CAPÍTULO XI

Sabrina Clayton tuvo un fallo cardíaco.

Milton O’Brien, en cambio, se echó a reír, demostrando una vez más su aplomo para afrontar situaciones peligrosas.

—Eso ha tenido gracia, señor Murray.

—No he contado ningún chiste, señor O’Brien —dijo el millonario, sin perder la sonrisa.

—¿Qué le hace suponer que yo…?

—Bueno, quizá sea sólo una coincidencia, pero en aquellas ciudades por las que pasa usted, con sus cámaras fotográficas, aparecen siempre unos cuantos muertos.

—¿De veras?

—¿Cuándo llegó usted a Acapulco, señor O’Brien? —preguntó Murray, como si no lo supiera.

—Ayer por la tarde —respondió Milton.

—¿Se da cuenta?

—¿De qué?

—Anoche, en una playa solitaria, aparecieron ocho hombres muertos.

—Seguro que no sabían nadar.

Francis Murray desgranó una risita.

—No murieron ahogados, señor O’Brien. Fueron muertos a balazos.

—¿En serio?

—¿No estaba enterado, señor O’Brien?

—No, es la primera noticia que tengo.

—¿Qué pasa, no lee los periódicos?

—Esta mañana no he tenido tiempo.

—Ya.

—De todos modos, lamento lo de esos hombres, señor Murray. La vida es hermosa, y nadie debería morirse antes de los cien años —comentó el agente, echando una significativa mirada a las cuatro bellezas que acompañaban al millonario.

Ellas le sonrieron, agradecidas.

—¿Quiere que le presente a las chicas, señor O’Brien? —preguntó Francis.

—Oh, sí, por favor. Son tan preciosas y están tan bien de todo.

Sabrina sintió deseos de arrearle otro codazo, pero esta vez se contuvo.

Francis Murray rió y empezó a señalar a las bellezas.

—Yurika, japonesa; Mayra, brasileña; Inge, alemana; y Britt, sueca.

—La ONU, vamos, pero en bikini —repuso Milton.

El millonario y las chicas rieron el chiste del agente.

También los cuatro hombres que habían acompañado a Milton y Sabrina hasta allí dejaron oír sus risas.

La única que no rió, fue Sabrina, porque no le gustaba que el agente acariciase con los ojos a las cuatro amigas de Murray.

—Me encanta su sentido del humor, señor O’Brien —confesó el millonario.

—Y a mí me encantan sus chicas, señor Murray —respondió Milton.

—¿Le gustaría estrechar la mano de Yurika?

—Si ella no me permite que le estreche otras cosas…

Murray rió de nuevo:

—¡A lo mejor, sí, señor O’Brien!

—¿Usted cree?

—Dale la mano al señor O’Brien, Yurika.

La escultural japonesa se puso en pie y le tendió su mano al agente secreto, con una turbadora sonrisa en los labios.

Milton se la estrechó.

Un segundo después, se veía volando por los aires.

La japonesa, sin duda una experta en judo, y probablemente en más cosas, lo había volteado de forma espectacular.

La espalda del agente secreto chocó contra el suelo.

Menos mal que estaba cubierto de césped.

Tras la demostración de la exuberante Yurika, Francis Murray, sus chicas, y los cuatro hombres, rompieron a reír.

—¡Olvidé decirle que Yurika domina las artes marciales, aparte de las amorosas, señor O’Brien! —exclamó el millonario, burlón.

—Un olvido imperdonable, señor Murray —rezongó Milton, poniéndose en pie.

Francis le hizo una seña a Yurika y ésta no dejó que el agente acabara de erguirse. Lo agarró del brazo y lo volteó nuevamente, estrellándolo por segunda vez contra el suelo.

Las carcajadas burlonas volvieron a resonar en el jardín.

Milton reprimió una maldición y dijo:

—¿No cree que la japonesita se está pasando, señor Murray?

—Si fuera usted realmente un agente del Servicio Secreto norteamericano, en vez de un simple reportero internacional, como asegura que es, sabría defenderse mucho mejor, señor O’Brien —respondió el millonario.

—¿Es eso lo que quiere usted, señor Murray? ¿Qué me defienda?

—Sería mucho más interesante, sí, porque obligaría a Yurika a emplearse a fondo. Y cuando ella se emplea a fondo, en las artes marciales o en las otras, da gusto verla, se lo aseguro.

—Muy bien, me defenderé —accedió Milton—. Por suerte, no hace mucho que realicé unos cursillos de defensa personal.

—Qué casualidad.

—Dígale a Yurika que me permita entregarle mi cámara fotográfica a Sabrina. Es de las caras y no me gustaría que se hiciera pedazos.

—No le atacará hasta que se haya librado de ella, no se preocupe.

—Gracias.

Milton se irguió, se quitó la cámara del cuello, y se la entregó a Sabrina.

—Tenme esto un momento, nena.

—Ten cuidado, Milton —musitó ella, preocupada, porque no le gustaba nada el cariz que estaba tomando la situación.

—Descuida, la japonesa no…

—¡Ahí viene, Milton! —gritó Sabrina.

Efectivamente, Yurika había saltado sobre la espalda del agente secreto con la rapidez y agilidad de una pantera, clavándole los talones en el estómago, cruzados, y aprisionándole el cuello con ambos brazos.

Era toda una presa.

Difícil escapar de ella, como no fuera mostrándose terriblemente violento, y Milton no podía hacer eso. En primer lugar, porque se trataba de una mujer, y no estaría bien machacarle el hígado de un codazo.

Y, en segundo lugar, porque no le convenía mostrarse excesivamente duro en presencia de Francis Murray, por razones obvias.

Lo que sí podía hacer, ya que se trataba de una mujer…

Milton se llevó las manos atrás, aferró el prieto trasero de la japonesa, prácticamente desnudo, y le soltó un buen pellizco en cada nalga.

—¡Aúuuuu!

Era la japonesa, claro.

Milton rió burlonamente.

—Qué bien imita Yurika al lobo, ¿eh, señor Murray? —dijo.

—A la loba, querrá decir —corrigió el millonario.

—Sí, claro —asintió el agente secreto, y le soltó otro par de pellizcos a la japonesa en el trasero, porque ella seguía montada en su espalda.

Yurika lanzó otro aullido, más largo aún que el anterior, y esta vez sí se bajó de la espalda del miembro del Servicio Secreto norteamericano, para evitar que le llenara sus preciosas nalgas de moretones.

Milton dio un gran salto hacia adelante, intuyendo que la japonesa intentaría sacudirle en seguida, para cobrarse los pellizcos en la grupa.

Y así fue, Yurika proyectó su mano, de canto, sobre la espalda del agente, pero sólo golpeó la atmósfera, porque Milton ya se había distanciado.

El agente secreto, después de saltar, se volvió velozmente hacia la belleza oriental, que se veía furiosa, por los pellizcos y por su fallo.

Milton le sonrió.

—Lo siento, preciosa, pero…

No pudo decir más, porque Yurika ya estaba saltando sobre él, con la pierna derecha por delante. Como llevaba los pies desnudos, como casi todo lo demás, podía golpear con sus talones.

Por su forma de atacar, Milton supo que la japonesa era una experta karateca, así que tendría que ir con mucho cuidado o lo lastimaría seriamente.

El agente saltó ágilmente de lado y esquivó el peligroso golpe de talón, dirigido a su pecho.

Yurika, cada vez más furiosa, se lanzó de nuevo al ataque, ahora utilizando los filos de sus manos.

Milton no tuvo más remedio que demostrar también sus conocimientos de karate, única manera de parar el aluvión de golpes que le lanzaba la japonesa.

Yurika peleaba con ventaja, porque podía utilizar sus pies desnudos.

Milton, en cambio, no podía asestarle golpe alguno con sus zapatos, porque la lastimaría, y no quería hacerlo.

La japonesa consiguió golpearle en un costado con su pie y lo hizo caer.

—¡Bravo, Yurika! —exclamó Francis Murray.

La hembra oriental proyectó de nuevo su pie sobre el cuerpo caído del agente, pero éste movió velozmente sus piernas, engatilló la otra pierna de la japonesa, y la hizo perder el equilibrio.

Yurika intentó levantarse de un salto, pero no pudo.

Ya tenía a Milton sobre ella.

El agente había sido más rápido.

La japonesa estaba boca abajo, así que poco podía hacer por librarse de Milton, que además la tenía bien cogida.

—¿Te rindes, Yurika? —preguntó el agente.

La japonesa forcejeó un poco más, porque no quería admitir su derrota, pero estaba claro que no lograría escaparse de los fuertes brazos de Milton, así que finalmente se relajó y dijo:

—Me rindo, señor O’Brien.