se había estrechado hasta tener el grosor de una aguja, aunque era dura y precisa, recorría los bordes de la Placa falsa, apretando y pellizcando.
Sumamente extraño, —dijo el Amo—. La Placa no está unida a la carne. Aquí hay algo que va mal, muy mal. Va a ser necesario investigar. Chico, te tienen que examinar los…
La palabra que dijo carecía de significado: me imagino que estaría hablando de un grupo especial de Amos que estudiarían la inserción de Placas. Lo que estaba claro era que yo me encontraba en una situación desesperada. Ignoraba si podrían leer mi mente cuando la examinaran, pero al menos se enterarían de la existencia de Placas falsas y estarían alerta contra nuestra empresa. Evidentemente, examinarían el resto de los esclavos de la Ciudad, en cuyo caso Fritz también estaba perdido.
Sería inútil luchar contra él. Aun en plena forma y con un peso normal, un hombre no era rival frente a la fuerza de los Amos. El tentáculo rodeaba la cintura, de modo que tenía los brazos libres. ¿Pero de qué me servía? A menos que… El ojo, central, situado por encima de la nariz y de la boca de aquella criatura, me miraba fijamente. Sabía que algo iba mal pero todavía no me consideraba un peligro. No se acordaba de lo que me dijo una vez cuando le estaba dando una fricción y se me resbaló el cepillo.
Dije:
—Amo, puedo explicártelo. Acércame.
El tentáculo me acercó a él. No me encontraba a más de dos pies de distancia. Incliné la cabeza hacia la derecha como si fuera a enseñarle algo en relación con la Placa. Aquel movimiento ocultó otro que yo iniciaba, y ya fue tarde para que lo detuviera o me alejara de sí. Con los músculos en tensión, puse hasta la última onza de la fuerza que tenía en un gancho de derecha. Le alcancé en el lugar donde le había rozado con aquel utensilio, entre la boca y la nariz, pero esta vez apoyándome con toda mi fuerza corporal.
Sólo emitió un alarido, que se interrumpió, bruscamente, y al mismo tiempo me arrojó lejos de sí con el tentáculo que me tenía cogido. Me di un fuerte golpe contra el suelo, a varias yardas de distancia, y resbalé hasta el mismo borde del jardín de agua. Apenas estaba consciente cuando me levanté tambaleándome y casi me caigo en las aguas vaporosas.
Pero el Amo se había desplomado al arrojarme. Allí yacía, boca abajo, en silencio.