Capítulo 3: Relato de Andrés
Año 2001
El sol mañanero se filtraba a través de los árboles por el sendero que daba al lago. Yo tenía por esa época apenas once años y aquel verano mis padres decidieron que nos alejaríamos, en vacaciones, del bullicio de Madrid y las pasaríamos en Valle de Penuria, un pueblo perdido en el sur de Burgos en el que teníamos una casa antigua que perteneció a mis abuelos. El sitio estaba habitado solo por un matrimonio que apenas salía de su casa y que tenía una hija de diecinueve años, que había marchado a la ciudad en cuanto cumplió la mayoría de edad. Si me preguntaran, ahora, si fui feliz en aquella época de mi infancia, respondería que lo que más anhelo es volver a revivir aquellos días de inocencia que por ley de vida, se esfumaron y convirtieron en un recuerdo lejano en mi corazón. Aunque todo cambió aquel día.
Mis padres se llamaban Pedro y Claudia.
Yo me adelanté por aquel camino estrecho que daba al pequeño lago circular, el cual tenía una cueva subterránea inundada de agua, formando túneles y galerías acuáticas. Pero, en ese momento en el que emergí del sendero y fui a dar a mi destino, es cuando la vi.
Era una mujer joven, de facciones finas y pelo rubio hasta los hombros. Llevaba un vestido blanco, yacía tumbada en la tierra mojada de la orilla y tenía las tripas abiertas en mitad, de tal forma que se la podían ver los intestinos y una cantidad enorme de sangre, repartida por la zona en la que descansaba el cadáver.
Yo me quedé paralizado, me paré de golpe y la observé, en ese momento se me llenó el cuerpo de un asco y un miedo terrible. Salí corriendo, gritando y llorando en busca de mis padres.
Resultó que aquella joven, que se había marchado a los dieciocho años del pueblo, era la hija de nuestros únicos vecinos, los que, cuando fuimos a contarles lo sucedido, no aparecieron, y no lo harían jamás. Mis padres avisaron a la policía pero, cuando les indicaron donde estaba situado el cadáver, la zona estaba limpia y vacía.
No volvimos a sentirnos seguros en ese sitio. Yo tuve que acudir a psicólogos que me hablaban cosas de las que me daba la impresión, no entendían. Y no lo hacían por el simple hecho que de que no podían meterse en mi piel, vivir el miedo que vivía por las noches, el terrible recuerdo de aquella tarde y el terror al pensar en volver a tener aquellas pesadillas que me torturaban por la noche.
Pero al cabo de los años recuperé la sonrisa, aunque en mis recuerdos y pesadillas, todavía tenía y tendré, por mucho tiempo, aquella siniestra tarde en la que vislumbré a la sensual dama muerta de vestido blanco, que me perseguiría por siempre.
Con el tiempo crecí, conocí a gente e hice amigos y, poco a poco, intenté a ser feliz. Hasta que ocurrió lo que ocurrió, a mis veinte años.
Y ahora, en esta segunda fotografía, sale aquella mujer de nuevo, de pie, en frente de la casa de sus padres, con una diferencia: en la foto ya no es una joven, si no que aparenta ser una mujer de unos cincuenta años. Su rostro lo conocía muy bien, lo tenía grabado en la mente desde aquel verano.