26
Gotanda me llamó a las doce y media.
—Ha sido un día de locos. Siento que se haya hecho tan tarde, pero ¿podría pedirte que, esta vez, vinieras tú en coche hasta mi casa? —me preguntó—. ¿Sabes cómo llegar?
Le contesté que sí.
—Con todo este follón, no voy a tener mucho rato, pero si te parece podemos hablar en el coche. Mejor en el tuyo, ¿no? Supongo que será mejor que el chófer no nos oiga.
—Tienes razón. Estaré ahí en unos veinte minutos.
—Hasta entonces —dijo antes de colgar.
Tardé apenas quince minutos en llegar al apartamento del actor en Azabu.
Llamé al interfono de la entrada y al poco bajó Gotanda.
—He estado liadísimo —comentó—. En un rato he de ir a Yokohama, ya he reservado hotel. Mañana, muy temprano, tengo un rodaje.
—Entonces te llevo allí —le dije—. Mientras tanto podemos charlar. Así ganamos tiempo.
—Buena idea. Y me harías un gran favor —dijo.
Nada más subir al coche, Gotanda echó un vistazo al interior, asombrado.
—Bonito coche. ¡Qué acogedor!
—Es porque los dos nos entendemos bien —expliqué.
—Ya veo —dijo, asintiendo como si lo comprendiera.
Para mí sorpresa, Gotanda llevaba puesta una gabardina. Y, la verdad, le sentaba bien. No llevaba gafas de sol, pero sí unas gafas normales que le daban un aire de intelectual. Apenas había tráfico, y enfilé hacia la autopista Daisan Keihin, que nos llevaría a Yokohama.
Gotanda cogió la cinta de los Beach Boys que había sobre el salpicadero.
—¡Cuántos recuerdos! —dijo—. Solía escucharla cuando estaba en secundaria. Los Beach Boys… Tenían un sonido muy especial, dulce y cercano. Sonaban como si el sol siempre brillase, como si oliera a mar y tuvieras echada a tu lado a una chica guapa. La adolescencia eterna. Era como un cuento de hadas.
Le di la razón. Él sostenía la cinta en la palma de la mano, como sopesándola.
—Pero esas cosas no duran para siempre —siguió—. Nos hacemos mayores. El mundo cambia. Los mitos acaban muriendo. Nada dura para siempre.
—Exacto.
—Ahora que lo pienso, desde Good Vibrations apenas he vuelto a escuchar a los Beach Boys. Me apetecía escuchar rollos más duros: Cream, The Who, Led Zeppelin, Jimi Hendrix… Era la época del hard rock. Pero todavía los recuerdo bien. Surfer Girl… Un cuento de hadas. Pero no estaba nada mal.
—No, nada mal —reconocí—. Los Beach Boys posteriores a Good Vibrations, como 20/20, Wild Honey, Holland o Surf’s Up, son buenos álbumes. A mí me gustan. No tienen el brillo de la primera época, son un poco erráticos, pero se les nota una voluntad firme. La salud mental de Brian Wilson se fue deteriorando y al final apenas aportaba gran cosa a la banda, pero aunaron fuerzas para sobrevivir y sus discos transmitían esa voluntad desesperada. Como has dicho, no pegaban con aquella época, pero no estaban mal, no.
—Probaré a escucharlos —dijo.
—No te gustarán —le aseguré.
Metió la cinta en el reproductor, y sonó Fun, Fun, Fun. Gotanda silbó bajito al ritmo de la pieza.
—¡Menudos recuerdos! —dijo—. Esto estuvo de moda hace ya veinte años.
—Ayer mismo —dije yo.
Gotanda titubeó. Luego sonrió.
—A veces haces unos chistes un poco complicados —me dijo.
—Ya lo sé. Nadie entiende mis bromas —dije—. Qué mundo.
—Pues es muchísimo mejor que el mundo en el que yo me muevo —se rió—. Para ellos, colocar una mierda de perro de plástico en la bandeja de la comida es humor inteligente.
—Sería mucho mejor si la mierda fuese de verdad.
—Sin duda.
Escuchamos en silencio a los Beach Boys. Todas eran viejas canciones inocentes como California Girls, 409 o Catch a Wave. Empezó a llover. Activé el limpiaparabrisas para quitarlo al cabo de un rato. Era una llovizna de primavera.
—¿Qué recuerdas de cuando estabas en secundaria? —me preguntó Gotanda.
—La vergüenza y el espanto que me provocaba mi propia existencia —respondí.
—¿Qué más?
Pensé un poco.
—Me acuerdo de cuando encendías el mechero bunsen en el laboratorio.
—¿Por qué? —se extrañó.
—La forma de encenderlo, no sé, me parecía muy chic. La primera vez que lo vi fue como un hito. Nunca lo olvidaré.
—Vamos, no exageres —dijo riendo—. Pero entiendo lo que quieres decir. Te refieres a los gestos, ¿no?, esa especie de ostentación. No es la primera vez que me lo dicen, y me duele oírlo, porque es algo espontáneo, en absoluto buscado. Ya de pequeño, todo el mundo estaba pendiente de mí, era el centro de atención. Y yo lo sabía. En todo lo que hago siempre hay algo de interpretación. Es innato. Actúo, en una palabra. Por eso, cuando me hice actor me sentí aliviado. Podía actuar a mis anchas. —Gotanda se colocó las manos sobre las rodillas y las observó—. Pero ¿sabes?, en el fondo no soy tan mal tipo. Soy honesto, a mi manera, y a veces vulnerable. No siempre vivo con la máscara puesta.
—Está claro —dije yo—. Además, yo no lo he dicho en ese sentido. Lo único que quería decir es que la manera de encender el mechero era muy chic. No me importaría verlo una vez más.
Riéndose, se limpió las gafas con un pañuelo. Lo hizo con mucho encanto.
—Vale. Lo repetiré —me dijo—. Tú consigue el mechero bunsen y las cerillas.
—Llevaré también una almohada para cuando me desmaye —dije.
Volvió a reírse entre dientes y se puso otra vez las gafas. Tras un silencio bajó el volumen del estéreo.
—Bueno, ya va siendo hora de que me cuentes lo de esa persona que dices que ha muerto.
—Es Mei. —Clavé la mirada más allá del parabrisas—. La han asesinado. La estrangularon con unas medias en un hotel de Akasaka. No se sabe quién es el asesino.
Gotanda se volvió bruscamente hacia mí. Tardó unos segundos en comprender lo que yo acababa de decirle. Cuando lo hizo, torció el gesto. Igual que un terremoto tuerce el marco de una ventana. Lo miré de reojo y me pareció que estaba muy impresionado.
—¿Cuándo la mataron? —quiso saber.
Se lo dije. Gotanda se quedó callado, como poniendo orden en sus sentimientos.
—¡Qué horror! —No paraba de negar con la cabeza—. Es espantoso. ¿Qué motivos podía tener alguien para matarla? Era una buena chica. Además…
—Sí, era una buena chica —dije yo—. Recién salida de un cuento de hadas.
Suspiró profundamente y la fatiga se abatió sobre su rostro como si ya no pudiera contenerla por más tiempo. ¡Qué tipo más peculiar!, pensé, ¿cómo puede reprimir la fatiga? Lo cierto es que el Gotanda cansado parecía un poco más viejo que de costumbre. Pero incluso agotado seguía siendo encantador. Sin embargo, su cansancio y su dolor eran auténticos. Lo que no quitaba para que todo en él resultara fascinante. Como el mítico rey que convertía en oro todo lo que tocaba.
—Nos quedábamos charlando hasta la madrugada —contó, tranquilo—, Mei, Kiki y yo. Lo pasábamos bien. Me sentía a gusto. Como en un cuento de hadas, sí. Y eso es difícil de conseguir. Ah, esos buenos tiempos…
Luego los dos guardamos silencio durante un buen rato. Yo, concentrado en la conducción y en el limpiaparabrisas, y él, con la mirada clavada en el salpicadero. Los Beach Boys cantaban una vieja canción. Un tema sobre sol, surf y carreras de coches.
—¿Cómo te enteraste? —preguntó.
—La policía vino a buscarme —le expliqué—. Ella tenía una de mis tarjetas de visita. Se la di aquella noche, para me avisara si sabía algo sobre Kiki. ¿Por qué la llevaría encima? Por desgracia, era la única pista que tenía la policía. Por eso me llamaron. Me enseñaron unas fotos del cadáver y me preguntaron si la conocía. Era un par de agentes bastante duros. Pero les mentí, les dije que no la conocía.
—¿Por qué?
—¿Que por qué? ¿Tú qué crees? ¿Te hubiera gustado que les dijese que me la presentaste tú y que nos acostamos con ellas? ¿Qué crees que habría ocurrido? ¿De verdad no te lo imaginas?
—Perdona —se disculpó—. Estoy un poco confuso. No sé por qué he dicho eso. ¿Qué pasó después?
—Los polis no se fiaban de mí. Se olieron que no les decía la verdad. Me interrogaron durante tres días. Lo hicieron a fondo, con cuidado de no infringir la ley ni de tocarme un pelo. Fue agotador. Y yo ya no estoy para esos trotes. Me hicieron dormir en el calabozo. No cerraron con llave, pero aun así, resulta deprimente. Te flaquea el ánimo.
—Lo entiendo. Hace mucho tiempo yo también pasé dos semanas encerrado. No canté, pero pasé miedo. En dos semanas no vi el sol ni una sola vez. Llegué a pensar que jamás saldría de allí. Suele pasar: los tíos te machacan, saben cómo volverte loco. —Gotanda se examinó las uñas de las manos—. ¿Te exprimieron tres días y, al final, no contaste nada?
—Claro que no. No iba a decirles, en mitad del interrogatorio: «La verdad es que antes les he mentido y…». Si lo hubiera hecho, no habría salido de allí. Pase lo que pase, hay que mantener la misma versión hasta el final.
Gotanda volvió a torcer el gesto.
—Lo siento. Al presentártela te metí en todo este follón.
—No tienes que disculparte. Aquella noche nos lo pasamos de maravilla. Tú no tienes la culpa de que la chica haya muerto.
—Tienes razón, pero has mentido a la policía por mí. Has pasado el mal trago tú solo para no implicarme. De eso sí que tengo la culpa, porque yo también estoy metido en todo esto.
Mientras esperaba a que un semáforo se pusiera en verde, clavé la mirada en él y fui al grano:
—Mira, ése no es el problema. No tienes que disculparte ni darme las gracias. Está en juego tu reputación, y lo entiendo. La cuestión es que la policía aún ignora la identidad de la chica. Ella debía de tener familia, ¿no? Y queremos que atrapen al asesino, ¿verdad? Eso es lo que me duele. Mei no se merecía morir sola y sin un nombre.
Gotanda cerró los ojos. Llegué a pensar que se había quedado dormido. Cuando se acabó la cinta de los Beach Boys, la saqué del reproductor. De pronto sólo se oía el shhhhh de los neumáticos al rodar sobre la fina película de agua.
—Llamaré a la policía —dijo serenamente Gotanda tras abrir los ojos—. Haré una llamada anónima y les daré el nombre del club para el que Mei trabajaba. Así podrán identificarla y les servirá de ayuda en la pesquisa.
—¡Fantástico! —dije yo—. Sí, me parece una buena idea. Pero déjame pensar: si la policía se presenta en el club, les aprieta un poco las tuercas y descubre que tú eras cliente de Mei…, y que incluso unos días antes estuvo en tu casa, te llamarán a declarar. ¿De qué habrá servido entonces mi silencio durante los tres días que me interrogaron?
—Es verdad. Sí, no sé qué me pasa. Estoy confuso.
—Cuando uno está confuso, lo mejor es no hacer ningún movimiento. Dejemos pasar un tiempo. Una mujer ha sido estrangulada en un hotel. Suele ocurrir. Pronto todo el mundo lo olvidará. No hay razón para que te sientas responsable. Mejor agacha la cabeza y quédate quieto. Si metieses la pata sólo conseguirías enredarlo más. —Quizá le hablaba en un tono demasiado frío. Quizá estaba siendo demasiado duro con él. Pero, caray, yo también estaba implicado. Yo también…—. Perdona —le dije—. No te estoy echando nada en cara. Sólo que a mí también me duele. No he podido hacer nada para ayudarla. Pero tú no tienes la culpa.
—Sí es culpa mía —replicó.
Sobrevino un denso silencio y decidí poner otra cinta. Ben E. King cantó Spanish Harlem. Ese silencio que se había instalado entre los dos creó una nueva complicidad entre nosotros. Quería ponerle la mano en la espalda y decirle que ya estaba, que era un asunto zanjado. Pero no le dije nada. Una persona había muerto. Ahora estaba rígida, helada, sola, sin nombre. Era un peso superior a mis fuerzas.
—¿Quién pudo asesinarla? —se preguntó cuando entrábamos en Yokohama.
—Vete a saber… —dije yo—. En ese trabajo deben de tratar con gente de toda laya. Puede pasar cualquier cosa. No todo es un cuento de hadas.
—Pero en ese club seleccionan bien a sus clientes. Además, están bien organizados. Tal vez ellos sí puedan averiguar fácilmente quién lo hizo.
—¿Y si ese día Mei no hubiera concertado la cita a través del club? ¿Si hubiera sido una especie de trabajillo aparte? También pudo tratarse de algo personal, sin relación alguna con el trabajo. Sea como sea, cometió un grave error. Mei creía demasiado en los cuentos de hadas. Pero también en ese mundo encantado hay normas, y no todos las respetan y las cumplen. Elegir a la persona equivocada puede ser fatal.
—No tiene sentido —terció Gotanda—. ¿Cómo una chica tan guapa e inteligente como ella se dedicaba a la prostitución? Podría haber llevado una vida mejor. Podría haberse casado con un hombre rico, haberse buscado un buen empleo, incluso pudo haber sido modelo. ¿Por qué eligió prostituirse? Se gana mucha pasta, pero ella no tenía demasiado interés en el dinero. Quizá buscara ese cuento de hadas, sí.
—Sí —dije—. Igual que tú. Igual que yo. Igual que todo el mundo. Pero cada uno lo busca a su manera. Y a veces uno comete errores, y a veces uno muere.
Habíamos llegado a las puertas del New Grand Hotel.
—¿Por qué no te quedas a dormir? —propuso Gotanda—. Seguro que tienen otra habitación. Llamo al servicio de habitaciones y nos tomamos unas copas. Total, estoy completamente desvelado.
Yo rechacé la oferta con un gesto de cabeza.
—Si no te importa, lo dejamos para la próxima vez. Estoy un poco cansado. Prefiero volver a casa, olvidarlo todo y dormir.
—De acuerdo —dijo—. Muchas gracias por haberme traído. Hoy no he dicho más que gilipolleces.
—Tú también estás cansado —le dije—. Ahora será mejor no nos precipitemos. Ya está muerta, no hay ninguna prisa. Ya pensaremos con calma cuando estemos más descansados. ¿Me oyes? Está muerta. Irrevocablemente muerta. Le han hecho la autopsia y ahora está en un cajón frigorífico. Ya puedes sentirte culpable, ya puedes sentir lo que quieras, que ella ya no volverá a la vida.
Gotanda asintió.
—De acuerdo.
—Buenas noches —me despedí.
—Gracias por todo —me dijo.
—Me basta con que la próxima vez enciendas un mechero bunsen.
Sonrió. Ya se disponía a bajar del coche cuando, de repente, se volvió como si hubiera recordado algo.
—Te parecerá raro, pero eres la única persona a la que puedo llamar amigo. Y eso que ésta es la segunda vez que nos vemos después de veinte años. Es raro.
Se alejó bajo la llovizna primaveral, con el cuello de la gabardina subido, y entró en el New Grand Hotel. Como en Casablanca, pensé. El comienzo de una hermosa amistad…
Por otro lado, yo sentía lo mismo hacia él. Por eso lo comprendía. Sentía que en aquel momento él era la única persona a la que podía llamar amigo. Y a mí también me parecía raro.
De regreso, escuché a Sly and The Family Stone mientras golpeteaba el volante al ritmo de la música. La vieja Everyday People: «Yo no soy mejor y tú tampoco, somos todos iguales hagamos lo que hagamos…».
La lluvia no dejaba de caer, uniforme y silenciosa. Una suave llovizna que ayudaba a que surgiesen nuevos brotes en la noche de primavera. Está muerta, iba pensando, irrevocablemente muerta. Y me dije que debería haberme quedado en el hotel a beber con Gotanda. Ahora ya teníamos cuatro cosas en común: habíamos ido al mismo grupo de laboratorio, ambos estábamos solteros y divorciados, los dos nos habíamos acostado con Kiki, y los dos nos habíamos acostado con Mei. Y ahora Mei estaba muerta. Irrevocablemente.
Sí, podía haberme quedado con Gotanda. De hecho, esa noche no tenía nada que hacer, y nada tampoco al día siguiente. ¿Qué me había detenido? Llegué a la conclusión de que tal vez no quería que aquello pareciera ya la escena de una película. Gotanda, según cómo se mirase, era un tipo desafortunado. Insoportablemente encantador. Pero quizá él no tuviera la culpa. Quizá.
Al llegar a mi apartamento, me serví un whisky y me quedé mirando la autopista por entre las rendijas de la persiana. Cuando, poco antes de las cuatro, me entró sueño, me acosté y dormí.