CAPÍTULO II

DE codos sobre el parapeto de la terraza, con las manos enlazadas, Sofía Medina y Miguel Ángel dejaban vagar su ensoñadora mirada sobre la magnífica perspectiva de la bahía y la ciudad de San Francisco que se dominaba desde la colina. Hasta ellos llegaba indistintamente el murmullo del avispero de la gran ciudad y las risas y las voces de la familia reunida bajo la parra de lustrosos pámpanos.

Eran las últimas horas de una limpia, cálida y tranquila tarde de mediados de abril. En el jardín de los Aznar, una flora multicolor de rosas, claveles y orquídeas, cabeceaba mecida por la tibia brisa esparciendo en la atmósfera su enervante perfume.

El sol, llameante globo amarillo, descendía hacia el horizonte sobre un mar sembrado de lentejuelas.

No era más que una tarde de primavera igual a otras muchas de las que solían disfrutar los privilegiados habitantes de la costa californiana. Pero ésta la sentía Miguel Ángel Aznar con nueva intensidad, más bella y romántica que todas las vividas hasta entonces, porque la contemplaba a través de sus ojos de enamorado.

—¿Te gusta mi casa? —preguntó Miguel Ángel oprimiendo en la suya la mano tibia y sedeña de Sofía.

—¡Oh, mucho! —exclamó la joven con sincera admiración.

—Si nos casáramos ahora podríamos disfrutar completamente a solas de la casa durante nuestra luna de miel. Mis padres se eclipsarían discretamente yéndose a España con mis hermanos y no regresarían hasta dentro de un par de meses. ¡Eh! ¿Qué me dices? ¿No te seduce la idea?

Y el joven la miró con amorosa intensidad, brillantes las grises pupilas. Sofía se ruborizó y correspondiendo a la presión de la mano masculina contestó:

—¡Claro que me gustaría! Pero no puede ser.

—¿Por qué no? ¿Quién se opone?

—Las circunstancias. Es un disparate hablar de boda, de luna de miel y de felicidad en vísperas de comenzar una guerra que amenaza sumir al mundo en la desdicha.

—¡Bueno, bueno! No hay que tomar la cosa por lo trágico. La guerra no va a comenzar mañana. Tenemos un par de meses para dedicarnos a nosotros mismos, y el indiscutible derecho de gozar nuestra propia dicha. La guerra vendrá, eso es seguro. Pero cualquier cosa que ocurra luego, nadie podrá arrebatarnos estos días de intensa felicidad.

—No creo en la felicidad a plazo fijo. Sería horrible tener que estar contando los días, las horas y los minutos que nos quedaban de estar juntos… pensar que todo iba a terminar de un momento a otro… que tendríamos que separarnos, quizá para no volvernos a ver nunca más.

—Las mujeres casadas y en estado de tener un hijo quedan automáticamente exentas de prestar servicio en las Fuerzas Armadas —dijo Miguel Ángel—. Las probabilidades de que ocurriera una desgracia se reducirían a la mitad si solamente uno de nosotros tuviera que participar en los combates. Y la sucesión de nuestro apellido quedaría asegurada en mi hijo aún en el caso que a mí me ocurriera lo peor.

La joven se volvió para clavar en Miguel Ángel una mirada de profundo asombro.

—¿Eso ha salido de ti? —preguntó.

—Bueno —farfulló el joven—. De mi padre y de mí; de los dos. Él está de acuerdo en que debemos celebrar la boda inmediatamente.

—Para asegurar la sucesión del apellido Aznar, claro.

—Y para librarte a ti del servicio de la Armada… y porque deseo hacerte mi esposa.

Sofía Medina se desasió bruscamente de la mano que oprimía la suya.

—Lo siento —dijo—. Quizá no sepa apreciar en su justo valor el honor de que queréis hacerme objeto pero…

—¡Sofía! —exclamó Miguel Ángel—. Te advierto que estás equivocada si crees que es esa la única razón por la que deseo casarme contigo. Además; no veo por qué has de considerarte ofendida. Es bastante natural, me parece a mí, que un hombre aspire a perpetuar su nombre en un hijo. Máxime cuando, como en mi caso, soy el último descendiente directo de los Aznar. Si a mí me ocurriera algo…

—Si a ti te ocurriera algo, yo no quisiera ser la viuda de un hombre al que sólo tuve unos días por marido —cortó secamente Sofía.

—¿Temes que eso pudiera perjudicarte en el futuro?

—Tratándose de la viuda de un Aznar me perjudicaría, tenlo por seguro.

—¡Oh! —exclamó el joven amargamente—. No sabía que tuvieras planes para el caso que yo cayera en la contienda.

A lo que contestó enojada:

—No me he preocupado de hacer planes. Es, sencillamente, que no me acomodan los vuestros. No me seduce en absoluto la perspectiva de quedarme en casa mientras tú sales a batirte al espacio, esperar días y días en la incertidumbre, temer recibir a cada instante el despacho en que se me anuncia tu desaparición, ser madre de un hijo huérfano, viuda de un héroe cuyo cuerpo vaga por el espacio interestelar… ¡No, no me seduce nada! Si algo ha de ocurrirte prefiero seguir siendo soltera y libre, tener opción a rehacer mi vida, a olvidarte quizá en el ejercicio de una carrera que me gusta y me ofrece un brillante porvenir.

—¿Temes que tu viudez fuera un obstáculo para volverte a casar?

Ella le miró entre defraudada y dolorida.

—Temo que después de haber disfrutado contigo una efímera felicidad, viviría para siempre encadenada a tu recuerdo. Y ese recuerdo sería aún más intenso si me dejaras un hijo tuyo. Eso es lo que he querido decir, y lamento que no hayas sabido comprenderlo.

El joven enrojeció ligeramente.

—Perdóname, Sofía —murmuró—. No he querido ofenderte. ¡Tenía yo tanta ilusión que…!

La alegre voz de Gerardo Otero, el futbolista cuñado de Miguel Ángel, acudió oportunamente en ayuda del apurado joven:

—¡En, pareja de tórtolos! ¿Por qué no vienen hacia acá y animan un poco esta tertulia de vejestorios?

Miguel Ángel sonrió un poco forzadamente en dirección al grupo que charlaba bajo el emparrado.

—Olvida lo que he dicho, Sofía —murmuró asiéndola de un brazo y separándola del parapeto—. Seguiremos como hasta ahora en tanto no se decida la guerra que está para empezar. Luego… ¡Dios dirá!

Los novios se alejaron del parapeto regresando junto al grupo. Éste estaba formado por el señor y la señora Aznar; doña Mercedes, madre del Almirante Mayor; Estrella Aznar, hermana de don Miguel Ángel y José Luis Balmer, su marido; Otis Aznar, hermana de Miguel Ángel y el marido de ésta con el hijito de ambos.

La reunión tenía por objeto celebrar el feliz regreso del Almirante Mayor y de Miguel Ángel, a los cuales se había llorado ya por muertos en la familia. Pero con todo y ser tan feliz el motivo de la reunión, ésta transcurría en una atmósfera de zozobra y tristeza. Sólo Gerardo Otero parecía ajeno a la preocupación general. A él no había “hombres de Titanio” y posibles transmutaciones solares que le afectaran. Sus músculos de atleta y las peripecias del Campeonato de Liga eran su única preocupación.

Don Miguel Ángel Aznar lo detestaba cordialmente.

—¡Muy bien, cuñado! —exclamó Gerardo pegando una fuerte palmada en la rodilla de Miguel Ángel—. Dime cuándo vas a entrar en la Liga de Pobres Maridos. ¿Estás ya decidido?

Y soltó una alegre y estrepitosa carcajada, como si acabara de hacer la frase más original y graciosa del mundo.

El Almirante Mayor miró a su hijo interrogativamente, casi con ansiedad. Miguel Ángel contestó:

—Hemos decidido aplazar nuestra boda hasta que se resuelva la guerra en un sentido u otro.

—¡La guerra, la guerra! —exclamó Gerardo—. ¿Es que no saben hablar de otra cosa? Parece mentira que unos asquerosos e insignificantes pulpos sean capaces de hacer temblar a las Fuerzas Armadas más poderosas del orbe.

—En esos “insignificantes” pulpos se alberga la mentalidad más ágil y perversa de la Creación —contestó el señor Aznar—. Sólo un estúpido o un loco se reiría de ellos colocándoles en la misma escala zoológica que los calamares que pescamos para asarlos a la plancha.

Otis Aznar enrojeció, sintiéndose ofendida a cuenta de la ofensa infligida a su marido. Pero el atleta era demasiado simple e ingenuo para caer en el sentido de la palabra de su suegro, y soltando una risotada contestó:

—¡Qué guerra tan suculenta si los sadritas supieran a mariscos! ¡Ñam, ñam, ñam… a bocados no dejábamos ni uno! ¡Jo jo jo! ¡Jo jo jo!

Y todos los demás se echaron a reír. No precisamente por la gracia de la frase, sino por la simpleza de aquel Apolo futbolista con mentalidad de niño.

Miguel Ángel era uno de los que reían con más gana, echando la cabeza atrás. Sus ojos, a través de la parra, se clavaron en el cielo. Y algo extraño que vieron en éste borró instantáneamente la sonrisa de su rostro, sustituyéndola por una mueca de asombro.

—¡Recáspita! —exclamó pegando un brinco que le llevó fuera del emparrado.

Y quedó mirando a lo alto, a un gigantesco cuerpo celeste que brillaba con luz blanca e intensa, cubriendo casi todo el espacio de horizonte a horizonte, avanzando de este a oeste a una velocidad aterradora.

Don Miguel Ángel Aznar y su cuñado, José Luis Balmer, abandonaron precipitadamente las sillas de jardín corriendo junto a Miguel Ángel para mirar también al cielo. Sus rostros se cubrieron instantáneamente de mortal palidez porque, familiarizados con la Astronomía, sabían que el extraño cuerpo celeste no era un autoplaneta ni cualquier otra máquina construida o dirigida por el hombre.

—¡Un planeta! —gritó don José Luis Balmer—. ¡Que el Cielo nos proteja!

Y simultáneamente con esta invocación divina, un ronco clamor de multitudes espantadas subió hasta la colina procedente de la ciudad.

Las cosas estaban ocurriendo con demasiada rapidez para las inteligencias humanas embotadas por el pánico. El planeta, que debía tener proporciones inmensas, no estuvo más de una fracción de segundo sobre San Francisco. Seguido de una ráfaga luminosa cuyos orígenes se perdían en las profundidades del espacio, pasó raudamente y se alejó como una centella empequeñeciéndose con fantástica rapidez.

Volaba como un rayo de luz en dirección al sol.

Siguiendo el fulminante paso del planeta con los ojos, los hombres que unos segundos antes reían las gracias de un futbolista ingenuo sintieron la garra del miedo estrujándoles el corazón.

Todavía ignoraban lo que aquello podía significar. Pero eran hombres cultos y sabían que el paso de un planeta de las dimensiones de aquél por las proximidades de la Tierra sólo podía acarrear consecuencias funestas.

Este pensamiento apenas acababa de germinar en el cerebro de Miguel Ángel Aznar cuando se dejó oír un gran ruido subterráneo y la tierra comenzó a temblar.

—¡Un terremoto! —gritaron a la vez la madre y la abuela de Miguel Ángel.

Y una nueva sacudida, más violenta que la primera y acompañada de mayor fragor, les lanzó rodando por el suelo.

De la ciudad subió un tremendo alarido de terror. La poética escena de medio minuto atrás había cambiado por completo. La tierra seguía temblando y abriéndose en enormes grietas. Los pilares del emparrado se derrumbaron sobre la mesa, las sillas y las mujeres. La casa del “superalmirante”, removida hasta sus cimientos, empezó a ladearse peligrosamente hacia la cornisa que formaba la colina. Nubes de polvo se levantaban aquí y allá. Los cristales de las ventanas saltaban en añicos, los techos se derrumbaban, el hangar donde se guardaba la lujosa falúa del Almirante Mayor se deslizaba ladera abajo sobre un corrimiento de tierras…

—¡Otis… mi hijo! —gritó Gerardo.

Y saltando con agilidad de fiera hacia la pérgola empezó a quitar bloques de ladrillos, maderas y ramas con la fuerza de diez hombres.

Todos los demás corrieron hacia allí. El Almirante Mayor asió por el brazo a su hijo:

—¡Deja eso… ve al hangar y saca la falúa! ¡Corre!

Miguel Ángel no se hizo repetir la orden. Echó a correr por un caminillo enarenado, teniendo que saltar dos veces sobre otras tantas profundas grietas abiertas en el suelo. En aquellos instantes empezó a soplar un fortísimo viento…

El hangar, erigido sobre un piso de cemento, se deslizaba lentamente como un patín sobre las tierras que se corrían. El viento arreció en fuerza convirtiéndose en huracán cuando el joven alcanzaba el garaje.

Miguel Ángel tiró de las puertas corredizas. El viento entró aullando en el hangar y arrancó el techo de cuajo lanzándolo a gran altura. El joven entró en el recinto sin techumbre, alcanzó la lujosa falúa del “superalmirante” y subió a bordo.

Cuando ponía en marcha la pila atómica de la falúa, el viento y el terremoto se conjugaron para echar abajo las paredes del hangar y el joven se vio de pronto en medio de un jardín que difícilmente podía reconocer como el suyo. El viento arrastraba consigo intermitentes nubes de polvo, árboles y arbustos arrancados de cuajo, puertas, muebles y techumbres enteras.

Era difícil, por no decir que imposible, conducir la falúa por el aire en aquellas condiciones, Pero acuciado por la necesidad y el temor de lo que pudiera ocurrirle a su familia, el joven buscó solución guiando el aparato a ras de tierra.

Así, dando tirones y arrastrándose metro a metro por el suelo la esbelta falúa avanzó penosamente hacia el punto donde estaba la casa.

La casa había desaparecido por completo, derruida por el terremoto y dispersos sus restos por el huracán, no quedaban más que los pisos, inclinados hacia el acantilado que acababa de ceder bajo un corrimiento de tierra.

Mirando con angustia a su alrededor, Miguel Ángel vio algunos de sus familiares que se arrastraban por el suelo hacia la falúa. El joven “ancló” el aparato quitándole casi toda la fuerza electromagnética que le hacía flotar. El casco del aerobote estaba hecho de “dedona”, material que era 50.000 veces más pesado que el agua, y no había temor de que el viento la arrastrara consigo.

El primero en alcanzar la falúa, gateando por el suelo, fue Gerardo Otero con su bebé en brazos. Miguel Ángel cogió al niño y lo dejó sobre un asiento. El atleta no subió a bordo, sino que retrocedió a gatas para ir a buscar a los demás.

Sofía Medina llegó con doña Mercedes, y detrás aparecieron don José Luis Balmer y la señora de Aznar. Todos subieron al aerobote, el cual temblaba y saltaba a impulsos de los violentísimos temblores subterráneos.

Todo el parapeto de la terraza se había derrumbado y desde la cabina del aparato, a través de los sólidos cristales de cuarzo Miguel Ángel podía ver parte de la ciudad y toda la bahía de San Francisco hasta el horizonte.

El sol seguía brillando, inmóvil sobre la línea del horizonte marino.

De pronto, algo extraño le ocurrió al sol. Su globo amarillo empezó a hincharse, tomando una coloración verde pálida. Grandes lenguas de llamas coronaron su brillante disco. Y siguió aumentando de tamaño, haciéndose más luminoso, irradiando un calor tórrido.

Antes que su brillo fuera tan enceguecedor que impidiera a Miguel Ángel mirarlo de frente, el joven vio con espanto una gigantesca y espumajeante ola, alta como una montaña, que venía rodando sobre el mar cubriendo todo el horizonte de extremo a extremo.

La certeza de que la ola iba a arrasar la ciudad, así como que el planeta causante de la catástrofe había ido a estrellarse contra el sol, entraron simultáneamente en el cerebro de Miguel Ángel dejándole paralizado de terror.

¿Era aquello la tan temida transmutación solar provocada por la humanidad de Titanio?

Miguel Ángel apartó sus ojos deslumbrados de aquel sol monstruoso, diez veces más grande de lo normal. La cabina estaba llena de gente. El Almirante Mayor y el señor Balmer pasaban lista mentalmente.

—¡Cierra la puerta, Miguel Ángel! Creo que estamos todos —gritó José Luis Balmer.

El joven apretó el botón que cerraba automáticamente la portezuela y abrió el regulador de corriente. La navecilla se elevó. El vendaval se apoderó de ella, la zarandeó brutalmente y la arrastró consigo a gran velocidad.

—Elévate, Miguel Ángel —aconsejó el almirante—. Quizá las altas capas de la estratosfera estén más tranquilas.

Miguel Ángel empezó a elevarse pero al mismo tiempo echó a tope al acelerador y puso la esbelta proa del aparato de cara al viento.

Se experimentaba a bordo de la navecilla una sensación física de gran calor.

—¡Ese sol… ese sol! —gritó el señor Balmer—. Polariza los cristales o nos va a asar vivos.

Miguel Ángel movió el botón polarizador y la cubierta transparente de la cabina empezó a oscurecer, tamizando el brillante resplandor del sol como los cristales de unas gafas ahumadas. Horrorizados, los tripulantes de la aeronave contemplaron el gigantesco globo que ocupaba casi todo el horizonte.

—¡Estallará! ¡Va a estallar! ¡Es el fin del mundo! —exclamó la señora Aznar cubriéndose el rostro con las manos.

Y empezó a rezar en voz alta, castañeantes los dientes de terror.

—¡Miren eso! —gritó Sofía Medina apuntando con el dedo.

Era la ola que, semejante a una altísima muralla, venía rodando impetuosamente sobre el mar.

La tripulación del aerobote olvidó por unos instantes al sol para seguir con ojos fascinados la carrera de aquel formidable rodillo líquido. La ola avanzó impetuosamente, cubrió sin detenerse la línea de la costa y se lanzó sobre la ciudad…

Casas, bosques, torres, puentes… rodaron en vanguardia del rodillo destructor saltando en el aire, volviendo a caer… volviendo a saltar…

Ni siquiera las pintorescas colinas se salvaron de la inundación. La ola pasó sobre ellas y siguió avanzando tierra adentro, arrancándolo, destruyéndolo y arrastrándolo todo a su paso.

Detrás de la ola venía el mar. No se trataba de una simple arruga de la superficie del océano, producida por el viento. Era más que aquello. Era una inundación, una salida del mar fuera de sus cauces, una súbita hinchazón de las aguas producida por el paso de aquel fantástico planeta que, según las trazas, había ido a estrellarse contra la masa incandescente del sol.

Después de la ola, el océano turbulento quedó cubriendo lo que sólo unos minutos atrás fuera la maravillosa y feliz ciudad de San Francisco. Mientras tanto la aeronave había seguido elevándose y sus ocupantes podían seguir desde lejos el arrollador avance del alud líquido por el desierto en dirección a las Montañas Rocosas.

Un histérico sollozo de Otis Aznar sirvió para arrancar a los tripulantes de la falúa de su absorta contemplación. El sol seguía llameando con intensa luz verdosa.

—Parece que ha dejado de crecer —dijo el almirante mayor con voz que era todavía insegura—. Yo creo que puesto que no ha estallado ya, no hay miedo a que ocurra una catástrofe mayor. Veamos ¿están todos bien? Pon rumbo al este, Miguel Ángel. Espero que la ola se detenga en las Montañas Rocosas.

Miguel Ángel miró al altímetro. Habían subido rápidamente a 10.000 metros. El viento era todavía muy fuerte.

Mientras los tripulantes de la navecilla se examinaban unos a otros localizándose gran número de contusiones y heridas leves, Miguel Ángel hizo virar al aparato poniendo proa al este.

Impulsada a la vez por el viento y el chorro propulsor de su tobera de popa, la falúa voló rápidamente hacia el este teniendo detrás el sol.

Sofía Medina fue a ocupar el asiento contiguo al del piloto. Miguel Ángel se volvió a mirarla. La muchacha tenía un arañazo en una mejilla y la frente manchada de yeso.

—¿Te encuentras bien?

Ella asintió en silencio.

Miguel Ángel también calló, vivamente impresionado por lo que acababa de ocurrir.

—¡Diablo de planeta! —exclamó al cabo de unos minutos—. ¿De dónde saldría con esa tremenda velocidad?

—Seguramente era un planeta vagabundo. Debía llevar casi la velocidad de la luz, ya que de otro modo se le hubiera visto antes.

Miguel Ángel se volvió en su asiento para mirar atrás. El monstruoso sol verde se estaba ocultando en el horizonte.

—Espero que nuestro sol pueda digerir ese planeta —murmuró volviendo la vista al frente.

Y de nuevo quedaron en silencio, hondamente impresionados y como aturdidos.

La aeronave sobrevoló un extenso territorio que estaba completamente inundado hasta las estribaciones de Sierra Nevada. Solamente las cimas de algunos montes sobresalían de las aguas formando improvisadas islas.

La ola se había extendido frente a la formidable barrera natural que formaban las montañas, más allá de éstas la tierra estaba enjuta.

—Pon la radio, Miguel Ángel —dijo el “superalmirante”—. Veamos qué se dice de lo ocurrido.

Miguel Ángel puso en marcha el aparato de radio. En medio de unos ruidos espantosos, que don José Luis Balmer atribuyó a la erupción solar, los viajeros pudieron escuchar al locutor de la emisora de Wáshington que estaba leyendo ante el micrófono multitud de despachos que empezaban a llegar de todos los puntos de la Tierra.

En principio, las noticias parecían ser muy confusas. Un cuerpo celeste que se suponía un planeta vagabundo, había estado a punto de chocar contra la Tierra al cruzar la órbita de ésta a una distancia que no llegaba quizá al millón de kilómetros.

El paso del planeta, aunque muy rápido por fortuna, había alterado el equilibrio de las aguas oceánicas creando una marea que hizo desbordarse el océano en forma de una ola gigantesca que había destruido y anegado la totalidad de las ciudades enclavadas a una y otra orilla del Pacífico.

Por la misma causa, al parecer, las fuerzas volcánicas que dormían en las entrañas de la Tierra habían despertado súbita y violentamente dando origen a fortísimos terremotos, a la entrada en actividad de muchos volcanes apagados y a la creación de gran número de otros volcanes nuevos surgidos de las grietas del suelo.

Mientras escuchaban ansiosamente, la aeronave volaba hacia el este dejando atrás el sol que iba hundiéndose en el horizonte. Breves minutos más tarde les sorprendían las sombras de la noche, rasgadas aquí y allá por el surtidor de llamas y materiales en ignición de gran número de volcanes.

El locutor de radio Wáshington se despidió con un lacónico:

—“Hasta dentro de unos minutos, en que volveremos a darles más noticias”.

Pausa que aprovechó Miguel Ángel para preguntar:

—¿A dónde vamos?

—A Wáshington —contestó el Almirante Mayor—. ¿A qué otra parte podríamos ir?

Y Gerardo apuntó:

—Puesto que su casa ha quedado destruida podrían venir todos a la nuestra de Madrid. Aquello probablemente no estará inundado.

—Nosotros queremos volver cuanto antes a Venus —dijo la señora Estrella Aznar, hermana del “superalmirante”—. Estoy intranquila por mi hija Mercedes.

—No podéis volver ahora allá —refunfuñó el señor Aznar—. La actividad solar parece ser que ha aumentado y Venus está cerca de setenta millones de kilómetros más próximo al sol que la Tierra. Debe hacer allí un calor achicharrante. Tal y como están las cosas, todos nosotros nos sentiremos más tranquilos si la familia se encuentra reunida.

—Pero nuestra hija está en Venus —gimió la señora Balmer angustiada.

—Bueno, no puedes hacer nada por ella —contestó el señor Aznar—. Si el calor se hace insoportable en Venus evacuaremos aquel planeta y Merceditas vendrá a reunirse con nosotros. También pudiera ser que esa furiosa hinchazón del sol fuera un fenómeno de corta duración en cuyo caso no ocurrirá nada. De cualquier forma vamos a aceptar la invitación de Gerardo yendo todos a su casa de Madrid para esperar hasta ver cómo queda todo esto.

—Si lo hacen así —dijo la señorita Medina— les ruego se detengan un momento en Wáshington para que yo pueda desembarcar.

—“¡Atención, atención!” —dijo en este instante la voz del locutor de radio Wáshington—. “He aquí las últimas noticias que acabamos de recibir del Observatorio Astronómico de Monte Wilson. El misterioso planeta que hace apenas una hora cruzó la órbita de la Tierra hizo impacto en el sol. El sol empezó a hincharse inmediatamente lanzando grandes lenguas de llamas que le dieron un diámetro aparente diez veces mayor, del normal… ¡Atención… presten mucha atención a esto!” —la voz del locutor denotaba gran excitación—. “Un análisis espectroscópico preliminar realizado por los astrónomos de Monte Wilson parece indicar que nuestro sol está autotransmutándose rápidamente en… ¡un sol de helio!”

Una ronca exclamación de rabia y sorpresa brotó simultáneamente de las gargantas de Miguel Ángel Aznar, del almirante mayor, de don José Luis Balmer y de la capitana Sofía Medina.

La voz excitada del locutor siguió diciendo:

—“Ustedes supondrán, señoras y señores, las tremendas consecuencias que han de derivarse de este hecho, si se confirma. ¿Es ésta la tan temida transmutación solar que esperábamos? Creemos que no. Tenemos la esperanza que los sabios profesores de Monte Wilson se hayan equivocado… al menos por esta vez. No creemos a los hombres de Titanio refugiados en Urano capaces de arrancar de su órbita a uno de nuestros planetas, Neptuno en este caso, y empujarlo como una pelota para que fuera a chocar contra el sol. Eso es imposible y con toda seguridad, el impacto de Neptuno contra el globo del sol sería incapaz de cambiar la naturaleza de éste convirtiéndole en un sol de helio. Sin embargo, señoras y señores, un hecho aparece ya como cierto y demostrado. El paso de ese desconocido planeta ha herido a la Tierra en una forma inesperada. ¡La Tierra ha dejado de girar sobre su eje! Y éste sí que es un hecho irrefutable, comprobado a estas horas por centenares de millones de personas. El sol no se ha puesto todavía en la costa del Pacífico…”

—¡Virgen Santísima! —exclamó la señora Balmer aterrorizada.

Los demás pasajeros se miraron unos a otros con expresión estupefacta.

—¡La transmutación solar! No puedo creerlo —murmuró el Almirante Mayor. Y añadió—: ¡No es posible!

—Pues yo me temo mucho que sí lo sea. No es fácil un error de tanto bulto por parte de los astrónomos de Monte Wilson. Si ellos dicen que…

—“¡Atención, atención!” —gritó el locutor por la radio—. “Recibimos nuevas noticias de Monte Wilson. En tanto se comprueba el análisis espectroscópico, se recomienda a todo el mundo permanezca bajo cubierto. ¡Eviten en lo posible las radiaciones del Sol…! ¡Son muy peligrosas! El público debe acogerse a los refugios subterráneos y esperar allí con serenidad el momento de ser evacuados. Todos los aerobuses, aerobotes y demás aparatos aéreos de uso civil y particular deben ser presentados por sus tripulantes en los parques de movilización a que están adscritos para participar en el salvamento de las zonas afectadas por la catástrofe. ¡Repito! Todos los aerobuses, aerobotes y demás…”

—¿Cuál es el parque de concentración de esta falúa? —preguntó Sofía Medina para mirar la patente.

—Nuestra embarcación pertenece a un Almirante de la flota y está exenta de ser movilizada —dijo Miguel Ángel.

Siguió una breve pausa mientras la radio repetía su mensaje.

—Voy a llevaros a todos a Madrid —dijo el “superalmirante”—. Luego regresaré con la falúa para tomar parte en la evacuación.

—Nos detendremos en Wáshington. También yo debo presentarme allí por si hacemos falta en alguna parte —dijo Miguel Ángel.

La aeronave volaba sobre Cincinnati. Unos minutos más tarde divisaba la fastuosa iluminación nocturna de Wáshington, capital del Estado-Tierra. Esta iluminación, consistía en una aurora boreal creada artificialmente mediante la excitación eléctrica de ciertas partículas de las altas capas de la atmósfera, las cuales tenían la propiedad de hacerse luminiscentes como los gases de un tubo de “neón”.

Wáshington, situada algunos centenares de kilómetros más al Oeste de su antiguo emplazamiento original, no parecía haber sido afectado por la crecida de los mares, el huracán ni los devastadores terremotos. De la intensidad con que brillaba la aurora, a pesar de ser medianoche, podía deducirse que toda la ciudad permanecía en pie, atenta a las terribles informaciones que iba dando la radio.

Miguel Ángel Aznar desconectó parte del sistema automático de control de la aeronave, preparándose a aterrizar. Una falúa de la Policía se acercó para indagar la identidad del aparato tripulado por los Aznar, pues estaba a las aeronaves prohibido volar sobre la ciudad. Esta prohibición, sin embargo, no contaba para los aparatos de los altos jefes del Ejército y la Armada.

Al ver a los cuatro grandes luceros que brillaban intermitentemente en los costados del aparato, distintivo del alto rango de la persona que lo tripulaba, el patrullero policial saludó con unos destellos de sus faros y se alejó.

En este momento el locutor de Radio Wáshington volvía a dar nueva información:

—“¡Atención, atención! Nuevas informaciones recibidas desde el Observatorio Astronómico de Monte Wilson confirman el primer análisis espectroscópico solar. Nuestro astro, fuente inagotable de luz, de calor y de energía para nuestro mundo, ha sido transmutado en un sol de helio altamente perjudicial para nuestra naturaleza de carbono. Toda la vida vegetal será aniquilada de estos planetas en el plazo de unos días. Las mismas personas corren peligro de sufrir grandes quemaduras e incluso de morir tras una exposición demasiado prolongada a los rayos solares. Nuestro sol, ¡ha sido asesinado!”

Miguel Ángel Aznar alargó la mano hacia el botón y cerró bruscamente la radio.

Minutos más tarde la falúa se posaba en la terraza del gigantesco edificio de las Fuerzas Armadas Terrícolas.