Capítulo 7

1 de abril, 2016

La lluvia castigaba con frío y humedad aquellas zonas perdidas y los cielos grises, por los que aves mañaneras surcaban las alturas, eran testigos del coche que solitario en la carretera, recorría los tramos del sur de Burgos, buscando un pueblo deshabitado y olvidado en el tiempo.

Era el momento, habíamos salido hacia nuestro destino, el gran esperado Valle de Penuria. Surcábamos las carreteras con la compañía de la voz del GPS que no lograba encontrar el sitio al que nos dirigíamos.

Los anteriores cuatro meses y medio habían pasado lentamente, María y yo estábamos más distanciados que nunca y apenas habíamos cruzado palabra en todo el trayecto. Durante todo aquel tiempo sólo habíamos hablado para acordar el día de partida. Nunca me dio una explicación del porqué de su traición, del porqué de desvelar un secreto que la había contado en confianza, sabiendo que me dolía que la gente lo sepa. Sin embargo, yo estaba todavía más enamorado que antes, dado que su ausencia en todo ese tiempo había reforzado mis sentimientos.

Carlos, por su parte, había tenido unos cuantos problemas con la policía por conducir borracho y herido de la traición que, según él, Sara le había causado. Al parecer, la chica se lo había contado, en un ataque de sinceridad y culpabilidad, pero no delató a su amante.

Sara era una chica un tanto fea, de pelo castaño y corto y gafas, pero muy inteligente y, en el fondo, buena persona, o eso creía yo, ya que la había visto en contadas ocasiones.

Y para terminar con el cuadro, a mí me habían despedido de mi trabajo, me habían mandado a la calle sin más explicaciones.

Los cuatro íbamos en aquel Ford Fusión azul, con Carlos al volante. No habíamos pronunciado palabra casi en todo el trayecto; María y Sara, aunque, según me dijo Carlos, eran amigas, no las había visto ni una sola muestra de amistad; Carlos iba sumido en la amargura que lo carcomía desde hacía ya tiempo; yo iba dolido con la presencia de mi princesa que ni me miraba y, en conjunto, cada uno iba pensando en sus amarguras y tristezas. Valla cuatro, pensé.

Aunque habíamos quedado desde hace meses en hacer aquel viaje, ellos no tenían ganas, pero sé que mis amigos sabían que esto era importante para mí, y que habían decidido que no me dejarían solo con mis tristezas en un sitio sin gente con ese nombre.

Alrededor de las de las doce, al fin, encontramos la entrada. Lo primero que vimos fue una casa que descansaba a un lado del camino.

Al adentrarnos, vimos que lo que quedaba del antiguo pueblo eran un conjunto de casas derribadas, formando callejuelas, envueltas en un halo siniestro de misterio y una pizca de aprensión, al estar presente en un desierto de edificios muertos desperdigados por caminos de piedra y silencios eternos.

Cuando llegamos a la casa, nos bajamos del coche y allí, al pie de la puerta de madera, pudimos verlo, en el suelo: el mismo calendario de las fotografías del futuro.

Dios mío… — Dije, mientras comprobaba que era idéntico.

Rápidamente intenté abrir la puerta. Estaba cerrada. Le di golpes, patadas. No abría.

¡Andrés, para, me estoy poniendo nerviosa! — Gritó María, furiosa.

¿Por qué lo hace? — Preguntó Sara.

Yo no hice caso, estaba enloquecido, golpeando con rabia animal la puerta. Hasta que se abrió.

Una nube de polvo nos cubrió. Entré.

¡Papá! ¡Mamá! — Grité en sollozos.

No estaban. El edificio yacía solitario, como había estado tanto tiempo.