CAPÍTULO II
EL PUEBLO IDÓLATRA
Fidel Aznar dejó de hablar y clavó sus ojos en la espléndida figura de mujer que tenía enfrente. Sentíase satisfecho de su discurso, en el que había procurado comprimir los hechos más salientes que compendiaban las peripecias vividas por él y sus compañeros en los últimos tiempos. Y también sentíase satisfecho por el efecto que su relato parecía haber causado en los indígenas. Éstos habían roto a charlar todos a la vez, chillando y gesticulando como demonios y acercándose a los terrestres para, con una timidez y curiosidad propia de chiquillos, tocar con las puntas de los dedos sus armaduras y dar vueltas a su alrededor examinándoles de arriba abajo.
Un anciano de luenga barba blanca, envuelto en una toga a modo de un antiguo senador romano, impuso silencio con un ademán y habló con voz sonora y reposada:
—Hijos de la Tierra —dijo—. Grandes son las maravillas que relatáis. Soy Shima, el Gran Justicia de Saar. Nuestra política fue siempre la de obtener alianzas ventajosas con nuestros vecinos más poderosos. ¿Es numeroso tu pueblo? ¿Cuántos vinisteis en la gran nave del espacio?
—Eran cinco mil setecientos cincuenta al salir de la Tierra. Algunos nacimos durante el viaje. Al llegar a este planeta éramos seis mil cuatrocientos ochenta.
—¡Tan pocos! —exclamó el Gran Justicia sin ocultar su decepción—. ¡Sólo la capital de nuestro reino tiene diez veces ese número! Si llamáis a eso un reino, en verdad que es un reino ridículamente pequeño.
La rubia Woona, la bella y salvaje nativa del País de Amintu que acompañaba a los terrícolas, habló con altanería a Shima:
—Ten cuidado, Gran Justicia, no vayas a equivocarte. El poder de los extranjeros es tan grande, que solamente con una de sus naves aéreas podrían arrasar en un segundo una ciudad tan grande como Umbita. Sus armas son terriblemente eficaces y alcanzan a cualquier parte del planeta. Seis mil terrícolas frente a seiscientos mil de vosotros son como seis mil leones frente a un millón de cobardes ratones.
Shima miró a Woona frunciendo el ceño.
—Tú no eres extranjera. Reconozco tu acento.
—Debes conocerlo, soy nativa del País de Amintu. Vuestros mercenarios han venido con frecuencia durante siglos a capturar esclavos al País de Amintu, Pero en verdad te digo que es mejor que no volváis a buscar esclavos a la isla. Los extranjeros son nuestros amigos y no permiten que nadie sea esclavizado.
—Querrás decir que ahora vosotros sois esclavizados por los extranjeros, y que estos no permiten que nadie vaya a arrebatarles sus esclavos —repuso Shima.
—No tenemos esclavos en la isla —rebatió Fidel—. La esclavitud es la opresión más amarga que puede imponerse a un ser humano. Nadie debe ser esclavo de nadie.
—¿Y qué víctimas inmolarás entonces al dios Tomok? —preguntó Shima.
—¡Es lo que nos faltaba saber! —exclamó junto a Fidel el profesor Castillo, en español—. ¡Estos brutos son capaces de sacrificar personas humanas a sus ídolos!
—¿Sacrificáis seres humanos a vuestro dios? —interrogó Fidel arrugando el ceño.
Shima alzó los robustos hombros y abrió los brazos en ademán de impotencia.
—¡Pero es horrible! —protestó Fidel indignado—. En la Tierra, sólo los pueblos más crueles y salvajes inmolaron víctimas humanas ante sus ídolos. Vuestras construcciones, vuestra forma de vestir y de hablar parecen indicar un alto nivel cultural.
—No somos salvajes —protestó el venerable anciano enrojeciendo—. Si sacrificamos hombres y mujeres a Tomok es solamente porque él así nos lo exige. ¿Creéis que aceptamos con gusta esta periódica inmolación? ¡No! Nuestro pueblo vive bajo el terror, siempre con el pensamiento puesto en ese implacable dios de las Tinieblas y en la próxima recluta de víctimas. Esta noche pasada Tomok habló de nuevo exigiéndonos veinte mil seres humanos. Si una tercera parte por lo menos no fueran esclavos capturados en otras tierras, ¿cómo podríamos evitar que, poco a poco, devorara Tomok a todo el pueblo de Saar?
Fidel Aznar se volvió hacia sus compañeros.
—Esto no me gusta ni pizca —aseguró Ricardo Balmer, joven de la misma edad que Fidel, arrugando la nariz—. Veinte mil víctimas para un ídolo, ¡ahí es nada!… Si es costumbre generalizada en todo el planeta no me asombra que este mundo esté tan escasamente poblado.
Fidel Aznar, volviéndose hacia Tinné y Shima preguntó:
—¿Quién es Tomok? ¿Acaso esa grotesca efigie que hemos visto en la cima de la colina que domina la ciudad?
—Sí —repuso Tinné bajando la cabeza y suspirando—. Ése es Tomok, el rey de las Tinieblas. Esta noche habló pidiendo veinte mil víctimas y hemos de dárselas en seguida, antes que se impaciente y nos envíe sus espíritus a buscarlas.
—¡Jamás lo hubiera creído! —exclamó Fidel con repugnancia. ¿Es posible que rindáis un culto tan terrible a una divinidad falsa y estúpida? ¿Quién es Tomok? ¿Dónde está su espíritu? ¿Por boca de quién habló? Tomok no existe y su divinidad es un mito; y os lo demostraré desafiándole a gritos, derribando su estatua, impidiendo el sacrificio de ese rebaño humano y afrontando sin miedo sus iras.
La reacción de los indígenas fue inesperada. Todos prorrumpieron en gritos y protestas, temblando de terror, haciendo muecas y llevándose las manos a la cabeza.
—¡No… no! —gimió Tinné-Anoyá haciendo muecas—. ¡No puedes hacer eso… sería nuestra perdición! ¡Los espíritus de Tomok brotarían a millares del seno de la tierra y nos matarían a todos, arrasando nuestros campos y prendiendo fuego a nuestras ciudades!
—¡Tonterías! —se burló el profesor Castillo en su imperfecto idioma de Saar—. ¿Ha visto alguien de vosotros alguna vez esos espíritus?
—Hombre de la Tierra —repuso Shima—, contén tu lengua, tus blasfemias pueden costamos muy caras. Nadie de nosotros ha visto a los espíritus de Tomok, es cierto, pero todavía puedes ver las ruinas de Tefik, la ciudad que en tiempos pretéritos se rebeló a Tomok negándose a entregarle las víctimas que habían concertado en un pacto. Has de saber que en tiempos de nuestros antepasados los espíritus de Tomok cazaban a los hombres en estas tierras como nosotros damos caza a las cabras salvajes. Nuestros antepasados llegaron a un acuerdo con Tomok, conviniendo en enviarle en primavera y otoño un número fijo de hombres a cambio de que los espíritus se abstuvieran de brotar del seno de la tierra para cazarnos como bestias. Desde entonces no hemos visto más a los hombres de cristal. Nadie siente el menor deseo de verles, y tanto es así que, aunque Tomok ha faltado a su palabra exigiendo de año en año un número mayor de víctimas, no hemos osado protestar por temor a que se exciten sus cóleras y mande sobre nosotros a sus horribles espíritus. En las inscripciones de los edificios más antiguos podéis leer lo que le ocurrió a la ciudad rebelde de Tefik, convertida en un paraje de desolación y muerte. ¿Y quieres, blasfemo, despertar las iras del dios de las Tinieblas para que convierta Umbita en una segunda Tefik?
—Tomok es un dios falso —insistió Fidel secamente—. Hemos tenido ejemplos de divinidades antropófagas en la Tierra, y os aseguro que Tomok es un mito. Algún loco hechicero inventó en tiempos pretéritos la fábula de Tomok y la ciudad de Tefik. Su locura cundió en vuestros incrédulos antepasados y la locura de un hechicero se hizo crimen, y el crimen tradición y la tradición ley. ¿Por boca de quién pidió anoche el sanguinario Tomok veinte mil víctimas? ¿No fue acaso por boca de un sacerdote que presume de ver visiones y oír la voz de Tomok en sueños?
Fidel esperó confiado la respuesta de los indígenas. Ésta, sin embargo, fue completamente inesperada:
—Tomok jamás habló por boca de nadie, excepto por la suya propia —afirmó Shima. Y todos cuantos habían en el salón asintieron con profundos movimientos de cabeza.
—¿Le has oído tú hablar alguna vez? —preguntó Fidel irritado ante la obstinación de los crédulos indígenas.
—Todos le hemos oído hablar, no una, sino muchas veces —repuso Shima con firmeza—. Anoche habló, y su voz era tan fuerte que toda la ciudad pudo escuchar sus palabras sin salir de sus casas.
—¡Otra que tal! —farfulló Richard Balmer—. ¡Sólo nos faltaba oír este disparate!
—Alguien hablaría simulando que lo hacía Tomok —insistió Fidel, más sombrío por momentos.
—Nadie grita tanto como Tomok. Su voz no puede confundirse con ninguna otra. Únicamente vosotros, cuando hablasteis desde la plaza pidiendo ver a nuestra reina, lo hicisteis con voz casi tan atronadora como la del dios de las Tinieblas. Por eso, porque veníais del cielo y llevabais esas cabezas postizas, os confundimos con los espíritus de Tomok.
Fidel abrió la boca para decir algo, pero el profesor Ferrer le contuvo poniéndole la mano sobre el brazo.
—No insista por ese camino, señor Aznar —dijo en español—. La fe religiosa de esta gente parece inquebrantable… demasiado, a decir verdad.
—¿No estarán mintiendo descaradamente? —insinuó el capitán Fernández.
—Hay aquí algo más que una mentira colectiva —aseguró Ferrer—. No me gusta nada el aspecto de esa efigie de Tomok erigida sobre la colina. Le calculo por lo menos la altura de una casa de diez pisos, y me pregunto cómo diablos pudieron estos hombres fundirla de una sola pieza.
Fidel Aznar volvióse hacia Shima y Tinné y preguntó:
—¿Desde cuándo está la efigie de Tomok sobre la colina? ¿Quién la fundió en bronce y la puso donde está?
—Los espíritus de Tomok la construyeron poniéndola donde la ves. Luego vino el espíritu de Tomok y se alojó en su ánima de bronce. Así lo dicen nuestras escrituras —apresuróse en informar Shima.
—¿Podremos ir a verla de cerca? —preguntó Fidel, hondamente disgustado.
—Desde luego, pero no ahora, sino más tarde —dijo Tinné sonriendo—. Primero comeréis con nosotros. Debéis sentir hambre después de un viaje tan largo sobre la mar océana… y quiero que me refieras muchas más de vuestras cosas maravillosas.
Aceptó Fidel resignado, no porque sintiera el menor apetito, ya que aquel viaje “tan largo” de 1.000 kilómetros terrestres habíalo realizado el destructor Navarra en unos breves minutos, sino por tener la certeza de que, únicamente usando de paciencia y obrando grandes “prodigios”, conseguiría derribar de su pedestal al terrible Tomok, concluyendo con el rito antropófago de la deidad de bronce.
Mientras en un enorme salón contiguo se preparaba el gran banquete, Fidel mandó a Ricardo, a Woona y al capitán Fernández al destructor Navarra para que se trajeran los regalos destinados a Tinné-Anoyá. Estos presentes consistían en varias muestras de la industria y la técnica terrestres más avanzadas, dedicados de primera intención a agasajar a la soberana de Saar, pero que ahora utilizó Fidel con el doble propósito de anonadar a los atrasados indígenas y dejar tamañitas todas las hazañas y brujerías que pudiera haber realizado “el espíritu de Tomok” desde los tiempos más remotos de la historia de este pueblo.
En primer lugar, Fidel entregó a Tinné un cofrecillo de oro que contenía un monstruoso collar de legítimas esmeraldas. Como el oro se conseguía fácilmente con la transmutación de los átomos y cualquier piedra preciosa se fabricaba en un vulgar laboratorio, ni el cofrecillo ni el collar tenían más valor que cualquier pieza de la costosa armadura de titanio en que se enfundaban los terrestres. El oro, la plata y las piedras preciosas hacía siglos que dejaron de tener ningún valor en la Tierra, pero en este mundo eran aún objetos raros y la princesa acogió el regio regalo con grandes extremos de admiración.
Para cada uno de los presentes, Fidel extrajo de otra caja un reloj de pulsera, los primeros relojes que, para medir el tiempo de este mundo, se habían fabricado en los talleres del autoplaneta Rayo. Los ministros, caudillos y cortesanos de Tinné no dieron tanta importancia al hecho de que podían medir el curso de sus días como al débil “tic-tac” que brotaba del “espíritu” de estas maquinitas maravillosas.
—Este cajón es un aparato de televisión —dijo Fidel señalando uno de sus más sensacionales regalos—. Con él podrás ver, sin moverte de tu silla lo que ocurre en Nueva España, a muchos cientos de leguas de aquí.
Tinné-Anoyá miró incrédula al terrestre. Éste sonrió y movió los mandos del radiovisor. En la pantalla, a todo color y el relieve, apareció el rostro de una operadora de radio. El color y el relieve eran tan perfectos que daba la impresión de que la muchacha estaba allí mismo, asomando por una ventana rectangular. La exclamación que lanzaron los indígenas debió oírse en toda Umbita. Para ellos era cosa de magia que hubiera una mujer metida en un cajón tan pequeño, pero su sorpresa no había hecho más que empezar.
Los terrícolas habían situado al autoplaneta Rayo en una órbita de satélite alrededor del planeta, pero además habían situado eh órbita otros satélites de comunicaciones y meteorológicos. La operadora de radio se encontraba a bordo del destructor Navarra, en medio de la plaza, frente a palacio.
Fidel rogó a la operadora que le pusiera en conexión con diversos lugares, y fue así como, sin moverse de su regio trono, la princesa Tinné-Anoyá pudo ver el autoplaneta Rayo. Fidel la hizo recorrer las diversas dependencias del Rayo introduciéndola por obra de su poder mágico en las lujosas habitaciones de los rascacielos, en su complicada Sala de Control, en el observatorio astronómico, en los talleres y en todo lugar. Luego la “sacó” del Rayo y la llevó al País de Amintu.
Máquinas monstruosas, de férrea dentadura y poderosos, movíanse de un lado a otro mordiendo en el seno de la tierra, cargando colosales rocas y llevándolas de aquí allá con sorprendente ligereza. Vio Tinné volar una montaña entera bajo el empuje de formidables explosivos atómicos, vio a los tractores roturar las tierras vírgenes, a los helicópteros evolucionar en el aire y a los automóviles eléctricos correr por caminos que no llevaban más de cuatro semanas abiertos. La febril actividad de los hijos de la Tierra cambiaba el aspecto de la faz del nuevo mundo. Torres metálicas se alzaban por todos los puntos; enormes fábricas ocupaban extensiones de terreno que 90 días antes estaban pobladas de árboles y de hombres esfera. El primer ferrocarril circulaba por las vías recién trazadas entre las minas y las fábricas. Los hornos de fundición trabajaban día y noche arrojando humo y chispas hacia el cielo.
En la nueva ciudad de los extranjeros, junto a toscas barracas de madera, se levantaban los nuevos edificios de estructura de acero y cemento. Las máquinas excavaban la red de alcantarillado y extendían el nuevo pavimento de hormigón.
Cuando Fidel Aznar dio por terminada la función y cerró el aparato, los indígenas exhalaron un hondo suspiro cual si despertaran de un maravilloso sueño a la primitiva realidad en que vivían.
—Todo eso… ¿existe realmente o nos lo haces ver en tu cajón mágico? —interrogó Tinné-Anoyá.
—Existe, desde luego.
—¡Pero todo es muy pequeño! —exclamó la joven dilatando sus ingenuas pupilas.
Fidel esbozó una sonrisa irónica.
—Parece pequeño porque lo vemos de lejos —explicó.
No quedaron muy convencidos los umbitanos con la explicación de Fidel, pero los restantes regalos, objetos que podían ver y tocar, volvieron a darles la seguridad de que aquellos hombres bajados del cielo eran unos prodigiosos magos. Con un simple canuto de plata (una linterna eléctrica), el terrestre obró el prodigio de iluminar como si fuera de día todo el salón, después que se hubieron cerrado las ventanas. Con un silbato de plata que no hacía ruido (un silbato ultrasónico), el mago hizo hervir un gran recipiente de agua en unos segundos. Luego entregó a Tinné un pequeño cajón (un aparato magnetofónico) a quien bastaba apretar un botón para que saliera de él el formidable estrépito de una banda de música interpretando marchas guerreras. A instancias del terrestre, Tinné habló ante el aparato, y luego el cajón repitió sus palabras una por una, con gran maravilla por los presentes.
Además de todo esto, Fidel distribuyó entre los presentes grandes piezas de telas, unas multicolores, otros transparentes como el cristal: cuchillos y brillantes espadas que se combaban como juncos sin romperse y estaban grabadas en oro; magníficos aparatitos que al apretarse se coronaban con una llamita (encendedores automáticos); cañitas de cristal (plumas estilográficas) que escribían sobre el pergamino sin necesidad de mojarse en el frasco de tinta…
Los dedos fuertes y toscos de estas gentes primitivas palpaban las delicadas muestras de la industria y la técnica terrestres con la timidez y el gozo de unos chiquillos grandes.
Mientras tanto habíanse ultimado los preparativos del banquete y todos pasaron a la sala contigua. Fidel se negó a ocupar la cabecera de la mesa, asegurando que correspondía a la princesa sentarse allí, y él ocupó un rústico taburete a la izquierda de la joven.
Fidel hizo repetidos esfuerzos para conducir la conversación hacia el punto que más le inquietaba; esto es, hacia Tomok y la brutal idolatría del pueblo de Saar. Pero los ministros y aun la misma Tinné estaban demasiado excitados por los regalos de los terrestres para mantener más de un minuto una conversación. Los individuos de la corte comían tiernas carnes asadas y bebiendo con abundancia y gran ruido un licor alcohólico. Constantemente había alguien en pie hablando a gritos a sus compañeros. El aparato magnetofónico amenizaba la comida con triunfales marchas. Los comensales miraban y remiraban de unos a otros manoseándolas con sus dedos sucios de grasa.
El nivel cultural de este pueblo, según Fidel pudo colegir, no difería gran cosa de los tiempos bíblicos terrestres. El palacio era una edificación baja y tosca, construida con sillares de piedra y grandes troncos sin desbastar que se combaban bajo el peso del tejado. Sus salones eran largos y sombríos, bajos de techo y escasos de luz en unas ventanas que más parecían saeteras. Largos años de una imperfecta iluminación a base de teas resinosas habían cubierto con una pátina negra techos y paredes. La higiene, como en la mayoría de los pueblos primitivos, no parecía preocupar demasiado a los indígenas.
Los muebles eran pocos, muy pesados y de tosca manufactura. Se desconocía el uso de alfombras en los pisos y de cristales en las ventanas, tal vez debido al clima húmedo y caluroso de Saar, enclavado en plena zona tórrida del planeta.
Observó Fidel repetidamente la curiosidad de Shima y otros ministros hacia los fusiles atómicos que empuñaban los terrestres al llegar y que ahora mantenían cruzados sobre sus rodillas. Tras muchas dudas, Shima se decidió y preguntó:
—¿Qué son esas cosas que parecen cañas y de las que nunca os separáis?
—Éstas son nuestras armas, Shima —repuso Fidel sonriendo—. Instrumentos de muerte que escupen truenos y relámpagos aniquilando todo a su alrededor.
—¡Como los espíritus de Tomok! —exclamó Tinné abriendo mucho los ojos.
El profesor Castillo, que ocupaba un asiento a la derecha de la joven, echó su busto sobre la mesa mirando a Tinné y preguntando:
—¿Has dicho como los espíritus de Tomok?
—¿Los habéis visto alguna vez? —preguntó Fidel sintiendo que una tenaza de hierro le apretaba el corazón.
—Hace muchísimos años que no les vemos —repuso Tinné—. En otros tiempos salían de cacería por nuestras tierras, pero desde que mis antepasados acordaron con ellos enviarles las víctimas que necesitan para su alimentación por el río Tenebroso, no han vuelto a molestarnos.
—Pero… —exclamó Fidel ronco de sorpresa—, ¿las víctimas no las inmoláis ante vuestro dios?
Esta vez fue Tinné-Anoyá quien miró al terrestre sorprendida.
—No —negó moviendo su áurea cabeza—. Si lo hiciéramos así los espíritus de Tomok u hombres de cristal no podrían comerlas. A ellos les gusta mucho la carne humana. Las víctimas escogidas por la suerte suben en canoas y almadías y descienden aguas abajo del río Tenebroso. Este río desaparece en una gran gruta y dicen que baja hasta el seno de la tierra, donde los espíritus de Tomok recogen a las víctimas y las guardan en establos para ir comiéndoselas poco a poco… Eso, al menos, es lo que dice la leyenda. Nadie sabe lo que es de las víctimas una vez entran en la Gruta Tenebrosa… Nadie ha vuelto de allá para contarlo.
—¡Gran Dios! —exclamó Fidel saltando en pie, pálido como un difunto—. ¡Si al fin será verdad que existen los espíritus de Tomok y que la efigie de éste habla… como nuestros altavoces!
—Ya os dijimos que Tomok habla —murmuró Shima—. Y también nos ve desde lo alto de la Colina Sagrada.
Todos los terrestres y también Woona, habíanse puesto en pie al ver levantarse a su jefe. Los indígenas, impresionados por la expresión del rostro del mago extranjero, enmudecieron de golpe. Y en este silencio, denso y sofocante, se escuchó el vibrante latido de unos tambores.
—¿Qué son esos tambores? —preguntó Fidel a la princesa.
—Son los tambores de la Muerte —repuso la joven poniéndose en pie lentamente—. Llaman al pueblo de Umbita al pie de la efigie de Tomok para proceder al sorteo de las víctimas. Quien sea elegido por la suerte y no posea un esclavo para mandarlo en su lugar, ni dinero para comprarlo, deberá emprender la Ruta Tenebrosa hacia el Reino de las Tinieblas.
Los españoles intercambiaron una mirada de inteligencia.
—Creo que no debemos retrasar ni por un segundo más la visita a esa estatua de Tomok —murmuró Fidel recogiendo del suelo su escafandra de acero y cristal.