CAPÍTULO 2
PRISIONERO EN EL POZO

Partimos a media tarde, atravesamos los valles más cercanos en secreto, durante el crepúsculo, y seguimos viaje a la luz de la luna. Descansamos cuando el sol estaba alto y para entonces ya habíamos recorrido la mitad de la longitud que tenía la orilla del más occidental de dos lagos gemelos situados al pie de nuestra fortaleza. Nos ocultamos en la ladera: atrás, muy arriba, dejábamos el reluciente pico blanco donde se había iniciado nuestro viaje. Estábamos cansados. Comimos y, agotados, pasamos durmiendo aquel día largo y caluroso.

El punto del río donde habíamos de unirnos al «Erlkönig» se hallaba a cien millas de distancia. Teníamos un guía, —uno de los hombres que conocían el país por haber tomado parte en las incursiones—, que nos acompañaría hasta la barcaza. Viajábamos sobre todo de noche, y durante las horas de luz nos acostábamos.

Habían pasado unas semanas desde el festín y el anuncio hecho por Julius. En el intervalo recibimos más instrucción y preparación, empezando porque nos cortaron el pelo al rape y adaptaron las Placas falsas para que nos quedaran bien ajustadas al cráneo. Al principio resultó raro y horriblemente incómodo, pero me fui acostumbrando poco a poco a aquel duro casco metálico. Ya me crecía pelo alrededor y a través de la malla, y nos aseguraron que antes del comienzo de los Juegos, nuestro aspecto no sería distinto al de otros chicos a los que se les hubiera insertado la Placa durante las primeras semanas del verano, como se acostumbraba por aquí. De noche nos poníamos gorros de lana porque, de no hacerlo, el frío helaba el metal y nos despertaba de forma desagradable.

Entre los que presenciaron nuestra partida del Túnel no estuvo Henry. Era comprensible: en su lugar, yo no habría querido estar allí. Sentía impulsos hostiles hacia Fritz, que ocupaba su puesto, pero recordé lo que dijo Julius sobre la necesidad de refrenar mi precipitación. También me acordé de que me había sentido ofendido porque, durante el viaje al sur, me pareció que Larguirucho y Henry mantenían entre sí una amistad más estrecha que conmigo, permitiendo que aquello influyera en mí durante nuestra estancia en el Château de la Tour Rouge.

Tomé la determinación de no permitir que ahora sucediera nada parecido, y teniendo esto bien presente, me esforcé de modo muy especial por superar mi animosidad y ser amable con él. Pero él no hizo mucho caso de mis intentos; continuó siendo taciturno e introvertido. Yo, a mi vez, empezaba a sentirme resentido; con mayor motivo, me parecía. Pero logré reprimir mi enfado. Sirvió de mucho que Larguirucho estuviera con nosotros. Éramos casi los únicos que hablábamos, cuando las circunstancias no hacían arriesgado el hablar. Nuestro guía, Primo, un hombre moreno y corpulento, de aspecto torpe pero en realidad muy seguro, apenas hablaba salvo para hacer advertencias o dar instrucciones.

Habíamos calculado una semana, pero cubrimos la distancia en cuatro días. Avanzamos por terreno montañoso, bordeando las ruinas de una de las grandes ciudades, situadas junto a una curva del río por el que viajaríamos. El sol del amanecer centelleaba a lo largo de la corriente que, procedente del este, efectuaba aquí un giro, fluyendo en dirección norte. El tramo superior estaba desierto, al igual que el trecho que discurría entre los lúgubres montículos que antaño fueran altos edificios, pero al otro lado había tráfico: dos barcazas enfilaban río abajo y puede que hubiera una media docena amarrada a la orilla, en los muelles de una pequeña población.

Primo señaló hacia las barcazas.

—El «Erlkönig» debe ser una de ésas. ¿Sabréis llegar allá abajo solos?

Le aseguramos que sí.

—Entonces me vuelvo, —asintió brevemente—. Que tengáis buena suerte.

El «Erlkönig» era una de las embarcaciones más pequeñas; tendría unos cincuenta pies de longitud. No tenía nada de especial; no era más que una estructura baja y alargada que se alzaba unos cuantos pies sobre la superficie del agua, con una timonera parcialmente cubierta a popa, que le brindaba al timonel cierta protección frente a los elementos. La tripulación constaba de dos hombres, ambos con Placas falsas. El mayor de ellos se llamaba Ulf y era un hombre achaparrado y grueso, de modales bruscos, que rondaba los cuarenta años de edad y que tenía la costumbre de subrayar sus palabras despidiendo saliva. No me gustó; mucho menos aún cuando hizo un comentario despectivo sobre mi complexión liviana. Su compañero, Moritz, sería unos diez años más joven y, pensé, unas diez veces más agradable. Era rubio, de rostro fino, con la sonrisa pronta y cálida. Pero no cabía dudar quién era el jefe: Moritz se sometía a Ulf automáticamente. Y fue Ulf, lanzando saliva y gruñendo a intervalos regulares, el que nos dio las instrucciones para el viaje.

—Ésta es una barca de dos tripulantes, —nos dijo—. Un chico de más, vale; así empiezan los aprendices. Pero más gente llamaría la atención, y eso sí que no. Así que os turnaréis para trabajar en cubierta. Y cuando digo trabajar lo digo en serio. Los otros dos se tumbarán bajo cubierta y no saldrán aunque nos estemos hundiendo.

Ya os han dicho que la disciplina es necesaria, supongo, así que no tengo que repetirlo. Todo cuanto quiero decir es esto: despacharé al que dé problemas, sea por lo que sea. Sé en qué consiste vuestra misión y espero que deis la talla. Pero si no sois capaces de portaros sensatamente y obedecer órdenes durante este viaje, seguramente no haréis nada bueno más adelante. De modo que no me lo pensaré dos veces y me desharé del que se desmande. Y como no quiero que aparezca flotando en ningún puerto y que la gente se empiece a hacer preguntas, tengo una pesa de hierro para atársela a las piernas antes de deshacerme de él.

Se aclaró la garganta, escupió y gruñó. Pensé que la última observación seguramente iría en broma. Pero no estaba muy seguro. Parecía muy capaz de cumplir la amenaza.

Prosiguió:

—Habéis llegado con antelación, lo que es mejor que llegar con retraso. Todavía quedan mercancías por cargar y en todo caso se sabe que no debemos zarpar hasta dentro de tres días. Podemos adelantarlo un día, pero no más. Así que la primera pareja que se quede abajo tiene que pasarse dos días sin ver el cielo. ¿Queréis echarlo a suertes?

Le lancé una ojeada a Larguirucho. Dos días en cubierta eran preferibles con mucho a pasarse el tiempo abajo. Pero cabía la posibilidad de estar dos días encerrado con el silencioso Fritz. Larguirucho, que debió pensar lo mismo, dijo:

—Will y yo nos ofrecemos voluntarios para quedarnos abajo.

Ulf me miró y asintió. Dijo:

—Como queráis. Diles dónde pueden echarse, Moritz.

Hubo un problema que tuvo absorto a Larguirucho cuando bajamos por la loma hasta la orilla del río: cómo se desplazaban las barcazas. No tenían velas y, en todo caso, en un río la utilidad de las mismas habría sido limitada. Por supuesto, las embarcaciones bajaban con bastante facilidad gracias a la corriente; ¿pero cómo subían hasta aquí en contra de ella? Al acercarnos vimos que las barcazas iban provistas con ruedas de álabes en los costados, y Larguirucho se mostró excitado ante la posibilidad de que las moviera una máquina que hubiera sobrevivido desde la época de los antiguos.

La verdad resultó decepcionante. Dentro de cada rueda había una rueda de molino y en los viajes río arriba tiraban de la rueda de molino unos burros. Entrenados desde pequeños para tal labor, tiraban firmemente hacia delante y sus esfuerzos hacían avanzar la barcaza por el agua. Parecía una vida dura y monótona, y a mí me daban pena, pero Moritz, a quien estaba claro que le gustaban los animales, los cuidaba bien. En los viajes río abajo trabajaban muy poco y los sacaba a pacer en cuanto había ocasión. Ahora estaban en un campo no muy alejado de la orilla y allí estarían hasta que el «Erlkönig» tuviera que ponerse en movimiento. Mientras no subieran a bordo, Larguirucho y yo ocuparíamos sus pequeños establos, donde el olor a burro y a pienso se mezclaba con el de anteriores cargamentos.

Esta vez el cargamento era de relojes y tallas de madera. Los construían las gentes que vivían en el gran bosque, al este del río, y los embarcaban río abajo para venderlos. Debían cargarlos con cuidado por su fragilidad, y unos hombres subieron a bordo para supervisar que así se hiciera. Larguirucho y yo nos escondimos tras los fardos de heno almacenados para los burros y pusimos mucho cuidado en no hacer ruido. Una vez no pude evitar un estornudo, pero afortunadamente estaban hablando y riéndose fuerte y no lo oyeron.

Fue un alivio cuando, pasados los dos días, muy temprano, la barcaza soltó amarras y se puso en movimiento. Los burros tiraban de la rueda de molino (dos a la vez, mientras uno descansaba) y Larguirucho y yo echamos a suertes quién sustituiría a Fritz en cubierta. Gané yo, y al subir me encontré con que hacía un día oscuro y ventoso; el viento soplaba del norte y de vez en cuando arrastraba ráfagas de lluvia. Sin embargo, tras mi confinamiento abajo, el aire me resultaba limpio y fresco y había muchas cosas interesantes que ver en el río y sus alrededores. Al oeste había una gran llanura fértil donde la gente trabajaba los campos. Al este se alzaban los montes, sobre cuyas cimas boscosas se apoyaban nubes negras. Sin embargo, no dispuse de mucho tiempo para admirar el paisaje. Ulf me llamó, me mandó a por un cubo de agua, un cepillo y un puñado de jabón blando y amarillento. La cubierta, observó él y era muy cierto, llevaba algunas semanas sin fregar. Yo podría ser de utilidad, poniéndole remedio.

El «Erlkönig» avanzaba de modo constante, pero no rápido. Por la tarde, antes de que oscureciera, amarramos en una isla alargada donde ya había amarrado otra embarcación. Era uno de los puntos de anclaje que al parecer se repartían a lo largo de las quinientas millas de longitud que tenía el río. Moritz me explicó que se hallaban situados entre sí a una distancia calculada como trayecto mínimo yendo río arriba. Al descender a favor de la corriente se recorrían con facilidad dos paradas en un día, pero para alcanzar una tercera se corría el riesgo de que la oscuridad le sorprendiese a uno antes de llegar. Las barcazas no navegaban de noche.

En el transcurso del viaje iniciado en las Montañas Blancas, yendo en dirección al río a través de los valles, no habíamos visto ni rastro de los Trípodes. Durante el día que pasé en cubierta, vi dos. Estaban lejos, avanzando por el horizonte, al este, a tres o cuatro millas de distancia como mínimo. Pero verlos me hizo sentir un escalofrío de miedo que me costó dominar. Era posible olvidarse de la naturaleza exacta de la misión en la que estábamos embarcados durante períodos bastante largos. Cuando uno lo recordaba, sentía una sacudida nada agradable.

Intenté consolarme pensando que hasta entonces no habíamos tenido dificultades, que todo iba bien. No servía de mucho, pero a la tarde siguiente no tendría ni siquiera aquel consuelo.

El «Erlkönig» se detuvo en la parada que había a mitad de camino. Se hallaba en una pequeña población dedicada al comercio. Moritz nos explicó que Ulf tenía que ocuparse allí de ciertos asuntos. Sólo tardaría una hora, poco más o menos, pero, como llevábamos adelanto sobre el plan, decidió quedarse hasta la mañana siguiente. Sin embargo, la tarde avanzaba y Ulf no daba señales de vida.

Al final expresó sus temores. Al parecer, Ulf bebía mucho a veces. Moritz había pensado que, teniendo en cuenta la importancia de este viaje, al menos por esta vez se contendría; pero si había ido mal el asunto que le ocupaba y como consecuencia de ello se había irritado, tal vez se hubiera metido en una taberna con intención de aplacar el mal humor, y una cosa le habría llevado a otra… Si se excedía mucho, podrían pasar varios días sin que volviera a la barcaza.

Era un pensamiento descorazonador. El sol se hundía por el oeste y Ulf no aparecía. Moritz empezó a hablar de dejarnos en la barca e irse a buscarlo.

El problema era que el «Erlkönig», Ulf y Moritz eran conocidos en esta ciudad. Ya se habían parado un par de hombres para saludar y charlar un rato. Si Moritz se iba, Larguirucho tendría que arreglárselas con ellos (era su día en cubierta) y a Moritz no le hacía gracia. Podía despertar sospechas. Seguramente le harían preguntas sobre su nuevo papel de aprendiz (la gente del río sentía curiosidad por los extraños, pues entre sí se conocían muy bien) y podían hacerle decir algo que reconocieran como falso.

Fue Larguirucho el que sugirió otra posibilidad. Nosotros, los chicos, podíamos ir a buscar a Ulf. Escogiendo momentos en los que nadie estuviera vigilando podríamos escabullirnos por turno y fisgar en las tabernas hasta dar con él; entonces le convenceríamos de que volviera o, por lo menos, le diríamos a Moritz dónde estaba. Si nos preguntaban, podríamos pasar por viajeros venidos de lejos: después de todo, la ciudad era un centro mercantil. No era lo mismo que tener que responder preguntas sobre lo que hacíamos a bordo del «Erlkönig».

Moritz dudaba, pero reconocía que aquello tenía sentido. Se fue dejando convencer poco a poco. Quedaba descartado que fuéramos los tres en busca de Ulf, pero uno sí podía hacerlo: Larguirucho, ya que la idea era suya. De modo que se fue Larguirucho, e inmediatamente yo traté de convencer a Moritz para que me dejara ir también a mí.

Me ayudó el hecho de que mi importunidad corriera pareja a la indiferencia de Fritz. No hizo comentario alguno y quedó claro que se disponía a esperar hasta que las cosas se resolvieran por sí mismas, sin su intervención. De modo que, habiendo permitido marchar a uno, Moritz sólo podía tomar en consideración a otro. Acabé por cansarle: ya sabía yo que sería así; era más tratable que Ulf, mucho más tratable, pero también menos seguro de sí mismo. Insistió en que volviera en el plazo de una hora, encontrara o no encontrara a Ulf, y yo convine en ello. Sentía un hormigueo de emoción ante la perspectiva de explorar una ciudad desconocida, en un país desconocido. Comprobé que nadie vigilaba la barcaza, salté enseguida a tierra y avancé por el muelle.

La ciudad era mayor de lo que pensé cuando la miré desde la cubierta de la barcaza. Enfrente del río había una hilera de almacenes y graneros, muchos de ellos de tres pisos de altura. Los edificios eran en parte de piedra, pero sobre todo de madera; la madera estaba esculpida y pintada con motivos humanos y animales. En aquel tramo había un par de tabernas y yo eché un breve vistazo al interior, aunque supuse que Larguirucho lo habría hecho antes que yo. En una no había nadie, a excepción de dos viajeros que estaban sentados bebiendo grandes jarras de cerveza (yo sabía que se llamaban steins) y fumando en pipa. En la otra puede que hubiera una docena de hombres, pero una ojeada fugaz me bastó para saber que entre ellos no estaba Ulf.

Llegué a una calle que formaba ángulo recto con el río y la seguí. Había tiendas y bastante tráfico de caballerías: coches tirados por caballos pequeños y otros vehículos de mayor tamaño además de hombres a caballo. Me pareció que había mucha gente por allí. Cuando llegué al primer cruce lo entendí. La calle perpendicular se hallaba plagada, en ambas direcciones, de puestos donde se vendía comida, ropa y toda clase de mercancías. Era día de mercado en la ciudad.

Resultaba estimulante, tras un largo invierno de estudio y ejercicio en la oscuridad del Túnel o en la desnuda vastedad de la ladera, volver a estar en medio de gente ocupada en sus asuntos cotidianos. Y resultaba especialmente estimulante para mí, que antes de huir a las Montañas Blancas sólo había conocido la tranquilidad de un pueblecito campesino. Unas pocas veces me llevaron a Winchester cuando había mercado y me quedé maravillado. Esta ciudad parecía ser tan grande como Winchester; puede que incluso mayor.

Pasé por delante de los puestos. El primero estaba abarrotado de verduras: zanahorias, patatas pequeñas, gruesos tallos de espárragos blanquiverdes, guisantes, repollos y lombardas enormes. En el de al lado había carne, pero no unos simples filetes como los que traía el carnicero a mi pueblo de Inglaterra; había también trozos para asado, chuletas y rollos decorados con suma delicadeza, con manteca blanca. Me paseaba mirando y aspirando aromas. Había un puesto dedicado exclusivamente a quesos; tenían innumerables colores, formas y tamaños. No sabía que pudiera haber tantos. Y había un puesto de pescado, con pescado seco y ahumado que colgaba de unos ganchos, así como pescado fresco capturado en el río y puesto sobre una losa de piedra, con las escamas aún mojadas. Ahora que empezaba a oscurecer, algunos puestos se disponían a cerrar, pero la mayoría seguían ocupados y la cantidad de gente que se movía por entre ellos y que pasaba por delante seguía siendo numerosa.

Entre dos puestos (en uno vendían cuero y en el otro piezas de tela) vi la entrada de una taberna y me acordé con sentimiento de culpabilidad de lo que debería estar haciendo. Entré y miré a mi alrededor. Estaba más oscuro que en las tabernas del muelle, con el ambiente cargado de tabaco y atestado de figuras oscuras, unas sentadas a las mesas y otras de pie junto a la barra. Cuando me acerqué para mirar más de cerca, se dirigieron a mí desde el otro extremo del mostrador. El que hablaba era un hombre muy grande y muy gordo que llevaba una chaqueta de cuero con las mangas de tela verde. Con voz áspera y un acento que apenas pude comprender, dijo:

—¿Entonces qué va a ser, muchacho?

Moritz me había dado unas monedas de las que se usaban por aquellos lugares. Hice lo que me pareció más seguro y pedí unas dunkles; sabía que así se llamaba la cerveza negra que se bebía normalmente. La stein era mayor de lo que yo esperaba. Me la trajo, rebosante de espuma, y le di una moneda. Bebí y tuve que limpiarme la espuma de los labios. Tenía un sabor agridulce que no resultaba desagradable. Busqué a Ulf con la mirada, escudriñando los muchos recovecos en cuyas paredes había paneles con cabezas de ciervos y jabalíes. Hubo un momento en que me pareció verlo, pero el hombre se acercó a un lugar iluminado por una lámpara de petróleo y vi que no era él.

Estaba nervioso. Como llevaba Placa, yo era, por supuesto, un hombre más, así que no había ninguna razón para que no estuviera allí. Pero me faltaba la seguridad de los que tenían una Placa de verdad y desde luego era consciente de mi diferencia con respecto a los que estaban allí. Tras comprobar que Ulf no era ninguno de los que estaban sentados en las mesas, quise irme. Haciendo lo posible por que no se notara, dejé la stein y me dirigí hacia la calle. Antes de dar dos pasos el hombre de la chaqueta de cuero me dio una voz y yo me volví.

—¡Oye! —Alargó unas monedas más pequeñas—. Se te olvida la vuelta.

Le di las gracias y me dispuse nuevamente a salir. Pero entonces ya había visto la stein dos tercios llena.

—Tampoco te has bebido la cerveza. ¿Tienes alguna queja?

Me apresuré a decirle que no, que es que no me encontraba bien. Vi con desazón que los demás se tomaban interés por mí. El hombre que estaba detrás del mostrador pareció aplacarse un tanto, pero dijo:

—Por la forma de hablar no eres de Württemberg. ¿Entonces de dónde eres?

Estaba preparado para una pregunta así. Teníamos que decir que éramos de lugares lejanos, en mi caso de una región del sur llamada Tirol. Así se lo dije.

En lo referente a acallar sorpresas, funcionó. Sin embargo, desde otro punto de vista, resultó ser una elección desafortunada. Más adelante supe que en la ciudad había una fuerte animadversión hacia el Tirol. Durante los Juegos del año anterior un tirolés derrotó a un campeón local y decían que hubo trampa. Uno de los que se hallaban cerca preguntó ahora si yo iba a los Juegos e incautamente le dije que sí. A continuación vino un aluvión de insultos. Los tiroleses eran unos tramposos, unos fanfarrones y despreciaban la buena cerveza de Württemberg. Habría que echarlos del pueblo y arrojarlos al río para limpiarlos un poco…

Lo que debía hacer era salir, y pronto. Me tragué los insultos y me volví, dispuesto a irme. Cuando estuviera fuera podría perderme entre la multitud. Estaba pensando en aquello y no miré bien delante de mí. Alguien sacó la pierna de debajo de una mesa y, con acompañamiento de estruendosas carcajadas, caí sobre el serrín que cubría el suelo.

También estaba preparado para soportar aquello aunque me hice daño en la rodilla al caer. Me dispuse a levantarme. Al hacerlo una mano me agarró de los pelos que sobresalían a través de la Placa, sacudiéndome violentamente la cabeza, y volvió a arrojarme al suelo.

Tendría que dar las gracias porque este asalto no hubiera descolocado la falsa Placa, descubriéndome. Asimismo tendría que haberme concentrado en lo que verdaderamente importaba: salir de allí y volver a la barcaza a salvo y sin ser visto. Pero tengo que confesar que sólo fui capaz de pensar en el dolor y la humillación. Volví a levantarme, vi un rostro sonriente detrás de mí y, enfurecido, traté de golpearle.

Sería aproximadamente un año mayor que yo, más grande y pesado. Me repelió desdeñosamente. No me calmé lo suficiente como para darme cuenta de lo estúpidamente que me estaba comportando, aunque sí lo suficiente para recurrir a la destreza que había adquirido durante mi largo período de entrenamiento. Le hice una finta y cuando de modo aún descuidado lanzó el brazo hacia mí me escurrí y le di un fuerte golpe por encima del corazón. Ahora le tocó a él caer por tierra, que hizo prorrumpir en gritos a los que nos rodeaban. Se levantó despacio, con la irritación reflejada en el rostro. Los demás retrocedieron, formando un círculo, despejando las mesas a tal fin. Comprendí que tendría que pasar por aquello. No me daba miedo, pero vi que había sido un estúpido. Julius me había prevenido frente a mi impulsividad y ahora, antes de transcurrida una semana desde el inicio de una empresa de tantísima importancia, ya me había jugado una mala pasada.

Se lanzó hacia mí y tuve que volver a preocuparme del apremiante presente. Di un paso hacia un lado y, cuando lo tuve a mi altura, le golpeé. Aunque era más corpulento que yo, carecía de la más mínima habilidad. Hubiera podido bailar en torno a él cuanto tiempo quisiera, haciéndole pedazos. Pero no serviría de nada. Lo que hacía falta era un golpe definitivo. Se mirara como se mirara, cuanto antes se acabara aquello, mejor.

Así que cuando volvió a atacarme detuve el golpe con el hombro izquierdo, hundí el puño derecho en la zona vulnerable situada justamente debajo de las costillas, di un paso hacia atrás y le propiné un gancho de izquierda con todas mis fuerzas cuando al tragar aire adelantó la cabeza. Le di muy fuerte. Retrocedió aún más deprisa y golpeó el suelo. Los espectadores callaban. Miré a mi contrincante caído y al ver que no daba muestras de ir a levantarse me dirigí hacia la puerta, suponiendo que abrirían el círculo para dejarme pasar.

Pero no fue así. Me miraban fijamente, con hostilidad, sin moverse. Uno de ellos se arrodilló junto a la figura caída.

Dijo:

—Le ha dado en la cabeza. Puede tener una lesión seria.

Otro dijo:

—Habría que llamar a la policía.

Unas horas después me encontraba mirando las estrellas, que brillaban en medio de un nítido cielo negro. Tenía hambre y frío, me sentía desdichado y asqueado de mí mismo. Estaba en el Pozo.

El magistrado que se ocupó de mí me aplicó una justicia muy severa. El tipo que derribé era sobrino suyo, hijo de uno de los más significados mercaderes de la ciudad. Según las declaraciones prestadas, yo le había provocado en la taberna hablando mal de los habitantes de Württemberg y después le había golpeado cuando no estaba mirando. Aquello no guardaba ningún parecido con lo sucedido, pero una serie de testigos coincidían con aquella versión. Para ser justos, mi contrincante no formaba parte de éstos, ya que, como había sufrido una conmoción cerebral al golpearse con la cabeza contra el suelo, no se hallaba en condiciones de decirle nada a nadie. Me advirtieron que, si no se recuperaba, con toda seguridad me ahorcarían. Entretanto yo permanecería confinado en el Pozo el tiempo que el juez estimara oportuno.

Así es como solían tratar a los malhechores. El Pozo era redondo, de unos quince pies de diámetro y otros tantos de profundidad. El suelo era de toscas losas y las paredes de piedra. Eran lo bastante lisas como para disuadirle a uno de intentar la ascensión, y cerca del tope había púas de hierro proyectándose hacia el interior, que representaban una disuasión adicional frente a la idea de huir. Me arrojaron por encima de éstas como si fuera un saco de patatas y me abandonaron. No me dieron comida ni nada con qué taparme durante la noche, que, según parecía, sería fría. En la caída me había golpeado el codo y me había hecho una desolladura en el brazo.

Pero la verdadera diversión, según me dijeron algunos de mis captores con satisfacción, tendría lugar al día siguiente. El Pozo tenía en parte la finalidad del castigo y en parte la de divertir a las gentes del lugar. Tenían la costumbre de situarse en lo alto y arrojar contra el desdichado prisionero cuanto se les viniera a la cabeza o a la mano. Lo que preferían eran desperdicios de toda índole, —verduras podridas, sobras, cosas así—, pero si se sentían verdaderamente molestos podían emplear piedras, tacos de madera, botellas rotas. En el pasado hubo veces que los prisioneros quedaron muy malheridos, llegando incluso a morir. A mis captores parecía ocasionarles sumo placer la perspectiva, así como hablarme de ella.

Pensé que de algo serviría que el cielo se hubiera aclarado. Aquí no había protección frente a los elementos. Junto a la pared había un abrevadero con agua, pero aunque tenía sed, no había la suficiente como para beber de allí; cuando me arrojaron al Pozo había luz suficiente para ver que estaba recubierta por una capa de verdín. A los que estaban en el Pozo no se les proporcionaba comida. Cuando tenían suficiente hambre se comían los desperdicios putrefactos, los huesos y el pan rancio que les arrojaban. Al parecer, aquello también resultaba divertido.

¡Qué idiota había sido! Temblaba, maldecía mi estupidez y volvía a temblar.

La noche transcurría lentamente. Me eché un par de veces, me acurruqué y traté de dormir. Pero el frío aumentaba y tenía que volver a levantarme y caminar para revitalizar la circulación. A un tiempo anhelaba y temía la llegada del día. Me preguntaba qué habría sido de los demás, si ya habría regresado Ulf. Sabía que no existían esperanzas de que interviniera en mi favor. Era muy conocido en esta ciudad pero no se atrevería a correr el riesgo de que lo asociaran conmigo. Mañana continuarían río abajo, dejándome aquí: no podían hacer otra cosa.

El ancho círculo del cielo se iba iluminando por encima de mí; supe a qué lado quedaba el este porque allí la luz era más suave. Por variar, me senté apoyando la espalda en la pared de piedra. El cansancio se adueñaba de mí, pese al frío. La cabeza se me caía sobre el pecho. Entonces, desde arriba, un ruido me despabiló. Allí había un rostro que miraba hacia abajo. Era una silueta breve, que se recortaba contra el manto de la aurora. Un madrugador, pensé con hastío, impaciente por ocuparse de la víctima. No tardaría mucho en empezar a arrojar cosas.

Después una voz me llamó quedamente.

—Will… ¿Estás bien?

La voz de Larguirucho.

Había traído un trozo de cuerda de la barcaza. Se tendió, estirándose, la ató a uno de los pinchos de hierro y después me lanzó el otro extremo. Lo cogí y trepé. Las púas me dieron trabajo pero Larguirucho logró pasar la mano por encima y ayudarme. En cuestión de segundos conseguí remontarme y ser arrastrado sobre el borde del Pozo.

No malgastamos tiempo hablando de nuestra situación. El Pozo se hallaba en las afueras de la ciudad, la cual, —todavía dormida, pero ya perfilándose contra la clara luz del amanecer—, se alzaba entre nosotros y el lugar donde estaba amarrado el «Erlkönig». Sólo conservaba un vago recuerdo de cuando me trajeron aquí la tarde anterior, pero Larguirucho corría confiadamente y yo le seguí. Tardamos quizá diez minutos en tener el río frente a nosotros y sólo vimos a un hombre, que gritó algo aunque no trató de ir tras nuestras figuras fugitivas. Comprendí que Larguirucho había calculado perfectamente el tiempo. Pasamos por la calle que albergara el mercado. Al cabo de otras cincuenta yardas nos encontraríamos en el muelle.

Lo alcanzamos y giramos a la izquierda. Aproximadamente a esa misma distancia, después de rebasar la taberna, junto a una barcaza de nombre «Siegfried». Miré y me detuve, y Larguirucho hizo otro tanto. El «Siegfried» estaba allí, sí, pero a su lado había un espacio vacío.

Un momento después Larguirucho me tiró de la manga. Miré hacia donde indicaba, en dirección contraria, hacia el norte. El «Erlkönig» se hallaba en mitad de la corriente, avanzando río abajo, a un cuarto de milla de distancia; un barco de juguete que empequeñecía velozmente en la lejanía.