CAPÍTULO V
LA NUEVA AMENAZA
Era pasada la medianoche cuando Castillo y Ferrer llegaron con un par de jóvenes ingenieros al domicilio de los Aznar.
Esta clase de reuniones se repetían de forma regular todas las noches después de cenar, y esto a pesar de que el viejo Almirante Aznar estaba haciendo por aquellos días continuas delegaciones, repartiendo responsabilidades entre sus más capacitados colaboradores, en un claro propósito de librarse del mayor número de funciones.
Sin embargo al Almirante le gustaban estas reuniones, gracias a las cuales podía seguir de cerca la rápida evolución de los hechos más importantes de la colonia.
Todo marchaba bien. La ciudad se ensanchaba y crecía con rapidez vertiginosa, ofreciendo sorprendentes cambios a aquellos que por cualquier causa se ausentaban durante unos días. El Almirante quería ver una ciudad amplia y cómoda, que hiciera borrar de la memoria de sus habitantes el recuerdo de los cuarenta años vividos en los estrechos apartamentos del autoplaneta Rayo, sin más horizonte que las paredes interiores de aquella esfera descomunal viajera del espacio.
Ahora, junto a las amplias avenidas, casitas prefabricadas a base de módulos de hormigón, rodeadas de valla y jardín, iban reemplazando a las toscas cabañas de madera que sirvieron de morada provisional a los colonos en los primeros momentos. El Almirante había insistido mucho en lo de las vallas, a pesar de que éstas eran bajas y no ofrecían ninguna protección frente a supuestos ladrones.
Pero en Nueva España no había ladrones. Las vallas, simplemente, contribuían a crear en los dueños de las casas una idea de propiedad. Cada familia sabía que dentro de aquel recinto sagrado podía hacer lo que le viniera en gana, y que nadie tenía derecho a franquear aquel frágil obstáculo, detrás del cual cada hombre o mujer podían desarrollar su personalidad y emplear su tiempo como mejor le pareciera.
Esto era muy importante en una comunidad donde la personalidad del individuo quedaba necesariamente desdibujada a falta de incentivos materiales. Allí nadie cobraba un sueldo ni recibía recompensa por dura o valiosa que fuese su tarea laboral. Eminencias como Castillo, Ferrer, Valera, Durero y tantos y tantos otros, incluso el propio Almirante Aznar, disfrutaban de las mismas comodidades que el más torpe de la colonia. En su mesa había los mismos alimentos y en igual cantidad.
En este nuevo mundo, el individuo tenía que buscar otros medios para destacarse. El científico, el pintor, el escritor, el director o la estrella de cine, el buen futbolista o el mejor saltador de pértiga, eran individuos destacados que gozaban de las simpatías y la popularidad. Y en el trabajo bien realizado estaba el mejor premio.
Fidel había estado relatando a su padre las incidencias de su viaje al Reino de Saar, y ahora el Almirante se sentía nuevamente preocupado.
—¡Vaya, ya están aquí! —exclamó el Almirante sin disimular su impaciencia—. ¿Qué demonios les ha entretenido tanto?
—No fue fácil resolver el acertijo —dijo el profesor Ferrer—. Es más, todavía estaríamos rompiéndonos la cabeza, a no ser por la sugerencia de Castillo que nos dio la clave del enigma.
—¿Se refiere al mecanismo de la televisión? —preguntó Fidel, volviéndose a mirar a Castillo.
—Sentía tanta curiosidad —dijo éste—, que me quedé en el laboratorio viendo a los muchachos romperse la sesera con los chismes sacados del muy honorable estómago de Tomok. Ellos decían que con aquellos aparatos nadie sería capaz de ver nada. Y no estaban faltos de razón, puesto que partían de la errónea base de que los hombres de silicio tienen órgano de la vista igual que el nuestro.
—Es curioso —dijo el Almirante—. Siempre tuve entendido que, cualquiera que fuese la forma de la vida adoptara en otros mundos, el ojo sería el único órgano en el que coincidiríamos con los habitantes de otros planetas.
—No existe contradicción entre la teoría y la realidad —dijo el profesor Ferrer—. Nosotros examinábamos solamente la parte técnica del problema, cuando la verdadera solución estaba en la biología, es decir, en la particular naturaleza de los hombres de silicio.
—Me intrigan ustedes —dijo el Almirante, hombre de escasa paciencia—. ¿Puede saberse qué ocurrió?
—Mientras los muchachos andaban a vueltas con el destornillador, yo andaba por allí pensando en cosas muy distintas —dijo el profesor Castillo—. Como biólogo me preguntaba de qué forma estarían constituidos los hombres de silicio. Tenía una imagen más o menos real, la propia efigie de Tomok. Pero tenía algo más cerca, los animales en forma de esfera que tanto nos sorprendieron cuando desembarcamos en este planeta. Me dije que tenía que existir cierto grado de parentesco entre animales de silicio y seres inteligentes de silicio, de la misma forma que existe un elevado grado de relación entre un hombre y cualquier animal de la Tierra. Relación en los órganos de la vista y el oído, el aparato digestivo, la sangre y los músculos…
—Adelante, Castillo, no se interrumpa —dijo el Almirante—. ¡Y por Dios, procure ser breve!
—Bueno, sabemos que los animales esfera no respiran, que son sordos y mudos… ¿Mudos? Digamos mejor que no están capacitados para emitir ningún sonido. Pero hemos comprobado que da alguna forma se comunican sus impresiones entre sí. Su corazón rojo, que es también su órgano de la visión, tiene la propiedad de emitir destellos luminosos a través de su envoltura traslúcida exterior. Si los animales esfera expresan su temor y su cólera por medio de guiños luminosos, existían muchas probabilidades de que el Hombre de Silicio, una especie superior, hubiese ordenado y clasificado esos destellos luminosos para formar con ellos una especie de lengua, donde las ideas se expresan más o menos como en alfabeto Morse.
—Una deducción muy acertada, profesor —aprobó el Almirante—. Sin embargo, sabemos que los hombres de silicio hablan a los indígenas. Les hablan no sólo con sonidos, sino con su propia lengua. ¿Cómo explica usted esto?
—Muy sencillo, Almirante. Los hombres de silicio no pueden emitir ni percibir sonidos. Son sordomudos. Pero pueden VER NUESTRAS PALABRAS.
—¿Ven nuestras palabras? —murmuró el Almirante sin comprender.
—Gracias al empleo de la técnica, claro está —dijo aquí el profesor Ferrer—. Utilizando un oscilógrafo podemos medir la variación de potencial de cualquier sonido articulado. De hecho nosotros utilizamos ese sistema en nuestros aparatos traductores de idiomas. Los Hombres de Silicio son seres inteligentes, tienen un cerebro despierto y saben utilizarlo. Al llegar a la superficie de este planeta debieron comprender que existía a su alrededor una rica gama de sonidos que ellos eran incapaces de oír. La curiosidad debió impulsarles a hacer experimentos, hasta descubrir que el sonido es una vibración, y que estas vibraciones pueden traducirse a ráfagas luminosas de potencial variable. La base de la estructura del equipo sonoro, descubiertos en las entrañas del dios Tomok, es un simple oscilógrafo. Los Hombres de Silicio, como nosotros, construyeron una máquina traductora sobre este principio. Aprendieron a interpretar las oscilaciones de una lámpara eléctrica activada por las voces de los indígenas. Y a la reciproca, lograron construir un aparato que traduce en sonidos las oscilaciones de luz de su ojo luminoso.
—Un brillante trabajo sobre simples deducciones, profesor —aprobó el Almirante—. Sin embargo, ¿qué quería decir con aquello de que no era posible ver nada con el sistema de televisión que utilizan los Hombres de Silicio?
—La cámara de televisión que los Hombres de Silicio tenían instalada en la efigie de Tomok traía desconcertados a nuestros técnicos. Tenía que ser de ese modo, ya que los ojos que veían a través de ella son distintos del ojo humano.
—¡Hola! —exclamó Fidel Aznar—. Eso no deja de ser curioso, porque si las criaturas de silicio no oyen como nosotros, en cambio tenemos evidencias de que ven las mismas cosas.
—Las ven, desde luego, pero bajo una luz distinta. Al menos aquí, en la cara exterior del planeta, sólo ven de una forma vaga e imprecisa.
—¿Quiere decir que son cegatos?
—En pleno día, bajo el sol que a nosotros nos deslumbra, los Hombres de Silicio y las bestias de silicio se mueven entre una luz crepuscular. La razón está en que su ojo está acondicionado para ver bajo los rayos ultravioleta. El Sol, que a nosotros nos ilumina tan brillantemente, emite también rayos ultravioleta. Pero estos llegan a nosotros muy atenuados por la envoltura gaseosa que conocemos por atmósfera.
—¡Sorprendente! —exclamó Fidel—. ¿De modo que las criaturas de silicio sólo ven bien bajo los rayos ultravioleta? Si es como usted dice, su mundo debe ser bien extraño. ¿Cómo se lo imagina usted, profesor Castillo?
—Realmente es difícil de adivinarlo —dijo el sabio acariciándose el lóbulo de la oreja—. Sabemos que la Naturaleza no hace nada sin un fin justificado. Si en el interior de este planeta no existiera una fuente natural de luz ultravioleta, las criaturas de silicio no habrían surgido a la vida adaptadas para captar esa luz. Los rayos ultravioleta, que pueden llegar a ser mortales para nosotros, engendraron y desarrollaron un mundo de silicio en unas condiciones ambientales que difícilmente podemos imaginar.
—Dígame, profesor —preguntó el Almirante—. ¿Puede existir allí un sol ultravioleta?
—Hemos calculado que el hueco interior del, planeta mide alrededor de diez mil kilómetros de radio. A esa distancia es difícilmente concebible la presencia de un núcleo sostenido en un campo neutro de fuerzas, irradiando luz y calor como un pequeño astro. El profesor Valera, con quien he comentado algunas veces este problema, cree más bien que existe alguna clase de fenómeno electromagnético, de características parecidas a las auroras boreales de la Tierra, que alumbra aquel extraño mundo.
—Los indígenas llaman a ese mundo el Reino de las Tinieblas, de donde parece deducirse que allí reina la oscuridad más absoluta —apuntó Fidel.
—Lo que parece obscuridad para nosotros debe ser radiante claridad para las criaturas de silicio, con su órgano de la vista adaptado para la percepción de los rayos ultravioleta.
—Allí habrá aire, supongo —dijo pensativo el Almirante Aznar.
—Si existe una atmósfera será de aire muy rarificado —dijo el profesor Ferrer.
—¿Una atmósfera tenue? —preguntó Fidel—. ¿Por qué no al contrario? Si aquel inmenso huevo está comunicado con el mundo exterior por innumerables galerías, como parece ser, el peso de la atmósfera exterior debe gravitar sobre los habitantes del Reino de las Tinieblas ejerciendo una presión tres o cuatro veces superior a la normal en la superficie exterior del planeta.
—Debería ser así, de no existir una circunstancia por demás curiosa. ¿Cómo actúan las fuerzas de gravedad sobre un objeto situado en la cara interior de este mundo hueco? Este planeta es como un coco. Tiene una corteza de quinientos kilómetros de espesor por término medio y un espacio vacío de veinte mil kilómetros de diámetro en su interior. Un hombre que estuviera de pie por el lado de dentro de la corteza tendría bajo sus plantas la masa de quinientos kilómetros de espesor tirando de él. A su alrededor tendría otras masas, y más de la mitad de la masa del planeta sobre su cabeza, sólo que a una distancia muy grande. La masa que le rodearía por los lados y por arriba se equilibraría con la masa que tiene directamente bajo sus pies, y entonces el hombre situado en aquella latitud NO PESARÍA NADA. Las fuerzas de gravedad quedarían anuladas, y una piedra lanzada con fuerza desde la superficie interior del planeta debería llegar hasta el centro del espacio vacío, donde se encuentran y equilibran todas las fuerzas.
—¿Quiere decir que no existe fuerza de gravedad allí abajo? —preguntó Fidel sorprendido.
—Esto es lo que nos dicen las leyes de la Física. Sin embargo hay una particularidad digna de tenerse en cuenta. El globo de Redención tiene casi el doble de diámetro que la Tierra, a pesar de lo cual da una vuelta completa sobre su eje en sólo dieciséis horas. Este giro tan rápido debe crear una fuerza centrífuga contra las paredes del interior del planeta, que restablecerán hasta cierto punto la falta total de gravedad. Esta fuerza centrífuga alcanzará su valor máximo a todo lo largo de la línea del ecuador, donde el globo gira más aprisa, e irá en disminución a medida que nos alejamos del ecuador, siendo nula en los polos. En consecuencia habrá una franja de gravedad máxima a lo largo del ecuador interno, y dos zonas, a un lado y otro, donde la fuerza de gravedad irá en disminución progresiva hasta no existir prácticamente en los polos. Si hay agua en aquel mundo, los mares deberán estar concentrados a lo largo de esta franja de máxima gravedad. Y en cuanto a la atmósfera, por las razones aducidas, no debe ejercer una presión que un ser humano no sea capaz de soportar.
—¡Vaya un mundo curioso! —murmuró el Almirante pensativamente—. Naturalmente, los humanos como nosotros no podrán sobrevivir bajo los rayos ultravioleta.
—Eso es seguro. Sólo protegidos con trajes especiales podremos entrar allí —dijo el profesor Castillo.
—Luego las víctimas que periódicamente reclama ese falso dios no son utilizadas como esclavos. Se les morirían en aquel ambiente extraño. ¡Se los comen DE VERDAD!
Todos guardaron silencio. El Almirante descargó su puño sobre la mesa.
—Tenemos que hacer algo —dijo con voz irritada—. No podemos permanecer cruzados de brazos mientras veinte mil seres humanos, empujados por el fanatismo y la ignorancia se dirigen resignados hacia una muerte estúpida.
—¿Quiere que emprendamos ahora mismo una expedición al centro del planeta sin saber lo que nos aguarda allí? —preguntó el profesor Ferrer.
—Tenemos el deber moral de salvar a esa gente. Si fuera necesario iríamos hasta el centro mismo del Reino de las Tinieblas. Pero tal vez no sea necesario. Debe de haber algún medio de impedir que esos insensatos indígenas entren en aquel mundo.
Dijo Fidel:
—Tinné-Anoyá y su gente aseguran que los “espíritus” de Tomok brotarán del seno de la tierra para castigarles si la remesa de carne humana no llega puntualmente a su destino.
—Bien, muy bien —dijo el Almirante—. Esperaremos a que los “espíritus” broten del seno de la tierra y les sorprenderemos con un caluroso recibimiento.
—No confío yo en tal sorpresa —dijo Fidel—. Los Hombres de Cristal saben ya nuestra presencia. Nos han visto a través de la cámara de televisión que la esfinge de Tomok tenía alojada en su cabeza. Si son tan inteligentes como creemos, antes de atacarnos se esforzarán por adquirir información respecto a nuestro número y potencial bélico.
—Tanto mejor, eso nos concederá una tregua —dijo el Almirante—. Sean cuales sean las consecuencias vamos a impedir que los indígenas tomen el camino del Reino de las Tinieblas. Fidel, mañana te dirigirás al Reino de Saar al frente de la flotilla de destructores.
Poco después los profesores Castillo, Ferrer y los ayudantes de éste abandonaban la reunión. El Almirante se retiró a su habitación y la señora Aznar y Woona retiraron los servicios de té que había desparramados sobre la mesa.
La atmósfera del salón estaba cargada y Fidel fue a abrir la ventana, permaneciendo unos minutos acodado en ella.
Muchas noches, después de un día de febril trabajo, cansado y soñoliento, Fidel Aznar venía a asomarse a esta ventana para contemplar la dormida ciudad y tejer con los hijos de su fantasía la trama del nuevo, grande y poderoso Imperio soñado por su padre. Las cosas marchaban francamente bien para los desterrados de la Tierra, tras haber salvado con valentía y tesón los obstáculos de los primeros momentos. Cada noche, al hacer recuento de la labor de la jornada, Fidel Aznar sentíase satisfecho del presente y confiado en el futuro. Los indígenas de la altiplanicie, atraídos por la abundancia de alimentos de la llanura, habían bajado de sus montañas después de ser aniquilados los hombres esfera y entablaban conocimientos con las diabólicas máquinas de los terrestres. Su colaboración no era todavía muy eficaz, pero aquella gente era despierta de inteligencia, naturalmente curiosa y especialmente predispuesta a aprender cuanto se les enseñaba. Fidel veía ya cercano el día en que indígenas y españoles, unidos por fusión de sus sangres en un sólo y gran pueblo, formarían aquel estupendo Imperio redentor.
Pero estos sueños de Fidel veíanse ahora amenazados por unas criaturas de mentalidad superior y constitución muy distinta a la humana. Mirando a la dormida ciudad, Fidel Aznar sentía vacilar su espíritu cual si una sombra fría acabara de cubrir como un manto espeso el titilar de la luz de su esperanza. Bajo sus pies, a miles de metros de profundidad, una humanidad desconocida movíase en un ambiente extraño creando el más estremecedor de los enigmas. Era cosa fácil imaginarse el aspecto de las criaturas de silicio después de haber visto la efigie de Tomok. ¿Pero quién sería capaz de penetrar en estos exóticos cerebros ni en los arcanos de un alma de silicio? ¿Qué grado de civilización habrían alcanzado estos seres extraordinarios mientras los hombres de carbono que vivían a corta distancia de ellos se encontraban todavía en plena Edad de Bronce? ¿Cómo reaccionarían al verse enfrentados con unos hombres supercivilizados, hijos del viejo planeta TIERRA?
Escuchando en el silencio de la noche el imperceptible rumor de 5.000 respiraciones acompasadas, Fidel Aznar experimentaba en su corazón la angustia propia de las grandes incertidumbres.