HONORINA

A M. ACHILLE DEVÉRIA
Afectuoso recuerdo del autor

Si los franceses tienen tanta repugnancia por los viajes como los ingleses sienten propensión por ellos, quizá franceses e ingleses tengan razón, bajo su particular punto de vista. En cualquier parte se encuentran lugares mejores que Inglaterra, mientras que es harto difícil encontrar los encantos de Francia lejos de ésta. Los demás países ofrecen paisajes admirables, presentan a menudo unas comodidades superiores a las de Francia, que realiza progresos lentísimos en este terreno. Despliegan a veces una magnificencia, una grandeza y un lujo que llegan a aturdir; no se hallan desprovistos de gracias ni de nobles maneras; pero la vida intelectual, la actividad de las ideas, el talento de la conversación y la sal ática tan familiares en París; esta súbita comprensión de lo que se piensa sin decirlo, este genio por lo sobreentendido, que forma la mitad de la lengua francesa, no se encuentra en ninguna otra parte. Y además el francés, cuya ironía ya goza de tan poca comprensión, no tarda en agostarse en el extranjero, como un árbol trasplantado. La emigración es un contrasentido en la nación francesa. Muchos franceses, de los que aquí se trata, manifiestan haber vuelto a ver con deleite a los aduaneros de su país natal, lo que acaso parezca una de las más atrevidas hipérboles del patriotismo.

El objeto de este pequeño preámbulo consiste en recordar a aquellos franceses que han viajado el placer excesivo que han experimentado al volver a encontrar, a veces, toda la patria, convertida en un oasis, en el salón de algún diplomático; placer que comprenderán difícilmente los que nunca han abandonado el asfalto del bulevar de los Italianos y para quienes la línea de los muelles de la orilla izquierda del Sena ya no es París. ¡Hallar de nuevo París! ¿Sabéis lo que es esto, ¡oh! parisienses? Es hallar de nuevo, no la cocina del Rocher de Cancale, como la cuida Borel para los sibaritas que saben apreciarla, pues esto únicamente es posible en la rue Montorgueil, sino un servicio que la recuerde. ¡Es hallar de nuevo los vinos de Francia, que son pura mitología fuera de Francia y raros como la mujer de la que vamos a ocuparnos! Es hallar de nuevo no el chiste de moda, pues éste, de París a la frontera, se mustia, sino aquel medio espiritual, comprensivo, crítico, en el que viven los franceses, desde el poeta al obrero, de la duquesa al golfillo.

En 1836, durante la estancia de la corte de Cerdeña en Génova, dos parisienses más o menos célebres pudieron creer que aún se encontraban en París al hallarse en un palacio alquilado por el cónsul general de Francia, en lo alto de la colina, último repliegue de los Apeninos entre la puerta de Santo Tomás y aquel famoso farol que, en los recuerdos, adorna todas las vistas de Génova. Este palacio es una de aquellas magníficas villas en las que los nobles genoveses invirtieron millones en la época del poderío de la que fue república aristocrática. Si la medianoche es hermosa en alguna parte, lo es con toda seguridad en Génova, cuando ha llovido torrencialmente, como allí suele llover, durante toda la mañana; cuando la pureza del mar compite con la pureza del cielo; cuando el silencio reina sobre el muelle y en los bosquecillos de la villa, en sus mármoles por cuya boca entreabierta brota el agua con misterio; cuando brillan las estrellas, cuando las ondas del Mediterráneo se suceden como las confesiones de una mujer, que arrancamos palabra por palabra. Justo es reconocerlo: estos instantes en que el aire embalsamado perfuma los pulmones y los sueños, en que la voluptuosidad, visible y movediza como la atmósfera, nos domina en la butaca mientras, con una cucharilla en la mano, saboreamos helados o sorbetes, con una villa a nuestros pies y bellas mujeres ante nosotros; estas horas al estilo de Bocaccio sólo se encuentran en Italia y a la orilla del Mediterráneo. Imagínese el lector, sentados en torno de una mesa, al marqués de Negro, hermano hospitalario de todos los talentos viajeros, y el marqués Dámaso Pareto, dos franceses disfrazados de genoveses, un cónsul general rodeado de una mujer bella como una Mandona y dos niños silenciosos, dominados por el sueño, el embajador de Francia y su esposa, un primer secretario de embajada que se considera extinguido y malicioso, y en fin dos parisienses que van a despedirse de la esposa del diplomático en una cena espléndida, y tendrá el cuadro que ofrecía la terraza de la villa a mediados de mayo, cuadro dominado por un personaje, por una mujer célebre en quien se concentraban de vez en cuando las miradas de todos, y que era la heroína de aquella fiesta improvista. Uno de los dos franceses era el famoso paisajista León de Lora, el otro el célebre crítico, Claude Vignon. Ambos acompañaban a aquella mujer, una de las más ilustres a la sazón del bello sexo, mademoiselle des Touches, conocida bajo el nombre de Camille Maupin en el mundo literario. Mademoiselle des Touches había ido a Florencia para resolver diversos asuntos. Por una de aquellas encantadoras complacencias de que era tan pródiga, llevaba consigo a León de Lora para enseñarle Italia, y continuó hasta Roma para enseñarle la campiña romana. Se fue por el Simplon y regresaba siguiendo la Corniche hasta Marsella. Siempre a causa del paisajista, hizo alto en Génova. Como es natural, el cónsul general de Francia quiso hacer, antes de la llegada de la corte, los honores de Génova a una persona cuya fortuna, cuyo nombre y cuya posición recomiendan tanto como su talento. Camille Maupin, que conocía Génova hasta sus últimas capillas, dejó a su paisajista en manos del diplomático y de los dos marqueses genoveses, y se dispuso a aprovechar los instantes libres. Aunque el embajador era un escritor muy distinguido, la célebre mujer no quiso prestarse a sus atenciones, temiendo lo que los ingleses llaman una exhibition; pero ya no pudo resistirse cuando se trató de efectuar una visita de despedida a la villa del cónsul. León de Lora dijo a Camille que su presencia en la villa era la única manera posible de dar las gracias al embajador y su esposa, a los dos marqueses genoveses, al cónsul y a la esposa de éste. Mademoiselle des Touches sacrificó entonces uno de aquellos días de libertad completa que no siempre pueden encontrar en París los que son objeto de la atención del mundo.

Una vez explicada la reunión, ya será fácil suponer que la etiqueta se hallaba ausente de ella, lo mismo que muchas damas, y de las más elevadas, curiosas por saber si la virilidad del talento que poseía Camille Maupin redundaba en perjuicio de las gracias femeninas y si, en una palabra, los pantalones asomaban bajo la falda. Desde la cena hasta las nueve, hora en que fue servida la colación, si bien la conversación fue ora risueña ora grave, animada sin cesar por los rasgos de ingenio de León de Lora, que pasa por ser el hombre más malicioso del París actual, por un buen gusto que no resulta sorprendente teniendo en cuenta la selección de los invitados, apenas se habló de literatura; pero el mariposeo de aquel torneo francés tenía que desembocar finalmente en ella, aunque sólo fuese para arrojar este tema esencialmente nacional. Mas antes de llegar al momento de la conversación en que el cónsul general tomó la palabra, no estará de más decir algo sobre su familia y sobre él.

Este diplomático, que entonces frisaba en los treinta y cuatro años y llevaba seis de casado, era el retrato viviente de Lord Byron. La celebridad de esta fisonomía nos dispensará que describamos la del cónsul. Sin embargo, es preciso observar que en su aire soñador no había afectación alguna. Lord Byron era poeta y el diplomático era poético; las mujeres saben reconocer esta diferencia que explica, sin justificarlos, algunos de sus amoríos. Esta belleza, realzada por un carácter encantador, por las costumbres y una vida solitaria y laboriosa, consiguió seducir a una heredera genovesa. ¡Una heredera genovesa! Esta expresión podrá hacer sonreír en Génova, donde a consecuencia de la costumbre de desheredar a las hembras, hay muy pocas mujeres ricas; pero Honorina Pedrotti, hija única de un banquero sin herederos varones, constituía una excepción. Pese a lo lisonjera que resulta una pasión inspirada, el cónsul general de Francia no parecía muy deseoso de contraer matrimonio. Sin embargo, después de dos años de residencia, tras algunas gestiones del embajador durante las estancias de la corte en Génova, los esponsales se celebraron. El joven retiró sus primeras negativas, menos a causa del conmovedor afecto de Honorina Pedrotti que a causa de un suceso ignorado, de una de estas crisis de la vida íntima que quedan tan pronto encerradas bajo las corrientes cotidianas de los intereses que, después, las acciones más naturales parecen inexplicables. Esta coexistencia de las causas también afecta muy a menudo a los más graves acontecimientos de la historia. Tal fue al menos la opinión de la villa de Génova, donde varias damas sólo se explicaban la excesiva discreción, la melancolía del cónsul francés por la palabra pasión. Observemos de paso que las mujeres nunca se quejan de ser las víctimas de una preferencia, inmolándose muy a gusto en aras de la causa común. Honorina Pedrotti, que quizás hubiera odiado al cónsul de haberse visto igualmente desdeñada, tal vez aún amaba más al suo sposo al saber que estaba enamorado. Las mujeres admiten la preferencia en las cuestiones amorosas. Todo queda a salvo si se trata del sexo. Ningún hombre es diplomático impunemente: el sposo fue discreto como una tumba, tan discreto, que los negociantes de Génova quisieron ver cierta premeditación en la actitud del joven cónsul, a quien quizá se le hubiera escapado la heredera de no haber representado aquel papel de Enfermo Imaginario del amor. Si la verdad era ésta, las mujeres la encontraron demasiado degradante para creer en ella. La hija de Pedrotti se consoló con su amor, acunando aquellos dolores desconocidos en un lecho de ternuras y caricias italianas. Por otra parte, IL signor Pedrotti no tuvo que quejarse de la elección que su amadísima hija le obligaba a efectuar. En París, varios protectores poderosos velaban por la fortuna del joven diplomático. De acuerdo con la promesa que hizo el embajador al suegro, el cónsul general recibió el título de barón y fue nombrado comendador de la Legión de Honor. Por último, IL signor Pedrotti fue nombrado conde por el rey de Cerdeña. La dote fue de un millón. En cuanto a la fortuna de la casa Pedrotti, evaluada en dos millones amasados en el comercio del trigo, correspondió a los recién casados seis meses después de su unión, pues el primero y el último conde Pedrotti murió en enero de 1831. Honorina Pedrotti es una bella genovesa y las genovesas son las criaturas más maravillosas de Italia, cuando son bellas. Miguel Ángel buscó a sus modelos en Génova, cuando tuvo que erigir la tumba de Juliano. De allí proviene esta amplitud, esta curiosa disposición del seno en las figuras del Día y la Noche, que tantos críticos tachan de exagerada, pero que es propia de las mujeres de la Liguria. La belleza sólo existe hoy en Génova bajo el mezzaro, como en Venecia sólo se encuentra bajo los fazzioli. Este fenómeno se observa en todas las naciones arruinadas. El tipo noble ya sólo se encuentra entre el pueblo, del mismo modo como, después del incendio de las villas, los medallones se ocultan entre las cenizas. Pero ya todo es una excepción por lo que se refiere a la fortuna. Honorina, además, es una excepción como belleza patricia. Imaginémonos, pues, la Noche que Miguel Ángel colocó bajo el Penseroso, vistámosla con ropas modernas, recojamos estos largos y bellos cabellos en torno a esta magnífica testa de tono un poco moreno, pongamos una brizna de fuego en estos ojos soñadores, envolvamos este pecho poderoso en un chal ceñido, veamos el largo ropaje blanco cubierto de flores bordadas, supongamos que la estatua incorporada se sienta y cruza los brazos, parecidos a los de mademoiselle Georges, y tendremos bajo nuestros ojos a la esposa del cónsul con un niño de seis años, bello como el deseo de una madre, y una niña de cuatro años en el regazo, hermosa como un tipo de niña trabajosamente buscado por el escultor David para adornar una tumba. Esta bella pareja fue objeto de la atención secreta de Camille. Mademoiselle des Touches encontraba que el cónsul tenía un aspecto excesivamente distraído para ser un hombre dichoso por completo.

Pese a que durante aquel día, la esposa y el marido le ofrecieron el espectáculo admirable de la más completa felicidad, Camille se preguntaba por qué uno de los hombres más distinguidos que ella había conocido, y que viera en los salones de París, continuaba ocupando el puesto de cónsul general en Génova, a pesar de que poseía una fortuna que le daba una renta anual de más de cien mil francos. Pero ella también había observado, por esas naderías que las mujeres reúnen con la inteligencia del sabio árabe en Zadig, las pruebas de un afecto fidelísimo en el marido. Desde luego, aquellos dos seres tan bellos se querrían sin desengaños hasta el fin de sus días. Así, Camille se decía, alternativamente: “¿Qué pasa? No pasa nada”, según las engañosas apariencias que asumía el porte del cónsul general que, justo es decirlo, poseía la calma absoluta de los ingleses, los salvajes, los orientales y los diplomáticos consumados.

Al hablar de literatura, se aludió al eterno trasfondo de la república de las letras: ¡La culpa de la mujer! y las opiniones no tardaron en dividirse: ¿Quién era el responsable de las faltas cometidas por la mujer: ésta o el hombre? Las tres damas presentes, la embajadora, la esposa del cónsul y mademoiselle des Touches, que naturalmente se consideraban irreprochables, mostráronse implacables con las mujeres. Los hombres intentaron demostrar a aquellas tres bellas flores del sexo débil que una mujer culpable aún podía conservar ciertas virtudes.

—¿Por cuánto tiempo aún vamos a seguir jugando al escondite? —preguntó León de Lora.

—Cara vita id a acostar a vuestros hijos, y enviadme por Gina la carterita negra que está encima de mi mueble de Boule —dijo el cónsul a su esposa.

Ésta se levantó sin hacer la menor observación, lo cual demuestra que quería mucho a su marido, pues ya conocía suficiente francés para saber que su marido la despedía.

—Voy a referiros una historia en la que yo juego un papel y tras la cual podremos discutir, pues me parece pueril pasear el escalpelo sobre un muerto imaginario. Para efectuar una disección, buscad primero un cadáver.

Todos se dispusieron a escuchar con tanta mayor complacencia cuanto que cada uno de los presentes ya había hablado bastante; la conversación empezaba a languidecer y aquel era el momento que los narradores deben elegir. He aquí, pues, lo que contó el cónsul general:

”—A los veintidós años, cuando me doctoré en Derecho, mi anciano tío, el abate Loraux, que entonces tenía setenta y dos años, sintió la necesidad de buscarme un protector y de hacerme seguir una carrera determinada. Aquel hombre excelente, aunque no fuese un santo, consideraba cada nuevo año como un nuevo don del Señor. No es necesario que os diga cuán fácil resultaba al confesor de una alteza real buscar una buena situación para el joven criado por él, hijo único de su hermano. Un día, pues, a finales del año 1824, este venerable anciano, que desde hacía cinco años era cura de los Blancs-Manteaux de París, subió a la habitación que yo ocupaba en su presbiterio y me dijo:

”Aséate, hijo mío, que voy a presentarte a la persona que te tomará a su servicio en calidad de secretario. O mucho me equivoco, o dicha persona podrá sustituirme el día en que Dios me llame a su lado. A las nueve habré terminado la misa; así es que dispones de tres cuartos de hora para arreglarte.

”—¡Ah, tío! ¿Así, debo despedirme de esta habitación donde he sido tan dichoso durante cuatro años?…

”—No tengo fortuna que legarte —me respondió.

”—¿Pero no me dejáis acaso la protección de vuestro nombre, el recuerdo de vuestras obras, y…?

”—De esa herencia no hablemos —respondió él sonriendo—. Tú aún no conoces lo bastante el mundo para saber que absolvería difícilmente un legado de esta naturaleza, mientras que llevándote esta mañana a casa del conde…

(”Permitidme —dijo el cónsul interrumpiéndose— que designe a mi protector solamente bajo el nombre de pila y que lo llame el conde Octavio…).

”—Por el contrario, llevándote a casa del conde Octavio, creo ofrecerte una protección que, si eres del agrado de este virtuoso hombre de Estado, cosa que no dudo, equivaldrá ciertamente a la fortuna que yo habría amasado para ti, si la ruina de mi cuñado y la muerte de mi hermana no me hubiesen sorprendido como un rayo en un día sereno.

”—¿Sois el confesor del señor conde?

”—¿Crees que si lo fuese, podría colocarte en su casa? ¿Qué sacerdote digno de este nombre es capaz de aprovecharse de los secretos que ha conocido en el tribunal de la penitencia? No; debes esta protección a Su Excelencia el ministro de Justicia. Mi querido Mauricio, te encontrarás allí como en casa de un padre. El señor conde te dará dos mil cuatrocientos francos de sueldo fijo, alojamiento en su hotel y unas dietas de mil doscientos francos para tu mantenimiento: no te admitirá a su mesa y no quiere que te sirvan aparte, para no entregarte en manos de subalternos. Sólo he aceptado el ofrecimiento que me han hecho cuando he tenido la seguridad de que el secretario del conde Octavio no será nunca un primer doméstico. Tendrás un trabajo abrumador, pues el conde es un trabajador infatigable; pero saldrás de su casa en disposición de ocupar los más altos puestos. No hace falta que te recomiende discreción, pues ésta es la virtud primera de los hombres destinados a las funciones públicas.

”¡Imaginad cuál sería mi curiosidad! El conde Octavio ocupaba a la sazón uno de los más altos puestos de la Magistratura, poseía la confianza de la señora Delfina, que acababa de nombrarlo Ministro de Estado; vivía de una manera muy parecida a la del conde de de Sérisy, a quien creo que todos conocéis, pero más oscura, pues habitaba en el Marais, en la rue Payenne y casi nunca recibía. Su vida privada escapaba a la curiosidad pública a causa de una molestia cenobítica y un trabajo continuado. Permitid que describa en pocas palabras mi situación. Después de encontrar un tutor en la persona del grave director del colegio de San Luis, a quien mi tío delegó sus poderes, terminé mis estudios a los dieciocho años. Salí de aquel colegio tan puro como un seminarista lleno de fe acabado de salir de San Sulpicio. En su lecho de muerte, mi madre obtuvo de mi tío la promesa de que no me haría abrazar el sacerdocio; pero yo era tan piadoso como si tuviese que tomar las sagradas órdenes. Al salir del colegio, el abate Loraux me tomó a su cuidado y me hizo estudiar Derecho. Durante los cuatro años de estudios requeridos para aprobar todos los cursos, trabajé mucho y especialmente fuera del árido campo de la jurisprudencia. Iniciado en la literatura en él colegio, donde vivía en casa del director, deseaba calmar mi sed. Empecé por leer algunas obras maestras modernas, seguidas por las obras de todos los siglos precedentes. Me apasioné por el teatro; fui a él todos los días durante mucho tiempo, pese a que mi tío sólo me daba cien francos al mes. Esta parsimonia, a la que se veía reducido aquel buen anciano a causa de su afecto por los pobres, tuvo por resultado contener mi apetito juvenil dentro de límites justos. En el momento en que entré en casa del conde Octavio, yo ya no era un inocente, pero consideraba mis raras escapadas como otros tantos crímenes. Mi tío era tan angelical y yo temía tanto apenarlo, que nunca pasé una noche fuera de casa durante aquellos cuatro años, pues el buen hombre esperaba que yo hubiese vuelto para acostarse. Esta solicitud maternal tenía más fuerza para retenerme que todos los sermones y los reproches con que se esmalta la vida de los jóvenes en las familias puritanas. Extraño a los distintos mundos que componen la sociedad parisiense, yo sólo sabía de las mujeres decentes y de las burguesas lo que podía ver de ellas durante mis paseos, o en los palcos del teatro, y aun a la distancia que media entre ellas y la parte posterior de la platea, donde yo me encontraba. Si en aquel tiempo me hubiesen dicho: ”Vais a ver a Canalis o Camille Maupin”, me hubiera parecido tener brasas en la cabeza y en las entrañas. Las personas célebres eran para mí como dioses que no hablaban, no andaban y no comían como los demás hombres. ¡Cuántos cuentos de las Mil y Una Noches se tejen en la adolescencia!… ¡Cuántas Lámparas maravillosas hay que manejar antes de reconocer que la verdadera lámpara maravillosa es el hado, el trabajo o el genio! Para algunos hombres, estos sueños del espíritu en vigilia duran poco. ¡Los míos aún duran! En aquellos tiempos, yo me dormía siempre creyéndome el gran duque de la Toscana, un millonario, un hombre amado por una princesa, o mujer célebre. Así, entrar en casa del conde Octavio, disponer de cien luises anuales para mí solo, fue entrar en la vida independiente. Vislumbré algunas ocasiones de penetrar en la sociedad, de buscar en ella lo que mi corazón más anhelaba: una protectora que me apartase del peligroso camino que siguen necesariamente en París los jóvenes de veintidós años, por prudentes y bien educados que sean. Empezaba a tener miedo de mí mismo. El estudio obstinado del Derecho, en el que me había sumergido, no siempre bastaba para reprimir crueles fantasías. Sí, a veces me abandonaba en pensamiento a la vida del teatro; me creía capaz de ser un gran actor; soñaba con triunfos y amores sin fin, ignorando las decepciones ocultas detrás del telón, iguales a las que existen por doquier, pues todo escenario tiene sus bastidores. A veces salía con el corazón hirviente, dominado por el deseo de hacer una correría por París, de fijarme en una de las bellas mujeres que encontraría, siguiéndola hasta su puerta, espiándola, escribiéndole, confiándome a ella en cuerpo y alma, para vencerla a fuerza de amor. Mi pobre tío, aquel corazón consumido por la caridad, aquel niño de setenta años, inteligente como Dios, ingenuo como un hombre genial, adivinaba sin duda el tumulto de mi alma, pues nunca dejó de decirme: ”.¡Ve, Maurice, tú también eres un pobre! ¡Aquí tienes veinte francos; diviértete, que no eres un cura!”, cuando notaba que la correa por medio de la cual me retenía estaba demasiado tensa y a punto de romperse. Si hubieseis podido ver el fuego fatuo que entonces doraba sus ojos grises, la sonrisa que partía sus labios amables atrayéndolos hacia las comisuras de la boca, y la adorable expresión, en fin, de aquel semblante augusto cuya fealdad primitiva estaba rectificada por un espíritu apostólico, comprenderíais el sentimiento que, por toda respuesta, me impulsaba a abrazar al cura de los Blancs-Manteaux, como si de mi madre se hubiese tratado.

No tendrás un amo —me dijo mi tío cuando íbamos a la rue Payenne— sino un amigo en el conde Octavio; pero es desconfiado o, para decirlo con más exactitud, es prudente. La amistad de este hombre de Estado sólo puede adquirirse con el tiempo; pues, pese a su profunda perspicacia y a su costumbre de juzgar a los hombres, fue engañado por aquel a quien tú sucedes, estando a punto de ser víctima de un abuso de confianza. Esto te bastará para comprender cómo debes portarte en su casa.

”Al llamar al inmenso portal de un hotel tan vasto como el hotel Carnavalet, sito entre un patio y un jardín, el golpe resonó como en una soledad. Mientras mi tío pedía por el conde a un viejo suizo de librea, dirigí una de esas miradas que todo lo ven al patio cuyo adoquinado desaparecía entre la hierba, a los negros muros que ofrecían jardincitos encima de todas las decoraciones de una encantadora arquitectura, y a los techos elevados como los de las Tullerías. Las balaustradas de las galerías superiores estaban carcomidas. A través de una magnífica arcada, distinguí un segundo patio lateral en el que se hallaban las dependencias, de puertas medio podridas, y donde un viejo cochero lavaba un coche no menos viejo. Por el aire calmoso de aquel doméstico, era fácil presumir que las suntuosas caballerizas donde antaño relinchaban tantos caballos, sólo albergaban dos a lo sumo. La soberbia fachada del patio me pareció apagada, como la de un edificio perteneciente al Estado o a la corona, y entregado a cualquier servicio público. Resonó una campanada mientras mi tío y yo íbamos de la casita del suizo (sobre la puerta aún podía leerse: Llamar al suizo) a la escalinata, por la que salió un lacayo cuya librea se parecía a la que llevaban los Labranche del Teatro Francés, en el antiguo repertorio. Eran tan raras las visitas, que el criado acababa de ponerse la casaca mientras abría una puerta vidriera de pequeños cristales; a ambos lados de ella el humo de dos reverberos había dibujado estrellas sobre el muro. Un peristilo de una magnificencia digna de Versalles permitía ver una de esas escalinatas que ya no se construirán nunca más en Francia, y que ocupan tanto espacio como una casa moderna. Al subir por los peldaños de piedra, fríos como tumbas, y por los que ocho personas podían avanzar de frente, nuestros pasos resonaban bajo bóvedas sonoras. Parecía que nos encontrábamos en una catedral. Las barandillas eran una delicia para los ojos a causa de los milagros de aquella orfebrería de cerrajero, en la que se desplegaban las fantasías de un artista del tiempo de Enrique III. Sobrecogidos por el manto helado que nos cayó sobre los hombros, atravesamos antecámaras y salones en sucesión, entarimados, sin alfombras, amueblados por aquellos soberbios trastos viejos que suelen acabar en las tiendas de los anticuarios, procedentes de las grandes mansiones. Llegamos por último a un gran gabinete situado en un pabellón en escuadra cuyas ventanas daban a un vasto jardín.

”—El señor beneficiado de los Blancs-Manteaux, y su sobrino, el señor de L’Hostal —dijo el criado en cuyas manos nos había puesto el lacayo de teatro en la primera antecámara.

”El conde Octavio, que vestía pantalón largo y una levita de muletón gris, se levantó de un inmenso escritorio, se acercó a la chimenea y me indicó por señas que me sentase, mientras se acercaba a mi tío para tomarle las manos y estrechárselas.

”—Aunque soy de la parroquia de San Pablo —le dijo—, sería difícil que no hubiera oído hablar del cura de los Blancs-Manteaux y estoy muy contento de conocerlo personalmente.

”—Vuecencia es muy amable —respondió mi tío—. Os traigo el único pariente que me queda. Si por una parte creo hacer un regalo a Vuecencia, pienso también que doy un segundo padre a mi sobrino.

”—Sólo podré responderos a esto, señor abate, cuando nos hayamos probado mutuamente, vuestro sobrino y yo —dijo el conde Octavio—. ¿Cómo os llamáis? —me preguntó.

”—Mauricio.

”—Es doctor en Derecho —observó mi tío.

”—Bien, bien —dijo el conde, mirándome de pies a cabeza—. Señor abate, espero que, en primer lugar por vuestro sobrino y después por mí, me haréis el honor de venir a cenar aquí todos los lunes. Será nuestra cena, nuestra velada familiar.

”Mi tío y el conde se pusieron a hablar de religión bajo el punto de vista político, de obras de caridad, de represión de los delitos, y entonces pude examinar a mis anchas al hombre de quien iba a depender mi destino. El conde era de estatura media y me fue imposible estimar sus proporciones a causa de su vestido; pero me pareció flaco y enjuto de carnes. Tenía el rostro áspero y surcado por arrugas. Sus facciones poseían finura. La boca, un poco grande, expresaba ironía y bondad a la vez. La frente, quizá demasiado espaciosa, asustaba como si fuese la de un loco, tanto más cuanto que contrastaba con la parte inferior de la cara.

terminada bruscamente en un pequeño mentón muy próximo al labio inferior. Unos ojos de un azul turquesa, vivos e inteligentes como los del príncipe de Talleyrand que yo admiré más tarde y asimismo dotados, como los del príncipe, de la facultad de callarse hasta hacerse apagados, aumentaban el carácter extraño de aquel rostro, que no era pálido sino amarillento. Este color de la tez parecía indicar un carácter irritable y pasiones violentas. Los cabellos, ya plateados y peinados con cuidado, surcaban la cabeza con sus colores alternados blanco y negro. La coquetería de aquel peinado perjudicaba el parecido que yo encontraba en el conde con aquel monje extraordinario que Lewis llevó a la escena inspirándose en el Schedoni del Confesional de los Penitentes Negros y que me parece una creación superior a la del Monje. Teniendo en cuenta que tenía que acudir temprano a Palacio, el conde ya se había rasurado. Dos candelabros de cuatro brazos provistos de pantalla, colocados en ambos extremos de la mesa y cuyas bujías aún ardían, indicaban de manera harto elocuente que el magistrado se levantaba mucho antes de que amaneciese. Sus manos, que vi cuando tomó el cordón de la campanilla para llamar a su ayuda de cámara, eran muy bellas y blancas como manos de mujer…

”Al contaros esta historia —dijo el cónsul general interrumpiéndose—, altero la posición social y los títulos de nuestro personaje, mostrándolo de todos modos en una situación análoga a la suya. Estado, dignidad, lujo, fortuna, tren de vida, todos estos detalles son verdaderos; pero no quiero faltar a mi bienhechor ni a mi acostumbrada discreción.

”En lugar de sentirme lo que era —prosiguió el cónsul general tras una pausa—, socialmente hablando, un insecto en presencia de un águila, experimenté no sé qué sentimiento indefinible ante el aspecto del conde, y que hoy soy capaz de explicar. Los artistas geniales… (se inclinó graciosamente ante el embajador, la mujer célebre y los dos parisienses), los verdaderos hombres de Estado, los poetas un general que ha mandado ejércitos y todas las personas realmente grandes, en una palabra, son sencillas; y su sencillez pone a todos a pie llano con ellas. Vosotros, que sois superiores por el pensamiento quizás habréis observado —agregó dirigiéndose a sus invitados— hasta qué punto el sentimiento acorta las distancias morales creadas por la sociedad. Aunque nosotros os seamos inferiores por el espíritu, podemos igualaros por el afecto de nuestra amistad. A la temperatura (permitidme esta expresión) que tenían nuestros corazones, yo me sentía tan cerca de mi protector como lejos estaba de él por el rango. El alma, en fin, posee su clarividencia; presiente el dolor, la pena, la alegría, la animadversión y el odio ajenos. Reconocí vagamente los síntomas de un misterio, al reconocer en el conde los mismos efectos fisonómicos que había observado en mi tío. El ejercicio de las virtudes, la serenidad de la conciencia, la pureza del pensamiento, transfiguraron a mi tío que, de feo, se convirtió en bellísimo. Percibí una metamorfosis inversa en el rostro del conde: a primera vista, le atribuí cincuenta y cinco años pero, tras un examen atento, reconocí una juventud sepultada bajo el hielo de un profundo pesar, bajo la fatiga de estudios obstinados, bajo los tintes cálidos de una pasión contrariada. Al oír una palabra de mi tío, los ojos del conde readquirieron por un momento el frescor de la brusela, lució una sonrisa de admiración que me lo mostró a una edad que consideré la verdadera: cuarenta años. Estas observaciones no las hice entonces sino más tarde, al recordar las circunstancias de esta visita.

”Entró el ayuda de cámara con una bandeja sobre la que había el desayuno de su señor.

”—No he pedido el desayuno —dijo el conde—; pero dejadlo e id a mostrar sus habitaciones al señor.

”Seguí al ayuda de cámara, que me condujo a un lindo alojamiento completo, situado bajo una terraza, entre el patio de honor y las dependencias, debajo de una galería por la que las cocinas comunicaban con la gran escalinata de la mansión. Cuando regresé al gabinete del conde, antes de abrir la puerta, oí que mi tío pronunciaba esta frase sobre mí, en tono de sentencia:

”—Podrá cometer una falta, pues tiene mucho corazón y todos nos hallamos sujetos a honorables errores; pero no tiene ningún vicio.

”—Bien —me dijo el conde digiriéndome una mirada afectuosa—. ¿Os agrada vuestra residencia? Hay tantas habitaciones en este cuartel que, si no estuvieseis bien allí, os colocaría en otra parte.

”—En casa de mi tío sólo tenía una habitación —respondí.

”—Pues bien, podéis instalaros esta noche —me dijo el conde—, ya que si vuestros efectos personales se reducen a los que tienen todos los estudiantes, un simón bastará para transportarlos. Por hoy cenaremos juntos los tres —añadió, mirando a mi tío.

”Una magnífica biblioteca se hallaba situada contigua al gabinete del conde. Nos condujo a ella para mostrarme un pequeño y coquetón retiro adornado de pinturas, que en otro tiempo debió de servir de oratorio.

”—He aquí vuestra celda —me dijo—; permaneceréis en ella cuando tengáis que trabajar conmigo, pues no os tendré encadenado.

”Y me detalló el género y la duración de mis ocupaciones en su casa; escuchándolo, tuve que reconocer que era un gran preceptor político. Tardé aproximadamente un mes en familiarizarme con las personas y las cosas, en estudiar los deberes de mi nueva posición y en acostumbrarme a las maneras del conde. Un secretario observa necesariamente al hombre que utiliza sus servicios. Los gustos, las pasiones, el carácter y las manías de este hombre se convierten en objeto de un estudio involuntario. La unión de estos dos espíritus es simultáneamente más y menos que un matrimonio. Durante tres meses, el conde Octavio y yo nos espiamos mutuamente. Supe con asombro que el conde no tenía más que treinta y siete años. La paz puramente exterior de su vida y la cordura de su conducta no sólo procedían de un sentimiento profundo del deber y de una reflexión estoica; al tratar a aquel hombre, extraordinario para quienes lo conocían bien, intuí vastas profundidades bajo sus trabajos, bajo los actos de su cortesía, bajo su máscara de benevolencia y su actitud resignada, tan parecida a la calma que inducía a engaño. Del mismo modo como al atravesar un bosque, algunos terrenos permiten adivinar, por el sonido que producen bajo nuestros pasos, la presencia de grandes masas de piedra o el vacío, así el egoísmo en bloque oculto bajo las flores de la cortesía y los subterráneos minados por la desdicha suenan a hueco al contacto continuo de la vida íntima. El dolor y no el desaliento habitaba en aquella alma auténticamente grande. El conde había comprendido que la acción, el hecho, es la ley suprema del hombre social. Así seguía su camino a pesar de secretas heridas, contemplando el porvenir con mirada serena, como un mártir lleno de fe. Su tristeza oculta, la amarga decepción que sufría, no lo llevaron a los páramos filosóficos de la incredulidad; aquel animoso hombre de Estado era religioso, pero sin ninguna ostentación: iba a la primera misa que se celebraba en San Pablo para los artesanos y los domésticos devotos. Ninguno de sus amigos ni nadie de la corte sabían que observaba tan escrupulosamente las prácticas de la religión. Cultivaba a Dios como algunas personas honradas cultivan un vicio, con un profundo misterio. Así fue que un día encontré al conde encaramado en una cúspide de desdichas mucho más elevadas que aquella sobre la que se alzan los que se consideran sometidos a más duras pruebas, que se ríen de las pasiones y las creencias ajenas porque han vencido las suyas, que hacen variaciones en todos los tonos sobre la ironía y el desdén. Entonces él no se burlaba ni de los que aún siguen la esperanza por las ciénagas a la que nos conduce, ni de los que escalan una cumbre para aislarse en ella, ni de los que persisten en su lucha enrojeciendo la arena con su sangre y cubriéndola con sus ilusiones esparcidas; veía el mundo en su totalidad, dominaban las creencias, escuchaba las quejas, dudaba de los afectos y sobre todo de la abnegación; pero aquel grande y severo magistrado se compadecía, los admiraba, no con un entusiasmo pasajero, sino por medio del silencio, del recogimiento, de la comunión del alma enternecida. Era una especie de Manfredo católico y sin crimen, que aportaba la curiosidad a su fe, que fundía las nieves con el calor de un volcán sin salida, conversando con una estrella que sólo él veía. Reconocí muchas oscuridades en su vida exterior. Se ocultaba a mis miradas no como el viajero que al seguir un camino, desaparece según los caprichos del terreno en los barrancos y los desfiladeros, sino como el tirador espiado que quiere esconderse +++ que busca reparos. Yo no me explicaba sus frecuentes ausencias, registradas en el momento en que más trabajaba y que él no me disimulaba, pues me decía: ”Continuad por mí”, confiándome su tarea. Aquel hombre, hundido tan profundamente en sus triples obligaciones de estadista, magistrado y orador, me agradó por el gusto que revelaba un alma hermosa y que casi todas las personas delicadas poseen: su amor por las flores. Su jardín y su gabinete estaban llenos de las plantas más curiosas, pero que él compraba siempre marchitas. ¡Quizá se complacía en aquella mala imagen de su destino!… Él estaba marchito como aquellas flores a punto de expirar y cuyos perfumes casi descompuestos le causaban extrañas embriagueces. El conde amaba a su país, se consagraba a los intereses públicos con la furia de un corazón que quiere engañar a otra pasión; pero el estudio, el trabajo en que se hundía, no le bastaban; en su interior se libraban posibles combates, de los que me alcanzaron algunos destellos. Por último, dejaba entender la existencia de una dolorosa aspiración a la felicidad, y me parecía que aun era dichoso; más, ¿cuál era el obstáculo? ¿Amaba a una mujer? Llegué a plantearme esta pregunta. Juzgad vosotros mismos la extensión de los círculos de dolor que mi pensamiento tuvo que interrogar antes de plantearme una pregunta tan sencilla y tan temible. Pese a sus esfuerzos, mi patrón no conseguía ahogar la voz de su corazón. Bajo su pose austera, bajo el silencio del magistrado se agitaba una pasión contenida con tanta fuerza que nadie, excepto yo, su comensal, adivinó aquel secreto. Su divisa parecía ser: ”sufre y calla". El cortejo de respeto y admiración que lo seguía, la amistad de trabajadores intrépidos como él, de los presidentes Grandville y Sérisy, no producían ningún efecto sobre el conde: o bien no les había confiado nada, o lo sabían todo. Impasible, con la cabeza erguida en público, el conde sólo dejaba ver al hombre en muy raros instantes cuando, sólo en su jardín, en su gabinete, no se creía observado; pero entonces se convertía en un niño, dejaba brotar las lágrimas ocultas bajo su toga, daba rienda suelta a la exaltación que, acaso mal interpretada, hubiera perjudicado su reputación de perspicaz estadista. Cuando todas estas cosas adquirieron estado de certidumbre para mí, el conde Octavio ejerció todo el atractivo de un problema, y obtuvo tanto afecto como si hubiese sido mi propio padre. ¿Comprendéis la curiosidad que sentía, reprimida por el respeto?… ¿Qué desgracia había fulminado a aquel sabio consagrado desde la edad de dieciocho años, como Pitt, a los estudios necesarios para el poder, y que no poseía ambiciones; aquel juez, que conocía el derecho diplomático, el derecho político, el derecho civil y el derecho criminal, y que podía hallar en ellos armas contra todas las inquietudes o contra todos los errores; aquel profundo legislador, aquel escritor serio, aquel religioso célibe cuya vida harto pregonaba que no incurría en ningún reproche? ¡Un criminal no hubiera sido castigado más severamente por Dios que lo había sido mi protector: el pesar lo había despojado de la mitad de su sueño, pues sólo dormía cuatro horas! ¿Qué lucha existía en el fondo de aquellas horas que transcurrían tranquilas en apariencia, consagradas al estudio, sin rumor ni murmullo, y durante las cuales lo sorprendí a menudo con la pluma caída de los dedos, la cabeza apoyada en una mano, los ojos como dos estrellas fijas y a veces bañados en llanto? ¿Cómo era posible que el agua de aquel vivo manantial discurriese sobre una arena brillante sin que el fuego subterráneo la secase?… ¿Había, como bajo el mar, un lecho de granito entre el agua y el fuego del globo? ¿Estallaría por último el volcán?… El conde me miraba a veces con la curiosidad sagaz y penetrante, aunque rápida, con que un hombre examina a otro cuando busca un cómplice; después esquivaba mis miradas al verme abrir los ojos de un modo parecido a una boca que quiere una respuesta y que parece decir: “¡Hablad vos primero!”. En otros momentos, el conde Octavio aparecía presa de una tristeza salvaje y uraña. Si los altibajos de su talante me herían, él sabía recuperar su ecuanimidad sin pedirme el menor perdón; pero sus modales se hacían entonces graciosos, hasta alcanzar la humildad del cristiano. Cuando terminé por sentir un apego filial a aquel hombre misterioso para mí, tan comprensible para el mundo, al que basta el epíteto original para explicar todos los enigmas del corazón, cambié el rostro de la casa. El abandono de sus intereses llegaba en el conde hasta la estupidez, en el modo como llevaba sus asuntos. Su fortuna le proporcionaba ciento sesenta mil francos de renta, sin contar los emolumentos de sus cargos, tres de los cuales no estaban sujetos a la ley de la acumulación de empleos, y gastaba sesenta mil francos, la mitad de los cuales, al menos, iban a parar a manos de sus domésticos. Al término del primer año, despedí a todos aquellos bribones y rogué a Su Excelencia que utilizase su crédito para ayudarme a encontrar servidores honrados. Al terminar el segundo año, el conde, mejor tratado y mejor servido, disfrutaba de las comodidades modernas; tenía hermosos caballos pertenecientes a un cochero a quien yo daba un tanto al mes por cada caballo; sus cenas, sus días de recepción, cuyo servicio corría a cargo de Chevet por un precio convenido, le hacían honor; del mantenimiento se ocupaba una excelente cocinera que me procuró mi tío y a quien dos fámulas ayudaban; la despensa, sin contar las adquisiciones, no ascendía más que a treinta mil francos; teníamos otros dos domésticos, cuyos cuidados devolvieron toda su poesía a la mansión, pues aquel viejo palacio, tan bello en su moho, poseía una majestad que la incuria insultaba.

”—No me sorprende —dijo, al enterarse de estos resultados— que las personas a mi servicio hiciesen tales fortunas. ¡En siete años, dos de mis cocineros se convirtieron en acaudalados fondistas!

”—Habéis perdido trescientos mil francos en siete años —contesté—. Y vos, magistrado que en Palacio firmáis requisitorias contra el crimen, alentabais el robo en vuestra propia casa.

”A comienzos del año 1826, el conde terminó sin duda de observarme y ambos nos sentíamos tan unidos como pueden estarlo dos hombres, cuando Uno se halla subordinado al otro. No me habló de mi porvenir; pero se dedicó, como un padre y como un maestro, a instruirme. Me hacía reunir con frecuencia los materiales de sus más arduos trabajos, redactaba algunos de sus informes y él los corregía haciéndome ver las diferencias que había en sus interpretaciones de la ley, entre sus opiniones y las mías. Cuando por último redacté un trabajo que él hubiera podido considerar como suyo, tuvo tal alegría que esto fue mi mejor premio, lo cual no le pasó desapercibido. Aquel pequeño incidente momentáneo produjo en su alma, en apariencia severa, un efecto extraordinario. El conde me juzgó, para emplear el lenguaje jurídico, en última instancia y soberanamente: me tomó la cabeza para besarme en la frente.

”—Mauricio —exclamó—. Ya no sois mi compañero; aún no sé lo que seréis para mí; pero si la vida no cambia, ocuparéis el lugar de un hijo.

”El conde Octavio me presentó en las mejores casas de París, a las que yo iba en su lugar, con sus servidores y su carruaje, en las ocasiones harto frecuentes en que, cuando se hallaba a punto de partir, cambiaba de idea y hacía venir un cabriolé de punto para ir… ¿adonde?… Este era el misterio. Por la acogida que se me dispensaba, adivinaba los sentimientos del conde hacia mí y lo serias que eran sus recomendaciones. Atento como un padre, atendía a todas mis necesidades con tanta más liberalidad cuanto que mi discreción le obligaba a pensar siempre en mí. A fines del mes de enero de 1827, hallándome en casa de la condesa de Sérisy, tuve tan mala suerte en el juego, que perdí dos mil francos, y no quise pagarlos de mi caja de caudales. Al día siguiente, me dije:

”—¿Debo ir a pedirlos a mi tío o confiarme al conde?

”Tomé este último camino.

”—Ayer —le dije mientras desayunaba— perdí constantemente en el juego, me piqué, continué y debo dos mil francos. ¿Me permitís que tome estos dos mil francos a cuenta de mi sueldo anual?

”—No —me dijo él con una encantadora sonrisa—. Cuando se juega en sociedad, hay que tener una bolsa de juego. Tomad seis mil francos y pagad vuestras deudas; iremos a medias a partir de hoy, pues, si vos me representáis casi siempre, al menos que no sufra vuestro amor propio.

”No di las gracias al conde. Una expresión de agradecimiento hubiera estado de más entre nosotros. Este matiz os indicará el carácter de nuestras relaciones. Sin embargo, aún no reinaba una confianza ilimitada entre nosotros; él no me abrió aquellos inmensos subterráneos que yo había descubierto en su vida secreta, y en cuanto a mí, yo no le preguntaba: “¿Qué tenéis? ¿Qué mal os aqueja?”. ¿Qué hacía durante sus largas veladas? ¡A veces regresaba a pie o en un coche de punto, cuando yo, su secretario, regresaba en carruaje! ¿Era posible que un hombre tan piadoso fuese presa de vicios que ocultaba con hipocresía? ¿Empleaba todas las fuerzas de su espíritu para satisfacer unos celos más fuertes que los de Otelo? ¿Vivía con una mujer indigna de él? Una mañana, al regresar de no recuerdo qué proveedor adonde había ido a pagar una factura, entre San Pablo y el Ayuntamiento, sorprendí al conde Octavio enfrascado en una conversación tan animada con una anciana, que ni siquiera me vio. La fisonomía de aquella vieja me causó extrañas sospechas, tanto más fundadas cuanto que no sabía cómo el conde empleaba sus economías. ¿No resultaba horrible este pensamiento? Me había convertido en censor de mi protector. Sabía que entonces tenía más de seiscientos mil francos disponibles y, si los hubiese invertido en inscripciones de renta, su confianza en mí era tan completa en todo lo concerniente a sus intereses, que yo no lo hubiera ignorado. El conde paseaba a veces por el jardín, durante la mañana, dando vueltas como el hombre para quien el paseo es el hipogrifo montado por una soñadora melancolía. Parecía dichoso y se frotaba las manos hasta casi arrancarse la epidermis. Y cuando yo lo sorprendía para abordarlo a la vuelta de un paseo, veía su semblante iluminado. Sus ojos, en vez de tener la sequedad de una turquesa, adquirían el tono aterciopelado de la brusela que tanto me impresionó durante mi primera visita, a causa del sorprendente contraste de aquellas dos miradas tan distintas: la mirada del hombre feliz, la mirada del hombre desgraciado. Dos o tres veces, en tales momentos, me asió por el brazo para arrastrarme y decirme luego: “¿Qué venís a preguntarme?”, en vez de verter su alegría en mi corazón, que se abría a él. Aunque era más frecuente que el desdichado, sobre todo desde que yo podía reemplazarlo en su trabajo y redactar sus informes, pasase horas enteras contemplando los peces rojos que pululaban en una magnífica fuente de mármol situada en el centro del jardín, y a cuyo alrededor las flores más bellas formaban un anfiteatro. Aquel hombre de Estado parecía haberse apasionado por el placer matinal que proporciona tirar migas de pan a los peces.

”He aquí cómo se descubrió el drama de aquella existencia interior tan profundamente asolada, tan agitada y en la que, en un círculo que Dante olvidó poner en su Infierno, nacían horribles alegrías…

El cónsul general hizo una pausa.

”Cierto lunes —continuó—, quiso el azar que el presidente de Grandville y el señor de Sérisy, a la sazón vicepresidente del Consejo de Estado, acudiesen para celebrar una reunión con el conde Octavio. Los tres integraban una comisión de la que yo era el secretario. El conde ya me había hecho nombrar auditor en el Consejo de Estado. Todos los elementos necesarios para el examen de la cuestión política, sometida en secreto a la atención de aquellos caballeros, se encontraban sobre una de las largas mesas de nuestra biblioteca. Los señores de Grandville y de Sérisy habían confiado al conde Octavio la preparación de los documentos relativos a su labor. A fin de evitar que la documentación fuese transportada a casa del señor de Sérisy, presidente de la Comisión, convinieron en celebrar la primera reunión en la rue Payenne. El gabinete de las Tullerías consideraba muy importante esta labor, que pesó principalmente sobre mis espaldas y a la que debí, en el transcurso de aquel año, mi nombramiento de procurador de las peticiones. Aunque los condes de Grandville y de Sérisy, cuyas costumbres eran muy similares a las de mi protector, no cenaban nunca fuera de casa, seguíamos aún discutiendo a una hora tan avanzada, que el ayuda de cámara llamó para decirme:

”—Los curas de San Pablo y de los Blancs-Manteaux están en el salón desde hace dos horas.

” ¡Eran las nueve!

”—Lo siento, señores, pero no tendréis más remedio que cenar con curas —dijo riendo el conde Octavio a sus colegas—. No sé si Grandville podrá sobreponerse a la repugnancia que le inspiran las sotanas.

”—Esto depende de los curas.

”¡Oh! Uno de ellos es mi tío y el otro el abate Gaudron —le respondí—. No temáis, el abate Fontanon ya no es vicario en San Pablo.

”—Bien, vamos a cenar —respondió el presidente de Grandville—. Los devotos me asustan; pero no conozco a nadie más alegre que un hombre verdaderamente piadoso.

”Y pasamos al salón. La cena fue encantadora. Los hombres realmente cultos, los políticos a quienes los asuntos públicos dan una experiencia consumada y facilidad de palabra son magníficos narradores, cuando saben narrar. Para ellos no hay término medio: o son pesados o son sublimes. El príncipe de Metternich sobresale tanto en este juego encantador como Charles Nodier. Tallada a facetas como el diamante, la ironía de los hombres de Estado, neta, rutilante y llena de sentido. Seguro de que entre aquellos tres hombres superiores se observarían las conveniencias, mi tío permitió que su espíritu se desplegase, su espíritu delicado, de una dulzura penetrante, y fino como el de todas las personas acostumbradas a esconder sus pensamientos bajo un hábito. Como podéis suponer, aquella conversación no tuvo nada de vulgar ni de ociosa; yo compararía de buen grado su efecto sobre el alma con la música de Rossini. El abate Gaudron era, como dijo el señor de Grandville, un San Pedro más que un San Pablo, un campesino rebosante de fe, de base tan cuadrada como de altura, un buey sacerdotal cuya ignorancia, en lo tocante a la vida mundana y a la literatura, animó la conversación con sus asombros ingenuos y sus interrogaciones imprevistas. ¡Acabamos por hablar de una de las lacras inherentes a nuestro estado social y de la que acabamos de ocuparnos: del adulterio! Mi tío observó la contradicción que los legisladores del Código Napoleónico, aún bajo los efectos de las tempestades revolucionarias, habían establecido entre la ley civil y la ley religiosa, y de donde, en su opinión, provenía todo el mal.

“—Para la Iglesia —dijo— el adulterio es un crimen; para vuestros tribunales, no es más que un delito. La adúltera se dirige en carroza a la policía correccional, en lugar de ocupar el banquillo del tribunal de la audiencia de lo criminal. El Consejo de Estado de Napoleón, lleno de ternura para la hembra culpable, se ha mostrado también lleno de impericia. ¿No había que poner de acuerdo sobre este punto a la ley civil con la ley religiosa, enviando al convento para el resto de sus días, como se hacía antaño, a la esposa culpable?

”—¡Al convento! —replicó el señor de Sérisy—. Se hubiera tenido que empezar por crear los conventos, pues en aquella época, se convertía a los monasterios en cuarteles. Además, señor abate, ¿habéis pensado en lo que representa… dar a Dios lo que la sociedad no quiere…?

”—¡Oh! —exclamó el conde de Grandville—. Vos no conocéis Francia. Hemos tenido que dejar al marido el derecho de querellarse. Pues bien, no hay ni siquiera diez querellas por adulterio al año.

”—El señor abate predica por su santo, pues fue Jesucristo quien creó el adulterio —prosiguió el conde Octavio—. En Oriente, cuna de la humanidad, la mujer no era más que un objeto de placer; no se le exigían otras virtudes que la obediencia y la belleza. Al poner el alma por encima del cuerpo, la familia europea moderna, hija de Jesús, inventó el matrimonio indisoluble, que convirtió en sacramento.

”—¡Ah! La Iglesia, desde luego, reconoce todas las dificultades que esto presenta —exclamó el señor de Grandville.

”—Esta institución produjo un mundo nuevo —prosiguió el conde sonriendo—; pero las costumbres de este mundo no serán nunca las de aquellos climas en que la mujer es núbil a los siete años y más que vieja a los veinticinco. La Iglesia Católica ha olvidado las necesidades de una mitad del globo. Por lo tanto hablemos únicamente de Europa. ¿La mujer nos es inferior o superior? Esta es la verdadera cuestión por lo que a nosotros se refiere. Si la mujer nos es inferior, al elevarla a la altura que la ha encumbrado la Iglesia, hacían falta terribles castigos para el adulterio. Así se procedía antaño. El claustro o la muerte, a estos dos extremos se reducía toda la antigua legislación. Pero después las costumbres modificaron las leyes, como siempre. El trono sirvió de lecho para el adulterio, y los progresos de este bello crimen señalaron el debilitamiento de los dogmas de la Iglesia Católica. Hoy día, mientras la Iglesia sólo pide un sincero arrepentimiento a la mujer que ha faltado, la sociedad se contenta con la deshonra en vez de un suplicio. La ley aún sigue condenando a los culpables, pero no los intimida. Por último, existen dos morales: la moral del mundo y la moral del Código. Si el Código es débil, lo reconozco con nuestro querido abate, el mundo es audaz y burlón. Se encontrarían pocos jueces que no desearan haber cometido el delito contra el que esgrimen el rayo harto bonachón de sus considerandos. El mundo, que da un mentís por sus fiestas, por sus costumbres y por sus placeres, es más severo que el Código y la Iglesia: el mundo castiga la torpeza después de haber alentado la hipocresía. En mi opinión, habría que renovar a fondo la economía de la ley sobre el matrimonio. Quizá la ley francesa sería perfecta, si declarase desheredadas a las hembras.

”—Nosotros tres conocemos la cuestión a fondo —dijo riendo el conde Grandville—. Yo tengo una mujer con la que no puedo vivir. La de Sérisy no quiere vivir con él. Y en cuanto a la tuya, Octavio, te ha abandonado. Así, entre los tres resumimos todos los casos de conciencia conyugal; por lo tanto formaremos, sin duda, la comisión, si alguna vez hay que ocuparse del divorcio nuevamente.

”El tenedor de Octavio cayó sobre su vaso, lo rompió y rompió el plato. El conde, pálido como un muerto, fulminó al presidente de Grandville con una mirada con la que le indicaba mi presencia, y que yo sorprendí.

”—Perdón, amigo mío, no veía a Mauricio —prosiguió el presidente de Grandville—. Sérisy y yo hemos sido tus cómplices después de haberte servido de testigos; por lo tanto, no creía cometer una indiscreción en presencia de estos dos venerables eclesiásticos.

”El señor de Sérisy cambió de conversación, contando todo cuanto había hecho para complacer a su esposa, sin conseguirlo nunca. El anciano llegó a la conclusión de que era imposible reglamentar las simpatías y las antipatías humanas, sosteniendo que la ley social sólo era perfecta cuando se acercaba a la ley natural. Pero la naturaleza no tenía para nada en cuenta la alianza de las almas, pues su objetivo se alcanzaba mediante la propagación de la especie. Así, pues, el Código actual demostró ser muy sabio al dejar una enorme latitud al azar. La desheredación de las hembras cuando existiesen herederos varones, era una excelente modificación, tanto para evitar el mestizaje de las razas, como para hacer más felices a los cónyuges suprimiendo uniones escandalosas, haciéndoles buscar únicamente las cualidades morales y la belleza.

”—Pero —añadió, alzando la mano con disgusto—, el medio de perfeccionar una legislación, cuando un país tiene la pretensión de reunir de setecientos a ochocientos legisladores… ¡Puah! Al fin y al cabo —agregó— si yo resulto sacrificado, tengo un hijo que me sucederá…

”—Dejando al margen toda cuestión religiosa —prosiguió mi tío— debo observar a Vuecencia que la naturaleza sólo nos debe la vida, y que la sociedad nos debe la dicha. ¿Sois padre? —le preguntó mi tío.

”—¿Y yo, tengo hijos? —dijo el conde Octavio con una voz cavernosa cuyo acento produjo tal impresión, que ya no se habló más de mujeres ni del matrimonio.

”Después de tomar el café, los dos cónyuges y los dos curas se evadieron al ver al pobre Octavio sumido en un acceso de melancolía que on le permitió observar aquellas desapariciones sucesivas. Mi protector estaba sentado en una poltrona, junto al fuego, en la actitud de un hombre aniquilado.

”—Ya conocéis el secreto de mi vida —me dijo al darse cuenta de que nos hallábamos solos—. Después de tres años de matrimonio, una noche, al volver, me entregaron una misiva en la que la condesa me anunciaba su fuga. Aquella carta no estaba desprovista de nobleza, pues es propio de la naturaleza femenina conservar aún ciertas virtudes al cometer esta falta horrible… Hoy mi esposa murió oficialmente en un naufragio. ¡Vivo solo hace siete años…! Basta por esta noche, Mauricio. Hablaremos de mi situación cuando me haya acostumbrado a la idea de hacerlo. Los que sufrimos una enfermedad crónica, ¿no debemos acostumbrarnos a ella como sea? Hay que acostumbrarse a lo mejor y con frecuencia lo mejor parece ser otra cara de la enfermedad.

”Fui a acostarme conturbado, pues el misterio, lejos de aclararse, cada vez me parecía más oscuro. Presentí un drama extraño al comprender que no podía haber nada de vulgar entre una mujer elegida por el conde y un carácter como el suyo. Por último, los acontecimientos que impulsaron a la condesa a abandonar a un hombre tan noble, tan amable, tan perfecto y amante, tan digno de ser amado, debían de ser singulares, en el menor de los casos. La frase del señor de Grandville fue como una antorcha arrojada en los subterráneos sobre los cuales yo andaba desde hacía tanto tiempo; y aunque esta llama los iluminó de manera imperfecta, mis ojos pudieron comprobar su extensión. Me explicaba los sufrimientos del conde sin conocer ni su profundidad ni su amargura. Aquella máscara amarilla, aquellas sienes chupadas, aquellos gigantescos estudios, aquellos momentos de ensueño, los menores detalles de la vida del buen célibe casado adquirieron un relieve luminoso durante aquella hora de examen mental, que es como el crepúsculo del sueño y a la que cualquier hombre de corazón se habría entregado, como yo hice. ¡Oh, cuánto quería a mi pobre protector! Me pareció sublime. Leí un poema de melancolía, percibí una acción perpetua en aquel corazón que yo tildaba de inerte. ¿Un dolor supremo, no llega siempre a la inmovilidad? Aquel magistrado, que disponía de tanto poder, ¿se había vengado? ¿Alimentaba una larga agonía? ¿No era ya algo, en París, una cólera hirviendo sin cesar durante diez años? ¿Qué hacía Octavio desde aquella gran desdicha, pues esta separación de dos esposos es la gran desdicha de nuestra época, en que la vida íntima se ha convertido en una cuestión social, a diferencia de lo que era antaño? Pasamos algunos días en observación, pues los grandes sufrimientos tienen su pudor; mas por último, una noche, el conde me dijo con voz grave:

”—¡Quedaos!

”Esto fue, poco más o menos lo que me relató:

”Mi padre tenía una pupila, rica, bella y cuya edad era de dieciséis años, en el momento en que yo volví del colegio a este viejo caserón. Educada por mi madre, Honorina despertaba entonces a la vida. Llena de gracias y de puerilidades, soñaba en la felicidad como hubiera podido soñar en un adorno; quizá la felicidad era para ella el adorno del alma. Su piedad estaba acompañada de alegrías pueriles, pues todo, incluso la religión, era una poesía para este corazón ingenuo. Entreveía su porvenir como una fiesta perpetua. Inocente y pura, ningún delirio había turbado su sueño. Jamás la vergüenza y el pecar alteraban sus mejillas o empañaron sus miradas. Ni siquiera buscaba el secreto de sus emociones involuntarias en un bello día de primavera. En fin, se sentía débil, destinada a la obediencia, y esperaba el matrimonio sin desearlo. Su risueña imaginación ignoraba la corrupción quizá necesaria, que la literatura inocula al pintar las pasiones; no sabía nada del mundo y no conocía ninguno de los peligros de la sociedad. La tierna niña había sufrido tan poco, que ni siquiera tuvo que apelar a su valor. En una palabra: su candor le hubiera permitido andar impávida entre serpientes, como la figura ideal de la inocencia, creada por un pintor. No hubo jamás frente más serena ni tampoco más risueña que la suya. Nunca se permitió a una boca despojar de su sentido con tanta ignorancia a interrogaciones precisas. Vivíamos como dos hermanos. Al cabo de un año yo le dije, en el jardín de esta casa, ante el estanque de los peces, mientras les tiraba pan:

”—¿Quieres que nos casemos? Conmigo harás todo lo que quieras, mientras que otro hombre te haría desgraciada.

”—Mamá —dijo ella a mi madre, que se acercó a nosotros—; Octavio y yo hemos acordado casamos…

”—¿A los diecisiete años? —respondió mi madre—. No, esperaréis dieciocho meses; y si dentro de dieciocho meses os queréis, en tal caso, como sois de cuna distinguida y de igual fortuna, haréis un matrimonio de conveniencia y de inclinación a la vez.

”Cuando yo cumplí veintiséis años y Honorina diecinueve, nos casamos. Nuestro respeto por mi padre y mi madre, ancianos de la antigua corte, nos impidió poner a la moda este hotel, cambiar su mobiliario y aquí nos quedamos para seguir siendo dos niños, como en el pasado. Sin embargo, yo alternaba, inicié a mi esposa en la vida de sociedad y me asigné el deber de instruirla. Más tarde reconocí que los matrimonios contraídos en las condiciones del nuestro encierran un escollo contra el que terminan por despedazarse muchos afectos, muchas prudencias y muchas existencias. El marido se convierte en un pedagogo, en un profesor, si lo preferís así; y el amor sucumbe bajo la férula que, tarde o temprano, hiere; pues una esposa joven y bella, prudente y risueña, no admite superioridades por encima de aquéllas con que la naturaleza la ha dotado. ¿Quizá cometí errores? ¿Quizás adquirí, en los difíciles principios de un matrimonio, un tono magistral? ¿Quizá, por el contrario, cometí el error de fiarme absolutamente de aquella cándida naturaleza, y no vigilé a la condesa, en quien me parecía imposible la rebelión? ¡Ay! Aún no sabemos, ni en política ni en la vida conyugal, si los imperios y las felicidades perecen por excesiva confianza o por excesiva severidad. ¿Y no pudiera ser acaso que el marido no hubiese sido para Honorina la realización de sus sueños de doncella? ¿Sabemos acaso, durante los días de dicha, qué preceptos dejamos de cumplir?…

(Sólo recuerdo en líneas generales los reproches que se dirigió el conde, con la buena fe del anatomista que busca las causas de una enfermedad, que no alcanzan a distinguir sus colegas; pero su clemente indulgencia me pareció entonces verdaderamente comparable a la de Jesucristo cuando salvó la mujer adúltera).

”Transcurridos dieciocho meses de la muerte de mi padre, que precedió por algunos meses a mi madre en la tumba —prosiguió después de una pausa—, llegó la noche terrible en que me sorprendió la carta con el adiós de Honorina. ¿Por qué poesía fue seducida mi esposa? ¿Fueron los sentidos? ¿Fueron los magnetismos de la desdicha o del genio? ¿Cuál de estas fuerzas la sorprendió o la arrastró? Yo nada quise saber. El golpe fue tan cruel, que quedé como aturdido durante un mes. Más tarde, la reflexión me aconsejó que siguiese en la ignorancia y las desdichas de Honorina me informaron en demasía sobre estos extremos. Hasta aquí, Mauricio, todo es muy vulgar; pero todo cambiará cuando os diga que amo a Honorina y que no he cesado de adorarla. Desde el día en que me abandonó, vivo de mis recuerdos, revivo uno a uno los placeres que sin duda dejaron insensible a Honorina.

”—¡Oh! —exclamó, viendo el asombro en mis ojos—. No me consideréis un héroe, no me creáis bastante necio, como diría un coronel del Imperio, para no haber buscado distracciones. ¡Ay, hijo mío!, yo era demasiado joven o estaba demasiado enamorado: no pude encontrar otra mujer en el mundo entero. Después de terribles luchas conmigo mismo, traté de aturdirme; fui, dinero en mano, hasta el umbral mismo de la infidelidad; pero allí se alzaba ante mí, como una blanca estatua, el recuerdo de Honorina. Al recordar la delicadeza infinita de aquella piel suave a través de la que se veía circular la sangre y palpitar los nervios; al volver a ver aquella cabecita ingenua, tan candorosa la víspera de mi desdicha como el día en que le dije: “¿Quieres que nos casemos?”, al recordar un perfume celeste como el de la virtud; al hallar de nuevo la luz de su mirada, la gracia de sus gestos, huía como un hombre que fuese a violar una tumba y que viese salir de ella el alma de un muerto, transfigurada. En el consejo, en Palacio, en mis noches, sueño de manera tan constante con Honorina que necesito una fuerza anímica excesiva para atender a lo que hago y a lo que digo. He aquí el secreto de mis trabajos. Pues bien, no he sentido más cólera contra ella que la que sentiría un padre viendo a su hijo querido en el peligro al que se ha precipitado por imprudencia. Comprendí que había hecho de mi esposa una poesía que disfrutaba con tanta embriaguez, que creía esta embriaguez compartida. ¡Ah, Mauricio, un amor sin discernimientos en un marido es una falta, un error que puede preparar todos los crímenes de una mujer! Sin duda dejé sin emplear las fuerzas de aquella niña, querida como una niña; quizá la fatigué con mi amor antes de que la hora del amor hubiese sonado para ella. Demasiado joven para entrever la abnegación de la madre en la constancia de la mujer, tomó aquella primera prueba del matrimonio por la propia vida, y la niña revoltosa maldijo la vida sin saberlo yo, sin atreverse a quejarse ante mí, quizá por pudor. En una situación tan cruel, ella se encontró indefensa frente a un hombre que debió de emocionarla violentamente. Y yo, sagaz magistrado según dicen, yo, hombre de buen corazón pero de espíritu ocupado, adiviné demasiado tarde aquellas negligidas leyes del código femenino, y las tuve que leer a la claridad del incendio que devoraba mi techo. Convertí entonces mi corazón en tribuna, en virtud de la ley, pues la ley Constituye un juez en un marido: absolví a mi mujer y me condené. Mas el amor adquirió entonces en mí la forma de la pasión, de aquella pasión cobarde y absoluta que domina a algunos ancianos. Hoy amo a Honorina ausente como se ama, a los sesenta años, a una mujer que se desea tener a cualquier precio, pero yo aún siento en mí las fuerzas de un hombre joven. Tengo la audacia del viejo y el pudor del adolescente. Amigo mío, la soledad sólo tiene mofas para esta terrible situación conyugal. Compadece a un amante pero ve en un marido yo no sé qué impotencias; se ríe de los que no saben conservar una mujer que han adquirido bajo el yugo de la Iglesia y ante la banda del alcalde. ¡Yo he tenido que callar! Sérisy es feliz. Debe a su indulgencia el placer de ver a su esposa; la protege, la defiende y, como la adora, conoce los goces excesivos del bienhechor que no se inquieta por nada, ni siquiera por el ridículo, pues con él bautiza sus goces paternales.

”—¡Únicamente sigo casado a causa de mi mujer! —me decía un día Sérisy y saliendo del Consejo.

”Pero yo… yo no tengo nada, ni siquiera el ridículo que afrontar, y sólo me sostiene un amor sin alimento; yo que no sé qué decir a una mujer mundana; yo, a quien repelen los innobles devaneos, yo, fiel por sortilegio… Sin mi fe religiosa, ya me hubiera matado. He desafiado el abismo del trabajo, me he sumergido en él, para salir vivo, ardiente, quemándome, después de perder el sueño…

(No recuerdo qué siguió diciendo aquel hombre tan ya de por sí tan elocuente, y a quien la pasión infundía una elocuencia tan superior a la de la tribuna que, como él, al escucharlo, yo tenía las mejillas bañadas en llanto. Juzgad cuáles serían mis impresiones cuando, después de una pausa durante la cual ambos nos enjugamos las lágrimas, él terminó su relato con esta revelación: ).

”Éste es el drama de mi alma, pero no es el drama exterior que en estos momentos se representa en París. El drama interior no interesa a nadie. Lo sé, y vos lo reconoceréis algún día, vos que lloráis en estos momentos conmigo: nadie sobrepone a su corazón ni a su epidermis el dolor ajeno. La medida del dolor está en nosotros mismos. Vos, por ejemplo, sólo comprendéis mis sufrimientos gracias a una analogía muy vaga. ¿Podéis verme calmando los accesos más violentos de desesperación mediante la contemplación de una miniatura en la que mi mirada vuelve a hallar su frente para besarla, la sonrisa de sus labios, el contorno de su rostro, mientras respiro la blancura de su piel, y me permite casi palpar y acariciar los negros bucles de sus cabellos ensortijados? ¿Me habéis sorprendido cuando brinco de esperanza, cuando me retuerzo bajo las mil flechas de la desesperación, cuando ando por el fango de París tratando de domar mi impaciencia con la fatiga? Me domina a veces una irritación comparable a la de los que se consumen, una hilaridad de loco, una aprensión propia del asesino que se encuentra con un brigadier de la gendarmería. Mi vida, en suma, es un continuado paroxismo de terrores y alegrías, de desesperaciones. En cuanto al drama, vedlo aquí: ¡Creéis que me ocupo del Consejo de Estado, de la Cámara, de Palacio, de la política!… ¡Dios mío! Siete horas de cada noche bastan para todo ello, pues la vida que llevo hasta tal punto ha sobreexcitado mis facultades. Honorina es mi gran ocupación. Reconquistar a mi esposa, éste es mi único estudio; vigilarla en la jaula donde la tengo, sin que ella sepa que está en mi poder; satisfacer sus necesidades, velar por los escasos placeres que se permite, estar incesantemente junto a ella, como un silfo, sin dejarme ver ni adivinar, so pena de echar a perder todo mi futuro. ¡He aquí mi vida, mi verdadera vida! Desde hace siete años, no me he acostado ni una sola noche sin antes haber ido a ver la luz de su lamparilla nocturna, o su sombra sobre los visillos de la ventana. Abandonó mi casa sin querer llevarse más que la ropa que aquel día tenía puesta. ¡La niña, por la nobleza de sus sentimientos, llegó hasta la necedad! ¡Pero dieciocho meses después de su fuga, fue abandonada por su amante, asustado por el rostro áspero y frío, siniestro y hediondo, de la miseria! ¡Cobarde! Aquel hombre se imaginaba sin duda llevar una existencia feliz y dorada en Suiza y en Italia, la existencia propia de las grandes damas que han abandonado a su esposo. Honorina tiene una dote que le proporciona sesenta mil francos de renta. ¡Aquel miserable dejó a mi querida criatura encinta y sin un céntimo! En 1820, en el mes de noviembre, conseguí que el mejor comadrón de París representase el papel de pequeño cirujano de barriada. Convencí al cura del distrito donde se encontraba la condesa para que subviniese a sus necesidades, como si hiciera una obra de caridad. Ocultar el nombre de mi mujer, asegurarle el incógnito, encontrarle un ama de llaves que me fuese fiel y, al propio tiempo, una confidente inteligente… ¡Bah!, esto fue un trabajo digno de Fígaro. Comprenderéis que, para descubrir el asilo de mi esposa, me bastaba con quererlo. Después de tres meses de desesperanza más que de desesperación, el pensamiento de consagrarme a la felicidad de Honorina, tomando a Dios por confidente de mi papel, fue uno de estos poemas que sólo brotan en el corazón de un amante. Todo amor absoluto quiere su pasto. ¿No debía proteger a esta niña, culpable únicamente por mi imprudencia, contra nuevos desastres, para realizar por fin mi papel de ángel de la guarda? Después de amamantarlo durante siete meses, su hijo murió, afortunadamente para ella y para mí. Mi mujer estuvo entre la vida y la muerte durante nueve meses, abandonada en el momento en que más necesitaba el brazo de un hombre; pero este brazo —dijo, extendiendo el suyo con un movimiento de una energía angélica— se tendió sobre su cabeza. Honorina recibió las mismas atenciones y cuidados que hubiera recibido en su casa. Cuando, una vez restablecida, preguntó cómo y quién la había socorrido, le respondieron: «Las hermanas de la Caridad del barrio…, la Sociedad de maternidad…, el señor párroco, que se interesa por ella». Esta mujer, cuyo orgullo adquiere caracteres de vicio, mostró en la desdicha una fortaleza y una resistencia que, algunas noches, yo llamo una tozudez de mula. ¡Honorina quiso ganarse la vida! ¡Mi mujer trabaja!… La tengo desde hace cinco años en la rue Saint-Maur, en un lindo pabellón donde confecciona flores y modas. Cree vender los productos de su elegante trabajo a un comerciante, que se los paga a tan buen precio que la jornada de trabajo le vale veinte francos; durante seis años no ha sospechado absolutamente nada. Paga todas las cosas de la vida aproximadamente a una tercera parte menos de lo que valen, de manera que con seis mil francos anuales vive como si dispusiese de quince mil. Le gustan las flores y da cien escudos a un jardinero que a mí me cuesta mil doscientos francos de gajes, y que me presenta cuentas de dos mil francos cada trimestre. He prometido a este hombre una extensión de huertos y una casa de hortelano contigua a la caseta del portero de la rue Saint-Maur. Poseo esta propiedad bajo el nombre de un escribano de la corte. Una sola indiscreción le bastaría al jardinero para perderlo todo. Honorina tiene su pabellón, un jardín, un soberbio invernáculo, por quinientos francos de alquiler al año. Y allí vive, bajo el nombre de su ama de llaves, madame Gobain, una vieja de una discreción a toda prueba que conseguí encontrar, y que ha sabido conquistarse su afecto. Pero su celo, como el del jardinero, se mantiene gracias a la promesa de una recompensa cuando llegue el día del triunfo. El portero y su mujer me cuestan también un dineral por los mismos motivos. Honorina, en fin, es feliz desde hace tres años, cree que debe a su trabajo el lujo representado por sus flores, sus vestidos y su bienestar.

”—¡Oh!…, sé lo que queréis decirme —exclamó el conde al ver una interrogación en mis ojos y en mis labios—. Sí, sí, hice una tentativa. Mi mujer estaba antes en el arrabal de Saint-Antoine. Un día, cuando creí que existían probabilidades de reconciliación, según lo que me dijo la Gobain, le envié una carta por correo en la que intentaba ablandar a mi esposa, una carta escrita y recomenzada veinte veces. No quiero describiros mis angustias. Iba de la rue Payenne a la rue de Reuilly, como un condenado que va del Palacio al Ayuntamiento; ¡pero él iba en carreta y yo a pie!… Anochecía, había niebla, me presenté ante madame Gobain, quien tenía que contarme lo que había hecho mi mujer. Cuando Honorina reconoció mi escritura, tiró la carta al fuego sin leerla.

”—¡Madame Gobain —dijo—, mañana ya no quiero estar aquí!…

”Estas palabras fueron como una puñalada para un hombre que hallaba alegrías ilimitadas en la estratagema por medio de la cual procuraba a su esposa los más bellos terciopelos de Lyon a doce francos la vara, un faisán, un pescado, fruta a una décima parte de su valor, a una mujer lo bastante ignorante como para creer que pagaba lo suficiente, con doscientos cincuenta francos, a madame Gobain, que había sido cocinera de un obispo… A veces me habéis sorprendido restregándome las manos y presa de una especie de felicidad. Pues bien: acababa de tener éxito en una estratagema digna del teatro: acababa de engañar a mi mujer, enviándole por una vendedora un chal de las Indias que le fue presentado como procedente de una actriz que apenas lo había llevado pero en el que yo, el grave magistrado que conocéis, me había envuelto para dormir toda una noche entre sus pliegues. Y por último, hoy, mi vida puede resumirse en las dos palabras con las que se expresa el más violento de los suplicios: ¡Amo y espero! Tengo en madame Gobain una fiel espía de este corazón adorado. Voy todas las noches a hablar con esta vieja, para enterarme por ella de todo lo que Honorina ha hecho durante el día, las menores palabras que ha dicho, pues una sola exclamación puede librarme los secretos de un alma que se ha vuelto sorda y muda. Honorina es piadosa; va a misa, reza; pero nunca ha ido a confesarse y a tomar la comunión, previendo lo que le diría el sacerdote. No quiere escuchar el consejo, la orden de volver a mí. El horror que siente por mí me espanta y me confunde, pues nunca hice el menor mal a Honorina; siempre fui bueno con ella. Admitamos que tuviese ciertas vivacidades al instruirla, que mi ironía de hombre hubiese herido su legítimo orgullo de jovencita. ¿Es esto razón suficiente para perseverar en una resolución que sólo puede inspirar el odio más implacable? Honorina no ha dicho nunca a madame Gobain quién es, guarda un silencio absoluto sobre su matrimonio, de manera que esta digna y honrada mujer no puede decir ni una palabra en mi favor, pues es la única persona en la casa que conoce mi secreto. Los demás no saben nada; viven bajo el terror que inspira el nombre del prefecto de policía y en la veneración que sienten por el poder de un ministro. Por lo tanto, me es imposible penetrar en este corazón: la ciudadela es mía, pero no puedo entrar en ella. No dispongo de un solo medio de acción. ¡Si cometiese una violencia, me perdería para siempre! ¿Cómo combatir unas razones que se ignoran? ¿Escribir una carta, hacerla copiar por un amanuense público y ponerla bajo los ojos de Honorina?… He pensado en ello. ¿Pero no sería arriesgarse a un tercer traslado? El último me cuesta ciento cincuenta mil francos. Esta adquisición fue hecha bajo el nombre del secretario que vos habéis reemplazado. El desgraciado, que no sabía hasta qué punto tengo el sueño ligero, fue sorprendido por mí cuando abría con una llave falsa la caja donde guardaba la escritura de anulación; entonces tosí y el espanto se apoderó de él; al día siguiente le obligué a vender la finca a la persona que actualmente la tiene a su nombre y después lo despedí. ¡Ah!, si no sintiese en mí todas las facultades nobles del hombre satisfechas, dichosas, dilatadas; si los elementos de mi papel no perteneciesen a la paternidad divina, si yo no gozase por todos los poros, hay momentos en que creería en una monomanía. Algunas noches oigo los cascabeles de la locura, tengo miedo de las transiciones violentas de una débil esperanza, que brilla a veces y se eleva para caer después en una desesperación completa que me hunde hasta lo más profundo donde puede hundirse un hombre. Medité gravemente, hace unos días, sobre el atroz desenlace de Lovelace con Clarisa, diciéndome:

”—Si Honorina tuviese un hijo de mí, ¿no sería necesario que volviese a la mansión conyugal?

”En fin, tengo fe hasta tal punto en un futuro dichoso, que hace diez meses adquirí y pagué una de las más bellas mansiones del arrabal de Saint-Honoré. Si reconquisto a Honorina, no quiero que vuelva a ver esta casa, ni la habitación de donde huyó. Quiero poner a mi ídolo en un nuevo templo, para que pueda creer en una vida totalmente nueva. Están convirtiendo aquella mansión en una maravilla de gusto y elegancia. Me han hablado de un poeta que, medio loco de amor por una cantante, al principio de su pasión compró el más bello lecho del país, sin saber el resultado que la actriz reservaba a su pasión. Pues bien, esta anécdota ha removido todas las fibras del corazón al más frío de los magistrados, a un hombre que pasa por ser el más grave consejero de la Corona. El orador de la Cámara comprende a este poeta que alimentaba su ideal con una posibilidad material. Tres días antes de la llegada de María Luisa, Napoleón se revolcó en su lecho de bodas, en Compiegne… Todas las pasiones gigantescas se parecen. ¡Yo amo como un poeta y como un emperador!…

”A1 oír estas últimas palabras, creí que acababan de realizarse los temores del conde Octavio: se había levantado, andaba, gesticulaba, pero de pronto se detuvo, como asustado ante la violencia de sus palabras.

”—Soy muy ridículo —prosiguió tras una pausa larguísima, pidiéndome una mirada de compasión.

”—No, señor, sois muy desgraciado…

”—¡Oh, sí —dijo, reanudando el hilo de aquellas confidencias—, más de lo que creéis! La violencia de mis palabras puede y debe haceros creer en la pasión física más intensa, pues desde hace nueve años anula todas mis facultades; pero esto no es nada en comparación con la adoración que me inspiran el alma, el espíritu, los modales, el corazón, todo cuanto en la mujer no es la mujer; sino esas encantadoras divinidades del cortejo del Amor con las que transcurre nuestra vida y que son la poesía cotidiana de un placer fugitivo. Por un fenómeno retrospectivo, veo las prendas que adornan el corazón y el espíritu de Honorina, a las que ya prestaba poca atención en los días de mi dicha, como todas las personas felices. A cada nuevo día he sido más consciente de la magnitud de mi pérdida al reconocer las cualidades divinas de que estaba dotada aquella criatura caprichosa y rebelde, que se ha vuelto tan fuerte y altiva bajo la pesada mano de la miseria, bajo los golpes del más cobarde de los abandonos. ¡Y esta flor celeste se marchita solitaria y oculta! ¡Ah, la ley de la cual hablábamos —prosiguió con amarga ironía—, la ley es un piquete de gendarmes, es mi mujer detenida y conducida aquí a la fuerza!… ¿Y no es esto conquistar un cadáver? La religión no tiene fuerza sobre ella, tiene ojeriza a la poesía, reza sin escuchar los Mandamientos de la Iglesia. Yo lo he agotado todo en cuanto a clemencia, bondad y amor… He llegado al último extremo. No existe más que un medio de triunfo: la astucia y la paciencia con que los pajareros terminan por apresar las aves más esquivas, más ágiles, más antojadizas y más raras. Así, Mauricio, cuando la indiscreción bien excusable del señor de Grandville os ha revelado el secreto de mi vida, he terminado por ver en este incidente una de aquellas órdenes del destino, una de aquellas paradas que escuchan y que mendigan los jugadores en medio de sus partidas más obstinadas… ¿Sentís por mí suficiente afecto para mostrarme una fidelidad novelesca?…

”—Os veo venir, señor conde —respondí interrumpiéndole—; adivino vuestras intenciones. Vuestro primer secretario quiso forzar vuestra caja; conozco el corazón del segundo: podría amar a vuestra esposa. ¿Y queréis condenarlo a la desgracia enviándolo al fuego? ¿Es posible poner la mano en un brasero sin quemarse?

”—Sois un niño —repuso el conde—. ¡Os enviaré con guantes! No es mi secretario quien irá a instalarse en la rue Saint-Maur, en la casita del hortelano que ha quedado libre, sino mi primo, el barón del Hostal, letrado informador del Consejo.

* * *

”Tras un momento de sorpresa, oí una campana y un coche avanzó hasta el pie de la escalinata. El ayuda de cámara no tardó en anunciar a madame de Courteville y su hija. El conde Octavio tenía una numerosísima parentela por línea materna. Madame de Courteville, su prima, era viuda de un juez del tribunal del Sena, que la dejó con una hija y sin medios de fortuna. ¿Qué podía ser una mujer de veintinueve años al lado de una joven de veinte años, tan bella como la imaginación podía desear que fuese la amante ideal?

”—Barón, letrado informador del Consejo, contador del Ministerio entre tanto, y con este viejo caserón por dote, ¿aún no tendréis bastantes motivos para amar a la condesa? —me dijo al oído, tomándome de la mano para presentarme a madame de Courteville y a su hija.

”Quedé deslumbrado, no tanto por las ventajas y prebendas en que ni siquiera me hubiera atrevido a soñar, sino al ver a Amelia de Courteville, cuyos encantos estaban realzados por uno de esos sabios atavíos con que las madres presentan a sus hijas cuando se trata de casarlas.

”—No hablemos de mí —dijo el cónsul, haciendo una pausa…

”Veinte días después —prosiguió— fui a vivir a la casa del hortelano, que habían limpiado, arreglado y amueblado con la celeridad que sólo puede explicarse con estas palabras: ¡París, el obrero francés, dinero! Yo estaba tan enamorado como el conde podía desear para su seguridad. La prudencia de un joven de veinticinco años, ¿bastaría para las astucias que yo iba a emprender y en las que estaba en juego la felicidad de un amigo? Para resolver esta cuestión, os aseguro que contaba mucho con mi tío, pues el conde me autorizó para convertirlo en mi confidente en caso de que considerase necesaria su intervención. Tomé un jardinero, me convertí en floricultor hasta extremos de verdadera manía, me ocupé furiosamente, como un hombre a quien nada podía distraer, de roturar el terreno y hacerlo apto para el cultivo de las flores. A semejanza de los maniáticos de Holanda o de Inglaterra, me convertí en un monoflorista. Cultivé especialmente las dalias, reuniendo todas sus variedades. Como podéis suponer, mi línea de conducta, hasta sus más ligeras desviaciones, estaba trazada por el conde, que se consagró entonces con todas sus fuerzas intelectuales a los menores acontecimientos de la tragicomedia que iba a representarse en la rue Saint-Maur. Así que la condesa se acostaba, lo cual sucedía todas las noches entre las once y medianoche, Octavio, madame Gobain y yo celebrábamos consejo. Oía cómo la vieja refería a Octavio los menores movimientos de su mujer durante el día; él se informaba de todo, de las comidas, de las ocupaciones, de la actitud, del menú del día siguiente, de las flores que ella se proponía imitar. Comprendí lo que era un amor reducido a la desesperación, cuando se compone del triple amor que procede de la cabeza, del corazón y de los sentidos. Octavio sólo vivía durante aquella hora. Durante los dos meses que duraron los trabajos, yo no puse los ojos en el pabellón donde habitaba mi vecina. Ni siquiera había preguntado si tenía una vecina, pese a que el jardín de la condesa y el mío estaban separados por una empalizada a lo largo de la cual ella había hecho plantar cipreses que ya medían cuatro pies. Una hermosa mañana, madame Gobain anunció como una gran desdicha a su señora la intención, manifestada por un original que se había convertido en vecino suyo, de levantar una tapia entre ambos jardines, a fines de año. No os digo nada de la curiosidad que me devoraba. ¡Ver a la condesa!… Este deseo hacía palidecer mi amor naciente por Amelia de Courteville. Mi proyecto de levantar una tapia era una terrible amenaza. Quitaría el aire de Honorina, cuyo jardín se convertiría en una especie de pasillo angosto entre mi muro y su pabellón. Este pabellón, una antigua mansión de recreo, parecía un castillo de naipes: no tenía más de treinta pies de profundidad por una longitud de unos cien pies. La fachada, pintada a la alemana, figuraba un enrejado de flores hasta el primer piso, y ofrecía un encantador ejemplo de aquel estilo Pompadour tan bien llamado Rococó. Se llegaba a la casa por una larga avenida de tilos. El jardín del pabellón y los terrenos adjuntos tenían forma de hacha, cuyo mango estaba representado por dicha avenida. Mi tapia cortaría tres cuartas partes del hacha. La condesa estaba desolada y dijo, llevada por su desesperación:

”—Mi pobre Gobain, ¿qué clase de hombre es este floricultor?

”—A fe mía —dijo ella— no sé si será posible amansarlo, pues parece sentir horror por las mujeres. Es el sobrino de un cura de París. Sólo he visto a su tío una sola vez. Es un viejo agradable de setenta y cinco años, muy feo pero amable. Es posible que este cura mantenga, como se asegura en el barrio, a su sobrino apasionado por las flores para evitarle mayores males…

”—¿Qué queréis decir?

”—Quiero decir que vuestro vecino es un atolondrado… —dijo la Gobain, bien aleccionada.

”Los únicos hombres que no inspiran ninguna desconfianza a las mujeres en lo que toca a los sentimientos son los locos tranquilos. Vais a ver por lo que voy a referiros cuánta fue la perspicacia del conde al darme este papel.

”—¿Pero qué tiene? —preguntó la condesa.

”—Exceso de estudio. El exceso de estudio —respondió la Gobain— le ha sorbido a medias los sesos, lo ha vuelto huraño y salvaje. En fin, tiene sus razones para no querer a las mujeres…, ya que deseáis saber todo cuanto se dice.

”—Pues bien —dijo Honorina—, los locos me asustan menos que los cuerdos. ¡Así es que hablaré con él! Decidle que le ruego que venga. Si no consigo nada de él, veré al cura.

”Al día siguiente de esta conversación, mientras paseaba por los senderos que yo mismo había trazado, entreví, en el primer piso del pabellón, los visillos apartados de una ventana y el rostro de una mujer que atisbaba con expresión curiosa. La Gobain me abordó. Miré de pronto al pabellón e hice un gesto brutal, como si dijese: «¡Vuestra señora me importa un comino!».

”—Señora —dijo la Gobain, que fue a dar cuenta de su embajada—, ese loco me ha rogado que lo dejéis tranquilo, arguyendo que el carbonero es señor de su casa, sobre todo cuando está sin mujer.

”—Tiene dos veces razón —respondió la condesa.

”—Sí, pero ha terminado por responderme: «¡Iré!», cuando le he dicho que causaría la desgracia de una persona que vivía retirada del mundo y que hallaba gran solaz en el cultivo de las flores.

”A1 día siguiente supe por una seña que me hizo la Gobain que esperaban mi visita. Cuando la condesa terminó de almorzar y mientras paseaba ante su pabellón, rompí la empalizada y me acerqué a ella. Vestía a la guisa de los campesinos: viejos pantalones largos de muletón gris, enormes zuecos, una vieja chaqueta de caza, gorra, un pañuelo al cuello, las manos sucias de tierra y un plantador en la mano.

”—¡Señora, es el señor vecino vuestro! —gritó la Gobain.

”La condesa no estaba asustada. Por último pude ver a aquella mujer cuya conducta y las confidencias del conde habían despertado tanto mi curiosidad. Estábamos en los primeros días del mes de mayo. El aire puro, el cielo azul, el verdor de las primeras hojas, la fragancia de la primavera, formaban un cuadro para esta creación del dolor. Al ver a Honorina, comprendí la pasión de Octavio y la verdad de esta expresión: ¡Una flor celeste! Su blancura fue lo primero que me sorprendió, por su albura particular, pues hay tantos blancos como rojos y azules distintos. Al mirar a la condesa, los ojos acariciaban aquella piel suave por la que la sangre circulaba en hilillos azulados. A la menor emoción, la sangre se extendía bajo los tejidos como un vapor, en oleadas rosadas. Cuando nos encontramos, los rayos del sol pasando a través del delgado follaje de las acacias, rodeaban a Honorina de aquel nimbo amarillo y fluido que solamente Rafael y Ticiano, entre todos los pintores, han sabido pintar en torno de la Virgen. Sus ojos castaños expresaban ternura y alegría a la vez; su brillo se reflejaba en la cara, a través de sus largas pestañas entornadas. Con el movimiento de sus sedosos párpados, Honorina hechizaba a quien la contemplaba, pues su manera de alzar o de bajar aquel velo del alma estaba lleno de sentimiento, de majestad, de terror o de desdén. Podía helar o animar con una simple mirada. Sus cabellos cenicientos, atados con negligencia sobre la cabeza, dibujaban una frente de poetisa, amplia, poderosa, soñadora. La boca era totalmente voluptuosa. Y por último, privilegio raro en Francia pero común en Italia, todas las líneas y los contornos de aquella cabeza poseían un carácter de nobleza que detendría los ultrajes del tiempo. Aunque esbelta, Honorina no era delgada y sus formas me parecieron propias para despertar aún el amor cuando ya se cree agotado. Merecía muy bien el epíteto de linda, pues pertenecía a esa clase de mujercitas gráciles que se dejan abrazar, acariciar, abandonar y tomar de nuevo como gatitas. Oí que sus pequeños pies producían un leve rumor sobre la grava, un rumor que les era propio y que armonizaba con el susurro de sus ropas; de ello resultaba una música femenina que se grababa en el corazón y seguramente debía distinguirse entre el andar de un millar de mujeres. Su porte recordaba con tanta altivez sus blasones que, en la calle, los proletarios más atrevidos debían apartarse a su paso. Risueña, tierna, altiva e imponente, sólo podía comprendérsela dotada de estas cualidades opuestas en apariencia y que sin embargo la dejaban convertida en un enigma. Pero la niña podía adquirir la fortaleza del ángel; y, como el ángel, una vez herida en su naturaleza, debía ser implacable. La frialdad de aquel rostro era sin duda la muerte para los que habían conocido la sonrisa de sus ojos, para quienes sus labios se habían desplegado, para las almas que habían acogido la melodía de aquella voz que infundía a la palabra la poesía del canto mediante acentos particulares. Al aspirar el perfume de violeta que exhalaba, comprendí por qué el recuerdo de aquella mujer había detenido al conde en el umbral del libertinaje, y por qué era imposible olvidar a quien de verdad era una flor para el tacto, una flor para la mirada, una flor para el olfato y una flor celeste para el alma… Honorina inspiraba afecto, un amor caballeresco y sin recompensas. Quien la veía se decía: «Pensad, que adivinaré; hablad, que obedeceré. Si mi vida, perdida en un suplicio, puede procuraros un día de felicidad, tomadla, vuestra es: sonreiré como los mártires en la hoguera, pues llevaré este día a Dios como prenda por la que un padre reconoce una fiesta dada a su hija». Son muchas las mujeres que se componen una fisonomía y llegan a producir efectos parecidos a los que cualquiera sentiría ante el aspecto de la condesa; pero en ella todo procedía de un delicioso natural, y este delicioso natural inimitable iba derecho al corazón. Si os hablo así de ella, es porque se trata únicamente de su alma, de sus pensamientos, de la delicadeza de su corazón, y porque me habríais reprochado que no os la bosquejase. Estuve a punto de olvidarme de mi papel de hombre medio loco, brutal y poco caballeresco.

”—Me han dicho, señora, que amáis las flores.

”—Soy obrera florista, señor —respondió—. Después de cultivar las flores, las copio, como una madre que fuese lo bastante artista para darse el gusto de pintar a sus hijos… ¿No bastará con deciros que soy pobre y no me hallo en estado de pagar la concesión que deseo obtener de vos?

”—¿Cómo es posible —repuse con la gravedad de un magistrado— que una persona de aspecto tan distinguido como vos ejerza semejante oficio? ¿Acaso tenéis, como yo, motivos para ocupar vuestros dedos a fin de no dejar que trabaje vuestra cabeza?

”—Permanezcamos sobre el muro medianero —respondió ella sonriendo.

”—Pero si estamos en los cimientos —dije—. ¿No queréis que sepa cuál de nuestros dos dolores, o, si lo preferís, de nuestras dos manías, debe ceder el paso al del otro?… ¡Ah, qué lindo ramo de narcisos! ¡Están tan frescos como esta mañana!

”Debéis saber que había creado como un museo de flores y arbustos, donde únicamente el sol penetraba, cuyo arreglo estaba dictado por un genio de artista y que el más insensible de los propietarios hubiera respetado. Las masas de flores, dispuestas con un arte de florista o reunidas en ramilletes, producían efectos dulces en el alma. Aquel jardín recogido, solitario, exhalaba aromas consoladores y sólo inspiraba dulces pensamientos, imágenes graciosas, incluso voluptuosas. Se reconocía en él aquella inefable signatura que nuestro auténtico carácter imprime en todas las cosas, cuando nada nos obliga a obedecer las diversas hipocresías, por otra parte necesarias, que exige la sociedad. Yo miraba alternativamente el ramo de narcisos y la condesa, mostrando más amor por las flores que por ella, para estar en mi papel.

”—¿Así, os gustan mucho las flores? —me preguntó.

”—Son los únicos seres que agradecen nuestros cuidados y nuestra ternura.

”Me enzarcé en una perorata tan violenta para establecer un paralelo entre la botánica y el mundo, que nos hallamos a mil leguas del muro medianero y la condesa debió de tomarme por un ser doliente, herido, digno de compasión. Pero al cabo de media hora, mi vecina me llevó de manera natural a la cuestión que le interesaba; pues las mujeres, cuando no aman, tienen todas la sangre fría de un viejo abogado.

”—Si queréis que deje en pie la empalizada —le dije— aprenderéis todos los secretos de cultivo que yo deseo ocultar, pues trato de obtener la dalia azul y la rosa azul, ya que las flores azules me enloquecen. ¿No es el azul el color favorito de las almas bellas? Ni vos ni yo estamos en nuestra casa: sería preferible poner una puertecita de tablas cruzadas que reuniese nuestros jardines… Vos amáis las flores y así veríais las mías y yo vería las vuestras. Si vos no recibís a nadie, a mí sólo me visita mi tío, el cura de los Blancs-Manteaux.

”—No —dijo ella—, no quiero que nadie tenga derecho a entrar en mi jardín y en mi casa a todas horas. Podéis venir, siempre seréis recibido como un vecino con quien deseo vivir en buenas relaciones; pero amo demasiado mi soledad para gravarla con una dependencia cualquiera.

”—¡Cómo queráis! —dije.

”Y salté por encima de la empalizada.

”—¿De qué sirve una puerta? —grité cuando estuve en mi terreno, volviéndome hacia la condesa con un gesto burlón y una mueca de loco.

”Estuve quince días simulando no preocuparme de mi vecina. A finales del mes de mayo ambos nos hallamos, un bello atardecer, en nuestros respectivos lados de la empalizada, paseándonos lentamente. Cuando llegamos al extremo, tuvimos que cambiar algunas palabras de cortesía; ella me encontró tan abrumado, tan profundamente sumido en un doloroso ensimismamiento, que me habló de esperanzas dirigiéndome frases parecidas a esas canciones con que las nodrizas hacen dormir a los niños. Entonces franqueé la cerca y me encontré por segunda vez a su lado. La condesa me hizo entrar en su casa con el deseo de amansar mi dolor. Así, penetré finalmente en aquel santuario, donde todo armonizaba con la mujer que he tratado de describiros. Reinaba allí una simplicidad exquisita. En su interior, aquel pabellón era en verdad la bombonera inventada por el arte del siglo XVIII para las alegres orgías de un gran señor. El comedor, situado en la planta baja, estaba recubierto de pinturas al fresco que representaban enrejados de flores de una ejecución admirable y maravillosa. El hueco de la escalera presentaba encantadores decorados en forma de camafeo. El saloncito, que comunicaba con el comedor, estaba prodigiosamente deteriorado; pero la condesa había tendido sobre sus paredes unos tapices llenos de fantasía y provenientes de antiguos biombos. Había un cuarto de baño contiguo. En el primer piso sólo se veían un dormitorio con su tocador adjunto y una biblioteca metamorfoseada en taller. La cocina estaba oculta en el sótano, sobre el que se alzaba el pabellón y al que había que subir por una escalera de varios peldaños. Las balaustradas de la galería y sus guirnaldas de flores a la Pompadour disimulaban el techo, del que sólo se veían los ramilletes de plomo. En aquella morada se tenía la sensación de encontrarse a cien leguas de París. Sin la sonrisa amarga que a veces se dibujaba en los bellos labios rojos de aquella mujer pálida, hubiera podido creerse en la felicidad de la violeta encerrada en su bosque de flores.

”Llegamos en pocos días a una confianza engendrada por la vecindad y por la certidumbre que tuvo la condesa de mi completa indiferencia hacia las mujeres. ¡Una mirada lo hubiera comprometido todo y nunca traslucí en mis ojos que pensaba en ella! Honorina quiso ver en mí una especie de viejo amigo. Sus modales conmigo estaban dictados por una especie de compasión. Sus miradas, su voz, sus discursos, todo decía que estaba a mil leguas de las coqueterías que incluso la mujer más severa quizá se hubiera permitido en caso semejante. No tardó en autorizarme a entrar en el encantador taller donde confeccionaba sus flores: un retiro lleno de libros y de curiosidades, engalanado como un tocador, y cuya riqueza ponía de relieve la vulgaridad de los instrumentos de su oficio. La condesa había terminado por poetizar, digámoslo así, lo que es el antípoda de la poesía: una fábrica. Quizá de todas las tareas a que pueden entregarse las mujeres, la fabricación de flores artificiales sea la que les permite desplegar mayor número de gracias, a causa de sus detalles. Para iluminar, una mujer debe permanecer inclinada sobre una mesa entregándose con cierta atención a esta pintura a medias. La tapicería, tal como la practican las obreras que trabajan en las fábricas de tapices, es causante de pulmonías o de una desviación de la espina dorsal. El grabado de las planchas de música es uno de los trabajos más tiránicos por lo minucioso, por el cuidado que requiere y la atención que exige. La costura y el bordado no dan siquiera treinta sueldos diarios. Pero la fabricación de flores y de modas requiere una multitud de movimientos, de gestos e incluso de ideas, que dejan a las mujeres bonitas en su esfera, donde pueden seguir siendo ellas mismas, charlando, riendo, cantando o pensando. Desde luego, era un sentimiento del arte el que hacía disponer a la condesa, sobre una larga mesa de pino amarillo, las miríadas de pétalos coloreados que servían para componer las flores que ella había escogido. Los pequeños recipientes para desleír los colores eran de porcelana blanca y estaban siempre limpios y dispuestos de manera que con una simple ojeada se pudiese encontrar el matiz deseado en la gama de tonos. Así la noble artista ahorraba tiempo. Un bonito mueble de ébano con incrustaciones de marfil, de cien cajones venecianos, contenía las matrices de acero con las que ella recortaba las hojas o algunos pétalos. Un magnífico bol japonés contenía la cola, que ella no dejaba nunca que se agriase, y al que había adaptado una tapa de bisagra tan ligera, tan móvil, que la alzaba con la punta del dedo. Guardaba el alambre de latón y el latón en un cajoncito de su mesa de trabajo, para tenerlos delante. Bajo sus ojos se elevaba, en un vaso de Venecia, desplegado como un cáliz sobre su tallo, el modelo viviente de la flor con la que iba a medir sus fuerzas. Se apasionaba por las obras maestras, abordaba las obras más difíciles, los racimos, las más menudas corolas, los brezos, los nectarios de matices más caprichosos. Sus manos, tan ágiles como su pensamiento, iban de la mesa a la flor, como las de un artista sobre las teclas de un piano. Sus dedos parecían ser hadas, para servirme de una expresión de Perrault, pues a tal extremo ocultaban, bajo la gracia del gesto, las diferentes fuerzas de torsión, de aplicación, de pesadez necesarias para aquella obra, midiendo con la lucidez del instinto todos los movimientos para que produjesen el resultado apetecido. Yo no me cansaba de admirarla mientras montaba una flor, a partir de los elementos reunidos ante ella, que luego revestía de algodón, perfeccionaba un tallo y le prendía las hojas. Hacía gala del genio propio de los pintores en sus audaces empresas, copiaba hojas marchitas, hojas amarillentas; luchaba con las flores de los campos, las más ingenuas de todas y las más complicadas en su simplicidad.

”—Este arte —me decía— está en su infancia. Si las parisienses poseyesen un poco del genio que la esclavitud del harén exige a las mujeres de Oriente, prestarían todo un lenguaje a las flores que se ponen en la cabeza. Para mi satisfacción de artista, he hecho flores marchitas con las hojas color de bronce florentino, como las que se encuentran antes o después del invierno… ¿Se halla acaso desprovista de poesía esta corona, puesta sobre la cabeza de una joven cuya vida está frustrada, o que devora un secreto pesar? ¿Cuántas cosas podría decir de una mujer con su tocado? ¿No hay flores para las bacantes embriagadas, flores para las sombrías y rígidas devotas, flores solícitas para las mujeres aburridas? ¡Creo que la botánica expresa todas las sensaciones y todos los pensamientos del alma, incluso los más delicados!

”Me utilizaba para que recortase sus hojas con las matrices, para que preparase el alambre para los tallos. Mi fingido deseo de distracción me confirió pronto una gran habilidad. Hablábamos mientras trabajábamos. Cuando no tenía nada que hacer, le leía las últimas novedades, pues no debía perder de vista mi papel y representaba el del hombre fatigado de la vida, agotado a fuerza de pesares, taciturno, escéptico, áspero. Este personaje me valía adorables bromas sobre el parecido puramente físico, salvo el pie zopo, existente entre Lord Byron y yo. De manera constante, sus propias desdichas, sobre las que ella quería guardar el más profundo silencio, borraban las mías, pese a que las causas de mi misantropía hubieran podido satisfacer cumplidamente a Yong y Job reunidos. No os hablaré de los sentimientos de vergüenza que me torturaban al ponerme en el corazón, como los pobres de la calle, unas falsas llagas para despertar la compasión de aquella joven adorable. No tardé en comprender la extensión de mi afecto al percatarme de cuál era la vileza de todos los espías. Las pruebas de simpatía que yo entonces coseché, hubieran consolado los mayores infortunios. Aquella encantadora criatura, privada del mundo, sola desde hacía tantos años, que además del amor podía prodigar verdaderos tesoros de afecto, me los ofreció con efusión infantil, con una piedad que, ciertamente, hubiera llenado de amargura al vil que la hubiese amado; pues era todo caridad, todo compasión. Su renuncia al amor, el espanto que le causaba lo que suele llamarse la felicidad femenina, estallaban con tanta fuerza como ingenuidad. Aquellos días de dicha me demostraron que la amistad de las mujeres es muy superior a su amor. Yo me había hecho arrancar las confidencias de mis pesares con tantos melindres como los que se permiten a las jóvenes antes de sentarse al piano, tan convencidas se hallan del aburrimiento que van a producir. Como ya adivináis, la necesidad de vencer mi repugnancia de hablar obligó a la condesa a estrechar aún más los vínculos de nuestra intimidad; pero encontraba hasta tal punto en mí su propia antipatía contra el amor, que me pareció contenta de la casualidad que le envió aquella especie de Viernes a su isla desierta. Quizá la soledad empezaba a pesarle. Sin embargo, se hallaba desprovista de la menor coquetería, ya no tenía nada de mujer, únicamente sentía que tenía un corazón, solía decirme, en el mundo ideal donde se refugiaba. Yo comparaba involuntariamente aquellas dos existencias: la del conde, todo acción, todo agitación, todo emoción, y la de la condesa, todo pasividad, todo inactividad, todo inmovilidad. Tanto la mujer como el hombre obedecían admirablemente a su naturaleza. Mi misantropía autorizaba cínicas arremetidas contra los hombres y contra las mujeres, que yo me permitía mientras esperaba llevar a Honorina al terreno de las confesiones; pero ella no caía en ninguna trampa y yo empezaba a comprender aquella terquedad de mula, más común de lo que se cree en las mujeres.

”—Los orientales tienen razón —le dije una noche— al encerraros considerándoos sólo como instrumento de sus placeres. Europa ha tenido su bien merecido castigo por haberos admitido a formar parte del mundo, aceptándoos en pie de igualdad. En mi opinión, la mujer es el ser más ímprobo y cobarde que pueda existir. Y de ahí precisamente proceden sus encantos: ¡Del bello placer que produce cazar un animal doméstico! Cuando una mujer inspira una pasión a un hombre, él la considera siempre sagrada; a sus ojos, ella está revestida de un privilegio imprescriptible. El reconocimiento que siente el hombre por los placeres pasados es eterno. Aunque encuentre que su amante es vieja o indigna de él, aquella mujer seguirá teniendo derechos sobre su corazón; mas para vosotras, el hombre que habéis amado ya no es nada; menos que eso, comete la falta imperdonable de seguir viviendo… No os atrevéis a declararlo, pero en el fondo del corazón todas pensáis lo que la calumnia popular, llamada tradición, atribuye a la dama de la torre de Nesle: «¡Qué lástima que no podamos alimentarnos de amor como nos alimentamos de frutas y que, una vez terminada la colación, no nos reste únicamente más que el sentimiento del placer…!».

”—Dios —dijo ella— ha reservado sin duda esta dicha perfecta para el paraíso… Pero aunque vuestra argumentación os pueda parecer muy inteligente —prosiguió— tiene para mí la desdicha de ser falsa. ¿Qué nombre dais a estas mujeres que se entregan a múltiples amores? —me preguntó mirándome como la Virgen de Ingres contempla a Luis XIII cuando éste le ofrece su reino.

”—Sois una comediante de buena fe —le respondí—, pues acabáis de dirigirme unas miradas que harían la gloria de una actriz. Pero, al ser tan bella, habéis amado; por lo tanto olvidáis.

”—Yo —respondió Honorina eludiendo mi pregunta— no soy una mujer; soy una religiosa que ha cumplido setenta y dos años.

”—¿Cómo podéis afirmar entonces con tanta autoridad que sentís más vivamente que yo? La desdicha tiene una sola forma para las mujeres, que sólo consideran infortunios las decepciones del corazón.

”Ella me dirigió una dulce mirada e hizo como todas las mujeres que, estrechadas entre las dos puertas de un dilema, o sujetas por las garras de la verdad, continúan sin querer dar su brazo a torcer. Díjome entonces:

”—Yo soy religiosa y vos me habláis de un mundo donde ya no puedo volver a poner los pies.

”—¿Ni siquiera en pensamiento? —le pregunté.

”—¿Tan digno de envidia es el mundo? —me preguntó ella a su vez—. ¡Oh, cuando mi pensamiento se extravía, va más arriba…! El ángel de la perfección, el bello Gabriel, canta a menudo en mi corazón. Aunque fuese rica, igualmente seguiría trabajando para no subir con demasiada frecuencia sobre las alas irisadas del ángel e irme al reino de la fantasía. ¡Hay contemplaciones que nos pierden, a nosotras las mujeres! Debo mucha tranquilidad a mis flores, aunque no siempre consigan mantenerme ocupada. En algunos días, invade mi alma una espera sin objeto; no puedo apartar un pensamiento que se apodera de mi mente y que parece hacer más pesados mis dedos. Creo que se prepara un gran acontecimiento, que mi vida va a cambiar; escucho sones vagos, miro a las tinieblas, pierdo el deseo de trabajar y, después de mil fatigas, encuentro de nuevo la vida… la vida ordinaria. ¿Es un presentimiento del cielo? Esto es lo que yo me pregunto…

”Al cabo de tres meses de forcejeo entre dos diplomáticos ocultos bajo la piel de una melancolía juvenil, y una mujer a quien la repugnancia hacía invencible, dije al conde que parecía imposible hacer salir a la tortuga de su caparazón. Había que romper la concha. La víspera, durante una última discusión por completo amistosa, la condesa exclamó ante mí:

”—Lucrecia escribió con un puñal y su sangre la primera palabra de la carta de las mujeres: ¡Libertad!

”A partir de entonces el conde me dio carta blanca.

”—¡He vendido por cien francos las flores y los sombreros que he hecho esta semana! —me dijo gozosa Honorina un sábado por la noche, cuando fui a visitarla al saloncito de la planta baja, cuyos dorados habían sido restaurados por el falso propietario.

”Eran las diez. Un crepúsculo de julio y una luna magnífica derramaban su neblinosa claridad. Ventoleras de perfumes mezclados acariciaban el alma, la condesa hacía tintinear en la mano las cinco monedas de oro de un falso comisionista de modas, otro compinche de Octavio que un juez, M. Popinot, le había encontrado.

”—¡Ganarse la vida divirtiéndose —dijo ella—, ser libre, cuando los hombres, armados con sus leyes, han querido hacer de nosotras unas esclavas! ¡Oh, todos los sábados tengo accesos de orgullo! En fin, quiero las monedas de oro de M. Gaudissart tanto como Lord Byron, vuestro sosia, quería las de Murray.

”—Pero este no es papel propio de una mujer —objeté.

”—¡Bah! ¿Soy acaso una mujer? Soy un muchacho dotado de un alma tierna, esto es todo; un muchacho que ninguna mujer puede atormentar…

”—Vuestra vida es una negación de todo vuestro ser —respondí—. ¿Cómo es posible que vos, sobre quien Dios derramó sus más escogidos tesoros de amor y belleza, no deseéis a veces…?

”—¿Cómo? —dijo ella, bastante inquieta ante una frase que, por primera vez, contradecía mi papel.

”—Un hermoso niño de cabellos ensortijados, yendo y viniendo entre estas flores, como una flor de vida y de amor, llamándoos: «¡Mamá…!».

”En vano esperé una respuesta. Un silencio excesivamente prolongado me hizo comprender el terrible efecto de mis palabras que la oscuridad me ocultaba. Inclinada sobre el diván, la condesa no se había desvanecido, pero estaba yerta a consecuencia de un ataque nervioso cuyo primer estremecimiento, dulce como todo lo que de ella emanaba, le pareció, según reveló más tarde, el efecto producido por un sutilísimo veneno. Llamé a madame Gobain, quien vino para llevarse a su señora, tenderla sobre el lecho, aflojarle sus vestiduras para quitárselas y devolverla, no a la vida, sino al sentimiento de un horrible dolor. Yo me paseaba llorando por la avenida que bordeaba el pabellón, poniendo en duda el éxito. Quería renunciar a mi papel de pajarero, aceptado de manera tan imprudente. Madame Gobain, que descendió para encontrarme con el rostro bañado en llanto, volvió a subir al instante para decir a la condesa:

”—¿Qué ha sucedido, señora? El señor Mauricio derrama abundantes lágrimas, como si fuese un niño.

”Estimulada por la peligrosa interpretación que podía darse a nuestra mutua actitud, Honorina sacó fuerzas de flaqueza y, envolviéndose en un peinador, descendió y vino a mi encuentro.

”—Vos no sabéis la causa de esta crisis —me dijo—; suelo ser víctima de espasmos, una especie de calambres en el corazón…

”—¿Y vos queréis ocultarme vuestras penas…? —le pregunté, secando mis lágrimas y con una voz no fingida—. ¿No acabáis de revelarme que habéis sido madre y que habéis sufrido el dolor de perder a vuestro hijo?

”—¡María! —gritó ella de pronto, agitando la campanilla.

”La Gobain se presentó.

”—Traed luz y preparad el té —le dijo con la sangre fría de una lady dotada de orgullo por la atroz educación británica que todos conocéis.

”Cuando la Gobain hubo encendido las bujías y cerrado las persianas, la condesa me ofreció un semblante mudo; su indomable altivez, su gravedad de salvaje, habían vuelto a dominarla. Me dijo entonces:

”—¿Sabéis por qué me gusta tanto Lord Byron…? Porque sufrió como sufren los animales. ¿De qué sirven las quejas cuando no son una elegía como la de Manfredo, una burla amarga como la de don Juan, un ensueño como el de Childe Harold? ¡Nadie sabrá nada de mí…! ¡Mi corazón es un poema que entrego a Dios!

”—Si yo quisiera… —dije.

”—¿Sí? —repitió ella.

”—No me interesa nada —respondí— y no puedo ser curioso; pero, si quisiera, mañana mismo conocería todos vuestros secretos.

”—¡Os reto a que lo hagáis! —me dijo Honorina con ansiedad mal disimilada.

”—¿Lo decís en serio?

”—Ciertamente —repuso inclinando la cabeza—. Debo saber si es posible semejante crimen.

”—Ante todo, señora —respondí indicándole sus manos—, estos lindos dedos, que dicen de manera harto elocuente que ya no sois una muchacha, ¿han sido hechos para el trabajo? Además os dais el nombre de madame Gobain sin tener en cuenta que el otro día, ante mí, dijisteis a María, al recibir una carta: «Toma, es para ti». María es la verdadera madame Gobain. Luego ocultáis vuestro nombre bajo el de vuestra ama. ¡Oh, señora, no temáis nada de mí! En mí tenéis el amigo más fiel que tendréis jamás. Amigo, entendedlo bien. Doy a esta palabra su acepción más santa y conmovedora, tan profanada en Francia, donde bautizamos con ella a nuestros enemigos. Este amigo, que os defenderá contra todo, quiere que seáis tan dichosa como corresponde a una mujer como vos. ¿Quién sabe si el dolor que os he causado involuntariamente no es una acción voluntaria?

”—Sí —repuso Honorina con audacia amenazadora—, quiero que seáis curioso y que me digáis todo lo que podáis saber sobre mí; pero… —añadió alzando el dedo— me diréis también por qué medios habéis conseguido tales informes. La conservación de la escasa dicha de que aquí disfruto depende de vuestras gestiones.

”—Esto quiere decir que huiréis…

”—¡Volando! —exclamó—. Y al Nuevo Mundo…

”—Donde os encontraréis —añadí interrumpiéndola— a la merced de la brutalidad de las pasiones que inspiraréis. ¿No es propio de la misma esencia del genio y de la belleza brillar, atraer las miradas, excitar los apetitos y las maldades ajenas? París es el desierto sin los beduinos; París es el único lugar del mundo donde quien desea vivir de su trabajo puede ocultar su vida. ¿De qué os quejáis? ¿Qué soy yo? Un doméstico más, monsieur Gobain, en definitiva. Si tenéis que sostener un duelo, un testigo puede haceros falta.

”—No importa, sabed quien soy. Ya he dicho que lo deseo. Ahora, os lo ruego —prosiguió con gracia—, ya podéis actuar.

”—Pues bien; mañana, a esta misma hora, os diré lo que he descubierto —le respondí—. ¡Pero no me odiéis por ello! ¿Obraréis como las demás mujeres?

”—¿Qué hacen las demás mujeres?

”—Nos imponen inmensos sacrificios y, cuando los hemos cumplido, nos los echan en cara poco tiempo después como una injuria.

”—Tienen razón al hacerlo, si lo que han exigido os parece un sacrificio… —contestó con malicia.

”—Sustituid la palabra sacrificio por la palabra esfuerzo y…

”—Será una impertinencia —dijo Honorina, completando la frase.

”—Perdonadme —le dije—; olvidaba que la mujer y el Papa son infalibles.

”—Dios mío —dijo ella tras una larga pausa—, tan sólo dos palabras podrían turbar esta paz que me ha costado tanto adquirir y de la que disfruto como de un fraude…

”Se levantó y dejó de prestarme atención.

”—¿Qué hacer? —dijo—. ¿Qué será de mí…? ¿Tendré que abandonar este dulce retiro, dispuesto con tanto cuidado para acabar en él mis días?

”—¿Para acabar en él vuestros días? —le dije con visible espanto—. ¿No habéis pensado alguna vez que llegará un momento en que ya no podréis trabajar, en que el precio de las flores y de las modas bajará a causa de la competencia…?

”—Ya tengo mil escudos de economías —repuso.

”—¡Dios mío! ¿Cuántas privaciones representa esta suma? —exclamé.

”—Hasta mañana —me dijo Honorina—. Dejadme. Esta noche no me siento yo misma; quiero estar sola. No debo desperdiciar mis fuerzas en caso de desgracia. Pues si vos sabéis algo, otros que no son vos también lo sabrán y entonces… Adiós —me dijo con tono breve y gesto imperioso.

”—El combate se aplaza hasta mañana —respondí sonriendo, a fin de no perder el carácter de despreocupación que trataba de infundir a esta escena.

”Pero, al salir por la larga avenida, repetía:

”—¡El combate se aplaza hasta mañana!

”Y el conde, con quien me encontraba en el bulevar, como todas las noches, exclamó también:

”—¡El combate se aplaza hasta mañana!

”La ansiedad de Octavio igualaba a la de Honorina. El conde y yo paseamos hasta las dos de la madrugada frente a los fosos de la Bastilla, como dos generales que, a la víspera de la batalla, evalúan todas las posibilidades, examinan el terreno y reconocen que, en medio de la lucha, la victoria puede depender de un azar del que hay que saber aprovecharse. Aquellos dos seres separados de manera violenta iban a pasar la noche en vela, uno sumido en la esperanza y el otro en la angustia de una reunión. Los dramas de la vida no se encuentran en las circunstancias, sino en los sentimientos; se representan en el corazón, o, si lo preferís, en ese mundo inmenso que solemos llamar el mundo espiritual. Octavio y Honorina actuaban y vivían únicamente en este mundo de los grandes espíritus.

”Llegué puntualmente. A las diez de la noche fui admitido por primera vez en una encantadora habitación, blanca y azul; en el nido de aquella paloma herida. La condesa me miró, quiso hablarme y quedó aterrada ante mi aspecto respetuoso.

”—Señora condesa… —le dije, sonriendo gravemente.

”La pobre joven, que se había levantado, volvió a caer en su butaca y permaneció hundida en ella en una actitud de dolor que yo hubiera querido ver representada por un gran pintor.

”—Sois —dije, prosiguiendo— la esposa del más noble y considerado de los hombres, de un hombre que todos tienen por grande, pero que lo es mucho más por su conducta hacia vos que por su imagen ante los ojos del mundo. Vos y él sois dos grandes caracteres. ¿Dónde creéis estar, aquí? —le pregunté.

”—En mi casa —respondió ella, abriendo unos ojos que me miraban fijamente a causa del asombro que sentía.

”—¡En casa del conde Octavio! —respondí—. Todo es una comedia. M. Lenormand, el escribano de la corte, no es el verdadero propietario, sino el hombre de paja de vuestro marido. La admirable tranquilidad de que gozáis es obra del conde, el dinero que ganáis proviene asimismo del conde, cuya protección se extiende a los más pequeños detalles de vuestra existencia. Vuestro marido os ha salvado a los ojos del mundo, ha prestado motivos plausibles a vuestra ausencia y espera ostensiblemente no haberos perdido en el naufragio del Cecilia, buque en el que os embarcasteis para ir a La Habana a fin de recoger una sucesión de una antigua parienta que habría podido olvidaros; efectuasteis el viaje en compañía de dos señoras de su familia y de un viejo intendente. El conde manifiesta haber enviado agentes al lugar del siniestro y haber recibido cartas que le infunden muchas esperanzas… Adopta tantas precauciones para ocultaros a todas las miradas, como las que vos misma adoptáis… En fin, os obedece…

”—Basta —respondió Honorina—. Sólo quiero saber otra cosa. ¿Quién os ha dado todos estos detalles?

”—¡Por Dios, señora! Mi tío colocó a un joven sin fortuna en el despacho del comisario de policía del barrio, en calidad de secretario. Es este joven quien me lo ha revelado todo. Si esta noche abandonaseis furtivamente este pabellón, vuestro marido seguiría vuestros pasos y su protección os alcanzaría adondequiera que fueseis. ¿Cómo es posible que una mujer inteligente haya podido creer que existen comerciantes capaces de comprar flores y sombreros al mismo precio por el que los venden? ¡Pedid mil escudos por un ramillete y los tendréis! Jamás ternura de madre fue más ingeniosa que la de vuestro marido. He sabido, por el portero de vuestra casa, que el conde viene con frecuencia para apostarse detrás del seto, cuando todo duerme, para ver la lucecita de vuestra lamparilla de noche. Vuestro gran chal de Cachemira vale seis mil francos… Vuestra proveedora de artículos de tocador os vende cosas viejas que proceden de las mejores fábricas… En fin, sois como Venus en las redes de Vulcano; pero estáis aprisionada sola y por las maquinaciones de una generosidad sublime, que ha sido sublime durante siete años y a todas horas.

”La condesa temblaba como una golondrina apresada que, desde la mano que la sujeta, tiende el cuello y mira a su alrededor con ojos descoloridos. Estaba agitada por una convulsión nerviosa y le examinaba con mirada retadora. De sus ojos secos brotaba un resplandor casi cálido. Pero era mujer, por lo que llegó un momento en que las lágrimas aparecieron y lloró, no porque se sintiese conmovida, sino a causa de su impotencia. Lloró de desesperación. Se creía independiente y libre y el matrimonio pesaba sobre ella como la prisión sobre el cautivo.

”—Me iré —decía a través de sus lágrimas—. Me obliga a hacerlo; me iré adonde nadie pueda seguirme…

”—¡Ah! —exclamé—. Queréis mataros… Debéis de tener razones muy poderosas, señora, para no desear volver al lado del conde Octavio.

”—¡Oh, ciertamente!

”—Pues bien, decídmelas, decidlas a mi tío; tendréis en nosotros dos fieles consejeros. Aunque mi tío es sacerdote en el confesonario, no lo ha sido nunca, ni lo será, en un salón. Os escucharemos, trataremos de hallar una solución a los problemas que nos plantearéis; y, si os han engañado o sois víctima de un malentendido, quizá podremos hacerlo cesar. Vuestra alma me parece pura; pero, si habéis cometido una falta, ya está más que expiada… En fin, pensad que tenéis en mí el amigo más sincero. Si queréis sustraeros a la tiranía del conde, yo os facilitaré los medios y él no os encontrará jamás.

”—¡Oh, siempre hay el convento! —observó ella.

”—Sí; pero el conde, en su calidad de ministro de Estado, os cerraría las puertas de todos los conventos del mundo. Aunque es un hombre muy poderoso, yo puedo salvaros de él… pero… cuando me hayáis demostrado que no podéis ni debéis volver a su lado. ¡Oh, no creáis que huiréis de su poderío para caer bajo el mío! —proseguí, al recibir su mirada horrible, de reto y llena de una nobleza exagerada—. Tendréis la paz, la soledad y la independencia; seréis tan libre y tan respetada, en fin, como si fueseis una solterona fea y antipática. Ni siquiera yo podré veros sin vuestro consentimiento.

”—¿Y cómo? ¿Por qué medios?

”—Esto, señora, es mi secreto. No os engaño, estad segura. Demostradme que esta vida es la única que podéis llevar, que es preferible a la de la condesa que erais, rica, honrada, en una de las más bellas mansiones de París, amada por su marido, madre dichosa… y vuestra causa habrá triunfado…

”—Pero —objetó Honorina—. ¿Existe un hombre capaz de comprenderme…?

”—No —respondí—. Por lo tanto, he apelado a la religión para que os juzgue. El cura de los Blancs-Manteaux es un santo de setenta y cinco años. Mi tío no es el gran inquisidor, sino San Juan; mas para vos se convertirá en un Fénelon, en el Fénelon que decía al duque de Borgoña: «¡Comed ternera el viernes, pero sed cristiano, monseñor!».

”—Id, señor, el convento es mi último recurso y mi único asilo. Únicamente Dios puede comprenderme. Ningún hombre, ni siquiera el mismo San Agustín, el más tierno de los Padres de la Iglesia, podría entrar en los escrúpulos de mi conciencia, que para mí son los círculos infranqueables del Infierno del Dante. ¡Otro que no es mi marido, otro, aunque indigno de esta ofrenda, recibió todo mi amor! No lo tuvo, porque no lo tomó; yo se lo di como una madre da a su hijo un juguete maravilloso que el niño rompe. Para mí no había dos amores. El amor, para algunas almas, no se ensaya: existe o no existe. Cuando se muestra, cuando surge, es completo. Pues bien, esta vida de dieciocho meses ha sido para mí una vida de dieciocho años; he puesto en ella todas las facultades de mi ser, sin que se empobrecieran por su efusión; en cambio, se han agotado en esta intimidad engañosa en la que sólo yo era franca. Para mí, la copa de la felicidad no se ha vaciado ni está vacía; nada puede volver a llenarla, pues se ha roto. Estoy fuera de combate, ya no tengo armas… Después de haberme entregado así, completamente, ¿qué soy? El desecho de una fiesta. Sólo me han prestado un nombre, Honorina, como si no tuviese más que un corazón. Mi marido tuvo la doncella, un amante indigno tuvo la mujer. ¡Nada queda ahora! ¿Dejarme amar? Esta es la gran proposición que vais a hacerme. ¡Oh, aún soy algo, y me subleva la idea de ser una prostituta! Sí, he visto claro a la luz del incendio; y, ved… concebiría la idea de ceder al amor de otro; ¿pero a Octavio…? No, jamás.

”—Y vos lo amáis —le dije.

”—Lo estimo, lo respeto, lo venero, no me ha hecho el menor daño. Es bueno, es tierno, pero ahora ya no puedo amar… Pero no hablemos más de esto —dijo—. La discusión todo lo empequeñece. Os expondré por escrito mis ideas sobre la cuestión; pues, en este momento, me ahogan, tengo fiebre y estoy con los pies en las cenizas de mi Paráclito. Todo cuanto veo, estas cosas que creía haber conquistado con mi trabajo, me recuerdan ahora lo que quería olvidar. ¡Ah, tengo que huir de aquí, como me marché de mi casa!

”—¿Para ir adonde? —dije—. ¿Puede existir una mujer sin protector? ¿A los treinta años, con toda la gloria de la belleza, pletórica de fuerzas que no sospecháis, llena de ternuras para dar, os iréis a vivir al desierto donde yo pueda ocultaros…? Estad tranquila. El conde, que durante cinco años no se ha dejado ver por aquí, sólo penetraría en esta casa con vuestro consentimiento. Su vida durante estos nueve años sublimes es garantía de vuestra tranquilidad. Por lo tanto, podéis deliberar con toda seguridad acerca de vuestro porvenir, con mi tío y conmigo. Mi tío es tan poderoso como un ministro de Estado. Calmaos, pues, no aumentéis vuestra desgracia. Un sacerdote cuya cabeza ha encanecido en el ejercicio de su sagrado ministerio no es un niño; quien es confidente de todas las pasiones desde hace cincuenta años y que sostiene en sus manos el corazón tan pesado de reyes y príncipes, os comprenderá. Aunque bajo la estola se muestre severo, mi tío será ante vuestras flores tan dulce como ellas, e indulgente como su divino maestro.

”Me separé de la condesa a medianoche, dejándola tranquila en apariencia, pero de talante sombrío, y en unas disposiciones secretas que ninguna perspicacia podía adivinar. Encontré al conde a algunos pasos, en la rue Saint Maur, pues había abandonado el lugar convenido del bulevar, atraído hacia mí por una fuerza invencible.

”—¿Qué noche pasará la pobre niña? —exclamó cuando terminé de contarle la escena que acababa de tener lugar—. ¿Y si me presentase allí? —dijo—. ¿Si ella me viese de pronto?

”—En estos momentos, sería capaz de tirarse por la ventana —le respondí—. La condesa es de la madera de una Lucrecia, incapaz de sobrevivir a una violación, aunque proviniese de un hombre a quien ella se entregaría.

”—Sois joven —me respondió—. No sabéis que la voluntad, en un alma agitada por tan crueles deliberaciones, es como las olas de un lago cruzado por una tempestad: el viento cambia a cada minuto y la corriente va tan pronto hacia una orilla como hacia la otra. Durante esta noche, hay tantas probabilidades de que al verme Honorina se arroje en mis brazos, como de verla saltar por la ventana.

”—¿Y vos aceptaríais esta alternativa? —le dije.

”—Vamos —me respondió él—. En casa tengo para poder esperar hasta mañana por la noche, una dosis de opio que Desplein me ha preparado, a fin de hacerme dormir sin peligro.

”A1 día siguiente, a mediodía, la Gobain me trajo una carta, diciéndome que la condesa, agotada por la fatiga, se había acostado a las seis y que dormía gracias a un almendrado que le había preparado el farmacéutico.

”He aquí esta carta. He guardado copia de ella pues, mademoiselle —dijo el cónsul dirigiéndose a Camille Maupin— vos conocéis los recursos del arte, las argucias del estilo y los esfuerzos que hacen muchos escritores no desprovistos ciertamente de habilidad en sus composiciones; pero reconoceréis que la literatura no sabría hallar semejantes escritos en sus entrañas postizas; no hay nada más terrible que lo verdadero. He aquí lo que escribió esta mujer, o más bien esta alma apenada:

”Señor Mauricio:

”Sé todo cuanto vuestro tío podría decirme, pues no es más instruido que mi conciencia. En el hombre, la conciencia es el intérprete de Dios, Sé que si no me reconcilio con Octavio, estaré condenada: así lo decreta la ley religiosa. La ley civil, a pesar de todo, me ordena obediencia. Si mi marido no me rechaza, todo está dicho, el mundo me tendrá por pura y virtuosa, a pesar de lo que haya hecho. Sí, el matrimonio tiene de sublime esto: que la sociedad ratifica el perdón del marido; pero olvida que el perdón tiene que ser aceptado. Por lo que toca a la ley, a la religión y al mundo, debo volver junto a Octavio. Ateniéndonos únicamente a la cuestión humana, ¿no tiene algo de cruel el hecho de negarle la felicidad, privarle de hijos, borrar su familia del libro de oro de la nobleza? Mis dolores, mis repugnancias, mis sentimientos, todo mi egoísmo (pues sé que soy egoísta), deben inmolarse en aras de la familia. ¡Seré madre y las caricias de mis hijos secarán mi llanto! ¡Seré muy dichosa, seré ciertamente honrada, pasearé altiva y opulenta en una brillante carroza! Tendré criados, un hotel, una mansión; seré la reina de tantas fiestas como semanas tiene el año. El mundo me acogerá bien. Ni siquiera tendré necesidad de ascender al cielo de la nobleza, porque ni tan sólo habré bajado de él. Así, Dios, la ley y la sociedad están todos de acuerdo. ¿Contra quién os rebeláis?, me preguntan desde lo alto del Cielo, desde el púlpito, desde el tribunal y desde el trono, cuya augusta intervención sería invocada por el conde, si hiciese falta. En caso necesario, vuestro tío incluso me hablará de cierta gracia terrestre que inundará mi corazón cuando experimente el placer del deber cumplido. Dios, la ley, el mundo y Octavio quieren que viva, ¿no es verdad? Pues bien, si no existe otra dificultad, mi respuesta zanja la cuestión: ¡No viviré! Volveré a ser muy blanca, muy inocente, pues estaré en mi mortaja, adornada con la palidez irreprochable de la muerte. No hay en esto la menor terquedad de mula. Esa terquedad de mula de la que me habéis acusado riendo es, en la mujer, el efecto de una certidumbre, una visión del futuro. Si mi marido, por amor, tiene la sublime generosidad de olvidarlo todo, yo no olvidaré nada. ¿El olvido depende acaso de nosotros? Cuando una viuda se casa, el amor hace de ella una jovencita y contrae matrimonio con el hombre amado; pero yo no puedo amar a los hombres. Esto es todo. Cada vez que mi mirada se cruzase con la suya, vería mi falta en sus ojos, aunque los ojos de mi marido estuviesen llenos de amor. La magnitud de su generosidad me demostraría la magnitud de mi delito. Mi mirada, eternamente inquieta, leería siempre una sentencia invisible. Mi corazón abrigaría recuerdos confusos que lucharían entre sí. El matrimonio no despertaría jamás en mi ser las crueles delicias, el delirio mortal de la pasión; mataría a mi marido con mi frialdad, mediante comparaciones que se adivinarían, pese a hallarse ocultas en el fondo de mi conciencia. ¡Oh! El día en que notase algún reproche involuntario, aunque fuese contenido, en una arruga de la frente, en una mirada entristecida, en un gesto imperceptible, nada me contendría: me partiría la cabeza sobre un pavimento que encontraría más clemente que mi marido. Mi susceptibilidad pagaría quizá los gastos de esta muerte horrible y dulce. Acaso moriría víctima de una impaciencia causada a Octavio por un asunto de Estado, o equivocada por una injusta sospecha. ¡Ay! ¡Quizá tomaría una prueba de amor por una prueba de desdén! ¡Qué doble suplicio! Octavio dudaría siempre de mí y yo dudaría siempre de él. Aunque de manera bien involuntaria lo opondría a un rival indigno de él, un hombre que desprecio pero que me ha hecho conocer voluptuosidades grabadas con rasgos de fuego, de las que me avergüenzo pero de las que me acuerdo irresistiblemente. ¿No tenéis bastante con que os abra mi corazón? Nadie, señor, puede demostrarme que el amor recomienza, pues no puedo ni quiero aceptar el amor de nadie. Una doncella es como una flor recién cogida; pero la mujer culpable es una flor pisoteada. Vos sois floricultor y debéis saber si es posible enderezar este tallo, reavivar estos colores marchitos, llevar de nuevo la savia a estos tubos tan delicados, cuya potencia vegetativa proviene en su totalidad de su perfecta rectitud… Si algún botánico se librase a esta operación, ¿borraría los pliegues de la túnica arrugada, este hombre genial? ¡Si rehiciese una flor, sería Dios! ¡Sólo Dios puede rehacerme! Bebo el amargo cáliz de la expiación; pero, al beberlo, me he repetido una y otra vez esta frase: Expiar no es borrar. Sola en mi pabellón, como un pan mojado por mis lágrimas; pero nadie me ve comerlo, nadie me ve llorando. Si volviese con Octavio, tendría que renunciar a las lágrimas, pues mis lágrimas lo ofenderían. ¡Oh, señor! ¿Cuántas virtudes hay que pisotear, no para entregarse, sino para volver junto a un marido que una ha engañado? ¿Y quién puede contarlo? Únicamente Dios, pues sólo Él es el confidente y el promotor de estas horribles delicadezas, que sin duda hacen palidecer a sus ángeles. Ved, iré más lejos aún. Una mujer tiene valor ante un marido que no sabe nada; muestra entonces en su hipocresía una fuerza salvaje; engaña para dar una doble felicidad. ¿Pero no es envilecedora una certidumbre mutua? ¿Cambiaría humillaciones por éxtasis? ¿No terminaría Octavio por hallar depravación en mi consentimiento? El matrimonio se funda en la estima, en los sacrificios hechos por ambas partes; pero ni Octavio ni yo podemos estimarnos al día siguiente de habernos reunido de nuevo: él me deshonrará con un amor de anciano por una cortesana; y yo, tendré la vergüenza perpetua de ser una cosa en lugar de una dama. No seré la virtud, sino el placer en su casa. Estos son los frutos amargos de una falta. He convertido el lecho conyugal en lecho de brasas, en el que sólo puedo dar vueltas sin dormir. Aquí tengo horas de tranquilidad, horas durante las cuales olvido; pero, en mi casa, todo me recordaría la mancha que deshonra mi vestido de desposada. Cuando aquí sufro, bendigo mi sufrimiento y digo a Dios: ¡Gracias! Pero en su casa, me sentiría llena de espanto y disfrutaría de unos goces que no merezco. Todo esto, señor, no son razonamientos, sino el sentimiento de un alma muy vasta, pues ha sido socavada durante siete años por el dolor. Y por último… ¿debo haceros esta espantosa confesión? Me siento constantemente el seno mordido por un hijo concebido en la embriaguez y la alegría, cuando creía en la felicidad, por un niño que amamanté durante siete meses, y de quien estaré encinta toda la vida. Si unos nuevos hijos buscasen en mí su alimento, beberían lágrimas que, mezcladas con mi leche, la volverían agria. Poseo la apariencia de la ligereza y os parezco una niña… ¡Oh, sí, tengo la memoria de una niña, esa memoria que vuelve a encontrarse en las proximidades de la tumba! Así, como veis, no existe situación en esta bella vida a la que el mundo y el amor de un marido quieren conducirme de nuevo, que no sea falsa, que no oculte añagazas, que no abra a mis pies precipicios por los que me despeñaría, desgarrada por despiadadas aristas. Hace ya cinco años que viajo por los páramos de mi futuro, sin encontrar en ellos un lugar acogedor para entregarme al arrepentimiento, pues mi alma se halla invadida por un verdadero arrepentimiento. La religión tiene respuesta para todo esto y yo la sé de memoria. Estos sufrimientos, estas dificultades son mi castigo, me dice, y Dios me dará fuerzas para soportarlos. Esto, señor, es una razón para algunas almas piadosas, dotadas de una energía que me falta. Entre el infierno donde Dios no me impedirá bendecir su nombre, y el infierno que me espera en casa del conde Octavio, mi elección ya está hecha.

”Una última palabra. Si fuese una doncella y tuviese mi experiencia actual, sería yo quien elegiría a mi esposo. Y ésta es precisamente la razón de mi negativa: no quiero tener que sonrojarme en presencia de este hombre. ¡Comprendedlo! ¡Yo estaría siempre de rodillas a sus pies! Y si cambiásemos de postura, la encontraría despreciable. No quiero que me trate mejor a causa de mi falta. ¡El ángel que se atreviese a mostrar ciertas brutalidades, las que se permiten por ambas partes cuando ambas partes son mutuamente irreprochables, este ángel no existe en la tierra, sino que está en el cielo! Octavio es todo delicadeza, lo sé; pero en su alma (por grande que sea, no deja de ser un alma de hombre) no existen garantías para la nueva vida que llevaría en su casa. Así, pues, venid a decirme dónde puedo hallar esta soledad, esta paz, este silencio amigos de las irreparables desdichas, y que vos me habéis prometido”.

“Después de haber sacado de esta carta la copia que aquí veis, para conservar íntegro este monumento, me fui a la rue Payenne. La inquietud había vencido el poder del opio. Octavio se paseaba como un demente por su jardín.

”—Responded a esto —le dije, entregándole la carta de su mujer—. Tratad de tranquilizar al pudor instruido. Es un poco más difícil que sorprender al pudor que se ignora y que la curiosidad os entrega.

”—¡Es mía!… —exclamó el conde, cuyo semblante expresaba la dicha a medida que leía la carta.

”Me indicó por señas que lo dejase solo, al sentirse observado en su alegría. Comprendí que la excesiva felicidad, como el dolor excesivo, obedecen a las mismas leyes; fui a recibir a madame de Courteville y Amelia, que aquel día cenaban en casa del conde. Por bella que fuese mademoiselle de Courteville, al volver a verla comprendí que el amor tiene tres caras y que las mujeres que nos inspiran un amor completo son rarísimas. Al comparar involuntariamente a Amelia con Honorina, hallé mayor encanto en la mujer culpable que en la joven pura. Para Honorina, la fidelidad no era un deber, sino la fatalidad del corazón, mientras que Amelia iba a pronunciar con aire sereno unas promesas solemnes, cuyo alcance y obligaciones ignoraba. La mujer agotada, medio muerta, la pecadora que había que alzar del lodo me parecía sublime, despertaba la generosidad natural del hombre, exigía todos sus tesoros al corazón, todos sus recursos al poder; llenaba la vida, ponía en ello una lucha, una lucha por la felicidad; mientras que Amelia, casta y confiada, iba a encerrarse en la esfera de una apacible maternidad, cuya poesía sería lo cotidiano y prosaico, en la que mi espíritu no encontraría ni combate ni victoria.

”¿Qué joven puede elegir la yesosa y apacible extensión que hay entre la llanura de la Champaña y los Alpes nevados, tempestuosos pero sublimes? No, semejantes comparaciones son fatales y malas en el umbral de la vicaría. ¡Ay! Es necesario haber experimentado la vida para saber que el matrimonio excluye a la pasión, que la familia no podría tener por base las tempestades del amor. Después de haber soñado el amor imposible con sus innumerables fantasías, después de haber saboreado las crueles delicias de lo ideal, tenía ante mis ojos una modesta realidad. ¡Qué queréis, compadecedme! A mis veinticinco años, dudaba de mí; pero adopté una resolución viril. Fui a ver al conde so pretexto de comunicarle la llegada de sus primas, y vi que se había rejuvenecido bajo el reflejo de sus esperanzas.

”—¿Qué tenéis, Mauricio? —me dijo, sorprendido ante mis facciones alteradas.

”—Señor conde…

”—¿Ya no me llamás Octavio? ¿Vos a quien deberé la vida, la felicidad?…

”—Mi querido Octavio, si conseguís volver la condesa a sus deberes, la he estudiado bien… (me miró como Otelo debió mirar a Yago, cuando éste consiguió despertar la primera sospecha en el cerebro del moro); jamás debe de volver a verme, debe ignorar que habéis tenido a Mauricio por secretario; no pronunciéis jamás mi nombre, que nadie se lo recuerde, pues, de lo contrario, todo estaría perdido… Habéis dispuesto que me nombrasen procurador del Consejo… Pues bien: obtenedme algún puesto diplomático en el extranjero, un consulado por ejemplo, y abandonad toda idea de casarme con Amelia… ¡Oh, desechad toda inquietud! —proseguí al ver que se enderezaba—. Llevaré mi papel hasta el fin…

”—¡Pobre amigo! —me dijo estrechándome la mano mientras se esforzaba por reprimir las lágrimas que le humedecían los ojos.

”—Me disteis guantes —contesté riendo— pero yo no me los puse.

”Combinamos entonces lo que yo debía hacer aquella noche en el pabellón, a donde volvería al atardecer. Corría el mes de agosto, el día fue cálido y borrascoso, pero la tormenta permanecía suspendida en el aire, el cielo parecía de cobre, los perfumes de las flores tenían una pesada fragancia, yo me sentía dentro de un invernadero y de pronto deseé que la condesa hubiese partido hacia las Indias; pero estaba vestida con una levita de muselina blanca abrochada con nudos de cinta azul, recién peinada y con sus bucles acariciando sus mejillas, sentada en un banco de madera en forma de canapé, bajo un bosquecillo, con los pies sobre un pequeño escabel de madera, asomando bajo su falda. Sin levantarse, me indicó que me sentara a su lado, diciéndome:

”—¿No es verdad que la vida no tiene solución para mí?

”—La vida que os habéis creado, no —le contesté— pero la que yo quiero que sigáis, sí; pues, si queréis, aún podréis ser muy dichosa…

”—¿Y cómo? —me preguntó.

”Toda su persona me interrogaba.

”—Vuestra carta está en manos del conde.

”Honorina se irguió como una cierva sorprendida, dio tres pasos con vivacidad, se puso a andar y dar vueltas por el jardín, permaneció de pie durante unos momentos y terminó yéndose a sentar sola en su salón, donde la encontré después de darle tiempo para que se acostumbrase al dolor causado por aquella puñalada.

”—¡Vos! ¡Un amigo!… Decid más bien un traidor, un espía de mi marido, quizás.

”El instinto, en las mujeres, equivale a la perspicacia de los grandes hombres.

”—Vuestra carta requería una respuesta, ¿no es cierto?, y sólo existe un hombre en el mundo capaz de escribirla… Así, pues, leeréis la respuesta, mi querida condesa y, si después de esta lectura seguís sin encontrar solución a la vida, el espía os demostrará que es un amigo, pues os haré ingresar en un convento del que todo el poder del conde no podrá arrancaros; pero, antes de ir a él, escuchemos la parte contraria. Existe una ley divina y humana a la que incluso el odio finge obedecer, y que ordena no condenar sin oír antes la defensa. Hasta el momento habéis condenado, como hacen los niños, tapándoos los oídos. Una fidelidad de siete años tiene sus derechos. Así, pues, leeréis la respuesta de vuestro esposo. Le he transmitido, por mediación de mi tío, la copia de vuestra carta, y mi tío le ha preguntado qué respondería si su esposa le escribiese una carta concebida en semejantes términos. De este modo vos no quedáis comprometida. Este santo varón traerá personalmente la carta del conde. Ante el bueno de mi tío y ante mí, por dignidad y por vuestra propia estima, debéis leer esta misiva, si no queréis pasar por una niña díscola y encolerizada. Debéis este sacrificio al mundo, a la ley y a Dios.

”Como ella no veía ningún menoscabo para su voluntad de mujer en esta condescendencia, consintió en ello. Todo aquel trabajo de cuatro o cinco meses se había realizado para llegar a aquel momento. ¿Mas no es cierto que las pirámides terminan en una puta sobre la que puede posarse un pájaro?… El conde ponía todas sus esperanzas en esta hora suprema y por último había llegado a ella. No encuentro nada, en los recuerdos de toda mi vida, que sea más formidable que la entrada de mi tío en aquel saloncito Pompadour a las diez de la noche. Aquella cabeza, cuyos cabellos plateados estaban realzados por sus vestiduras de un negro riguroso, y aquel semblante de una calma divina produjeron un efecto mágico sobre la condesa; Honorina experimentó el frescor de un bálsamo sobre sus heridas y quedó iluminada sin saberlo por un reflejo de aquella radiante virtud.

”—¡El señor cura de los Blancs-Manteaux! —anunció la Gobain.

”—¿Traéis un mensaje de paz y felicidad, mi querido tío? —le pregunté.

”—Quien sigue los Mandamientos de la Iglesia encontrará siempre la felicidad y la paz —respondió mi tío, tendiendo a la condesa la misiva siguiente:

”Mi querida Honorina:

“Si me hubieseis hecho la merced de no dudar de mí, si hubieseis leído la carta que os escribí hace cinco años, os hubieseis ahorrado cinco años de trabajo inútil y de privaciones que me tienen desolado. En ella os proponía un pacto cuyas cláusulas destruían todos vuestros temores y hacían posible nuestra vida interior. Tengo que hacerme grandes reproches y en siete años de dolor he adivinado todas mis faltas. Había comprendido mal el matrimonio. No supe adivinar el peligro cuando éste os amenazaba. Tenía un ángel en mi casa y el Señor me había dicho: ¡Guárdalo bien!, el Señor que castigó la temeridad de mi confianza. No podéis asestaros un solo golpe que no repercuta en mí. ¡Tened compasión de mí, mi querida Honorina! Comprendí tan bien vuestra susceptibilidad, que no quise devolveros a la vieja mansión de la rue Payenne, donde puedo vivir sin vos, pero no soportaría de nuevo en vuestra compañía. Estoy decorando con gozo otra casa en el arrabal Saint-Honoré, a la que espero conducir no una mujer castigada por su ignorancia de la vida y adquirida por la ley, sino una hermana que me permitirá depositar en su frente el ósculo que un padre da a una hija amada todos los días. ¿Me privaréis del derecho que he sabido conquistar sobre vuestra desesperación, el derecho de velar de cerca por vuestras necesidades, vuestros placeres, vuestra propia vida? Las mujeres tienen un corazón particular, siempre lleno de excusas: el de su madre. Vos no habéis conocido más madre que la mía, que os hubiera hecho volver a mi lado. ¿Pero cómo no habéis adivinado que yo tenía para vos el corazón de mi madre y el de la vuestra juntos? Sí, querida, mi afecto no es pequeño ni usa de argucias; es de los que no permiten que la contrariedad arrugue las facciones de una criatura adorada. ¿Por quién tomáis al compañero de vuestra infancia, Honorina, al creerlo capaz de aceptar besos temblorosos, de dividirse entre la alegría y la inquietud? No temáis tener que sufrir las lamentaciones de una pasión mendicante; sólo he querido que vinieseis después de asegurarme de que podría dejaros en entera libertad. Vuestra altivez solitaria os ha hecho exagerar las dificultades; podréis asistir a la vida de un hermano o de un padre sin sufrimientos ni alegrías si así lo deseáis; pero no encontraréis a vuestro alrededor mofa ni indiferencia, ni dudas sobre las intenciones. El calor de la atmósfera en que viviréis será siempre igual y dulce, sin tempestades, sin ninguna tempestad. Si más adelante, después de adquirir la seguridad de que estáis en vuestra casa como ahora estáis en vuestro pabellón, deseáis introducir en ella otros elementos de felicidad, pasatiempos, distracciones, podréis ampliar su círculo a vuestro antojo. La ternura de una madre no contiene desdén ni piedad. ¿Qué es? El amor sin el deseo. Pues bien, junto a mí, la admiración ocultará todos los sentimientos en que quisierais ver ofensas. Así, ambos podremos encontrarnos nobles, viviendo juntos. En vos, la benevolencia de una hermana, el espíritu afectuoso de una amiga, podrán satisfacer todo cuanto ambiciona quien quiere ser vuestro compañero, y podréis medir su ternura por los esfuerzos que hará para ocultárosla. Ni vos ni yo sentiremos celos por nuestro pasado, pues ambos reconocemos tener bastante inteligencia para mirar únicamente hacia adelante. Imaginaos, pues, ya en vuestra casa, en vuestra mansión, siendo todo lo que erais en la rue Saint-Maur: inviolable, solitaria, ocupada a vuestro antojo, rigiéndoos por vuestras propias leyes; pero contaréis además con una protección legítima que en este momento os obliga a los trabajos del amor más caballeresco, y la consideración que da tanto lustre a las mujeres, y una fortuna, que os permitirá realizar tantas buenas obras. Honorina, cuando queráis una absolución inútil, la vendréis a pedir; no os será impuesta por la Iglesia ni por el Código; dependerá de vuestro orgullo, de vuestro propio impulso. Mi mujer quizá podía temer todo lo que os espanta, pero no la amiga ni la hermana ante la que estoy obligado a mostrar los modales y las consideraciones de la cortesía. Me bastará con veros dichosa para ser feliz; lo he demostrado durante estos siete años. ¡Ah!, las garantías de la palabra que os doy, Honorina, están en todas las flores que habéis hecho, preciosamente guardadas, regadas con mis lágrimas, y que son, como los quipu de los peruanos, la historia de nuestros dolores. Si este pacto secreto no os conviniese, mi niña, he rogado al santo varón portador de esta carta que no pronuncie ni una sola palabra en mi favor. No quiero deber vuestro regreso a los terrores con que os impresionaría la Iglesia ni a las órdenes de la ley. Sólo de vos misma quiero recibir la sencilla y modesta felicidad que pido. Si insistís en seguir imponiéndome la vida sombría y falta de sonrisas fraternales que llevo desde hace nueve años, si permanecéis en vuestro desierto, sola e inmóvil, mi voluntad se inclinará ante la vuestra. Sabedlo bien: no conoceréis mayor turbación que la que habéis conocido hasta hoy. Haré despedir al loco que se ha entrometido en vuestra vida y que quizás os ha apenado…”.

”—Señor —dijo Honorina dejando de leer y guardando la carta en su escote, mientras miraba a mi tío— os doy las gracias y aprovecharé el permiso que me da el señor conde para seguir aquí…

”—¡Ah! —grité.

”Esta exclamación me valió una inquieta mirada de mi tío, y de la condesa un guiño malicioso que me iluminó, haciéndome comprender sus motivos. Honorina quiso saber si yo era un comediante, un pajarero, y tuve la triste satisfacción de engañarla con aquella exclamación, que era uno de esos gritos surgidos del corazón que las mujeres conocen tan bien.

”—¡Ah, Mauricio! —me dijo—. ¡Vos sabéis amar!

”El destello que brilló en mis ojos era otra respuesta que hubiera disipado la inquietud de la condesa, si aún le quedase alguna. De este modo el conde se servía de mí hasta el último instante. Honorina volvió a tomar entonces la carta del conde para terminar su lectura. Mi tío me hizo una seña y me levanté.

”—Dejemos a la señora —me dijo.

”—¿Os vais ya, Mauricio? —me preguntó ella sin mirarme.

”Se levantó para seguirnos sin dejar de leer y, al llegar al umbral del pabellón, me tomó la mano, me la estrechó muy afectuosamente y me dijo:

”—Volveremos a vernos…

”—No —respondí, apretándole la mano hasta hacerle daño—. ¡Vos amáis a vuestro marido! Partiré mañana.

”Y me fui precipitadamente, dejando a mi tío con ella. Honorina le preguntó:

”—¿Qué le sucede a vuestro sobrino?

”El pobre abate completó mi obra señalándose la cabeza y el corazón como para decir: «¡Disculpadlo, señora, porque no está en su sano juicio!», lo cual era más cierto de lo que él suponía.

”Seis días después, partí con un nombramiento de vicecónsul para España, a una gran ciudad mercantil donde en poco tiempo podía prepararme para escalar los más altos puestos de la carrera consular, a la que mis ambiciones se hallaban limitadas.

”Poco tiempo después de mi toma de posesión, recibí la siguiente carta del conde:

”Mi querido Mauricio:

”Si fuese feliz no os escribiría; pero he recomenzado otra vida de dolor: vuelvo a ser joven por el deseo, con todas las impaciencias de un hombre que pasa ya de los cuarenta años y con la prudencia del diplomático que sabe refrenar su pasión. Cuando partisteis, ella aún no me admitía en el pabellón de la rue Saint-Maur; pero en una carta me prometió que pronto me daría permiso para ir; era la carta dulce y melancólica de una mujer que temía las emociones de una entrevista. Después de esperar más de un mes, me atreví a presentarme, haciendo preguntar por la Gobain si podía recibirme. Tomé asiento en una silla, en la avenida y cerca del quiosco del portero, y allí permanecí casi una hora con la cabeza entre las manos.

”—La señora ha querido vestirse —me dijo la Gobain con el fin de ocultar bajo una coquetería honorable para mí la irresolución de Honorina.

”Durante un buen cuarto de hora, ambos nos vimos afectados por un temblor nervioso involuntario, tan fuerte como el que se apodera de los oradores en la tribuna, y cambiamos frases medrosas, como las de las personas sorprendidas que simulan una conversación.

”—Ved, Honorina —le dije con los ojos llenos de lágrimas— cómo se ha roto el hielo; tiemblo hasta tal punto de dicha, que os ruego que perdonéis la incoherencia de mi lenguaje. Durante mucho tiempo no sabré hablar de otro modo.

”—No es ningún crimen que un hombre esté enamorado de su mujer —me respondió ella con una sonrisa forzada.

”—Os pido, por favor, que no continuéis trabajando como hasta ahora. Sé por madame Gobain que vivís desde hace veinte días de vuestros ahorros; tenéis una renta de sesenta mil francos y, si no queréis entregarme vuestro corazón, al menos no me dejéis vuestra fortuna.

”—Conozco vuestra bondad desde hace mucho tiempo —dijo ella.

”—Si os agrada continuar aquí —le respondí yo— y conservar vuestra independencia; si el amor más ardiente no halla merced a vuestros ojos, al menos no sigáis trabajando…

”Le ofrecí tres documentos por cada uno de los cuales le pasaba doce mil francos de renta; ella los tomó, los abrió con indiferencia y, después de leerlos, Mauricio, por toda respuesta sólo me dirigió una mirada. ¡Ah, comprendió bien que no era dinero lo que le daba, sino la libertad!

”—Me habéis vencido —me dijo, tendiéndome una mano que yo besé—. Venid a verme siempre que os plazca.

”Así, ella me había recibido haciéndose una verdadera violencia. Al día siguiente la encontré mostrando una falsa alegría y fue necesario que me acostumbrase durante dos meses para conocer su verdadero carácter. Pero entonces fue como un mayo delicioso, una primavera de amor que me proporcionó inefables alegrías; libre al fin de temor, ella se dedicaba a estudiarme. Mas, por desgracia, cuando le propuse que fuese a Inglaterra para reunirse ostensiblemente conmigo, a fin de volver a su casa, a su antiguo rango, a habitar su nueva mansión, el espanto la dominó.

”—¿Por qué no vivir siempre así? —me dijo.

”Yo me resigné, sin responder palabra.

”—¿Se trata de una experiencia? —me pregunté al dejarla.

”Al ir de mi casa a la rue Saint-Maur, me animaba, los pensamientos de amor henchían mi corazón y me decía, como un adolescente:

”—Esta noche cederá…

”Toda aquella fuerza ficticia o real se disipaba ante una sonrisa, ante una orden de sus ojos altivos y tranquilos, no alterados por la pasión. Aquella terrible frase repetida por vos: Lucrecia escribió con su sangre y un puñal la primera palabra de la carta de las mujeres: ¡LIBERTAD!, volvía a mí, me helaba. Sentía de manera imperiosa hasta qué punto era necesario el consentimiento de Honorina, y cómo era imposible arrancárselo. ¿Adivinaba las tempestades que me agitaban tanto a la vuelta como a la ida? Terminé por pintarle mi situación en una carta, renunciando a exponérsela de palabra. Honorina no me respondió; se apoderó de ella tal tristeza, que hice como si no le hubiese escrito. Sentí una pena violenta al pensar que había podido afligirla; ella leyó en mi corazón y me perdonó. Vais a saber cómo: Hace tres días, me recibió por primera vez en su habitación azul y blanca. La estancia estaba llena de flores, adornada e iluminada. Honorina estaba encantadora con su atavío. El rostro que vos conocéis estaba enmarcado por ligeros bucles; se adornaba el peinado con brezos de El Cabo; llevaba un vestido de muselina blanca, con cinturón blanco de largos extremos flotantes. Sabéis cómo es en su simplicidad; pero, aquel día, era una recién casada, era la Honorina de los primeros días. Sin embargo mi alegría no tardó en helarse, pues su fisonomía mostraba una terrible gravedad; había fuego bajo aquel hielo.

”—Octavio —me dijo—. Seré vuestra mujer cuando lo deseéis, pero sabedlo bien: esta sumisión tiene sus peligros, puedo resignarme…

”Hice un ademán.

”—Sí —dijo ella—, os comprendo, la resignación os ofende y queréis lo que no puedo daros: el amor. ¡La religión, la piedad, me han obligado a renunciar a mi voto de soledad y vos estáis aquí!

”Hizo una pausa.

”—De momento —prosiguió— no habéis pedido más; ahora, queréis a vuestra esposa. Pues bien, os devuelvo a Honorina tal como es, y sin engañaros acerca de lo que será. ¿Qué seré? ¡Madre! Lo deseo. ¡Sí, creedme, lo deseo vivamente! Tratad de transformarme, consiento en ello; pero, si muero, amigo mío, no maldigáis mi memoria ni acuséis de terquedad lo que yo llamaría el culto del ideal, si no fuese más natural llamar al sentimiento indefinible que me matará, el culto de lo divino. El porvenir ya no me concierne, pues vos os ocuparéis de él. ¿Qué pensáis hacer?…

”Tomó entonces asiento, en aquella pose serena que vos habéis sabido admirar, y me miró, palideciendo bajo los efectos del dolor que me había causado. Sentí frío en la sangre. Al ver el efecto que producían sus palabras, me tomó las manos para estrecharlas y decirme:

”—Octavio, te amo, pero de manera distinta a como tú quieres ser amado: amo a tu alma… Pero tienes que saber que te amo lo suficiente para morir a tu servicio, como una esclava de Oriente, y sin pesar alguno. Ésta será mi expiación.

”Hizo más aún: se postró de hinojos sobre un cojín, ante mí, y, en un acceso de caridad sublime, me dijo…

”—Después de todo, quizá no moriré…

”Hace ya dos meses que combato. ¿Qué hacer?… Mi corazón rebosa y busco el de un amigo para derramar en él este grito: ¿Qué hacer?”.

“Nada respondí a esta carta. Dos meses después, los periódicos anunciaron la llegada, a bordo de un paquebote inglés, de la condesa Honorina que volvía a reunirse con su familia después de unos acontecimientos de viaje inventados con tanta habilidad, que nadie los puso en duda. A mi llegada a Génova, recibí una carta dándome cuenta de que la condesa había dado felizmente a luz un hijo. Sostuve la carta entre mis manos durante dos horas, en esta misma terraza y sentado en este banco. Dos meses después, hostigado por Octavio, por los señores de Granville y de Sérisy, mis protectores, abrumado por la reciente pérdida de mi tío, consentí en contraer matrimonio.

”Seis meses después de la revolución de julio, recibí la siguiente carta, que pone punto final a la historia de esta pareja:

”Señor Mauricio:

”Me muero, pese a ser madre y quizá porque soy madre. He representado muy bien mi papel de mujer: engañé a mi marido, tuve alegrías tan auténticas como las lágrimas que las actrices vierten en el teatro. Muero por la sociedad, por la familia y por el matrimonio, como los primeros cristianos morían por Dios. No sé de qué muero y trato de averiguarlo con buena fe, pues no soy obstinada; pero deseo explicaros mi mal, explicároslo a vos, que trajisteis a mi vera al cirujano celeste, vuestro tío, fiada en cuya palabra me entregué. Él fue mi confesor, lo cuidé en su última enfermedad e indicándome el cielo, me ordenó que continuase cumpliendo mi deber. Y lo he cumplido. No censuro a las que olvidan; las admiro como naturalezas fuertes, necesarias, pero yo tengo la enfermedad del recuerdo. Este amor del corazón que nos identifica con el hombre amado, no he podido sentirlo dos veces. Hasta el último instante, bien lo sabéis, grité a vuestro corazón, al confesionario, a mi marido: ¡Tened piedad de mí!… No ha habido piedad, pues bien, me muero. Me muero haciendo gala de un valor inaudito. No hubo jamás cortesana más risueña que yo. Mi pobre Octavio es feliz y dejo que su amor se alimente de los espejismos de mi corazón. Prodigo mis fuerzas en este juego terrible; la actriz recibe aplausos es festejada y colmada de flores; pero el rival invisible viene todos los días a buscar su presa, que es un trozo de mi vida. ¡Desgarrada, aún sonríe! ¡Sonrío a dos niños, pero el mayor, el muerto, triunfa! Ya os lo he dicho: el niño muerto me llama y voy a él. La intimidad sin amor es una situación en la que mi alma se deshonra a cada instante. Únicamente puedo llorar y abandonarme a mis ensueños cuando estoy sola. Las exigencias del mundo y de mi casa, el cuidado de mi hijo, mi obligación de velar por la felicidad de Octavio, no me dejan ni un instante para adquirir nuevo temple, para reunir las fuerzas que hallaba en mi soledad. El quien vive perpetuo sorprende constantemente a mi corazón sobresaltado. No he sabido montar en mi alma aquella vigilancia de oído ágil, de palabras mentirosas, de ojo de lince. No es una boca amada quien bebe mis lágrimas y bendice mis párpados, sino un pañuelo que las enjuaga; el agua refresca mis ojos inflamados y no unos labios queridos. ¡Hago comedia con mi alma y acaso por esto muero! Encierro la pena con tanto cuidado, que nada de ella se muestra al exterior; pero tiene que roer algo y entonces destruye mi vida. He dicho a los médicos que han descubierto mi secreto:

”—Hacedme morir de una enfermedad plausible; de lo contrario, arrastraré a mi marido a la tumba.

”Así, pues, hemos convenido, entre los doctores Desplein, Bianchon y yo, que muero de un reblandecimiento de no sé qué hueso que la ciencia ha descrito perfectamente. ¡Octavio se cree adorado! ¿Me comprendéis bien? Tengo miedo que me siga. Os escribo para rogaros que, llegado el caso, os convirtáis en el tutor del joven conde. Os incluyo una memoria donde manifiesto este deseo: sólo lo utilizaréis en el momento en que sea necesario, pues tal vez soy demasiado fatua y mi oculto sacrificio dejará quizás a Octavio inconsolable, pero vivo. ¡Pobre Octavio! Le deseo una esposa mejor que yo, pues merece mucho que lo amen. Ya que mi espía espiritual se ha casado, recuerde bien la enseñanza que le lega la florista de la rue Saint-Maur: ¡Que vuestra esposa sea pronto madre! Lanzadla a las materialidades más vulgares del matrimonio; impedidle que cultive en su corazón la misteriosa flor del ideal, aquella perfección celeste en la que yo creí, aquella flor encantada de colores ardientes, y cuyo perfume hace aborrecer la realidad. Soy una santa Teresa que no pudo alimentarse de éxtasis en el fondo de un convento con el divino Jesús, con un ángel irreprochable, al lado, que iba a visitarla. Me habéis visto dichosa entre mis flores bienamadas. No os lo he dicho todo: veía florecer el amor bajo vuestra falsa demencia; os oculté mis pensamientos, mis poesías; no os hice entrar en mi bello reino. Sé, en fin, que amaréis a mi hijo por amor hacia mí, si un día se encontrase sin su pobre padre. Guardad mis secretos como la tumba me guardará. No me lloréis: hace ya mucho tiempo que he muerto, si san Bernardo tuvo razón al decir que no hay vida sin amor”.

—Y la condesa murió —dijo el cónsul recogiendo las cartas y cerrando la cartera con llave.

—¿Vive aún el conde? —preguntó el embajador—. Desde la revolución de julio, ha desaparecido de la escena política.

—¿Os acordáis, señor de Lora —dijo el cónsul general— de haberme visto acompañando al vapor…?

—¿A un hombre de cabellos blancos, a un anciano? —preguntó el pintor.

—Un anciano de cuarenta y cinco años que iba en busca de la salud y de distracciones al sur de Italia. Este anciano era mi pobre amigo, mi protector, que pasaba por Génova para despedirse de mí, para confiarme su testamento… Me nombra tutor de su hijo. No ha sido necesario que le mencionase la última voluntad de Honorina.

—¿Llegó a percatarse de su posición de asesino? —preguntó mademoiselle des Touches al barón del Hostal.

—Sospecha la verdad —respondió el cónsul— y esto es lo que lo mata. Lo acompañé en el vapor que lo condujo a Nápoles, hasta más allá de la rada; tomé una barca para regresar. Durante algún tiempo nos hicimos gestos de adiós. Un adiós que temo será eterno. ¡Sólo Dios sabe cuánto se ama al confidente de nuestro amor, cuando aquella que lo inspiraba ya no existe! “Este hombre posee, me decía Octavio, un hechizo, se halla rodeado de una aureola”. Llegado a la proa, el conde contempló el Mediterráneo; hacía buen tiempo por ventura y sin duda conmovido por aquel espectáculo, me legó estas últimas palabras: “En interés de la naturaleza humana, acaso habría que averiguar cuál es este poder irresistible que nos sacrifica al más efímero de todos los placeres y, pese a nuestra razón, una criatura divina… En mi conciencia he oído gritos y lamentos. Honorina no se lamentó sola. ¡Y yo quise!… ¡Los remordimientos me devoran! En la rue Payenne moría a causa de los placeres que no tenía; en Italia moriré de los placeres que he saboreado… ¿De dónde procede el desacuerdo entre dos naturalezas igualmente nobles, pregunto?”.

Un profundo silencio reinó en la terraza durante unos instantes.

—¿Era virtuosa Honorina? —preguntó el cónsul a las dos damas.

Mademoiselle des Touches se levantó, tomó al cónsul por el brazo, se alejó con él unos pasos y dijo:

—¿No son también culpables los hombres de venir a nosotras, de hacer su mujer de una joven, conservando en el fondo de su corazón imágenes angelicales, comparándonos con rivales desconocidas, con perfecciones tomadas con frecuencia de algún recuerdo, para encontrarnos siempre inferiores?

—Mademoiselle, tendríais razón si el matrimonio se fundase sobre la pasión; tal fue el error de estos dos seres que pronto ya no existirán. El matrimonio con un amor surgido del corazón entre ambos esposos, sería el paraíso.

Mademoiselle des Touches se separó del cónsul y Claude Vignon se acercó a ella para decirle al oído:

—El señor del Hostal es un poco fatuo.

—No —respondió ella, deslizando esta palabra al oído de Claude—. Aún no ha adivinado que Honorina lo habría amado. ¡Oh! —exclamó al ver acercarse a la esposa del cónsul—. ¡Su mujer ha escuchado al desgraciado!…

Dieron las once en los relojes y todos los invitados regresaron a pie, por la orilla del mar.

—Esto no es la vida —dijo mademoiselle des Touches—. ¡Esta mujer es una excepción rarísima, acaso la más monstruosa, de la inteligencia… una perla! La vida se compone de accidentes variados, de dolores y placeres alternados. El Paraíso del Dante, esta sublime expresión del ideal, este azul constante, sólo se encuentra en el alma, y exigirlo a las cosas de la vida es una voluptuosidad contra la que la naturaleza protesta constantemente. A las almas de este temple les basta con los seis pies que mide una celda y un reclinatorio.

—Tenéis razón —dijo León de Lora—. Pero aunque yo soy algo calavera, no puedo por menos de admirar a una mujer de esta clase, capaz de vivir al lado de un taller, bajo el techo de un pintor, sin salir nunca de él, ni ver el mundo, ni embarrarse en la calle.

—Esto se vio durante varios meses —dijo Claude Vignon con punzante ironía.

—La condesa Honorina no es la única de su especie —respondió el embajador a mademoiselle des Touches—. Un hombre, un político por más señas, un acerbo escritor, fue objeto de un amor de esta clase, y el pistoletazo que le quitó la vida sólo lo alcanzó a él: la que amaba se enclaustró, aunque no en el convento.

—¡Aún existen pues grandes almas en este siglo! —dijo Camille Maupin, que permaneció pensativa, apoyada en el malecón, durante unos instantes.

París, enero de 1843.