CAPÍTULO VI
LA Armada Sideral de los Planetas Confederados Terrícolas empezó a frenar para describir un amplio, apenas perceptible viraje, que le alejaba lentamente de la flota de autoplanetas.
A bordo de los buques, y pese al campo magnético creado artificialmente bajo los pisos, se hacía sentir molestamente el brutal tirón de las fuerzas “G”, o gravitatorias.
Lo primero que hicieron el almirante Hidalgo y sus ayudantes al pisar las planchas del “Olimpia” fue embutirse en las sólidas armaduras de cristal que constituían el traje obligatorio de los astronautas de la Armada Sideral. Este traje, que perfilaba los contornos del cuerpo humano, estaba formado de varias piezas de cristal inastillable que se unían entre sí para formar un hermético envoltorio.
Las armaduras llamadas “de vacío” tenían dobles paredes de vidrio en el tronco y en este hueco oxígeno a presión que el astronauta utilizaba después de haberse calado una escafandra, también de vidrio azul oscuro, con el frente de cristal transparente susceptible de ser polarizado.
El traje era obligatorio a bordo de todos los buques de la Armada porque en caso de producirse una grieta o agujero en el casco de la nave, sobrevenía lo que se llamaba “descompresión explosiva”; lo cual quería decir que todo el aire contenido a presión dentro del buque se lanzaba hacia la brecha y escapaba al vacío interestelar como en una explosión.
Los astronautas solían andar por el buque con el traje puesto y en caso de peligro inmediato se calaban rápidamente las escafandras.
Con las escafandras puestas, los astronautas tenían que utilizar un micrófono, un diminuto amplificador y un tornavoz exterior para hacerse oír de los demás. Y para escuchar lo que decían los demás, el astronauta utilizaba un sistema invertido de micrófono exterior y altavoz dentro de su escafandra.
Pero si sobrevenía la temida avería y todo el aire de la cabina escapaba fuera, entonces el hombre de la armadura no podía hablar ni escuchar por este sistema, ya que el sonido no se transmitía en una cabina donde no hubiera una atmósfera. Lo que hacía entonces el astronauta era utilizar el aparato de radio de que iba equipado, lo cual siempre daba lugar a confusiones, porque cada uno podía oír lo que hablaban todos a la vez.
Para consultas y conversaciones particulares, sin embargo, al hombre de la armadura le quedaba el recurso de enchufar un hilo telefónico al circuito de un compañero, y entonces hablaban los dos sin que escucharan los demás.
El comandante del buque, por último, podía enchufar su teléfono al circuito que corría toda la nave y sustituir así a la radio, si ésta se estropeaba.
Durante 96 horas seguidas —sería superfluo hablar de “días” en pleno espacio, donde no existía diferencia alguna entre el día y la noche— Miguel Ángel Aznar y Sofía Medina, así como el resto de los 30 millones de astronautas que tripulaban los buques de la Armada Sideral de los Planetas Confederados, vivieron, comieron y durmieron dentro de estas incómodas armaduras mientras cruzaban el espacio rumbo a Urano.
Aunque había muy poco que hacer a bordo, este tiempo no resultó ni mucho menos aburrido. El almirante Hidalgo había despachado patrullas exploradoras por delante y a bordo de los buques se vivía en constante estado de alarma.
Delante de la Flota Combinada huían hacia Urano como corzos perseguidos por una jauría gran número de aparatos “Omega” del enemigo que habían estado siguiendo y vigilando los movimientos de la flota de autoplanetas terrícolas.
Los navíos terrícolas jamás pudieron dar alcance a las diminutas “herraduras volantes” de los sadritas, porque éstas iban impulsadas por chorros de “luz sólida” y desarrollaban velocidades fantásticas con un tiempo mínimo para la aceleración.
El organismo humano hubiera quedado despedazado con aquellas aceleraciones bruscas. Los pulpos, sin embargo, las toleraban perfectamente.
—En estos momentos —comentó un oficial del buque almirante— los pulpos se habrán enterado que vamos por ellos y estarán saliendo de sus madrigueras para embutirse en sus armaduras de “hombre”.
Porque los sadritas, efectivamente, tripulaban sólidas máquinas “robot” con las cuales podían remedar los movimientos de la criatura humana de la Tierra. Y a los miembros de la Armada Sideral les gustaba imaginar a los “pulpos” llevándose un susto morrocotudo al saber que los Hombres, lejos de marcharse resignadamente de sus inhabitables planetas, volvían atrás con el propósito de “ajustar cuentas”.
Mientras la Flota Combinada volaba hacia Urano, el almirante Hidalgo impartía por telégrafo luminoso las últimas instrucciones. En el mismo buque viajaba también el almirante Fletcher, con el título de subjefe de la Armada Aliada. Miguel Ángel Aznar hizo prácticas con los teletipos.
No era muy difícil emitir o recibir telegramas por aquel sistema. Miguel Ángel tomaba asiento ante un aparato que era como una máquina de escribir. Según el almirante Jefe le dictaba, Miguel Ángel escribía rápidamente pulsando teclas. En el carro, sobre un rollo de papel, iban formándose las palabras como en una máquina de escribir corriente. Un “cerebro electrónico” traducía automáticamente las letras a los puntos y rayas correspondientes del alfabeto Morse, y el sistema de reflectores del buque los lanzaba en forma de guiños luminosos al espacio.
Para la recepción, el mismo “cerebro electrónico” traducía a letras los guiños luminosos y movía las teclas de la máquina, dejando escrito en el papel el mensaje ya traducido.
Todo esto con la rapidez del relámpago.
Al acercarse la Flota a Urano y adoptar la formación de combate, Miguel Ángel Aznar se aseguró que todas las piezas de su armadura encajaban herméticamente y fue a tomar asiento ante el teletipo. En el suelo, al alcance de la mano, depositó su escafandra lista para endosársela en cualquier momento.
Para dirigir la batalla iban a utilizarse dos teletipos. Miguel Ángel se encargaría del transmisor. Sofía Medina cuidaría del receptor. Su trabajo se limitaba a leer las comunicaciones en voz alta.
Sofía estaba ya en su sitio cuando el almirante Hidalgo y el almirante Fletcher se situaron en el centro de la cámara, frente a una mesa redonda sobre la que se proyectaban las imágenes captadas por el potente periscopio electrónico de que iban equipados todos los buques de la Armada.
El teletipo receptor empezó a teclear rápidamente. Sofía leyó en voz alta, aguda y clara:
—“Del almirante Morgan, en descubierta, al Almirante Jefe. Gran fuerza sideral enemiga avistada alrededores Urano. Calculamos ochocientos mil… ¡Atención! Fuerza enemigo sale disparada a nuestro encuentro. Terrible velocidad inicial. Imposible huir o detener el golpe. Hace jugar rayos “luz sólida”. Abrimos fuego”.
Hidalgo y Fletcher se inclinaron ansiosamente sobre la mesa-pantalla.
—No podrán esquivar esa avalancha —murmuró Hidalgo entre dientes. Y preguntó a Sofía—: ¿Qué más?
—Aquí dice: “No se arredre ante estos bichejos asquerosos, Hidalgo. Le saludo con un abrazo. No tuvimos suerte”.
—¿Qué más? —gritó Hidalgo.
—Nada más, señor —contestó la muchacha.
Y Fletcher dijo:
—Mire, ya se ven los fogonazos de nuestros buques exploradores al hacer explosión.
—Maldita sea —rugió Hidalgo. Y gritó—: ¡Transmita, Miguel Ángel! ¡Zafarrancho de combate!
Miguel Ángel se inclinó sobre el teletipo y escribió rápidamente:
“Almirante Jefe a Flota. Zafarrancho de combate”.
En el propio buque almirante resonó con estruendo el rugido del claxon. Fieles a las ordenanzas, todos cuantos se encontraban en la cámara de derrota sé ajustaron las escafandras y abrieron la espita del oxígeno. El oficial copiloto, apretó un botón del tablero de instrumentos. La recia puerta de la cámara se cerró con seco chasquido, al mismo tiempo que las puertas de todos los compartimientos estancos del buque.
El comandante del buque, que ostentaba el grado de capitán de navío y estaba de pie tras el sillón de los pilotos, tomó un micrófono y preguntó a través del tornavoz de su escafandra:
—¿Listos a bordo?
—¡Listos a proa! —contestó un altavoz.
—¡Listos a popa!
—¡Listos en el compartimiento de botes!
—¡Listos en sala de máquinas!
—¡Listos los tubos de lanzar!
La última voz parecía algo anacrónico en la nueva técnica de lucha implantada por los rayos “luz sólida”. Los torpedos habían sido fácil presa para aquellos rayos una vez, y no existía la menor probabilidad de que sobrevivieran a las profundas reformas de la táctica implantada por el uso de la “luz sólida” como arma ofensiva. Pero las reformas en la Armada Terrícola, se habían limitado a montar proyectores de “luz sólida” en sustitución de los antiguos Rayos Zeta, que desintegraban todos los metales conocidos a excepción de la “dedona”.
Los cruceros todavía conservaban sus tubos lanzatorpedos, e incluso llevaban a bordo su dotación habitual de torpedos “robot” reducidos, aunque nadie sabía para qué pudieran aprovechar de ahora en adelante.
—Fíjese en eso —dijo el almirante Fletcher señalando la superficie de la mesa-pantalla—. El enemigo sigue virando. Va a desaparecer tras el globo de Urano.
—Probablemente salieron también por detrás de Urano sin dar tiempo a Morgan para retroceder. Transmita esto, Miguel Ángel; Almirante a Flota. Manténgase rumbo a Urano acortando la marcha dos “G”.
Miguel Ángel tecleó en el teletipo con sus dedos enfundados en guantes de cristal plástico.
—Agárrense bien. Proa arriba, noventa grados. Frenos de fondo a dos “G” —ordenó el comandante del buque.
El piloto accionó los mandos y la tripulación experimentó un súbito aumento de peso. Las posaderas de Miguel Ángel soportaban en aquel instante una presión doble del peso habitual del cuerpo.
La Flota Combinada ya no “iba” hacia Urano sino que “descendía”, sobre el gigantesco planeta teniendo a este bajo las plantas de sus tripulantes.
—Comunique, Miguel Ángel —ordenó Hidalgo—. Almirante a alas derecha e izquierda. No pierdan de vista los satélites de Urano. De allí puede venir alguna sorpresa desagradable.
Miguel Ángel transmitió rápidamente el despacho. Terminó y se echó atrás en su asiento. Casi inmediatamente, empezó a teclear el teletipo receptor. Sofía Medina leyó en voz alta a través de su micrófono:
—“Almirante Kennedy a Almirante Jefe. Entendido. Miramos a Titania sin pestañear”. “Almirante Bandini a Almirante Jefe. Entendido”.
Respuesta que sirvió para comprobar la rapidez y eficacia con que funcionaba el sistema telegráfico de transmisiones.
Por espacio de media hora más, los astronautas siguieron sintiendo aquella molesta sensación de pesadez. La Flota descendía sobre el planeta Urano, el cual se mostraba en cuarto menguante.
—Malo —refunfuñó Hidalgo—. No me gusta nada esta táctica de los sadritas. Para pulpos son demasiado astutos. Quieren que vayamos a buscarles a su guarida.
—Y bien —contestó Fletcher—. ¿Qué piensa usted hacer? Nos estamos aproximando mucho a Urano.
Hidalgo reflexionó unos momentos y dijo:
—Si damos la vuelta al planeta por un lado, ellos nos saldrán por el otro atacando por la espalda. Si intentamos cubrir todo el globo, dispersaremos mucho nuestras fuerzas. Vamos a partir la Flota en dos grupos y rodearemos Urano a la vez, por la derecha y la izquierda, manteniéndonos a bastante altura para que no nos alcancen protegidos por la capa de vapores que envuelve al planeta.
—Señor —apuntó Miguel Ángel—. Si mandamos un grupo por la derecha y otro por la izquierda, forzosamente llegará un momento en que la masa de Urano se interponga entre las dos fuerzas y perdamos el contacto.
—¡Cómo! —gritó Fletcher indignado—. ¿Se atreve a corregir a un superior… a un almirante en Jefe de la Flota Combinada?
—No corrijo, señor —repuso Miguel Ángel sintiéndose enrojecer—. Sólo me permito recordar al almirante que nuestro actual sistema de comunicaciones es puramente visual.
Fletcher iba a decir algo muy fuerte, pero Hidalgo, le atajó con un seco ademán y dijo:
—El contraalmirante Aznar está en lo cierto. Había olvidado que no podemos transmitir órdenes a través de un cuerpo opaco. Prepárese a transmitir este despacho, Miguel Ángel. “Almirante Jefe a almirante Kennedy. A la recepción tomará División Venusina virando noventa grados a estribor para rodear a Urano a distancia cuatrocientos mil kilómetros”.
—Y este otro.
Hidalgo se interrumpió al ver que Miguel Ángel no escribía.
—¿Qué le ocurre? ¿No me oye usted? ¡Oh, no se preocupe! —Hidalgo sonrió tras el cristal de su escafandra—. Formaremos un tercer grupo con la División Marciana, y nosotros nos dirigiremos con ella hacia el Polo de Urano. Desde el Polo podremos ver a las dos divisiones que contornearán al globo por el Ecuador. Transmita lo que le he dictado.
Mordiéndose los labios con fuerza, Miguel Ángel Aznar se inclinó sobre el teletipo y empezó a escribir. Sólo el respeto a las ordenanzas militares y la seguridad de que acabaría por irritar a Hidalgo, le impidieron decir lo que pensaba.
Lo que Miguel Ángel Aznar pensaba era que, peor que la división de la fuerza en dos grupos, resultaría la participación de la Flota en tres divisiones siderales. Ciertamente, el contacto no se perdería según el nuevo plan, pero las tres fuerzas quedarían demasiado separadas entre sí para auxiliarse mutuamente con la necesaria rapidez.
—¿Qué te ocurre? —preguntó Sofía en voz baja acercando su escafandra a la de su novio—. ¿Te has propuesto ser tú quien dirija la batalla?
—¡Señorita Medina! —bramó el almirante Fletcher—. Deje en paz al contraalmirante. Esto es más serio de lo que ustedes creen. ¡Estamos dirigiendo toda una batalla sideral!
Sofía se apartó sin rechistar. Miguel Ángel transmitió los tres mensajes; uno para Kennedy, jefe de la División Venusina. Otro para Morgan, jefe de la División Terrícola. Y otro para la División Marciana y los buques de desembarco del Ejército, que deberían acompañar al buque almirante sobre el casquete polar de Urano.
Cumplimentando estas órdenes se llevó a cabo la división de la Flota Combinada en tres fuerzas que tomaron tres rumbos distintos.
—Ahora obligaremos a la fiera a salir de su cubil —manifestó Fletcher con satisfacción.
Pero Hidalgo, que había ordenado la maniobra, no parecía en verdad muy satisfecho de sí mismo. Quizá tuviera en aquel momento un presentimiento. Quizá pensara, arrepentido, que acababa de cometer un tremendo error. Pero si lo pensó no rectificó, pues una contraorden en aquellos instantes hubiera puesto de manifiesto su inseguridad y habría hecho dudar a toda la Flota Combinada de su competencia para dirigir tan importante batalla.
Y este fue el segundo error que cometió el almirante Hidalgo; un error que jamás hubieran cometido las máquinas “robot” con su falta absoluta de “humana vanidad”.
La División Venusina, que estaba rodeando a Urano por la línea del Ecuador hacia el Este, se vio de súbito atacada por una fuerza de ochocientos mil pequeños aparatos “Omega” que, surgiendo de la envoltura gaseosa de Urano como centellas, irrumpieron en el negro espacio barriendo por delante con sus rápidos haces de “luz sólida”.
Los venusinos se encontraban a cuatrocientos mil kilómetros de distancia de Urano, fuera del alcance eficaz de los dardos luminosos perforantes. Pero los “Omega”, que subían sobre amarillos chorros de “luz sólida”, salvaron la mitad de aquella distancia en cinco minutos. Y dos minutos después, antes que la División Venusina pudiera ejecutar ninguna maniobra, sus diabólicos rayos estaban destrozando buques a diestra y siniestra.
Mientras tanto, una fuerza más pequeña de doscientos mil aparatos “Omega” surgía de la densa capa de vapores que enmarcaba la faz de Urano, y se lanzaba valientemente al ataque contra la División Marciana y el Cuerpo Expedicionario del Ejército, formado por tres millares de “discos volantes” repletos de tropas “robot” y de blindados.
—¡Maldición! —bramó Hidalgo pegando un salto—. ¡Fuego… no dejen de disparar esos malditos rayos de “luz sólida”!
Aunque la advertencia parecía innecesaria, Migue Ángel se inclinó sobre el teletipo y transmitió la orden correspondiente. Por su cuenta y riesgo añadió: “¡Muévanse! No se estén quietos un momento”.
Y tanto la División Venusina como la propia División Marciana de la que el buque almirante formaba parte ahora, se entregaron a un activo baile en el que los cruceros saltaban bruscamente hacia arriba, se hundían vertiginosamente hacia abajo, o salían disparados hacia la derecha o la izquierda.
No pudiendo permanecer inactivo en su asiento y sin ver lo que ocurría, Miguel Ángel saltó de la silla y corrió hasta el centro de la cámara de derrota. En la pantalla circular de la mesa vio venir a los “Omega” como una banda de enloquecidos cohetes. Las “herraduras volantes” se movían a derecha e izquierda, zigzagueando con increíble agilidad mientras de sus proas salían haces de luz amarilla brillante.
Todo el cielo estaba cruzado por las barras luminosas e inquietas de los proyectores. Algunos “Omega”, alcanzados por puro azar, se desintegraban en medio de enceguecedoras llamaradas atómicas. El resto seguía avanzando… avanzando… deslizándose milagrosamente entre los dardos luminosos de los proyectores marcianos, chocando a veces unos con otros, pero siempre avanzando, avanzando…
Como un peine a través de otro peine, así pasaron los “Omega” a través de las líneas marcianas. Algunos centenares de “Omegas” entraron en colisión con los cruceros que torpemente salían al encuentro. La mayor parte se deslizaron como relámpagos por entre los buques de la División Marciana.
Y los grandes y pesados “discos volantes” que estaban a retaguardia atrajeron con sus voluminosas masas la atención de los artilleros electrónicos sadritas.
Los penetrantes dardos de “luz sólida” atravesaron centenares de veces los cascos de “dedona” de los transportes del Ejército.
En aquellos tres mil grandes “discos” iba encerrado el Ejército Robot más numeroso y potente que pudiera soñar genio militar alguno. Un Ejército compuesto de millones de “hombres” robot, de blindados que tenían la forma de esferas, de plataformas volantes que eran baterías completas de cañones atómicos… todo reducido a tamaño miniatura, cuidadosamente clasificado y encerrado en herméticas cajas de cristal, mantenido en su equilibrado estado de “compresión” por unas sirenas diminutas que funcionaban dentro de las mismas cajas.
Y ocurrió que los rayos perforantes de “luz sólida”, atravesando el casco de los buques y el cristal de las cajas, pusieron en repentina libertad al diminuto ejército que, hinchándose monstruosamente, rompió otras cajas originando una especie de “reacción encadenada” que metamorfoseó en unos segundos toda la carga e hizo estallar en mil pedazos el buque transporte que había quedado estrecho.
Toda la preciosa carga de los “discos volantes” saltó en una explosión y se desparramó por el espacio lanzando furiosos chisporroteos. Y como en el vacío interestelar no existía nada que detuviera el impulso de cualquier objeto, todas las máquinas conservaron su velocidad inicial y empezaron a alejarse del lugar de la explosión; unas para ser atraídas por Urano y precipitarse sobre éste; la mayoría adentrándose en las insondables profundidades del espacio emprendiendo una carrera que no terminaría jamás.
Muchos “discos volantes” estallaron por haber sido tocados en sus máquinas atómicas. La explosión liberó el cargamento, que también explotó, y las fabulosas cantidades de munición atómica de las máquinas bélicas estallaron a su vez lanzando millones de máquinas destrozadas en todas direcciones como proyectiles.
En un abrir y cerrar de ojos, la flota de transportes del ejército quedó aniquilada. Los “Omega”, ciertamente, no resultaron indemnes. Una gran cantidad de ellos chocaron contra el material desparramado, entre el que había millones y millones de proyectiles de carga atómica que hicieron explosión despedazando a las meteóricas “herraduras volantes”.
El almirante Fletcher, que había hecho girar el periscopio para seguir el paso de los veloces “Omegas”, empujó violentamente a Miguel Ángel gritándole:
—¿Qué hace usted aquí? ¡Vuelva a su puesto!
Miguel Ángel miró a Hidalgo. A través del cristal de la escafandra el rostro del almirante aparecía mortalmente pálido.
—Vuelva a su puesto, Miguel Ángel —ordenó serenamente—. Tiene que transmitir un…
—¡Atención! —gritó el comandante del buque, que estaba mirando a la pantalla de televisión por encima del hombro del piloto—. ¡Ahí llega otra oleada de esos malditos “Omega”! Muévanse, muchachos… no se estén quietos un segundo.
El crucero, en efecto, empezó a saltar y a cabecear violentamente de un lado a otro. Miguel Ángel retrocedió en busca de su asiento, pero los violentos movimientos del buque le hicieron perder el equilibrio y cayó.
Cuando estaba en el suelo escuchó una ahogada explosión acompañada de una extraña vibración metálica. Algo muy rápido y brillante cruzó la cabina como una exhalación. Miguel Ángel levantó la cabeza a tiempo para ver cómo el almirante Hidalgo, que estaba asido a una de las barras de acero que iban del piso al techo caía hacia atrás con un tremendo agujero, horriblemente redondo, sobre el peto de su brillante armadura de cristal.
El repentino silencio advirtió a Miguel Ángel lo que acababa de ocurrir. En efecto, mirando al mamparo de popa vio allí, a la altura del pecho de un hombre, tres redondos agujeros separados un palmo entre sí. Eran tres impactos de “luz sólida”. Los tres rayos habían entrado por la proa y salieron por la popa después de haber cruzado uno tras otro todos los compartimientos estancos y el casco de “dedona” del buque.
Al entrar en la cámara de derrota por encima de las cabezas de los pilotos habían destrozado algunas esferas indicadoras y mordido el borde superior de la pantalla de televisión.
Deslizándose a gatas Miguel Ángel llegó donde yacía Hidalgo. El comandante del buque y el almirante Fletcher se inclinaron también. No tuvieron que esforzarse mucho para comprender que Hidalgo estaba completamente muerto. El rayo que le alcanzó le había atravesado de parte a parte el pecho llevándosele el corazón.
Fletcher se irguió tambaleándose. Y Miguel Ángel, que había llegado a estimar verdaderamente a Hidalgo, también se incorporó asiéndose a una de las barras de acero.
Fletcher, que estaba atrozmente pálido, movió los labios como si hablara. Hablaba en realidad, pero su voz no podía oírse. Todo el aire contenido a presión en la cabina había escapado por los agujeros. El vacío absoluto sustituía al oxígeno.
Miguel Ángel conectó su aparato de radio y todos los demás le imitaron. Mezclados con grandes ruidos, producidos por la erupción solar, escuchó muy lejanas unas voces que no pudo entender.
Fletcher le señaló su puesto y conectó el hilo de su teléfono al circuito general del buque. Miguel Ángel volvió a su silla y enchufó su clavija al circuito general. Inmediatamente escuchó claramente la excitada voz de Fletcher que decía:
—¿Me oye usted, Aznar? ¿Funciona el circuito?
—Gracias a Dios sigue funcionando.
—Mande este mensaje general a toda la flota… Em… nos retiramos. Que rompan filas y que cada cual trate de escapar como pueda.
—¿No estará usted hablando en serio, verdad? —gritó Miguel Ángel.
—¿Qué otra cosa se puede hacer? —chilló Fletcher. Venga aquí y mire en la pantalla. La División Venusina ha sido diezmada… esos malditos “Omegas” vuelven al ataque. ¡Nos aniquilarán a todos si no escapamos a tiempo!
—¡No intentaremos escapar!
—¿Qué dice usted? ¡Maldita sea! ¿Quién da las órdenes aquí? Yo soy ahora el almirante en Jefe. ¡Haga lo que le ordeno!
—No podemos escapar —insistió Miguel Ángel—. Los “Omega” son mucho más rápidos que nosotros. Si nos lanzamos a la desbandada nos alcanzarán en un momento dándonos caza uno a uno. Todavía somos superiores en número. Podemos ganar esta batalla si no nos dejamos avasallar por el miedo y…
—¡Cállese, maldito entrometido! —bramó Fletcher blandiendo su puño amenazador desde el centro de la cabina—. Será juzgado usted sumarísimamente por rebelde. Escuche esto, Aznar. Le doy tres segundos de tiempo para que expida ese mensaje o…
Sin contestar palabra, Miguel Ángel le volvió la espalda y empezó a escribir rápidamente en el teletipo:
“Almirante en Jefe a División Venusina; pasen sobre Urano y vengan a reunirse con División Marciana a toda velocidad. No tienen mucho tiempo para salvar la piel, así que ¡aprieten aunque revienten!”
Y a continuación escribió:
“Almirante en Jefe a División Terrícola; el enemigo, probablemente, irá ahora contra ustedes. Déjenle acercarse sin volverle la espalda. Cuando los instrumentos anuncien que los “Omega” están a cuatrocientos mil kilómetros es que seguramente el enemigo está a la mitad de la distancia. Larguen entonces por todos sus tubos lanzatorpedos y salten para arriba disparando con todos sus proyectores de rayos. No lo olviden: ¡lancen con todos sus tubos!”
En este momento, una mano enguantada de vidrio pasó sobre el hombro de Miguel Ángel y, de un tirón, arrancó el papel mecanografiado del carro. Era Fletcher, el cual leyó con ojos desorbitados los dos últimos mensajes y exclamó:
—¿Se ha vuelto usted loco? ¡Diga! ¿Se ha vuelto loco?
—Usted es quien ha perdido el juicio, almirante Fletcher. El miedo le ha acogotado. No le censuro. Yo también tengo miedo ¡pero me queda mi instinto de conservación! Así que deje hacer y vaya a sentarse tranquilamente en un rincón.
A través del transparente de la escafandra el rostro de Fletcher aparecía lívido.
—¡Un arma! —rugió dando grotescos manotazos en el aire—. ¡Denme una pistola para que le salte la tapa de los sesos a este rebelde!
Miguel Ángel alargó la mano y, de un tirón, arrancó el hilo telefónico que el almirante tenía enchufado a la línea general del buque. Ya no se oyó a Fletcher. Éste, víctima de un ataque apopléjico, empezó a toser ahogadamente y se dejó caer en el suelo, yendo a apoyar las espaldas en un mamparo.
El joven contraalmirante fue al centro de la cámara. Allí, el comandante del buque le interpeló:
—Señor Aznar. No sé, ciertamente, si debo consentir que haga usted lo que está haciendo. El almirante Fletcher es ahora el jefe supremo de la Flota Combinada.
—Mire a Fletcher —señaló Miguel Ángel al hombre que tosía en el piso—. ¿Cree que se encuentra en condiciones de dirigir los movimientos de la Flota?
—Aun así, hay infinidad de almirantes que están por encima de usted. Creo que debo informarles de cuanto ocurre.
Miguel Ángel se plantó de un salto delante del comandante.
—Mire, capitán —dijo poniéndole el índice sobre el peto de la armadura—. Deje las cosas como están. Ya he dado órdenes a la Flota. Si todo sale bien ganamos la batalla y todos nos agradecerán que le arrebatáramos el mando a Fletcher. Si la cosa sale mal seremos completamente aniquilados; usted, yo y todos cuantos formamos la flota. Y en tal caso tampoco hay por qué preocuparnos.
—Me pone usted en un aprieto.
—Todos estamos ahora en el mismo aprieto. Hágame caso; no toque las cosas de como están.
El comandante dudó unos instantes. Luego se encogió de hombros y regresó junto a los pilotos.
Sofía Medina se reunió con Miguel Ángel ante la mesa-pantalla.
—¡Buena la has armado! —dijo después de enchufar su hilo a la armadura del joven—. ¿Qué puede salir de todo esto?
—No hay tiempo para pensarlo. Mira, el enemigo se vuelve contra la División Terrícola. ¡Ahora recibirán lo suyo!
En efecto, la fuerza casi intacta de los ochocientos mil “Omegas”, después de haber dejado diezmada y medio dispersa a la División Venusina, había pasado por encima de ésta y descrito un bello arco de estelas fosforescentes para ir a acometer de flanco a la División Terrícola, que estaba al lado opuesto de Urano.
Las distancias se acortaron vertiginosamente, y parecía irremediable que la escuadra terrícola fuera a correr la misma suerte que la División Venusina cuando el espacio se llenó súbitamente del azuloso chisporrotear de miríadas de torpedos autómatas de modelo reducido, los cuales alcanzaron su talla en un segundo y se pusieron en marcha avanzando como una jauría de perros furiosos al encuentro de la escuadra sadrita.
Los torpedos atrajeron la inmediata atención de los proyectores sadritas. Éstos, blandiendo vertiginosamente sus dardos amarillos, los iban haciendo estallar casi con la misma rapidez que los torpedos se metamorfoseaban en el espacio.
De pronto, la División Terrícola asomó por encima de sus propios torpedos lanzando una densa cortina de flagelantes rayos amarillos. Los pilotos sadritas, deslumbrados por el enceguecedor chisporroteo de los torpedos atómicos que estallaban, no podían ver al enemigo. Y sus proyectores, por otra parte, estaban en aquel instante muy entretenidos en contener y aniquilar torpedos…
La hecatombe fue instantánea. Apenas si duró más de dos segundos. La cortina de rayos terrícolas barrió literalmente las líneas de la escuadra sadrita repitiendo con ésta lo que ella había estado haciendo con los torpedos. El espacio, en una gran extensión, quedó cubierto del silencioso pestañear de las explosiones atómicas.
Cuando los ojos deslumbrados de los terrícolas escrutaron las profundas tinieblas que siguieron a la intensa luz de la hoguera atómica, sólo alcanzaron a ver unos cuantos “Omegas” que escapaban a toda prisa y los restos dispersos de la escuadra sadrita aniquilada.
—¡Tuvo éxito! —gritó Miguel Ángel—. ¡Les hemos destrozado!
Y el comandante del buque contestó:
—No a todos. Ahí regresan, juntas, las dos bandas que nos peinaron antes.
El joven contraalmirante miró a la mesa-pantalla viendo que, en efecto, unos cuatrocientos mil aparatos “Omega” volvían sobre la División Marciana.
Venían a mucha menos velocidad que antes, con la evidente intención de acabar en esta “pasada” con los seiscientos mil buques marcianos sobrevivientes.
—¡Qué imbécil he sido! —gritó Miguel Ángel abalanzándose hacia el teletipo, maldiciendo interiormente por no haber advertido también a la División Marciana que lanzara sus torpedos para que sirvieran de carnada a los rayos enemigos.
Y empezó a teclear furiosamente, aunque le constaba que era tarde para dar la orden y ser obedecido.
Pero lo que Miguel Ángel Aznar no previó ya estaba previsto por la suerte. Con el sistema telegráfico luminoso ocurría que todos los buques recibían el mensaje transmitido por el buque almirante, aunque no fuera destinado a ellos.
La División Marciana, que rodeaba al buque almirante, había captado, naturalmente, todas las órdenes transmitidas desde el “Olimpia”. Su almirante jefe, así como todos los comandantes del buque, se habían enterado de las instrucciones destinadas a la División Terrícola. Y como acababan de ver el magnífico resultado… ¡optaron por lanzar con todos sus tubos lanzatorpedos!
—¡Ven aquí, Miguel Ángel! —gritó Sofía Medina.
El joven abandonó el teletipo y corrió hasta la mesa-pantalla. Sólo llegó a tiempo de ver el cegador fogonazo de los aparatos “Omega” que saltaban en pedazos bajo los espesos rayos de la División Marciana.
—¡Vaya! —murmuró el joven echándose a reír nerviosamente—. Pronto han aprendido la lección. Ahora ya podemos devolverle el mando al almirante Fletcher.
Pero Fletcher no estaba en condiciones de hacerse cargo de la Flota Combinada. Miguel Ángel telegrafió:
“Almirante Hidalgo muerto en combate. Almirante Fletcher, enfermo, incapacitado para tomar mando. Decidan los señores almirantes”.
Y transcurrió buen rato antes que el teletipo receptor empezara a teclear. Sofía Medina deletreó:
“Almirante Morgan a almirante Bandini; en lo que a mí respecta, considero que usted persona más capacitada para ejercer mando”.
Telegrama que inició un acalorado debate telegráfico en el que cada almirante proponía a otro para que sustituyera al jefe de la Flota Combinada.
Al cabo de una hora de leer telegramas y más telegramas Miguel Ángel se encaminó al rincón donde estaba Fletcher, silencioso y avergonzado. Un soldado le había reparado el hilo desconectado por Miguel Ángel. Éste enchufó su clavija a la armadura de Fletcher y dijo:
—Mire, almirante. Puesto que ya se ha tranquilizado usted ¿por qué no se anuncia dispuesto a tomar el mando? De lo contrario vamos a pasarnos un año aquí sin decidir quién va a sustituirle.
—¿Cree usted que debo hacerlo, después de lo que ha pasado? —preguntó Fletcher sorprendido.
—¿Pues qué ha pasado aquí? Usted se indispuso, eso es todo. Le impresionó tremendamente ver muerto a su amigo, el almirante Hidalgo.
—Ciertamente, me impresionó mucho —dijo Fletcher—. Pero suponiendo que tomara el mando ¿qué iba a mandar? Nuestras fuerzas de desembarco fueron completamente destruidas. ¿Debemos atacar a los sadritas de Urano solamente con los efectivos de la Armada?
—No creo que merezca la pena hacerlo. Quizá infligiéramos grave daño al enemigo, pero no le aniquilaríamos total y completamente. No es posible exterminar esa raza de pulpos desde el aire. Cuando nosotros nos marchemos, antes de que hayamos llegado a Redención o a los planetas Thorbod, los sadritas habrán reconstruido todo lo que perdieron y volverán a levantarse amenazando el futuro de nuestra humanidad. No hay más remedio que reconocer nuestra derrota, ir a Redención y dar cuenta allí de lo ocurrido. Nosotros, los que vayamos a la galaxia Thorbod, también advertiremos al Cuerpo Expedicionario de “Valera”… si es que lo encontramos. Algún día volveré aquí expresamente para aniquilar hasta el último pulpo de esa maldita raza. Hoy por hoy no podemos hacer nada más que levantar el campo y partir en busca de nuestros autoplanetas.
—Es lo mismo que estaba pensando yo… sólo que no me atrevía a decirlo por si volvía a tacharme de cobarde —suspiró Fletcher.
—Nunca le tildé de cobarde —advirtió Miguel Ángel. Almirante, ¿quiere expedir un telegrama preguntando su opinión a los jefes del Estado Mayor Combinado?
Miguel Ángel regresó junto al teletipo. La vuelta de Fletcher al mando supremo zanjó de golpe la discusión. Los almirantes que integraban el Estado Mayor Combinado coincidieron en que lo mejor era retirarse en busca de los autoplanetas. La lucha ya no tenía objeto, pues era imposible exterminar completamente a las criaturas de Titanio.
La Flota, nuevamente reunida, se alejó de Urano adentrándose en el espacio. A bordo del “Olimpia” la tripulación procedió a retirar el cadáver del almirante Hidalgo y a taponar los agujeros del casco con tarugos de madera a fin de poder inyectar nuevo oxígeno a presión en la cabina.
El almirante Fletcher entró en su camarote para meter en una maleta algunos efectos personales. Era el único de a bordo que tenía que cambiar de buque para tomar uno que se dirigiera en persecución de los autoplanetas que volaban hacia Redención. Las tripulaciones habían sido distribuidas de antemano en los buques, poniendo juntos a los que deseaban exilarse al mismo sitio.
Cuando el almirante Fletcher salió del camarote ya se había practicado en el buque una atmósfera respirable que permitía ir de un lado a otro sin escafandra. El comandante mandó un hombre al compartimento de botes para que preparara la falúa.
—Bien —dijo Fletcher con la maleta en la mano—. Nuestros caminos se separan aquí. Todos ustedes van hacia los planetas Thorbod ¿no es cierto?
—Todos, no —contestó Sofía Medina bruscamente—. Yo le acompaño.
Una bomba, cayendo a los pies de Miguel Ángel Aznar, no hubiera dejado a éste más aniquilado.
—¿Estás bromeando? —preguntó.
La muchacha, sumamente pálida, negó enérgicamente con la cabeza.
—No. Hablo completamente en serio. Me voy con el almirante Fletcher.
—¡Cielos, no permitiré! Tú dijiste… tú prometiste…
—Yo no prometí nada. Y en cuanto a decir, no importa lo que dijera. —Los bellos ojos de la muchacha se llenaron de lágrimas al clavarse suplicantes en los de Miguel Ángel—. Esto es superior a mis fuerzas, Miguel Ángel. Compréndelo. No puedo abandonar a mis padres, a mis hermanos… a todos cuantos me aman y yo amo… Es una separación definitiva. Es… ¡como si todos murieran de golpe!
Miguel Ángel tragó saliva con dificultad.
—También tú y yo moriremos el uno para el otro si nos separamos ahora —dijo lleno de angustia—. ¿No me amas? Vas a ser mi mujer… a vivir para mí y nuestros hijos, como hacen todas las mujeres del mundo. Es cosa frecuente que las mujeres tengan que separarse de sus familias para seguir a sus maridos, a veces muy lejos de la familia.
—Muy lejos no es la distancia que hay entre Redención y los planetas Thorbod. Yo podría vivir en Marte sabiendo que mis padres estaban en Venus, y sentirme feliz. Me bastaría saber que podía verles, visitarles, hablar con ellos por radio en cualquier momento que quisiera para que la separación no me fuera insoportable. Porque Marte, la Tierra y Venus son mundos de un mismo Reino Solar. La distancia que media entre ellos es relativamente pequeña. Pero entre Redención y los mundos Thorbod no hay distancia. ¡Es una eternidad lo que separa a unos de otros!
—¿Tanto amas a los tuyos? ¿Los prefieres a mí? —preguntó el joven resentido.
Y la muchacha contestó:
—Respóndete tú mismo a la pregunta. ¿Prefieres tu familia a mí? Si no es así ¡vente conmigo!
Miguel Ángel contempló a su novia con ojos tristes.
—No podría asegurarte —murmuró—. Hay mil motivos que podría explicarte y…
—¡Oh, no te esfuerces en explicarlo! Sólo existe una verdadera y poderosa razón. Tú no puedes separarte de los tuyos, como yo no puedo separarme de los míos. Y no es necesario discutir más.
—¡Ah, bien! —exclamó Miguel Ángel rechinando los dientes—. Si tan decidida estás no merece la pena perder tiempo. Los tragos amargos cuanto antes mejor.
—Bueno —dijo Fletcher—. Si ya lo han decidido me despido de usted, señor Aznar. Que tengan todos mucha suerte. Y en cuanto a usted, le auguro un brillante porvenir en esa nueva colonia que se proponen fundar en la galaxia Thorbod.
Fletcher estrechó la mano de Miguel Ángel y del comandante del buque. Contestó marcialmente al saludo del resto de la tripulación, allí reunida, y se alejó por el pasillo diciendo:
—¿Vamos, señorita Medina?
Pero Sofía no se movió. Miraba a Miguel Ángel con los ojos anegados de lágrimas.
—¿Vamos a despedirnos así? —preguntó.
Él la miró furioso. De pronto abrió los brazos y la tomó entre ellos. Las dos corazas de cristal chocaron. Se besaron furiosamente en los labios.
—Piénsalo un momento, Sofía —murmuró él—. Reflexiona… ¡por el amor de Dios, reflexiona! ¡Tendrás luego una vida entera para arrepentirte!
—No hay tiempo para reflexionar. Antes de media hora las dos escuadras empezarán a separarse.
—¡Bueno, vete! —rugió el contraalmirante expulsándola de sus brazos.
Ella tomó su escafandra y se marchó en seguimiento de Fletcher. Miguel Ángel aguardó indeciso unos instantes.
—Vaya tras ella, hombre —gruñó el comandante del buque—. ¡A lo mejor la convence en el último segundo!
Miguel Ángel le miró con ojos desesperados. De pronto echó a correr tras los que se iban. Los alcanzó. Sofía volvió los ojos, le miró y sonrió débilmente. Siguieron en silencio hasta el compartimiento de botes.
En medio de un pasillo se veía una sólida trapa de acero que estaba levantada. Junto a la trapa había un astronauta.
—Bueno, joven. A ver si se decide usted o acaba pronto la despedida —gruñó Fletcher empezando a descender por el agujero—. No sea cosa que me obliguen a quedarme a mí también.
De pie junto a la escotilla los dos jóvenes se contemplaron largamente.
—Sofía. Piensa si bajas por ese agujero jamás me volverás a ver. ¡Quédate conmigo!
—No puedo, Miguel Ángel. Quizá me arrepienta algún día pero ahora… ¡no puedo!
—Vas a destrozar mi vida, Sofía.
—No lo creo. Si me amaras como dices vendrías conmigo.
—No puedo.
—Lo sé —dijo sollozando.
Y acercándose a él se empinó sobre la punta de sus pies deslizando un suave beso en sus labios. Luego con los ojos llenos de lágrimas empezó a bajar torpemente por la escalerilla.
Él la miró con intensidad, esperando de un momento a otro que volviera atrás. Pero la cabeza rubia despareció en el agujero, la trapa cayó y cerró de golpe… Siguió una pausa… Una luz verde parpadeó en el mamparo del corredor. El hombre que estaba junto a la escotilla cerrada miró al joven contraalmirante. Apretó un botón.
Se escuchó un ruido apagado bajo el piso.
—La falúa ha salido, señor.
El contraalmirante miró como fascinado aquella fea tapa metálica tras la cual habían desaparecido sus más dulces ilusiones. Sabía que allí debajo no había nada, sino espacio vacío; sombra y frío sideral. Y sin embargo, esperó asido a la vana esperanza de que la tapa volviera a levantarse dejando asomar el rostro sonriente de Sofía Medina.
Pero esto era imposible, porque Sofía Medina, el almirante Fletcher y la falúa que los llevaba ya no estaban allí. Volaba a través del espantoso abismo sideral hacia los buques que, lanzando un saludo luminoso, se alejaban en dirección opuesta hacia aquel remoto mundo llamado Redención.
F I N