Capítulo 2
CLAIRE! —Grace salió a recibirla con los brazos extendidos y el rostro iluminado de alegría—Romano había dejado el coche para abrirle la puerta, pero Claire se le adelantó.
Las dos mujeres se abrazaron. Luego Claire se echó atrás y miró a su amiga asombrada.
—¡Estás enorme! —exclamó con poco tacto. Pero siempre habían sido sinceras.
—¡No me hables de eso! Últimamente no puedo ver programas de televisión que tratan de la vida salvaje, porque la imagen de los hipopótamos me afecta muy de cerca...
—¡No seas tonta! —se rieron—. Estás tan guapa como siempre, solo...
—¿Que estoy gorda?
—Que tienes mucha barriga. ¿Qué tal te sientes? —le preguntó Claire.
—Grande, cansada, molesta... e increíblemente feliz.
Grace sonrió y se volvieron a abrazar antes de que una voz dijera por detrás de Claire:
—¿Entramos a la casa? Donato me pidió que me asegurase de que mantienes en alto los pies, Grace, hasta que vuelva hoy por la tarde. Claire y tú podéis cotillear todo lo que queráis sentadas.
—¿Ves lo que pasa? —le dijo Grace a Claire, mientras tomaba el brazo de su amiga y volvía a la casa—. Si no son Donato o Lorenzo los que están encima, es Romano. Exageran todos. Estoy rodeada de hombres que piensan que me voy a romper.
—Eso no es malo —dijo Claire, mientras subía los escalones del porche de Casa Pontina. Le sonrió y dijo—: Y ahora he venido yo para sumarme a las regañinas de ellos.
—¿Regañinas? —preguntó Romano, cuando entraron en el magnífico vestíbulo, con su suelo brillante y su encanto como fuera del tiempo. Se detuvo y agregó—: ¿Qué quiere decir « regañina»? ¿Es una palabra inglesa?
—Supongo que sí ——contestó Claire sonriendo.
Él le devolvió la sonrisa relajadamente. Parecía haber perdido la frialdad y la sequedad, y el resultado era devastador.
Grace le explicó el significado de la palabra. Mientras tanto, Claire lo observó. Ella no se sentía afectada por la presencia de Romano en absoluto. Pero debía reconocer que un hombre así no se tenía a mano muchas veces. Un hombre cuyas riquezas y poder igualara su atractivo físico. También habría mujeres así. Como Bianca. ¡Debían de haber sido una pareja deslumbrante!
Después de la explicación entraron en el salón, donde Cecilia, la robusta cocinera, Anna y Gina, las dos criadas, los estaban esperando para saludar a Claire, y para ofrecerle una selección de sándwiches y tartas.
—Pensé que tendrías hambre. Aunque Romano insistió en que te llevaría a almorzar —dijo Grace—. ¿Fue agradable el almuerzo?
—Muy agradable —contestó Claire sin ahondar mucho.
En realidad, casi no le había sentido el gusto a la comida.
Y en cuanto a Romano, no había sido una persona difícil. Al contrario, se había convertido en el perfecto acompañante. Ingenioso, encantador, pero conservando aquella frialdad que le hacía sentir a ella que estaba jugando, observándola casi todo el tiempo.
No había podido terminar la comida. Y ahora se daba cuenta de que estaba muerta de hambre.
—Te quedas a cenar, Romano, ¿no es verdad? — le preguntó Grace cuando se marcharon las criadas y la cocinera—. Lorenzo está en casa de un amigo, pero Donato lo recogerá a la vuelta de su trabajo — agregó girándose un poco como para incluir a Claire en la conversación—. Y dejó dicho expresamente esta mañana que quería ver a su tío favorito cuando volviera.
—¿Sí? —preguntó Romano. Se quitó su bonita chaqueta antes de sentarse.
Claire se sirvió un sándwich de salmón.
—Bueno, supongo que es Claire quien tiene que decidirlo, ¿no crees? Acaba de llegar. Tal vez prefiera pasarla en familia, ¿no crees?
—Tú eres de la familia...
—Por supuesto, que no me importa que te quedes... —dijo Claire.
Las dos mujeres hablaron al mismo tiempo y se
rieron. Claire no quería que se quedara, pero no podía decirlo.
—Bien, entonces... Será una cena acogedora con toda la gente a la que quiero ——dijo Grace con satisfacción.
Donato y Lorenzo llegaron a casa poco después de las siete. Donato se disculpó por no haber podido ir a buscarla. Y Claire por su parte le restó importancia y le habló del agradable almuerzo que había compartido con Romano. Aunque sabía que Romano la estaba mirando con ojos burlones.
—¿Agradable? Es otra palabra inglesa —dijo Romano suavemente en su oído cuando ella se levantó para ir a ver a Benito, el loro de Lorenzo, obligada por el chiquillo—. Grace también dice que el tiempo es «agradable», que la comida es «agradable». Encuentro que esa palabra no es muy imaginativa —él caminó al lado de ella mientras iban a la parte de atrás de la casa, donde Lorenzo tenía un salón para él. Allí estaba Benito.
—¡Oh! ¿Qué preferirías que dijera entonces?
—¿La verdad? —dijo él, mirándola con aquellos ojos oscuros.
Le gustaba provocarla. Aunque era evidente que a ella no le había caído bien, pensó Romano. Era la amiga de Grace. Estaba allí durante unos meses para ayudarla. No tendría que verla más de media docena de veces si no quería.
—¿Cuál es la verdad? —preguntó Claire, lamentándose de no poder ceñirse a la actitud que hubiera querido tener.
La miró con los ojos achicados. Tenía un magnetismo sexual indiscutible.
¿Sabría el efecto que tenía en las mujeres?
Por supuesto que sí. Seguramente las mujeres se le echarían encima. No habría mujer que no se preguntase cómo sería estar en sus brazos, que él le hiciera el amor y que quisiera que él la deseara.
Ella no quería seguir pensando aquellas cosas. Sería mejor olvidarse de aquello.
Los Romano Bellini y las Claire Wilsons no tenían posible punto de encuentro. Él formaba parte de la gente guapa: rica, poderosa, con un agenda llena de nombres de mujeres deseosas de echarse encima de él. Ella había visto a ese tipo de mujeres en el verano, cuando la jet set andaba por allí. Mujeres con cuerpos de modelos, sonrisas rutilantes, piernas largas y llenas de diamantes. Mujeres como su fallecida esposa.
—Venga, Claire —le dijo Lorenzo, que se había detenido para que Claire lo alcanzara—. Le he dicho a Benito esta mañana que venías. Y no le gusta que lo hagan esperar.
Claire no lo dudaba. Y agradeció tener una excusa para terminar la conversación con Romano.
Benito era un pájaro formidable en todo sentido. Y desde el principio le había tomado aprecio a ella, picándole suavemente los dedos con su pico.
Era evidente que había oído a Lorenzo hablar de ella. Y apenas entró, se puso a gritar su nombre.
—¡Claire! ¡Claire! ¿Quién es el pájaro listo? ¡Viejo y simpático compañero. ¡Pájaro guapo!
Aquellas habían sido las palabras que ella le había dicho en el verano. Y el pájaro las repitió.
Ella hubiera deseado que dijera otra cosa, porque se dio cuenta de la cara de satisfacción que ponía Romano al oírlas.
—Hola, Benito. ¿Quién es el pájaro más listo, entonces? —le dijo ella y lo acarició.
El pájaro restregó su cabeza contra la mano de ella.
—No te asustarás de este viejo villano, ¿verdad? —dijo Romano acercándose a ella.
Claire alzó la mirada para defender al pájaro, pero se dio cuenta de que Romano miraba al pájaro con sincero cariño.
—¿De Benito? Por supuesto que no. Somos amigos, ¿no es así, viejo amigo? —dijo ella, volviendo a mirar al pájaro.
El animal la miró descaradamente antes de mirar a Romano.
—Romano ...Claire... ¿mmmmm? ——dijo el pájaro mirando a uno y a otro, como si fuera una celestina—. Claire y Romano. Estupendos compañeros...
—Estás un poco confundido, Benito —dijo Romano, como al margen de lo que quería decir el loro.
Claire deseó que aquello no fuera solo buena educación.
—Claire no es un compañero, estupendo o como sea. Es una dama.
—Dama, dama —dijo Benito, a quien le gustaba hacerse notar—. ¿Fruta? ¿Fruta? —preguntó, no dejando escapar la oportunidad de pedir comida—. Pájaro guapo —agregó y suspiró como un humano prácticamente.
—¡Eres un pájaro glotón, más bien! —dijo Claire riendo.
Sabía que toda la familia lo adoraba, sobre todo Grace, quien decía que tenía poderes humanos prácticamente, y quien lo malcriaba terriblemente. Claire tenía que aceptar que el loro tenía un sentido del humor y un arte de seducción entrañables. Pero algunas veces, como hacía un momento, era demasiado humano, y la ponía incómoda.
—Claire, ven a ver los nuevos juegos de ordenador que me han regalado para Navidad —la llamó Lorenzo desde el otro extremo de la habitación—. Hay uno para dos jugadores —agregó con picardía.
—Te lo dejo a ti —dijo Romano sonriendo.
Ella se quedó de pie un momento, observándolo marcharse de la habitación. Y sintió el poder que tenía aquel cuerpo de hombre.
Ella sintió rabia por aquella sensación. Pero no pudo dejar de mirar aquel cuerpo envuelto en una camisa negra de seda y pantalones de algodón del mismo color.
¿Se había vuelto loca? ¡Por Dios!
Ella nunca se había comido con los ojos a ningún hombre, y menos lo haría con Romano Bellini, cuyo ego ya estaría más que inflado sin necesidad de que ella aportase su cuota en él.
—Venga, Claire, está todo listo —le dijo Lorenzo.
Y así la sacó parcialmente de sus pensamientos.
De todos modos, mientras Claire batallaba en la jungla con su Tiranosaurus Rex contra King Kong, su mente estaba solo a medias en el juego.
Había sido tan distinto antes del accidente, pensó Claire. Ella había sido feliz, había tenido confianza, había estado satisfecha con su trabajo y comprometida con un hombre que creía único. Y entonces, en un momento, toda su vida había cambiado irrevocablemente.
Cerró los ojos un momento, al sentir una punzada de angustia en su corazón.
No había sido culpa suya. Todos: la policía, su familia, los testigos de la escena, habían dicho que el joven conductor del coche deportivo se había cambiado de carril en la intersección sin aviso, pero el resultado había sido dos padres destrozados cuando él había muerto en la mesa de operaciones. Ella se había pasado semanas en el hospital recuperándose de las lesiones, torturándose con la idea de que los tres niños que iban con ella en el coche, a quienes cuidaba en aquel momento, hubieran podido morir. Pero resultó que sus lesiones habían sido leves. Solo habían necesitado una noche en el hospital, pero ella parecía oír sus gritos de terror, los gemidos del conductor del otro coche, y el sonido de su propia voz tratando de tranquilizar a los niños, a los que no podía llegar, puesto que estaba atrapada entre hierros retorcidos.
Había recordado la escena montones de veces. Durante los meses posteriores al accidente no había podido quitársela de la cabeza en un desesperado esfuerzo de convencerse de que no había tenido la posibilidad de evitar al otro coche. Pero aún le había quedado la sensación de que de haber reaccionado más rápidamente, de haber sido más observadora también, una conductora más experta, no hubiera muerto el joven de dieciocho años con el que había chocado. Al parecer su coche deportivo había sido regalo de cumpleaños que sus padres ricos le habían obsequiado el día anterior. Y que en el momento del accidente no tenía puesto siquiera el cinturón de seguridad...
—¿Claire? —la voz indignada de Lorenzo le avisó de que no estaba poniendo interés suficiente en el juego.
Ella intentó volver al presente.
Nadie habría podido evitar la tragedia, en aquella circunstancias. Pero ella no podía olvidar el sentimiento de horror y remordimiento, aunque no tuviera razón para este último sentimiento.
Y el miedo de estar a cargo de unos niños en una situación así.
Las cicatrices físicas del accidente habían sido unas líneas en el estómago, que no vería nadie excepto ella misma, pero las cicatrices psicológicas eran algo diferente.
¿Le habría afectado tanto el accidente si Jeff no la hubiera abandonado en un momento en que lo había necesitado como nunca? No lo sabría jamás.
La muerte de su Tiranosaurus y el suspiro de Lorenzo dejó muy claro que Claire no había sido un enemigo muy valioso en el juego. Ella se disculpó. Se sentó y observó al niño meter otro juego, mientras su mente aún daba vueltas sobre lo mismo.
Jeff solo la había ido a ver al hospital unas cuantas veces. Pero conociendo su aversión hacia la enfermedad y las dolencias en general, y a los hospitales en particular, ella no lo había presionado para que fuera con más frecuencia. Aunque lo había echado de menos terriblemente. Y las horas de visitas le habían resultado una tortura viendo a las demás pacientes recibiendo visitas de sus esposos y novios.
Sus padres la habían visitado todos los días, por supuesto, y sus hermanos, y sus amigos. Pero no había sido lo mismo.
Y entonces, después de haber estado en el hospital ocho semanas, y a dos días de que le dieran el alta y volviera a casa, había recibido la carta que se había grabado en su mente y en su alma.
Querida Claire... Aquella formalidad debería de haberle advertido de lo que seguía. Antes sus cartas iban encabezadas por Cariño, Claire, cielo.
No sé cómo escribir esta carta, pero sé que debo hacerlo. No sería justo para ninguno de los dos que no lo hiciera. Este tiempo que hemos estado separados me ha hecho ver nuestra relación de un modo diferente, no sé si comprendes lo que te quiero decir.
No, no lo había comprendido. Había seguido leyendo, con el corazón bombeando sin cesar.
Creo que sería mejor que nos separásemos por un tiempo, Claire. Durante unos seis meses o así, y que
volvamos a ser libres y sin compromiso. Siento que te he atado a mí demasiado joven, y es mejor que nos separemos ahora, y no más tarde, en el futuro, cuando tengamos niños y todo eso. Por favor, quédate con el anillo, y espero que puedas comprender por qué tenía que hacer esto.
¡Qué hipocresía! Sí, lo había comprendido.
Ella se había sorprendido de cómo la había mirado la primera vez que había ido a verla al hospital, y de su cara de horror y rechazo hacia sus heridas.
Había llorado entonces. Su hermano mayor, Charlie, la había ido a visitar por la tarde y entonces había salido a relucir la verdad.
Al parecer Jeff había estado saliendo con otra persona durante el último mes, una rubia de piernas largas con la que trabajaba, y que como él, era una fanática de mantenerse en forma.
—Conseguí esa información después de darle un puñetazo —le había dicho Charlie con satisfacción—. Y si no me equivoco, va a necesitar un dentista para que le ponga dos dientes, a no ser que los haya recogido del suelo del pub, claro.
Ella le había devuelto el anillo al día siguiente.
—¿Estás lista, Claire? —le preguntó Lorenzo.
Ella sonrió.
—Estoy lista. Y esta vez voy a ganarte.
—¡Eso crees! —exclamó Lorenzo.
Pasó una media hora con Lorenzo antes de marcharse a la habitación que le habían asignado. Habían deshecho las maletas y habían colocado su ropa en el ropero, y las cosas de aseo en el cuarto de baño que tenía la habitación. Era una habitación bonita, pensó ella. Pero en ese momento no tenía tiempo de mirar los jardines por la ventana. Porque necesitaba lavarse y cambiarse para la cena. Y estar abajo a las ocho.
Grace había ido al salón de Lorenzo diez minutos antes, a avisar que se estaban cambiando para cenar, y que como era una ocasión especial, tomarían una copa a las ocho, antes de cenar.
En aquel momento había una batalla crucial en la pantalla del ordenador y no había podido decirle nada. Pero ahora se lamentaba de no haberle robado un minuto al juego para preguntarle a Grace qué tipo de ropa era la adecuada.
Donato y Grace vivían en un ala privada de la casa, que Donato había hecho construir después de comprometerse con Grace, y aunque era fácil el acceso, no era lo mismo que salir al pasillo de la casa y preguntarle qué ropa debía ponerse.
Claire miró la ropa colgada en el otro extremo del enorme ropero.
Se quedó mirándola un rato, sin saber qué ponerse. Luego eligió un vestido negro corto y unos zapatos de tacón de satén negro.
Se dio una ducha y luego se sentó frente al comodín envuelta en una toalla.
No sabía cómo peinarse. Ni qué pendientes usar...
Se dijo que debía dejar de pensar tanto, puesto que Romano no la miraría. Y a ella él no le interesaba tampoco. Había estado casado con una mujer muy hermosa y parecía no haberse recuperado de su muerte. Ella no podría ayudarlo a olvidar su pena. Ella, una don nadie de Inglaterra, que además de otras cosas, era material averiado.
Aquella frase golpeó en su consciencia. Pero la llevaba consigo desde hacía años. Aquella misma noche en el hospital, cuando sus padres y Charlie se habían marchado y ella se había quedado sola, había recordado lo que había dicho Jeff una vez mientras veían un documental de una paciente de cáncer que estaba a punto de casarse, después de varios injertos de piel.
—¿Cómo puede casarse con esa mujer? —preguntó Jeff, sinceramente sorprendido—. Quiero decir, ni siquiera se parece a la chica que conoció. Podría tener a cualquier otra. No tiene por qué aceptar mercancía averiada.
—¡Es horrible lo que dices, Jeff! —había exclamado ella horrorizada.
Entonces él había disimulado sus palabras con una explicación que en aquel momento la había engañado. Quizás había querido creer lo que quería. ¡Ella lo amaba tanto! El accidente le había demostrado que el hombre al que había amado no existía, en primer lugar.
Cuando Claire bajó al comedor, con el pelo suelto y con un toque apenas de sombra para los ojos, Romano Bellini se quedó quieto un momento antes de ir hacia ella.
—En mi país las mujeres que visten de negro son las mayores, en general —dijo él suavemente—. Pero quizás sea una tradición que deba cambiar.
—Yo... Gracias. Me parece un cumplido —agregó ella.
—Lo ha sido —le dijo él, después de reírse—. Claro que lo ha sido.
Claire vio que Donato y Grace los miraban con interés. Donato estaba preparando cócteles. Ella se sintió tan incómoda que caminó deprisa hacia ellos, olvidando que llevaba zapatos de tacón, uno de los cuales se enganchó en la alfombra persa. Y de no ser por Romano, que la sujetó firmemente, se habría caído.
—Tranquila, no te caigas, inglesita —dijo con voz suave y profunda—. Yo podría ser el lobo, capaz de terribles crímenes, pero no sería capaz de un ataque a tu virtud frente a dos de mis más queridos amigos, ¿no crees?
—No seas ridículo. Me he resbalado. Eso es todo —dijo ella con voz trémula. Sobre todo porque él se había puesto un esmoquin que combinado con su sonrisa, lo hacía devastador.
—Por supuesto —contestó él.
Cuando apareció Lorenzo, el ambiente se relajó más. Claire había hecho amistad inmediatamente con el hermano menor de Donato, en verano. Ella tenía un don para relacionarse con los niños. Y ahora se habían puesto a conversar sobre sus batallas en el ordenador.
—Tienes facilidad para comunicarte con los niños —le dijo Romano y le tomó el brazo para acompañarla al comedor, después de que hubiera ido Gina a avisar que pasaran—. Ahora entiendo por qué Lorenzo no ha dejado de hablar de ti en todo el verano. Te adora.
—Es encantador... Es un chico adorable —dijo ella—. Ha pasado muchas cosas en su corta vida, por lo que me ha dicho Grace. La pérdida de sus padres y... de su hermana —continuó ella.
Luego se dio cuenta de que no había tenido tacto al recordarle la pérdida de su esposa.
—Y parece haber superado todo ello sin resentimiento ni amargura. Parece un adolescente normal.
—Donato y Grace tienen mucho que ver en ello.
Ella podía oler su colonia. Y no supo si debido a ella o a la química de Romano, que hacía juego con su perfume, sintió un nudo en el estómago.
—Ellos decidieron dedicar dos o tres años a Lorenzo, para estar seguros de que él se sintiera querido antes de formar una nueva familia propia.
—¿Sí? —ella se detuvo frente a la puerta del comedor. Los demás habían avanzado—. Son buena gente, ¿verdad? —dijo ella suavemente, mirándolo a los ojos.
—Sí. Pero a veces la bondad puede hacer que uno se vuelva terriblemente vulnerable ——dijo él fríamente—. Es algo poco recomendable en este mundo presente, menos que el escepticismo, creo. La duda, la desconfianza, no está de más.
—En ciertas circunstancias, no. Pero supongo que no lo dices como una norma general, ¿no? —preguntó ella frente al cinismo que guardaban las palabras de Romano.
—Es exactamente lo que quiero decir —dijo él inexpresivamente, fijando sus ojos negros en ella.
—¡No estoy de acuerdo con eso! —exclamó ella vehementemente—. ¡Eso es horrible! Eso querría decir no confiar en nadie, o solo confiar si te firman una declaración jurada primero.
—Me parece un poco extremo, pero no estás del todo errada —hizo un gesto hacia la habitación—. Me parece que nos están esperando...
La mesa estaba puesta con cubiertos de plata, vasos de cristal fino, mantelería fina y un magnífico centro de rosas que perfumaban el aire con su fragancia.
La sala en sí misma era grandiosa, como el resto de Casa Pontina.
A medida que sirvieron los platos, Claire sintió que no tenía que hacer ningún esfuerzo para relajarse.
El buen vino más la compañía de Donato y Grace hicieron de la cena un momento agradable.
A medida que el vino y la comida hicieron su efecto, pareció haberse evaporado el cansancio del viaje, los malos recuerdos, e incluso la confusión en la que la había colocado aquel hombre.
Rieron, bromearon, comieron y bebieron. Pero ella no dejó de ser consciente de la presencia de aquel hombre enigmático.
—¿Te has ido a cambiar a casa? —le preguntó ella al final de la comida, algo que la había estado intrigando toda la noche.
—Sí. No está lejos —sonrió él cortésmente—. Tienes que ir a mi casa algún día.
—Gracias, pero supongo que no me quedará mucho tiempo, ayudando a Grace —dijo ella, intentando suavizar su rechazo, pero esperando que él captase su mensaje de que ella no estaría en la lista de sus conquistas.
—Estoy seguro de que habrá alguna oportunidad, no obstante. Será un placer entretenerte —dijo él, poniéndose rígido.
Al parecer se había ofendido. O lo fingía.
—Sí, quizás. Pero Donato y Grace me han dicho lo ocupado que estás. Tendremos que ver... —su voz se apagó cuando los ojos de Romano se clavaron en ella.
—El sábado por la noche —dijo él. —¿Qué?
Ella se dio cuenta de que los otros habían dejado de hablar de nombres de bebés, y que Donato y Grace, al menos, estaban escuchando con interés.
—Una cena el sábado por la noche en mi casa —lo dijo en un tono que parecía más un desafío que una invitación.
—No creo...
—Vendrán Donato y Grace también, por supuesto —dijo él con arrogancia.
—Lo siento, Romano, es muy amable por tu parte. Pero realmente me gustaría tener unos días para aclimatarme y acostumbrarme a las cosas —dijo ella
firmemente—. Estoy segura de que habrá otras oportunidades...
—Entonces, dentro de una semana —dijo él.
Ella sintió pánico al sentir que tenía deseos de ir, a pesar de que su sensatez le decía que no.
—Eso te dará tiempo para adaptarte, ¿no crees? — preguntó él.
—Lo pensaré.
Ella sonrió, pero luego, cuando Donato habló, se puso rígida:
—Eso estará bien. Grace y yo vamos a ir a la Ópera esa noche. Tenemos entradas. ¿No recuerdas que las sacaste tú para el día de mi cumpleaños, Romano? Yo iba a sugerir que Grace y Claire fueran juntas, pero si Claire quiere ir a cenar contigo, nos quedaremos tranquilos de que está en buenas manos. Y más adelante podremos ir a la ópera juntos.
—Por supuesto, tu cumpleaños es dentro de unos días —dijo Romano.
Por el tono que usó, Claire sospechó que a Romano no se le había olvidado el cumpleaños de Donato.
—Estoy seguro que Claire preferirá que Grace y tú disfrutéis de la ópera juntos. ¿No es así, Claire?
—Yo... Sí, por supuesto —dijo Claire, lamentándose de no haber aceptado la invitación para ese sábado, y no el siguiente, en que Donato y Grace no podían ir con ella a cenar a casa de Romano—. Por supuesto que no aceptaría quitarte tu entrada, Donato, pero quizás sea mejor que lo dejemos para la semana siguiente a ese sábado, ¿os parece?
—Es una tontería. Donato y Grace disfrutarán más de su velada, sabiendo que vienes a cenar a mi casa, Claire —dijo Romano, clavándole la mirada—. Entonces, trato hecho, ¿no? Será una noche agradable para todos, estoy seguro.
—Yo no.
Aquellas palabras habían sonado tan fuerte en su cabeza, que ella se sorprendió de que no las hubieran oído. Luego, cuando vio que Romano se daba la vuelta y la miraba, se dio cuenta de que efectivamente las había oído.
Entonces ella se forzó a decir.
—Gracias. Estaré encantada de ir.
—Bien. Será agradable —dijo él inocentemente.