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Tres son los elementos por los que se llega al grado más [1] excelente1: el aprendizaje, la naturaleza y la práctica ascética, y son tres en número también los más venerables sabios, que, según Moisés, representan a éstos. Habiendo ya escrito las vidas de éstos, la vida que resulta de la enseñanza, la autodidacta y la ascética2, escribiré la cuarta en orden, la vida del político, que tiene como representante una vez más a uno de los patriarcas, que recibió disciplina desde su más temprana edad3. Empezó, pues, a ser educado [2] a la edad de diecisiete años en las artes del pastoreo4, que concuerdan con las de la política. Por esto creo que los poetas5 suelen llamar a los reyes pastores de pueblos6. Pues el que consiga el éxito en el pastoreo será el mejor de los reyes, y del más noble de los rebaños de seres vivos, el de los hombres, aun habiendo sido instruido en el cuidado [3] de los que menos atención requieren. De la misma manera que es muy necesario para el que va a ser general en la guerra o dirigir el ejército el haberse instruido en la cinegética, es también lo más conveniente para los que tienen la esperanza de gobernar una ciudad el pastoreo, que es como [4] una especie de preludio del liderazgo y del generalato. Observando en él su padre7 un noble espíritu, superior a lo habitual, le admiraba y honraba y le amaba más que a sus otros hijos, pues era el más joven de ellos8, y nada conduce al afecto como esto. Y como era amante de la belleza9, inflamó la naturaleza de su hijo con atenciones especiales y extraordinarias, para que no sólo prendiera, sino que rápidamente estallara fulgurante en llamas.

Pero10 la envidia, que siempre ha sido enemiga de la [5] buena fortuna11, poniéndose en marcha dividió la casa que hasta entonces había prosperado en todas sus partes, incitando contra uno a todos los hermanos, que mostraron una hostilidad equivalente al cariño del padre hacia aquél, odiándole tanto como aquél le amaba. Pero no proclamaron su odio, sino que lo guardaban en secreto entre ellos, de manera que naturalmente se hizo más y más terrible. Pues las pasiones encerradas que no se disipan se vuelven más graves al ser las palabras contenidas. José, siendo de carácter [6] inocente y no advirtiendo la enemistad que moraba en sus hermanos, y considerándoles amigos, les contó un ensueño favorable que había tenido. «Me pareció» dijo «que era la época de cosecha y que todos nosotros, habiendo llegado a la llanura para la recolección del fruto, tomando las hoces segábamos. De repente, mi gavilla se levantó y alzándose se puso en pie, mientras que las vuestras, como obedeciendo a una señal, acudiendo se admiraron y se postraron con todos los honores». Los hermanos, que eran [7] agudos de inteligencia y hábiles en la interpretación por conjeturas probables de cosas oscurecidas por los símbolos, dijeron: «¿No creerás que vas a ser nuestro rey y señor? Pues eso es a lo que aludes con esta visión falsa»12. El odio se inflamó más todavía, adquiriendo un nuevo pretexto para aumentar13. José, no sospechando nada, pocos días después [8], habiendo tenido otro sueño más sorprendente que el anterior, se lo contó a sus hermanos. Le pareció que el sol, la luna y once estrellas llegaban y se postraban ante él14. Esto sorprendió a su padre, que depositó y guardó el acontecimiento [9] en su mente y observó a ver qué pasaba. Pero temiendo que se hubiera cometido un grave yerro15, riñó al niño severamente, diciéndole: «¿Acaso es posible que tu madre y yo y tus hermanos nos postremos ante ti?, pues pareces aludir a tu padre con el sol, a tu madre con la luna16 y a tus once hermanos con las once estrellas. Que esto nunca llegue a tu pensamiento, hijo mío, y, escondiéndose, que desaparezca la memoria de lo que se te apareció. Pues desear y aguardar con ansia la hegemonía sobre tus parientes es a mi criterio muy odioso y creo que también al de todo aquel que se preocupe por la igualdad y la justicia en la familia»17.

[10] El padre, tomando precauciones para que no surgiera de la convivencia ni alboroto ni conflicto entre los hermanos, que guardaban rencor al que había tenido los ensueños, les envió a cuidar de los rebaños18, pero a José lo retuvo en casa hasta el momento oportuno, sabiendo que, como bien se decía, el tiempo es el médico de los sufrimientos y enfermedades del alma19, y que es capaz de arrancar la pena, borrar la ira y curar el miedo. Pues todo lo alivia, incluso lo que por naturaleza es difícil de curar. Cuando supuso que ellos ya no [11] albergaban enemistad alguna en sus corazones, envió a su hijo a saludar a sus hermanos por un lado y a informarse de cómo se encontraban éstos y los rebaños de animales. Este [12] camino resultó ser el principio de grandes males, aunque también de grandes bienes, ambos más allá de lo esperado. José, obedeciendo las órdenes de su padre, emprendió el camino hacia sus hermanos20. Éstos, viéndole venir de lejos acercándose, hablaron entre ellos palabras nada piadosas, porque ni siquiera se dignaban a pronunciar su nombre, sino que le llamaban el ‘golpeado por un sueño’, el ‘soñador’ y otras cosas así, y llegaron a tal límite de cólera que decidieron por mayoría, aunque no unánimemente, matarlo, y, para evitar que fuera hallado, arrojar el cadáver en la zanja más profunda. Hay muchas en esa zona, que sirven para almacenar el agua de la lluvia21. Y por poco llevan a cabo este horrible [13] crimen, el fratricidio, si no llegan a obedecer los consejos del hermano mayor22, que les exhortó a no asumir esta terrible culpa, y sólo arrojar a José en una de las zanjas, pensando él mismo salvarlo después de que los otros se hubieran retirado y enviarlo al padre sano y salvo.

Cuando éstos ya se habían puesto de acuerdo, se acercó [14] José y les saludó. Entonces le cogieron como a un prisionero de guerra, le despojaron de sus vestiduras23 y lo descolgaron con cuerdas en una profunda zanja. Tiñeron entonces su manto con la sangre de un cabrito y se lo enviaron al padre con el pretexto de que José había sido atacado por una bestia salvaje24.

[15] Aquel día, por casualidad pasaban por allí unos mercaderes de los que habitualmente transportan mercancías de Arabia a Egipto25. Sacando a su hermano de la zanja, se lo vendieron a estos mercaderes, habiendo ideado este plan el cuarto hermano en edad26, pues me parece que éste temía que los demás hermanos, inflamados por un odio implacable hacia José, lo mataran, y les aconsejó que lo entregaran como esclavo, queriendo sustituir la muerte, un mal mayor, por la esclavitud, un mal más ligero27.

[16] El mayor de los hermanos, que no estuvo presente en la venta, asomándose a la zanja donde habían dejado a José poco antes y no viéndolo, gritó y gimió, se rasgó las vestiduras de arriba abajo como un loco y, juntando las manos, se golpeó y mesó los cabellos diciendo: «Decidme, ¿qué le ha pasado?, [17] ¿está vivo o muerto? Si no vive, mostradme su cadáver, para que, llorando sobre sus restos, alivie esta calamidad. Viéndole aquí tumbado me consolaré. ¿Por qué seguimos guardándole rencor al muerto? Por fuerza no puede tenerse envidia de los que se han ido ya. Si vive, ¿a dónde se ha marchado?, ¿al cuidado de quién está? Yo no estoy, como él, bajo vuestras sospechas que os lleven a desconfiar [18] de mí». Le dijeron que lo habían vendido y le mostraron el dinero obtenido. Entonces él dijo: «¡Qué buen negocio habéis hecho! Repartamos las ganancias. Habiendo competido con los mercaderes de esclavos en maldad, seamos coronados y recibamos la gloria de haberles superado en crueldad, pues ellos comercian con personas extrañas, mientras que nosotros con los parientes más cercanos y queridos. Y como [19] novedad, aparece este gran deshonor, una vergüenza que alcanzará amplia fama. Nuestros antepasados siempre dejaron recuerdos de su noble conducta. Nosotros dejaremos imperdonables acusaciones de nuestra impiedad y misantropía. Pues la fama de grandes hechos llega a todas partes, causando admiración si son dignos de alabanza, y reproche y condena si son hechos censurables28. ¿Cómo recibirá nuestro [20] padre la noticia de lo ocurrido? A él, que era tan feliz y afortunado, le habéis hecho la vida con nosotros invivible29. ¿Por quién se lamentará más, por el vendido a causa de su esclavitud o por los vendedores a causa de su crueldad? Probablemente más por nosotros, estoy seguro, pues es más lamentable cometer injusticias que ser objeto de ellas30. Esto último está asistido por dos grandes ayudas: la piedad y la esperanza, pero lo primero no participa de ninguna de las dos, y en todo juicio resulta condenado. Pero, ¿por qué llorando [21] manifiesto mi pena? Es mejor callar, no vaya a ser que yo mismo reciba un tratamiento abominable, pues vosotros estáis endurecidos en vuestra ira, sois implacables y arde en llamas aún la cólera que hay en cada uno de vosotros».

Cuando el padre escuchó, no la verdad es decir, que su [22] hijo había sido vendido, sino la mentira de que había muerto y que había sido destrozado por las fieras, golpeado en sus oídos por lo que le dijeron y en sus ojos por lo que vio—pues le habían traído la túnica de José rasgada, destrozada y teñida de rojo por abundante sangre—, confundido por el sufrimiento, se quedó tumbado largo rato sin abrir la boca, sin poder tan siquiera levantar la cabeza, afligido y [23] derrotado por la desgracia. De repente, derramando lágrimas como una fuente en amargo llanto, se humedeció las mejillas, la barbilla, el pecho y las vestiduras que llevaba puestas, diciendo estas palabras: «No es la muerte lo que me entristece, hijo, sino la forma de ésta. Si hubieras sido enterrado en tu tierra, me consolaría, te habría cuidado y confortado primero y, una vez muerto, te habría dado el último adiós, te habría cerrado los ojos y habría llorado sobre tu cadáver yacente, te habría dado un funeral costoso y [24] no habría descuidado ninguno de los rituales. Pero, aunque hubiera sido en tierra extranjera, me habría dicho: ‘Hombre, no estés abatido porque la naturaleza haya tomado lo que le es propio’. A los vivos pertenecen las patrias, para los muertos toda la tierra es rumba31. Nadie muere antes de tiempo, o más bien, todos los hombres lo hacen, pues la más [25] larga de las vidas es corta comparada con la eternidad32. Incluso si hubiste de morir violentamente o víctima de un asesinato premeditado habría sido un mal más liviano, pues, arrebatado por hombres, los asesinos se habrían apiadado del cadáver y, reuniendo un poco de tierra, habrían cubierto el cuerpo. Y si hubieran resultado ser los más crueles de los hombres, ¿qué más habrían hecho que arrojarlo y abandonarlo insepulto? Quizá algún viandante, deteniéndose y contemplándolo, habría sentido piedad por su naturaleza común y se habría sentido en el deber de ocuparse de darle sepultura. Pero ahora, según parece, te has convertido en fiesta y banquete para las bestias salvajes y carnívoras que han probado y se han alimentado de mis propias entrañas. Soy un atleta33 de la desgracia. Por el destino, me he ejercitado [26] en innumerables sufrimientos, desterrado, extranjero, siervo, suplicante, he sido amenazado de muerte por los que menos merecía. He visto muchos infortunios y también he oído de muchos, pero miles son los que he sufrido yo mismo, en los que he tratado de aprender a moderar mis padecimientos, pero no he logrado plegarme. Nada es más insoportable que lo ocurrido, que ha venido a derrumbar y arruinar las fuerzas de mi alma. ¿Qué desgracia puede ser [27] mayor o más lamentable? La vestidura de mi hijo me ha sido traída a mí, su padre, pero de él, ni una parte, ni un miembro, ni el más mínimo resto. Ha sido devorado completamente y no puede recibir sepultura. Me parece que su vestidura no me ha sido enviada sino como recuerdo del dolor y para que permanezca siempre una renovación de éste y mi desgracia sea interminable y continua». Y así se lamentaba amargamente34. Los mercaderes, por su parte, vendieron al muchacho en Egipto a uno de los eunucos del rey, que era el jefe de cocina35.

[28] Conviene explicar, después de la exposición literal, el sentido figurado, pues casi toda o la mayor parte de la Ley Sagrada es alegoría36. La personalidad aquí juzgada se llama en hebreo José y en griego ‘adición del Señor’37, un nombre muy exacto y apropiado para lo que representa, pues la política en los diversos pueblos es la adición de la [29] naturaleza38, que posee la autoridad universal. Pues este mundo es una gran ciudad39 y necesita una sola forma de gobierno y una única ley, que es la razón de la naturaleza, que dirige lo que es necesario hacer y prohíbe lo que no ha de hacerse. Pero estas ciudades, en cada lugar, son innumerables y disfrutan de diversos regímenes políticos y sus leyes no son las mismas. En unas ciudades se han inventado [30] y añadido unas costumbres y leyes y en otras, otras. La causa de esto es la reticencia a la relación y la sociabilidad no sólo por parte de los helenos hacia los bárbaros, sino también por parte de los bárbaros hacia los helenos, e incluso, dentro de cada uno de estos grupos, hacia los de su propio pueblo. Y, según parece, alegan para esto causas inexistentes, que la estación no ha sido buena, las cosechas infructuosas, la pobreza de la tierra o la localización de la ciudad, ya sea costera o interior, en una isla o en tierra firme, o cosas parecidas a éstas, y callan la verdad. La causa verdadera es la ambición y desconfianza mutua, por las que no se contentan con la leyes de la naturaleza, y llaman leyes40 a cuantas cosas parecen convenir a las comunidades que comparten las mismas opiniones. Así, naturalmente, [31] los gobiernos locales se añaden al gobierno de la naturaleza. También son, pues, las leyes de las ciudades adiciones a las leyes de la recta razón de la naturaleza, y también es adición el hombre político al hombre que vive acorde con la naturaleza. No se dice entonces desacertadamente [32] que el político reviste un manto de muchos colores41, pues la política es algo complicado y multiforme, que sufre múltiples cambios según las personalidades, las circunstancias, las causas, las particularidades de los hechos, la diversidad de ocasiones y lugares. Así, el comandante de [33] la nave, según las variaciones del viento, cambia las maniobras que favorecen una feliz travesía, no guiando el barco de una única manera42. Tampoco el médico aplica una única curación a todos sus pacientes, ni siquiera al mismo paciente, si su dolencia no permanece inalterada. Al contrario, observando las remisiones y las tensiones, la plenitud y la evacuación y los cambios de los síntomas, va cambiando las curaciones, aplicando unas veces una, otras veces [34] otra, y así, según creo, también el político ha de ser un hombre de muchas caras y muchas formas43, uno para la paz, otro diferente para la guerra, otro, siendo muchos o pocos los que se le opongan, resistiendo vigorosamente si son pocos y hablando con convicción a la multitud. Si surge el peligro, por el bien de la comunidad superará a los demás en esfuerzo, pero ante la visión de las labores comunes, se mantendrá al margen y se dejará servir por los demás.

[35] Es correcto decir también que este hombre fue vendido, pues el demagogo orador, subiendo a la tribuna, como los esclavos en venta, se vuelve sirviente en vez de hombre libre y, por los honores que cree recibir, es puesto en manos [36] de miles de amos. También es presentado éste como presa de las fieras. La vanagloria acechante es una fiera salvaje44, que atrapa y destroza a los que caen en sus manos. Sus compradores lo venden otra vez, pues no es uno solo el dueño del hombre político, sino la multitud que se lo vende, de uno a otro según un turno de sucesión y relevo. Éstos, vendidos una y otra vez, como malos sirvientes, cambian de amos, no pudiendo conservar a los precedentes por tener un carácter caprichoso y amante del cambio45.

Dejemos dicho esto sobre lo anterior. El joven, llevado [37] a Egipto y, como se ha dicho, puesto al servicio del eunuco46, en pocos días dio muestra de su nobleza y generosidad y recibió por esto el mando sobre los demás esclavos y fue encargado del cuidado de toda la casa, pues ya su propietario se había dado cuenta por muchas señales de que todo lo que aquél decía y hacía era por asistencia divina47. En apariencia, fue colocado al frente de la casa por su amo, [38] pero en realidad y según la verdad lo fue por la naturaleza48, que le procuraba la hegemonía sobre ciudades, pueblos y un gran país. Pues era necesario que el que iba a convertirse en político se ejercitara y practicara primero en la administración doméstica, pues una casa es una ciudad de dimensiones reducidas y la administración doméstica es una especie de política, de manera que la ciudad es una gran casa y la política es la administración de la comunidad49. Esto demuestra enteramente que el administrador de [39] la casa es lo mismo que el político, aunque se dé una gran diferencia en el número y el tamaño de lo subordinado a su gobierno. Lo mismo ocurre con la pintura y la escultura, pues el buen escultor o pintor, ya trabaje innúmeras obras y de tamaño colosal, ya sean éstas pocas y pequeñas, es el mismo hombre que muestra la misma técnica.

[40] Cuando estaba adquiriendo muy buena reputación en la administración doméstica, se convirtió en blanco de los deseos sexuales desenfrenados de la mujer de su amo. Enloquecida ésta por la belleza del joven, no pudiendo contenerse, fuera de sí por el deseo, le hizo la propuesta de acostarse con ella, que él decididamente rechazó, y no accedió en absoluto a someterse, por la decencia y templanza que [41] la naturaleza y la práctica de la virtud le habían dado. Ella, que había encendido e inflamado el deseo ilegítimo y en todos sus continuos intentos de seducción había fallado, en un rapto de pasión decidió utilizar la violencia, y, agarrando al muchacho por la ropa, lo arrastró hacia su lecho con una fuerza superior, dándole vigor el deseo, que fortalece [42] hasta a los más débiles50. Él, también fortalecido por la situación inoportuna, rompió a hablar como corresponde a un hombre libre y digno de su raza, diciendo: «¿A qué me estás forzando? Nosotros, los hijos de los hebreos, seguimos [43] costumbres y leyes especiales51. Para otros pueblos es lícito desde los catorce años de edad con total libertad frecuentar prostitutas y rameras y cuantas venden su cuerpo por dinero. Entre nosotros no existe prostituta alguna, y a toda mujer que practica el concubinato la justicia52 le aplica la pena máxima, la muerte. Antes de la unión lícita del matrimonio, no conocemos trato con otra mujer, sino que vírgenes nos desposamos con mujeres vírgenes, y el fin que perseguimos no es el placer, sino la procreación de hijos [44] legítimos. Hasta el día de hoy me he conservado puro, y no comenzaré a transgredir la ley cometiendo adulterio, el más grande de los pecados. Y aunque antes hubiera llevado una vida indigna, dejándome llevar por los impulsos juveniles, emulando la vida licenciosa de este país, no debería tomar como presa a una mujer ajena, pues ¿qué hombre no mataría por esto?53. Los hombres suelen diferenciarse en otros aspectos, pero en esto todos y en todas partes están de acuerdo, y juzgan dignos de morir de miles de maneras a los culpables, a los que entregan sin juzgar a quienes los han descubierto. Y tú, con insistencia, me añades [45] una tercera impureza54, al invitarme no sólo a cometer adulterio, sino también a corromper a mi dueña y esposa de mi dueño, a no ser que creas que he venido a vuestra casa para eso, para, apartándome de los servicios que un sirviente debe ofrecer, emborracharme y burlarme de las esperanzas de mi comprador, bastardeando su matrimonio, su casa y su familia. Pues a él no sólo le honro como amo, sino [46] también como benefactor. Me ha confiado toda su casa, y nada, ni pequeño ni grande, se me ha vedado, salvo tú, su mujer55. ¿Es acaso justo que yo le responda a esto con lo que tú me estás pidiendo? ¡Bonito regalo le daría a cambio, adecuado a los favores precedentes! Mi amo me encontró [47] como prisionero y extranjero y, con su benevolencia, me hizo hombre libre y ciudadano, tanto como pudo conseguir. Ahora yo, el esclavo ¿he de tratar a mi amo como extranjero y prisionero? Aceptando este acto impuro, ¿cómo quedaría mi alma? ¿Con qué ojos le miraría, teniendo el corazón de hierro? Retenido por mi conciencia no podría mirarle a la cara, aunque lograra no ser descubierto. No pasaría inadvertido, pues hay miles de jueces de mis hechos [48] furtivos, a los que no es lícito quedar en silencio. Podría decir que, aunque nadie llegue a saberlo, o sabiéndolo, no me acuse, yo mismo me convertiré en mi delator por mi color, mi mirada, mi voz, como poco antes dije, entregado por mi propia conciencia. Y si nadie me acusa, ¿acaso no tememos ni veneramos a la justicia56, asesora de Dios, que vigila los actos humanos?»57.

[49] Mientras que él así hablaba y argumentaba, ella permaneció en silencio, pues las pasiones son terribles y ensombrecen hasta los más agudos sentidos. Viendo esto, él se fue dejando en las manos de ella el manto que ésta le había [50] arrancado. Esto le permitió a ella inventar una historia y buscar cargos contra el joven, por los que fuera castigado. Cuando su marido llegó del agora, simulando ésta castidad y modestia y aversión contra las costumbres licenciosas, le dijo: «Has traído a casa como sirviente a un joven hebreo, que ha corrompido ya no sólo tu alma, al confiarle despreocupada e irreflexivamente la administración del hogar, sino [51] que también ha osado deshonrar mi cuerpo. Pues, no bastándole utilizar a las esclavas, de tan desenfrenado y lascivo que se ha vuelto, ha intentado violarme por la fuerza a mí, su dueña. Y las pruebas de esta demencia son claras y evidentes. En estado de gran indignación grité pidiendo auxilio a los que se encontraban en casa. Asustado éste por lo inesperado de mi reacción, dejando atrás su manto, salió corriendo por miedo a ser apresado». Y le mostró el manto en la creencia de estar dando una prueba de su historia. Creyendo el amo que ella decía la verdad, [52] mandó llevar al hombre a prisión58, cometiendo con esto dos grandes errores. En primer lugar, el no concederle la oportunidad de defenderse, condenando sin juzgar a este hombre inocente como el más grande de los delincuentes. En segundo lugar, el manto abandonado por el joven que la mujer le mostró era prueba de la violencia no ejercida por aquél, sino la que él sufrió a manos de la mujer. Si él hubiera ejercido la violencia, el resultado habría sido que él habría retenido el manto de su ama; en cambio, habiéndola sufrido, fue despojado del suyo59. Pero puede su amo ser [53] perdonado por su ignorancia, pues se ha pasado su vida en la cocina, llena de sangre, humo y ceniza, donde la razón, en mayor grado o, al menos, no en menor que el cuerpo, por la confusión, apenas tiene tiempo de tranquilizarse y descansar60.

Las Escrituras ya han dado tres características al gobernante: [54] el pastoreo, el gobierno de la casa y la firmeza. Hemos hablado de las dos primeras, pero el hombre dueño de sí mismo61 no en menor medida corresponde al tipo de 55 hombre político. Pues la continencia es muy conveniente en todos los avatares de la vida y salvadora, y especialmente en la política, como pueden aprender los que así lo [56] quieran en muchos y fáciles ejemplos. ¿Quién desconoce las desgracias producidas por la licenciosidad en pueblos, países y todas las regiones del mundo por tierra y por mar? Pues la mayoría de las guerras y las más grandes se han desencadenado a causa del amor, el adulterio y los engaños de las mujeres, y en ellas se ha destruido la mayor y mejor parte de los pueblos griego y bárbaro, y la juventud de las [57] ciudades se ha aniquilado62. Y si resultan de la licenciosidad conflictos civiles y guerras y males inenarrables que se acumulan sobre males, es evidente que de la moderación resultan el bienestar, la paz y la adquisición y provecho de bienes perfectos63.

[58] Merece la pena a continuación mostrar las enseñanzas de esta narración. Se dice que el comprador del sujeto en cuestión es un eunuco. Muy oportuno, pues la multitud que posee al hombre político es en verdad como un eunuco que parece tener los órganos de la reproducción, aunque carece del poder de reproducirse, como los que sufren de cataratas, que, teniendo ojos, están privados de la facultad de los ojos y no pueden ver. ¿Cuál es la semejanza entre los eunucos [59] y la multitud? Pues que son incapaces de crear sabiduría, aunque parezcan practicar la virtud. Cuando la masa mixta y heterogénea de hombres se junta, dice lo que es conveniente, pero piensa y hace lo contrario; acepta lo ilegítimo como genuino, porque está dominada por la apariencia, y no practica lo que es en verdad noble. Y lo más [60] paradójico de todo es por qué cohabita una mujer con este eunuco. Porque la multitud desea la pasión64 como el hombre a una mujer, por la cual dice y hace todo, haciéndola consejera de todo lo lícito y lo prohibido, ya sea importante o insignificante, no atendiendo, como es su costumbre, a los consejos de la razón65.

Muy acertadamente se le llama jefe de cocina. Pues a la [61] manera del cocinero, que no practica otra cosa que los insaciables y excesivos placeres de la glotonería, así la multitud de ciudadanos practica las delicias y placeres del oído, por los que la tensión de la inteligencia se relaja y en cierto modo se disuelve el vigor del alma. ¿Y quién no conoce [62] la diferencia entre los cocineros y los médicos? Los médicos se dedican con toda diligencia sólo a preparar curaciones, aunque puedan no ser agradables, y los cocineros sólo se dedican a lo placentero, sin pensar en lo conveniente [63]66. A los médicos se asimilan las leyes del pueblo y los gobernantes que gobiernan según la ley, consejeros y jueces que, inaccesibles a la adulación, piensan en la salvación y seguridad de la comunidad. A los cocineros se parece la multitud de hombres jóvenes, pues éstos no se preocupan por lo que les convendrá en el futuro, sino únicamente por cómo conseguir el placer en el momento presente [64]67. Como una mujer insaciable, el deseo de la multitud seduce al hombre político y le dice: «Venga, hombre, avanza hacia la multitud que es el marido con el que cohabito. Olvida todas tus costumbres y forma de vida, tus dichos y hechos y la base de tu educación. Obedéceme, sírveme [65] y haz cuanto me plazca. No soporto al hombre austero y estricto, al amigo de la verdad y la justicia, que en todas sus acciones sigue un comportamiento solemne y grave, que ante nada cede, que solamente cuida siempre de lo conveniente, sin servilismo ante los que le escuchan68.[66] Aportaré contra ti miles de acusaciones ante mi marido, la multitud que es tu amo. Pues me parece que hasta ahora te has comportado como hombre libre, y no sabes en absoluto que eres el esclavo de un amo tiránico. Pero si sabías que la independencia es lo más propio del hombre libre y es ajena al esclavo, aprenderás, abandonando tu vanidad, a mirarme a mí, su esposa, el deseo, y hacer lo que me plazca, para complacerle a él».

El hombre político no desconoce que el pueblo tiene el [67] poder despótico, pero no reconoce que es un esclavo, sino que se cree un hombre libre, que actúa según los deseos de su alma. Pero públicamente dirá: «No aprendí a adular al pueblo y no lo voy a practicar jamás, pero, habiéndoseme entregado la dirección y gobierno de la ciudad, me comportaré como buen gobernador o padre benévolo, honrada e intachablemente y sin odiosa hipocresía. Con esta disposición, [68] jamás seré encontrado ni disimulando ni ocultándome como un ladrón, sino iluminando mi conciencia como a la luz del sol, pues la luz es la verdad69. Y no me asustaré con amenaza alguna, aunque sea de muerte. Pues para mí la hipocresía es un mal más terrible que la muerte. Y [69] ¿por qué iba yo a prestarme a ella? Pues, aunque el pueblo sea el amo, yo no soy esclavo, sino tan bien nacido como cualquier otro, e inscrito en la más grande y mejor ciudadanía, la del mundo70. Pues cuando ni los regalos, ni las [70] exhortaciones, ni el deseo de honores, ni el anhelo de poder, ni la jactancia, ni el deseo de reputación, ni la incontinencia, ni la cobardía, ni la injusticia, ni ningún otro producto de la pasión y el vicio existe, entonces ¿el dominio de quién he de temer? ¿No es evidente que el de los hombres? [71] Pero éstos asumen la soberanía de mi cuerpo, y no la de mi persona71. Pues yo recibo mi nombre de la parte más fuerte, mi inteligencia, por la que me preparo para vivir haciendo poco caso de mi cuerpo mortal, que me rodea como una concha, maltratada por algunos, libre de los duros amos y amas del interior72, y no me lamentaré, habiendo [72] huido del más grave destino. Y si es necesario que dicte sentencia, lo haré sin favorecer al rico por sus posesiones ni al pobre por piedad de su infortunio, sino que, velando a mis ojos la dignidad o apariencia de los litigantes, juzgaré [73] honradamente lo que me parezca lo justo. Y si actúo como consejero, introduciré los planes que sean de provecho para la comunidad, aunque no sean agradables. Y si tomo parte en la asamblea, dejando para otros las palabras lisonjeras, pronunciaré las salvadoras y convenientes, honrando, amonestando, siendo respetuoso, utilizando una prosa sobria, [74] y no jactanciosa, ni enloquecida, ni vacilante. Y si alguien no recibe con alegría las amonestaciones que llevan a la mejora, que censure entonces también a los padres, tutores y maestros y todos los protectores que maltratan e incluso llegan a pegar a los hijos legítimos, a los niños huérfanos y a los alumnos, lo que no es justo calificar de acto inmoral o ultraje, sino todo lo contrario, de amistad y benevolencia. [75] Pues sería indigno que yo, un político, dedicado a los intereses del pueblo, al planear lo conveniente, me encuentre en peor situación que cualquiera que practique [76] el oficio de médico73. Pues éste, no preocupándose de la magnificencia de la fortuna de su paciente, ni de si es de buena cuna o rico, ni de si es un gloriosísimo rey o tirano de los de su tiempo, se ocupa únicamente de la salvación en la medida de sus posibilidades, de si hay que aplicar cortes o cauterios, y él, llamado sumiso servidor, corta y cauteriza a su amo y señor. Y yo, que no tengo que atender [77] a un solo hombre, sino a una ciudad entera afectada por las más terribles enfermedades, producidas por las pasiones innatas, ¿qué debo hacer? Pasando por alto lo conveniente en el futuro para la comunidad ¿me dedicaré a servir a los oídos de éste o de aquél con una adulación de esclavo, indigna de un hombre libre? Prefiero morir antes que hablar a favor del placer, escondiendo la verdad y descuidando lo conveniente.

Como el trágico dice74: [78]

Ven a mí fuego, ven a mí espada,

quema, consume mi carne, hártate

de beber mi negra sangre; antes caerán

las estrellas en la tierra, y la tierra se elevará al éter,

que de mí recibas una palabra aduladora».

Cuando el político mantiene firmes sus propósitos y se [79] mantiene alejado de toda pasión: del placer, del temor, de la pena, del deseo, el pueblo, su amo, no se contenta con él, y tomándolo como enemigo, pese a que es benevolente y amistoso, le castiga, y en realidad más que a aquél, se castiga a sí mismo con el peor de los castigos, la indisciplina, por la que no pudo aprender a dejarse gobernar, que es lo más excelente y vitalmente provechoso para él, de lo que proviene también la autoridad75.

[80] Habiendo discutido suficientemente sobre estas cuestiones, procedamos a examinar lo siguiente76. El joven, calumniado ante su amo por una mujer enamorada, que había inventado acusaciones vengativas, de las que ella era en realidad el reo, fue enviado a prisión sin tener oportunidad de defenderse. Una vez en la cárcel, mostró tal grandeza de virtud, que hasta los más malvados que allí había estaban asombrados y maravillados y creían haber encontrado en [81] este hombre salvador un consuelo a sus infortunios. Nadie desconoce lo llenos de inhumanidad y crueldad que están los carceleros. Son inmisericordes por naturaleza y por la práctica cotidiana se van endureciendo y bestializando hacia la ferocidad, pues jamás han visto, ni dicho, ni hecho ni por casualidad acción benigna alguna, sino sólo las más [82] violentas y crueles. Como cuando los hombres bien formados físicamente se aplican a la práctica del atletismo se vigorizan en una fuerza imbatible adquiriendo una salud extraordinaria77, de la misma manera, cuando la naturaleza salvaje y dura practica su rudeza, se vuelve doblemente impenetrable e inaccesible a la piedad la emoción y la humanidad. [83] Así, de la misma manera que los que tratan con buenas personas mejoran su carácter en el disfrute de su compañía, los que viven con malvados reciben algo de la maldad de éstos, pues la costumbre tiene un poder formidable [84] para asimilarse e imponerse a la naturaleza. Se pasan la vida los carceleros con atracadores, rateros, ladrones, hombres de vida licenciosa, violentos, violadores, asesinos, adúlteros, sacrílegos, de los cuales absorben y acumulan algo de maldad de cada uno, y de la mezcla heterogénea resulta un mal perverso e infame. Pero sin embargo, un [85] hombre tal, amansado por la nobleza del joven José, no sólo le proporciona seguridad y protección, sino también la dirección de todos los presos, de manera que el carcelero lo era de título y por todas las apariencias, pero había delegado de hecho en el joven, lo que no resultó de poco provecho a los encarcelados. El lugar ya no se merecía llamar [86] prisión, sino escuela de templanza78. En lugar de torturas y castigos, que habían padecido día y noche, golpeados y encadenados —¿qué mal no sufrieron?—, eran amonestados con palabras y doctrinas filosóficas y con las conductas de su maestro, más eficaces que cualquier palabra. Colocando [87] ante ellos su propia vida de templanza y toda virtud como ejemplo y modelo bien elaborado, convirtió incluso a los que parecían ser incurables, que se recobraban de las largas enfermedades del alma y ya se reprochaban sus acciones pasadas y se arrepentían gritando cosas como: «¿Dónde estaba en el pasado tal bendición, que se nos escapó al principio? He aquí que cuando brilla ante nosotros, viendo como en un espejo la vida desordenada que hemos llevado, nos avergonzamos»79.

Cuando de esta manera estaban mejorando, llegaron [88] dos eunucos del rey, de los cuales uno era el escanciador y el otro el panadero, acusados y condenados por no cumplir con sus deberes. José les dedicó la misma atención que a los otros, deseando, en la medida de su capacidad convertir a sus subordinados en personas mejores que la gente [89] irreprochable. No había pasado mucho tiempo cuando, visitando a los prisioneros, vio que los eunucos estaban, más aún que antes, llenos de preocupación y tristeza. Suponiendo de su extrema aflicción que algo nuevo había acaecido [90], les preguntó la razón. Respondieron que habían tenido unos ensueños que les habían llenado de dolor y angustia, y no tenían nadie que se los interpretase. «Tened valor», les dijo, «y contádmelos, pues su significado será aclarado por la voluntad de Dios, pues Él quiere que las cosas ocultas sean desveladas a los que desean saber la verdad».

[91] Así habló en primer lugar el escanciador: «Me parecía ver una gran vid que crecía de tres sarmientos en un solo tronco bien crecido, florido y cargado de frutos, como en plena estación. Habiendo madurado las uvas, recolecté algunos racimos y los exprimí en la copa real, y cuando estaba [92] llena de vino puro, se la entregué al rey». José, deteniéndose un instante, le dijo: «Buena suerte te anuncia tu visión, y la recuperación de tu antiguo puesto. Pues las tres raíces de la vid simbolizan tres días, tras los cuales se acordará de ti el rey, y, sacándote de este lugar, te concederá el perdón y te permitirá recobrar tu puesto. Y como confirmación de tu oficio, escanciarás y entregarás la copa a tu señor». Al oír todo esto, se regocijó el escanciador80.

93 El panadero, escuchando esta interpretación y creyendo que él también había tenido un ensueño afortunado, aunque era precisamente lo contrario, engañado por las buenas esperanzas del otro, dijo: «A mí también me pareció ir cargando sobre la cabeza tres canastas llenas de pasteles. La de más arriba estaba llena de pasteles de todo tipo, de los que se suelen llevar al rey, pues son variadas las delicias preparadas por los pasteleros para la dieta del rey. Entonces los pájaros descendieron al vuelo y me los arrebataron de la cabeza y los engulleron insaciablemente hasta que se terminaron y no quedó nada de las provisiones». Entonces José dijo: «Habría querido que nunca hubieras tenido [94] este sueño o, si lo hubieras tenido, que lo hubieras callado. Y si lo hubieras contado, que hubiera sido lo suficientemente lejos de mis oídos para que no hubiera oído la narración. Pues no me atrevo, menos que cualquier otro, a ser mensajero de males, y me compadezco de los que pasan desgracias, sufriendo, por sentimientos humanitarios, no menos que las víctimas. Pero los intérpretes de ensueños [95] tienen la obligación de decir la verdad pues ellos explican y proclaman oráculos divinos. Por eso hablaré sin reservas, pues, si decir la verdad en todas las circunstancias es lo mejor, en lo referente a los mensajes divinos es deber sagrado81. Aquellas canastas son símbolo de tres días. Pasados [96] éstos, el rey ordenará que se te empale y se te corte la cabeza, y los pájaros, descendiendo al vuelo, se saciarán con tu carne hasta que te hayan devorado completamente»82. El [97] panadero, como es natural, quedó confundido y destrozado, aguardando la fecha indicada y anticipando los tormentos en su mente. Al pasar los tres días, llegó el cumpleaños del rey, en el que todos los que vivían en esa tierra celebraban un día de fiesta, especialmente los que vivían [98] en palacio. Mientras estaban comiendo en un banquete los dignatarios y los del servicio se estaban también regalando como en una fiesta popular, el rey se acordó de los eunucos que estaban en prisión, y ordenó llevarlos a su presencia, y viéndolos, ratificó la interpretación de los ensueños, ordenando que uno de ellos fuera empalado y decapitado, y restituyendo al otro en su antiguo cargo.

[99] Reconciliado el escanciador con el rey, olvidó al que le había predicho esa reconciliación y había aliviado cada una de las desgracias que le habían sucedido, quizá porque todos los desagradecidos se olvidan de sus benefactores, o quizá por la providencia de Dios, que quería que las bienaventuranzas le ocurrieran al joven, no por mano del hormbre, [100] sino por mano de Dios. Dos años más tarde le fue predicho al rey el futuro de su patria, tanto lo bueno como lo malo, en dos ensueños de igual significado que se repitieron [101] para dar una más segura convicción. Le pareció que siete bueyes salían del río, gordos y de buena carne y buena apariencia, y se quedaban paciendo a la orilla del río. Tras ellos salieron otros bueyes iguales en número, flacos, para decirlo de alguna manera, esqueléticos y muy repugnantes de apariencia, que subían y pacían con los primeros. De repente, los mejores bueyes eran devorados por los peores y éstos no mostraban después de tragárselos ni el más mínimo bulto en el vientre, sino que estaban más delgados [102] aún, o al menos, no menos delgados que antes. Despertándose y volviéndose a dormir, el rey tuvo otro ensueño. Le pareció ver siete espigas de trigo que nacían de la misma caña, iguales en tamaño, que crecían y florecían, y robustas alcanzaban gran altura. Entonces, otras siete espigas flacas y débiles crecían cerca, y corriendo se tragaron la caña de buenas espigas83. Después de tener esta visión, [103] quedó el resto de la noche en vela, despierto por los pensamientos que le aguijoneaban y le herían. Al amanecer se dirigió a los sabios y les narró la visión. No pudiendo ninguno [104] de ellos desvelar la verdad con ninguna conjetura, se adelantó el escanciador y dijo: «Señor, tengo la esperanza de encontrar al hombre que buscas. Cuando el panadero y yo cometimos una falta, ordenaste que nos llevaran a prisión, en la que había un hebreo, que había sido sirviente del jefe de cocina84. A él le contamos los ensueños que habíamos tenido, y él los interpretó acertada y correctamente, de manera que lo que predijo a cada uno se cumplió, a aquél el castigo que sufrió, a mí tu clemencia y benevolencia»85.

El rey, habiendo escuchado esto, ordenó que se apresuraran a traerle al joven. Le raparon y afeitaron, pues mucho [105] le había crecido el pelo de la cabeza y la barba el tiempo que había estado encerrado, le cambiaron los harapos por una túnica reluciente, le arreglaron en otras cosas y lo llevaron ante el rey. Juzgándole por la apariencia un hombre libre y de buena cuna —pues algunas características se hacen [106] evidentes a los que observan por el físico, pero no son visibles a todos, sino a los que tienen una aguda visión de la inteligencia—, le dijo: «Mi alma me profetiza que mis sueños no permanecerán para siempre oscurecidos en la in-certidumbre, pues este joven da muestras de sabiduría. Revelará la verdad y como se dispersa con la luz la oscuridad dispersará con su ciencia la ignorancia de mis sabios». Y le contó sus sueños86.

[107] José, no consternado en absoluto por la dignidad del que le hablaba, se dirigió a él con franqueza y respeto, no como un súbdito al rey, sino como un rey al súbdito, y dijo: «Dios te ha mostrado cuantas cosas va a hacer en tu país. Pero no supongas que las dos visiones son dos sueños. Es sólo uno, y la repetición no es superflua, sino que es una [108] prueba de su confirmación. Los siete bueyes gordos y las siete espigas crecidas y floridas, ambas cosas, muestran siete años de abundancia y bienestar, y los siete bueyes flacos y repugnantes que venían después y las siete espigas [109] deterioradas y marchitadas, siete años de hambre. El primer período de siete años vendrá trayendo grandes y abundantes cosechas, inundando el río la tierra de cultivo cada año con sus desbordamientos, teniendo las llanuras una fertilidad como nunca antes. Vendrá después de éste otro período de siete años contrario al anterior, trayendo una gran necesidad y escasez de lo imprescindible para vivir, el río cesará de desbordarse, no teniendo la tierra fertilidad de manera que se olvidará la anterior prosperidad y si algún resto queda de la previa abundancia, será consumido. Y esto es lo que resulta de la interpretación. Pero aún hay [110] una voz dentro de mí87, y la divinidad me habla sugiriéndome el remedio como para una enfermedad88. El hambre en las ciudades y los países es la más grave enfermedad a la que se ha de debilitar, para que no se fortalezca y devore completamente a los habitantes. ¿Cómo se debilitará? [111] De las cosechas de los siete años de abundancia, lo que sobre después de alimentar suficientemente a las multitudes, que será quizá una quinta parte, se almacenará en las ciudades y pueblos, no transportando las cosechas lejos, sino guardándolas en los lugares donde se han dado, para animar a los habitantes. Las cosechas se han de reunir en gavillas, [112] sin trillar ni cribar, por cuatro razones: en primer lugar, porque, almacenadas bajo cubierta, aguantarán más tiempo sin echarse a perder; en segundo lugar, porque trillar y aventar cada año es un recuerdo de los tiempos de prosperidad pues la repetición de los bienes reales se convierte en una repetición del placer; en tercer lugar, porque [113] no puede ser calculado el grano en número si se encuentra almacenado sólo en espigas y gavillas, de manera que es una cantidad incierta e incontable, para que no decaiga la moral de los habitantes con el gasto de las provisiones, sino que con alegría se alimenten con la mejor nutrición —pues la esperanza es la mejor de ellas— y alivien la grave enfermedad de la necesidad. En cuarto lugar, para almacenar forraje para el ganado, al separar del grano en la trilla la [114] paja y la barcia. Ha de nombrarse como encargado de todo a un hombre prudentísimo, de gran inteligencia y competente en todo esto, que sea capaz y esté dispuesto a llevar a cabo lo dicho sin despertar odios ni oposición, sin dar muestra alguna a la población de la futura hambre. Pues sería terrible si ésta decayera en su espíritu por falta de esperanza, [115] disgustándose antes de tiempo. Y si alguien preguntara la razón de estas medidas, se le habría de contestar que, de igual manera que en la paz se hacen preparativos para la guerra, en la prosperidad se han de hacer para la necesidad. Son imprevisibles las guerras, las hambres y los períodos de adversidad en general, para los que es necesario estar preparado, y no buscar el remedio cuando éstos ya han llegado, cuando ya todo es inútil».

[116] Habiendo escuchado el rey su interpretación de los ensueños, que adivinaba con tanta exactitud y clarividencia el futuro, y su consejo de gran utilidad según pareció, en su previsión de las incertidumbres del futuro, mandó a sus acompañantes acercarse a él más aún, para que José no pudiera oír y les dijo: «¿Acaso, señores, encontraremos un hombre tal, que tenga en sí el espíritu divino como éste?». [117] Alabaron y aprobaron la propuesta, y entonces miró el rey hacia José que estaba junto a ellos y le dijo: «Cerca se encuentra el hombre que nos recomiendas que busquemos, no lejos está el prudente e inteligente, pues el hombre al que hemos de dirigirnos según tu consejo eres sin duda tú mismo. Pues me parece que no sin la asistencia de Dios te has pronunciado. Acércate y toma el cargo de mi casa y la administración [118] de todo Egipto. Nadie me podrá acusar de actuar con ligereza, pues no me he dejado llevar por el egoísmo, esa incurable pasión, porque las grandes naturalezas no tardan mucho en ser confirmadas y fuerzan, con el esplendor de su poder, a anticiparse en una inmediata aceptación de ellas. Además, los hechos no admiten demora ni pérdida de tiempo, y las circunstancias obligan a hacer los preparativos necesarios». Entonces le nombró gobernador89[119] de su reino, o mejor, a decir verdad, rey, aunque reservándose a sí mismo el título de soberano, pero dejándole a él la hegemonía real y haciendo todo lo que diera honor al joven. Después le entregó el sello real, le puso una túnica sagrada [120] y un collar dorado, le hizo montar en el segundo de sus carros y ordenó que diera una vuelta por la ciudad, con un heraldo precediéndole y proclamando para los que no lo supieran el nombramiento. Le cambió el nombre por uno [121] que en la lengua del país denotaba sus cualidades como intérprete de ensueños90, y le dio en matrimonio a una de las mujeres más ilustres de Egipto, la hija del sacerdote del Sol91. Esto ocurrió cuando José tenía treinta años92.

Éste es el fin de los piadosos. Aunque se inclinen, nunca [122] llegan a caerse del todo, sino que, volviéndose a levantar, se ponen en pie firmemente y con seguridad de manera que ya no se les puede hacer caer más de una zancadilla. Pues ¿quién habría esperado que en un solo día el mismo [123] hombre hubiera pasado a convertirse de esclavo en señor, de prisionero en el más alto dignatario, que el subordinado del carcelero se hubiera convertido en ministro del rey, y hubiera pasado a habitar el palacio real, en lugar del calabozo y hubiera recibido los más altos honores, en lugar de [124] las más bajas deshonras? Sin embargo, estas cosas ocurren y ocurrirán muchas veces, siempre que sea la voluntad de Dios. Sólo ha de arder alguna brasa de nobleza en el alma, que seguramente, si se atiza, estallará en llamas.

[125] Puesto que nuestro propósito es examinar el sentido figurado después de su enunciado literal, se ha de decir lo necesario al respecto. Pues quizás reirán escuchando mis palabras los más superficiales93. Yo diré, sin ocultar nada, que el gobernante es, sobre todo, un intérprete de ensueños. No uno de los embaucadores, ni un charlatán que pone en venta su saber y usa su arte de interpretar ensueños como pretexto para ganar dinero94, sino uno que juzga con exactitud el gran sueño común y universal, que suelen tener no sólo los que duermen, sino también los que están despiertos. [126] Pero este ensueño, en la apariencia más verdadera, es la vida de los hombres95. Pues como en los ensueños, mirando no vemos y escuchando no oímos, y degustando o tocando, no degustamos ni tocamos, hablando no hablamos, caminando no caminamos, y todos los movimientos y posturas que creemos adoptar no los adoptamos en absoluto —pues son vanas creaciones de la mente que, sin base real alguna, sólo pinta y produce imágenes de cosas irreales como si fueran reales—. Así también, las fantasías de los que velan entre nosotros se parecen a los ensueños: vienen, se van, aparecen, se apartan de un salto y, antes de haberlos captado con seguridad desaparecen volando. Que investigue [127] cada cual en sí mismo, y encontrará en su propia casa la prueba sin necesidad de mis demostraciones, sobre todo si resulta ser de avanzada edad pues éste ha sido una vez bebé, después niño, después adolescente, jovencito, después un hombre joven, un adulto y al final un anciano. Y ¿dónde está todo esto? ¿No ha desaparecido el bebé en el [128] niño, el niño en el adolescente, el adolescente en el jovencito, el jovencito en el hombre joven, el hombre joven en el adulto, el adulto en el anciano, y a la vejez sigue el final? Quizá cada una de las edades, al entregar su poder a la sucesora, [129] muere de antemano, enseñándonos la naturaleza silenciosamente que no hemos de temer la muerte de todo, porque hemos soportado fácilmente las muertes anteriores, la del bebé, la del niño, la del adolescente, la del jovencito, la del hombre joven, la del adulto, de los que no queda ninguno cuando llega la vejez.

Y las otras cosas que son referentes al cuerpo96, ¿no [130] son ensueños?, ¿no es la belleza efímera, que se marchita antes de florecer?, ¿no es la salud insegura por las debilidades que la acechan?, ¿no es la fuerza una buena víctima para las enfermedades que surgen por miles de causas?, ¿y no es la exactitud de los sentidos inestable y destruida por la amenaza de una pequeña corriente?

[131] ¿Quién no conoce la inseguridad de los bienes materiales?97. A menudo, en un solo día grandes riquezas se han disuelto; multitudes que han ganado el primer puesto con todos los honores han caído en la deshonra de los oscuros y sin mérito. Los más grandes poderes reales se han visto derrocados [132] por la más mínima crisis. Confirma lo que digo Dionisio de Corinto, que fue tirano de Sicilia, quien, cayendo del poder, huyó a Corinto, y un rey tal se convirtió en [133] maestro de niños98. También lo confirma Creso, el rey de Lidia, el más rico de los reyes, quien, deseando destruir el poder de los persas, no sólo destruyó el suyo propio, sino que fue capturado como prisionero y estuvo a punto de ser [134] quemado vivo99. Testigos de estos ensueños son no sólo hombres, sino ciudades, naciones, países, Grecia, el territorio de los bárbaros, continentales, isleños, Europa, Asia, Occidente y Oriente. Nada permaneció en absoluto igual que estaba. En todos lados todo ha sido objeto de cambio y transformación. Egipto una vez tuvo la soberanía sobre muchos [135] pueblos, pero ahora no es sino esclavo. Los macedonios en su día estuvieron en la cumbre de tal manera que detentaban el poder sobre toda la tierra habitada, pero ahora pagan a los recaudadores los tributos anuales impuestos por sus señores100. ¿Dónde quedó la estirpe de los Ptolomeos101 [136] y dónde la fama de cada uno de los diádocos102, que resplandecía hasta los límites de la tierra y el mar? ¿Dónde las libertades de las naciones y las ciudades autónomas y dónde, por el contrario, la esclavitud de los servidores? ¿No dominaron los persas a los partos? Pues ahora, por los giros que dan los asuntos humanos y por sus trasposiciones arriba y abajo en el tablero en el juego de tablas, son los partos los que dominan a los persas. Unos componen para sí una [137] larga e interminable prosperidad, y el resultado es un gran infortunio, y cuando persiguen apresuradamente su herencia de bienes, sólo encuentran terribles desgracias y al contrario, los que esperan males, encuentran bienes103. Los [138] atletas que están orgullosos de la fuerza, el vigor y la buena salud de su cuerpo, teniendo la esperanza de alcanzar una victoria indudable, a menudo han quedado fuera de competición por no ser considerados válidos o, participando en los juegos, han sido vencidos. Otros, sin esperanza de alcanzar ni el segundo puesto, han ganado el primer premio [139] y han sido coronados104. Unos, embarcando en verano, que es la mejor estación para la navegación, han naufragado, mientras que otros han navegado en invierno, temiendo volcar, y han llegado a puerto sin peligro105. Como algunos mercaderes, que se esfuerzan en lo que creen que es una ganancia segura, y desconocen las pérdidas que conllevan, y por el contrario, cuando creen que van a tener una gran pérdida, [140] disfrutan de grandes ganancias. Así de inciertas son las fortunas en cada caso, y los asuntos humanos se columpian en una balanza con pesos desiguales que aligeran o pesan. Terrible es la inseguridad y enorme la oscuridad que rodea las cosas. Como sumidos en un profundo sueño erramos sin poder razonar nada con exactitud, ni captar nada con seguridad y firmeza, pues todo semeja a sombras y fantasmas. [141] Como en las procesiones, la parte primera pasa de largo escapando de nuestra vista, y en los torrentes invernales, la corriente se adelanta por la intensidad de su rapidez pasando de largo a nuestra percepción, así en la vida los acontecimientos pasan por delante de nosotros y aunque parezca que permanecen, no se quedan ni un momento, sino [142] que fluyen continuamente106. Y los que están despiertos, en la incertidumbre de la comprensión, en nada se diferencian de los que duermen y se engañan a sí mismos, creyendo ser capaces de ver las naturalezas de las cosas con sus razonamientos estables. Cada uno de sus sentidos les impide llegar al conocimiento, corrompido por visiones, sonidos, la calidad de sabores, la particularidad de los olores, hacia los que se inclina y se deja llevar, y no permite al alma mantenerse toda ella en pie y avanzar sin tropezar como por una gran carretera. Producen la confusión entre alto y bajo, grande y pequeño107 y todo cuanto es del tipo de la inequidad y la irregularidad, y obligan al alma a la turbación y crean gran aturdimiento108.

La vida humana está llena de tal confusión, desorden e [143] incertidumbre, que el gobernante ha de aparecer y como un sabio intérprete de sueños, interpretar los ensueños diurnos y las visiones de los que creen estar despiertos y, con sugerencias razonables y suave persuasión, enseñarles sobre cada uno de éstos cuál es bello, cuál es feo, cuál es bueno, cuál es malo, cuál es justo, cuál por el contrario injusto, y lo mismo con las demás cosas, lo que es prudente, lo que es valiente, lo que es pío, lo que es sagrado, lo que conviene, lo provechoso y, por otro lado, lo que no es provechoso, lo irracional, lo que es vil, lo impío, lo blasfemo, lo inconveniente, lo dañino, lo egoísta. Y también enseña: «Esto [144] no es tuyo: no lo ambiciones» o «esto es tuyo, úsalo pero no abuses». «Tienes abundancia de todo: comparte con los demás, pues la belleza de la riqueza no está en la bolsa, sino en el socorro de los necesitados». «Tienes poco: no envidies a los que tienen, pues nadie se apiada de la pobreza envidiosa». «Tienes gran renombre y recibes honores: no seas jactancioso». «Tienes poca fortuna: no dejes caer los ánimos». «Todo funciona como lo habías planeado: prepárate para el cambio». «Muchas veces has fracasado: ten esperanzas de buenaventura, pues los asuntos humanos dan la [145] vuelta completamente». La luna, el sol y todo el cielo tienen sus claridades evidentes y manifiestas, pues todos ellos permanecen igual y se regulan por los cánones de la verdad en orden armónico y los mejores acuerdos. Las cosas terrestres están llenas de un gran desorden y alboroto y son descoordinadas e inarmónicas, en el sentido de la expresión, porque están dominadas por una profunda oscuridad, mientras que aquéllas se mueven en la más brillante claridad, [146] o más bien, el cielo mismo es la luz más clara y pura109. Y si se quisiera mirar alguna de las cosas que hay en el interior, se descubriría que el cielo es un día eterno, no teniendo parte alguna de la noche ni de toda sombra, iluminado incesantemente [147] por luces inextinguibles y puras. De la misma manera que los que están despiertos entre nosotros se diferencian de los que duermen, así en todo el cosmos se diferencian los seres celestes de los terrestres, pues los primeros mantienen una vigilia insomne por las fuerzas estables, que no yerran y que siempre mantienen su rumbo fijo110. Los últimos, en cambio, son dominados por el sueño y, aunque despierten por un momento, de nuevo son arrastrados y sucumben a un profundo sopor, porque no pueden mirar nada fijamente con el alma, sino que vacilan y tropiezan, pues están ensombrecidos por falsas opiniones, por las que son obligados a soñar y, no alcanzando a ver la realidad, son incapaces de comprender nada ni firme ni seguramente.

Simbólicamente se dice que José montó en el segundo de los carros del rey, por la siguiente razón111. El hombre [148] político ocupa el segundo lugar tras el rey, pues ni es una persona privada, ni es el rey, sino que participa de los dos extremos, siendo más importante que la persona privada y menor que el rey en poder autoritario. Tiene al pueblo como su rey y su misión es servirle con una fe limpia y pura. Va como sentado en el asiento de un carro elevado por los [149] acontecimientos y la multitud y llevado a las alturas, y especialmente cuando marcha según sus planes todo asunto pequeño o grande, no habiendo viento contrario y no oponiéndose nadie, como en una feliz navegación todo llega a buen puerto bajo la salvífica dirección de Dios. El anillo que le dio el rey es la más clara muestra de confianza que el pueblo soberano deposita en el político y el político en el pueblo soberano. El collar de oro que le pone alrededor del [150] cuello parece representar la buena fama y el castigo, pues, mientras los asuntos políticos le marchan favorablemente, está orgulloso y es honrado y venerado por las multitudes. En cuanto le ocurre que tiene algún tropiezo, no a propósito, pues entonces sería un acto culpable, sino por azar, lo cual es excusable, es de todas formas arrastrado al suelo y humillado por el adorno que lleva al cuello, como si sólo faltase que dijera su amo: «Te regalé este collar para llevar al cuello, que sería adorno cuando mis asuntos marcharan bien y una horca cuando marcharan mal»112.

[151] He oído, sin embargo, a otros dar a este pasaje otro tipo de interpretación alegórica, que es la siguiente113: dicen que el rey de Egipto es nuestra mente, el soberano del país de nuestro cuerpo, sobre quien detenta como un rey el [152] poder114. El que se vuelve amante del cuerpo se empeña en alcanzar tres cosas que le parecen dignas del mayor esfuerzo: el pan, los manjares y la bebida, y nombra a tres encargados para ocuparse de ellos, el panadero, el escanciador y el jefe de cocina115, pues el primero preside la comida, el segundo la bebida y el tercero adereza con especias y aromas [153] estos manjares. Son los tres eunucos, pues el amante del placer es incapaz de producir las cosas más necesarias: la templanza, la modestia, la continencia, la justicia y toda virtud116. No hay otras dos cosas que puedan ser más opuestas entre ellas que la virtud y el placer, por el que muchos desprecian lo que sólo es digno de su cuidado y se entregan a sus deseos incontrolados y obedecen a lo que éstos mandan. El jefe de cocina ni fue llevado a prisión ni [154] sufrió maltrato alguno por no ser sus aderezos de gran necesidad y por tanto no ser placer, sino sólo estimulantes para el placer, fáciles de apaciguar. No ocurre lo mismo con los otros dos, que se ocupan del desgraciado estómago, el panadero y el escanciador. Puesto que las necesidades vitales más esenciales son el alimento y la bebida, los encargados de ellos son dignos de alabanza si se ocupan convenientemente de ellos, pero si se ocupan con negligencia, son dignos de la cólera y el castigo. Y son diferentes los [155] castigos, pues es diferente la función de cada uno, siendo muy necesaria la referente a la comida y no tanto la referente al vino, pues el hombre puede vivir sin vino, bebiendo sólo agua pura. Por esta razón es posible la reconciliación [156] y el acuerdo con el escanciador, puesto que ha sido negligente en una cuestión de menor importancia, pero con el panadero es imposible toda reconciliación o acuerdo, pues es objeto de una ira que llega hasta a exigir su muerte, pues ha cometido una falta en el asunto de mayor importancia. La muerte es consecuencia de la falta de pan y por eso el culpable naturalmente muere colgado117, sufriendo el mismo mal que ha infligido a otros, pues ha colgado y extenuado de hambre al hambriento.

Tales cosas hemos expuesto sobre este pasaje118. José, [157] ya nombrado ministro del rey y tomando el gobierno y la administración de Egipto, partió a un viaje para darse a conocer a todos los habitantes, visitó los llamados ‘nomos’119, ciudad por ciudad, dejando gran añoranza de sí mismo en quienes le veían, no sólo por los beneficios que les hizo a cada uno, sino por los encantos indescriptibles y excepcionales [158] que irradiaba en su aspecto y en su trato. Cuando llegó el primer período de siete años de prosperidad según su interpretación de los sueños, reunió cada año una quinta parte de las cosechas con ayuda de los administradores 〈locales〉 y otros funcionarios que le asistían en los asuntos de interés público y reunió una cantidad tal de gavillas, como nadie recordaba haber visto antes. La prueba más evidente de esto es que no podían ser contadas, aunque muchos funcionarios se esforzaron en hacer cálculos con minuciosidad. [159] Habiendo pasado los siete años en los cuales las tierras fueron fértiles, comenzó el hambre, que entrando y extendiéndose, no pudo ser soportada por Egipto. Fluyó de unas ciudades a otras, de unas tierras a otras, sorprendiéndolas, y llegó hasta los límites de oriente y occidente, dominando [160] toda la tierra habitada de alrededor de Egipto. Se dice que jamás una epidemia ha asolado tanto, es como la que los hijos de los médicos120 llaman herpes121. Éste invade cualquier órgano y se extiende por la totalidad del cuerpo contaminado, parte por parte, a la manera del fuego. De cada país se eligieron las personas más notables Y [161] fueron enviadas como encargados para comprar trigo a Egipto, pues la fama de la previsión del joven de almacenar innumerables provisiones para el período de necesidad se había extendido por doquier. Éste, en primer lugar, ordenó [162] abrir de par en par los almacenes, pensando levantar el ánimo a los que lo vieran y, de esta manera, alimentar sus almas antes que sus cuerpos con buenas esperanzas. Después, a través de los encargados de avituallamiento, vendió a los que querían comprar, pero siempre con un ojo puesto en el tiempo venidero y examinando más agudamente el futuro que el presente122.

En esto, el padre de José, pues apremiaban ya las carencias, [163] desconociendo la fortuna del joven, también envió a diez de sus hijos a comprar trigo, pero retuvo en casa al menor de ellos, que era hermano de madre del ministro del rey123. Éstos llegaron a Egipto y se encontraron con su hermano, [164] creyendo que era un extraño y, atónitos con la dignidad que le rodeaba, se postraron según la antigua costumbre, confirmando así los ensueños de éste124. José, al [165] ver a los que le habían vendido, les reconoció inmediatamente a todos, mientras que ninguno de ellos le reconoció a él en absoluto, no siendo la voluntad de Dios que se revelara la verdad por alguna causa necesaria, que era mejor callar, por lo que o bien cambió el aspecto de José, dándole la más venerable apariencia del gobernador de aquel país, o bien alteró la aguda percepción de la mente de los [166] que miraban125. José, aunque tan joven, investido con tal poder, habiendo recibido el primer cargo después del rey, admirado por oriente y occidente, en la flor de la edad y provisto de una gran autoridad, teniendo la ocasión de vengarse, no guardó rencor, sino que contuvo su pasión con firmeza y la guardó en su alma con gran precaución126, y fingiendo desdén en su mirada, su voz y el resto de su comportamiento, simuló disgusto diciendo: «Vosotros no venís en son de paz, sino que os ha enviado a espiar alguno de los enemigos del rey, con el que os habéis puesto de acuerdo para hacerle este malvado servicio, creyendo pasar desapercibidos. Pero no se me esconde ninguna acción engañosa, aunque esté ensombrecida por la profunda oscuridad».

[167] Los hermanos intentaron defenderse aduciendo que se les acusaba infundadamente, que no habían sido enviados por personas perversas, ni ellos mismos eran enemigos de los habitantes de aquel país, ni habrían aceptado jamás semejante encargo, porque eran de naturaleza pacífica y habían aprendido desde su más tierna infancia a apreciar la tranquilidad en casa de un padre piísimo y amado por Dios, que había tenido doce hijos, de los cuales el menor se había quedado en casa por no tener edad para viajar, diez eran los que estaban allí a la vista del rey y el que faltaba había fallecido. Escuchando esto, que era tratado como muerto por aquellos que le habían vendido, ¿qué no pudo sufrir en su alma? Aunque no dio entonces manifestación de sus [168] emociones, ardió por dentro, consumido e inflamado completamente por esas palabras, y sin embargo les dijo gravemente: «Si es verdad que no habéis venido a esta tierra a espiar, como prueba de fe permaneced aquí un breve período de tiempo y que se envíen misivas a vuestro hermano menor y que venga. Pero si estáis ansiosos de marcharos [169] por causa de vuestro padre, que se inquieta seguramente por la larga separación, marchad entonces todos menos uno, que se quedará como rehén, hasta que volváis con vuestro hermano menor. Y la pena para los que no obedezcan será la más alta, la muerte»127. Habiéndoles amenazado así con [170] apariencia iracunda y dando claras muestras, a todas luces, de gran enojo, se retiró. Ellos, llenos de preocupación y tristeza, se reprochaban a sí mismos la conjuración contra su hermano, diciendo: «Aquella injusticia que cometimos es la causa de los males presentes, actuando ya la justicia128 vigilante de los asuntos humanos contra nosotros. Habiéndose mantenido en silencio durante breve tiempo, se pone ahora en pie y se muestra en su inexorable e implacable naturaleza ante los merecedores de castigo. ¿Cómo no íbamos [171] a merecerlo? Nosotros que sin piedad desoímos las súplicas y los ruegos de nuestro hermano que no nos había hecho ningún mal, sino tan sólo nos había contado en familia como a íntimos amigos las visiones de sus sueños, y nosotros, irritados por ellos, enfurecidos y completamente [172] salvajes, actuamos, a decir verdad, de manera sacrílega. Por consiguiente hemos de esperarnos sufrir esto y cosas aún peores, nosotros, que somos casi los únicos de todos los hombres que somos considerados de noble cuna por las virtudes sobresalientes de nuestros padres, abuelos y antepasados, hemos avergonzado a nuestra familia habiéndonos [173] esforzado en llevar a cabo una evidente injuria»129. El mayor de los hermanos130, que se había opuesto al principio cuando comenzaron a formar la conjura, dijo: «El remordimiento por los hechos pasados es inútil. Os rogué e imploré, mostrándoos el calibre del crimen, que no dierais rienda suelta a vuestra ira. Cuando era necesario que estuvierais de acuerdo conmigo, preferisteis dar curso a vuestros disparatados [174] planes. Por eso recogemos como fruto el salario de nuestra obstinación e impiedad. La conjuración dirigida contra él es investigada, y el que investiga no es un hombre, sino Dios, el Logos o la ley de Dios».

Esto lo escuchó el hermano vendido cuando éstos hablaban [175] en voz baja, pues había junto a ellos un intérprete131, y vencido por la emoción, a punto de llorar, para que no se hiciera manifiesto se volvió y derramó calientes lágrimas una tras otra. Aliviado de alguna manera, limpiándose el rostro, se dio la vuelta y ordenó que el segundo en edad de los hermanos132 fuera atado a la vista de los demás133, porque era el que le correspondía, pues en un gran número de hermanos, el segundo corresponde al penúltimo, como el primero al último. Pero quizá le eligió porque le pareció [176] que era el que mayor parte de culpa tenía en el crimen, pues se había erigido en jefe y había exhortado a los demás a cometer la injusticia. Si se hubiera unido al mayor de los hermanos en el consejo de acciones mejores y más humanas, más joven que aquél, pero mayor que los demás, quizá se habría evitado la injusticia, habiéndose unido y puesto de acuerdo en cuanto al asunto los dos mayores y más honorables, y esto habría tenido por sí mismo gran peso en contra. Pero éste se alejó de la postura civilizada y mejor y [177] se afirmó en la menos humanitaria y la peor y, nombrado director de ésta, así animaba a los cómplices en el delito a que compitieran sin vacilar en esta perversa competición. Por eso me parece que de todos él fue el único que fue encadenado134. Los demás estaban preparando el regreso a [178] casa cuando el gobernador de la región ordenó a los encargados de la venta de trigo135 que llenaran todas las vasijas de sus hermanos como si fueran huéspedes y a escondidas que colocaran el dinero que ellos habían pagado en la boca de las vasijas sin decirles que se lo habían devuelto y, en tercer lugar, que les añadieran una cantidad extraordinaria de víveres suficiente para el viaje, para que transportaran [179] sin disminuir el cargamento de trigo. Se pusieron éstos en camino, lamentándose naturalmente por el hermano que había quedado prisionero y entristecidos también por su padre cuando escuchara de nuevo otra desgracia, pues se disminuía y recortaba en cada viaje la prole de sus hijos. Y dijeron: «No creerá que éste haya sido encadenado, sino que pensará que las cadenas son un pretexto que oculta su muerte, pues los que una vez han sido heridos tropiezan otra vez con la misma piedra». La noche les sorprendió y cuando aliviaron a los animales descargándoles, ellos mismos recibieron sobre sus almas las más pesadas preocupaciones, pues acostumbra la mente afligirse y angustiarse duramente al tener en el reposo de los cuerpos más claras [180] las visiones de las cosas que no quiere136. Uno de ellos, abriendo una de las vasijas, vio en la boca una talega casi llena de dinero y, contándolo, descubrió que el precio que había pagado por el trigo le había sido devuelto y, asombrado, [181] se lo contó a sus hermanos. Éstos, sospechando que no se trataba de un regalo, sino de una trampa, se acongojaron y quisieron examinar todas las vasijas, pero por miedo a ser perseguidos, levantaron el campamento y, a toda prisa, se pusieron en camino y, casi sin darse reposo, se apresuraron y llevaron a cabo en menos tiempo un viaje [182] que habría tomado muchos días. Después, rodeando al padre cada uno por su lado no sin lágrimas le besaban según él iba acercándose a cada uno y abrazándoles con gran afecto, sospechando ya en el fondo de su alma que había ocurrido alguna desgracia. Les observó según avanzaban y le saludaban y acusó de negligencia al hijo que faltaba, pues se había quedado retrasado. Dirigió la vista hacia las entradas, deseando ver completo el número de sus hijos. Viéndole asustado cuando nadie más entró desde fuera, le [183] dijeron: «En las desgracias, padre, más doloroso que saber la verdad es la duda, pues el que ha aprendido ha encontrado el camino hacia la salvación, mientras que la ignorancia ambigua es causa de la dificultad y la duda. Escucha con atención la narración que, aunque sea de una desgracia, es necesario que sea contada. Nuestro hermano, al que enviaste [184] junto a nosotros a comprar trigo y no ha vuelto, vive, pero —es necesario que mitigues el miedo a un mal mayor, su muerte— aunque viva, permanece en Egipto en casa del gobernador del país, quien nos acusó de ser espías, por causa de alguna acusación ajena o por sus propias sospechas. Nos defendimos como la ocasión nos permitió y [185] hablamos de ti, padre, y de los hermanos que no estaban presentes, del que había muerto y del que permaneció contigo, que, según dijimos, era aún demasiado joven y a causa de su edad se había quedado en casa, y entonces, habiendo revelado y desnudado toda la verdad sobre nuestra familia, no conseguimos despejar sus sospechas, sino que dijo que la única prueba que aceptaría de la verdad de la confesión sería que le llevásemos a nuestro hermano menor, por lo que apresó al segundo como prenda de seguridad y fianza de aquél. El mandato es el más doloroso de todos, [186] pero las circunstancias nos obligan más que el que ha dado la orden, al que debemos obedecer por obligación para obtener las provisiones necesarias, siendo Egipto el único que puede aprovisionar a los países oprimidos por el hambre».

[187] El padre137 gimió profundamente y dijo: «¿Por quién lloraré primero? ¿Por mi penúltimo hijo, quien no fue el último, sino que le tocó en suerte el primer lugar de las desgracias138, o por el segundo, que ha obtenido el segundo puesto de los males, las cadenas en lugar de la muerte, o por el más joven, quien llevará a cabo el viaje más maldito, si se pone en camino, no aleccionado por las desgracias de sus hermanos? Yo, por mi parte, estoy dividido miembro por miembro, parte por parte, pues los hijos son partes de los padres, estoy en peligro de que darme sin hijos, yo que era considerado hasta hace poco padre de una prole numerosa [188] y noble». Entonces dijo el mayor de sus hijos: «Te doy como rehenes a mis dos hijos, los únicos que engendré139. Mátalos si no te devuelvo salvo al hermano que pones en mis manos, quien viniendo a Egipto con nosotros nos proveerá dos grandes beneficios, uno, la prueba segura de que no somos espías ni enemigos, y el otro, que nuestro hermano [189] podrá ser liberado de las cadenas». Estando el padre muy afligido, dijo lo que estaba pensando, que de los dos hermanos uterinos, uno había ya muerto y el otro accedería de buen grado a ponerse en camino y solo y abandonado sufriría una muerte en vida en el terror del recuerdo de aquellos horrores que hubo de sufrir el primero. Cuando dijo esto, pusieron al frente al más osado y emprendedor por naturaleza y capaz como orador, el cuarto en edad empezando por el mayor140, y le convencieron para que fuera portavoz de la opinión de todos. Pensaban que, puesto que [190] estaban escaseando los víveres, pues el primer trigo que habían traído se había terminado, siendo el hambre fuerte y opresora, debían ponerse en camino e ir a comprar trigo, y que no avanzarían si el hermano menor quedaba atrás rezagado, pues el gobernador de esa tierra les había prohibido presentarse sin él141.

El padre, como hombre sabio que era, reconociendo [191] que era mejor el arriesgar uno por un futuro incierto y dudoso, que la segura destrucción de muchos, que toda la casa sufriría, oprimida por la necesidad y la terrible enfermedad les dijo: «Si es más fuerte la necesidad que mi propia [192] voluntad he de ceder. Quizá la naturaleza142 nos depare algo mejor, que no puede ser aún revelado a nuestra mente. Tomando pues al menor, como habéis propuesto, marchaos, [193] pero no de la misma manera que antes, pues entonces sólo era necesario el dinero para comprar trigo, pues erais hombres desconocidos y no habíais sufrido ningún mal funesto. Pero ahora por tres razones son necesarios los regalos. En primer lugar, para agradar al gobernador y al encargado del avituallamiento, a quienes decís que sois conocidos; también para que el prisionero más rápidamente sea liberado de sus cadenas tras el depósito de un rescate y para remediar [194] lo mejor posible la sospecha de que sois espías. Tomando de todo lo que nuestra tierra produce, llevádselo como primicias a este hombre143 y el doble del dinero devuelto antes, que quizá fue repuesto por descuido, más el [195] suficiente para comprar trigo. Llevad también nuestras plegarias, las que elevamos a Dios Salvador, para que, como extranjeros, complazcáis a los habitantes del país y retornéis salvos y devolváis al padre las prendas confiadas, sus hijos, el primero que quedó encadenado y al que ahora os lleváis, el más joven e inexperto en la vida». Y recogiendo, se pusieron de camino a Egipto144.

[196] Unos días después llegaron y les vio el gobernador de esa tierra y se alegró mucho. Ordenó al administrador de su casa que dispusiera un banquete magnífico y que hiciera entrar a los hombres para compartir con él su sal y su mesa [197]145. Conducidos allí, sin saber en absoluto lo que pasaba, se asustaron y confundidos sospecharon que iban a ser acusados de robo, por haber sustraído el precio del grano, que encontraron en las vasijas en el primer viaje. Entonces, acercándose al administrador de la casa, se excusaron por lo que nadie había osado condenarles, limpiando su conciencia, al tiempo que sacaron y entregaron el dinero para [198] su devolución. Éste les animó con palabras nobles y generosas diciendo: «Nadie es tan impío que condene las gracias de Dios, ¡que Él os sea favorable!, pues en vuestras vasijas ha hecho llover tesoros, dándoos no sólo alimento, sino también riqueza en efectivo». Éstos, consolados, colocarón [199] en orden los regalos que habían traído de casa y se los ofrecieron al amo de la casa cuando llegó frente a ellos. Cuando les preguntó cómo estaban y si vivía el padre del que antes le habían hablado, no le contestaron nada respecto a sí mismos, del padre dijeron que vivía y que tenía buena salud. José le bendijo y le llamó el más amado de [200] Dios146, y mirando alrededor, cuando vio a su hermano de madre, no pudo contenerse y vencido por la emoción147, antes de poder ser visto, se volvió y se fue corriendo arguyendo como excusa algún asunto urgente, pues no había llegado el momento de decir la verdad, y llorando en algún rincón de la casa derramó un torrente de lágrimas. Habiéndose [201] limpiado la cara y cuando dominaba con su razón sobre su aflicción, acercándose a los extranjeros, les invitó a comer, entregándoles primero al hermano que había retenido como rehén por el menor148. Comieron en el banquete con ellos también otros dignatarios egipcios.

La hospitalidad fue para cada uno según su patria, pues [202] consideraba terrible desatender las antiguas costumbres149, y sobre todo en los banquetes, donde los placeres son más abundantes que los disgustos. A continuación, colocandolos [203] sentados en orden de edad pues aún no existía la costumbre de reclinarse en las reuniones conviviales150, los hermanos se preguntaban sorprendidos si los egipcios, observando las mismas costumbres que los hebreos, respetaban el orden y sabían distinguir los honores debidos a los [204] mayores y a los más jóvenes. Dijeron: «Quizá en otros tiempos llevaba este país una forma de vida más incivilizada, y este hombre, puesto al frente de la vida pública, no sólo introdujo una buena organización en los asuntos importantes, por los que se alcanza el éxito en la paz y la guerra, sino también en los considerados como más insignificantes y en su mayoría como cosas de niños. Pues los banquetes exigen alegría y no admiten un convidado demasiado [205] grave o austero». Mientras hablaban tranquilamente de estos elogios, se trajeron las mesas, no adornadas con excesiva suntuosidad151, considerando el anfitrión que no era conveniente el lujo mientras otros sufrían por causa del hambre. Ellos, con aguda inteligencia, incluyeron esto entre sus encomios, diciendo que había evitado la falta de gusto, que es una falta enojosa, que había conservado la postura de un simpatizante con los necesitados y de un anfitrión en un banquete, haciéndose partícipe de ambos extremos y huyendo al tiempo del reproche en cada uno de [206] ellos152. Los preparativos no tenían nada aborrecible, sino que eran convenientes a las circunstancias, y las deficiencias eran compensadas por las constantes muestras de amistad en los brindis, las plegarias y las exhortaciones a tomar más comida, cosas que son más agradables a los liberales y finos en sus costumbres que cuantas comidas y bebidas preparan los amantes del comer y el beber, que dan pompa solemne a lo que no es digno de atención alguna para ostentación de los hombres de poca chispa.

A la mañana siguiente, mandó llamar al administrador [207] de la casa y le ordenó llenar de trigo las vasijas que los hombres habían traído y otra vez reponer el precio que habían pagado en talegas colocadas en la boca de las vasijas, y en la del hermano menor la más bella de sus copas de plata, de la que él mismo solía beber. Este llevó a cabo sus [208] órdenes meticulosamente, no dejando testigo de nada. Los hermanos, no sabiendo nada de lo que había ocurrido secretamente, iniciaron el regreso, alegrándose de todos los grandes beneficios que habían sobrepasado sus esperanzas. Lo que ellos esperaban era ser acusados del robo del dinero [209] que había sido devuelto, no poder recuperar al hermano que había quedado como rehén y quizá perder también al menor, que habría sido retenido por la fuerza por el que había urgido tanto a que fuese conducido a su presencia. El [210] resultado fue mucho más perfecto que sus más favorables esperanzas. Además de no ser acusados, habían compartido la mesa y la sal, que fueron instituidos por los hombres como símbolos de noble amistad habían recuperado a su hermano intacto, sin que nadie tuviera que intervenir o suplicar y devolverían al más joven a su padre sano y salvo, y habiéndose liberado de la sospecha de ser espías, se llevaban una inmensa cantidad de víveres y tenían buenas expectativas para el futuro. Pues dijeron: «Si faltan a menudo las provisiones necesarias, no nos pondremos en camino como antes, amedrentados, sino alegres, a visitar al gobernador del país como a un amigo y no como a un extraño»153.

[211] Cuando se hallaban en esta disposición y reflexionaban en su alma sobre esto, les sobrevino una súbita e inesperada perturbación. Pues el administrador de la casa, por orden de su amo, acompañado por una multitud no pequeña de sirvientes, agitando las manos corría tras ellos gritándoles [212] y haciéndoles señas para que se detuvieran. Apresurándose y con respiración pesada, les dijo: «Habéis obtenido el sello154 en los cargos dirigidos contra vosotros anteriormente, y habiendo convertido la desgracia en bien, otra vez tomáis el camino de la injusticia. Habiendo sustraído el precio del trigo, una falta aún peor habéis cometido, pues [213] la maldad que recibe el perdón aumenta. La más bella y valiosa copa del amo, en la que brindó por vosotros, la habéis robado vosotros, que estabais tan agradecidos, que erais tan pacíficos, que no conocíais ni siquiera la palabra ‘espía’, que trajisteis el doble de dinero para pagar lo que os fue devuelto antes, según parece como trampa y señuelo para dar paso a más caza y saqueo. Pero la maldad no prospera a la larga, y, en sus artimañas para esconderse, siempre [214] es sorprendida». Mientras él seguía repitiendo esto, ellos quedaron atónitos, cayendo sobre ellos de repente los más amargos de los males, la pena y el miedo, de manera que no podían ni abrir la boca, pues la irrupción de estos males inesperados deja sin habla incluso a los más capaces [215] en el discurso. Aunque destrozados como estaban, para que no pareciera que les condenaba su propia conciencia al mantenerles en silencio, dijeron: «¿Cómo podemos defendernos y ante quién? Pues tú mismo vas a ser el que nos juzgue y nos acuse, tú quien, acusándonos otros, deberías ser nuestro defensor, por lo que sabes de nosotros. ¿Acaso trajimos el dinero que se encontraba en nuestras vasijas antes sin que nadie nos pusiera en evidencia y lo devolvimos, para después dar un cambio tal a nuestro comportamiento, como para responder a nuestro anfitrión perjudicándole y robándole? No, esto no ha ocurrido, ni jamás entraría en nuestra mente semejante idea. Que sea apresado el que de [216] los hermanos tenga la copa y que se le dé muerte, pues consideramos que la injusticia, si se da, es digna de la muerte por muchas razones. En primer lugar, porque la codicia y el deseo de las cosas ajenas va contra la ley155, en segundo lugar, porque intentar perjudicar a los que nos han beneficiado es un gran sacrilegio, y en tercer lugar, porque para los que se enorgullecen de la nobleza de su linaje es un vergonzoso reproche el osar destruir con actos ilegales la dignidad de sus familiares156. Si alguno de nosotros ha robado la copa, es reo de todas estas acusaciones, que muera, pues ha cometido acciones dignas de miles de muertes». Diciendo [217] esto, levantaron las cargas de las bestias y le exhortaron a investigar con toda meticulosidad. Éste, no desconociendo que la copa se encontraba en la carga del hermano menor, pues él mismo la había puesto ahí secretamente, les engañó empezando a examinar la carga del mayor y, siguiendo en orden de edad, la de cada uno de ellos, según le llevaban y abrían sus vasijas, hasta el último, en cuya carga fue encontrado lo que se andaba buscando. Cuando lo vieron, comenzaron todos juntos a gemir, y rasgándose las vestiduras lloraron a gritos, y lamentaron ya la muerte del hermano que aún vivía y no menos por sí mismos y por su padre, quien había predicho las desgracias que habrían de ocurrirle a su hijo, por las que no consentía a sus deseos de [218] que su hermano les acompañara157. Abatidos y frustrados tomaron el camino de vuelta a la ciudad golpeados por lo sucedido, pensando que el hecho había sido producto de una conjuración, y que no se debía a la avaricia de su hermano. Llevados ante el gobernador del país, mostraron su [219] sentimiento fraternal por la espontánea emoción. Cayendo todos juntos ante las rodillas de aquél, como si todos fueran culpables del robo, cosa que ni siquiera era lícito mencionar para ellos158, lloraron, suplicaron, se ofrecieron a sí mismos, se sometieron a esclavitud voluntariamente, le llamaron amo y a sí mismos se calificaron de esclavos entregados159, esclavos nacidos en casa y comprados en el mercado, no dejando ningún nombre de sirviente sin decir160.

[220] Él, queriendo probarles aún más, les dijo con voz grave: «Jamás actuaría de esa manera, condenando a prisión a tantos, habiendo sido sólo uno el culpable161. ¿Por qué se ha de incluir en la participación en el delito a los que no han sido cómplices de las injusticias? Aquél solo será castigado, pues él solo ha cometido la falta. Me he enterado [221] de que a las afueras de la ciudad fijasteis como pena la muerte para el culpable. Yo me inclino por castigos más moderados y suaves y alivio la pena fijándola en esclavitud, en lugar de la muerte». Soportaron a duras penas esta [222] amenaza y se hundieron por las acusaciones que se les dirigían. Entonces el cuarto hermano en edad que era osado y atrevido al tiempo que modesto, y hablaba con franqueza, pero sin ser desvergonzado162, avanzando hacia él le dijo: «Te ruego, señor, que no des rienda suelta a la ira, ni, por tener el segundo puesto tras el rey163, condenes sin haber escuchado nuestra defensa. Cuando me preguntaste en [223] nuestro primer viaje sobre nuestro hermano y padre, te respondí: nuestro padre es anciano, y no ha envejecido más en edad que en calamidades, y, ejercitándose en ellas a la manera de un atleta164, ha pasado su vida en dolores y sufrimientos constantes. Nuestro hermano es jovencísimo, amado extraordinariamente por nuestro padre, pues es su hijo tardío y el único que queda de los dos hermanos de la misma madre165, porque el mayor de ellos murió violentamente. [224] Cuando ordenaste que trajéramos aquí a nuestro hermano y amenazaste que si no lo traíamos no seríamos ni siquiera admitidos en tu presencia, abatidos volvimos y apenas llegamos a casa le contamos lo que habías dicho a [225] nuestro padre. Él se opuso a las órdenes, temiendo mucho por el niño, pero como escaseaban los víveres necesarios y ninguno de nosotros se atrevía a venir a comprar trigo sin el joven por tus amenazas, tuvo que acceder de mala gana a enviarlo, acusándonos mil veces de haber reconocido que teníamos otro hermano, y mil veces lamentándose de tener que separarse de él, pues es un niño, inexperto no sólo de las cosas de la tierra extranjera, sino de las de su propia ciudad. [226] Si ésta es entonces la disposición de nuestro padre, ¿cómo volveremos a él? ¿Con qué ojos podremos mirarle166 al llegar sin el joven? Sufrirá la más cruel muerte sólo escuchando que no ha vuelto. Entonces nos llamarán asesinos y parricidas todos los que gustan de odiar e insultar en tales [227] desgracias. Y la mayor de las condenas será dirigida contra mí, pues yo prometí firmemente a mi padre que lo traería, reconociendo haberlo tomado como un depósito que devolvería cuando me fuese reclamado167’. ¿Cómo podré devolvérselo si tú no te congracias con nosotros? Te suplico tengas piedad del anciano y tengas presente en tu conciencia los males con los que será atormentado si no le llevo al [228] que contra su voluntad puso en mis manos. Pero tú haz justicia en lo que creas que has sufrido injusticia. Yo voluntariamente pagaré las culpas. Inscríbeme desde el día de hoy como tu esclavo. De buen grado sufriré lo que sufre el esclavo recién comprado si permites al joven que se vaya. Esta [229] gracia, si la concedes, la disfrutará no éste, sino el que no está aquí presente, que quedará aliviado de sus preocupaciones, el padre de todos estos suplicantes168, pues somos suplicantes que huimos al refugio de tu divina diestra169, que ojalá nunca nos falle. Ten piedad pues del anciano que [230] durante toda su vida se ha fatigado con empeño en las competiciones de la virtud170. Volvió las ciudades de Siria hacia su favor y honra, aunque sus costumbres y leyes eran extrañas y muy diferentes, y él mismo ajeno en no menor medida a las de los habitantes. Pero la nobleza de su vida, la armonía y acuerdo de dichos con hechos y de hechos con dichos171 prevaleció de tal manera que incluso los que por causa de su patriotismo no tenían buena voluntad, se ponían de acuerdo con él. Recibirás un agradecimiento tal, [231] que nadie podría recibir uno mayor. ¿Qué podría ser mayor regalo para un padre que recuperar al hijo del que había desesperado?»172.

Todo esto y lo anterior habían sido pruebas que el gobernador [232] de esa tierra les había puesto para examinar los sentimientos que tenían hacia su hermano de la misma madre, pues temía que sintieran la natural repulsa que sienten los hijos de una madrastra hacia la familia de otra mujer que [233] es estimada en la misma medida173. Por esto les había acusado de ser espías, y les preguntó sobre su familia como excusa para saber si aún vivía su hermano y no había sido víctima de una conjura, y retuvo a uno permitiendo partir a los demás una vez que acordaron traer al menor de los hermanos, al que tanto deseaba ver, aliviándose de la dura y pesada [234] carga que recaía sobre él. Y cuando compareció ante ellos y vio a su hermano, se sintió un poco aliviado de su preocupación, e invitándoles a la hospitalidad de su mesa obsequió a su hermano de madre más espléndidamente que a los demás174, observando a cada uno y comprobando por sus miradas si alguno de ellos albergaba un sentimiento de [235] envidia. Cuando les vio satisfechos y alegres por el honor que recibió el menor de ellos, interpretando por estos dos testimonios que no le guardaban enemistad alguna, ideó una tercera prueba, la de figurar que la copa había sido robada y echar la culpa al menor, pues ésta sería la prueba más segura de cómo eran los sentimientos de cada uno y el sentimiento familiar que tenían hacia el hermano falsamente [236] acusado. Por todo esto se convenció de que no combatían ni conspiraban contra su familia materna175 y, reflexionando sobre lo que le había ocurrido a él, concluyó que lo que él sufrió no se había debido a la conjura de sus hermanos sino más bien a la providencia de Dios, que contempla lo lejano y ve lo futuro no menos que lo presente.

Vencido por la emoción familiar, se llenó de ansia de [237] arreglo y reconciliación, y para que no cayera ningún reproche sobre los hermanos por su acción, juzgó conveniente que ningún egipcio se encontrara presente en el primer reconocimiento. Ordenó que se retirara todo el servicio, y [238] de repente, derramando un torrente de lágrimas, indicando a sus hermanos con la diestra que se acercaran para que nadie por azar pudiera escuchar, les dijo: «Os voy a revelar una verdad que durante largo tiempo ha estado en las sombras escondida y os la voy a descubrir a vosotros ahora que estamos solos. El hermano que vendisteis para Egipto soy yo, el que estáis viendo ahora a vuestro lado». Ellos quedaron [239] atónitos y espantados por la inesperada noticia, y como arrastrados por una violenta fuerza, dirigieron sus rostros al suelo, inmovilizados mudos e incapaces de pronunciar palabra; entonces les dijo: «Pero no os sintáis abatidos, pues os perdono por todo lo que me hicisteis, no os hace falta otro defensor. He llegado por mí mismo, espontánea [240] y voluntariamente, a la reconciliación y he utilizado dos consejeros, uno, la veneración a mi padre, al cual debo la mayor parte de la gracia, y el otro, mi sentimiento humanitario natural, que tengo hacia todos los hombres y especialmente hacia los de mi propia sangre176. Y creo que la [241] causa de lo ocurrido no sois vosotros, sino Dios177, que quería que yo me convirtiera en su sirviente y ministro de sus bienes y gracias, que él juzga oportuno conceder en [242] tiempos de necesidad a la raza humana. Y una prueba clara la podéis tener en lo que veis. Todo Egipto se me ha confiado, he recibido el primer honor después del rey y aunque sea joven y él mayor que yo, me honra como a un padre. Mis sirvientes no sólo son naturales de esta tierra, sino de la mayoría de las demás naciones, ya sean subditas o autónomas, pues por la carencia todos tienen necesidad [243] de un superior. El oro y la plata y, lo que es aún más necesario, los víveres, están almacenados sólo en mi casa y yo distribuyo y reparto según las necesidades de aquellos que me lo piden, de manera que no reciban en exceso, que llevaría al lujo, ni les falte para la satisfacción de la necesidad. [244] No os he contado esto porque me jacte ni me vanaglorie de ello, sino para que comprendáis que ningún hombre puede ser la causa de hechos tan importantes ocurridos a un esclavo que después fue además prisionero, pues fui enviado a prisión por una falsa acusación, sino que el que transformó las más horribles desgracias y sufrimientos en la más alta y primera felicidad fue Dios, el todopoderoso [245]178. Estando yo en esta disposición, no temáis, alejad vuestras tristezas y transformadlas en alegría y buen ánimo. Estaría bien que volvierais junto al padre y le anunciarais en primer lugar que me habéis encontrado, pues las noticias vuelan en todas las direcciones».

[246] Ellos sucesivamente y sin cesar pronunciaron sus alabanzas hacia él, dando curso libre a sus palabras, y celebraron cada uno algo distinto exponiéndolo con detalle, uno su falta de rencor, otro su amor a su familia, otro su prudencia, y todos juntos la piedad pues había atribuido a Dios el resultado exitoso y no guardaba resentimiento en su mente por el principio desgraciado de la historia y sus primeras etapas, y también alabaron su extraordinaria constancia acompañada de modestia. El, habiéndose visto [247] en tantas iniquidades, ni cuando era esclavo dijo un solo reproche a sus hermanos por haberle vendido, ni cuando fue llevado a prisión, por mal humor, pronunció jamás una palabra de sus secretos, ni en todo el tiempo que permaneció allí reveló nada, como suele ocurrir a los encarcelados que tienen la costumbre de contar sus propias desgracias. Como [248] si no supiera nada sobre su pasado, incluso cuando interpretó los ensueños a los eunucos y al rey, aun teniendo la oportunidad de revelar los hechos, no pronunció una sola palabra sobre su familia, ni cuando fue nombrado ministro del rey y obtuvo la administración y gobierno de todo Egipto dijo nada para evitar que se pensara que era de origen desconocido e innoble, aunque en realidad fuera de noble cuna, y no esclavo de nacimiento, sino que había sido víctima de una maquinación a manos de los últimos que deberían haberlo hecho, sufriendo desgracias funestas179. Aparte de esto, hubo un fluir de alabanzas también por su [249] justicia y su gran capacidad, pues conocían la jactancia y desenfreno de los demás gobernadores y admiraban que no hubiera hecho ninguna aparición ni exhibición dramática, y cómo les miró de frente en su primer viaje y pudiéndoles haber matado o como poco no haberles proporcionado víveres contra el hambre, al contrario, no tomando venganza, como si fueran dignos de gracia, les entregó las provisiones a cambio de nada, ordenando que les devolvieran el [250] precio que habían pagado180. La historia de la conjuración y la venta era tan completamente desconocida y secreta que los dignatarios de Egipto se regocijaron de que los hermanos del gobernador por primera vez en ese día hubieran ido a visitarle181. Les acogieron como huéspedes y fueron a darle al rey la buena noticia. Todos en todos sitios se llenaron de alegría, no menos que si la llanura hubiera producido frutos y el hambre se hubiera convertido en abundancia. [251] Sabiendo el rey que José tenía un padre y una familia numerosa, les exhortó a que se trasladaran allí de su casa, prometiendo concederles al llegar la más fértil tierra de Egipto. Les dio a los hermanos carros y carrozas y una multitud de animales cargados con lo necesario y suficientes sirvientes, para que trajeran a su padre con seguridad.

[252] Cuando llegaron a casa y le contaron la increíble historia de su hermano, que había sobrepasado todas sus esperanzas, éste no se fió de ellos, pues, aunque los narradores parecían dignos de crédito, la exageración de la historia no [253] le permitía fácilmente admitirla. Pero viendo el anciano los preparativos que se habían llevado a cabo para la ocasión y el gasto generoso en todo lo necesario, que coincidía con los sucesos felices que le habían contado, alabó a Dios por haber llenado en su familia el hueco que parecía faltar. Pero [254] la alegría inmediatamente engendró temor en su alma por el hecho de apartarse del modo de vida de sus ancestros182. Sabía que, por naturaleza, la juventud tiende a resbalar más fácilmente y que la permisividad con las malas obras era propia de los extranjeros, sobre todo los de la tierra de Egipto, que es ciega para el verdadero Dios, porque deifican a seres creados y mortales183 y además conocía los ataques que acometen la gloria y la riqueza contra las mentes de pocas luces, y por eso José, abandonado allí, sin ningún miembro de su familia que le acompañara para darle prudentes consejos, solo y carente de una buena educación, estaría pronto a convertir su vida a los modos extraños. Viéndole en esta disposición el único que es capaz de [255] ver el alma invisible, sintió piedad y mientras dormía por la noche se le apareció y le dijo: «No temas en absoluto el viaje a Egipto. Yo mismo te guiaré en el camino haciendo que tu viaje sea el más seguro y agradable. Además te daré a tu tan añorado184 hijo, quien durante muchos años fue dado por muerto, y no sólo vive, sino que ha resultado ser el gobernador de tan gran país». Lleno de esperanzas, regocijándose desde el alba ya se apresuró a disponerse a [256] partir. Cuando su hijo lo escuchó todo, pues los vigilantes e informadores de los caminos le habían puesto al corriente, se apresuró a encontrarse con su padre cuando éste no estaba ya muy lejos de la frontera. Se encontraron junto a la llamada ciudad de los Héroes185 y cayeron uno sobre otro apoyando sus cabezas en sus cuellos y mojando sus vestiduras con lágrimas, e insaciablemente se dieron sin cesar los saludos de tantos años y en cuanto terminaron con [257] esto se apresuraron hacia el palacio. Cuando el rey vio su apariencia, asombrado por su venerabilidad, recibió a Jacob, no como al padre de su ministro, sino como al suyo propio, con total modestia y consideración, y después de las acostumbradas y especiales muestras de amistad le dio un terreno próspero y muy fértil186. Al enterarse de que los hijos se dedicaban al pastoreo y que tenían muchos rebaños, les envió algunos de sus cuidadores y puso en sus manos rebaños de cabras, bueyes y ovejas en gran número.

[258] El joven era de una honradez tan extraordinaria187 que, aunque habiéndole presentado las oportunidades y las circunstancias tantos medios para enriquecerse, y habiendo podido convertirse en breve espacio de tiempo en el más rico de su época, admirando la riqueza genuina como verdadera en lugar de la ilegítima y el ver en lugar del estar cegado, acumuló toda la plata y el oro que había reunido de la venta de trigo en el tesoro del rey, no apropiándose indebidamente ni de una sola dracma, satisfecho con tan sólo los obsequios que el rey le ofrecía como agradecimiento a sus servicios188. Este hombre regía Egipto como si [259] fuera una sola casa, y con él, otros países y naciones azotados por el hambre, de manera tan excelente que no puede describirse con palabras, y distribuía alimento según lo conveniente, teniendo consideración no sólo hacia lo que era adecuado al presente, sino también lo que traería provecho en el futuro. En cuanto llegó el séptimo año de hambre, [260] mandó llamar a los labradores, pues ya tenía esperanza de que llegaran las buenas cosechas y la prosperidad y les dio cebada y trigo en grano y, para evitar que robaran el grano que habían recibido en vez de echarlo en los surcos, nombró por orden de mérito controladores y encargados, para que supervisaran la siembra189.

Muchos años después del hambre murió el padre, y los [261] hermanos de José, golpeados por la sospecha y temiendo que éste aún les guardara rencor y sufriesen algún mal, se acercaron a él a suplicarle insistentemente llevando con ellos a sus mujeres y familias. Éste, llorando, les dijo: «Quizá [262] la ocasión sea propicia para levantar sospechas en los que han cometido males intolerables, acusados no por otra cosa que su propia conciencia. La muerte de nuestro padre ha renovado el antiguo temor que albergabais antes de la reconciliación, como si yo os hubiera perdonado sólo para que nuestro padre no se entristeciera. Pero yo no he cambiado [263] con el tiempo y, habiendo acordado la paz con vosotros, jamás romperé este pacto. Pues no estaba esperando el momento de la venganza, sino que os concedí la liberación del castigo, en parte debido al respeto que debía a mi padre, pues es necesario ser sincero, pero también en parte debido a la benevolencia que inevitablemente siento hacia [264] vosotros. Y si todos estos actos nobles y humanitarios los he llevado a cabo por causa de mi padre, los mantendré aun habiendo él muerto190. Pues según mi criterio, ningún hombre noble muere, sino que vive eternamente inmarcesible, con un alma de naturaleza inmortal no atada en absoluto a [265] las necesidades del cuerpo191. ¿Por qué sólo recordar al padre creado? Tenemos también un Padre no creado, inmortal y eterno, que ‘todo lo provee y atiende a todas las plegarias’192, incluso cuando todos callan, y que todo lo ve, incluso lo que se encuentra en las profundidades de la mente. A Él le llamo como testigo de mi conciencia, para que [266] demuestre que no era falsa la reconciliación. Pues yo, y no os asombréis de mis palabras, pertenezco a Dios193, que convirtió vuestros malos pensamientos en una abundancia de bienes. No temáis pues, que en el futuro participaréis de bienes mayores que los que cultivasteis cuando vivía vuestro [267] padre». Animando a sus hermanos con estas palabras, con sus obras confirmó sus promesas no dejando olvidado ningún detalle en las atenciones a ellos.

Después del hambre, regocijándose los habitantes del país con la abundancia y las buenas cosechas de la tierra, José fue venerado por todos, recibiendo su recompensa por beneficiarles durante los tiempos difíciles. Y el rumor de la [268] buena fama de este hombre fluyó y alcanzó a las ciudades vecinas. Murió bien anciano, después de haber vivido ciento diez años194, habiendo llegado a la cumbre de la belleza, la prudencia y la elocuencia. Es testimonio de la belleza de [269] su cuerpo el amor que por él inflamó a una mujer; de su sentido común, la sencillez con que se desenvolvió en las inenarrables desgracias de su vida, que convirtió lo inarmónico en armonía y lo discordante por naturaleza en orden; de su elocuencia, la interpretación de los ensueños, el don de la palabra en sus conversaciones y la persuasión que lo seguía, por lo que le obedecían sus subditos, no por obligación, sino más bien por su propia voluntad195. De todos [270] los años de su vida pasó diecisiete, hasta la adolescencia, en el hogar paterno, trece en funestos infortunios, víctima de una conjura, vendido, esclavizado, falsamente acusado, encadenado en prisión. Los otros ochenta los pasó en el poder y la total prosperidad como el mejor inspector y arbitro tanto en tiempos de hambre como de abundancia, y el más capacitado para gobernar en ambas circunstancias.