CAPÍTULO III

¡NUEVA YORK!

George Paiton y Richard Balmer ocupaban los dos sillones de los pilotos. A ciegas hubieran podido llevar el destructor cohete hasta la populosa ciudad de Nueva York. Habían soñado tantas veces en este momento que creían ser víctimas de una ilusión. Sin embargo, después de descender desde sus diez mil millas de altura, el destructor volaba sobre la línea de la costa atlántica a razón de mil quinientas millas horarias sin que se recalentara el casco en su violento frote con la atmósfera.

—¡Allá está Manhattan! —exclamó George señalando con el brazo hacia el horizonte.

—Pero no se ve ni rastro de rascacielos —gruñó Richard—. Ahora las ciudades son subterráneas. Las gentes viven como los topos. ¡Qué extraño me parece este mundo!

Tras ellos, algo inclinado hacia adelante, Miguel Ángel Aznar pensaba exactamente lo mismo. La tierra que escapaba velozmente bajo sus pies, sin apenas darles tiempo a verla, estaba cubierta de espesos bosques. Ni un solo campo cultivado avistaron, ni un ganado pastando por las verdes llanuras, ni una casa de campo solitaria. Todo aparecía desierto y selvático.

Richard frenó el enorme impulso del destructor. Estaba sobre la isla de Manhattan. Del Nueva York del siglo XX no quedaban más restos que unos dispersos montones de escombros piadosamente cubiertos por la maleza. Donde antes estuviera el barrio de Brooklyn se veía ahora una gran laguna. Los bordes del cráter formado por lo que debió ser el impacto de una bomba atómica se parecían extraordinariamente a los cráteres lunares.

Todavía quedaban algunos restos del contorno de los muelles, donde se pudrían viejos barcos de hierro cubiertos de algas. De la estatua de La Libertad quedaba el pedestal partido en pedazos. La estatua había desaparecido cayendo al fondo del mar antes arado constantemente por miles de barcos que tampoco existían. Otros cráteres abiertos por las bombas habían formado agujeros cubiertos de agua estancada o montañas caprichosas. Era necesario hacer un poderoso esfuerzo de imaginación para poblar con la fantasía aquel desierto, dándole el aspecto que tenía cuatro siglos antes.

—¿Pero dónde está ahora Nueva York? —preguntó Richard Balmer irritado—. ¿Ya no quedan en los Estados Unidos otra cosa que bosques vírgenes, praderas solitarias y montañas de escombros?

—El actual Nueva York se trasladó más al Norte —informó Ina Peattie—. Ocupa una gran llanura a la vista de los montes Adirondacks.

El destructor dio lentamente una vuelta al antiguo emplazamiento de la desaparecida ciudad. Miguel Ángel oyó tras él el ahogado sollozo de su mujer, pero no se volvió ni pronunció palabra. A él mismo le costaba hacer un poderoso esfuerzo para que no le saltaran las lágrimas a la vista de aquella desolación espantosa. Richard Balmer, mascullando maldiciones, puso proa a los montes Adirondacks siguiendo el curso del río Hudson.

A poco se vislumbraron en el horizonte unos puntos brillantes al sol poniente. Eran aviones que se acercaron a curiosear al destructor. La coronela Ina Peattie se puso en comunicación por radio con aquellos aviones identificándose por medio de la pantalla de televisión.

Escoltado por un enjambre de veloces aviones supersónicos, el destructor llegó a la vista de Nueva York. Los ojos se abrieron, admirados.

A sus mismos pies se extendía una vasta llanura, cuyos confines se perdían en el horizonte. Se trataba de una llanura curiosamente ondulada. Desde el aire ofrecía el aspecto de un inmenso tejado de plancha acanalada donde las canales tuvieran trescientos metros de anchura y los caballones doscientos metros de altura. Por el fondo de estas canales, a todo lo largo hasta perderse de vista, corrían amplias avenidas con simétricos jardines en el centro, grupos de frondosos árboles y estanques de variadas formas. A ambos lados de los jardines centrales podían verse sendas pistas de rodaje por las que corrían algunos pequeños y aerodinámicos automóviles y dos líneas férreas, una ascendente y otra descendente.

Por las laderas de los caballones trepaban jardines y bosquecillos, y sobre la cumbre de estas cordilleras uniformes, en encantadora mescolanza con la vegetación, veíanse amplias terrazas pobladas de mesas, sillas y toldos festoneados de alegres colores. Innumerables escalinatas ponían en comunicación estas terrazas con el fondo de las avenidas.

En algunas ocasiones, tres o cuatro de los caballones se interrumpían al mismo tiempo para dejar una enorme extensión de terreno donde se levantaba un campo de fútbol, un parque más grande que los demás o un lago artificial con orillas de rubia arena donde se apreciaban numerosos bañistas tomando el declinante sol.

Aparte de los kioscos de chillones toldos y algunos barracones de material ligero, no se veía un solo edificio en cuanto alcanzaba la vista. En cambio, eran visibles, de trecho en trecho y siguiendo la línea exasperantemente recta de los jardines del fondo de las canales, muchas cúpulas de sólida apariencia y color grisáceo hacia las que afluían regueros de gente entrando y saliendo.

—Éste es Nueva York —señaló Ina Peattie sonriendo y abarcando con un movimiento de su mano la inmensa llanura—. ¿Qué tal? ¿Les ha decepcionado?

—¡Cielos! —murmuró Else von Eicken con las azules pupilas llenas de admiración—. ¡Pero si todo es hermoso… sano… limpio… lleno de luz y de color!

—¿Pero dónde vive la gente? —preguntó George.

—Bajo tierra. Ésta es una ciudad de lo que podríamos llamar “rascatierras”. Es como el antiguo Nueva York que ustedes tanto echan de menos, solamente que infinitamente mejor y más sano… y con los “rascacielos” vueltos al revés. Aquí los edificios se hunden como lanzas en el suelo en vez de elevarse en el aire.

—¡Demonio! —exclamó Thomas Dyer, moviendo como un mono su cuero cabelludo.

—Esas esferas metálicas que ven de trecho en trecho es la entrada de cada “rascasuelos”. En caso de bombardeo atómico los neoyorquinos se apresuran a entrar por esas medias naranjas a sus casas, se cierran herméticamente las puertas y quedan aislados completamente del mundo exterior. Dentro de cada esfera de esas hay varios ascensores que atraviesan los “rascasuelos” dejando a cada cual en su piso. Cada “rascasuelo” es como un refugio. Cuenta con agua y oxígeno suficiente para que nadie tenga que salir al exterior en varios años. Por debajo de nuestra ciudad corre una red de ferrocarriles subterráneos y túneles que ponen en comunicación todos los edificios. Allá abajo hay campos de deportes, piscinas, cines, teatros, salas de conferencias y, en fin, todo lo que podría encontrarse en el viejo Nueva York.

—Lo que yo decía —masculló Richard—. ¡Como los topos! Todos los habitantes de esta ciudad tendrán las caras más blancas que el papel.

—No lo crea —rió la coronela—. Nuestra iluminación subterránea es a base de luces que irradian una luz natural y tienen las mismas propiedades salutíferas que los rayos solares. A mil metros de profundidad puede usted respirar el aire más puro, cargado de oxígeno, de yodo y aromas a pino y ponerse tan negro como un caribe.

—Entonces, ¿para qué han plantado árboles, han abierto jardines y construido lagos artificiales?

—No hay necesidad de que la gente viva bajo tierra cuando se puede salir a tomar el sol y el aire natural y, sobre todo, a estirar las piernas y mirar a su alrededor sin sentir ahogo. Edificando nuestra ciudad al revés hemos conseguido dos cosas en las que ya debieran de haber pensado en el siglo XX: completa seguridad, contra los bombardeos y mayor espacio disponible para correr y solazarse. Nada de calles encajonadas entre altos edificios. Nada de atmósferas enrarecidas por el humo del carbón. Nuestros “rascasuelos” no tienen ventanas, pero ¿y qué? Tampoco en los últimos rascacielos que se edificaron en el viejo Nueva York había ventanas. Toda la vida, o casi toda, se desarrolla al aire libre. En caso de guerra no hay bomba que derribe nuestros edificios con la consiguiente mortandad y destrucción de las obras. Hemos enterrado una ciudad fabulosa y nos ha costado grandes sacrificios y trabajos darle todas las garantías de seguridad, pero es “casi” una ciudad eterna, para sobrevivir a las mayores catástrofes salvando con ella a todos sus habitantes.

Nuestros amigos escuchaban admirados a la joven y miraban a la vez la fantástica ciudad-jardín extendida a sus pies. Pasaron sobre un monumental anfiteatro donde, al parecer, se daba un concierto al aire libre. Luego, sobre la ondulación del terreno, asomó la gran extensión del aeródromo. El destructor pudo muy bien haberse posado en cualquiera de aquéllas recias y amplias avenidas sin aplastar ni un macizo de flores, simplemente quedando suspendido a un metro sobre tierra, pero las ordenanzas municipales lo prohibían, según dijo Ina.

George tomó los mandos del destructor y lo llevó hasta el aeródromo, donde tomó tierra verticalmente, sin ayuda de rotor como un vulgar helicóptero, ni de estrépito de gases saliendo por debajo, como un giróscopo. Simplemente haciendo actuar la fuerza repulsiva del material de que estaba construido el casco.

Aquella toma de tierra llamó poderosamente la atención de cuantos presenciaban la arribada del Diana, que era el nombre del destructor.

Un grupo de pilotos rodeó a los recién llegados mirándoles y remirándoles con asombro. A su vez, el grupo de vagabundos del espacio admiró con no menos asombro a estos espléndidos ejemplares de la raza blanca. Todos los hombres y mujeres eran altos, fuertes, erguidos como huesos y de mirada viva, despierta e inteligente.

Los edificios que rodeaban al aeródromo eran todos de construcción ligera y barata. Se adivinaba que, al igual que los kioscos y barracones de los jardines y terrazas de la ciudad, desempeñaban una función puramente provisional. Caso de un bombardeo, aquellos ligeros barracones serían barridos como hojas secas, pero en caso de guerra nadie quedaría dentro de ellos. El personal estaría ya a varios centenares de metros de profundidad bajo tierra.

Ina Peattie llevó a sus nuevos amigos hasta un sencillo barracón pintado de verde. Dentro les esperaba un joven, alto y rubio, mariscal del Aire.

—Llevo un par de horas recibiendo llamadas por radioteléfono —aseguró estrechando las manos de nuestros amigos afectuosamente—. La ciudad, y puede decirse que también todo el país, está conmovido con su arribada. He mentido diciendo que aterrizarían en la base Oeste y el general O’Hare está echándome maldiciones mientras lucha con la muchedumbre. ¿De veras que dentro de su artefacto llevan una ciudad?

—Solamente cuatro rascacielos —aseguró Miguel Ángel sonriendo.

—Estuve observando el aparato en que han venido mientras tomaban tierra. He tenido que hacer acopio de dignidad para no echar a correr como un chiquillo y acercarme a ver “cómo lo hacían”. No vi salida de gases por ninguna parte. ¿Cómo lo hicieron?

—El metal de que está construido nuestro destructor es rebelde a la fuerza de atracción de las masas al ser sometido a ciertas inducciones eléctricas. No hay más secreto.

—¡Brrr! —bufó el mariscal echando una mirada por la ventana al Diana. ¿De modo que sus aparatos repelen a la tierra? ¡Vaya invento, amigos! Apuesto cualquier cosa a que no lo construyeron en este planeta.

—No.

—¿Dónde?

—En un planeta llamado Ragol.

—Es una historia larga de contar —intercedió Ina Peattie—. Los señores la referirán varias veces, de modo que podemos evitarles el suplicio de que la narren otra vez. ¿Qué debo hacer de ellos?

—Por lo pronto llevarlos al hotel Central. El ministerio de Defensa me ha ordenado que les ponga centinelas de vista. Tienen reservado un piso en el hotel. Usted les acompañará, coronel, y no dejará que nadie les moleste con preguntas inoportunas —se volvió hacia el profesor von Eicken y añadió a modo de explicación—: Ocurre tan pocas cosas ahora, que el público se agita con el menor incidente de importancia.

—Gracias por sus atenciones, mariscal —interrumpió Ángel—. Sin embargo, nos gustaría corretear por la ciudad. ¿Todavía se bebe cerveza?

—Cerveza magnífica, puedo asegurárselo a usted —rió el joven mariscal. Y como sin darle importancia añadió—: Respecto a ese extraño planeta artificial que les ha traído… ¿no habría modo de apearlo de las nubes y hacerle tomar tierra?

—¿Por la fuerza quiere decir? —preguntó a su vez Ángel con tonillo ligeramente irónico.

—¡No, por Dios! Quiero decir…

—Sé lo que usted quiere decir, mariscal. Nuestro autoplaneta puede bajar a la Tierra y bajará… cuando yo vaya allá personalmente a ordenarlo. Entre tanto convendría advertir a sus pilotos que no intentaran acercarse demasiado al autoplaneta y mucho menos posarse sobre su anillo. He dejado órdenes de que se dispare contra todo avión que moleste al Rayo.

—Me pone usted en un conflicto, mister Aznar. Su autoplaneta está en cielo americano, dentro de nuestra jurisdicción. He recibido orden del Estado Mayor General para buscar el medio de hacerle bajar.

—Lo siento por usted, mariscal. Nuestro Rayo es un mundo independiente, de nuestra única y exclusiva propiedad. Convendrá que lo haga saber usted a su Estado Mayor General. Estamos aquí como visitantes pacíficos. Si no se nos admite pueden decirlo y nos marcharemos con nuestro mundo a otra parte…

—¡Oh, no! ¡Nada de eso! —protestó el mariscal—. Tenemos mucho gusto en tenerles entre nosotros. Precisamente el ministro de Defensa me ha rogado que les dé a ustedes la bienvenida en su nombre y en el del Gobierno de los Estados Unidos.

—Transmita usted nuestras gracias al ministro y a su Gobierno —repuso Harry Tierney.

—Podrán dárselas ustedes mismos. Creo que estará esperándoles en el hotel Central o que irá a visitarles esta misma noche —dijo el mariscal con visible contrariedad—. Y no les entretengo más. Pueden ustedes marcharse.

Nuestros amigos salieron del barracón. El mariscal les acompañó hasta uno de los ocho o diez automóviles que esperaban fuera. Eran coches eléctricos. En la Tierra, como en Ragol, la tracción mecánica corría a cargo de la electricidad que cada vehículo recibía por una antena convertida en ondas radioeléctricas. Los automóviles parecían construidos de materiales plásticos y llevaban el emblema de las fuerzas aéreas norteamericanas en las portezuelas.

Se repartieron en dos coches y la caravana emprendió la marcha por una amplia y lisa autopista hacia la ciudad. Los precedían dos coches provistos de sirena con dos motoristas y les seguían todos los tiernas automóviles repletos de hombres vestidos de paisano.

—Coronel Peattie —dijo Ángel volviéndose hacia la joven—. Usted parece una buena muchacha. Díganos, ¿por qué tanta escolta? ¿Son policías todos esos hombres?

—Sí; son policías. Nos escoltan para que nadie les moleste ni hable con ustedes, ya oyeron cómo lo decía el mariscal Davies.

—¿Quiere decir que, prácticamente, somos sus prisioneros?

—En cierto modo… sí. La razón es obvia; el Estado Mayor General está profundamente interesado en el autoplaneta de ustedes.

—Ya lo he advertido. Y siento desilusionarles a ustedes, coronel. No es posible construir otro autoplaneta sin los maravillosos minerales de Ragol. Pueden mirar y remirar cuanto quieran a nuestro destructor. No le arrancarán su secreto porque no lo hay. Toda la fuerza y el poder de nuestros aparatos aéreos reside en el material de que están construidos.

—No tiene por qué esforzarse en hacérmelo comprender, mister Aznar. No soy yo quien da las órdenes aquí, sino el Estado Mayor General.

Miguel Ángel miró por la ventanilla porque acababan de entrar en la ciudad. Para entonces ya se había puesto el sol y empezaban a brillar los focos eléctricos. Hacía calor. Los pacíficos ciudadanos tomaban el fresco paseando a lo largo de los jardines y miraban con curiosidad el veloz paso de la caravana de automóviles que hacían sonar sus sirenas. Sobre los caballones de la ciudad podían verse gran número de terrazas donde la gente bailaba al son de invisibles orquestas o apuraba lentamente sus vasos de cerveza alrededor de los veladores. Era una versión totalmente distinta de la que nuestros amigos conservaban acerca del Paraíso, pero también aquí se respiraba la paz y el bienestar junto con la atmósfera del atardecer saturada del efluvio de los pinos y las flores.

Viendo a aquella gente divirtiéndose, Bárbara sintió la necesidad de apearse y apurar un vaso de cerveza.

—¿Puede hacerse? —preguntó mister Stefansson a Ina Peattie.

Ina tomó un radioteléfono y ordenó a los demás coches que se detuvieran. Echaron pie a tierra, ascendieron rodeados de policías por una de las escalinatas y se encaminaron hacia el bar de la terraza.

Los policías formaron un compacto cordón alrededor de nuestros amigos mientras éstos eran servidos por la amable Ina.

No había camareros allí. Uno tomaba su vaso de un montón limpio, iba al grifo que deseaba y se ponía lo que apetecía. Luego dejaba el vaso sucio en otro sitio, de donde lo tomaba una máquina para lavarlo con un líquido desinfectante y depositarlo ya limpio en el otro montón.

—Se está bien aquí —suspiró Bárbara respirando a pleno pulmón el aire embalsamado del anochecer.

—Sí —refunfuñó su marido mirando a la gente que bailaba antes y que ahora esperaba inmóvil a que les dejaran continuar—. Pero vámonos de aquí. Estamos molestando a esta gente y no me gusta que me miren como un bicho raro.

Bajaron las escaleras, subieron otra vez a los coches y reanudaron su veloz carrera a lo largo de una de las amplias avenidas. Un momento después se detenían ante una de aquellas sólidas y grises caperuzas de acero, entraban en ella y tomaban un ascensor que les dejaba en el trigésimo cuarto piso del hotel Central.