OTRA PINCELADA DE HORROR
TENÍAMOS que atravesar la ciudad a todo lo ancho, puesto que Ladbroke Grove está en la punta norte, pero al este.
Conduje yo.
—John, John, ¿quieres explicármelo de una vez?
Sin mirarla, atento al aún nutrido tráfico que circulaba por las arterias de la populosa Londres pese a lo avanzado de la hora, le sonreí.
—Lili, de veras que después de haberte conocido casi doy por bien empleado el porqué te he conocido. Eres deliciosa, pequeña.
—¡Estás completamente loco!
—Prueba a darme un beso… quizá se me pase.
—¡No!
—Bueno. Pues callaré.
—¡No!
—¿Un beso, Lili?
—Hum… —torció su roja boquita. Y la puso en la mía con menos fugacidad de lo que yo esperaba. ¡Deliciosos labios los suyos, delicioso beso el que acababa de ofrecerme! Pero, mujer al fin y al cabo, preguntó de nuevo—: ¿Cómo te ha ido con Eirik Sadell?
Empecé a responderle cuando enfilaba a velocidad más que suicida la Bayswater Road, terminando cuando torcía para adentrarme en Queensway St.
—¡Cada vez lo entiendo menos! —oí que exclamaba—. ¡Un falsificador…! ¿Y qué pinta un falsificador en todo esto, John?
—¡Ah…! ¿Me lo preguntas? Suponía que la detective en activo eras tú.
—John, por favor, no te empeñes en zaherirme a cada instante. Si quieres, reconoceré por escrito que eres más inteligente que yo, más intuitivo, mucho más policía… lo que quieras. Pero respóndeme.
Ya nos estábamos acercando a nuestro punto de destino.
—Un falsificador, Lili —dije—, puede haber jugado el importantísimo papel de extender unos documentos que han pasado por genuinos y han creado a dos personas que en realidad no existen: Phillips Fothergil y Gladys Mayrand. Y además, eso lo sabemos concretamente, se ha encargado de contratar a Sadell por orden de esa pareja de monstruos, para que tú fueses eliminada y yo entregado al Yard. Ambos somos un grave peligro para su seguridad, y lo saben. Y nos temen. Y no nos subestiman. Al contrario, tratan de impedir por todos los medios que podamos llegar hasta la verdad.
—¿Supones que Howard puede ayudarnos a aclarar algo, John?
—Algo, no. Mucho, sí.
Y puse el pie encima del freno. Lili, rápida, autoritaria, exclamó:
—¡Ah, no, ni hablar! ¡Esta vez no me quedo aquí sola, esperándote!
—De acuerdo, mandona.
Se cruzó con nosotros un vendedor ambulante de periódicos voceando algo que, por resultarme familiar, llamó de inmediato mi atención.
—¡Eh, muchacho!
—Enseguida, señor. ¿Cuál quiere?
—Dame el The Daily Telegraph.
Lo que por familiar había llamado mi atención lo encontré en la primera página. Y viéndolo, casi podía considerarse un verdadero milagro que el vendedor no me hubiese reconocido, ya que, en el centro, grande y nítida, lucía una foto de busto del ex surintendent John Grantley, bajo el siguiente rótulo sensacionalista en letras de molde:
«¡¡Un Jack el Destripador del siglo XX!! ¡¡Suelto por entre la niebla de Londres!! Horrible asesinato en un viejo castillo del medioevo. Un hombre, llamado Phillips Fothergil, víctima del sadismo de un perturbado mental ex miembro de Scotland Yard. Luego de haberle descerrajado tres balazos, lo tritura con un hacha hasta reducirlo a fragmentos de carne y hueso.»¡¡¡Inaudito!!!!
»¡¡Consigue huir en las mismísimas barbas del Yard!! John Grantley, ex surintendent, ha escapado del edificio de Scotland Yard, en el Quai Victoria, donde había sido llevado por los inspectores del C. I. D. y Departamento de Homicidios que han logrado detenerlo en el escenario de su monstruoso crimen. Mistress Gladys Mayrand ha hecho unas declaraciones exclusivas a nuestro repórter sensacionalista acerca de los pormenores del horrible asesinato, las cuales publicamos en la página central.
»¡¡Un asesino en libertad!!
»¡¡Un sádico monomaniaco dispuesto a derramar océanos de sangre!!
»¿Qué está haciendo la policía?»
Sentí unas enormes tentaciones de estrujar el periódico entre mis manos haciéndome la feliz idea de que era el gaznate del maldito imbécil que había redactado el artículo.
—¡Cerdos repugnantes! —farfullé—. ¡Emborrona cuartillas indecentes! ¡Son como aves de rapiña! Husmean y husmean hasta encontrar la suficiente carroña que les permita revolcarse a gusto.
Lili, por encima de los tacones de sus zapa ti tos y adelantando la cabeza a mi hombro, leía la primera página.
—¡John…! —exclamó—. ¡John! ¡Tienes que ocultarte! Dentro de pocas horas las tres cuartas partes de los habitantes de Londres habrán visto tu fotografía y la retendrán meticulosamente en la memoria…
—¡No puedo esconderme, diablos! —estallé con rabia, haciéndome la feliz idea de que estrujaba el gaznate de «papel». Mirándola y tratando de calmarme, susurré—: Perdona, Lili. Creo que me estoy poniendo nervioso. Y hace cuatro días hubiera jurado que no tenía nervios o, al menos, que no podía excitarme de este modo.
—Lo comprendo, John, comprendo tu estado de ánimo. Pero… comprende tú también que para evitar que tus ex compañeros te «cacen» debes ocultarte de inmediato.
—Lili, de veras, te lo prometo… ¡eres una chica maravillosa! Con unos ojos preciosos y una boca de rubí. ¿Por qué te tomas tanto interés? En realidad, apenas me conoces; en realidad, no sabes si te he mentido.
—En realidad —murmuró—, eres un hombre extraordinario que estoy completamente segura que no me ha mentido. ¿Interés… has dicho interés? Es un caso intrigante, ya te lo he comentado antes, ¿no? Como detective que soy, me apasiona. Y… ¡y no quiero que pagues por una monstruosidad a la que conscientemente estás ajeno! John, por favor, hazme caso…
—No.
—¡John… te lo suplico! Yo seguiré adelante con las investigaciones.
—Es inútil, Lili. No insistas.
—¿Quieres que te juzguen… que te condenen… que te sentencien a morir ahorcado?
—¡No, diablos, no!
Ella, excitada también, encendido su hermoso rostro, chispeantes los maravillosos ojos ambarinos, se desesperó:
—¡Entonces, entonces…! ¿Qué es lo que quieres, John?
Me encogí de hombros, un tanto abatido, sintiendo que la desmoralización empezaba a filtrarse en mi ánimo como el agua de la lluvia por las paredes resquebrajadas de un viejo edificio.
Repuse, con voz apagada:
—Terminar de una vez. ¡Sea como sea!
Lili se aferró a mi brazo derecho apretando con esa fuerza insospechada que otorga el nerviosismo vehemente. Estalló:
—¡No… no lo permitiré!
Sonreí.
—¿Y cómo… «no lo permitirás»?
Su respuesta, muy distinta a lo que yo esperaba oír, me desarmó, digamos que deshizo todos mis argumentos. Porque con un matiz cálido, apasionado me atrevería a decir, me contestó:
—Suplicándote, de rodillas si es preciso, que me escuches. Que hagas lo que yo te pido… ¡John, que lo hagas!
Mi pregunta, como a mí su respuesta, la sorprendió por completo:
—¿Es posible que te hayas enamorado de mí tanto… en tan pocas horas, Lili?
La mujer ocultó su bellísimo rostro. No quiso que yo la viera enrojecer, contestar con una elocuencia, más elocuente por lo callada, a mi pregunta. Pero Lili, al fin, demostró ser una muchacha valiente y decidida. Dijo, sencillamente, pero con gran firmeza en la voz:
—Sí.
Me detuve en seco, giré hacia la derecha, busqué su barbilla en la oscuridad de la noche para alzar aquella cabecita de hebras sedosas y azabaches; murmuré:
—Lili… no merezco eso. De veras. No merezco un amor así.
Se alzó unas pulgadas más para besarme tenuemente. Y susurrar:
—Sí, John, lo mereces. Mereces mucho más. Mereces toda la felicidad que sin saberlo has estado deseando en el transcurso de esos meses de soledad, abstraimiento, que han sido el castigo injusto que has dado a una culpa inexistente. Pero… volvamos al presente, al hoy, a lo que importa. ¿Qué me respondes?
—Es aquí… —le señalé el negruzco portal que lucía el número 81 de Ladbroke Grove. Y al instante—Aprovechar al máximo esas horas que tú has dicho que tardarán en enterarse las tres cuartas partes de los habitantes de Londres que se busca a un peligroso asesino llamado John Grantley, cuya fotografía, obvia, retendrán en su memoria con minuciosidad de detalles.
—¡Pero…!
—Sé buena chica, detective. Si pasadas esas horas no conseguimos resultados, no consigo mejor dicho resultados positivos, me esconderé… y tú tomarás la iniciativa de las investigaciones. ¿De acuerdo?
No pareció estar muy de acuerdo ni demasiado convencida. Pero, no obstante, contestó:
—Bien. Como tú digas, John.
—¿Enfadada?
—Dolida… quizá dolida, porque tengo la sensación de que no confías demasiado en mis posibilidades.
—Lili, pequeña, te juro que no es eso. Es… trato… ¡diablos! Quiero impedir que corras riesgos.
—Estoy acostumbrada…
—Anda, vamos —la tomé del brazo echando hacia dentro del portal señalado con el 81—; Howard es pieza clave… o al menos, lo creo así.
En silencio, subimos por la escalera de peldaños desgastados con la tenue luz del fósforo que sostenía entre los dedos de mi diestra, y que para no quemarme tenía que ir sustituyendo a cada instante. Lili, a mi lado, se apretaba temerosamente, por miedo a caer, contra el brazo izquierda c para su apoyo sostenía yo en alto.
Llegamos al segundo rellano.
Frente a la tercera puerta.
Apagué el fósforo de un soplo y sin encender otro golpeé tenuemente la hoja de madera.
Una sensación de anormalidad invadió de repente mi cerebro. Porque la puerta… habíase abierto al solo contacto de mis nudillos. Traté de no pensar deprisa para razonar con la mayor lucidez. Inútil. Mis nervios, aquellos nervios en cuya, existencia no creía, estaban tensos, estirados, a flor de piel.
Susurró Lili:
—Está abierta…
—Entremos…
Avanzamos, «o medio del agobiante silencio, hacia el interior del piso, tratando en vano de escudriñar, romper con nuestros ojos las tinieblas que reinaban por doquier. Acechando, con la respiración contenida, a quien nos pudiera acechar. Percibiendo con una nitidez de eco fantasmagórico el golpear de nuestros corazones dentro del pecho. Latidos… latidos que mejor eran tañidos de tétricas campanas funerales.
—John…
—¡Lili, no hables!
Seguimos adelante con extremada lentitud, con la mayor cautela.
De súbito, ambos, instintivamente, nos inmovilizamos.
¿Un ruido? ¿Indicios de otra presencia humana?
No… los nervios, el estado de ánimo que empezaba a traicionarnos.
Nada.
Fui tanteando la pared del pasillo que desde el recibidor se adentraba en el piso confiando encontrar una llave de la luz. En efecto, mis dedos se tropezaron con el conmutador esperado y lo hicieron girar… otra vez otra, y nada. Una avería, intencionada o no, había dejado el piso de Lawrence Howard sin fluido eléctrico.
Llegué al extremo de hacerme una pregunta que jamás hubiera soñado formularme. ¡Eran tantas las cosas que había hecho en poco tiempo y de las que nunca, me hubiese creído capaz!
¿Miedo? ¿Tenía miedo?
No. No podía tenerlo. Mi consciente, subconsciente, o lo que diablos fuese, estaba intentando traicionarme, estaba devolviéndome una por una las imágenes de horror vividas en el castillo de los Matheson. Incluso, por un momento, supuse escuchar de nuevo la voz, su voz…
Su voz…
Con enervante cautela, haciendo lo imposible por liberar mi cerebro de aquel inicio de paroxismo, sintiendo la mano de Lili apretada en el interior de la mía, seguí orientándome en la oscuridad…
Seguimos avanzando.
De improviso, se acabó el pasillo como en un extraño juego de magia. Noté el contenido respingo de la bellísima detective, la mortal angustia que la invadía. Me movía, tanteando con el brazo libre en el aire, hasta comprender que nos hallábamos en una sala o especie de living.
—¡John… mira! ¡Ese resplandor!
En efecto, no me había percatado de ello. Al otro lado de la sala, frente a nosotros, donde parecía iniciarse un nuevo corredor, fugaces esquirlas de una luz tenue se esparcían por el suelo reverberando con matices escalofriantes.
Sin dudarlo, decidido, tiré de Lili, dirigiéndome hacia el lugar de donde brotaban aquellos puntazos de luminosidad.
Una puerta.
Escapaban por debajo de una puerta.
A tientas busqué el tirador para una vez aferrado entre mis dedos hacerlo girar despaciosamente, con lentitud que hizo estremecer, vibrar, el cuerpo escultórico de mi hermosa y enamorada acompañante. Su manita tersa oprimida dentro de la mía me comunicaba todas sus sensaciones.
Al fin, sin que los goznes exhalaran la más leve queja, acabé de abrir la puerta.
La puerta.
El tenue resplandor.
Fue, desde luego, algo que no olvidaría jamás, jamás, mientras viviera. Un lienzo horrendo, satánico, que sólo podía haberse engendrado en la mente de un ser infrahumano, diabólico, de morbosidad y sadismo inimaginables.
Una emoción imposible de describir. Una sensación que rebasaba los humanos límites de la cordura.
Con los ojos desorbitados, sintiéndolos enormes y gigantescos, pesados, contemplé hierático, paralizado por el horror, la monstruosa escena.
Lili, crispada toda ella en un rictus de pánico cerval, había perdido la facultad de hablar.
Porque el tenue resplandor… provenía de las velas introducidas en doce candelabros situados, de cuatro en cuatro, en los respectivos vértices de tres ataúdes.
Sobre el primer ataúd pendía, colgada al techo por los cabellos, la cabeza de un hombre cuya garganta horrorosamente seccionada goteaba sangre…
Chop, chop, chop, chop…
Del ataúd del centro surgía el mango de un hacha enorme, y encima, colgado del techo, el tronco de un cuerpo humano que regaba de sangre el interior del féretro…
Por encima del tercer ataúd danzaban unas piernas masculinas amputadas, sujetas al techo, derramando hilillos de un líquido denso, viscoso, rojizo, hilillos de sangre…
Chop, chop, chop, chop…
Aquello era el summun de la monstruosidad. Aquello era el negarse uno mismo la existencia en un mundo real. Aquello era enloquecer para siempre sin esperanzas de recobrar la lucidez del cerebro,
Chop, chop, chop, chop…
Las vértebras cervicales se me habían trocado en bloques de hielo. Los cabellos de la nuca los tenía erizados como cerdas de un cepillo de dientes. Todo yo, estático, ajeno ya a cualquier emoción terrena, supuse deslizarme por encima de un tobogán de mefistofélico tapizado a velocidad vertiginosa. Ambos, lo mismo ella que yo, estábamos prendidos en el hechizo exacerbada—mente morboso de aquel cuadro arrancado del museo del averno.
—¡Cristo bendito…! —conseguí murmurar tras aquel silencio que lo mismo podía haber durado segundos, minutos, horas, días o años.
De repente, noté cómo el cuerpo de Lili se convulsionaba.
—¡¡¡Aaaah…!!!
Suponiéndolo, llegué a tiempo de aplastar la mano libre encima de su boca, ahogando así el espeluznante alarido que sus labios comenzaban a exhalar.
Luego, de inmediato, se desmayó.
Circunstancia también previsible, por lo que conseguí evitar que cayese al suelo, sosteniendo su cuerpo cálido, inánime, entre mis brazos.
Miré, con mi dulce carga en alto, el trío de féretros y los horrendos aditamentos que sobre cada uno colgaban y que, sin duda, antes de ser separados, descuartizados de aquella forma brutal, formaban el cuerpo de un hombre llamado Lawrence Howard.
La locura… era la locura.
Y entonces, dentro del desconcierto al que el horror de aquella visión me había precipitado, escuché… ¡¡escuché su voz!!
Su voz.
A mi espalda.
Su voz.
Diciendo:
—John, John, tú no puedes negarte a nada de lo que yo te pida. John… ¿lo recuerdas? Vuélvete, John. Vuélvete y mírame. Mira mis ojos. ¡Míralos… y di que vas a obedecerme!
Despacio, como un autómata, fui girando sobre los tacones.
Para tropezarme con Sandra, la sonriente Sandra, y lord Reginald Matheson, envueltos ambos en un haz de luz fosforescente… Empuñando él un hacha como la que empuñara en el castillo, como la que empuñara en casa de Lili, como la que estaba clavada dentro del ataúd del centro.
—John… ¡mírame! ¡Di que vas a obedecerme!
—Sí… sí, ¡voy a obedecerte!
Sandra… Era Sandra… Sandra, la sonriente… Sandra, la hermosa… Sandra, la incitante… Sandra, la prometedora…
Su voz.
Murmurando con cálido, ígneo matiz:
—John… pase lo que pase no te moverás para nada de esta casa. ¿Comprendes? No te moverás. John… deja el cuerpo de Lili Leigh en el suelo… déjalo en el suelo.
Obedecí. Despacio. Lentamente.
Y fue al agacharme, al perder sus ojos brillantes y encendidos, al no mirarlos, cuando un latigazo sacudió mi cerebro, lo atronó cómo si sonase en su interior una aullante sirena de alarma. Comprendí que era lo que estaba sucediendo y comprendí que la única posibilidad de triunfar consistía en imprimir a mi reacción una velocidad infinitesimal.
Seguí agachándome, sosteniendo el cuerpo de Lili con el brazo izquierdo y las piernas, mientras mi mano derecha se hundía en un bolsillo de la chaqueta y se cerraba en torno a la culata de la monumental «Parabellum».
Cuando parecía tender a la bella detective sobre el mosaico, saqué la pistola para, guiándome por el círculo fosforescente, disparar de abajo arriba por dos veces.
—¡Cuidado! —gritó una voz—. ¡Ha escapado a tu dominio! ¡Ha liberado el subconsciente!
Lancé para mis adentros un millón de maldiciones.
¡Que yo hubiese marrado un blanco tan fácil!
Ellos ya estaban corriendo por el pasillo. Yo asomé de inmediato, a tiempo de captar el círculo fosforescente que seguía envolviéndoles. Me detuve unos segundos para precisar el tiro con toda clase de garantías y seguridades.
¡Pero el hacha voló hacia mí!
Por segunda vez.
Y por segunda vez evité que su filo agudo partiese en dos mi cuerpo tirándome de bruces al suelo para oírla silbar, enervante, una fracción después, por encima de mi cabeza.
¡Craaaac!
Salté hacia adelante reanudando la persecución con toda la velocidad que me otorgaban mis piernas.
Y al llegar a la puerta, asomando al rellano con ciertas precauciones, pude comprobar que Sandra y Reginald habían desaparecido como el fuego fatuo. Bueno… contando con que el fuego fatuo no taconeaba al desaparecer, y ellos sí. Pero era inútil seguir. Por otra parte, sin especular con la difícil posibilidad de alcanzarlos, no podía dejar a Lili en aquella habitación llena de horrores. Si volvía en sí encontrándose sola, iba a morir, o cuanto menos a enloquecer de pánico.
Regresé sobre mis pasos.
Y no había terminado de alzar el frágil y cimbreño cuerpo de la hermosa detective cuando el silencio de la noche vióse taladrado por el aullar febril de una sirena policíaca.
Comprendí en un segundo la trampa que habían intentado prepararme aquel par de monstruos con sus diabólicos poderes sobre el subconsciente. La policía, como en el castillo, me hubiese encontrado junto al cadáver horrorosamente despedazado de Lawrence Howard; y el testimonio de Lili, al igual que el del doctor Anslinger antes, no hubiese servido de nada.
Así pensando ya corría velozmente guiado por la intuición en busca de la escalerilla de incendios o emergencia a la que llegué justo cuando el coche-patrulla deteníase frente al edificio enmudeciendo la sirena.
Llevando a la muchacha en los brazos el descenso se hizo penoso, lento, agobiante. Sudaba a mares. Chorros de agua fría brotaban por todos los poros de mi cuerpo empapando las ropas y adhiriéndolas a la piel como pedazos de esparadrapo. Puestos los sentidos en el lugar donde iban descansando mis pies para que ningún crujido pudiese delatar mi presencia, mi huida, llegué al tramo basculante, y de éste, con exacto cálculo de la distancia, al suelo.
Era una callejuela angosta, fétida, de cuyos rincones oscuros surgían oleadas de un efluvio nauseabundo mezcla de orín y excrementos.
Corrí.
Sin saber hacia dónde.
Corrí.
Renunciando a la arriesgada posibilidad de ir en busca del «Jensen» muy cerca del cual, sin duda, habría estacionado el coche-patrulla de Scotland Yard.
Continué aquella alocada carrera que ignoraba adónde podía conducirme.
Jadeante, extenuado, empezando a comprender que el derroche de energías efectuado en un lapso de tiempo muy reducido se acusaba por todos los músculos de mi cuerpo, me detuve.
Ya las fuerzas no respondían.
Y las energías iban desapareciendo, volatilizándose.
¿Un taxi? ¿Y si el taxista había visto mi foto en el periódico? ¿Y si al verme con Lili en brazos, aunque no me reconociera como al asesino que se buscaba, intuía que yo…?
Caminé, muy despacio, con una firme resolución.
La noche y la niebla, por el momento, eran mis dos mejores aliadas. Seguí, pues, caminando, no sin dar un gran rodeo en busca del lugar elegido, para hurtarme a la posible presencia de alguno de los cops que patrullaban por las calles londinenses.
* * *
—¿Desea algo más el señor?
Negué con la cabeza.
—No, Percival. Gracias. ¿Ha entendido bien lo que debe hacer si alguien llama?
—Perfectamente, señor. Puede el señor tener la completa seguridad de que sea o no ese sádico asesino…
—¡Percival!
—Perdóneme el señor, ya sabe que soy torpe para expresarme… a veces. Le decía, señor, que puede tener la absoluta certeza de que sus ex compañeros no le atraparán aquí.
Sonreí, porque sabía que era cierto. Pero fue la mía una sonrisa apagada, casi lóbrega.
—Gracias, Percival. Puede retirarse.
Hizo la reverencia que venía haciendo desde que entró al servicio de mi abuelo.
—Con el permiso del señor. Que descanse el señor.
Dejé caer la cabeza hacia atrás, por fuera del respaldo del sofá, y al instante sentí un extraño y estremecedor cosquilleo. Porque… había recordado, visto, la cabeza de Lawrence Howard colgando del techo y goteando sangre encima del ataúd.
Transcurrieron menos de cinco minutos antes de que Lili se removiera en el diván donde la habíamos tendido, empezando a dar señales de vida, A partir de este momento, su vuelta a la realidad fue casi inmediata.
—¡John… mi vida! —gimió.
La retuve mucho, muchísimo tiempo, entre mis brazos. Sin dejar de besarle los cabellos y de acariciar su cabecita tiernamente.
Por último, vino lo inevitable. El recuerdo. El horror. Los temblores y estremecimientos, las sacudidas y convulsiones.
—¿Por qué, John? ¿Por qué han hecho una cosa tan horrible?
Empecé por explicarle lo sucedido mientras ella estaba sin conocimiento. Y agregué:
—Lo habían dispuesto todo para retenerme mediante un nuevo juego de hipnosis junto al cuerpo destrozado de ese infeliz. Hubiese llegado la policía, sorprendiéndome, y después de probarse como en el caso del falso Fothergil que no existían motivos para perpetrar semejante monstruosidad… el tribunal hubiese decidido entre enviarme a la horca o a un centro siquiátrico. Además, han aprovechado para deshacerse de Howard, que ya sabía mucho de sus manejos y representaba, de hablar, un grave peligro para sus planes.
Me miró larga, profundamente, en silencio. Y preguntó después, con voz tenue:
—¿Qué has decidido?
—Lo que tendría que haber decidido desde el principio.
—No te entiendo. ¿Qué quieres decir?
—Birmingham, pequeña. Ir a Birmingham. Ahora. Inmediatamente.
—¡Eso es una locura, John!
—No lo niego, Lili. Pero en Birmingham me aguarda la última posibilidad de éxito… la última esperanza. Ya lo tengo todo dispuesto para partir enseguida.
Los hermosos ojos ámbar chispearon al posarse en los míos intensamente. Y un rictus de preocupación se dibujó en su rostro al efectuar la pregunta cuya respuesta temía saber.
Así:
—¿Solo?
Cabeceé afirmativo.
—Sí. Solo. Porque tú, mi pequeña detective enamorada, tienes algo muy importante que hacer en Londres. Tan importante o más que lo que yo pueda hacer en Birmingham.
—Explícate —dijo, con aquel gracioso aire autoritario que empleaba en algunos momentos—, y yo decidiré si es o no importante la misión que me asignas en Londres.
Tratando de sonreír animosamente, palmeé sus mejillas, rojas ahora como dos apetitosas cerecitas.
Le dije, cosquilleando en su respingona naricilla con el índice de la diestra:
—Eres una detective terriblemente desconfiada…
—Terriblemente enamorada —me corrigió, aupándose para besarme con suavidad. Agregando—: Siempre supuse que sucedería así, John. De repente. Lo que en las novelas se llama «flechazo». Estaba segura de que la «flecha» se clavaría en mi corazón rápida, inesperadamente, y empezaría a querer al hombre con todas mis fuerzas. Bien… ¿qué hay de mi trabajo en Londres?
Se lo expliqué con todo detalle. Y tuve la suerte de convencerla porque, en realidad, del resultado de las gestiones que acababa de encomendarle, unido al de las mías en Birmingham, podía salir la luz definitiva, la inocencia de un subconsciente homicida… o la condena de un consciente honrado.
Me infundió una extraordinaria alegría, una seguridad en mí mismo enorme, el que la viera sonreírme abiertamente.
—No fallaré, John. Y tú… ¿cuándo regresarás?
—En el momento que haya obtenido los informes que necesito. Te llamaré por teléfono y volveremos a reunimos aquí. Es, por paradoja, el lugar más seguro. Ni Scotland Yard ni ese dúo de monstruos pensarán por un instante que tengo el atrevimiento de ocultarme en mi propia casa. Lili, si no te importa, me llevaré tu auto.
Me besó.
—¿Importarme?
La besé.
—Confío en que cuando aparezca por Ladbroke Grove los del coche patrulla ya se habrán largado.
Nos besamos.