Pero pasemos a México para que vean qué alzada está la Puta. Onésimo Cepeda y Silva, obispo de Ecatepec, acaba de demandar por setecientos cincuenta millones de pesos (setenta y cinco millones de dólares), argumentando daño moral, al Partido de la Revolución Democrática o PRD porque dijeron de él que «era un mercader de la religión y la política», «un hombre que se caracteriza por sus lujos y privilegios» y «una de las manifestaciones más grotescas y corruptas de la Iglesia católica». Como si no estuviera en la esencia de la Puta mercadear con la religión y como si no llevara dos siglos (desde que cayeron sus protectores los reyes con su derecho divino) metida en política. ¡Lujos y privilegios los del papa! Por lo que a la corrupción se refiere, hay que creerles a los del PRD si ellos lo dicen porque en eso sientan cátedra. Son de lo más corrupto de México. Teólogo de la Universidad de Friburgo, Onésimo es un gordo calvo y barrigón. Como buen lacayo de la Puta, desprecia a los animales y va a las corridas de toros a darles la alternativa a los pichones de torero (por algo la Virgen de la Macarena es la patrona alcahueta de estos criminales). Anda con guardaespaldas como si fuera un mañoso. ¡Quién sabe por qué! Tal vez porque es amigo de los políticos del grupo de Atlacomulco. Es autócrata de hueso colorado como Wojtyla, al que en una foto de periódico que conservo sale lamiéndole la mano: «La Iglesia nunca será democrática porque no es ningún partido político; es jerárquica porque depende del papa y cada prelado es la cabeza de la Iglesia del lugar» dijo cuando metía en cintura al párroco rebelde de Santa Clara, que no se sometía a su autoritarismo y cuya parroquia le quitó a las malas prohibiéndole oficiar misa. Y concluye: «De esta forma se salvó el principio de autoridad de la Iglesia. De romperse ya no habría autoridad, cualquier pueblo me hace un mitin de este tipo y yo tengo que cambiar al cura párroco. Eso no va a ser porque este obispo no es un pelele». ¡Claro que no! Él es muy macho y come carne, que va digiriendo en sus episcopales tripas. Los instrumentos musicales de viento son monódicos y como tales sólo pueden emitir un sonido a la vez. Él no porque es el hombre doble: José Onésimo Daniel Cepeda y Silva cepeda y silva en un solo acorde.

Más corruptos que los del PRD son los priistas del grupo de Atlacomulco encabezados por el profesor Hank González, que de maestro rural pasó a funcionario del PRI (Partido Revolucionario Institucional) y a construir un imperio que en 1993 según la revista Forbes iba por los mil trescientos millones de dólares. El arzobispo primado de México cardenal Norberto Rivera Carrera dijo de él, en la misa de cuerpo presente que ofició en la catedral cuando murió: «Encomendamos a la misericordia de Dios a nuestro hermano Carlos que fue buen administrador y no sólo supo cuidar y desarrollar los talentos que el Señor le dio sino multiplicarlos. Que el Señor le tome en cuenta todos sus trabajos y le dé la recompensa eterna». México es el país más corrupto de la tierra y nuestro hermano Carlos el más corrupto de México. Amigo de sus amigos y socio de sus socios solía decir que «Un político pobre es un pobre político». En cuanto al bondadoso y apuesto cardenal Rivera, en el último cónclave, en que él participó, descartaba que lo eligieran papa. «La Iglesia gracias a Dios —decía— tiene riqueza de cardenales». «¿Y qué nombre escogería en caso de que lo eligieran?» ¡Pues el suyo de pila, Norberto I, el primer papa maya! «¿Cuánto durará este conclave?» le preguntan. Y él responde: «Nadie puede saberlo. Creo que el Espíritu Santo ya lo sabe pero aún no nos lo ha dicho». Y se va porque ahora tiene que «encerrarse».

—¿Con quién?

—Pues con los otros purpurados.

—¿Y a que?

—Pues a elegir papa.

Y termino este interludio mexicano con el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, muerto a tiros por la gracia de Dios el 24 de mayo de 1993 en un oscuro incidente de narcotráfico en el aeropuerto de Guadalajara cuando se dirigía a recibir al Nuncio Apostólico de Su Santidad monseñor Girolamo Prigione. La versión oficial fue que se desató una balacera entre dos bandas rivales de narcotraficantes y que en la confusión lo mataron. Sólo que una testigo declaró que antes de que llegara el cardenal oyó detrás de una puerta de vidrio en el aeropuerto unas voces que decían: «Por bocón nos vamos a chingar al cardenal». Catorce tiros le pegaron, como en corrido norteño, a quemarropa para no fallar. Le quitaron un sobre amarillo tamaño oficio que traía y el pectoral, que es la cruz que les cuelga del pecho a estos prelados. Su sucesor el cardenal Juan Sandoval Íñiguez ha sostenido reiteradamente que el cardenal Posadas no murió por accidente sino que fue víctima de un crimen de Estado porque tenía información que pensaba divulgar sobre los nexos del gobierno de Carlos Salinas de Gortari con el narcotráfico. Podría ser. Pero qué coincidencia entonces que al cardenal Sandoval Íñiguez hoy la fiscalía mexicana lo esté investigando por lavado de dinero proveniente del narcotráfico. Hombre bronco y malgeniado, de modales hoscos, este ensotanado jalisciense que manda sobre cuatro obispos y mil trescientos curas de ochocientas iglesias, y que es doctor en teología dogmática de la Universidad Gregoriana (¿no sobrará el «dogmática»?), les ha declarado a los periodistas que él recibe limosnas de donde vengan pues tratándose de la caridad para él no hay dinero sucio. Que sucio es el papel higiénico cuando se usa. Amén de narcotráfico lo han acusado de tener nexos con las mafias de los juegos de azar y de otros negocios sucios, y de complicidad en la estafa por tres millones trescientos mil dólares a cientos de sus propios feligreses, en su mayoría mujeres pobres a las que la asociación civil Jubileo Roma 2000 les vendió con su aval y por cuotas un viaje a Roma donde las iba a recibir Juan Pablo II en audiencia privada. Las «iba» porque el viaje y la audiencia se los birlaron, el año 2000 ya pasó y el Santo Padre se murió. ¡Hoy a estas beatas tontas jaliscienses las está esperando Wojtyla para recibirlas en pelota y en audiencia privada entre las nubes del cielo! Ya los periodistas les dice el cardenal Sandoval Íñiguez que «Se necesita no tener madre para ser protestante». Que no le interesa el cargo de papa. Que piensa, eso sí, proclamar presidente de México a su jardinero. Ah, y se me olvidó decir de Wojtyla que acometido de una diarrea imparable esta cotorra polaca excretó en vida (amén de las encíclicas, exhortaciones, cartas papales, mensajes consistoriales, documentos y constituciones) dos mil cuatrocientos discursos en su mayoría de carácter político y en más lenguas que las que se hablaron en la torre de Babel. Un ejército de periodistas lo seguía día y noche a donde iba, como una jauría de perros a una perra en celo. Pero no, él no era una hermosa perra en celo: era una hermosa cotorra políglota.

Porque han de saber mis lectores que no soy de los que insultan con nombres de animales pues los amo. Yo no soy como Cristo, que trataba a Herodes de «zorro» y a los escribas y fariseos como «serpientes» y «raza de víboras». Ni como los Doctores y Padres de la Iglesia que vinieron luego a seguir su ejemplo. San Atanasio llamaba a los arríanos «serpientes» y «escarabajos». San Agustín llamaba a los donatistas «ranas» y a los judíos «víboras» y «lobos». San Hilario de Poitiers decía que los judíos «no son hijos de Abraham sino de la estirpe de la serpiente», y a los idólatras los llamaba «rebaño de reses» y «bandada de cuervos». San Juan Crisóstomo consideraba a los judíos «peores que los cerdos, los machos cabríos y todos los lobos juntos», a la sinagoga la llamaba «cubil de bestias inmundas» y a los herejes «perros que ladran». San Efrén (del que ya dije que de niño mató a una vaca a pedradas) llamaba a los judíos «lobos sanguinarios» y «cerdos inmundos», a los partidarios de Marción «hijos de serpiente», y a los seguidores de Maní «piara de cerdos». San Jerónimo, el de la Vulgata, la traducción más famosa de la Biblia al latín, llamaba a los herejes «asnos de dos pies», a Vigilantius «perro viviente», a Lupicino «asno» y «perro corpulento de raza irlandesa bien cebado», a Orígenes «cuervo» y «pajarraco negro como la pez» y a Rufino «escorpión», «tortuga que gruñe» e «hidra de numerosas cabezas». San Ambrosio juzgaba las opiniones de Joviniano «ladridos de perros», y Teodoreto, obispo de Ciro, llamaba al patriarca Jorge de Capadocia «lobo», «oso» y «pantera». San Gregorio Nacianceno llamaba al emperador Juliano «cerdo que se revuelca en el fango», San Efrén lo llamaba «lobo», «cabrón» y «serpiente», y Eusebio, el primer historiador de la Iglesia, lo llamaba «perro rabioso», que es como San Ignacio de Antioquía llamaba a los cristianos que se le oponían, amén de «lobos que se fingen mansos». San Pablo llamaba «perros» a los dirigentes de la comunidad cristiana de Jerusalén y poco le faltó para incluir a San Pedro entre «los que orinan contra la pared» (perífrasis de Lutero en su traducción al alemán de la Biblia). Tertuliano llamaba a los herejes «lobos insaciables» y San Epifanio de Salamina «víboras de variadas especies». Es que la Puta, que es más mala que Mahoma, desprecia como éste a los animales y no se apiada de su suerte.

Pero no, más malo que este asaltante de caravanas que resolvió proclamarse el Mensajero de Alá no hay nadie. Cruel, traidor, taimado, mentiroso, rencoroso, inescrupuloso, lujurioso, torturador, impostor, bellaco, inhumano, sanguinario, deshonesto, innoble, abyecto, asesino, polígamo, pederasta, déspota, puso a rezar a sus secuaces prosternados hacia La Meca cinco veces al día con el culo al aire y les reguló hasta los más mínimos detalles de la vida diaria: cómo comer, cómo rezar, cómo copular, cómo escupir, cómo orinar, cómo excretar, y les lavó el cerebro a unos mil, que en catorce siglos de multiplicación tremebunda se han convertido en mil quinientos millones que por donde pasan arrasan. ¡Qué raza más nociva y paridora, más rencorosa y envidiosa, más podrida de odio y mala! Nos cuenta Malik ibn Anas en su Al Muwatta, la compilación de leyes más antigua del Islam, que Abdullah ibn Umar dijo: «Me subí al techo de una de nuestras casas y vi al Mensajero de Alá (que Alá bendiga y le conceda la paz) en cuclillas encima de dos ladrillos sin cocer haciendo sus necesidades cara al Bayt al Maqdis». Y luego nos cuenta que Said ibn al Musayab dijo: «El Mensajero de Alá (que Alá bendiga y le conceda la paz) oró mirando hacia el Bayt al Maqdis por dieciséis meses después de llegar a Medina, pero luego, dos meses antes de la batalla de Badr, se cambió la kebla». Y así fue, en efecto. La kebla es la dirección en que tienen que rezar los musulmanes, y Bayt al Maqdis es Jerusalén. Como los judíos (de quienes tanto tomó, empezando por el Pentateuco) se negaban a reconocerlo como profeta, Mahoma resolvió entonces, dando un giro de ciento ochenta grados, cambiar la kebla de Jerusalén a la Kaaba de La Meca y se inventó una revelación en que Alá le ordenaba el cambio. «Anoche —les dijo un fulano a unos que rezaban en Quba— le fue enviada otra parte del Corán al Mensajero de Alá (que Alá bendiga y le conceda la paz), ordenándole que rezara mirando hacia la Kaaba, así que dense la vuelta». A partir de entonces la cara del musulmán de Medina que reza mira hacia La Meca, y el trasero hacia Jerusalén.

La kebla es importantísima para esta horda de brújulas excretoras, de asesinos rezanderos que destilan hiél de odio por sus fauces verdosas: copulan mirando hacia la kebla, paren mirando hacia la kebla, los entierran mirando hacia la kebla. Y a los animales, mis hermanos, ¡los matan mirando hacia la kebla! No han tenido un Siglo de las Luces, ni una Revolución Francesa, ni una Declaración de los Derechos del Hombre. No respetan a las mujeres ni a los animales, mezclan la religión y el Estado, se arrodillan ante los déspotas, rezan cinco veces al día, han invadido a Europa y a los Estados Unidos de mezquitas y le están robando a Occidente la tecnología nuclear para imponernos a las malas, como paradigma de lo humano, las bellaquerías de su Profeta. El mahometismo es una chusma hipócrita, asesina, rezandera, una falsa religión. Después de mil cuatrocientos años siguen en las tinieblas medievales, de las que ya salimos a contracorriente de la Puta, gracias a Dios, pero a las que nos quieren hacer volver. Poseída por el demonio de la paridera la horda proliferante musulmana hoy se empeña en tener armas nucleares y yo pregunto para qué. ¿Para qué, si tienen la vagina atómica? De mil que eran cuando murió Mahoma, hoy son mil quinientos millones.

Ah malnacido Wojtyla, alimaña de obtusa testa. Hasta que te moriste hiciste el mal. Cuando los demonios te tiraban de las patas hacia el averno para aplicarte en su último círculo la justicia de Dios, todavía te empeñabas en que incluyeran en la Constitución Europea la expresión «civilización cristiana». ¡Cómo va a haber una civilización cristiana, eso es un oxímoron! El cristianismo es obcecación, cerrazón, barbarie. Como el Islam. Los dos grandes fanatismos semíticos sólo han traído sufrimiento y oscuridad a la tierra. ¡Qué religiones van a ser! ¡Qué civilizaciones! Civilización la griega, y religiones el hinduismo, el budismo, eljainismo, que respetan a todos los seres vivos y no tratan de imponer verdades. Una de las primeras biografías de Mahoma escritas en Occidente es la de Sir William Muir, Life of Mahomet, publicada entre 1856 y 1861 en cuatro volúmenes y basada en las fuentes musulmanas originales pero de una historicidad rigurosa. Su conclusión es ésta: «La espada de Mahoma y el Corán son los más empecinados enemigos de la civilización, la libertad y la verdad que haya conocido el mundo».

Claro que algo bueno se ha dado en el Islam. Pero en oposición a su infamia consubstancial. Pienso en el poeta al-Maarrí, uno de los más grandes de la lengua árabe, que veía la reproducción como un pecado y la muerte como el simple hecho de dormirse; que prefería la cremación de los hindúes al entierro de los mahometanos; que escribía con desprecio de los ulamas o clérigos musulmanes; que afirmaba que Mahoma no tenía el monopolio de la verdad; que era vegetariano y rechazaba el consumo de carne y productos animales; que sostenía que ninguna criatura viva debía ser herida o dañada en modo alguno, que los animales sentían el dolor y que era inmoral infligirles un daño innecesario o matarlos; que repudiaba el uso de sus pieles y les reprochaba a las favoritas de la corte que las llevaran; que consideraba absurdo ir a La Meca en peregrinación a besar la piedra negra de la Kaaba; que se asombraba de que los cristianos creyeran que Dios había sido torturado, escarnecido y crucificado, y que los judíos pretendieran que al Ser Supremo le gustaba el olor de la carne asada; que observaba que los hombres aceptan la religión de los padres por la fuerza de la costumbre y por su incapacidad de distinguir lo verdadero de lo falso; que veía los libros sagrados como un montón de cuentos necios y de documentos espurios atribuidos a apóstoles de los que se pretendía que habían sido inspirados por Dios; que consideraba al mahometismo, al cristianismo y al judaismo falsos y podridos hasta la médula, a sus clérigos como unos hipócritas ávidos de poder y de riquezas, y a sus fieles como unos necios que aceptaban dócilmente lo que aquéllos les decían que tenían que creer. Ridiculizó todos los dogmas del Islam y en su libro en prosa rimada Al Fusul wa al ghayat, una serie de comentarios irónicos sobre la naturaleza del hombre pero con la apariencia de exhortaciones piadosas, muchos han visto una parodia del Corán. Nació en el 973 en Maarrat, Siria, y de niño se quedó ciego por la viruela; estudió en Alepo, Antioquía y Trípoli y pasó unos meses en la corte de Bagdad, para acabar volviendo a su ciudad natal donde vivió los siguientes cincuenta años hasta su muerte acaecida en el 1057. Una máxima suya que quería que le inscribieran sobre su tumba a modo de epitafio presidió su vida ascética y compasiva: «Esta injusticia que me hizo a mí mi padre nunca se la haré a nadie». Pero como Abul Alá ibn Abdallah al-Maarrí no hay muchos, ni dentro del Islam ni por fuera. Al-Maarrí era un hombre de alma grande, y la humanidad en su conjunto es mierda.

Muy lejos de la nobleza de al-Maarrí, pero digno de recordarse, es Abu Nuwas (762- c814), el más grande poeta árabe, gran amante del vino y los muchachos, que inspiraron sus poemas. Aparece en incontables episodios cómicos de Las mil y una nochesy se hizo célebre por su inmoralidad, ebriedad y blasfemia, sus tres virtudes teologales. Lo encarcelaron varias veces y poco faltó para que lo ejecutaran por zindiq o hereje. De él se cuenta que entró borracho a una mezquita en el momento en que el imán decía el primer versículo del sura 109: «Decid, oh, incrédulos…» Y Abu Nuwas gritó: «¡Aquí estoy!» Cuando la turba lo iba a linchar le mostraron un retrato de Maní, el del maniqueísmo, para que lo escupiera: se metió el dedo en la garganta y le vomitó encima. Salió impune, libre, a seguir disfrutando de la vida, su vino y sus muchachos. No así otros heterodoxos iluminados del Islam que no corrieron con su suerte y fueron ejecutados por zandaqa o herejía. El primer mártir del Islam fue Djad Ibn Dirham, ejecutado en el 742 por órdenes de Hisham, el penúltimo califa omeya, por negar los atributos divinos y creer en el libre albedrío. Sus seguidores consideraban a Mahoma un mentiroso y negaban la resurrección.

Pero la persecución de los zindiq sólo empezó en serio bajo el segundo de los califas abasidas, al-Mansur, que mató a muchos, siendo el más famoso Ibn al-Muqaffa, a quien ejecutó en el 760 por censurar al Islam, su concepto de Dios y su profeta: le fueron cortando uno a uno los miembros, que iban echando al fuego. Bajo al-Mahdi y al-Hadi, los sucesores de al-Mansur, la represión y las ejecuciones aumentaron en ferocidad y se nombraron magistrados especiales para perseguir a los herejes bajo las órdenes de un gran inquisidor, el Sahih al-Zanadiqa. Bastaba un simple rumor para que el inquisidor enjuiciara de inmediato al sospechoso. Los zindiqs eran arrestados en masa e interrogados. Si abjuraban los liberaban. Si no, los decapitaban, crucificaban o estrangulaban, y sus libros eran cortados en trocitos. Un anticipo ni más ni menos de la Inquisición cristiana. A Ibn Abil-Awja, que se preguntaba por qué, si Dios era tan bueno, había entonces catástrofes y epidemias, lo ejecutaron en el 772. Poco antes de morir confesó que había inventado más de cuatro mil hadith (dichos y hechos de Mahoma que constituyen una de las principales fuentes de la ley islámica), para prohibirles a los musulmanes lo que les estaba permitido y viceversa. Para ponerlos a ayunar, por ejemplo, cuando no venía al caso, o a comer cuando no debían. Sostenía que el mundo era eterno, con lo cual salía sobrando el Creador, y tachaba de mentirosos a Abraham, José y demás profetas que menciona el Corán. A Bashshar ibn Burd, ciego de nacimiento y misántropo, que remedaba borracho la llamada del muecín a la oración y se burlaba de las peregrinaciones a La Meca y de la naturaleza milagrosa del Corán, que negaba la resurrección y el juicio final y creía en la transmigración de las almas, lo acusaron de herejía y en el 784 lo arrojaron a un pantano. Estos son los verdaderos mártires del Islam, los que mató esta barbarie criminal disfrazada de religión, y no los suicidas asesinos de nuestros días que vuelan torres en su nombre camino al jardín de las delicias de Alá donde los esperan no sé cuántas huríes o vírgenes hembras que van a estuprar día y noche sin quitarles la virginidad.

¡Claro que el Islam le ha dado grandes hombres al mundo! Pienso en el poeta al- Mutanabi, cuyos versos desilusionados nos muestran a la humanidad encadenada a la ignorancia, la estupidez y la superstición, de las que sólo la muerte podrá librarla. Pienso en los librepensadores de Basra como Qays ibn Zubayr que negaba la existencia de Dios, o al-Baqili que negaba la resurrección, o Ibrahim ibn Sayaba que proclamaba la pederastía como la primera ley de la zandaqa. Pienso en Ibn al-Rawandi que desenmascaró en sus obras a Mahoma, la revelación, las profecías, los milagros, los dogmas religiosos, la hadith y toda la sharia o ley islámica, y para quien el Corán, lejos de ser el libro inimitable y milagroso según todos proclamaban, era una obra literaria menor, confusa, incomprensible, sin valor práctico alguno y ciertamente no revelada. Al-Rawandi rechazaba la posibilidad de una respuesta racional satisfactoria al asunto de la existencia de Dios, al que se dirigía en estos términos, citados por al-Maarrí: «Les repartiste los medios de subsistencia a tus criaturas como un patán borracho. Si fuera un hombre el que hubiera hecho ese reparto le diríamos: ‘Nos estafaste. Vamos a darte una lección’». ¿En qué lección estaría pensando al-Rawandi? ¿En una buena tunda en las nalgas al Creador?

Y Abu Bakr Muhammad ibn Zakariya al-Razi, nacido en Ray, cerca a Teherán, en el 865, y muerto en esa misma ciudad en el 925, cuyas críticas a la religión fueron las más virulentas del Islam y de toda la Europa medieval. Químico, médico y autor de una enciclopedia de la medicina griega, siria y árabe, al-Hawi o Liber continens, famosísima en Occidente, al-Razi desafió toda autoridad en los múltiples campos que ocuparon su atención. ¡Fue capaz de escribir, en el mundo musulmán, un tratado de ética sin referirse una sola vez a los dichos de Mahoma ni al Corán! A este libro nefasto lo veía como un revoltijo de «fábulas absurdas e incoherentes», se le hacía una ridiculez que lo juzgaran como una obra inimitable siendo así que su estilo, su lenguaje y su tan cacareada elocuencia estaban llenos de fealdades y torpezas, y en dos libros heréticos que escribió daba rienda suelta a su hostilidad para con los profetas, esos «chivos de barbas largas escupidores de mentiras», y para con el fraude de los milagros y las religiones reveladas. Las llamadas «sagradas escrituras» se le hacían despreciables y de ellas afirmaba que sólo habían hecho el mal; pugnaba por una sociedad libre del terror religioso y de la tiranía de los clérigos; y denunciaba los estragos de las religiones, causa de las más sangrientas guerras que habían asolado a la humanidad.

En lo que sí no creo es en el cuento de la ciencia islámica. ¿La medicina? ¡Cuál medicina, qué curaron! ¿Las matemáticas? Las matemáticas no son ciencia, son los engaños de dos rayitas, el signo igual, una ociosidad fea y aburrida. ¿Y la teología? La teología es el estudio del que no existe: un Viejo rabioso y malo que brota del cerebro de degenerados como Ratzinger cual un hongo venenoso. Inmenso mal le han hecho los árabes a la humanidad al haber preservado a Aristóteles, el más grande payaso de la antigüedad, que de todo habló y nada supo. Como nuestro Ortega y Gasset, vaya, que en paz descanse (si es que al cristiano lo dejan en los infiernos descansar en paz). La escolástica adoptó a Aristóteles como el faro de sus desvelos, y junto con él a sus comentadores árabes Avicena y Averroes. Pero no, ahí no hay más que verborrea fangosa. Todo lo que huela a escolástica huele mal. Tomás de Aquino exhala vapores de alcantarilla mefítica, ponzoñosa. En cuanto a Ratzinger, ¡qué gran metida de pata la que acaba de dar este teólogo! Le tocó la cola a la avispa mahometana y por poco no lo emponzoñan. En Somalia le acaban de matar a sor Leonella, una monja. Y donde no esté enmurallado en el Vaticano y protegido por la Guardia Suiza y el ejército italiano, también se lo echan. ¡Quiera Alá! Porque este hombrecito es dañino y malo como Wojtyla o como Jomeini. ¡Ah tripleta de santurrones criminales, azuzadores de la paridera! Si existen ustedes, ¿dónde está Dios? En una conferencia reciente en Ratisbona Ratzinger acaba de citar estas palabras del emperador bizantino Manuel II Paleólogo, dichas hacia 1394 a un sabio persa a propósito de la jihad o guerra santa musulmana: «Muéstrame qué trajo de nuevo Mahoma y verás que nada bueno, sólo cosas malas e inhumanas, tales como su orden de propagar por la espada la fe que predicaba». ¡Más le valía a Ratzinger no haber nacido! Al día siguiente salió la turbachusma musulmana como salen las avispas toreadas a defender el avispero. En Gaza, en Cisjordania, en Turquía, en Afganistán, en Pakistán, en Irán, a todo lo largo y ancho de los vastos dominios de Satán los esbirros y secuaces del Iblis Mahoma maldecían, pataleaban, vociferaban, excretaban y les salía babaza verde por las fauces. ¡Ay, qué miedo! Toco madera. ¡Tan! ¡Tan! En Irán el ayatola Jatami declaró que las palabras del papa daban prueba de su ignorancia sobre la tolerante religión musulmana. ¿Ignorancia? ¿Tolerancia? ¿El ignorante y el intolerante no será más bien él, este santón bellaco? Es cierto que el versículo 257 del sura 2 del Corán dice: «No se puede imponer la religión por la fuerza». Pero éste es un versículo de cuando Mahoma era una mansa paloma sin ningún poder y fue abolido por otros posteriores, de cuando sí lo tenía y se había vuelto un halcón sanguinario, como el versículo 5 del sura 9 que dice: «Mata a los infieles donde los encuentres». O el versículo 12 del sura 8 que dice: «Yo sembraré el terror en los infieles y vosotros cortadles las cabezas». O el versículo 37 del sura 5 que dice: «A los que les hacen la guerra a Alá y a su Profeta mátalos, crucifícalos, córtales las manos y los pies». O el versículo 4 del sura 47 que dice: «Cuando encuentres infieles mátalos y haz con ellos una carnicería». ¡Qué! ¿Es que no entienden estos musulmanes bestializados cuando repiten de memoria como loros el Corán? ¿No saben acaso que un versículo posterior anula los anteriores que lo contradigan porque ésta es la forma de proceder de Alá, el clemente y misericordioso? Turbamulta asesina, chusma malnacida, excremento del Profeta, ¡me habéis matado a la monjita sor Leonella que era más buena que la madre Teresa! Pero volviendo a Manuel II Paleólogo, sigue con su cuento Ratzinger: «El emperador pasa a explicar en detalle las razones de por qué propagar la religión por la violencia no es aceptable. La violencia es incompatible con la naturaleza del alma y de Dios». ¿E Inocencio III qué? ¿Y las cruzadas? ¿Y la esclavización de América? ¿Y la quema de brujas? ¿Y la Inquisición? ¡Ah cabrón travestido, eres más malo que ayatola!

El Corán es un libro desarticulado y pernicioso y la jihad que predica es su esencia y el motor del Islam. Sin jihad nunca la humanidad habría conocido esta plaga. ¿O por qué creen que en pocos años unas bandas de asaltantes de caravanas que excretaban a la intemperie y se limpiaban con hojas de palmera conquistaron medio mundo? Para el 632, cuando murió Mahoma, ya dominaban toda la península arábiga. Para el 650 se habían extendido a Mesopotamia, Persia, Siria, Líbano, Palestina y Egipto. En el 670 conquistaron a Túnez, en el 705 a Cartago, en el 711 cruzaron el estrecho de Gibraltar, se apoderaron de media península ibérica y avanzaron hasta el sur de Francia donde el rey franco Carlos Martel los detuvo en el 732 en la batalla de Poitiers. Pero si por el Occidente los detenían, por el Oriente continuaban su avance: para el 712 ya se habían adueñado de Pakistán y llegaban al delta del Indo. En el 751 tomaron a Samarkanda y a Uzbekistán. Y así. Ante el avance de esta turba endemoniada, de esta máquina enfurecida de matar y sojuzgar iban cayendo el África subsahariana, el subcontinente indio, el sureste asiático, Constantinopla y parte de los Balcanes. Hasta las puertas de Viena llegaron. Hoy los tentáculos del pérfido Profeta se extienden desde Senegal hasta Indonesia: cincuenta y dos países de mayoría musulmana a los que pronto habrá que sumar a Francia, Inglaterra, Alemania, Italia, España, Holanda y los Estados Unidos. Y para que estas víctimas candorosas reviertan a su primigenio estado de libertad, ay, es más fácil rearmar un huevo quebrado. Ah, y no se les olvide que el buen musulmán no come carne de cerdo, no bebe alcohol, no pinta la figura humana en cuadros, va en peregrinación a La Meca al menos una vez en la vida, ayuna todo el mes del Ramadán, reza cinco veces al día y lo más que tiene son cuatro mujeres, todas sin alma. Para efectos del alma la mujer musulmana es como una mesa, pero con dos patas. Amén de lo anterior el seguidor de Mahoma es también homosexual aunque sin serlo. Es una especie de ortodoxo heterodoxo ambidextro.

—Ah, qué bueno porque así tienen muy ampliadas las fuentes del placer. ¿Y pueden montar en bicicleta?

—¡Pero claro! Y en camello.

Los anzuelos infalibles de Mahoma para pescar secuaces no fueron la bondad, la caridad o la piedad, virtudes ajenas a este perpetrador de infamias. Fueron el botín, el saqueo, la rapiña, más el dominio de las poblaciones sojuzgadas, fuente inagotable de impuestos, de cautivos y de esclavos para que el árabe zángano, acostumbrado a no trabajar, no tuviera que violentar su esencia. Y para los caídos en combate la promesa de un harén bien surtido de huríes o vírgenes hembras que los esperan, con las piernas abiertas y un olor de azahar, en el jardín de las delicias (como llaman remilgadamente al gran burdel de Alá). No bien lo repudiaron en La Meca y llegó a Medina en el 622, año de la hégira, el comerciante Mahoma pasó a ser cabecilla de bandidos. El mismo presidió los tres primeros asaltos, por lo demás fallidos, a las caravanas que iban de La Meca a Siria. En el cuarto, en Nakhla, sus hombres vencieron a los de La Meca atacándolos a traición en el mes sagrado, cuando estaba prohibido el derramamiento de sangre. Para justificar la profanación Mahoma se inventó el versículo 214 del sura 2 que dice: «A los que te interroguen sobre la guerra y la carnicería en el mes sagrado diles que es pecado grave, sí, pero que es mucho más grave la idolatría y apartarse de la senda de Alá». Y pese a que esa vez no había estado presente en el asalto, se embolsó la quinta parte del botín y cobró un rescate de cuarenta y cinco onzas de plata por cada prisionero. Así quedó establecido su modus operandi para las siguientes expediciones de rapiña y sus atropellos a las tribus judías de Medina que fue expulsando una a una de la ciudad para apoderarse de sus bienes hasta que sólo quedaron los Banu Koreidha, cuyos hombres masacró, cuyas mujeres y niños vendió como esclavos y cuyas posesiones se repartió con sus secuaces. En su biografía de Mahoma Muir nos cuenta con detalle esta carnicería que se prolongó por un día y buena parte de la noche y que dejó el mercado de la ciudad inundado con la sangre de setecientos u ochocientos judíos. El actual presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, que niega el holocausto de la Segunda Guerra Mundial, ¿también negará esta matanza de judíos a manos de su Profeta? En una entrevista para Der Spiegel, a la pregunta «¿Todavía sigue creyendo que el holocausto no es más que un mito?», este lameculos de ayatola contestó: «Sólo acepto algo como verdad si estoy convencido de ello». Lo cual es una prueba irrefutable de dos cosas: una, la existencia de Alá; y dos, que Ahmadinejad vio las películas mexicanas de Cantinflas. El sanguinario y lujurioso Profeta dejó el horrendo espectáculo de la carnicería de los últimos judíos de Medina para irse a gozar de la judía Riahan, cuyo marido y todos sus parientes hombres acababan de ser asesinados «en nombre de Alá el clemente y misericordioso», como dicen al comienzo todos los suras del Corán. Y a propósito, los versículos 26 y 27 del sura 33 le fueron dictados en esa ocasión a Mahoma. Dicen: «Alá ha hecho salir de sus fuertes a los judíos sembrando el terror en sus corazones. Habéis matado entonces a muchos de ellos y a los otros los habéis reducido al cautiverio. Así Alá el omnipotente os ha hecho herederos de sus casas y riquezas y de un país que no habíais hollado hasta entonces con vuestros pies». Pues sí, muy bien dicho, «herederos», habida cuenta de que los acababan de matar. Es condición sine qua non para heredar el que haya un muerto.

Pero volvamos a Benedicto. ¿Cuántos años le quedarán de vida y gozo a este anciano? ¿Cinco? ¿Diez? Cinco o diez que se pasará pidiéndoles perdón a los mahometanos por la verdad que les dijo y por las muchas que calló pero que le leyeron en su mente transparente. Los mahometanos saben muy bien lo malos que son. ¡Pero ay del que lo diga o lo piense! No perdonan. Yo porque soy un irresponsable y estos libros míos circulan poco. Además «por la verdad murió Cristo», como dicen mis paisanos colombianos, muy buenos para ir a misa y robar, para rezar y matar. ¡Más peligrosos que turco con cimitarra y más ladrones que el ladrón de Bagdad!

Occidente de todos modos caerá, con sus ilusos sueños libertarios. O lo vuelve la Puta al medioevo, o lo vuelve el Islam. Con la vagina atómica de esta horda alucinada no compite nadie. ¡Ni poniendo el papa a parir a sus monjas! Demos esta empresa por perdida y en tanto nos hacen papilla sigamos regurgitando el pasado por ociosidad, pues aunque dicen que la Historia es magistra vitae de ella nunca habremos de aprender nada. Antes de Mahoma en la península arábiga reinaban la desunión y la discordia y los árabes se mataban unos con otros: él los puso de acuerdo uniéndolos contra el resto de la humanidad. Haciendo un balance de la vida de este gran bellaco sus apologistas occidentales (alcahuetas que nunca faltan para justificar en nombre de los tiempos y de las costumbres todos los crímenes) lo consideran un político astuto, un gran legislador, un soberbio diplomático y un brillante estadista. Lo que quieran, pero ante todo es un asesino que dejó una herencia de sangre. ¡Qué más da poner a la gente a rezar cinco veces al día mirando hacia La Meca! También los habría podido poner a rezar diez veces mirando hacia Mindanao y Palauán, por donde anduvo Sandokán, el tigre de la Malasia. En fin, el gran invento de ese bellaco fue la guerra santa o jihad, cuyo fruto inmediato fue evitar que los árabes se siguieran matando unos con otros al encauzar las energías asesinas de esta raza zángana contra el resto de la humanidad, nosotros, los perros infieles que echamos azadón de sol a sol. No bien murió el brillante estadista y estallaron entre los suyos las luchas por la sucesión, con el resultado de que el segundo, el tercero y el cuarto califa (Umar, Utmán y Alí) murieron asesinados, como papas. Como nuestro Albino Luciani, vaya, a quien entre los del Banco Vaticano y la Curia se lo despacharon a la gloria de Dios con una sobredosis de un hipertensor: le pusieron el corazón a trepidar como locomotora de carbón, de ésas que iban diciendo en mi niñez, in illo tempore, «U-uuu-uuuuuu…», meneando vagones como putas las nalgas mientras soltaban ráfagas de humo por el paisaje virgen de smog. Hoy en la llamada Arabia Saudí los sucesores del Profeta son unos reyezuelos zánganos, tiránicos, polígamos, que con tecnología occidental usufructúan el petróleo que no produjeron, pues éste es obra de la descomposición de plantas y animales en las profundidades de la tierra durante doscientos millones de años. Su secta es la wahabí, que se cuenta entre las más cerriles del Islam. Uno de estos reyezuelos sauditas wahabitas, Faisal, fue asesinado en marzo de 1975 por un sobrino. ¡Qué alegría la que me dio! Tanta como los mil cuatrocientos peregrinos musulmanes que murieron en julio de 1990 durante su peregrinación a La Meca tras el pánico «sembrado en sus corazones» por Alá «el clemente y misericordioso» que los puso a correr en estampida. E igual cuatro años después, pero menos: sólo doscientos setenta. Como los gusanos brotan de los huevos de las moscas puestos sobre la carne en putrefacción, así del wahabismo Saudita nos viene la bendición de Osama bin Laden. ¡Alá es grande y Mahoma su profeta! También el Dios de los cristianos es muy bueno para matar fieles en sus iglesias cuando le da por temblar. Lo peor que puede hacer un cristiano cuando tiembla es meterse a una iglesia a rezar. ¿Tiembla? ¡Corra! A la catedral de Manizales, Colombia, el Padre de Jesús, Yavé, le tumbó en un temblor las dos torres y mandó al cielo a varias beatas y parroquianos rezanderos.

Pero volvamos a la Puta, a su Cristo inventado cuyo idioma, según el consenso actual del rebaño, fue el arameo. Sin embargo todavía en 1648 el jesuíta Inchofer sostenía que lo que Jesús habló fue latín y que no pudo usar otro idioma de la tierra pues el latín es la lengua que hablan los santos en el cielo. Por esos años el protestante Vossius sostenía que lo que habló Jesús fue griego, tal vez por razones apologéticas pues así nadie podía decir que los sermones y las palabras de Jesús se falsearon al ser traducidas del idioma en que hubiera hablado al griego, en que están escritos los evangelios. Vale decir que si Cristo murió en el año 33, mil seiscientos largos años después todavía la cristiandad no sabía en qué idioma había hablado. La carta de Jesús a Abgarus toparca de Edesa que aquí he transcrito tomándola de la Historia eclesiástica (1,13) de Eusebio ¿nos lo podría aclarar? Sostiene Eusebio que la ha encontrado en los archivos de Edesa y que la ha traducido al griego «palabra por palabra del siriaco». ¿Eso que Eusebio llama «siriaco» era la lengua de Jesús? ¿O es que Jesús hablaba varias lenguas y era políglota como papa? En esa misma Historia eclesiástica (3,39) Eusebio cita a Papías, quien hablando de los dichos de Jesús dice que Μαθθαιος μεν ουν Εβραιδι διαλεκτω τα λογια συνεταξατο (Mateo recopiló los dichos en dialecto hebreo). ¿En qué quedamos? ¿Cristo habló en hebreo o en siriaco? Hoy los eruditos leen «arameo» donde Eusebio escribió «siriaco» y donde Papías escribió «dialecto hebreo».

La primera vez que se alude a la lengua aramea es en la Biblia, en 2 Reyes 18:26: «Eliaquim, Sebná y Joás le respondieron al copero mayor: ‘Por favor, hablanos en arameo, que entendemos, pero no nos hables en judío delante de toda esa gente que está arriba en las murallas’». Lo que pasa es que donde el texto hebreo decía «aramit» la Septuaginta tradujo al griego συριστι y la Vulgata de San Jerónimo tradujo al latín syriace (o sea «siriaco» en ambos casos); y hoy lo traduciríamos como «arameo». Y donde el texto hebreo decía «yeudit», la Septuaginta Ιουδαιστι y la Vulgata tradujo iudaice (o sea «judío» en ambos casos); y hoy lo traduciríamos como «hebreo». Hoy se cree que los dos libros de los Reyes se empezaron a escribir por el 622 antes de nuestra era (en tiempos del rey Josías) y se terminaron después del exilio de los judíos en Babilonia (año 587 antes de nuestra era). Asimismo se cree que en el exilio los judíos empezaron a hablar arameo y dejaron de hablar hebreo, que se convirtió entonces en una lengua muerta. En el libro de Esdras (4:7), que abarca desde el decreto de Ciro en favor de los judíos dado en el 538 antes de nuestra era hasta la reforma de Esdras en el 456 antes de nuestra era, se dice que Bislan y otros le escribieron al rey persa Artajerjes en aramit, lengua en que en este mismo libro se transcriben varias cartas intercaladas en el texto hebreo. Pues bien, la Septuaginta de nuevo traduce ese aramit como συριστι y la Vulgata syriace (o sea «siriaco» en ambos casos). En fin, el Libro de Daniel, que fue escrito hacia el 167 antes de nuestra era, tiene unos capítulos en hebreo y otros en arameo, palabra que está en 1:4 y que la Septuaginta traduce como γλωσαν χαλδαιων y la Vulgata como linguam chaldeorum (o sea «lengua caldea» en ambos casos). Ya en el primer siglo e nuestra era Josefo nos informa que actuando como enviado de Tito le habló al pueblo de Jerusalén en su lengua y la palabra que usa es εβραιων (en hebreo). Lo que no nos dice es qué entiende por «hebreo»: si el hablado en su momento, que hoy creemos que era el arameo, o el hebreo propiamente tal y que es la lengua escrita de la Biblia hebrea. Y un siglo después de Josefo los Hechos de los Apóstoles (22:2) nos dicen que Pablo les habla a los mismos habitantes de Jerusalén en εβραιδι διαλεκτω (en dialecto hebreo). Para Josefo y los autores de los Hechos «hebreo» significa «judío».

Para resumir, el «siriaco» y «caldeo» de las traducciones al griego y al latín de los tres libros de la Biblia hebrea que acabo de citar (2 Reyes, Esdras y Daniel), el «siriaco» de Eusebio, el «dialecto hebreo» de Papías y de los Hechos de los Apóstoles, y el «hebreo» de Josefo son una sola y la misma lengua, el arameo, que sus hablantes llamaban lishana aramaya (lengua aramea), que del 700 al 320 antes de Cristo fue la lingua franca de los imperios asirio, babilonio y persa y que tras la conquista de Alejandro Magno se siguió hablando en Siria, Mesopotamia y Palestina hasta el 650 de nuestra era, cuando fue reemplazado por el árabe. Hoy en día, bien sea que se le llame arameo o siriaco, lo siguen hablando grupos dispersos en Israel, Líbano, Siria, Turquía, Irak, Irán, Armenia y Georgia, y es la lengua de la liturgia en la Iglesia del Este, la Iglesia católica caldea, la Iglesia siria ortodoxa, la Iglesia siria católica, la Iglesia melequita de Calcedonia y la Iglesia maronita católica. Es más, el siriaco en que se pretende que fue escrito el Diatessaron de Taciano (la famosa refundición de los cuatro evangelios canónicos en uno hecha en Siria hacia el 172) es arameo. Y asimismo es arameo la pretendida traducción de la Biblia hebrea al siriaco del siglo II llamada peshitta, la segunda en antigüedad después de la Septuaginta al griego. También están en arameo ochenta de los rollos del Mar Muerto, descubiertos en 1947 y que datan de entre el año 200 antes de Cristo y el 70 después. También, en fin, están escritos en su mayor parte en arameo los dos Talmudes, el de Jerusalén y el de Babilonia (empezados ambos en el siglo III).

Es evidente que una lengua de la que tenemos inscripciones de hace tres mil años y que se habló en una extensión geográfica tan grande como la que constituyen el Asia Menor y el Oriente Medio tuvo que tener dialectos y que sus formas actuales han de diferir mucho de las antiguas. Pero sigue siendo una misma lengua, así como las Glosas silenses del monasterio de Santo Domingo de Silos y las Glosas emilianenses del monasterio de San Millán de la Cogolla, ambas del siglo X, son español. Pero el problema que nos tenemos que plantear en este punto, tratando del idioma que habló el pretendido Cristo, es: ¿en qué relación están el arameo y el hebreo? ¿El hebreo es un dialecto del arameo? ¿O es al revés? ¿O es que el arameo y el hebreo son dos formas de una misma lengua tal como lo son el español de España y el español de América, o el inglés de Inglaterra y el de los Estados Unidos? ¿O acaso el arameo y el hebreo son dos idiomas distintos pero cercanos, como es el caso del español y el portugués? Y más concretamente, precisando mi pregunta en el tiempo: ¿en qué relación están el hebreo y el arameo en el siglo I de nuestra era? ¿En el siglo I de nuestra era el arameo no podría ser la forma coloquial o hablada, y el hebreo la forma escrita o literaria, de una sola y la misma lengua? Puesto que la grabadora de Edison es de hace poco, creo que no tenemos los elementos para contestar estas preguntas. Ni los teníamos en 1813 cuando Wilhelm Gesenius fundó con su Gramática hebrea y su Diccionario de hebreo y caldeo (léase arameo) la lingüística semítica como contraparte de la lingüística indoeuropea que nacía por entonces con Rasmus Rask, Jacob Grimm y Wilheim von Humboldt; ni los teníamos en 1884 cuando Emil Friedrich Kautzsch publicó su Gramática del arameo bíblico (una ampliación de la de Gesenius) o en 1894 cuando Gustaf Dalman publicó su Gramática del arameo judío-palestino y se empezó a imponer el nombre de arameo para la lengua de que venimos tratando; ni lo tenemos hoy día, a más de medio siglo del descubrimiento de los rollos del Mar Muerto.

Los evangelios, que están escritos en griego, traen unas cuantas palabras en hebreo o en arameo (en especial nombres propios o de lugar) pero sin que podamos asignarlas con seguridad a uno u otro idioma. Por ejemplo, dice el Evangelio de Juan (19:16,17): «Tomaron pues a Jesús quien cargando la cruz salió hacia el llamado Lugar de la Calavera (λεγομενσν Κρανιου Τοπον), llamado en hebreo Gólgota (ο λεγετατι εβραιστι Γολγοθα), donde lo crucificaron». Pero Gólgota (Gulgaltá) lo consideran los lingüistas arameo. ¿Donde Juan dice «hebreo» no podríamos traducir «arameo»? Además de los nombres propios geográficos o de personas hay otras palabras arameas (que a lo mejor son hebreas) intercaladas en el griego de los evangelios y transliteradas, como abba (padre) y rabboni (maestro o rabí). Y además de las palabras sueltas hay una frase, una sola, en arameo, que pronuncia Cristo en la cruz a la hora nona a punto de morir: «Elí, Elí, lemá sabacthaní», y que el evangelista traduce como «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mateo 27:46 y Marcos 15:34). ¡Por fin! ¡Por fin una frase de Nuestro Redentor en su propio idioma, el arameo! Pero ay, la frase no es suya. Es el comienzo del Salmo 22, que según los remilgados en la versión canónica hebrea sería algo así como Elí, Elí, lamá zabtaní. No hay forma de agarrar a Cristo. Está más perdido que el hijo de Lindbergh.

Ya he citado el importantísimo pasaje de Mateo 5:17-19 en que Cristo afirma que no ha venido a abolir la Ley ni los Profetas y en que dice: «En verdad os digo que mientras duren el cielo y la tierra no pasará una iota (ιωτα) o un trazo (κεραια) de una letra de la Ley hasta que todo se cumpla». Y es que la iota minúscula es la letra más pequeña del alfabeto griego. ¡Sólo que las minúsculas en griego no se usaron hasta el siglo IX! Todos los manuscritos griegos de los evangelios anteriores al siglo IX están en letras mayúsculas, pero resulta que la iota mayúscula tiene el mismo tamaño que cualquiera de las otras veintitrés letras mayúsculas del alfabeto griego. ¿Cómo resolver este misterio? Hoy se piensa que Mateo usó la palabra griega iota (ΙΩΤΑ en mayúsculas), que designaba esta letra del alfabeto griego, para significar la yod, la letra más pequeña del alfabeto hebreo y arameo, y en tal caso la palabra κεραια sería un ganchito de las letras de dicho alfabeto. Sí, eso se piensa pero no es una certeza sino una conjetura. Como todo en la Biblia, manuscrito por manuscrito, palabra por palabra, letra por letra, todo son suposiciones, hipótesis. Traducir por lo demás, en mayor o en menor medida, siempre es conjeturar. Para colmo el alfabeto hebreo y arameo, como todos los semíticos, no tenía vocales. De las cerca de seis mil palabras del hebreo del Antiguo Testamento, derivadas de unas quinientas raíces, sólo se escribían las consonantes. Es como si en español nos encontráramos escrito «lbr», y tuviéramos que decidir entre «libro», «libre», «libra», «librar», «liebre», «albor», «albur», «albura», etc. (o más exactamente «rbl» pues las lenguas semíticas se escribían de derecha a izquierda). El contexto más o menos dirá qué debemos entender con «lbr», pero siempre estaremos conjeturando, adivinando. En el hebreo y demás lenguas semideas, que fueron las que inventaron el alfabeto, la situación en un principio no era tan grave como la estoy pintando pues en ellas las vocales tienen otro peso, pero con el correr del tiempo la lectura de los textos antiguos terminó convirtiéndose también en el ejercicio de la adivinanza.

Aquí estoy sosteniendo dos cosas: que Cristo no existió y que Dios no existe. El que pretenda lo contrario lo tiene que probar, la carga de la prueba le corresponde al que afirma. Yo puedo afirmar que existe una montaña de diamante en Marte. Ya usted no le toca probar que no: es a mí al que me toca probar que existe. En Colombia en mis tiempos teníamos una clase de apologética cuyo fin era enseñarnos a defender la religión católica hasta de misiá Pelotas: de los ateos, los judíos, los mahometanos, los protestantes, los comunistas… Nos la daba un curita. Todavía recuerdo sus argumentos de la existencia de Dios: el de la causa de las causas, el del primer motor inmóvil, el del ser necesario, el argumento analógico, el teleológico… Y marihuanada y media tomada del engendro máximo que mente humana pueda concebir: el gordo Tomás de Aquino, nacido de un huevo puesto por una mosca sobre carne putrefacta. Hoy me dedico a la antiapologética. A hacerles ver a los ciegos. A explicarles, por ejemplo, que el argumento de la causa de las causas se contradice a sí mismo: su conclusión de que Dios no tiene una causa contradice su premisa de que todo la tiene. Si la premisa es verdadera, entonces Dios tiene que tener causa. Si la conclusión es verdadera, entonces la premisa es falsa pues no todo tiene causa ya que Dios no la tiene. Aunque no me corresponde probar la inexistencia de Dios sí puedo hacerlo. No puede existir un Ser tan dañino que pudiendo en su omnipotencia hacer el bien haga la chambonada de este mundo con todos sus horrores: terremotos, maremotos, hambrunas, sequías, el hambre, la sed, el dolor, la angustia, la vejez, la enfermedad, la muerte, los animales comiéndose unos a otros… ¡Y qué tiene que estar mandando Dios a su Hijo único a que lo crucifiquen para expiar por el pecado de Adán y Eva como si lo hubiera cometido todo el género humano como pretende Pablo! ¿Por qué tenemos que pagar justos por pecadores? Y si Dios quería que Adán y Eva no pecaran, no ha debido inculcarles la tendencia al pecado. ¡O qué! ¿No fue pues El el que los hizo, el sexto día de la creación, sacando a Adán del barro y a Eva de una costilla de Adán? Pero no sólo Dios es un ser inmoral: además es estúpido. ¡A quién se le ocurre confiar su palabra a lenguas humanas, inciertas, ambiguas, cambiantes, pasajeras! Hoy ni el más erudito de los eruditos puede determinar, tras pasarse la vida estudiando hebreo, arameo y griego y comparando manuscritos, cuáles fueron las revelaciones de Dios a los escritores sagrados. La palabra es voluble y deleznable, se la lleva el viento o la borra el tiempo.

Con que Cristo habló arameo… ¡Cuál Cristo, cuál arameo! Cristo no existió y ésta es la hora en que no sabemos a ciencia cierta qué entendemos por arameo. Y no les voy a decir que la materia no tiene por qué haber sido creada y que forzosamente debe existir y ser eterna porque «materia» es una palabra engañosa: parece ciencia pero no, es metafísica como la de Aristóteles y la de Tomás de Aquino, humo de marihuana. Con que Dios es el creador de la materia… ¡Cuál Dios, cuál materia! Cuando Napoleón le preguntó al astrónomo Laplace por qué no mencionaba a Dios en sus escritos aquél le contestó: «Señoría, yo no necesito de esa hipótesis». Lástima que Laplace, con todo y su inmenso Traité de mécanique céleste en cinco gruesos volúmenes llenos de formulitas y formulotas, tampoco haya logrado explicar nada. Decía que el estado actual del universo es el resultado de su estado anterior y la causa del que sigue, y que en consecuencia si pudiéramos conocer el presente de todo el universo conoceríamos todo su pasado y todo su futuro. Lo cual es una solemne tontería. ¡Cómo vamos a conocer el presente de un universo ilimitado, si el conocimiento de algo complejo es sucesivo y no simultáneo! Para conocer un presente ilimitado en el espacio necesitaríamos toda la eternidad del tiempo, no un simple nanosegundo, que es lo que es el presente. ¡Frasecitas a mí, Peñaranda! Mejor ponte a trabajar, a ganarte el pan con el sudor de tu frente. Ah, el marqués de Laplace, a quien llamaban «conde», fue Ministro del Interior de Napoleón. Duró seis semanas. De una patada en el non plus ultra el emperador lo despidió.

—Dios no es material.

—Tampoco lo que no existe.

—Dios no tiene límites.

—Tampoco lo que no existe.

—Dios no es visible.

—Tampoco lo que no existe.

—Dios no cambia.

—Tampoco lo que no existe.

—Dios no es describible.

—Tampoco lo que no existe.

—Dios no es finito.

—Tampoco lo que no existe.

—Dios no es temporal.

—Tampoco lo que no existe.

—Dios es malo.

—Ah, eso sí, compadre. ¡Malísimo! Mas malo que un hijo de Wojtyla engendrado en la concha de la madre Teresa.

Antes del siglo VI la Puta no necesitó de teólogos pues Dios sólo se conocía paulinamente, a través de la fe. Como lo dice el Credo de Nicea: «Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, y en Jesucristo su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilatos, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos», etc. Adoptado en el Primer Concilio de Nicea en el 325, éste es el Credo que aprendemos de niños en el catecismo y que en esencia (con el Filioqueo sin él) vale por igual en las Iglesias católica, ortodoxa, anglicana y protestante. De los doce artículos que forman dicho Credo sólo el primero, «Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra», podría ser objeto de la razón además de serlo de la fe, que, como bien nos dice el catecismo, «es una virtud sobrenatural por la cual creemos firmemente todas las verdades que Dios ha revelado y nos enseña por su Iglesia».

—¿Cuál Iglesia, compadre?

—¡Pues la Puta de que aquí tratamos, carajo! Usted sí es como retardado mental…

—Ah, pero para creer firmemente en todas las verdades que Dios ha revelado y nos enseña por su Iglesia primero hay que creer en Dios y en su Iglesia.

—Exacto, compadre. Usted sí es muy inteligente. Se va a escapar del infierno.

—¿Yeso qué es?

—Es el lugar en donde los reprobos son condenados a padecer eternamente con los demonios.

—¿Y ahí que le hacen a uno?

—Las penas esenciales para los reprobos son dos: una, la privación eterna de la vista de Dios o pena de daño; y dos, el tormento del fuego o pena de sentido.

—A mí la primera me importa un comino. La segunda es la que me aterra. ¿Y quiénes van al infierno, aparte de los reprobos?

—Al infierno van todos los que mueren en pecado mortal aunque no sean culpables más que de uno solo. Así que, compadre, deje ese ayuntamiento permanente en que vive con hombres y animales.

—¡Si pudiera!

—Intente o no se salva.

—Yo sí me salvo porque creo en Dios, aunque poquito.

—Nada de poquito. O todo o nada. O cree o no cree. Y si no cree es ateo. ¿Y sabe cuáles son las funestas consecuencias del ateísmo? Uno, degrada al hombre y le quita el consuelo de las miserias de la vida. Dos, destruye la moral despojándola de toda autoridad y sanción eficaz. Y tres, es una causa de desórdenes y de ruina social.

—¡Ay qué miedo, Dios libre y guarde!

«Hasta donde puedas, agrega la razón a la fe» dice la última frase de un tratadito sobre la Santísima Trinidad que escribió Boecio a principios del siglo VI. Y aquí es cuando entran los teólogos a aguar la fiesta de la fe. En esa frase aparentemente inocua está la semilla del máximo engendro de la Edad Media, la escolástica, una filosofía pantanosa de sutilezas estériles, escrita en mal latín y puesta al servicio del oscurantismo teísta de los papas, que habría de germinar entre los siglos XI y XIII en las obras de Pedro Abelardo, Pedro Lombardo, San Anselmo, San Buenaventura, San Alberto Magno, Santo Tomás Aquino y Duns Escoto, y que tan despreciada habría de ser a partir del Renacimiento y hasta fines del siglo XIX. cuando al condenado de León XIII le dio por revivirla con su encíclica Aeterni Patris. Boecio, famosísimo en la Edad Media por su Consolación por la filosofía, fue comentador y traductor al latín de Aristóteles, quien no supo nada de fe pero a quien se le ocurrió la perniciosa idea de que se puede probar la existencia de Dios por la razón. Y no. La razón, la tan cacareada Diosa Razón del Siglo de las Luces, para eso no sirve, no está hecha para empantanarse en grandilocuencias ociosas. Dios es la vuelta del bobo, una explicación superflua. ¿Dios, que es eterno, creó el universo? ¿Y quién dijo que al universo tenían que crearlo? ¿No ha podido estar desde siempre ahí? Ahí estaba cuando yo nací, y ahí estará cuando me muera. Al que no le cuesta trabajo decir que Dios es eterno tampoco le tiene por qué costar decir que el eterno es el universo

En fin, en los mismos siglos en que los escolásticos cristianos de Occidente adoptaban el racionalismo que Aristóteles había puesto al servicio de la idea de Dios y se lo sumaban a los dogmas religiosos de la fe, lo mismo hacían Averroes en el Islam y Maimónides en el judaismo. Sólo que ni Averroes ni Maimónides cambiaron en lo más mínimo el curso de sus religiones, que no necesitaban de la razón pues la fe les bastaba. No hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor zángano que el que no quiere pensar. Ni el mahometismo ni el judaismo han necesitado nunca de teólogos. Para ellos Alá y Yavé son axiomas, como para mí lo es el universo: ahí está y no hay nada que discutir. E igual piensan la Puta ortodoxa, que se escapó de la escolástica, y la protestante, que habría de surgir con Lutero, enemigo de teólogos y mula terca con tapaojos. A la razón la llamaba «la novia del diablo», «una bella ramera» y «el peor enemigo de Dios». «No hay mayor peligro —escribía— que la razón, especialmente si se ocupa de los asuntos del alma y de Dios, pues es más fácil enseñarle a un asno a leer que acallarla y enderezarla». Y esto otro: «La fe debe pisotear la razón y el entendimiento y taparles lo que ven para que no pretendan conocer nada distinto de la palabra de Dios».

La Puta católica, apostólica, romana y escolástica pretende pues demostrar por la razón la existencia de Dios. En cuanto a la Santísima Trinidad, la divinidad de Jesús, su resurrección y demás dogmas cristianos esenciales está en el mismo caso de las demás Putas seguidoras de Cristo, sólo cuentan con la fe, que a su vez depende de la autoridad, que pretende ser dueña de la tradición, que pretende conservar la revelación. Un tal dice que es profeta y que Dios le hizo tal revelación; la tradición empieza a repetir el cuento de la revelación al profeta; para legitimarse la Puta se adueña de la tradición y empieza a mandar, a quitar y poner reyes, a vender indulgencias, a exigir diezmos, a pedir limosnas, a quemar herejes y a santificar simplones; y finalmente la Puta pretende que tengamos fe en ella y creamos que ella es la dueña de la tradición que preserva la revelación que nos hizo Dios a través de su profeta. Como ven, la fe es el último eslabón de una cadena de argucias y engaños. Revelación, autoridad, tradición y fe son conceptos interdependientes ya que la revelación se debe aceptar por la autoridad, la autoridad por la tradición y la tradición por la fe. En sana lógica es imposible reconciliar razón y fe pues ésta lleva incorporada en sí la negación de aquélla. Si uno cree con los ojos cerrados y a piejuntillas, ¿para qué se tiene que poner a demostrar algo? La fe es rabiosamente antirracionalista. Ahora bien, uno puede llegar por la razón a la conclusión de que Dios existe sin tener que creer el rosario de dogmas de la Puta: que Jesucristo es el Hijo de Dios y que bajo Poncio Pilatos fue crucificado, muerto y sepultado y al tercer día resucitó de entre los muertos, etcétera, etcétera. Que es ni más ni menos (y me lo creerá el lector) lo que me pasa a mí, que no tengo fe en nada: ni en la virginidad de la Virgen, ni en la existencia de Cristo, ni en la resurrección, ni en la transubstanciación, ni en la anunciación, ni en la ascensión, ni en la transfiguración… Y sin embargo creo en Dios. ¡Claro que Dios existe! Es un viejo malo y feo, vengativo y rabioso, muy proclive a la maldad y con las tripas podridas de rencores.

La oposición en Occidente al poder temporal de la Puta y a su corrupción empieza a fines del siglo XI con el surgimiento de los cataros (del griego «puros») en los Países Bajos y en el norte de Francia. Perseguidos y expulsados de ambos lados, los predicadores cátaros se trasladaron entonces a las provincias del Languedoc en el mediodía francés, donde lograron una cálida aceptación. Por la ciudad de Aibi, que se convirtió en el baluarte de su movimiento, se les conoció en adelante como los albigenses. Son éstos los de la sangrienta cruzada que desató contra ellos Inocencio III en 1209 y de la que ya hemos tratado. El rechazo de los cátaros o albigenses a las riquezas materiales y a los placeres del mundo, su abstención del sexo y de todo consumo de carne contrastaba ante los ojos de los humildes con el avorazamiento lujurioso y carnívoro de la clerigalla al servicio de la Puta, que se enriquecían más y más cobrando diezmos y primicias.

En junio de 1155, vale decir medio siglo antes del baño de sangre de la Cruzada antialbigense, y en la pequeña ciudad de Monterotondo de los Estados Papales italianos fue ahorcado Arnaldo de Brescia por denunciar lo mismo que los albigenses, la riqueza y la corrupción de los clérigos, y por oponerse como ellos al poder temporal del papado. Su cadáver lo quemaron y las cenizas las arrojaron al Tíber. Austero y de vida ascética Arnaldo de Brescia fue condenado primero en Italia como cismático por Inocencio II; luego en Francia, adonde huyó, el Concilio de Sens lo condenó como hereje a instigación del siniestro San Bernardo de Claraval; de vuelta a Italia fue excomulgado por Eugenio III, a quien llamaba «el sanguinario» y que fuera el artífice de la segunda cruzada predicada justamente por el rabioso santo; y finalmente Adriano IV (el primero en hacerse llamar Vicario de Cristo) lo hizo condenar por herejía y ejecutar. Tras la muerte de Arnaldo de Brescia a sus partidarios que insistieron en seguir denunciando la incompatibilidad entre el poder espiritual y las posesiones materiales de la Puta los condenó el Sínodo de Verona en 1184. En ese mismo sínodo y ese mismo año el papa Lucio III excomulgó a Pedro Valdo, el del movimiento de los pobres de Lyon o valdenses que había fundado en esta ciudad francesa, y promulgó contra ellos la bula Ad abolendam.

Hacia 1176, anticipándose en treinta años a Francisco de Asís, el rico comerciante Pedro Valdo renunció a sus bienes e hizo el primer voto de pobreza del segundo milenio, que habría de trastornarle en adelante la cabeza a la Puta más que cualquier atentado contra el dogma. Y es que las herejías doctrinales van y vienen, pero tocarle el bolsillo a la Ramera de Babilonia es crimen de leso papado. No hay nada que la saque más de quicio que recordarle que Cristo fue pobre. Del voto de pobreza los valdenses pasaron a predicar la Biblia en provenzal y no en latín; a reducir los siete sacramentos a sólo el bautizo y la comunión; y a rechazar la idea del purgatorio, las oraciones por los muertos y el culto a los santos, anticipándose con todo ello en tres siglos a la Reforma protestante. El movimiento de los valdenses se propagó como un incendio por España, el norte de Francia, Flandes, Alemania, el sur de Italia y llegó hasta Hungría y Polonia. La Puta los excomulgó; y no bien acabó con los albigenses y tuvo las manos libres para seguir con ellos, de la excomunión pasó a la persecución activa y a las ejecuciones. Todavía en 1487 Inocencio VIII andaba organizando una cruzada contra los valdenses del Delfinado y Saboya.

Siguiendo los pasos de Valdo y tomando al pie de la letra el Evangelio de Mateo donde dice «No llevéis oro, ni plata, ni monedas en el cinturón, ni provisiones para el camino, ni una túnica de más, ni sandalias, ni bastón» (10:9,10), a los 20 años y después de vivir desde su niñez una vida disoluta, Francisco de Asís renunció a los bienes materiales de su rica familia para acabar fundando luego, en 1209, la orden de los franciscanos basándola en el voto de pobreza y en una vuelta a lo que él creía que había sido el cristianismo primitivo. En su Cántico de las criaturas, que escribió en 1225, llama «hermanos» a los gorriones, los asnos, los lobos y otros animales, pero resulta que en su Cántico al hermano Sol, escrito poco antes, llama también «hermanos y hermanas» al sol, la luna, el viento, el agua y el fuego. Considerar hermanos nuestros a los animales habría sido toda una revolución en la limitada y mezquina religión de Cristo, que no tuvo una sola palabra de amor por ellos, si Francisco no hubiera extendido la hermandad a los seres inanimados, que no sienten, e incluso a las enfermedades y a la muerte. ¡Cómo va a ser la luna, un planeta inerte, nuestra hermana! Eso ya no es una nueva moral sino verborrea melosa de hippie marihuano. Una vaca en cambio sí es nuestra hermana y no tenemos derecho a acuchillarla en los mataderos para después comérnosla. El primer precepto de una religión basada en la compasión, una verdaderamente noble, debe ser: Todo el que tenga un sistema nervioso para sentir y sufrir es nuestro prójimo. Por lo tanto los animales, y en especial los mamíferos cuyo sistema nervioso es el más desarrollado en la escala zoológica, son nuestro prójimo y no sólo el hombre. Las piedras no son nuestros hermanas, las vacas sí. Francisco de Asís fue un hipócrita: por sus biógrafos contemporáneos sabemos que su amor por los gorriones y los bueyes no le impedía comérselos, y así en las reglas de su orden no estipuló la abstinencia de carne como no fuera durante el ayuno de las fiestas religiosas. Al llamado San Francisco de Asís vamos quitándole pues de una vez por todas lo de santo. El cristianismo no tiene salvación. Es una religión perversa sin atenuantes.

Tras la muerte de Francisco su orden se dividió en dos: los espirituales, que continuaron fieles a su voto de pobreza y que después se llamaron los fraticelli; y los conventuales, que en el mejor estilo de la Puta se dieron a acumular propiedades y riquezas con el pretexto de que las necesitaban para sobrevivir y poder seguir predicando, y a fundar conventos. Desde su concubinato con Constantino, a la Puta rapaz y opulenta no le hacía ninguna gracia que vinieran unos revoltosos a denunciar su poder y sus riquezas y a recordarle la pobreza de Cristo. Así que fueron los conventuales, y no los fraticelli, los que recibieron el favor papal. En 1279 Nicolás III (el papa que por su nepotismo y avaricia Dante manda al infierno en su Divina Comedia) proclamó que la orden franciscana podía poseer propiedades y riquezas, aunque eso sí, él seguía siendo el último dueño de todas ellas al final de cuentas. Para fines del siglo algunos fraticelli, como Fierre Olivi, retomaron la expresión de «la puta de Babilonia» de los albigenses para designar a la Iglesia y el calificativo de «Anticristo» para el papa. En 1317 Juan XXII declaró herejes a los fraticelli, al año siguiente quemó a cuatro de ellos en Marsella, y en los años sucesivos le entregó a la Inquisición a ciento catorce para que los quemara por andar insistiendo en la pobreza de Jesús y sus apóstoles. Ya aludimos al capítulo general de los franciscanos que se reunió en Perugia en 1322 y que declaró que Cristo y los apóstoles no habían poseído nada. Juan XXII denunció la declaración de Perugia como herejía y en dos constituciones, Ad conditorem canonum y Quum inter nonnullos, proclamó que el derecho a la propiedad era anterior incluso a la caída de Adán y Eva y que en el Nuevo Testamento Cristo y los apóstoles sí aparecían con bienes. Quum inter nonnullos empieza diciendo: «Como quiera que algunos hombres instruidos a menudo ponen en duda que nuestro Redentor y Señor Jesucristo y sus Apóstoles tuvieran algo, bien fuera individualmente o bien fuera como propiedad común, declaramos que afirmar pertinazmente lo anterior ha de considerarse he rético (Quum inter nonnullos viros scholasticos saepe contingat in dubium revocari, utrum pertinaciter affirmare, Redemptorem nostrum ac Dominum Iesum Christum eiusque Apostolos in speciali non habuisse aliqua, nec in communi etiam, haereticum sit censendum). Ya antes en la constitución Gloriosam Ecclesiam ese mismo Juan XXII tachaba a los fraticelli de «impíos», «insolentes que manan de la fuente envenenada de los valdenses», «hijos de la temeridad y la impiedad que con el ímpetu de su ciego furor chocan contra el glorioso primado de la Iglesia Romana», y los condenaba por predicar la pobreza. ¿Y Mateo 19:21 qué? «Jesús le respondió: ‘Si quieres ser perfecto, vende cuanto tienes y reparte el dinero entre los pobres y así tendrás un tesoro en los cielos’». ¡Qué ingenuidad! Más vale un denario en mano en el reino cierto de este mundo que un tesoro en el incierto del otro. Hasta ahora el cielo no ha resultado ser más que nubes vaporosas. Versículos después, en Mateo 19:24, concluye Cristo: «Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de los Cielos». Conclusión: hay que descanonizar a setenta y tres de los setenta y cinco papas que hasta el presente han sido ascendidos a los altares pues quitando a Pedro, que no existió, y a Pietro del Murrone o Celestino V, que fue un buen hombre como tantos otros y nada más, todos fueron ricos. En los infiernos han de estar ardiendo ahora todos estos ricachones asquerosos.

A los fraticelli vinieron a sumárseles los hermanos apostólicos de Gerardo Segarelli, un iletrado que los fundó en 1260 en Parma pretendiendo restaurar la vida apostólica. En ese año, según la predicción del místico Gioacchino da Fiore, que se oponía también al poder temporal y a la opulencia de la Puta, debía empezar la era del Espíritu Santo. Los apostólicos sostuvieron que los bienes materiales y el dinero corrompen el alma humana. Vivían de limosnas y ni siquiera poseían la ropa que llevaban puesta: en sus reuniones públicas se desnudaban por completo y amontonaban las prendas para después repartírselas al azar. ¿Preludio este desnudamiento de los cuerpos de una gran orgía de las almas? Dios sabrá. En un principio la Puta no les prestó atención. Luego vio la amenaza que constituía esa santidad mendicante que tan mal la hacía quedar delante del populacho, y en 1275 los prohibió en un concilio. Luego los volvió a prohibir en otros dos, de 1285 y 1290. En 1294 quemó vivos a cuatro apostólicos en Parma y en 1300, para empezar el nuevo siglo escarmentando a estos exhibicionistas de la pobreza, quemó a Segarelli. Hoy la Gran Ramera, que ha sido siempre tan misericordiosa y que en el curso de los siglos no ha quemado ni torturado a uno solo, pide que no ahorquen a Saddam Hussein por sus inenarrables crímenes.

En fin, bajo la conducción del sucesor de Segarelli, Fray Dolcino, los apostólicos se volvieron abiertamente anticlericales y heterodoxos. Fray Dolcino se dio a predicar que el Espíritu Santo pronto destruiría a la Puta por su codicia, y en 1304 guió un levantamiento campesino en los valles alpinos del Norte de Italia buscando quitarse de encima su control y el de sus cómplices de la clase dominante. Sostenía que la era del Antiguo Testamento fue presidida por el Padre pero terminó a causa de la corrupción del sacerdocio judío; que la era del Nuevo Testamento que siguió fue presidida por el Hijo y que en ella los cristianos eran pobres, hasta que surgió la jerarquía católica de curas, obispos y papas rapaces; y que venía ahora la era del Espíritu Santo profetizada por Gioacchino da Fiore, en que sería destruida la Puta en castigo por su codicia. No dejaba de tener cierto sentido del pendant Fray Dolcino con su triple división de la Historia. La Puta, que no entiende de música de esferas ni armonías cronológicas sino del tintineo de las monedas de oro, convocó entonces otra cruzada, al estilo de la que había acabado con los albigenses, y con un gran ejército en tres años aplastó el movimiento de los apostólicos. A Fray Dolcino lo ejecutó en 1307 junto con ciento cincuenta de sus seguidores después de torturarlos. Estos apostólicos de Fray Dolcino por lo demás no eran almas inocentes como los albigenses y en el curso de los enfrentamientos con la Puta quemaron pueblos enteros de los que simpatizaban con ella. Culpables por igual, católicos y apostólicos habían logrado establecer en los idílicos Alpes italianos un verdadero reino del terror en que los unos mataban a cuantos sospechaban de colaborar con los otros.

Exterminados los apostólicos la Puta pasó a quemar a los fraticelli y a las beguines de Beziers y de Narbona y a los fraticelli de Marsella. Las beguines, una secta de mujeres afín a los fraticelli, sostenían que Juan XXII y la Gran Ra mera estaban más allá de toda posible redención y habían tenido como máxima exponente a Marguerite Porete, la autora del más grande tratado místico escrito en viejo francés, el Miroir des simples âmes o Espejo de las almas simples. A esta pobre mártir de una causa perdida la quemó la Puta en 1310 en París por herejía. Y habiéndoles dado su buena paliza a las rebeldes órdenes mendicantes, la Puta pasó a quemar en 1327 al astrólogo italiano Cecco d’Ascoli porque había establecido el horóscopo de Cristo. ¡Pero a quién se le ocurre! El que no existe no puede tener horóscopo, eso es la negación de la astrología. Si a ésas vamos. Cecco d’Ascoli le habría podido levantar entonces también el horóscopo a Hércules y a Dioniso.

Por los años en que quemaban en Italia a Cecco d’Ascoli nacía en Inglaterra John Wyclif, el gran precursor de la Reforma protestante, si es que se puede llamar reforma a eso, habida cuenta que la Puta es irreformable: ha sido, es y será ineluctablemente mentirosa, ladrona, dañina, esclavista, tartufa, asesina y mala. O mejor dicho peor. Como los albigenses y los fraticelli que lo precedieron, Wyclif la emprendió contra ella. Para él el papa era un mamarracho pintarrajeado que albergaba en su interior la más abominable ruindad, un esbirro de Lucifer a quien había que arrebatarle todas sus posesiones y riquezas. Ya en el primero de los varios tratados que escribió, De dominio divino, de 1376, Wyclif ponía en entredicho la tesis del poder delegado de Dios a la Puta, el quid de la cuestión: la Puta no había recibido de Dios ningún derecho a mandar como pretendía y en consecuencia salía sobrando y junto con ella toda la tradición eclesiástica: las Sagradas Escrituras eran la única fuente de la fe y los cristianos debían guiarse sólo por ellas. Mandó traducir la Biblia al inglés, le pidió al rey que confiscara las propiedades del clero, asoció la pobreza a la santidad, consideró las indulgencias un atraco a los ingenuos y negó la transubstanciación o conversión del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo mediante el sacramento de la eucaristía. ¿De dónde había sacado la Puta semejante cuento? El Nuevo Testamento no dice nada al respecto. Con todo lo cual se anticipaba en siglo y medio a la Reforma protestante. Y como si lo anterior fuera poco, Wyclif rechazó la confesión, la confirmación, la extremaunción, la ordenación sacerdotal y hasta la oración pues dado que según él Dios fuerza a cada una de sus criaturas a sus actos (la agustiniana teoría de la predestinación de los protestantes), unos nacían predestinados para el cielo y otros para el infierno. ¡Para qué perder entonces el tiempo rezando! Le quedó por negar a Dios y a Cristo, con lo cual se habría convertido en precursor ya no digo de Lutero que bien muerto está, sino del que estas humildes líneas escribe.

Cinco bulas de Gregorio XI le valieron a Wyclif sus maravillosas tesis. ¡Qué envidia! A lo más que llegaré con esta Puta de Babilonia será a que cualquier obispo patirrajado del actual Benedicto me niegue el Nihil obstat. ¡Qué importa! Que se vaya sin su Nihil obstat la criatura. Total, un libro sin Nihil obstat es respecto al que lo tiene como un hijo natural respecto al legítimo: ambos nacen con dos manos y dos pies y unos órganos genitales en el centro de la compleja maquinaria trituradora desarrollados para servir a la propagación del pecado. Wyclif enseñó religión en Balliol College y dio conferencias en la Universidad de Oxford. Jan Hus, su inmediato sucesor, enseñó teología en la Universidad de Praga. Y Lutero, hijo de ambos, enseñó teología bíblica en la Universidad de Wittenberg. Conclusión: del mismo modo que la escolástica nació en las universidades así también la Reforma protestante. En ellas se gestó el nuevo monstruo que tanta sangre derramó y tantas hogueras encendió, si bien en última instancia resultó benéfico para la especie bípeda pues dividió a la Puta de Occidente en dos. ¡Yeso no es un pobre gallo cantando en la madrugada!

La tesis de Wyclif de que la pobreza está asociada con la santidad provocó en 1381 un levantamiento campesino contra sus protectores los príncipes que de inmediato lo abandonaron. Wyclif se vio obligado a retirarse a Lutterworth, varias de sus obras fueron condenadas por el Sínodo de Blackfriars, sus seguidores de Oxford capitularon, le prohibieron escribir, sufrió un embolia y luego otra que lo mató. Sus seguidores los lolardos consiguieron sin embargo en 1395 que el parlamento aprobara doce conclusiones inspiradas en las doctrinas de Wyclif condenando las oraciones por los muertos, las peregrinaciones, las ofrendas a los santos y el despilfarro de la pompa eclesiástica; afirmando que el celibato de los clérigos causa una lujuria antinatural y que los votos de castidad de las monjas llevan a los horrores del aborto y el asesinato de niños; tachando de necromancia la santificación del pan y el vino, los altares y los ornamentos religiosos; y declarando la confesión con el sacerdote inútil para la salvación. Pero la aprobación de las doce conclusiones habría de ser un triunfo pasajero. Al ascender al trono Enrique IV en 1399 desencadenó una ola de represión contra las herejías. En 1401 quemaron vivo a William Sawtrey, el primer mártir lolardo. Poco después se aprobó el primer estatuto inglés que establecía la quema de herejes en Inglaterra, forma compasiva e incruenta de matar que se había convertido en la especialidad de la Puta para salir de sus súbditos rebeldes. Y así en 1409, con ocasión del sínodo de Londres, quemaron a siete lolardos en la hoguera y a treinta y siete los colgaron. Muchos otros habrían de ser ahorcados y quemados por traición y herejía cuando se rebelaron contra la corona en 1414.

Pero más que en los lolardos ingleses hay que buscar la continuación de Wyclif en los husitas de Bohemia, los seguidores dejan Hus. Hus había nacido hacia 1370 en Husinec, en el sur de Bohemia, actual República Checa, y había estudiado en la Universidad de Praga, de la que fue nombrado rector en 1409. Para entonces los escritos de Wyclif ya habían llegado a Bohemia traídos por los estudiantes checos que habían estudiado en Oxford. La Puta era dueña de la mitad de las tierras de Bohemia, de las que sacaba enormes riquezas, y era grande el resentimiento tanto de los curas pobres como de los campesinos que estaban hartos de las prácticas simoníacas y las exacciones del alto clero. El arzobispo de Oraga, por ejemplo, se embolsaba la tercera parte de lo que le pagaban los campesinos en diezmos forzosos. En este ambiente empezó a predicar Hus las doctrinas de Wyclif. En 1408 lo excomulgó el arzobispo de Praga por sostener la primacía de las Sagradas Escrituras sin glosas, ni tradición, ni interpretación de los Padres de la Iglesia, y por rechazar la superioridad del papa. En 1412, habiendo muerto el arzobispo y habiéndose olvidado su excomunión, Hus desató una nueva disputa al denunciar la venta de indulgencias en Bohemia por parte de los agentes del antipapa Juan XXIII o Baldassare Cossa (del mismo alias que Angelo Roncalli, el papa de nuestros días), quien con la aprobación del rey Wenceslao, que llevaba parte en el negocio, buscaba financiar su campaña contra Gregorio XII. Hus denunció públicamente en la universidad «las indulgencias dudosas y falaces de un papa moderno», desatando en Praga el primer alzamiento contra los legados papales cuyos cofres fueron cubiertos de excrementos en tanto los estudiantes checos quemaban las bulas de indulgencias. Y esto ciento cinco años antes de que Lutero se rebelara contra la misma estafa y clavara en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg sus noventa y cinco incendiarias tesis. Juan XXIII excomulgó a Hus y puso en interdicto a Praga.

El cardenal Baldassare Cossa había sido una de las figuras decisivas del Concilio de Pisa que el 5 de junio de 1409 (para poner fin al Cisma de Aviñón que venía desde 1378 y se habría de prolongar hasta 1417 y durante el cual la Puta tuvo primero dos papas rivales y luego tres, cada uno con su Sacro Colegio de Cardenales y su propia burocracia) depuso al papa Gregorio XII y al antipapa Benedicto XIII y nombró en lugar de ambos al griego Petros Philargos, que tomó el nombre de Alejandro V. Al día siguiente Gregorio XII convocó su propio concilio en Cividale, cerca a Aquilea, y excomulgó a sus dos rivales. En su breve pontificado Alejandro V promulgó una bula que condenaba las doctrinas de Wyclif y excomulgó a Jan Hus, quien así acumuló tres excomuniones que lo honran; la del arzobispo de Praga, la de Alejandro V y la de Juan XXIII. El 3 de mayo de 1410 Alejandro V murió en Bolonia de forma misteriosa, se dice que envenenado justamente por el cardenal Cossa, quien lo sucedió entonces por elección del mismo Concilio de Pisa y tomó el nombre ya mencionado de Juan XXIII. En 1413 Juan XXIII convocó un Concilio en Roma que volvió a condenar las doctrinas de Wyclif y Hus. En mayo de 1415 el pirómano Concilio de Constanza a su vez depuso a Juan XXIII, emprendió negociaciones con Gregorio XII para que abdicara y declaró hereje a Benedicto XIII privándolo de todo derecho al papado. El 18 de octubre de 1417 murió Gregorio XII, de más de noventa años, y tres semanas después el Concilio de Constanza eligió papa a Martín V poniéndole fin al Cisma de Aviñón.

Como era de esperarse, tras la rebelión de Hus contra los recolectores de indulgencias el rey Wenceslao le retiró su apoyo y Juan XXIII lo excomulgó y emitió un interdicto sobre Praga por protegerlo. Hus se vio obligado a huir de Praga y a refugiarse en los castillos de sus amigos en el sur de Bohemia. En 1414, engañado por el emperador del Sacro Romano Imperio Segismundo de Luxemburgo, cayó en la trampa de aceptar el llamado del Concilio de Constanza a presentarse a defender sus opiniones: no bien llegó a la ciudad lo detuvieron, lo encarcelaron y durante meses lo juzgaron como partidario de las herejías de Wyclif. El concilio condenó treinta de sus tesis y el 6 de julio de 1415 lo quemaron vivo en la hoguera después de que le rasgaran la ropa y de que le pusieran una corona de papel con tres demonios pintados en ella y la leyenda «Le encomendamos tu alma al Diablo». ¡Ya que no adivinan qué dijo Hus en medio de las llamas! Dijo: «Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu». Eso es lo que se llama no escarmentar. Por decir lo mismo murió Cristo. El que esté en peligro de muerte no se encomiende al Señor, que no sirve; pruebe mejor con Satanás que es más leal con sus amigos. El principal discípulo de Hus, Girolamo de Praga, que había ido a Constanza a defenderlo, acabó corriendo su misma suerte: lo detuvieron y encarcelaron, lo juzgaron durante más de un año y finalmente lo quemaron vivo por hereje relapso el 26 de mayo de 1416. Tres años después estalló la sublevación de los husitas en Bohemia.

La frase más célebre de Hus, que habría de ser la divisa de todos los movimientos libertarios checos que vinieron luego, era «La verdad triunfa». ¿Pero cuál verdad, si cada quien tiene la suya? Tras la ejecución de Hus sus seguidores, que en su honor se llamaron «husitas», mataron a varios funcionarios pontificios lanzándolos por una ventana. Es lo que se conoce como «la primera defenestración de Praga» (la segunda, que desencadenó la Guerra de los Treinta Años, fue en 1618). En 1420 el papa Martín V convocó una cruzada contra los husitas del tipo de la cruzada antialbigense y en los siguientes catorce años papistas de toda Europa se volcaron sobre Bohemia a combatir a los herejes. Cinco derrotas les propinaron los husitas a los ejércitos papales hasta que finalmente la taimada Puta, que siempre gana con sus arterías, consiguió vencerlos dividiéndolos y enfrentándolos unos a otros. Bohemia terminó devastada, tal como antes lo había sido bajo Inocencio III la Occitania. Dos meses antes de quemar a Hus, el Concilio de Constanza condenó como heréticas las doctrinas de Wyclif y ordenó que su cadáver fuera exhumado y quemado. Sólo hasta 1428 se ejecutó esta disposición, con la circunstancia de que las cenizas fueron dispersadas en un río. Hay que estar poseído por el odio más vesánico para vengarse en los cadáveres. Así es la Puta, pero aquí sigue, impune cuanto reverenciada.

Cuarenta y cinco tesis de Wyclif y treinta de Hus fueron condenadas por el Concilio de Constanza. He aquí unas cuantas de las de Wyclif (o que le atribuía el concilio), que no se pueden pasar por alto porque en ellas está lo esencial de la Reforma que venía en camino: «En el Evangelio no se dice que Cristo instituyera la misa. Va contra la Sagrada Escritura que los religiosos tengan bienes. Los frailes tienen que procurarse el sustento por medio del trabajo y no por la mendicidad. Todos los de las órdenes mendicantes son herejes y hay que excomulgar a los que les den limosna. Son simoníacos los que se comprometen a rezar por los que les dan dinero. Enriquecer al clero va contra Cristo. Constantino se equivocó al enriquecer a la Iglesia y al papa Silvestre. El papa y todos sus clérigos son herejes por el hecho de poseer bienes, y asimismo lo son quienes se lo consienten y alcahuetean. El emperador y los señores feudales fueron seducidos por el Diablo para que le dieran a la Iglesia bienes temporales. La Iglesia de Roma es la sinagoga de Satanás y el papa no es ningún Vicario de Cristo ni de los Apóstoles. La elección del papa por los cardenales fue invento del Diablo. Para la salvación no es necesario creer que la Iglesia romana es superior a las otras. Es fatuo pensar que las indulgencias del papa y de los obispos sirven para algo». Y esta joya: «Todas las religiones sin distinción son inventos del Diablo». Dios bendiga a Wyclif por su lucidez y al Concilio de Constanza por la concisión con que nos ha expuesto sus tesis. Lo que le debo reprochar en cambio a ese Concilio es su cobardía ante los tiranos y su condena del tiranicidio: «El 6 de julio de 1415 el sagrado Concilio declaró y definió que la siguiente proposición ‘Cualquier tirano puede y debe ser muerto lícita y meritoriamente por cualquier vasallo o súbdito suyo’ es errónea ante la fe y las costumbres y la reprueba y condena como herética». ¡Claro, qué se podía esperar de unos clérigos arrodillados sino que alcahuetearan a los detentadores del poder, de quienes vivían y mamaban! Todo cubano que crea en Dios y en su santa Iglesia tiene el derecho consagrado por la ley natural, así le pese al alcahueta Wojtyla y demás lacayos del Altísimo, de matar a Castro.

Por los años en que Hus empezaba a predicar las doctrinas de Wyclifen Bohemia nacía en Roma Lorenzo Valla, el desenmascarador del fraude de la donación de Constantino y el primer demoledor del dogma de que las Sagradas Escrituras son la palabra de Dios. Lo de la donación de Constantino está en su Declamatio, de 1440, el tratado en que hace ver que el latín del autor anónimo de la donación no podía ser de los tiempos de Constantino sino posterior en varios siglos. Por esos años Valla trabajaba como secretario real e historiador de la corte de Alfonso V de Aragón, rey de Nápoles, quien enfrentado entonces al papa Eugenio IV encontraba muy conveniente minar las bases de las pretensiones pontificias al dominio de la península itálica. En cuanto al dogma de la inspiración divina de las Sagradas Escrituras, en su obra filológica In Novum Testamentum ex diversorum utriusque linguae codicum collatione adnotationes (Anotaciones al Nuevo Testamento a partir de la comparación de varios códices en ambas lenguas) Valla hacía ver las muchas diferencias presentes en tres manuscritos latinos y tres griegos que él comparaba, más las varias equivocaciones en la traducción del griego al latín de algunos pasajes del Nuevo Testamento esenciales para la fe, dando al traste con la patraña de que Dios es el inspirador de las Sagradas Escrituras. Pero hay más. Valla puso en duda que los apóstoles fueran los autores del Credo y la autenticidad de la carta de Cristo al rey Abgarus que cita Eusebio en su Historia eclesiástica. Valla despreciaba la metafísica, la escolástica, la jerga de los filósofos, la Vulgata de San Jerónimo, a Santo Tomás y a Aristóteles, criticaba los votos de pobreza, de castidad y de obediencia, le enmendaba la plana al historiador Tito Livio y sostenía que Quintiliano era mejor prosista que Cicerón. ¡Y quién se atrevía a discutirle por lo menos esto último al autor de las Elegantiae linguae latina, la primera gramática de latín escrita desde la antigüedad! Valla era único. Y no puedo, en honor a la verdad, dejar de mencionar en este punto a un latinista nacido poco después de que muriera Valla, el cardenal Pietro Bembo, que se negaba a leer las epístolas de Pablo por miedo de que le dañaran su latín. ¡Ni que fuera Caruso cuidando la voz! Y si las leía en su lengua original, ¿qué? ¿No temía el exquisito Bembo que le corrompieran su griego? En busca siempre de equivalentes clásicos para las fealdades estilísticas de los evangelios, al Espíritu Santo lo llamaba Bembo «el hálito del céfiro celeste». Yo lo llamo la paloma cagona…

Volviendo a Valla, en su tratado De voluptate (Sobre el placer) sostenía que el placer era el bien supremo y que la prostituta era preferible a la monja porque aquélla hace al hombre feliz y ésta ha sido condenada a un vergonzoso celibato. Sostenía que la ley contra el adulterio era un sacrilegio, que las mujeres debían ser propiedad común y andar desnudas, y que era irracional morir por la patria o por cualquier otro ideal. Al papa lo apostrofaba en estos términos: «¿Qué más da si te destruyen tu reino? Ya lo destruíste tú. ¿Si saquean tus templos? Ya los saqueaste tú. ¿Si violan a nuestras vírgenes y matronas? Ya las violaste tú. ¿Y si inundan la ciudad con la sangre de sus ciudadanos? Ya la inundaste tú». Su última presentación en público retrata mejor que nada al gran provocador que fue: en marzo de 1457 lo invitaron los dominicos a hacer el panegírico de Tomás de Aquino en la basílica Santa María sopra Minerva de Roma durante las celebraciones del aniversario del santo. Pues lo que hizo Valla en vez del panegírico fue denigrar de este gordo vil de alma tan turbia como su latín. No alcanzaron a quemarlo los dominicos porque Dios, que es grande, lo llamó poco después a su seno.

Pero Valla no fue precursor de la Reforma. De ésa lo fueron Wyclif y Hus y Erasmo, el gran heredero del humanismo de Valla si bien con una diferencia esencial: que Erasmo en última instancia no fue sino un solapador más de la Puta y Valla en cambio fue su desenmascarador. Para encontrar a alguien más lúcido que Lorenzo Valla hay que esperar hasta el barón de Holbach, el de Le christianisme dévoilé (El cristianismo al descubierto, de 1761) y el Système de la nature (Sistema de la naturaleza, de 1770), con su ateísmo y sus burlas a la religión. Valla es más grande que Erasmo y el precursor de algo más amplio que la Reforma protestante: el Siglo de las Luces, el gran movimiento libertario de Occidente que, continuado por la Revolución Francesa, estuvo a un paso de liberarnos para siempre de la Puta. No se nos hizo entonces ni se nos hará en tanto permitamos que sigan surgiendo los Wojtylas y los Bush y demás bestias negras de su calaña.

Fueron los escritos de Jacobo Lefèbre d’Étaples, gran figura del Renacimiento francés y comentarista de las epístolas de Pablo, los que le sugirieron a Lutero su fórmula sola fide, la doctrina de la justificación sólo por la fe que este renegado monje agustino vino a sumarle a las doctrinas de Wyclif y Hus para urdir su Reforma. Si es que se puede llamar Reforma al nuevo baño de sangre que desató. Si hay algo irreformable es la Puta. O acabamos con ella o ella acaba con nosotros. Lutero leyó en Agustín la inmoral tesis de que la virtud sin la gracia es un vicio y que Dios salva o condena sin importarle las obras del hombre. Ponerse el cristiano pasivamente en las manos del Altísimo, abandonarse a su voluntad sin oponer resistencia era el camino de la salvación. Nada de obras: fe en nuestro Redentor y basta, quedamos santificados. Así que nada de rectitud ni de bondad ni de caridad, ¡a matar, a robar, a saquear que Dios nos salva! Siguiendo el ejemplo de Wyclif y Hus que habían instigado a los príncipes de Inglaterra y de Bohemia respectivamente a incautarle en sus dominios las inmensas propiedades a la Puta, Lutero se enfrentó a León X azuzando contra éste a los príncipes germánicos para que se zafaran de su coyunda. El enfrentamiento de Lutero con la Puta de Roma empezó el 31 de octubre de 1517 cuando clavó en el pórtico de la iglesia de Todos los Santos del castillo de Wittenberg sus noventa y cinco incendiarias tesis o proposiciones en latín contra la venta de indulgencias en Alemania. Las indulgencias son la remisión mediante un pago, efectuado por los familiares, de los castigos temporales que se han ganado por sus pecados quienes no se condenan pero que, sin irse tampoco en directo al cielo, tienen que pasar antes por el purgatorio, una escala que como puede durar cien años puede durar cien mil. Pues bien, mientras más paguen los deudos más rápido sale el difuntico de las llamas del purgatorio y se va a gozar en las nubes de la presencia de Dios. Así, con unos cien mil dólares más o menos, hoy lograría el que esto escribe sacar a su papá del purgatorio donde anda el pobre purgando por las veinte mujeres que tuvo y a las que les hizo doscientos cincuenta y cuatro hijos que le dieron dos mil quinientos nietos. Lo más interesante de todo esto es que si el cristiano niega el purgatorio, que es lo que hicieron los luteranos, se van al diablo las indulgencias, pues muerto el perro se acabó la rabia.

—Una pregunta, compadre: y si el difunto se fue al infierno, ¿de qué sirven las indulgencias que se le compran?

—Sirven para lo que sirven las tetas de los hombres.

—¿Y el dinero pagado lo devuelven?

—Más devuelve un tiburón al que se traga. La Puta jamás ha devuelto un centavo.

—¿Y el limbo?

—No existe. Benedicto acaba de suprimirlo de un plumazo.

—Y entonces los indios que murieron antes de la cristianización de América, ¿dónde están hoy?

—Doctores tiene la Santa Madre Puta que saben responderlo.

El 22 de febrero de 1300 el irascible Benedetto Caetani o Bonifacio VIII promulgó la bula Antiquorum habet que empieza diciendo: «La fiel relación de los antiguos nos cuenta que a quienes se acercaban a la honorable basílica del príncipe de los Apóstoles les fueron concedidos grandes perdones e indulgencias de sus pecados. Nos, teniendo por ratificados y gratos todos y cada uno de esos perdones e indulgencias, por autoridad apostólica los confirmamos y aprobamos». Con esa bula, emitida con el pretexto de celebrar el nuevo siglo pero en realidad para lanzar en grande la venta de indulgencias, Bonifacio convocaba el primer año santo o año del jubileo, invento genial suyo que tanto oro le habría de dar a él, y en los siglos sucesivos a la Puta. Doscientos mil peregrinos de toda Europa se volcaron entonces sobre Roma, una ciudad de treinta mil habitantes, a llenarle de dinero las arcas al insaciable Vicario de Cristo a cambio de esas indulgencias que le evitaban al pecador más empedernido el paso por el purgatorio y le abrían de par en par las puertas del cielo. Dos clérigos instalados ante el altar mayor de San Pedro recibían día y noche las limosnas del interminable flujo de peregrinos. Durante ese primer jubileo (caprichos del Altísimo) muchos de esos peregrinos perecieron aplastados en el puente Sant’Angelo durante una estampida de la multitud al estilo de las que se dan en nuestros días durante las peregrinaciones anuales de los musulmanes a La Meca. Dante habría de plasmar el suceso en una escena de su Divina Comedia en que un montón de almas perdidas se precipitan por el nefasto puente hacia el infierno. En fin, Bonifacio VIII fue uno de los papas más autocráticos y avorazados de poder y de dinero de toda la Historia de la Puta; ascendió al papado desbancando con los más sucios manejos al octogenario y pobre de espíritu Pietro del Murrone o San Celestino V, a quien confinó en la torre de Castel Fumone y a quien, según dicen, mandó asesinar: le martillaron un clavo como los de Cristo en la cabeza.

En vista del éxito inmenso de la máquina de hacer dinero que se inventó Bonifacio, Clemente VI celebró su propio jubileo en 1350 y en adelante el año santo se siguió celebrando ya no cada nuevo siglo como había sido la idea original, sino cada cincuenta años. Todavía en mi niñez lo seguían convocando, pues recuerdo que en 1950 Pío XII celebró uno solemnísimo, que Dios sabrá cuánto billete verde le dejó. El de 1350 lo convocó Clemente VI el 25 de enero de 1343 con una bula, la Unigenitus Dei Filius (El Hijo único de Dios) que empieza afirmando que el Unigénito Hijo de Dios adquirió para la Iglesia militante un tesoro, el de las indulgencias, y que «se lo encomendó al bienaventurado Pedro, llavero del cielo, y a sus sucesores y vicarios suyos en la tierra para que lo dispensaran sabiamente a los fieles y lo aplicaran con misericordia por causas razonables, ya fuera para la total, ya fuera para la parcial remisión de la pena temporal debida a los pecados, tanto de modo general como especial, según conocieren por Dios lo que conviniere». Con esta verborrea mierdosa el representante del Unigénito aquí en la tierra sacó lo que anunció al comienzo, su buen tesoro.

Digno también de recordación es el jubileo de 1450 convocado por Nicolás V y durante el cual Dios le mandó a su rebaño estúpido, en castigo por su estulticia y para que aprenda aunque nunca aprende, una peste que llenó de cadáveres los caminos de Italia y que dejó chiquitos los cementerios de Roma. Nicolás, por supuesto, salió huyendo de la Ciudad Eterna hasta que cedió el flagelo y pudo volver pero para encontrarse con que, al caer de la tarde del 19 de diciembre y ya en la última semana de ese infausto jubileo, el corcoveo de una muía provocó una segunda estampida en el mismo puente San'Angelo en que doscientas almas necias cayeron al Tíber y se fueron a buscar en el más allá de sus turbias aguas las indulgencias plenarias. Los cadáveres que lograban sacar del traicionero río los iban colocando en devotas filas en la cercana iglesia de San Celso para su identificación. Muy triste todo, sí, pero si muchos se ahogaron, Nicolás V financieramente se salvó, gracias a Dios: en el solo banco de los Medici depositó cien mil florines de oro, más que la tercera parte de todas sus entradas anuales y casi tanto como lo que le daban los Estados Pontificios. Y pocos años después, el 3 de agosto de 1476 y en una bula en favor de la Iglesia de San Pedro de Saintes, Pío II afirmaba que «queriendo Nos socorrer por autoridad apostólica del tesoro de la Iglesia a las almas que están en el purgatorio, concedemos y juntamente otorgamos que si algunos parientes, amigos u otros fieles cristianos, movidos a piedad por esas mismas almas expuestas al fuego del purgatorio para expiar las penas por ellas debidas según la divina justicia, dieren cierta cantidad o valor de dinero durante dicho decenio para la reparación de la iglesia de Saintes, según la ordenación del deán y cabildo de dicha iglesia o de nuestro colector, visitando dicha iglesia, o la enviaren por medio de mensajeros que ellos mismos han de designar durante dicho decenio, queremos que la plenaria remisión valga y sufrague por modo de sufragio a las mismas almas del purgatorio, en relajación de sus penas, por las que, como se ha dicho antes, pagaren dicha cantidad de dinero o su valor». ¡Qué redacción, por Dios!

Y no bien el sucesor del sucesor de Nicolás V, el conspirador, asesino y nepotista de Sixto IV vació el tesoro papal con sus campañas militares y sus prodigalidades con su familia, y ya no le alcanzaban los puestos de la Curia que duplicó para ponerlos doblemente en venta, entonces echó mano de la milagrosa fórmula de la venta de indulgencias. Y así en su bula del 9 de agosto de 1479 Licet ea condenaba los errores de Pedro de Osma, entre los cuales uno que le afectaba muy especialmente porque se refería a su bolsillo, el que ese hereje afirmara que el Romano Pontífice no podía perdonar la pena del purgatorio: «Declaramos que todas estas proposiciones son falsas, contrarias a la santa fe católica, erróneas, escandalosas, totalmente ajenas a la verdad evangélica, contrarias también a los decretos de los santos Padres y demás constituciones apostólicas, y que contienen manifiesta herejía».

Y ahora sí llegamos a León X, el papa que desencadenó la Reforma. Todavía un año después de que Lutero clavara sus noventa y cinco tesis en el pórtico de la iglesia del castillo de Wittenberg, ese papa frívolo y pederasta que cabalgaba de lado como mujer a causa de una úlcera anal ganada en batallas amorosas no se daba por enterado de que se le venía encima un tsunami, y el 9 de noviembre de 1518 emitía su despreocupada bula Cum postquam que empieza afirmando: «El Romano Pontífice, sucesor de Pedro el llavero y Vicario de Jesucristo en la tierra, por el poder de las llaves con que le corresponde abrir el reino de los cielos, puede por causas razonables conceder a los mismos fieles de Cristo, que ora se hallen en esta vida ora en el purgatorio, indulgencias de la sobreabundancia de los méritos de Cristo y de los santos. Y por tanto que todos, lo mismo vivos que difuntos, que verdaderamente hubieren ganado todas estas indulgencias, se vean libres de tanta pena temporal debida conforme a la divina justicia por sus pecados actuales, cuanta equivale a la indulgencia concedida y ganada. Y decretamos por autoridad apostólica a tenor de estas mismas presentes letras, que así debe creerse y predicarse por todos bajo pena de excomunión latae sententiae».

—¡Eureka, compadre! Ya sé qué quiere decir «encíclica».

—¿Qué?

—Mierda de papa.

—Se va a ir al infierno sin pasar por el purgatorio por boquisucio.

—¡Que me vaya! De ahí me saca mi mujer con una mula que le dé al papa.

El 15 de junio de 1520, casi tres años después de lo de la iglesia del castillo de Wittenberg, León X se dignó emitir su bula Exsurge Domine (Expúlsalo, Señor) condenando cuarenta y una de las noventa y cinco tesis de Lutero. He aquí, como muestra, cuatro de esos errores de Lutero según el papa que los condenaba: «Las indulgencias son piadosos engaños de los fieles y un abandono de las buenas obras. Las indulgencias no sirven para la remisión de la pena debida a la divina justicia por los pecados actuales. Se engañan los que creen que las indulgencias son saludables y útiles para provecho del espíritu. No hay forma de probar que el purgatorio esté en el canon de las Sagradas Escrituras». La bula terminaba con la siguiente censura: «Condenamos, reprobamos y de todo punto rechazamos todos y cada uno de los antedichos artículos o errores como heréticos, escandalosos, falsos y ofensivos a los oídos piadosos, como engaños a las mentes sencillas y como opuestos a la verdad católica». Y mandó quemar los escritos de Lutero en Roma. ¿Y saben qué hizo Lutero? Pues le aplicó a León X su misma medicina: quemó su bula en Wittenberg. Y es que una bula arde como una tesis y un católico como un luterano. Ecuánimes como siempre han sido, las llamas no hacen distinción, queman parejo. «Porque has corrompido la verdad de Dios, que Él te destruya en esta hoguera», así imprecó Lutero a la bula Exurge Domine, volviéndola cenizas que se llevó el viento. Medio año después el mismo León X emitía la bula de excomunión Decet Romanum Pontificem (Conviene al Pontífice Romano). Qué hizo con ella Lutero no lo sé. La ha debido de haber quemado como la otra o se habrá limpiado con ella el trasero, habida cuenta de que era un hombre tosco y vulgar que se alzó con una monja, Catalina de Bora, y que como los perros de su Biblia alemana meaba contra la pared. Carlos V, por su parte, instó al renegado a presentarse a la Dieta de Worms y a retractarse. ¡Presentarse! ¡Retractarse! El taimado monje se refugió en el castillo de Wartburg donde le dio refugio Federico el Sabio, elector de Sajonia, y donde tradujo del griego al alemán el Nuevo Testamento. Años después en Wittenberg habría de traducir del hebreo el Antiguo, completando así su Biblia traducida, que hizo del alemán lo que la Divina Comedia de Dante hizo del italiano: una lengua hecha y derecha con siglos de porvenir.

La Ilustración vio a Lutero como el agente de la emancipación de Roma de los pueblos germánicos y el heraldo de la libertad de conciencia. Yo lo veo como un bellaco audaz. Con suficiencia de ignorante se burlaba de Copérnico y su tesis de que la tierra gira en torno al sol. Bibliólatra desatado, adoraba la Biblia como un perro a un hueso o un mahometano al Corán. Creía en brujas e incitaba en sus sermones a que las quemaran sin misericordia. Por él en 1540 quemaron en Wittenberg a cuatro mujeres acusadas de brujería. Y ante el caso de un niño retrasado mental les recomendó a las autoridades que lo ahogaran pues era un cuerpo sin alma. Decía que había que creer en el Diablo porque sin un Maligno que tentara a los hombres y los llevara a la condenación no había necesidad de Cristo para que los salvara. Escribía que «las niñas empiezan a hablar y a caminar antes que los niños porque la maleza crece siempre más rápido que las buenas semillas». Odiaba a los judíos como cristiano rabioso. A los campesinos de Suiza y Alemania que se alzaron contra sus opresores los príncipes tomando sus tesis como bandera los traicionó y abandonó a su suerte poniéndose del lado de los poderosos. Y escribió un libelo enfurecido contra los campesinos de Turingia que se rebelaron bajo la conducción de Thomas Münzer, «Wider die räuberischen und mörderischen Rotten der andern Bauern» (Contra los asesinatos y depredaciones de las hordas campesinas). Münzer o Müntzer o Monczer o en latín Tomas Monetarius, que en un principio fuera partidario de Lutero, acabó llamándolo «monje desvergonzado, borracho y putañero», el «doctor Mentiras» que «se había tragado al Espíritu Santo con todo y plumas». Después de incontables atrocidades cometidas por bando y bando, los nobles de la Liga de Suabia sofocaron el alzamiento campesino con una sangrienta represión y en 1525 derrotaron a Münzer y lo decapitaron en Mühihausen. Una colección de las cartas de Münzer fue a dar a Lutero, que las publicó con comentarios humillantes.

Reprimida la revuelta campesina les tocó el turno a los anabaptistas, a los que tal vez pertenecía Münzer. Esta secta, la primera de las muchas que habrían de surgir del protestantismo, rechazaba el bautismo de los niños aduciendo que éstos no tenían todavía la capacidad de aceptar por su propia decisión la religión cristiana y en consecuencia pretendían volver a bautizar a todos los adultos. En 1526 en la Dieta de Spira, en Alemania, católicos y protestantes se unieron para acabar con ellos y emitieron un edicto condenándolos al que se adhirió Lutero. Por entonces el hermano del emperador, el rey Ferdinand, declaraba que el ahogamiento, llamado el «tercer bautismo», era el mejor antídoto contra estos herejes entre los herejes, estos protestantes que protestaban hasta del protestantismo. Y así los protestantes de la Suiza de Zwinglio, basándose en el código de Justiniano que ordenaba la ejecución para el que fuera bautizado dos veces, condenaron a muerte por ahogamiento a los anabaptistas de Zurich. El primer mártir anabaptista fue Félix Manz, ahogado por los secuaces de Zwingilo en 1527. Ese mismo año torturaron y ejecutaron a Michael Sattier, aunque no sabemos si los protestantes o los católicos. Entre 1527 y 1660, en Suiza, Austria, Alemania, Bélgica y los Países Bajos miles y miles de anabaptistas habrían de acabar sus días ahogados, quemados, decapitados o enterrados vivos.

Sin embargo los anabaptistas lograron una hazaña que hay que recordar: en 1534 se apoderaron de la ciudad de Münster, en Westfalia, donde instalaron una teocracia y un reino del terror dignos de los ayatolas iraníes de hoy día. Sólo que los ayatolas son unos santones hipócritas y los rebeldes munsterianos fueron unos polígamos desenfrenados. Jan Matthys o Matthijs o Mathijz o Matthyssen o Matthyszoon, un panadero de Haarlem, depuso a las autoridades civiles y religiosas de Münster, expulsó al príncipe obispo Franz von Waldeck, rebautizó a la ciudad como la Nueva Sión e impuso el segundo bautismo para todos los ciudadanos. De la conquista de Münster seguiría la del universo mundo y para ello se empezaron a preparar los rebeldes. Poco les duró el sueño. El obispo expulsado los sitió con un ejército de católicos y luteranos, y cuando el domingo de resurrección de 1534, sintiéndose un nuevo Gedeón bíblico, Matthys hizo una salida con treinta de sus seguidores, lo apresaron y le cortaron la cabeza y los genitales. La cabeza la exhibieron clavada en una estaca que pusieron a la vista de los sitiados, y los genitales los colgaron de la puerta de la ciudad.

Para reemplazar al difunto Matthys los sitiados escogieron entonces a Jan Beuckelszoon o Beuckelzoon o Beuckel-son o Bockelszoon o Bockelson o Beukels o Buckholdt o Bockold o simplemente Jan de Leyden, un sastre de 26 años que nombraron rey de la Nueva Sión. El sastre rey instaló de inmediato el ansiado reino de la felicidad con comunidad de bienes y de mujeres. A él le tocaron dieciséis, de las que decapitó a una. Las orgías de lujuria y destrucción que siguieron en Münster no tienen nombre. Cuanto tesoro de arte había lo destruyeron los rebautizados y cuanto libro encontraron, salvo la Biblia, lo quemaron. En tanto los anabaptistas se entregaban en el interior de la ciudad a su orgía de sexo y destrucción, afuera el obispo von Waldeck les cerraba el cerco. Cuando se hizo inminente la caída de la ciudad, como último recurso para escaparse el loco Jan de Leyden ya la iba a quemar cuando los sitiadores la tomaron. A él, a su lugarteniente Knipperdollinck y a su canciller Krechting los apresaron y tras seis meses de los más atroces suplicios los ejecutaron. Sus cuerpos los metieron en jaulas de hierro que colgaron para escarmiento de la torre de la iglesia de San Lamberto. Ahí siguen hoy las jaulas, ya vacías de cadáveres, balanceándose como los genitales de Jan Matthys en la puerta de la ciudad o como campanas del campanario. Así que el que sueñe con hacerse bautizar dos veces que lo piense. Yo con una tuve. A mí que no me vayan a degollar, ni de la cabeza ni de las campanas. Hoy lo que queda de los anabaptistas son los menonitas, los amish y los huterianos, sectas en extinción que se reproducen por consanguinidad y que andan dispersos por los Estados Unidos, Canadá y el norte de México, dándose golpes de pecho, vendiendo quesos y cargando taras. Jakob Hutter, el fundador de los huterianos, fue otro que murió quemado, en 1536 como Jan de Leyden.

El experimento teocrático de los anabaptistas de Münster no había sido el primero en Europa ni habría de ser el último. Lo precedió el de Savonarola en 1494 en Florencia y lo siguió el de Calvino en 1541 en Ginebra. Al igual que Wyclif y Hus, el dominico Savonarola era de la extraña especie de los que creían que la Puta era reformable, y como aquéllos avivaba el resentimiento popular contra su rapacidad y su lujuria. Por todas partes veía la obscenidad y a Leonardo y a Botticelli los acusaba de sodomía. De los ricos de Florencia esperaba que repartieran sus riquezas entre los pobres y algunos bienintencionados así lo hicieron y ya andaban vestidos de gris mendigando por las calles. Pero los que se negaron acudieron al más rico, al de Roma, Alejandro VI, mi papa preferido, que empezaba entonces su licencioso pontificado, uno de los más brillantes y alegres de la cristiandad. Alejandro tomó bajo su directo control el monasterio de los dominicos de Florencia que dirigía Savonarola, le prohibió a éste predicar, y como no se sometió lo excomulgó. De Savonarola hay que recordar un episodio que describe muy bien su oscurantismo de teócrata, la «hoguera de las vanidades» que encendió en la plaza de mercado para que ardieran en ella todas las obras indecentes del Renacimiento florentino, más instrumentos musicales, ropa lujosa y cuanto escrito y libro encontró que no fueran los escritos suyos y la Biblia. En esa hoguera se convirtieron en humo muchas de las pinturas del sodomita Botticelli. Traicionado por el populacho y el gobierno, Florencia lo entregó a la Inquisición, que después de torturarlo como Dios manda lo ahorcó junto con dos de sus más cercanos seguidores por herejes y luego quemó los cadáveres en la plaza principal de esa ciudad hermosa, lujuriosa y mugrosa, que recientemente han bañado con agua y jabón. El día menos pensado canonizan a Savonarola, acuérdense de mí.

Y pasamos ahora a la tercera teocracia, la de la Ginebra y de Calvino que empezó de luterano en la Sorbona, tuvo que salir huyendo de París perseguido por la Inquisición y fue a dar a Basilea donde publicó en 1536, a los 27 años, la que habría de ser su obra más famosa, la Institutio christianae religionis (La institución cristiana), que le situó al frente del pensamiento protestante. En Estrasburgo se casó con la viuda Idelette de Bure con la que tuvo un hijo que murió en la infancia, y llamado por los ciudadanos de Ginebra se apoderó de la ciudad y fundó en ella la segunda teocracia protestante, habiendo sido la primera la aniquilada Iglesia de los anabaptistas de Münster. Todo lo religioso y lo profano quedó bajo su control en una fortaleza amurallada, amenazada afuera por los príncipes católicos y casi aislada del resto del mundo. Como inquisidores dominicos sus espías husmeaban en la vida privada de los ciudadanos viendo quién copulaba con quién y por qué agujero. Hombre de un horizonte espiritual más limitado todavía que el de Lutero, así como éste se oponía al heliocentrismo de Copérnico, Calvino negaba la circulación de la sangre propuesta por Miguel Servet. Entre las numerosas ejecuciones que tuvieron lugar en Ginebra bajo su puritano reino del terror la más sonada fue la de este español rebelde que descubrió el intercambio de sangre entre el corazón y los pulmones y que, contradiciendo a católicos y protestantes por igual, negaba la doctrina del pecado original y el estúpido misterio de la Santísima Trinidad. A Ginebra llegó huyendo de la Inquisición católica. ¡A buen puerto se acogía, al reino de la tolerancia! Un día que de imprudente se fue a oír predicar a Calvino lo descubrieron, lo detuvieron y lo juzgaron. Todas las iglesias suizas consultadas estuvieron de acuerdo en que había que quemarlo: vivo lo quemaron en Champel el 27 de octubre de 1553 en el acto de fe más célebre llevado a cabo por una autoridad protestante según el modelo de la Inquisición católica. Calvino, que aprobó su ejecución, recomendó sin embargo que lo decapitaran. Ningún caso le hicieron al misericordioso y le aplicaron al heterodoxo español la incruenta especialidad de la Puta para salvar herejes y brujas: la hoguera con sus acariciantes llamas crepitantes. Para salvarlos de qué es lo que nunca he logrado saber. Acaso de su sevicia. Como los anabaptistas, Servet se oponía al bautismo de los niños. Yo me opongo al de niños y adultos por parejo. A los que hay que bautizar es a los muertos para que se vayan derechito al cielo con sus gusanos.

Seis años después de que los calvinistas de Ginebra quemaran a Servet en Champel por antitrinitario, los católicos de París ahorcaban a Anne du Bourg en la place de Grève por calvinista. O mejor dicho ellos no sino su rey Enrique II y la familia sanguinaria de los Guisa, ejecutores luego de la matanza de hugonotes la noche de San Bartolomé. «Amigos —exclamó du Bourg en el cadalso—, no estoy aquí por ladrón ni asesino sino por el Evangelio». Y tras estas palabras insensatas le quitaron el banquito y quedó colgando como badajo de campana. Calvino logró hacer de Ginebra lo que no pudo hacer Lutero con Wittenberg ni los anabaptistas con Münster, la Roma del protestantismo. Algo es algo. De Ginebra la Reforma irradió a buena parte de Europa y a los Estados Unidos. Todo cuanto hay de malo en este pobre país plano y sin redención viene de él o de la Puta de Roma, que se le ha sumado últimamente. Al enfermito de pancreatitis se le declaró un sida. ¡Y viene en camino el Islam! ¡Pobres Estados Unidos! Tanto carro, tanto televisor, tanta plata y miren… Están a un paso de que entre católicos, protestantes y mahometanos los teocraticen y los vuelvan de un plumazo a la Edad Media.

Un precursor de Servet en cuanto que lo satanizaron tanto los calvinistas como la Puta de Roma y que no puedo dejar de mencionar entre los hombres ilustres que quemó nuestra tan mencionada ramera fue el francés Éttiene Dolet, un humanista de la estirpe de Valla y de Erasmo y autor de los Commentarii linguae latinae. Tres veces lo encarcelaron por ateísmo y por publicar un diálogo de Platón que negaba la inmortalidad del alma. La Facultad de Teología de la Sorbona acabó condenándolo, lo torturaron y lo quemaron vivo en la hoguera. Ésta es la hora en que no se sabe si Dolet era protestante o un librepensador racionalista y anticlerical o qué. Lo que sí está claro es que si bien católicos y protestantes se enfrentan en todos los campos en el curso del siglo XVI, en un punto se ponen de acuerdo: la necesidad de acabar con las brujas, los herejes, los escépticos, los defensores de la tolerancia religiosa y los espíritus libres que se lanzan valientemente a la gran aventura de la ciencia moderna. A Dolet lo han llamado «el primer mártir del Renacimiento», pero eso depende de cuándo demos por empezado el Renacimiento o terminada la Edad Media. Quemar víctimas en estado de indefensión ha sido en todo caso la gran especialidad de la Puta desde que se montó al poder en el 313 y lo que había sido hasta entonces una religión de necios se convirtió en una empresa de asesinos. Déjenle crecer otra vez las garras y verán si vuelven o no vuelven las hogueras. Ojo a la travestida Benedicta de hoy día, de zapatillas rojas aterciopeladas e impoluta albura ensotanada, que es un inquisidor nato. Se le lee la falsía jesuítica en los ojos. Una cosa habremos de agradecerle hoy al monje montaraz de Lutero por sobre todas sus infamias: el haber dividido a la Puta de Occidente en dos, sin lo cual no habrían sido posibles el Siglo de las Luces ni la Revolución Francesa ni cuantos movimientos libertarios vinieron luego. Sin él acaso habríamos retrocedido del Renacimiento al Medioevo y hoy estaríamos en las oscuridades medievales en que siguen los musulmanes. Enfrentadas la una con la otra, la Puta protestante de la Reforma y la católica de la Contrarreforma se habrían de despedazar el alma a dentelladas compitiendo a ver cuál era la más asesina. Pues la primera, la católica, la otra no fue más que un divertimento.

En 1534, mientras los anabaptistas tomaban a Münster, Enrique VIII de Inglaterra declaraba instaurada la Iglesia anglicana en su isla. Uno por uno había venido rompiendo en los dos años precedentes todos sus lazos con el papado en represalia porque Clemente VII se negaba a anular su matrimonio con la tía de Carlos V, Catalina de Aragón, con la que tuvo a la futura Bloody Mary, la sanguinaria María Tudor. En 1532, con la ayuda del parlamento, obligó al clero inglés a reconocerlo como jefe de la Puta inglesa, disolvió todas las órdenes monásticas y sus propiedades las repartió entre los nobles a cambio de su apoyo. Al año siguiente se casó en secreto con Ana Bolena, la hizo coronar reina por Thomas Cranmer, al que acababa de nombrar arzobispo de Canterbury y que le ayudó a anular su matrimonio con Catalina. A John Fisher y a Thomas Moro (canonizados en 1935 por la Puta católica) los hizo decapitar a pocos días uno del otro por lameculos de papa y por oponerse a ese divorcio y a su nuevo matrimonio. Y sin embargo él mismo, cuando a su vez era lameculos de papa y ferviente católico, había hecho quemar en la hoguera por reformistas al erudito de Cambridge Thomas Bilney y al traductor de la Biblia al inglés William Tyndale. Ya en rebeldía siguió de pirómano y al fraile Forest le aplicó la consabida hoguera por papista y a John Nicholson por luterano. Luego se cambió a decapitador. Y decapitados John Fisher y Thomas Moro se siguió con su flamante Ana Bolena a la que hizo degollar acusándola de adulterio con varios hombres y de incesto con su hermano. Se casó entonces con Joan Seymour que pronto murió al dar a luz a quien habría de sucederlo como Eduardo VI. Luego se casó con Ana de Cleves, de la que se divorció de inmediato por fea para casarse con Catalina Howard, de 20 años, a quien poco después hizo decapitar en la Torre de Londres en castigo por los amantes que había tenido antes de su matrimonio con él. De las seis esposas que tuvo (de ellas tres Catalinas y dos Anas) les bajó sus reales cabezas a una Catalina y a una Ana. Su última esposa, Catalina Parr, se escapó del maltrato porque Barba Azul fue llamado al juicio de Dios. ¡Y pensar que antes de pelearse con Roma este monstruo caprichoso y cruel había escrito un libro en defensa de los siete sacramentos y atacando a Lutero, a quien despreciaba, el Assertio septem sacramentorum adversus Martinum Lutherum, que le valió del papa el título de «defensor de la fe»!

El hijo que tuvo Enrique VIII con Joan Seymour, Eduardo VI, sucedió a su padre con tan sólo 10 años de edad para morir seis años después de tuberculosis y ser sucedido a su vez por su hermanastra María Tudor, la mencionada hija de Enrique y Catalina de Aragón, Bloody Mary o María la sanguinaria, católica como su madre y por lo tanto devota practicante de la hoguera: en sus cinco años de reinado quemó a trescientos miembros del alto clero protestante, entre los cuales el alcahueta arzobispo de Canterbury Thomas Cranmer, el obispo de Worcester John Hooper, el reformador Hugh Latimer y el obispo de Londres Nicholas Ridley, quemados estos últimos en una misma hoguera en Oxford. A un paso de las llamas Latimer exhortaba a su compañero de martirio así: «Be of good comfort, Master Ridley, we shall this day light such a candle by God’s grace in England as, I trust, shall never be put out» (Consuélese, maese Ridley, que por la gracia de Dios hoy brillaremos como una vela que según espero nunca se apagará en Inglaterra). ¡Valiente consuelo! No hay vela que no se apague ni héroe que no se olvide. ¡Quién recordaría hoy a Latimer y a Ridley sino yo porque ando levantándole el inventario de sus crímenes a la Puta! Y sigamos. A Juana de Arco no la cuento pues aunque también la quemaron era una loquita protagónica que oía «voces».

Sigamos entonces con una de las páginas más negras de la Historia de la Puta y de las más conocidas, la noche de San Bartolomé, la matanza de los protestantes franceses o hugonotes ocurrida al amanecer del 24 de agosto de 1572 y en que la Puta católica, por la mano de sus esbirros el rey de Francia Carlos IX y su madre Catalina de Medici, masacró a traición a los hugonotes de París y a los que habían venido de provincia a la boda de Margarita de Valois, hija de Catalina, con el hugonote Enrique de Navarra. El exterminio de los jefes hugonotes que seguían en París tras la boda fue tramado en secreto por Catalina y los nobles católicos en el palacio de las Tullerías, contiguo al Louvre. Poco antes del amanecer del 24 de agosto las campanas de la iglesia de Saint Germain l’Auxerrois rompieron a tañer, señal para empezar la matanza. Una de las primeras víctimas fue el almirante de Coligny, el jefe de los hugonotes, muerto a manos de los esbirros de Enrique de Guisa, el jefe de los católicos. Las casas y las tiendas de los hugonotes fueron saqueadas, sus ocupantes brutalmente asesinados y muchos de sus cadáveres tirados al Sena. Ni el séquito de Enrique de Navarra, que Margarita y su hijo habían alojado en el Louvre, se escapó pues violando hasta el principio universal de la hospitalidad allí los asesinaron. Todavía el día 25, pese a que una orden real había mandado terminar la carnicería, ésta seguía en París. De París pasó a Rúan, Lyon, Bourges, Orleáns, Burdeos, prolongándose hasta principios de octubre. ¿A cuántos hugonotes mató la Puta entre los de París y de provincia? Según ella a unos dos mil. Según un sobreviviente hugonote, el duque de Sully, setenta mil. Ustedes verán a quién le creen.

Cuando la noticia del baño de sangre llegó a Roma el papa Gregorio XIII la celebró con fiestas y un solemne Te Deum, le encargó al pintor Vasari que lo inmortalizara en un fresco que hoy se puede ver en la Sala Real del Vaticano, mandó acuñar una medalla conmemorativa y le escribió a Carlos IX felicitándolo: «Os acompañamos en vuestra alegría porque por la gracia de Dios habéis librado al mundo de esos desgraciados herejes». Este Gregorio XIII (de soltero Ugo Buoncompagi y profesor de leyes) no bien llegó al papado y nombró a su hijo bastado Giovanni gobernador de Castel Sant’Angelo y después cardenal. Sucesor del gran asesino, inquisidor y antisemita San Pío V, fue sucedido a su vez por el gran asesino, inquisidor y simoníaco Sixto V. Un zafiro, como quien dice, entre dos diamantes. Fue él el que se inventó los nuncios papales o agentes diplomáticos que enviaba a espiar a los príncipes católicos y a urgirlos a quemar protestantes y a fundar seminarios. El mismo fundó uno en Roma trasformando un hospicio de peregrinos ingle ses en un semillero continuo de misioneros que mandaba a la Inglaterra de Isabel I, quien allí se los convertía en mártires (esta gran reina se escabechó a ciento veintitrés curas católicos, en su mayoría jesuitas). Respecto a los judíos llegó a la conclusión de que su culpa por haber rechazado a Cristo y haberlo crucificado «aumentaba de generación en generación, condenándolos a la esclavitud perpetua». Y sin embargo este mismo papa declaró que no era homicidio matar un embrión de menos de cuarenta días pues todavía no era humano. Y así es, en efecto, un embrión de cuarenta días apenas si es algo más que un gusano, matarlo es un vermicidio. Crimen es acuchillar una vaca, que tiene recuerdos como yo y un sistema nervioso como el mío que le hace sentir el dolor, la angustia, el miedo, el pánico como yo. El sucesor de Gregorio XIII, el simoníaco e inquisidor Sixto V se echó para atrás y en su bula Effraenatum decidió que el aborto temprano sí era homicidio y lo castigó con la excomunión. Luego Gregorio XIV, retomando la tesis de Gregorio XIII, dio por no emitida esa perversa bula que en nuestros días habrá inspirado sin duda al Pablo VI de la Humanae vitae y al infame Wojtyla, los más grandes azuzadores de la paridera.

—¿Cuáles son, en orden cronológico, niños, los tres santos pirómanos de la Contrarreforma católica?

—En orden cronológico son: San Pío V, San Carlos Borromeo y San Roberto Belarmino.

—¿Y a cuántos quemaron entre herejes, judíos, protestantes y brujas?

—A tres mil quinientos millones de trillones de septillones.

—No exageren, niños: si acaso a cien. ¿Y por qué, aparte de quemar congéneres humanos, también es digno de recordación San Pío V?

—Porque le encargó al artista Daniel de Volterra, Il braghettone, que a los hombres desnudos que pintó Miguel Ángel en la Capilla Sixtina les tapara el pipí.

—¿Y cómo era San Pío V?

—Gordo, miope, de barbita y mostacho y muy bruto y muy malo.

—¿Y San Roberto Belarmino?

—Mucho peor: un lameculos de papa que traicionó a Galileo y se lo entregó a la Inquisición.

Exacto, un lameculos de papa y traidor. En su libro De Romano Pontifice escribió: «El papa es el juez supremo en cuestiones dudosas de fe y de moral. Si yerra imponiendo pecados y prohibiendo virtudes, la Iglesia deberá considerar como buenos tales pecados y como vicios tales virtudes; si no, pecará contra conciencia».

—¿Qué es pecar contra conciencia, niños?

—Hacerse la paja pensando en mujeres.

—No. Eso es heterosexualidad.

Y no sólo San Roberto Belarmino le entregó a Galileo a la Inquisición sino que fue también el que le echó más leña a la hoguera en que quemaron a Giordano Bruno por defender antes que Galileo la tesis copernicana de que la tierra gira en torno al sol y por sostener que las estrellas son soles distantes con sus propios planetas, que el universo es infinito, que se puede convocar a las almas de los muertos por la necromancia y la magia y que lo de la Santísima Trinidad es puro cuento, o sea la vieja tesis antitrinitaria que le costó la vida a Miguel Servet. Como éste, Giordano Bruno acabó en la hoguera: en la plaza romana de Campo dei Fiori empezando el 1600 lo quemaron.

La guerra civil entre católicos y hugonotes continuó en Francia, pero no me voy a explayar en ella porque se acaba de morir Wojtyla, le están cantando sus nueve misas y ya lo van a enterrar en el pudridero de los papas con bombo y platillo, entre pedos y relinchos y mucha pompa y circunstancia. Hablaré tan sólo de pasada de los camisards (del occitano «camisa»), así llamados por sus camisas blancas que simbolizaban la pureza y que se ponían de noche cuando, poseídos por el fervor del Espíritu Santo, salían a quemar iglesias y a matar curas católicos. No bien Luis XIV decidió imponerles el catolicismo a todos sus súbditos y revocó el Edicto de Nantes que había consagrado en Francia la tolerancia religiosa, miles de protestantes se vieron obligados a emigrar del país o a refugiarse en la región montañosa de las Cevenas, en el Languedoc. Predicadores espontáneos como los del Hyde Park de Londres surgían de las entrañas de la tierra por generación espontánea y entre ellos un grupo de niños alucinados que en el mejor estilo de la cruzada infantil que dirigió en la Edad Media el pastorcito Stephen de Vandóme iban de pueblo en pueblo anunciando el inminente regreso de Cristo a la tierra para destruir al Anticristo de Roma. Guiados por una niña de luminosa belleza, «la bella Isabel», los pequeños profetas protestantes arrastraban multitudes que lloraban, se agitaban como serpientes en serpentario y caían en trance. En julio de 1702 los camisards ajusticiaron en Pont de Monvert al malvado abate de Chayla, mano derecha del intendente del Languedoc, que dirigía la persecución. Con ello quedó marcado el comienzo de la guerra de los camisards y de la sangrienta represión que desencadenó contra ellos Luis XIV. Décadas después de la muerte de este rey la represión seguía y sólo terminó en 1744. Es más, hasta 1950 en Francia los matrimonios entre católicos y protestantes eran casi como el de Romeo y Julieta y la intolerancia perseguía a los enamorados hasta en la tumba pues en los cementerios católicos no se podía enterrar a los protestantes ni en los protestantes a los católicos, y en unos y otros los cadáveres sólo eran comidos por gusanos correligionarios.

Buenos conocedores de sus montañas, apoyados por la población local y conducidos por caudillos populares como Jean Cavalier, un aprendiz de panadero, o Pierre Laporte, un castrador de chivos, unos cuatro mil camisards tuvieron en jaque durante años a un ejército de sesenta mil católicos. Con una táctica de emboscadas y ataques nocturnos les hicieron la vida imposible. Mandaban avanzadas de mujeres y niños histéricos a gritar, a aullar y a temblar poseídos por el Espíritu Santo; creían que las balas enemigas se convertían en agua, veían visiones y oían voces que los animaban a luchar por el Señor. Los dos primeros años de la guerra fueron los más sangrientos. A las ejecuciones y masacres de los católicos a manos de los camisards seguían las de los camisards a manos de los católicos. Un día los guerrilleros camisards masacraban a un pueblo católico; al siguiente el ejército católico masacraba a un pueblo camisard. Como cuando durante la Reforma en Escocia el cardenal David Beatón quemaba a los jefes protestantes George Wishart (el traductor al inglés de la Primera Confesión Helvética) y Patrick Hamilton (quien según el obispo Leslie había ido en peregrinación a la luterana Wittenberg de donde volvió «lleno de la pócima venenosa y mortal de Lutero mezclado con otros archiherejes»), y en respuesta los seguidores de éstos colgaban a Beatón de un muro del castillo de Saint Andrews. En el otoño de 1703 el rey tomó la decisión de arrasar a las Cevenas: cuatrocientas sesenta y seis aldeas y pueblos fueron entregados a las llamas y exterminados sus habitantes. Fue el llamado brûlement des Cévennes o «quema de las Cevenas», para beneplácito de Clemente XI, que sancionó el baño de sangre protestante con una bula. El espíritu de Inocencio III revivía en Luis XIV. En febrero del año siguiente una insurrección de los camisards del Vivarais fue ahogada en sangre, los de Camargue fueron masacrados, el pueblo de Franchassis destruido, los Cadets de la Croix exterminados y el jefe camisard Jean Cavalier derrotado. En los años siguientes los otros jefes camisards fueron siendo ejecutados: Castanet, Ravanel, Catinat, Bourgade, Couderc… El último fue Abraham Mazel, caído en 1710 cerca de Uzès. Con su muerte terminaron los combates pero no la represión, que continuó hasta 1744. Y no sé para qué doy nombres. Si me pongo a enumerar una por una a las víctimas de las Putas católica y protestante no me caben en las páginas del directorio telefónico de la ciudad México. Baste decir que la sola Guerra de los Treinta Años, que se inició con el enfrentamiento de la Unión Protestante a la Liga Católica a raíz de la llamada «segunda defenestración de Praga» y que duró de 1618 a 1648, le bajó la población a Alemania de dieciocho a cuatro millones. No hay como una guerra de éstas o una buena peste bubónica para contrarrestar a un Wojtyla. Viene en camino el virus ébola que en cualquier momento empieza a hacer lindezas Dios mediante. En fin, en 1715 Luis XIV acuñó medallas para celebrar el exterminio de sus súbditos protestantes, hugonotes o camisards o como los quieran llamar. Fue de lo último que hizo el Roi Soleil pues poco después dejó su terrestre reino para irse a brillar en la eternidad de Dios, de quien fuera (aunque así no lo registre la Historia, que en ocasiones es alcahueta, muda y sorda) uno de sus más eficaces carniceros. ¡Cómo es que se nos murió Wojtyla sin canonizar a Luis XIV! Ni a Hitler ni a Mussolini ni a Pol Pot… ¡Ah papa haragán e inepto!

Pero la gran lacaya de la Puta no ha sido Francia sino España la cerril. La cerril, la prepotente, la obtusa, la cabra tumbamontañas y el país más bruto de Europa y el más cruel con los animales incluyendo a las cabras que desbarrancan por escarnio. Raza perseguidora de judíos, de moros, de herejes, de brujas, de protestantes, de indios americanos, dispuesta siempre a abrazar las causas más innobles de sus reyezuelos zánganos en el nombre de Dios en quien (al menos de palabra, que no de obra pues como su nombre lo indica el Altísimo les queda muy arriba en el cielo) de cuando en cuando se cagan. Porque además de zafia y cerril esta raza patipuerca es blasfema. La llamada raza hispánica no son en última instancia sino los criados de Fernando e Isabel, de Carlos V, de Felipe II, de los Borbones, una chusma arrodillada capaces de gritar, como cuando los franceses los estaban liberando del tirano Fernando VII, «¡Vivan las cadenas!» De este monstruo de maldad y cerrazón mental desciende el actual cazador furtivo Su Majestad Donjuán Carlos, don bellaco, don Borbón, un hombre frívolo y casquivano que se divierte matando osos a mansalva. En estos zánganos reales, en sus principitos e infantas y en la tauromaquia se agota la hispanidad, que nos hincha de orgullo el alma.

El sábado 2 de abril de 2005, tras veintiséis años, diez meses y diecisiete días de pontificado durante los cuales ayudó como nadie a sumarle a la población mundial dos mil millones y casi revienta el santoral con los cuatrocientos ochenta y dos nuevos santos y los mil trescientos treinta y ocho nuevos beatos en espera de canonización que como por la magia de Aladino produjo su mano suelta, por fin murió Wojtyla, el papa más dañino, pérfido y malo que haya parido en sus putos días la puta tierra. Mentía en once lenguas además del polaco en que lo amamantó la Mentira. No bien se montó al solio de Pedro por un golpe de la suerte tras el fugaz pontificado de Albino Luciani (que Dios sabrá si no murió asesinado) y puso a funcionar todo el aparato vaticano al servicio de su vanidad que no conocía más límites que los del universo. Quería que lo vieran, lo oyeran, lo aplaudieran, ser el centro de todos y de todo todo el tiempo. ¿Y qué decía? Estupideces. Era homofóbico sin irle ni venirle, salvo que hubiera sido una mariquita de clóset, que bien puede ser. La idea del semen ajeno per angostam viam lo enloquecía como al Doctor Angélico y a la Inquisición. En cambio le importaba un carajo que acuchillaran en los mataderos a las vacas. Ni un solo niño o perro abandonado recogió. ¡Y cuántos niños no nacieron con sida en África mientras él predicaba contra la interrupción del embarazo y el condón! De los setecientos millones de espermatozoides que se pierden, por lo bajito, en cada eyaculación, y de las incontables eyaculaciones que se pierden en el curso de la vida de cada hombre nada decía este truhán tonsurado. Vivía en palacios entre comodidades y criados y más protegido que el tesoro de Tutankamon. Viajaba en jet privado, salía en televisión día y noche e inundaba con su santurrona efigie el planeta. Impúdicamente disfrutaba de los logros de la ciencia atea que la Puta que él encarnaba combatió y obstaculizó por siglos, opuesta siempre a todo progreso e investigación. A la Puta la manejó como un autócrata y nunca permitió la más mínima disensión. Viajó siempre en jet privado y en su impúdica agonía de meses ocupó un piso entero del Hospital Gemelli como si fuera príncipe Saudita y no el más humilde entre los humildes que pretendía ser.

En esos veintiséis años, diez meses y diecisiete días en que representó la farsa de la santidad visitó ciento treinta países, doscientas sesenta y nueve ciudades italianas y doscientas setenta y cuatro de las trescientas veintiocho parroquias de la diócesis de Roma, recorriendo en total un millón trescientos mil kilómetros, el equivalente a más de tres viajes de la tierra a la luna. Promulgó trece encíclicas, trece exhortaciones apostólicas, cuarenta y una cartas papales, diez constituciones apostólicas y diecinueve motu proprios; convocó ocho consistorios y quince sínodos; escribió más de cien documentos, cartas o constituciones; recibió a más de catorce millones de fieles en ochocientas setenta y siete audiencias semanales a las que hay que sumar quinientas ochenta y cuatro visitas oficiales de Jefes de Estado y ochenta y dos de primeros ministros; pronunció dos mil cuatrocientos discursos o sermones o como los quieran llamar; nombró ciento cincuenta y siete nuevos cardenales. En sus nueve viajes apostólicos al África visitó treinta y dos países. Dignas de recordar son sus visitas al epicentro del sida: el Congo, Zaire y Sudáfrica, donde anduvo satanizando el condón y diciéndoles a los niños negros sin porvenir ni padres que «bienvenidos al banquete de la vida». En su obtusa testa de santurrón no le cabía el que la immissio penis in vaginam es la fuente de todos los infortunios del mundo. Devoto de la Virgen María, varias veces fue a sus santuarios de Knock en Irlanda, Fátima en Portugal, Lourdes en Francia y la Basílica de Guadalupe en México a supervisar los inagotables chorros de dinero que de ellos fluye hacia las incolmables arcas de la Puta. El 15 de mayo de 1995 ofició una misa en Manila ante la más grande concentración de bípedos gregarios que registre la Historia: entre cuatro y ocho millones. El 27 de octubre de 1986 reunió en Asís a ciento veinte representantes de todas las sectas cristianas y de las demás religiones para pasarse un día entero con ellos orando y ayunando, quitándole así el récord de ayuno al ex presidente de México el gran bandido Carlos Salinas de Gortari que ayunó desde el desayuno hasta la comida de medio día en protesta por lo poco que le dejaron robar.

Wojtyla fue el primer papa en visitar una sinagoga, la de Roma, el 13 de abril de 1986. Y en marzo del 2000 fue a visitar el monumento nacional israelí del holocausto, el Yad Vashem, y a hacer historia en Jerusalén tocando con su mano bendecidora el Muro de las Lamentaciones, el lugar más sagrado de los judíos, a los que les pidió perdón por las atrocidades cometidas contra ellos por la Puta desde que mataron a Cristo. Tras la muerte de la cotorra mentirosa la Asociación Judía Antidifamación (Anti Defamation League) emitió un comunicado declarando que Juan Pablo II había revolucionado las relaciones entre católicos y judíos, y que a él se le debía «más cambio para bien en sus veintiséis años de pontificado que en los casi dos mil años que lo precedieron». ¿Qué quiere decir esta estúpida declaración? ¿Que la visita a una sinagoga y el hecho de tocar un muro y de pronunciar unas palabras melosas borran dos mil años de persecución, tortura, deportaciones y asesinatos cometidos en nombre de Cristo contra los judíos? Si así fuera, ¿por qué no reinstalamos entonces el Tercer Reich que sólo los persiguió diez años? En mayo de 1999 fue a Rumania invitado por el patriarca Teoctist de la Puta Ortodoxa Rumana, convirtiéndose en el primer papa que visitara un país predominantemente ortodoxo desde el gran cisma de 1054. Se diría que el impúdico Wojtyla se había propuesto batir en desvergüenza a todos sus predecesores para arrasar por partida múltiple en los récords Guinness. Su gran sueño era visitar a Rusia en busca de nuevos súbditos pero no lo logró. Llegó hasta devolverles el icono de Nuestra Señora de Kazan a ver si lo invitaban. «El asunto de la visita del papa a Rusia —contestó Vsevolod Chaplin en nombre de la Puta Ortodoxa Rusa— está relacionado con los problemas entre las dos Iglesias, hoy imposibles de resolver, y no tiene nada que ver, como creen los periodistas, con el simple hecho de devolver uno de entre los muchos objetos sagrados que se robaron y sacaron ilegalmente de Rusia».

Recibió en audiencia privada en el Vaticano al terrorista Yasser Arafat cuatro veces; una al criminal nazi Kurt Waldheim, presidente de Austria; y otra a Fidel Castro, a quien le retribuyó su visita viajando un año después a Cuba a legitimar con su presencia allá la continuidad del tirano. ¿A dónde no fue, dónde no habló, con qué tirano o granuja con poder no se entrevistó? Un poco más y alcanza a abrazar al genocida de Saddam Hussein, al que ya le tenía puesto el ojo. A Angelo Sodano, amigo de Pinochet y alcahueta de sus crímenes durante los once años que fue Nuncio Apostólico en Chile, lo nombró Secretario de Estado, el más alto puesto de la burocracia vaticana después del suyo. Al tartufo cazador de herencias y estafador de viudas José María Escrivá de Balaguer, fundador de la secta franquista del Opus Dei y más perverso y tenebroso él solo que toda la Compañía de Jesús junta, lo canonizó. A su nuncio en Argentina Pio Laghi, en pago por su apoyo a la guerra sucia en ese país donde solía jugar tenis con el dictador criminal Jorge Rafael Videla, lo nombró pronuncio en Estados Unidos, jefe de la Congregación para la Educación Católica, luego lo hizo cardenal y finalmente cardenal protodiácono. En Nicaragua satanizó lo que llamaba «la Iglesia popular» y en El Salvador condenó al cardenal Osear Romero, cuyas denuncias de los escuadrones de la muerte de su país le habrían de costar la vida: un francotirador lo mató de un tiro en el corazón mientras celebraba una misa en el hospital de La Divina Providencia y en el preciso momento de la eucaristía. El rosario de las bellaquerías de Wojtyla no tiene cuento.

Al final, para seguirse haciendo ver, le dio por pedir perdón y se disculpó por un centenar de los incontables crímenes cometidos por la Puta en los mil seiscientos años que disfrutó de un omnímodo poder. Y así el 31 de octubre de 1992 pidió perdón por la persecución en 1633 a Galileo; el 9 de agosto de 1993, por la participación de la Puta en el comercio de esclavos en África; en mayo de 1995 y en la República Checa, por los que quemó la Puta en la hoguera y por las guerras de religión que desencadenó tras la Reforma protestante; el 10 de julio de 1995 y en una carta a «todas las mujeres», por las injusticias cometidas contra ellas en nombre de Cristo, por la violación de sus derechos y por la misoginia empecinada de la Puta; el 16 de marzo de 1998, por el silencio cómplice del catolicismo ante el holocausto; el 18 de diciembre de 1999 en Praga, por la ejecución dejan Hus en la hoguera en 1415: que «independientemente de las convicciones teológicas que defendió Hus no se puede negar por más tiempo su integridad personal ni su empeño por elevarle el nivel moral a su nación», dijo el desvergonzado. El 12 de marzo de 2000, durante una de las misas del perdón que se inventó, lloró «por los pecados de los católicos cometidos a lo largo de los siglos contra los grupos étnicos, por la violación de sus derechos y el desprecio a sus culturas y tradiciones religiosas». El 4 de mayo de 2001 le pidió perdón al patriarca de Constantinopla por los pecados de los cruzados cuando devastaron a esa ciudad cristiana en 1204. El 22 de noviembre de 2001 y por Internet, pidió perdón por los abusos de los misioneros contra los pueblos aborígenes del Pacífico Sur. Y un largo etcétera. Pero lo que más me gusta de toda esta bellaquería de nuevo cuño es la visita del impúdico el 6 de mayo de 2001 a la mezquita de los Omeyas en Damasco a la que entró a orar y a perorar y donde dijo en su perorata: «Por todas las veces que los musulmanes y los cristianos se han ofendido pidámosle perdón al Altísimo y perdonémonos mutuamente». Y acto seguido el cara dura besó el Corán. Por un beso de éstos al Corán en la España de los Reyes Católicos o en la Roma de San Pío V lo habrían quemado vivo en la hoguera por apóstata. Son los signos de los tiempos. ¿Y qué papa habrá de pedir perdón en el futuro por la homofobia de Wojtyla y por la infinidad de niños que nacieron para ser abandonados o con sida por su obtusa oposición a las píldoras interruptoras del embarazo y al condón en un mundo superpoblado? ¿O por los infinitos crímenes de la Puta carnívora y bimilenaria contra nuestro otro prójimo, los animales?

El sábado 2 de abril de 2005 y tras una enfermedad de meses que puso a cagar fuego al Vaticano y mantuvo en vilo al planeta, por fin murió Wojtyla, el papa de la paridera. Al día siguiente, domingo 3, Joseph Ratzinger le ofició su buena misa de cuerpo presente. Y el viernes 8 el mismo Ratzinger le presidió la misa de difuntos en San Pedro, cocelebrándola con el Colegio de Cardenales en pleno, ciento sesenta y cuatro purpurados, y con los patriarcas y arzobispos de las diversas sectas orientales católicas. Esta misa cocelebrada, que precedió al entierro propiamente tal, congregó a varios millones de ovejas carnívoras en Roma y al más grande número de jefes de Estado que conozca la Historia, superando los del entierro de Winston Churchill, y dos mil millones la vieron por televisión: más que los que vieron el entierro de la entelerida princesa Diana. El entierro de Wojtyla se convertía así en el más suntuoso de que haya disfrutado cadáver de Homo sapiens en proceso de putrefacción. Pantallas digitales gigantes desplegadas en varios puntos de Roma, como el Circo Máximo, transmitían la ceremonia para los millones de peregrinos que se volcaron sobre la ciudad a ver si les alcanzaba a llegar una partícula siquiera del olor del cadáver de quien muriera en olor de santidad y emprendía ahora su último viaje rumbo al agujero negro de Dios. Todo un circo.

Delegaciones oficiales y no oficiales asistieron al entierro: presidentes, vicepresidentes, ex presidentes, primeros ministros, primeras damas, cancilleres, embajadores, líderes de la oposición, grandes duques, emires, príncipes, reyes, reinas, caballeros de la Orden de Malta, delegaciones de catorce países musulmanes y del Estado de Israel, representantes de la Liga Árabe, de la ONU, la OTAN, la UE, la OSCE, la ILO, la FAO, la UNESCO y hasta de la Oficina de Drogas y Crimen de la ONU ¡como si el criminal no estuviera ya empaquetado en su ataúd y hubiera que agarrarlo! Veíamos allí, entre la más alta granujería del planeta, a Bush, a Clinton, a Blair, a Chirac, truhanes archiconocidos que no necesitan presentación; al cazador de osos Juan Carlos Borbón, vergüenza de España; al cazador de zorros Carlos príncipe de Gales, vergüenza de Inglaterra; al rebuznador Fox, vergüenza de México; al presidente de la República Democrática del Congo (¿democrática? ¡vaya!), el criminal Joseph Rabila y su vicepresidente Jean Pierre Bemba, hoy enfrentados a muerte; al segundo lacayo de Castro Ricardo Alarcón, presidente de la Asamblea Nacional de Cuba (siendo el primero Felipe Pérez Roque, el hombre de las permanentes rodilleras); al lameculos de ayatola Mohammad Katami, presidente de Irán; al tirano Bashar al Assad, presidente de Siria; al genocida Robert Mugabe, presidente de Zimbawe; al pavo real Hamid Karzai, presidente de Afganistán; a Charles Murigande, Ministro de Relaciones Exteriores del país más genocida del planeta, Ruanda, con ochocientos mil tutsis masacrados en sólo en tres meses por los hutus; al presidente de Nigeria Olusegun Obasango, el genocida de Odi y Benue, anabaptista fuera de tiempo y lugar. Y toda esa ralea, la crème de la crème del Homo sapiens mendax, concentrada en unos cuantos metros cuadrados y al alcance todos y entre sí de sus excelsas emanaciones intestinales. Y termino con quien he debido empezar, la mosca carroñera Kofi Annan que en su paso de diez años por la ONU no se perdió boda de puta ni capada de marrano.

Y ahora los líderes religiosos: Bartolomeo I, patriarca ecuménico de Constantinopla; Cristodulo, arzobispo de Atenas; Anastasio, arzobispo de Tirana, Durres y Albania; Shear Yishuv Cohen, principal rabino de Haifa; Riccardo di Segni, principal rabino de Roma; Alison Elliot, moderador de la Asamblea General de la Puta de Escocia; Jovan, obispo metropolitano de Agreb y Lubliana y de la Puta Ortodoxa Serbia de Italia; Karekine II, jefe de la Puta Apostólica de Armenia; Kirill, obispo metropolitano de Smolensk y Kaliningrad; Lavrentije, obispo de Sabac y Valjevo, de la Puta Ortodoxa Serbia; Mesrob II, patriarca armenio de Istambul y Turquía; Jukka Paarma, arzobispo de Turku y cabeza de la Puta de Finlandia; Seraphim, obispo de Ottawa, de la Puta Ortodoxa de América; Abune Paulos, patriarca de la Puta Ortodoxa de Etiopía; Oded Viener, representante de los principales rabinos de Israel; Finn Wagle, obispo de Nidaros y Primus, de la Puta Luterana de Noruega… Rabinos, pastores, popes, convertidos en lameculos de cadáver de papa, orando, sollozando, llorando y secándose las lágrimas. Y para terminar, Rowan Williams, arzobispo de Canterbury y cabeza de la Puta Anglicana de Inglaterra: por primera vez desde los tiempos del Barba Azul Enrique VIII y su rompimiento con la Puta de Roma, un arzobispo de Canterbury mordía el polvo.

De los dos mil millones de seres humanos que se le sumaron al planeta durante los veintiséis años del pontificado de Wojtyla, un poco menos de la tercera parte de la población actual, todos estos jefes civiles y religiosos son corresponsables con él pues ninguno levantó la voz para oponerse a su prédica insensata e hipócrita. Son sus solapadores. Si hoy el mundo es un planeta atestado de gente en que los polos se están derritiendo por el efecto invernadero, en que los ríos se han convertido en cloacas y el mar en un desaguadero de cloacas; si hoy están las calles y las carreteras embotelladas, los aeropuertos embotellados, el cielo embotellado, los teléfonos y el Internet atascados; si ya se están acabando el petróleo y el agua; y si la vieja cría en el campo de los pollos, los cerdos y las vacas ha dado paso a las monstruosas fábricas de carne de hoy en que los animales viven y mueren encerrados en estrechas jaulas sobre el montón de sus propios excrementos y sin ver la luz del sol, a ese paporro inmoral se le debe y a sus cómplices los truhanes del poder que lo alcahuetearon. Nunca los animales fueron tan desventurados como hoy. Pero no olvidemos que detrás del papa y los ayatolas están Cristo y Mahoma que nunca tuvieron una palabra de compasión por ellos y a cuyas dos religiones infames hoy pertenece la mitad de la humanidad. ¡Cómo van a ser ese loco rabioso que ni existió y ese asesino sanguinario los paradigmas para el ser humano, los modelos de lo que debe ser justo y noble! Hay que ser un ciego moral o un retardado mental para pensarlo. Del inconmensurable sufrimiento de los animales Cristo y Mahoma son los primeros culpables.

Acabada la misa de difuntos empezó el desfile de tonsurados católicos y ortodoxos que en una orgía de incensarios y de hisopos de agua bendita iban pasando ante el féretro diciéndole al difunto sus conjuros mágicos. Ayudado por el padre Nello Luongo, un diácono del Seminario Pontificio de Roma, Ratzinger le echó las últimas bocanadas de incienso al féretro, rogó por última vez por el papa muerto y dio por terminada la misa. En las altas bóvedas de la gran basílica cuya construcción financiada con indulgencias le costó la división en dos a la Puta de Occidente, resonó el Oficio de Difuntos de la liturgia bizantina cantado en griego y en árabe, en tanto afuera, en la plaza de San Pedro, las ovejas estúpidas, el rebaño inmoral y carnívoro balaba clamando al cielo: Santo súbito! Acto seguido toda la clerigalla travestida cantó al unísono: «Que los ángeles te acompañen al cielo, que los mártires te reciban cuando llegues y te guíen a la Santa Jerusalén». E Ite missa est, indio comido indio ido, adiós turbamulta bellaca. Entonces, por fuera de la curiosidad de las cámaras y la chusma, empezó el entierro propiamente dicho: los Caballeros Pontificios se llevaron el ataúd rumbo a la Puerta de la Muerte que da entrada a las oscuridades subterráneas de San Pedro. Ya sin cámaras que lo vieran, Ratzinger le confió la ceremonia del entierro al cardenal Martínez Somalo, uno de los más distinguidos lacayos del difunto.

En una cripta subterránea en las entrañas de San Pedro lo enterraron. Vestido de sotana blanca, alba blanca, mitra blanca, zapatillas rojas, estola, palio, casulla y en la mano un rosario por si le hiciera falta, lo embalaron rumbo a la eternidad en un ataúd de ciprés metido dentro de un ataúd de zinc metido dentro de un ataúd de nogal que bajaron al hueco abierto en la desnuda tierra y taparon con una gran plancha de piedra no se les fuera a salir, como Cristo, el paporro a seguir azuzando la paridera y canonizando santos de pacotilla a la buena de Dios, a la diabla. «Señor —exclamó el cardenal Martínez Somalo para ponerle punto final al asunto—, dale el eterno descanso y que la luz perpetua brille sobre él». ¡Ah cabrón igualado! Tuteando al Padre Eterno…

Siguieron los novendiales o nueve días de duelo en que se celebran otras tantas misas por el difunto, que en este caso tuvieron lugar en la Basílica de San Pedro y fueron cantadas por nueve cardenales que escogió Ratzinger, escogiéndose él para la primera. La del lunes 11 la ofició Bemard Francis Law, el ex arzobispo de Bostón que en esos momentos ya era Cardenal Archipreste de la Basílica de Santa María Maggiore, premio que le dio Wojtyla en pago a la protección que les brindó a los curas pederastas de aquella diócesis norteamericana y que no censuro, quede muy claro, sino que por el contrario alabo, bendigo y apruebo pues ¿qué pecado puede haber en que un curita le haga la paja a un niño que de todos modos se la va a hacer solito en su casa? Pecado no es masturbar al prójimo ni sodomizarlo ni darle mantenimiento sexual por la vía que sea: pecado es acuchillar a una vaca. Representantes de la llamada «Survivors Network of those Ab used by Priest» conducidos por su fundadora Barbara Baline, volaron a Roma desde los puritanos Estados Unidos de Bush a avergonzar a los católicos romanos con la tal pederastía de los curas bostonianos alcahueteada por Bernard Law. ¡Cuáles sobrevivientes, santurrona, carnívora, cabrona, gringa, hipócrita! ¡De qué sobrevivieron tus «abusados»! ¿De una paja?

El lunes 18 de abril en la mañana y a unas horas de que los 115 cardenales en edad de votar por ser menores de 80 años se encerraran en la Capilla Sixtina para el cónclave, tuvo lugar en la Basílica de San Pedro la misa tradicional por la elección de un nuevo papa Pro eligendo Romano Pontifice que ofició adivinen quién. El mismo que había oficiado la misa de difuntos del 3 de abril; el mismo que había presidido la gran misa cocelebrada del día 8 ante los dos mil millones que la vieron por televisión, compitiendo él con el cadáver de los cadáveres, el cadáver protagónico; y el mismo, en fin, que el día 9 había oficiado la primera de las misas novendiales por el difunto: el decano del Colegio de Cardenales, el alemán Joseph Ratzinger, en favor de quien el Espíritu Santo había empezado dieciocho meses atrás una campaña subrepticia para convertirlo de odiado inquisidor en amado papa. ¡Cuánto no le costó entonces al de las lenguas de fuego convencer a este hombre humilde ajeno a toda ambición para que aceptara ser el Vicario de Cristo, el sucesor de Pedro, el Pontífice Máximo! Que la decisión no era suya sino de Dios, le hacía ver una y otra vez el Paráclito. Hasta que por fin el prelado, humilde aunque alemán y educado por los nazis, aceptó agachando la cabeza. Un vaticanologista comentó que durante las dos semanas que siguieron a la muerte de Wojtyla, Ratzinger había sido el dueño del balón. Un partidario suyo dijo en cambio, palabras textuales: «Un fuego interior se le encendió en el pecho como si Dios lo hubiera escogido». Y sí pero no porque no fue Dios el que lo escogió sino el Espíritu Santo, que es muy distinto. Dios es el Padre, Cristo es el Hijo y el Espíritu Santo es el producto homosexual e incestuoso de ambos.

El sermón que pronunció Ratzinger en su misa Pro eligendo Romano Pontifice el lunes 18 de abril en la mañana, horas antes de que se iniciaran las votaciones del cónclave, es una obra maestra del cálculo y la perfidia, un modelo de oportunismo. Que él no iba a renunciar a sus ideales para ganar votos fue lo que dijo en resumidas cuentas. Él estaba por la cultura de la vida del difunto papa y contra el aborto y el condón, contra la ordenación de mujeres, contra la presencia del Islam en Europa, contra las nuevas sectas, contra el homosexualismo, contra el marxismo, contra el liberalismo, contra el modernismo, contra el individualismo, contra el colectivismo, contra el libertinismo, contra el materialismo, contra el relativismo. Y he aquí la palabra clave: relativismo. De pie ante un semicírculo de cardenales y ante la basílica atestada de fieles fervorosos preguntó: «¿Cuántos vientos de doctrina hemos conocido en los diez últimos años? ¿Cuántas corrientes ideológicas? ¿Cuántas formas de pensar? A los que creemos firmemente en Dios y en los absolutos morales nos acusan de fundamentalismo, mientras que la única actitud socialmente aceptable pareciera ser que todo es relativo y nada es bueno o malo con certeza». La Puta Católica, Apostólica y Romana era la dueña de la verdad y por fuera de ella no había verdad posible. Al relativismo de los blandengues Ratzinger contraponía el absolutismo de los firmes. La verdad absoluta y punto. A lo cual a mi vez se me ocurre preguntar: y las cien peticiones de perdón que ofreció Juan Pablo II en sus últimos años de pontificado por los crímenes de la Puta, ¿ésas qué? ¿No nos estaba mostrando con ellas el relativismo de su verdad? No hay verdades eternas. La verdad cambia con los tiempos según vaya soplando el viento, y no es patrimonio colectivo sino espejismo del fuero íntimo de cada quien.

Pero por lo menos Ratzinger era consecuente con sus dos décadas a la cabeza de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Otra cosa es que su congruencia la mandara al carajo no bien se montó en la silla de Pedro pues de inmediato empezó a adular a los musulmanes. Lo de Ratsibona fue un lapsus cálami que exhibió a la luz del día al mentiroso. Acaba de ir a Turquía a hacerse ver en el mejor estilo de su predecesor y a retractarse de lo que le dijo a Le Figaro en una entrevista pocos meses antes de subir al pontificado y cuando era tan sólo un cardenal entre muchos: «Turquía es un país que histórica y culturalmente tiene poco que ver con Europa. Por ello sería un gran error incorporarlo a la Unión Europea». Ya de papa cambió de opinión. Y no bien aterrizó en Ankara, al primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan, quien muy a su pesar, con repugnancia, tuvo que ir al aeropuerto a recibirlo en busca de su apoyo para el ingreso de Turquía a la Unión Europea, le expresó que no sólo podía contar con él sino que se sumaba a la Alianza de Civilizaciones que Erdogan y el presidente del gobierno español habían venido proponiendo. ¿Y la Liga Santa cuyas capitulaciones firmó San Pío V con Felipe II y las repúblicas de Génova y Venecia dirigidas a la guerra total contra los turcos y que condujeron el 7 de octubre de 1571 a la batalla naval de Lepanto en el golfo de Corinto en que murieron treinta y cinco mil hombres, ésa qué? ¿Y la nueva Liga Santa contra los turcos formada por Inocencio XI con el emperador Leopoldo I y el rey Juan III Sobieski de Polonia que entre 1683 y 1688 liberó del yugo otomano a Viena, Belgrado y toda Hungría, ésa qué? ¿Fueron ésos enfrentamientos entre civilizaciones, o entre barbaries? ¿Fueron jihad o guerra santa? ¿Cómo los calificamos? Pío V le atribuyó la victoria de Lepanto a la Virgen María y declaró el 7 de octubre fiesta de Nuestra Señora de la Victoria. ¡Y después nos vienen a hablar contra «la dictadura del relativismo» y a afirmar que la verdad es absoluta y que su dueña ha sido, es y será la Puta católica! Que se ponga primero esta ramera de acuerdo consigo misma antes de salir a mentir por el mundo.

Ese sermón contra «la dictadura del relativismo», que sólo una Puta de dos mil años de refinamiento en la simulación puede concebir, catapultó a Ratzinger (y perdón por el anglicismo pero no encuentro mejor palabra) a la ansiada silla de Pedro. Horas después de pronunciado, en una sombría y solemne procesión ciento catorce cardenales de más de cincuenta países entraban con él a la Capilla Sixtina y en cuatro apuradas votaciones lo elegían como sucesor de Wojtyla. En la cuarta y última votación Ratzinger obtuvo noventa y cinco de los ciento quince votos. La casi totalidad de esos cardenales eran hechura del muerto, que fue el que los nombró. Los que venían de antes y que no segó en el curso de su pontificado Nuestra Señora Muerte Wojtyla los licenció por viejos. ¡Como si él fuera un mancebito! Fuentes bien informadas cercanas al Espíritu Santo han dejado saber que en plena desesperación los pocos cardenales liberales (¿liberales?) andaban proponiendo al cardenal argentino Jorge Bergoglio para oponérselo a Ratzinger, pero que los dos cardenales colombianos, Darío Castrillón Hoyos y Alfonso López Trujillo, amantes ambos del orden y el sexo fuerte, alinearon el bloque de los veinte cardenales latinoamericanos detrás de éste. Yo no creo. Pero si así hubiera sido, ¡qué honor para Colombia! ¡Cómo me late el corazón de orgullo patrio! Más que un gol de la Selección Colombia en el mundial de fútbol que ya hemos ganado tres veces. Y termino esta crónica de simulaciones, bellaquerías, intrigas y ambiciones con el final del sermón de Ratzinger cuando la mencionada misa Pro eligendo Romano Pontifice: «En esta hora decisiva —dijo— le rogamos al Señor que después del gran don del papa Juan Pablo II que nos hizo nos dé de nuevo un pastor del corazón, uno que nos guíe según la conciencia y el amor y en la verdadera alegría de Cristo». ¡Quién si no él! Varios de los cardenales asistentes aplaudieron, entre los cuales el poderoso Gamillo Ruini, a quien Ratzinger le había puesto el ojo por si su candidatura fallara. ¡Qué iba a fallar, si contaba con el respaldo del Espíritu Santo!

En el siglo VI antes de nuestra era Mahavira, que vivió y enseñó en la llanura del río Ganges en el norte de la India y que fue contemporáneo de Buda, fundó en la India el primer asilo de animales de que tengamos noticia para albergar a los animales viejos y enfermos. El es la gran figura del jainismo, una religión que preconizaba el vegetarianismo y el absoluto rechazo a la violencia, y a él se debe que con el correr del tiempo se terminaran en la India los sacrificios rituales de animales. Desde la oscuridad de tan remoto pasado, por sobre los miserables personajitos de Cristo y Mahoma a cuyas religiones pertenece la mitad de la población mundial pero a los que no les dio el alma para entender que también los animales, y no sólo el hombre, son nuestro prójimo, hoy brilla Mahavira como la máxima luz moral de la humanidad. Mil setecientos años de oportunidad ha tenido el cristianismo: desde que se montó al carro del poder de Constantino; y mil cuatrocientos el mahometismo: desde que lo fundó Mahoma. Durante esos largos siglos de oportunidad perdida lo único que han hecho uno y otro es bañar el mundo de sangre humana y sangre de animales. No hay razón para que este par de fanatismos monstruosos disfrazados de religiones perduren un día más. Ha llegado la hora de decirles basta.

El 15 de octubre de 1978, dos milenios y medio después de Mahavira y en un mundo perturbado y al borde del caos, en la casa de la UNESCO en París se proclamó solemnemente la Declaración Universal de los Derechos del Animal. Su texto, revisado por la Liga Internacional de los Derechos del Animal en 1989 y hecho público al año siguiente, no sólo es una obra maestra de la claridad expositiva sino una de las más altas expresiones que yo conozca de la misericordia y la grandeza de alma. Sus frases escuetas, incontrovertibles, lúcidas vienen sonando desde entonces como martillazos en la podrida conciencia de la humanidad. He aquí el preámbulo: «Considerando que la Vida es una, que todos los seres vivos tienen un origen común y que se han diferenciado en el curso de la evolución de las especies; considerando que todo ser vivo tiene derechos naturales y que todo animal con un sistema nervioso tiene derechos particulares; considerando que el desprecio o el simple desconocimiento de esos derechos naturales causan graves atropellos a la Naturaleza y llevan a cometer al hombre crímenes contra los animales; considerando que la coexistencia de las especies en el mundo significa el reconocimiento por la especie humana del derecho a la existencia de las otras especies animales; considerando que el respeto de los animales por el hombre es inseparable del respeto entre los hombres, se proclama lo que sigue…» ¿Cuándo hablaron Cristo y Mahoma de «crímenes contra los animales»? Este solo concepto de crímenes contra los animales que cabe en cuatro palabras marca el abismo que se agrandará más y más cada día que pase entre una humanidad movida por la compasión universal y ese par de personajitos alucinados de los cuales el primero ni siquiera existió y el segundo fue un criminal despreciable.

Y ahora unas cuantas de las verdades que siguen a los considerandos y que se le resbalaron por su disfraz de travestido al impúdico Wojtyla: «Artículo primero: Todos los animales tienen igual derecho a la existencia en el marco de los equilibrios biológicos; esta igualdad no oculta la diversidad de las especies y los individuos. Artículo 2: Toda vida animal merece respeto. Artículo 3: Ningún animal debe someterse a malos tratos o a actos crueles; si es necesario matar a un animal, su muerte debe ser instantánea, indolora y que no le produzca angustia; y el animal muerto debe ser tratado con decencia. Artículo 4: El animal salvaje tiene derecho a vivir libre en su medio natural y a reproducirse; la privación prolongada de su libertad, la caza y la pesca por diversión, así como toda utilización del animal salvaje para otros fines que no sean los vitales son contrarios a este derecho. Artículo 5: El animal que el hombre tiene bajo su dependencia tiene derecho a ser mantenido y a cuidados y atenciones; en ningún caso debe ser abandonado ni matado en forma injustificada. Artículo 6: La experimentación con un animal que provoque sufrimiento físico y psíquico viola los derechos del animal. Artículo 7: Todo acto que acarree sin necesidad la muerte de un animal y toda decisión que conduzca a ella constituyen un crimen contra la Vida. Artículo 8: La masacre de los animales salvajes y la destrucción de sus ambientes son genocidios. Artículo 10: La educación y la instrucción pública deben llevar al hombre desde su infancia a observar, comprender y respetar a los animales». Etcétera, etcétera.

Para explicarnos el espíritu de la declaración la Liga Francesa de los Derechos del Animal, fundada en 1977, ha hecho una serie de consideraciones biológicas y morales, como la de que la especie humana no es sino una entre muchas especies animales del planeta y una de las más recientes. O la de que hemos establecido una jerarquía antropocéntrica «que ha llevado a atribuirle al hombre la inteligencia y al animal sólo el instinto, y a pensar que el animal no sufre como el hombre, siendo así que todo lo que sabemos hoy demuestra lo contrario, que sufre físicamente como nosotros y que su pensamiento, producto de un sistema nervioso central, es todavía más complejo que lo que las neurociencias de hoy nos revelan. Esta capacidad les confiere a los animales derechos particulares respecto a los vegetales». O la de que «La Vida no le pertenece al hombre. El hombre no es ni su creador ni su detentador exclusivo: pertenece también al pez, al insecto, al mamífero y a los vegetales». ¿Dónde queda el comienzo del Génesis en que el rabioso Yavé, alias Alá, alias el Padre le confiere al hombre dominio sobre todos los seres vivos de la Tierra? Vamos a quitarle a Dios su mayúscula y a ponérsela, como en la declaración de la UNESCO, a la Vida.

¿Cuándo hablaron Cristo y Mahoma y cuándo los curas, los pastores, los popes, los rabinos, los ayatolas y los papas de «derechos de los animales», de «respeto por los animales», de «violencia contra los animales», del «sufrimiento de los animales», de «decencia para con los animales», de «genocidio de los animales», de «dignidad de los animales»? Jamás se les pasaron esas ideas nobles por sus mentecitas estrechas a estos inmorales. Y no se necesita saber de genética, de biología evolutiva, de biología molecular, de neurociencias para percibir el sufrimiento de los animales: basta tener dos ojos como las vacas, dos orejas como las vacas, dos fosas nasales como las vacas, sangre roja como las vacas y un cerebro un poco más complejo que el de las vacas para poder entender que con respecto al sufrimiento las vacas que acuchillamos en los mataderos en esencia son iguales a nosotros: que sienten el dolor, la angustia, el miedo, el terror, la sed, el hambre. Otra cosa es no querer entender. Ni por deporte, ni en nombre de la ciencia, ni siquiera como alimento puede el hombre atropellar a los animales, y con mayor razón a los que pertenecen a nuestra misma clase de los mamíferos. Y no puede criar pollos ni ningún animal con sistema nervioso desarrollado enjaulándolos y en cautiverio. El ochenta y tres por ciento de la población de la India pertenece al hinduismo, que prohíbe matar a los animales. Esa religión vegetariana sin jerarquía eclesiástica ni dogmas absolutos en que cada individuo descubre el modelo a seguir que le confiere orden y sentido a su vida tiene una historia ininterrumpida de tres mil quinientos años. Si los hindúes han podido vivir por tanto tiempo sin comerse a los animales, ¿por qué no podemos también nosotros? Cada vaca, cada perro, cada caballo, cada mamífero es un individuo único como cada uno de los seres humanos, con su propia personalidad y sus únicos e intransferibles recuerdos. Y claro que existe una jerarquía entre los seres vivos, pero es la del dolor. Esta jerarquía se determina según la complejidad de los sistemas nerviosos que corresponde ni más ni menos, exactamente, a la capacidad de sufrir. Mientras más complejo sea el sistema nervioso de un animal, más posibilidad tiene de sufrir y en consecuencia merece de nuestra parte mayor respeto.

Y sin embargo antes de que surgieran los tres fanatismos semíticos del judaísmo, el cristianismo y el mahometismo que se arrogan el nombre de religiones y pretenden haber dado lugar a civilizaciones, hubo en la antigüedad y los ha seguido habiendo siempre hombres bondadosos que abrazaron los mismos principios de Mahavira y que en esencia son los de la reciente declaración de la UNESCO: Pitágoras, Platón, Epicuro, Apolonio de Tiana, Plutarco, Porfirio… Y en los tiempos modernos Shelley, Thoreau, Tolstoi, George Bernard Shaw, Gandhi… En 1847 se fundó en Inglaterra la primera sociedad vegetariana. A ésta siguieron otras en Europa y en los Estados Unidos, y en 1889 la federación internacional de sociedades vegetarianas que desde 1908 se conoce como la International Vegetarian Union y que celebra en la actualidad congresos cada dos años en diferentes países.

La explotación y la opresión de los animales por el hombre es como la explotación y la opresión de unos seres humanos por otros. No olvidemos que sólo hasta la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, adoptada por Asamblea Nacional de Francia en 1789 durante la Revolución Francesa y bajo la influencia de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos del 4 de julio de 1776, se empezó a hablar de «derechos humanos» y a considerar como derechos naturales e inalienables del hombre la libertad de pensamiento, de prensa y de religión y la igualdad de los ciudadanos ante la Ley. Y no olvidemos tampoco que tanto en la Declaración de Independencia norteamericana como en la de la Asamblea Nacional de Francia se incluyó en un comienzo un artículo que abolía la esclavitud pero que fue suprimido de inmediato en ambas, de suerte que todavía bien avanzado el siglo XIX en Europa y en los Estados Unidos infinidad de católicos y protestantes por igual defendían con todo tipo de argumentos la esclavitud. El 10 de diciembre de 1948 la Asamblea General de la ONU amplió la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución Francesa en la Declaración Universal de Derechos Humanos que rige hoy en todo el mundo. Pues bien, la Declaración de los Derechos de los Animales no es más que la ampliación a los animales de estas declaraciones de los derechos del hombre. De los treinta artículos que tiene la declaración de la ONU podemos extenderles a buena parte de los animales el Artículo 3 en cuanto dice: «Todo individuo tiene derecho a la vida y a la libertad». Y el 4 en cuanto dice: «Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre; la esclavitud y la trata de esclavos están prohibidas en todas sus formas». Y el 5: «Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes». Claro que en la declaración de la ONU hay artículos que sólo pueden valer para el ser humano, como el 18 que dice: «Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia». Sí, eso dice. Sólo que durante mil setecientos años la Puta y mil cuatrocientos años el mahometismo han ido en contra de este artículo. En consecuencia, o le pedimos a la ONU que lo suprima de su declaración, o renunciamos al mahometismo y a la Puta, pero las dos posiciones no se pueden conciliar.

Gústenos o no habremos de terminar aceptando que los animales no son cosas, ni máquinas, ni un manojo de instintos y reflejos; que cada uno es un individuo irrepetible y distinto de los demás de su especie tal y como somos irrepetibles y distintos unos de otros los seres humanos; que no se pueden vender ni comprar; que no se pueden matar por deporte ni con pretextos científicos ni como comida y que matarlos es un acto cruel que conduce a desvalorizar la vida humana; que no son instrumentos de nuestros deseos ni de nuestra voluntad; que pueden sentir el placer, el dolor, la felicidad y la infelicidad como cualquier ser humano y que tienen alma o conciencia o como la quieran llamar: alma perecedera como la nuestra (¡el gordo Aquino creía que teníamos alma eterna!); que no están por fuera de nuestra moral sino que ésta debe incluirlos; que deben tener derechos legales; que el especismo o discriminación con base en la especie es tan inaceptable como el racismo; que existen límites morales en el trato que les demos así como existen en nuestro trato a los demás seres humanos; y que hay que actuar en consecuencia respetándolos. Los derechos del hombre son inseparables de los derechos de los animales. Con un esfuercito de redacción podríamos juntar la declaración de la ONU y la de la UNESCO en una sola.

Ayer llegó Benedicta a Estambul y provocó un embotellamiento de puta madre. La suya se la mentaban los catorce millones de musulmanes de la ciudad, que no podían llegar de sus trabajos a sus casas porque por las medidas de protección desplegadas para proteger al zángano les habían bloqueado las arterias principales en la hora pico de la tarde. ¿Ya qué venía el zángano a la antigua Constantinopla que en nombre de Cristo quemaron hace ochocientos años los cruzados, y así llamada en honor del primero y más grande concubino de la Puta? Venía a darles ánimos a doscientos de sus secuaces católicos; a hacerle su puñetita al patriarca de la Iglesia ortodoxa con el que se peleó ya va para mil años; y a hacerle la gran puñeta a la horda musulmana para calmarles la rabia que les hierve en las tripas porque sí y porque no. «Espero que ese puto viejo se vaya pronto porque esto es insoportable», dijo en una calle en turco, varado entre el gentío, un ganapán. Dicen que en esa ciudad donde el tráfico nunca ha fluido el embotellamiento alcanzaba dimensiones delirantes. Los automovilistas tocaban los claxons, maldecían, hijueputeaban. Blasfemaban no porque no pueden, su religión lo prohíbe. Al caer de la tarde y mientras la ciudad hervía en el caos, los muecines rompieron a llamar al rezo desde las mezquitas. Para colmo de males el estrecho del Bosforo quedó taponado por un buque de bandera rusa que se estrelló contra un puente y a los claxons de los carros y a la alharaca de los muecines se sumaron entonces las sirenas de los barcos: «¡Uuuuuuu!», decían mentándole la madre a Wojtyla. Perdón, a Ratzinger. La noche le cayó encima a Ratzinger en la Nunciatura Apostólica donde le organizaron una cenita antes de subirlo a dormir a un cuarto. Y que retumba como un trueno un clamor que llenó los ámbitos. ¿Maldiciendo la pagana Bizancio, la cristiana Constantinopla, la musulmana Estambul a Ratzinger? ¡Qué va, ni eso! Eran los coros del estadio de Beskitas, uno de los equipos de fútbol de la ciudad, cantando goles al unísono.

A la pregunta de «Si es lícito a los católicos asistir o favorecer las reuniones, asociaciones, congresos o sociedades de acatólicos, cuyo fin es que cuantos reclaman para sí de un modo u otro el nombre de cristianos se unan en una sola alianza religiosa», el decreto del Santo Oficio del 8 de julio de 1927, emitido bajo Pío XI y que trata «De las reuniones para procurar la unidad de todos los cristianos», contestó: «Negativamente». Más claro no canta un gallo tronando al amanecer. Y hurgando más atrás en el «magisterio» de la Puta nos encontramos con el documento del Cuarto Concilio de Letrán (convocado en 1215 para condenar a los albigenses, los valdenses, el abad Joaquín y otros herejes) que dice en su capítulo primero: «Una sola es la Iglesia universal de los fieles y por fuera de ella absolutamente nadie se salva»; y en el quinto, volviendo al viejo cuento del primado de Pedro, el Tu es Petrus: «Renovando los antiguos privilegios de las sedes patriarcales, con aprobación del sagrado Concilio universal decretamos que después de la Iglesia Romana, que por disposición del Señor tiene sobre todas las otras la primacía de la potestad ordinaria como madre y maestra que es de todos los fieles, ocupe el primer lugar la sede de Constantinopla, el segundo la de Alejandría, el tercero la de Antioquía, el cuarto la de Jerusalén». ¡Cuál primer lugar Constantinopla! ¡El segundo! Primero es Roma y después será Constantinopla o lo que quieran. Y la bula Unam sanctam de Bonifacio VIII del 18 de noviembre de 1302 que empieza afirmando que «Por fuera de la Iglesia Católica y Apostólica no hay salvación ni perdón de los pecados». Y aduce Bonifacio dos razones: una, porque en el Cantar de los Cantares (6,9) el Esposo clama: «Una sola es mi paloma, una sola es mi perfecta, ella es la hija única de su madre, la preferida de la que la dio a luz». Y dos, porque la Iglesia es como la túnica inconsútil del Señor (Juan 19:23), una sola y sin costuras. «Por ello la Iglesia tiene un solo cuerpo y una sola cabeza, no dos como un monstruo; y esa cabeza es Cristo o su Vicario Pedro o el sucesor de Pedro, puesto que el Señor le dijo a éste: ‘Apacienta mis ovejas’ (Juan 21:17). Mis ovejas, dijo, de modo general, no éstas o aquéllas en particular, por lo que se entiende que se las encomendó todas. Y si los griegos dicen que no fueron encomendados a Pedro y a sus sucesores, menester es que confiesen que no son de las ovejas de Cristo, puesto que dice el Señor en Juan que hay ‘un solo rebaño y un solo pastor’ (Juan 10:16)». Exacto. ¿Qué hace entonces hoy en Estambul Benedicto XVI masturbando a esos mismos griegos de que hablaba Bonifacio, los ortodoxos, que no se sienten ovejas del rebaño único? Y retomando la tesis del Cuarto Concilio de Letrán, ¿no dijo Pío Nono en su alocución Singulari quandam del 9 de diciembre de 1854 escrita contra los «adoradores de la razón humana» que por fuera de la Iglesia católica no hay salvación? A Benedicto le quiero recordar aquí las palabras textuales de su predecesor infalible Pío Nono: «Por la fe debemos sostener que por fuera de la Iglesia Apostólica Romana nadie puede salvarse; que ésta es la única arca de salvación; que quien en ella no hubiere entrado, perecerá en el diluvio. Sin embargo, también hay que tener por cierto que quienes sufren ignorancia de la verdadera religión, si aquélla es invencible, no son ante los ojos del Señor reos por ello de culpa alguna». ¿Qué quería decir este engañatontos con esa salvedad hipócrita y mierdosa que introduce el «sin embargo»? ¿Acaso que los protestantes, los ortodoxos, los judíos y los mahometanos «sufren ignorancia»?

¡Qué capacidad de empantanar y engañar y mentir la de esta Puta mendaz! Me quedo con Nicolás de Autrécourt cuando dijo: «Las proposiciones ‘Dios existe’ y ‘Dios no existe’ significan absolutamente lo mismo aunque de otro modo». O con estas tres maravillosas tesis de Pedro de Bonageta y de Juan de Latone que condenó Gregorio XI: «Una, si la hostia consagrada cae o es arrojada a una cloaca, al barro o a un lugar torpe, aun permaneciendo las especies deja de estar bajo ellas el cuerpo de Cristo y vuelve la substancia al pan. Dos, si la hostia consagrada es roída por un ratón o comida por un bruto, aun permaneciendo dichas especies en ella deja de estar en ellas el cuerpo de Cristo y vuelve la substancia al pan. Y tres, si la hostia consagrada es recibida por un justo o por un pecador, cuando la especie es triturada por los dientes Cristo es arrebatado al cielo y no pasa al vientre del hombre». O con estas otras tres maravillas de Zanino de Solcia que condenó Pío II en su carta Cum sicut: «Una, Jesucristo no padeció ni murió por amor al género humano ni para redimirlo sino por imposición de las estrellas. Dos, Nuestro Señor Jesús fue ilegítimo. Y tres. Moisés, Jesucristo y Mahoma rigieron al mundo según el capricho de sus voluntades». O con esta tesis de los beguinos y begardos que condenó Clemente V: «El beso de una mujer, como quiera que la naturaleza no inclina a él, es pecado mortal; en cambio, el acto carnal, como quiera que a esto inclina la naturaleza, no es pecado, sobre todo si el que lo ejercita es tentado». Lo que no he logrado saber hasta ahora es qué es lo que condenó Clemente: ¿El beso? ¿O el acto carnal? ¿O ambos? ¿O ninguno? ¿O sí pero no según que haya tentación o sin ella? A la pregunta de «Si es lícita la masturbación directamente procurada para obtener esperma con el fin de descubrir y en lo posible curar la enfermedad contagiosa de la blenorragia», por decreto del Santo Oficio del 2 de agosto de 1929 Pío XI respondió: «Negativamente». ¿Negativamente qué? ¿Descubrir la enfermedad, o curarla? Descubrir la enfermedad no podía ser porque todo el que la padecía por fuerza la descubrió. Tal vez curarla. ¿Pero cómo dejar perder setecientos millones de espermatozoides de cada eyaculación que bien pudieran ir a hinchar el rebaño católico en otro tanto número de ovejas «limosnables», o sea factibles de ser ordeñadas como vacas? ¡Imposible! Ya la pregunta de «Si puede aprobarse el método que llaman de ‘la educación sexual’ y también de ‘la iniciación sexual’», por decreto del Santo Oficio del 21 de marzo de 1931 el mismo Pío respondió lo mismo: «Negativamente». ¿Y si no hay iniciación sexual, cómo puede haber luego reproducción sexual? Se acabaría entonces la especie humana. Salvo que convirtiéramos al Homo sapiens en una especie partenogenética… Que también podría ser…

Y el Pío siguiente, Pío XII, en su alocución del 29 de septiembre de 1949 ante el Cuarto Congreso Internacional de Médicos Católicos, dijo: «Si bien es cierto que no pueden a priori rechazarse nuevos métodos por el sólo hecho de su novedad, sin embargo por lo que a la fecundación artificial se refiere no solamente hay que ser en extremo reservados, sino que debe ser absolutamente rechazada. Al hablar así, no se proscribe necesariamente el empleo de ciertos medios artificiales destinados únicamente ora a facilitar el acto natural, ora a hacer alcanzar su fin al acto natural normalmente cumplido». ¿Qué quiso decir esta fuente clara y translúcida de donde mana una verdad transparente? Lo mismo que quiso decir Luis Echeverría cuando les dijo a los periodistas siendo presidente de México que él no era de izquierda ni de derecha sino todo lo contrario. Y también afirmó el dicho Pío en dicho congreso: «La fecundación artificial fuera del matrimonio debe condenarse pura y simplemente como inmoral. La fecundación artificial dentro del matrimonio, pero hecha con elemento activo de un tercero, es igualmente inmoral, y como tal ha de reprobarse sin distingo». ¿Qué quiso decir «con elemento activo de un tercero»? ¿Estaba acaso condenando el Santo Padre el ménage à trois? Lo que sí le salió muy bien a este papa fue cuando hablando «del uso del matrimonio en tiempo de infecundidad» ante el Congreso de la Unión Católica Italiana de Comadronas el 29 de octubre de 1951 dijo: «Cumple ante todo examinar dos hipótesis. Si la práctica de aquella teoría no quiere decir otra cosa sino que los cónyuges pueden hacer uso de su derecho matrimonial aun en los días de esterilidad natural, nada hay que oponer a ello; con ello, en efecto, no impiden ni perjudican en modo alguno la consumación del acto natural y sus ulteriores consecuencias».

—Explíqueme usted ahora una cosa, compadre: ¿Cuántos espermatozoides se pierden en las eyaculaciones in vagina en los días de «esterilidad natural» en que los cónyuges hacen uso de su «derecho matrimonial»?

—Dos millones de billones de trillones de cuatrillones, compadre.

—¡Qué pena! Como para poblar dos galaxias… ¿Y si se emplearan unos cuantos de ellos para curar la blenorragia? ¿Por qué no lo permitía el papa?

—Porque al Vicario de Cristo no le dio su puta gana.

Además, como ya sabemos, la gonorrea no se cura con espermatozoides sino con antibióticos. Lo que sí va a lograr la ciencia en un futuro no lejano es marcar los espermatozoides en la mismísima fuente de los canales germinales de donde manan, de suerte que podamos saber cuáles están destinados a ser papas, y así el hombre de buena voluntad pueda cazarlos con escopeta antes de que florezcan. ¿Se imaginan ustedes si hubiéramos podido suprimir a tiempo el espermatozoide Pacelli, o el espermatozoide Montini, o el espermatozoide Wojtyla? ¡Cuánto mal no le habríamos ahorrado al mundo!

E inaugurando el 9 de noviembre de 1941 en Roma un curso de la Pontificia Academia de Ciencias dijo el mencionado Pacelli, quien de espermatozoide cabezón y obtuso floreció en el brillante Pío XII: «El hombre, dotado de alma espiritual, fue colocado por Dios en la cima de la escala de los vivientes como príncipe y soberano del reino animal. Las múltiples investigaciones tanto de la paleontología como de la biología y la morfología sobre estos problemas tocantes a los orígenes del hombre no han aportado hasta ahora nada de positivamente claro y cierto. No queda, por lo tanto, sino dejar al porvenir la respuesta a la pregunta de si un día la ciencia, iluminada y guiada por la revelación, podrá ofrecer resultados seguros y definitivos sobre punto tan importante». ¡El hombre arriba de los animales, como en el Génesis! ¡Y la ciencia guiada por la revelación! ¡Ah cura bellaco! ¡Va fan culo, paporro cabrón!

Y oigan lo que dijo paulinamente Pío XI a propósito de la «emancipación de la mujer» en su encíclica Casti connubii (Del matrimonio casto) el 31 de diciembre de 1930: «Cuantos de palabra o por escrito empañan el brillo de la fidelidad y de la castidad nupcial, ellos mismos, como maestros del error, fácilmente echan por tierra la confiada y honesta obediencia de la mujer al marido. Y más audazmente algunos de ellos charlatanean que tal obediencia es una indigna esclavitud de un cónyuge respecto del otro; que todos los derechos son iguales entre los dos; y pues estos derechos se violan por la sujeción de uno de los dos, proclaman con toda soberbia que han logrado o van a lograr quién sabe qué emancipación de la mujer. Tal emancipación según ellos debe ser triple: en el régimen de la sociedad doméstica, en la administración del patrimonio familiar y en la facultad de evitar o suprimir la vida de la prole. Y así la llaman social, económica y fisiológica: fisiológica, porque quieren que las mujeres a su arbitrio estén libres o se libren de las cargas conyugales o maternales (emancipación ésta, como ya dijimos de sobra, que no lo es sino un crimen horrendo); económica, por la que pretenden que la mujer, aun sin saberlo ni quererlo el marido, pueda libremente tener sus propios negocios, dirigirlos y administrarlos, sin tomar para nada en cuenta a los hijos, al marido y a toda la familia; y social, en fin, por cuanto apartan a la mujer de los cuidados domésticos, tanto de los hijos como de la familia, a fin de que sin preocuparse por ellos pueda entregarse a sus antojos y dedicarse a los negocios y a los cargos, incluso públicos».

¡A ver si hoy la Puta tiene el valor de respaldar esa encíclica bellaca! Que la promuevan los curas, si son capaces, y a ver cuántas de las hijas de Eva les van a volver a la iglesia a llenarles las alcancías de limosnas. Hasta donde pudo la Puta cohonestó la esclavitud, el antijudaísmo y la misoginia. Pues del mismo modo ni más ni menos hoy calla ante el atropello del hombre a los animales. Algún día sacará a relucir al pobre de espíritu de Francisco de Asís que les prohibió a los de su orden comer carne sí, pero sólo los días de vigilia. ¡Y ése dizque era el que quería a los animales! ¡Cómo va a ser eso que llaman cristianismo una religión!

Escrita para oponerle a la tolerancia de la Lambeth Conference (una conferencia de los anglicanos de ese mismo año de 1930) la más decidida condena a la anticoncepción, en la encíclica Casti connubii está en germen la más dañina de todas las encíclicas, la Humanae vitae (De la vida humana) de Pablo VI, que promulgó este papa el 25 de julio de 1968 para rechazar todos los medios de anticoncepción y declarar que todo acto sexual tenía que darse sólo dentro del matrimonio y estar dirigido sólo a la trasmisión de la vida. El camino estaba abierto para que surgiera la alimaña Wojtyla. En 1846, cuando ascendió al papado Pío Nono, la población mundial era de mil doscientos millones. En 1930, cuando la encíclica Casti connubii, era de dos mil millones. A un año largo de la muerte de Wojtyla hoy es de seis mil quinientos millones. ¿Ha hecho algo la Puta para que progresen la ciencia y la tecnología y ayuden a acomodar y darles de comer a todos estos millones? Sí. Tanto cuantos niños abandonados del Tercer Mundo ha recogido el papa o cuantas vacas ha salvado del matadero este zángano.

Al andar promoviendo el diálogo con renegados y apóstatas, Wojtyla y Benedicta se han convertido a los ojos del universo mundo en un par de herejas. ¡Con que van a juntar a la Puta de Oriente y a la de Occidente en una sola bajo un único cayado, el suyo! Permítanme que me ría, ¡ilusas! Estas son de las que se duermen contando ovejas. Y si al inmenso rebaño cristiano fuera posible sumarle los musulmanes y los judíos tanto mejor: el que el cristianismo, el judaísmo y el mahometismo sean religiones monoteístas se les hace un buen punto de partida. Pero yo digo que no: el judaísmo y el mahometismo son, en efecto, religiones monoteístas, pero en tanto los judíos creen en Yavé, cuyo gran esbirro fue Josué, los musulmanes creen en Alá, cuyo gran esbirro fue Mahoma. Si sus esbirros son distintos, se trata entonces de dos dio ses distintos. Por cuanto a los cristianos se refiere, no son monoteístas sino triteístas pues creen en la Santísima Trinidad, que son tres en uno: el cristianismo es un tri-teísmo monoestúpido. Le aconsejo pues a Ratzinger que no siga por ese camino que le está buscando la cuadratura al círculo. Hoy ha ido a rezar a la Mezquita Azul de Estambul. Se descalzó a la entrada como musulmán y oró de cara hacia La Meca.

—¿De veras?

—De veras.

—¿Y cómo fue eso? Cuénteme a ver.

—Pues que al finalizar el tour que le dio al papa por la mezquita, el Gran Muftí de Estambul, Mustafá Agrici, dijo: «Ahora voy a rezar». Y volteando el culo hacia Washington y mirando hacia La Meca se entregó a lo anunciado.

—¿Y el papa? ¿Qué hizo?

—Igual. Cerró sus ojitos cansados, inclinó su cabecita santa y oró en silencio durante un minuto mirando como el otro hacia La Meca.

—¿Y cómo sabe usted, compadre, que oró, si fue en silencio?

—Porque el portavoz del Vaticano, el reverendo Federico Lombardi, lo dijo. «El Santo Padre, dijo, hizo una pausa para meditar dentro de la mezquita y seguramente sus pensamientos estuvieron con Dios». ¿Cómo puede interpretar usted ese «seguramente» sino que es seguro que rezó? Por algo el portavoz es un vocero: porque le da voz al jefe cuando calla.

Al salir de la mezquita los dos rezanderos intercambiaron presentes: el muftí le dio al pontífice un azulejo vidriado decorado con una escena del Mar de Mármara y una paloma. Y el pontífice le regaló al muftí un mosaico con cuatro palomas.

—¡Cuatro!

—Como lo oye.

—¿Y no iba por casualidad entre las cuatro el Espíritu Santo?

—No porque ése se lo comió en caldo de verduras Wojtyla cuando su agonía. Sólo dejó las plumas.

—¡Ah viejo cabrón! Todo se lo parrandeó. ¿Y a cómo están vendiendo las plumas?

—A cero dólar por pluma porque las echó a volar sobre la plaza de San Pedro en una performance desde su balcón. Plumas del Espíritu Santo fue lo que le llovió ese día a la chusma novelera.

¡Pobre Puta, se te acabó la fiesta! La farsa infame del pontificado de Wojtyla, frívolo, inmoral, vacío, con su santidad de relumbrón y su desvergüenza te dio el puntillazo final. ¡Tú la teóloga, la misteriosa, la profunda, la recóndita, la que se creía representante de Dios en la tierra y mataba en su nombre y hablaba en latín, puesta a la altura de un mundial de fútbol! Bendito sea ese papa bellaco, instrumento de Dios. Ahora viene la resaca que sigue a la borrachera en que el borracho quemó la casa. Es el turno del Islam, la secta de Alá y su esbirro Mahoma. De ellos serán las nuevas oscuridades medievales. El día del ayatola se acerca, la Gran Bestia Negra se nos viene encima. Con Wojtyla hemos enterrado a la Puta. Requiescat in pace

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