Capítulo XIII
Tres hombres… Un solo destino
Primera Parte
No cabe duda que esa noche dormí con una tranquilidad diferente, no como la paz que me daba el amor de Loui, sino la tranquilidad que me daba la decisión del príncipe que de alguna forma, me hacía sentir liberada. Ahora si me sentía bien, porque la vida de Loui no corría ningún peligro y no habría ningún enfrentamiento por mí. Me sentía tan bien porque mi situación de cierta forma ya estaba definida, que por un momento olvidé lo que Gertrudis le había escuchado decir al duque. Esa mañana, a la hora del desayuno en mi habitación Gertrudis me dio una nota para mí que había llegado por la noche, era de Loui y decía lo siguiente:
“Mi amada Constanza:
Amor mío, por ser nuestra primera cita como novios te espero al mediodía en el arroyo de la cascada para un picnic privado. Te amo mi vida y deseo verte. Siempre tuyo, Loui”
Esa nota de bella caligrafía definitivamente me hizo suspirar y estaba fascinada por su manera de ser. Para mí, Loui era el hombre perfecto y hasta el momento no había encontrado un defecto en él y menos en lo físico. No tenía las palabras y creo que aunque las tuviera no podría describir lo hermoso que era él, sería lo enamorada que estaba, pero para mí en el mundo no existía otro igual. Loui era el dueño de mi corazón y de todo mi ser, cada día que pasaba estaba más y más enamorada de él. Sentía que lo amaba con locura y mi corazón palpitaba aceleradamente, como un caballo desbocado que no podía detenerse cuando pensaba en él. —“Era hermoso” —pensaba suspirando llevando la nota a mi pecho—. “Simple y sencillamente hermoso.” Aunque no descartaba que tuviera uno de los defectos que yo más odiaba; roncar. Mi sueño era sagrado en ese aspecto y detestaba eso en los hombres, pero con el sólo hecho de imaginarlo en la cama y a mi lado… Estaba dispuesta a pasar por alto y con gusto tal defecto. ¡Dios que calor! El resto de la mañana lo pasé en mi habitación pues ahora si tenía mucho con que entretenerme, lo primero que hice, fue instalar el aparato de sonido para escuchar música y es sorprendente lo hermoso que se escuchaban las suites orquestales y los conciertos de Brandemburgo de Bach, en un castillo tan barroco y clásico como la misma música. El escuchar también el sonido del piano en la música de Chopin me hizo soñar, no eran sólo sus nocturnos; su segundo concierto para piano, especialmente su segundo movimiento me hizo pensar en Loui y en nuestro amor. No sé porqué, pero esa melodía la asocié con él. Al escucharla y al pensar en él podía ver su cara y sentirlo cerca de mí, mi piel se estremecía y todos mis músculos se contraían involuntariamente, sentía que ya no tenía control de mi cuerpo el cual pedía a gritos sus caricias y su calor para saciar la sed y apagar el fuego que me hacía hervir todo el torrente sanguíneo. Ahora sabía que debía escuchar antes de dormir, para tener dulces sueños con él. Clasifiqué las pinturas, los lienzos y los pinceles y al ver el retrato que hice de él a carbón, me preguntaba si podría hacerlo también al óleo. Armé el atril y coloqué en él la partitura de “Meditación” de Massenet, afiné el violín y me dispuse a practicar un poco, es una pieza musical muy tranquila pero también podía ser muy melancólica en determinados momentos y agudizar más el estado de ánimo, por lo que al momento de comenzar a tocar preferí dejar a un lado el instrumento al poco rato. Busqué otras obras que escuchar y me sorprendí cuando comenzó a sonar una melodía que reconocí de inmediato, era la que le había escuchado musitar a Randolph aquella noche en la biblioteca. Se trataba de “Pavana para una infanta difunta” de Ravel. Era una melodía dulce pero a la vez triste, muy propia para la hora de la meditación, sólo que en ese momento él seguramente recordaba, más que meditar. Escuchando el “Tempo di Vals” de Dvorak me dispuse a leer una famosa novela de Austen cuyo protagonista hace que nos enamoremos más; Mr. Darcy había sido siempre para mí el hombre perfecto y mi amor platónico. Pero mi problema era que no pensaba en él sino en mi Loui y la música me hacía soñar más con él. Concentrada en la lectura, la mañana se me fue rapidísima y luego me preparé para salir. Pedí que me ensillaran a Belladona y mientras esperaba que la prepararan, estando en el lobby le dije a Randolph que saldría y que regresaría por la tarde. Pero justo en ese momento, el doctor nos hizo compañía;
—Hola señorita Constanza. —Gentilmente besó mi mano—. Me da gusto veros, ya que aunque estemos bajo el mismo techo parece que es difícil encontraros.
—Hola doctor, perdón, Jonathan.
—Señorita, ya traen su yegua. —Me avisó Randolph.
—Vais a salir a dar un paseo. ¿Puedo acompañaros?
—No esta vez. Es algo privado, lo siento.
Enseguida monté y me fui a todo galope, lo único que deseaba era ver a Loui y estar con él. Cuando llegué al arroyo de la cascada me sorprendí porque no había llegado, así que me dispuse esperarlo en el tronco del árbol caído, donde me senté la última vez que estuve con él y siempre se me venía a la mente su imagen en el agua. —“¡Por Dios ten piedad!”—pensaba suspirando. Todavía no podía creer que Loui era un hombre de verdad de carne y hueso, debido a lo perfecto que me parecía. Mientras pensaba en él, parecía que mis pensamientos lo llamaban porque de repente, sentí su presencia atrás de mí cubriéndome los ojos y dándome una agradable sorpresa;
—¿Quién soy? —Preguntó susurrándome al oído.
—Pues no sé… —Intenté bromear—. Supongo que mi príncipe encantado.
—Así es amor mío. —Contestó emocionado poniéndome de pie, abrazándome con fuerza y besándome con ansiedad.
—Loui tranquilo —le dije respirando aceleradamente y recuperando el aliento—, me vas a asfixiar o me vas a provocar un infarto.
—Perdóname —dijo sonriendo apenado—, creo que me excedí un poco. Lo siento, es que deseaba verte y más ahora que ya eres mi novia, puedo besarte libremente y desearía hacerlo todo el tiempo.
—Loui no tienes idea de lo que provocan en mi tus palabras, ambos sentimos lo mismo, pero creo que es mejor controlarnos. —Le dije intentando respirar normalmente y ruborizándome.
—Tienes razón, ven. Tengo listo nuestro picnic.
Nos sentamos a la sombra de un árbol con la vista al arroyo y a la caída de la cascada. Loui había traído todo lo que me gustaba; pan, queso, jamón, manzanas, uvas, fresas y el vino, una comida sencilla y campestre que se disfrutaba al aire libre y en la mejor compañía. No podía ocultar la felicidad y el bienestar que sentía, todo parecía perfecto y mientras disfrutábamos la comida charlando un poco de todo y de nosotros, no pude aguantar mi curiosidad;
—¿Amor puedo hacerte una pregunta? —Le dije tímidamente.
—¿Amor? —Preguntó sorprendido—. Me halaga que me llames así. Comienzo a sentirte mía.
“¿Sentirte mía? ¿Sentirme suya? Qué bien suena” —pensé tragando en seco y mordiéndome el labio inconscientemente. Comenzaba a sentir más calor.
—Bueno es natural que lo haga si ya somos novios, ¿No crees?
—Y no sabes cómo me encanta eso. —Susurró besándome suavemente—. A ver ¿Qué quieres saber?
—Tu apellido. —Contesté llevándome un trozo de manzana a la boca—. No lo conozco, no me lo has dicho.
—Tienes razón y hablando de eso tampoco conozco el tuyo. —Me miró sonriendo y bebiendo un poco de vino.
“Touché” —pensé.
—Cierto —le dije sonriendo contagiada por él—, cuando nos conocimos solo dijimos nuestros nombres. Que falta de delicadeza.
—Más bien creo que fue por la impresión. —Contestó levantando una ceja y mordiendo un trozo de queso.
Su expresión, su boca, sus labios, sus movimientos. ¡Dios! Sentía que me provocaría un orgasmo con el simple hecho de verlo comer. Ya no estaba en mis cabales, ni yo misma me reconocía, éstas sensaciones nunca antes las había sentido;
—Bueno, comencemos nuevamente. —Le dije reaccionando y extendiéndole la mano—. Soy Constanza Norman.
—Loui Houffnover. —Tomó muy caballerosamente mi mano y la besó. Su perfecta mirada se clavó en mí. Mi piel se encendió aún más—. Es para mí todo un placer conocerla alteza, estoy por entero a sus pies.
¿Loui? Entonces si se llamaba así, creí que era algún diminutivo, pero ¿Y ese apellido?
—Loui no me apenes —le dije encantada por su gesto—, no soy una princesa.
—Para mí, sí. —Susurró suavemente, rozando mi mejilla y besando mis labios de nuevo. Lo dicho, este hombre se había propuesto derretirme.
—Tienes un apellido raro, no lo había escuchado. —Le dije cuando regresé a la tierra.
—Sí así es, no eres la primera que me lo dice. Pero no quiero que hablemos sobre nombres o apellidos. Quiero que hablemos de nosotros.
“Nosotros” —pensé suspirando—. “Significa que tenemos futuro, me entusiasma mucho la idea”
Y es que cuando un hombre dice “nosotros” significa que la relación es seria e importante, no para un momento sino para mucho tiempo.
En su juego, Loui quiso poner una uva en mi boca y al momento que me acerqué para morderla, inmediatamente me besó de nuevo posesionándose de mi boca con fuerza, con vehemencia, al mismo tiempo que sujetaba mi cuello para evitar que escapara de él. Me estaba devorando, parecía que su lengua buscaba con ansiedad el sabor de la mía, a la vez que también, sentía con placer el sabor de la uva que tenía y yo, hacía exactamente lo mismo. Sus besos sabían a gloria, la suavidad de sus labios era deliciosa y yo deseaba bebérmelo por completo. Su actitud me hacía desear más cada vez. Este hombre era fascinante y me tenía locamente enamorada de él. Me sentía tan bien, que para poder controlarlo un momento —y controlarme yo—, quise compartirle todo lo que me había sucedido;
—Loui tengo que decirte lo que me ha sucedido, es maravilloso. —Le dije mientras intentaba respirar y evitar el mareo, tragándome la “mitad” o lo que quedaba de la uva.
—¿A ver? —Preguntó ansioso—. ¿Quiero saber?
—El príncipe ya regresó y me ha perdonado. —Le dije muy feliz.
—Ah… ¿En serio? —Cambió su semblante sin poder disimular, mostrándome un poco de seriedad—. ¿O sea que ya no corres el peligro de un castigo?
—No te entiendo, cambiaste drásticamente tu tono de voz y tu expresión. ¿No te alegras? No corres el peligro de enfrentarte a él por mi culpa y eso a mí me tranquiliza mucho.
—Pues yo lo hubiera preferido así y enfrentarme a él. ¿No te das cuenta de lo que ha hecho? El príncipe no perdona una ofensa así nada más, quiere decir que lo hizo por algún interés en especial, por ti.
—Loui por favor, ¿Cómo puedes pensar algo así? Él ni siquiera sabe quién soy, bueno, tal vez aquella noche pero… no me ha dado la cara, no lo conozco, yo no lo he visto, no sé quién es.
—Eso no es necesario y tienes razón. La noche en el observatorio que te llevó a tu cama… —Se detuvo un momento contiendo el aire y pensar lo que iba a decir—. Tuvo todo el tiempo para verte y saber cómo eres. Por lo demás, ya pudieron haberle dicho tu manera de ser, él puede averiguar lo que quiera y también darte lo que quiera.
Tenía razón, se me había olvidado ese detalle, el príncipe sabía cómo era yo, la tonta e ingenua parecí ser yo, que no lo conocía;
—¿Qué quieres decir? —Pregunté ya un poco molesta—. ¿Qué él puede comprarme y que yo puedo venderme? No esperaba esto de ti, me siento ofendida.
Enseguida me levanté muy molesta y me dispuse a irme. Loui me siguió sujetándome del brazo y tratando de abrazarme, pero yo no se lo permití;
—Constanza perdóname, lo siento. No lo dije para que te ofendieras sino porque… tengo miedo de perderte. ¿No te das cuenta?
—Loui, el príncipe me trajo unos obsequios disculpando su actitud hacia mí y los malos ratos que me hizo pasar. Los acepté para no ofenderlo y porque me gustaron. Fueron unas pinturas, lienzos, libros, música, pero nada de eso puede compararse con lo que tú me puedes dar, el amor verdadero. ¿Por qué dudas? ¿Dudas de mí? ¿Crees que puedo escoger los bienes materiales, antes que a ti? Si es así, significa que no me has conocido y todo lo que hemos vivido hasta ahora, entonces ha sido solo una fantasía. Ha sido una pérdida de tiempo.
—Constanza no digas eso. —Insistió sin soltarme y sujetando mi cara—. No te vayas, por favor mírame, no sé lo que me pasa pero no quiero compartirte. Te quiero sólo para mí.
—¡Loui basta! ¿Se te olvida para que estoy aquí? Vine para ser la tutora del príncipe y ayudarlo a ser rey, no tengo otra misión. Te conocí y el rumbo de mi vida cambió, pero aunque así sea, el estar con el príncipe es mi prioridad. Por favor no entiendo tus celos ni tu egoísmo, insisto parece que no me conoces y eso me entristece.
—Constanza, ¿Qué quieres que haga para que olvides lo estúpido que he sido?
—Nada. —Le dije tristemente mientras intentaba irme.
—Tal vez esto… —Me acercó más a él, pegando mi cuerpo al suyo mientras me abrazaba con fuerza, inhalando lentamente mi aroma y besándome suavemente.
—¿Puedes estar seguro de mi amor? —Pregunté después de recuperar el aliento.
—Sí.
—¿Cómo?
—Porque te siento estremecer en mis brazos. —Susurró suavemente al oído—. Porque respondes a mí de la misma manera y con el mismo deseo.
—Y porque eres el único en mi vida, no dudes que mi corazón y mi ser te pertenecen solo a ti, ya te lo he dicho.
—¿Si tuvieras que escoger entre él y yo…?
—No dudes nunca de mí, yo te escogería a ti. No podría estar con alguien que no conozco.
—Pero… y si por algún motivo o de alguna manera te obligara a estar con él…
—Loui me asustas. ¿Sabes algo de él que yo no sé?
—No, no…
—Será mejor que me lo digas, ¿De qué manera puede obligarme a estar con él?
—Puede chantajearte.
—Pero por qué, cómo, no entiendo, ¿Se conocen? ¿Ha pasado algo entre ustedes? ¿Por qué tu antipatía por él?
—Constanza te amo. —Me abrazó con fuerza.
—Loui mi amor, por favor dime…
—Soy un tonto no me hagas caso.
La actitud de Loui me había asustado y la curiosidad por saber qué había pasado entre ellos comenzó a ocupar mis pensamientos, ¿Quién era Loui realmente? ¿Por qué detestaba al príncipe? ¿Cómo podría la suprema cabeza de Bórdovar chantajearlo y por qué?
—¿Crees que él pueda obligarme a estar con él? —Pregunté nerviosa.
Loui se quedó callado y pensativo;
—Si… tuviera que estar con él… —Continué haciendo pausa, estudiando con temor cada palabra que iba a decir—. ¿Dejarías de quererme?
—Nunca dejaría de amarte amor mío. —Contestó besándome con intensidad.
—Quiero que estés seguro de algo, si por alguna razón… lo que tú temes llegara a suceder y si estuviera en riesgo tu vida, haría lo que él me pidiera.
—Constanza no…
—Voy a respetar tu silencio aunque la curiosidad haga estragos mi tranquilidad, pero si tuviera que estar con él, en su cama y ser su mujer, lo haré, pero quiero que estés seguro de una sola cosa; él tendrá sólo mi cuerpo, mi alma y mi corazón seguirán siendo tuyos hasta mi último aliento. Aunque seguramente después de eso, tú ya no quieras nada conmigo.
Cerró sus ojos y sin decir nada, me abrazó aún con más fuerza como si no quisiera dejarme ir. Exhalaba lentamente al mismo tiempo, que besaba lo alto de mi cabeza;
—Por sobre todas las cosas yo te amo. No haré nada que provoque… la llegada de ese momento, no volveré a portarme arrebatadamente como hace un momento, te lo prometo y puedes estar segura de una sola cosa también; serás solamente mía y de nadie más, no tengas miedo. Perdóname, yo jamás hubiera querido hacerte pasar un mal rato, no te cité aquí para eso sino para que disfrutáramos un momento juntos, por favor perdóname yo…
—Sh… —Musité poniendo mi dedo en su boca—. Es suficiente, para mí lo más importante es que tu vida está a salvo y ya no tendrás que hacer nada por mí, ya que el príncipe me ha perdonado y parece estar de muy buen humor. Debo irme ahora.
—No por favor no te vayas todavía. Siento que eché todo a perder y quiero tenerte así en mis brazos, quiero besarte hasta que nuestros labios se desgasten y beberme toda tu esencia. Quiero tenerte siempre conmigo, tengo miedo de perderte.
—Loui no entiendo, ¿Por qué hablas siempre de perderme? ¿No comprendo tus dudas? Por favor ábreme tu corazón y dime, sea lo que sea yo sabré entender. Yo también quisiera estar siempre en tus brazos y besarnos hasta que nuestros labios ardan y… nuestros cuerpos se fundan en uno solo pero… hay tiempo para todo. Por favor tranquilízate, si tú deseas que sea tuya lo seré pero a su debido tiempo, sin precipitaciones.
Diciéndole esto lo besé y me fui, monté a Belladona y regresé al castillo. Ya era casi media tarde y necesitaba despejar un poco mi mente después de lo sucedido. A veces Loui me desconcertaba y no sabía que pensar de él y de sus cambios tan repentinos de carácter, me asustaba y más, con esa manera de actuar y de no decirme abiertamente qué era lo que había entre él y el príncipe. Lo que me había dicho me había quitado la paz, nunca se me cruzó por la cabeza llegar a estar con un hombre por… ¿Un chantaje? ¿Qué sabía el príncipe de él? ¿Por qué siempre hablaba de perderme? Este asunto me quebraba la cabeza, no sabía qué pensar ni qué conclusiones sacar, lo único que tenía claro era que estaba asustada y tenía que disimular. Siempre había imaginado entregarme por amor, nunca pensé… Algunas amigas me hablaron de su primera vez y aunque no tomaron la pérdida de la virginidad como un gran acontecimiento, yo era diferente y deseaba que fuera algo muy especial. Todavía soñaba con velas, rosas, música, fresas y todo lo necesario para un ambiente romántico. Estaba muy enamorada de Loui y a pesar de todo, también deseaba que llegara el momento en que pudiéramos estar juntos para siempre, quería que el primer hombre que me hiciera mujer fuera él, porque sabía que sería amoroso, tierno, delicado y apasionado en su momento. Sentía que ésta pasión nos estaba “quemando” sin poder “enfriarnos” y me daba un poco de temor, ya una vez soñé que no podía resistirme y me entregaba a él y la verdad, deseaba hacerlo pero de la manera correcta y no por un momento de locura. Cinco minutos de pasión podían convertirse en nueve meses de espera y yo, no quería eso, al menos no todavía. Intenté ya no pensar en lo mismo y cuando llegué al castillo, le dije a Gertrudis que me prepara el baño antes de cenar, quería estar tranquila para después entrevistarme con el príncipe sin problemas y sin complicaciones, aunque después de la plática con Loui el pensar en que lo vería, me revolvía los nervios y comencé a sentirme temerosa de nuevo. Faltaba poco para verlo, así que tomé valor y me hice el firme propósito, de no pensar en lo que me había quitado la paz.
Mientras me preparaba para la cena, Randolph subió a decirme que el doctor deseaba verme en la mesa y mandaba a decirme que por favor no me negara a cenar con él, ya que estaría solo, sin el duque, para que no me sintiera mal. La verdad no quería hacerlo pero tampoco quería ser grosera, así que mandé a decirle que bajaría en un momento. Mientras estaba frente al espejo me detuve a pensar por un momento en este hombre; físicamente era muy atractivo, alto, esbelto y de muy buen cuerpo también, rubio, ojos verdes e intensos, de nariz y boca fina. Era muy guapo si lo pensaba bien y ese aspecto caballeroso típico del inglés lo hacía verse encantador, llamativo e interesante, se veía que era un hombre muy fino, pero también pensaba en si sería títere del duque y si realmente se atrevería a hacerme algo. Me armé de valor y traté de enfrentarlo sin que notara que podía temerle o levantara sospecha de que sabía algo. Bajé al comedor y ya estaba esperándome, rápidamente se levantó de la mesa al verme llegar. Besó mi mano y me acomodó la silla para sentarme. No puedo negar que su galantería me gustó, pero tenía que tener la mente fría para saber sus intenciones;
—Os doy las gracias por vuestra gentileza en acompañarme, gracias por aceptar mi invitación.
—No es nada, pero si me ha sorprendido.
—Es poco el tiempo que puedo veros y como no deseáis relacionaros con su excelencia, yo pensé que esta noche podríamos conocernos mejor.
—¿Qué pasó hoy con el duque que no quiso bajar a cenar?
—Ha estado un poco delicado y es mejor que repose, que no se exalte y que coma algo liviano en la cama.
—Es por eso que yo también prefiero evitar ciertas cosas, como usted dice yo tampoco quiero exaltarme, así que mejor evito las cosas.
—Pero… yo, os quisiera conocer más. —Insistió sosteniendo mi mano—. No puedo explicaros lo que vos me hacéis sentir.
—Jonathan por favor. —Respondí soltando mi mano—. No es apropiado que me hable así.
—Le doy mis disculpas si os he molestado, pero es la verdad. Quisiera que pudierais darme una oportunidad.
—Jonathan, por favor…
—Disculpad mi atrevimiento, pero creo que me he enamorado de vos.
—Jonathan lo siento, es usted un hombre muy fino y encantador pero… mi corazón ya tiene dueño.
—Ah… —Su semblante cambió, obviamente se había desilusionado—. Y puedo preguntaros, ¿Quién es?
—Jonathan lo siento, creo que esto es muy incómodo para los dos. No quiero lastimarlo.
—No, no. —Insistió con firmeza—. Agradezco vuestra sinceridad, pero debo deciros que no me voy a dar por vencido, deseo luchar por vos.
—Jonathan por favor…
—Decidme, ¿Es él quién os ha dado la pulsera y la cadena?
—¿Cómo? —Pregunté sorprendida—. ¿Cómo lo supo?
—Es obvio, no es el valor material de la joya, sino lo sentimental. Desde que os conozco os he visto esa pulsera en vuestro puño, ahora os veo también la cadena en vuestro cuello y he notado que no os la quitáis.
—Oh… —Inconscientemente llevé mi mano al cuello—. Es usted muy observador.
—¿Estáis enamorada de él?¿Lo amáis?
—Jonathan por favor. ¿No le parece que está siendo un poco atrevido?
—Disculpadme, pero me gustaría saber si él también os ama con intensidad.
—¡Jonathan! —Exclamé poniéndome de pie y sintiendo una incómoda sofocación—. Lo siento pero no existe entre usted y yo la suficiente confianza como para tratar este tema y además…
—Perdón por la interrupción. —Randolph se había hecho presente al comedor—. Señorita Constanza, su alteza la está esperando.
Segunda Parte
Bendito Randolph que llegó a tiempo para rescatarme y en el momento preciso para no tener que dar más explicaciones. Realmente estaba empezando a molestarme;
—¿Me acompaña por favor? —Insistió Randolph.
—Sí por supuesto. —Me sentí aliviada—. Disculpe doctor. —Mirándolo fijamente añadí—: Fue interesante la velada y espero que no se vuelva a repetir, buenas noches.
Con mucho gusto me fui con Randolph. Sentía que había sido salvada por la campana de nuevo, ahora sólo esperaba que el príncipe no se portara igual y con él, fuera más agradable el momento. Cuando llegamos a la biblioteca, Randolph tomó mis manos heladas y me señaló la puerta del observatorio;
—Recuerde señorita, esté tranquila y trate de olvidar el primer encuentro allí. Estoy seguro que ésta vez será diferente.
—Randolph, ¿Cree que será posible que usted y yo hablemos después?
—Ya habrá tiempo. —Contestó dándome palmaditas en las manos—. Vaya, suba, su alteza la espera.
Subí las escaleras y toque la puerta. Entré al observatorio. Todo estaba como la última vez, oscuro y con la luz de la luna resplandeciendo en la ventana. El clima, cada vez se hacía más frío anunciando el próximo invierno y lo estaba sintiendo en mi cuerpo. El observatorio era un lugar frío, al menos así me parecía a mí;
—Buenas noches señorita Constanza. —Sonó una voz en la oscuridad.
—Buenas noches, su alteza. —Respondí tratando de hacer una reverencia al sonido y frotando mis brazos por el frío.
—Parece que tiene frío.
—Así es —le dije tratando de evitar el nerviosismo—, este lugar es helado.
—No quiero que se sienta mal como la última vez que estuvo aquí. Quiero que tome el abrigo que está en la estatua de Atena, es suyo.
Miré hacia la estatua y lo vi; era un hermoso abrigo de terciopelo que podía notarse aún a la luz de la luna su color vino-marrón. Con la capa que daba hasta el suelo, con una capucha que sujetaba el cuello con un broche de brillantes y toda la prenda bordeada con una piel muy fina. Un modelo del típico abrigo que se usaba entre los siglos XVIII y XIX;
—Alteza, no puedo aceptarlo.
—¿No le gusta?
—No, no es eso. —Reaccioné contestando nerviosa.
Lo último que quería era que se molestara, no podía negarme pero tampoco quería aceptar otro regalo. Loui podía enojarse más;
—¿Entonces? —Insistió firmemente al ver que la prenda no me impresionaba y yo no tomaba ninguna medida en cuanto a ella.
—El abrigo es hermoso, es sólo que… no es correcto que reciba más obsequios de su parte, puede darse a malas interpretaciones y a que todos piensen mal.
—¿Malas interpretaciones? ¿Que todos piensen mal? ¿Importa eso?
—Con el debido respeto su alteza, tal vez a usted no pero a mí sí me importa. No es correcto recibir regalos de alguien que es prácticamente un desconocido sin…
—¿Sin pedir nada a cambio? —Me interrumpió.
—Sí.
—Creo que ya se dio cuenta, que no soy un hombre cualquiera y si a mí me place dar o quitar nadie me cuestiona y a nadie le doy explicaciones. Además usted es muy inteligente, no creo que se atreva a desairarme, ¿O sí?
Al escucharlo hablar de esa manera, debo reconocer que me dio temor y di gracias a Dios porque me había perdonado. No quería imaginar lo que le hubiera pasado a Loui, de haberlo enfrentado;
—Alteza —continué mientras acariciaba el abrigo—, me pone en una situación delicada. Para ustedes los hombres las cosas son más fáciles, en cambio para la mujer no, ya que casi siempre es la que lleva las de perder.
—Entiendo. —Escuché que dijo seriamente en tono autoritario.
“¡Uf! Creo que me libré de ésta también” —pensé aliviada.
—Pero quiero que se ponga el abrigo. —Ordenó firmemente—. Usted tiene frío y yo quiero ver cómo le queda.
“¿Qué?”—pensé—. “Ay no…”
Sentí que no entendió y en contra de mi voluntad le obedecí. Me estaba poniendo en una situación difícil y sentía que de alguna manera estaba traicionado a Loui. Me acerqué a un espejo que estaba allí para tratar de verme a la luz de la luna, nunca imaginé tener una pieza así y realmente ese abrigo me hacía ver diferente. Como si la que estaba en el reflejo no era yo;
—Se ve hermosa, parece una reina. Le sobresale un porte aristocrático, un temperamento escondido, su delicadeza y discreción parecen demandar obediencia y sucumbir ante usted y a su encanto.
—Alteza —le dije asustada—, no me diga eso. Está poniéndome nerviosa.
—¿Y es por eso que sigue temblando? Ya le dije que no quiero que se vaya a sentir mal y termine desmayándose otra vez.
—Alteza esa vez —le dije apenada—, fue un ataque de pánico que me cortó la respiración e hizo que me desvaneciera y por cierto, me da mucha pena recordarlo. Pero le agradezco que me haya llevado a mi habitación en ese momento.
—Era lo menos que podía hacer, además yo fui el culpable de eso.
—Alteza, es necesario que nos pongamos de acuerdo para comenzar con las tutorías.
—¿Por qué la prisa?
—Es necesario que comencemos y avancemos. Me gustaría que al menos discutiéramos el plan de clases que tengo para usted. Recuerde que su tío está aquí y cree que usted sigue siendo indiferente a todo.
—Por mi tío no se preocupe.
—Alteza, no debería subestimarlo porque al menos a mí ya me amenazó.
—¿La amenazó?¿Cómo?
—Ah… lo siento, creí que Randolph le había comentado. Fue ayer, después que recibí el baúl con los regalos, exactamente fue cuando trajeron el piano.
—Supe del malentendido, algo me comentó Randolph, pero dígame, ¿Qué le dijo él?
—Al parecer, se exaltó porque no me quedé callada ante lo que él insinuó de mí. Insinuó que ha cambio de qué usted me consideraba, yo le respondí molesta y eso lo enojó mucho, al grado que se puso un poco mal, pero al recuperarse lo que me dijo fue que se encargaría de mí después.
—¿Eso le dijo? ¿Y qué cree que le pueda hacer?
—No lo sé, aparentemente y personalmente nada, pero puede hacerlo a través de alguien cercano al él. Me ha estado viendo como una amenaza y debe de sentir que le estorbo, sinceramente tengo miedo que me haga daño.
—¿Usted le estorba a él? ¿Por qué?
Sentí algo extraño, ¿Este hombre se hacía el tonto? Porque estaba segura que sabía las cosas o, ¿Me estaba poniendo a prueba?
—Alteza por favor, por supuesto que le estorbo y más de lo que imagina. Él no me quiere cerca de usted, no quiere que usted cambie, no quiere que usted sea rey y no quiere que…
—¿Que qué?
—Él, insiste en su matrimonio con la baronesa Regina, la que ya debe de estar próxima a llegar. Planea una fiesta en honor a su compromiso.
—Eso no me preocupa. Yo ya soy lo suficientemente adulto como para que quieran manipularme y si él busca provocarme no tiene idea de cómo le puede ir. A pesar de ser mi tío, jamás me ha simpatizado y no he sentido ningún afecto por él, al contrario, siempre he sentido algo en él que no me gusta, para mí ha sido un completo extraño, pero creo que no es eso lo que realmente le molesta. Usted iba a decir otra cosa.
—No, no, usted lo ha dicho muy bien. Era eso precisamente.
—No, no era eso. ¿Desea ver el espacio a través del telescopio? Está un poco nublado, pero aún así se pueden ver las estrellas.
—Sí, claro. —Contesté nerviosa y sin saber qué pensar.
Me acerqué al telescopio para observar el espacio, era algo impresionante y hermoso el poder contemplar las maravillas del cielo de esa manera. Pero mientras observaba, sentí como el príncipe se acercaba silenciosamente hasta pararse justo detrás de mí. Los nervios me estaban traicionando y el calor del abrigo ya no me estaba haciendo efecto, el sentirlo tan cerca me hizo recordar la última vez de nuevo y eso me estaba dando un poco de temor. Cuando lo sentí casi respirando en mi cuello, quise darme la vuelta pero puso sus manos en mis hombros y no permitió que pudiera girarme hacia él. En otras palabras, no quiso que lo mirara pero el tenerlo atrás y tan cerca de mí, hizo que empezara a sentir sensaciones extrañas en el cuerpo;
—Alteza, ¿Qué pasa? —Pregunté muy nerviosa, respirando aceleradamente sin poder controlarme. Su delicioso perfume estaba hipnotizándome. Necesitaba pensar—. ¿Está asustándome?
—Quiso decir, que mi tío no quiere que me enamore. —Susurró en mi oído—. No quiere que me enamore de otra mujer que no sea Regina, ese es su miedo. ¿Y sabe por qué? Porque antes de ser rey debo casarme, pero yo ya he decidido que si tengo que dar ese paso lo haré por amor y completamente enamorado de una mujer apasionada, que me ame y que yo también pueda amar. Voy a casarme con una mujer inteligente, fuerte, decidida, culta, talentosa, que sea mi apoyo, que tenga el carácter, la tenacidad, en otras palabras que tenga el temple de una futura reina.
No sabía cómo interpretar sus palabras, pero hacían que mi piel se erizara y mi cuerpo se estremeciera completamente. Mi corazón palpitaba aceleradamente y con fuerza, ya no sabía que sentir, mi respiración era intensa y sentía vergüenza que él interpretara el lenguaje de mi cuerpo de otra manera. Estaba nerviosa y sé que él, sabía el motivo por el cual yo estaba reaccionando así, no podía controlarme. Mi vergüenza, era que él pudiera sentir en mí algún tipo de excitación y tenía miedo que su instinto, sintiera las feromonas provocando en él un comportamiento específico, que le hiciera pensar en una señal de disponibilidad de mi parte. Me aterraba el hecho de hacer que sucumbiera a él, fuera en contra de mi voluntad o no;
—Alteza —le dije tartamudeando y tratando de moverme—, agradezco su confianza pero, ¿Por qué me dice eso? ¿Que la baronesa no es una mujer digna para usted? ¿La conoce bien?
—No la he visto desde la infancia —dijo sosteniéndome con fuerza—, pero he averiguado como es y ya lo sabrá usted cuando la conozca. Tal vez sea bonita y de sangre noble, pero no tiene carácter ni voluntad y para tener a alguien que haga siempre lo que quiero sin iniciativas propias, prefiero tener a mi perro Boris.
—¡¡¡¡Boris!!!! —Exclamé asustada dando un brinco.
—No se asuste, no está aquí. Además no es tan malo como cree.
—No me parece apropiado que se exprese así de una mujer. —Le dije sin rodeos con un poco de indignación—. Además, también debe probar que ha cambiado en su manera de ser y que las artes que le enseño su madre vuelvan a ser su pasión. También debe buscar el bienestar de su pueblo y de sus súbditos antes que el suyo, son muchas cosas y…
—Sh… —Musitó poniendo su dedo en mi boca—. Sigue temblando, ¿Por qué?
—Alteza debo irme. —Le dije tratando de evitar de nuevo un infarto.
—Todavía no. —Insistió suavemente—. Cierre los ojos.
—¿Qué?
—Cierre los ojos.
Cerré los ojos como me dijo y lentamente me giró hacia él. Puso sus manos en mi cara y me acercó a la suya, por alguna razón no podía reaccionar y me estaba dejando llevar. Inconscientemente puse mis manos en su pecho y al sentirlo tan firme y tan fuerte una reacción extraña y placentera se activó en mi cuerpo. Poco a poco sentí su cálido aliento y su nariz tocando la mía y sin darme cuenta, sus labios se posesionaron de los míos con fuerza, sujetándome de la nuca para evitar que lo rechazara, asaltando mi boca, explorando con su lengua, bebiendo mi esencia, dejándome sin aliento y amenazando con arrancarme los labios y ahogarme. Jadeaba intentando respirar y él gemía a la vez que succionaba todo de mí, mi cuerpo se excitó respondiendo a él de manera exagerada al sentir su fuerza, mis instintos de mujer me habían traicionado. Me besó con tanta intensidad y pasión que pude sentir su fuerza varonil y su hombría cuando sus manos bajaron y apretaron mi cintura atrayéndome más hacia él. No podía describir lo que sentí, era una tremenda confusión, pero mi cuerpo se estremeció al estar junto al suyo, mi piel estaba erizada y todos mis músculos sufrieron una fuerte contracción. Mi torrente sanguíneo recorría hirviendo mi cuerpo, no podía respirar y sentí que mi corazón colapsaría haciendo que me desvaneciera en sus brazos de nuevo. Al principio reconozco que respondí de igual forma a su sentir, lo que seguramente hizo que malinterpretara la situación y pudo dar por hecho algo, comprobando alguna duda en él. De pronto sentí que una de sus manos tomaba otro rumbo; bajó sutilmente un poco tocando mi trasero el cual apretó pero en ese momento, la imagen de Loui apareció en mi mente y lo rechacé empujándolo sin siquiera saber cómo era él, me quité el abrigo y salí corriendo del observatorio. Sentía mi cuerpo muy helado y que el corazón me iba a estallar, al mismo tiempo, sentí que había sido el objeto de burla de un niño consentido. Corrí hacia mi habitación y al llegar me dejé caer en la cama llorando de rabia, no podía creer lo que el príncipe me había hecho. Me sentía como si había sido usada para después desecharse, me sentía indigna de ver a Loui y no poder decirle lo que pasó por miedo a su reacción. Este hombre me confundía. ¿Quería mostrarse cortés y respetuoso hablándome de usted? Ésta vez no lo logró, no entendía nada, no lo entendía a él para nada. Yo no era igual a las mujeres con las que estaba acostumbrado a tratar, me había ofendido si me creía una cualquiera dispuesta a hacer todo lo que él quisiera, a mí no me iba a chasquear los dedos y tenerme a sus pies complaciendo todos sus caprichos. Príncipe o no, para mí era un hombre igual que los demás y lo había demostrado, me valía un cuerno su posición, su rango, su título o lo que fuera. La última vez que un imbécil se atrevió a tocar mi trasero tomándome por sorpresa, fue en la universidad. Le dejé bien clara mi posición al amenazarlo con dejarlo sin dientes debido a la bofetada que le di con tal fuerza, que cayó encima de una mesa de la cual no pudo sujetarse cayéndose al suelo y no bastándome eso, le lancé encima un vaso con malteada de chocolate que tenía, estropeando el fino atuendo que presumía. Yo me quedé sin mi leche, pero él se quedó humillado, siendo el hazme reír de la cafetería, sin ropa y sin poder entrar a una clase muy importante. Eso fue poco antes de la graduación universitaria, aunque después se disculpara y mantuviera su distancia, con eso le bastó para no volver a acercarse a mí en lo que restó del trimestre, haciendo que yo me ganara el apodo de “muñeca brava.” Nunca le había permitido a un hombre que me tocara y se burlara de mí y el príncipe, no iba a ser el primero. Lo hubiera bofeteado con gusto y ganas no me faltaron pero si lo hubiera provocado otra vez, seguramente castigaría mi falta sin contemplaciones y la vida de Loui peligraría debido a eso. ¡¿Loui?! Inmediatamente pensé en lo que me había dicho, ¿Sería capaz el príncipe de obligarme a estar con él? ¿De qué se trataba todo esto? ¿Qué clase de juego era este? ¿Por qué estaba en medio de ellos dos? Tenía miedo, el príncipe me había hecho sentir mal o me hizo ver lo que deseaba, quería irme del castillo porque sentía que dos hombres estaban al acecho bajo el mismo techo y un tercero, que seguramente deseaba desaparecerme. En esos momentos deseaba estar en los brazos de Loui y sentirme protegida con él, quería estar lejos de todo esto pero con él. No podía evitar llorar sin saber qué sentir o qué pensar, pero estaba sola en mi habitación, a la media noche y eso no lo podía cambiar. Había sido un día de muchas emociones para mí, un hombre maravilloso estaba en mi corazón, otro me había confesado su amor y el tercero simplemente creía que podía tomarme y burlarse de mí cuando le diera la gana. Creía que tres hombres estaban en mi camino, pero sólo uno, sería mi destino.
Capítulo XIV
Emociones Encontradas
No tuve la noción del tiempo que lloré en la cama y sin darme cuenta me fui quedando dormida. Sentí que amaneció muy rápido sin haber podido descansar. Fue una sorpresa para Gertrudis, cuando llegó a dejarme el desayuno verme dormida con la ropa del día anterior puesta y la cama sin extender. Me sentía tan mal que ni siquiera quise desvestirme y estaba exactamente igual al día anterior;
—¡Señorita Constanza! —Exclamó sorprendida—. ¿Qué le ha pasado? ¿Se siente bien?
—¡Gertrudis! —Desperté sobresaltada—. Lo siento, es que estaba tan cansada que me quedé dormida sin darme cuenta.
—Señorita pasó muy mala noche, se ve muy mal. Voy a prepararle su baño con todas las esencias, tanto líquidas como en polvo, sales y aromas para que se relaje, ya verá cómo se va a sentir mejor.
—Gracias. —Le agradecí medio dormida sujetando mi cabeza—. Puede traerme algo para la cabeza, me duele mucho y siento que me va a estallar.
—Por supuesto pero, ¿No quiere que mejor mande a llamar al doctor?
Cuando dijo eso no supe a quién se refería, si al doctor Khrauss o a Jonathan;
—No, no es necesario, con la pastilla estaré bien.
Solícitamente, Gertrudis ordenó que me prepararan el baño muy, pero muy tibio por cierto. Debo reconocer que el agua estaba tan deliciosa con todo lo que tenía, que me relajó tanto y decidí quedarme allí hasta convertirme en sirena. Estando en la tina me tomé la pastilla con un té y me coloqué en los ojos unas compresas frías de té de manzanilla que Gertrudis me trajo para desinflamarlos un poco. Me sentía tan bien, que al cabo de un rato estaba con un sueño demasiado pesado, por lo que mejor salí del agua y me dispuse a descansar en la cama;
—Su desayuno se enfrió. —Gertrudis sonaba con pesar mirando la charola—. Por lo menos tómese el jugo o la leche.
—Sólo el jugo —le dije acostándome—, me siento muy cansada y tengo mucho sueño.
—Es el efecto de la pastilla con el té. —Continuó mientras me cubría con las sábanas y me entregaba el vaso de jugo—. Va a dormir como un bebé, no se preocupe, yo le diré al señor Randolph su estado y vendré al mediodía a ver cómo se siente. ¿Desea comer algo en especial?
—Gracias, tal vez un caldo de pollo con verduras.
—Muy bien. Descanse entonces, yo vendré después.
Y así fue, después de beberme el jugo me fui quedando profundamente dormida sin tener el conocimiento de nada. Sentí como si el alma hubiera abandonado mi cuerpo, no sentía nada, estaba muy liviana, tranquila y relajada. Pronto se hizo mediodía y Gertrudis subió con el almuerzo, al despertarme me sentí mucho mejor. El descanso me hizo mucho bien y el dolor de cabeza había desaparecido;
—Que bien le hizo descansar —dijo colocando la charola en mis piernas—, ya tiene otro semblante. El señor Randolph subirá en un momento a verla.
—Que bueno, necesito hablar con él.
—No quiero ser indiscreta, pero hay alguien más que desea verla.
—¿Quién? —Pregunté sintiendo el palpitar acelerado de mi corazón.
—El doctor Jonathan está muy preocupado por usted, dice que desea hablarle, que es urgente.
—Ah… él —Murmuré con desilusión.
—¿Quiere que le dé algún mensaje de su parte? —Preguntó abriendo la puerta porque la habían tocado.
—No, no le diga nada.
—Señorita Constanza veo que ya se siente mejor. —Era Randolph que llegaba a verme.
—Sí, gracias. —Le dije seriamente observando que traía una prenda conocida en sus brazos.
—Volveré después por la charola señorita. —Me dijo Gertrudis saliendo de la habitación—. Con su permiso.
—Creo que esto es suyo. —Continuó Randolph cuando nos quedamos solos.
—No, no es mío. —Seria y firmemente le hice saber sin reparar en la prenda y disponiéndome a comer.
—Señorita por favor. —Insistió—. No puede hacerle un rechazo a su alteza, él mismo me envió con esto, dijo que usted lo dejó en el observatorio.
—Randolph —continué mientras respiraba hondo—, estoy segura que usted sabe lo que pasó, el príncipe ya debió haberle dicho lo que sucedió anoche.
—Sí, lo sé. —Bajó la cabeza intentando aparentar dignidad a pesar de todo—. Y créame que su alteza está muy apenado, se lo digo sinceramente. No lo había visto así y ahora no tiene idea de cómo acercarse a usted nuevamente.
—¿Y por eso lo envió a usted? Randolph no lo justifique. ¿Lo envió a interceder por él ante una plebeya?
—Señorita por favor, créame que estoy de acuerdo con usted y comprendo su molestia pero…
—Discúlpeme Randolph —le dije molesta—, pero no creo que ningún hombre entienda lo que siento en estos momentos, ni lo que sentí anoche. Creo que he dejado claro que no soy una cualquiera, como las que supongo que él está acostumbrado a tratar, no entiendo porque malinterpretó las cosas. Siento que el príncipe se aprovechó de mí, siento que se burló de mí, siento que está jugando conmigo, siento que…
—Tiene mucha razón en sentirse mal. —Me interrumpió—. Tiene razón en estar muy molesta, es normal su proceder y su sentir es digno de una persona honorable, honesta y decente como usted. Comprendo que puede sentirse “usada” o “mancillada” pero le repito su alteza está muy avergonzado y ni siquiera sabe el motivo que lo impulsó a hacerlo, simple y sencillamente se sintió atraído y…
—Ese es el problema de los hombres —le dije apartando la charola—, no entiendo porque insiste en verme sólo de noche y a oscuras prácticamente. No se da cuenta que él es un hombre y yo una mujer y ese es el momento propicio para… para… el problema con los hombres es que nunca saben que los orilla a hacer las cosas, solo lo hacen y en la mayoría de las veces actúan por instinto y no por la razón, como si fueran animales.
—Señorita por favor, mida sus palabras. —Me dijo seriamente—. Se está refiriendo a su alteza, no lo olvide.
—Sí, sí —le dije exaltada y saltando de la cama—, me estoy refiriendo a su alteza real. El que puede hacer todo lo que le venga en gana, el que puede dar y quitar y el que también habla mal de las mujeres. ¿Pues quién se cree que es?
—Nada más y nada menos que su soberano.
—Es un hombre normal, común y corriente, que abusa de su autoridad y que cree que puede hacer y deshacer, tomar y arrebatar. Lo siento, creí que en verdad había cambiado pero veo que no es así, lo siento mucho pero siendo así no podré ayudarlo, en estos momentos deseo irme de aquí. ¿No se da cuenta que le temo? Temo que me haga un daño mayor en contra de mi voluntad y arruine mi vida, estoy asustada, ni siquiera quiero salir de mi habitación, me siento prisionera, me siento muy mal, me siento…
No pude terminar de hablar, me cubrí la cara y me senté en mi canapé a llorar de nuevo, de impotencia y de rabia. Realmente me sentía agobiada y desesperada;
—Señorita —dijo Randolph acercándose a mí y quitándome las manos de la cara—, no se avergüence, usted no ha hecho nada, usted es muy admirable, míreme, es usted muy digna, tranquilícese.
—Randolph —le dije mientras miraba sus manos sosteniendo las mías—, discúlpeme usted no tiene la culpa, yo…
En ese momento que vi mis manos sentí que el mundo me cayó encima;
—¡¡¡¡Oh no!!!! —Exclamé muy asustada.
—¿Qué sucede?
—Mi pulsera. No me había dado cuenta que no la tenía puesta, Randolph he perdido mi pulsera, anoche la tenía puesta pero ahora…
—Cálmese, ¿Recuerda dónde la pudo haber perdido?
—No, no lo sé. —Insistí desesperada.
—Tranquila, yo mismo personalmente voy a preguntarle a la servidumbre si la han visto, tal vez alguien la encontró y si no, voy a ordenar que la busquen minuciosamente.
—Randolph por favor —le dije abrazándolo—, ayúdeme. Esa pulsera vale mucho para mí.
—He visto esa joya en su muñeca, tiene unas piedras extrañas pero al parecer no es algo muy valioso.
—Para mí sí lo es. —Le dije sollozando—. Es muy importante.
—Ya veo, tiene un valor sentimental. Fue su amigo, ¿Verdad? Usted no se ha quitado esa joya desde que regresó del pueblo por la gala del ballet y creo que también fue él, el que le dio la cadena que tiene en su cuello. ¿Realmente está enamorada de él?
—No solo estoy profundamente enamorada de él, lo amo y él también me ama.
—Entiendo —dijo suspirando—, no se preocupe. Yo veré que encuentren su pulsera, al momento de hacer la limpieza alguien debió haberla encontrado.
—Muchas gracias.
—Pero volviendo a nuestro tema —insistió—, ¿Qué va a pasar con su alteza?
—Randolph como podrá ver, ahora no tengo cabeza para eso. Lo único que sé es que por los momentos no deseo verlo, me siento muy mal y avergonzada.
—Está bien y lo entiendo. Después de conocer sus sentimientos sé porque se siente indigna, cree que de algún modo ha traicionado a su novio y le ha faltado, pero le repito, no se sienta mal ni se avergüence, usted no tuvo la culpa. Voy a transmitirle sus deseos a su alteza, pero sí voy a dejarle aquí el abrigo, independientemente de cómo lo tome es un regalo del príncipe y pronto llegará el invierno, así que va a necesitarlo aunque sea para dormir.
Cuando Randolph salió de la habitación volví a la cama. El haber perdido la pulsera que Loui me había dado me puso muy mal anímicamente, me la dio en un momento muy especial y juré que nunca me la quitaría. Puse mi mano en la cadena para sentirla, pensaba en la explicación que tendría que darle, al ver que no traía la pulsera y que había faltado a mi promesa. Ese era el motivo de mi angustia y mi tristeza, ya que no podía decirle lo que pasó. Al cabo de un rato, Gertrudis subió por la charola pero también con la sorpresa de que alguien estaba afuera de mi habitación y no se movería de ahí sin que lo recibiera;
—Disculpe señorita pero es muy insistente, dice que no se moverá de la puerta hasta que lo reciba.
—¿Es el doctor? Está bien que pase.
Pensándolo bien creo que su velada fue un poco más agradable que con el príncipe, al menos Jonathan si me había respetado y no había intentado propasarse conmigo. ¡Bendita sea la caballerosidad inglesa! Lo recibí por ese motivo, porque reconozco que fui grosera con él y tal vez no se lo merecía, tal vez si era necesario aclarar las cosas de una vez para llevar la fiesta en paz. Estaba decidida a decirle mis sentimientos hacia Loui y hacia él para que después fuera él, el que tomara la decisión que mejor le pareciera y tal vez ya no siguiera insistiéndome;
—Señorita Constanza buenas tardes, veo que ya os sentís bien. ¿Estáis mejor?
—Gracias por su preocupación, veo que es muy insistente y como caballero que es, sabe que no es correcto que me visite en mi habitación.
—Pero como médico si es correcto. —Se defendió tranquilamente—. Así que no os preocupéis por lo que los demás puedan pensar, tenía que veros y daros una disculpa y una explicación por mi comportamiento. Os vi tan molesta que no pude evitar sentirme mal y decepcionado por la manera en la que actué. Os pido que me perdonéis.
Realmente estaba sorprendida por la manera de actuar de Jonathan, al menos había insistido en verme y disculparse por algo tal vez insignificante ahora que lo pensaba. Su caballerosidad me sorprendió realmente, prácticamente no me había tocado y aún así aquí estaba, literalmente de rodillas pidiéndome perdón, al menos buscó la manera de arreglar las cosas. Estaba admirándolo, era un digno caballero inglés algo que no puedo pensar del príncipe y que no pudo ser. No pudo darme de una vez la cara y disculparse, pero no podía esperar eso de él, su orgullo no se lo permitiría o tal vez su cobardía;
—¿Os sentís bien? Os quedasteis callada y parece que vuestros ojos han llorado, por favor permitidme ayudaros.
—Agradezco su preocupación. —Le contesté reaccionando—. También agradezco su gentileza por venir a disculparse, es sólo que perdí mi pulsera y no sé dónde ni cómo.
—Pero cuando estabais conmigo la teníais puesta.
—Lo sé, pero después no sé qué paso. —Con tristeza me limité a encoger los hombros.
—Es simple, podéis hacer un recuento en vuestra mente de lo que pasó. Podéis pensar minuciosamente en los lugares en los que estuvisteis, como una regresión mental. Pensad cada detalle y tal vez podáis recordar donde se os perdió.
—Tiene razón, lo voy a intentar más tarde cuando este más tranquila.
—Señorita Constanza, no quisiera incomodaros más pero quisiera saber si os he despertado algún afecto, aunque sea algo pequeño.
—Jonathan, debo de ser sincera con usted. Su declaración me tomó por sorpresa pero hay alguien más en mi vida, mi corazón y mis sentimientos ya tienen dueño.
—Ah… tenía la esperanza de que no fuera real. —Su voz se notaba con decepción y tristeza—. ¿Es curioso?
—¿Qué cosa?
—Que yo siendo un médico especialista en el corazón, sienta este dolor y no pueda tomar nada para esto, es paradójico.
—Jonathan lo siento, no quería lastimarlo, usted es un hombre muy atractivo e interesante, muchas mujeres caerían rendidas ante su encanto…
—Sí, tal vez muchas como decís, pero no la que yo quiero, la que me ha robado el corazón, la que me ha quitado el sueño y la causante de mis desvelos.
—Jonathan por favor no siga. —Le hice saber ruborizada, evitando retorcerme ante lo que dijo—. Hay muchas mujeres mejores que yo, por ejemplo… la señorita Regina, ¿Supongo que la conoce?
—Una mujer mejor que vos para mí, no lo creo y en cuanto a la señorita Regina, si la conozco pero… a pesar de ser una mujer muy bonita tiene un defecto que opaca sus cualidades y es el carecer de voluntad, no tiene carácter, no puede tomar decisiones, parece que vive con temor. No sé, la verdad no la conozco mucho pero lo que los demás decidan está bien para ella y la verdad, eso no atrae a ningún hombre a menos que busque aprovecharse de ella solamente, porque si parece una presa fácil. Además su excelencia ejerce un fuerte dominio sobre ella y la controla.
No podía creer lo que escuchaba, el príncipe tenía razón entonces, sólo que Jonathan lo había expresado de una manera más delicada;
—Le tendrá miedo a su padre, tal vez necesita sentirse segura y que la ayuden a lograrlo.
—Tal vez, pero deberá “dejar” que la ayuden… señorita Constanza, al menos me permitiríais ser vuestro amigo y trataros más, quisiera estar cerca de vos, por favor no os molestaré pero no quiero darme por vencido.
—Jonathan…
—Por favor, os lo ruego. —Insistió.
—Está bien pero no prometo nada, además usted está muy cerca del duque y no quiero problemas para mí, ni para usted.
—No os preocupéis por eso, tengo el tiempo para trataros sin problemas y que os parece, si mañana por la mañana me hacéis el honor de salir a cabalgar conmigo. Prometo que os cuidaré muy bien.
—Está bien, como quiera y ahora si me disculpa, me gustaría seguir descansando.
—Cómo gustéis. —Se inclinó haciéndome una reverencia—. Y como médico, sabéis que estoy a vuestra entera disposición, no dudéis en buscarme si necesitáis algo.
—Gracias, lo tendré en cuenta. Buenas tardes.
—Buenas tardes. —Se despidió tomando mi mano para besarla.
Me quedé en la cama de nuevo para tratar de seguir descansando. Me gustaba mucho la galantería de Jonathan, pero estaba decidida al menos en lo que restaba del día a no salir de la habitación. Leyendo y escuchando música me dormí otro momento. A la hora de la cena, Gertrudis subió de nuevo con algo liviano para que cenara y me dijo que al atardecer había llegado otra visita al castillo. La baronesa Regina ya estaba aquí y ahora que ya había llegado, el duque dispuso acelerar los preparativos de la “mascarada” para anunciar el compromiso de ella con el príncipe, por lo que tenían aproximadamente unos diez días para “darle vuelta” a todo el castillo y prepararlo para una fiesta que recibiría a muchos nobles de varias partes que serían invitados. Me preguntaba qué opinaba el príncipe de todo eso, ¿Permitiría que el duque dispusiera de todo como si él fuera el soberano? El haber descansado todo un día me hizo tan bien, que pude pensar con más claridad por la noche. Seguí el consejo de Jonathan, me acosté en el canapé contemplando por la ventana la oscuridad de la noche y detenidamente me puse a pensar y a hacer un recuento de lo que había pasado. Cuando salí de cenar con Jonathan tenía la pulsera en mi muñeca y al único lugar al que fui después fue al observatorio. Al momento de ponerme el abrigo la tenía puesta, pero como saliera corriendo de allí tal vez en ese lapso se pudo haber caído de camino a mi habitación. En ese momento pensé; “Si fue así, alguien de la servidumbre la pudo haber encontrado como dice Randolph pero si no era así… ¡Ah…!” Me costaba concentrarme un poco, ese beso del príncipe empezaba a ocupar mis pensamientos y su atrevimiento al tocarme fue… Jamás hubiera esperado eso, fue algo que me tomó por sorpresa, no entendía ni me explicaba por qué lo había hecho. Pero a medida que lo pensaba y que recordaba exactamente el acercamiento y el instante en que le correspondí el beso, pude sentir una sensación extraña. Era como si hubiera sentido lo mismo antes, sus labios, sus brazos, su fuerza, la sutileza al principio y después su pasión y la intensidad no sé. Por un momento mi piel vibró y sucumbí ante él como si… No puedo negarlo, me gustó, me gustó mucho y siento como si hubiera besado a… Pero no, no, no, no podía ser, no podía traicionar a Loui así, no podía pensarlo ni siquiera en compararlo, no podía decirle nada de esto porque se pondría furioso. El miedo no me dejaba pensar pero seguí intentándolo, lo que pasó después… Reaccioné y fue cuando lo empujé y salí corriendo, miré con detenimiento mi muñeca y tenía un pequeño rasguño, seguramente la misma pulsera me hirió. ¿Se habría prendido de algo que tenía el príncipe en su pecho? ¿Algún broche tal vez? La realeza usaba esas cosas en su pecho todo el tiempo no sólo en actos públicos y oficiales. Pero como su beso me había idiotizado, no pude reparar en si tenía o no algo en su pecho. Pero si era así, había sido en ese lugar donde perdí la pulsera y siendo así, significaba que estaba en el observatorio y seguramente el mismo príncipe la había encontrado y él la tenía. Me sentía un poco más tranquila, al menos ya tenía una pista razonable. —Corrección—, no estaba muy tranquila, si él la tenía, ¿Por qué no me la había devuelto como lo hizo con el abrigo? ¿Para qué la querría? ¡Ay Dios! Y en ese momento pensé; “¿Intentará utilizarla de alguna manera para chantajearme? ¿Se la mostrará a Loui en determinado momento inventado que yo se la di? No, no espero que se atreva, no lo creo.” El pensar en eso me puso nerviosa y no sabía qué hacer, al menos si era así la pulsera no estaba perdida, pero si estaba con él no me sentía tranquila. Traté de relajarme, no seguir pensando por los momentos y me dispuse a dormir. Había tenido suficiente para un solo día. Le había prometido a Jonathan salir a cabalgar con él y aunque siempre sentía el temor de las intenciones del duque sobre mí, no quería pecar pensando que Jonathan se prestaría para hacerme daño. Me había confesado sus sentimientos y si deseaba que fuéramos amigos, era porque tenía buenas intenciones y no me haría nada. No tenía opción, tendría que confiar en él y darle esa oportunidad.
Capítulo XV
Un plan frustrado
Finalmente había amanecido. Ya era 15 de Septiembre y decidí levantarme con un ánimo diferente. Después del baño y del desayuno ya estaba lista para el paseo. Gertrudis me avisó que Jonathan ya estaba esperándome en el vestíbulo porque los caballos estaban listos, así que bajé ansiosa de olvidar lo que había sucedido, para salir a tomar aire fresco y correr como el viento;
—Buenos días señorita Constanza. —Estaba muy feliz y como siempre, besaba mi mano—. Veo que habéis amaneció muy bien, estáis muy hermosa, será un verdadero agasajo disfrutar de vuestra exquisita compañía.
—Buenos días Jonathan. —Le dije sonriendo ante sus palabras—. Gracias por su galantería y sí, como puede ver me siento muy bien hoy.
—Entonces, no hagamos esperar a los corceles. ¿Nos vamos? —Insistió ansioso.
—Claro.
Ofreciéndome su brazo, salimos a la puerta principal y montamos con entusiasmo. Iniciamos el paseo con tranquilidad a paso lento. Jonathan me había pedido que lo llevara a conocer los lugares que yo ya conocía, pero no iba a hacerlo porque esos lugares eran sólo y exclusivamente de Loui y él, me los había mostrado sólo a mí, así que por lo tanto no iba a compartirlos con nadie. Esos lugares eran sólo de nosotros dos, así que solamente cabalgaríamos por el bosque. Al cabo de un rato, llegamos a una parte desde donde se podía ver el pueblo escondido y al vasto mar. Jonathan me pidió que desmontáramos un momento para disfrutar el panorama. Me ayudó a bajar y mientras amarraba los caballos, yo me recliné a un tronco inclinado contemplando la vista;
—Veo que disfrutáis mucho contemplando el paisaje. —Me desconcentró al colocarse frente a mí en extrema cercanía, colocando su brazo en el tronco donde yo estaba a la altura de mi hombro, a modo de querer abrazarme.
—Sí, me gusta mucho. —Estaba incomodándome un poco.
—Parece que por un momento vuestra mente volara y disfrutara haciendo ese recorrido. —Decía acercándose aún más, mirándome fijamente con sus penetrantes ojos verdes y rodeando con su otro brazo el otro extremo del tronco, a modo de quedar yo en medio.
—Jonathan por favor. —Lo miré fijamente afianzando la fusta—. Su cercanía está incomodándome.
—No pierdo las esperanzas. —Insistió aún más acercándose, casi tocando mi pecho con el suyo—. No tenéis idea de lo que provocáis en mí, estando así tan cerca desearía poder tomaros en mis brazos y besaros hasta perder el aliento.
—¡Jonathan por favor! —Exclamé asustada y saliendo por debajo de sus brazos—. No me hable así, usted es un caballero no lo olvide.
—Tenéis razón, si lo soy. —Decía acercándose de nuevo—. Pero también no tenéis idea de lo que provocáis en mí, soy un hombre enamorado y os deseo profundamente.
—¿Y ese es el motivo por el cual me invitó a salir? —Le pregunté presionando la fusta en su pecho—. ¿Ese ha sido el propósito de este paseo?
—No, por supuesto que no. —Sonreía seductoramente—. Aunque lo desee tanto estoy dispuesto a respetaros y a no hacer nada que vos no queráis hacer. Voy a ser paciente y saber esperaros.
—Jonathan, ¿Debo de decirle de nuevo mis sentimientos?
—Reconozco que cuando me habéis dicho que estabais enamorada, creí que os referíais al príncipe ya que él os llama cuando quiere, pero después lo pensé y me di cuenta que no era de él de quién me hablabais y eso me tranquiliza.
—¿No entiendo? —Pregunté quitando la fusta de su pecho—. ¿Por qué le tranquiliza?
—Porque de haber sido él, no tendría ninguna oportunidad de cortejaros. No podría competir ni ponerme a la altura del príncipe, él puede ofreceros el mundo y yo, no soy más que un simple médico. Pero si la persona que os gusta es un hombre normal como yo, entonces si somos iguales y puedo luchar con él por vos y por vuestro amor. Siendo iguales veremos quién es el mejor y el vencedor.
—Jonathan no tiene que menospreciarse ante un príncipe, usted vale por lo que es y no por lo que pueda tener. En cuanto a mí, no soy una persona interesada por cosas materiales. No niego que ayuden mucho y que puedan ser importantes, pero el verdadero amor no se puede comprar, solo sentir y si es correspondido, entonces creo que uno es la persona más afortunada y bendecida del mundo. Ninguna riqueza material se compara con eso.
—Vuestras palabras me dan vida. —Notaba su entusiasmo tomándome de las manos—. Me fascina cómo os expresáis y vuestra manera de pensar, estáis llena de virtudes y de cualidades que os hacen la mujer perfecta para cualquier hombre.
—Jonathan —le dije soltándome—, una cosa es que el príncipe puede ofrecer lujos, pero otra muy distinta es el amor que Loui me da.
—¿Así se llama él?
—Sí y no es una persona acaudalada. Me enamoré de él desde que lo conocí, nos correspondimos en nuestros sentimientos, somos novios y lo amo muchísimo.
—Como desearía poder despertaros esos mismos sentimientos. —Decía neciamente sujetándome las manos de nuevo—. Daría lo que fuera por sentir vuestras manos, vuestras caricias, vuestros labios, vuestro cuerpo estremeciéndose en mis brazos…
—¡Jonathan…!
—Me encanta escuchar mi nombre en vuestra boca. El sonido de vuestra melodiosa voz, es música para mis oídos.
—¡Jonathan basta! —Exclamé soltándome, me sentía exasperada—. Es suficiente.
—Disculpadme, os dije que deseaba ser vuestro amigo y creo que no me estoy comportando como tal, lo siento.
—La verdad no sé cómo podríamos ser amigos, usted es el médico del duque y él me detesta. Además no se le olvide que me amenazó y eso me da desconfianza, podría utilizarlo a usted y no sé si confiar o no en sus intenciones.
—Tenéis razón en desconfiar, soy la persona más cercana a su excelencia y estoy obligado a obedecerle, pero os juro que yo no haría nada que pudiera perjudicaros, nada que os haga daño, creedme.
—La verdad no sé qué pensar.
—Creo, que el haber tomado la decisión de haber aceptado mi invitación este día y darme el placer de vuestra compañía responde a vuestra inquietud. Habéis dado un paso de confianza al estar conmigo aquí a solas, ¿No os parece?
En ese momento Jonathan tenía razón, yo había decidido darle una oportunidad para conocerlo, sabía los riesgos que implicaba y aún así, me arriesgué. De haber querido hacerme daño lo hubiera hecho, tenía la oportunidad de hacerlo, estábamos lejos del castillo y además solos, no había nada que se lo impidiera. En ese momento pensé que Jonathan si era sincero y lo que sentía hacia mí, le impedía hacerme algo. Esa mañana tuvimos la oportunidad de conocernos mejor y debo reconocer, que de no haber conocido a Loui posiblemente me hubiera enamorado de él, era muy agradable y me gustaba escuchar su encantador acento. Tenía treinta y dos años lo cual me sorprendió mucho porque no los aparentaba, me narró parte de su vida y de su carrera, inicio sus estudios de medicina a los dieciocho años, era muy aplicado e inteligente ya que pudo terminarla en cinco años y en dos más terminó su especialidad en cardiología. Para ese mismo tiempo conoció al duque y desde entonces, había sido su médico de cabecera. El tiempo de nuestra plática pasó muy rápido y decidimos regresar al castillo, tomamos otro camino de campo abierto y nos dispusimos a hacer una carrera. Yo no era una experta en carreras, pero Jonathan sí y no podía compararme con él, así que como Loui él también sería benévolo conmigo. Comenzamos la carrera según él dándome ventaja, pero al cabo de un rato comencé a sentir algo extraño con la montura, como si quisiera desprenderse del equino y en fracción de segundos, en un abrir y cerrar de ojos sucedió lo inevitable. Al galope de Belladona la silla se desprendió lanzándome al suelo y dejándome inconsciente por el golpe. Los sucesos que voy a relatar en mi ausencia, me fueron dichos después por fuentes confiables, así que creo firmemente, que así sucedieron.
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Jonathan corrió apresuradamente a auxiliarme. Como médico sabía qué hacer y estaba muy asustado, sentía que había faltado a su promesa de cuidarme y que se le podía culpar de algo de lo que no tenía nada que ver. Obviamente, alguien se había aprovechado de nuestro paseo para hacerlo parecer culpable, independientemente de lo que había pasado, su situación estaba en mis manos y mi decisión podía salvarlo o condenarlo. Con mucho cuidado, me revisó minuciosamente para poder dar su diagnóstico médico, afortunadamente vivía y mi cuello estaba bien, lo que le dio mucho alivio pero su sorpresa fue cuando otro jinete apresuradamente llegó a donde estábamos y con tono furioso, le ordenó quitarme las manos de encima. Se había presentado como mi novio y le exigía una explicación de lo sucedido. Jonathan estaba muy nervioso y debido a la impresión de haber conocido a Loui en un mal momento, al principio no supo que responderle, después reaccionó y le dijo como habían sucedido las cosas. Loui estaba furioso y lo único que deseaba en ese momento era cogerlo a golpes, pero le podía más su preocupación por mí, así que se limitó a amenazarlo diciéndole que rogara que mi caída no tuviera mayores consecuencias, o tendría que atenerse a lo que le sobreviniera. Jonathan le dijo que lo que le pasara a él no le importaba, que en ese momento lo primordial era que fuera atendida. Se presentó como médico, le sugirió a Loui que fuera al castillo a traer un carruaje para llevarme, ya que no podían esperar en campo abierto y que lo mejor, sería llevarme allá para poder atenderme mejor. A lo que Loui le replicó diciéndole, que me llevaría al pueblo ya que estaba más cerca. Jonathan le advirtió que no se podía correr el riesgo de moverme bruscamente a caballo y que sería una imprudencia hacerlo, que aunque el pueblo estuviera más cerca, el camino era más hostil, en cambio el camino al castillo aunque fuera más tardado era una planicie que no me molestaría. Loui deseaba callarlo y romperle la cara, le dijo conteniendo su enojo que no se metiera en sus decisiones y que además él también conocía la medicina, que me llevaría al pueblo para que su médico privado fuera el que me atendiera. Jonathan insistía en lo contrario, lo que ocasionó que Loui se molestara más y que casi le propinara una golpiza, pero ambos hombres se controlaron y Loui terminó ganando por su derecho sobre mí. Terminaron la discusión y me llevó al pueblo en su caballo con mucho cuidado, le dijo a Jonathan que si quería ayudar que se fuera él de inmediato al castillo y que le avisara al mayordomo del príncipe lo sucedido, ya que él sabría qué hacer.
En el camino al pueblo Loui encontró a Gastón y le pidió que corriera a buscar a su médico y lo llevara urgentemente a la cabaña. Cuando llegamos Loui me llevó a su habitación y me acostó en su cama, estaba muy preocupado porque yo seguía inconsciente y tenía miedo que el trayecto al pueblo me hubiera molestado más. Trató de revisarme y notó que mi tobillo derecho estaba demasiado inflamado, al momento llegó Gastón con el médico y enseguida me revisó. Había sido una imprudencia moverme del lugar del accidente, soportando el trote a caballo tal como lo dijo Jonathan y era un milagro de Dios que siguiera viva. Sorprendentemente a pesar de mi contextura frágil y delicada, mi sistema óseo era fuerte y no me había quebrado ningún hueso, solamente tenía un esguince en el tobillo y como mi caída había sido de lado eso evitó que me pudiera desnucar, algo que si me hubiera matado en el instante. Sólo de pensarlo Loui se puso más nervioso, pero el médico le dijo que había hecho un buen trabajo tratando de limpiar y curar mis heridas ya que tenía muchos raspones y moretones. A todo esto, Jonathan ya le había avisado a Randolph lo sucedido. Inmediatamente se tomaron las medidas y ordenó al capataz ir la escena del accidente y encontrar alguna pista de lo que pasó, le ordenó a Gertrudis preparar una pequeña maleta con cosas personales para mí que podría necesitar. Ordenó a Beláv también que prepararan un carruaje para salir de inmediato y le pidió a Gertrudis que lo acompañara. Jonathan también quería ir pero Randolph no se lo permitió, le dijo que no era sensato de su parte, aunque fuera como médico era una imprudencia ya que Loui estaría conmigo. Gastón se ofreció para ir a encontrarlos porque seguramente vendrían en camino para llevarlos a la cabaña. Cuando llegaron el médico seguía atendiéndome y les dijo lo mismo que le había dicho a Loui, le pidió a Gertrudis que lo ayudara a ponerme un pequeño yeso en el tobillo derecho y por mientras, Randolph y Loui salieron de la habitación para platicar. El dilema era quedarme en la cabaña con Loui —y con la compañía de Gertrudis obviamente— o, llevarme al castillo para estar mejor atendida. El médico insistía en que se tomara la decisión más prudente, ya que no era recomendable ni sano para mí volver a moverme, porque otro viaje podría maltratarme más físicamente y el riesgo, podía hacer que la pierna se me inflamara más en el camino. Pero la ventaja de estar en el castillo, era que recibiría todos los cuidados necesarios para una pronta recuperación. Lo importante por los momentos era bajar la fiebre que me estaba molestando, por lo que el médico ya me había inyectado, así que la decisión de mi bienestar estaba en Loui y en Randolph. Pasaron cuatro horas desde el accidente y todavía no reaccionaba, eso tenía muy preocupado a Loui y a todos los demás. La decisión se tenía que tomar rápido y no esperar a que anocheciera, Randolph trataba de convencer a Loui de que lo mejor era estar en el castillo y aunque no deseaba que le mencionaran a Jonathan, él cómo medico podía atenderme en cualquier momento. Loui insistía en que él era el culpable de lo que me sucedió, pero Randolph le decía que no se podían tomar decisiones en cuanto a Jonathan a la ligera sin tener pruebas y aunque a Loui no le hiciera gracia, tenía que dejar a un lado sus celos y pensar en mi bienestar primero. Se tomó entonces la decisión de llevarme de regreso al castillo, prepararon el carruaje y lo dispusieron todo con mucho cuidado.
Randolph le ordenó a Gastón adelantarse al castillo para avisar que llegaríamos al rato y que la servidumbre tuviera todo disponible. Loui se fue con nosotros al paso del carruaje para ir pendiente de mí y aunque Randolph y Gertrudis me llevaban con mucho cuidado, el camino al castillo debió parecerle una eternidad. Cuando llegamos todos estaban a la expectativa, las mucamas a la orden y hasta la señorita Regina que no me conocía quiso ayudar en lo que fuera necesario, aunque eso la metiera en problemas con su papá. Jonathan era el primero en estar pendiente, corrió a abrir el carruaje para ayudarle a Randolph y cuando se disponía a cargarme, Loui saltó de su caballo prácticamente quitándolo de en medio, ambos hombres de miraron fijamente como si se provocaran y quisieran retarse a duelo. Randolph les ordenó calmarse ya que no era el lugar ni el momento, Loui me tomó en sus brazos y Randolph le indicó mi habitación. Llegaron rápidamente y me colocó en la cama, Gertrudis les pidió que salieran un momento para quedarse sola con las otras mucamas, limpiar de mi cuerpo la suciedad de la caída y ayudarme a vestir un camisón para estar más cómoda. Seguidamente volvieron a entrar, Jonathan quiso examinarme pero Loui no se lo permitió y se sentó junto a mí en la cabecera de la cama acariciando mi cabeza. La fiebre se intensificaba más y los antibióticos no parecían tener efecto, como era de esperarse el viaje no me sentó bien. Jonathan sugirió inyectarme algo más fuerte para la fiebre y el dolor, porque si reaccionaba así los malestares podrían agravarse. A Loui le molestaba su opinión, pero Randolph le dijo que lo más importante era que había que intentar lo que fuera para controlarme la fiebre. Enseguida Jonathan se fue por su maletín médico y Loui no podía hacer otra cosa más que aguantarse y esperar. Al momento regresó y preparó la inyección que tenía que ponerme en el brazo, era una muestra de la penicilina para saber si era o no alérgica y dejar pasar unos veinte minutos para ver mi reacción. Pasado el tiempo no sucedió nada, entonces procedió a aplicarme la inyección y ahora solo restaba seguir esperando.
Habían pasado ya siete horas desde mi accidente y Randolph, aprovechó la espera para hablar en privado con Jonathan y saber qué era lo que había pasado. Jonathan le dijo exactamente como habían sucedido las cosas y de cómo la silla se desprendió del caballo lanzándome al suelo en pleno galope. Randolph le hizo ver que eso no había sido ninguna casualidad y que obviamente había sido un atentado en mi contra, la montura de un caballo no se caía de puro gusto y las personas encargadas de eso en las caballerizas eran muy cuidadosas. Al parecer, Belladona había regresado sola al castillo y el capataz no encontró nada anormal en el terreno de la caída, salvo la montura que al haberla revisado con cuidado descubrieron que el cinto no tenía el seguro puesto, lo habían cortado y la faja estaba reventada, como si le hubieran hecho un pequeño corte y al trote del equino, poco a poco se iba rompiendo más hasta desprenderse de su lugar. Jonathan no podía creer lo que Randolph le decía, alguien había aprovechado nuestro paseo para perjudicarme sin problemas y él único que deseaba hacer eso era el duque ya que él, era la única persona que me había amenazado, pero como su médico y persona de confianza, Jonathan estaba siendo señalado como cómplice. Al cabo de un rato Gertrudis salió a avisarles que yo ya estaba reaccionando pero que estaba delirando y que no dejaba de temblar. Jonathan y Loui, coincidieron en que era una reacción normal debido a la caída y al medicamento y que ahora, estaba en mí soportarlo y hacer que pasara. Recuerdo que sentía que la cabeza me daba vueltas, que me iba a estallar del dolor y que no podía sostenerla con mi cuello por mí misma. El dolor del cuerpo era insoportable y el frío que sentía me estaba congelando a horrores, aunque mi piel ardía y las compresas parecían no ayudarme, tenía que luchar y esperar a que el antibiótico hiciera su efecto. Poco a poco me fui calmando hasta quedarme dormida de nuevo. Ese día parece que nadie quiso cenar y al cabo de un rato Randolph decidió que ya era hora de retirarse y que solo Gertrudis se quedara conmigo, pero Jonathan y Loui quisieron quedarse también. Obviamente era una situación penosa; Loui, por ser mi novio tenía la excusa de cuidarme y de no moverse hasta que supiera que estaba bien y Jonathan, tenía la excusa por ser médico y sentía que su deber era estar pendiente al sentirse responsable de mí. Finalmente, Randolph aceptó que ambos se quedaran con la condición de no alterarse mutuamente. Esa fue una noche larga para todos, Gertrudis y Jonathan se quedaron en mi habitación para cuidarme y estar pendientes de mi evaluación, pero más que todo fue una noche larga especialmente para Loui, quien se quedó pendiente cerca de mí para velar incondicionalmente mi sueño.
Capítulo XVI
Entre dos llamas
Primera Parte
Antes de que amaneciera estaba empezando a reaccionar y sé que en mis delirios llamaba a Loui. Desperté, abrí los ojos y sentía siempre lo mismo, que todo me daba vueltas. Los ángeles y querubines del techo parecían moverse, la cabeza me pesaba y no la podía sostener, el dolor seguía allí y el cuerpo lo sentía molido. En mis labios solamente pronunciaba su nombre y al escucharme llamándolo estando cerca de mí, Loui despertó porque en toda la noche no se había movido de mi lado;
—Amor mío aquí estoy, junto a ti. —Susurró suavemente.
—Loui, ¿Dónde estoy? ¿Qué me pasó?
—Tuviste una fuerte caída del caballo ayer.
—¿Qué? Ayer pero como…
—Sh… no hables, no te esfuerces. —Me susurraba acariciando mi cabeza y besando mi frente.
—Pero, ¿Cómo? —Insistía—. Me duele todo, me siento mal.
—Ya estás con medicamento y lo peor ya pasó. Gracias a Dios estas viva y aquí conmigo.
—Loui no recuerdo nada, ¿Cuánto tiempo ha pasado?
—Estuviste inconsciente durante siete horas, ayer por la noche reaccionaste pero no estabas consciente y el medicamento te hizo volver a dormir hasta ahora.
—Me siento mal. —Volví a decir—. Estoy mareada y tengo náuseas.
—No intentes moverte, debes tener absoluto reposo.
—¿Estoy en el castillo?
—Sí.
—¿Y cómo es que tú estás aquí conmigo?
—Es una larga historia, ya te la diré después.
Traté de mover la cabeza un poco y miré hacia la ventana. Pude ver la claridad del día que estaba abriéndose paso;
—Está amaneciendo ya, creo que es nuestro primer amanecer juntos. —Bromeó besando mi mano.
Aún en su preocupación, Loui tenía las palabras justas para estremecerme y hacerme sentir bien. Su manera de ser y su devoción me honraban, en su silencio me adoraba y su hermosa mirada me hacía sucumbir a él, aún sin expresar palabras. Pero quise moverme y al intentarlo, supe que mi situación era más grave de lo que pensaba. Un intenso dolor me noqueó y al gritar, todos los presentes se despertaron;
—¡Señorita Constanza no os mováis! —Exclamó Jonathan corriendo hacia mí.
—¡Mi cuello me duele horrible! —Grité asustada—. ¡No puedo sostener mi cabeza!
—Tranquilízate Constanza. —Loui intentaba sujetarme para evitar que me moviera bruscamente—. No puedes hacer ningún esfuerzo, te lastimarás más.
—¡Mi pierna! Jonathan, ¿Qué le pasa a mi pierna? —Grité asustándome aún más y retorciéndome del dolor—. ¡Me duele muchísimo!
—Tendré que inyectaros un calmante. —Escuché decirle a Jonathan quien se dirigió a su maletín—. Es necesario que estéis inmóvil, una recaída de fiebre podría ser fatal.
—Pero eso la hará dormir más. —Loui lo miró fijamente—. No se puede mantener sedada.
—Es necesario y es mejor así. —Le contestó Jonathan—. Ella está confundida y es mejor tranquilizarla. Vosotros sois testigos de su estado.
Inmediatamente preparó la inyección y le dijo a Gertrudis que prepara más compresas por si la fiebre regresaba. Me inyectó el tranquilizante y al momento, comencé a sentir un sueño tan pesado que hacía que el dolor desapareciera relajando mi cuerpo;
—Deberéis considerar algo más. —Jonathan no estaba tranquilo y me miró fijamente—. Creo que será necesario el uso de un collarín. Mientras podáis mover el cuello y la cabeza, el dolor y los mareos no cesarán.
—¿Eso significa que sigue mal? —Preguntó Loui mientras acariciaba mi frente—. Creí que lo peor ya había pasado.
—Es sólo por precaución. —Contestó—. Al menos recordó quién es y quienes somos, si el golpe hubiera sido en la cabeza podría tener amnesia, pero insisto que hubieran sido necesarias unas radiografías y una tomografía para estar más tranquilos.
—Desgraciadamente aquí no se puede hacer eso —dijo Loui.
—No quiero culpar a nadie —dijo Jonathan—, pero si el príncipe hubiera agilizado los trámites y los trabajos que el rey dejó inconclusos, la calidad de vida de las personas hubiese sido mejor. ¿No creéis? Sólo cuando un ser querido está en momentos así, es cuando uno puede darse cuenta que la salud y el bienestar son primordiales.
—¿Qué sabe usted de eso? —Loui preguntó alterándose.
—Por favor señores —dijo Gertrudis—, no olviden lo que el señor Randolph les dijo anoche o tendré que pedirles a los dos que salgan de la habitación.
—La señorita Constanza seguirá descansando. —Jonathan se dirigió a Gertrudis—. Por mientras iré a darme un baño, mostradle esta nota a Randolph, es una lista que necesito de la farmacia o botica del pueblo y es urgente.
Mientras seguía durmiendo, Gertrudis mandó a una mucama a buscar a Randolph quién al llegar preguntó qué había sucedido y Gertrudis le dijo como habían estado las cosas. Se dispuso a mandar a Gastón al pueblo por las cosas que necesitaba Jonathan y le dijo a Loui que mejor se fuera a descansar y que regresara por la noche, ya que yo estaría bien cuidada y que si sucedía algo le avisarían. Loui no deseaba separarse de mi lado, pero al saber que descansaría mucho tiempo, decidió hacer caso e ir también a darse un baño y a descansar un poco. No le hacía gracia dejarme en manos de Jonathan pero no tenía opción, aunque no quería dejarme el agotamiento terminó por convencerlo, aunque lo que realmente Loui quería era estar a mi lado nuevamente para cuando despertara. El tiempo para mí era como un segundo, no tenía sentido y ni noción de nada, sólo sentía que cerraba los ojos y al momento los abría de nuevo. Ni siquiera supe el momento en el que me habían puesto el collarín. Ya había pasado el mediodía cuando desperté y solo Gertrudis y otra mucama estaban conmigo. Los demás habían aprovechado ir a almorzar;
—¿Cómo se siente señorita? —Solícitamente Gertrudis se acercó a mí, sonaba preocupada.
—Como si una estampida de caballos me hubiera pasado por encima. Me sigue doliendo todo y me sigo sintiendo mareada.
—Voy a llamar al doctor Jonathan, él es quien ha estado atendiéndola aquí en el castillo.
—¿Jonathan? Pero Loui estaba aquí, ¿Dónde está?
—¿Su novio? Estaba muy agotado, el señor Randolph le pidió que se fuera a descansar.
—¿Gertrudis que tengo en el cuello? Siento que me asfixia. —Intenté llevar mi mano al cuello para quitármelo.
—Señorita no lo haga. —Se apresuró a sujetarme para evitar que siguiera moviéndome—. Es un collarín que necesita para que no mueva la cabeza bruscamente.
—¡Mi cadena! —Exclamé asustada—. ¿Dónde está? Gertrudis mi cadena, ¿La perdí también?
—Tranquila señorita, al momento de ponerle el collarín yo misma se la quité. Está en su alhajero.
¡Dios! Sentía que volvía a respirar, ya hubiera sido una maldición también perder mi cadena. Me sentía aliviada;
—Gracias Gertrudis pero me siento fatal, necesito un baño.
—Señorita, no creo que sea prudente moverla. Podría empeorar.
—Por favor —insistí—, un baño tibio me hará sentir mejor.
—Mandaré a buscar al doctor, si él lo autoriza entonces sí.
Rápidamente la mucama fue a buscarlo y enseguida Jonathan estaba a mi lado. No estaba muy seguro de moverme, no sólo por el malestar corporal sino por las fiebres que había tenido, pero al final lo convencí. Inmediatamente se preparó mi baño y él mismo me llevó en sus brazos y me sumergió en la tina de agua tibia. Yo tenía puesto un camisón largo pero algo transparente, por lo que mi silueta se notaba y podía hacerme ver semidesnuda, especialmente mis pechos, los que el agua dejó ver muy bien. Fue algo que me ruborizó exageradamente e hizo que me apenara el saber que Jonathan me había visto así, me hizo sentir muy avergonzada y sé que fue muy incómodo también para él, ya que sabe Dios qué pensamientos pasaron por su mente y que sentimientos y deseos le despertaron aún más, al momento que el agua envolvió mi cuerpo. Nunca imaginé que me vería así, ni siquiera como médico. Gertrudis le pidió que saliera del baño mientras las mucamas me ayudaban, tuvieron que sostenerme la pierna enyesada para no mojarla y colocaron muchas toallas a manera de almohada, para que apoyara y reclinara la cabeza en el borde de la tina porque también me quitaron el collarín. Realmente el baño me hizo mucho bien y podía sentirme “persona” de nuevo. Cuando terminé y estuve lista, Jonathan entró de nuevo para llevarme a la cama y acostarme. Me arreglaron un poco para estar más presentable y mientras curaban mis heridas, Randolph llegó con un hermoso y gigantesco ramo de flores como regalo del príncipe. Jonathan había ordenado no quitarme el collarín y que mi alimentación, tenía que ser muy ligera pero nutritiva para recuperarme más rápido. Como no había comido en muchas horas, la cantidad tenía que ser por raciones pequeñas y en lapsos de tiempo para evitar un malestar estomacal, así que para comenzar un buen y sustancioso caldo de pollo con verduras me devolvería las fuerzas. Ya estaba más consciente, pero igual seguía adolorida. Randolph necesitaba saber mi versión y opinión de lo que había sucedido, sabíamos que había sido amenazada por una persona pero Jonathan era el que estaba siendo señalado, me dijo que el príncipe estaba muy molesto y deseaba castigar al culpable, por lo que ya se había dado parte a las autoridades correspondientes.
Realmente me molesté al escuchar eso, el hecho de que Jonathan fuera el médico y allegado al duque no era suficiente motivo para culparlo y señalarlo como cómplice y además, al verdadero autor intelectual de mi accidente no podían tocarle un pelo sólo por el hecho de pertenecer a la familia real y eso lo hacía “inmune” por decirlo así, creo que eso era lo que más me molestaba. Según Randolph el príncipe deseaba que diera mi declaración de los hechos y que el “sospechoso” o “cómplice” fuera encerrado. Una de las mucamas que subió a dejarme el almuerzo, le notificó a Randolph que el inspector y el jefe de la policía ya estaban aquí y deseaban verlo a él y a mí;
—No se preocupe y esté tranquila. Yo trataré de que no la molesten. —Me dijo Randolph tratando de tranquilizarme.
Bajó a hablar con ellos mientras Gertrudis y Jonathan se quedaron conmigo. A pesar de ver a Jonathan con un semblante tranquilo y a pesar de inspirarle desconfianza a todo el mundo, si en mis manos estaba el evitar una injusticia, lo haría;
—Gertrudis, ¿Le pueden avisar a Loui que ya desperté y que necesito verlo?
—Buscaré a Gastón para que lo haga, no se preocupe.
Cuando salió de la habitación, aproveché la excusa para hablar con Jonathan de lo que sucedió y él, me relató cómo habían ocurrido las cosas y también me dijo, lo que Randolph había hablado con él la noche anterior;
—Jonathan, ¿Ya habló usted con el duque sobre esto?
—Él ha estado de muy mal humor, ya no se soporta su carácter y no ha permitido que se le mencione el asunto. Sólo se ha limitado a decir que los accidentes, siempre pueden ocurrir.
No sé porqué, pero yo insistía en que esa actitud del duque lo delataba sin poder disimular;
—Yo os juro que no hice nada para lastimaros. —Insistió mientras tomaba mi mano—. Al contrario, me siento muy apenado e indignado porque que se hayan valido de nuestro paseo para hacerme parecer culpable de tal bajeza. Para mí lo más importante es que vos creáis en mi palabra. Por favor creed en mí.
—Jonathan, yo estoy muy agradecida con usted por todas sus atenciones. —Le hice ver mostrándole confianza—. No se preocupe, voy a confiar en usted o al menos, lo trataré de hacer y haré lo posible también por defenderlo.
Al momento, Randolph subió a la habitación para decirme que estas personas regresarían por la mañana del siguiente día, ya que necesitaban hablar conmigo pero que por los momentos, no me preocupara y siguiera descansando. Después de almorzar, Jonathan me inyectó un medicamento para el dolor en general y eso, junto con el baño hizo que me diera mucho sueño y sin darme cuenta me dormí de nuevo toda la tarde.
Segunda Parte
Ya entrando el ocaso, casi al anochecer, el sonido de la música de Chopin y una caricia en mi rostro hizo que me despertara. Era Loui que había regresado y estaba a mi lado;
—Loui estás aquí —le dije emocionada.
—Amor mío regresé por ti, me alegra ver que estás mejor. —Besando suavemente mis labios me saludó.
—¿Tienes mucho tiempo de estar aquí?
—El suficiente para contemplarte y velar tu sueño. —Susurró—. Aunque tu niñera tampoco se ha movido para dejarte sola.
—Gertrudis está cuidándome pero me alegra ver que estás aquí. Me siento mucho mejor si estás conmigo.
—Te traje este ramo de rosas, pero veo que alguien más se adelantó. —Ahora sonaba su tono de celos.
—Fue el príncipe quién mandó ese arreglo, pero me encantan más tus rosas, están preciosas, gracias. ¿Gertrudis puede ponerlas en agua y colocarlas aquí junto a la cama por favor?
—Sí señorita, enseguida.
—¿De verdad te gustan más? —Preguntó con entusiasmo—. No se comparan con ese arreglo tan grande y colorido.
—Me gustan más tus rosas porque son del amor y porque las recibo de ti.
—Constanza te amo. —Susurró mientras ronroneaba tiernamente sobre mi cuello. Qué bien se sentía eso—. Me asusté mucho, creí haberte perdido.
—Perdóname, lo siento. No me considero tan mal jinete pero no sé qué sucedió, de repente la montura se desprendió de Belladona y ya no supe más.
—Agradezco a Dios por tu vida y porque sé que eres cuidadosa pero, ¿Crees que fue un accidente?
—No, no lo sé, tal vez no. No te lo había dicho, pero hace unos días recibí una amenaza del duque, fue por un malentendido y se molestó por eso, después te contaré.
—¿Amenaza? —Preguntó cambiando el semblante—. ¿Y el doctor ese? ¿Por qué estabas con él? Es el médico del duque pudo haberlo utilizado. ¿Por qué si sabías sus intenciones saliste con él?
—Loui ahora no. No es el momento, no quiero pensar. Me duele la cabeza.
—Tienes razón amor mío, perdóname. —Se disculpó besando mi mano—. Sigo siendo un tonto e imprudente.
—Sigues siendo un celoso y te amo, gracias por estar aquí conmigo. Te necesito mucho.
—Quiero estar siempre cerca de ti. —Susurró de nuevo y esa manera de hacerlo me estremecía sin control—. Quiero amarte y protegerte por el resto de mi vida.
—Yo también deseo estar contigo, siempre. —Tocaba hipnotizada con suavidad su rostro.
—Constanza —dijo observando mi muñeca—, ¿Dónde está tu pulsera?
Tenía miedo de que llegara ese momento, la respiración y mi corazón comenzaron a acelerarse, me puse muy nerviosa y comencé a sollozar. No supe qué contestarle;
—Tranquilízate, no te preocupes, seguramente la perdiste al mismo tiempo de tu caída.
—No, debo encontrarla, vale mucho para mí —le dije inquietándome.
—Puedo darte otra mejor, será difícil encontrarla en el lugar del accidente.
—No, yo quiero esa, significa mucho para mí porque me la diste en un momento muy especial.
—Bueno, puedo darte otra y revivir el momento. —Bromeó.
—No es lo mismo —le dije tratando de moverme—, tengo que buscarla.
—Por supuesto que no. —Me sujetó para que no intentara nada—. No puedes moverte, no te preocupes, sigue descansando. Te prometo que iré mañana yo mismo a buscarla y tal vez, con suerte la encuentre.
—Loui, no… yo… —No pude terminar de hablar por mis sollozos.
—Sh… tranquila, aquí estoy —dijo secándome una lágrima— no te alteres por eso.
—No te vayas por favor, no todavía. —Sujeté su mano suplicando—. Quédate conmigo.
—No pensaba irme. —Se acercó intentando besarme.
Mientras disfrutaba de la compañía de Loui escuchando la “Siciliana” de Fauré, Randolph entró a la habitación en ese momento con dos personas que no conocía y que al menos una de ellas, deseaba presentarse;
—Buenas noches señorita Constanza —dijo Randolph—, veo que se siente muy bien, en buena compañía.
—Sí, así es. Loui es toda la medicina que necesito.
—Que bueno. Permítame presentarle a la señorita Regina Charlotte Von Hanslow y Cassaglieri, honorable baronesa de Branckfort e hija de su excelencia, ella también se preocupó por su estado sin conocerla y como es un poco tímida no deseaba presentarse sola. Señorita Regina ella es la señorita Constanza Norman, tutora de artes de su alteza el príncipe Ludwig.
—Es un placer conocerla señorita Regina. —Saludé de lo más cortés—. Y gracias por preocuparse por una desconocida, bienvenida.
—Mucho gusto en conocerla señorita Norman. —Su delicada voz y su peculiar acento italiano la hacían ver dulce—. Y me alegra ver que ya está mejor.
Sí que era muy bonita como lo expresaron el príncipe y Jonathan, piel blanca, rubia y ojos azules, supongo que de pequeña debió parecer una muñeca;
—Y también le presento a la señorita Juliana Linares —continuó Randolph—, la cual es de origen español y ha sido por muchos años la institutriz y dama de compañía de la señorita Regina.
—Encantada señorita Linares. —Saludé de igual forma.
—Lo mismo os digo. —Contestó secamente en su típico español y observándome con aires de orgullo y prepotencia sin siquiera mirarme, por lo cual deduje que no le caí muy bien.
—Ya tendremos tiempo para conocernos mejor señorita Regina. —Me dirigí a ella.
—Me gustaría, pero la verdad no creo que sea posible. —Negó intentando mostrarse lo más educada posible. Trataba de disimular.
—No entiendo, ¿Por qué?
—Pues… no sé cómo decirlo —contestó tímidamente—, me da vergüenza.
—Puede hablar con confianza, las personas que están conmigo son confiables.
—Al parecer a mi papá no le hace gracia, no sé porqué, pero no desea que me acerque a usted.
—Está bien no se preocupe, la entiendo. Gracias por su sinceridad.
—Bueno, yo me retiro. —No quería sentirse incómoda—. No quiero molestar, veo que está acompañada y seguramente tienen mucho que platicar así que con permiso, buenas noches.
—Buenas noches y gracias por su visita.
En el momento que salía la señorita Regina, Jonathan entraba a verme sin saber que Loui estaba conmigo;
—Yo sólo vine a ver como os sentís —dijo Jonathan acercándose a mí.
—Gertrudis, acompañe a las señoritas por favor y ordene de una vez, la cena de la señorita Constanza —dijo Randolph alertándose.
Y es que la tensión entre Loui y Jonathan era más que evidente. Eran muy obvias las miradas entre ellos y ese malestar se podía percibir, sentir y notar a kilómetros y por eso Randolph, prefirió quedarse en medio del campo de batalla, por si se desataba la guerra;
—Estáis mejor, parece que la fiebre no ha regresado. —Me decía Jonathan mientras tocaba mi frente—. Eso es bueno, significa que no hay infección por las heridas y los golpes.
—Lo que me sigue doliendo mucho es la cabeza, también el cuerpo y la pierna, no soporto el peso de este yeso.
—Es normal —continuó mientras se sentaba a mi lado izquierdo—, poco a poco el dolor irá desapareciendo. Después que cenéis, os pondré otra inyección para que el dolor no os moleste por la noche y podáis dormir tranquila.
—Gracias.
Evidentemente, Loui estaba muy incómodo y no le hacía nada de gracia que Jonathan estuviera sentado al otro extremo mío y las atenciones que me brindaba, ni siquiera como médico. Sus miradas eran muy incómodas y ni el uno ni el otro se soportaban, era bastante difícil estar en medio de los dos y parecía que ni siquiera Randolph podía intervenir entre ellos. Después de cenar y de arreglarme para dormir, Jonathan procedió a inyectarme como lo había dicho;
—Con esto os sentiréis mejor.
—Espero que sí, ya no quiero más inyecciones.
—El medicamento oral no tiene la misma potencia y eficacia del intravenoso y no hará que os aliviéis pronto.
—¿Pero cuánto tiempo usare el collarín y el yeso?
—El collarín de cinco a siete días o tal vez más y el yeso unos quince días también, dependiendo de vuestra evolución.
—¡Ay no tanto tiempo! No voy a soportar esto.
—Por vuestro bien espero que sí, voy a esperar que el medicamento surja su efecto y después me iré.
—¿Amor… por qué estás tan callado? —Le pregunté a Loui y más observando su famoso tic.
—Porque tu doctor y yo no cabemos aquí. —Contestó un tanto molesto mirando fijamente a Jonathan.
—Loui por favor no te molestes. —Supliqué.
—Es que sus atenciones ya son suficientes, no es necesario que se quede.
—Lo siento —le dijo Jonathan—, mi deber es quedarme y ver que ella esté bien.
—¿Su deber? ¿Está seguro que sólo es eso? —Le preguntó Loui molestándose más y poniéndose de pie—. ¿Ahora se excusa en su deber como médico? ¿Y cómo es que no la cuidó sabiendo que cabalgarían y que algo podría pasarle? ¿No pudo prevenir eso? Usted sale sobrando aquí, no tiene ningún deber con ella, aléjese.
—¿Qué estáis insinuando? —Preguntó Jonathan también molesto—. ¿Que yo tuve la culpa de lo que sucedió? ¿Que por eso no tengo derecho a atenderla como médico? Creo que el que sale sobrando aquí, es otro.
Loui se enfureció y se dispuso a atacar a Jonathan, yo estaba muy nerviosa y tenía que hacer algo. Randolph reaccionó a tiempo interponiéndose entre ellos, para impedir que se fueran a los golpes;
—¡Basta ya señores! —Los detuvo colocándose en medio de ellos—. Parecen niños pequeños peleando por un juguete, compórtense, les repito que este no es el lugar ni el momento.
—Mire doctorcito —insistió Loui con sentencia—, reconozca de una vez que usted ha puesto sus ojos en mi novia y ese es un gran error.
—¿Sólo porque vos lo decís? —Le preguntó Jonathan sin mostrarle miedo—. ¿Por qué actuáis así? ¿No creéis que sois muy inseguro? ¿Dudáis del amor de vuestra novia? ¿Creéis que ella no se puede enamorar de otro?
—¡Es suficiente! Voy a… —Loui gritó muy enojado. Más que eso, estaba furioso.
No permití que siguieran comportándose así. Loui estaba muy furioso y deseaba liberar su enojo golpeando a Jonathan, éste obviamente no iba a dejarse y hasta Randolph podía salir lastimado por culpa de ellos;
—¡Alto! —Les grité haciendo un movimiento brusco para levantarme, ocasionando que me cayera de la cama.
Los tres corrieron a ayudarme al escucharme gritar y verme en el suelo. Mi cuello me dolía mucho y no digamos la pierna enyesada, estaba convaleciente y esa caída iba a ponerme peor;
—¡Ven lo que han ocasionado! —Randolph los reprendió mientras Loui me levantaba—. Su imprudencia, orgullo masculino y deseos egoístas harán que pierdan lo que están peleando.
—Constanza amor mío perdóname —dijo Loui asustado—, soy el culpable.
—Señorita Constanza —dijo Jonathan mientras me examinaba—, perdonadme, ha sido una inconsciencia.
—Es mejor que los dos salgan de aquí. —Les ordenó Randolph.
—Me duele todo el cuerpo —dije llorando—, pero más me duele la actitud de ustedes.
—Y tiene razón. —Me secundó Randolph—. Ha sido una falta de respeto para su condición, lo que estos dos insensatos intentaban hacer delante de usted.
—Quedaos quieta por favor, debéis evitar que la fiebre regrese y la caída os puede afectar. El medicamento os ayudará y el dolor irá desapareciendo poco a poco.
—Amor mío por favor, tranquilízate. Pronto te sentirás mejor, si esto te pone peor yo jamás me lo perdonaré.
Traté de quedarme quieta como lo sugirieron y hasta no esperar como evolucionara nadie se movería de mi lado, pero las consecuencias no se hicieron esperar y la fiebre regresó. Comencé a temblar a horrores y sentía que la cabeza me iba a estallar, mi pierna se había inflamado y el problema era que Jonathan ya no podía inyectarme nada más. El medicamento tenía que hacer efecto y las compresas estaban a la orden, sólo se podía esperar que ambos hicieran su trabajo. Jonathan sugería sumergirme en la tina con agua fría pero Loui que me conocía mejor no se lo permitió, ya que la noche estaba muy fresca y eso podría agravar más mi salud. Yo era una persona susceptible al frío y el cambio brusco de temperatura corporal podría provocarme un resfriado severo o un problema bronquial, por lo que entonces no quedó de otra más que esperar. Poco a poco dejaba de temblar y fui quedándome quieta, era tanto el dolor, que sentía un hormigueo en todo el cuerpo, lo sentía dormido. Jonathan estaba pendiente tomándome el pulso y tenía miedo que el malestar me dejara completamente inconsciente de nuevo. Loui estaba muy asustado y no se separó de mi lado ni un momento, sentía cómo besaba mi frente y acariciaba mis mejillas y cabeza. Gertrudis estaba pendiente poniéndome las compresas, Jonathan estaba desesperado y deseaba poder hacer más, pero lo que él podía hacer ya estaba hecho y Randolph estaba muy molesto por lo que me había pasado. Estaba molesto con ambos hombres, pero no les volvió a mencionar el asunto porque según él, ya estaban pagando las consecuencias de sus actos al estar angustiados por mí. Pero seguramente, lo que más le molestaba a Randolph era tener que decirle al príncipe lo que sucedió y ya se sabe que una orden de él, debería cumplirse y podía decidir por capricho o por castigo que ninguno de los dos, ni Loui ni Jonathan estuvieran a mi lado.
Capítulo XVII
Una visita inesperada
De nuevo, otra noche pasó muy rápido para mí y pronto amaneció. Era el día 17 de Septiembre, lentamente abrí mis ojos y vi que todos estaban durmiendo agotados por el cansancio. No pude evitar sentir lástima por todos y sentirme mal conmigo misma, porque me había convertido en un dolor de cabeza para todas estas personas y eso me apenaba mucho. La fiebre había desaparecido y los dolores habían cesado un poco, trataba de recordar lo que había sucedido y de verdad que el pleito entre Loui y Jonathan me había puesto muy nerviosa. Los celos de Loui eran excesivos y empezaba a asustarme. Jonathan por su parte, puede ser que de alguna manera provocó a Loui e igual iba a defenderse y Randolph, seguramente tendría que darle cuentas al príncipe de lo sucedido. Tenía miedo de la decisión que él pudiera tomar. Me sentía una inútil sin poder moverme, traté de hacer un nuevo esfuerzo pero lo que conseguí fue despertar a Loui;
—Amor mío, despertaste —dijo emocionado—. ¿Cómo te sientes?
—No sé si liviana o pesada, pero siento como si tuviera aire en la cabeza.
—Fue una imprudencia lo que hiciste, no debiste intentar levantarte. ¿No ves que estás delicada?
—Pues no me hubiera levantado, si ustedes no hubieran cometido la “imprudencia” de ponerse a discutir. De no haber hecho esto, tú y Jonathan se hubieran ido a los golpes sin respetar a Randolph.
—Tienes razón. —Sonaba apenado—. Yo soy el culpable, yo inicie todo, tienes un corazón muy noble y piensas en los demás antes que en ti. Te admiro, preferiste sacrificarte tú y darnos una lección a todos, perdóname.
—Loui tienes que aprender a controlarte, eres muy iracundo y te enojas con facilidad, pero lo que más mal me hizo sentir fue lo que dijo Jonathan. ¿De verdad dudas de mi amor?
—No, no por favor no digas eso. —Me susurraba—. Estoy más que seguro de que me amas y que tu corazón y tu ser me pertenecen, es solo que… —Un suspiro lo silenció por un momento y luego continuó—: Mientras no seas mi esposa, mientras no te sienta completamente mía, muchas cosas pueden ocurrir. Mi miedo es perderte sin haberte tenido, siento que no podría vivir sin ti y de alguna forma siento que debo pelear por ti, no permitiré que nadie se interponga entre nosotros. Constanza te amo tanto que moriría por ti y desearía estar en tu lugar, estar yo en esa cama y no tú.
—Loui no me digas eso, yo también te amo y la vida para mí tampoco tendría sentido sin ti, no tienes idea de los que tus palabras me hacen sentir, me halagas con tu manera de amarme pero también me asustas, busca otra manera más “sutil” y menos violenta para hacer las cosas. Por favor aprende a controlar tu carácter, hazlo por mí…
No me dejó terminar de hablar. Lentamente tocó su nariz con la mía y me besó intensamente, haciendo que una corriente eléctrica recorriera mi cuerpo;
—Te prometo amor mío que haré lo que me pides —dijo mientras yo intentaba recuperar el conocimiento y volver a la tierra—. No volveré a hacer que te sientas mal por mi culpa y mucho menos que te sacrifiques por mi insensatez.
—Gracias. —Susurré suspirando.
En ese momento todos despertaron y Jonathan se acercó para ver como estaba, le pidió a Gertrudis que ordenara que me trajeran el desayuno para poder inyectarme después. Todos los hombres tuvieron que salir de la habitación para que Gertrudis y las mucamas me ayudaran a asearme y a estar más presentable. A media mañana, el inspector y el jefe de la policía ya estaban en el castillo y aunque no estaba en condiciones de atender a nadie y dar declaraciones, accedí a recibirlos para aclarar las cosas de una vez y que dejaran a Jonathan en paz. Lo único que Randolph me había pedido era que fuera sensata en mi declaración y que no tuviera miedo. Afortunadamente Randolph, Jonathan y Loui estaban conmigo;
—Buenos días señorita. —Se presentaron—. Disculpe las molestias, pero es necesario hacerle unas preguntas.
—Buenos días, estoy a sus órdenes.
—Bien, sabemos que tuvo un penoso accidente a caballo y al revisar la montura que se desprendió del animal, se encontró que el seguro de la faja estaba cortado por lo que no nos parece que haya sido una casualidad o un error de las personas encargadas y otro indicio es que también el cinto se reventó porque tenía un leve corte, lo que nos lleva entonces a deducir que no se debió a un accidente sino a un atentado en su contra. ¿Tiene alguna idea de quién pudo haberle querido hacer daño?
—Sus investigaciones tan minuciosas en tan poco tiempo me sorprenden, personas tan capaces y eficientes como ustedes, serían muy necesarias en otros países en donde la criminalidad está siempre al acecho.
—Favor que usted nos hace señorita, muchas gracias, pero no ha respondido la pregunta.
—Pues la verdad no sé qué decirles, yo soy una persona que tiene poco tiempo de estar aquí y como casi no conozco a nadie, más que a las personas que habitan el castillo y a mi novio aquí presente, no creo tener enemigos.
—¿Pero usted no es la primera vez que sale a cabalgar? —Insistieron—. No le había sucedido esto antes, ¿Verdad?
—No, no me había sucedido, pero insisto, no creo tener enemigos.
—Por favor señorita haga memoria, ¿Alguien le ha dicho algo? ¿Alguna insinuación? ¿Alguna amenaza?
—Señores por favor —los interrumpió Randolph—, la señorita lo que menos debe hacer es esforzarse.
—Así es señores —les dije—, como ven no me siento bien y ya les dije lo que sé. Pueden investigar lo que quieran pero les insisto, no tengo enemigos.
—Bueno pues, le rogamos que disculpe si la molestamos. Seguiremos con las investigaciones porque su alteza desea que todo esto pueda esclarecerse y si hay algún culpable, que pague.
—Les deseo que tengan éxitos con las averiguaciones y si saben algo más, me gustaría saberlo.
—La mantendremos al tanto de todo y si hay algún culpable, nadie mejor que usted para reconocerlo, buenos días.
Debo reconocer que estos tipos me pusieron nerviosa y no se quedarían tranquilos hasta llegar al fondo del asunto. Tenía temor que sus investigaciones pudieran llegar al momento en el que el duque me amenazó, pero más temor tenía que de verdad asociaran a Jonathan como cómplice y se lo llevaran detenido, era imposible que no lo implicaran. Por el momento ya habíamos ganado tiempo y se me prohibió seguir pensando en eso. Loui tuvo que despedirse porque deseaba ir a darse un baño y a descansar un poco, pero hizo lo que me prometió, se tragó su orgullo e hizo una tregua con Jonathan. Le pidió que siguiera pendiente de mí en su ausencia, al fin y al cabo, reconoció que la preocupación de Jonathan y sus cuidados médicos, podrían ser sinceros y un apretón de manos fue suficiente, pero en el fondo, también sabía que no tenía que bajar la guardia. Por la tarde, ya me sentía un poco mejor y deseaba levantarme o por lo menos sentarme fuera de la cama y salir un poco de la habitación, por lo que Jonathan accedió siempre y cuando fuera con la ayuda de él o de Gertrudis. Con mucho cuidado y con la ayuda de algo que no me hizo gracia —un bastón que me sirviera de apoyo por mi pierna—, salí a caminar un momento. Pero no me gustaba, me hacía parecer una anciana y obviamente no me hacía sentir bien. Mientras trataba de caminar abiertamente por el pasillo y adaptarme al que sería mi compañero —el bastón—, por no sé cuánto tiempo, miramos por la ventana que llegaba un carruaje seguido por otro con mucho equipaje y la servidumbre se hizo presente para bajar todas esas maletas. Un hombre joven, alto, esbelto y rubio con el cabello castaño claro a los hombros y sujetado por un lazo bajó del carruaje. Randolph salió a recibirlo y en seguida entró al castillo, pregunté quién podría ser pero Gertrudis no lo sabía y menos Jonathan, así que si era alguien importante Randolph subiría a decírmelo. El ejercicio me cansó rápido y pronto quise volver a la cama, el ocaso ya estaba en el horizonte dando paso a la noche y Gertrudis ordenó que subieran mi cena temprano, ya que era hora de otra inyección que me haría descansar de nuevo. Loui me hacía mucha falta, pero como ya se había ido un poco tarde era posible que volviera. El pobre estaba muy cansado y esperaba que recuperara sus fuerzas, no podía estar conmigo todo el tiempo, no podía pedir demasiado. Cuando ya estaba lista para dormir y Jonathan ya me hubo inyectado, Randolph subió como era de esperarse a darme una noticia;
—Buenas noches señorita, veo que está mejor.
—Sí, parece que los malestares y la fiebre me han dejado descansar un poco.
—Eso es bueno —dijo Jonathan—, creo que lo peor ya pasó, ahora solo queda que os recuperéis, sois muy fuerte
—Señorita —continuó Randolph—, quiero informarle que esta tarde llegó al castillo por invitación de su excelencia, el encargado de la fiesta de disfraces quién a la vez, es diseñador de modas y trajo todas sus creaciones. La señorita Regina se reunirá con él en la mañana para ver que disfraz usará, me gustaría que usted también escogiera el suyo.
—Randolph, ¿El duque insiste en eso?¿Y el príncipe que dice?
—Últimamente su excelencia ha estado de muy mal carácter —continuó—, creo que Jonathan parece haberlo descuidado por atenderla a usted y eso, lo tiene aún más molesto. En cuanto a su alteza, el dichoso baile lo tiene sin cuidado.
—O sea que al príncipe parece no importarle lo que su tío haga y deshaga en su castillo, realmente me decepciona. Randolph como puede ver, yo no tengo cabeza para ver disfraces y además “alguien” ya se encargó de que no asista a la fiesta, no voy a poder ir, es más no quiero ir.
—Señorita no se ponga en ese plan, en seis días ya estará mucho mejor.
—¿En seis? —Pregunté asombrada—. Pensé que había más tiempo.
—Su excelencia ha adelantado la fecha, ya que su alteza está aquí.
—Y claro, también si su hija está aquí, ¿Para qué esperar? —Agregué con sarcasmo.
—Sí, os lo ruego, asistid. —Me pidió Jonathan—. Vuestra presencia dará un mayor realce a la fiesta.
—¿Doctor? —Pregunté con el mismo sarcasmo—. ¿Me va a dar de alta para asistir a una fiesta en la que seguramente no seré bienvenida? —Ambos hombres se miraron sin decir nada, fijé mi vista en Randolph y continué—: Lo siento, no me interesan los diseños de disfraces. No asistiré.
—Señorita reconsidérelo —insistió—, como invitada de su alteza su deber es asistir.
—¿Invitada de su alteza? —Pregunté con sarcasmo de nuevo y levantado una ceja—. Creo que a él no le importa lo que decida, o lo que haga, o lo que me pase, ya lo ve, ni siquiera ha venido a verme y no estoy muy segura de que quiera procesar al “culpable” de mi accidente.
—Ya veo que insiste en su terquedad, ya aprendí a conocerla, podemos pelear toda la noche y no va a ceder. Veré qué puedo hacer, que descanse.
Y resignado salió de la habitación;
—Me fascina vuestro carácter —dijo Jonathan—, pero por favor asistid al menos por un momento, yo estaré con vos.
—Jonathan no quiero hablar de fiestas, además ya suficiente ha hecho por mí. No quiero que tenga problemas con el duque por mi culpa, no es necesario que se quede conmigo esta noche ya me siento mejor, usted debe de estar muy agotado es necesario que descanse. Gertrudis usted también está muy cansada vaya a descansar, he abusado mucho de ustedes por favor duerman bien esta noche.
—Señorita no puedo hacer eso. —Me hizo saber Gertrudis asustada—. Mi deber es estar con usted, si algo le pasa y no estoy aquí mi cabeza podría rodar.
—Así es —secundó Jonathan—, no os dejaremos sola.
—Una de las mucamas se puede quedar. —Les rogué—. Y si me siento mal ella les avisara, por favor váyanse a descansar, la medicina ya está haciendo su efecto y creo que dormiré toda la noche.
Fue difícil poder convencerlos pero al final accedieron. El agotamiento que tenían era muy severo y con unas horas de sueño sin interrupción se sentirían mejor. Una de las mucamas me acompañó quedándose en uno de los sofás de la habitación, le pedí que apagara todas las luces, ya que no deseaba sentir la más mínima claridad y sin darme cuenta me quedé dormida profundamente. Me había parecido un instante de sueño el cerrar los ojos, cuando de repente una caricia en mi cara me despertó;
—Loui —susurré suspirando sintiendo su cálido aliento intentando besarme—, que bueno que estás aquí amor.
Estaba medio dormida pero no estaba soñando. La silueta masculina se detuvo y se alejó de mí volteándose hacia la ventana. Me desperté completamente y traté de sentarme en la cama, la imagen seguía allí sin querer moverse, la luz de luna lo reflejaba. Tenía puesta una capa, por lo que después ya no me parecía que fuera Loui;
—¿Loui, amor qué pasa? ¿Por qué te alejas?
—No soy Loui. —Sentenció fríamente con su voz grave y peculiar sin dejar de ver por la ventana.
—¿Qué? —Pregunté sorprendida respirando aceleradamente—. No, no, su alteza…
—No se altere ni se ponga nerviosa, no voy a hacerle daño.
—¿Qué está haciendo aquí?
—Quise venir a ver como seguía. —Trató de suavizar la voz—. Aunque no lo crea me preocupé por usted, pero había mucha gente a su alrededor y esperaba que se sintiera mejor para verla.
—No entiendo, me asusta. ¿Porqué hace las cosas como si se escondiera y no a la luz del día?
—Tengo mis motivos, además creo que sólo así podemos tener privacidad.
—¿Qué? Pero la mucama está aquí, si yo le hablo se despertará.
—No lo creo, dormirá profundamente.
—¿Por qué? ¿Qué le hizo? —Pregunté asustada y tratando de levantarme.
—No intentes nada. —Se acercó en un abrir y cerrar de ojos para sujetarme.
—No, no, no se me acerque, voy a gritar…
Me sujetó y me tapó la boca con cuidado a manera de no hacerme daño. Se colocó detrás de mí sentándose a la orilla de la cama, pero yo intentaba forcejear con él aún a costa de mi dolor corporal, le tenía miedo. Recordé de inmediato las palabras de Loui tratando de asociar una rivalidad entre ellos, rogaba porque no intentara tocarme, apelaba a su escasa condición de caballero e intentaba tranquilizarme, sabiendo que no me haría nada por mi condición;
—No hagas nadas o vas a lastimarte más. —Susurró en mi oído—. Voy a soltarte lentamente y a quitar mi mano, pero no grites.
Su aliento sobre mi cuello me asustaba y hacía erizar mi piel. No sabía si por miedo o por otra cosa, puse mi mente en blanco e hice lo que me pidió. Me quedé quieta como quiso, tan quieta como una estatua;
—Así está mejor —susurró—, no quiero ser el culpable de tu recaída. No nos habíamos vuelto a ver desde… la otra noche, no sé que me pasó y sé que te debo una disculpa y una explicación por mi conducta.
—Es lo menos que esperaba —le dije tranquilizando mi respiración—, pero ya no es necesario, si no desea hacerlo no lo haga. No sé qué quiso probar, ni a qué quiso jugar, pero le aclaro que yo no soy como las mujeres que usted está acostumbrado a tratar, no soy una cualquiera que se deja manosear, además de una vez le digo que tengo novio y si al principio sintió que le correspondí en ese beso es porque de alguna forma… o por alguna razón… de alguna manera, sentí que lo besaba a él.
El príncipe se quedó callado sin decir nada y se alejó de nuevo a la ventana. Al parecer mi verdad le había molestado pero yo no entendía porque se sorprendía. Creía que Randolph ya le había dicho lo de mi relación con Loui;
—Lo siento —continué—, pero debo de ser sincera. Sentí que me utilizó en ese momento, jamás imaginé que se atrevería a besarme y menos a tocarme. ¿No se da cuenta de que me siento manchada y que lo más me atormenta es no poder decirle a mi novio lo ocurrido? Tengo miedo a su reacción, a lo que esto pueda desatar y a lo que usted quiera hacerle.
El príncipe seguía sin decir nada y de espaldas a mí. Ese silencio me estaba dando temor, no sé que le pasaba por su cabeza y sinceramente no quería averiguarlo;
—Ya su prometida está aquí —insistí—, disfrute su fiesta pero…
—¡Yo no tengo prometida! —Exclamó interrumpiéndome con un tono muy autoritario—. Ni tampoco voy a disfrutar ninguna fiesta.
—Pero ya están preparándolo todo y usted lo ha permitido. Ya no puede hacerse para atrás, ha dejado que las cosas sigan su curso.
—Eso ya lo veremos. —Su tono era amenazante.
—Ya es tarde, ya no se pueden detener los preparativos.
—La última palabra la tengo yo. —Sentenció firmemente—. Me alegra ver que está mejor, buenas noches.
Y sin decir nada más, salió de la habitación dejándome muy confundida. Su visita había tenido un propósito; el disculparse por su conducta de la otra noche, solo que yo no le permití que me dijera nada. Podría haberme dicho una verdad o una mentira, nuestra plática fue tan “fugaz” que no tuve tiempo de reaccionar y darme cuenta que otra vez al principio me trataba de usted, seguramente para seguir mostrándome respeto pero después me tuteó con confianza, para luego después volver a tratarme de usted. ¿Estaría confundido? Ese hombre me confundía más a mí, bien decía mi abuela “Quién entiende a los hombres” y éste era uno de ellos, pobre de la que se case con él, menudo dolor de cabeza tendrá. La verdad no quería seguir pensando, suficiente tenía ya con la declaración y la insistencia de Jonathan, como para soportar el capricho de un príncipe acostumbrado a tener lo que quería. Aunque realmente en el fondo el temor que tenía, era que ese capricho fuera yo.
Capítulo XVIII
La Mascarada
Primera Parte
Cuando amaneció, creí que la experiencia con el príncipe había sido un sueño pero no era así. Por alguna razón la mucama no se despertaba, entonces recordé lo que dijo el príncipe; “dormirá profundamente” ¿Le habría hecho algo para que no se despertara durante su visita? Cuando Gertrudis subió a verme se asustó al verla también, pero al cabo de un rato de forcejear con ella la mucama al fin se despertó, tenía el sueño muy pesado y sólo se limitó a decir que había sentido un “olor extraño” y que después ya no supo nada más, —“cloroformo” —pensé. Decidimos no decirle nada a Randolph para que no le llamara la atención, se suponía que debía cuidarme y avisar a los demás si necesitaba algo en la madrugada, pero era un hecho que el príncipe había estado en mi habitación y algo le había hecho a ella, de lo contrario no hubiera tenido el sueño tan pesado. Decidimos olvidar el asunto y ese día transcurrió normal para mí, mientras en el castillo estaban patas arriba por lo del baile, yo me concentraba en la terapia con la que Jonathan me ayudaba a recuperarme. Ya había transcurrido la tarde y no tenía noticias de Loui, extrañaba no saber nada de él y al mismo tiempo me preocupaba. Faltaba poco para que el ocaso apareciera y pensando en él estaba, cuando Randolph subió a verme;
—Señorita Constanza, que bueno verla mejor. Le he traído este paquete, que espero no rechace.
—¿De qué se trata?
—Es su disfraz para la fiesta.
—Randolph, insiste con eso. Ya le dije que no pienso asistir.
—Señorita por favor es importante su presencia, es necesario que asista, además yo me tomé la molestia de escoger su disfraz.
—¿Que hizo qué? —Pregunté asombrada—. ¿En serio? ¿Por qué lo hizo?
—No lo sé, con el debido respeto solo lo vi y pensé en usted y en lo bien que se vería con él. Es su talla y creo que es el disfraz apropiado para usted.
—Randolph, no sé qué decir.
Y es que no podía evitar reírme en vez de molestarme, le agradecí a Randolph el gesto que me había mostrado y no pude rechazar el paquete, pero eso no significaba que asistiera a la fiesta;
—Randolph acepto su noble gesto, gracias por pensar de mí, pero insisto no deseo asistir. No tengo nada que hacer allí y no quiero que la gente me vea así.
—Por eso no se preocupe —insistió—, el disfraz le ayudara para que el yeso no se le vea, por favor piénselo.
—¿Supongo que es por invitación? —Le pregunté levantando una ceja—. Y no creo ser invitada.
—Eso no es problema, yo puedo traerle la tarjeta, es más, si desea puede invitar a su novio.
—Randolph, ¿Me está chantajeando?
—Bueno, no precisamente pero…
—Si Loui quisiera asistir, entonces yo haré el esfuerzo.
No sabía por qué razón, Randolph pensaba que Loui me acompañaría y eso lo hizo sentir tranquilo. Después de cenar y de arreglarme para dormir, Jonathan me inyectó de nuevo y yo esperaba que fuera la última vez porque ya estaba cansada y adolorida de tantas inyecciones. Randolph subió a dejarme las invitaciones para la fiesta como lo dijo y también subió con una sorpresa. Loui había venido a verme;
—¡Loui! —Exclamé muy feliz.
—Amor mío aquí estoy. —Corrió hacia mí y me abrazó.
—Me hiciste mucha falta.
—Yo también te extrañe y no podía dejar pasar este día sin verte.
Randolph dejó las invitaciones en mi tocador y Jonathan se despidió de mí después de haberme atendido. Loui le dio las gracias por haber estado pendiente de mí y junto con Randolph, salió de la habitación. Solamente Gertrudis se quedó, ella no deseaba ser mal tercio pero no podía dejarme sola con Loui, en el castillo eran muy tradicionalistas y no estaba bien visto dejar a una pareja de enamorados solos y menos en una habitación. Se sentó a bordar en uno de los sillones de la sala que estaba en un rincón de la habitación, así que no podría escuchar nuestra conversación;
—¿Por qué no habías venido?
—Hubo demasiada actividad en el castillo durante el día y a mí, no me gusta estar cerca de mucha gente.
—Es cierto, es por la dichosa fiesta de la mascarada, ya sólo faltan cinco días.
—¿Y te sientes bien para asistir?
—Ya le dije a Randolph que no iré, pero él insiste y hasta se tomó la molestia de escoger mi disfraz. Dice que es mi obligación como invitada del príncipe estar allí, pero yo le dije que haré el esfuerzo de ir con una sola condición.
—¿Y cuál es?
—Que tú me acompañes.
—Hmmmmm…
—¿Qué pasa?
—¿Estás segura que será una buena idea? —Preguntó un tanto inseguro—. No creo que sea bueno para ti y yo… la verdad no soy muy sociable y no me gustan las fiestas.
—Anda, acompáñame. Si tú no quieres, entonces no asistiré.
—No, amor mío —dijo besando mi mano—, no quiero ser egoísta, déjame pensarlo.
—Recuerda que es una fiesta de disfraces. —Insistí levantando una ceja—. Y en una mascarada, todo puede valerse.
—¿Qué quieres decir?
—Que nadie sabrá quién eres si es lo que te molesta. Detrás de un disfraz y de una máscara pueden esconderse muchas cosas y todo puede suceder, es misterioso y también excitante. ¿No te parece?
—¿Sabes que cuando hablas así me vuelves loco y me detesto?
—¿Por qué? —Pregunté sonriendo.
—Porque me haces decirte “sí” a todo. —Contestó besándome.
—¿Sabes que yo también a veces me detesto?—Le hice saber en confesión.
—¿Por qué?—Preguntó sorprendido besando mi mano.
—Porque desde que te conozco, he tratado de encontrar algún defecto en ti y no lo he logrado. En lo físico es imposible, pero quisiera hallar algo que evite que te venere de la manera en la que lo hago.
—Amor mío no sé qué pensar. —Jugaba rozando con sus dedos mi mano y esa sensación comenzaba a descontrolarme—. Me halagas, pero no soy el hombre perfecto que piensas. Tengo miles de defectos y creo ya los conoces muy bien. Soy muy celoso y a veces siento que no puedo controlarme, también me enojo con facilidad y…
—Sh… —Puse mis dedos en sus labios, los que me deleité en acariciar—. Lo de los celos sé que puedes controlarlo y lo del enojo también. Tus celos me halagan, pero quiero que te sientas más seguro tanto de ti mismo como de mi amor. Yo soy solo tuya, yo sólo te pertenezco a ti, en todas las maneras que quieras imaginar, en mi mente solo existes tú.
De nuevo besó mi mano ansioso y se acercó para besar mi boca. Besos cortos pero con sabor a desesperación, por lo que yo sujeté su rostro con mi mano para controlarlo y besarlo suave, lenta y sensualmente, con amor y devoción. Disfrutando mutuamente el sabor y el placer de nuestros labios;
—¿Quieres seducirme y hacer conmigo lo que quieras? —Susurró tratando de controlar su respiración, su excitación y supongo que algo más.