PRIMERA PARTE
EN NOMBRE DE DIOS
(1208–1209)
1
ANIMADVERSATIO DEBITA
En la corte del rey Felipe II Augusto
—Majestad… —empezó a explicar el cardenal, con voz profundamente cansada, y que denotaba lo agotador del viaje realizado desde Roma hasta el norte de Francia—. Majestad, su santidad el papa Inocencio me ha ordenado realizar este largo y peligroso viaje a fin de que yo en persona os lea el contenido de esta carta. A vos va dirigida y, sin embargo, insiste en que debo ser yo quien os la lea, para asegurarme de que hoy mismo me daréis una respuesta.
El rey Felipe Augusto había sido advertido con anterioridad de la inminente visita del cardenal Galon y, a juzgar por sus arrugadas ropas, el barro adherido a los bajos de sus faldones y el cansancio de su voz, comprendió que había realizado el largo viaje sin descanso ni respiro alguno.
—Debéis estar agotado, cardenal —apuntó el rey, adoptando cierto tono de broma—. O mucho me equivoco, o habéis realizado vuestro largo viaje en carro en menos tiempo del que emplearía cualquiera de mis jóvenes soldados a caballo. Importante debe ser el contenido de esa carta para que ni siquiera os hayáis permitido refrescaros y cambiaros de ropa.
»Está bien —continuó el rey, ante el silencio afirmativo del cardenal y mientras se aposentaba en una cómoda silla de cuero—. Proceded a vuestra ansiada lectura.
—Mi señor —sugirió con voz baja el cardenal, y señalando con la vista a la media docena de asistentes que se encontraban en la sala—, nuestro amantísimo padre desea que solo vos conozcáis el contenido de este escrito.
—Bien, bien. Marchaos todos. Y vos, cardenal, tomad asiento a mi lado. Quiero oír detalladamente qué nos propone esta vez su santidad.
Una vez quedaron a solas en la amplia, cálida y cómoda sala, el cardenal comenzó la lectura al monarca con voz grave y solemne.
A diez de marzo, en el año del Señor 1208.
Enviando a su majestad a uno de mis más diligentes cardenales, debo dirigirme a vos con gran tristeza y amargura para comunicarle la triste noticia que, sin duda, ya conoceréis. El pasado 15 de enero mi apreciado Pedro de Castelnau era vilmente asesinado en la ribera del río Ródano y no lejos del pueblo de Saint-Gilles. El autor de dicha felonía huyó hacia Beaucaire mientras el legado se desangraba por su herida de lanza, para expirar antes de que saliera el sol en aquel gris día de enero.
Me dijeron que el asesino fue un escudero del conde Raimundo aunque, sin duda, fue este quien realmente ordenó el homicidio de nuestro legado en tierras herejes.
Debo por ello, y sin más dilación, pediros que no dudéis en hacer sentir al conde de Tolosa el peso de la fuerza real y os apoderéis de las tierras que ocupa. Expulsadle a él y a sus cómplices de las tiendas del señor. Despojadle de sus tierras para que los habitantes católicos sustituyan en ellas a los herejes eliminados. Matadlos sin compasión ni vacilaciones, que será el bendito aliento de nuestro Señor lo que guiará vuestra mano.
Debéis saber que, en compensación, os prometemos la remisión de vuestros pecados a fin de que, sin demora, pongáis coto a tan grandes peligros. Os otorgaremos, pues, indulgencia plenaria a vos y a cuantos lleven a efecto la justicia por la sangre inmolada del justo.
Esforzaros en pacificar las poblaciones en el nombre del Señor, de la paz y del amor. Poned todo vuestro empeño en destruir la herejía por todos los medios que, sin duda, Dios os inspirará, y con más firmeza todavía que a los sarracenos, puesto que son más peligrosos.
La fe ha desaparecido, la paz ha muerto y la peste herética y la cólera guerrera han cobrado nuevo aliento, por lo que os ruego que combatáis a los herejes con mano dura y brazo firme.
Sin duda el Señor sabrá gratificaros, y nos rezaremos por ello.
Inocencio III, papa.
Durante unos instantes, que al cardenal Galon le parecieron pesadamente eternos, el silencio inundó la inmensa sala donde solo se encontraban el monarca y él. El nombre de quien había escrito la misiva papal retumbaba en los oídos del soberano, aplacando el crepitar de los troncos que ardían en la chimenea de piedra.
Los términos de la carta eran claramente instructivos. El papa asimilaba el mal de la herejía a la peste, lo que, en sí, no era del todo una novedad. Misivas anteriores le habían instado a participar contra la herejía, haciéndole notar el terrible estado de la tierra occitana y, tras expresarle la poca confianza que le merecían los señores del país, el mismo papa le había pedido en numerosas ocasiones que actuara con la responsabilidad del rey de Francia, palabras a las que siempre le había contestado con evasivas y excusas amables, denotando aflicción por no poder estar al lado de su amantísimo padre, pero con voluntad manifiesta de no entrar en cruzadas.
Pero en esta ocasión había algo más. Algo que hizo estremecer al rey, oprimiéndole las sienes. Lo nuevo era la comparación con los sarracenos. Los herejes son más peligrosos, decía la carta, lo que legitimaba la cruzada contra los cristianos, y lo que haría que, de ahora en adelante, la cruzada fuera un asunto de gobierno y no un movimiento popular. Inocencio quería tropas bien encuadradas y que supieran combatir. Desconfiaba de las turbamultas movilizadas por el ansia de salvar sus almas.
Una vez más el papa reaccionaba como político, como tantas otras veces.
—Graves acusaciones lanza nuestro pontífice contra mi sobrino, el conde de Tolosa —apuntó el rey Felipe, tras un momento de reflexión—. Debo pediros, cardenal, que toméis nota de cuanto os diga, puesto que esa será mi respuesta a su santidad.
»Quisiera que recordarais, en todo momento, que Raimundo VI, además de conde de Tolosa es el hijo de la hermana del rey de Francia y yerno del rey de Inglaterra y del de Aragón, uno de los grandes de la cristiandad y señor de las tierras del Languedoc. Debo, pues, dudar de su condición de hereje.
»Desearía también que su santidad recordara que no puede despojar a Raimundo de sus posesiones por la fuerza de las armas, al menos si no es después de haberle incoado proceso y haberlo condenado por hereje.
»Imagino que vuestro siguiente paso será apuntar a aquellos que dan cobijo y protección a los herejes y que, en principio, deben ser sumisos a la Santa Sede. Los señores feudales y la nobleza vendrán a convertirse en el objetivo prioritario de la diplomacia vaticana, y yo no voy a oponerme a ello. Así, y puesto que mi postura será la de un hombre cauto que no desea precipitarse en una nueva aventura bélica, por más que cuente con la bendición de Roma, si mis barones quieren ir a vuestra cruzada, en respuesta al llamamiento papal, que vayan, pero los míos y yo, como rey por la gracia de Dios, tenemos otras obligaciones.
»Y no dudaré en contestarle que, a lo que su santidad denomina como lucha justiciera conducida por Dios contra el diablo y sus secuaces, yo lo llamo una inútil guerra de religión de cristianos contra cristianos.
»Igualmente y en todo caso —concluyó altivamente el monarca— quedo, como siempre, a sus pies, a la espera de volver a serle útil.
***
Cuando el cardenal Galon, de regreso a Roma, hubo finalizado de relatar de forma minuciosa la contundente respuesta de su majestad el rey Felipe II Augusto, en las estancias papales se volvió a repetir el silencio pesado como el plomo que, semanas antes, se había podido masticar en la sala de recepciones del monarca.
Esta vez fue el papa Inocencio quien, de forma enérgica, rompió el silencio, para dirigirse a sus prelados, abades, obispos y cardenales allí reunidos.
—No dudaba de la falta de valentía de nuestro amigo, el rey de Francia. Su carácter pusilánime, sus obligaciones hacia su hijo Luis y sus enfrentamientos con el rey Juan[4] debilitan sus determinaciones.
»Así pues, le corresponde a la Santa Sede y, consecuentemente, a todos y cada uno de nosotros, responsabilizarnos del exterminio de la herejía que campa a sus anchas en suelo cristiano. Durante muchos años, trigo y cizaña han crecido juntos, algo que hemos permitido hasta hoy. Pero ahora es el momento de recoger la cosecha y separar a buenos de malos, a justos de pecadores. Para ello, simplemente, debemos usar la azada de la decisión judicial y liberar al trigal de las malas hierbas. Así eliminaremos, al fin, tan pestífera y peligrosa fe.
»No debemos nunca olvidar, mis queridos Cirile, Arnaut, Fulco y todos cuantos creéis en nos, y que seguís la recta senda marcada por Nuestro Señor Jesucristo que el hereje es una víbora siempre en pos de nuevas víctimas a las que infectar su veneno. Una hiedra a la que no es fácil arrancar de raíz su perversidad. Por ello, del modo en que una fruta podrida daña a otra fruta, debemos separar el fruto podrido de la fruta católica e inmaculada. La peste y la vecindad, de los castillos y ciudades.
—¿Sin la ayuda del ejército real? —protestó el obispo Fulco, sorprendido de su propio impulso, con que acababa de interrumpir al papa Inocencio. Le temblaba la voz y dudaba si pronunciar las siguientes palabras, pero pronto comprendió que todos aguardaban a que concluyera su atrevimiento—. ¿Cómo podemos abarcar un territorio tan vasto como el Languedoc[5], y además ser eficaces contra la herejía?
La respuesta llegó esta vez por boca del obispo cisterciense Cirile de Montnoir quien, con la vista clavada en los ojos del sumo pontífice, se pronunció con voz estridente.
—¡Animadversatio Debita!, la Debida Pena, obispo Fulco, aplicaremos la Debida Pena. Exterminare —añadió lentamente el obispo, estirando ahora hasta lo imposible su delgado cuello, y sin apartar la mirada de los ojos de Inocencio, en señal y demostración de que él sí había entendido el mensaje papal—, ese es el término con el que, en lo sucesivo, definiremos lo que haremos con esos falsos bons hommes.
—En efecto, mi apreciado obispo —concluyó el papa Inocencio— negotium pacis et fidei [6], que continuaremos desde este momento y tras conocer la postura de su majestad el rey Felipe. Nuestra empresa pasará por aniquilar a todos los simpatizantes de la herejía albigense y por exterminar selectivamente a cuantos perfectos sea necesario.
2
PADRE, QUEREMOS CONFESARNOS
Condado de Toulouse, en el año del Señor 1209
—Padre, queremos confesarnos porque vamos a matar a un hombre. Y ese hombre sois vos.
Fueron las palabras que rompieron el sepulcral silencio de la iglesia. Todo sucedió tan rápido que Anselmo Aicart apenas tuvo tiempo de reaccionar, ni de articular palabra. El fraile sabía que peligraba su vida. Sabía también que su prodigiosa carrera eclesiástica como buen cristiano solo podía finalizar de dos maneras: en lo más alto de la jerarquía albigense o siendo asesinado por sicarios de Roma y la religión católica. Y también conocía que en aquella fría tarde de marzo habían llegado al centro de Toulouse dos caballeros con poderosas armaduras preguntando por el cobarde de fray Anselmo Aicart. Pero, a pesar de ello, le sorprendió la frialdad de la frase con la que se le acercaron los soldados, sin apenas realizar una pausa entre la voluntad de confesarse y la intención de matar a un hombre. De hecho, y curiosamente, lo que menos le sorprendió de las últimas palabras que oiría en vida fue la declaración de ser él a quien buscaban aquellos caballeros.
Fray Anselmo Aicart estaba cerca de ser reconocido como obispo dentro de la pirámide básica de los Bons Hommes. Junto a tres monjes más, todos ellos perfectos, y como filius major, estaba llamado a ocupar en breve el más alto escalafón de los hombres puros, vertiente religiosa décadas atrás reconocida en el Concilio de Tours como herética por la Santa Sede. El concilio veía en los albigenses una firme amenaza a su estatus religioso y bienestar económico. Lejos de reconocer que se había ido alejando cada vez más de la ortodoxa rectitud católica, del compromiso social hacia el pueblo y de los votos de castidad y austeridad, la Iglesia católica reconocía oficialmente desde el año del Señor 1163, como peligroso y herético el incipiente movimiento religioso que propugnaba el voto de pobreza y la castidad como columnas vertebrales de su tesis religiosa. Indudablemente aquel nuevo movimiento religioso era más próximo al ideal religioso de la época que resumía la regla de San Benito en Ora et labora[7].
A la vista estaba que uno de los principales objetivos de la Santa Sede era eliminar a todo líder peligroso y susceptible de encabezar un movimiento capaz de hacer temblar el lujoso pilar sobre el que se asentaba el antiguo entramado católico.
Y uno de los más claros cabecillas era él, fray Anselmo Aicart, un monje de apenas 30 años y con claras y amenazadoras ideas reformistas.
Con ello, el siguiente paso consistía en reducir los focos protestantes que suponían aquellos frailes con ansias de cambiar lo que tantos siglos había costado a la Iglesia católica europea: riquezas, una ciega fe por parte del pueblo (inculto y ajeno a la corrupción sobre la que se asentaba) y una sólida jerarquía, encabezada por su santidad el papa Inocencio III, claramente decidido a aplastar la más mínima insurgencia que pudiera poner en peligro sus privilegios.
Los occitanos fray Benoît Poitevin, fray Bérnard de Mourois y el italiano fray Paulo Bartoldi también formaban parte de la «lista negra» de bocas que callar. Pero aquellos nombres, en teoría, eran secretos y desconocidos para la Iglesia de los lobos[8], como hasta ahora también lo había sido el suyo.
De lo que no cabía duda era que las órdenes que habían recibido aquellos dos caballeros, llegados aquella misma tarde a Toulouse, eran claras. Debían eliminar al hereje.
Apenas había tenido tiempo de realizar las tareas que se había impuesto para aquel día, desde que el joven novicio fray Félibien le interrumpiera sus oraciones tras el almuerzo, anunciándole a gritos desde el claustro que dos «temibles caballeros, con sucias armaduras y pesadas espadas, y montando enormes caballos» habían estado toda la tarde merodeando y preguntando por todo Toulouse dónde podían encontrarle. Ahora irrumpían en la iglesia de Saint Sernin, abriendo los dos altos portones de par en par y acercándose ruidosamente con sus armaduras, casi anunciando su llegada. O, al menos, eso fue lo que pensó fray Anselmo, mientras permanecía de espaldas a los pies de sus verdugos, y de rodillas, en postura orante hacia el altar.
Ante una presencia tan terrible, los siervos y clérigos subordinados a fray Anselmo, atemorizados y, como ovejas ante el lobo, se dispersaron por todas partes, dejando solo y en oración a su superior, circunstancia que aprovecharon los caballeros para acercarse.
«Se acerca la muerte —se dijo Anselmo, mientras un violento escalofrío le recorría de pies a cabeza—. ¿Cómo son mis verdugos?, ¿qué cara tiene la muerte?, ¿qué excusa me van a dar para acabar con mi vida?».
—¿Nos ha oído, padre?, queremos confesarnos —repitió con sorna y a sus espaldas otro de los armados soldados— porque vamos a matarle.
Aquellas palabras hicieron cerrar los ojos al monje quien, al tiempo que se incorporaba para mirar a los ojos de sus ejecutores, recibía en el estómago la primera de las muchas estocadas que acabarían con su vida en solo unos minutos.
El frío acero que entraba lenta y sólidamente en sus entrañas consiguió que Anselmo Aicart fuera plenamente consciente de su terrible destino. Iba a morir, e iba a morir solo, a traición, en una fría y vacía iglesia en el Languedoc, lejos de otros buenos hombres y lejos, demasiado lejos, de su hermano.
Fue entonces cuando pensó en Amiel, lo único que le quedaba tras la temprana muerte de su madre, al dar a luz a su hermano pequeño, quien ahora contaba con solo siete años, y al que había enviado a un lugar seguro, un lugar que incluso él desconocía, por precaución y ante la insistencia de su amigo Salvatore da Clemenza, el anciano diácono al que tanto respetaba.
«Dios mío, ayúdale a encontrar tu luz. Solo tiene siete años y...»
En ese instante la espada del segundo caballero le penetraba en el centro de la garganta, y su frío tacto, junto a un dolor indescriptible le interrumpió sus pensamientos.
Luego, tras extraer lentamente las espadas de su cuerpo, pusieron sus sacrílegas manos en él, tirando del fraile y arrastrándolo para rematarlo fuera de la iglesia, ante la visión y escarnio de todos los tímidos monjes presentes que fueron cayendo en confusión y espanto, echando a correr ante tan horrible visión.
Tirando de los largos cabellos del monje, los caballeros habían dejado un enorme reguero de sangre a lo largo de la nave central de las cinco que componían la planta de la iglesia. Un surco púrpura que, junto al ritmo solemne de los pilares cuadrados, orientaba la débil visión de Anselmo Aicart hacia el altar consagrado un siglo antes por Urbano II y el curvilíneo ábside de Saint Sernín.
Al llegar al doble pórtico occidental de la iglesia, y bajo una débil y fría lluvia nocturna, el fraile reunió sus últimas fuerzas para susurrar, entre gorgoteos de sangre, las palabras que le valdrían el estoque final.
—Vosotros sois los pecadores y los herejes. Vosotros, el rey, el papa... Todos iréis al infierno.
Uno de los caballeros, encendido de cólera ante la severa acusación, agitó su pesada espada por encima de la cabeza del agonizante monje.
—¡No os debemos —gritó el soldado— fidelidad ni sumisión que vayan en contra de nuestra fidelidad a nuestro señor, su santidad el papa. ¡Vos sois el traidor!
Y diciendo esto, soltó el caballero rápidamente todo el peso de su espada contra el cuello del moribundo, como si del sacrificio de un cordero se tratara, separando la cabeza del fraile del resto de su cuerpo. Aquella espada terminaría su recorrido contra la losa del suelo, quebrándose un fragmento de la punta, que quedaría olvidado sobre la piedra y junto a la sangre que ahora teñía con el agua de la lluvia el suelo a la entrada de la iglesia madre.
3
¡QUÉ MARAVILLOSA SENSACIÓN!
Béziers, en el año del Señor 1209
Fuera hacía frío. Desde hacía varios días y, a pesar de la inminente llegada de la primavera, se había levantado un gélido viento que, junto a un cierto olor metálico en el aire, hacía presagiar una cercana y fuerte tormenta.
«Me gusta estar aquí —pensó decidido Benoît, mientras se asomaba al campanario cuadrangular de la catedral de Saint-Nazaire. De hecho, todas las mañanas, desde hacía más de quince años pensaba lo mismo—. ¡Qué maravillosa sensación la del viento en el rostro, como si de un delicioso elixir se tratara, capaz de hacer olvidar todos los problemas y preocupaciones!»
Las últimas semanas habían llegado a impedir conciliar el sueño al monje. Tras el devenir de los acontecimientos en los últimos meses, en los que solo se oían atrocidades cometidas a otros perfectos interrogados (incluso, con brutales palizas a fin de que facilitaran los nombres de otros bons hommes), el aún reciente asesinato del legado pontificio en Toulouse, Pedro de Castelnau, el abierto enfrentamiento entre la Santa Sede y Raimundo VI, conde de Tolosa, las primeras persecuciones públicas a bons hommes, las constantes amenazas de muerte, la orden papal emitida por Inocencio III de iniciar una cruzada sangrienta contra los albigenses, y demás presiones a las que estaban siendo sometidos aquellos monjes que osaban levantar la voz contra la corrupción que anidaba en el seno de la Iglesia católica, fray Benoît Poitevin había llegado, incluso, a enviar a su pequeño hermano Hue bajo la protección de Salvatore da Clemenza, el diácono de un pequeño monasterio del que, por seguridad, desconocía su emplazamiento y en quien confiaba ciegamente. Tanto como para hacerle llegar, cosido a los fardos de viaje del pequeño Hue, unos alargados bultos, envueltos en gruesas telas y que suponían la única herencia que podía dejarle en vida a su hermano.
O así se lo había comunicado a aquellos frailes de confianza, enviados por fray Salvatore a recoger al niño en Béziers, con la orden expresa de no preguntar qué contenían aquellos fardos, y de dar su vida, si fuera necesario, por proteger a aquel niño y cuanto viajaba con él.
El filius major fray Benoît Poitevin estaba llamado a ser ascendido a la categoría de obispo por su entrega incondicional y su firme devoción religiosa, que le hacían situarse en contra de todos los abusos que se cometían en nombre del Señor.
El haberse desprendido de una herencia de valor incalculable, el no tener a su cuidado a Hue y el ser considerado como uno de los claros objetivos para la Iglesia de los lobos, hacía que hubieran pasado semanas sin que durmiera ni descansara como era habitual en él.
Solo conseguía olvidar quién era y, por lo tanto su pesar, durante unos minutos cada día cuando, acompañado de su novicio preferido, el joven fray Germain, subía a primera hora de la mañana a conversar sobre las más banales cuestiones. A veces, sobre cómo revoloteaban sobre el campanario las golondrinas, realizando imposibles piruetas en el aire. Otras veces, sobre cómo acababan de sonar las campanas que el propio Germain tañía antes de subir. Otras, sobre el tiempo que se avecinaba, el viejo puente de piedra con forma abombada sobre el río Orb, que se veía desde allí, e incluso sobre el pueblo, o sobre cómo creían que podrían cambiar la suerte del país y de sus gentes. Ciertamente aguardaba con deleite todos los días a que llegara la mañana siguiente para entablar aquellas charlas tan enriquecedoras e, indudablemente, le gustaba subir a aquel viejo campanario de la catedral construida un siglo antes por el maestro Gervais y evadirse de toda presión y amenaza.
Fray Germain acababa de tañer las campanas anunciando maitines e, inmediatamente, haría acto de presencia a su lado. Le gustaba aquel muchacho, y pensaba que quizás su pequeño hermano tuviera en el futuro las cualidades del joven monje. Era decidido, ambicioso y muy trabajador. Todo lo hacía de buen grado, sin quejarse y con una clara intención de hacerse notar y destacar en sus funciones. Sin duda le esperaba un brillante futuro en la Iglesia si seguía orando y trabajando como había hecho hasta entonces. Como había hecho él mismo desde que era niño, o como también le había demostrado su filius minor, el fiel y ahora ausente Doménico, al que había ordenado hacer un importante viaje hacia el norte de Italia.
—Hace mucho frío esta mañana, ¿verdad padre? —le interrumpió en sus pensamientos el joven novicio que, por fin, había subido al campanario.
—Sí —respondió escuetamente fray Benoît, percatándose del color azul de los labios del joven y el tiritar de la parte inferior de su mandíbula—. Hasta que llegue el verano tenemos que seguir abrigándonos si queremos mantener el privilegio de poder subir aquí arriba a observar cómo sale el sol.
—Pero el sol seguirá saliendo, padre —apuntó el joven tras una larga pausa y meditación, y mientras, miraba hacia abajo para ver cómo se iban aproximando a la Iglesia los demás monjes para orar—. Quiero decir que, independientemente que estemos para verlo y de que las nubes dejen pasar sus rayos o no, el sol estará cada mañana ahí delante, ¿verdad?
—En efecto. Dios hizo el mundo y las cosas. Las personas y los animales. Las nubes y el sol. Hoy podemos apreciar nosotros su obra, como ayer lo hicieron nuestros padres y mañana lo harán nuestros hijos. Queramos o no, siempre ha sido así y siempre será así —afirmó complacido el monje. Le encantaba aquel tipo de conversaciones irrelevantes, mientras creía sentir el aroma a sal que le llegaba del cercano mar, al tiempo que cerraba los ojos para aguzar el olfato.
—Y, padre, ¿cuánto tiempo creéis que vais a seguir viendo amanecer el sol?
La pregunta sorprendió al monje. Quizás no tanto por la cuestión en sí que proponía, sino más bien por el volumen de voz con que le había llegado. Flojo y apagado, como si el novicio se hubiera puesto la mano delante de la boca para acallar sus extrañas palabras.
Fray Benoît Poitevin se giró para mirar a Germain y volvió a sorprenderse al descubrir que el joven ya no estaba a su lado. Casi dudando, giró la cabeza al otro lado, y tampoco se encontraba allí su matinal compañero de conversaciones.
—No me habéis respondido —le apremió Germain, apareciendo desde detrás de la campana mayor y exhalando largamente el aliento en el hueco de las manos, con la vana esperanza de proporcionarles un efímero calor—. ¿Dudáis acaso para dar por válida una respuesta?
—Mi joven amigo. Sabéis que no dudo a la hora de dar respuestas a vuestras inquietudes, solo que el tono en que me lo habéis preguntado no...
—La pregunta es sencilla y la respuesta también debería serlo —le cortó el novicio, alzando notablemente la voz—. ¿Cuántos días creéis que vais a seguir viendo aparecer el sol tras esas montañas, teniendo en cuenta las amenazas que se ciernen sobre vos y sobre las pobres cabezas de vuestros amigos fray Bérnard, fray Paulo y fray Anselmo?, aunque —continuó, esbozando una sonrisa—, a decir verdad, o mucho me equivoco o fray Anselmo Aicart ya no va a dar más problemas.
De repente, dejó de hacer frío para fray Benoît Poitevin. Y ya no era solo el insolente e irrespetuoso tono de voz que había adoptado aquel atrevido necio sino, sobre todo, el hecho de que conociera los nombres de sus compañeros, nombres que tan celosamente se habían mantenido en secreto. Frailes que, junto a él, iban a pasar en breve a ser ordenados como obispos en la Iglesia de los buenos cristianos.
También le desconcertó la despectiva forma en que se refirió a sus amados compañeros y, especialmente, a su querido amigo fray Anselmo Aicart, por quien sentía un profundo respeto y cariño, una admiración convertida ahora en temor y la oscura certeza de que algo le había sucedido. Algo que, además, sabía aquel maleducado novicio.
—¿Qué quieres decir con eso, insensato? —le preguntó al tiempo que entrecerraba los ojos y giraba levemente la cara.
—¿Que, qué quiero decir con eso?, ¿qué... quiero decir? —le escupió por respuesta mientras se le acercaba amenazante—. Quiero decir que Anselmo Aicart, a estas horas, ya no debe estar en este mundo para crear más problemas a la Santa Madre Iglesia. Como vos. Quiero decir que Anselmo Aicart debe estar viendo cómo se desparraman sus vísceras por los pasillos de su iglesia y que, por lo tanto, ya no podrá acceder a su inminente nombramiento como obispo, categoría que indudablemente no merece, como tampoco vos. Y quiero decir que ese maldito hereje de Aicart, por fin, dejará de alzar su pestífera voz contra la Santa Iglesia católica porque, como vos, está muerto.
Fue entonces cuando la ira inundó al fraile que, en un arrebato de rabia, propinó un fuerte bofetón al irrespetuoso novicio.
—¿Cómo osas hablarme así? ¿Cómo te atreves a acusarme de hereje? ¿Quién eres tú para levantarme la voz, insultarme y amenazarme? ¿Quién te has creído que...?
La pregunta quedó sin finalizar al percatarse el monje de que, tras el bofetón, el novicio había arrancado a reír, primero levemente y, más tarde, a grandes carcajadas, interrumpiéndole finalmente con una hilaridad que, a los ojos de Benoît, le hacía parecer un ser poseído por el mismísimo demonio.
—¿Quién me he creído que soy? Yo os lo diré. Voy a ser toda una autoridad en la Iglesia al servicio de Roma. Sí, con vuestra muerte daré un paso más en mi camino a convertirme en el vicario general[9] más joven que haya conocido Occitania. Así me lo ha prometido su eminencia, el obispo Cirile de Montnoire en persona. Y os aseguro que no pienso defraudarle. Solo tengo que acabar con un traidor como vos y mañana mismo me ordenarán con el título prometido. Eso sí, antes deberéis decirme dónde escondéis los fardos que tanto ansía mi señor obispo, o me encargaré personalmente de buscar, encontrar y dar muerte a vuestro hermano menor. ¿Se llama... Hue?
Ante el tono sarcástico y amenazador que adoptaba el joven novicio y, especialmente, al ver que todo cuanto amaba comenzaba a derrumbarse, fray Benoît se puso rígido y blanco como una vela. Conocían los nombres de cuantos buenos cristianos iban a ordenarse obispos, para dirigir la, hasta entonces, aún desordenada Iglesia de bons hommes. Conocían la existencia de su hermano. Y conocían la existencia de los bultos que con él viajaban hacia la abadía de fray Salvatore, donde quiera que estuviese.
Pero, parecía ser que desconocían el paradero de su hermano y, por lo tanto, del tesoro que llevaba cosido a sus ropas.
—¿Queréis saber quién soy? —le interrumpió al fin en sus pensamientos—, pues bien, soy vuestro ejecutor, puesto que no os vais a librar de vuestra merecida muerte. Y solo si me decís dónde escondéis lo que tanto anhela su eminencia, libraréis a vuestro bastardo hermano de que le persiga y le dé una muerte tan lenta y horrible como rápida y fulminante será la vuestra.
Preso ya del pánico y la rabia, y con los ojos desorbitados, fray Benoît fue a abofetear de nuevo al osado novicio, cruzando la mano derecha por delante del pecho.
—¡Traidor! ¡Te voy a...!
Aquel desequilibrio de brazos era el momento que tan pacientemente había estado aguardando el novicio durante las últimas semanas, desde que se entrevistara con el obispo Montnoir meses atrás.
Las órdenes eran claras: debía averiguar dónde se escondían unos fardos alargados que, desde hacía meses, escondía y llevaba consigo fray Benoît Poitevin. Después debía arrojarle desde lo más alto del campanario y acabar así con la vida de una de las más peligrosas amenazas para la religión católica. De hecho, le habían hecho especial hincapié en que solo podía ejecutarle de aquella manera.
Todas las mañanas conversaba pacientemente con el monje, esperando a que, ganándose su amistad, le confiara el contenido y paradero de los fardos, y estudiando de qué manera y cuándo debía ejecutar la orden episcopal. Y ese momento había llegado.
—¡Decidme dónde escondéis los fardos o mataréis a vuestro hermano! —le gritó Germain, al tiempo que, con los ojos inyectados en sangre de rabia y ambición, le agarraba el brazo con el que le iba a abofetear y le empujaba para arrojar a su superior desde el campanario, cuidándose de que quedara suspendido y sin llegar a caer.
Fray Benoît Poitevin comprendió enseguida que su asesino pretendía dejarle colgando del campanario para, así, obligarle a confesar el refugio de su hermano y de cuanto llevaba consigo. Pero aquello era del todo imposible. Lo que viajaba entre los fardos de Hue era de vital importancia que no cayera en manos de personas como el obispo Cirile, e incluso en manos de la Santa Sede. Debía defenderlo, si era necesario, con su propia vida, siempre y cuando la de su hermano estuviera a salvo, para continuar manteniendo con vida la estirpe de su sangre. Solo unos pocos elegidos, como el respetable diácono Salvatore da Clemenza, sabían cuánto había en juego.
Sí. Ahora, suspendido desde lo más alto del campanario y con un mínimo apoyo en los pies, lo veía claro. Decididamente, su muerte no importaba nada, ahora que el maravilloso secreto iba camino de las manos del diácono. De hecho, pensó, es mejor morir encomendando su alma a Dios que hacerlo en alguna oscura mazmorra, atormentado y torturado hasta confesar dónde se encuentra el tesoro espiritual de los bons hommes y, por qué no, el sucesor de toda la cristiandad.
El suicidio místico estaba justificado. Y ahora, colgando del quinto y último tambor del campanario, se presentaba como la mejor opción. Aunque, quizás aún podía hacer algo más por su hermano.
Fray Benoît hizo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban y se obligó a sujetarse del borde de la piedra con una sola mano, pidiendo auxilio a su ejecutor con la derecha.
—¿Habéis recapacitado, rata hereje?
—Sí —dijo con esfuerzo el fraile—. Ayudadme a incorporarme y os diré cuanto queráis saber, pero debéis prometerme que no haréis daño al pequeño Hue.
—¿Me vais a decir dónde escondéis esos fardos?
—Dadme la mano y os lo confesaré.
Tras dudar unos instantes, el joven novicio terminó por afirmar los pies en el suelo y su mano izquierda al borde del muro del campanario, dándole la derecha al ya débil Benoît. Y fue entonces cuando este se agarró a la manga del brazo del joven para, mirándole a los ojos, perder voluntariamente el poco apoyo con que contaban sus pies y dejar caer todo su peso.
El cúmulo de sensaciones que inundaron los últimos momentos de vida de fray Benoît Poitevin variaron desde el terror hasta el puro placer de la venganza, pasando por una sensación casi de éxtasis, al comprender que todo cuanto importaba seguía en lugar seguro. Lo primero que experimentó mientras perdía el equilibrio y notaba que todo su cuerpo estaba ya suspendido en el vacío fue pánico y la absoluta certeza de que había llegado su fin. A medida que perdía contacto con las irregulares piedras de la fachada del campanario, perdía también la esperanza de salir con vida de aquella angustiosa situación.
Lo siguiente que pensó, durante los breves instantes previos al contacto final con el suelo bajo el campanario, casi treinta metros más abajo, se mezcló en forma de satisfacción con el pánico que ya le tenía paralizado: su mano derecha seguía fuertemente aferrada a la manga del novicio, quien también había perdido el equilibrio tras darle la mano, por lo que seguía aún con los brazos extendidos hacia delante, postura que no variaría en un desesperado e inútil intento de frenar el brutal impacto contra las escaleras de la iglesia.
«Al menos este traidor morirá conmigo y sin poder dañar el tesoro», pensó Benoît.
La última sensación que percibió el monje antes de morir rodeado por un charco de sangre suya y del novicio asesino se dio mientras caía.
«Qué maravillosa sensación la del viento en el rostro, como si de un elixir se tratara, capaz de hacer olvidar todos los problemas y preocupaciones».
***
—Seguimos sin saber el paradero del tesoro espiritual que custodian los herejes —se lamentó, con voz queda, el obispo Cirile de Montnoir, mientras permanecía tumbado ante su santidad el papa, con la cara pegada al suelo de la iglesia y los brazos extendidos en cruz—. El ejecutor que debía acabar con la vida del renegado e impío fray Benoît Poitevin ha sido incapaz de sonsacarle el lugar donde se escondía ese tesoro, antes de mandarle al más sombrío de los infiernos. Lo siento, amantísimo padre, pero he fracasado y deberemos seguir buscando.
—No os lamentéis más, obispo Cirile —le respondió el papa Inocencio, impecablemente vestido con ropajes púrpura y mientras se ponía en pie—. Pero no olvidéis que si no encontráis esos fardos, pagaréis vos y también cada uno de nosotros las terribles consecuencias de que su contenido sea conocido por más herejes y enemigos de Dios.
»Hay que encontrarlos como sea, lo cual, ya sabéis, es de vital importancia, como necesario es definir la fe, exponer la doctrina católica y encontrar todos los medios para combatir y extirpar la herejía. Los jefes de estado deben, bajo juramento y bajo pena de excomunión, perseguir a los herejes, como vos debéis haceros con esos bultos. Sencillamente, ese es vuestro cometido. Vuestro deber.
»Esta herejía y su tesoro espiritual pueden tener graves consecuencias para los intereses de la fe cristiana, así que, mi querido obispo —sentenció el papa Inocencio—, debéis asumir la obligación de poner fin al fuego subversivo que abrasa los cimientos de la fe.
4
LA ORDALÍA
Narbona, en el año del Señor 1209
«La suerte está echada —pensó con gran tristeza fray Bérnard de Mourois—. ¿Dónde estás ahora, Señor? Ahora es cuando más te necesito. Necesito que me des valor y templanza para no renegar de ti y de toda la vida que te he dedicado desde que murió mi mujer Susanne, encomendándome a ti y encomendándote el alma de Róbert, mi propio hijo, al que asesinaron junto a su madre».
«¡Dame fuerzas para seguir el camino de tu luz!»
Un fuerte puñetazo en la cabeza, que le derrumbaría al suelo desde su posición orante, le sacó bruscamente de sus pensamientos. Bérnard de Mourois, seguidor de la rebelión albigense, como le habían llamado desde que había sido prendido la tarde anterior, mientras descansaba en su vacío y triste dormitorio en el convento anexo a la iglesia de Nuestra Señora de la Mourgié, había sido raptado por un grupo de soldados y mercenarios, enviados por el obispo Cirile de Montnoir. Habían irrumpido silenciosamente en las diferentes estancias, degollando a cuchillo a varios de los frailes que les habían intentado impedir el paso a la Casa del Señor.
Con un fuerte golpe en la cabeza había ido a parar al catre del que se había levantado, al ver que entraba en sus estancias un grupo fuertemente armado de caballeros. Con aquel mazazo había perdido el sentido y no lo recuperaría hasta varias horas después, ya en las oscuras mazmorras donde se encontraba, una diminuta celda con un intenso olor a excrementos y orines incrustados en la paja sucia del suelo, en los olvidados rincones de algún castillo, donde quiera que estuviera.
Luego, como si la humedad que rezumaba de los muros de su celda no fuera suficiente, con un cubo de agua fría volvía a otra dura realidad.
Desde aquel despertar hasta el momento de pensar en su hijo, ya habían transcurrido varias horas. Pensó, amargado, que probablemente habría pasado toda la noche.
Ahora se encontraba tumbado en el suelo, desorientado, sucio y mojado, y no solo por el agua con que le despertaron la tarde anterior. También estaba magullado por los muchos puñetazos y golpes que había recibido a lo largo de las últimas horas, sin que ninguno de los soldados le preguntara nada ni le inculpara de ningún delito. Lo que tampoco era necesario para comprender el motivo por el que se encontraba preso. Bérnard era consciente de lo que se cernía sobre él desde que lo sacaran de su celda y uno de los soldados murmurara el peor y más peligroso de los insultos de la época: hereje.
Horas después volvía a oír el insulto.
—¿En qué piensas, hereje? —preguntó con voz chillona el obispo Cirile de Montnoire en persona. ¿Quién no conocía a aquel temible y sibilino sicario de alguien aún más aterrador que él, como era el papa Inocencio III?
Ahora no tenía duda alguna. Se encontraba en la sala capitular de algún monasterio. Probablemente en la abadía cisterciense y ortodoxa de Fontfroide, no muy lejos de la ciudad de Narbona.
El obispo estaba sentado junto a un escribano tras una larga y sencilla mesa de madera, con dos candelabros en sus extremos, un jarro con agua, y un trapo blanco de fina factura sobre él.
«Pienso que la mesa ante la que estáis sentado, monseñor, no tiene vasos y que, por lo tanto, ese jarro de plata que tenéis frente a vos es solo para lavaros las manos. Y pienso también que, por muchos jarros de agua que derraméis sobre ellas, no bastarán para lavar vuestras manos, manchadas con la sangre de los muchos inocentes que han pasado por aquí antes que yo», reflexionó Bérnard de Mourois, sin atreverse a materializar en palabras sus pensamientos.
—Pienso, monseñor, que no soy un hereje como vos insistís en llamarme puesto que, como vos, yo también adoro al Señor Dios Todopoderoso.
—¡Mentís! —escupió por respuesta y poniéndose en pie el iracundo obispo—. Sois seguidor de la herejía albigense puesto que no consideráis a Cristo como Dios, sino como un bastardo, y la Iglesia cristiana y católica como un teatro de corruptos e impuros actores. ¿Me equivoco, fray Bérnard de Mourois?
—Cierto es —afirmó tembloroso el fraile, cerrando los ojos y agachando su magullada cabeza— que no consideramos a Jesucristo como Dios, sino como un enviado para enseñar a los hombres el valor del espíritu y el camino de la salvación, puesto que su misión fue didáctica y no expiatoria, como llevamos siglos creyendo.
—Entonces, según vos, el cuerpo de Cristo era inmaterial, una especie de... de luz irreal.
—Monseñor, en nuestra ideología, los buenos hombres propugnamos la creencia de que Cristo no sufrió ni murió en la cruz. Todo es simbólico y...
—¡Y con ese símbolo pretendéis guiar hacia la salvación al hombre al que intenta guiar la Santa Iglesia católica desde hace más de diez siglos!
—Con ese símbolo y sin las riquezas que posee vuestra Iglesia —le respondió el fraile, ahora más confiado—. Sí, monseñor, predicamos el ascetismo y una renovación social, que creemos que se debe basar en el reparto de las riquezas, la igualdad social y la eliminación de la propiedad privada.
—Lo que os lleva a predicar el odio hacia la Santa Madre Iglesia, los Santos Sacramentos, su santidad el papa y los...
—¿Santos?, ¿santos, decís? —exclamó fray Bérnard—. ¿Los mismos santos que hacen mendigar al pueblo? ¿Los santos que, a golpe de látigo y espada, hacen arrodillarse al que osa levantar una amarga queja? ¿Santos aquellos que torturan sin piedad a un niño hambriento, por el hecho de robar una hogaza de pan? ¿Los que queman a una mujer en una farsa para adoctrinar al inculto pueblo contra una supuesta brujería? ¿Santos —continuó, ya sollozando— los que decapitan y descoyuntan a un hombre acusado de no pagar vuestros diezmos, cuando no tiene ni tan siquiera un trozo de cuerda y cuero con que cubrir sus pies descalzos?
»¿Santos como vos, monseñor? —concluyó desafiante—. Sin duda, vos sois el hereje.
A una mirada del obispo, el soldado que permanecía junto al preso descargó un nuevo golpe de su maza metálica contra la espalda del monje, que se vería arrojado ahora hacia delante, pasando ya del centro de la sala a estar a solo un brazo de la mesa donde se hallaba sentado el obispo.
Y fue en ese momento cuando, con la vista nublada, fray Bérnard de Mourois pudo apreciar por primera vez los rasgos que caracterizaban el duro y terrible semblante del prelado: vestido impecablemente de rojo (a pesar de que el púrpura era un color exclusivamente reservado a su santidad el papa), destacaba su tez amarillenta y cetrina bajo el tocado de un capelo, también rojo, que destacaba aún más su rostro lívido y severo.
Cirile de Montnoire representaba el típico caso del hijo de burgueses genoveses que introducen a su segundo hijo en la Iglesia para, con grandes sumas de dinero a modo de “ofrendas”, verle crecer y abrirse paso en la jerarquía eclesiástica, ascenso al que había que añadir el «mérito» personal que aportaba el propio Cirile, consistente en una crueldad y brutalidad sin par a la hora de desempeñar el cargo que, acertadamente, le encomendaba el papa Inocencio: interrogar y juzgar a todo hombre, mujer o niño sospechoso de herejía. Sin duda desempeñaba bien su trabajo, tristemente famoso por su inclemencia hacia el reo.
Fray Bérnard de Mourois lo sabía. Sabía que aquel hijo de Satanás no le dejaría libre, fuera o no culpable de los cargos que el cruel cardenal le imputara.
Y ahora lo tenía delante, con su rostro anguloso y aguileño, tan rico en cartílagos como en marcadas y profundas arrugas, a pesar de no haber sobrepasado aún los cuarenta años. Aunque lo que más le aterraba era su boca en una mueca de desprecio y sus ojos amarillentos de odio y sus pocos dientes, pensaría fray Bérnard, ennegrecidos por los años que llevaba en frías y oscuras salas como aquella, interrogando, torturando, y sacrificando a cientos de inocentes.
—Quizás ahora razonéis con mayor claridad. Aunque, si lo creéis conveniente, podéis contar con más palmadas de ánimo... —El cardenal dejó suspendida en el aire la sarcástica frase para regocijarse, al comprobar que el fraile, atemorizado, bajaba su mirada—. Bien, fray Bérnard, ahora ya podemos continuar.
»Sin duda, vuestra opinión difiere de la que conserva la Iglesia sobre ese campesino que no tiene con qué cubrir sus pies descalzos. Sin embargo, no ignoráis que nuestra sociedad se divide en tres órdenes: el ordo clericorum o praedicatorum, que es la orden de los que oran, tal y como vos y nos hacemos; la de los que guerrean, menester que depositamos en manos de los soldados u ordo bellatorum; y la orden de los que trabajan o ni tan siquiera eso, siendo estos los que ocupan el puesto ínfimo de toda jerarquía. Son los pies que caminan sobre la tierra, sosteniendo con su trabajo el resto del cuerpo. Son los débiles, andrajosos y rústicos campesinos, llamados así por no saber medir ni siquiera las horas si no es por las campanas. Además, no podemos negar que el mismísimo Dios quiere y permite que haya pobres. Coincidiréis con nos que desear salir de la miseria se consideraría trastocar los planes divinos, planes que reservan un mañana mejor, un futuro de felicidad y unas mejores condiciones de vida para ese lugar prometido y que llamamos cielo. La pobreza, pues, como la nobleza o la proximidad a Dios, es un deber irrenunciable, por lo que los pobres deberán contentarse con aquello que se les dé, proveniente de las otras ordines. Debe ser así, y así debe continuar siendo, ya que tal equilibrio asegura ventajas para todos: los indigentes encuentran así el sustento mínimo necesario, pudiendo incluso acceder a un pequeño excedente que compartir con otros aún menos afortunados; y, mientras los ricos, con sus generosas dádivas, verán crecer sus méritos espirituales. Así, con la resignación de unos y la generosidad de otros, se garantizará la continuidad de este establecido orden social, fiel reflejo de la jerarquía del reino celestial y consecuencia, por lo tanto, de la voluntad del Todopoderoso, un divino orden social cuyos cimientos atenta vuestra herética doctrina y cuantos la profesáis, como corderos que escapan del redil de la Iglesia romana, por ejemplo al dejar de satisfacer sus diezmos.
»Pero con vuestro permiso, fray Bérnard, y aunque es un placer conversar con vos sobre el vulgo, quisiera volver al tema que os trae ante mí. Si no me equivoco, estabais a punto de realizar el paso de hijo mayor a obispo, y que os permite pasar a un mayor reconocimiento dentro de vuestra herética religión. Eso sí, sin los beneficios carnales que os permitía la anterior condición de creyente, por la que pudisteis fornicar con mujeres e, incluso, tener hijos.
El silencio de fray Bérnard sirvió de respuesta.
—Y, sin duda, estáis ahora pensando en vuestra mujer —continuó el prelado, esbozando una sonrisa diabólica que dejaba entrever los pocos dientes que le quedaban— y en que fui yo quien, hace algunos años, la condenó a la hoguera, culpable de herejía. Pues debéis saber que aquella perfecta vociferó como una ramera pidiendo clemencia y renegando de vuestra herética religión.
—¡La torturasteis durante dos días! —sollozó el fraile.
—¿Torturada? No, no. Solo fue forzada por seis o siete lacayos sedientos de pecado, que terminaron por estirarle un poco de brazos y piernas, al ver que tantos pecados solo la hacían gimotear como una fulana. Al final, como todos, reconoció su herética condición, no sin antes haber disfrutado de la compañía de aquellos soldados.
El dolor y el recuerdo aún reciente de su mujer violada, torturada y, finalmente, quemada en la hoguera, en pleno centro de la ciudad de Narbona, mientras él cabalgaba a lomos de una mula obligándose a encontrar a su hijo perdido, martilleó su cabeza como un pesado relámpago.
Se recordó a sí mismo, llorando montado encima de la bestia y gritando el nombre de su hijo Róbert, mientras atravesaba las solitarias calles de la ciudad. Todos sus habitantes habían ido a presenciar el triste espectáculo, mientras que él, lejos aún de haberse ordenado como monje y vestido con los sucios harapos que le delataban como batanero, huía de la escena que debería estar protagonizando junto a su esposa Susanne, la primera perfecta acusada de herejía, y mientras no paraba de repetirse que lo hacía por el bien de su hijo.
Ahora, el arrepentimiento y la herida de su propia cobardía (la misma que le impulsaría a abrazar la religión de los bons hommes, por contraposición a la asesina Iglesia católica) no hicieron sino dar más fuerza a fray Bérnard.
—Sois la escoria y la inmundicia de esta sociedad —escupió por respuesta al obispo—. Todos vosotros no sois más que una caterva de bribones sin escrúpulos ni moralidad alguna. Recaudáis injustos e imposibles impuestos al empobrecido pueblo. Les cobráis multas y honorarios por vuestros dudosos servicios, llegando incluso a conceder indulgencias de sus pecados a cambio de grandes sumas de dinero.
»Sois sádicos, crueles y, además de eso, permanecéis impunes ante la ley, al estar excluidos de la pena de muerte, en el improbable caso de ser juzgados. La misma pena de muerte que no dudáis en aplicar sobre aquel que os contradice o que osa levantar su opinión contra los hechos que realizáis en nombre del Señor.
»Sí. Reniego de vos y de todo cuanto representáis. Reniego de la Iglesia católica y de su santidad el papa. Y reniego de Cristo y de los sacramentos, si son ellos los que permiten que seres abominables como vos habiten en este mundo injusto.
Cuando dejaron de sonar las sinceras y acusadoras palabras del fraile, en la sala capitular de la abadía solo se oía el rasgar que producía el escribano con su pluma del ganso sobre el fino pergamino de piel de cordero. Sin embargo, en los oídos de los que allí estaban presentes, seguían sonando las acusaciones de fray Bérnard, como martillos sobre yunques. Hasta que Cirile de Montnoire empezó a hablar.
—Acabáis de condenar vuestro cuerpo y vuestra alma —apuntó con gran ceremonia y lentitud el obispo, sin duda relamiéndose por las palabras que iba a pronunciar a continuación—. Yo, Cirile de Montnoir, obispo y representante in situ de su santidad el papa Inocencio III, y por la autoridad que me ha sido concedida, os condeno a vos, fray Bérnard de Mourois, a morir quemado en vida y como expiación de vuestros pecados y condición de hereje.
»La hoguera será instalada en la plaza central de esta ciudad para que, en solo dos días, y ante la presencia de todos sus habitantes, podáis reuniros, con el alma ya purificada por el fuego, con otros herejes que, como vos acabáis de hacer, también han renegado de Dios Padre y su hijo Jesucristo.
»No obstante —siguió diciendo, poniéndose ahora en pie y mirando de soslayo al escribano que permanecía a su lado, tomando frenéticamente nota de todo cuanto susurraba el obispo—, y puesto que, tan obcecadamente defendéis vuestra postura, tendréis la ocasión de demostrar ante el pueblo y ante Dios, y mediante ordalía, si sois merecedor de tan distinguida expiación.
La forma de pronunciar su discurso, con tanto regocijo y, sobre todo, la pronunciación de la palabra «ordalía», levantó un leve murmullo de desaprobación y temor entre los otros monjes, caballeros y escribanos presentes, y en los que Bérnard apenas sí había reparado, al permanecer todos ellos en la penumbra de aquella gélida sala de oscuras columnas, improvisada para el juicio.
Desde el imperio de Carlomagno, varios siglos atrás, la «ordalía» se había convertido en el método preferido por los tribunales de justicia. La pena consistía en hacer andar al reo sobre tres rejas de arado al rojo vivo. Se creía que Dios intervenía en esta prueba. Si el preso era culpable, se quemaría los pies y, por extensión, todo el cuerpo con el que cayera sobre las rejas. Pero, si por el contrario, era inocente, el Todopoderoso no permitiría que el injustamente inculpado sufriese daño alguno y saldría indemne de entre las llamas.
Por supuesto, no se libró nadie. Y fray Bérnard de Mourois era consciente de ello.
—Igualmente, se me ocurre —siguió diciendo el obispo, al tiempo que empezaba a deambular entre los rincones más oscuros de la sala— que podéis libraros del suplicio y obtener una muerte rápida y piadosa, diciéndonos dónde habéis escondido a vuestro hijo, al que buscamos desde que le libramos de la pecadora influencia de su madre. Sin duda, con él, se ocultarán más herejes e hijos de estos, todos ellos culpables de pecar contra la Ley de Dios, y que esconden algo cuyo poder es mucho más peligroso de lo que imaginan. Algo por lo que la Iglesia católica está dispuesta a utilizar toda la, digámoslo así..., influencia de la que puede disponer.
»Ese tesoro, como algunos empiezan a llamarlo, va a quemar las manos del que lo posea y hará arder a cuantos herejes sea necesario, hasta que llegue a las manos de quien, realmente, debe ostentarlo. Así que, fray Bérnard —ahora, el obispo ya permanecía totalmente oculto a la vista del fraile, y su voz llegaba muy débilmente, desde lejos—, os sugiero que confeséis dónde habéis escondido a vuestro pequeño bastardo y, en definitiva, dónde puedo encontrar lo que ando buscando.
El solo hecho de saber que aquella cruel alimaña andaba tras las huellas de su hijo Róbert para, probablemente, acabar con su vida, de la misma manera que iba a acabar con la de sus padres, hizo que, por una parte, Bérnard sintiera renacer en su interior una llama de esperanza por su pequeño, al que daba por desaparecido y muerto desde hacía años.
Sencillamente, no sabían dónde estaba oculto, como tampoco él conocía su paradero.
Por otro lado, sintió un profundo y triste vacío al comprender que la Iglesia católica se comportaría, en lo sucesivo, de forma totalmente arrolladora, como un caballo desbocado, para conseguir lo que ansiaba.
Sí, había oído hablar que otros perfectos y obispos puros poseían algo muy importante que mantenían oculto, pero ignoraba de qué se trataba y dónde se hallaba escondido. Y ahora la Iglesia de los lobos iba tras sus huellas. Pero, de nuevo, la noticia le proporcionaba renovadas esperanzas, al comprender que, fuera lo que fuera, la Iglesia también ignoraba su paradero. Así, no pudo evitar dar un respingo y, alzando la voz, gritar a las vacías sombras y mientras estiraba el cuello todo lo que daba de sí.
—¡Jamás, hijo de Belcebú! ¡Jamás permitiré que pises con tus pezuñas de Satán la joven vida de mi hijo! Siempre he ignorado si seguía con vida y, si era así, dónde pudisteis haberlo ocultado, puesto que no le hallé tras ver cómo asesinabais a su madre, y me obligué a creer que lo habíais matado o, cuanto menos, secuestrado. Pero ya veo que no fue así.
»¡Ahora, gracias precisamente a vos, sé que sigue con vida y a salvo de vuestra peligrosa y venenosa garra de alimaña! ¡No sé dónde permanece oculto vuestro tesoro ni dónde se encuentra mi hijo, pero si lo supiera, Dios sabe que jamás os lo revelaría!
De nuevo, y desde la oscuridad, otra mirada indicó al soldado qué debía hacer. Y nuevamente otro mazado, este en la cabeza, dio con el agotado cuerpo del fraile contra la sucia piedra de la cripta.
—Entonces —sentenció el obispo, saliendo calmadamente de entre las sombras—, morid.
Tres días más tarde, y en la plaza más importante de la ciudad, solo se veía humo y los restos de la pira a la que había sido condenado fray Bérnard de Mourois.
Durante meses, se siguió hablando, entre las gentes de la ciudad, de cómo el fraile hereje había permanecido en silencio durante el proceso de tortura. Primero, al caminar obligado sobre rejas de arado al rojo vivo, en las que se llegaron a consumir piel, tejidos y casi huesos de los pies, rodillas y manos y, más tarde, al morir quemado en la hoguera instalada en una plaza de Narbona, ante la mirada silenciosa de la basílica de San Pablo.
5
HAERETICUS
Pavía, Italia, en el año del Señor 1209
La congregación de monjes de la pequeña abadía de San Teodoro, situada a orillas del río Ticino, justo a las afueras de la ciudad de Pavía, se había despertado aquella mañana alarmada y con la triste noticia de la muerte de uno de sus hermanos. Pronto se difundió la noticia de que el maligno se encontraba entre los muros de su iglesia, a juzgar por cómo había aparecido el cuerpo del monje: flotando boca abajo y tiñendo de sangre las frías aguas del recodo del río que bañaba las puertas de su pequeña iglesia.
Cuando el anciano abad Celestino da Clemenza acudió a la orilla donde había aparecido el cadáver, tuvo que abrirse camino entre los más de treinta asustados monjes que no paraban de hacerse cruces implorando, algunos de ellos de rodillas, al Señor, que parecía haber abandonado aquel lugar. Mientras tanto, dos de los más jóvenes frailes intentaban sacar el cuerpo con gran esfuerzo y ayudados de largos palos con garfios, a fin de no mojarse los pies y las arremangadas vestiduras.
—Monseñor —se lamentó uno de los novicios—, cuando hemos visto el cuerpo era ya demasiado tarde. Nos dimos cuenta de que el agua que recogíamos en los cubos para realizar nuestras abluciones venía teñida de un color oscuro y, al levantar la vista, fue cuando vimos estas ropas, solo unos metros más adentro. Al principio, parecía el cuerpo de un animal muerto flotando en el agua, pero luego…
—No te preocupes, hermano Ernesto —respondió el abad—. Ahora lo importante es averiguar de quién se trata.
Un murmullo, seguido de fuertes y lastimeros lamentos por parte de los monjes presentes, acalló de pronto el sonido de los pájaros que, momentos antes, se dejaban oír en aquella parte del río. Entre los frailes se empezó a murmurar el nombre del fallecido, mientras era arrastrado hasta el pequeño montículo de maderos que improvisaban un pequeño embarcadero.
—Monseñor —anunció uno de los jóvenes monjes que habían tirado del cuerpo—, se trata del hermano Paulo.
La noticia sacudió el viejo corazón del abad, quien no pudo evitar cerrar los ojos y empezar a rezar con todas sus fuerzas para que aquel novicio estuviera equivocado.
Pero no lo estaba.
El mismo abad Celestino da Clemenza pudo comprobar con sus propios ojos que, aquel que había estado flotando boca abajo instantes antes, era su más fiel y destacado discípulo Paulo Bartoldi.
—Limpiadle la cara —ordenó—. Es necesario saber qué ha ocurrido aquí, y que todo el que haya oído o visto algo me lo haga saber inmediatamente.
—Monseñor —continuó diciendo aquel joven novicio, de nombre Sergio, mientras el abad se arrodillaba a su lado y junto al cadáver—, el hermano Paulo tiene sus hábitos manchados de sangre, sobre todo en el pecho. Pero creo que ha sido la herida en la cabeza la que debe haber acabado con su vida. Probablemente cayera desde estas tablas y se golpeara en la frente.
Efectivamente, fray Paulo Bartoldi tenía una horrible herida en la frente que hundía parte de su cráneo frontal varios centímetros hacia dentro. Una herida más que suficiente para proporcionarle la muerte y que ahora estaban limpiando las nerviosas manos del joven.
—Sin embargo, como bien dices —apuntó el abad—, los vestidos de nuestro hermano están muy manchados de cintura para arriba, así que va a ser necesario que le desnudemos el pecho.
Lo que se pudo apreciar al desabrochar la botonadura, hasta la cintura de fray Paulo Bartoldi, despejó al anciano toda duda sobre el origen de su muerte.
Sobre el pecho del monje, y arañado en profundidad con algo punzante, probablemente un puñal, aparecían escritas las diez letras más temidas de la época:
Haereticus
Ahora muchos de los monjes que se habían asomado curiosos sobre las cabezas del abad y el novicio echaron a correr despavoridos, como alma que huye del diablo y con las manos en la cabeza. Solo unos pocos de ellos permanecieron junto a la escena, más bien petrificados, por lo que acababan de ver. Fueron estos los que pudieron oír las palabras de sentencia que pronunciaría el abad de su congregación.
—Obviamente —afirmó Celestino da Clemenza—, nuestro hermano Paulo no ha caído desde el embarcadero golpeándose en la cabeza, ni tampoco ha sido víctima de la ira satánica. Fray Paulo Bartoldi ha sido asesinado por el mismo o los mismos hombres que arañaron haereticus[10] en su pecho. Y a juzgar por la sangre que mancha sus ropas desde la cintura, yo diría que esta herida en el pecho fue realizada bastante antes que la herida de la cabeza, sin duda la responsable de su muerte.
Al día siguiente de haber encontrado el cuerpo de fray Paulo flotando junto a la orilla del río, todo era confusión, preguntas sin respuestas y desasosiego en la abadía. Sus monjes seguían lamentándose de la muerte de su hermano Paulo, que había destacado como uno de los más activos a la hora de adoctrinar y culturizar al pueblo de la creciente ciudad de Pavía, una de las más importantes en el norte de Italia. Pero, sobre todo, aquellos monjes se lamentaban del que veían como un futuro incierto y amenazado, a pesar de la implacable Iglesia católica, que empezaba a perseguir sin tregua a los herejes que osaban renegar de la fe cristiana.
Y entre aquellos monjes había convivido uno de aquellos herejes. ¿Habría más? ¿Realmente fray Paulo había abrazado la herejía? Y si no era así y hubiera habido algún tipo de error, ¿serían todos perseguidos y acusados también de herejía?
—¿Padre? —dijo el joven Sergio entrando sigilosamente en la cripta y rompiendo el silencio en que el abad Celestino oraba desde hacía horas al cuerpo del fallecido.
—Adelante, Sergio.
—Padre, ¿me ha mandado llamar?
—Sí, Sergio. Necesito que hagas algo por mí, aunque... —pareció dudar el anciano abad—, francamente, aún no sé si podrás realizarlo con éxito.
—Monseñor —dijo el novicio avanzando hacia el anciano, para arrodillarse a los pies del abad y besarle la mano derecha—, solo tenéis que ordenarme lo que deseéis e intentaré complaceros, aunque se me vaya la vida en ello.
—Sé que puedo confiar en ti, Sergio, pero se trata de una empresa difícil. He estado pensándolo detenidamente y he llegado a la conclusión de que, entre todos los hermanos, probablemente seas tú el más indicado para llevarla a cabo, lo que te agradecería enormemente y...
—Señor —le interrumpió con impaciencia el joven novicio—, si me lo permitís, sé cómo podríais agradecerme lo que me pidáis.
—Dime, Sergio —respondió el anciano abad, en cierta manera divertido por la atrevida curiosidad y ambición del muchacho.
—Padre, tengo muchas preguntas que no me han dejado dormir esta noche y que, seguro, me deparan otras noches más de insomnio.
—Está bien, Sergio, pregúntame.
—Padre —dijo más aliviado, al saber que ahora sí encontraría respuestas a sus dudas, de la boca del venerable anciano, conocido y respetado por todos por su elocuencia y sabiduría, producto de una lógica aplastante que aplicaba en todos los aspectos de la vida—, sigo sin comprender cómo sabíais que el hermano Paulo no murió ahogado o, también, cómo es posible que afirmarais tan contundentemente que la herida de aquellas letras en el pecho eran anteriores a la de la cabeza.
La mirada con que el abad se dirigió al joven novicio reflejaba una profunda tristeza, y también un gran cansancio. Probablemente, él tampoco habría dormido aquella noche, velando el cuerpo de su discípulo y buscando respuestas a preguntas como aquellas, y otras que todos los componentes de la congregación se estaban haciendo constantemente.
Sin embargo, un brillo de inteligencia asomó por encima de aquella mirada de anciano y bajo sus espesas cejas canas, siendo suficiente para que el joven Sergio se sintiera extrañamente protegido.
—Mi querido Sergio —empezó a explicar fray Celestino—, lo primero que aprecié del cuerpo de nuestro hermano Paulo fue que de sus fosas nasales y de su boca no salía saliva en forma de espuma, signo siempre de que el cadáver ha tragado agua en un angustioso intento por no ahogarse. Y ello indica que cayó al agua ya muerto. Además, la orilla que baña nuestra abadía no supera un brazo de profundidad, por lo que difícilmente podría haberse ahogado alguien tan joven como fray Paulo.
»Pero, sobre todo, fue la herida en la frente la que claramente indica que fue asesinado antes de ser arrojado al agua, puesto que es absurdo golpearle la cabeza tan brutalmente cuando ya está muerto por ahogamiento.
»Y en cuanto a por qué sabía que las heridas infligidas en el pecho eran anteriores a la de la cabeza, es algo que puedes aprender observando qué sucede cuando descuartizáis a los animales de nuestra granja. La próxima vez que lo hagas con un cerdo o un pollo, fíjate bien y dime si sangra cuando lo estás troceando.
—No, no sangra, monseñor —respondió Sergio tras una pausa, negando con la cabeza y después de torcer la mirada, mientras intentaba recordarse a sí mismo ayudando en la granja de la abadía.
—En efecto, apenas sangra porque el fluido de su cuerpo ha dejado de circular. Las heridas post mortem no sangran. Si a ello sumamos el hecho de que sus ropas estuvieran tan manchadas en el pecho, llegaremos a la conclusión de que las heridas por la palabra haereticus fueron realizadas antes que la de la frente, precisamente la que le mató.
—Y ¿cómo explicáis que nadie oyera gritar a fray Paulo cuando le estaban torturando y grabando esa palabra en el pecho?
—Probablemente porque fue amordazado mientras se alejaba de los muros del monasterio, a la búsqueda de soledad para sus paseos y oraciones diarias. De hecho, estoy convencido de que no tardaremos en encontrar en el río o en los alrededores de nuestra abadía algún paño que haya servido de mordaza.
—¿Y por qué la palabra haereticus, padre? ¿Acaso el hermano Paulo no era creyente en la doctrina y la religión católica, como todos los que estamos entre estos muros? Fray Paulo también oraba día tras día y...
—Sí, Sergio, fray Paulo Bartoldi era un hijo predilecto de Dios y un devoto creyente cristiano que, como nosotros, practicaba el ayuno y se entregaba al estudio y la plegaria. Pero, sobre todo, era un fraile de creencias maniqueas. Era un buen cristiano o, para que me entiendas mejor, un boni homine, como se conoce en las vecinas tierras de la lengua de Oc a los rebeldes de Albi[11].
»Seguro que recordarás que fray Paulo había viajado en varias ocasiones a la tierra de Languedoc. Pues bien, solo yo sabía que el motivo de esos viajes que le separaban de nosotros durante meses era para reunirse con otros hombres puros, que compartían con él su ideología reformista y tachada de hereje por nuestra Iglesia católica. De hecho, en estos días estaba a punto de trasladarse a cualquiera de esas ciudades francesas donde iba a ser nombrado obispo por sus superiores, y donde, hasta no hace mucho, no se perseguía a los que se separan de la fe católica.
—¿Queréis decir que el hermano fray Paulo era... —pareció dudar el novicio, intentando recordar un nombre del que había oído hablar hacía tiempo, probablemente en boca del ya fallecido Paulo Bartoldi—, varde..., volde..., valdense[12], monseñor?
—Valdense en Lyon, patrino aquí, en el norte de Italia, albigense en el Languedoc, Bogomilo en Bulgaria o, simplemente, buenos cristianos, como se llaman a sí mismos. ¿Qué más da? Puro o hereje, para la Iglesia católica de nuestro papa Inocencio III, todo es lo mismo y digno de terminar en una hoguera o flotando boca abajo en un río.
»Son difíciles estos tiempos en los que para no morir de hambre hay que robar y para no morir en la hoguera hay que mentir. Y eso nunca supo hacerlo nuestro hermano Paulo. Su máxima aspiración consistía en hablarles a las gentes de Pavía y Milán, a pesar de que ello supusiera caminar muchas horas cada día. De cómo tenían que orientar su vida hacia la pureza mediante el ascetismo, hacia la belleza del alma mediante el ayuno de algunos alimentos y hacia la ausencia de pecado mediante la abstinencia. Todo eso le valió numerosos y poderosos enemigos, gentes sin escrúpulos que no han dudado en denunciarle como hereje ante la Iglesia católica de Roma.
—¿La Iglesia católica? Entonces, ¿creéis que ha sido...?
—Sí, Sergio, sí. —Le interrumpió cansadamente el abad, callando sus últimas palabras con el dedo índice en los labios del joven. Sergio pensó que su idolatrado Celestino da Clemenza, a la luz de las velas y sentado en aquel pequeño banco de madera, parecía más anciano y débil aún de lo que era.
—Los reyes —continuó el abad—, los señores feudales y los nobles, los obispos, los cardenales, el papa... Todos tienen y todos tenemos las manos manchadas de sangre inocente. Hoy, la de nuestro hermano, cuyo pecho lleva las letras que servirán para que todo el que se haya visto embriagado por sus palabras y sus discursos desista de seguir arengando por la pureza de los bons hommes y abandone su desasosiego espiritual. Mañana tendremos las manos manchadas por la sangre de muchos insensatos más, ciegos al peligro que sobre ellos se cierne.
»Sin duda, la medida será suficientemente disuasoria para el resto de la congregación, más de lo que yo llegué a ser con nuestro fallecido hermano para que dejara atrás su locura y obcecación, y como ya hiciera, años atrás, con mi propio hermano. Con ambos fracasé. No quisieron escucharme y ahora fray Paulo está muerto y muchos más lo estarán en los siguientes y oscuros años.
Lejos de sentirse horrorizado, Sergio escuchaba con infinito interés y respeto todas las palabras que pronunciaba el abad, casi como si de una clase de filosofía se tratara. Pero lo que más le llamó la atención fue el hecho de que fray Celestino da Clemenza tuviera un hermano y que, además, fuera un boni homine, como los había denominado el venerable anciano.
—Y, ahora, Sergio, quiero que prestes atención, porque te voy a pedir que hagas algo muy importante. Algo que, por mi edad, no puedo hacer por mí mismo.
Sergio permanecía arrodillado ante el anciano y mirándole con los ojos casi desorbitados de emoción.
—Sergio, debes hacer un largo viaje y transmitir un mensaje muy importante a varias personas. Les llevarás un manuscrito que te voy a redactar ahora mismo, puesto que no debemos perder ni un solo instante.
6
EMPIEZA EL VIAJE
Solo dos días fueron necesarios para terminar los preparativos del viaje que iniciaría Sergio, de forma que fue una nevada, aunque soleada mañana de abril, en el año del Señor 1209, cuando el joven monje, montado en una vieja mula de color negro (la única de la que podían prescindir en el monasterio), cargada de ropas de abrigo y algunos alimentos básicos para el trayecto, partiera por primera vez del convento en que había nacido, camino de otras abadías, campos, castillos y ciudades que solo había visto en sus sueños de joven e inquieto novicio.
Atrás dejaba sus ocupaciones cotidianas en la reducida biblioteca donde trabajaba como aprendiz de copista. Sus amigos y hermanos de la orden, su pequeña pero hermosa iglesia repleta de espacios íntimos en los que había ido creciendo desde que naciera, dieciséis años antes, en una lluviosa noche de marzo en el año del Señor 1193, el mismo día, le había dicho más de una vez fray Celestino da Clemenza, en que murió el «noble señor» Saladino, sultán de Siria y Egipto, conquistador de Jerusalén, y conocido por los sarracenos como Salah ad-Din Yussuf. Aquel día se había presentado en los escalones del pórtico una campesina enferma, semidesnuda, y a punto de parir, motivo por el que había sido repudiada por su familia, acusándola de adulterio. La encontraron a la mañana siguiente, fría como el mármol y con el lactante todavía pegado a la mama seca. Aquella muchacha no contaba con más años de los que tenía en este momento Sergio y nunca lograron averiguar cómo se llamaba, puesto que había fallecido poco después de dar a luz el fruto de su pecado en el mismo portal. Por ello, el bebé que aún succionaba inútilmente el vacío pecho de su madre ya muerta, sería bautizado con el nombre de un papa[13], siendo conocido sin apellido y considerado como nutritus[14].
Pronto Sergio fue creciendo y haciéndose un hueco en la congregación entre la que había sido aceptado como uno más, recibiendo la educación escolástica y la influencia del agustinismo, así como la admiración por figuras como Escoto de Eriúgena, San Anselmo, San Abelardo y, sobre todo, Aristóteles y los filósofos árabes, a los que pretendían interpretar los teólogos contemporáneos, naciendo grandes figuras de la época, como el italiano Tomás de Aquino o el alemán Alberto Magno.
A pesar de su corta edad ya presentaba unas aptitudes que le diferenciaban, incluso, de la mayoría de sus hermanos de la orden. Atractivo de rostro y suave de modales, era despierto, inteligente y ambicioso, pero también muy generoso y agradecido.
Pero donde más destacaba frente a los otros monjes de la abadía era por su meticulosa avidez de cultura. Sabía escribir perfectamente provenzal, griego y latín, lenguas que le habían enseñado para poder leer los textos sagrados. Adoraba la filosofía de la Grecia clásica y de la Roma imperial. Gustaba de empaparse tanto de estudios clásicos, como podía ser el saber médico griego, como también disfrutaba de estudiar obras de figuras más recientes, como el trabajo de Leonardo Fibonacci y su Liber abbaci[15].
En sus momentos íntimos alternaba la oración con la lectura de La Metafísica, La Ética a Eudemo, Política o el Libro de astronomía de Aristóteles. Recitaba poesía e iluminaba con gran destreza los pergaminos que se desperdiciaban por errores, reparándolos sin que llegara a notarse en lo más mínimo la tara que lo había desechado. En todo momento era fácil verle con un libro en las manos, incluso en el dormitorio que compartía con otros monjes, en el granero o mientras daba de comer a los animales, a pesar de la expresa prohibición de extraer aquellos valiosos manuscritos de la biblioteca.
Sergio era, además, alto y bien proporcionado frente a otros muchachos de su edad que, obviamente no habían recibido la regular alimentación con que él había crecido.
Sí, decididamente, iba a echar de menos los siempre escasos pero deliciosos platos que preparaba fray Arnoldo, el cocinero de la abadía, como también echaría de menos sus libros, sus cómodas horas de oraciones, sus hermanos del monasterio y, sobre todo, al anciano abad fray Celestino da Clemenza, a quien veneraba y admiraba profundamente. Y ahora le había visto tan viejo y abatido.
«¿Seguirá vivo cuando vuelva?», se preguntó el joven, mientras notaba un frío vacío en el estómago.
Otra de las cosas que el joven Sergio dejaría atrás aquella mañana de abril fue su infancia. El viaje que iba a iniciar, además de largo, resultaría duro y difícil, haciéndole crecer y madurar por obligación, y en un espacio tan corto de tiempo que apenas sí tendría tiempo de recordar que, semanas o meses antes, no era más que un despreocupado y alegre muchacho en una protectora y cálida abadía junto a un río.
Y ahora, justo en el momento de su partida hacia ciudades de la lengua de Oc, creía que todo aquello que le definía y a lo que había dedicado sus aún escasos años de vida, no le servirían de nada.
Se sentía solo, indefenso y más huérfano que cuando nació.
Lo que, en un principio, había hecho crecer una llama de pasión y entusiasmo que se había mantenido encendida desde que su abad le encomendara la extraña misión y el repentino viaje ahora se le antojaba una misión imposible, peligrosa y para la que no se creía preparado: debería llevar un pergamino enrollado dentro de un cuerno vacío de res, a unos religiosos que se encontraban en distintas ciudades del país vecino. Para ello, debía atravesar medio valle del Po, pasando por Turín en dirección a los Alpes Cottianos, y camino de la cuenca del Ródano, para llegar a Avignon, Nîmes, Montpellier y, de ahí, a la ciudad de Béziers, donde debería entrevistarse con fray Benoît Poitevin y dejarle leer el pergamino que transportaba. Luego viajar a la ciudad de Narbona y hacer lo propio con fray Bérnard de Mourois, en Toulouse con fray Anselmo Aicart, y terminar entregando el mismo pergamino a un religioso con cargo de diácono, del que solo ellos tres sabrían su paradero.
El pergamino lo había escrito el propio Sergio mientras el reverendísimo abad Celestino da Clemenza le dictaba las palabras en griego clásico, para evitar así que fuera fácilmente legible si caía en manos inapropiadas. Aunque lo llevaba escrito y enrollado en el asta, Sergio, con la autorización del anciano, había decidido aprendérselo, palabra por palabra, por si debía llegar el momento de prescindir de él y poder recitarlo ante el destinatario en cuestión.
Apreciado hermano:
He considerado, tras el triste devenir de los acontecimientos que voy a relataros, la urgente necesidad de enviaros este escrito de la mano de uno de mis más apreciados y fieles componentes de nuestra congregación. Su nombre es Sergio y queda, desde este momento, a vuestra plena disposición.
Como acabo de deciros, el motivo de dirigirme a vos es para anunciaros una triste noticia, como es el fallecimiento de nuestro hermano fray Paulo Bartoldi, a través del que he conocido de vuestra existencia y el lugar en el que os halláis. Fue él mismo quien me hizo prometerle que me dirigiría a vos y a otros buenos hombres, que sin duda conocéis, para comunicaros su deceso, en caso de que ocurriera sin vuestro conocimiento.
Debo deciros que las circunstancias que rodearon a la reciente muerte de fray Paulo son oscuras y lamentables y, al mismo tiempo, motivo suficiente para comunicaros su asesinato, consecuencia de un complot ideado, indudablemente, por miembros de la Iglesia católica y, sin duda, respaldada por la Santa Sede.
El motivo de tan trágico final de nuestro hermano es, seguro, conocido por vos y debe haceros recapacitar vuestra posición frente a la doctrina católica o, cuanto menos, poneros a salvo de su sangrienta ira, desatada hacia vuestros seguidores desde hace ya muchos y lóbregos años.
Solo de Dios y de su hijo Jesucristo es la capacidad de determinar si vuestra postura religiosa es la correcta o si, por el contrario, es errónea y herética. No me corresponde a mí hacerlo, aunque considero que tampoco debe ser motivo que justifique la cruenta y lamentable persecución a la que os halláis sometidos.
Desde nuestra pequeña abadía en el norte de Italia, ruego a Jesucristo nuestro Señor, para que podáis seguir disfrutando de largos años de salud, paz y amor.
Siempre vuestro,
Fray Celestino da Clemenza, abad.
El nombre del diácono que Sergio debía buscar era fray Salvatore da Clemenza, lo que respondió a muchas preguntas, de cuantas se hacía, sobre la existencia del hermano del anciano fray Celestino.
Lo que ignoraba era la suerte que habían sufrido los otros frailes con los que también debía contactar.
7
MISIVAS PAPALES
En la corte del rey Felipe II Augusto
A 9 de febrero, en el año del Señor 1209
Más que nuestro deseo, es la necesidad de dirigirnos a su Serenísima Majestad, con el ánimo de volver a solicitaros ayuda para combatir al Maligno que, sin duda, se halla entre nosotros. Un demonio del que quisiera evitar pronunciar su pestilente nombre, aunque no nos es posible obviar a aquel, cuyos actos, bien por obra o por omisión, perjudican grandemente a los intereses de la fe católica.
Así, no podemos por menos que volver a hablaros del conde de Tolosa, Raimundo VI. Un miembro de la comunidad que regenta el diablo, hijo de la perdición, criminal inveterado y cajón repleto de pecados. Un tirano impío y cruel que, no solo no colabora en la persecución de la herejía, sino que, además, le da cobijo y cálido refugio, permitiendo que se expanda, como la mala hierba, bajo su protectora sombra.
Es preciso que el ejército de los fieles que se está levantando para combatir la herejía tenga un jefe a quien obedezca por entero. Esas tropas deben incendiar a su paso todo aquello que no se plegue a la cruz romana. Debemos, pues, solicitaros nos enviéis rápida ayuda bajo estandarte real o, en su defecto, suplicaros elijáis, en acto de vuestro real poder, un hombre activo, prudente y leal, para que conduzca a tan noble lucha a los triunfadores de esta santa causa y contra este mencionado hombre pestilente e insensato.
Os confiamos muy especialmente la causa de la Iglesia de Dios.
A buen seguro que el Altísimo sabrá gratificar la sabia decisión de Su Real Serenidad.
Inocencio III, papa.
La corta y concisa carta se escurrió de entre los dedos del rey Felipe II Augusto, cayendo al suelo.
A sus cuarenta y tres años, dejado caer en su trono y con la mirada perdida en algún punto del suelo de piedra, demostraba estar abatido y derrotado por cómo estaban sucediéndose los acontecimientos.
Por un lado, estaba la cruzada que el ambicioso papa quería lanzar contra los herejes y, particularmente, contra su primo Raimundo, el conde de Tolosa. No cabía duda de que la cruzada era una cuestión de Iglesia. De hecho, el tratamiento de cruzada quedaba reflejado por las ventajas espirituales y materiales que la Santa Sede prometía a los futuros cruzados. Entre esos beneficios se incluía la absolución de todas las faltas cometidas con anterioridad, es decir, las mismas indulgencias que para una cruzada en Tierra Santa, pero sin las contrariedades de un largo viaje a través de tórridos desiertos. Y sin sus grandes gastos, derivados del desplazamiento de todo un ejército y el mantenimiento de las tropas, puesto que en esta ocasión el trayecto solo atravesaba suelo francés, de norte a sur.
Ahora, además, las matanzas, las hogueras, los saqueos de ciudades encharcadas de sangre, las atroces mutilaciones... Todo ello entraba en la lógica de la guerra santa y en la retorcida mente del papa Inocencio. Los soldados que asesinan en masa son llamados milites veri Dei por la misma Iglesia.
Sí, eso animaría a muchos barones y guerreros, que seguirían rindiéndole pleitesía, agradecidos y alentados, también, por el hecho de que se trataría solo de cuarenta días de combate[16] y que podrían contar, además, con la habitual rapiña y el botín que podrían extraer de sus víctimas. El premio que podía ofrecer la contienda se presentaba cuantioso y fácil, a diferencia del prometido en Oriente, con las Cruzadas contra el infiel.
Por otro lado, se encontraba, destacada entre sus preocupaciones, la del conflicto con el rey de Inglaterra, Juan sin Tierra, cuyas provincias de Flandes intentaba anexionarse, y contra la fortificación de las ciudades fronterizas con el emergente imperio germano de Otto de Brunswick y sus seguidores welfos. Necesitaba tropas para combatir al norte de sus dominios y no podía permitirse el lujo de andar dividiéndolas en dos conflictos. Ni tampoco las arcas reales.
Y, finalmente, estaba su primo. Su propia sangre. Aunque también era cierto que el vasallaje del conde era poco seguro, puesto que ya había demostrado su intento de conservar su independencia respecto a la corona, por lo que sus barones se terminaban inclinando según les convenía: una veces hacia su lado, el del rey de Francia; y otras hacia el de Inglaterra. Y eso era tan inadmisible como inconcebible resultaba su peligrosa inclinación hacia el rey de Aragón, mal llamado Pedro II el Católico, un monarca transpirenaico con los ojos claramente puestos en el Languedoc.
Demasiadas puertas abiertas. Demasiados enemigos y, sin duda, el más peligroso, el santo padre.
—Está bien —murmuró levemente el rey Felipe, sin que prácticamente ninguno de los consejeros presentes en la sala hubiera entendido lo que acababa de susurrar, tras más de una hora de plomizo silencio—. Está bien. Voy a conceder la autorización para que mis nobles más fieles respondan a la llamada papal. Pero quiero dejar bien claro que mi persona no estará representada o invocada en la cruzada, como pretende el papa Inocencio, puesto que la guerra contra el rey de Inglaterra no me lo permite. Quiero, también, recalcar que la entrega como botín de las tierras de mi primo, el conde de Tolosa, se hace en detrimento de todos los usos feudales, puesto que solo corresponde al rey entregar una tierra que solo él posee. Además, todavía no se me ha aportado la prueba definitiva que muestre la herejía del conde.
»Así pues, concedo el privilegio de aceptar la invitación papal, como llamamiento a tomar la cruz contra los supuestos herejes, a mis dos barones predilectos: el duque de Borgoña y el conde de Nevers, que traerán consigo a quinientos caballeros borgoñeses, para actuar en nombre de Dios.
»Que sea ese mismo Dios quien se apiade de cuantos caigan en esta absurda guerra santa.
***
La carta que días después enviaría el papa Inocencio al conde de Tolosa carecía del respeto, la cortesía y la delicadeza de misivas anteriores. Pero seguía manteniendo un punto en común: el mensaje amenazador continuaba siendo claro y contundente, conclusión a la que llegaron todos los cardenales y obispos reunidos por Inocencio en sínodo, a fin de que conocieran cuál iba a ser el paso que daría en lo sucesivo la Santa Sede.
A doce de abril, en el año del Señor 1209
Desde la Santa Sede de Roma, y atendiendo a las necesidades que la conservación de la fe católica nos exige, debemos pediros que desistáis definitivamente de vuestra intención de seguir abrazando la herejía albigense.
Quizás sea cierto que no la profesáis activamente y que no os reunís en sus heréticos concilios. Es posible que no forméis parte de sus sacrílegas congregaciones, ni que compartáis los usos y costumbres de esos supuestos hombres puros. Pero sí es cierto que dais cobijo a cuantas personas pestíferas os lo piden. Les dais tierras para que recorran libremente sus caminos, casas que convierten en conventos, colinas donde construyen castillos y, peor aún, paz para edificar su abominable religión que campa a sus anchas, desde los Pirineos hasta la Provenza.
Raimundo, sabéis que vuestros vecinos han jurado la paz para obedecer a los legados católicos y, sin embargo, solo vos la rechazáis, sin duda con afán de lucro y como un cuervo que se mantiene de carroña, lo que os ha valido la excomunión a la que nos os sentenciamos hace menos de dos años y que fue ratificada por nuestro legado papal, Pedro de Castelnau. Por cierto, sabemos que os encargasteis vos de darle muerte, algo que no os será tan fácil de realizar con nuestro legado personal, Arnaud Amaury, abad de Cîteaux, a quien hemos otorgado la autoridad suprema sobre los ejércitos que hacia vos avanzan, algo que, sin duda, os alegrará sobremanera.
Debéis saber, además, que su majestad, el rey Felipe, vuestro primo, ha ordenado que algunos de sus nobles barones reúnan un ejército lo suficientemente numeroso como para aplastar, en un breve periodo de tiempo, tan insultante insurrección y cualquier tipo de resistencia.
Como veis, no tenéis elección posible, más que decantaros hacia la destrucción total o hacia la paz, para la cual vuestra reconciliación debería ser ejemplar, con entrega, como garantía de vuestra promesa, de algunos castillos. Después, deberíais reconducir vuestra alma hacia el perdón de los pecados, mediante demostración pública en Saint-Gilles, el mismo lugar donde se produjo la muerte de nuestro legado, Pedro de Castelnau.
El hereje, por definición, es «el que elige» y, desde hace décadas, los herejes han optado por su exterminio.
En vuestras manos, y también como hereje, está la potestad de elegir. Está vuestro destino.
No dudo que sabréis escoger adecuadamente.
Inocencio III, papa.
—Tampoco dudo —empezó a hablar el papa Inocencio, tras leer la carta a sus legados—, que la reacción del conde de Tolosa, ante los acontecimientos que se van precipitando, será de auténtico miedo. Temerá, no por los herejes, sino por sí mismo, por su condado. Enviará embajadas a Roma para solicitar la reconciliación y, probablemente, pedirá no tener que tratar con su mayor enemigo, honor que os corresponde a vos, mi querido abad Arnaud.
Ahora la sala, repleta de cardenales, obispos y arzobispos que dirigían su mirada de asentimiento al citado Arnaud Amaury, se llenó de risas ahogadas y maliciosas ante el reconocimiento general del esfuerzo que había realizado en los últimos años el abad de Cîteaux, por aplastar la herejía en las tierras del conde. Labor desempeñada con tal fervor que les había valido una mutua enemistad, tan pública como encarnizada.
El ministro general de la orden cisterciense les devolvió agradecido la mirada de reconocimiento.
—Sin embargo, mis queridos consejeros —continuó el papa—, ahora es el momento de atacar, uno después de otro, a quienes han perjudicado a la Iglesia.
»No cabe empezar por el conde de Tolosa, sino contra los rebeldes. Sería más difícil aplastar a los satélites del Anticristo si se les deja agruparse para resistir en común. Por el contrario, nada resultará tan cómodo para alcanzar nuestros fines como que el conde no corra en su ayuda. Démosle la oportunidad de retractarse y humillarse públicamente. Dejadlo tranquilo y que adopte, como siempre, el arte de una sabia disimulación. Dejémosle, pues, que se confíe y crea que, pidiendo perdón, se resguardará de la dura tormenta que se le avecina, pues esa es la finalidad de esta carta. Cuando reciba este pergamino intentará otra vez tentarnos con sus súplicas, nuevamente con el propósito de conseguir tiempo. Pero esta vez seremos nosotros quienes actuemos ganando ese tiempo, puesto que ofreceremos una falsa clemencia a una falsa sumisión. Y mientras se disculpa, guiaremos hacia el Condado de Tolosa un poderoso ejército que vos dirigiréis, monseñor Arnaud.
Nuevamente, con un leve movimiento de cabeza, el abad de Cîteaux agradecía la deferencia pontificia hacia su persona.
—Si el conde persiste en sus malos designios, podremos terminar con él y aplastarlo sin apenas esfuerzo, puesto que se hallará aislado y reducido a sus únicas fuerzas.
»Este —sentenció el papa Inocencio— es el momento de prepararnos para una nueva cruzada. Esta vez, no contra los sarracenos ni en Tierra Santa, sino contra los verdaderos enemigos de Dios y aquí, en la propia Casa del Señor.
8
HUE Y AMIEL LLEGAN A MONTSÉGUR
En el condado de Foix, al sur de Languedoc
A pesar de sus cortas edades, lo que nunca olvidarían los dos niños que acababan de llegar a aquella inmensa llanura fue lo imponente e inexpugnable de la montaña que se erguía ante ellos.
Habían recorrido un gran espacio de tierras y feudos desde que, cada uno por su parte y en dos carros diferentes, abandonaran los monasterios de los que habían sido arrancados semanas antes, por unos silenciosos frailes que hasta ahora apenas sí les habían dirigido la palabra, salvo para preguntarles si tenían hambre, sueño o ganas de realizar sus necesidades corporales. Por lo demás, habían sido semanas de aterrador silencio y largas marchas sentados en la parte trasera de unos rudimentarios carros tirados por mulas.
Dos frailes vestidos de negro habían custodiado a cada niño y las marchas se emprendían siempre de noche (a fin de, en lo posible, evitar encontrarse con problemas en su camino hacia el suroeste), lo que hizo que avanzaran muy lentamente, siempre a la búsqueda de una casa en la que, sin excepción, les estaban esperando para que descansaran y se abastecieran en horas de luz. Aquellas personas que les esperaban, incluso les salían al encuentro en el camino y muy amablemente les conducían al interior de su humilde pero cálido hogar.
Amiel Aicart, de siete años, había sido recogido en Toulouse y aún no entendía cómo su hermano mayor, Anselmo, lo había abandonado voluntariamente a su suerte. En principio no había llorado, pensando que sería solo cuestión de unas horas. Pero los días fueron pasando. Y las semanas. Y seguía sin ver a su hermano, su único pariente, ya que nunca había conocido a sus padres.
Ahora se encontraba sentado en el carro y preguntándose por qué, a punto de amanecer, hacían los frailes un alto en el camino, prácticamente el primero desde su marcha iniciada en Toulouse. Y lo entendió cuando en el camino, a lo lejos, distinguió una manchita negra que se hacía grande a medida que, lentamente, se les acercaba.
Sus silenciosos pero amables compañeros de viaje no habían pronunciado palabra, pero también parecían aguardar aquel punto negro que cada vez se hacía más grande en el camino. Incluso, pudo apreciar un inconfundible rayo de felicidad en sus caras. Sin duda, habían esperado ansiosamente ver aparecer aquel carro a lo lejos.
Tan hipnotizado estaba Amiel viendo cómo se acercaba el carro, conducido, como el suyo, por dos frailes a pie, que no había reparado en lo que se encontraba a sus espaldas. Y solo cayó en la cuenta cuando, de un salto, salió disparado del otro carro que ya se encontraba a unos metros, un chiquillo de sus mismos años, que apenas sí le dedicó una mirada, puesto que, como él, también estaba hipnotizado por lo que veía.
Solo que, en su caso, lo que hacía estar con la boca abierta a aquel otro niño fue lo que ante ellos se mostraba. Aquel niño corrió unos metros hasta el carro donde se hallaba Amiel, sin dejar de mirar algo que se encontraba a su espalda. Entonces él también se giró y pudo contemplarla.
La montaña era bellísima. Imponente. Una cima rocosa de más de 1200 metros de altura y dominada por un castillo que se apreciaba nuevo, a diferencia de otros, medio derruidos, que habían visto en el camino. Como si de una aldea se tratara, desde abajo, y adosadas al castillo se apreciaban numerosas cabañas en imposibles posturas de equilibrio, teniendo en cuenta la verticalidad del pan de azúcar que sostenía la fortaleza.
El pequeño castillo, encaramado en la cumbre del peñasco rocoso que se alzaba ante ellos y situado en un notable cruce de caminos próximo a la cordillera pirenaica, se encontraba en la entrada de un remoto valle, rodeado de profundos bosques y de altas montañas que en invierno se cubrían de nieve.
Como un nido de águilas y ubicado en una posición muy conveniente y estratégica, en las fronteras de las tierras de Toulouse y Foix, el castrum parecía del todo inexpugnable, dada su altura, su pared norte que daba a vertiginosos barrancos rocosos y la falta de cualquier camino que llevara a él, salvo desde el suroeste, lo que significaba que, llegado el momento, solo podría ser tomado por un gran ejército y después de un largo asedio.
—Me llamo Hue Poitevin —dijo con decisión el niño rubio que acababa de llegar, y sin dejar de mirar a la montaña—, tengo seis años y mi hermano va a venir muy pronto a buscarme.
—Yo me llamo Amiel, Amiel Aicart. Tengo siete años y no veo a mi hermano desde hace días, pero también vendrá a buscarme pronto... ¿De dónde vienes? —preguntó al fin.
—Vengo de un monasterio que hay en Béziers y traigo algo muy importante en mi carro. ¿Quieres verlo? —dijo emocionado y girándose por primera vez. De hecho, fue aquella la primera ocasión en que se miraron a la cara, cruzándose sus inocentes e infantiles ojos.
—¡Si! —respondió entusiasmado Amiel.
—Pues ve a mi carro y cógelo. Son unos fardos de tela muy largos, que podrás mirar si no te cogen los frailes.
—¿Y qué hay en los fardos?
—Es un secreto.
—¿Y qué ocurrirá si me cogen los frailes?
—No te cogerán. Están hablando con los que te acompañaban a ti. Pero si te cogen no te harán daño. A mí nunca me han dicho nada y, además, los fardos son míos.
En efecto, los monjes se encontraban distraídos, conversando con los otros dos frailes que habían escoltado desde Toulouse a Amiel y no vieron acercarse al niño de pelo castaño, el mayor de los dos que, sigilosamente, se acercó hasta la mula con que había llegado Hue.
Al girar por detrás del carro comprobó que, efectivamente, allí estaban los fardos de los que le había hablado su nuevo amigo, pero cuando se disponía a agarrar el más pequeño de ellos, una fuerte mano, seguida del polvoriento hábito negro de uno de los frailes que habían escoltado al niño rubio, le agarró firmemente de su frágil brazo.
—No, pequeño. Eso no puedes cogerlo —dijo con voz ronca el fraile—. Y en lo sucesivo dependerá de ello que sigas con vida.
Amiel, aterrorizado, salió corriendo hacia su carro, en cuanto el fraile le hubo soltado el brazo.
—Pensé que, quizás, tú tendrías más suerte que yo— dijo Hue, encogiéndose de hombros, sentándose a su lado en el carro y sin dejar de mirar hacia el castillo.
—¿Qué hay en esos fardos? —preguntó Amiel con ojos como platos y, aún, con la respiración alterada por el susto.
—No lo sé. Los frailes no me han dejado mirarlo, desde que mi hermano me los cosiera a las ropas, cuando salimos de Béziers.
—Parece que hay algo enrollado en ellos. ¡Ah! Ya sé —añadió Amiel con los ojos saliéndose de sus órbitas—. ¡Seguro que hay otro niño ahí dentro! Y... y... ¡Y seguro que está muerto!
De nuevo era la boca de Hue la que se encontraba abierta todo lo que daban de sí sus mandíbulas, y mientras tomaba una gran bocanada de aire.
—¡No!
—¡Si! —susurró Amiel, entrecerrando los ojos para otorgar mayor suspense a su voz y mientras, lentamente, los carros volvían a ponerse en marcha, camino del castillo que, totalmente negro, recortaba, a contraluz, un precioso cielo de colores rosados.
El sol estaba cerca de aparecer en el horizonte de irregulares y picudas montañas y, a medida que fueron atravesando la aldea que rodeaba la fortaleza, pudieron apreciar de qué forma se ordenaban las construcciones sobre la cima.
En lo alto del pog[17], la fortaleza y la aldea esparcida a su alrededor en el escaso rellano, daban cobijo a más de cuatrocientas personas. Estaba dotada de sus propios talleres, alojamientos para artesanos y sus familias, casas y cabañas desplegadas por toda la plataforma de la montaña en cuatro terrazas sucesivas y protegidas en su conjunto por una liza, dos barbacanas y las murallas al borde del abismo.
Allí había artesanos de carpintería, costureras, zapateros, un barbero, un médico cirujano, sastres, frailes, caballeros y sirvientes. Los viajeros observaron que prácticamente había de todo y que, lógicamente, carecía de campesinos, al no haber cerca tierras cultivables.
Atravesándola, los recién llegados comprobaron cómo se desperezaba la aldea con los primeros rayos de sol. Los habitantes de aquel enjambre de minúsculas viviendas les miraban, sorprendidos, y no sin cierto recelo, de que una nueva visita llegara a horas tan tempranas. Y no dejaron de hacerlo hasta que los carros, en que viajaban aquellos niños con cuatro monjes, atravesaron los portones de la fortaleza.
Allí, de pie en el centro de la amplia plaza, y ajeno al matinal y aún lento movimiento de las gentes del castillo, se encontraba esperando a los recién llegados, y con una amplia y cálida sonrisa, el anciano diácono, Salvatore da Clemenza.
9
LA FIEL PENÉLOPE
A las afueras de Pavía, norte de Italia
Solo hacía unas horas que había cruzado el río Ticino conduciendo su vieja mula negra y, curiosamente, a medida que se fue alejando de su iglesia y de sus hermanos, Sergio fue ganando valor y confianza.
Aquella especie de autoestima se debía, probablemente, al hecho de verse tan joven y, al tiempo, responsable de una empresa tan difícil. Claro está que la mayoría de los hermanos que con él habitaban y convivían en la abadía tenían ya una edad que les descartaba, de forma natural, de poder realizar la misión que fray Celestino le había encargado a él. Pero en aquel momento lo que contaba en el ego del joven eran las palabras del anciano abad: ... Se trata de una empresa difícil... Y, entre todos los hermanos, probablemente seas tú el más indicado para llevarla a cabo, lo que te agradecería enormemente... Además, Sergio era consciente de que su cultura y su inteligencia no le eran ajenos al venerable anciano.
Por otro lado, el buen tiempo también le daba ánimos. A pesar del frío, propio de la estación y de la llanura que estaba atravesando, el pensativo joven no era del todo consciente del frescor matinal y de que andaba pisando una fina capa de nieve y barro, gracias al sol y al calor almacenado en sus ropas, tras horas de camino. De hecho, las primeras horas tuvo que adaptar su paso al de Penélope, su compañera de viaje, que dada su edad, se movía más lentamente. Pero, a medida que iban pasando las horas, el cansancio hacía acto de presencia y era Penélope la que marcaba el paso.
Siempre le había hecho gracia que alguien, antes de que él naciera, le pusiera ese nombre a la mula. Y le habían dicho que, realmente, no podía llamarse de otra manera aquel viejo animal que, sobre todo, se caracterizaba por su lealtad. Como Penélope, la mujer de Ulises[18]. De hecho, al igual que la Penélope mitológica, y en dos ocasiones en que la abadía necesitaba cambiarla por algún cordero y gallinas, tras haberse hecho el intercambio por el día con algún campesino, por la noche la mula recorría el camino de vuelta, amaneciendo en la abadía a la mañana siguiente. Luego era solo cuestión de decirle la verdad al campesino que, invariablemente, volvería al monasterio en busca de su acémila. Y la verdad era que ellos no habían ido a robarle el animal. Lo que el frustrado campesino ignoraba al marcharse era la otra parte de la verdad: que la mula se encontraba escondida en el granero.
Sí, era fiel y muy resistente. Sin duda, la compañera ideal para su viaje.
—¿Sabes, Pené?, aunque eres mucho más vieja que yo, de momento has demostrado ser más inteligente. Durante horas he estado tirando de ti, y tú ni caso. A tu ritmo. Aún no ha pasado ni medio día y ya empiezo a estar agotado, mientras que tú sigues con el mismo paso. Muy bien, pues ha llegado el momento de hacer un alto y comer algo. ¿Qué te parece?
Para almorzar, Sergio había escogido un pequeño montículo de piedra y tierra, cubierto por algunos algarrobos que le daban sombra y libraban el suelo de la húmeda nieve. Tras ojear el alimento que contenían sus alforjas, a base de pan negro[19], guisantes, habas, carne seca de cordero, castañas, pescado desecado y queso muy curado, se decantó por este último y, con una rebanada generosa de pan sobre una escudilla, se dispuso a dar buena cuenta de ello, mientras la mula mordisqueaba libremente las hierbas que sobresalían de la nieve.
El paisaje que se abría ante sus ojos era magnífico: una amplia llanura cultivable, conocida como Valle del Po y marcada por la ganadería y la aún rudimentaria producción agrícola de cereales, forrajes y uvas. El horizonte, de hecho, seguiría siendo muy similar durante algunos días más, hasta que llegara a la ciudad de Turín, donde finaliza el Valle del Po y comienzan los Alpes Cottianos, en la zona de Piamonte. Lejos estaría ya de la ciudad que le había visto nacer, la creciente Pavía, convertida por los emperadores occidentales y los reyes lombardos, en una de las capitales políticas y comerciales del norte de Italia, zona de la que, además, se configuraba como uno de sus grandes mercados de demanda, dependiendo solo de Venecia para los artículos de lujo procedentes de Constantinopla. Los depósitos de aduanas se habían establecido en las salidas de los valles alpinos, que eran muy importantes, tanto en el comercio local como en el de larga distancia de todas las ciudades italianas del norte.
Su recorrido, pues, de este a oeste, le había hecho pasar ya por la localidad de Garlasco y, tras descansar un poco, por la tarde se dirigiría en dirección noroeste, hacia la población de Mortara y, de nuevo al oeste, hacia el afluente Agogna, donde pasaría la noche.
Al guardar el queso restante en los zurrones de Penélope vio guardado, junto a un pequeño cuchillo con mango forrado de cuero, el asta que contenía la vitela enrollada, con el escrito dictado por el anciano abad Celestino.
Emprendiendo la marcha al noroeste volvió a pensar en lo que contenía el pergamino que sabía de memoria: Apreciado hermano: El motivo de dirigirme a vos es para anunciaros el fallecimiento de nuestro hermano fray Paulo Bartoldi, a través del que he conocido de vuestra existencia y el lugar en el que os halláis... Lo de hermano claramente hacía referencia tanto al nombre que se dan entre sí los miembros de las congregaciones religiosas (por lo que el abad lo aplicaba aquí para dirigirse a fray Anselmo, fray Benoît y fray Bérnard), como al parentesco que unía a fray Celestino con el también religioso Salvatore da Clemenza. Hasta que escribió la carta en griego dictada por su anciano abad, había ignorado que el reverendísimo abad Celestino tuviera un hermano. Y, probablemente, también lo ignoraban todos los hermanos de la congregación, salvo el fallecido fray Paulo.
... Fue él mismo quien me hizo prometerle que me dirigiría a vos y otros buenos hombres, para comunicaros su deceso... ¿Tan importante era que aquellos otros frailes supieran que el hermano Paulo había muerto? Sí, había sido asesinado y de una forma terrible (... Las circunstancias que rodearon a la reciente muerte de fray Paulo son oscuras y lamentables...), pero todos los asesinatos son horribles y no por ello se atraviesan montañas y ríos durante semanas para comunicárselo a alguien. ¿Por qué la urgencia de entregar ese mismo pergamino a cuatro personas que, además, se encuentran en diferentes ciudades? Y, sobre todo, ¿por qué fue asesinado fray Paulo? ¿Por qué esa forma tan violenta de acabar con un devoto católico que opina de forma diferente sobre religión? ¿Qué significaba exactamente la palabra hereje que le habían escrito a punta de cuchillo en el pecho? ¿Tan peligroso para la Iglesia católica era un hereje albigense, como lo había llamado el abad Salvatore? Cierto es que fray Paulo predicaba por los caminos hacia Milán, precisamente acompañado de Penélope, de forma solitaria y sin el resto de hermanos, pero era un firme creyente en Dios, muy entregado a la oración y a la caridad. Alguien absolutamente inofensivo, volcado hacia los demás e incapaz de hacerle daño a nadie, ni a nada. ¿Por qué ese final tan trágico?
Inmerso en sus pensamientos sobre la Iglesia católica, sobre la herejía o lo poco que sabía sobre ella, sobre fray Paulo y sobre el abad Celestino, y la misión en Languedoc que le había encomendado su abad, Sergio sobrepasó a media tarde la población de Mortara y, casi sin darse cuenta llegó, mientras anochecía, a las orillas del Agogna, donde ruidosas aguas cristalinas anunciaban su considerable profundidad y un rápido caudal que discurría hacia el sur. Había comenzado el deshielo en los Alpes, y los ríos, en aquella temporada del año, se volvían engañosamente peligrosos.
Ante él se extendía un estrecho puente de madera y, mucho más abajo, se apreciaba lo que parecía ser otro puente, probablemente de piedra y algo más ancho. Pero daba igual. Este puente parecía suficientemente robusto como para aguantar su peso y el del animal. Aunque, pensó, más valía hacer la travesía a la mañana siguiente con luz y con renovadas fuerzas.
No muy lejos de la orilla encontró un claro entre las encinas del bosque y preparó una pequeña hoguera con algunas ramas que había ido recogiendo en el camino. Tras cenar un ligero condumio a base de algunos guisantes con habas, calentados con agua al fuego, ató a Penélope para que no se alejara mientras dormía.
No le costó demasiado conciliar el sueño. El día había sido largo y agotador, y el calor que le producía el peso de todas las mantas de que disponía le venció en cuestión de minutos, alcanzando un sueño pesado y profundo solo unos instantes después.
Cuando despertó a la mañana siguiente, el sol ya estaba bien alto, lo que significaba que habría dormido, al menos, ocho o nueve horas seguidas. Sonrió de placer al comprobar que seguía en la misma postura en que se había dormido, y pensó que probablemente ni se había movido de lo agotado que se encontraba la noche anterior.
Sí, había repuesto fuerzas y, tras un ligero desayuno de castañas, volvería a emprender el camino.
«La verdad —se dijo—, es que no es tan difícil esto de hacer un viaje».
—Bueno, ¡arriba!
El vacío que sintió en el estómago cuando se giró hacia donde había atado la noche anterior a Penélope fue similar al dolor que sintió cuando, de pequeño, se le cayó encima todo un estante de libros, al que había trepado sin autorización del hermano Teodosio, el bibliotecario, en busca de algún códice miniado para copiar sus filigranas. En aquella ocasión, y tras caer al suelo de espaldas, fueron cayendo, uno tras otro, pesados y gruesos libros de filosofía y tratados de medicina, coincidiendo el trayecto de todos ellos sobre su pequeño pecho. Durante unos instantes perdió la respiración y el dolor que sintió en el pecho le duraría bastantes días, los suficientes como para aprender la lección: para volver a coger aquellos libros (a los que no iba a renunciar, por muchas caídas que sufriera) utilizaría, en lo sucesivo, la escalera del hermano Teodosio.
Ahora, tras varios años de una anécdota que creía haber olvidado, el dolor volvía a reaparecer, seguido de una prolongada quemazón en el estómago y la ligera sensación de que estaba a punto de desmayarse. De repente, aguantando la respiración, su espalda empezó a sudar frías gotitas de agua, el suelo estaba más lejos de lo habitual y unas irreprimibles ganas de echarse a llorar le hicieron abrir desmesuradamente las fosas nasales. Penélope no estaba donde la había atado horas antes.
Mientras empezaba a resoplar, buscó a su mula con la mirada y sin atreverse a mover la cabeza. Apenas había tardado tres segundos en comprender que la bestia no se había escapado, sino que se la habían robado mientras él dormía, algo de lo que estaba seguro, puesto que la cuerda con que la había atado la noche anterior estaba seccionada con un corte limpio, propio de un cuchillo bien afilado, posiblemente su propia hoja con mango de cuero. ¿Aún estaba el ladrón cerca? Y si así era, ¿se trataba solo de uno o eran varios? Ese otro detalle era importante, ya que, de tratarse de un grupo de bandidos, no solo su mula y su comida estaban en peligro, sino también su propio cuello.
Se giró varias veces. Llamó, sin gritar demasiado, el nombre de Penélope. Correteó arriba y abajo, se asomó a la orilla del Agogna y miró hacia los dos puentes: el que se extendía ante él y el que había más abajo y que, a plena luz del día, sí se apreciaba claramente. Nada. Ni rastro de su mula.
Por otro lado, comprendió que quien le había robado por la noche, si no le había rebanado el cuello mientras lo tuvo fácil, tampoco se iba a quedar para ver cómo dormía. Así que era lógico deducir que el autor del hurto estaba tan lejos como tanto tiempo había transcurrido desde que cortara la atadura de Penélope.
Sergio se sentó junto a la orilla del afluente, sobre un gran canto rodado y lloró. Lloró como hacía tiempo que no lo hacía. Hasta ahora era un mocoso muchacho mimado, que no había tenido problemas para obtener cuanto necesitaba, tanto si era comida, como libros, amigos o protección.
Y ahora estaba allí. Solo y sin nada de cuanto iba a necesitar, con toda seguridad, en el resto de su viaje. Ya no era solo el hecho de que, en lo sucesivo, tendría que hacer el viaje sin su animal. Al fin y al cabo, y a menos que la necesitara por alguna lesión, el viaje debía hacerlo a pie. Penélope era muy vieja como para aguantar su peso mucho tiempo.
Lo que realmente le preocupaba era que, con ella, viajaban en los zurrones todas sus viandas, ropas para cambiarse, escudilla, cuchillo, las yescas para el fuego y, lo más importante, el cuerno con el pergamino que, aunque se lo sabía de memoria, no era cuestión de que llegara a manos de algún peligroso enemigo de la herejía, que casualmente conociera la lengua griega con que estaba escrito.
Por otro lado, era absurdo volverse atrás. ¿Cómo podía presentarse ahora, delante del anciano abad, y decirle: Padre, soy un inútil niño que no merece vuestra confianza. Solo una jornada después de alejarme de nuestra iglesia me he dejado robar todo cuanto tenía? No. No podía volver sobre sus pasos. De eso estaba seguro.
«Bien pensado —recapacitó—, sé hacia dónde tengo que dirigirme y con quién tengo que contactar. Por las ropas, la comida y el fuego me preocuparé más adelante, cuando llegue a las montañas de los Alpes. Hasta entonces iré pasando por poblaciones donde quizás no me cueste demasiado encontrar cobijo. Si no me equivoco, a solo un día de aquí debo llegar a la población de Casale Monferrato, tras atravesar otro afluente: el Sesia. Luego, de allí, y siguiendo en dirección oeste me dirigiré a...
Casi sin darse cuenta, y mientras repasaba mentalmente el plano de caminos que había estudiado a conciencia en la abadía, antes de emprender su viaje, volvía a ponerse en marcha hacia el oeste. Y, despreocupadamente, como solo los niños y los jóvenes valientes son capaces de hacer, atravesó el afluente Agogna por el puente de madera que, sin saberlo, solo unas horas antes habían pisado su mula Penélope y su nuevo propietario.
10
FRAY DOMÉNICO DA SOLA
Cerca de Turín, norte de Italia
Llevaba ya varias horas andando por el sendero que, creía, le conducía a su siguiente parada, la población de Casale Monferrato. No tenía pérdida. Debía continuar siempre en dirección oeste hasta llegar a Turín. Pero Sergio empezó ya a acusar el hambre.
El día anterior, su primera jornada de viaje, había sido duro, caminando todo el día junto a una mula que había comido cuanto le había apetecido, mientras que él se había decidido por racionar sus alimentos de viaje, comiendo solo un poco de queso curado, con una diminuta rebanada de pan, un puñadito de guisantes y otro de habas. Pensó que debía racionar sus alimentos, y ¿para qué? Había llegado otro más listo —y, probablemente, más hambriento— que él y se lo había llevado todo. Mula incluida.
Y ahora, sin haber desayunado nada, su encogido estómago empezaba a chillarle lo que le pertenecía por derecho propio.
—¿Cómo he podido ser tan cándido? Tan... necio, tan… imprudente, tan…, tan… ¡Estúpido! —gritó al fin, deteniéndose en el camino, para pasar a darle patadas a todas las pequeñas piedras que había cerca, hasta que le llegó el turno a una, algo más grande que las demás y que, tras el puntapié, salió despedida solo unos palmos, mientras el joven gritaba por el dolor en su cansado pie.
—¡Aagh! ¡Soy más asno que mi mula! Mi pobre Penélope.
Agotado, y con las lágrimas de dolor y de rabia a punto de saltar de sus ojos, se sentó a un lado del camino para meter la rapada cabeza entre las piernas.
—¿Qué habrá sido de ti, Pené? —sollozó, intentando no llorar. Las lágrimas se agolpaban en sus ojos, pero estaba decidido a no permitir que se vertieran—. Acompañaste a fray Paulo durante años y nunca te pasó nada, y ahora que me hago cargo de ti permito que te roben y te aparten de mi lado en el primer día de viaje. Pobre Pené. Quién sabe si sigues viva o si los bandidos te han cortado ya el cuello para...
Sergio dejó de hablar en el mismo momento en que oyó un ruido a sus espaldas. Ruido de alguien que aparta un matorral para abrirse paso. De hecho, sentado y sin querer girarse, levantó poco a poco la cabeza para volver a oír ese ruido, ahora más cerca.
Quien fuera, estaba justo detrás de él. Encima suyo.
De un salto, se incorporó al camino girándose, todo en un movimiento, mientras esperaba la estocada final que le abriera la garganta, como ya habrían hecho con su mula.
Viera lo que viera le iba a hacer gritar. Así que gritó y, de hecho, gritó más fuerte de lo que hubiera sido lo normal, probablemente para crear un efecto sorpresa a su asaltante, y ganar así un poco más de tiempo y confianza, antes de salir corriendo camino abajo. Pero cuando vio que ese asaltante era su mula Penélope, dejó de gritar, eso sí, sin cerrar la boca ni abandonar la mueca de rabia intimidatoria que había decidido adoptar.
—¡Penélope! Pero, pero… ¿Qué haces aquí? Quiero decir, ¿de dónde sales? ¿Dónde…, dónde está tu dueño? Es decir… ¿Dónde..., dónde está el que te ha robado?
»¡Oh, Penélope! —añadió, abrazándose al cuello del animal—. ¡Qué alegría volver a verte! ¿Dónde están tus alforjas? Bueno, ya veo que eso sí se lo ha querido quedar tu ladrón. ¡El muy bribón! Como lo pille, le voy a...
—¡Maldita mula! —se oyó gritar tras un recodo en el camino—. Terco animal, cuando te pille te voy a...
Las palabras de ambos quedaron en el aire. Sergio y aquel hombre se quedaron mirándose durante unos instantes, justo antes de que este último echara a correr por donde había venido, como alma que lleva el diablo.
Sin pensárselo, Sergio corrió tras él, y no solo por la rabia y el deseo de dar alcance a quien había osado robarle, sino también para recuperar el zurrón con los víveres, que le había visto llevar al hombro.
Lo cierto es que no le costó demasiado darle alcance. Apenas un instante. Aquel singular personaje estaba gordo. Muy gordo. Excesivamente gordo. De hecho, a medida que se iba acercando a él, más impresionante resultaba su volumen, hasta el punto de que casi bastaba un ligero caminar para «correr» a la misma velocidad que imprimía su obeso contrincante a sus pobres piernas.
—¿No creéis que ya es suficiente? —preguntó Sergio cuando, segundos después, estaba ya al lado del grueso salteador—. Dadme mis alforjas y olvidemos el tema.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó el obeso ladrón cuando, sin dejar de corretear y sorprendido, vio a Sergio a su lado—. ¡Velaré, Señor, o vendrás sobre mí como ladrón, y no sabré a qué hora vendrás sobre mí!
Sergio detuvo su marcha. De todas formas, aquel grueso individuo no iba a ir muy lejos. Pero lo que le hizo detenerse y mirar el suelo, confundido, fue el haber reconocido las palabras que acababa de oír.
—Eso que acabáis de decir es…, es del Apocalipsis de San Juan —dijo, al fin, levantando la vista. Y fue entonces cuando cayó en la cuenta de que las ropas que llevaba aquel hombre que seguía corriendo asustado eran, precisamente, las ropas de sarga[20] de un fraile, aunque no lo parecieran, a juzgar por lo ceñidas que le quedaban—. ¿Sois un auténtico fraile? —le preguntó, de nuevo, Sergio, quien volvía a ponerse, caminando, al lado del ya fatigado corredor—. Quiero decir, lo que habéis pronunciado pertenece a la Revelación de San Juan, el teólogo. Y vuestras vestiduras son las de un fraile, sin embargo, actuáis como si no lo fuerais. Ayer me robasteis mi mula y hoy salís corriendo como si os persiguiera la justicia para ahorcaros. Y... y… ¿Queréis dejar de correr de una vez? ¡Dadle un respiro a vuestro cuerpo u os saldrá el corazón por la boca!
Entonces, el supuesto fraile, vencido por la velocidad de su contrincante, detuvo su alocada carrera y, con sus regordetas manos en las rodillas, empezó a jadear y a toser. Fue cuando, por fin, pudo Sergio examinar detenidamente al que había estado a punto de arruinarle su viaje.
Se trataba de un fraile, o eso parecía, de unos veinticinco o treinta años. No más. Pero su exceso de grasa le hacía aparentar, al menos, cincuenta años de edad, mientras que sus jadeos le sumaban, aún, cuarenta más. Tenía cara de no ser una mala persona: mofletuda, poblada con una barba que envolvía unos gruesos labios y con unos pequeños ojos, con los que parecía pedir clemencia.
En todo caso, seguía con sus bolsas de piel al hombro y ajeno a su peso. Como cuando las cargaba sobre Penélope. De hecho, y ahora que lo miraba bien, aquel hombre era aún más voluminoso que su mula.
—Y todos los ángeles —comenzó a decir el fraile, entre jadeos cuando, por fin, pudo tomar algo de aire—, estaban en pie alrededor del trono, y de los ancianos y de los cuatro seres vivientes; y se postraron —continuó diciendo, ahora de rodillas— sobre sus rostros delante del trono, y adoraron a Dios diciendo: Amén.
—Eso —terció Sergio, poniendo los brazos en jarras y entrecerrando su ojo derecho, a modo de desconfianza—, sigue siendo el Apocalipsis, capítulo 7, versículo... humm... 11, ¿verdad? Sin embargo, yo no soy el Dios ante el que os tenéis que arrodillar. Así que poneos en pie. Además, eso no me sirve de nada, sobretodo sin haber recuperado aún mis alforjas que...
Sergio interrumpió su frase al ver que aquel grueso fraile le devolvía su zurrón sin rechistar ni pelear por él. De hecho, la cara que adoptó fue la de un niño al que acaban de atrapar con el dedo dentro de un tarro de miel, enseñando los dientes al estirar hacia atrás los labios y mientras levantaba sus pobladas cejas.
Cuando Sergio, sorprendido, cogió la talega con ambos brazos fue cuando comprendió que aquel hombre podía haberle hecho pedazos, si se lo hubiera propuesto. Había olvidado cuánto pesaba y, al cogerla, casi pierde el equilibrio. Sin embargo, aquel extraño fraile no se había inmutado por su peso.
—¿Quién sois? No parecéis una mala persona, sin embargo, si fuerais un buen hombre no me hubierais robado... ¿Cómo os llamáis?
—Entonces uno de los ancianos habló diciéndome: estos que están vestidos de ropas blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?
—¿Queréis dejar de citar el Apocalipsis? Sí, os he vuelto a pillar: Apocalipsis de San Juan, capítulo 7, versículo 15. Eso..., eso no puede ser una respuesta. ¿Estáis loco, quizás?
—Versículo 13, niño —dijo por fin, el monje, estirando el cuello, y desviando la mirada, casi ofendido por el leve error que había cometido Sergio—. Mi nombre es fray Doménico da Sola y no estoy loco. Solo —pareció dudar—... tenía un poco de hambre y...
—Ya. Por eso decidisteis robarme la mula, la comida, mis ropas, ¡todo cuanto tenía y, sin embargo, os ofendéis porque he errado un versículo del Apocalipsis! ¿Sabéis lo que sois? Sois... Sois un cínico y un vulgar ladrón y..., y encima ¡no me estáis escuchando!
Efectivamente, fray Doménico había dejado de escucharle para, oteando con todo lo que daba de sí su inmenso cuello de vaca, buscar de dónde procedía el ruido de unos cascos de caballo acercándose.
—Calla, niño, y escóndete —dijo el fraile, mientras agarraba la cuerda de la mula, que ya les había alcanzado, y desaparecía con ella tras la maleza.
—¿Por qué debo esconderme? ¿Quién viene?
—¡Calla y ven! Confía en mí —se oyó decir tras los matorrales, mientras se acercaba el ruido de caballos al galope.
—¡Esto es increíble! No pienso esconderme y, además, ¿por qué debo confiar en un ladrón que me ha robado cuanto tenía?
—Porque conozco al destinatario de la carta que lleváis en el cuerno que ya os he devuelto, y que está escrita en griego. Y no es, precisamente, el grupo de armados caballeros que vienen al galope.
A Sergio se le paralizó el cuerpo. Aquel hombre había leído la carta redactada en griego, y decía conocer a los frailes a los que debía enseñársela.
Algo le dijo a su joven pero inteligente cerebro, que podía fiarse de tan extraño personaje. Es más, pensó que ese algo, o alguien, o quien fuera, le había puesto en el camino a ese grueso fraile por algún motivo.
De un salto se colocó tras los matorrales, quedando fuera de la vista del camino, justo cuando pasaba al galope un grupo de diez o doce caballeros con pesadas armaduras y todo tipo de armas ligeras para la guerra. No le habían visto por muy poco.
—¿Quiénes son?
—Así vi en visión los caballos y a sus jinetes, los cuales tenían corazas de fuego, de zafiro y de azufre. Y las cabezas de los caballos eran como cabezas de leones; y de su boca salían fuego, humo y azufre.
—¡Buff, estáis empezando a hartarme! Apocalipsis 8:17. ¿Queréis hablar claro, por favor?
—Está bien, está bien. Esos caballeros que habéis visto son cruzados.
—¿Qué?
—Caballeros cruzados, matamoros en cuya alma hierve la defensa de la cruz —explicó fray Doménico, volviendo a una nueva explicación, ante la cara de incomprensión del joven—. Soldados que han tomado la cruz para combatir en oriente contra los sarracenos.
—Ya —protestó fastidiado Sergio—. Entonces no tenemos por qué escondernos de ellos. No lo entiendo.
—Pues deberías entenderlo, niño —explicó el grueso fraile, mientras se incorporaba al camino, después de que el grupo de caballeros hubiera pasado, encontrándose ya lo suficientemente lejos—. Esos jinetes sirven al señor que, precisamente, tienen de enemigo los destinatarios de ese pergamino que lleváis en el cuerno. Por cierto, ¿cómo os llamáis?
—Sergio —respondió sin demasiado convencimiento y mirando pensativo el suelo—. Sigo sin comprenderlo... Esos caballeros han jurado tomar la cruz para defender una causa santa y en una Tierra Santa, no en el norte de la península itálica.
—No, pero sí lo han jurado ante su santidad, el papa Inocencio, el mismo que pagaría bolsas enteras con un buen montón de solidi[21] por saber dónde se esconden los frailes a los que debéis ver. Que, por cierto, Sergio, si no me equivoco, probablemente se trata de fray Anselmo Aicart, fray Benoît Poitevin y fray Bérnard de Mourois, además del diácono Salvatore da Clemenza, ¿verdad?
11
EL CONDE HUMILLADO
Saint-Gilles, sur de Languedoc
Todos los allí presentes, incluido el propio conde de Tolosa, Raimundo VI, sabían que la «ceremonia», como se empeñaba en denominarla su santidad el papa Inocencio, era tan innecesaria como absurda. Tan humillante como inútil.
Tras brindarle en bandeja una airosa salida hacia la paz, el conde Raimundo se había decidido por aceptar la invitación que le ofrecía el santo Padre en sus misivas, aunque no podía imaginar que debería pasar por una degradación como la que le aguardaba en Saint-Gilles, la población a orillas del Ródano, elegida por ser la misma en la que había sido asesinado el legatus papae, Pedro de Castelnau. Indudablemente, aquel había sido el detonante, pero a estas alturas ya nadie creía al conde (o no interesaba creerle), cuando explicaba que la mano asesina no había sido dirigida por él. Aquel lacayo que había acabado con la vida de Castelnau se había tomado la ley por su mano, creyendo, además, que se ganaría el favor del conde, sobre el que ahora recaían todas las miradas.
Incluso había tenido ocasión de leer algunos de los panfletos difamatorios y propagandísticos que, sobre su persona, lanzaban sus más acérrimos enemigos y detractores, y con los que proclamaban a los cuatro vientos que Sus costumbres son intolerables; ha estado casado cinco veces y ha repudiado a dos de sus esposas que viven todavía; ha sido amante de las concubinas de su padre y ha reconocido públicamente que el asesino del legado pontificio era su amigo más fiel. Los prelados del papa incluso le habían acusado de enviar mensajeros al rey de Marruecos para solicitar su ayuda, con el fin de arruinar nuestro país y toda la cristiandad.
Ante tales iniciativas, poco podía hacer para lavar su imagen.
También era ya demasiado tarde para moverse, y su intento de enviar diversas embajadas a Roma para defenderse de la acusación de haber ordenado el asesinato del legado papal, solicitar la reconciliación, y la petición de no tener que tratar con el nuevo legado Arnaud Amaury, su mayor enemigo, habían sido en vano. Y ahora se le exigía que enmendara todo cuanto Inocencio III considerara necesario.
El papa pediría al conde una reconciliación ejemplar, debiendo entregar siete castillos de sus dominios. Después, la parte más vejatoria, la humillación pública de Raimundo en el mismo lugar donde habían asesinado al cisterciense Pedro de Castelnau.
La degradante ofensa tuvo lugar el 18 de junio, en el año del Señor 1209. El legado Milton, escogido por el papa, y rodeado de tres arzobispos y diecinueve obispos de Provenza y Languedoc, hizo introducir al acusado en la abadía de Saint-Gilles, ubicada al pie de la barranca, sobre el delta del Ródano.
Aquel día el sol brillaba espléndido. El verano había comenzado a madurar las mieses y los frutos maduros colgaban generosamente de sus árboles, cuyos aromas repartía por doquier un ligero y perezoso viento. La mañana prometía magníficos placeres para los sentidos, y especialmente para la vista, lo que quedó claro cuando hizo acto de presencia un conde Raimundo parcialmente desnudo, dejando expuesto su torso cincuentón, que no tardaría en levantar leves y alucinados murmullos ante cuantos se habían agolpado para presenciar una escena que no se veía a diario. Aquella gente sencilla iba a ver con increíble estupor cómo se atormentaría al más poderoso de los hombres de quien tenían noticia, tal y como ya sucediera casi treinta años antes, y ante las puertas de la catedral de Arranches. Entonces fue Enrique II, rey de Inglaterra, quien fuera azotado desnudo y en público, después de ser excomulgado como consecuencia de haber sido el principal artífice del cruel asesinato de Thomas Becket, el arzobispo de Canterbury, en el año del Señor 1171.
También en esta ocasión la plaza que se encontraba frente al templo estaba copada por una gran muchedumbre, mientras otro grupo se aglomeraba en la amplia escalinata que lleva hasta la entrada de la iglesia de una fantástica riqueza escultural, con sus tres naves de arcos de medio punto. Frente al portal del templo, sobre las reliquias de Cristo y de varios santos, se hallaba el protagonista de todas las miradas. El conde, sometido voluntariamente al tormento para evitar el sufrimiento de su pueblo, iba vestido como un penitente: desnudo de cintura para arriba, con un cirio en la mano y con la estola de uno de los legados presentes atada al cuello para ser usada a la manera de un cabestro. Se presentó humilde e implorando perdón, lo que no evitó que el legado lo fuera flagelando con un manojo de esquejes de abedul, propinándole treinta azotes con las afiladas ramas mientras otros dos caballeros le daban puñetazos hasta penetrar en la iglesia, no sin antes obligar al fustigado cuerpo del conde a hacer un alto, fatigosamente agarrado al pilar cuadrangular que dividía en dos el pórtico central de la abadía. Más tarde tendría que escuchar, de rodillas, la larga lista de sus faltas y jurar que haría penitencia, antes de ser absuelto por el legado papal.
Concluida la humillante ceremonia, Raimundo debía hacer algo más: solicitar tomar la cruz e ir al frente del ejército de cruzados que bajaba por el Ródano, y que se hallaba en Valence, a un par de jornadas a caballo, al sur de Lyon.
Hecha la promesa de reconciliación y el juramento de hacerse cruzado contra los albigenses, el agotado conde se hallaba ante el altar mayor de la abadía de Saint-Gilles. De rodillas y con la cara clavada en el suelo en señal de sumisión, Raimundo solo presentaba a los clérigos asistentes su magullada espalda. Sudorosa y ensangrentada, ofrecía un terrible paisaje de moratones y cortes, hechos con las ramas que había empuñado el legado y con los guantes de malla de los soldados. Mirándole la blanca carne rajada, con más asco y desprecio que pena o piedad, se le fue acercando desde atrás el papa Inocencio, quien terminaría poniéndose de rodillas junto a él, en silencio, sin mirarle, bajo el atrio de la basílica y ante la gran cruz sobre el altar. Sin duda el conde había recibido una brutal paliza instantes atrás, lo que le hacía parecer mucho mayor que aquel que ahora se hallaba arrodillado a su lado.
—Después de haber sido piedra de escándalo para muchos —le susurró el sumo pontífice, sin que llegara a oírlo ninguno de los testigos presentes en la penitencia—, he aquí que ahora sois un ejemplo para todos. ¿Por qué un inveterado enemigo de Cristo se asocia ahora tan acérrimamente al ejército del Señor? ¿Eh? Sabéis que no deseamos otra cosa que vuestro bien y vuestro honor y, sin embargo, no deja de sorprendernos vuestro repentino celo cristiano...
—Deseo reconciliarme, santidad —respondió el conde con un hilo de voz, seguido de una tos seca y profunda. Realmente se encontraba en peor condición física de lo que se podía apreciar—. Deseo que me aceptéis como cruzado en vuestra empresa contra los herejes.
—No me cabe duda, conde Raimundo. No me cabe duda —respondió el papa, con una voz que, a pesar de ser más bien un susurro, dejaba entrever un cierto aire sarcástico—. Tampoco dudo de que vuestro verdadero deseo sea proteger vuestra tierra de la invasión de los cruzados. ¿Me equivoco, Raimundo?
El afirmativo silencio del conde animó al papa a continuar acusándole y acercándose ahora hasta tener sus labios prácticamente pegados a los oídos del noble.
—He conocido que, antes de que os animarais a reconciliaros tan entregadamente, habéis propuesto a vuestro sobrino, Raymond-Roger Trencavel, hacer causa común contra la invasión del ejército de Cristo que avanza hacia el sur.
Ahora Raimundo levantaba poco a poco la vista que, hasta entonces, había tenido clavada al suelo, pasando a mirar de reojo al papa Inocencio, pero sin despegar sus resecos y ensangrentados labios.
—También he sabido —continuó el pontífice—, que el joven de los Trencavel se ha negado, tanto a ayudaros en la guerra, como a acompañaros en esta humillante farsa, de la que, por cierto, se hablará durante años. ¿No van del todo bien las relaciones entre tío y sobrino? Probablemente sea ese otro motivo por el que mi querido conde ha decidido cambiar la dirección de la cruzada, orientándola ahora hacia su sobrino. Pues bien, debéis saber que vuestros deseos se verán cumplidos. Un ejército de miles de personas, hambrientas de sangre y rapiña, van a arrasar las ciudades de Béziers, Carcasona y Albi en tan solo unos días.
»Me encantaría ver —continuó diciendo el papa, con una voz suficientemente audible por el conde, y mientras se ponía en pie, clavando la dura mirada en aquel que permanecía aún de rodillas— la cara que pondrá vuestro sobrino cuando os vea encabezar ese ejército... ¡Pobre Raymond-Roger, que nada tuvo que ver con la triste muerte de mi legado, Pedro de Castelnau! El vizconde de Béziers es sospechoso de herejía, sí, pero, indudablemente, inocente de vuestras culpas.
»Vuestro joven y nuevo rival —añadió el pontífice en voz alta, para que lo oyeran todos los presentes, y tras alejarse andando hacia los portones de la iglesia—, deberá expiar vuestras culpas. Y junto a él, muchas personas más.
Tras su absolución, el conde de Tolosa debía abandonar la Iglesia por la misma puerta por donde había ingresado. Sin embargo, era tal la cantidad de gente que se apiñaba en el lugar, obstaculizando la salida, que el humillado noble, con las espaldas y el rostro ensangrentados, debió ser arrastrado por la cripta, y ante la misma tumba del legatus papae, y ya canonizado, Pedro de Castelnau.
12
EL OBISPO Y EL DIÁCONO
Fortaleza de Montségur, condado de Foix
—Benedicite, parcite nobis[22] —fue el saludo que, en la plaza, dirigieron al anciano diácono los cuatro monjes que habían escoltado a los niños. Un saludo seguido de todo un ritual que estos veían por primera vez, consistente en una genuflexión y tres profundas inclinaciones de la cabeza sobre las manos del anciano, mientras se dirigían a él con las palmas en el suelo y con el resto del ritual.
—Deus vos benedicat. Que Dios os bendiga —respondió el anciano.
—Boni homine, con la bendición de Dios y la vuestra.
—Que Dios os bendiga —repitió el diácono.
—Señor, rogad a Dios por nosotros. Rogad al Señor por el pecador que soy, y para que nos libre de una muerte maléfica. Que Él me conduzca a buen fin —añadieron al unísono los cuatro acompañantes del viaje, sin dejar de permanecer arrodillados ante el anciano.
—Sí —afirmó este—, recemos a Dios para que haga de vosotros unos buenos cristianos y nos conduzca a la salvación.
Acabado el ritual —que en lo sucesivo los niños verían decenas de veces al día, comprendiendo que, más que un saludo, consistía en una manifestación de respeto, una veneración al Espíritu Santo que residía en el perfecto, y un ruego por el que el creyente solicita a Dios la gracia de ser mejorado—, los cuatro monjes se pusieron en pie y besaron al anciano en las mejillas, quien no dejó en ningún momento de sonreírles.
—Y vosotros debéis ser... Humm... Dejadme pensar —propuso el diácono, llevándose una mano al barbado mentón y entrecerrando el ojo izquierdo—, tú quizás seas Amiel Aicart. ¿Me equivoco?
—No, señor —respondió el niño, medio asustado.
—Tu hermano me habló mucho de ti. Y me dijo que escribes muy bien... Eso es bueno. Necesitamos copistas en el humilde scriptorium que tenemos en...
—Yo soy Hue Poitevin —le interrumpió el más pequeño de los dos niños—. Tengo seis años y mi hermano va a venir muy pronto a buscarme.
La frase le sonó familiar a Amiel, puesto que eran las primeras palabras con que Hue también se había dirigido a él, pero no pudo evitar llevarse las manos a la cara a modo de reprimenda, y como signo de que su pequeño amigo había metido la pata, al interrumpir al venerable anciano.
Hue, al ver el gesto de Amiel, volvió a abrir de par en par su boca, aunque esta vez no a modo de sorpresa, sino dando a entender que reconocía haber obrado de forma maleducada.
—No, no te preocupes, Hue —respondió divertido el anciano—. Quiero que me interrumpáis cuantas veces creáis necesarias, para preguntar todo lo que queráis saber y para decirme todo cuanto os pase por la cabeza. Además —continuó el diácono, mientras les animaba a que fueran adentrándose poco a poco en el castillo—, soy un viejo fraile que habla demasiado.
»Sé que te llamas así, porque así me lo comunicó tu hermano Benoît —siguió diciendo el anciano mientras veía, de reojo, que los cuatro frailes empezaban a cargar los fardos que habían venido con Hue en el carro—. Oye, Hue —dijo ahora de rodillas y deteniendo la marcha hacia la torre principal—, ¿le has echado una ojeada a lo que tienen esos fardos?
—No, señor. Esos hombres no me han dejado.
—Eso está bien... Eso está muy bien, ¿y sabes por qué?, porque aún no es el momento de que sepas qué contienen.
»En vuestras caras veo que sois dos niños muy inteligentes y muy despiertos —añadió, reanudando la marcha—, así que no me cabe duda de que llegará el día en que descubráis qué esconden esos bultos y qué es lo que nos lleva a actuar con tanta diligencia.
—¿El castillo es vuestro, monseñor? —preguntó Amiel.
—¡Vaya! Me hace gracia que te dirijas a mí como «monseñor». Sin duda, estáis bien educados. En efecto, ese es el trato con que deberéis dirigiros a mí, puesto que soy el diácono del pequeño monasterio que hemos instalado en este cerro. Debéis saber que mi nombre es Salvatore, fray Salvatore da Clemenza y que el nombre de este castillo es Montségur.
»También debéis saber que esta fortaleza no es mía. Cuenta una leyenda que este castillo fue construido por los tres colosos hijos de Gerión que, enfurecidos porque Hércules les había robado el ganado, golpearon la tierra y arrojaron con ira enormes rocas que el mismo aire se cuidó de tallar. Uno de aquellos inmensos peñascos era esta montaña de Montségur...
Ahora los dos niños le escuchaban con los ojos abiertos al máximo de su capacidad, sin duda imaginándose a los gigantes que mencionaba el anciano.
—Aunque… bueno —prosiguió divertido—, quizás no deberíamos hacer demasiado caso de las leyendas, ¿no creéis? Esta fortaleza del vértigo, como la llamamos nosotros, pertenece a Raimond de Perelha, señor de la tierra donde se ubica y que no vive en nuestra comunidad, por lo que está dirigido por el obispo Guilhabert de Castres, que sí habita aquí. La hija mayor del señor Raimond, Felipa, está casada con Peire Roger de Mirepoix, comandante de la guarnición que nos defiende, y todos juntos hacemos de este nido de águilas un lugar único, donde nos reunimos clérigos de todo tipo y, también, nobles que comparten nuestra religión. Originalmente fue constuída como una ermita, un lugar sagrado de culto, jamás pensado para la guerra y…
—¿Y por qué está todo tan nuevo?
—Veo que eres muy observador, pequeño Hue... Bueno, todo está muy nuevo porque, hace ya algunos años, el que fuera diácono de nuestra religión en Mirepoix, Raimond Mercier, pidió al señor Raimond de Perelha que reedificara, sobre sus antiguas ruinas, este castillo que ahora veis y que se terminó de reconstruir hace solo cinco años. Desde entonces ha pasado a convertirse en la sede de muchos bons hommes.
—¿Y qué son los bons hommes? —quisieron saber los niños preguntando al unísono.
—Je, je. Bueno, habrá tiempo para contestaros a esa y a muchas preguntas más. No queráis saberlo todo el primer día. Antes os he dicho que hablo mucho y que nos irá bien que me interrumpáis de tanto en tanto. Pero también os he comentado que soy un anciano, por lo que necesitaré descansar un poco de vez en cuando. ¡Mirad, ahí está el maestro Guilhabert de Castres! Es nuestro obispo y una persona muy importante para nuestra Iglesia.
En efecto. De pie ante la torre principal anexa a la plaza se encontraba el citado obispo, y lo primero que llamó la atención a los curiosos niños era su sencilla forma de vestir. Muy en contra de lo que estaban acostumbrados a ver en otros obispos y abades católicos, estos hombres no tenían más indumentaria que su humilde ropa, un cinturón de piel colgado del hombro izquierdo y acabado en una rudimentaria bolsita de cuero y unas vulgares sandalias. El obispo Guilhabert vestía totalmente de blanco y sin más adornos en su hábito que aquella curiosa bolsita de cuero. El diácono Salvatore también vestía de forma sobria, con el mismo hábito sencillo, aunque en negro. Ambos llevaban el Libro en la mano izquierda (Biblia que Hue y Amiel no tardarían en comprobar que era común en todos los bons hommes y que contenía los cuatro evangelios, los Hechos de los Apóstoles y las epístolas) y, curiosamente, el pelo largo, lo que también marcaba una gran diferencia con todos los hombres religiosos que habían visto en sus vidas, salvo el caso de sus hermanos quienes, especialmente durante los últimos años, habían dejado crecer libremente sus cabellos, obviando la obligatoria y habitual tonsura.
—Hola, niños. Bienvenidos. Soy el obispo Guilhabert de Castres —dijo, presentándose con voz cálida y profunda—. Veo que, tanto a nuestro hermano Salvatore como a mí nos estáis mirando de arriba abajo, y eso, me imagino, se debe a varios motivos. Quizás os sorprendan nuestras sencillas ropas y el hecho de que no llevamos ostentosos crucifijos colgándonos del hábito, pero con el tiempo veréis que la austeridad y la humildad son dos palabras muy cercanas a nosotros.
Hue miró de reojo a su recién conocido amigo Amiel, en busca de una mirada o un gesto discreto que le explicara qué significaba la palabra «austeridad».
—Y también —continuó ahora el diácono—, es posible que os extrañe el hecho de que no estemos gordos y sebosos, ni nos movamos con la dificultad que caracteriza a los frailes, los abades y los obispos que hayáis conocido hasta ahora, pero ello se explica por nuestra sencilla dieta, una dieta a la que pronto os adaptaréis.
Terminada la explicación de bienvenida, el obispo se les quedó mirando largo rato con una tierna mirada, y sin que ninguno de los dos niños se atreviera a decir nada. Parecía como si estuviera pensando cómo decirles algo muy importante y, sobre todo, si debía decírselo.
—Mi señor obispo —intervino Salvatore da Clemenza, aprovechando el silencio para presentar a los recién llegados—, este niño es Hue Poitevin y este otro se llama Amiel Aicart.
Acercándose a los niños, cerrando finalmente los ojos y poniéndose de rodillas ante ellos, el obispo extendió los brazos y los atrajo hacía sí para iniciar otro tipo de explicación, ahora con la voz mucho más apagada, casi susurrando y sin el brillo anterior, pero con la misma calidez con que les había hablado hasta ahora.
—Niños, debo deciros algo que es absurdo ocultaros durante más tiempo. Ambos lleváis semanas sin ver a vuestros hermanos y a aquellos que os han rodeado siempre. Debéis saber que os hemos traído a este castillo porque era deseo de vuestros hermanos el que os ocultáramos y os protegiéramos de alguien que quiere haceros daño. Así que vais a quedaros durante bastante tiempo con nosotros. Os ayudaremos en todo para que aprendáis muchas cosas que os van a ser útiles en vuestra vida, y vosotros nos ayudaréis en las muchas tareas que nos ocupan el día a día.
Amiel no dejó en ningún momento de mirar cómo se movía de arriba abajo la barbita blanca bien recortada del obispo. No sabía qué pensar y prefería que fuera aquel hombre quien le anunciara una noticia que parecía inminente.
Hue empezó a lloriquear y a arrugar los labios.
—Mi hermano va a venir a buscarme —consiguió decir el pequeño Hue—. Me lo prometió.
El obispo Guilhabert dirigió una mirada de vacío al diácono que, de pie, seguía mirando al suelo, moviendo la cabeza con gesto de negación, mientras veía y escuchaba la dura escena. Luego cerró los ojos y apretó a los niños con más fuerza.
—No, Hue. Tu hermano Benoît no va a venir a buscarte, ni tampoco vendrá Anselmo a recogerte a ti, Amiel.
Ahora Amiel también empezaba a llorar.
—Vuestros hermanos ya no están con nosotros. Benoît y Anselmo se han liberado de su cárcel corpórea y ahora están con Dios, lejos de este mundo de Satanás. Hace tan solo unos días llegaba un jinete con la mala noticia de que nuestros hermanos en Toulouse y Béziers habían fallecido.
Ahora los llantos de los niños eran audibles en toda la plaza de armas del castillo.
—Estaban llamados a ocupar un puesto muy importante en nuestra Iglesia —continuó el diácono Salvatore, arrodillándose ahora junto al obispo y ayudándole a anunciar la mala noticia—, sobre todo tu hermano, Hue, por algo que se te revelará llegado el momento. Había mucha gente interesada en que eso no sucediera. Vuestros hermanos corrían un grave peligro y lo sabían. Por eso decidieron enviaros aquí, a un lugar seguro, y poder seguir con su obra de predicación, como habían hecho siempre, solo que ahora, nuestros enemigos son más numerosos y poderosos que nunca.
—Amiel —siguió hablando ahora el obispo Guilhabert con su ya habitual dulzura al mayor de los dos niños, quien sorbiéndose las lágrimas y restregándose la manga por la nariz, dejaba de llorar para escucharle atentamente—, tu hermano Anselmo ha sido un ejemplo para nosotros, y todos le llevamos en nuestro corazón. Eres de los niños mayores que corretean por aquí, así que debes comportarte como un hombrecito fuerte y valiente, para ser un ejemplo para ellos, como tu hermano lo fue para nosotros. Con el tiempo, y si aprendes todo lo que te vamos a enseñar, podrás pasar tú a ocupar el sitio que habíamos reservado para él. ¿Me has comprendido?
—Sí, señor —respondió Amiel, lo más serio y firme que pudo, levantando la cara con renovado orgullo.
—Hue —continuó el obispo, levantando la barbilla del niño, que tenía el pelo rubio y despeinado sobre la cara, y esta llena de mocos y saliva—. Hue, debes dejar de llorar. Tu hermano Benoît era un gran hombre, con sangre muy importante corriendo por sus venas, e hizo todo cuanto pudo por educarte, al no estar tus padres para hacerlo. Debes creerme si te digo que ahora está mejor, al haber liberado el alma de su cuerpo. Además, antes de que te marcharas con los frailes que te han traído, te dejó unos fardos que, con el tiempo, comprenderás no podía traer él en persona. Unos fardos que, además, darán sentido y razón de ser a tu vida y a la nuestra. Debes ser un hombre fuerte y valiente, porque fuerte y valiente ha sido tu hermano y todos cuantos os precedieron. Amiel te ayudará y ambos nos ayudaréis a nosotros.
Hue, sorbiendo también con la nariz, levantó la mirada hacia su amigo y, viendo que ya había dejado de llorar, se llevó la manga de sus ropas a la cara y se la limpió. Luego miró al diácono y, por último, al obispo.
—¿Quién quería matar a mi hermano? —preguntó Hue, con una voz aún temblorosa, pero que denotaba un cierto brillo de ira.
—Hue —respondió ahora el diácono Salvatore da Clemenza, haciendo que los dos niños se giraran hacia él—, las personas que querían matar a tu hermano son las mismas que han acabado con la vida del hermano de Amiel, y las mismas que llevan años matando a muchos inocentes. Tantos como quedan aún por morir. Vuestra labor consistirá en ayudarnos a impedir que eso siga sucediendo.
Tanto el diácono como el obispo tuvieron que morderse la lengua para no seguir revelando nada más a los niños. Aún no era el momento.
13
FILIUS MINOR
Cerca de Turín, norte de Italia
Sergio no daba crédito a lo que acababa de oír.
De hecho, seguía sin creer lo que le había pasado en la última hora. No solo había podido comprobar que Penélope tenía bien merecido su nombre, por la fidelidad que llevaba años demostrando sino que, además, Dios le había puesto en el camino al mismísimo ladrón que, ahora amablemente, le devolvía sus alforjas. Pero, sin duda, lo más increíble era que, tras haber leído el pergamino que llevaba en el asta, le admitía y demostraba conocer a los destinatarios de la carta.
—Algo no me cuadra —reconoció el joven, ante la dulce mirada de soslayo de fray Doménico—. Sen... Sencillamente no lo entiendo. Se suponía que viajaba de incógnito, y para realizar una misión urgente y secreta.
—Y lo es —explicó fray Doménico—. Quiero decir... La misión, como la llamáis vos, sigue siendo una labor importante, urgente y secreta. En cuanto a que vayáis de incógnito, bueno... no sé. Probablemente podríais disimular un poco más... quizás viajando de noche y no a plena luz del día, vistiendo ropas diferentes a las que lleváis los novicios, disimulando vuestro característico corte de pelo y la tonsura, cuyo brillo, por cierto, os delata desde lejos; o escondiendo un poco más vuestro pequeño, pero revelador crucifijo de madera... En fin. Por lo demás, efectivamente vais de incógnito...
Ahora Sergio se descubrió echándose las manos al pelo y acariciando pensativo su coronilla, para terminar tapándose la cabeza con la capucha de su, ciertamente, característico hábito de lana grisácea, atado a la cintura por una cuerda. Luego ocultó rápidamente su colgante con la cruz latina y buscó en los ojos del orondo fraile la aprobación por su nuevo cambio de imagen, ante la que fray Doménico respondió con un suave movimiento de su inmensa cabeza, de un lado a otro, obviamente negando la aprobación y, para terminar estallando en risas, seguido por el propio Sergio, que no podría evitar contagiarse por ellas, al verse en una situación tan cómica.
Finalmente, ambos terminaron en el suelo. Fray Doménico cayó de espaldas y pataleaba el aire como un lechón, mientras que Sergio, ante tal escena, no pudo dejar de aullar y llorar de risa.
—He llegado a creer que me estallaría la barriga —consiguió decir Sergio, tras reponerse—. Sois muy gracioso, y se os ve buena persona. Decidme, fray Doménico, ¿cómo es posible que hayáis deducido a quién va dirigida la carta que llevo? ¿De qué conocéis a esos frailes?
—Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso[23] —respondió con sorna y adoptando una exagerada voz grave.
—No me cabe duda de que sois todopoderoso —se burló Sergio—, aunque dudo mucho que seáis El Todopoderoso.
—Ciertamente no soy Dios omnipresente y omnipotente —comenzó a explicar con cierta tristeza el fraile— pero también es cierto que he estado en muchos lugares y que he conocido a mucha gente. Y algunas de las personas más maravillosas que he conocido son los frailes que buscáis para entregarles vuestro cuerno, como también conocí a fray Paulo Bartoldi, cuya muerte, por cierto, he sabido gracias a la pequeña travesura de pediros prestada esa terca mula.
Ahora era Sergio el que miraba de soslayo a Doménico, enarcando la ceja izquierda y torciendo la boca, a modo de reprimenda por la travesura, como la había llamado fray Doménico.
—Ya, ya. Quizás no es muy cristiano ir por ahí quitando mulas, pero ¿qué queréis que haga? Llevo demasiados días en este bosque, y sin comer más que frutos silvestres y algarrobas. Y vuestro zurrón se veía tan hinchado que... En fin. De todas formas, lo que os interesa es saber cuándo y por qué conocí a fray Paulo, fray Anselmo, fray Benoît y fray Bérnard, además del diácono Salvatore da Clemenza, ¿verdad? —preguntó, dando por zanjada la cuestión anterior y buscando sentarse de forma más cómoda.
»Pues bien. Debéis saber, joven Sergio, que yo también soy uno de esos «perseguidos buenos cristianos». Un boni homine o, como dirían los griegos, un kathari; nombres que, seguro, ya habréis oído.
Sergio asintió con un leve movimiento de cabeza. Solo unos días antes, el abad Celestino da Clemenza le había estado explicando el significado de esos nombres.
—Hace ya varios años, probablemente cuatro o cinco, dio lugar en la ciudad de Carcasona y, presidido por su majestad Pedro el Católico, rey de Aragón, un coloquio entre monjes, para decidir quién sería el nuevo obispo de la Iglesia de los bons hommes y, concretamente, para el obispado con sede en esa ciudad. Yo asistí en calidad de aprendiz de mi superior, fray Benoît Poitevin, mi amadísimo mentor, al que acompañé muchos años como filius minor[24], y siendo él el filius major del obispo que saldría elegido en aquel coloquio, el obispo fray Bernart de Simorra. Pues bien, fue durante aquel coloquio cuando pude conocer a fray Paulo, fray Anselmo y fray Bérnard. Ellos tres, junto con mi mentor, fray Benoît, eran los cuatro perfectos filius major que deberían suceder a los obispos de los tres obispados de bons hommes que hay en el Languedoc.
—Entonces, ¿por qué cuatro filius major y no tres? ¿No habéis dicho tres obispados?
—Cierto. El obispado de Albi, el de Tolosa y el de Carcasona, pero se decidió que debería haber cuatro sucesores de obispos, por si fallecía uno de ellos. Y aquí es, mi querido Sergio, cuando vos entráis en el juego, puesto que eso es precisamente para lo que viajáis al Languecoc: vais a comunicarles el asesinato del hermano Paulo Bartoldi, y el hecho de que ahora los tres frailes serán, con toda seguridad, los nuevos obispos del Languedoc, cuando falten los actuales.
—Claro —afirmó, pensativo, Sergio—. Por eso es tan importante que les lleve la carta y les comunique el mensaje que les manda mi abad...
—Que, o mucho me equivoco —le interrumpió fray Doménico— o se trata del abad Celestino da Clemenza.
—¿Cómo..., cómo lo habéis sabido? —intentó preguntar Sergio, abriendo cada vez más la boca. Tanta deducción era difícil de seguir por el joven.
—Lógico. Vais hacia el oeste, lo que indica que procedéis del este. Estáis en Italia y vais al país de la lengua de Occitania. Vais a ver a los tres frailes y a su mentor, el diácono Salvatore da Clemenza, lo que, a su vez, indica que os manda su único hermano en estas tierras, es decir, fray Celestino que, casualmente, es el abad que dirige la pequeña iglesia de Pavia, donde se encontraba fray Paulo.
—¿Habéis estado en San Teodoro? —le preguntó Sergio, ilusionado por hablar de la abadía en que había nacido.
—No. No he estado nunca —respondió fray Doménico sin apartar, risueño, la vista del suelo—. De hecho, me dirigía hacia allí, desde que salí de Béziers, para recoger a fray Paulo y acompañarle al Languedoc, a fin de que no hiciera solo tan largo viaje. Hasta que me encontré en el camino a un joven, pero simpático necio, que se había dormido dejando su mula, comida y pertenencias a merced del que pasara.
»Ese es el verdadero motivo de todo cuanto ha pasado.
—Un momento —terció el novicio, parafraseando al fraile con tono jocoso—. Si vos os dirigíais de oeste a este, del Languedoc a la abadía de San Teodoro, en Pavia; y, antes de llegar, os encontrasteis con mi mula, ¿por qué he dado con vos de vuelta al oeste y antes de que recogierais a fray Paulo?
—Mi querido Sergio. Una cosa son los deseos y objetivos de una persona y, otra muy diferente, los designios de una maldita y terca acémila, sobre la que monté a solo unos pocos metros de haber cortado su ligadura, una postura que me dejaba en clara inferioridad respecto a la bestia, que aprovechó para ir a su aire y en la dirección errónea. Y, lógicamente, no podía gritarle ni atizarle en mitad de la noche, no fuera que se despertara su dormido dueño. El resto de la historia ya la conocéis.
—Lo dicho —reconoció Sergio, ahogando la risa—, sois algo peculiar y muy curioso. Y eso de hablar mediante versículos del Apocalipsis, en fin, no creo que ayude a cambiar mi opinión sobre vos.
—Bueno, es una forma como cualquier otra de hablar. Solo que, si os fijáis, con ella consigo, en cierta manera, desconcertar a quien me oye y, dicho sea de paso, voy advirtiendo que se acerca el día del juicio final, ante el que todos tenemos que estar preparados. Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca[25] —añadió, levantando la barbilla y el dedo índice de su mano derecha, dedo que a Sergio se le antojó demasiado corto para ser tan gordo.
—¿Sabéis? —propuso el joven novicio—, he estado pensándolo y creo que sería buena idea que vinierais conmigo hasta Languedoc. Al fin y al cabo, y puesto que ya no podéis recoger al hermano Paulo, ya nada os obliga a ir hasta Pavía, y vos conocéis el camino de vuelta, que no es otro que el que ya habéis hecho de ida. Si os place, podríais acompañarme hasta la primera ciudad en el camino de mi carta y, claro está, abandonar el viaje cuando lo creáis conveniente. ¿Qué os parece?
—Bueno. Siempre y cuando a vuestra terca mula...
—Penélope —le apuntó Sergio, mientras se ponía en pie.
—Bien, bien... Siempre y cuando a Pe-né-lo-pe no le importe, por mí, adelante. Además, debo ver en persona a mi estimado filius major, fray Benoît Poitevin.
—¡Buff. Aún no me lo puedo creer! ¿Habéis sido monje toda la vida?
—Bueno, la verdad —empezó a explicar fray Doménico, mientras reemprendían lo que, para él, era el viaje de vuelta, en dirección hacia Turín, y de ahí al Languedoc—, es que no. Tengo cerca de treinta años y la lista de oficios que he desempeñado comprende el de soldado a las órdenes del señor Raimundo, conde de Tolosa; el de actor, exhibiéndome en farsas públicas y poblaciones como Toulouse, Puylaurens, Verfeil o Foix; o el de clérigo, seguidor de la doctrina de los hombres puros.
—¿Y qué fue lo que os hizo dejar los disfraces del oficio de actor por el hábito negro que lleváis?
—Mi querido Sergio, veréis. Dejé el arte dramático por pura necesidad, puesto que necesitaba llevarme comida caliente a la boca, al menos, una vez al día, y el oficio no daba para eso. Además, salía apedreado lo suficientemente a menudo como para no añorarlo.
—Y fue entonces cuando os hicisteis monje.
—No —respondió, fastidiado—. Fue entonces cuando me convertí en un bastardo, inclinado desde niño a los juegos de azar y a tomar prestada alguna que otra gallina, o algún que otro huevo que se me ponían al alcance de la mano, y siempre que no me obligaran a correr demasiado. Como has podido comprobar, soy un hombre grande y necesito tomarme las cosas con calma...
Sergio aún sopesaba la validez del adjetivo grande, cuando prosiguió fray Doménico.
—El caso es que empecé a ser más famoso como malhechor que como actor. Así de injusta es la vida. Y, fuera donde fuera, ya me esperaba la fama de truhán. Ya no tanto por ser una posible persona malvada y que comete malas acciones, sino, más bien, por no tener una residencia fija, ni poseer nada que se me pudiera confiscar por mis pequeños delitos. Eso me obligó, durante un tiempo, a vagar por los bosques, para evitar ser reconocido como un ladrón, un falsario y un hombre de mala fama. Así que, un día, me cansé de ser un vagabundo sin residencia fija, condenado siempre a abandonar en pocos días los alrededores de la granja en la que pedía prestado un pollo, y decidí hacerle caso a un fraile que acababa de conocer, un ser maravilloso llamado fray Benoît Poitevin. Le seguí, me ordené sacerdote y, entre nosotros, y ya como creyente de la tristemente y mal llamada doctrina albigense, creció una amistad que nos ha unido hasta hoy día. Y, si no tenéis más preguntas, jovencito, me gustaría echarle una ojeada a ese zurrón que lleva vuestra querida Penélope. Después de tanto hablar de pollos, gallinas y huevos, se me ha abierto el apetito.
—¿De hecho, se os cierra alguna vez? —quiso saber Sergio, otorgándole cierto aire sarcástico a la pregunta, mientras comprobaba que el zurrón estaba mucho más vació que la noche anterior—. Lo digo porque os habéis comido toda mi reserva de habas, la mayoría de los guisantes y todas las castañas que llevaba.
—Ya os he dicho que soy un hombre grande y...
—Ya, ya. Necesitáis tomaros las cosas con calma. Sin embargo no tuvisteis mucha calma con mis provisiones... En fin. Al menos dejasteis el queso, la carne y el pescado, que ya es algo. ¿Qué preferís, un poco de queso curado, un poco de carne...?
—Veréis, Sergio. Los buenos cristianos no comemos carne ni huevos, ni queso, ni leche, ni nada que tenga o se cocine con grasa animal. Todo eso es producto pecaminoso del coito y, por lo tanto, queda excluido de nuestra dieta. Hace más de siete u ocho años que no pruebo esos alimentos. Sin embargo, sí podemos comer pescado, pues es fruto espontáneo del agua y no de la generación, y disfrutamos de cocinarlo con aceites y especias.
»Además —siguió hablando, sin apartar la vista del zurrón donde hurgaba el novicio—, realizamos ayuno los lunes, miércoles y viernes, días en los que solo podemos alimentarnos de pan y agua. Y también realizamos tres grandes ayunos al año: del 13 de noviembre al día anterior a Navidad, del domingo de la Quincuagésima a la Pascua, y de Pentecostés a la festividad de los apóstoles Pedro y Pablo, es decir, el 29 de junio.
—¿Pero, por qué esos ayunos? Debe ser especialmente duro prescindir de un buen trozo de cordero o de ternera recién sacados del fuego. O de un buen pollo, o... ¿Qué me decís de los huevos? Habéis dicho que antes de ser fraile los devorabais, incluso con la mirada.
—Bueno, la explicación la tenéis, una vez más, en el gran libro. Quiero decir, que somos vegetarianos, no por sometimiento a la doctrina, o por el hecho de cumplir con las directrices de la jerarquía, sino por el convencimiento de que tiene que ser así, de acuerdo con la enseñanza del Evangelio. Como seguro recuerdas, según la Epístola del Apóstol San Pablo a los romanos: 14, 21, bueno es no comer carne ni beber nada en que tu hermano tropiece, o se ofenda o se debilite.
—Sí, lo recuerdo, y habéis olvidado —apuntó hábilmente Sergio, divertido por el premeditado descuido—, que San Pablo se refería al vino, cuando escribía a los romanos lo de no beber. ¿Acaso os relajáis con las citas que no pertenecen al Apocalipsis?
—No seáis tan atrevido, niño —protestó fray Doménico, a medida que se le iba enrojeciendo el rostro, y para terminar susurrando, mientras guiñaba su diminuto ojo izquierdo—. Ha sido un pequeño lapsus linguae, que cometo algo más a menudo de lo que debiera... ¡Ejem!
»En fin —sentenció, mientras palmeaba insatisfecho su prominente barriga—, ayer fue sábado y hoy es domingo, el día del Señor así que, si no os importa, daré buena cuenta de ese pescado seco que lleváis junto al trasero de vuestra obstinada mula.
14
GIOVANNI Y LAURENCIA
Turín, norte de Italia
Solo unos días más tarde llegaban a Turín, una de las ciudades más importantes de Italia y, junto a Milán, la más próspera del norte de la península. Ubicada junto a la confluencia de la Dora Riparia con el río Po, la inmensa ciudad cautivó a Sergio, nada más empezar a atravesar sus muros. A su lado, Pavía era un pueblecito y, probablemente, solo Milán estaba a su altura. Pero nunca había llegado hasta Milán —de hecho, nunca había llegado a estar tan lejos de su congregación como en los últimos días, lo que hacía que el joven estuviera en constante excitación—, así que todo era nuevo y magnífico, bajo su inquieta mirada de adolescente.
Sergio, acompañado del ya experimentado fray Doménico y de la dócil Penélope, recorría, con los ojos abiertos de par en par y sin poder cerrar la boca, aquella interminable red de callejas, de patios, de callejones, de pequeñas y encantadoras plazas empedradas y, también, de embarrados y pestilentes caminos. Todo un maravilloso paisaje de campanarios, torres aristocráticas y todo tipo de casas contiguas, grandes y pequeñas. Viviendas ruinosas y, también, prósperas y con varios pisos.
Se veían en sus calles, plazas y mercados a los habitantes que les daban vida, desempeñando los oficios a los que esa vida les había abocado. Allí había desde aristócratas hasta mendigos. Desde señores y caballeros adinerados, hasta mercaderes y usureros. De clérigos de todo rango a prostitutas, con o sin rufianes de su brazo. Desde reyes de la dinastía de los Arduino, instalados en los más impresionantes castillos, a perros lamiendo desperdicios y excrementos en los barrios marginados de los leprosos, instalados extramuros.
Apretujados mientras caminaban por sus estrechas y abarrotadas calles, todos cabían en una ciudad como aquella, suponiendo para el recién llegado un mundo extraño y fascinante donde encontrar desde viajeros de paso como ellos, a residentes habituales o, por qué no, harapientos prófugos, de hecho cada vez más numerosos, conforme se iba expandiendo la ciudad. Y Turín estaba conociendo un consolidado momento de prosperidad, en el que se iba desarrollando el poder episcopal, paralelamente a las primeras bandas organizadas de exsoldados y mercenarios, a los que era fácil reconocer, mientras hacían su ronda diaria tras el olor de las rameras.
—¡Hola, guapo! —le dijo a Sergio una mujer de cara horrible, pero provista de inmensos pechos que asomaban casi desnudos, colgando de la pequeña ventana, desde la que le invitaba a subir. Llevaba el pelo descubierto, mal cortado y desaliñado, distintivo indiscutible de su condición de prostituta, en contraposición a los peinados de moños y trenzas de complicada elaboración que llevaban las mujeres de mejor posición, a menudo también con el pelo recogido y cubierto con un paño de fina factura. Esta mujer carecía de paños, peinados y buenas maneras—. ¿Por qué no dejas a tus animales en la puerta y entras conmigo?
Tras decir aquello, estalló en una sonora carcajada, sin dejar de mirar al voluminoso fraile que acompañaba al joven.
—Y la mujer estaba vestida de púrpura y escarlata, y adornada de oro, de piedras preciosas y de perlas, y tenía en la mano un cáliz de oro lleno de abominaciones y de la inmundicia de su fornicación; y en su frente un nombre escrito, un misterio: Babilonia la grande, la madre de las rameras y de las abominaciones de la Tierra [26] —respondió fray Doménico, sin mirarla y sin dejar de tirar de las riendas de la mula, empujando la espalda de un avergonzado Sergio que, por otro lado, no podía dejar de mirar, disimuladamente, aquellos sugerentes y grandes senos. Los primeros que veía en su vida.
—Fray Doménico —empezó a preguntar Sergio, una vez hubieron salido del barrio de prostitutas—, si las mujeres de mala reputación desempeñan un oficio indigno, ¿por qué se les permite hacerlo?
—Verás, niño. Lo cierto es que se considera a las prostitutas doblemente necesarias: por un lado, contribuyen a refrenar la violencia y, por otro, protegen el honor de las vírgenes y las esposas de aquellos que sienten el, digámoslo así, irrefrenable deseo de pecar. Les ponen un freno a su loco amor y a los extravíos del corazón, principio destructor de la autoridad familiar. Como dijo San Agustín, si se suprimiera la prostitución, los apetitos incontrolados acabarían con la sociedad.
—Pero las meretrices y su fornicación son consideradas una culpa fundamental.
—En efecto. A las muchachas de costumbres fáciles no se les reconoce el derecho a crear una familia, precisamente porque pecan contra las buenas costumbres, sin embargo y, sobre todo en grandes ciudades como esta, constituyen un elemento del conjunto de valores cívicos. Son un instrumento de salud pública, como la cloaca en el palacio: si quitamos esa cloaca, todo el palacio quedará infectado. Así, con el tiempo, se ha atenuado considerablemente la gravedad de la fornicación simple, situándose de algún modo, en las fronteras del pecado venial.
»La carnalidad se ve como algo natural, incluso en el seno del matrimonio, pero ya que se recomienda cada vez más y bajo consejo de los parientes, el retrasar la edad de ese matrimonio, se permite a los célibes fornicar con las meretrices, siempre que dejen de hacerlo llegado el momento de casarse. Así, no hay que sorprenderse en absoluto cuando el padre da dinero a sus hijos para el placer carnal o el vino, o cuando las autoridades municipales permiten la apertura de lupanares que, juntos, dan lugar al prostibulum publicum de las grandes ciudades.
—¿Con fondos municipales?
—Pues sí, fondos conseguidos a través de impuestos, por ejemplo, a esos propios burdeles, adjudicados previamente para su explotación y con los consiguientes ingresos en las arcas municipales por derecho de, digamos, «arrendamiento».
—Entonces lo veis como un mal necesario. Reconocéis cierta utilidad al comercio carnal.
—Querido Sergio —empezó a responder fray Doménico, con ciertos signos de cansancio—, la próxima vez espero que no os impresionéis tan fácilmente por unos pechos, y daos cuenta de que, simplemente, me he limitado a responder a vuestra pregunta sobre la prostitución en grandes ciudades como esta, donde se pretende esté justificada su presencia. Pero esto no quiere decir que el oficio pierda su carácter infamante, sino que solo se ponen bases para su integración en la vida urbana.
—Y ¿solo desempeñan su labor en las ciudades?
—Ciertamente no. No solo se ciñen al ámbito de la ciudad. De hecho, las rameras están presentes en los lugares de encuentro de las poblaciones rurales, en los mercados y ferias, en los molinos, en las tabernas... E incluso, las prostitutas ambulantes van de una aldea a otra, acompañando a grupos de segadores que se trasladan con los diferentes momentos de cosecha, a grupos de peregrinos, de obreros, de mercaderes y, como no, a los soldados, formando una parte imprescindible del contingente bélico que se traslada, de ciudad en ciudad, por las guerras.
—Y, ¿qué opináis vos sobre esas mujeres? —continuó preguntando Sergio, claramente impresionado por el desparpajo y el libertinaje de aquella mujer y un insinuante escote que no dejaba espacio a la imaginación—. ¿Condenáis su pecado o comprendéis su oficio?
—Sergio —empezó a explicarle un satisfecho fray Doménico, quien comenzaba a apreciar el valor y la confianza que otorgaba a sus palabras el joven novicio, ávido de conocimientos y nuevas sensaciones—, debéis saber que el convencimiento del hombre puro de que el mundo es lo mismo que el pecado determina, entre otras cosas, su posición con respecto a las relaciones sexuales y al placer de la carne, que significan para nosotros la sumisión al mundo. Hasta las mismas relaciones sexuales en el seno del matrimonio representan un hábito demoníaco. Todo acto sexual es un pecado; cualquier matrimonio, una lujuria que conduce a errores como el embarazo e, indirectamente, a la prostitución. Así, el celibato y la privación son exigencias que caracterizan la conducta de los bons hommes.
»No obstante, con el tiempo, estos duros preceptos se han ido acomodando y, aun cuando siguen vigentes para los perfectos, los creyentes y seguidores de nuestra doctrina que no profesan la predicación, han visto aceptado el matrimonio y sus consecuencias. Pueden practicar relaciones sexuales con sus esposas o acudir a los servicios de meretrices. No debe, pues, resultaros muy difícil trasladar lo que os acabo de explicar hasta la labor que desempeña la prostituta.
—¿Y es posible que se sientan a gusto en barrios tan sórdidos como este?
—Seguro que no, pero no tienen otra elección. El burdel es el espacio acotado en la ciudad en el que, como os he explicado, la sexualidad masculina y extraconyugal encuentra satisfacción. Es el ámbito preferido de diversión para muchos hombres y donde suelen tener lugar los comportamientos más escandalosos, la mayoría de las veces por culpa de los rufianes, las alcahuetas y otras gentes de mal vivir que suelen acompañar a mujeres como esa, y en barrios como este. Y ahora, querido Sergio, ya ha llegado el momento de dejar de hablar de tan desagradable tema.
Las explicaciones que fray Doménico compartía con el curioso y joven novicio creaban, en su mente, un resultado del todo inesperado. Habitualmente, los jóvenes de su edad estaban más interesados en conocer los aspectos más mundanos de la vida. Se dedicaban más a la holgazanería, a conocerse sexualmente y a divertirse en lo posible y cuanto les permitía la persona o personas a cuyo cuidado se encontraban. Así, los jóvenes novicios de monasterios y abadías se empeñaban más en encontrar la forma de ausentarse de sus obligaciones, que en comprender la esencia de la vida religiosa.
El propio Doménico, en sus años de pubertad y adolescencia, se había preocupado más por conocer los placeres carnales —obviamente, más los alimenticios que los puramente sexuales— que por abrazar una vida ascética y de oración, vocación que conocería ya en edad adulta.
Sin embargo, el caso de Sergio era diferente. Necesitaba una explicación suficientemente satisfactoria para todas y cada una de sus dudas. Sobre lo humano y sobre lo divino. Tanto podía preguntar sobre los juegos de mesa que había conocido el fraile en las diferentes ciudades que había visitado, como, de forma más profunda y mística, podía mostrarse sagazmente interesado por la postura de los bons hommes ante la encarnación de Cristo o la ceremonia de la bendición del pan. Así, las largas conversaciones iban amenizando las agotadoras jornadas de camino de la singular pareja.
Varios días después de haber abandonado la ciudad de Turín, en la que habían permanecido descansando dos jornadas, llegaron a la población de Rívoli, no muy lejos de la gran ciudad. Fray Doménico consideró que era una buena ocasión para ilustrar a Sergio con algunas de sus explicaciones sobre la forma de pensar y actuar de los hombres puros, e hizo por contactar con una familia que le había acogido durante dos días y una noche en su viaje de ida hacia Pavía.
—¡Fray Doménico, qué alegría volver a veros! —le dijo una mujer al abrirles la puerta y al comprobar que, quien había llamado, era el voluminoso monje. Su nombre era Laurencia, no tenía más de treinta o treinta y cinco años y era la pareja o compañera espiritual de un perfecto llamado Giovanni quien, precisamente, asomaba por la puerta, tras la mujer.
—Benedicite, parcite nobis —exclamó a modo de saludo y al ver que se trataba de fray Doménico.
—Que Dios os bendiga —respondió el fraile, sonriéndole amablemente.
Tras un curioso intercambio de frases aprendidas y de posturas, que Sergio desconocía totalmente, ambos hombres se fundieron en un abrazo, seguido de las necesarias presentaciones, tras lo que el anfitrión les invitó a pasar.
—Como vos ya conocéis, fray Doménico, la nuestra es una humilde morada que, sin embargo, hoy tiene el honor de recibir a un nuevo miembro de nuestra comunidad. Espero, joven Sergio, que os sintáis cómodo entre nosotros.
—Nuestro hermano Sergio —terció el grueso fraile, sin dejar responder al joven—, aunque novicio, aún no está impregnado de nuestra religión y nuestras costumbres. De hecho, el que acaba de presenciar, es el primer melhioramentum de su vida.
Sergio dedujo que aquella serie de frases repetitivas y posturas de rodillas constituían una arraigada costumbre entre los hombres puros y a la que denominaban melhioramentum. Pero lo que más le llamó la atención fue el hecho de que su compañero de viaje se refiriera a él como «novicio, aún no impregnado de su religión». ¿Acaso entre los planes de fray Doménico figuraba el conseguir un nuevo creyente, como lo denominarían los bons hommes? Es más, ¿formaría ya, parte de aquella selecta comunidad de hombres religiosos, sin haberse percatado aún de ello?
Aún permanecía Sergio inmerso en esos pensamientos y, mirando el suelo con la vista perdida, cuando entró en la alargada habitación que hacía las veces de vivienda de aquella reducida casita de aldea la mujer de Giovanni, Laurencia, llevando, sobre una gran escudilla metálica, unos cuencos con agua fresca y limón exprimido.
—Fray Doménico —dijo la mujer, poniéndose de rodillas ante los hombres para servirles las refrescantes bebidas—, esta noche vamos a realizar una nueva reunión con unos veinte vecinos y amigos. Quisiéramos que vos y vuestro compañero os unierais a nosotros y nos bendijerais con vuestra presencia.
—De hecho —añadió Giovanni— podría servir para que el joven Sergio conociera más ampliamente nuestro ritual.
—No dudo —afirmó el fraile— que será un placer compartir con vosotros un momento tan especial. Os lo agradecemos profundamente y aceptamos vuestra invitación, pero preferiría que mi joven compañero fuera conociendo nuestra doctrina, a medida que se lo vaya exigiendo su corazón. Tiene —añadió, mirando ahora, dulcemente a los ojos de Sergio— edad e inteligencia suficiente como para decidir si quiere seguir abrazando la religión católica y cristiana en la que ha crecido o, si prefiere por el contrario, conocer y compartir nuestras costumbres y hábitos. Así que, por el momento, creo que será mejor que no participe de una cena sacramental o, al menos, hasta que él mismo lo reclame.
Sergio no supo qué decir. De hecho no tenía claro si realmente deseaba participar en la reunión que, a todas luces, se le antojaba del todo instructiva sobre la religión de los hombres puros, de los que no había parado de oír hablar en las dos últimas semanas.
Sin embargo, también notaba en su interior que, junto a su insaciable necesidad de conocer más sobre los kathari, brillaba una luz de advertencia, por el inminente abandono de sus creencias cristianas, aquellas entre las que había crecido, allá en su pequeña iglesia, junto al río Ticino.
¿Era ciertamente la de Roma la Iglesia de «los lobos», como la había denominado algunas veces fray Doménico? ¿O era la de los buenos hombres un tipo de Iglesia errónea y herética como estaba empeñado su santidad el papa en demostrar?
Algo le dijo que podría averiguarlo aquella misma noche, durante la cena sacramental, en la casa del maestro que les había acogido. Así que terminó decidiendo que, quisiera fray Doménico o no, asistiría a aquella reunión tan especial o, por lo menos, haría por escuchar cuanto se hablara en ella. Al fin y al cabo, se dijo, para tener una opinión objetiva sobre un tema tan peliagudo, como pueda ser la tendencia religiosa hacia la que gire el corazón de una persona, es importante conocer las diferentes posibilidades, a fin de decantarse por alguna de ellas.
«Lo curioso del caso —pensó con cierto sabor amargo— es que, hasta hace unos días no sabía que hubiera más posibilidades que la religión puramente católica y cristiana. Y lo peor es que, o mucho me equivoco, o este razonamiento de pluralidad es, ya de por sí, un argumento más que suficiente como para que la Iglesia de Roma lo considerara de “postura herética”. Entonces, ¿sería yo también un hereje?»
15
EL EJÉRCITO CRUZADO
Lyon, Francia
El espectáculo resultaba, a todas luces, impresionante.
Cuando las gentes de Lyon despertaron en aquella soleada mañana de San Juan, y vieron lo que se extendía ante todo el perímetro de su ciudad, no podían creer que fuera posible reunir a tantas personas para una contienda bélica. Se trataba de una imagen tan sobrecogedora como ruidosa. De hecho, fue realmente el ruido y el polvo que levantaba aquella marabunta de miles y miles de personas lo que despertó a los vecinos de la ciudad.
Les habían visto llegar a lo largo de los últimos días, prácticamente desde mediados de junio, cuando comenzaron a instalarse cerca del puente del Saona. Pero no se habían empezado a organizar, mostrando su verdadero volumen y colorido, hasta primera hora de aquella mañana, en la que ya resultaba imposible contar cuántos estandartes y banderas recortaban el horizonte, poniéndose en marcha para unirse a cuantos les esperaban en la vecina ciudad de Valence.
A la cabeza, se encontraba el conde Raimundo VI guiando la expedición, al frente de sus caballeros, y aún con las heridas frescas por los azotes recibidos poco antes, tras el juramento ofrecido en Saint-Gilles al legado Milton y, más concretamente, a su Santidad el papa Inocencio III. El juramento, que había sorprendido a propios y extraños, era el de tomar la cruz contra los albigenses, los mismos hombres santos a los que, hasta ahora, había permitido atravesar sus tierras a sus anchas y predicar libremente su doctrina.
En vanguardia, y junto al arrepentido conde, marchaban los grandes señores franceses: el duque de Borgoña y el conde de Nevers, con sus quinientos caballeros borgoñeses, acompañados de su ejército particular, y con los sargentos que dirigían la tropa de a pie. Solo a ellos permitió el rey Felipe Augusto tomar la cruz contra los herejes, negándoles la autorización a los demás caballeros franceses, lo que no impidió que muchos de ellos también se hicieran cruzados, aun sin el permiso real. Había mucho que ganar y poco que perder. Así, entre las filas de soldados y con diferentes estandartes, se podía encontrar al conde de Saint-Pol, el conde de Montfort, el conde de Bar-sur-Seine, Guichard de Beaujeu, el senescal de Anjou, Guillaume des Roches y otros nobles señores, además de los obispos de Sens, de Autun, de Clermont o de Nevers, todos ellos, naturalmente, acompañados de su cuerpo personal de caballeros.
Otros nobles meridionales se les unían en la cruzada, caballeros tales como el conde de Valentinois y el vizconde de Anduce, yerno del propio conde Raimundo. Hacia el oeste se unían los obispos de Burdeos, de Limoges, de Bazas y de Cahors, que atravesaban la región del Quercy, para terminar recalando en Lyon, donde debía reorganizarse el ejército al completo, compuesto por todo tipo de soldados: caballeros y caballos, escuderos, infantes y arqueros. Después, los mercenarios, o routiers, que se prestaban a luchar por el derecho de aprovechar los despojos del botín y de rapiñar por donde pasaban, suscitando el horror con todo tipo de violaciones y crueles crímenes contra ancianos, mujeres y niños. Crímenes que les habían hecho ganar su fama de seres tan despreciables como imprescindibles.
Con ellos, el séquito de mercaderes, carpinteros, truhanes, sastres, artesanos, cocineros, curanderos, villanos y campesinos (estos, no combatientes, encargados del acarreo de las cajas con las tiendas, las cocinas, las armas y las armaduras), y una nutrida hueste de prostitutas, lavanderas, zurcidoras y demás oficios que, invariablemente, acompañan a todo ejército y contienda.
El número resultaba ingente y sublime. Más de veinte mil caballeros armados de toda suerte, y más de doscientos mil villanos y campesinos, sin contar clérigos y burgueses. Una masa de gente que, indudablemente, creaba el desorden por donde quiera que pasara, y que hacía que cundiera el pánico en los habitantes de una ciudad nada más empezar a avistarse los primeros batallones. Sin ir más lejos, en Lyon habían permanecido agrupándose casi dos semanas y fue suficiente para arrasar con las reservas naturales de la ciudad, en lo que a alimentos o las expropiaciones de madera se refiere. Con esta construirían piezas de artillería y artefactos cada vez más perfeccionados que constituían un arma imprescindible en una guerra como aquella, a base de sangrientas batallas basadas en el asedio y en la futura necesidad de abatir murallas a pedradas y proyectiles, con un peso aproximado al de un hombre adulto, y que podían ser lanzados a una distancia de cuatrocientos metros.
Lentamente se fue poniendo en marcha aquella larga serpiente humana, descendiendo a orillas del Ródano, río abajo. Unos, los caballeros, iban por los márgenes, y los otros, el resto, con los enseres, en inmensas barcazas.
Y al frente de todos ellos, con la autoridad suprema que le había otorgado el papa Inocencio III, se encontraba Arnaud Amaury, abad de Cîteaux. Con él viajaba la firme decisión de acabar con la herejía de una vez por todas y con cuantos occitanos simpatizaran con ella.
Si un ejército feudal resultaba siniestro, este ejército de Dios parecía realmente diabólico.
Tras detenerse unos días en la ciudad católica de Montélimar, que se encontraba bajo la jurisdicción del rey de Aragón, el inmenso ejército prosiguió su avance hacia el suroeste, cruzando el Ródano en Tarascón, rumbo a Beaucaire, donde había estado el cruce romano principal.
El 14 de julio, en el año del Señor 1209, el ejército se encontraba ya en Montpellier. Por aquellas fechas, el legado papal Arnaud Amaury recibía la propuesta de paz ofrecida por Raymond-Roger de Trencavel, vizconde de Béziers y Carcasona, y sobrino, ahora enemistado, del propio conde de Tolosa, quien marchaba al lado del abad de Cîteaux y al frente del ejército cruzado.
—Vuestro sobrino —le había dicho el abad al conde Raimundo, en el carromato del legado, donde había sido convocado para aprovechar las largas jornadas de marcha— es un joven e imprudente caballero, sin duda sometido a demasiadas influencias, que inciden de forma contradictoria en sus decisiones.
El conde de Tolosa le miraba en silencio, mientras el traqueteo del carro sacudía sin cesar sus cuerpos, de pies a cabeza.
—Por un lado —prosiguió el legado—, tiene su entorno natural, el de esos jóvenes fogosos, como él mismo, y bastante contaminado por la herejía. Por otro lado, el temor y el afecto que os profesa como sobrino. Y no podemos olvidar el deber de vasallaje que debe a su majestad, el rey Pedro, de quien, probablemente, haya recibido instrucciones sobre cómo comportarse ante una cruzada como la que vos dirigís.
—Junto a vos —apuntó el conde, no sin desprecio, queriendo indicar, claramente, que no solo él se hallaba al frente de aquella mortífera arma de guerra, compuesta por miles de personas.
—Por supuesto, señor conde —confirmó el cisterciense, entrecerrando los ojos y enseñando sus dientes en una sonrisa maliciosa—. Junto a mí. Sin embargo, he decidido comunicar a nuestro santo padre, el papa Inocencio, que voy a rechazar contundentemente esta manifestación tardía de celo ortodoxo por parte de vuestro sobrino.
»Imagino que estaréis de acuerdo conmigo en que no es el momento de aflojar, cuando ha costado tanto convencer a los barones franceses para que entren en «juego».
El conde Raimundo ni siquiera se molestó en contestar a aquella interrogante afirmación. Y, mientras giraba su cabeza hacia el pequeño ventanuco de aquel carromato blindado, se preguntaba qué tenía de «juego» aquella guerra civil en la que iban a perecer, cruentamente asesinados, varios miles de occitanos, los habitantes de aquel país que él amaba tan hondamente, y los mismos que le habían recibido, arrodillándose ante él, cuando entraba por los soportales, besando sus vestidos y sus pies, sus piernas, brazos, manos y dedos. Una sociedad, como había oído decir, y como él también definiría, de una cultura, una dulzura y de una facilidad en el vivir, que resultaban poco menos que únicas en la época.
Ahora, una sociedad a borde del exterminio.
No pudo evitar sobrecogerse al pensar que los preliminares de la Cruzada eran ya agua pasada. Ahora iba a iniciarse una guerra sin cuartel, de la que no podía evitar sentirse totalmente culpable.
16
LOS FARDOS DE HUE
Fortaleza de Montségur, Condado de Foix
—¿Estáis seguro de que ha llegado... entero? —pareció dudar el obispo Gilhabert de Castres, antes de preguntar por los fardos que habían llegado en el carro de uno de los niños—. ¿Habéis podido comprobar que no nos falta ningún...?
—No temáis —le interrumpió el diácono Salvatore, extendiendo las palmas de las manos hacia delante, con gesto tranquilizador—. Me han ido informando de su traslado a lo largo de todo el trayecto, desde que salió de Saint Nazaire, en Béziers, y no han sufrido percance alguno.
—Ya, ya. Pero no debemos olvidarnos que, tras ellos, anda uno de nuestros mayores enemigos: esa serpiente venenosa de fray Cirile de Montnoir. De hecho, ya sabéis que su mortal veneno solo es comparable al del abad de Cîteaux, Arnaud Amaury o al del papa Inocencio. Además, ha sido tan trágico e inesperado el final de nuestro hermano fray Benoît Poitevin que es fácil temer por la seguridad de algo tan valioso como su pequeño hermano o estos fardos. Y luego están las muertes de fray Anselmo y fray Bérnard... ¡Ay, qué será de nosotros! Menos mal que aún tenemos a fray Paulo para asistirnos cuando llegue la ocasión.
—De hecho, esperamos su visita en solo unas semanas... Creo haber oído que Doménico, el Filius minor de nuestro fallecido hermano fray Benoît, ha viajado a Italia para acompañarle en su viaje. Estoy deseando ver su amable rostro cuando vea que, por fin, tenemos el tesoro con nosotros.
Los dos perfectos conversaban sin mirarse, dirigiendo la mirada hacia el suelo empedrado del patio central que, tras dejar a los niños con otros monjes, recorrían con paso ligero y en dirección a la denominada «sala baja», una pequeña sala ubicada en la parte más elevada del castillo, aunque bajo tierra. Tenía forma de cripta con un gran pilar en el centro, del que salían los nervios que distribuían el peso de su cubierta hacia las gruesas paredes laterales. En conjunto, se trataba de un habitáculo muy reducido y de techo muy bajo, al que se accedía por una escalera de caracol que, a su vez, comunicaba con la sala que había encima. Aquella lúgubre cripta estaría completamente a oscuras, de no ser porque se habían dispuesto en su interior varios cirios gruesos que iluminaban un pequeño altar de piedra. Sobre él descansaban varios fardos de ropa bien atada y en forma de largos tapices enrollados.
Cuando el obispo Guilhabert hubo desatado aquellos fardos de ropa, los dos hombres se quedaron mudos observando lo que contenían. Luego se miraron en silencio y, brotando de sus ojos sinceras lágrimas, se fundieron en un fraternal abrazo, y sin poder impedir que salieran de sus gargantas ahogados llantos de alegría y gozo.
La luz de las velas se reflejaba en la superficie de los objetos que se hallaban sobre el oscuro y sucio altar, pareciendo como si de ellos saliera una luz propia, capaz de cegar a aquellos altos dignatarios del castillo o, al menos, así le pareció al pequeño Hue Poitevin que, agazapado en la escalera de caracol, observaba la escena con ojos abiertos como platos.
—Ten cuidado. Si te pillan te matarán —le susurró su amigo Amiel, sin duda recordando las palabras de advertencia que le había dicho horas antes el monje soldado, cuando le había sorprendido intentando coger uno de los fardos del carro—. ¿Qué ves?
—¡Sshh, calla! ¡Nos van a coger por tu culpa! No... No veo casi nada. Está todo muy oscuro y los dos ancianos se están abrazando. Están llorando. Creo que algo les da mucha pena.
—¡Claro, ya te lo he dicho antes! Seguro que hay un niño muerto entre esas ropas que traías en el carro, y les da pena verlo.
—Pues no parece un niño eso que está en el altar.
—Entonces, ¿qué es?
—No lo sé. No se ve bien. Está demasiado oscuro y me lo tapan los monjes, pero parece...
—A mí me parece que vais a tener que dar muchas explicaciones, pequeños mocosos. —El susto fue de muerte, pero enseguida se les olvidó, al ser sustituido por un intensísimo dolor de orejas, las mismas por las que aquel sargento de la guardia les tenía casi suspendidos en el aire—. Me he tirado un buen rato buscándoos, desde que los asustados frailes a cuyo cuidado os dejaron me notificaron que no estabais en vuestras dependencias. Vais a tener que explicarme quién sois y qué demonios hacéis aquí.
—¡Ah, ah, señor, suéltenos, por favor! —le imploró Amiel con el rostro lívido de terror—. No nos mate. No hemos hecho nada malo. Solo estábamos mirando la cripta y...
—Ya. Por eso estabais escondidos y cuchicheando, ¿no? Pues ahora mismo vais a decirle al diácono Salvatore que...
—Está bien, sargento —le interrumpió el obispo Guilhabert de Castres que, habiendo oído la escena de la escalera, decidió intervenir, presentándose ante los niños con semblante serio y autoritario—. Es suficiente, Guilhem. Ahora me encargaré yo de ellos.
—Como deseéis, monseñor —respondió el soldado mientras hacía un saludo militar que haría resonar su armadura en las paredes de la vacía cripta y volvía a subir la escalera de piedra.
—Bien, niños. Habéis estado muy ocupados desde que os dejamos hace un rato, ¿no?
Los niños permanecían mudos y con los ojos muy abiertos, reflejando el pánico que sentían, sensación de la que se percató el obispo, quien se propuso tranquilizarles sonriendo y cerrando los ojos.
—No os preocupéis por el sargento. Guilhem Garnier es un poco brusco, pero también muy buena persona. Y desempeña muy bien su trabajo, así que las orejas os dolerán un par de días, algo que, por otro lado, os tenéis merecido.
Hue, mientras les hablaba el obispo, pudo ver de reojo que el anciano Salvatore guardaba precipitadamente todo lo que había extendido sobre el altar. Y fue en ese momento cuando pudo verlo bien, ahora ya más cerca y abiertamente. Lo que había viajado con él, y durante semanas, sobre aquel incómodo carro, eran tres largos y pesados rollos de pergaminos. Infinidad de ellos, que el diácono trasladaba, a duras penas, a la parte más oscura de la cripta, sobre un asiento de cuero y madera. También le llamó la atención el cuidado con que trataba cada uno de aquellos pesados rollos. Parecía como si fueran mucho más delicados de lo que aparentaban.
La mirada atenta del pequeño Hue en los ajados pergaminos no pasó desapercibida para el obispo Guilhabert.
—Y ahora decidme, niños, ¿qué habéis visto y qué habéis oído hasta que os ha sorprendido el sargento? Creedme si os digo que se trata de algo mucho más importante de lo que os podéis llegar a imaginar.
17
LA CENA SACRAMENTAL
Rívoli, cerca de Turín, norte de Italia
Llegó la noche, sin que los dos nuevos invitados hubieran sido plenamente conscientes del paso del tiempo. La tarde había transcurrido de forma muy amena, gracias a la amabilidad de sus anfitriones, de los que Sergio sabría ese mismo día que se trataba de dos perfectos. Giovanni tenía poco más de cuarenta años y, además de orar y predicar, se dedicaba a la sastrería, labor en la que le ayudaba su compañera Laurencia, volcada más en tejer la lana y en las pequeñas ceremonias, como recibir el melhioramentum y bendecir el pan ante sus muchos invitados. De hecho, la suya era una pequeña casa conocida como hospicio por los frecuentes viajeros que iban de paso hacia Turín.
—Las perfectae —le había explicado Laurencia aquella misma tarde— no solemos predicar o debatir en público. Esas actividades las practican, principalmente, los hombres y, sobretodo, los miembros de la clase superior que, generalmente, poseen la educación y la seguridad en sí mismos necesarias para hacerlo. Nosotras nos limitamos a difundir nuestra religión en la conversación personal.
—Y no es de extrañar —añadió, atrevido y sonriente, fray Doménico— que convenzáis a todo el que se detiene a escuchar vuestra dulce voz. Y seguro que no se librará de vuestro embrujo si, además, os ayudáis de unos ojos tan bonitos.
Sergio comprobó que, efectivamente, Laurencia poseía unos bellísimos ojos de un azul grisáceo que nunca antes había visto.
—Es fácil perderse en ellos —apuntó, tímidamente, Sergio.
—Parad ya de adularme u os quedaréis sin cena esta noche —bromeó Laurencia, saliendo de la oscura habitación claramente ruborizada.
—Su ayuda es fundamental para mí —explicó dulcemente Giovanni, aprovechando la ausencia de su pareja—. Sin ella sería muy difícil para mí ocuparme de todas las labores que desempeño. No solo me ayuda con las telas y con algunos rituales menores sino que, además, catequiza a los niños de la aldea, y ayuda a criarlos en la fe. También alienta e instruye a las jóvenes candidatas a perfectae, con exposiciones profundas, y conversaciones que mantienen aquí mismo, a la tenue luz de nuestra pequeña foganha. Sí, su apoyo y la importancia de sus funciones como perfecta son innegables.
—A diferencia —apuntó Sergio, mirando pensativo el suelo de la habitación, cubierto de fina tierra batida— del papel que desempeña la mujer en el catolicismo. Y esa es una gran diferencia y una clara ventaja frente a la Iglesia de Roma, ya que la mujer también debe tener derecho a poder elegir su... su tendencia religiosa y poder exponerla libremente.
Giovanni desvió silenciosamente su mirada, desde los ojos del joven a los de fray Doménico, sorprendido por el apunte del novicio.
—Efectivamente, Sergio —afirmó el corpulento fraile, mirando, a su vez, a Giovanni—. Quien tiene la mujer tiene la llave de los corazones y del compromiso íntimo y profundo del pueblo. Si la sociedad se tambalea es, entre otras cosas, porque la mujer consiente en ello. Y, por el contrario, una sociedad puede resistir si sus mujeres están dispuestas a hacerlo.
—Nuestra visión —añadió el perfecto Giovanni—, más igualitaria que la católica, nace de la consideración de igualdad que merecen todos los ángeles caídos del Cielo de Dios, siendo la distinción sexual únicamente una obra del diablo.
—Entonces es lógico creer en la reencarnación —exclamó Sergio casi en un susurro—. La reencarnación hace que no pueda existir la diferencia entre sexos. Si el hombre ha sido mujer en una vida anterior, y la mujer un hombre, la reencarnación los aproxima el uno a la otra eliminando las desigualdades…
—Ya os dije, maestro —aclaró fray Doméncico, ante la cara de asombro de Giovanni—, que Sergio es un joven muy despierto.
La casa de los dos perfectos, construida de ladrillos de adobe sobre entramado de madera, poseía un piso superior conocido como solier, y que hacía las veces de dormitorio para los itinerantes que paraban en ella, o de taller donde Giovanni preparaba sus telas. Pero la vida intensa y las predicaciones se hacían en la planta baja, a nivel del suelo, en aquella habitación-vivienda, un hogar instalado junto al pequeño establo de animales. Así, la vivienda resultaba tan modesta como confortable, con suelo de tierra y con escasas y diminutas ventanas, cubiertas algunas con maderas y otras con delgados cueros.
Conforme fue ocultándose el sol en el horizonte, fueron llegando vecinos y amigos a la casa de los perfectos. Creyentes con los que mantenían un contacto abierto y cordial, siempre de puertas hacia dentro. Cada vez que un nuevo vecino entraba por la puerta, se repetía el ritual de saludo y mejora, o melhioramentum, como lo llamaban ellos. Después accedían a la sala principal de la casa, donde iba a tener lugar el ritual de aquella noche.
—Nuestros rituales —le había explicado fray Doménico aquella tarde— no requieren ninguna sala especial ni separada, con imágenes o santuarios. Los bons hommes siempre nos hemos negado a reservar un edificio para que cumpliera la función de iglesia a la manera católica. Gracias a ello, el iniciar una reunión de hermanos no puede ser más simple y barato. Nuestro ascetismo, la sencillez de nuestros lugares de reunión, o el rechazo de edificios eclesiásticos nos han permitido una organización fácil de mantener y de realizar.
»La morada de Dios no precisa de ladrillos —continuó diciendo—. El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, como es Señor del Cielo y de la Tierra, no habita en templos hechos por manos humanas[27]. Las nuestras son como la casa de Lázaro y sus hermanas, donde las comidas, que realizaban como auténticas ceremonias, la transformaban en un auténtico templo.
No en vano, y contando con ellos dos y los anfitriones, en la casa se reunieron más de veinte personas que, curiosamente, hablaban siempre de forma muy tímida. En voz baja. Era obvio el miedo que sentían aquellas gentes de ser descubiertas en una reunión multitudinaria como la que estaban a punto de celebrar, una reunión que, además, repetían unas veinticinco veces al año.
Aquel temor estaba presente en sus oscuras ropas, sus caras y sus temblorosas voces, y fue lo que hizo que Sergio decidiera salir hasta la calle y encargarse de vigilar la puerta, ante el gesto de aprobación de fray Doménico.
Fuera hacía frío y la humedad se condensaba sobre las planas piedras de la calleja, por lo que el joven eligió quedarse en el quicio de la puerta, bajo el poco techo de paja que sobresalía hacia la calle. Desde allí pudo oír la práctica totalidad de la ceremonia. La reunión la presidía el maestro Giovanni y consistió en una gran cena sacramental, consumida con gran alegría y durante la cual se celebró la ceremonia pura de la bendición del pan. Tras ella, y en presencia de todos los invitados, el maestro se dispuso a renunciar a la creencia de la encarnación de Cristo, lo que hizo que Sergio prestara especial atención.
Por la noche, y una vez que se hubieron marchado todos los invitados, Sergio y fray Doménico subieron a tumbarse en sus jergones de paja instalados en el solier de madera. Sin embargo, y a pesar de los confortables colchones de plumas sobre los jergones, el joven no podía conciliar el sueño.
—Hermano fray Doménico...
—¿Hum?
—¿Puedo preguntaros algo?
—Sí, Sergio.
—Hoy... Esta noche, he oído... He escuchado la ceremonia que habéis celebrado. Habéis renunciado a la encarnación de Cristo, y el maestro Giovanni ha explicado que la renuncia se basa en la creencia de que Dios no pudo humillarse como para adquirir la forma y la materia de la carne humana... Luego le oí decir que Dios, efectivamente, es el creador del cielo, pero no de la Tierra, que un gran dragón había creado a la Tierra, y que era el señor del mundo, donde tiene más poder que el propio Dios.
—¿Y bien?
—Pues que no entiendo cómo es posible que dos religiones que tienen un mismo Dios en común puedan ser tan diferentes. ¿Qué..., qué más diferencias hay? ¿Cuál de las dos posturas es la correcta?
—¿Qué dos posturas, Sergio?
—Pues... las dos. Las dos que hay. La católica y la de los buenos hombres.
—¿Creéis realmente que solo hay dos? Decidme, joven Sergio, ¿y qué ha sido, de repente, de la religión de los sarracenos?, o ¿qué ha sido de las religiones paganas y de culto a ídolos de otros tiempos como en la Grecia o la Roma de hace unos siglos? No, Sergio, no hay solo dos posturas. Probablemente haya tantas posturas como creencias y tantas creencias como personas. Cada ser humano crea su propio Dios, a imagen y semejanza de sus necesidades.
—Pero vos y los demás hombres puros predicáis una religión concreta y común, y muy diferente del catolicismo que lidera su santidad el papa Inocencio.
—Verás, Sergio —comenzó a explicar fray Doménico, incorporándose en su colchón de paja y mirándole en la casi absoluta oscuridad, que solo aparecía rota por un fino rayo de luna entrando por el ventanal—, hace solo unos días que te conozco, pero creo que he empezado a apreciarte, más que a la mayoría de las personas que he conocido en mi vida. Y es por eso por lo que no he querido influir en tu, digamos, «vocación». ¿Entiendes?
»Sin embargo —continuó—, ahora que te conozco mejor, y sé que eres una persona inteligente y con capacidad suficiente como para entender y poder elegir libremente, he decidido hablarte según mis creencias. Las nuestras, las de los buenos hombres. Quedará, pues, a tu juicio, el decidir si estamos equivocados y ante una postura herética o, si no es así, si es la católica la postura errónea.
»Antes me has pedido que te explique cuáles son las diferencias entre nuestra religión y la que nosotros llamamos la «Iglesia de los lobos». Pues bien, debes saber que, a diferencia de otras «herejías», como se empeñan los adoradores de Satanás en llamarnos, la de los buenos hombres no pretende combatir un punto teológico de la doctrina católica, sino que ataca la propia razón de ser de la Iglesia de Roma, a la que acusamos de no saber transmitir el mensaje cristiano, un mensaje que no llega, ni puede llegar nunca al pueblo, porque este no entiende el latín. Y menos aún, mediante el corrupto clero que está ejerciendo la predicación. Nosotros, sin embargo, conseguimos que el pueblo nos escuche, que escuche nuevas voces en lengua vulgar que les hablan como lo hacían los primeros cristianos, con humildad, con simplicidad y con austeridad.
—De ahí vuestro éxito —pensó en voz alta el novicio, y sin haberse percatado de que el fraile había empezado a tutearle, obviando el voseo—. Lento pero seguro. Como una epidemia...
—Si te empeñas en llamarlo así, adelante. Pero no olvides que esta «epidemia» solo enferma a quienes se ven convencidos por una forma de predicar que emula a la que emplearon los santos apóstoles hace más de mil años.
—Pero sigo sin entender por qué esa persecución a sangre fría.
—Sencillamente, porque nos tienen miedo —sentenció fray Doménico, entrecerrando los ojos y con voz grave—. No nos temerían si exclusivamente nos dedicáramos a predicar mejor que ellos. Les aterra el que critiquemos sus abusos hacia el pueblo, sus injusticias, la enfermedad que avanza desde su propio seno y que, de conocerlo el pueblo al que tienen preso, se revelaría y les depondría como dueños de su fe y sus almas.
»Criticamos muchos de los abusos que comete la Iglesia de Satanás y los más acuciantes son el nicolaísmo y la simonía.
—¿Nicolaísmo? ¿Si… simo…?
—Nicolaísmo y simonía. El primero debe su nombre a Nicolás de Jerusalén, el primer defensor del matrimonio clerical, y quien aducía que, para apagar la concupiscencia, lo más adecuado era dar rienda suelta a los placeres. Esta es una postura que afecta a demasiados miembros de la jerarquía católica. La mayor parte de los miembros del clero secular viven como laicos y llevan armas como cualquier soldado o señor, independientemente de si se trata de un sacerdote o un obispo. Gentes que no respetan la regla del celibato y llegan a convivir con mujeres, cometiendo todo tipo de abusos carnales.
»Sergio, si aún no has tenido ocasión, llegarás a conocer a esa mayoría de sacerdotes que, al estar impuestos por nobles, son laicos alejados de la espiritualidad. Su comportamiento es irrespetuoso y su conocimiento de la fe, ínfimo. No tienen reparos en vivir con sus esposas o sus concubinas, incluso con ambas. Sus actuaciones públicas son de una gran depravación moral y utilizan las parroquias para sobrevivir, y no para llevar el mensaje de Cristo. La lucha contra el nicolaísmo es el intento de mejorar la baja moral de ese clero.
»La simonía, por su parte, es un abuso tan triste como el anterior. En recuerdo de Simón el Mago, al que maldijo el apóstol Pedro en Los Hechos de los Apóstoles por tratar de comprarle sus poderes espirituales de hacer milagros o el don de conferir el Espíritu Santo, la simonía se presenta de una naturaleza diferente, pero igual de grave, ya que atiende a otro de los pecados del ser humano, como fruto de su ansia de poder y del ánimo de lucro que hace del clérigo un ser egoísta y capaz de comerciar con los cargos eclesiásticos. Así, un obispo puede llegar a esa posición tras haber comprado su función a un príncipe o un señor laico. Trafican con los sacramentos y venden al mejor postor los cargos eclesiásticos y funciones religiosas. Los laicos contribuyen, desde hace siglos, al mantenimiento de ambas desviaciones eclesiásticas, cumpliendo el papel de intermediarios, explotando santuarios y nombrando a dedo las jerarquías, sin exclusión, siquiera, del cargo de obispo.
—Entonces, podríamos decir que el sexo y el oro son las dos grandes lacras del mal monje.
—En efecto, Sergio. No olvidemos, no obstante, que la propia Iglesia ha intentado poner freno a tales abusos. Así, el papa Gregorio VII, propuso la reforma que hoy llamamos «gregoriana», creando las disposiciones canónicas para poner fin a estas prácticas. El monje Hildelbrando consiguió que su lucha tuviera una buena acogida en algunos lugares, donde el cambio de costumbres llegó a hacerse notable, tanto en clérigos como en nobles. Pero no ha sido así en todos sitios.
»Sin ir más lejos, cuando pasé hace unas semanas por aquí, Giovanni y Laurencia me relataron una de las costumbres del clero de Turín: una especie de tasa del todo arbitraria e inconcebible, como es el derecho de expolio sobre los restos mortales. Parece ser que, justo tras la muerte de uno de sus parroquianos, los clérigos se beneficiaron de los bienes que había en su casa, de forma que desaparecieron antes, incluso, que el cadáver. Una mesa, un banco, o la misma cama donde había fallecido, y que aún conservaba el calor del cuerpo del finado... Costumbres, Sergio, que no consiguen más que se enfríe la caridad del pueblo y que desaparezca su devoción.
—Pero quizás se trate de un hábito muy antiguo y no sea posible evitarlo —comentó Sergio.
—Sergio, todas las malas costumbres deben poder evitarse. Pero si no fuera posible eludirlas, como el suceso que te he relatado, debería efectuarse en un momento más oportuno, y no en las circunstancias inmediatas a la muerte. Con ello, comprenderás que las funciones sacerdotales inspiran a los laicos un absoluto desdén, y este conlleva que el fraile no se enorgullezca de serlo y llegue incluso a ocultar su pequeña tonsura, peinándose los cabellos de atrás hacia la frente. Finalmente, y como puedes imaginar, los prelados son el hazmerreír de los laicos.
»El mismo papa Inocencio ha llegado a cargar contra todos esos abusos cometidos por clérigos sin escrúpulos a los que ha tildado de perros enmudecidos que no saben ni ladrar. Simoníacos que venden la justicia, absuelven al rico y condenan al pobre. Acumulan beneficios y confían el sacerdocio y las divinidades eclesiásticas a sacerdotes indignos y a ignorantes muchachos..., como llegó a escribir en una carta que ha visto la luz con los fabliaux[28]... Sí, aquella fue una dura crítica que nos hizo reír a muchos, como aquel otro poema que dedicaron los goliardos[29] a los prelados hace algunas décadas... ¿Cómo era? ¡Ah, sí, ya recuerdo! —exclamó el fraile, poniéndose en pie y adoptando una teatral postura, con una mano en el pecho, la otra a modo de visera sobre los ojos, y haciendo que otea el horizonte, con una pierna sobre el único arcón de la habitación, y que hacía las veces de banco.
Ya tenemos promovido el monje a obispo;
pálido y enflaquecido por el ayuno,
le ha brotado un diente ruidoso e insaciable,
engullendo en seis bocados, seis pescados grandes,
consumiendo para cenar una merluza desmesurada,
ganando en solo dos años peso y grasa,
a imagen y semejanza de los glotones cerdos.
El que, en el claustro, bebía de la fuente,
ahora provoca con mucho vino un gran diluvio,
y hay que llevarlo a la cama, del brazo, ebrio.
Ahora veréis llegar en tropa de mil en mil
a sus parientes y sobrinos, diciendo:
«Soy pariente del obispo, soy de su familia».
Y a este lo nombra canónigo y a ese otro tesorero.
Fray Doménico tuvo que dar por concluida su genial interpretación, ya que los aullidos de risa del joven novicio iban a despertar a toda la aldea.
—Pero vos también estáis... ¿cómo decís siempre?, ¿grande? —bromeó Sergio, enarcando la ceja derecha y poniendo las palmas de las manos por delante, fingiendo temer una reacción agresiva del fraile.
—Ahora el ángel me diría: «Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos [...], y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre y no has desmayado»[30]. Y yo le respondería: «Sí, mi ángel de la guarda, soy paciente, pero un día dejaré de serlo y le ofreceré al Señor, en sacrificio, esta oveja descarriada».
Ahora Sergio lloraba de risa, mientras el fraile, divertido y satisfecho de su interpretación, se tumbaba de nuevo en su jergón.
—¿Qué más puntos definen la doctrina de los hombres puros? —preguntó Sergio, al fin, cuando ambos hubieron terminado de reír a carcajadas.
—Básicamente retoma el principio maniqueísta del bien y el mal. Todo se haya dividido en dos bandos: el Dios bueno crea el bien, Satanás el mal. Constantemente luchan entre sí, puesto que ambos son eternos. Dios creó a los ángeles, y el Maligno ha creado el mundo. Por ello en el mundo no hay nada bueno. Lo material, la carne, el hombre, todo está podrido, porque ha sido creado por Satanás. Por su voluntad existen las estrellas, el sol, el aire, la tierra y el hombre. El universo, tal como se presenta a nuestros ojos, es obra del demonio. Dios, por su parte, creó el alma humana, que se halla prisionera en el cuerpo material.
—Es, precisamente, lo que explicaba esta noche Giovanni. Dios ha creado el Cielo, pero no la Tierra.
—Así es. Dios no es todopoderoso y solo reina sobre el bien que existe en las criaturas. Y es en la imperfección del bien donde reside el mal. Satanás es hijo de Dios y la historia del universo comienza con su caída. Dios permitió la victoria de su hijo rebelde, pero solo en el mundo. Pero Dios tiene prevista la liberación de sus ángeles en la tierra. Jesús, hecho a imagen de Dios, pasa a ser su hijo enviado al mundo, donde es instituido como Señor de los buenos. Pero será tentado por Satanás, puesto que nació de María. Su muerte en la cruz es una victoria más de Satán y que Dios ha permitido para instrucción del pueblo. Por Cristo, pues, los caídos reciben la iluminación y pueden retornar al cielo, volviendo finalmente el bien al bien.
—¿Y qué sucede con los malos?
—Los malvados serán castigados para toda la eternidad y este mundo será destruido por el fuego. Los hombres puros vemos las almas humanas como ángeles caídos. Ciertamente, no todos los hombres responden a esta condición, por lo que, aquellos cuya esencia espiritual participe de la naturaleza angélica, serán finalmente salvados. Como los niños, que nacen inocentes y que, en caso de morir en fase temprana, retornarán al Cielo, puesto que su alma aún no ha podido pecar. Para la salvación del resto de mortales, creados y educados por Satanás, murió Cristo en la cruz, y volverán al redil como ovejas descarriadas que son, con la ayuda de la predicación de los apóstoles, y todos cuantos prediquen como ellos lo hicieron.
—Y aquí es donde entráis los bons hommes.
—En efecto, los auténticos herederos de los apóstoles. La victoria sobre el pecado, obtenida por Cristo con su muerte en la cruz, se halla también al alcance de todos los hombres puros, y gracias a nuestro conjunto de ejercicios que practicamos para alcanzar el perfeccionamiento espiritual.
—Entonces, el boni homine vive en esta tierra para hacer penitencia y para expiar su ruptura con Dios.
—Eso es. No creemos en la reencarnación ni en la resurrección de la carne. El retorno al Cielo y la liberación son el fin supremo que suscita todas nuestras plegarias. Solo el que sea perfecto ascenderá inmediatamente al Cielo. Para el resto, el pecado será su sujeción al mundo.
—Y la ausencia de pecado permitirá al hombre ver su propia salvación. Entonces, todos los pecados son mortales: o se es ángel o se es demonio. El arrepentimiento es absurdo.
—Sí, aunque no debemos olvidar que cada cual será recompensado conforme a su comportamiento personal, y que nuestra oración y predicación hace, cada día, más ángeles y menos demonios sobre esta Tierra.
Las palabras de fray Doménico, sobre la razón de ser del hombre puro en la Tierra, dejaron a Sergio sumido en un profundo silencio, lo que aprovechó el fraile para sacar algo del estuche que colgaba de su cinturón.
—Sergio, todo buen cristiano lleva consigo unos pergaminos con versículos del Evangelio según San Juan, el único auténtico según nuestra creencia. De su lectura, y en mis tiempos de ocio, he sacado la idea de crear un escrito que ayude a los demás hombres a comprender cuál es, realmente, la esencia del hombre puro y en qué consisten los dos principios. Me gustaría que leyeras estos pergaminos que he empezado a escribir. Es posible que te ayuden a saber algo más sobre el carácter dualista de nuestra doctrina.
Fray Doménico le extendió unas vitelas que, hace tiempo, debieron ser muy blancas, pero que ahora se presentaban sucias y arrugadas, y con muchas dobleces, para conseguir introducirlas en la pequeña bolsa de cuero junto a los pergaminos con el Evangelio de San Juan.
—Creo que será buena idea que te los quedes tú. Quizás, con el tiempo, quieras añadir algo en ellos...
Sergio ya no escuchaba las palabras del fraile, enfrascado como estaba en la lectura de los pergaminos.
Que las gentes instruidas lean, pues, las Escrituras, y se convencerán de que existe un Dios maligno, señor y creador, que es la fuente y la causa de todos los males. Si no fuera así, les sería necesario confesar que es el verdadero Dios, el mismo que es la luz, que es bueno y santo; el que es la fuente viva y el origen de la dulzura, de la suavidad y la justicia, el que sería, a la vez, causa y principio de toda iniquidad y maldad, de toda amargura e injusticia; y que todo lo que es opuesto a este Dios, siendo su contrario, procedería, en realidad, de él mismo: cosa que ningún sabio sería tan necio de sostener...[31]
El silencio en la casa, roto solo por los regulares y sonoros ronquidos de fray Doménico y la lectura a la escasa luz de una vela, venció al agotado Sergio, sumiéndole en un profundo sueño en el que fueron desfilando todos los ángeles y demonios que podía imaginar su joven y fértil mente.