43
Cuando llegué al Hotel Delfín, había tres chicas en recepción. Salieron a recibirme sonrientes con el impecable uniforme de siempre y la blusa de un blanco inmaculado. Yumiyoshi no estaba entre ellas. Me llevé un chasco. Aunque la palabra desesperación seguramente describe mejor lo que sentí. Estaba firmemente convencido de que nada más llegar allí me la encontraría. Que no estuviera me dejó sin habla. Ni siquiera pude pronunciar correctamente mi nombre y, al final, la sonrisa de la chica que me atendió acabó atiesándose un poco, como si hubiera perdido fuelle. Tras mirar recelosa mi tarjeta de crédito, introdujo los datos en el ordenador y comprobó que no era robada.
Me dieron una habitación en la decimoséptima planta. Subí, dejé el equipaje, me lavé la cara en el lavabo y bajé al vestíbulo. Luego me senté en uno de los mullidos sofás y, mientras fingía leer una revista, observaba de soslayo la zona de recepción. A lo mejor Yumiyoshi estaba tomándose un descanso. No obstante, pasados cuarenta minutos, Yumiyoshi seguía sin aparecer. Las tres chicas, indiscernibles con el mismo peinado, seguían trabajando. Una hora después desistí: Yumiyoshi no estaba descansando.
Salí a la calle y compré un periódico. Después entré en una cafetería y mientras me tomaba un café me lo leí de cabo a rabo con la esperanza de encontrar algún artículo que me interesase.
Pero nada. Ni una sola noticia relacionada con Gotanda o Mei. Sólo se hablaba de otros asesinatos y otros suicidios. Mientras leía, me imaginé que al volver al hotel me encontraría a Yumiyoshi en recepción. Tenía que ser así.
Cuando regresé, una hora después, Yumiyoshi no estaba allí.
Me pregunté si habría desaparecido del mundo repentinamente. Como si se la hubiera tragado la pared, por ejemplo. Sentí una tremenda desazón. Probé a llamar a su piso. Nadie atendió al teléfono. Llamé a recepción y pregunté por Yumiyoshi. «Desde ayer está de vacaciones», me informó otra chica. Se reincorporaría al trabajo dos días después. ¿Por qué no la avisé antes?, me recriminé. ¿Cómo no se me ocurrió llamarla por teléfono?
En Tokio, sólo pensaba en subirme a un avión y volar a Sapporo. Se me había metido en la cabeza que, simplemente yendo a Sapporo, me encontraría con ella. Ridículo. ¿Cuándo había sido la última vez que la había llamado? Desde la muerte de Gotanda no lo había hecho ni una sola vez. Incluso desde mucho antes, pensé. No la llamé desde que Yuki vomitó en la playa y me dijo que Gotanda había matado a Kiki. Demasiado tiempo. La había desatendido durante muchos días. Ignoraba si en el ínterin le habría ocurrido algo. Podría haberle sucedido muchas cosas.
Si la hubiera llamado, no habría sabido qué contarle. No podía hablarle de nada. Yuki me había dicho que Gotanda había asesinado a Kiki. Y después Gotanda se había arrojado al mar. Yo le había dicho a Yuki: «Tranquila, no es culpa tuya». Kiki me había revelado que no era más que mi sombra. ¿Cómo iba a contarle todo eso por teléfono? Imposible. Lo primero que quería hacer era mirarle a la cara. Luego ya pensaría en qué debía decirle. Por teléfono no podía contarle nada.
Estaba intranquilo. ¿Se la habría tragado una pared y ya nunca podría volver a verla? Eran seis esqueletos. Ya sabía a quiénes pertenecían cinco de ellos. Pero faltaba uno. ¿Quién sería? Una vez que caí en la cuenta, ya no pude estarme quieto. El pecho me palpitaba con tal fuerza que me costaba respirar. El corazón se me hinchó de tal forma que parecía que iba a romperme las costillas. Era la primera vez en mi vida que me sentía así. ¿Estaría enamorado de Yumiyoshi? No lo sabía. Sin tenerla delante y ver su cara, no podía pensar en nada. Probé a llamarla a su piso tantas veces que me acabaron doliendo los dedos. Pero nadie respondió.
Me costó dormirme. Y cuando lo hice, la intranquilidad me perturbó el sueño una y otra vez. Me despertaba sudando, encendía la luz y miraba el reloj. Eran las dos, las tres y cuarto, las cuatro y veinte. A las cuatro y veinte ya no pude volver a conciliar el sueño. Me senté junto a la ventana y observé cómo se iba iluminando la ciudad mientras escuchaba mis propios latidos.
Yumiyoshi, no me dejes más solo de lo que estoy, le rogué. Te necesito. No quiero seguir solo. Sin ti, siento que una fuerza centrífuga me va a arrojar hacia la otra punta del cosmos. Te lo pido por favor: déjame ver tu cara, sujétame. Quiero que me sujetes al mundo real. No quiero unirme al Club de los Fantasmas. Soy un tipo de treinta y cuatro años como cualquier otro. Te necesito.
Desde las seis de la mañana estuve marcando su número de teléfono. Cada media hora me sentaba delante del aparato y giraba el disco. Pero nadie respondía. Junio es una estación fantástica en Sapporo. El deshielo había terminado hacía tiempo, y la tierra dura y helada de unos meses atrás, ahora negruzca, desprendía el tierno aliento de la nueva vida. Una suave y limpia brisa mecía las hojas verdes que colmaban los árboles. En el cielo alto y transparente se dibujaba nítidamente el perfil de las nubes. Aquel paisaje me tocaba el corazón. Pero me pasé todo el tiempo encerrado en la habitación del hotel llamándola por teléfono. Mañana ya estará de vuelta; sólo tengo que esperarla, me decía cada diez minutos. Sin embargo, no podía esperar al día siguiente. ¿Quién me garantizaba que volvería a amanecer? Me sentaba frente al aparato y volvía a marcar el número. Cuando no llamaba, me acostaba y dormitaba o contemplaba absurdamente el techo.
Hubo un tiempo en el que éste era el Hotel Delfín, pensaba. Un hotel espantoso. Pero clientes desconocidos se alojaban en él. Arrellanado en la silla, con los pies sobre la mesa, cerré los ojos y recordé el antiguo Hotel Delfín. Desde la forma de la puerta de la entrada, hasta las alfombras gastadas, sin olvidar las llaves de latón oxidadas y los marcos de las ventanas llenos de polvo. Yo había caminado por sus pasillos, había abierto sus puertas, entrado en sus habitaciones.
El Hotel Delfín había desaparecido. Pero todavía quedaban su sombra y su presencia. Podía percibirlo. El Hotel Delfín latía dentro del nuevo e inmenso Dolphin Hotel. Si cerraba los ojos, era capaz de entrar en él. Podía oír el temblor del ascensor, ron, ron, ron, ron, semejante a la tos de un perro viejo. Estaba aquí. Nadie lo sabía, pero estaba aquí. Era el nudo que me ataba. Tranquilo, este lugar es para ti, me dije. Ella volverá. Sólo tienes que esperarla pacientemente.
Pedí la cena al servicio de habitaciones, saqué una cerveza de la nevera y me la bebí. A las ocho volví a llamar a Yumiyoshi. Nadie contestó.
Encendí la tele y vi la transmisión en directo de un partido de béisbol hasta las nueve. Sólo miraba la pantalla, con el sonido apagado. El partido era aburrido y tampoco me apetecía ver béisbol. Pero sí quería ver a personas de carne y hueso moviéndose y dando vueltas. Me daba igual que fuese un partido de bádminton o de waterpolo. Sólo miraba a los jugadores lanzar, golpear la pelota y correr, sin seguir realmente el partido. Como un pedazo de la vida de alguien que estaba muy lejos de mí y no tenía ninguna relación conmigo. Igual que si contemplara nubes altas cruzando el cielo.
A las nueve volví a llamar. Esta vez descolgó al primer tono. Al principio, no me podía creer que hubiera atendido la llamada. Sentí que la cuerda que me sujetaba al mundo había sido cercenada de un enorme y repentino tajo. Mi cuerpo perdió todas sus fuerzas y un fragmento de aire sólido me subió hasta la garganta. Yumiyoshi estaba al otro lado del hilo.
—Acabo de volver de viaje —me dijo en un tono muy sereno—. Me tomé unas vacaciones y fui a Tokio, a casa de unos familiares. Te llamé dos veces a casa, pero nadie contestó.
—Yo vine hace dos días a Sapporo y te he estado llamando todo este tiempo.
—Nos hemos cruzado —dijo ella.
—Sí, nos hemos cruzado —dije y, sujetando con fuerza el auricular, clavé la mirada en la pantalla sin sonido de la tele. No me salían las palabras. Me sentía muy confuso. ¿Qué podía decirle?
—Eh, ¿qué pasa? ¿Estás ahí?
—Sí que estoy.
—Tu voz suena rara.
—Es que estoy nervioso —le expliqué—. No soy capaz de hablar sin verte en persona. Llevo un tiempo nervioso y por teléfono no consigo relajarme.
—Podemos quedar mañana por la noche —dijo ella tras pensárselo un instante. Me imaginé que seguramente estaría subiéndose el puente de las gafas.
Con el auricular pegado al oído, me senté en el suelo y me apoyé contra la pared.
—Escucha, tengo la sensación de que mañana será demasiado tarde. He de verte ahora mismo.
Ella emitió un sonido. No llegaba a ser voz, pero transmitía un aire negativo.
—Estoy muy cansada. Reventada. ¿No te he dicho que acabo de volver de viaje? No puede ser, de verdad. Mañana tengo que estar temprano en el trabajo y ahora mismo sólo quiero dormir. Mañana podemos vernos después del trabajo. ¿Te parece bien? ¿O mañana ya no estarás ahí?
—Sí, me voy a quedar un tiempo. Sé que estás cansada, pero, para serte franco, hay algo que me preocupa: creo que mañana podrías haber desaparecido ya.
—¿Desaparecer?
—Desaparecer de este mundo. Desvanecerte.
Yumiyoshi se rió.
—Yo no desaparezco así como así. Estate tranquilo.
—No, no me refiero a eso. Tú no lo entiendes. Nos movemos permanentemente. Y debido a ese movimiento nuestro, las cosas que nos rodean desaparecen. Es inevitable. Nada permanece. Tan sólo se quedan en nuestra conciencia. Pero desaparecen del mundo real. Eso es lo que me preocupa. Escúchame, Yumiyoshi, yo te deseo. Te necesito. Y te deseo de verdad. Es la primera vez en mi vida que siento algo así. Por eso no quiero que desaparezcas.
Yumiyoshi reflexionó.
—Mira que eres raro —dijo—. Te prometo que no voy a desaparecer. Mañana nos vemos. Ten un poco de paciencia hasta entonces.
—De acuerdo —contesté. Y me di por vencido. No podía seguir insistiendo. Me dije que me contentaba con saber que todavía no había desaparecido.
—Buenas noches —dijo ella. Y colgó.
Di vueltas por la habitación durante un rato. Después me fui al bar del vigésimo sexto y me tomé un vodka con soda. Era el bar donde había visto a Yuki por primera vez. Estaba lleno. Dos chicas estaban tomándose una copa en la barra. Las dos vestían con elegancia y buen gusto. Una de ellas tenía unas piernas preciosas. Me acomodé en una mesa y me bebí la copa mientras las observaba, sin ninguna intención en particular. Luego contemplé las vistas nocturnas. Me oprimí la sien con un dedo. No me dolía. Luego palpé la forma de mi calavera bajo la piel. Mi calavera. Mientras lo hacía, intenté imaginarme los esqueletos de las dos chicas sentadas frente a la barra. El cráneo, las vértebras, las costillas, la pelvis, los brazos y las piernas, las articulaciones. Hermosos huesos blancos dentro de aquellas preciosas piernas. Huesos limpios, inexpresivos, blancos como la nieve. La chica de las piernas bonitas me miró de reojo. Seguramente había notado que la observaba. Quise darle explicaciones. Decirle que no miraba su cuerpo, sino que sólo me imaginaba la forma de sus huesos. Naturalmente, no lo hice. Después de tres vodkas con soda, volví a mi habitación y me acosté. Dormí como un tronco, seguramente porque sabía que Yumiyoshi seguía ahí.
Yumiyoshi se presentó a las tres de la madrugada. A las tres alguien llamó a la puerta. Yo encendí la lámpara de la mesilla y miré la hora. Luego me puse el albornoz, caminé hasta la puerta y la abrí sin pensar. Tenía un sueño tremendo y no estaba como para ponerme a pensar. Al abrirla, allí estaba ella. Vestía la chaqueta azul claro del uniforme. Como siempre, se coló en la habitación por el resquicio de la puerta entreabierta. Yo la cerré.
Se quedó de pie en medio de la habitación y soltó un gran suspiro. Luego se quitó la chaqueta sin hacer ruido y la colgó del respaldo de la silla de forma que no se arrugase. Igual que siempre.
—¿Qué? ¿A que no he desaparecido? —me dijo.
—No, no has desaparecido —contesté, confuso. Todavía no era capaz de delimitar la frontera entre lo real y lo irreal. Ni siquiera fui capaz de sorprenderme.
—La gente no desaparece así como así —dijo ella pronunciando lentamente cada palabra.
—Tú no lo entiendes. En este mundo puede pasar cualquier cosa. Cualquier cosa.
—Pues, como ves, estoy aquí. No he desaparecido.
Miré a mi alrededor, suspiré hondo y miré a Yumiyoshi a los ojos. Era real.
—Sí, lo veo —reconocí yo—. Parece que no has desaparecido. Pero ¿por qué has venido a las tres de la madrugada?
—No podía dormir —me dijo—. Después de hablar contigo, dormí un poco pero me desperté una hora más tarde y ya no pude volver a dormirme. Le daba vueltas a lo que me dijiste. ¿Y si desapareciese así de repente? Así que decidí llamar a un taxi y venir hasta aquí.
—¿Y no le ha extrañado a nadie que hayas llegado al trabajo a las tres de la madrugada?
—No pasa nada, no me han visto. A esta hora están todos durmiendo. Aunque sea servicio de veinticuatro horas, a las tres no hay nada que hacer. Los únicos que están en pie por si algo sucediera son los encargados de recepción y del servicio de habitaciones. Si se sube utilizando la puerta de empleados que hay en el aparcamiento subterráneo, nadie se entera. Además, aunque me vieran, hay tantos empleados que nadie sabría que no es mi turno; y aunque lo supieran, con decirles que he venido a dormir a la sala de descanso para empleados, asunto arreglado. Lo he hecho otras veces.
—¿En serio?
—Sí, cuando no puedo dormir me cuelo en el hotel de noche, doy unas vueltas y echo una cabezada. Me gusta. Te parecerá una estupidez, pero a mí me gusta. Me siento bien en el hotel. Nunca me han pillado. Quédate tranquilo. No me van a descubrir y, aunque lo hicieran, no dirían nada. Pero sí me metería en problemas si se supiera que he entrado en esta habitación, pero eso no va a pasar. Me quedaré hasta la mañana y saldré cuando sea hora de trabajar. ¿De acuerdo?
—Por mí estupendo. ¿A qué hora empiezas?
—A las ocho. —Consultó su reloj—. Dentro de cinco horas.
Con gestos nerviosos se quitó el reloj y lo dejó sobre la mesa con un golpecito. Luego se sentó en el sofá, se alisó la falda tirando de los bajos, alzó la cara y me miró. Yo me senté en una esquina de la cama y poco a poco volví en mí.
—Entonces… —dijo Yumiyoshi—. ¿Dices que me deseas?
—Muy intensamente —contesté—. Muchas cosas han cambiado. He cerrado un círculo. Y te deseo.
—Intensamente —repitió. Y volvió a estirarse la falda.
—Sí, muy intensamente.
—¿Y ese círculo del que hablas?
—Me ha devuelto a la realidad —respondí—. Aunque me ha llevado bastante tiempo, he regresado a la realidad. He pasado por situaciones peculiares. Varias personas han muerto. Otras han desaparecido. Todo ha sido muy confuso, lo que no quiere decir que esa confusión se haya desvanecido. Imagino que seguirá ahí durante mucho tiempo. Pero he cerrado un círculo. Y ésta es la realidad. Mientras cerraba ese círculo, estaba agotado. Aun así, no he dejado de bailar. No me he equivocado al dar los pasos y por eso he podido regresar aquí.
Me miró a los ojos.
—Me resulta complicado explicártelo en detalle. Pero quiero que confíes en mí. Te deseo, y para mí es algo muy importante. Igual de importante que para ti. No te miento.
—¿Y qué quieres que haga yo? —dijo Yumiyoshi sin cambiar de expresión—. ¿Emocionarme y acostarme contigo? En plan: ¡fantástico! ¡Qué maravilla que me desees!
—No, no es eso —le dije. Busqué las palabras adecuadas, pero, naturalmente, no existían—. ¿Cómo puedo explicártelo? Siempre lo he sabido. Yo nunca he dudado de ello. Tenía claro desde un principio que nos íbamos a acostar juntos. Pero al principio no podíamos. No era el momento. Por eso he esperado hasta dar una vuelta completa. He dado una vuelta. Ahora ya es el momento.
—¿Quieres decir que ahora debería acostarme contigo?
—Supongo que, desde un punto de vista lógico, es un poco precipitado. Y supongo que es la peor forma de convencerte. Lo admito. Pero, si te soy franco, así es como debe ser. Es la única forma de expresarlo. ¿Sabes? En otras circunstancias, intentaría seguir el orden natural de las cosas y seducirte. Sé cómo hacerlo. No tengo ningún problema en ligar, dé o no fruto. Pero esto es diferente. Es más simple. Está claro. Por eso no puedo expresarlo de otra forma. El asunto no es que lo hagamos bien o mal. Tú y yo nos vamos a acostar juntos. Siempre lo he sabido. Es un hecho, algo que ya estaba decidido. Y si lo eludimos, destrozaríamos algo importante que hay en ello. No te miento.
Yumiyoshi observó el reloj que había dejado sobre la mesa.
—No me parece que tenga mucho sentido —dijo. Después lanzó un suspiro y empezó a desabotonarse la blusa—. No mires.
Me eché en la cama y dirigí la mirada hacia una esquina del techo.
Ahí hay otro mundo, pensé. Pero yo estoy aquí.
Ella se desnudó despacio. Se oyeron algunos frufrús. Cada vez que se quitaba una prenda, debía de doblarla y colocarla ordenadamente en alguna parte. Se oyó un golpecito, como si hubiera dejado las gafas sobre la mesa. Un ruido muy sexy. Luego se acercó a mí. Apagó la luz de la cabecera y se metió en la cama. Se deslizó a mi lado en silencio. Igual que cuando entró en la habitación por el hueco de la puerta.
Yo estiré las manos y abracé su cuerpo. Nuestras pieles se rozaron. La suya era muy suave. Su cuerpo tenía consistencia. Era real. No como el de Mei. El cuerpo de Mei era de ensueño, pero ella vivía un espejismo, una ilusión. Una doble ilusión: su propia ilusión y la ilusión que la contenía. ¡Cucú! El cuerpo de Yumiyoshi, en cambio, pertenecía al mundo real. Su tibieza, su peso, sus temblores eran reales. En eso pensaba mientras la acariciaba. En cambio, los dedos de Gotanda que acariciaban a Kiki no eran sino una ilusión. Eran sólo una actuación, eran el movimiento de la luz sobre la pantalla, eran una sombra que se deslizaba de un mundo a otro. Esto, en cambio, era diferente. Real. ¡Cucú! Mis dedos reales acarician la piel real de Yumiyoshi.
—Es real —dije.
Yumiyoshi hundió su cara en mi cuello. Sentí su nariz. A oscuras, inspeccioné cada rincón de su cuerpo. Desde los hombros, los codos, las muñecas y las palmas de las manos hasta las puntas de sus diez dedos. No me salté ni el menor recoveco. Los recorrí con mis dedos para luego sellarlos con un beso. Seguí con los pechos, el vientre, los costados, la espalda y los pies, y también los sellé. Era necesario. No podía dejar de hacerlo. A continuación acaricié su tierno pubis con la palma de la mano y le di un beso. ¡Cucú! Luego, su sexo.
Es real, pensé.
Ninguno de los dos hablaba. Ella sólo respiraba sosegadamente. Pero también me deseaba. Podía sentirlo. Ella sabía lo que yo deseaba y entonces cambiaba de postura. Después de inspeccionar todo su cuerpo, volví a estrecharla con fuerza contra mi pecho. Sus brazos también sujetaban con fuerza mi cuerpo. Su aliento era cálido y húmedo. En él flotaban palabras que no llegaban a convertirse en palabras. Entonces la penetré. Mi pene estaba durísimo, caliente. Yo la deseaba intensamente.
Cerca del clímax, Yumiyoshi me mordió el brazo con tanta fuerza que sangré. No me importó. Era real. Dolor y sangre. Abrazado a sus caderas, me corrí despacio. Muy despacio, para no perder el paso.
—Ha sido maravilloso —dijo Yumiyoshi poco después.
—Sí. Ya lo sabía —respondí.
Se quedó dormida contra mi pecho. Dormía muy plácidamente. Yo no dormí. No tenía sueño y, además, era estupendo abrazarla mientras dormía. Poco después, rayó el alba y la luz iluminó poco a poco la habitación. Sobre la mesa estaban su reloj y sus gafas. La contemplé. Sin gafas también estaba muy guapa. La besé suavemente en la frente. Yo todavía la deseaba. Quería penetrarla una vez más, pero dormía tan plácidamente que no quise interrumpir su sueño. Abrazado a ella, contemplé cómo el cuadrado de luz se extendía por las cuatro esquinas de la habitación y la oscuridad retrocedía hasta desaparecer.
Su ropa estaba doblada y colocada sobre la silla: la falda, la blusa, las medias, la ropa interior. A los pies de la silla había dejado los zapatos negros. Eran reales. La ropa estaba doblada para que no quedasen arrugas: todo era real.
A las siete la desperté.
—Yumiyoshi, es hora de levantarse —le dije.
Abrió los ojos y me miró. Luego volvió a pegar la nariz contra mi cuello. «Fue maravilloso», me dijo. Después salió disparada de la cama y se irguió desnuda en medio de la luz de la mañana. Como si estuviera cargando energías. Observé su cuerpo con un codo apoyado en la almohada. Aquel cuerpo que horas antes había inspeccionado y sellado.
Yumiyoshi se dio una ducha, se peinó con mi cepillo para el pelo y se lavó los dientes con movimientos rápidos y precisos. Luego se vistió con esmero. La contemplé mientras se vestía. Se abrochó cada botón de la blusa blanca, uno por uno, con sumo cuidado, se puso la chaqueta y, frente al espejo, comprobó que no había ninguna arruga o mota de polvo. Se tomaba todas esas cosas muy en serio. Observar sus gestos era maravilloso. Le decían a uno que ya era de día.
—Tengo el maquillaje en la taquilla de la sala de descanso —me dijo.
—Estás guapa así —le dije.
—Gracias, pero si no me maquillo me llamarán la atención. Maquillarse forma parte del trabajo.
Volví a abrazarla de pie, en medio de la habitación. Abrazarla con el uniforme azul claro y las gafas puestas también era maravilloso.
—¿Ahora que ha amanecido también me deseas? —me preguntó.
—Mucho —respondí—. Más que ayer.
—Es la primera vez que me desean con tanta intensidad —dijo Yumiyoshi—. Lo noto. Me noto deseada. Es la primera vez que siento algo así.
—¿Nadie te había deseado nunca?
—No tanto como tú.
—¿Y cómo te sientes?
—Muy relajada —contestó—. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan relajada. Es como estar en una habitación cálida y confortable.
—Puedes quedarte para siempre —le dije—. Nadie sale ni entra. Sólo estamos tú y yo.
—¿Nos asentaremos? ¿Habremos encontrado nuestro lugar?
—Claro que sí.
Yumiyoshi apartó un poco la cara y me miró a los ojos.
—Dime, ¿puedo dormir contigo otra vez esta noche?
—Por mí no hay ningún problema. Pero ¿no es demasiado arriesgado para ti? Como se descubra, podrían despedirte. ¿No será mejor que durmamos en tu piso o en otro hotel? Sería más seguro, ¿no crees?
Yumiyoshi negó con la cabeza.
—No, aquí está bien. Me gusta este sitio. Éste es tu lugar y, al mismo tiempo, el mío. Quiero que me hagas el amor aquí. Si a ti te parece bien.
—A mí no me importa, con tal de que tú estés a gusto…
—Entonces hasta esta noche. Aquí —me dijo.
Luego entreabrió la puerta, escudriñó el pasillo y desapareció escurriéndose por el hueco.
Después de afeitarme y ducharme, salí a la calle, di un paseo y volví a tomarme dos cafés y un bollo en Dunkin’ Donuts.
La calle estaba llena de gente que iba a trabajar. Al ver aquella escena, sentí que debía retomar el trabajo. Tenía que ponerme a trabajar igual que Yuki había empezado a estudiar. Volver a la realidad. ¿Encontraría trabajo en Sapporo?
No estaría mal, pensé. Así podré vivir con Yumiyoshi. Ella iría al hotel y mientras yo haría mi trabajo.
¿Qué clase de trabajo haría? No lo sabía, pero algo saldría. Y, si no encontraba nada, me quedaban ahorros para unos meses.
Tampoco estaría mal escribir algo, pensé. No me disgustaba escribir. Después de tres años de trabajo ininterrumpido como quitanieves, me apetecía escribir mis propios textos.
Sí, eso era lo que deseaba.
Mis textos. Mis propios textos, simplemente. No hacía falta que fueran poesías, ni novelas, ni autobiografías, ni cartas. Lo importante era que esos textos no serían de encargo y no tendrían fechas de entrega. Textos para mí.
No era mala idea.
Luego recordé el cuerpo de Yumiyoshi. Recordé cada rincón de aquel cuerpo que había inspeccionado y sellado. Y después paseé de buen humor por aquellas calles en las que se respiraba el principio del verano; tomé un buen almuerzo acompañado de una cerveza, me senté en el vestíbulo del hotel y, a la sombra de una planta, durante un rato observé trabajar a Yumiyoshi.