Capítulo 3
SALIÓ bien.
Ella, con un rictus de aprensión contrayendo sus bellas facciones, lo alzó por los pies mientras yo hacía lo propio por los hombros, para lanzarlo, a la altura de Lambeth y Ferry Road, hacia las oscuras aguas del Támesis.
Luego, de regreso al estupendo «Jensen», modelo C-V8 MK-111 que Lili manejaba con gran habilidad, le dije, antes de que lo pusiera en marcha:
—¿Sabes una cosa, detective?
—Si no me la dices…
—Tienes unos magníficos ojos color ámbar. Me gustan. Quizá porque hace años que no frecuentaba a ninguna mujer, pero lo cierto…
—¡John! Yo… y no me mal interpretes, frecuento hombres a diario. Pero ninguno tan desconcertante como tú. Estás metido en un gravísimo aprieto, así lo veo yo, así lo has reconocido tú mismo no hace mucho… Han estado a punto de asesinarte… ¡No te entiendo, de veras!
Tomé su tersa barbilla haciendo girar aún más su preciosa carita para poder besar su linda boquita sin que se me resistiera. Luego, repuse:
—Lili, me he pasado dos años enterrado en vida dentro del ataúd de unos absurdos prejuicios y entre los candelabros de una concepción arcaica. Cuanto me ha sucedido desde que Anslinger vino a sacarme de mi ostracismo es horrible, desde luego. Pero, paradójicamente, ha hecho de mí un hombre diametralmente opuesto al que era. En filosofía se asegura que un hombre no puede cambiar cuando está formado y tiene unos principios sólidos y arraigados… Yo debo ser la excepción que confirma la regla. Eso no quiere decir que no esté hondamente preocupado por lo sucedido, e incluso, que en algunos instantes tema por el buen funcionamiento de mi consciente y subconsciente. Pero te garantizo que haré lo posible por triunfar. Y tú me ayudarás, ¿no?
Lili, mirándome con una fijeza que impresionaba, respondió como en un susurro:
—Te ayudaré, John. Lo mismo que si por mi intervención en este asunto me pagaran un millón de libras esterlinas.
La besé porque se lo merecía.
—Eres deliciosa, fisgona.
—Bueno… ¿y ahora?
—Al 45 de Great Dover Street. No cae muy lejos de aquí.
Puso al «Jensen» en marcha.
* * *
45 de Great Dover Street.
—¿Te importa esperarme en el auto, detective?
Enarcó las cejas.
—¿Por qué, John?
—Simple y pura cuestión de ética. Sé buena chica y espérame aquí —la besé en la frente y salí del vehículo con rapidez.
El portal, oscuro y angosto, ofrecía posibilidades. Nada más cruzarlo me di perfecta cuenta de ello. Vi algo, y muy educado yo, dije «Buenas noches», agregando mentalmente «¡Que vaya de gusto!». Aquello era una boca de lobo. Tan lóbrego y oscuro como el castillo de los Matheson.
Encendí un fósforo.
Y me largué escaleras arriba para no seguir aguándoles la fiesta a los que hacían crucigramas en el portal. Me detuve en el cuarto rellano para orientarme en busca de la puerta que buscaba y llamar. La espera fue breve. Lógico. Sheila era de las… bueno, aquí también se estila ya lo del «pluri-empleo».
Percibí, a través de la hoja de madera, un:
—¿Quién es…?
Y solté una respuesta que siempre me ha parecido bastante absurda:
—Servidor —y puede que para el de dentro, la imagen del «servidor» tuviese cara truculenta y mano derecha con un pistolón de esos de aúpa.
—¿Que quiere? ¿Cómo se llama…?
—Mi nombre no le dirá nada, Sheila —y agregué—: Vengo de parte de Lou.
—¡Váyase al cuerno, amigo! Usted y él. ¡Largo!
Vaya modales que se gastaba la amiga del gorila.
—Mira, nena —pegué los labios a la puerta para, seguidamente, mentir—: Llevo una automática… ¡Pum, pum! Te salto la cerradura con un par de balazos. Palabra que no me importa hacer ruido. De veras que es muchísimo mejor que abras de buen grado. ¿Qué…? ¿Le doy al gatillo?
Sheila, por lo visto, se tragó el anzuelo. Y debió comprender que yo no era de la clase de tipos que tratan de entrar en el piso de las… señoritas con fines libidinosos a consumar por coacción.
Abrió.
—Suelte lo que tenga que decir y lárguese —dijo con rabia, al comprobar que en mi mano derecha no estaba la automática de «referencia».
Yo, despacio, encogí las pupilas al tiempo que hacía un estudio minucioso y detallado de Sheila. Le calculé, por encima, unos treinta y cinco años. Tenía todo el aspecto de una strip-teaser fracasada. De esas a quienes se les mustian los encantos como pétalos de rosa dentro de un vaso de agua sin aspirina. A pesar de los pesares, se adivinaban unos contornos todavía atractivos. Teniendo en cuenta que debajo del «desh… lo que fuera», no existían aditamentos que ayudasen a realzar ni nada de eso. Sus ojos eran de color castaño apagado y la mirada huidiza, expresivamente desconfiada. La cabellera larga, esponjosa, brillante, hubiera podido ser postiza, pero creí entender que no lo era. Ovalado el rostro de labios finos e incoloros que, en las comisuras, mostraban evidentes reminiscencias de un «atropello». Delgada y alta. Con exceso olor a perfume del «caño gordo». Piel blanquecina. Tras el estudio, en resumen, me pareció una mujer muy frígida. Pero mis pinitos sicológicos garantizaban que esas primeras impresiones resultaban ser erróneas ya que, aquel tipo concreto de mujer, resultaba matarse luego en sentido opuesto al juicio inicial. Muy complicado, por supuesto.
—¡Qué! ¿Se va a quedar ahí, quieto, mirándome toda la noche?
—Desde luego que no. ¿Puedo pasar?
—No.
—Sé razonable, mujer. En el rellano se está muy incómodo para mantener una conversación. Tú y yo tenemos que hablar.
—No.
—¿Y por qué no se va a charlar con el demonio? —la pregunta, con tono desabrido, me la hizo un tipo con pinta de catcher jubilado que asomó las narices por encima de los hombros de Sheila. En la zurda traía un vaso larguísimo medio lleno de whisky.
—¿Por qué no te vas a dormir la mona, King-Kong? —pregunté a mi vez, para responder y ofender.
—¡Vuelve adentro, Elmer! —ordenó ella, imperiosa—. No quiero más escándalos ya.
—¿Cómo que me vaya adentro…? —el fulano se puso varonil. Lógico. ¿Cómo iba a regresar al interior dejándome a mí en conferencia con Sheila… tal como iba y estaba Sheila? Añadió—: ¡Qué escándalo ni qué rábanos! ¡Vas a ver cómo me lo saco de encima…!
—¡Elmer…!
De nada sirvió la autoridad que ella quiso imponer. Apartó a Sheila de un manotazo y se me vino de cara con muy malas intenciones.
—¡Te la vas a ganar! —le advertí, notando que la sangre circulaba por mis venas infundiéndome un calor que desde muchos meses atrás no me infundía. Y pese a la anterior pelea, al hachazo, a la horrible aparición del horrible cadáver que yo, no siendo yo, había triturado… pese a todo eso, me preparé para recibir a Elmer.
Estaba lanzado.
Y presto hube de andar para que no me colocase la zurda en mitad de la cara. Me agaché al momento, en una fracción de segundo, aplicándole la punta de los dedos al hígado para, acto seguido, golpearlo con el filo de la izquierda detrás de la oreja.
Trastabilló, yéndose en línea recta contra la barandilla de la escalera. Pero se trataba de un tipo resistente… y estaba visto que yo tenía que vérmelas con resucitados, hachas, mujeres con influjo magnético y tipos resistentes. Acostumbrado a encajar «leña» y asimilarla con facilidad. Sin apenas recuperarse giró sobre sí, se vino unos pasos adelante, hizo una finta en la que piqué y acabó por largarme un soberbio trallazo al centro del estómago. De verdad, me arrugué como un acordeón. Aquello iba en serio. Otro descuido y King-Kong acabaría por troncharme.
Lanzóse sobre mí cuando empezaba a recobrarme.
Tuve que recibirlo rodilla en ristre y en ella estrelló su boca soltando maldiciones y ronquidos. Se hizo atrás, no obstante, despidiendo otra vez su peligrosa zurda. Aún y ladeándome, pudo alcanzarme. Di un par de vueltas a mí alrededor y acabé midiendo las desiguales losas del rellano con las costillas. Un estertor seco, espasmódico, brotó de su garganta cuando iniciaba el demoledor y definitivo salto. La bestial embestida. Giré en tierra más por intuición que por otra cosa, escapando milagrosamente al aplastante plongeón. Se fue de bruces la tierra, como yo antes, pero se incorporó con igual rapidez que si sus articulaciones fuesen de goma y hubiera rebotado, lanzándose de nuevo a por mí.
Sin tregua.
—¡Te voy a machacar, aguafiestas! —rugió.
Y no tuve el atrevimiento de ponerlo en duda.
—Basta ya, Elmer! —se desesperó ella, que seguía contemplando la golpiza desde el umbral de la puerta.
Escapé al salto, pero él jugó bien las piernas, a la vez que amagaba un derechazo al estómago. Ahora, no piqué. Todo lo contrario. Le aguardé fríamente a la salida del amago y cuando se abrió para cruzar el directo de zurda finté ágilmente colándome entre sus poderosos brazos para castigarle el hígado por segunda vez. Y por tercera. Y por cuarta. Hasta que se dobló, permitiendo que le astillara las narices de un tremendo rodillazo y le clavase el canto de ambas manos en la cintura. Trató de recuperar el aire que le faltaba en los pulmones, pero no fui lo suficiente caritativo como para permitírselo. Con la izquierda le «cacé» la nuca en seco y fulminante doble golpe que lo tendió definitivamente sobre las baldosas.
Luego, frotándome la palma de ambas manos, jadeando, miré a la impertérrita Sheila.
—Con la prisa que tengo.
Por el cuello arrastré a Elmer hacia el interior del piso. Ella se hizo a un lado y cerró la puerta.
—Para él, ha sido doloroso. Para mí también, nena. Y además, una sensible pérdida de tiempo. Todo, para entrar y hablar… al fin y al cabo. Hubieras' podido evitarlo, linda.
—Es mi… novio.
—Una de indios, gata. ¿Y Lou Redgrove… el padrino da bodas, eh? Ya sé que vivimos en un país de costumbres muy avanzadas donde la juventud toca guitarras eléctricas y destroza salas de bailes y se droga y muchas cosas más… pero al menos no tratemos de justificar lo que ya está justificado. ¿Dónde te dejo, «esto»?
Sheila, girando ante mis ojos con un ilustrativo revuelo de transparencias, dijo escueta y de tú:
—Ven.
Pasillo adentro.
Una salita de esas muy monas donde las mujeres derrochan buen gusto, delicadeza y toda la gama de exquisiteces que es exclusivo patrimonio de su encantador y sutil sexo. Pero Sheila, estaba a la vista, debía ser bastante marrana. Todo revuelto. Prendas por aquí, calcetines por allá, unos pantalones arrugados encima de la raída alfombra, etc. ¡Ah, eso sí! Una mesita llena de colillas, a pesar de que habían dos ceniceros; tocadiscos; televisor; mueble de esos para coger cogorzas; sillas y un par de butacas.
El ventanal, abierto, asomaba al patio interior del inmueble dejando filtrar toda clase de olores, a excepción hecha de los agradables. Una puerta, en la izquierda, entreabierta, que permitía atisbar hacia un catre estrecho… nada de los cinco o seis palmos reglamentarios, en completo y absoluto desorden.
—Ponlo ahí… —señalaba el cuartucho—, encima de la cama.
Lo hice, regresando luego a la sala.
Sheila estaba ahora derrumbada en una de las butacas y la pose invitaba al… diálogo. Me senté enfrente y sin perder tiempo eché sobre sus descubiertas rodillas la foto y tarjeta que encontrara en el billetero del gorila, mientras decía:
—No voy a explicarte lo que me pasa por tres razones concretas: Sería largo y ya he perdido demasiado tiempo; no te lo creerías; no te interesa. Lou vino visitarme sin flores y sin banda de música, y desde hace rato está muerto. ¿Para quién trabajaba?
Sheila, mirando el retrato con desdén, alzó la cabeza para preguntar a su vez, sorprendiéndome:
—¿Eres americano?
—No. ¿Por…?
—Se diría que eres un detective o un killer del mismo Manhattan. Tus formas no son británicas.
—Entiendo. Las costumbres y tradiciones de toda una vida pueden alterarse en un segundo para convertir a una persona en algo opuesto y diferente. Ese es mi caso. Aunque… tampoco tú pareces demasiado inglesa, ¿eh? Estamos divagando, Sheila. ¿Para quién trabajaba Lou Redgrove?
Tiró retrato y tarjeta al suelo.
—Hace muchos meses que Lou y yo dejamos lo nuestro. Ignoro sus actividades. No me mezcles en esto.
Sonreí torcidamente.
—Lo siento, chica. He de mezclarte porque en ello me juego mi piel. ¿Para quién trabajaba Lou?
Se encogió de hombres, al tiempo que alcanzaba un paquete de cigarrillos y se ponía uno en los labios, encendiéndolo. Echó humo hacia arriba.
—No lo sé.
De inmediato me puse en pie, avancé hacia ella, apoyé las manos en los brazos de la butaca, me incliné hacia delante solté ominosamente:
—Estoy dispuesto a romperte la cara, Sheila. Por última vez. ¿Para quién trabajaba Lou?
—¡No lo sé…! —exclamó nerviosa, apartando el cigarrillo de los labios.
Si un mes antes me lo hubieran dicho, asegurado y jurado, no me lo hubiese creído. Yo, John Grantley, ex surintendent de Scotland Yard, hombre formado a la antigua usanza británica, moldeado en las escuelas del Yard, con un exacto sentido de la ley y un estricto concepto de la justicia, yo…
Le solté un juego de bofetadas que, de su rostro, hicieron un carrusel vertiginoso.
No era de las que lloraban. Por eso, trató de golpearme en un sitio donde me hubiera dolido lo mío. Pero adiviné su intención antes de que hiciera el gesto y eso le costó recibir más golpes, más fuertes, más brutales.
Desistió. Y estuvo en un tris de pasarse al bando de las que lloraban.
—¡Basta…! ¡Basta…! ¡No me pegues más!
—Correcto. ¿Para quién trabajaba Lou?
—Eirik Sadell.
Ahora me quedé boquiabierto. Tras la pausa producida por el asombro, la interrogué despaciosamente:
—¿Estás segura de lo que dices…?
—¡Sí, diablos! —masculló, acariciándose el lacerado rostro—. ¡Estaba con Sadell!
Las cosas se iban complicando, sí. Porque Eirik Sadell era en Londres una especie de Al Capone en el Chicago de 1930. Poderoso, influyente, déspota, manejando a su gusto y antojo el hampa londinense, convertido en una auténtica obsesión para el Yard desde hacía más de diez años sin que hasta la fecha se hubiera podido probar ni una coma en lo referente a sus muchas actividades delictivas.
Vaya, vaya, iba a tener que vérmelas otra vez con Eirik Sadell.
—Sheila —le dije con inflexión sentenciosa—, si te has equivocado, te garantizo que no volverás a equivocarte nunca más.
—¡Muérete, cerdo!
* * *
Me miró hecha una furia.
—¡John…! ¿Cómo has tardado tanto? Ya empezaba a alarmarme.
Le sonreí, besándola suavemente.
—No seas fierecilla, pesquisa. La amiga de Lou estaba con otro amigo… un tipo nada sociable, ¿entiendes? He perdido mucho tiempo y energías con él.
Lili, nerviosa, mordiendo su carnoso labio inferior, preguntó:
—Pero ¿has averiguado algo por lo menos?
—Sí, linda. Nuestro primer visitante, el «no resucitado» trabajaba para Eirik Sadell.
Se asombró ella como yo al oír aquel nombre en labios de Sheila.
—¡Eirik Sadell! No… no lo entiendo. ¿Qué papel puede jugar un hombre como Sadell…?
—Ninguno —la atajé—. Sadell tiene matones y los alquila, ¿cierto? —sin esperar a que me respondiera, seguí—: Alguien le ha encargado que enviase uno de sus gorilas a tu casa para sorprenderme a mí y obligarme a telefonear al Yard… y hasta puede incluso que a matarte a ti.
Lili desorbitó sus magníficos ojazos color ámbar.
—¡Qué! ¿Estás seguro…?
—Por completo, Lili. A los que se sirvieron de mí para consumar sus criminales proyectos no les interesa lo más mínimo que nadie ande haciendo averiguaciones:.. y mucho menos yo, al que no esperaban ver reaccionar como ha sucedido.
—Oye, John, por favor… ¿Quieres decirme una cosa?
Sonreí.
—Depende…
—Antes me has hablado de «objetivo preconcebido» y has dicho textualmente: «Yo… conozco el móvil de ese crimen en el que he sido involucrado por el dominio que una perversa dama ha ejercido sobre mi subconsciente». ¿Es cierto todo eso?
Lo era. Y respondí:
—Rigurosamente cierto, señorita Lili Leigh, de profesión detective privado.
—¿No tienes la suficiente confianza como para…?
—Tengo en ti, Lili —la atajé—, pese a que una mujer es la causante de mis graves problemas, una confianza que es posible no tenga en personas que hace quince años que conozco. Me pasa contigo lo que con Bernard Anslinger. Bien… a fuer de ser sincero, debo decirte que lo he descubierto por casualidad.
Le conté lo de la caída y con ello la recuperación de la memoria y el consciente que, tras los manejos hipnóticos de lady Matheson, alias Gladys Mayrand, habían quedado en el vacío, suspensos.
—Al recordar me ha venido también, de esa forma brusca que suelen venirles las ideas a los policías y detectives, un hecho acaecido en un arrabal de Birmingham, hace tres años, hecho cuyas características se asemejan extraordinariamente a lo de ahora. He consultado el tercer tomo de la Moderna antología criminalista inglesa para obtener datos y fechas con mayor exactitud. La cosa fue…
Estuve hablando por espacio de varios minutos. Y al término, ella exclamó:
—¡Pero, John…! Es innecesario que te arriesgues. Vuelve a Scotland Yard y pide que revisen el caso… ¡a ti te escucharán mejor que a otro! Y será más seguro que ir arriesgándote,..
—No seas ingenua, Lili. Yo, precisamente, sé mejor que nadie cómo trabaja el Yard. Ellos, en este asunto, no pueden hacer otra cosa que remitirse a los hechos concretos: He matado a un hombre llamado Phillips Fothergil cuya documentación estaba en regla, lo mismo que la de su esposa Gladys Mayrand. La única solución estriba en atraparlos, obligarles a confesar y demostrar con ello mi inocencia… y la «no juzgable» culpabilidad de mi subconsciente. Por otro lado, Lili, ellos ya han cometido su primer error.
La bellísima detective estaba a cada segundo más desconcertada.
—¡Qué…! ¿Su primer error? ¿Cuál?
—Me extraña, muñeca, que tú no lo hayas captado. Está feo que una profesional deje escapar detalles tan elementales y fundamentales.
Tras una pausa de breves segundos le hice la revelación. Y sin asombro esta vez, articuló:
—¡Claro! Pero… ¿cómo no me habré dado cuenta de eso?
—Es lógico, Lili —me sentí feliz al disculparla—. Las emociones, el nerviosismo, el terror que has pasado… Si yo, con toda sinceridad, he de confesarte que hay momentos en que dudo si todo esto está sucediendo en la realidad o es sólo una tremenda e interminable pesadilla.
—Yo… —me miró con sus profundos, enormes, magníficos, sensacionales ojos ámbar—, John, soy una realidad.
—Por supuesto, linda.
Y la besé, en busca de la prueba fehaciente que disipara cualquier posible duda. No. Una boca como aquella, tan encendida, tan roja y dulce, no podía ser fruto de un sueño y menos de una pesadilla.
—John… de haberlo sabido, no hubiese aceptado las instrucciones del doctor Anslinger respecto a que te atendiera con el mayor interés.
—¿De verdad, morena? ¡Pues has disimulado lo tuyo!
—¡Cínico!
—Preciosa…
Me atendió de nuevo con mucho interés. Con el mismo interés que yo ponía en besarla.
—John… —suspiró—, soy una solemne embustera.
Me sorprendió la confesión y pregunté:
—¿Por…?
—Porque no hubiera hecho falta que el doctor Anslinger me dijera…
En previsión de evitar males mayores, en conciencia de los hechos, en un sentido egoísta de aprovechar al máximo el tiempo de que disponía para demostrar algo que iba a ser muy difícil de demostrar, corté sus peligrosas explicaciones, preguntando:
—¿Nos vamos, pequeña?
—¿Irnos…? ¿Adónde?
Sonreí oscuramente.
—Cuartel general de Eirik Sadell. Sabes dónde está, ¿no?
Afirmó con su cabeza de oscuros cabellos, que la oscuridad del interior del coche hacía de un color azulado, musitando:
—710 de Kingsland Road, «Lowe Boite».
—Correcto —cabeceé yo también—. Eso está hacia el norte de Londres y bastante lejos de aquí. ¿Te importa que conduzca yo?
—En absoluto.
Sin salir del estupendo «Jensen», cambiamos de asiento. Peligroso cambio cuyo peligro evitó la urgencia que yo, especialmente, tenía. Porque pese a mi modo de producirme y a la aparente temeridad de que estaba dando muestras desde que huyera del edificio del Quai Victoria, sabía muy bien que me estaba jugando la vida en el canto de un chelín.
Puse el vehículo en marcha y, cuando por Southwark Street alcancé la Gracechurch St., dejando atrás las riberas del Támesis, pisé de firme el acelerador.
Lili, algo medrosa, se aplastó contra mi flanco izquierdo.
* * *
El «Lowe Boite» no era un night club vulgar y corriente.
Y muchísimo menos su espectáculo, de cuyo show, famoso en todo Londres, destacaba la fabulosa vedette Gail Hopkins.
Gail era una strip-teaser de auténtica excepción que había sabido convertir un espectáculo tachado de inmoral en un juego de coreografía del que se apreciaba por un igual su arte y su exuberancia física.
Cuando entramos en la sala acababan de oscurecerse las luces, de amortiguarse mejor dicho en un paulatino descenso de intensidad. Se hizo un silencio tenso, tras los últimos acordes de la orquesta, que daban por finalizado el número anterior del show de noche en el «Lowe Boite».
Lili y yo nos acomodamos en una de las pocas mesas cercanas a la pista que quedaban libres y no tardó más de un minuto en aparecer el camarero.
—¿Qué van a tomar los señores?
Interrogué a la detective con la mirada.
—Un «Martini» seco —musitó.
—Que sean dos —rectifiqué.
Toda la concurrencia tenía los ojos clavados en la pista con su forma de media luna, su suelo encerado, brillante, que semejaba un extraño espejo de pulido cristal negro bajo los focos que empezaron a hacinarse en un punto determinado de los tupidos cortinajes de terciopelo rabiosamente amarillo que separaba la sala de las dependencias privadas del local.
Vino de nuevo el camarero con los dos combinados secos y, al retirarse, susurré, inclinándome hacia el oído de Lili:
—Es el momento, muñeca. Espérame aquí.
Me miró, encendidas con enfado sus inmensas pupilas ámbar.
—¿Otra vez…?
—Lili, chiquilla, trata de entender. Ya entrarás en acción cuando sea necesario. Esto es asunto totalmente mío.
—Tuyo, sí. De acuerdo, John. Procuraré no morirme de incertidumbre o aburrimiento.
Tomé una de sus manos para llevarla a mis labios y rozarla con éstos fugazmente. Acto seguido, aprovechando y buscando la oscuridad, me alejé de la mesa
Justo cuando empezaban a sonar unos tambores con aire africano a lo Lecuona. Un sonido rítmico, vibrante cálido, que se fue intensificando más y más, desde su principio lento y tenue. Y siguió creciendo hasta alcanzar un rítmico frenético, trepidante.
Para enmudecer de repente. Para recibir en absoluto silencio la aparición de Gail Hopkins y saludarla después con un redoble furiosamente estremecedor. Había surgido de entre los cortinajes como una gloriosa y mitológica diosa del pagano amor y la belleza; lo que era.
La concurrencia, absorbida por la emoción culminante de aquel momento crucial, crítico, estaba hipnótica mente atraída hacia la pista… ¡Me estremecía con sólo pronunciar con el pensamiento la palabra hipnosis! Pero pude moverme con absoluta libertad gracias a… gracias a Gail Hopkins, introduciéndome por los cortinajes de donde ella había salido.
Un pasillo por el que avancé… sólo unas yardas.
Porque el tercer gorila de la noche me salió al encuentro.
Había surgido por el cercano recodo del corredor que al principio señalaba con letras rojas y bien visibles un: No admitance, de considerable tamaño.
¡Menudo fulano! Alto. Granítico. De cabeza rapada. Con maneras de guardaespaldas a lo «Goldfinger».
—¿Qué se te ha perdido por aquí, pequeño? —me preguntó con sorna, guturalmente.
Después de seguir mirándolo unos segundos con todo detenimiento me impuse de que una sola de sus manazas era suficiente para convertirme en una especie de sémola de carne. Yo no soy un alfeñique. En el Yard se consideraba mucho la constitución física de sus militantes. Pero después de la susodicha inactividad, de los encuentros con Lou y Elmer… aquello empezaba a ser demasiado.
—La brújula, «cariño» —repuse sonriente, dando por sentado que no iba a reírme la gracia.
—¡La madre que te…! —farfulló, soplando como una máquina de vapor del siglo pasado al ponerse en movimiento.
Tuve que retroceder a marchas forzadas para eludir con un mínimo de garantías su peligrosa embestida, puesto que se me venía encima con la fuerza y violencia de un ciclón. Con el viento solo, era fácil pillar una bronconeumonía. Pero yo, que por lo visto estaba lanzado por un terraplén de locura suicida, en pletórico alarde de reflejos y equilibrio, conseguí esquivarle, usar un infantil ardid llamado zancadilla y ver cómo se estrellaba de bruces en el piso.
Más, pese a su mastodóntica naturaleza, igual que sucediera con Lou Redgrove, revolvióse con una agilidad casi felina e impropia de su peso. Me vi un tanto sorprendido, y no con agrado, por su fulgurante reacción. Inyectados los ojos en sangre soltó un par de imprecaciones obscenas antes de volver a la carga.
—¡Te haré pedazos, desgraciado!
Por supuesto que iba a conseguirlo si se lo había propuesto, pero aun así, fui lo suficiente temerario como para esperarle de pies entreabiertos y pecho al descubierto. En un abrir y cerrar de ojos me dio una nueva demostración de que su peso no le impedía en absoluto moverse con una agilidad a lo línea James Bond. Fue el suyo un salto casi perfecto… ¡Qué «casi»!, un salto perfecto por la precisión y exactitud de cálculo, resultando de él que dos zarpas de hierro se cerrasen alrededor de mi garganta oprimiendo con furor homicida. Pero, por rápido y ágil que fuese, la diferencia de peso entrambos me proporcionaba una ventaja de flexibilidad con la que necesariamente, si quería salir con vida, tenía que jugar pronto y bien.
La única ventaja. Y tuve que «exprimirla» al máximo.
De esta manera: Primero, un hábil corte de cintura agachándome al tiempo que golpeaba por el interior sus antebrazos obligándole a soltar mi cuello. Segundo, apelando al nada académico recurso de clavarle la rodilla derecha allá… allá donde iba a dolerle mucho. Poco ortodoxo, sí. Poco anglicano, también. Pero el mastodonte se encogió bruscamente barbotando toda clase de obscenidades y acariciándose con ambas manos la dolorosa parte castigada. Tercero, haciéndome atrás vertiginosamente para apoyarme en tierra, a la inversa, con la palma de las manos, proyectando los pies contra su faz haciendo acopio de todas mis humanas fuerzas.
Conseguí que, retorciéndose como estaba, se diera un terrible espaldarazo en el suelo. Acto seguido, mucho antes de que tuviera tiempo de sorprenderme con otra de sus inesperadas reacciones, salté sobre él despojándole de la americana «Parabellum» cuya culata había asomado por detrás de su chaqueta en el transcurso de la pelea. Se la mostré a su propietario con el cañón por delante y el dedo puesto en el gatillo.
Aún seguía contorsionándose, bufando, gruñendo como una bestia herida, como una mala bestia… Eso es lo justo.
—Te ves bien así, «querido» —me burlé.
Ciego de furor, apretadas todavía las manos sobre la parte del cuerpo que tan brutalmente le había castigado, barbotó colérico, rabioso:
—¡Te juro…! ¡Ooooooh! ¡Te juro que… he de hacerte pedazos, hijo de cien mil perras!
Sin dudarlo, le metí la puntera del zapato derecho en el centro de su cochina boca.
Soltó un par de salivazos sanguinolentos. Y sólo el ominoso cañón de su propia «Parabellum» impidió que pese al dolor que lo acometía se lanzara hacia mí verdaderamente dispuesto a despedazarme.
—Es posible que algún día me hagas pedazos, cerdo. Pero no será ahora, desde luego.
Pestañea, haz un solo movimiento que tenga visos de agresividad y tardarás un par de segundos en comprobar que el plomo nada entiende de hombres fuertes… de hombres bestias. No tengo interés en liquidarte, pero eso no significa que vaya a vacilar si me obligas a darle al gatillo. Con cuidado, —con infinito cuidado, poniendo tus cinco sentidos hasta en el respirar, levántate… ¡Rápido!
Seguía haciendo extrañas contorsiones, gruñendo, profiriendo insultos entre dientes, maldiciones y amenazas.
—¡He dicho que te levantes, puerco! —repetí, sin ironía, sin burla, ominoso, fríamente ominoso.
La mole, dando por sentado que bien podía esperarse la comprobación de que el plomo nada entendía de hombres bestias, se puso en movimiento, pendientes sus malignos ojillos castaños del largo cañón de la automática que, tras arrebatarle, yo empuñaba con significativa firmeza.
—Te arrepentirás de esto, bastardo —volvió a amenazarme.
Yo le obsequié con una de mis mejores sonrisas.
—Dé acuerdo, eunuco. Es posible. Pero ahora echarás delante de mí rumbo al cubil de esa alimaña que se hace llamar señor Eirik Sadell. ¿Entendido? ¡Ah!, no vayas a olvidarte de que te sigo con el dedo en el gatillo y de que lo apretaré con sólo intuir que vas a gastarme alguna marranada. ¡Andando!
Me hice a un lado para dejarle paso, siguiéndole después a una distancia prudencial. Caminamos hasta el fondo, lugar donde el corredor se bifurcaba a derecha e izquierda. La mala bestia, cuya descomunal espalda encañonaba, dobló por la diestra, avanzó una media docena de yardas, se detuvo frente a una puerta, me miró y dijo:
—Aquí es.
—Pues demuéstrame tu exquisita educación, pidiendo permiso para entrar… ¡Llama, imbécil!
Dio un paso y golpeó la puerta de forma totalmente normal, cuidándose muy mucho de andarse con señas o tonterías. No esperó a que lo autorizaran desde dentro porque tras los golpecitos hizo girar la manecilla de la puerta.
Rápido, me acerqué, alzando el pie derecho, clavándoselo en los riñones y proporcionando a su bestial naturaleza una velocidad de vértigo que le hizo atravesar la estancia y volcarse materialmente encima de la mesa de despacho.
Hice acto de presencia, «Parabellum» por delante, gritando, al tiempo que movía el cañón en semicírculo:
—¡Quietos…! ¡Al menor motivo os lleno de plomo! ¡Vosotros… de espaldas a la pared! ¡Deprisa!
«Vosotros», eran otra pareja de bestias de la misma raza que la que me había servido de cicerone. Obedecieron porque mi expresión decidida y ominosa no era para andarse con tanteos. Salté hacia ellos descargando, velocísimamente, por dos veces en cada nuca, con fuerza demoledora, el contundente filo de la culata de la «Parabellum».
Se desplomaron sin proferir una exclamación.
—¡Qué diablos es esto…! —rugió el tipo que estaba tras la mesa, alzándose de un brinco.
—No te muevas, Sadell… No te muevas, porque te baleo» por menos de nada y le doy al Yard la alegría más grande de toda su existencia.
Ahora me reconoció. Se me quedó mirando con asombro, diríase que con estupor.
—¡El ex, surintendent Grantley…! —articuló, muy abiertos los ojos.
—Sorprendido, ¿eh? Porque suponías que Lou Redgrove me había entregado a mis ex colegas o, como mal menor, me había liquidado. Pues ya ves… pero siéntate, siéntate, y conserva en todo momento las manos encima de la mesa.
Eirik Sadell me miraba, confuso todavía, con una mezcla de temor y desprecio. Era, por su apariencia física, todo un gentleman. Debía contar, más o menos, unos cuarenta y tres años de edad. Alto, atlético, bien formado y agradables las facciones de su rostro… mejor dicho, lo hubiesen sido, de no mediar la expresión cínica y cruel que solía lucir con frecuencia. Sus ojos eran negros, vivos. La nariz larga, de un solo trazo, y la barbilla firme, enérgica. Aunque ahora, con mi llegada inesperada e intempestiva, Sadell había perdido gran parte de su energía. Tenía los cabellos de un tinte oscuro abrillantado con el contraste de unos aladares grisáceos.
Unos instantes aparté mis ojos de la faz de Eirik para recorrer la escultural figura de aquella rubia despampanante que estaba perezosa y lánguidamente tendida en el sofá que ocupaba el ángulo interior izquierdo, bebiéndose un whisky con perezoso ademán. Llevaba un vestido color piel de tigre que recortaba todo lo que la madre naturaleza le había otorgado en un alarde de generosidad, perfección, belleza… Un derroche primoroso de la quinta esencia femenina.
¡Vaya mujer!
—¿Qué quiere de mí, Grantley? —inquirió con voz ronca el primer rackquetter londinense.
Avancé unos pasos para propinarle un suave puntapié al mastodonte que me acompañara y que se había quedado medio derrumbado encima de la mesa. Ahora, se fue de narices a tierra.
Cambiándome la «Parabellum» de mano, repuse:
—Quiero, Sadell, hacer contigo lo que no pude cuando era miembro del Yard. Tú me entiendes, ¿cierto?
—No.
—¿Por qué enviaste a Lou Redgrove?
—No sé de lo que me está hablando, Grantley.
Sonreí, aunque no muy divertido.
—¿De veras? —y cuando quiso darse cuenta me había plantado frente a la mesa y estrellado la culata del arma en mitad de su rostro cínico. Inquiriendo—: ¿Sigues sin saberlo?
Le había chafado la nariz con tanta fuerza que empezó a brotar de ella un tumultuoso chorro de sangre.
Eirik hizo ademán de agresión y yo me fui hacia atrás mostrándole la automática, al tiempo que decía ominoso, letal:
—¡No juegues, Sadell! He venido dispuesto a matarte… Te doy mi palabra de honor. ¡Siéntate!
Obedeció, a la vez que empezaba a limpiarse el caudal de sangre. Y la rubia, que no parecía inmutarse, que dentro, del vestido tigre estaba hecha una verdadera fiera con necesidad de domarse, estirando por encima del respaldo sus fabulosas piernas, murmuró:
—Querido… dile lo que sea y que se largue. De lo contrario te va a estropear mucho la cara y no me gustarás luego.
—¡Cállate, zorra! —barbotó frenético.
—Eirik Sadell —pronuncié despaciosamente—, es la última vez que te pregunto: ¿Quién te pagó para que enviases a Redgrave al domicilio de la detective Leigh?
—Grantley… —hablaba con un vibrante matiz de odio en su voz ronca, gutural—, tiene usted en la mano todos los ases de la baraja… ¡Pero me las ha de pagar!
Me fui a él machacándole la nariz por segunda vez.
—¡Aaaaag!
—¿Quién y por qué, Sadell? —insistí, sin tregua, sin piedad… sin una piedad que no estaba dispuesto a tener con nadie y menos con un tipo de la condición de Eirik.
—¡Lawrence Howard! —escupió, por entre la sangre que ahora manaba también de su boca. Repitiendo—: ¡Lawrence Howard!
—Correcto —acepté con voz fría—. ¿Quién es Howard? ¿Qué te ha dicho?
—¿Puedo… puedo sacar un pañuelo?
—Pero sólo… un pañuelo, Eirik. Si te confundes y sacas además una pistola, te clavaré en esa silla a balazos.
No se confundió. Yo tenía la completa seguridad de que no se confundiría. Luego de pasarse el pañuelo por el rostro varias veces, inclinando la cabeza para no mirarme, repuso:
—Howard es un falsificador profesional. El más experto de todo el Reino Unido. No hace mucho tiempo trabajó para mí y desde entonces no había vuelto a saber de él hasta hoy por la tarde. Según me ha dicho, trabaja por su cuenta y…
—Al grano, Eirik, al grano. No me hagas una sinopsis de la historia del hampa londinense. ¿Qué te ha dicho el amigo Howard?
—Bueno… me ha ofrecido la sorprendente cantidad de cinco mil libras por enviar de inmediato uno de mis mejores hombres al 218 de Oxford Street, concretamente al despacho de la detective Lili Leigh, para que la matase a ella y lo mantuviera a usted inmóvil, luego de hacerle llamar al Yard, hasta que sus ex compañeros llegasen… estuviesen llegando mejor dicho.
—¿Qué tiene contra mí ese Howard?
Siguió limpiándose la sangre, al tiempo que se encogía de hombros. Me contestó:
—Lo ignoro. No me ha dado más explicación que esas cinco mil libras y la referente a lo que debía hacer Redgrove. Matar a la detective, obligarle a usted a telefonear a Scotland Yard y tenerlo inmovilizado hasta que llegara la policía.
—Sadell, supongo que comprendes que lo que acabas de decirme es suficiente para llevarte a presidio de por vida, cosa que Scotland Yard trata de conseguir desde hace muchos años…
—¡No tiene testigos!
—Ni me hacen falta, porque no pienso acusarte de nada. Pero óyeme bien, hampón asqueroso: Si tú o alguno de tus pistoleros se vuelven a cruzar en mi camino, volveré aquí para llenarte la tripa de plomo. Espero que lo hayas comprendido bien. Y ahora… ¡venga la dirección de ese Howard!
Quiso inhibirse, murmurando:
—No sé. No lo sé… ¡Le juro que ignoro su domicilio!
Me fui otra vez hacia la mesa, pero despacio, muy lentamente. Para inclinarme unas pulgadas y situar la boca del cañón de la «Parabellum» casi rozando la frente del boss. Preguntando con un acento helado que hasta en mi propia persona produjo estremecimientos:
—¿Dónde vive Lawrence Howard? Cinco segundos para responder… o te mato.
Vi proyectarse su nuez garganta afuera por la mucha saliva, quina y bilis que estaba tragando. Apenas con un hilo de voz, respondió:
—Tercera puerta, segunda planta. 81 de Ladbroke Grove.
—Bien, Sadell. Espero que tu memoria te haya sido todo lo fiel que necesitas para conservar la vida. Y si supones que no te ha sido «fiel», rectifica ahora que aún estás a tiempo…
—¡Es esa dirección! ¡Le juro que es ahí, Grantley!
—Tú verás lo que haces, Eirik. Ponte de pie y vuélvete de espaldas. Pero sin excesivas prisas ni sin excesiva lentitud, ¿eh? Buscando ese término medio que es el equilibrio de la vida y de los actos del ser humano. Ya, empieza.
Interiormente sentí una enorme satisfacción al ver con qué miedo me obedecía quien llevaba casi más de una década burlándose de la impecable, eficiente y efectiva policía londinense. Con mucha satisfacción también le estrellé la culata en mitad de la nuca para que, como sucedió, se fuese a tierra llevándose la silla giratoria con el subsiguiente estrépito.
—¡Magnífico, extraordinario…! —me aplaudió la fiera rubia de anatomía exuberante, alzando su vaso de whisky en simbólico brindis. Y agregó—: Ni aún jurándomelo de rodillas hubiese creído que existiera un tipo capaz de causar semejante destrozo en el cuartel de Eirik.
La miré, sonriendo despectivo, porque entre otras cosas me recordaba a la falsa y sádica lady Sandra Matheson. Dije:
—Aún eres muy joven, tigresa. El distinguido y selecto medio ambiente que has elegido para desenvolverte te irá enseñando cada día una cosa nueva a cual más provechosa. No olvides decirle a Eirik cuando despierte que si tiene la ocurrencia de iniciar una represalia… lo mataré. Dile también que he perdido aquel sagrado concepto de la ley y la justicia que él conoce en mí. ¡Good evening, encanto!
Por el pasillo me crucé con Gail Hopkins que regresaba hacia su camerino tal cual terminaba su numerito de strip-tease. Me «picó» el ojo derecho. ¡Y que yo descubriera tan tarde, tan a los treinta y uno, que en la vida había algo más que conceptos sólidos, leyes, justicia…! Sí, lo recuerdo, nunca es tarde cuando la dicha… pero no había dicha que compartir con Gail si deseaba disponer de los suficientes años para compartir muchas dichas con muchas «Gail».
Regresé a la mesa sin nuevos obstáculos ni contratiempos. Llamé al camarero para abonar los dos «Martini», y le dije a Lili:
—Vámonos enseguida.
—¡Pero…! —protestó—. ¿Qué ha sucedido, John?
—Luego, fisgona, luego —y prácticamente la arrastré de un brazo hacia la salida del «Lowe Boite».