Primera Parte
Copyright © 2012 Itxamany Bustillo
All rights reserved.
Diseño de portada: Itxa Bustillo
Imagen mirada de modelo masculino: © Giulio Berruti
Portada de interior: Il Bacio de Francesco Hayez
Diseño de interior: Itxa Bustillo
Primera Edición: Julio 2013
Segunda Edición: Octubre 2013
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intelectual.
Per te: il principe dei miei sogni.
Gracias por existir.
Y para todas las amigas que se sumarán a esta aventura...
Mil gracias desde ya.
Besos.
Índice
Créditos.
Dedicatoria.
Sinopsis.
Introducción.
Verso.
Prólogo.
Capítulo I. Mi llegada; un encuentro inesperado.
Capítulo II. En el pueblo.
Capítulo III. El comienzo; una cita y a la espera.
Capítulo IV. Una conversación casual.
Capítulo V. El paseo y una carta no grata.
Capítulo VI. Enamorándome de un extraño.
Capítulo VII. La tentación de la impaciencia.
Capítulo VIII. En una noche estrellada.
Capítulo IX. La confesión y la indecisión.
Capítulo X. La Promesa.
Capítulo XI. Una sorpresa desagradable; secretas intenciones.
Capítulo XII. Primer beso de amor; el regreso del príncipe.
Capítulo XIII. Tres hombres… Un solo destino.
Capítulo XIV. Emociones Encontradas.
Capítulo XV. Un plan frustrado.
Capítulo XVI. Entre dos llamas.
Capítulo XVII. Una visita inesperada.
Capítulo XVIII. La Mascarada.
Capítulo XIX. Un trago amargo.
Capítulo XX. Amistad Descubierta.
Capítulo XXI. El Plan.
Capítulo XXII. El Atentado.
Agradecimiento.
Acerca de la Autora.
Soundtrack del libro.
Sinopsis
Constanza Norman es una tutora de veinticinco años especializada en artes. Su vida normal se ve alterada, cuando recibe una extraña invitación para viajar a un lugar desconocido y aceptar una reto; convertirse en la persona ideal para ayudar a Ludwig Waldemberg, príncipe de Bórdovar a llegar al trono, cumpliendo con dos requisitos impuestos por el rey en su lecho de muerte, los que tienen un determinado plazo y a los cuales el príncipe no les da importancia siendo totalmente indiferente, dejando la posibilidad que su tío Rodolfo, duque de Kronguel sediento de poder y segundo en la línea de sucesión, acceda a un trono que no le pertenece.
Como ermitaño y prisionero de sus circunstancias, el príncipe sólo permite la compañía de su mayordomo y de su perro, pero la llegada de Constanza pone su mundo de cabeza cuando él se rehúsa a conocerla y ésta, intrigada por la curiosidad desobedece una orden desatando un evento desafortunado, haciendo que él tome una decisión y cambiando el rumbo de su vida.
Desde el principio, sus caminos se cruzan indirectamente sin conocerse y sus vidas, se ven ligadas en ciertos aspectos y mientras el príncipe decide irse de viaje apartándose de ella, en ese lapso de tiempo durante una visita al pueblo Constanza conoce a Loui, un hombre sumamente atractivo que la hace sentirse atraída por la belleza masculina que representa, haciendo que por momentos olvide los motivos que la llevaron a Bórdovar. Aceptando su amistad desde el primer momento, se da cuenta que se ha enamorado de un desconocido ocultando sus sentimientos y mientras su amistad va madurando, Loui ve amenazado un secreto que guarda y el cual no puede confesar, haciéndolo caer en la confusión y en la desesperación.
Dos días antes del regreso del príncipe, el sombrío duque llega a Bórdovar para evitar que ella sea una influencia para el heredero. Al sentir amenazados sus planes, decide quitar a Constanza de en medio insistiendo en un decreto abolido por el rey, el cual era el matrimonio del príncipe con su hija la baronesa Regina, la que también está próxima a llegar y aprovechando los sentimientos que Constanza ha despertado en su médico privado Jonathan que lo acompaña, durante una cena decide tramar un plan.
Loui ve a Jonathan como un posible rival y arriesgándolo todo, da inicio a un fuerte romance con Constanza del cual ninguno de los dos puede escapar. A su regreso el príncipe ignora a su tío y sus deseos, lo que hace provocar y volcar la ira del duque hacia Constanza, quien se ve atrapada entre tres hombres que le han despertado una serie de sentimientos encontrados y haciendo temerle a un cuarto, que deseaba desaparecerla a cualquier precio.
Entre la pasión y los celos de Loui, las tiernas confesiones de amor de Jonathan, los caprichos y provocaciones del príncipe y el odio del duque, comienzan a desatarse una serie de sucesos en reacción en cadena que los envuelve a todos, haciendo que el futuro de un reino esté en juego. Romance, amor, pasión, deseo, intriga, tragedias y muerte envuelven la ahora excitante vida de Constanza, a quien lo inesperado hará cambiar su vida para siempre.
Introducción
Esta es la historia de un príncipe con su reino en medio del mar, que sin saberlo aprendió a recorrer las calles de su pueblo e interactuar con su gente, para conocer sus necesidades. Pero no siempre fue así. Su padre, lo había educado con todas las normas estrictas y rígidas de protocolo, para que un día llegara al trono con la debida preparación y ese ambiente, había cambiado el carácter que el príncipe naturalmente tenía. Su madre le había enseñado el amor al prójimo, a los animales y a la naturaleza, la compasión por los necesitados, el interés por las artes, la decisión de casarse por amor y no por ley y sobre todo, que siempre tuviera un corazón abierto y dispuesto para escuchar a su pueblo y proveer lo mejor para sus súbditos. Pero súbitamente, la reina Leonor murió a los treinta y dos años cuando el príncipe tenía siete, dejándolo completamente solo, devastado y todo cuanto él conocía cambió radicalmente. Su padre el rey Leopoldo, jamás se repuso de esa pérdida y la manera que encontró para aliviar su dolor y olvidar, era dedicándose completamente a sus obligaciones de monarca. Es por eso que el príncipe fue educado por tutores y por órdenes de su padre, no se le permitió volver a ocuparse de las actividades que su madre le había enseñado. Al comenzar su adolescencia, fue enviado a estudiar y a comenzar su preparación como príncipe lejos de Bórdovar. Los años de soledad en el extranjero lo cambiaron completamente, haciendo que su corazón se endureciera aún más y cuando regresó, todos creyeron también que con el tiempo poco a poco había olvidado el amor y el afecto que su madre le había mostrado, las artes que le había enseñado y la esencia que le había heredado, lo cual los entristeció mucho.
Así creció el príncipe Ludwig, alejado de todo contacto físico, emocional y del cariño de su padre al que solo veía dos o tres veces al año. Al joven heredero nadie más en la corte lo conocía, a excepción de una sola persona. Pasaron diecinueve años y la salud del rey comenzó a debilitarse, al ver el cambio tan radical de su hijo, presintió que todo lo había hecho mal y se vio obligado a decretar dos leyes las cuales tenían un plazo y fueron su último deseo antes de morir. Un reto que el príncipe debía decidir, si lo aceptaba o no. No era una sugerencia sino una orden. La primera; no podría ser coronado rey hasta que dejara de ser egoísta, orgulloso, prepotente, caprichoso e iracundo y demostrara amor, afecto, cariño y compasión hacia su pueblo, velando por ellos como su madre se lo había enseñado y la segunda; tampoco llegaría a sentarse en el trono, sin antes estar casado. De no cumplir estos requisitos antes de cumplir los treinta años, el trono pasaría directamente a su tío Rodolfo Von Hanslow, duque de Kronguel, primo del rey y segundo en línea de sucesión. Una vez establecidos los decretos, el rey sintió que ya había dado todo de sí y prefirió dejarse morir, quería reunirse con su amada. Sus fuerzas se habían agotado, estaba cansado ya de su soledad y los remordimientos lo culpaban, por la manera en que había educado a su único hijo, que en ese tiempo tenía veintiséis años y ya había regresado a Bórdovar. Se dice que fue un funeral muy emotivo, ya que a pesar de su carácter, el rey había sido un buen soberano por lo que fue muy querido por su pueblo. Así pasó el tiempo y llegó otro año, sin ninguna señal de cambios y aunque el príncipe tuviera ahora veintisiete años, la única compañía que disfrutaba era la de su perro labrador Boris y a la única persona a la que le permitía ciertas cosas por la confianza y lealtad que le había demostrado, era a su fiel mayordomo Randolph, una persona sumamente educada, muy culto, recatado y con mucho conocimiento, refinamiento y protocolo, quién había estado con él desde los tres años y al morir la reina, siempre veló por él y fue hasta donde se le permitió como un segundo padre. Era la persona más allegada al príncipe, así que era muy respetado por todos, ya que nadie conocía a su alteza más que él.
Para que el príncipe pudiera decidir casarse, como penúltimo decreto el rey permitió abolir un compromiso matrimonial obligado por él mismo y que el príncipe, fuera libre de escoger a la mujer que se convertiría en su esposa. Que su matrimonio fuera por amor antes de la coronación y no por ley como estaba establecido. El rey mismo, tiempo atrás había impuesto un matrimonio forzado al príncipe con la hija de su primo Rodolfo, la honorable baronesa de Branckfort Regina Charlotte Von Hanslow ya que sin saberlo, después de la muerte de la reina al sentir él mismo el dolor que causaba perder a un ser amado, no quería que su hijo pasara por lo mismo y había decretado su compromiso por ley. Pero ni el duque, ni su hija volvieron a visitar Bórdovar después de la muerte de la reina y como nunca se habían tratado y no se conocían, era obvio que el asunto entre ellos no resultaría y hubiera sido otra obligación más para el príncipe, que su padre en el último momento le quiso evitar como un acto de expiación por todo el tiempo perdido. Que el príncipe de Bórdovar tuviera que casarse primero, para ser coronado rey después era un reto enorme para todos, ya que él era muy cerrado y no permitía la más mínima oportunidad de darse a conocer y nadie, tenía la menor idea de cómo hacer para que el príncipe cambiara su actitud. No permitía consejos, ni opiniones de nadie y no le importaba nada. Se había vuelto ajeno e indiferente a todo, ahora que era libre completamente para gobernarse solo y hacer lo que quisiera. El problema era, que si se llegaban los treinta años del príncipe y seguía sin dar señales de cambios ni de matrimonio, el trono pasaría a su tío, el cual era déspota y no gobernaría con la sabiduría con la que el rey Leopoldo lo hizo y ahora que el rey había muerto, Randolph trataría de recordarle al príncipe el último deseo de su padre, para que se convirtiera en rey y evitar que el despiadado Rodolfo ascendiera a un trono que no le pertenecía, hundiendo aún más a todos en un abismo de oscuridad e ignorancia. El futuro del reino estaba en juego, ya que el duque tenía sus planes bien trazados y al príncipe Ludwig, solo le quedaban tres años más.
“El amor de todas las pasiones
es lo más fuerte, porque ataca al mismo tiempo
el corazón, la mente y el cuerpo”
Voltaire
Prólogo
Alguien se aproximaba con paso decidido a una habitación.
Los toques en una puerta sonaron. Los ladridos de un perro se apresuraron a contestar.
—Adelante —dijo una voz grave mientras acariciaba al perro.
Un impecable y firme mayordomo hizo su entrada seriamente. Se inclinó haciendo la reverencia correspondiente y añadió:
—El barco está llegando su alteza. El cochero ya fue a buscarla.
El silencio abarcó por un momento. El hombre indiferente a las palabras seguía en su quehacer. Sentado en su escritorio, escribía en su diario con una fina pluma estilográfica de plata y oro. Sus suaves y finas manos, dibujaban en el papel una hermosa caligrafía.
—Que bueno. —Se limitó a contestar sin mostrar interés.
—¿Desea hacer algo en especial? —Preguntó el mayordomo.
—Nada —contestó secamente.
—Pero…
—Por ahora, no deseo hacer nada —dijo firmemente—. Déjame solo.
—Como usted quiera su alteza. —Respondió el triste mayordomo bajando la cabeza, inclinándose de nuevo y saliendo de la habitación.
Cerrando la puerta tras de él, en la mente y corazón del mayordomo la impotencia lo silenciaba. En su melancólica y solitaria vida solo una melodía lo acompañaba, la melodía que le recordaba lo que una vez amó. “Pavana para una infanta difunta” de Ravel era lo único que en su soledad musitaba, algo que lo hacía volver en el tiempo por un momento. A la época de su juventud, en la que había sido feliz.
Después de la visita del mayordomo, el príncipe no pudo seguir escribiendo. La “Gymnopedie No 1” de Satie sonaba para sí, demostrando su estado de ánimo. Colocó a un lado la pluma y se levantó en dirección a la ventana. Su porte era erguido y su paso firme. Colocó sus manos hacia atrás sujetándolas mientras observaba el horizonte. Respiraba suavemente tratando de contener el aire y soltándolo lentamente. Ya no estaba seguro, dudaba de su decisión. Por su mente pasaron muchas cosas y las bases de su tranquilidad comenzaban a sacudirse. Había sido indiferente a las mujeres y ella, no sería la privilegiada en captar su atención. No había sentido nada por ninguna y ella no sería la excepción. Era demasiado altivo y orgulloso. Y esa, era su decisión.
Ningún asunto de estado le había quitado la paz como ella. No la conocía, ni deseaba hacerlo. Por primera vez comenzó a cuestionarse, por primera vez comenzaba a sentirse nervioso. Por primera vez sentía una serie de extrañas y desconocidas emociones. Y por primera vez, comenzó a odiarse por eso.
Capítulo I
Mi llegada; un encuentro inesperado
Primera Parte
No tengo idea de porqué, ni cómo conocí tan bello y pintoresco lugar por una invitación a mediados de ese verano. Era un 23 de Julio cuando llegué por vía aérea y después marítima, ya que sólo se podía tener acceso a ese lugar por mar, se trataba de una isla, pero eso no lo supe al principio. Fui llamada con la misión de darle tutorías al príncipe en arte, música, literatura, civilizaciones antiguas e historia universal. Su madre le había enseñado estas cosas desde pequeño y ahora, era el momento para que volviera a retomar todo, poder salir de su encierro, hacerse cargo de su pueblo y convertirse en rey. Tal vez sonaba un poco tonto e incrédulo pero así eran las cosas. No me fue difícil tomar la decisión de irme de mi país, en la primavera que acababa de pasar había cumplido mis veinticinco años y había estado deseando la oportunidad de viajar y hacer algo diferente con mi vida. Me dolió dejar atrás muchas cosas y tuve la sensación, de que pasaría mucho tiempo para que todos los que me conocían volvieran a saber de mí, o tal vez era yo la que ya no deseaba saber nada de nadie y ésta, fue la oportunidad que tuve para escapar de la realidad, a un mundo alejado y diferente a lo que conocía.
Cuando llegué al puerto el calor era sofocante. Mi piel “canela clara” como me llamaba mi abuela había cambiado de tono, estaba sonrojada por la temperatura. El rímel y las sombras parecían haberse derretido y hacían que mi mirada café se volviera más intensa, por lo que tomé una toallita de papel y observándome en el espejo de mi polvera procedí a limpiarlos un poco. Llevaba mi cabello negro suelto y alisado pero la humedad del clima me pasó la factura y mis ondas volvieron a aparecer, por lo que tuve que sujetármelo y hacerme un moño alto como los de las bailarinas de ballet. Cuando desembarqué me sorprendió lo que me esperaba; era un carruaje cerrado del siglo XIX y por un momento creí que se trataba de alguna broma o que estaba soñando, ya que era un medio de transporte que ahora sólo se podía recordar a través de las películas y de los museos. Realmente parecía haber dado un paso atrás en el tiempo;
—¿Señorita Norman? —Un hombre extrañamente vestido me preguntó, parecía ser el cochero.
—Sí, soy yo. —Reaccioné un poco desconcertada.
—Bienvenida a Bórdovar. —Saludándome muy respetuosamente dijo a la vez que hacía una reverencia mientras las personas encargadas acomodaban mi equipaje—. Soy Beláv Dahrn y voy a llevarla al castillo de Bórdovar, la residencia oficial del principado y en donde la esperan. —Gentilmente me extendió su mano y yo respondí el saludo. Creí que sería un simple apretón como siempre, pero mi sorpresa fue que llevó mi mano a su boca para depositar un casto beso sobre el dorso. Mi expresión era un poema, obviamente debido la falta de costumbre de mi parte, estaba sorprendida por la caballerosidad de él y por su apariencia. Estaba vestido extrañamente con un atuendo de tres piezas; camisa blanca, chaleco verde oscuro de botones, chaqueta manga larga del mismo verde del chaleco que llevaba por dentro, pantalón negro y botas negras altas y muy relucientes. Definitivamente un atuendo muy inusual y más en pleno siglo XXI, sólo que no quería sacar mis propias conclusiones. No quise interpretar mal las cosas, ni su gesto pero si esperaba que alguien me explicara el porqué se vestían así. Él era un hombre ya maduro de contextura gruesa, de piel blanca, cabello castaño claro y ojos grises y ante su gesto de galantería esperaba que por lo menos estuviera casado. Luego firmemente como si fuera un soldado añadió—: ¿Nos vamos?
—Sí, gracias. —Me limité a decir sin saber cómo reaccionar o qué pensar.
Para disfrutar más del panorama coloqué mis gafas oscuras sobre mi cabeza y subí al carruaje. El trayecto fue tranquilo y el lugar era hermoso, parecía que se había quedado suspendido en el tiempo del renacimiento, no conocían la tecnología o al menos no era permitida. Después me enteré, que el rey estaba haciendo gestiones para implementar la luz eléctrica y el agua potable para beneficio del pueblo y de todo el reino, ya que en el castillo, los nobles y algunos sectores del pueblo y otras regiones, si contaban con una planta de energía que utilizaban solo por las noches y el alcantarillado obviamente por cuestiones de sanidad. Tuberías subterráneas, pozos tradicionales de piedra con poleas y enormes tanques de cisternas, abastecían al reino para gozar de los beneficios del vital líquido. Pero también deseaba terminar el aeropuerto, haciendo a un lado sus tradiciones. Al menos había un helipuerto en el castillo y algunos helicópteros que fueron del rey, pero igual sólo eran para viajar dentro del reino y para conocer Bórdovar, el mundo sólo tenía acceso al lugar por mar. Desgraciadamente, las decisiones las tomó muy tarde y el rey murió antes de que muchas cosas se concretaran, quedando todo a medio hacer y si no había agua y luz en el lugar, mucho menos telefonía e internet. Daba la impresión, de que no quería corromper la tranquilidad del lugar con el afán y el estrés del progreso. Todo transporte era a caballo o a carruajes y para el trabajo las carretas, hasta la manera de vestir era histórica, por un momento de verdad sentí que había dado un paso atrás en el tiempo y eso me daba un poco de temor.
Me recibieron en el castillo de Bórdovar como si fuera de la realeza y el mismo mayordomo del príncipe, estaba esperándome. Era un señor como de unos cincuenta y cinco a sesenta años, de cabello gris y bien parecido, al cual no pude evitar compararlo con el mayordomo de cierto súper héroe, debido a su traje —frac—, gris muy oscuro, tan propio y formal y a su manera tan correcta al expresarse. Su piel blanca y sus ojos color miel con una extraña y casi imperceptible aureola de azul grisáceo cristalino en el borde del iris, me hacían deducir que había sido un hombre muy guapo en su juventud;
—Bienvenida señorita Norman. —Muy amablemente me dijo mientras extendía su mano y me ayudaba a bajar del carruaje—. Me llamo Randolph Lawrence Stevenson, originario de Australia y soy el responsable de que usted esté aquí. Soy el mayordomo de su alteza y en su nombre le agradezco el haber aceptado nuestra invitación, espero que su viaje haya sido placentero y que también haya disfrutado del paisaje.
—Sí, gracias. —Le dije un poco asustada—. Gracias por la invitación y por favor, llámeme Constanza.
—Y usted puede llamarme Randolph. —Me dice a la vez que besa mi mano, mostrándome una leve sonrisa—. Sé que debe de estar muy cansada, pero antes que nada permítame darle un pequeño recorrido por el castillo, para que vaya familiarizándose con todo lo que será su entorno de ahora en adelante. Los sirvientes se encargarán de llevar el equipaje a su habitación.
“Lo del beso en la mano debe de ser costumbre” —pensé tratando de encontrar explicación.
—Está bien, como usted quiera. —Reaccioné sin poder decir nada más a todo lo que había dicho.
Me dio un tour por todo el imponente lugar y yo estaba más que fascinada. A simple vista el exterior parecía una mezcla de Hampton Court,el castillo de Leeds y Windsor de Inglaterra, solo que de un color café oscuro todo, pero imaginarme a Enrique VIII me asustó más. El interior del castillo parecía un sueño, arquitecturas góticas, medievales, barrocas y clásicas decoraban el lugar con finísimos acabados. Era una completa galería de arte coleccionando esculturas y pinturas de los antepasados que formaron parte de la historia de Bórdovar. Una bella pintura del apuesto caballero Lohengrin, llegando en su extraña barcaza arrastrada por un cisne decoraba una de las paredes del vestíbulo y al entrar, lo primero que se veía era un emblema real, —que no era el oficial—, el cual tenía una espada, un cuerno y un anillo símbolos del caballero cisne. Los enormes jardines lucían una hermosa, fina y suave hierba de un precioso color verde muy bien cuidada, en donde se apreciaban también algunas estatuas de la mitología griega que adornaban el panorama. Rebosaban de toda clase de flores y de maravillosas e impresionantes fuentes de agua, que podían igualar o superar a cualquier famoso palacio o castillo de Europa. Después me presentó a la dama que iba a estar a mi disposición, era una señora como de unos cuarenta y tantos años que se llamaba Gertrudis Leffner, vestida como una dama de principios de siglo XX, con blusa blanca de botones hasta el cuello, manga larga y falda gris oscuro larga hasta el suelo. Su estatura no tan alta, su contextura ni tan gruesa ni tan delgada, —en su figura se notaba el corsé—, de cabello castaño oscuro casi negro y sujetado por un moño alto, no era de piel blanca pero si de un tono medio muy bonito, de ojos cafés, nariz fina y boca de labios carnosos pero finos a la vez. Se miraba bien físicamente para su edad. Se notaba que al igual que Randolph era muy propia, hasta para caminar, pero intentó mostrarme una leve sonrisa también, seguramente para hacerme sentir mejor, ya que todo lo que había visto y sentido hasta ese momento, no me había hecho sonreír. También me presentó a diez mucamas más para todo lo que se me ofreciera, estaban alineadas con un impecable uniforme gris con delantales blancos y redes tipo pañoletas del mismo color en la cabeza. Obviamente también con un cuello alto y falda larga hasta los tobillos. No quise imaginar lo que llevaban debajo de toda esa ropa, es más, me aterraba pensarlo. No era posible que la ropa interior también fuera también de época, eso sería demasiado. —“¿Cómo soportaban el calor?” —me preguntaba en ese momento con incomodidad. Después me mostró mi habitación la cual me sorprendió el lujo que representaba, jamás pensé estar en un lugar así en la vida real. Era grande para mi gusto y muy hermosamente decorada al estilo barroco, con bellos y románticos tapices florales que cubrían las paredes. La cama, que estaba ubicada exactamente frente a la puerta era más grande que una matrimonial y era una completa obra de arte, cuyos respaldares de terciopelo color vino tenían dorados y brillantes bordes estilo rococó, lo que supongo era oro. Un hermoso dosel con finas gasas blancas que caían, decoraban la cama y mesas de noche de madera fina, la adornaban a cada lado con tiernas lámparas sobre ellas. Los edredones y las sábanas que cubrían el colchón y las almohadas eran de ensueño, la más fina seda que había sentido. Toda la cama estaba sobre una acogedora alfombra de bello diseño, era una completa fantasía y cómodamente arreglada para producir el más placentero de los descansos. Todo en la habitación era de exquisito gusto y me sentía una verdadera princesa, al saber que dormiría allí quien sabe por cuánto tiempo. A la derecha de la cama había un cómodo sillón y en esa misma pared estaba una gran ventana que daba a un pequeño balcón, la cual estaba adornada con bellas cortinas sujetadas con cordones y borlas colgantes de hilo dorado. A la izquierda de la cama, había un tocador blanco de triple espejo adornado con un hermoso y fino florero de cristal, luciendo un colorido ramo de diversos tipos de flores que me daba la bienvenida. En una pequeña sala, cómodos sillones sobre una fina alfombra persa era un bonito rincón, había un canapé estilo Luis XV cerca de la ventana y un hermoso biombo de madera pulida con diseños florales de vitral, adornaba cerca del armario. Un bellísimo candelabro de bronce, con cristales colgando, decoraba junto con pinturas el techo. Hermosos cuadros paisajistas decoraban las paredes y uno de ellos, una escena de bosque, me parecía particularmente grande que bien podía esconder algo. Todos los finísimos acabados que podía ver, no terminaban de adornar la habitación. Era algo extravagante y jamás pensé que un ambiente así me rodearía, me sentía como si de pronto estuviera envuelta en un capullo de seda, terciopelo y satín. Literalmente, mi cuerpo descansaría sintiendo el placer y la suavidad del tafetán. Una puerta, a unos cuantos pasos del lado derecho de la cama, era enorme guardarropa que parecía el cubículo de alguna tienda y al lado izquierdo, a unos pasos después del tocador, estaba la puerta de un hermoso y acogedor cuarto de baño tapizado con el más fino mármol que se pueda imaginar, el cual tenía un extraño y exquisito aroma a todas las sales, velas, pétalos y esencias que ni siquiera sabía que existían, lo cual terminó de completar el tour. Randolph me enseño los horarios y las actividades diarias a realizar y una cosa más que me sorprendió mucho, si quería permanecer allí debía de acostumbrarme a su ambiente, o sea que yo tenía que cambiar algunas de mis costumbres y no tratar de cambiar las de ellos. Una de ellas era mi forma de vestir, no podía usar la ropa que llevaba por ningún motivo, —mi estómago se encogió y mente gritó un “NO” que llegó hasta el cielo—, por lo que una persona experta ya estaba lista para actuar. La explicación que necesitaba la experimentaría en carne propia e hice todo lo posible por no arrugar la cara y que todos notaran mi incómoda expresión. Odiaba los vestidos, dejé de usarlos desde los nueve años, no era posible que esto me estuviera pasando. No podía creerlo. Yo había llegado al castillo usando mi ropa lo más cómoda posible; pantalón vaquero azul oscuro, una blusa blanca de mangas cortas, de botones perlados y con cuello en forma de V adornado por delicados encajes. Llevaba una chaqueta negra manga larga muy formal, la cual ya me había quitado debido al calor y unos botines negros de gamuza con tacón medio, terminando de hacer juego con mi atuendo, mi habitual bolso de mano de cuero, también de color negro. Por lo que al verme así, se me tomó todas las tallas, las medidas corporales y de calzado y de inmediato una persona encargada se fue a comprarme un guardarropa nuevo. Cuando regresaron con todo me asombré mucho, todo era con la moda de vestidos largos como se usaban a finales del siglo XVIII o a principios del XIX, acompañados por chales, con sus respectivos guantes de seda o encajes, —largos de brazo completo o cortos a las muñecas, cuando la ocasión lo ameritaba—, abanicos, sombreros, bolsos de tela con encajes, cintas y cordones de terciopelo que se ajustaban a las muñecas de las manos, su par de zapatos y botines correspondientes, corsés y medias con encajes superiores, las que me parecieron muy románticas, —al menos podía conservar mi actual ropa interior y de dormir, lo que me dio mucho alivio—. Tenía que presentarme al príncipe como correspondía y darse cuenta, de que estaba dispuesta a someterme a sus costumbres para lograr su aceptación. No podía dirigirme a él a la hora que yo quisiera, sino esperar a que él decidiera recibirme y tenía que pedir el permiso correspondiente si quería salir a pasear, siempre y cuando, fuera con mi dama de compañía. Como invitada del príncipe, ahora estaba bajo su protección y él era el responsable de mi persona mientras estuviera yo aquí, bajo su techo y bajo el cielo de su reino.
No podía negar que esa noche a la hora de dormir no me sentía bien. En la oscuridad de mi enorme, lujosa y fría habitación, cuando todos ya se habían dormido me senté en la ventana, a contemplar el oscuro paisaje de los jardines traseros del castillo y no pude evitar llorar. Ya no tenía idea de la decisión que había tomado y ni siquiera sabía en qué lugar del mundo estaba, por lo que ahora, si estaba segura que nadie volvería a saber de mí en un buen tiempo. No sabía lo que me esperaba, todos eran tan serios y sentía que debía mostrarles la misma seriedad. Sentía miedo, miedo a como sería mi vida en este lugar, miedo a no soportar el tiempo establecido, miedo a no cumplir mi misión, miedo a cometer errores, miedo a no congeniar con las personas, miedo a someterme a todos, miedo a conocer al príncipe y no caerle bien, miedo a que no nos entendiéramos, miedo a faltarle de alguna manera, ser irrespetuosa y salir avergonzada de este lugar. Miedo a que todos tuvieran una opinión equivocada de mí, miedo a los chismes y a las intrigas que se podían levantar, miedo a tantas cosas que me quitaban el sueño y la paz, miedo a la soledad a la que me enfrentaba y a lo desconocido que me rodeaba. Todo era tan extraño y por primera vez dudaba de mi valor para afrontar y soportar las cosas, la única alternativa que tenía, era esperar a que todo se diera naturalmente. Tenía que ser paciente y por los momentos conocer a todos los que me rodearían, esa sería mi meta a corto plazo, conocer mi entorno. Me tranquilicé un poco, saqué mi diario para escribir acerca de la experiencia que había sido llegar a este lugar y luego me fui a la cama. No sabía lo que un nuevo día me esperaba y creo, que eso era lo que me daba temor y a la vez me emocionaba, la aventura de lo desconocido.
Muy temprano por la mañana, Gertrudis interrumpió mi sueño levantándome porque mi baño tibio ya estaba listo. Tenía el tiempo justo para bañarme, arreglarme y bajar a desayunar. Escogí uno de los vestidos que tenía el talle al busto, en donde tenía una tierna cinta rosa pálido, era escotado lo que dejaba ver un poco mis encantos y con mangas cortas llamadas “bombillo” que eran muy discretas. Era de una tela blanca con pequeñas flores rosas, muy suave y fresca, —odiaba los estampados florales, con rayas, cuadros o círculos—, pero no se veía tan mal para ser un vestido hasta el tobillo y además, podía sobrellevar el calor. Preferí unas zapatillas blancas a juego y evité de momento las medias y el corsé. Demasiado calor para llevarlos, iba a sentir que la piel se me caería a pedazos. Me miraba extraña frente al espejo, siempre había vestido ropa oscura y ese cambio tan drástico me hacía parecer una niñita de cuento y más, por mi peinado en media cola, sujetado por una pinza con forma de rosa. No pude hacer otra cosa más que mover negativamente la cabeza, cerrar los ojos, respirar hondo, contar hasta diez y dejar escapar el aire lentamente de nuevo. Nunca creí verme así. Cuando bajé creí que sería algún desayuno social pero estaba sola, las mucamas me sirvieron todo y la verdad no estaba muy cómoda comiendo sola, con las personas alrededor sólo observándome, tuve que sacar etiqueta y buenas costumbres para evitar comentarios. Al momento, el mayordomo Randolph vino hacia mí y muy solícitamente quería decirme algo;
—Muy buenos días señorita Constanza. ¿Cómo pasó la noche? ¿Se siente cómoda?
—Sí, gracias, buenos días. Estoy muy bien, no podía pedir más.
—Me alegra escuchar eso. Vengo a decirle que antes del almuerzo conocerá a su alteza real Ludwig Waldemberg, príncipe de Bórdovar, así que esté preparada, ya que en cualquier momento le avisaré.
¡Dios! La conversación me había puesto nerviosa y sin disimular, también se me había ido el apetito. En tres horas más o menos me entrevistaría con el príncipe y el corazón comenzaba a acelerarse más a medida que pasaban los minutos. Randolph me sugirió visitar la biblioteca para que fuera familiarizándome con las cosas —y, al ver que no tenía la intención de terminar el desayuno—, se ofreció él mismo a llevarme y mostrármelo todo. Era un salón enorme de dos pisos, divididos por unos barandales de oscura madera pulida, que en el segundo piso decoraba los estrechos pasillos. Sus estantes no tenían fin, escaleras desplazables y de caracol servían para poder alcanzar los libros que estaban más altos. La biblioteca tenía un extremo cuidado debido a la mayoría de libros antiguos que conservaba, temperatura, humedad y luz eran controladas para evitar daños de contaminación, también por el polvo o los animales. La conservación de la biblioteca necesitaba de extremas limpiezas periódicas, era agotador con solo imaginarlo. En la parte alta, al norte del techo y alejado de los libros, había un mini salón que era decorado por una cúpula de cristal, cuyos vitrales podían abrirse parcialmente y dar paso a la fresca brisa y a la luz con moderación, pero que brillaban como diamantes cuando el sol estaba en su plenitud, sin molestar para nada el ambiente bibliotecario, así que por la noche, me imaginaba que debía de ser un hermoso espectáculo el poder divisar todos los astros desde allí. Alrededor de la cúpula, hermosas pinturas renacentistas adornaban el lugar, pero algo más llamó mi atención; en una de las esquinas opuestas de la parte superior de la biblioteca, había una puerta que conducía al observatorio del príncipe, por lo tanto nadie sin su permiso podía entrar allí. Con su telescopio, observaba las estrellas en las noches claras, ya que era uno de sus hobbies, algo que le hacía recordar un poco a su madre.
Segunda Parte
En esa biblioteca habían todos los libros que podía imaginar, así que no tenía excusa para no leer horas y horas en mis ratos libres. Le pregunté a Randolph, si podía quedarme a leer el resto de la mañana a lo que accedió. Me dejó sola en aquel enorme salón y al ver que había un gramófono busqué discos que pudiera escuchar, encontré a Bach, Mozart, Beethoven pero resultó que el aparato era una pieza de arte más y ya no servía, así que no sería una hora de lectura con complacencias. Me gustaba mucho leer y escuchar música a la vez, eso hacía que floreciera mi imaginación y me sintiera más relajada. Tomé en mis manos un libro de Shakespeare y me senté a leer, realmente estaba en todo menos en la lectura. Esa puerta al observatorio me estaba dando mucha curiosidad y eso, sin duda sigue siendo un defecto muy grande en las mujeres. Subí apresuradamente antes de que alguien pudiera entrar a la biblioteca, pero resultó que la puerta estaba cerrada, así que tendría que vivir con esa curiosidad quien sabe por cuánto tiempo. Aquella mañana se fue rápido y la lectura me hizo olvidar mi cita con el príncipe. Gertrudis entró a buscarme para llevarme a mi habitación y cambiarme de ropa, —y ya que no sabía que tenía que hacerlo—, tenía el tiempo justo y medido de nuevo. Rápidamente, nos fuimos corriendo y logré vestirme con su ayuda. Después, me llevó por un largo corredor que terminaba en una puerta y allí estaba Randolph, esperándome para llevarme a él. Sentía que el corazón se me iba a salir del pecho, las piernas me temblaban horrible y sentía que en cualquier momento no me iban a responder, estaba más helada que un tempano, sentía que no podía respirar y de repente sentí que el cuerpo se me calentó drásticamente. Entramos a un enorme salón, con muchos muebles y pinturas y al verme Randolph que estaba casi por desmayarme y más pálida que un papel, me permitió sentarme por un momento en un sillón, por mientras él iba a anunciarme con su alteza, aún no me había dicho que tenía que hacer estando frente a él o cómo actuar y el no haber previsto eso antes, me puso aún más nerviosa. Realmente, sentía que el corazón me palpitaba demasiado rápido y que me iba a estallar, esperar ese momento me estaba enfermando de verdad y ya no sabía nada de nada, mi mente estaba en blanco. No sabía lo que tenía que hacer, ni como tenía que actuar, no sabía cómo era él ni como me recibiría, no sabía que decirle ni siquiera sabía si debía mirarlo, no tenía idea en el lío que me había metido y mucho menos en cómo salir. Decidí tranquilizarme, antes de que mi corazón y mi cerebro dejaran de funcionar de un solo golpe y de perder el conocimiento. Al momento, Randolph abrió la puerta del despacho y al mismo tiempo la cerró. El príncipe había decidido no recibirme, parece que todavía no estaba preparado, ni interesado en conocerme, así que tenía que esperar a que se decidiera otro día. Parece que no tenía ninguna prisa por ser rey, o no quería ser rey y como era el príncipe, todos tenían que hacer lo que él quería. Noté la tristeza y la decepción en la cara de Randolph, quien me escoltó de nuevo al salón principal pidiéndome disculpas por la actitud del príncipe. Se notaba que el mayordomo quería protegerlo, pero era obvia la inmadurez que el niño demostraba. En el trayecto, me comentó que necesitaba hacerlo entrar en razón o la monarquía peligraba, que la educación que recibió de su padre lo cambió totalmente y que mi misión, era acercarme a él para hacerle recordar las enseñanzas de su madre y volviera a ser el mismo de antes. El príncipe Ludwig, tenía que verme como un ángel que su madre le había enviado, para que sintiera de nuevo todo ese afecto que le fue arrebatado y fuera capaz de mostrar compasión, amor e interés hacia su pueblo como su madre lo hubiera querido. No era nada fácil lo que me pedía y no tenía idea de cómo hacer las cosas. En otras palabras, tenía que hacerlo amar de nuevo todo lo que su madre amaba y hacerle perder el miedo a recordar lo que ella le había enseñado. Le dolía volver atrás a sus recuerdos y es por eso, que se escudaba en un caparazón de hierro impenetrable a todo ser humano, no podía amargarse siendo joven todavía. Había recibido mucho y debía de dar mucho también.
Obviamente después de la tensión y el desplante que recibí no tenía ánimos de almorzar. Randolph me llevó a uno de los tantos jardines, que daban a los hermosos campos y pidió que se me trajera un pequeño refrigerio. Le pedí que se quedara conmigo y me dijera más de esta situación, pero tenía que apegarse al protocolo y no podía sentarse a comer con una invitada, por lo que me sugirió que si necesitaba algo más en ese momento estaba a las órdenes. Entonces, como veía que iba a tener mucho tiempo libre, le pregunté si sería posible salir a cabalgar por los alrededores a lo que se sorprendió. Él no se imaginaba que a mí me gustaba montar a caballo, por lo que entonces iba a ordenar que tuvieran todo listo y le iba a decir a Gertrudis que me acompañara. A todo esto, no me había percatado que desde una de las ventanas, el príncipe me estaba observando. Terminé el refrigerio y el saber que podía ir a montar me dio ánimos después del mal rato que pasé, así que rápidamente fui a mi habitación a cambiarme de ropa. Gertrudis ya me había preparado la ropa especial, pero seguía siendo vestido, al verlo le pedí que me consiguiera algo más cómodo porque no quería montar de lado sino a horcajadas, a lo que se sorprendió mucho. El montar como los hombres no estaba bien visto, por lo que me pidió aceptar la costumbre de montar como las damas, el problema era la incomodidad, pero tenía que recordar donde estaba así que apretando la mandíbula acepté. Al menos me recogí el cabello y me hice mi habitual moño, —que extrañaba mucho—, porque no soportaría el calor con el cabello suelto. Me dijo que Randolph, había dispuesto asignarme a una yegua mansa para que la montara con toda confianza y sin temor, se llamaba Belladona y era un hermoso ejemplar andaluz color café. Cuando terminé de vestirme y ya todo estaba listo para nuestro paseo nos fuimos, Gertrudis tenía las órdenes de llevarme a conocer los alrededores, no demasiado lejos ya que oscurecía temprano. Los límites de las tierras del castillo eran infinitas, pero los paisajes que vi de aquel lugar eran exquisitos; verdes montañas y verdes prados, bosques frondosos, ríos de agua fresca y cristalina, campos inmensos con flores de colores por todas partes, era un clima cálido y fresco a la vez de aire puro libre de contaminación, el cielo era muy claro y de un bonito azul que dejaba ver bien las nubes blancas, pero a medida que avanzaba el tiempo las tonalidades se mezclaban, en el ocaso se dejaba ver una bella sinfonía de colores indescriptible. Poco después tuvimos que regresar al castillo, pero no podía creer que el príncipe no saliera ni siquiera a ver sus campos. ¿Cómo podía privarse de contemplar tan hermosos lugares? Realmente estaba muy mal para despreciar todo lo que le rodeaba;
—¿Conoce usted a su alteza? —Sin poder resistir la curiosidad le pregunté a Gertrudis.
—Casi no, rara vez lo he visto y a distancia. —Se limitó a contestar.
—¿Cómo es? —Insistí tratando de romper el hielo y la seriedad.
—Es hombre joven, propio para su edad, pero muy retraído. Sus órdenes se hacen saber a través del señor Randolph, parece que disfruta su encierro y no tiene amistad con nadie, más que con su perro.
—¿Pero y sus deberes?
—Toda decisión, por el bien del estado se hace a través del señor Randolph. En otras palabras, él es el vocero entre el pueblo, los ministros, el parlamento y el príncipe. Más que un mayordomo, es la persona más poderosa después de él, pero es muy sabio y no abusa de su poder, al contrario si no fuera por el señor Randolph no habría nadie en el castillo y el príncipe, estaría solo con su perro peor que un ermitaño.
—Ya veo. —En voz baja musité un tanto pensativa.
—Por favor, le pido no mencionar mis comentarios. —Su tono era una súplica, sonaba asustada—. No quiero tener problemas, no quiero que piense que soy chismosa y que me meto donde no debo.
—No se preocupe, puede estar tranquila. Usted sólo ha contestado a lo que le pregunté.
Llegamos al castillo y Randolph salió a recibirme. Me preguntó cómo había estado el paseo y pudo notar mi expresión de entusiasmo, le describí todo lo que vi y por alguna razón se sintió aliviado. Otra vez el príncipe estaba en una de las ventanas observándome sin que me diera cuenta, pero eso lo supe mucho después. Le había pedido a Gertrudis que me preparara un baño antes de la cena, el paseo me había abierto el apetito y esa noche, quería dormir plácidamente.
A la mañana siguiente, a la hora del desayuno Randolph me preguntó qué deseaba hacer en vista que el príncipe seguía sin recibirme, así que le dije que deseaba conocer el pueblo. No estaba muy convencido, según él, el trayecto no era corto y podría no gustarme;
—Generalmente un invitado a la casa real no puede visitar el pueblo, ni mezclarse con su gente.
—¿Cree que tal vez sea porque escucharé solo quejas? —Pregunté, a lo que se quedó callado—. El hecho que el príncipe viva aislado no significa que los demás tengan que hacer lo mismo. Él tendrá el concepto que la gente quiera que tengan de él y esa actitud, es él quien tiene que tomar la decisión de cambiarla, nadie más.
Randolph se sorprendió por mi manera de pensar, así que me prometió que le preguntaría al príncipe sobre mi deseo y me lo haría saber, pero que sin su consentimiento no podría ir al pueblo, así que por mientras tendría que buscar otras actividades. Entre paseos en los jardines, cabalgatas a caballo por los alrededores, horas y horas de lectura en la biblioteca, —sin poder entrar al observatorio—, pasó una semana sin conocer al príncipe, sin realizar mis actividades como tutora y sin el permiso para ir a conocer el pueblo. Ya era 30 de Julio y esa monotonía de hacer lo mismo todos los días me estaba aburriendo y obviamente la rutina puede ser fatal. No podía usar mi teléfono móvil ya que no solo estaba fuera de cobertura, sino que obviamente no había señal, como tampoco podía usar mi computadora portátil porque corría el riesgo de que me quemaran por hereje o algo parecido, al menos durante el día. Sin internet, estaba desconectada completamente del mundo que conocía, por lo que aprovechaba entonces cargar la máquina durante la noche y en la soledad, mientras todos descansaban, escribía un poco hasta que el resplandor de la pantalla me hacía bajar un sueño pesado. Deseaba escuchar música libremente y solo podía conformarme con algunas piezas de conciertos que tenía guardadas en la máquina y algunos discos que había traído, los cuales escuchaba con el volumen lo más bajo posible. Deseaba poder escribir libremente durante el día y no podía a menos que fuera en papel. Un día por la mañana, mientras tomaba un refrigerio y leía un libro en el jardín, Randolph se me acercó para hacer una pregunta que no debió hacer;
—Buenos días señorita Constanza. ¿Cómo se siente en su primera semana de estar aquí?
Obviamente notó mi aburrimiento y mi expresión;
—¿A parte de caminar de mi habitación a la biblioteca todo los días y saberme ya de memoria todos los libros que tienen? ¿Aparte de comer sola todos los días y salir a pasear dentro de los perímetros que también ya me sé de memoria? ¿Aparte de conocer todas las flores y las esculturas que adornan los jardines? —Con mis preguntas sarcásticas Randolph pudo deducir cómo me sentía en realidad, así que sin darle más vueltas al asunto continué—: Aunque el lugar muy es bonito, siento que se ha convertido en una prisión para mí.
—Veo que se siente molesta, su actitud y su tono de voz me lo dice. —No pudo disimular tampoco el suyo, sonaba un tanto desilusionado.
—Randolph, yo puedo tener todas las intenciones de ayudar al príncipe pero sí él no pone nada de su parte, entonces yo nada puedo hacer y de ser así, tendré que regresar por donde vine.
—No, por favor. —Se apresuró a decir—. No piense en irse todavía si llegó hace unos días, no sienta que está perdiendo su tiempo. Vea todo esto como si estuviera tomando unas vacaciones.
—¿Vacaciones? —Boquiabierta y sorprendida—. En mis vacaciones yo voy a donde me place y hago todo lo que me gusta, aquí parece que no puedo hacer nada y mi paciencia ya se está agotando.
—Por favor, comprenda que no es fácil para su alteza asimilar la misión por la cual usted está aquí. —Insistió.
—¿O sea que él lo sigue pesando? Creí que al llamarme, él ya estaba seguro de su decisión. El problema, es que le dejan hacer todo lo que quiere como si fuera un niño terco y como un niño caprichoso y malcriado, necesita unas cuantas nalgadas.
Obviamente mi comentario se había pasado de la raya y reconozco que por mi enojo no medí las palabras. Randolph se sorprendió por mi determinación y mi manera tan liberal de pensar, pero me advirtió que no hiciera esos comentarios delante de la servidumbre y que tuviera mucho cuidado al pensar en voz alta. Me confesó que durante la semana que había pasado, pudo deducir como era yo y no era una mujer que se dejaba dominar, que tampoco era sumisa, que había tratado de acoplarme a las normas y costumbres pero que se notaba, que no lo hacía con gusto. Lo miré fijamente y le agradecí sus consejos, también alabé su manera tan sutil de haberme observado y su espíritu de discernimiento para saber cómo era yo y para conocer mi manera de ser. Pero yo también le advertí, que si en la próxima semana que iniciaba las cosas seguían igual y el príncipe indiferente, tendría que irme porque no estaba dispuesta a seguir perdiendo mi tiempo y tampoco, iba a envejecer esperando que un príncipe se dignara a conocerme, que le dijera eso a él de mi parte y que yo esperaba una respuesta certera para el día siguiente. Esa noche, le pedí a Gertrudis que me subiera la cena a mi habitación y que lo mismo hiciera con el desayuno. No era mi intención desafiar a nadie, pero si iba a comer sola como siempre, entonces lo haría en mi habitación.
No podía dormir. Me sentía impotente y decepcionada al no poder hacer nada por este hombre. No podía creer que alguien que había tenido todo en la vida, no le importara nada. Pensaba en el pobre perro que lo acompañaba y en la tortura que sería para el pobre animal soportar ese encierro, en fin yo ya estaba decidida y si las cosas no cambiaban me tendría que ir. Al no poder dormir me levanté y vi por la ventana un cielo bellamente estrellado, con una luna que alumbraba como el sol y recordé lo hermoso que sería ver todo desde la cúpula de la biblioteca o desde el observatorio. Rápidamente me vestí con mi bata y sin hacer ruido fui a la biblioteca. Subí las escaleras de caracol y contemplé por un momento la belleza del cielo a través de la cúpula, lo cual como pensé, era un espectáculo maravilloso, pero eso no me bastó, así que me dirigí a la esquina opuesta para intentar entrar al observatorio. Al girar el llavín, pude abrir la puerta que para mi sorpresa no estaba cerrada lo cual me extraño, pero la curiosidad me podía más, así que entré con cuidado.
Todo estaba oscuro pero sentía una deliciosa alfombra en mis pies, también había otra cúpula de cristal más pequeña que estaba abierta y parte del telescopio que salía de ella, estaba enfocado en cierta dirección al cielo. Me acerqué para poder ver el espacio que se veía hermoso, no era necesario ajustar el lente, estaba perfecto, parecía que se podían tocar las estrellas y bajarlas. A pesar de estar todo tan oscuro, la luz de la luna alumbraba el interior del observatorio y alcancé a ver la pintura de una mujer, cuyo rostro estaba medio cubierto por un sombrero con flores, su mirada era muy dulce y gentil con una ligera sonrisa. También había muchas otras cosas como cofres, mesas, sillas, cuadros y objetos antiguos y mitológicos que no pude ver bien porque un peculiar sonido me interrumpió; el rugido de un enorme perro negro listo para atacar provenía de un rincón, sus enormes colmillos me estaban amenazando. Me quedé quieta sin saber qué hacer, sabía que si me seguía moviendo el perro me atacaría, así que poco a poco fui retrocediendo de la misma manera en la que había entrado. Cuando le estaba hablando bonito al animal para tranquilizarlo y no me sintiera una extraña, repentinamente un hombre me atacó por la espalda, sujetándome con fuerza y tapándome la boca para evitar que gritara, del susto casi me desmayo, pero tuve fuerzas para forcejear con él. El perro, al ver la acción y el ruido de las cosas al caer, se precipitó de su rincón para atacarme, pero su dueño le ordenó con voz firme que se quedara quieto y al instante obedeció. Mientras yo deseaba soltarme y ver a mi atacante, éste me sujetó con más fuerza lastimándome la espalda;
—Quédate quieta. —Susurró en mi oído.
No sabría como describir su voz, era muy grave, muy ronca y autoritaria como de un hombre ya bastante maduro. Accedí a ya no forcejear más porque estaba adolorida, pero aún así él no me soltó. Me advirtió que no gritara para poco a poco ir quitando su mano de mi boca. Trataba de respirar con tranquilidad pero no podía, prácticamente jadeaba con la boca abierta cuando me soltó, necesitaba respirar de cualquier manera. Deslizó sutilmente su mano que tapaba mi boca hasta mi cuello, sujetándolo y susurrándome al oído con un tono amenazador preguntó;
—¿Qué estás haciendo aquí? ¿Por qué no has obedecido? Sabes que este lugar está prohibido.
La verdad no sabía que responder. Estaba muy asustada. Sentía su aliento caliente y su lenta respiración en mi cuello como si estuviera olfateándome detenidamente, para luego morderme. No sabía cómo interpretar eso, sólo creía que en cualquier momento me arrancaría la cabeza. Sonaba muy enojado, así que le dije la verdad;
—Lo siento. Sentía curiosidad por el lugar y lo bonito que sería ver el espacio, esta noche desde aquí.
Su ardiente respiración sobre mi cuello me estaba aterrando y con una amenazadora voz de furia conteniéndola, siguió hablándome;
—¿No sabes lo que les pasa a los que desobedecen mis órdenes?
—No, no lo sé. —Tratando de contener la conciencia le contesté.
Estaba temblando de miedo y los nervios, más el dolor que sentía, hacían que ya no pudiera respirar más. Así que solo sentí que perdí el conocimiento y me desvanecí sin recordar nada más, hasta que me desperté por la mañana sin saber si había soñado o no. Pero al día siguiente, el gran dolor en la espalda me impidió levantarme, así que supe que no había soñado lo que pasó. Había estado en los brazos de un desconocido, de un hombre y no uno cualquiera. Tenía miedo de ser castigada por mi desobediencia y solo esperaba su decisión. Sabía perfectamente con quien me había encontrado y literalmente había estado en los brazos del príncipe.
Capítulo II
En el pueblo
Esa mañana, cuando Gertrudis corrió las cortinas y abrió las ventanas para que entrara la luz del sol me desperté sobresaltada. No tenía idea de la hora que era, pero el dolor en la espalda impidió que pudiera sentarme y al tocarme, Gertrudis sintió que tenía un poco de fiebre, por lo que fue a buscar a Randolph quien ya estaba listo con el médico de la familia real. Como si ya hubiera sabido lo que pasó;
—Buenos días señorita Constanza. Le presento al doctor Daniel Khrauss, amigo de la familia real y médico privado del príncipe. —Muy tranquilamente dijo mientras hacía las presentaciones.
—Buenos días, mucho gusto en conocerlo. —Saludé intentado moverme.
—El placer es todo mío. —Se presentó muy amablemente, haciéndome también una reverencia como si yo fuera noble—. Y de ahora en adelante, estaré a su entera disposición.
Era un hombre maduro pero menor que Randolph, de buen cuerpo para la edad, de piel blanca, cabello castaño claro con algunas canas y ojos muy claros, no sabría decir si celestes o grises, pero sin duda un hombre muy propio como Randolph, no por nada era el médico del príncipe.
—Está aquí para revisarla y ver que esté bien. —Levantando una ceja y haciendo un gesto con la cabeza me dijo Randolph.
El médico me revisó y en efecto, tenía unos moretones en la espalda, en los hombros, en el brazo derecho y unos más pequeños en el cuello. Me puso un cabestrillo en el brazo para evitar movimientos bruscos, ordenó que se me aplicaran unos paños con un ungüento que él mismo trajo y me dejó un jarabe para la fiebre y el dolor que al mismo tiempo me haría dormir. Ordenó que se me diera a tomar un té de harpagófito, —muy amargo por cierto, lo que me hizo arrugar la cara—, que relajaba los músculos y que sólo tomara caldo de pollo con verduras, para evitar que el masticar y el hacer un esfuerzo interno con mi garganta impidiera que sanara rápidamente. Cuando terminó de examinarme, me aconsejó que tuviera cuidado con las escaleras de espiral, ya que de noche las caídas son más propensas y que diera gracias a Dios que solo habían sido unos golpes y no fracturas. Estaba sorprendido que a pesar de mi contextura frágil y delgada era fuerte, pero su sugerencia me desconcertó. Randolph me miró fijamente ante mi expresión, le ordenó a Gertrudis que acompañara al médico al momento de irse porque necesitaba hablar conmigo y conociéndolo, ya sabía el sermón que me iba a dar;
—¿Por qué no obedeció la prohibición de entrar al observatorio?
—¿Por qué el médico dijo que me había caído? —Sin poder evitarlo pregunté sorprendida.
Randolph me miró y sonrió;
—Discúlpeme señorita, pero solo un tonto responde con otra pregunta.
La verdad no estaba de humor para bromas a mis expensas, así que hablé;
—Vi la noche tan bonita, que quise ver el cielo desde la cúpula de la biblioteca. La curiosidad me ganó y fui a media noche, aprovechando que todos aparentemente dormían. Quise ir más allá y ver el espacio desde el observatorio, la verdad no esperaba encontrar la puerta abierta y mucho menos, a un can molesto listo para atacarme, pero mi peor susto fue cuando un sujeto fuerte me sorprendió por la espalda, sujetándome con fuerza y tapándome la boca. En el forcejeo, sentí que mi espalda se lastimó, el miedo y los nervios de sentir sus manos en mi cuello y hablándome con tono amenazador al oído, hizo que empezara a faltarme el aire creyendo que me iba a estrangular en su furia, entonces poco a poco fui perdiendo el conocimiento y después de eso, ya no recuerdo más.
Randolph estaba sorprendido por mi buena memoria después de esa experiencia;
—Le confieso que esperaba que estuviera confundida y creyera lo que el médico había dicho, pero veo que no es así.
—¿Ahora es usted el que no me ha contestado?
Se acercó y me dijo que por orden del príncipe solo me diría esto una sola vez y esperaba que no lo comentara con nadie, ni siquiera con Gertrudis;
—En las noches claras, su alteza amanece en el observatorio. Usted entró interrumpiendo su espacio privado, la oscuridad fue propicia para que él pudiera permanecer oculto. Observó todos sus movimientos desde que usted entró y al ver que su perro la iba a atacar, él prefirió atacarla primero, pero usted es muy fuerte y él tuvo que sujetarla con fuerza porque usted estaba dispuesta a luchar. Así que tuvo que amedrentarla con un tono amenazante para infundirle temor, pero no contaba con que al estarla sujetando con fuerza, le estaba impidiendo la respiración y es por eso, que perdió el conocimiento. El mismo príncipe la trajo a su habitación, acostándola en su cama y ahora espera que este asunto no traiga más complicaciones.
—¿Pero por qué el médico dijo que me caí?
—Luego al amanecer, su alteza me lo dijo todo. Y para no castigarla por su insensatez, entre los dos tuvimos la idea de decir que en realidad se había caído de las escaleras como le dijo el médico. Nadie puede escapar de un castigo por desobediencia y usted, aunque es invitada no es la excepción. Así que para evitarle la vergüenza es mejor lo que inventamos y que todos lo crean así.
—Me siento muy avergonzada. —Respondí en voz baja y bajando la cabeza—. No volverá a pasar.
—Y espero que así sea. De ahora en adelante sea más sensata, ya que la próxima vez el príncipe no será tan benévolo.
Reconozco que sus palabras me dieron mucho miedo y el susto que había pasado no deseaba que se repitiera, así que decidí mejor estar tranquila y dejar que las cosas se dieran por si solas. El médico había ordenado de dos a tres días de reposo absoluto, para que los golpes pudieran sanar y los moretones y la inflamación pudieran desaparecer, con los cuidados que sugiriera en cuatro o cinco días ya estaría mejor. El medicamento que me había dejado, —más las infusiones—, me habían cargado de un sueño tan pesado como si se tratara de una droga, al menos sentía descanso y el dolor poco a poco iba desapareciendo. Esa noche y las siguientes en el silencio de la madrugada sentía que alguien entraba a mi habitación, como un fantasma para observar mi sueño y para observarme detenidamente de cerca y estudiar mis facciones, no estaba consciente de eso, pero sí podía sentir esa presencia. ¿Sería el príncipe? No sé qué interés podía tener en ese momento, no eran remordimientos ya que no le importaba nadie y menos una desconocida, pero tal vez era su manera de estar cerca y conocerme y ver con sus propios ojos como progresaba mi estado. Al tercer día pedí salir al jardín, el encierro me estaba ahogando y necesitaba respirar la naturaleza. Randolph se acercó a mí para verificar que me estaba reponiendo rápidamente y para darme una buena noticia; podía ir al pueblo el día que yo quisiera. Eso levantó mi estado de ánimo y me sentí mejor. En dos días el médico regresó para chequearme y darme de alta, casi no se notaban los moretes y ya el cuerpo no me dolía tanto, pero me recomendó no salir en carruaje por los momentos, para que el malestar corporal no regresara y menos, que intentara montar a caballo al menos hasta la siguiente semana. Así que me recomendó que descansara y caminara unas tres o cuatro horas al día por mucho. Sé que sonaba exagerado y ese extremo cuidado me agobiaba, no era una niña y ya me sentía bien, pero si las órdenes venían desde el “alto mando” y si esa era una manera de consentirme, pues era muy bienvenida.
Me sentía feliz porque saldría al pueblo cuando yo quisiera, pero todavía estaba el dilema de que el príncipe no quería conocerme. Ya tenía casi dos semanas de estar en el castillo y no me había dado la bienvenida personalmente, eso me entristecía, al mismo tiempo que me hacía sentir alguien inferior, que no merecía ni siquiera que el príncipe se molestara en conocer. No sé qué tendría que hacer para poder conocernos y tratarnos, no sé cómo él iba a permitir que alguien como yo, le diera las tutorías o le recordara todo lo que su madre le había enseñado tiempo atrás. Había aprovechado estudiar a la perfección el plan de clases que había preparado para él y estaba segura que ambos aprenderíamos mucho el uno del otro, —siendo que seguramente, yo aprendiera más de él—. Pero mi mente estaba bloqueada en cuanto a él y no tenía idea de cómo hacer para llamar su atención. Transcurrió esa semana de reposo y en ese mismo tiempo, aproveché la oportunidad para conocer más de aquel enorme y monumental castillo. Conocí la inmensa cocina y a las personas encargadas, la cocinera en jefe se llamaba Carlota, era una señora madura, de piel trigueña, estatura baja y de gran volumen corporal que había estado con la familia desde hace mucho tiempo y el chef gourmet se llamaba Pierre era todo lo contrario, tal vez de algunos cuarenta y tantos, de piel blanca, rubio, era alto, delgado y muy fino, había llegado hace unos años de París. Les agradecí a todos su amabilidad y atenciones, al consentirme con tan deliciosos platillos durante mi incapacidad. También, conocí una granja donde había todo tipo de animales domésticos, un zoológico, con muchos animales salvajes traídos de África, un enorme vivero, que era una de las pasiones de la reina y las caballerizas en donde conocí al caballo del príncipe, era un frisón negro azulado muy hermoso llamado Bucéfalo, como el caballo de Alejandro Magno. Me dijeron que rara vez el príncipe salía a montar y cuando lo hacía, cabalgaba de noche para no ser visto y tener más libertad. Empezaba a creer lo extraño que era él realmente, todo lo que le gustaba hacer lo hacía de noche y no entendía porque no quería ser visto. A decir verdad, en todo lo que había conocido del castillo no había un solo retrato de él y la curiosidad por su apariencia ya me estaba haciendo cosquillas, pero eso me metió en problemas la última vez así que aprendí mi lección.
Pasado el tiempo que estableció el médico me dispuse conocer el pueblo, ya era 11 de Agosto y después del desayuno, Beláv y su carruaje nos esperaba para llevarnos a Gertrudis y a mí. Tenía mucha expectativa de esta visita, ya que lo único que conocía era el puerto en donde desembarqué al llegar y en donde otro carruaje me esperaba para traerme al castillo. Ahora sí conocería bien el pueblo y más que todo, quería escuchar la opinión que los habitantes tenían de su príncipe, esa era mi meta y Gertrudis me serviría de guía. El viaje duró aproximadamente unos cuarenta minutos a paso tranquilo y al ver el paisaje que divisaba el pueblo, mi emoción se hacía más intensa. Cuando llegamos, la gente se aglomeró al carruaje pues creyeron que era el príncipe que los visitaba, pero al detenernos, Gertrudis salió del carruaje y al saber la gente que era la invitada del príncipe la que había llegado, se desilusionaron y cada quien volvió a su quehacer. La verdad, sentir el calor y la alegría de un pueblo que esperaba a su príncipe me hizo sentir mal ya que éste, era indiferente al sentir de su gente. Recorrimos todas las calles a pie a petición mía, quería conocer cada rincón, el pueblo era muy pintoresco y tranquilo. Su arquitectura era un tanto medieval, como ciertos lugares de la Rep. Checa, Hungría, Alemania o Bélgica hoy en día, era una mezcla de lo gótico y renacentista. El pueblo era un lugar hermoso para mi gusto, no me canso de decirlo, parecía estar suspendido en el tiempo. Todo lo que se podía adquirir era fresco y recién extraído, los quesos, la leche, las frutas y verduras recién cosechadas naturalmente sin químicos, los jamones, huevos y las carnes recién traídas de las haciendas, los mariscos recién sacados del mar, los panes recién horneados cuyo exquisito aroma se sentía en el aire y hacía que realmente diera gusto pasear por aquel lugar. Había mucho comercio y actividad, las personas eran amables y todos se conocían y apreciaban. Parecía que no tenían problemas con la delincuencia, o al menos parece que imperaba la ley del oeste así que era mejor no buscar problemas, ya que ellos mismos tomaban las cosas por sus propias manos y así el problema estaba resuelto. Me adentré con ellos y platiqué con la confianza de un amigo, no podía evitar sentir ternura por sus niños que tiraban tiernamente de mi vestido y me preguntaban si “la princesa” podía cargarlos y abrazarlos por un momento y al hacerlo, hice que las personas comenzaran a verme de manera diferente y a creer que alguien en el castillo, tuviera un corazón de carne al fin.
Gertrudis me mostró todo lo que conocía y yo estaba fascinada, no podía creer que el príncipe fuera tan ajeno a su pueblo. Todos estaban a la espera de que llegara al trono y los gobernara con la misma sabiduría con la que lo hizo su padre, temían por la llegada de un tal duque Rodolfo y muchos dijeron que mejor se irían del reino si ese día llegaba. A pesar de tener un príncipe indiferente a las necesidades de su pueblo, la gente tenía la esperanza de que pudiera cambiar y recapacitara de su egoísmo. Deseaban que llegaran de nuevo los tiempos de la reina Leonor, los adultos más maduros y ancianos del lugar la recuerdan con cariño; era una mujer maravillosa. De las mejores reinas que ha conocido Bórdovar, no solamente hermosa sino muy inteligente, se ganaba a las personas con una gran naturalidad y demostraba el amor a su pueblo en cada detalle. El rey la adoraba y la complacía en todo, era el motor que lo movía, juntos cabalgaban horas y horas recorriendo sus campos y al menos, una vez a la semana visitaban el pueblo y dos o tres veces al año, hacían las visitas oficiales a todas las demás regiones para conocer las necesidades de la gente. Había mucha paz y prosperidad y, si los monarcas estaban felices, el pueblo también lo estaba. Con gran regocijo recibieron la noticia que serían padres y el día que nació el príncipe fue un día de fiesta nacional, festejando la llegada del heredero y dando gracias porque la salud de la reina le permitió dar a luz. Dicen que fue un parto muy difícil y ella casi muere en su esfuerzo, pero los médicos que la asistieron eran buenos y no se hubieran perdonado el no poder salvarla. Uno de ellos fue Bernard Khrauss, un gran profesional de la medicina, era padre del actual médico del príncipe el doctor Daniel, quien en esa época era un muchacho joven en sus veinte, que ya cursaba sus estudios de medicina en Europa y su padre, era el médico de la familia real. Después de muchas horas de labor de parto nació el robusto varón que el rey esperaba con orgullo y con su aprobación, la reina fue sometida de inmediato a una operación, porque otro parto hubiera sido fatal para ella no pudiendo resistirlo, lo que hizo que el heredero se convirtiera en hijo único y creciera como la joya más preciada de sus padres y de la corona. La recuperación de la reina duró al menos unos seis meses y después del primer año del príncipe, pudo volver a sus actividades reales. Fue ella misma la que se encargó de su educación, porque deseaba tener un fuerte vínculo con su hijo y que tuviera el ejemplo de ellos para que algún día gobernara sabiamente a su pueblo. Fue una historia maravillosa la que pude recopilar en mi visita al pueblo, eso era lo que quería saber de manera resumida, algo que no podían decirme abiertamente en el castillo. Regresamos por la tarde y en el trayecto pensé que era necesario que el príncipe conociera esa historia si no la conocía, o al menos que la recordara si había decidido olvidarla. Su amargura no era solamente la muerte y ausencia de su madre, ni tampoco el rigor y alejamiento de su padre, el príncipe necesitaba algo que le despertara los sentimientos de nuevo, algo que le diera intensidad a su vida, una razón. Él perdió un amor y necesitaba encontrar y conocer otro; un amor que le hiciera sentir calor a su frialdad, alguien que lo amara tan intensamente que fuera capaz de derretir el hielo que lo cubre. Con un amor así, el príncipe podría llegar a amar y ser feliz y hacer felices a todos los que lo rodeaban. Eso era lo que él necesitaba pero ¿Cómo hacer para que eso sucediera? ¿Cómo iba él a permitirlo?
Capítulo III
El comienzo; una cita y a la espera
Primera Parte
Cuando llegamos al castillo, Randolph nos estaba esperando o al menos a mí. Estaba muy ansioso por escuchar mi experiencia en el pueblo, pero en realidad sé que quería escuchar algo más. Me preguntó si podíamos reunirnos en la biblioteca después de la cena a lo que accedí, era la primera vez que charlaría un poco con alguien antes de dormir desde mi llegada. Le pedí a Gertrudis que me preparara el baño antes de cenar, para así después tener todo el tiempo disponible, también que como siempre me subieran la cena a la habitación, para comer más relajada. Seguidamente bajé a la biblioteca y esperé a que Randolph llegara, de reojo miraba la puerta del observatorio y recordaba mi experiencia, no sabía si reírme o apenarme, jamás se me cruzó por la cabeza que mi encuentro con el príncipe sería de esa forma. No me quedaba más que pedirle disculpas y agradecerle su gesto, ahora que lo pienso, creo que en el fondo sintió compasión o algún afecto que impidió que hiciera algo conmigo, como hombre pudo haber hecho lo que hubiera querido cuando me desmayé, pero sé que me respetó. Se vinieron tantas cosas a mi cabeza que ya no sabía que pensar, lo que si me preocupaba era el concepto que ahora él tenía de mí y tendría que buscar la manera de redimirme y compensarle el mal rato que le hice pasar.
A los pocos minutos llegó Randolph y era la primera vez que se sentaba conmigo a platicar como una persona normal, así que empezamos la conversación. Quería saber todo de mi viaje, así que fui lo más sincera posible, le dije que me había fascinado el paisaje y lo pintoresco del lugar, también que estaba sorprendida del gran comercio, de la actividad que tenían y de lo trabajadoras que eran las personas, pero Randolph seguía a la expectativa de saber más, su interés era evidente, él quería que le dijera lo que las personas me habían dicho. Lo que realmente le interesaba, era la opinión que tenían del príncipe, sabía que había hablado con las personas y por un momento me sentí usada, pero también fui sincera al respecto;
—¿Lo aman todavía? —Se notaba ansioso y preocupado.
—Sí.
—¿Está segura? —Insistió.
—Por lo que pude escuchar, así es. “Porque el príncipe natural tiene menos razones y menor necesidad de ofender: de donde es lógico que sea más amado; y a menos que vicios excesivos le traigan el odio, es razonable que le quieran con naturalidad los suyos.”
—Ah veo que le gusta citar a Maquiavelo. —Sonaba sorprendido.
—Es un buen libro, aunque no estoy de acuerdo en ciertas cosas.
—¿Cómo cuáles?
—Randolph, no nos desviemos del tema.
—Es verdad, tiene usted razón.
Antes de seguir con la conversación, le dije a Randolph que necesitaba que cómo la persona más allegada al príncipe que él era, fuera un poco más abierto conmigo, si quería que lo ayudara. Necesitaba saber y contar con más información acerca de su alteza y de un duque Rodolfo del que me habían hablado. Sí deseaba algún tipo de discreción de mi parte podía firmarle algún papel, pero yo necesitaba saber más de él para poder ayudarlo y entonces, Randolph comenzó a narrarme la historia del príncipe;
—Yo he estado con el príncipe desde que tenía tres años y en todo ese tiempo, pude ver como la familia real era feliz. El rey le había otorgado a la reina el hacerse cargo de la educación del príncipe en contra del protocolo y lo hizo porque la amaba, estaba tan enamorado de ella que no podía negarle nada, era la luz de sus ojos y de su vida. Su muerte tan imprevista lo devastó totalmente y pensamos que no podría recuperarse, a mí el rey me tenía tanta confianza, que me nombró regente durante la minoría de edad del príncipe, en caso de morir antes, pero gracias a Dios no fue así y poco a poco se fue recuperando. Yo como mayordomo, me encargué por completo del príncipe y en honor a su madre lo seguía educando igual, los meses que el rey estuvo en su encierro el príncipe siguió aprendiendo las artes y en los ratos libres salía a montar. Era un niño y debía de estar tranquilo y sobrellevar de la mejor manera la pérdida de su madre. A ella le gustaba tocar en el piano “Para Elisa” de Beethoven y desde pequeño se la había enseñado al príncipe, pero un día en la clase de música estando él en el piano y tocando esa melodía el rey la escuchó y creyó estar alucinando. Salió como un loco de sus aposentos y entró al salón de música, quebrando el piano con una silla con tal fuerza, que todos los que estaban presentes le tuvieron pánico. El joven príncipe rompió en llanto al ver la furia de su padre y al ver el instrumento de su madre hecho pedazos y desde ese momento, el rey prohibió todas las clases que el príncipe recibía. Según el rey, la educación de su madre lo hacía muy sensible y débil y ya era hora de que se convirtiera en un hombrecito y madurara. Deseaba mandarlo a un internado, pero yo le supliqué que no lo hiciera, le sugerí las tutorías en el castillo pero que no lastimara alejándolo de lo poco que le quedaba de su madre, le costó mucho al rey aceptar lo que sería mejor para el príncipe, pero después de un tiempo accedió. El problema fue para su educación superior, ya no pude hacer nada y tuvo que hacerla en Europa ya siendo un joven mayor y allí, yo ya estaba atado y me sentía impotente. Al menos lo protegí cuando era un niño indefenso y necesitaba afecto. Su educación fue completa, como todo futuro monarca que debe de prepararse en las mejores universidades y academias. Estudió psicología en Austria y medicina en Italia carrera que después dejó, ya que no tenía el llamado. Filosofía y literatura en Francia y técnica de todo tipo armas en Alemania. Derecho y máster en economía en Suiza, instrucción militar aérea en Inglaterra, la marítima en España, la terrestre en el medio oriente y entre sus deportes favoritos cabe mencionar, la defensa personal; donde combinó el aprender boxeo y artes marciales, el esgrima, la equitación, la natación, el esquí, el polo, un poco la vela y toda una larga lista de la demás intensa educación que debe de recibir un príncipe. Además de hablar siete idiomas; español, inglés, italiano, francés, alemán, portugués y griego.
“¡A vaya! Indefenso el muchachito” —pensé boquiabierta sin poder disimular mi asombro—. “Es todo un superdotado, ¿Cómo pudo estudiar todo eso en pocos años?”
—Estuvo mucho tiempo afuera, así que conoce el mundo. —Sin desviar su atención continuó—. Y fue hasta hace más de un año y medio que regresó del todo, justamente unos pocos meses antes de que el rey cayera en su agonía. Yo lo animaba a retomar la educación de su madre por el decreto que el rey le había impuesto, pero ya no era un niño que se podía dominar y había cambiado completamente. Eso lo enfureció más y como ya estaba cansado de todo, prefirió aislarse y no hacer caso de los deseos tardíos de su padre.
Y si era un hombre tan preparado entonces, ¿Qué hacía yo aquí? Era la pregunta que me hacía a mí misma. Era él, el que podía enseñarme mucho a mí, a penas aprendí el inglés y mi italiano es muy pésimo, no digamos mi francés. Soy mala para los deportes, a duras penas soportaba dos horas de gimnasio, dos veces por semana y caía rendida. A la par de su educación soy una completa ignorante, pero a alguien se le ocurrió que una mujer le enseñara de nuevo lo que su madre le había legado. Alguien totalmente ajena a él y las costumbres de su pueblo;
—Pero y ese duque Rodolfo, ¿Quién es? —Intentando reaccionar y no ser tan obvia en mi curiosidad pregunté.
—Es un hombre cruel y poderoso, la oveja negra de la familia real de Bórdovar por decirlo así. Es sinónimo de muchos problemas, ya que es el segundo en la línea de sucesión y le conviene mucho que el príncipe siga cerrado en su actitud, es su tío y ansía con desesperación convertirse en rey.
La conversación transcurrió en más de una hora sin darnos cuenta. Le agradecí a Randolph su confianza y le reiteré mi apoyo en esta situación, algo que me agradeció mucho. Ahora si me sentía parte de todo esto, haría cambiar al príncipe en el tiempo establecido, así fuera lo último que hiciera hasta estar orgullosa de mi logro. Le dije a Randolph las opiniones de las personas del pueblo y eso lo tranquilizó un poco, en tono de broma le sugerí que ya que el príncipe no quería ser visto, que al menos tratara de salir y conociera a su pueblo disfrazado. Era algo que no le sería difícil, ya que nadie lo conoce y se puede valer de eso. Me retiré a mi habitación, sin saber que nuestra conversación había sido completamente escuchada por el mismo príncipe, quien al salir yo de la biblioteca salió de su observatorio, Randolph lo sabía y los dos se miraron fijamente sin decir nada.
Esa noche no podía conciliar el sueño, había tenido muchas emociones en un solo día y todavía no podía digerir todo lo que ahora sabía. Me sentía parte de todo eso, al escuchar las historias de las personas en el pueblo y la versión de Randolph, sentía como si hubiera ido a ese pasado y por un momento vivir esa historia. El enojo que sentía por el desplante del príncipe al no querer conocerme había desaparecido y empezaba a sustituirlo otro sentimiento. Quería evitar sentir lástima, pero a pesar de haber nacido en cuna de oro, el destino se ensañó con él y era víctima de todos esos sentimientos encontrados que sentía y los cuales se negaba a reconocer. El carácter del príncipe se debía a no querer sufrir más, su vida cambió de manera drástica siendo un niño y evitaba todo sentimiento que le provocara dolor. Estaba segura que no era una mala persona, simplemente había que ayudarlo a superar su situación.
Esa mañana me levanté muy temprano con muchos ánimos y un semblante optimista. Quise contemplar el amanecer de un nuevo día y el juego de colores que se formaba en el horizonte era hermoso. Cuando hubo aclarado y a la hora del baño me sentí tan bien, que le pedí a Gertrudis que deseaba desayunar en el jardín y respirar el aire puro de la mañana. También le dije que necesitaba hablar con Randolph, así que fue a buscarlo. Mientras desayunaba, enseguida vino a mí y le pedí un favor;
—¿Puede decirle a su alteza que quiero verlo?
Randolph me miró sorprendido, como si no hubiera pasado nada;
—Hasta que su alteza no lo decida, no podrá verlo.
—¡No puedo, ni voy a esperar más! —Exclamé con impaciencia.
—Veré qué puedo hacer, pero no le prometo nada.
—Si puede ser hoy mismo mejor, es urgente.
—Si el príncipe accede a verla, tendrá que esperar el día y la hora.
Parecía que la conversación que habíamos tenido la noche anterior no había sido suficiente. Necesitaba de su ayuda para poder conocer al príncipe y hablar con él, pero Randolph parecía estar atrapado entre los dos sin decidirse todavía;
—Le avisaré por la tarde la decisión de su alteza. —Me dijo al verme soltar el aire con desesperación y evitando poner mis ojos en blanco—. Por los momentos, puede disfrutar el día como usted quiera.
Sentía que habíamos quedado en nada, pero no quería perder el optimismo con el que me había levantado. En cierto modo entendía la posición de Randolph y a su manera sé, que estaba sufriendo por la actitud del príncipe y para colmo, yo también me estaba convirtiendo en otro dolor de cabeza para él por mi impaciencia, pero si queríamos que este asunto avanzara no se podía seguir perdiendo el tiempo. Por los momentos, tenía el tiempo suficiente para pensar en todo lo que tendría que hablar con su alteza, si llegaba el momento.
Segunda Parte
Por la tarde, mientras estaba sentada en la ventana de mi habitación contemplaba el ocaso. Realmente ese lugar tenía una belleza mágica; tanto el amanecer como el atardecer hacían una bella sinfonía de colores y solo deseaba poder captar esos paisajes a través de la fotografía o en una pintura, porque eran dignos de una obra de arte. Se podían hacer tantas cosas en ese lugar y cada minuto que pasaba sentía que era una pérdida de tiempo, eso me desesperaba más. Estando en mi melancolía Randolph llegó a avisarme la decisión del príncipe; ésta vez tenía su palabra de recibirme en su despacho privado después de la cena, sin falta. Me sentía tan feliz que no pude contener mi emoción, abracé a Randolph quién se sorprendió aún más, creo que había pasado mucho tiempo desde que alguien lo abrazó por última vez y ahora ésta, era la oportunidad;
—¡Lo logró! —Estaba muy entusiasmada.
—Creo, que fue usted misma.
—¿Cómo?
—El príncipe dijo que si no la recibía de una vez, usted, más que una tutora se convertiría en una molestia y en un verdadero dolor de cabeza y lo último que necesitaba, era otra razón más para amargarse.
Ahora era yo la sorprendida. No sé si eso tenía que hacerme sentir mal y si esa era la intención del príncipe no lo logró. El hecho de que estuviera dispuesto a recibirme dando su palabra era más que suficiente y si esa era su opinión de mí, entonces viniendo de su parte siendo cómo es, para mí era un halago;
—Solo una cosa más. —Con reservas continuó—. Yo la llevaré hasta él como la otra vez, pero estando en su despacho estarán solos, así que no hable primero, debe de estar a unos tres metros de distancia de su escritorio ya que no es permitido acercarse más y haga la reverencia correspondiente sea que él la vea o no. Debe dejar que él comience la conversación y debe limitarse a contestar las preguntas que él le haga, él desea que se respete su espacio personal y tratándose de usted, espera que lo complazca ésta vez. ¿Entendió?
—¡A vaya! Quedó muy claro, no lo haré quedar mal.
Los nervios se habían apoderado de mí otra vez y ahora, ya no tenía ni idea de lo que sería este encuentro con el príncipe, pero al menos ya sabía qué hacer, solo tenía que obedecer las indicaciones de Randolph y todo estaría bien. Ni siquiera sé cómo pude comer de los nervios, no sentí el sabor de la comida para nada, a medida que se acercaba el momento la tensión se hacía más fuerte y yo solo esperaba el momento en el que Randolph vendría a buscarme.
Todo sucedió como se había planeado, me acompaño hasta la puerta del despacho y me recordó las indicaciones, entré al salón y solo esperaba no desmayarme ésta vez pero de los nervios. Al cerrarse la puerta, supe que solo estábamos él y yo, y ya no tenía idea de lo que iba a decir o hacer. El salón estaba oscuro, con una lámpara de luz tenue y con unas cuantas velas encendidas. Me paré a la distancia acordada del escritorio, que daba a una enorme ventana por la que se reflejaba la luz de la luna. Una silla giratoria con un enorme respaldar se movía, entonces supe que él estaba sentado allí, pero la silla estaba de espalda a mí en dirección a la ventana, así que no pronuncie ninguna palabra hasta que él lo hiciera primero.
Por unos cuantos minutos solo hubo silencio y eso me ponía más nerviosa, pero de repente habló y recordar su voz grave me asustó de nuevo;
—Bienvenida señorita Norman.
—Gracias su alteza. —Reverenciándolo saludé—. Y por favor, llámeme Constanza.
—¿Te gusta estar aquí?
—El lugar es hermoso, pero le faltan algunas cosas para que sea perfecto.
—¿Cómo qué?
—Cómo el progreso de la ciencia y de la tecnología.
Un silencio sepulcral se sintió en el ambiente. Parecía estar hablando con un fantasma, ya que solo escuchaba su voz saliendo del sillón. No quería darme la cara y la tenue luz del salón lo hacía propicio para ocultarse, al parecer no era muy elocuente, así que no perderíamos mucho tiempo hablando;
—¿Qué quieres hablar conmigo? —Después de un momento preguntó.
—Primero que nada, quiero disculparme y suplicar su perdón por haberlo desobedecido. Sé que hice algo indebido y me siento muy avergonzada por eso, le prometo que no volverá a pasar. Le ruego me perdone el mal rato que le hice pasar, al mismo tiempo le agradezco la gentileza que tuvo conmigo y todas sus atenciones.
—Prefiero olvidar ese asunto. —Respondió secamente—. Como también espero que hayas aprendido tu lección. ¿Deseas hablar algo más?
—¿Quiero saber cuándo comenzaran mis funciones con usted?
—La verdad, no tengo ningún interés en tus clases. No las necesito.
—Pero… para eso estoy aquí y me gustaría…
—No te metas en donde no te llaman. —Me interrumpió y no me dejó terminar de hablar. Estaba ya un poco sobresaltado—. Como puedes ver y ya te habrás dado cuenta, he tenido mucha preparación académica y mis días de estudio hace mucho que terminaron, no necesito de ti, no tienes nada que enseñarme. Tus dichosas clases no me hacen falta, es la idea más tonta y estúpida que se le pudo haber ocurrido a mi mayordomo. ¿No te parece? Si yo he decidido estar así, a nadie le tiene que importar y menos a ti, que eres una extraña.
—Perdón alteza tiene razón, conozco ya todo su curriculum, también sé que soy una extraña y nada tengo que ver con todo esto, pero conozco un poco de su historia y al ir al pueblo me di cuenta que las personas lo aman y todavía tienen esperanzas en usted, permítame ayudarlo yo sé que…
—¡Basta! —Gritó enojado—. Es suficiente tu osadía y pretensión, no quiero nada, no quiero lástima ni compasión, ahora soy como soy y punto y no me da la gana de cambiar. No quiero, será mejor que te vayas de aquí, vete cuando quieras del castillo, no te necesito, no necesito de nadie, entendiste.
Estaba tan nerviosa por su actitud, que sentí que por un momento la mente se me nubló y con tristeza y decepción firmemente le dije;
—Si eso es lo que usted desea entonces me voy, pero no sin antes decirle que es un cobarde que no merece estar donde está. El hecho que su padre lo haya apartado no significa que deba rendirse, no tiene el derecho de privar a tantas personas de la paz que gozan y dejarle el camino libre a alguien que hará de este reino quien sabe qué sólo porque su orgullo y prejuicio no lo deja. Para ser todo un príncipe de verdad con auténtica sangre real, es una completa decepción. Si tal vez tratara de conocer a su gente, si saliera de su encierro y pudiera contemplar las bellas tierras que tiene, si tuviera ese contacto que necesita con la naturaleza y escuchar sus sonidos, si pudiera ver lo bendecido que ha sido, si pudiera darle la oportunidad a alguien de conocerlo, si pudiera enamorarse entonces…
—¡Es suficiente! —Gritó muy furioso—. ¿Quién te has creído para hablarme así? ¿Cómo te atreves? ¡Mereces ser castigada! Te advertí que la próxima vez no sería benévolo contigo, no eres nadie para decirme lo que debo hacer. No me conoces y no sabes nada de este lugar.
—Si por hablar la verdad seré castigada, pues que así sea. —Respondí con firmeza intentando mostrar tranquilidad—. Vine a este lugar con un propósito, pero si usted no pondrá nada de su parte, entonces yo no podré hacer nada. Estoy a su entera disposición y haga conmigo como mejor le plazca, lamento haberlo molestado, buenas noches.
Salí del salón muy decepcionada y me fui corriendo hacía mi habitación. Ahora si me había metido en problemas, definitivamente había faltado a mi promesa, el príncipe estaba furioso y no había sido mi intención enojarlo. Gertrudis subió rápidamente a verme y al ver mi estado de nervios, corrió a traerme un té de tilo para calmarme y para que pudiera dormir. Le di las gracias y le dije que se fuera a descansar, ya que yo trataría de hacer lo mismo. La verdad esa noche me fue imposible dormir, no sabía si al amanecer me llevarían encadenada a alguna mazmorra para azotarme, encerrarme y no olvidar la falta de respeto que cometí contra el príncipe. Sé que sonaba exagerado, pero como estaban las cosas no sabía que más pensar. Lloré casi toda la noche mi error y mi vergüenza, sin saber que el príncipe me estaba observando.
Estaba consciente que me había pasado de la raya y me había dormido ya casi al amanecer. No pude levantarme a la hora acostumbrada, pero dada la situación Randolph había ordenado que no se me molestara y se me dejara descansar. Un poco más tarde Gertrudis subió con el desayuno y al abrir las cortinas, me desperté sobresaltada;
—Tranquila señorita, soy yo, no se asuste. Traje su desayuno y el baño ya está listo.
—¿Qué hora es? —Intentando disimular pregunté asustada.
—Es media mañana.
—Tan tarde, ¿Y qué pasará después?
—¿Después de qué, no la entiendo? —Me preguntó sorprendida—. ¿Qué actividades desea realizar hoy?
—Soy yo la que no entiende, estoy esperando que vengan por mí.
—¿Quiénes?
—Pues…
—Señorita, de verdad que hoy amaneció extraña. ¿Desea algo más?
—Sí, quisiera ver a Randolph después. Necesito hablar con él.
—Hmmm… pues tendrá que esperar a que regrese.
—¿De dónde?
—Salió a hacer unas diligencias y creo que volverá después del almuerzo. Yo le aviso cuando llegue, buenos días.
Estaba muy confundida y seguía con temor, parecía que nadie sabía nada de lo que había pasado y si alguien podía aclararme las cosas ese era Randolph y tenía que esperar a que regresara. Estaba muy nerviosa por mi futuro en este lugar, solo hasta hablar con él iba a tranquilizarme y ese tiempo se me hacía eterno.
Randolph llegó a media tarde y enseguida Gertrudis le dijo que necesitaba hablar con él. Lo esperaba en la biblioteca para poder hablar con más tranquilidad, pero mi impaciencia me hacía caminar de un lado a otro;
—Randolph —le dije sobresaltada cuando llegó—, estoy segura que usted sabe lo que pasó anoche. ¿De qué manera el príncipe va a castigarme?
—Señorita, cálmese. —Muy tranquilamente contestó—. Su alteza salió de viaje y hasta su regreso decidirá su castigo.
—¿Cómo? —Pregunté sorprendida—. ¿Cuándo? Cómo es que…
—Se fue en la madrugada y no volverá hasta dentro de un mes.
—¡¿Qué?! —Seguía sorprendida y sin habla, sentí que la quijada me había caído al suelo—. ¡¿Un mes?! ¿Y mientras que va a pasar conmigo? ¿Dio alguna orden para encerrarme en un calabozo hasta que él regrese?
—Señorita, tiene una imaginación muy grande y desbocada. —Randolph trataba de contener la risa—. ¿Piensa que la va a encerrar en una torre custodiada por un dragón para luego decidir castigarla? Creo que ha leído muchos cuentos, ¿No le parece?
—Bueno, estaba tan furioso que creí que al amanecer me encadenarían y me encerrarían antes y después de azotarme.
—¡Ja, ja, ja! —Reía Randolph a carcajadas, algo que me sorprendió, pues era la primera vez que lo veía reír de esa manera. ¿Burla? Lo pensé, pero eso no me importaba en el momento—. Realmente que su imaginación es asombrosa. —Tomó mis manos entre las suyas y luego agregó—: El príncipe estará de viaje un mes y la única orden que me dio, es que la deje hacer todo lo que usted quiera en total libertad. Puede ir y venir dentro de las propiedades del castillo, incluso puede ir al pueblo las veces que desee siempre y cuando, usted se responsabilice por sus actos durante su ausencia.
—¿Es una broma verdad? —Pregunté incrédula—. ¿No puede ser posible? ¿Quiere que me dé un gusto para después darme un susto?
—Señorita, veo que no tendrá paz hasta que el príncipe regrese, pero es mejor que acepte esa oferta y se calme unos días. Ya después las cosas se darán y es posible que si se porta bien, yo interceda por usted en su momento. Tranquilícese y disfrute su libertad, ya no es necesario que a sus paseos la acompañe Gertrudis, ya no tiene la energía para esos trotes.
—Bueno, gracias por sus palabras, trataré de no pensar en este asunto y disfrutar mi libertad temporal como usted dice. Siendo así, mañana me gustaría ir al pueblo después del desayuno, quiero volver a pasar un día allá.
—Cómo usted quiera.
El resto de la tarde transcurrió sin más novedades, un pequeño refrigerio y un buen libro me tranquilizaron un poco. Estaba sentada en uno de los tantos y cómodos juegos de sillas de jardín en una de las terrazas, disfrutando el panorama, dejando que la brisa vespertina me acariciara al pasar y dando gracias a Dios por haberme librado en ese momento. —¿Qué providencia hizo que él príncipe saliera de viaje justamente en estos momentos? —Me preguntaba. ¿Qué lo hizo cambiar para que me permitiera salir y darme la libertad para hacer todo lo que yo quisiera? Me imaginaba la vida extravagante que llevaba en sus viajes y el listado de mujeres que podía tener, para alguien como él la vida le era mucho más fácil, porque podía tener todo lo quisiera y comprar el mundo si se le antojaba. Muchas preguntas empezaron a surgir en mi mente y no podía evitar sentir confusión.
Al estar en ese balcón, mirando otro ocaso más, solo podía imaginarme como sería él físicamente. ¿Por qué se ocultaba y no permitían que lo miraran? Era la pregunta que me hacía en ese momento. No creía que tuviera algún defecto físico, problema facial o cicatriz que no quisiera mostrar. Hasta los momentos Randolph no me había dicho nada con respecto a eso, ni había escuchado comentarios de nadie. Estaba segura que era un hombre atractivo y que sólo fingía la voz para amedrentar e infundir temor. Así que por los momentos, tendría que seguir esperando la oportunidad en que lo pudiera conocer cara a cara.
Esa noche, mientras estaba peinando mi cabello en el tocador miré fijamente ese enorme cuadro. Me levanté y me acerqué a él, traté de moverlo pero era demasiado pesado y tuve miedo de desprenderlo de su lugar y que me cayera encima, por lo cual, sólo el hecho de imaginarlo hizo que me apartara de él. Tenía que aprender a controlar mi curiosidad si no quería pasar otra vergüenza de nuevo y peor aún; volver a necesitar al doctor, por lo que mejor olvidé el asunto y me fui a la cama. Traté de dormir más tranquila y no pensar en lo que podía venir en el futuro, me aterraba la idea de estar un mes en Bórdovar sin hacer nada. ¿Cómo iba a soportarlo? Por los momentos me calmé, estaba decidida a tratar de vivir cada día de ese mes con ánimo y fuerzas para esperar el porvenir serenamente. Otro día en el pueblo sería una bonita experiencia y podría conocer más de la historia de este príncipe, que literalmente, me había quitado el sueño.
Capítulo IV
Una conversación casual
Primera Parte
No sé por qué razón sentía que ese día sería diferente a los demás y no era sólo por la ausencia del príncipe, que hacía respirar un poco más de libertad, —no sólo para mí, también para los demás—, sino también por una sensación extraña, que se relacionaba con mi paseo al pueblo y aunque me golpeaban en la cabeza sus palabras diciéndome que me fuera de aquí, ahora sería valiente y tenía que esperar su regreso para afrontar mi castigo. No me hacía feliz la idea de salir de Bórdovar avergonzada y sin poder cumplir mi misión, no podía soportar la idea de fracasar ahora que sé algunas cosas, pero por los momentos ya no quería seguir pensando en lo mismo. Ya era 14 de Agosto y al menos ese día quería disfrutarlo relajadamente.
Busqué en el guardarropa, un vestido modesto que no llamara la atención. Era un conjunto de tres piezas; una blusa blanca de tiernos lazos a la altura de mis pechos y de mangas cortas con un gran escote, que me dejaban al descubierto mis hombros, con un vestido largo por encima sin mangas y ceñido, de tela verde oscuro estampada con pequeños motivos florales en color rosa y para terminar, un corsé de color tornasol, con los lazos en mi abdomen que adornaba todo el conjunto por fuera, el cual se ajustaba muy bien, dejándome ver las curvas de mi cintura y levantando más las forma de mis senos. Usé mis tiernas medias de encajes superiores color blanco y unas botas de tacón medio color café, que se ajustaban perfectamente a la altura de mis tobillos. Para concluir mi atuendo, recogí mi cabello en media cola y lo sujeté con una pinza con forma de orquídea, no quise usar sombrero, así que mejor preferí uno de mis pañuelos ligeramente perfumado y lo coloqué en mi cabeza sujetándolo en lo alto de la nuca, lo que escondió parte de mi cabello largo y ondulado, pero que igual dejé que me sobresalieran algunas ondas en mi frente y a los lados de mi cara. ¿Guantes? No, tenía unos muy bonitos a juego confeccionados en encajes que llegaban a las muñecas, pero no eran necesarios. ¿Un chal? Tampoco era necesario, hacía mucho calor, buen pretexto para no usarlo. Un maquillaje muy natural, con rímel y brillo labial, era perfecto porque resaltaban más mis intensos ojos cafés y la suavidad de mis labios. Al verme frente al espejo la primera impresión que me vino a la cabeza era que parecía actriz de teatro y que el personaje de la lechera, había salido de algún cuento o libro de historia. —“Qué bueno que no me puse los guantes”—pensé al momento. Al menos estaba en un lugar, donde no haría el ridículo saliendo a la calle vestida así. Dejando escapar de mi piel las fragancias de mis cremas y el perfume floral, me sentía lista para salir a mi libertad temporal. Esperaba poder pasar desapercibida entre las personas del pueblo y deseaba ser una más entre ellos. En ese momento, Gertrudis subió a decirme que el carruaje ya estaba listo, así que tomando mi abanico y mi tierno y pequeño bolso de tela con encajes, el cual sujeté a mi muñeca con el suave cordón aterciopelado bajé enseguida. Randolph estaba dándole las instrucciones al cochero;
—Buenos días señorita. —Saludó al verme—. Se le ve muy bien y contenta.
—Buenos días Randolph, gracias y sí, me siento muy bien.
—Le decía a Beláv, que la llevara al pueblo y que la dejara disfrutar su día. No es necesario que se quede con usted, él puede regresar al castillo e ir a recogerla a la plaza principal al atardecer. ¿Le parece?
—¡Es una magnífica idea! —Contesté emocionada—. ¡Me parece estupendo!
—Ya que su estadía aquí es un poco incierta, me tomé la libertad de proveerle este dinero para que pueda comprar algo que se le antoje. Estará allá todo el día, así que debe comer algo y comprar algunos suvenires que le gusten.
—Oh Randolph, me avergüenza, yo tengo dinero y no es necesario que…
—Insisto, no es mi intención incomodarla, pero si la hace sentir mal no se preocupe, se lo descontaré de su pago.
—Randolph, si a eso vamos y a este paso como están las cosas, no podrá pagarme mientras no cumpla con mis funciones y por lo que veo, esto va para largo.
—Señorita —insistió poniendo el sobre con el dinero en mi mano—, usted es digna de su salario desde el momento en que puso sus pies en esta propiedad. Si el príncipe recibe sus clases o no, ese es problema de él, no suyo.
—Randolph —le dije sorprendida—, eso es lo más agresivo que le escucho decir de él. ¿Piensa revelarse?
—No, pero alguien ha enseñado en este lugar, que a veces es bueno decir lo que se piensa, eso demuestra su autenticidad.
—Oh, gracias. —Respondí muy sonriente —. Voy a tomar eso como un cumplido.
Mi curiosidad no me dejaba en paz, así que con confianza lo tomé del brazo y lo aparté un poco del coche:
—Randolph, ¿Puedo preguntarle algo?
—Dígame.
—Este señor, Beláv, ¿Está casado?
—Lo estuvo, pero enviudó. ¿Por qué la pregunta?
—No, por nada. Es que… me siento un poco extraña viajando sola con él.
—No se preocupe, él es una muy buena persona y muy confiable. No sólo es el cochero en jefe que ha servido varios años en el castillo, sino que es una de las pocas personas que también goza de la confianza de su alteza, es por eso que se ha designado como el cochero a su servicio y tiene órdenes de cuidarla. ¿Se imagina la enorme responsabilidad que este hombre tiene ante su alteza? Además, voy a confiarle algo que se supone es un secreto para que se tranquilice. Él pretende desde hace un tiempo a Gertrudis, pero ella se hace la importante, no se preocupe. La única mujer que a Beláv le interesa, es ella.
—¡Uf! Qué bueno saberlo, gracias. Es un alivio, me siento más tranquila. Les agradezco mucho sus atenciones.
Respirando aliviada, con más confianza me subí al coche y proseguí mi viaje, estaba a la expectativa de lo que podía pasar. Cuando llegamos, Beláv me dijo que regresaría por mí en la tarde, así que estaba sola y más que lista para disfrutar mi día.
Lo primero que hice, fue recorrer sus estrechas y pintorescas calles. Realmente era un lugar en el que se respiraba la historia y la tradición, todo estaba a la mano y estaba tan emocionada que se me antojaba todo. No resistí la tentación, de probar un budín de chocolate recién horneado con una taza de café con crema condensada, era fascinante poder sentarse a comer en las pequeñas plazuelas de los diferentes restaurantes, era una experiencia tan diferente, que no le envidiaba nada a ningún centro comercial del mundo moderno. Luego de recorrer las calles, en el mercado me compré una cesta de frutas; naranjas, manzanas, uvas, peras, también compré pan flauta, jamón y queso fresco, luego fui a la librería a buscar un buen libro para leer y me dispuse hacer un pequeño picnic en un parque que estaba en las afueras. Los lugareños me dijeron que tenía un hermoso lago con cisnes y que era el lugar perfecto para disfrutar mi refrigerio. Era muy agradable poder recorrer todo a pie, caminar y conocer todo me encantaba. Tenía un bello paisaje que disfrutar, podía ir al pueblo todos los días y no me cansaría de caminar por sus calles.
Cuando ya había divisado el lugar para leer y comer, corrí hacía allá llena de emoción, pero repentinamente, un sujeto despistado y distraído por la lectura de su libro también, apareció de la nada detrás de unos arbustos e impacté con él cayéndole encima, lo que ocasionó que la canasta que llevaba se cayera derramando toda la fruta y la comida al suelo, —que tonta, solo a mí se me ocurrió correr colina abajo—. El impacto nos hizo rodar juntos, haciendo que él terminara encima de mí con tal fuerza que lastimó mi pecho. Tal acercamiento con un desconocido me apenó demasiado;
—Señorita discúlpeme. —Sonaba apenado mientras me miraba fijamente—. ¿Se encuentra bien?
—No, lo sé… creo, que sí. —Respondí adolorida e hipnotizada por sus perfectos ojos azules.
—Permítame ayudarla —dijo mientras se levantaba.
Rápidamente, con mucha gentileza me ayudó a ponerme de pie, se sacudió la ropa y recogió mi cesta con todas las cosas que habían salido rodando. Mientras yo intentaba arreglarme un poco lo observé, era muy guapo, demasiado atractivo, indescriptible a primera vista. Tan perfecto que parecía mentira, era imposible, ¿Me habría golpeado la cabeza y estaba alucinando? No había visto a un hombre así ni siquiera en las revistas, aunque estuviera vestido con un traje de tres piezas igual al que usaba Beláv, sólo que a él, le sentaba mucho mejor. El color café claro del traje, la camisa blanca, el pantalón del mismo café y esas botas altas, negras y muy brillantes que junto a su cabello negro, piel blanca y sus ojos azules lo hacían tener una apariencia fina, intachable e imponente. Tragué en seco, mi piel se estremeció y mi corazón comenzó a latir más rápido;
—Soy un tonto, estaba tan concentrado en la lectura, que no la vi venir. ¿Puedo hacer algo por usted?—Preguntó clavando su perfecta mirada en mí.
—No se preocupe. —Contesté reaccionando mientras me acomodaba el vestido y trababa de disimular—. Yo también venía distraída y fue una imprudencia de mi parte venir corriendo, pero le agradezco su gentileza.
—Por favor. —Insistió entregándome la canasta—. Quisiera enmendar lo que la hice pasar.
—No se preocupe, estoy bien. Es solo que ahora, tendré que lavar toda la fruta en el lago.
—¿Puedo acompañarla? Yo también tendré que limpiar mi libro.
Estando frente a frente con él, sentí como si de repente me hubiera encogido. Yo no era tan alta, pero él sí y eso me intimidaba. Su apariencia tan perfecta me estaba inquietando. Sin duda, su presencia me hacía sentir nerviosa y necesitaba disimularlo;
—Está bien, como quiera. —Respondí observando la portada—. Y perdón por lo de su libro, espero que a Maquiavelo no le importe que sus consejos a Lorenzo II de Médici se hayan ensuciado un poco.
—No se preocupe. —Notaba asombro, me miró fijamente tratando de dejar escapar una ligera sonrisa—. Veo que conoce de libros y sabe lo que dice, usted también trae uno en su canasta.
—Sí, bueno, lo acabo de comprar me gusta mucho leer, especialmente las novelas románticas. Este género es típico de las mujeres.
—Ya lo veo. —Sonrió quitándome gentilmente la canasta de las manos en el camino al lago—. Me llamo Loui y usted no es de por aquí, ¿Verdad? Es la primera vez que la veo.
—¿Cómo sabe eso? Hay mucha gente en el pueblo y no creo que todos se conozcan.
—Pues aunque no lo crea, el pueblo es pequeño y todos se conocen y usted, es alguien que no pasa desapercibida.
—¿No me diga que usted conoce a todos aquí? —Volví a preguntar haciéndome la interesante—. Puedo ser la hija del molinero, o del carpintero.
—No. —Contestó mirándome fijamente—. Usted es diferente, muy diferente.
—No lo creo. —Insistí queriéndome burlar—. Tengo dos brazos y dos piernas, también dos ojos, dos oídos…
—No se burle. —Su voz había cambiado en un tono más serio y autoritario—. No soy tan tonto como cree.
“Lo que me faltaba” —pensé—. “Alguien que tampoco entiende de bromas. ¿Será ley aquí que todo el mundo sea amargado?”
—Tiene razón, discúlpeme. —Respondí bajando la cabeza—. No era mi intención hacerlo sentir mal, lo último que necesito es sentir la seriedad de alguien más, no he tenido buenas experiencias con eso.
—No se sienta mal, perdón, discúlpeme usted a mí. —Habló en un tono más amigable, levantando mi cara con la punta de sus dedos en mi barbilla—. Pero, ¿De verdad no le ha ido bien? ¿Es una forastera y ya la han hecho sentir mal? Las personas del pueblo no tratan mal a los turistas y a todo esto, ¿Aún no me ha dicho su nombre?
—Es verdad, lo siento. —Reaccioné—. Me llamo Constanza y tiene razón, no soy de aquí, he venido por un asunto.
Llegamos a la orilla del lago y me incliné para lavar las frutas. Él también se inclinó conmigo y me ayudó, aprovechó limpiar su libro mojando su pañuelo de tela muy fina con una “L” de bella caligrafía bordada en una esquina y entonces, me dio la impresión de que no era una simple persona del pueblo. Después, me señalo un lugar tranquilo donde podríamos hablar a gusto si se lo permitía, a lo que accedí. Después de todo un picnic era mejor en compañía, así que nos sentamos en una pequeña colina que tenía la vista de un romántico puente;
—Si gusta puede acompañarme a merendar. —Lo invité mientras me sentaba en la hierba.
—Espero no ser inoportuno, veo que ya tenía sus planes. ¿Se queda en el hostal del pueblo?
—No, estoy en el castillo.
—¿En serio? Es una invitada entonces. Ya debe de haber conocido al “príncipe encantador”
—Pues no. —Ahora era yo la que estaba muy seria—. Y su tono sarcástico demuestra su falta de respeto.
—Perdón entonces, pero dicen que es un orgulloso, prepotente y egoísta al que no le importa nada. No me extraña que no lo conozca todavía.
—Pues eso dicen, pero yo no soy nadie para juzgarlo.
—¿Y puedo saber entonces qué hace usted allá? —Preguntó mientras tomaba una manzana entre sus manos.
—Disculpe pero, ¿No cree que está siendo un tanto metido? No puedo decirle cosas que no le importan, porque no lo conozco.
—Tiene usted razón, que bueno que es discreta y no una chismosa como lo son la mayoría de las mujeres.
—¡A vaya! —Exclamé sorprendida—. También usted tiene un concepto de las personas, en especial del sexo opuesto. ¿Tiene experiencia en el campo?
Por un momento se quedó quieto, miró la manzana que estaba comiendo y dejó escapar una ligera sonrisa;
—La verdad, no le he permitido al “sexo opuesto” darse la oportunidad de conocerme. Pero he viajado y he observado solamente.
—Hmmm… —Musité sorprendida por su “modestia”—. Quiere decir que soy la primera mujer que escucha su modestia, que honor.
—Así es. Es la primera mujer con la que estoy platicando por más de cinco minutos seguidos. —Muy sonriente dijo.
“Presumido, eso no lo creo. ¿Será verdad? Es imposible” —pensé.
—Será, porque me golpeó haciendo que mi canasta de provisión se cayera al suelo y quiso redimirse. —Respondí sin rodeos, tratando de evitar distraer a mi mente.
—Una cosa es que iba distraído. —Replicó—. Pero la que chocó conmigo fue usted que sabía por dónde iba, así que la que me debe la disculpa formal es usted.
“Touché” —pensé sabiendo que tenía razón.
—Ah sí… —Levanté una ceja queriendo mostrar indignación—. Tal vez, pero usted también apareció de la nada y…
En ese momento, se inclinó hacia mí invadiendo mi espacio personal lo que me puso un poco nerviosa.
Segunda Parte
Creí que me besaría lo que hizo que su atrevimiento me ruborizara, pero en realidad, su intención fue quitarme con su mano unas pequeñas hojas secas que tenía en el cabello. La verdad, sentí que por alguna razón la temperatura de mi cuerpo subió. ¡Qué calor la que sentía! ¿Era normal? Creo que no;
—¿Y será que hice que usted también cayera al suelo encima de mí? —Preguntó suavemente tirando las hojas al suelo—. Pero al rodar, después fui yo el que la golpeó y obviamente no podía ser tan descortés, no me gusta que las personas tengan una opinión equivocada de mí. Ya no busquemos el culpable y dejémoslo así, ambos tuvimos la culpa, entonces estemos a mano.
—Tiene razón y reconozco mi culpa. —Utilizando mi abanico para refrescarme un poco traté de disimular—. Qué bueno que todavía existan los caballeros y debo decirle, que también es la primera persona con la que estoy platicando amigablemente por más de veinte minutos desde que llegué a este lugar. Bueno, tal vez la segunda persona.
—¿No han sido muy amables con usted entonces?
—Sí, no me quejo de las atenciones que he recibido. Todos se han portado bien, pero la rigidez del protocolo del castillo no permite a las personas interactuar y eso hace el ambiente hostil.
—Y a usted… —Continuó un tanto tímido—, le gusta ser social ¿Verdad?
—Un poco también. Creo que a nadie le gusta hablar solo, al menos a mí no me gusta hablar conmigo misma, siempre termino peleando.
Mi comentario lo había hecho sonreír y estaba sintiendo que esa sonrisa estaba comenzando a dominarme;
—Puede confiar en mí. —Insistió—. Dígame, ¿Por qué está usted aquí? ¿Cuál es su misión?
Por un momento lo miré fijamente y me pareció alguien confiable y sincero, tal vez se convertiría en un amigo con quien charlar y con el cual poder desahogarme. Pero aún así, no dejaba también de darme desconfianza, era obvio, no sabía quién era;
—¿Por qué debo hacerlo? —Pregunté firmemente—. Lo conocí hace media hora y tal vez que no lo vuelva a ver. ¿Es espía de alguien que quiere perjudicar al príncipe?
—¡Caramba! —Exclamó sorprendido—. Qué desconfiada eres, tienes una gran imaginación. ¿Eres escritora?
—¿Ahora eres tú el que se burla? Contéstame.
Una gran carcajada salió de su ser, tanto, que se dejó caer en la hierba levantando sus brazos y acostando su cabeza entre sus manos;
—No soy ningún espía. —Continuó mientras notaba que yo intentaba mirarlo seriamente—. Y aunque lo fuera no me interesaría hacerle nada a ese príncipe, no sería necesario matarlo. Para comenzar, ya pertenece a una familia casi extinta, un linaje del que nadie sabe nada, él solo morirá en su encierro y su soledad. No valdría la pena hacerle nada, que lo prive de la agonía de una muerte lenta.
—¿Lo conoces tanto como para desearle eso? Eres la primera persona en este lugar que me habla así de él, veo que el poco afecto que le tienen está desapareciendo y eso ya me preocupó.
—¿Y a ti en que te afecta?¿No dices que todavía no lo conoces?¿Cómo le tienes afecto a alguien que no has visto todavía?
—Estoy aquí para darle tutorías, unas clases que necesita retomar.
—¿Clases? —Preguntó sorprendido levantando una ceja y torciendo un poco la boca—. Hasta hoy escucho que un príncipe de verdad, con toda la preparación que ha tenido siga necesitando clases a éstas alturas de su vida, ya es un hombre no un niño.
Estaba comenzando a sentir este asunto de las tutorías un tanto ridículas y ya no sabía cómo disimular la vergüenza, la verdad ya quería irme de Bórdovar, regresar a mi vida normal y olvidar las cosas que había pasado. Todo este asunto, ya no me hacía gracia, ya no me hacía sentir bien;
—A mí también me pareció algo extraño, —le dije cuando reaccioné—, y sé que debe de sonar tonto, pero así es.
—Hmmmm… y supongo que el niño malcriado se rehúsa a recibir sus clases, ¿No será que piensa que eres una maestra fea, vieja y gorda?
Recordé que el príncipe me conocía porque la noche que entré a su observatorio, él mismo me llevó en sus brazos a mi cama, pero eso lo guardaba en mi corazón y no lo iba a comentar con un desconocido;
—Pues… ¿No lo había pensado? —Sonreí—. Tal vez puede pensar eso, ya que no nos conocemos.
—Pues aparte de orgulloso, caprichoso y malcriado también es un tonto. Yo en su lugar ya hubiera averiguado como eres y me daría mucho gusto, recibir clases con una maestra como tú.
—¿Es un halago? —Pregunté intentando evitar ruborizarme.
—Tómalo como quieras. —Continuó mientras miraba fijamente hacia el cielo—. Solo quiero que sepas, que hay otras personas que pueden valer más la pena como para que tú pierdas tu tiempo con él. ¿Te das cuenta que tenemos un buen rato hablándonos de tú?
—No me había dado cuenta. —Contesté bajando la cabeza un poco apenada.
Ambos nos miramos y reímos al mismo tiempo. Era la primera vez que reía con ganas desde que llegué, realmente necesitaba hablar con alguien. Entre la plática y el refrigerio el tiempo se fue muy rápido y llegó el atardecer. Regresamos al pueblo y antes de llegar a la plaza, Loui se desvió un momento y me pidió esperarlo;
—¿Y esas flores? —Pregunté asombrada mientras venía hacia mí y me las entregaba.
—Son para ti. —Contestó sonriendo más abiertamente, haciendo que sintiera un revoloteo en el estómago—. Para compensar la extraña manera de habernos conocido, el mal rato que te hice pasar, mi atrevimiento y… además llevas todo en esa canasta, menos flores.
—Oh… que amable tu gesto. —Sin poder disimularlo le dije a la vez que admiraba las flores—. Tal vez al principio si fue un mal rato, pero después debo reconocer que me gustó hablar contigo, me hacía falta.
—Supongo que con la indiferencia del príncipe, ¿Tienes mucho tiempo libre?
—Pues sí, eso creo.
—¿Crees que podemos vernos mañana? Me gustaría conocerte más y mostrarte todo lo hermoso de este lugar. ¿Me dejarías ser tu guía?
—Me gustaría.
—Entonces nos veremos a media mañana. —Sonaba muy entusiasmado—. Te esperaré en el roble más grande que está junto al arroyo, en dirección a la parte sur del castillo. ¿Sabes llegar?
—Eso creo. —Estaba un tanto pensativa.
—¿Sabes montar?
—Sí.
—Muy bien, pero entonces llega caminando, yo te esperaré con los caballos. —De repente el sonido de su voz me estremecía, sonaba entusiasmado y eso me contagiaba. Su galantería me hacía sentir muy bien, me halagaba y más, cuando no permitió que Beláv abriera la puerta del coche, prefiriendo hacerlo él mismo.
—Está bien. Entonces, hasta mañana. —Me despedí con timidez intentando disimular mi rubor.
—Hasta mañana. —Respondió tomando mi mano para besarla, mientras me ayudaba a subir al carruaje, mirándome fijamente con sus bellos y penetrantes ojos azules, que me hicieron erizar aún más la piel. Me limité a sonreírle antes de que un hilo de voz me delatara y enseguida subí, sentándome con toda propiedad mientras él, se aseguraba de cerrar muy bien la puerta del coche, dándole a Beláv la orden de avanzar.
En el camino de regreso, no dejaba de pensar en la excitación que había sentido en las últimas horas. ¿Quién era este Adonis griego perfectamente esculpido? —Me pregunté al momento. Era guapísimo. No podía evitar ruborizarme cuando recordaba el haber chocado con él, era la primera vez que había estado de esa manera en los brazos de un desconocido y cuando se acercó a mí para quitar las hojas de mi cabello, una extraña sensación recorrió mi cuerpo y esa cercanía me dio sensaciones que… No sabía que podía sentirlas. Mi cuerpo había reaccionado de una manera que no conocía y sentí que todos mis músculos, —aún de los que no tenía conocimiento—, se habían activado al sentirlo tan cerca. ¡Dios que mirada tan intensa! Nunca olvidaré la belleza de sus ojos, había encendido mi ser como nunca antes alguien lo había hecho, eran del más perfecto azul cristalino que haya visto. No podía describir lo que me había hecho sentir cuando tomó mi mano; era suave, fina, fuerte y muy varonil. —“Obvio” —pensé, si a kilómetros se podía ver que era un hombre completo, muy completo, que todo lo tenía en su lugar y donde perfectamente todo, correspondía estar. Alto, de anchos hombros y fuerte pecho, a donde mi estatura llega precisamente, exactamente a su pecho. De piel blanca como el nácar y suave como la seda, labios perfectamente delineados y con el tono rosa muy bien definido, carnosos y deseables como para… Sin duda, era un muñeco bien hecho. Su contacto con mi piel, fue como si una corriente eléctrica me hubiera encendido algo que había permanecido tranquilo en mí hasta ese momento y en lo cual no me había permitido pensar, pero me había gustado mucho que lo hiciera. Al sentir su piel, una sensación de placer y curiosidad en mí había despertado y la temperatura de mi cuerpo, comenzaba a elevarse haciendo que sintiera más calor, del que ya estaba haciendo. Loui era un hombre único que estaba bien para mi gusto, muy bien pensándolo mejor, re-bien si me detenía a pensar sólo en él, excelentemente bien si comenzaba a maquinar y hacer que mis pensamientos se tornaran oscuros y tomaran otro rumbo. Un ejemplar como pocos, que parecía un sueño debido a su perfección. Muy, pero muy guapo y bastante atractivo físicamente, con un cuerpo muy bien formado, de cabello negro, largo a su cuello y esos hermosos ojos del más perfecto azul que había visto, me tenían completamente embobada. Su cálida piel de porcelana me hacía saborear y morderme el labio con solo recordarlo. ¡Dios recordar sus labios! Mostraban una belleza y una suavidad tan tentadora que incitaban a… No había visto labios tan perfectos como para… Oh… Su sonrisa. ¡Dios! Sentía que mi corazón latía descontroladamente, como si fuera un caballo salvaje y desbocado y el aire de mi abanico ya no era suficiente para refrescarme. No podría terminar de describir su belleza física, él era un hombre que realmente inspiraba todo. Absolutamente todo. Nunca había sentido algo así por un… Hombre y estaba comenzando a creer y a sentir que no era apropiado, su manera de ser era algo desconcertante y creo que eso me empezaba a atraer de él. Había conocido a alguien diferente en aquel lugar, alguien que me haría olvidar al príncipe por un momento y me ayudaría a disfrutar mi tiempo. Tanto me hizo distraerme, que me olvidé por completo del pañuelo que llevaba en la cabeza, lo había perdido y seguramente fue durante la caída con él en el parque, por lo que ya no tenía caso lamentarme. En cuanto llegué, le dije a Gertrudis que me consiguiera un jarrón con agua para las flores y colocarlas en mi tocador. Quería contemplarlas y recordarlo a él, cuando estuviera frente al espejo.
Después del baño y de la cena, esa noche me acosté plácidamente y la imagen de Loui jugaba en mi mente. ¿Ese hombre es de verdad? —Era la pregunta que me hacía. Era un extraño y me inquietaba, pero me había gustado mucho conocerlo y sentía que mi estadía en el pueblo había sido maravillosa ese día. El saber que volvería a verlo hacía que sintiera una revolución en todo mi cuerpo, especialmente en mi estómago y un poco más abajo. Me hacía reír cuando recordaba cómo nos habíamos conocido. A veces es bueno chocar con alguien porque no sabes quién puede ser y en ese momento, Loui había venido a ser como un bálsamo que vino a refrescarme y a darme un poco de paz y alegría cuando más lo necesitaba. Él era bellísimo, incomparable, único y sentía que lo había conocido, justo a tiempo.
Capítulo V
El paseo y una carta no grata
Primera Parte
Un hermoso día soleado había amanecido y de la emoción que había vivido casi no pude dormir. Me sentía en las nubes, deseaba seguir soñando y que nadie me interrumpiera, pero como todos los días Gertrudis corrió las cortinas y me llevó el desayuno;
—Buenos días señorita. —Me observaba detenidamente—. Tiene un semblante diferente esta mañana.
—¿De verdad? —Pregunté ruborizada.
—Sí. Su rostro le ve iluminado. —Continuó mientras ponía la charola en mis piernas—. Parece que disfrutó mucho su estadía en el pueblo ayer.
—Sí. —Casi en un hilo de voz respondí mientras tomaba mi jugo—. Fue una experiencia inolvidable.
—Su baño ya está listo, ¿Piensa salir hoy de nuevo?
—Sí, pero no al pueblo. Hoy quiero caminar un poco por uno de los senderos que hay aquí, ¿Cómo puedo llegar a un arroyo rodeado de robles?
—Veo que quiere ir un poco más allá. Puede salir por el jardín de las rosas rojas que está en dirección al sur, no se perderá, sólo camine derecho sin desviarse y al final podrá ver los robles, entonces sabrá que llegó al arroyo, ¿Desea que le ensillen su caballo?
—No, prefiero caminar. ¿Está muy lejos?
—En caballo llegaría en diez o quince minutos, pero caminando puede tardar el doble o más. Con el calor llegará exhausta al arroyo y no podría ir más allá, tendría que descansar mucho para poder regresar. ¿Desea que le preparen su canasta con un pequeño refrigerio?
—Oh sí. —Estaba emocionada—. Es buena idea. Pero no tan pequeño, la caminata puede darme mucho apetito.
Sólo yo sabía lo que había dicho y reí con satisfacción en mis adentros. Me entusiasmaba mucho la idea de compartir otro picnic, con él.
—Tiene razón, una comida al aire libre junto al arroyo hará que se enamore más de este lugar.
“Sí…” —Pensé bajando la cabeza y dejando escapar una ligera sonrisa.
Era obvio que no podía disimular. Después del baño, me arreglé de nuevo con la ropa más sencilla que pude encontrar. Me sentía feliz y eso nubló mi cabeza, generalmente yo era muy desconfiada, pero no sé porque razón confiaba en él. Bajé a la cocina y una de las mucamas me dio la canasta, ya con todo preparado;
—También lleva una botella de vino y una copa.
—Puede ponerme otra copa, me gusta ser precavida.
—Sí, por supuesto.
—No he visto a Randolph, quisiera decirle que voy a salir.
—El señor está reunido con unas personas y sus reuniones son muy largas. Es posible que se desocupe hasta la tarde, pero no se preocupe, Gertrudis le avisará. Váyase tranquila.
—Gracias.
Salí por el jardín de las rosas rojas como me dijo Gertrudis, caminé por un largo sendero y aproximadamente en media hora logré divisar los robles. A medida que avanzaba, sentía una emoción extraña, como si estuviera feliz por volver a ver a Loui. ¿Cómo era posible? Apenas lo conocí y ya quería volver a verlo, mis sentimientos me estaba confundiendo y eso también me estaba dando temor.
Cuando llegué, pude ver que en el roble más grande estaban dos caballos, pero a Loui no lo miraba por ningún lado. Me acerqué para acariciar a los equinos, cuando de repente, él saltó desde una rama del árbol asustándome;
—Hola. —Saludó de lo más tranquilo.
Poco le falto a mi alma salirse del cuerpo. Tremendo grito pude dar. Me sentía apenada;
—¿Es una costumbre tuya aparecer tan de repente? —Le pregunté cuando me repuse del susto.
—¿Por qué te pones tan nerviosa? —Preguntó sonriente—. No fue mi intención asustarte.
—Lo siento, es que… no, no importa, me da gusto que hayas sido tú.
—Veo, que te gustan las canastas. ¿Creíste que un lobo feroz te iba a comer?
—Ja… ja… ja… —Contesté con sarcasmo ante su broma. —Muy gracioso.
—Vamos, quita esa cara. Déjame colocar la cesta en el caballo.
—Este lugar está bonito, ¿No nos quedaremos un rato?
—Soy tu guía, ¿Lo olvidas? —Tomando mi mano la besó y me miró fijamente—. Voy a enseñarte un lugar mejor que este.
“Me va a dar algo” —pensé—. “Esto de los besos en la mano me estaba gustando, era un gesto muy galante y viniendo de él, me estaba provocando sensaciones indescriptibles.”
Enseguida me ayudó a montar y nos fuimos a trote lento. A medida que nos adentrábamos al bosque me sentía más fascinada por el paseo, —o por la compañía—. Loui me mostraba todo lugar por donde pasábamos, me gustaba escuchar el sonido de su voz y su manera de hablar. Poco a poco, el camino se hacía más empinado hasta llegar a una hermosa planicie, de donde se podía divisar todas las tierras;
—Aquí quería llegar. Quería mostrarte esto.
—Es maravilloso. —Le dije entusiasmada admirando todo—. Realmente que el panorama desde aquí vale la pena.
—Todavía no estamos en la cima, pero no es necesario llegar hasta allá.
—Mejor. A veces, las alturas hacen que me falte la respiración y el clima aquí, es perfecto.
Bajó de su caballo y enseguida me ayudó a desmontar a mí también. El montar de lado para mí era incómodo y al momento de bajarme, el pie izquierdo se me atoró en el estribo, si él no hubiera estado listo a sujetarme me hubiera caído, —sólo esperaba que él no creyera que lo había hecho de manera intencional, me daba vergüenza—. En ese momento, cuando me tomó en sus brazos y quedamos lo más cerca posible cara a cara, sentí una emoción tremenda; mi cuerpo comenzó a temblar y mi piel reaccionó con múltiples sensaciones sintiendo calor y frío a la vez. Sentía ese cosquilleo en el estómago y la tensión muscular, se había enfocado en un solo lugar. De haber estado enamorados, ese hubiera sido el momento perfecto para un primer beso, porque nuestras narices quedaron a escasos centímetros;
—Tus labios, huelen a cerezas. —Susurró suavemente.
En ese momento, sentí que mi cerebro dejó de funcionar y el corazón deseaba salirse de mi pecho. Seguramente, escuchó mis exagerados latidos, me puse muy nerviosa y lo único que se me ocurrió fue bajar la cabeza. Estaba muy ruborizada;
—Es un brillo hidratante. —Me limité a decir cuando reaccioné, tocándome los labios con la punta de mis dedos.
Sentía demasiada pena como para seguir mirándolo a los ojos. Esos hermosos y penetrantes ojos de un azul perfecto, que por un instante, casi hacen que me derrita en sus fuertes brazos. Sólo sus ojos, eran un lenguaje increíble. Sin duda, una poderosa carta de presentación.
Él sonrió, seguidamente nos separamos y la timidez nos abarcó por un momento. Se retiró para amarrar a los caballos y yo, con la canasta en mano caminé para buscar el lugar perfecto donde sentarnos. La vista de ese lugar era hermosa, verdes campos por todas partes, se veía el arroyo y un enorme río que pasaba más largo;
—Cuidado te enamoras. —Susurró nuevamente con suavidad, acercándose a mi oído con una ligera sonrisa, cuando me escuchó suspirar.
—¿Qué? —Pregunté asustada dando un brinco, tartamudeando y aturdida—. No, no, no… ¿De qué?
—De todo esto. —Especificó sujetándome la canasta y preparándonos para sentarnos—. He notado, que pareces inspirarte y no eres indiferente a lo que te está rodeando. ¿Qué piensas cuando ves el paisaje?
Que tonta había sido, no supe cómo reaccionar a eso de “cuidado te enamoras.” Era imposible que no me hubiera notado, fui muy obvia;
—Que observador eres. —Contesté como si nada hubiera pasado—. Pienso muchas cosas, la hermosura de este lugar merece disfrutarse escuchando la música de los grandes maestros y también merece plasmarse en el arte de la pintura.
—Vaya, si que te inspiras. ¿También eres poeta o escritora?
—Podría ser. No sería difícil escribir poemas o narrativa aquí.
—¿Te gusta leer y escribir verdad?
—¿Cómo sabes eso?
—Es obvio, te gustan los libros. Se ve que eres una persona culta.
—Gracias.
El tiempo de nuestro picnic pasó muy rápido y estando junto a él deseaba que fuera eterno. No sé qué era lo que me estaba pasando, pero me gustaba estar con él, disfrutaba su compañía, hablábamos de muchas cosas y parecía que teníamos algunas en común como por ejemplo los libros, de los cuales él quería saber mi opinión de algunos. También me habló un poco sobre la historia de Bórdovar y entonces entendí del porqué, de la pintura de Lohengrin y el emblema con los símbolos del caballero cisne. Al parecer y según la leyenda, la creación del reino tenía que ver indirectamente con la leyenda del rey Arturo y el noble caballero Percival, Perceval, Parsifal o Parzival como lo quieran nombrar. Según una leyenda, su hijo Lohengrin continuó el linaje del ducado de Brabante, hasta que un descendiente de sus hijos llegó a estas tierras en el siglo XIV tras una terrible tormenta que los hizo naufragar. Era una historia fascinante, que hacía que aparentemente por la sangre del príncipe corriera una sorprendente mezcla sanguínea galesa y sajona, no sólo por eso sino también por sus antepasados por parte de padre y porque al parecer por parte de madre, la sangre francesa, italiana, española, inglesa y normanda se había mezclado. “Sin duda eso lo haría ser un hombre muy guapo” —pensé en el momento. Pero aún estaba en tela de juicio la autenticidad del reino, lo que hacía que Bórdovar, no fuera una monarquía reconocida para el resto del mundo, ya que desde el principio de su fundación, también se mostró neutral en las guerras libradas por las demás potencias a lo largo de la historia. Al igual que se mostró en contra de la piratería, no apoyó ni patrocinó las expediciones de las conquistas al nuevo mundo y siempre se mostró en contra del esclavismo. No cabe duda que su fundador, tenía muy firmes los valores que —según la leyenda—, practicaban los caballeros de la mesa redonda como ser: justicia, equidad, lealtad, integridad, prudencia, generosidad y amabilidad. Sé que no tenía sentido y se trataba sólo de una leyenda, pero no me iba a poner a discutir datos históricos con alguien nacido en Bórdovar y que seguramente sabía más que yo, aunque deseaba preguntar muchas cosas. Buscaría en la biblioteca las historias del rey Arturo porque entre Parsifal, Lohengrin y ese episodio en donde se convirtió en duque de Brabante había un largo trecho que no encajaba. Realmente, estaba en un mundo de fantasía y deseaba saber más. Cuando ya habíamos terminado de comer y se adentraba la tarde, con el último sorbo del vino Loui me propuso un brindis;
—¿Por qué brindamos?
—Por nosotros. —Me contestó guiñándome un ojo y mostrando su bella sonrisa que iluminaba más mi día—. Por habernos conocido y por la amistad que está naciendo. Porque dure mucho tiempo.
—Porque la amistad dure mucho tiempo. —Repetí muy feliz y ruborizada.
—Entonces, salud.
—Salud.
Nos miramos fijamente y sentimos que las palabras sobraban en ese momento. Sólo nuestros pensamientos, sabían cómo hacer volar nuestras mentes a un mundo sólo para los dos y creo que ambos deseábamos saber lo que pensábamos el uno del otro, escudriñando hasta lo más profundo de nuestro ser. Sonamos las copas y bebimos. Al observarlo en silencio sin que lo notara me fijé en algo, rozaba su mejilla derecha con la punta del índice de su mano derecha, lentamente de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, en ese ritmo. ¿Sería algún tic? No lo notaba nervioso, estaba relajado y pensativo, pero de lo que estaba segura era de que al ver eso, mi piel se estremecía al imaginar que ese roce era en mí e inconscientemente comencé a rozar mi cuello de la misma manera, ver eso me hipnotizaba. Sin decir nada, bebiendo el último sorbo me miró y seguidamente se levantó para traer los caballos mientras yo, reaccionaba de un solo golpe tratando de disimular y recogiendo todo. Al observarlo venir con los caballos, se reflejó en él un rayo de sol, tenía un porte muy aristocrático que lo hacía ver irresistiblemente bello, con su camisa blanca de cuello alto y escote pronunciado, que le dejaba ver parte de sus minúsculos vellos en su pecho perfectamente esculpido. Se podía notar una personalidad que lo dejaba ver agresivo e imponente, con esa capa marrón que le ondeaba con el viento y le dejaba ver los vuelos de las mangas de su camisa. Su pantalón color beige, le ceñía la forma de sus gruesas piernas y esas botas negras, altas y brillantes le realzaban el porte y la presencia y —junto con la fusta en su mano—, me hacía verlo como el imponente amo de todo. Me pareció tan gallardo y varonil, que parecía haber salido de una pintura de finales del siglo XVIII o principios del XIX. —“Mi Darcy personal” —pensé suspirando y asociándolo inmediatamente, con mi galán literario preferido. Eso hacía que mi mente volara y ya no supiera que pensar. Me sentía en una completa fantasía y más, estando junto a él;
—Si no te gusta montar de lado, ¿Por qué lo haces?
—Porque me dijeron que no podía montar como un hombre. —Le contesté reaccionando y disimulando—. Es costumbre de las damas, montar de lado, al menos aquí.
—Pero si no te gusta no lo hagas.
—Lo sé, pero debo de respetar las costumbres de aquí y no molestar al príncipe.
—Ah… —Cambió el semblante, estaba un tanto serio—. Es por él.
—No quiero meterme en problemas. No en más.
—¿Tienes problemas?
—Loui… no quiero pensar en eso, no hoy que me has hecho pasar un día hermoso.
—Está bien, tienes razón. No vamos a arruinar el día, hablando de alguien que no vale la pena.
—Loui…
—Pero cuando estés conmigo —continuó firmemente—, puedes montar como quieras. Monta como hombre, si te hace sentir más cómoda ahora y veremos quién baja primero.
—No es justo. No voy a bajar la montaña corriendo en un caballo, no soy tan buen jinete. Voy a montar con una pierna de cada lado pero no correremos, ¿Está bien?
—Está bien, como quieras. —Contestó mostrándome de nuevo su encantadora y seductora sonrisa mientras amarraba la cesta al caballo. Me ayudó a subir y montar como hombre y la diferencia, era enorme. Me sentía más segura de dominar al caballo. Bajamos a buen paso tranquilamente, hasta llegar de nuevo a la planicie;
—Ahora sí, te reto a una carrera hasta el arroyo.
—¿Otra vez? —Pregunté mientras él me guiñaba un ojo de nuevo muy sonriente. Esa sonrisa me hipnotizaba, me estaba haciendo perder los sentidos y me hacía decirle “sí” a todo y lo peor, es que no sabía porqué y eso me molestaba—. Está bien, pero no te prometo nada.
—A la una… a las dos… y a las… ¡Tres! —Exclamó.
Segunda Parte
Impulsamos los caballos y corrimos como el viento. Los colores del ocaso se veían bellísimos, nunca antes había sentido tanta libertad. Obviamente, Loui llegó primero haciendo alarde de su experiencia y diciéndome con su modestia, que me dejaría ganar la próxima vez. Al llegar al arroyo, sabíamos que nuestro día había terminado y me invadió la nostalgia;
—Podemos ir más allá, se está haciendo más tarde y no quiero que camines sola este trayecto. Estaré más tranquilo, viendo que llegas sana y salva al castillo.
—Gracias por preocuparte por mí. —Le dije ruborizándome un poco—. Agradezco tu compañía.
Seguimos montando a paso lento. Deseaba que el tiempo se detuviera y seguir escuchando su voz. A unos cuantos metros, de donde ya se podía ver el jardín del castillo, Loui bajó de su caballo y otra vez me ayudó a bajar también. Por un momento todo quedo en silencio entre nosotros;
—Ya estamos aquí. —Su tono de voz sonaba diferente, mientras desataba la cesta de la montura del caballo.
—Gracias, por hacer mi estadía aquí más agradable. —Le dije con un poco de melancolía.
—¿Podemos vernos mañana otra vez? —Preguntó suavemente tomando mi mano de nuevo.
¡Ay Dios! Sentía que las piernas ya no me querían responder y esa bendita corriente eléctrica que me recorría hirviendo en el cuerpo, hacía bombear con fuerza mi corazón. El caballo salvaje, quería salir corriendo desbocado otra vez;
—Me gustaría. —Contesté tratando de disimular—. Pero, si salgo todo el día sin dar explicaciones me podría acarrear más problemas.
—¿Te gustaría que fuera después del almuerzo? —Insistió—. Ven aquí mismo, te estaré esperando.
—Está bien. —Le dije más animada—. Hasta mañana.
—Te estaré esperando. —Sentenció dulcemente mientras besaba mi mano y me veía marchar.
Llegué al castillo y subí a mi habitación. Gertrudis entró para decirme que Randolph deseaba hablar conmigo después de la cena en la biblioteca, entonces le dije que me preparara el baño antes de cenar. Estaba un poco cansada y la verdad ese día deseaba acostarme temprano.
Entré silenciosamente a la biblioteca y Randolph ya estaba esperándome, no me escuchó entrar porque estaba distraído observando quien sabe qué por la ventana. Seguramente el cielo estrellado o la luna, su mente parecía lejos y al acercarme un poco, pude escucharlo musitar una melodía, me era conocida pero no lograba recordarla. Me dio pena sacarlo de sus pensamientos, seguramente algún recuerdo, pero no tuve otra opción. Intentando disimular su estado de ánimo cuando me vio, me dijo que nos sentáramos a platicar porque deseaba saber cómo habían estado mis paseos, ya que desde el día anterior por la mañana no nos habíamos vuelto a ver. Le habían dicho que salí de nuevo y como es la persona encargada y responsable de comunicarle al príncipe todo lo que sucede en su ausencia, quería saber cómo me había sentido;
—Ha sido un tiempo muy agradable. —No podía disimular mi felicidad—. Me hubiera gustado decírselo antes, pero me dijeron que atendió unas visitas por la mañana.
—Así es. En ausencia de su alteza yo me encargo de los asuntos del estado y tuve que recibir a algunos ministros.
—Es usted muy importante, el príncipe confía plenamente en usted.
—Gracias a Dios he sabido ganarme el afecto de su alteza o el poco que le queda. Como ya lo sabe, nos conocemos desde hace mucho tiempo y he tratado de ser un padre para él, pero dígame, ¿Disfrutó mucho su visita al pueblo? ¿Conoció otras personas?
Una ligera sonrisa se me escapó ruborizándome y bajé la cabeza;
—Señorita, su sonrisa es muy obvia, a otra persona podrá engañar pero no a este viejo. Da la impresión de que parece estar enamorada.
—¿Qué? No, no, no… —Me había hecho tartamudear—. Enamorada yo, ¿De qué…? No, no, no…
—Enamorada de este lugar. —Contestó sonriendo—. He observado y me han dicho que usted disfruta mucho ver el paisaje y pasear al aire libre. No se sienta mal por eso, tal vez conoció a alguien nuevo, ya que usted es muy joven y bonita y una mujer así, no pasa desapercibida en ningún lado. Aunque no lo crea, todos en el pueblo se conocen.
¡Dios! Otra vez había caído, ¿Qué me pasaba? Este lugar me hacía sentir la mujer más tonta del planeta;
—Randolph… —Le dije sorprendida—. Es la segunda persona que me dice lo mismo.
—¡Ah… ya ve! —Exclamó—. Quiere decir que si hay alguien, no se apene por eso. Usted no tiene un compromiso con alguien, así que es libre de relacionarse y de tener un amigo en el pueblo, que espero le haga su estadía más agradable.
—Está bien, voy a confiar en usted. —Terminé soltando el aire—. Conocí casualmente a un joven ayer y al ver que soy una turista aquí, se ha ofrecido a servirme de guía y mostrarme todos los lugares que conoce.
—Ah… ¿Y este buen samaritano tiene un nombre?
—Se llama Loui. Con él salí hoy y me llevó a conocer un lugar precioso, es muy agradable.
—Me da gusto que tenga un amigo aquí. Entonces, ¿Fue él el que le dio las flores? Discúlpeme, pero la vi llegar ayer con un hermoso ramo.
—Randolph, ¿Recuerda que usted me dio dinero? Pude haberlas comprado, ¿Qué le hace pensar que él me las dio?
—Señorita —dijo sonriendo—, usted aquí puede tener todas las flores gratis que quiera y todavía no ha cortado una sola. ¿Para qué comprarlas? Además, no le está por demás a un joven demostrar galantería ante una mujer como usted, solo recuerde ser discreta en lo que se relacione al príncipe. Usted ya es parte de esto y no está bien visto, ni es conveniente que alguien extraño conozca información personal de su alteza. ¿Me entiende?
—No se preocupe, yo sé perfectamente que no es conveniente que personas ajenas al príncipe conozcan sus asuntos personales. Él ya conoció mi posición en cuanto a su alteza y la respeta.
—Que bueno. Me da mucho gusto saber que piensa así y ya no la molesto más, se ve que está cansada, suba a dormir y que tenga dulces sueños.
—Gracias.
Subí de nuevo a mi habitación y me quedé sorprendida por la conversación con Randolph. Era alguien a quien no se podía subestimar, pero también era muy discreto algo que lo hacía muy confiable. Apagué las luces y me senté un rato en la ventana para recordar mi día, ¿Qué tanta razón tendría Randolph cuando me dijo “enamorada”? No creo que se haya referido al paisaje, Loui también lo había mencionado. ¡Ay Dios…! ¿Sería de verdad tan obvia? Debía de tener mucho cuidado con mi actitud y ser más fuerte, pero es que al pensar en él realmente el rostro me cambiaba y su cara era lo único que veía en mi mente. Tenía que luchar contra lo que estaba comenzando a sentir, porque aunque me rehusaba y no quería reconocerlo, creo que me estaba empezando a enamorar de él, ¿Pero cómo podía ser si apenas lo había conocido y no sabía nada de él? ¿Sentiría él también lo mismo que yo? Esto no tenía sentido, yo estaba de visita y tendría que irme algún día, no podía hacerme ningún tipo de ilusiones pero…
El pensar en todo eso me cansaba, ya no quería seguir peleando conmigo misma y me dispuse a dormir. Necesitaba descansar ya que saldría de nuevo con él y eso me ilusionaba. ¿Por qué quería verlo otra vez? ¿Qué me estaba pasando? Ahora tendría que luchar con el sueño también, ya no era sólo la espera del príncipe lo que no me dejaba dormir, ahora era Loui, el chico del pueblo al que deseaba ver otra vez. Era él, el que me había quitado el sueño ahora y acostándome boca abajo como era mi costumbre, abracé una de las almohadas y me dispuse a dormir placenteramente, pensando en él.
Otra hermosa mañana había amanecido y también quería disfrutar mi desayuno en el jardín. Veía hacia todas direcciones, esperando ver si Loui aparecía por alguna parte a lo lejos, pero creo que eso ya era obsesión. Deseaba que el tiempo de la mañana se fuera rápido para podernos encontrar. Estando sumida en mis pensamientos, de repente Randolph llegó a donde estaba yo, con un semblante de preocupación;
—Señorita, acaba de llegar esta carta y no son buenas noticias.
Comencé a preocuparme y a pensar en todo. ¿Mi familia? No, no era posible, nadie sabía dónde estaba yo, ni siquiera yo misma lo sabía. ¿El príncipe? ¿Loui? ¿Me habría mandado a decir que no podíamos vernos? No, no, no, si la carta hubiera sido para mí, Randolph no la hubiera leído;
—¿Qué pasa?
—Su excelencia el duque de Kronguel, Rodolfo, anuncia su llegada.
—¿Cuándo?
—No lo dice claramente, seguramente quiere que estemos a la expectativa, conoce la situación del príncipe y eso hará que se aproveche.
—Por favor Randolph, cuénteme más sobre este duque Rodolfo.
—Es tío del príncipe. Es el único pariente que queda del rey Leopoldo, su primo para ser exactos, es el heredero del ducado de Kronguel, la región más rica y próspera de Bórdovar. Pero también desde que era joven y heredó el título, ha sido indiferente a su posición y a su responsabilidad frente al ducado. Es el segundo en sucesión a la corona y de no hacerlo él, tiene a su única hija, la baronesa Regina, la cual estaba comprometida en matrimonio con el príncipe.
—¿El príncipe está comprometido? —Pregunté sorprendida.
—Lo estaba. La reina Leonor nunca estuvo de acuerdo con esa decisión y antes de morir el rey, se abolió esa ley para liberar al príncipe de su compromiso. Fue un acto de expiación y redención por todo lo que le hizo pasar a su hijo, como también, fue algo que le molestó mucho al duque y obviamente, no iba a quedarse tranquilo por eso. Sabe que si su hija no es princesa por matrimonio, entonces él la convertirá en princesa una vez que ascienda al trono y así, se podrá perpetuar el linaje real. Pero vendrá a deshacer los planes de progreso que tenía el rey para su pueblo, someterá a todos a la ignorancia para poder dominar y todo lo que se conoce cambiará. Estoy seguro, que sabe que usted está aquí para ayudar al príncipe y no va a quedarse de brazos cruzados.
—¿Qué intenciones tendrá? En el pueblo me dijeron que muchos se irán de aquí, si el duque llega para quedarse.
—Es un hombre déspota y cruel. Y la paz que se conoce desaparecerá si llega a ser rey. Desea un régimen cuya totalidad de los poderes se concentren en una sola persona, él. Esa es su ambición y será un tirano. Siempre envidió al rey Leopoldo por su sabiduría para gobernar y por el cariño que su pueblo le profesaba, en especial el amor que le tenía la reina. Su excelencia se enamoró obsesivamente de ella, cuando en la fiesta de coronación del rey Leopoldo la conoció, es cierto que estaba soltera pero era la novia del rey y poco después se celebró el compromiso matrimonial de ellos. Su excelencia quiso evitar que se casaran, pero no lo logró. Luego, ella se convirtió en reina y aún después de su coronación quiso seguir cerca de ella, pero la reina conocía sus intenciones y no se lo permitió, así que ella misma le pidió que dejara la corte o tendría problemas.
—¿Esos problemas serían con el rey?
—Así es, si el rey se daba cuenta que su primo pretendía a su esposa esto hubiera acabado en una tragedia familiar, así que la reina fue muy sensata en eso.
—Sí, muy sabia.
—Creo que una de las razones por la que el duque no quería el matrimonio de su primo, era obviamente, por los herederos que vendrían y porque eso, lo alejaría aún más de la línea de sucesión. Tenía celos por no haber tenido a la reina Leonor y tenía desesperación porque no llegaría a ser rey en poco tiempo.
—¿Y entonces se fue y nunca volvió?
—Sí, pero no soportaba ver lo felices que los reyes eran. Ver que se amaban le enfermaba más el corazón y su odio crecía. Sólo regresó dos veces más; cuando nació el príncipe por invitación del rey y poco antes de morir la reina, que fue cuando se pactó el compromiso de los niños.
—Entonces, ¿Él se casó también?
—Sí, pero no por amor. Su pasión y deseo eran para la reina Leonor, pero él tenía que asegurar su descendencia también y por eso lo hizo. Lástima que su primogénita fue mujer y su esposa murió en el parto, él deseaba un varón del cual sentirse orgulloso y realizado para que heredara sus blasones y fortuna. Pero el nacimiento de su hija lo decepcionó, así que el destino de ella fue peor que el del príncipe y para compensar a la niña por el desprecio de su padre, el rey Leopoldo le otorgó el título de baronesa de Branckfort, la región sur de Bórdovar, el mismo día que se comprometió al príncipe.
—¿Cree que al duque no le hizo gracia la baronía para su hija? Digo, tal vez otro título con grado más alto para ella… no sé, tal vez eso tampoco le hizo gracia. Si es ambicioso esperaba algo más.
—Eso pensamos en su momento, pero tanto el marquesado como el condado ya estaban representados y monárquicamente, era lo más lógico para ella siendo hija de un duque. Pero con hombres como él, no se queda bien de ninguna manera.
—¡Vaya, que historia! Parece un cuento, ¿Y entonces?
—El príncipe jamás hizo caso a ese compromiso. Eran unos niños y apenas se recuerdan, él tenía siete años y ella cinco. Pero su excelencia contaba con el futuro de su hija asegurado por esa boda y aunque no llegara a ser rey, siendo el padre de la reina entonces trataría de acercarse de nuevo al trono. Sabiendo que es el segundo en sucesión, le conviene que el príncipe no cambie y no llegue a ser rey. Ahora ve una gran oportunidad que no va a desaprovechar.
Mientras Randolph me seguía contando más sobre este duque, esa mañana en el jardín pasó rápidamente. Él conocía la historia de la familia real, porque la reina en confianza una vez se había desahogado con él, contándole el temor que sentía con respecto al duque y su amor enfermizo. La intuición femenina rara vez se equivoca cuando presiente algo, puede ser que la reina sentía el acecho del duque, incluso cuando no estaba cerca de ella y por ser un asunto tan delicado, no podía hablarlo abiertamente con su esposo evitando así una tragedia. Es natural que buscara en Randolph, a la persona con la cual liberar la angustia de su corazón un poco, ya que él estaría cerca del príncipe y la entendería. El rey nunca supo de eso y quedará la duda de saber si el destino hubiera sido diferente y que decisión se hubiera tomado en cuanto al lugar del duque en la sucesión. Le propuse a Randolph que le avisara al príncipe sobre esto, esa carta del duque anunciando su llegada parecía haber quitado la paz a todos y lo peor, era que llegaría por sorpresa. A partir de ese momento, cada día que pasaba era diferente, había tensión, porque en el momento menos pensado, el duque llegaría a Bórdovar.